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Huye, Ángel Mío

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Huye, Ángel Mío II de Los angeles caidos Virginie T.

Azazel es el primero de los ángeles caídos, al que todo el mundo recurre cuando tiene un problema. Su antiguo vecino le pide entonces que dé alojamiento a una mujer fugitiva, y él acepta sin dudarlo. Esta mujer le afectará profundamente y Azazel esperará lograr la misma felicidad que su hermano Baraqiel conoce con Caitlyn. Solo que para conseguirlo, cada una de las dos almas torturadas deberá hacer las paces con su pasado.

 Huye ángel mío

 Huye ángel mío

 Los ángeles caídos

 Tomo 2

 Virginie T.

Traducido por Gloria Pérez Rodriguez

© 2020. T. Virginie

Dépôt légal : juillet 2020

 Capítulo 1Mallory

Da vueltas, con los labios apretados y la espalda tensa. Lo conozco perfectamente. Sé que retiene las palabras que está deseando lanzarme a la cara. Hay que ser masoquista para querer escucharlas. Yo no lo soy, en absoluto, pero los silencios y las cosas que no se dicen me parecen aún más crueles. Estoy convencida de que una pareja solo puede durar si existe una buena comunicación. ¿Cómo se va a solucionar una circunstancia si tu interlocutor no habla? ¿Habéis oído hablar de un negociador que no dijera una sola palabra para apaciguar una situación? Pues esto es igual.

—Háblame.

Me fulmina con la mirada, y casi estoy tentada de dar marcha atrás. Pero eso no está en mi forma de ser. No me han educado de esa forma. Soy una luchadora, no retrocedo ante las dificultades, sino que me enfrento a ellas con la cabeza alta, sean cuales sean sus consecuencias.

—Dime en qué piensas.

A fuerza de insistir, cede. O más bien, explota y su rabia me alcanza de lleno como un puñetazo en el estómago.

—¡Has dejado tu trabajo! ¡Otra vez! ¡Maldita sea, Mallory! ¡Estoy harto de que no mantengas un trabajo más de unas semanas, harto de luchar para sacar la cabeza del agua cuando está claro que a ti te da completamente igual! Solo piensas en ti, Mal.

Una y otra vez los mismos reproches desde hace meses. Sé que soy bastante inconstante a nivel profesional. Aún soy joven y a los veintiséis años, sigo buscando mi camino, pruebo, me equivoco y cambio. Solo estoy indecisa en este aspecto. Salvo este detalle, sé lo que quiero en la vida: un marido, niños, una casa. En resumidas cuentas, un cuento al estilo Cenicienta como se ven en las revistas y las novelas de amor. Nací en Manhattan y allí viví hasta los doce años. No siempre ha sido fácil. Siempre he sido una hija temeraria, un poco imprudente y algo rebelde frente a la autoridad, y solía meterme en líos. No era una mala alumna, tampoco una estudiante excepcional. En fin, era corriente, y cuando nos fuimos a Montreal me lo tomé como un nuevo punto de partida en la vida. Solo tenía doce años, pero a base de decirme mis padres que acabaría echándome a perder, terminé por creerlo y me dije, el día de nuestra mudanza, que esto sería una manera de ahuyentar la mala suerte. Contra todo pronóstico, hice nuevos amigos con acento cantarín, me esforcé en clase, y hasta conseguí un diploma en comercio. El problema, es que a mi vida le faltaba fantasía, emoción. Quería chispa en ella. Todo era demasiado normal. De hecho, era joven y me aburría soberanamente.

Conocer a Brandon supuso para mí como un nuevo impulso, un renacimiento. Basta con mirarlo para recordarlo como si fuera ayer. Mi amiga Beth y yo habíamos decidido salir a tomar una copa para relajarnos después de un duro día de trabajo como camarera en un pequeño restaurante de carretera. Me ardían los pies y la idea de sentarme y que me sirvieran a mí me parecía el paraíso. Nos arreglamos y salimos del brazo. Una pareja de impacto. La rubia y la morena. La exuberante y… yo. Bueno. Una vez en el bar, empezamos a charlar animadamente y a observar a los especímenes masculinos de los alrededores como en toda velada de chicas que se precie. Al fin y al cabo, éramos dos solteras y mirar nunca ha causado daño a nadie. Brandon se dirigió entonces hacia mí, o más bien hacia la barra para pedir una copa y yo, perdida en la contemplación, le eché sin querer mi copa por encima de los pies. ¡Por Dios! ¡Qué vergüenza! Balbuceé mil excusas mientras le secaba los zapatos con servilletas de papel. Aún recuerdo su risa que me había puesto carne de gallina en los brazos. Y su voz… Una voz embriagadora que me había dicho que había sido la mejor copa que había tomado en su vida. Desde entonces, no nos hemos separado. Fue hace dos años.

El periodo de luna de miel se ha acabado y la vuelta a la realidad es difícil. Quiero a Brandon con todo mi corazón, pero sus reproches me hieren y debilitan nuestra pareja con cada nueva disputa.