Читать онлайн
El Viaje Del Destino

Нет отзывов

Chris J. Biker

El viaje del destino

Traducido por Andrea Pérez García

Editor: Tektime

Copyright @ 2019 - Chris J. Biker

La imagen de la cubierta es obra del artista Emiliano Movio. La conversión en archivo ha sido realizada por el diseñador gráfico Pierluigi Paron para Print Service

Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de esta publicación pueden reproducirse en ninguna forma, ni por ningún medio, sea electrónico o mecánico, sin el permiso previo por escrito del editor, a excepción de pasajes breves que pueden citarse para reseñas.

Prefacio

Queridos lectores, me gustaría aclarar una incongruencia histórica que encontraréis leyendo esta novela, ambientada alrededor del 900 d. C., época en la que los nativos americanos no poseían aún caballos, porque llegaron a sus vida medio siglo después. Pero, decidme: ¿no es verdad que cuando pensamos en los nativos nos viene a la cabeza la imagen de jinetes emplumados sobre corceles que cabalgan libres sobre sus tierras? No podía renunciar a esta maravillosa visión.

Dedicatoria

A mis hijas, Sara y Janis, que día a día embellecen mi vida con el don más grande, de un valor incalculable: el amor puro

Capítulo 1

Durante la gran época de los vikingos, en la aldea de Gokstad, en Noruega, nacía Ulfr, el primogénito del rey vikingo Olaf.

Olaf se despertó al alba a causa de un extraño gemido, miró a su lado y vio que su mujer, Herja, no estaba. Se incorporó mirando a su alrededor y la vislumbró de pie, cerca de la pared, tenuemente iluminada por las primeras luces del día que entraban por una grieta de la pared, con el torso ligeramente inclinado hacia delante y una mano aferrada al tapiz colgado, mientras que con la otra se sostenía la barriga.

—Trae a la comadrona —las palabras le salieron a regañadientes.

Olaf se puso en pie de golpe y cruzó la habitación a grandes zancadas. Salió por la puerta llamando a gritos a las sirvientas.

—¡Deprisa! ¡Deprisa! —tronó en medio del silencio.

En cuestión de segundos, la casa recobró vida. Las mujeres corrían de aquí para allá mientras Olaf seguía repitiendo alborotado: «¡Deprisa! ¡Deprisa!», delante de la puerta para no perder de vista a su mujer.

Dos mujeres entraron a toda velocidad en la habitación, escurriéndose entre el umbral de la puerta y los costados del hombre. Rápidamente encendieron pequeños fuegos con aceite de pescado almacenado en algunos recipientes de hierro semiesféricos que, esparcidos por las paredes, se usaban como lámparas.

—¡Apartaos de ahí! —ordenó la voz de una mujer que sostenía entre sus manos un recipiente humeante envuelto en paños.

Era la vieja Sigrún, la comadrona, la única mujer que podía hablarle así. Nadie conocía su edad, pero debía ser muy vieja, suficiente para ganarse el apodo de Sigrún «La inmortal», ya que había asistido el parto de todos en aquella aldea y gozaba de un respeto indiscutible.