La Biblia en España, Tomo I (de 3) George Borrow George Borrow La Biblia en España, Tomo I (de 3) / O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península NOTA PRELIMINAR Tomás Borrow, de familia de labradores establecida desde muy antiguo cerca de Liskeard, en Cornwall, se fugó de su casa, siendo todavía mozo, por esquivar las consecuencias de una fechoría juvenil, y sentó plaza de soldado en 1783. Diez años más tarde, cuando era sargento, se casó con Ana Preferment, hija de un agricultor de East Dereham, Norfolk, de abolengo francés probablemente. En 1798, Tomás Borrow obtuvo el grado de capitán, del que no pasó en su carrera militar. En 1800 le nació un hijo, Juan Tomás, que fué pintor y soldado, y acabó por emigrar a Méjico en busca de fortuna, muriendo en aquellas tierras en 1834. El 5 de julio de 1803 nació en East Dereham el hijo segundo del matrimonio Borrow, Jorge Enrique, el cual, treinta y tres años más tarde, había de ser popular en Madrid con el nombre de Don Jorgito el inglés. La infancia de Jorge transcurrió en diferentes poblaciones de Inglaterra y de Escocia, merced a los cambios de guarnición del regimiento en que servía su padre. Viajó primeramente por las provincias de Sussex y Kent, y en 1808 y 1810 estuvo otra vez en su pueblo natal. Jorge era «un niño triste, que gustaba de permanecer horas enteras en un rincón solitario, con la cabeza caída sobre el pecho, dominado por un abatimiento peculiar; a veces sentía una impresión de miedo muy extraña, hasta de horror, sin causa real». Sus padres le dejaban vagar libremente por los campos. En 1810 conoció a Ambrosio Smith, el gitano a quien después representó en sus escritos con el nombre de Jasper Petulengro, y se juraron fraternidad. El desarrollo mental de Jorge fué algo tardío. Comenzó los estudios de humanidades en Dereham, y los continuó en Edimburgo, después en Norwich, y el año 1815 en la «Academia Protestante» de Clonmel (Irlanda), adonde el regimiento de su padre fué destinado. La vida escolar le curó de sus hábitos insociables y de su reserva. A Jorge le gustaban los estudios, pero no la sujeción de la escuela. Sentía inclinación natural por los idiomas, y los aprendía con desusada facilidad; su memoria era descomunal. Amaba la vida al aire libre y los deportes. Las aventuras, propias o ajenas, reales o soñadas, encandilaban su imaginación. En Irlanda, además de aprender la lengua del país, se había hecho gran jinete. Terminadas las guerras napoleónicas, y licenciado el regimiento, los Borrow se establecieron en Norwich. Jorge leía griego en la Grammar School, y de un emigrado francés tomaba lecciones de este idioma, de italiano y de español; cultivaba, además, la caza y el pugilismo. Los gastos y las costumbres de Jorge le hicieron antipático a su padre; no se le parecía en nada, teníale por un verdadero gitano, y, desentendiéndose de él en lo posible, le dejaba hacer cuanto quería. En 1818, Jorge se encontró de nuevo con Ambrosio Smith, o Jasper Petulengro, y, yéndose con él a un campamento de gitanos, los acompañó por ferias y mercados, se inició en sus costumbres y aprendió su idioma. Llegado el momento de adoptar una profesión que le diese para vivir, Jorge, dudoso entre la Iglesia y el Foro, se decidió por el último; así se lo aconsejó un amigo, en situación semejante a la suya, diciéndole que la abogacía «era la mejor carrera para quienes (como ellos) no pensaban ejercer ninguna». El padre de Jorge le costeó el aprendizaje, colocándole en 1819 de pasante en casa de unos curiales de Norwich. Pero Jorge debía de tener mediana afición a los pleitos. Aprendió galés, danés, hebreo, árabe, armenio, y en el despacho de sus maestros trabajaba en traducir de esas lenguas al inglés; su amigo William Taylor le enseñó el alemán. Así vivió el pobre cinco años, amarrado a un oficio tan opuesto a su vocación. Quizás la lectura de libros de viajes y aventuras le fué entonces más gustosa y necesaria que nunca, como desquite de la aridez de su empleo. A Jorge Borrow le gustaban mucho Gil Blas, el Peregrino de Bunyan, Sterne, el Childe Harold, y, sobre todos, De Foe. «¡Oh genio de De Foe, yo te saludo! – exclama en su autobiografía – . ¡Cuánto no te debe el mío pobrísimo!» En 1824, el capitán Tomás Borrow murió, dejando por heredera de sus escasas rentas a su mujer. Jorge, que llegaba entonces a la mayor edad, se marchó a Londres a buscarse la vida en cuanto terminó su contrato de pasantía. Llevaba por todo capital un legajo de traducciones; pero sus esperanzas eran muchas. Su primera estancia en Londres fué poco placentera. Luchaba con la escasez, con la falta de salud, con la inseguridad del trabajo, y padeció además la crisis característica de la juventud al encararse indefensa con la vida, y las amarguras de la vocación que busca a tientas su camino. Jorge se interrogaba acerca del valor de la existencia y de la verdad: «¿Qué es la verdad? ¿Qué es lo bueno y lo malo? ¿Para qué he nacido? ¿Todo perecerá y será olvidado, todo es vanidad?» Y no encontraba respuesta satisfactoria. El futuro misionero era entonces ateo empedernido; su amigo Taylor, además de enseñarle el alemán, le inculcó la irreligión. La tristeza y el descorazonamiento de Jorge fueron tales, que sus amigos temieron verle poner fin a sus días. Por aquella época publicó Borrow algunas traducciones de poesías extranjeras (varios romances españoles[1 - «Bernard’s Address to his army», a ballad from the Spanish; «The singing Mariner», a ballad from the Spanish; «The french Princess», a ballad from the Spanish. En «Monthly Magazine», volumen 57. (1824).]); escribió, por encargo de un editor, una colección de «causas célebres»[2 - «Celebrated Trials, and Remarkable Cases of Criminal Jurisprudence, from the earliest records to the year 1825». Seis volúmenes. Knight and Lacey. London, 1825.], y tradujo para una revista fragmentos de leyendas danesas[3 - «Danish Traditions and Superstitions». En «Monthly Magazine», vols. 58, 59, 60.]. Pero en 1825, el periódico en que escribía desapareció; riñó, además, con el editor que le daba trabajo, y se quedó en la calle con sus manuscritos y un puñado de dinero. Supónese que el anuncio de un librero le indujo a escribir, para zafarse de sus apuros del momento, una Vida y aventuras de José Sell, obra publicada, al parecer, con otros cuentos y narraciones en una colección que hoy no se sabe cuál fué. Vendida la obra, Borrow se marchó de Londres, abandonando la literatura, y viajó a pie en busca de salud corporal y de paz para su ánimo. Cuatro meses duró su vida errante. Volvió a encontrar a Jasper Petulengro, y se fué con él a vivir en hermandad con los gitanos, trabajando en hacer herraduras, y preso en las redes honestas de una linda moza de la tribu. Después compró un caballo, y recorrió Inglaterra en busca de aventuras. Cuando estos viajes concluyeron, Jorge Borrow tenía veintidós años. Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca bien dibujada, y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas, ponían en su rostro un violento trazo oscuro. Jorge Borrow, al escribir, andando el tiempo, sus narraciones autobiográficas, se empeñó en rodear de misterio ciertos años de su vida (1826-1832), y con alusiones más o menos veladas (algunas encontrará el lector en La Biblia en España,) quiso dar a entender que se había visto envuelto en misteriosas aventuras y dado cima a dilatados viajes por países como la India, China y Tartaria. Ignórase, en efecto, lo que Borrow hizo en esos años; pero, en sentir de sus biógrafos más autorizados, es excesivo tanto misterio. Probablemente, Borrow vivió todo ese tiempo sin ocupación fija; viajó un poco, y escribió por gusto y por encargo. En 1826 se publicó una colección de sus traducciones del danés[4 - «Romantic Ballads», Translated from the Danish and Miscellaneous pieces, by George Borrow. Norwich, S. Wilkin. 1826.] con otras composiciones suyas. Dos años más tarde apareció una traducción de las Memorias de Vidocq[5 - «Memoirs of Vidocq», principal agent of the French police until 1827. Writen by himself. Translated from the French. 4 vols. London, Whittaker, Treacher and Arnot. 1828-29.], atribuída a Borrow; insertó en algunas revistas trabajos de menos importancia. Viajó por la Europa occidental, y parece que estuvo en Madrid, pero este viaje no pudo entrar en el marco de La Biblia en España. Un gran cambio sobrevino en la vida de Jorge Borrow durante el año 1833, que decidió de su destino. Conocía Jorge Borrow a una familia residente en Oulton Hall, cerca de Lowestoft (Suffolk), de la que formaba parte Mrs. Mary Clarke, de treinta y seis años, viuda de un marino. Un reverendo pastor, relacionado con esa familia, indujo a Jorge Borrow a solicitar de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera un empleo donde pudiera utilizar su conocimiento de los idiomas. Jorge se fué a pie a Londres, y en veintidós horas recorrió una distancia de ciento veinte millas. En su frugal pobreza, Jorge sólo gastó en el viaje cinco peniques y medio, en un litro de cerveza, medio de leche, un pedazo de pan y dos manzanas. Los señores de la Sociedad Bíblica, después de examinarle de lenguas orientales durante una semana, le preguntaron si estaba dispuesto a aprender en seis meses la lengua manchú. Aceptó Jorge, y con un buen viático se volvió a Norwich, ya en diligencia; estudió con ahinco y a los seis meses triunfaba en las pruebas a que sus futuros jefes le sometieron. Por aquellos mismos días, Jorge Borrow se retractó de su ateísmo; ya fuese por influjo de Mrs. Clarke, o porque las ideas que le inculcó su amigo Taylor arraigaron poco en su espíritu y se marchitaron al acercarse la treintena, lo cierto es que Borrow profesó un protestantismo tan fanático como el ateísmo que abandonaba. No tardó en asimilarse el «tono misionero» ni en adoptar la jerga propia de sus patronos. Cuando aún se hallaba en curso su nombramiento, uno de secretarios de la Sociedad Bíblica censuraba así el estilo de una carta de Borrow: «Perdóneme usted si, como sacerdote, y mayor que usted en años, aunque no en talento, me atrevo, con la mejor intención, a hacerle una advertencia que podrá no ser inútil.» Acota una frase que ha llamado la atención de algunos de «los excelentes miembros de nuestro Comité»: aquella en que «habla usted de la perspectiva de ser útil a la Divinidad, al hombre y a usted mismo. Sin duda, quiso usted decir la perspectiva de glorificar a Dios; pero el giro de sus palabras nos hizo pensar en ciertos pasajes de la Escritura, tales como Job, XXI, 2, etc.» La respuesta de Borrow debió de ser tal, que el mismo reverendo le escribía: «El espíritu de su última carta es verdaderamente cristiano, en armonía con aquella regla sentada por el mismo Cristo, y de la que Él dió, en cierto sentido, tan prodigioso ejemplo, que dice: El que se humille será ensalzado.» Finalmente, la Sociedad Bíblica aceptó los servicios de Borrow y le envió a Rusia, para donde salió sin dilación, a mediados de año, a colaborar en la transcripción y colación del manuscrito de la Biblia traducida al manchú, y en la impresión del Nuevo Testamento en la misma lengua. Jorge Borrow estuvo en Rusia hasta septiembre de 1835. Sirvió con celo y buen éxito a la Sociedad Bíblica; visitó Moscú y Nowgorod, y proyectó un viaje a China, a través del Asia, para distribuir el Evangelio por el Oriente. El Gobierno ruso le negó los pasaportes. Ese proyecto de viaje fué, en opinión de uno de sus biógrafos, el único motivo que tuvo Borrow para creer, y hacérselo creer a sus lectores, que había estado en el Oriente remoto[6 - «¿No le ha chocado a usted nunca – le escribía en una ocasión su amigo el danés Hasfeldt – cuánto se parece usted al buen hidalgo Don Quijote de la Mancha? A mi juicio, podría usted pasar fácilmente por hijo suyo.» W. Knapp: Life, writings and correspondence of George Borrow. London, Murray, 1899. Vol. I, pág. 190.]. Durante su estancia en Rusia tradujo al ruso unas homilías de la iglesia anglicana, y publicó en San Petersburgo dos colecciones de poesías traducidas por él al inglés: Targum[7 - «Targum, or Metrical translations from thirty languages and dialects», by George Borrow. St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835.] y el Talismán[8 - «The Talisman», from the Russian of Alexander Pushkin, with other pieces. St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835.]. En octubre de 1835 volvió Jorge Borrow a Inglaterra, y, apenas llevaba un mes en su país, la Sociedad Bíblica decidió utilizar de nuevo sus servicios, enviándole a Lisboa y Oporto con encargo de acelerar la propagación de la Biblia en Portugal. Ni la Sociedad Bíblica ni Jorge Borrow preveían entonces que sus campañas en la Península iban a tener la importancia que después adquirieron. Para la Sociedad, el envío de Borrow a Portugal era un empleo interino, en espera de que se decidiese su viaje a China. Borrow ignoraba si tendría o no en Portugal libertad suficiente para lanzarse a una propaganda intensa, ni si el ánimo de la gente se hallaría bien dispuesto para recibirla. Jorge Borrow se embarcó en Londres el 6 de noviembre de 1835, y llegó a Lisboa el 13 del mismo mes[9 - Fechas establecidas por Mr. Knapp, separándose de las que Borrow da en La Biblia en España.]; visitó los alrededores de la capital, hizo una excursión por el Alemtejo, y de estos viajes y de sus conversaciones con el representante de la Sociedad Bíblica en Lisboa nació la determinación de aplazar sus trabajos en Portugal. Borrow resolvió pasar a España. Salió de Lisboa para Badajoz el 1.