Ren se materializó en la sala principal de La Cerveza de la Bruja, justo en el mismo lugar del que había desaparecido y miró con rabia la cabeza de Lacey. Ella estaba sentada en el suelo, dándole la espalda mientras sostenía y acunaba a Vincent como si fuera un maldito bebé, y encima su cabeza la apretaba contra sus pechos. Irritado, endureció los músculos de alrededor de los ojos.
Lacey levantó la cabeza y frunció el ceño cuando las luces negras de la habitación empezaron a parpadear, temiendo que la tormenta fuera a dejarles sin electricidad, como lo había hecho en el «Museo de los Malditos». Se estremeció y se apretó contra Vincent cuando un trueno ensordecedor resonó en el aire, un segundo después del brillante relámpago.
Vincent no pudo contener una sonrisa de satisfacción cuando el rayo proyectó fugazmente una sombra humana en el suelo junto a ellos. Simplemente por fastidiar, apretó su mejilla aún más contra el suave pecho de Lacey antes de murmurar: —Creo que tu novio ha vuelto mi amor.
Lacey sintió como se le erizaba el vello de detrás del cuello. Todos sus nuevos sentidos paranormales le decían que Ren estaba tan cerca de ella que, si se inclinaba ligeramente hacia atrás, podría tocarle sus piernas. No pudiendo echarle la culpa más que a su mórbida curiosidad, inclinó la cabeza hacia atrás para mirar hacia arriba. Como ella esperaba, allí estaba Ren inclinado sobre ella mirando a los dos fijamente.
Definitivamente no era la misma dulce mirada con la que se había se había marchado hace tan solo unos minutos y Lacey se preguntaba en silencio qué habría pasado para que su humor cambiara de regresó al museo. Antes de que pudiera preguntarle cuál era el problema, sintió que el suelo bajo ella estaba vibrando y miró a su alrededor cuando de repente todo empezó a temblar, tenía que ser sin duda un terremoto.
Ren apretó los dientes cuando escuchó que los cristales y los objetos frágiles que había en la habitación empezaron a temblar en los estantes. No estaba de humor para que la tienda fuera destruida una vez más, se levantó cuan alto era y, con un gruñido profundo, se concentró en estabilizar la tienda hasta que el terremoto pasara.
Vincent se sentó cuando el interior de la tienda dejó repentinamente de tambalearse, aunque la farola que estaba justo enfrente de la ventana de delante continuó balanceándose de un lado para otro, proyectando sombras en movimiento dentro de la habitación.
–¿Qué demonios es eso? —preguntó Vincent en voz baja cuando una nube de polvo y suciedad pasó por delante de la ventana ocultando la vista a la calle.
Ren no tenía que adivinarlo, ya lo sabía lo que era. Podía sentir a los demonios huyendo de la destrucción. Una vez que la onda expansiva había pasado, le respondió: —Creo que ahora la ciudad tiene un museo menos controlado por los demonios, el edificio ya no sigue en pie. Dirigió su mirada hacia Vincent, que se encaminaba hacia la ventana alejándose de Lacey, él sí que era muy inteligente.
Vincent se apoyó en el alféizar de la ventana, sintiéndose todavía débil, mientras veía como la nube del espeso polvo envolvía el edificio con una ondulada humareda. Su cara se estremeció cuando empezó a ver cuerpos moviéndose entre el polvo y se dio cuenta que en realidad eran demonios huyendo, y que lo usaban como un escabroso camuflaje.