La alhambra; leyendas árabes
Manuel Fernández y González




Manuel Fernández y González

La alhambra; leyendas árabes





LEYENDA I

EL REY NAZAR





I

LA COLINA ROJA


Por los tiempos en que acontecian los sucesos que vamos á referir, esto es: por los años de 1240 de la era cristiana, y 637 de la Hegira[1 - Hegira, huida, la era de los árabes: se cuenta desde el dia en que espulsado Mahoma de la Meca fué á refugiarse a Medinat-Yastreb. Esta huida ó Hegida aconteció el año 622 de J. C.], el monte en que se levanta la Alhambra, tenia un aspecto enteramente distinto del que hoy tiene.

No se veian las esbeltas torres orladas de puntiagudas almenas, con sus estrechas saeteras y sus bellos ajimeces calados; ni los robustos muros que enlazan estas torres; ni las cúpulas destellando bajo los rayos del sol los cambiantes de sus tejas de colores; ni la torre de la Vela con su campana pendiente de un arco, ni el palacio del Emperador, ni el bellísimo Mirador de la Sultana, ni mucho menos la modesta torre de la iglesia de Santa María: ni siguiendo la ladera del monte de la Silla del moro, el verde y florido Generalife con sus galerías aéreas, y su altísimo ciprés de la Sultana, ni más allá, sobre el Cerro del sol, el famoso y resplandeciente palacio de los Alijares.

Nada de esto existia aun: solo se veía una colina áspera, pedregosa, de color rogizo, cubierta de retamas y espinos; en el estremo occidental, de esta colina se alzaba únicamente una vieja torre, especie de atalaya de origen y antigüedad dudosos; pero que conservaba algunos vestigios de haber andado en su construccion los fenicios; y en la parte media de la colina, en la direccion de Este á Sur, las ruinas de un templo romano consagrado á Diana.

Esta colina se llamaba la Colina Roja.

A escepcion de las ruinas del templo y de la atalaya, ninguna otra habitacion humana se veía en ella, y en cuanto á los montes que mas adelante se llamaron la Silla del moro y el Cerro del sol, estaban completamente abandonados á los lagartos y á los grillos.

En las ruinas del templo no habitaba nadie, como no fuese momentáneamente algun bandido ó cazador furtivo, ni en la atalaya vivian mas que algunos soldados moros, que desde aquella altura observaban la Vega y las fronteras, para avisar el peligro en el caso de que los cristianos fronterizos hiciesen alguna entrada.

No era, sin embargo, esta la única torre fuerte que existía en Granada: en la colina que entonces se llamaba de Albunest, y hoy de los Mártires, se alzaba el castillo de las Torres Bermejas, dentro de cuya jurisdiccion murada, se encerraba una pequeña poblacion llamada Garnat-Al-Jaud, ó Granada la de los judíos, y sobre la colina en que se estendia el Albaicin, teniendo á sus faldas el Zenet y el barrio del Hajeriz[2 - Del deleite.] se alzaban los fuertes muros y las torres chatas, cuadradas las unas, redondas las otras, de la alcaza Cadima, y mas allá el antiguo palacio que antes de la construccion de la Alhambra habitaban los emires árabes, y los primeros reyezuelos moros de Granada, construido por Aben-Habuz, y llamado por él mismo Casa del Gallo de viento.

Pero á pesar de la aridez y soledad de la Colina Roja, el panorama que desde ella se descubria era encantador; procuraremos describirle, si es que pueden describirse aquel cielo radiante, que parece transparentar en su límpido azul la luz de los ojos de Dios: el verdor inmarchito de aquella tierra de bendicion: la nítida blancura del manto de nieve de las montañas y su puro matiz de cobalto, procuraremos hacer sentir á nuestros lectores la belleza sin igual de aquel jardin de delicias, que sirve de alfombra mágica al trono de la hermosa ciudad á quien llamaban los moros, la cándida y la clara.