º de enero de 1836, cruzó la frontera el día 6, detúvose en Badajoz diez días, y por Mérida, Oropesa y Talavera llegó a Madrid. Por el camino fué madurando su plan de campaña: le pareció necesario, ante todo, hacer en España una tirada de la Biblia en castellano, porque sólo podían circular las impresas en el reino. Pero lo difícil no era eso; lo difícil era obtener permiso para imprimirla sin notas. Desde la invención de la imprenta, hasta 1820, no se había impreso en España ninguna traducción de la Biblia descargada de comentarios y notas, y que fuese, por tanto, de tamaño manual y de precio reducido, accesible a todos. En 1790 apareció la traducción de Scio, en diez volúmenes en folio, y en 1823, la de Amat, en nueve volúmenes en cuarto. Al amparo de la fugaz libertad política, instaurada por la Revolución de 1820, se imprimió en Barcelona (1820) el Nuevo Testamento, traducción de Scio, pero sin notas; desde entonces, hasta la llegada de Borrow a España, nada más se había hecho. La propaganda de las Sociedades bíblicas no consiste, esencialmente, en predicar una confesión determinada, sino en difundir la lectura de la Biblia, poniendo al alcance del mayor número el texto genuino de la Escritura. Como, en opinión de los cristianos reformados, los dogmas y prácticas de la Iglesia romana contradicen la letra y el espíritu del libro sagrado, basta la lectura de su texto auténtico, y la restauración del sentido propio en su inteligencia e interpretación, para minar las bases de la dominación papista. Así, Borrow, abundando en las intenciones de sus directores, y con autorización expresa de ellos, gestionó desde luego el permiso que necesitaba para imprimir el Evangelio sin notas, y, vencidas no pocas dificultades, se dispuso a reimprimir en Madrid la traducción del Nuevo Testamento, de Scio, editada sin notas por la Sociedad Bíblica en Londres, 1826. Borrow y la Sociedad Bíblica desconocían las versiones castellanas de la Biblia, hechas por los antiguos reformistas españoles, libros rarísimos entonces. Borrow se fué de Madrid a los pocos días de la revolución de La Granja, estuvo en Granada y Málaga (viaje no referido en La Biblia en España), se embarcó en Gibraltar, llegó a Londres el 3 de octubre, instó en la Sociedad Bíblica la inmediata apertura de la campaña de propaganda en España, y, aceptados sus planes, se reembarcó el 4 de noviembre, llegando a Cádiz el 22 del mismo mes. Por Sevilla y Córdoba se dirigió Borrow a Madrid, adonde llegó el 26 de diciembre. No perdió el tiempo. En 14 de enero de 1837 firmaba con Andrés Borrego el contrato para la impresión del Evangelio, y en 1.º de mayo siguiente se publicó el libro[10 - El Nuevo Testamento, traducido al español de la Vulgata Latina, por el Rmo. P. Phelipe Scio de S. Miguel, de las Escuelas Pías, obispo electo de Segovia. Madrid. Imprenta a cargo de don Joaquín de la Barrera, 1837. En 8.º, 534 págs.]. Borrow obtuvo de la Sociedad Bíblica autorización para repartir en persona la obra por pueblos, y, dejando en Madrid encargado de sus asuntos a don Luis de Usoz y Río, emprendió, acompañado de su famoso criado griego, el larguísimo viaje por Castilla la Vieja, Galicia, Asturias y Santander, que duró desde mayo a noviembre de 1837. De regreso en Madrid, imprimió dos nuevas traducciones parciales del Nuevo Testamento: una traducción del Evangelio de San Lucas al caló[11 - Embeo e Majaró Lucas. Brotoboro rodado andré la chipé griega, acána chibado andré o Romanó, o chipé es Zincales de Sesé.], hecha por él, y otra del mismo Evangelio al vascuence, por un señor Oteiza[12 - Evangelioa San Lucasen Guissan. El Evangelio según S. Lucas, traducido al vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía Tipográfica, 1838. En 16.º, 176 págs.]. La publicación del Evangelio en caló, la apertura de un Despacho de la Sociedad Bíblica en la calle del Príncipe, los métodos empleados por Borrow para llamar la atención del público hacia su obra y ciertas imprudencias de otros agentes de la Sociedad en España, provocaron la intervención de las autoridades y desencadenaron una borrasca, en la que naufragó la propaganda evangélica y, a la larga, puso fin a los trabajos de Borrow en España; de ella nació también un primer disentimiento entre la Sociedad y su agente, disentimiento que terminó en ruptura. En enero del 38, el jefe político de Madrid secuestró los libros existentes en la tienda abierta por Borrow; en mayo, fué preso Don Jorge por desacato a un agente de la autoridad y por vender libros impresos fuera del reino, introducidos en España con infracción de las leyes vigentes. Borrow cuenta en La Biblia en España la historia del secuestro y de su prisión; pero omite ciertos hechos que influyeron grandemente en aquellas resoluciones del Gobierno, hechos que Borrow no conoció hasta después de salir de la cárcel. Había por entonces en España otro agente de la Sociedad Bíblica, llamado Graydon, que operaba principalmente en las provincias de Levante. Graydon, que imprimió en Barcelona una edición del Nuevo Testamento y otra de la Biblia (A. y N. T.), sin notas, en 1837, no se limitaba, como Borrow, a propagar el libro, sino que repartía folletos, prospectos y opúsculos atacando al Gobierno moderado, al clero español y a sus doctrinas. Esta conducta produjo algunos escándalos en Valencia, Murcia y Málaga; y como Graydon se proclamaba, no sólo agente de la Sociedad Bíblica, sino íntimo colaborador y asociado de Borrow, dió pretexto para que el Gobierno, movido por los curas, desfogara su inquina tratando a don Jorge con extremado rigor. La prisión de Borrow y las reclamaciones del ministro británico produjeron, como puede suponerse, una reunión precipitada del Consejo de ministros, un ofrecimiento de dimisión por parte del jefe político, e interpelaciones en las Cortes censurando al Gobierno… por su lenidad. Excarcelado Borrow, supo por el ministro británico la parte que la conducta de Graydon había tenido en sus persecuciones, y se le ocurrió escribir sendas cartas al Correo Nacional y a la Sociedad Bíblica desautorizando y condenando el proceder de su colega. En la carta al Correo Nacional, publicada el 27 de mayo, se titula «único agente autorizado en España de la S. B.». En la carta a sus directores de Londres, luego de referir las entrevistas del ministro británico con Ofalia, dice respecto de Graydon: «Hasta el momento presente, ese hombre ha sido el ángel malo de la causa de la Biblia en España, y también el mío, y ha empleado tales procedimientos y escogido de tal modo las ocasiones, que casi siempre ha conseguido derribar los planes hacederos trazados por mis amigos y por mí para la propagación del Evangelio de una manera permanente y segura.» La respuesta de la Sociedad fué un cruel desengaño para Borrow: reconocíase en ella que Graydon era tan legítimo representante de la Sociedad Bíblica como él; no se accedía a desautorizar y condenar su proceder, y, además se le advertía a Borrow que, en adelante, se abstuviese de publicar cartas como la del Correo Nacional. Por su parte, el Gobierno español, tras algunos artículos oficiosos en que se le excitaba a proceder «con mano dura» contra los escarnecedores de la religión, prohibió de Real orden (25 de mayo) la circulación y venta del Nuevo Testamento editado por Borrow. En relaciones poco cordiales con sus jefes y frente a la hostilidad resuelta de los gobernantes españoles, Borrow no podía ya realizar en la Península una obra duradera ni fructífera. Aquel verano del 38 anduvo don Jorge por La Sagra y por tierras de Segovia. El 24 de agosto llegó a sus manos la orden de sus jefes llamándole a Inglaterra, y, allá se fué, a través de Francia, y en tres o cuatro meses que permaneció en su país zanjó sus diferencias con los directores y logró que le enviaran a España por tercera y última vez. El 31 de diciembre de 1838 desembarcó en Cádiz, y, salvo los tres primeros meses, que pasó en Madrid dedicado a la propaganda, casi todo el año 39 estuvo en Sevilla, en relativa inacción. Allí fueron a buscarle Mrs. Clarke y su hija, a quienes instaló en su propia casa de la Plazuela de la Pila Seca; hizo, solo, un viaje a Tánger, donde le alcanzó la orden del Comité de la Sociedad Bíblica dando por terminada su misión en España, y en Tánger se acaba bruscamente la narración de sus aventuras. De retorno en Sevilla, anunció su matrimonio con Mrs. Clarke (la Señá Biuda con Don Jorgito el Brujo), y comenzó los preparativos para volver a Inglaterra. Una disputa con un alcalde de barrio de Sevilla le costó ir a la cárcel, donde le tuvieron treinta horas; todavía estuvo en Madrid gestionando las reparaciones debidas por ese agravio, y en abril de 1840 se embarcó para Inglaterra con Mrs. Clarke y su hija y su corcel árabe. Apenas tomó tierra, se casó, y fué a instalarse a Oulton Cottage (Lowestoft), propiedad de su esposa, donde vivió muchos años entregado a las pacíficas tareas literarias. Lo primero que publicó fué su obra sobre gitanos[13 - The Zincali; or An Account of the Gypsies of Spain. With an original collection of their Songs and Poetry, and a copious Dictionary of their Language. By George Borrow… In two volumes. London, John Murray, 1841.], en la que había trabajado mucho durante su permanencia en España. Contiene una descripción preliminar de los gitanos de diversos países y un estudio de la historia y costumbres de los de España, compuesto de observaciones personales y extractos de libros referentes a ellos. Siguen una colección de poesías populares en caló, recogidas verbalmente por Borrow, y un vocabulario. En The Zincali se aprecia «una fuerte personalidad y una observación extraordinaria»[14 - E. Thomas: George Borrow, the man and his books. I. V. London, Chapman and Hall, 1912.]; pero cualquiera puede advertir el desorden con que está compuesto el libro. Es importante para conocer las costumbres de los gitanos, y completa además algunas aventuras que en La Biblia en España sólo están indicadas. La publicación de The Zincali puso a Borrow en relación con Ricardo Ford, docto en cosas hispánicas, que preparaba por entonces su Manual de España[15 - Hand-Book for Travellers in Spain and Readers at Home. London, Murray, 1845. 2 vols. 8.º «Las ediciones posteriores están abreviadas o adaptadas a los itinerarios del ferrocarril. El verdadero «Ford» no ha vuelto a parecer.» (Knapp.)]. Ford aconsejó a Borrow que publicase sus aventuras personales y se dejara de extractar libracos españoles. Al saber que tenía entre manos una Biblia en España, insistió en sus advertencias: nada de vagas descripciones, nada de erudición libresca; hechos, muchos hechos, observados directamente; arrojo para no caer en las vulgaridades; no preocuparse del bien decir; evitar las gazmoñerías y la declamación. Borrow se aprovechó de esos consejos. En su retiro de Oulton ordenó y completó los materiales de que disponía: diarios de viaje, cartas a la Sociedad Bíblica, y en diciembre de 1842 se publicaba la obra[16 - The Bible in Spain; or the Journeys, Adventures, and Imprisonments of an Englishman, in an attempt to circulate the Scriptures in the Peninsula. By George Borrow, author of «The Gypsies of Spain». In three volumes. London, John Murray, 1843.] que velozmente le llevó a la celebridad. Su triunfo fué inmenso. En el primer año se agotaron seis ediciones de a mil ejemplares en tres volúmenes, y una edición de diez mil ejemplares en dos tomos. Dos veces reimpresa en Norteamérica aquel mismo año 43, fué traducida al alemán, al francés y al ruso; en 1911 iban publicadas de La Biblia en España más de veinte ediciones inglesas. Borrow saboreó la popularidad; sus escritos posteriores contribuyeron poco a sostenerla. Sus aventuras en España despertaron en el público un deseo muy vivo de conocer otros hechos de la vida del «héroe». Ricardo Ford le aconsejó que escribiese su autobiografía. Don Jorge, sin levantar mano, compuso el Lavengro, historia de su niñez y juventud, continuándola años después[17 - Lavengro; the Scholar – the Gypsy – the Priest. By George Borrow… In three volumes. London, John Murray, 1851.], hasta la fecha en que comienza aquel misterioso período de su vida, de que ya se hizo mención. La obra defraudó las esperanzas del público; los críticos, con gran indignación del autor, pronunciaron sobre ella un fallo adverso; se aguardaba una narración rigurosamente veraz, y aparecía un revoltijo de sucesos reales e imaginarios más que suficiente para desorientar al lector. Borrow se consoló difícilmente de lo que algunos llamaron su «fracaso». La vanidad herida, no iba a contribuir a suavizarle el humor, cada día más áspero y agrio. Llevaba con impaciencia la vida sedentaria de escritor. Sentía, además, inquietudes religiosas; los antiguos «terrores» le atormentaban. Borrow quería viajar y solicitó empleos fuera de su patria; misiones literarias en Asia, el consulado de Hong-Kong: pero sin resultado. Hizo un viaje por el Oriente de Europa, y recogió nuevos datos acerca de la vida y lenguaje de sus amigos los gitanos en Hungría, Valaquia y Macedonia. Anduvo también por su país; visitó Gales, Escocia y otros lugares, y recogió parte del fruto de estas jornadas en un libro[18 - Wild Wales: its people, Language, and Scenery. By George Borrow… In three volumes. London, John Murray, 1862.] que fué la última obra importante que publicó. Desde 1860 residía en Londres, donde vivió catorce años sin producir nada desde la aparición de Wild Wales, sumido en tanta oscuridad, en tal silencio, que algunos le creían muerto. Estimulado por el deseo de conservar su antigua primacía en los estudios gitanos, que otros cultivaban ya con diferente método, se lanzó a publicar, en 1874, un vocabulario[19 - Romano Lavo-Lil: Word-Book of the Romany, or English Gypsy Language… By George Borrow. London, John Murray, 1874.] del dialecto de los gitanos ingleses, obra que, al aparecer, era ya anticuada. En suma: Borrow se sobrevivió; tan sólo la muerte – observa Mr. Knapp – podía devolverle la notoriedad perdida. La muerte tardaba en llegar. Borrow se marchó de Londres en 1874, y se refugió en su casa de Oulton; estaba viudo desde 1869. El arriscado Don Jorge de otros tiempos era un anciano de mal humor, que vivía triste y solo en una casa de campo mal cuidada, y se paseaba por el jardín enmarañado cantando poemas de su cosecha. Su extraño continente, su soledad y «sus conversaciones con los gitanos, a quienes permitía acampar en la finca, crearon en torno suyo una especie de leyenda. Los muchachos, en viéndole pasar, le gritaban: ¡Gitano!, o ¡brujo!» Muy cerca ya del fin, su hijastra fué con su marido a vivir en su compañía. En la mañana del 26 de julio de 1881, el matrimonio se fué a Lowestoft a sus asuntos, dejando a Borrow completamente solo; mucho les rogó que no se fueran, porque se sentía morir; pero le dijeron que ya otras veces había expresado igual temor sin fundamento alguno. Cuando volvieron, a las pocas horas, se lo encontraron muerto. Aunque The Bible in Spain no fuese, en términos absolutos, el mejor libro de Borrow, sería en todo caso, con enorme diferencia respecto de sus otros escritos, el que más títulos tendría a la atención de nuestro público. El mérito intrínseco del libro, y la singular reputación de España, le hicieron popular en Inglaterra y Norteamérica y conocido en varias naciones de Europa, motivos también valederos para su divulgación en nuestro país, con más el de ser los españoles, no lectores distantes, sino parte interesada, actores en las escenas y su tierra marco de aquella narración. No es muy honroso para nuestra curiosidad que hayan transcurrido cerca de ochenta años desde que vió la luz, sin ponerlo hasta hoy, traducido, al alcance de todos. El libro fué compuesto, en su mayor parte, en los lugares mismos que describe. Borrow redactaba un diario de viaje, y remitía, además, a la Sociedad Bíblica cartas de relación de sus aventuras y trabajos. La Sociedad prestó a Borrow esas cartas luego de cerciorarse de que, al aprovecharlas, no cometería ninguna indiscreción. «¡No he revelado los secretos de la Sociedad!», decía después Borrow; en efecto, no mienta su desacuerdo con los directores, y tributa a Graydon, el «ángel malo» de la causa bíblica, ardientes elogios. Las cartas de Borrow a la Sociedad Bíblica[20 - «Letters of George Borrow to the Bible Society», edited by T. H. Darlow, 1911.] son tan extensas como la mitad de The Bible in Spain; pero sólo aprovechó la tercera parte de ellas en la composición del libro; lo demás salió de sus diarios, fundiéndose todo al calor de su espíritu cuando recordaba y revivía a distancia las impresiones indelebles recibidas. Tres son los temas de la obra: la difusión del Evangelio, Don Jorge el inglés y España. Los tres se enlazan en un conjunto armónico; la propaganda evangélica es el propósito deliberado de que remotamente trae origen el libro, y constituye su armazón interior; todas las idas y venidas de Don Jorge, todos sus pensamientos, van encauzados a la divulgación de la palabra divina; los hombres y las tierras de España, materia de su explicencia, constituyen, no sólo una decoración de fondo, asombrosa por el relieve y color, sino el ambiente en que se mueve y respira un personaje extraordinario, algo distinto de Borrow, pero que es Borrow mismo despojado de toda vulgaridad y flaqueza, elevado a la categoría de un semidiós. De esos temas, el evangélico es el que nos importa menos. España, país de misiones, España, país de idólatras, era un punto de vista nuevo, dentro de nuestro solar, en 1835, e irritante para quienes, dueños de la religión verdadera, habíanla exportado durante siglos. No será hoy menos irritante para buen número de personas el antipapismo de Borrow; pero es improbable que los españoles descontentos, los no conformistas, rompan a gritar: ¡Al campo, al campo, Don Jorge, a propagar el Evangelio de Inglaterra! En el fondo, la preocupación de Borrow es de la misma índole que la de los «idólatras», sus enemigos. La regeneración de España por la lectura del Evangelio sería un programa que acaso hiciera hoy sonreír. El mayor número seguiría la opinión de Mendizábal, que a la insistencia con que Borrow solicitaba el permiso para imprimir el Testamento, salvación única de España, respondía: «¡Si me trajese usted cañones, si me trajese usted pólvora, si me trajese usted dinero para acabar con los carlistas!» Pero Don Juan y Medio, y los liberales que hicieron la desamortización eclesiástica, no se atrevían a permitir que circulase el Evangelio sin notas. Aunque movido por un fanatismo antipático, en favor de Borrow hablan su osadía personal, la consideración de que luchaba contra un poder omnímodo, irresponsable, y la de que, formalmente, pugnaba por un mínimo de hospitalidad y de libertad, sin las que los hombres en sociedad son como fieras; y eso está siempre bien, hágase como se haga. El libro de Borrow es un precioso documento para la historia de la tolerancia, no en las leyes, sino en el espíritu de los españoles. The Bible in Spain es un libro autobiográfico. «El principal estudio de Borrow fué él mismo, y en todos sus mejores libros, él es el asunto principal y el objeto principal»[21 - Ed. Thomas, cap. II.]. No emplea en esta obra las confidencias, no se confiesa con el lector; su procedimiento consiste en dejar hablar a los que le tratan, para pintar el efecto que su persona y sus hechos causan en el ánimo del prójimo; asomándonos a ese espejo, vemos la imagen de un Don Jorge muy aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los gitanos le adoraban; era la admiración de los manolos; temíanle los pícaros; confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; encendía en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano con los humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía bajar los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía la serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el héroe y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga la palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria, y a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don Quijote, pero sin burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y le tomase en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del pabellón británico. Borrow se colocó, o colocó a su héroe, en un escenario sin segundo, de tal fuerza que, para nuestro gusto, el aventurero se borra, se disuelve en el paisaje, o queda a la zaga de la muchedumbre española que suscita. Es difícil encontrar otro caso en que un escritor haya triunfado con más brillantez de la hostil realidad presente. Borrow lucha a brazo partido con la realidad española, la asedia, poco a poco la domina, y con la lentitud peculiar de su procedimiento acaba por poner en pie una España rebosante de vida. No se atuvo a una realidad de «guía oficial». Lo que le importaba era el carácter de los hombres, y no de todos, sino los de la clase popular, donde los rasgos nacionales se conservan más puros. Labradores, arrieros, posaderos, gitanos, curas de aldea, monterillas, mendigos, pastores, pasan ante nosotros, y al verlos gesticular y oírlos hablar, creemos encontrarnos con antiguos conocidos. Unos son pícaros, otros santos; unos son listos, otros muy zotes; casi todos groseros, muchos con sentimientos nobles, pero unidos en general por un aire de familia inconfundible; y la verdad es que, con todas sus picardías o su zafiedad, no puede uno dejar de quererlos. Tuvo además Borrow una espléndida visión del campo, y lo sintió e interpretó de un modo enteramente moderno. Así, don Jorge descubrió y pintó, en realidad, lo que quedaba de España. Arrancados los árboles, agostado el césped, arrastrada en mucha parte la tierra vegetal, asomaba la armazón de roca, con toda su fealdad y su inconmovible firmeza. El lector apreciará seguramente en La Biblia en España, a pesar de la traducción descolorida, el novelesco interés de algunos pasajes que parecen arrancados de un libro picaresco, el movimiento de ciertos cuadros, propios de un «episodio nacional», el sabor de otras escenas de costumbres, los bosquejos de tipos y caracteres, con tantos otros méritos que es innecesario señalar; pero lo mismo ante ellos, que ante los defectos del libro, y frente a la repulsión que ciertos juicios – expresos o sobrentendidos – del autor puedan suscitar en el ánimo de un español, conviene estar prevenido para no incurrir en las descarriadas apreciaciones que acerca de este libro se han proferido en nuestro país. La Biblia en España es un libro de viajes, cierto; pero hay que entenderse acerca de su calidad. No es un informe a la Sociedad bíblica respecto de los progresos del Evangelio en España, ni un «cuadro del estado político, social, etcétera», de la nación, ni un itinerario para recién casados, ni una reseña de las catedrales y otros monumentos pergeñada para uso de los snobs de ambos mundos; La Biblia en España es una obra de arte, una creación, y con arreglo a eso hay que juzgar de su exactitud, del parecido del retrato y de las «invenciones» del autor. Los paisajes, los lugares, las figuras, están notados con puntualidad; es excelente en la inteligencia de las costumbres, y no hay en el libro caricatura ni falsificación de sentimientos. Episodios compuestos, no vistos por Borrow; personajes inventados aglutinando rasgos dispersos, sin duda los ha de haber; pero eso, ¿es ilícito? Pudiera compararse la creación de Borrow a una estatua de mayor tamaño que el natural. La verdad artística del conjunto y su efecto conmovedor son innegables. El libro no es sólo verdadero; es, en ciertos puntos, revelador. La traducción que hoy ofrecemos al público está hecha siguiendo el texto de la edición de U. R. Burke (1896); hemos aprovechado parte del glosario que la acompaña, poniendo al pie de la página correspondiente las equivalencias del caló y del castellano; las notas de Burke no las reproducimos todas, porque algunas son innecesarias para el lector español, y otras contienen errores de bulto. De la biografía de Borrow, por Míster Knapp, hemos sacado algunas notas que aclaran el texto, o placen, simplemente, a la curiosidad del lector.     M. A. PRÓLOGO Muy rara vez se lee el prólogo de un libro, y, en realidad, la mayor parte de los que han visto la luz en estos últimos años, no tienen prólogo alguno. Me ha parecido, sin embargo, conveniente escribir este prefacio, y sobre él llamo humildemente la atención del benévolo lector, porque su lectura contribuirá no poco a la cabal inteligencia y apreciación de estos volúmenes. La obra que ahora ofrezco al público, titulada La Biblia en España, consiste en una narración de lo que me sucedió durante mi residencia en aquel país, adonde me envió la Sociedad Bíblica, como agente suyo, para imprimir y propagar las Escrituras. No obstante, comprende también algunos viajes y aventuras en Portugal, y concluye dejándome en «el país de los Corahai»,[22 - En gitano: moros del norte de África. Los vocablos no ingleses empleados por Borrow en The Bible in Spain se estampan en esta traducción con letra cursiva.] región a la que me pareció oportuno retirarme por una temporada, después de haber sufrido en España considerables ataques. Es muy probable que si yo hubiese visitado España por mera curiosidad o con el propósito de pasar uno o dos años agradablemente, jamás hubiese intentado dar cuenta detallada de mis actos ni de lo que vi y oí. Yo no soy un turista ni un escritor de libros de viajes; pero la comisión que llevé allá era un poco extraña y me condujo necesariamente a situaciones y posiciones insólitas, me envolvió en dificultades y perplejidades, y me puso en contacto con gente de condición y categoría muy diversas; de suerte que, en conjunto, me lisonjeo pensando que el relato de mi peregrinación no carecerá enteramente de interés para el público, sobre todo, dada la novedad del asunto; pues aunque se han publicado varios libros acerca de España, éste es el único, creo yo, que trata de una obra de misiones en aquel país. Es verdad que en el libro se encontrarán bastantes cosas muy poco relacionadas con la religión o con la propaganda religiosa; pero no tengo por qué excusarme de haberlas traído aquí a colación. Desde el principio hasta el fin fuí, digámoslo así, a la deriva por España, tierra de antiguo renombre, tierra de maravillas y de misterios, en condiciones tales para conocer sus extraños secretos y peculiaridades como quizás a ningún otro individuo le hayan sido nunca dadas, y ciertamente a ningún extranjero; y si en muchos casos presento escenas y caracteres tal vez sin precedente en una obra de esta índole, sólo haré observar que durante mi estancia en España me vi tan inevitablemente mezclado con ellos, que hubiera sido difícil referir con fidelidad mis andanzas sin dar de tales cosas una referencia tan puntual como la que aquí he puesto. Es digno de nota que, llamado repentina e inesperadamente a «acometer la aventura de España», no me hallaba yo por completo falto de preparación para tal empresa. España ocupó siempre un lugar considerable en mis ensueños infantiles, y las cosas españolas me interesaban por modo especial, sin presentir que, andando el tiempo, me vería llamado a participar, si bien modestamente, en el drama descomunal de su vida; aquel interés me indujo, en edad temprana, a aprender su noble idioma y a conocer su literatura (apenas digna del idioma), su historia y tradiciones; de modo que al entrar por vez primera en España me sentí más en mi casa que lo que sin esas circunstancias me hubiese sentido. En España pasé cinco años, que, si no los más accidentados, fueron, no vacilo en decirlo, los más felices de mi existencia. Y ahora que la ilusión se ha desvanecido ¡ay! para no volver jamás, siento por España una admiración ardiente: es el país más espléndido del mundo, probablemente el más fértil y con toda seguridad el de clima más hermoso. Si sus hijos son o no dignos de tal madre, es una cuestión distinta que no pretendo resolver; me contento con observar que, entre muchas cosas lamentables y reprensibles, he encontrado también muchas nobles y admirables; muchas virtudes heroicas, austeras, y muchos crímenes de horrible salvajismo; pero muy poco vicio de vulgar bajeza, al menos entre la gran masa de la nación española, a la que concierne mi misión; porque bueno será notar aquí que no tengo la pretensión de conocer íntimamente a la aristocracia española, de la que me mantuve tan apartado como me lo permitieron las circunstancias; en revanche he tenido el honor de vivir familiarmente con los campesinos, pastores y arrieros de España, cuyo pan y bacallao he comido, que siempre me trataron con bondad y cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y protección. «La generosa conducta de Francisco González, y los altos hechos de Ruy Díaz el Cid se cantan todavía entre las asperezas de Sierra Morena»[23 - «Om Frands Gonzales, of Rodrik Cid, End siunges i Sierra Murene!»Krönike Riim. Por Severin Grundtvig. Copenhague, 1829.]. El argumento más fuerte que, a mi parecer, puede aducirse como prueba del vigor y de los recursos naturales de España, y de la buena ley del carácter de sus habitantes, es el hecho de que, hoy en día, el país no se halle extenuado ni agotado, y que sus hijos sean aún, hasta cierto punto, un gran pueblo de muy levantados ánimos. Sí; a pesar del desgobierno de los Austrias, brutales y sensuales, de la estupidez de los Borbones, y, sobre todo, de la tiranía espiritual de la corte de Roma, España todavía se mantiene independiente, combate en causa propia, y los españoles no son aún esclavos fanáticos ni mendigos rastreros. Esto es decir mucho, muchísimo; porque España ha sufrido lo que Nápoles no ha tenido nunca que sufrir, y, sin embargo, su suerte ha sido muy diferente de la de Nápoles. Aún hay valor en Asturias; generosidad en Aragón; honradez en Castilla la Vieja, y las labradoras de la Mancha pueden aún poner un tenedor de plata y una nívea servilleta junto al plato de su huésped. Sí; a despecho de los Austrias, de los Borbones y de Roma, todavía media un abismo entre España y Nápoles. Aunque suene a cosa rara, España no es un país fanático. Algo sé acerca de ella, y afirmo que ni es fanática ni lo ha sido nunca: España no cambia jamás. Cierto que durante casi dos siglos España fué La Verduga de la malvada Roma, el instrumento escogido para llevar a efecto los atroces planes de esa potencia; pero el resorte que impelía a España a su obra sanguinaria no era el fanatismo; otro sentimiento, predominante en ella, la excitaba: su orgullo fatal. Con halagos a su orgullo fué inducida España a despilfarrar su preciosa sangre y sus tesoros en las guerras de los Países Bajos, a equipar la armada Invencible y a otras muchas acciones insensatas. El amor a Roma tenía muy poca influencia en su política; pero halagada por el título de Gonfalonera del Vicario de Cristo, y ansiosa de probar que era digna de él, cerró los ojos y corrió a su propia destrucción al grito de: «¡Cierra, España!» Cuando sus armas fueron impotentes en el exterior, España se recogió dentro de sí misma. Dejó de ser instrumento de la venganza y de la crueldad de Roma, pero no la dieron de lado. Aunque ya no servía para blandir la espada con buen éxito contra los luteranos, podía ser útil para algo. Aún tenía oro y plata, y aún era la tierra del olivo y de la vid. Dejó de ser el verdugo y se convirtió en el banquero de Roma; y los pobres españoles, que siempre estiman como un privilegio pagar cuentas ajenas, miraron durante mucho tiempo como una gran ventura que les permitieran saciar la rapaz avidez de Roma, que durante el siglo pasado sacó, probablemente, de España más dinero que de todo el resto de la cristiandad. Pero la guerra prendió en el país. Napoleón y sus fieros francos invadieron España; siguiéronse saqueos y estragos, cuyos efectos se sentirán, probablemente, durante muchas generaciones. España no pudo ya seguir pagando a Pedro sus cuartos con la holgura de antaño, y desde entonces, Roma, que no respeta a ninguna nación más que en cuanto puede hacer de ella el ministro de su crueldad o de su avaricia, la miró con desprecio. El español tenía aún voluntad de pagar, dentro de lo que sus medios le permitían; pero muy pronto le dieron a entender que era un ser degradado, un bárbaro; más: un mendigo. Ahora bien: a un español podéis sacarle hasta el último cuarto con tal que le otorguéis el título de caballero y de hombre rico, pues la levadura antigua es tan fuerte en él como en los tiempos de Felipe el Hermoso; pero guardaos de insinuar que le tenéis por pobre o que su sangre es inferior a la vuestra. Al conocer, pues, la baja estimación en que había caído, el rústico viejo replicó: «Si soy un bestia, un bárbaro y, además, un pordiosero, lo siento mucho; pero como eso no tiene remedio, voy a gastarme estas cuatro fanegas de cebada, que había reservado para aliviar la miseria del Santo Padre, en una corrida de toros y en otras diversiones convenientes para la reina, mi mujer, y para los príncipes, mis hijos. ¿Yo un mendigo? ¡Carajo! El agua de mi pueblo es mejor que el vino de Roma.» Veo que en la última carta pastoral dirigida a los españoles, el obispo de Roma se queja amargamente del trato que ha recibido en España por parte de algunos hombres inicuos. «Mis catedrales se arruinan – dice – , insultan a mis sacerdotes y cercenan las rentas de mis obispos.» Se consuela, sin embargo, con la idea de que todo esto es obra de la malicia de unos pocos, y que la generalidad de la nación le ama, sobre todo los campesinos, los inocentes campesinos, que vierten lágrimas al pensar en los sufrimientos de su Papa y de su religión. ¡Desengáñese, Batuschca[24 - Palabra rusa equivalente a padrecito.], desengáñese! España estaba dispuesta a luchar por vuestra causa, en tanto que al obrar así acrecentase su gloria; pero no le agrada perder batallas y más batallas en servicio vuestro. No se opone a llevar su dinero a vuestras arcas, en forma de limosnas, esperando, sin embargo, verlas aceptadas con la gratitud y la humildad propias de quien recibe una caridad. Pero al encontrar que no sois humilde ni agradecido, y, sobre todo, al sospechar que tenéis a Austria en mayor estimación, incluso como banquero, España se encoge de hombros y profiere unas palabras algo parecidas a las que ya he puesto en boca de uno de sus hijos: «Estas cuatro fanegas de cebada», etc. Es, en verdad, sorprendente lo poco que a la gran masa de la nación española le interesó la última guerra[25 - La primera guerra carlista.], la cual, empero, ha sido llamada por quien debía estar mejor enterado, guerra de religión y de principios. Se admitía, generalmente, que Vizcaya era el reducto del carlismo, y que los vizcaínos sentían fanático apego a su religión, a la que creían en peligro. La verdad es que los vascos se cuidaban muy poco de Carlos y de Roma, y tomaron las armas tan sólo por defender ciertos derechos y privilegios que tenían. Por el encanijado hermano de Fernando mostraron siempre soberano desprecio, que su carácter, mezcla de imbecilidad, cobardía y crueldad, merecía de sobra. Usaron su nombre como un cri de guerre solamente. Casi lo mismo puede decirse de sus partidarios españoles, al menos de los que se lanzaron al campo por su causa. Había, sin embargo, una gran diferencia de carácter entre éstos y los vascos, soldados valerosos y hombres honrados. Los ejércitos españoles de don Carlos se componían enteramente de ladrones y asesinos, casi todos valencianos y manchegos, que, mandados por dos forajidos, Cabrera y Palillos, se aprovecharon de la situación perturbada del país para robar y asesinar a la parte honrada de la población. Respecto de la reina regente Cristina, cuanto menos se hable, mejor; tomó en sus manos las riendas del gobierno a la muerte de su marido, y con ellas el mando del ejército. La parte respetable de la nación española, y por modo especial los honrados y estrujados labradores, aborrecían y execraban a las dos facciones. Muchas veces, al caer la noche, compartiendo la frugal comida de un labriego de cualquiera de las dos Castillas, oíamos el lejano tiroteo de los soldados cristinos o de los bandidos carlistas; con lo que comenzaba mi hombre a echar maldiciones a los dos pretendientes, sin olvidar al Santo Padre y a la diosa de Roma, María Santísima. Luego, con la energía de tigre característica del español cuando se excita, levantándose precipitadamente exclamaba: «¡Vamos, don Jorge, al campo, al campo! Me voy con usted y aprenderé la ley de los ingleses. Al campo, pues, desde mañana, a difundir el evangelio de Inglaterra.» Entre los campesinos españoles fué donde encontré mis defensores más acérrimos; y aún supone el Santo Padre que los labradores de España son amigos suyos y le quieren. ¡Desengáñese, Batuschca, desengáñese! Pero volvamos al presente libro: está consagrado, como digo, a referir mis sucesos en España mientras anduve por allá empeñado en difundir las Escrituras. Respecto de mis modestos trabajos, he de hacer notar aquí que lo realizado fué muy poca cosa; no tengo la pretensión de haber conseguido brillantes triunfos; cierto que fuí enviado a España, más que nada, a explorar el país y a comprobar hasta qué punto el espíritu del pueblo estaba preparado para recibir las verdades del cristianismo; obtuve, sin embargo, mediante el apoyo de buenos amigos, un permiso del Gobierno español para imprimir en Madrid una edición del libro sagrado, que subsiguientemente repartí por la capital y las provincias. Durante mi estancia en España, otras personas prestaron muy buenos servicios a la causa del evangelio, y en una obra de esta índole sería injusto pasar en silencio sus esfuerzos. Villano es el corazón que rehusa al mérito su recompensa, y por insignificante que sea el valor de un elogio que brota de una pluma como la mía, no puedo por menos de mencionar, con respeto y estimación, unos pocos nombres relacionados con la propaganda evangélica. Un caballero irlandés, llamado Graydon, se empleó, con celo e infatigable diligencia, en difundir la luz de la Escritura en la provincia de Cataluña y a lo largo de las costas meridionales de España; mientras, dos misioneros de Gibraltar, los señores Rule y Lyon, predicaron la verdad evangélica durante un año entero en una iglesia de Cádiz. Tan buen éxito alcanzaron los esfuerzos de estos dos últimos, animosos discípulos del inmortal Wesley, que, con razón sobrada podemos suponerlo así, de no haber sido reducidos al silencio y desterrados del país por la fracción pseudo-liberal de los Moderados, no sólo Cádiz, pero la mayor parte de Andalucía habría entonces confesado las puras doctrinas del Evangelio y desechado para siempre los últimos restos de la superstición Papista. Por hallarse más inmediatamente relacionado con la Sociedad Bíblica y conmigo, considero felicísima la oportunidad que se me presenta de hablar de Luis de Usoz y Río, vástago de una antigua y honorable familia de Castilla la Vieja, que me ayudó en la edición española del Nuevo Testamento, en Madrid. Durante mi permanencia en España recibí toda clase de pruebas de amistad de este caballero, que, en mis ausencias por las provincias, y en mis numerosos y largos viajes, me sustituía de buen grado en Madrid y se empleaba cuanto podía en adelantar las miras de la Sociedad Bíblica, sin otro móvil que la esperanza de contribuir acaso con su esfuerzo a la paz, felicidad y civilización de su tierra natal. Para concluir, permítaseme declarar que conozco muy bien los defectos y errores del presente libro. Para componerlo me he valido de ciertos diarios que fuí escribiendo durante mi estancia en España y de numerosas cartas escritas a mis amigos de Inglaterra, que han tenido después la bondad de restituírmelas; sin embargo, la mayor parte de él, consistente en descripciones de lugares y escenas, en bosquejos de caracteres, etcétera, se la debo a mi memoria. En varios casos he omitido los nombres de los lugares, o por haberlos olvidado, o por no estar seguro de su ortografía. La obra, tal como hoy está, fué escrita en una aldea solitaria de una apartada región de Inglaterra, donde no tenía libros de consulta, ni amigos cuya opinión o consejo pudiera en ocasiones serme provechoso, y con todas las incomodidades resultantes del quebranto de mi salud. Pero he recibido en ocasión reciente tales muestras de la lenidad y generosidad extremadas del público británico y americano para conmigo, que sin temor me someto nuevamente a su consideración, y confío en que, si en los presentes volúmenes hay poco que admirar, me darán al menos reputación de hombre bien intencionado y que no se emplea en escribir ruindades.     26 de noviembre de 1842. CAPÍTULO PRIMERO ¡Hombre al agua! – El Tajo. – Las lenguas extranjeras. – La gesticulación. – Calles de Lisboa. – El acueducto. – La Biblia tolerada en Portugal. – Cintra. – Don Sebastián. – Juan de Castro. – Conversación con un cura. – Colhares. – Mafra. – El palacio. – El maestro de escuela. – Los portugueses. – Su ignorancia de las Escrituras. – Los curas rurales. – El Alemtejo. En la mañana del 10 de noviembre de 1835, encontrábame a la altura de la costa de Galicia, cuyas elevadas montañas, doradas por el sol naciente, ofrecían una vista espléndida. Iba con destino a Lisboa; doblamos el cabo Finisterre, y, metiéndonos mar adentro, perdimos rápidamente de vista la tierra. En la mañana del día 11, estando el mar muy alborotado, ocurrió un suceso notable. Hallábame en el castillo de proa departiendo con dos marineros; uno de ellos, que acababa de levantarse de la hamaca, dijo: «He tenido esta noche un sueño extraño y muy poco agradable, porque – continuó señalando al mástil – he soñado que me caía al mar desde la cruceta.» Así se lo oyeron decir varios tripulantes que estaban junto a mí. Un momento después, el capitán del barco, advirtiendo que la borrasca iba en aumento, mandó tomar la gavia, y en el acto, aquel marinero y otros varios treparon a la arboladura. Estaban en la maniobra cuando una racha de viento hizo girar la antena, dando tal golpe a uno de los marineros, que cayó desde la cruceta al mar, cubierto de hirvientes espumas. El marinero emergió en seguida; vi su cabeza asomar en la cresta de una ola muy grande, y en el acto reconocí en aquel desdichado al que poco antes nos había referido su sueño. Nunca olvidaré la mirada de agonía que nos lanzó, mientras el barco, velozmente, le dejaba atrás. Dada la voz de alarma, hubo una gran confusión, y lo menos pasaron dos minutos antes de que el barco se parase; en ese tiempo el marinero se quedó muy lejos a popa; sin embargo, yo no le perdí de vista y observé que luchaba valientemente con las olas. Por fin, se arrió un bote; mas por desgracia no se halló a mano el timón, y sólo se pudo disponer de dos remos, con los que los tripulantes no avanzaban gran cosa en un mar tan alborotado. No obstante, remaron de firme, y habían llegado ya a diez brazas del náufrago, que continuaba luchando por su vida, cuando le perdí de vista; a su regreso dijeron los marineros que le habían visto debajo del agua, a intervalos, hundiéndose cada vez más, con los brazos abiertos, y el cuerpo, al parecer, rígido, pero que se habían encontrado en la imposibilidad de salvarlo. Inmediatamente después, el mar se calmó mucho, como si ya estuviera satisfecho con la presa que acababa de hacer. El pobre muchacho que pereció de tan singular manera era un apuesto joven de veintisiete años, hijo único de una viuda; era el mejor marinero de a bordo, y cuantos le conocieron le querían. Este suceso ocurrió el 11 de noviembre de 1835; el barco era un vapor llamado London Merchant. ¡Verdaderamente admirables son los caminos de la Providencia! Aquella misma noche entramos en el Tajo y echamos el ancla delante de la antigua torre de Belem; a la madrugada siguiente levamos anclas, y remontando el río como cosa de una legua, anclamos de nuevo a corta distancia del Caesodré[26 - Caes do Sodré, ahora Praça dos Romulares. (Nota de U. R. Burke.)], o muelle principal de Lisboa. Allí estuvimos algunas horas junto al enorme casco negro de la Rainha Nao, navío de guerra que en otros tiempos cautivaba de tal modo los ojos de Nelson, que de muy buena gana lo hubiera adquirido para su país natal. Mucho después fué navío almirante de la escuadra miguelista, y el intrépido Napier lo capturó unos tres años antes de la fecha a que me refiero. La Rainha Nao dícese que dió a Napier más quehacer que todos los demás barcos enemigos juntos, y alguien afirmó que si éstos se hubieran defendido con la mitad del coraje que la vieja y belicosa «reina» desplegó, el resultado de la batalla que decidió la suerte de Portugal hubiese sido por completo diferente. Encontré por demás molesta la operación de desembarcar en Lisboa. Los empleados de la aduana eran extremadamente descorteses, y examinaron cada pieza de mi reducido equipaje con irritante minuciosidad. Mi primera impresión al tomar tierra en la Península estaba muy lejos de ser favorable; apenas hacía una hora que hollaba su suelo, y ya deseaba de corazón volverme a Rusia, país de donde había salido un mes antes, dejando en él amigos muy queridos y muy vivos afectos. Después de soportar en la aduana muchos abusos y exacciones, procedí a buscar alojamiento, y, al fin, encontré uno, pero sucio y caro. Al siguiente día tomé un criado portugués. Mi costumbre invariable al llegar a un país consiste en valerme de los servicios de un indígena, con la mira principal de perfeccionarme en la lengua, y como ya conozco casi todos los idiomas y dialectos importantes de oriente y occidente, me pongo con prontitud en condiciones de hacerme entender perfectamente por los naturales. En unos quince días logré hablar en portugués con mucha facilidad. Los que desean hacerse entender de un extranjero hablándole en su propio idioma tienen que hablar a gritos y vociferar abriendo mucho la boca. ¿Es de extrañar, pues, que los ingleses sean, en general, los peores lingüistas del mundo, ya que siguen un sistema diametralmente opuesto? Por ejemplo, cuando intentan hablar en español – la lengua más sonora que existe – apenas abren los labios, y, con las manos metidas en bolsillos, farfullan perezosamente, en lugar de aplicarse al indispensable menester de la gesticulación. Con razón los pobres españoles exclaman: estos ingleses tienen un hablar tan cerrado que ni el mismo Satanás los entiende. Lisboa es una gran ciudad ruinosa, que aún muestra por doquiera las huellas del terremoto, terrible visita que le hizo Dios hace unos ochenta años. La ciudad se alza sobre siete colinas; la más elevada de todas la ocupa el castillo de San Jorge, punto el más eminente que la mirada descubre al contemplar a Lisboa desde el Tajo. Las partes más animadas y bulliciosas de la ciudad hállanse en la hondonada que cae al Norte de esa colina. Allí se encuentra la Plaza de la Inquisición[27 - Es el Terreiro do Paço.], la principal de Lisboa, desde la que corren paralelas hacia el río tres o cuatro calles, entre las que se cuentan la del Oro y la de la Plata, así llamadas porque en ellas viven los orífices y los plateros, muy hábiles en su oficio; estas calles son, en conjunto, muy suntuosas. Las casas son grandes y altas como castillos. Inmensas columnas protejen a intervalos la calzada; pero lo que hacen más bien es estorbar. Estas calles son completamente llanas y están bien pavimentadas, en lo cual se diferencian de todas las demás de Lisboa. La calle más singular es, sin embargo, la del Alecrim, o del Romero, que desemboca en el Caesodré. Es muy pendiente, y a ambos lados se alzan los palacios de la más rancia nobleza de Portugal, edificios pesados y adustos, pero grandes y pintorescos, con jardines colgantes aquí y allá, que se asoman a la calle desde gran altura. Con toda su ruina y desolación, Lisboa es, sin disputa, la ciudad más notable de la Península, y acaso del Sur de Europa. No me propongo entrar aquí en minuciosos detalles acerca de ella; me limitaré a notar que es tan digna de la atención de un artista como la misma Roma. Verdad es que, si abundan aquí las iglesias, no hay ninguna catedral gigantesca como la de San Pedro, para atraer las miradas llenándolas de admiración, pero me atrevo a decir que no hay en la antigua ni en la moderna Roma una obra del trabajo y del arte humanos que pueda, cualquiera que sea su destino, rivalizar con las obras hidráulicas para el abastecimiento de Lisboa. Aludo al estupendo acueducto cuyos arcos principales cruzan el valle al Noreste de Lisboa y vierte un arroyuelo de agua fría y deliciosa en una cisterna de piedra dentro del hermoso edificio llamado Madre de las aguas, desde donde se abastece toda Lisboa de linfa cristalina, aunque el manantial está a siete leguas de allí. Los viajeros, después de consagrar una mañana entera a visitar los Arcos y la Mai das agoas, pueden dirigirse a la iglesia y al cementerio británicos; este último es un Père-la-Chaise en miniatura, donde, si se trata de viajeros ingleses, bien podrá perdonárseles que estampen un beso, como hice yo, en la fría tumba del autor de Amelia[28 - H. Fielding.], el genio más singular que nuestra isla ha producido, y cuyas obras, por pura moda, han sido durante mucho tiempo denigradas en público y leídas en secreto. En el mismo cementerio descansan los restos mortales de Doddridge, otro autor inglés, de diferente cuño, pero justamente admirado y estimado. Al desembarcar no tenía yo intención de detenerme mucho en Lisboa, ni ciertamente en Portugal; mi destino era España, hacia donde me proponía encaminar mis pasos muy en breve, porque la intención de la Sociedad Bíblica era comenzar sus trabajos en este país, con objeto de difundir la palabra de Dios, ya que España había sido hasta entonces una región donde la admisión de la Biblia estaba vedada. No ocurría lo mismo en Portugal, donde se permitía desde la revolución la entrada y circulación de la Biblia. Poco se había realizado, no obstante, en este país; por tanto, ya que me hallaba en él, determiné hacer algo, a ser posible, por la difusión de aquélla, no sin cerciorarme ante todo personalmente de hasta qué punto la gente estaba preparada para recibirla, y de si el estado de la educación en general le permitiría sacar de ella bastante provecho. Tenía yo a mi disposición un buen repuesto de Biblias y Testamentos; pero ¿querría o podría leerlas el pueblo? El amigo de la Sociedad a quien yo iba recomendado, estaba ausente de Lisboa al tiempo de mi llegada; lo sentí, porque podía haberme suministrado algunas indicaciones útiles. Con el fin, empero, de no gastar tiempo, me decidí a no esperar su regreso, y al punto empecé a recoger cuantas noticias pude acerca de los extremos a que he aludido. Comencé mis investigaciones a cierta distancia de Lisboa, por saber de sobra que me formaría una idea muy errónea de los portugueses en general si juzgaba de su carácter y opiniones por lo que veía y oía en una ciudad tan sujeta a la influencia extranjera. Mi primera excursión fué a Cintra. Si hay en el mundo algún lugar al que con razón pueda llamársele país encantado, es seguramente Cintra. Tivoli, sitio pintoresco y bello, se borra con rapidez de la memoria de cuantos ven el Paraíso portugués. No debe suponerse ni por un momento que al hablar de Cintra se alude sólo a la pequeña ciudad de este nombre; por Cintra debe entenderse la región entera: ciudad, palacio, quintas, bosques, rocas, ruinas moriscas, que bruscamente surgen ante los ojos al bordear la ladera de una montaña de aspecto triste, agreste y estéril. Nada tan hosco y repelente como la vista que por el lado suroccidental, hacia Lisboa, presenta el muro de piedra que parece ocultar a Cintra de ojos del mundo; pero el otro lado es como una decoración de mágica hermosura, donde la elegancia artificial y la agreste grandeza, las cúpulas, las torres, los árboles gigantescos, las flores y las cascadas se mezclan de modo que no tiene semejante bajo el sol. ¡Oh! Admirables y sorprendentes cosas hay en Cintra, a las que van unidos recuerdos maravillosos. Aquellas ruinas sobre el picacho, que cubren en parte la escarpada pendiente, fueron en otro tiempo la principal fortaleza de los moros lusitanos, y adonde, mucho después de su expulsión, se permitía que acudiesen, en determinada luna de cada año, los salvajes santones del Magreb a orar en la tumba de un famoso Sidi sepultado en esas rocas. Aquel palacio gris presenció la reunión de las últimas Cortes celebradas por el rey-niño Sebastián antes de partir para su romántica expedición contra los moros, que tan bien supieron vengar en Alcazarquivir el agravio hecho a su fe y a su país. En aquella pequeña y sombría quinta, escondida entre los altos alcornoques, vivió antaño Juan de Castro, virrey de Goa, viejo singular que empeñó los cabellos de la barba de su difunto hijo para levantar dinero con que rehacer los muros ruinosos de una fortaleza amenazada por los salvajes indios. Ante el portal de la quinta hay unos fragmentos de estelas que tienen profundamente grabados versos en sánscrito, sacados de los vedas, tan oscuros como si estuviesen en caracteres rúnicos; son piedras traídas por Castro desde Goa, brillantísimo escenario de su gloria, antes de que Portugal cayera en su profunda decadencia. Cañada abajo, en una abrupta elevación de las rocas, se hallan las ruinas de la casa de un millonario inglés que aquí daba pasto a caprichos de su ánimo antojadizo, tan desordenado, rico y vario en matices como el paisaje circundante. Sí; admirables cosas se ven en Cintra, y admirables son los recuerdos unidos a ellas. La ciudad de Cintra tiene unos ochocientos habitantes. La mañana siguiente a mi llegada, cuando me disponía a subir a la montaña para visitar las ruinas moriscas, observé que venía hacia mí una persona que, por su traje, me pareció un eclesiástico; era, en efecto, uno de los tres curas del lugar. Al instante le abordé, y no tuve motivo para arrepentirme de ello; le encontré afable y comunicativo. Después de alabar la hermosura del paisaje, le hice algunas preguntas acerca del grado de instrucción de sus feligreses. Respondió que sentía decir que se hallaban en la mayor ignorancia; en el pueblo bajo había muy pocos que supieran leer o escribir, y respecto a escuelas, sólo existía una en el lugar, donde cuatro o cinco chicos aprendían el alfabeto, pero aún esa estaba ahora cerrada. Díjome, no obstante, que había una escuela en Colhares, como a una legua de allí. Entre otras cosas, me declaró cuánto le sorprendía ver a los ingleses, el pueblo más instruído e inteligente de la tierra, visitar un sitio como Cintra, donde no hay literatura, ciencia ni cosa alguna útil (coisa que presta). Sospecho que las últimas palabras del digno cura encubrían una sátira; fuí, sin embargo, bastante jesuíta para aparentar que las recibía como un fino cumplido, y, quitándome el sombrero, me despedí haciéndole infinidad de reverencias. El mismo día visité Colhares, romántica aldea, en las inmediaciones de la montaña de Cintra, por el lado del noroeste. A unos campesinos que estaban en la fragua les pregunté por la escuela, y uno de ellos se ofreció en el acto a servirme de guía. Subí por unas escaleras a un pequeño aposento, donde encontré al maestro con una docena de alumnos formados en hilera; me recibió con urbanidad y me hizo sentar en la única banqueta que había en la habitación. Hablamos un poco, y me enseñó los libros que usaba para la instrucción de los chicos; eran unos silabarios muy semejantes a los usados en las escuelas rurales de Inglaterra. Al preguntarle si era costumbre poner las Escrituras en manos de los chicos, me respondió que mucho antes de adquirir capacidad suficiente para entenderlas, los padres retiraban de la escuela a sus hijos para que los ayudasen en las labores del campo; en general, los padres no tenían el menor deseo de que sus hijos aprendieran cosa alguna, por considerar tiempo perdido el empleado en aprender. Dijo que, si bien las escuelas estaban nominalmente sostenidas por el Gobierno, era raro que los maestros cobrasen sus sueldos; por eso, muchos habían últimamente renunciado sus empleos. Me declaró que poseía un ejemplar del Nuevo Testamento; quise verlo, y resultó ser tan sólo un ejemplar de las Epístolas, traducción de Pereira, con muchas notas. Le pregunté si consideraba peligroso leer las Escrituras sin notas; replicó que, ciertamente, no había peligro alguno, pero que la gente no instruída poco provecho podía sacar de la Escritura sin el socorro de las notas, porque en su mayor parte la encontraría ininteligible. En diciendo esto nos estrechamos la mano, y, al partir, le dije que no había pasaje de la Biblia tan difícil de entender como las mismas notas puestas para aclararla, y que nunca hubiese sido escrita si no bastara a iluminar por sí sola el entendimiento de toda clase de personas. Uno o días después hice una excursión a Mafra, distante de Cintra unas tres leguas. La mayor parte del camino corre por escarpados cerros, a veces peligrosos para las cabalgaduras; no obstante, llegué a mi destino sin novedad. Mafra es un pueblo grande en las inmediaciones de un edificio inmenso, construído para convento y palacio, algo semejante al Escorial por su estructura; en él se halla la mejor biblioteca de Portugal, con libros de todas las ciencias y en todos los idiomas, muy apropiada a la magnitud y esplendidez del edificio donde se encierra. Ya no había, empero, frailes para cuidarlo, como en otros tiempos; expulsados de allí, algunos mendigaban su sustento, otros habían ido a servir bajo las banderas de don Carlos, en España, y me dijeron que muchos vivían del merodeo como bandidos. Abandonada a dos o tres guardas, la mansión ofrece un aspecto solitario y desolado que, en verdad, oprime el ánimo. Cuando estaba viendo los claustros, se me acercó un muchacho muy apuesto y de rostro inteligente, y me preguntó (supongo que con la esperanza de ganarse una propina) si le permitiría enseñarme la iglesia del pueblo, muy digna de verse, según dijo; rehusé, pero añadí que si me guiaba a la escuela se lo agradecería mucho. Me miró con asombro y aseguró que en la escuela no había nada notable, pues sólo contaba media docena de alumnos, entre los cuales estaba él. Al decirle yo, sin embargo, que no siendo a aquélla, no me llevaría a ninguna otra parte, se decidió de mala gana a acompañarme. Por el camino me contó que el maestro era uno de los frailes recientemente expulsados del convento, hombre muy instruído, que hablaba francés y griego. Pasamos junto a una cruz de piedra, y el muchacho se inclinó y se persignó con mucha devoción. Menciono el detalle porque fué el primer caso de esa índole que observé en los portugueses desde el día de mi llegada. Cuando estuvimos cerca de la casa donde vivía el maestro, el muchacho me la indicó, y fué a esconderse detrás de una tapia, donde esperó a que yo volviera. Al cruzar el umbral, me hallé frente a un hombre bajo y recio, entre los sesenta y los setenta años de edad, vestido con un jubón azul y unos calzones grises, sin camisa ni chaleco. Me miró con dureza y me preguntó en francés en qué podía servirme. Me disculpé por intrusarme de aquel modo, y le dije que, enterado de que desempeñaba las funciones de maestro, iba a ofrecerle mis respetos y a pedirle permiso para preguntarle algunas cosas referentes a la escuela. Respondió que quien me hubiese dicho que él era maestro de escuela, mentía, porque era fraile del convento, y nada más. – Entonces, ¿no es verdad – dije yo – que todos los conventos han sido cerrados y expulsados los frailes? – Sí, sí – dijo suspirando – ; es verdad, demasiado verdad. Guardó silencio un minuto, y al cabo, su buen natural se sobrepuso a la cólera; extrajo una caja de rapé y me ofreció un polvo. Rama de olivo de los portugueses, quien desee estar a bien con ellos no debe negarse a meter el índice y el pulgar en la caja de rapé cuando se la ofrezcan. Tomé, pues, una buena pulgarada, aunque aborrezco el rapé, y pronto estuvimos en la mejor armonía posible. El fraile estaba ansioso de noticias, especialmente de Lisboa y de España. Le conté que los oficiales de la guarnición de Lisboa, el día antes de salir yo de la capital, se habían presentado en masa a la reina e insistido cerca de ella para que exonerase al ministerio, si no quería que depusiesen las espadas; al oirlo, el fraile frotábase las manos, asegurándome que las cosas no permanecerían tranquilas en Lisboa. Cuando le dije, empero, que, en mi opinión, la causa de don Carlos declinaba (hacía poco de la muerte de Zumalacárregui), se enfurruñó, exclamando que eso era imposible, porque Dios, en su justicia, no lo toleraría. Me condolí del pobre hombre, expulsado del insigne convento inmediato, su antiguo hogar, y que, vista su desguarnecida vivienda actual, trocaba en la senectud la abundancia y las comodidades por la escasez y la miseria. Dos o tres veces intenté hacerle hablar de la escuela, pero esquivó el tema, o dijo en pocas palabras que no sabía nada acerca de eso. En cuanto le dejé, salió de su escondite el muchacho y se reunió conmigo; se había escondido temeroso de que su maestro supiera quién me había llevado allí, pues no quería que los extraños descubrieran que era maestro de escuela. Pregunté al muchacho si él o sus padres conocían la Escritura y si la leían alguna vez; no pareció haberme entendido. Debo hacer notar que era un muchacho de unos quince años, muy despierto, con algunos conocimientos de latín; sin embargo, no conocía la Escritura ni de nombre, y no tengo duda, por mis observaciones ulteriores, que cuando menos los dos tercios de sus compatriotas, no están en asunto de tal importancia mejor instruídos que él. En las puertas de las posadas lugareñas, en los hogares rústicos, en los campos donde trabajan, en las fuentes de piedra al borde de los caminos, donde abrevan sus ganados, he interrogado a la clase más humilde de los hijos de Portugal acerca de la Escritura, de la Biblia, del Viejo y del Nuevo Testamento, y ni una sola vez han sabido a qué me refería ni me han dado una respuesta racional, aunque en todas las demás cosas sus contestaciones fuesen bastante sensatas. Nada, en verdad, me sorprendió tanto como el desembarazo y soltura con que los campesinos portugueses sostienen una conversación, y la pureza del lenguaje en que expresan sus pensamientos, aunque muy pocos saben leer o escribir; mientras que los campesinos ingleses, cuya educación es, en general, muy superior, son en su conversación de una grosería y torpeza rayanas en la brutalidad, y cometen absurdas faltas gramaticales, aunque la lengua inglesa es, en conjunto, de estructura más sencilla que el portugués. Al regresar a Lisboa, encontré a nuestro amigo, que me recibió con mucha bondad. Los diez días siguientes fueron extraordinariamente lluviosos, impidiéndome hacer excursiones por el país; durante ese tiempo vi con frecuencia a nuestro amigo, y examinamos con mucho detenimiento los mejores medios de difundir los Evangelios. En su opinión, no podíamos, por el momento, hacer cosa mejor que entregar parte de nuestras existencias de libros a los libreros de Lisboa, y emplear al mismo tiempo algunos repartidores que voceasen los libros por las calles concediéndoles cierta ganancia por cada ejemplar vendido. Aceptado este plan, fué puesto en práctica sin tardanza, y con éxito no del todo malo. Pensé enviar algunos repartidores a los pueblos inmediatos, pero nuestro amigo se opuso a ello. Consideraba peligroso el intento, porque los curas rurales, dueños aún de gran ascendiente en sus respectivas parroquias, y, en su mayoría, resueltamente contrarios a la difusión del Evangelio, podían muy bien ser causa de que maltrataran o asesinaran a nuestros emisarios. Resolví, sin embargo, antes de marcharme de Portugal, establecer depósitos de Biblias en una o dos ciudades principales de provincias. Deseaba yo visitar el Alemtejo, nombre que significa «más allá del Tajo», región muy atrasada según mis noticias. Esta provincia no es bella ni pintoresca, a diferencia de casi todas las demás partes de Portugal; hay en ella muy pocas colinas y montañas. En su mayor parte se compone de páramos cortados por alcores, por sombrías cañadas y pinares enanos; la comarca está infestada de bandidos. La principal ciudad es Evora, de las más antiguas de Portugal, sede, en otro tiempo, de una rama de la Inquisición, todavía más cruel y mortífera que la terrible de Lisboa. Evora está a unas sesenta millas de Lisboa, y a Evora me resolví a ir, con veinte Testamentos y dos Biblias. Ahora se verá lo que allí me sucedió. CAPÍTULO II Boteros del Tajo. – Peligros de la corriente. – Aldea Gallega. – La hostería. – Ladrones. – Sabocha. – Aventura de un arriero. – Estalagem de ladrões.– Don Gerónimo. – Vendas Novas. – Un Sitio Real. – Los cerdos del Alemtejo. – Monte Moro. – Un cabrero singular. – Los hijos de los campos. – Infieles y saduceos. En la tarde del 6 de diciembre salí para Evora en compañía de mi criado. El paso del río se hace en unas lanchas o faluchos, como les llaman, que prestan servicio regular. Me habían dicho que la corriente sería favorable a eso de las cuatro, pero al llegar a la orilla del Tajo, frente a Aldea Gallega, punto entre el cual y Lisboa circulan las lanchas, me encontré con que la corriente no les permitiría salir antes de las ocho de la noche. Si esperaba hasta esa hora, desembarcaría probablemente en Aldea Gallega hacia la media noche, y no tenía yo muchas ganas de hacer mi entrée en el Alemtejo a tales horas; por tanto, como vi varados allí algunos pequeños botes, que podían salir en cualquier momento, resolví alquilar uno para la travesía, aunque el costo era mucho mayor. Pronto cerré trato con un muchacho de mirar selvático que se ofreció a tomarme a bordo de uno de aquellos botes, del que era copropietario, según dijo. No sabía yo lo peligroso que es cruzar el Tajo por su parte más ancha, precisamente desde enfrente de Aldea Gallega, en cualquier tiempo, pero sobre todo a la caída de la tarde en invierno; que a saberlo no me hubiera aventurado a tanto. El muchacho, y un camarada suyo de aspecto miserable, cuyo único vestido, a pesar de la estación, era un jubón y unos calzones andrajosos, remaron hasta llegar a media milla de la costa; entonces izaron una vela muy grande, y el muchacho que parecía ser el jefe y dirigirlo todo, empuñó el timón y se puso a gobernar el bote. La tarde comenzaba a oscurecer; el sol estaba ya cerca de la raya del horizonte; hacía mucho frío, y las olas del noble Tajo comenzaron a coronarse de espumas. Dije al botero que era casi imposible que el bote llevase tanta vela sin zozobrar, y al oírme, se echó a reír, y comenzó una charla de lo más incoherente. Su pronunciación era la más rápida y áspera que hasta entonces había observado en ningún ser humano; mezclábanse en ella alaridos de hiena con ladridos de perro, pero eso no era, en modo alguno, indicio de su condición natural, alegre y desenvuelta y sin asomos de mala intención, según vi muy pronto. Cuando, para demostrarle el poco caso que le hacía, me puse a cantar Eu que sou contrabandista, se echó a reír con toda su alma, y dándome palmadas en el hombro, me dijo que haría todo lo posible por no ahogarnos. Al otro pobrecillo no parecía repugnarle gran cosa irse a fondo; sentado en la proa del bote, semejaba la estatua del hambre, y cuando las olas, rompiendo por el lado del mar, le mojaban los escasos vestidos, sonreía. De allí a poco me convencí de que había llegado nuestra última hora; el viento era cada vez más fuerte, las olas más hirvientes, el bote se ponía con frecuencia de través, y el agua nos entraba a torrentes por sotavento. A pesar de todo, aquel mozo salvaje, sin soltar el timón, reía y parlaba, y a veces, berreaba un trozo de Quando el rey chegou, canción miguelista, que no se podía cantar en Lisboa sin ir a la cárcel. La corriente estaba en contra nuestra, pero el viento nos era favorable; emprendimos una carrera vertiginosa, y vi que nuestra única probabilidad de salvación estaba en doblar rápidamente el saliente de la margen del Tajo, donde comienza la ensenada o bahía en que se halla Aldea Gallega, porque entonces ya no tendríamos que luchar con las olas del río, encrespadas por el viento contrario. La voluntad del Todopoderoso nos permitió ganar prontamente aquel refugio, no sin que antes el bote se llenase casi por completo de agua, y nos caláramos hasta los huesos. A eso de las siete de la tarde atracamos en Aldea Gallega, tiritando de frío, y en un estado lamentable. Esas dos palabras españolas: Aldea Gallega, son el nombre de un pueblo que podrá tener unos cuatro mil habitantes. Era noche cerrada cuando desembarcamos. A poco, comenzaron a volar cohetes aquí y allá, iluminando el espacio en todas direcciones. Cuando íbamos por la calle sucia y desempedrada que conduce al largo o plaza, un estruendo horrible de tambores y gritos nos atronó los oídos. Pregunté la causa de tanto bullicio, y me dijeron que era la víspera de la concepción de la Virgen. Como no era costumbre de los posaderos proveer al sustento de sus huéspedes, vagué por las calles en busca de provisiones; al cabo, viendo a unos soldados que comían y bebían en una especie de taberna, entré y pedí al dueño que me proporcionase algo de cena, y sin tardanza me satisfizo, no del todo mal, aunque cobrándolo a buen precio. Me acosté temprano, porque las mulas que había contratado para llevarnos a Evora, vendrían a buscarnos a las cinco de la mañana siguiente. Mi criado dormía en la misma habitación, única disponible en la posada. No pude pegar los ojos en toda la noche. Teníamos debajo una cuadra, en la cual dormían varios almocreves o carreteros con sus mulas. Detrás de nosotros, en el corral, había una pocilga. ¿Cómo dormir? Los cerdos gruñían, resoplaban las mulas, y los almocreves roncaban de un modo horrible. Oí dar las horas en el reloj del pueblo hasta media noche, y desde media noche hasta las cuatro, hora en que me levanté y comencé a vestirme, enviando a mi criado a dar prisa al hombre de las mulas, porque estaba harto de la posada y deseaba marcharme cuanto antes. Un viejo huesudo y fuerte, acompañado de un muchacho descalzo, llegó con las bestias, que eran bastante regulares. El viejo, dueño de las mulas, y tío del muchacho, venía dispuesto a acompañarnos hasta Evora. Cuando salimos, la luna brillaba esplendorosa, y el frío de la mañana era penetrante. Tomamos un camino hondo y arenoso, al salir del cual pasamos ante un vasto edificio, de extraño aspecto, situado en una desamparada colina arenosa, a nuestra izquierda. Cinco o seis hombres a caballo, que marchaban a buen paso, nos dieron rápidamente alcance. Todos llevaban largas escopetas colgadas del arzón, y la boca de los cañones asomaba como a dos pies por debajo de la panza de los caballos. Pregunté al viejo la razón de aquel aparato guerrero. Respondióme que los caminos estaban muy malos (quería decir que abundaban los ladrones) y que aquellos hombres iban armados así para su defensa; muy poco después torcieron a la izquierda, en dirección de Palmella. Entramos en una planicie arenosa, salpicada de pinos enanos; el camino era poco más que un sendero, y conforme avanzamos, los árboles fueron espesándose hasta formar un bosque, que se extendía unas dos leguas, con espacios claros, donde pastaban rebaños de cabras y ovejas; las cencerrillas que llevaban colgadas del cuello sonaban con un tintineo apagado y monótono. El sol estaba empezando a salir, pero la mañana era triste y nublada, y esto, unido al desolado aspecto de la comarca, causaba en mi ánimo una impresión desagradable. Eché pie a tierra y anduve un poco, trabando conversación con el viejo. Al parecer, no sabía hablar más que de «los ladrones» y de las atrocidades que tenían por costumbre cometer en los mismos sitios por donde íbamos pasando. Las historias que contaba eran, en verdad, horribles, y por no oírlas, monté de nuevo y me adelanté un buen trecho. Al cabo de hora y media salimos del bosque a un terreno quebrado, yermo y bravío, cubierto de mato, o matorrales. Las mulas detuviéronse a beber en un charco de poca hondura; y al mirar a la derecha, vi las ruinas de una pared. Aquello era, según me dijo el guía, lo que quedaba de Vendas Velhas, o Ventas Viejas, antigua guarida de Sabocha, ladrón famoso. Parece que el tal Sabocha tuvo a sus órdenes, unos diez y seis años antes, una partida de cuarenta bandoleros, que infestaban aquellos despoblados y vivían del robo. Durante mucho tiempo, el ventero Sabocha ejerció su atroz oficio sin infundir sospechas, y muchos infelices viajeros fueron asesinados en el silencio de la noche dentro de la venta solitaria regentada por él en aquel bosque; nunca he visto, en verdad, situación más a propósito para robar y matar. La cuadrilla tenía la costumbre de abrevar sus caballos en aquel charco, y quizás allí se lavaban las manos manchadas con la sangre de sus víctimas. El segundo de la cuadrilla era hermano de Sabocha, tipo fortísimo y feroz, famoso sobre todo por su destreza en tirar el cuchillo, con el que solía atravesar a sus enemigos. Al fin se descubrió la connivencia de Sabocha y de los bandidos, y el ventero huyó con la mayor parte de sus socios, cruzando el Tajo para refugiarse en las provincias del Norte; en un encuentro fortuito con la fuerza pública, en el camino de Coimbra, Sabocha y toda su cuadrilla perdieron la vida. Su casa fué arrasada por orden del Gobierno. Los ladrones frecuentan todavía esas ruinas, y en ellas comen y beben, en acecho de una presa, porque el sitio domina un buen trozo del camino. El viejo me aseguró que, unos dos meses antes, al volver a Aldea Gallega con sus mulas de acompañar a unos viajeros, le había derribado, desnudado y robado un individuo que, a su parecer, salió de aquel nido de asesinos. Díjome que el agresor era joven y de fuerza extraordinaria, con inmensos bigotes y patillas, armado con una espingarda o mosquete. Unos diez días más tarde vió al ladrón en Vendas Novas, en donde nosotros íbamos a pasar la noche. El individuo, al reconocer a su víctima, le llevó aparte, y con horrendas imprecaciones le intimó que no volvería a ver más su casa si intentaba delatarle; el viejo se estuvo en paz, porque tenía muy poco que ganar y sí mucho que perder haciendo que prendieran al ladrón, ya que no hubieran tardado en soltarlo por falta de pruebas, y entonces era inevitable su venganza si no se adelantaban sus compañeros a tomarla. Me apeé y fuí hasta las ruinas, donde vi los restos de una hoguera y una botella rota. Los hijos del robo habían pasado por allí muy poco antes. Dejé un ejemplar del Nuevo Testamento y algunos folletos, y partimos apresuradamente. El sol había disipado las nieblas y empezaba a calentar mucho. Llevaríamos próximamente otra hora de camino, cuando sonó un relincho a nuestra espalda, y el guía nos dijo que venía un grupo de hombres a caballo; como nuestras mulas andaban a buen paso, tardaron lo menos veinte minutos en alcanzarnos. El jinete que rompía la marcha era un caballero vestido con elegante traje de camino; un poco detrás seguían un oficial, dos soldados y un mozo de librea. Oí al caballero que parecía principal, preguntar a mi criado, al emparejarse con él, quién era yo, y si francés o inglés. Le dijo que un caballero inglés, de viaje. Preguntó entonces si entendía el portugués, y el criado respondió qué sí, pero que, a su parecer, hablaba yo mejor el italiano y el francés. El caballero espoleó el caballo y me abordó, pero no en portugués, francés ni italiano, sino en el inglés más puro que he oído hablar a un extranjero; no había en su pronunciación ni el más leve acento extranjero, y, a no haber conocido en su rostro que mi interlocutor no era inglés (como todos saben, hay en el semblante de un inglés una particularidad indescriptible que le delata), hubiera creído que se trataba de un compatriota. Continuamos juntos departiendo hasta llegar a Pegões. Pegões se compone de dos o tres casas y de una posada; hay, además, una especie de barraca donde se alberga media docena de soldados. No hay en todo Portugal un sitio de peor fama que éste, y la posada lleva el apodo de Estalagem de Ladrões o sea, hostería de ladrones; porque los bandidos que campan por los despoblados que se extienden a varias leguas a la redonda, tienen la costumbre de venir a esta posada a gastar el dinero y demás productos de su criminal oficio; allí cantan y bailan, comen conejo guisado y aceitunas, y beben el vino espeso y fuerte del Alemtejo. Una enorme fogata, alimentada por el tronco de un alcornoque, ardía en un fogón bajo, a la izquierda de la entrada de la espaciosa cocina. Arrimadas al fuego cocían varias ollas, cuyo apetitoso olor me recordó que aún no me había desayunado, a pesar de ser cerca de la una y de haber hecho a caballo cinco leguas. Varios hombres, de aspecto siniestro, que si no eran bandidos, fácilmente podían ser tomados por tales, estaban sentados en unos leños al amor de la lumbre. Híceles algunas preguntas indiferentes, a las que contestaron con desembarazo y cortesía, y uno de ellos, que dijo saber de letra, aceptó un folleto que le ofrecí. Mi nuevo amigo, después de encargar la comida, o más bien almuerzo, me invitó con gran amabilidad a participar en él, y, al mismo tiempo, me presentó a su acompañante el oficial, hermano suyo, que también hablaba inglés, pero con menos perfección. Mi amigo resultó ser don Jerónimo José de Azveto, secretario del Gobierno en Evora; su hermano pertenecía a un regimiento de húsares que tenía el cuartel general en aquella ciudad, pero con patrullas destacadas a lo largo del camino, por ejemplo, en el lugar donde nos encontrábamos detenidos. En Pegões, el principal artículo de comer parece que son los conejos, muy abundantes en los páramos de las cercanías. Comimos uno frito, con una pringue deliciosa, y luego otro asado, que nos sirvieron entero en una fuente; la posadera, después de lavarse las manos, lo partió, y luego vertió sobre los pedazos una salsa sabrosa. Comí con mucho gusto de ambos platos, sobre todo del último, quizás por la curiosa y para mí nueva manera de aderezarlo. Con unos higos de los Algarves, excelentes, y unas manzanas, concluyó nuestra comida; pero el cuartito reservado en que comimos era de suelo cenagoso, y su frialdad me penetró de modo que ni de los manjares ni de la agradable compañía pude sacar todo el placer que en otro caso hubiera tenido. Don Jerónimo se había educado en Inglaterra, país en que transcurrió su infancia, lo cual explicaba en mucha parte su dominio de la lengua inglesa, que únicamente se puede aprender bien residiendo en el país durante aquella etapa de la vida. Había, además, huído a Inglaterra poco después de la usurpación del Trono de Portugal por don Miguel, y desde allí fué al Brasil, donde se consagró al servicio de don Pedro, y le acompañó en la expedición que terminó por la caída del usurpador y el establecimiento del Gobierno constitucional en Portugal. Nuestra conversación versó sobre literatura y política, y mi conocimiento de las obras de los escritores más famosos de Portugal fué acogido con sorpresa y contento; nada tan halagüeño para un portugués como observar que un extranjero se interesa por su literatura nacional, de la que, en muchos respectos, se enorgullece con justicia. A eso de las dos cabalgamos de nuevo y proseguimos juntos nuestro camino a través de un país exactamente igual al que habíamos atravesado antes, áspero y quebrado, con grupos de pinos aquí y allá. La tarde era muy despejada, y los brillantes rayos del sol realzaban la desolación del paisaje. Habríamos avanzado dos leguas, cuando percibimos en lontananza un gran edificio, de majestuosa apariencia, que era, según me dijeron, un palacio real situado al otro extremo de Vendas Novas, pueblo donde íbamos a pernoctar; aún nos faltaba más de una legua para llegar a él, pero a través de la clara y transparente atmósfera de Portugal, parecía mucho más próximo. Antes de llegar a Vendas Novas pasamos junto a una cruz de piedra, en cuyo pedestal había cierta inscripción conmemorativa de un asesinato horrible cometido en aquel lugar en la persona de un lisboeta; la cruz parecía ya antigua y estaba cubierta de musgo; la inscripción era, en su mayor parte, ilegible, al menos para mí, que no podía gastar mucho tiempo en descifrarla. Llegados a Vendas Novas y encargada la cena, mi nuevo amigo y yo fuimos dando un paseo a ver el palacio. Fué edificado por el difunto rey de Portugal, y su aspecto exterior es poco notable. El edificio, largo y con dos alas, consta de dos pisos tan sólo, aunque parece mucho más alto por estar situado en una elevación del terreno; tiene quince ventanas en el piso alto y doce en el bajo, con una puerta mezquina, algo así como la puerta de un granero, a la que se llega por un solo peldaño. El interior corresponde al exterior, y no hay en él nada interesante para el curioso, excepto las cocinas, magníficas en verdad, y tan grandes, que puede condimentarse en ellas al mismo tiempo comida suficiente para todos los habitantes del Alemtejo. Pasé la noche con toda comodidad en una cama limpia, lejos de todos aquellos ruidos tan frecuentes en las posadas portuguesas, y a las seis de la mañana del siguiente día continuamos el viaje, que esperábamos terminar antes de ponerse el sol, porque Evora sólo dista diez leguas de Vendas Novas. Si la mañana anterior había sido fría, ésta lo era mucho más, tanto que, poco antes de salir el sol, no pude resistir más a caballo, y, echando pie a tierra, corrí y anduve hasta llegar a unas casuchas en el límite de los desolados páramos. En una de aquellas casas se encontraron los emisarios de don Pedro y los de don Miguel, y allí se concertó la renuncia de este último a la corona en favor de doña María de la Gloria; Evora fué el postrer reducto del usurpador, y las parameras del Alemtejo el último teatro de las luchas que tanto tiempo agitaron al infortunado Portugal. Contemplé, pues, con mucho interés aquellas miserables chozas, y no dejé de esparcir por los contornos algunos de los preciosos folletitos que, con una corta cantidad de Testamentos, llevaba en mi saco de noche. El paisaje comenzó desde allí a mejorar; dejamos atrás los agrestes matorrales y atravesamos colinas y valles cubiertos de alcornoques y de azinheiras, las cuales producen bellotas dulces o bolotas, tan agradables como las castañas, y principal alimento en invierno de los numerosos cerdos que cría el Alemtejo. Los cerdos son muy hermosos: de patas cortas, corpulentos, de color negro o rojo oscuro; de la excelencia de su carne puedo dar testimonio, porque muchas veces la he saboreado con deleite en mis viajes por esta provincia; el lombo, o lomo, asado en el rescoldo, es delicioso, especialmente comiéndolo con aceitunas. Nos hallábamos a la vista de Monto Moro, que, como su nombre indica, fué en otro tiempo una fortaleza de los moros. Es una colina alta y escarpada, en cuyas cúspide y vertiente yacen muros y torreones en ruinas. Por el lado de Poniente, en un profundo barranco o valle, corre un delgado arroyo, cruzado por un puente de piedra; más abajo hay un vado, que atravesamos para subir a la ciudad, la cual comienza casi al pie de la montaña, por el Norte, y va faldeando hacia el Noreste. La ciudad es sumamente pintoresca, con muchas casas antiquísimas, construídas a la manera morisca. Tenía grandes deseos de examinar los restos de la fortaleza mora en la parte alta del monte; pero el tiempo urgía, y la brevedad de nuestra estada en el lugar no me consintió satisfacer ese gusto. Monte Moro es cabeza de una cadena de colinas que cruza esta parte del Alemtejo, y que aquí se bifurca hacia el Este y el Sureste; en la primera dirección está el camino directo a Elvas, Badajoz y Madrid; en la segunda, el camino a Evora. La tercera montaña de la cadena que bordea el camino de Elvas es muy hermosa. Se llama Monte Almo; hállase cubierta de alcornoques hasta la cima, y un arroyo rumoroso corre al pie. Bajo los rayos gloriosos del sol, brillaban las verdes praderas, donde pacían rebaños de cabras, haciendo sonar alegremente sus campanillas. El tout ensemble semejaba un lugar encantado. Para que nada faltase en el cuadro, encontré debajo de una azinheira a un hombre, un cabrero, cuyo aspecto me hizo recordar al pastor salvaje mencionado en cierta balada danesa. «Sobre sus hombros tenía un jabalí – en su seno dormía un oso negro, etc.» El cabrero tenía en un hombro un animal, que, según me dijo, era una lontra, o nutria, acabada de cazar en el arroyo inmediato; una cuerda, atada por un extremo al brazo del cazador, la rodeaba el cuello. A su izquierda había un saco, por cuya boca asomaban las cabezas de dos o tres animales bastante extraños; a su derecha se agazapaba un lobezno gruñón que estaba domesticando. Todo su aspecto era de lo más salvaje y fiero. Tras unas pocas palabras, como las que generalmente suelen cambiar los que se encuentran en un camino, le pregunté si sabía leer, y no me contestó. Traté entonces de averiguar si tenía alguna idea de Dios o de Jesucristo, y mirándome fijamente al rostro por un momento, se volvió luego hacia el sol, ya próximo al ocaso, hízole una reverencia, y de nuevo clavó en mí su mirada. Creo que entendí bien esta muda respuesta, la cual significaba, probablemente, que Dios era el autor de aquella gloriosa luz que alumbra y alegra toda la creación. Satisfecho con esta creencia, le dejé, y me apresuré a dar alcance a mis compañeros, que me habían tomado considerable delantera. Siempre he encontrado en el ánimo de campesinos más determinada inclinación a la religión y a la piedad que en los habitantes de las ciudades y villas; la razón es obvia: aquéllos están menos familiarizados con las obras de los hombres que con las de Dios; sus ocupaciones, además, son sencillas, no requieren tanta habilidad o destreza como las que atraen la atención del otro grupo de sus semejantes, y son, por tanto, menos favorables para engendrar la presunción y la suficiencia propia, tan radicalmente distintas de la humildad de espíritu, fundamento verdadero de la piedad. Los que se burlan de la religión y la escarnecen, no salen de entre sencillos hijos de la naturaleza; son más bien la excrecencia de un refinamiento recargado, y aunque su influjo pernicioso llega ciertamente a los campos, y corrompe en ellos a muchos hombres, la fuente y el origen del mal está en los grandes centros, donde la población se apiña y donde la naturaleza es casi desconocida. No soy de los que van a buscar la perfección humana en la población rural de ningún país; la perfección no existe en hijos del pecado, dondequiera que residan; pero mientras el corazón no se corrompe, hay esperanza para el alma, porque hasta Simón Mago se convirtió. Pero una vez que la incredulidad endurece el corazón, y la prudencia según la carne refuerza la incredulidad, hace falta para ablandarlo que la gracia de Dios se manifieste con exuberancia desusada, porque en el libro sagrado leemos que el fariseo y el mago llegaron a ser receptáculos de gracia; pero en ninguna parte se menciona la conversión del burlón Saduceo; ¿y qué otra cosa es un incrédulo moderno más que un Saduceo de última hora? La noche cerró antes que llegásemos a Evora, y después de despedirme de mis amigos, que amablemente me ofrecieron su casa, me dirigí con mi criado al Largo de San Francisco, donde, según dijo el arriero, estaba la mejor hostería de la ciudad. Entramos a caballo en la cocina, a continuación de la cual estaba la cuadra, como es uso en Portugal. Gobernaban la casa una vieja que parecía gitana, y su hija, muchacha de unos diez y ocho años, hermosa y fresca como una flor. La casa era grande. En el piso alto había un vasto aposento, a modo de granero, que ocupaba casi toda la longitud del edificio; en el extremo había una divisoria para formar una alcoba de regular comodidad, pero muy fría; el piso era de baldosa, como el de la espaciosa sala contigua, donde los arrieros solían dormir en las mantas y enjalmas de sus malas. Después de cenar me acosté, y luego de ofrecer mis devociones a Aquel que me había protegido en un viaje tan peligroso, me dormí profundamente hasta el otro día[29 - El Monte Moro de que habla Borrow en este capítulo y describe después en el VI es Montemôr, o Montemayor. (Knapp).]. CAPÍTULO III Un comerciante de Evora. – Contrabandistas españoles. – El león y el unicornio. – La fuente. – Confianza en el Todopoderoso. – Reparto de folletos. – La librería en Evora. – Un manuscrito. La Biblia como guía. – La infame María. – El hombre de Palmella. – El conjuro. – El régimen frailuno. – Domingo. – Volney. – Un auto de fe. – Hombres de España. – Lectura de un folleto. – Nuevos viajeros. – La mata de romero. Evora es una pequeña ciudad murada, pero sin un sistema defensivo, y no resistiría un sitio de veinticuatro horas. Tiene cinco puertas; delante de la del Suroeste se halla el paseo principal, donde también se celebra una feria el día de San Juan. Las casas son, en general, muy antiguas, y muchas están vacías. Cuenta unos cinco mil habitantes; pero con sobrada capacidad para doble número de gente. Los dos edificios principales son la Seo, o catedral, y el convento de San Francisco, en la misma plaza en que, frente a él, se hallaba mi posada. A mano derecha, entrando por la puerta del Suroeste, hay un cuartel de caballería. Por el Sureste, a unas seis leguas de distancia, descúbrese una cadena de montañas azules; la más alta, llamada Serra Dorso, pintoresca, bella, alberga en sus escondrijos muchos lobos y jabalíes. Como a legua y media más allá de esa montaña, está Estremoz. El día siguiente a mi llegada lo empleé principalmente en visitar la ciudad y sus cercanías, y al vagar de un lado para otro, trabé conversación con diversas personas. Algunas eran de la clase media, comerciantes o artesanos, y todos constitucionalistas, o se llamaban tales; pero tenían muy pocas cosas que decir, salvo unos cuantos lugares comunes acerca de la vida de frailes, de su hipocresía y holgazanería. Quise obtener noticias respecto del estado de la instrucción en la localidad, y de sus respuestas deduje que el nivel debía de estar muy bajo, porque, al parecer, no había escuelas ni librerías. Si les hablaba de religión, mostraban grandísima indiferencia por el asunto, y, haciéndome una cortés inclinación de cabeza, se marchaban lo antes posible. Fuí a ver a un comerciante para quien llevaba yo una carta de presentación, y se la entregué en su tienda, donde le encontré detrás del mostrador. En el curso de nuestra conversación averigüé que le habían perseguido mucho durante el antiguo régimen, al que profesaba aversión sincera. Díjele que la ignorancia del pueblo en materia de religión había sido el sostén del antiguo régimen, y que el mejor modo de impedir su retorno sería llevar la luz a todos los espíritus. Añadí que había llevado a Evora un pequeño repuesto de Biblias y Testamentos, y deseaba entregárselos a un comerciante respetable para su venta, y que si él deseaba contribuir a extirpar las raíces de la superstición y de la tiranía, no podía hacer cosa mejor que encargarse de tales libros. Se declaró dispuesto a ello, y me fuí, determinado a entregarle la mitad de los que tenía. Volví a mi posada y me senté en un leño, debajo de la inmensa campana de la chimenea de la sala común; dos hombres de rostro huraño estaban arrodillados en el suelo. Tenían ante sí un buen montón de objetos de hierro viejo, latón y cobre, que iban clasificando, y colocábanlos después en sacos. Eran contrabandistas españoles de ínfima categoría, y ganaban miserablemente su vida llevando de matute tales desechos desde Portugal a España. No hablaban ni una palabra, y cuando me dirigí a ellos en su lengua natal, me contestaron con una especie de gruñido. Estaban tan sucios y mohosos como el hierro en que traficaban; en la cuadra del piso bajo tenían cuatro miserables borriquillos. La posadera y su hija me trataban con amabilidad extremada, y por adularme me hicieron algunas preguntas respecto de Inglaterra. Un hombre con traje algo parecido al de los marineros ingleses, sentado frente a mí debajo de la campana, dijo: «Yo aborrezco a los ingleses porque no están bautizados y son gente sin ley.» Se refería a la ley de Dios. Me eché a reír y le dije que, según la ley inglesa, a nadie sin bautizar podía dársele sepultura en tierra sagrada; a lo cual repuso: «Entonces sois más rigurosos que nosotros.» Luego, añadió: «¿Qué significan el león y el unicornio que vi el otro día en un escudo a la puerta del cónsul inglés en Setubal?» Respondí que eran las armas de Inglaterra. «Sí; pero ¿qué representan?» Dije que no lo sabía. «Entonces – replicó – , no conoce usted los secretos de su propio país.» A lo cual: «Supóngase – le contesté – , que le dijese a usted que representan el león de Bethlehem y la bestia cornuda de abismos ardientes, luchando por el predominio en Inglaterra, ¿qué diría?» «Diría – repuso – , que me daba usted una respuesta perfecta.» Aquel hombre y yo llegamos a ser grandes amigos. Venía de Palmella, no lejos de Setubal; llevaba unos cuantos caballos y mulas, y era tratante en cebada y trigo. De nuevo volví a pasearme y a vagar por los alrededores de la ciudad. Como a media milla de las murallas, por el lado Sur, hay una fuente de piedra, donde los arrieros y demás gentes que acuden a la ciudad, acostumbran a dar agua a sus bestias. Allí me estaba sentado unas dos horas, hablando con todo el que hacía alto en la fuente. Hago notar que durante mi estancia en Evora repetí a diario esta visita, deteniéndome en ella el mismo tiempo; gracias a este plan, creo que hablé, por lo menos, con unos doscientos portugueses acerca de asuntos tocantes a su salvación eterna. Descubrí que muy pocos de aquellos a quienes hablé habían recibido educación literaria, ninguno había leído la Biblia, no más de media docena tenían una ligerísima noticia de lo que son los libros santos. Casi todos eran fanáticos papistas y miguelistas de corazón. Por tanto, cuando me decían que eran cristianos, negábales yo la posibilidad de que lo fueran, pues ignoraban a Cristo y sus mandamientos, y ponían la esperanza de su salvación en reglas externas y prácticas supersticiosas inventadas por Satanás para mantenerlos en tinieblas y que al cabo cayesen en el abismo que les tenía preparado. Díjeles muchas veces que el Papa, a quien reverenciaban, era un insigne impostor y el principal ministro de Satanás en la tierra, y que los frailes y monjes, cuya ausencia lamentaban, a quienes estaban acostumbrados a confesar sus pecados, eran agentes subalternos suyos. Cuando me pedían pruebas, aducía invariablemente la ignorancia de mis oyentes respecto de las Escrituras, y decía que si sus guías espirituales hubiesen realmente sido ministros del Señor, no hubieran dejado a sus rebaños ignorar su palabra. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». 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Wilkin. 1826. 5 «Memoirs of Vidocq», principal agent of the French police until 1827. Writen by himself. Translated from the French. 4 vols. London, Whittaker, Treacher and Arnot. 1828-29. 6 «¿No le ha chocado a usted nunca – le escribía en una ocasión su amigo el danés Hasfeldt – cuánto se parece usted al buen hidalgo Don Quijote de la Mancha? A mi juicio, podría usted pasar fácilmente por hijo suyo.» W. Knapp: Life, writings and correspondence of George Borrow. London, Murray, 1899. Vol. I, pág. 190. 7 «Targum, or Metrical translations from thirty languages and dialects», by George Borrow. St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835. 8 «The Talisman», from the Russian of Alexander Pushkin, with other pieces. St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835. 9 Fechas establecidas por Mr. Knapp, separándose de las que Borrow da en La Biblia en España. 10 El Nuevo Testamento, traducido al español de la Vulgata Latina, por el Rmo. P. Phelipe Scio de S. Miguel, de las Escuelas Pías, obispo electo de Segovia. Madrid. Imprenta a cargo de don Joaquín de la Barrera, 1837. En 8.º, 534 págs. 11 Embeo e Majaró Lucas. Brotoboro rodado andré la chipé griega, acána chibado andré o Romanó, o chipé es Zincales de Sesé. 12 Evangelioa San Lucasen Guissan. El Evangelio según S. Lucas, traducido al vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía Tipográfica, 1838. En 16.º, 176 págs. 13 The Zincali; or An Account of the Gypsies of Spain. With an original collection of their Songs and Poetry, and a copious Dictionary of their Language. By George Borrow… In two volumes. London, John Murray, 1841. 14 E. Thomas: George Borrow, the man and his books. I. V. London, Chapman and Hall, 1912. 15 Hand-Book for Travellers in Spain and Readers at Home. London, Murray, 1845. 2 vols. 8.º «Las ediciones posteriores están abreviadas o adaptadas a los itinerarios del ferrocarril. El verdadero «Ford» no ha vuelto a parecer.» (Knapp.) 16 The Bible in Spain; or the Journeys, Adventures, and Imprisonments of an Englishman, in an attempt to circulate the Scriptures in the Peninsula. By George Borrow, author of «The Gypsies of Spain». In three volumes. London, John Murray, 1843. 17 Lavengro; the Scholar – the Gypsy – the Priest. By George Borrow… In three volumes. London, John Murray, 1851. 18 Wild Wales: its people, Language, and Scenery. By George Borrow… In three volumes. London, John Murray, 1862. 19 Romano Lavo-Lil: Word-Book of the Romany, or English Gypsy Language… By George Borrow. London, John Murray, 1874. 20 «Letters of George Borrow to the Bible Society», edited by T. H. Darlow, 1911. 21 Ed. Thomas, cap. II. 22 En gitano: moros del norte de África. Los vocablos no ingleses empleados por Borrow en The Bible in Spain se estampan en esta traducción con letra cursiva. 23 «Om Frands Gonzales, of Rodrik Cid, End siunges i Sierra Murene!» Krönike Riim. Por Severin Grundtvig. Copenhague, 1829. 24 Palabra rusa equivalente a padrecito. 25 La primera guerra carlista. 26 Caes do Sodré, ahora Praça dos Romulares. (Nota de U. R. Burke.) 27 Es el Terreiro do Paço. 28 H. Fielding. 29 El Monte Moro de que habla Borrow en este capítulo y describe después en el VI es Montemôr, o Montemayor. (Knapp).