Levántase al Oriente una montaña altísima, siempre cubierta de nieve, á la que sirven de base, grupos de montañas azules, escalones maravillosos de aquella maravillosa pirámide construida por la palabra de Dios: esta montaña es Sierra Nevada: nace en ella el Genil, que torciéndose entre valles odoríferos, bajo la sombra de los álamos, orlado de flores, arrastra su clara corriente sobre arenas de plata, y desemboca en la estendida Vega, atravesándola en toda su estension hasta los montes de Loja, aumentando su corriente por el raudal del humilde Darro, que se une á él á los pies de Granada, habiendo atravesado antes, desde su nacimiento, pintorescos valles, y dividido la Colina Roja del barrio del Hajeriz, con sus ruidosas linfas, que ruedan sobre arenas de oro.

Y esta magnífica llanura que se llama la Vega, que nace á los pies de Sierra Nevada y se estiende hasta la volcánica Sierra Elvira, deja ver desde la Colina Roja, bajo el diáfano horizonte que recortan las lejanas sierras al Poniente, sus mil aldeas blancas como nidos de tórtolas, con los humildes campanarios de sus iglesias, con los leves penachos de humo de sus hogares, entre bordaduras de colores, que tales parecen las alamedas con su verde esmeralda, los olivares con su verde oscuro, los riachuelos y las acequias que brillan entre los sembrados, cuya diversidad de matices hace parecer á la Vega, valiéndonos de una frase muy usada por nuestros poetas, un chal de colores bordado de plata, y luego levantándose en anfiteatro sobre aquella Vega, á la derecha y á la izquierda de la Colina Roja, dos montes cubiertos por la poblacion mora; y en esta poblacion brotando entre las casas, como ramilletes en su búcaro, grupos de cipreses, de naranjos, de limoneros; y entre estas casas con sus pardos tejados, y entre estos ramilletes de verdura con sus vivos esmaltes, torreones altivos y robustos muros, campanarios y miradores: y sirviendo de dosel á todo esto el Cerro de Santa Elena, y el del Aceituno, y la Silla del moro y el Cerro del Sol; y sobre este, al otro lado de un Occéano de aire y de luz la Sierra Nevada, que viene á ser el diamante del magnífico anillo de montañas que rodean á Granada y á la Vega.

Quien no ha visto el cielo de Granada no puede comprender hasta qué grado de luz y de esplendor alcanza el dia: quien no ha visto sus árboles, no puede saber á cuanta fuerza de esmalte alcanza la vegetacion, quien no ha dormido entre flores, al lado de una fuente, en los cármenes[3 - Cármenes: jardines, huertos de placer.] del Darro, no puede formar una idea de hasta donde puede ser armonioso, ese himno que consagra la creacion al Creador, en el magnífico acorde de los pájaros que cantan, las frondas que zumban, los arroyos que murmuran, los insectos que vuelan, el aura que suspira en largas é indolentes ráfagas. Andalucía es el jardin del mundo, y Granada es el edem de Andalucía.

Pues bien: esas sierras blancas ó azules, esa vega matizada, esas aldeas que salpican esa vega, esos rios que la atraviesan, esas colinas cubiertas de casas, de jardines, de torreones, y el firmamento azul que alumbra con su radiante luz todo este maravilloso conjunto, es el panorama que se veía hace mas de seis siglos desde la Colina Roja, y que se ve hoy, aunque modificado en la parte de poblacion por los cambios que el tiempo efectúa en las obras de los hombres.

Por la situacion de la colina en que ha sido construida, por el panorama que desde ella se descubre, por el cielo que la alumbra, la Alhambra es el alcázar mas bellamente situado del mundo.

En 1240, si bien Granada era ya la perla de los musulmanes españoles, si tenia cuanto bello y maravilloso puede producir la naturaleza, la faltaba el magnífico acrópolo que debia ser la corona de magestad de la reina de Occidente.

Este acrópolo debia ser la Alhambra, y lo fué.

Hemos contraido el empeño de relataros la historia de ese alcázar maravilloso: no esa historia árida y severa que solo se ocupa de sangrientas conquistas y horrorosas catástrofes; no la historia de la construccion con su lento desarrollo y la insoportable descripcion del edificio, detalle por detalle, sino la historia romancesca, con todo su palpitante interés: queremos recoger, compilar en un solo libro, los dramas que en el recinto de aquel alcázar se han representado; queremos recoger en una copa todas las lágrimas que en él se han vertido; queremos haceros sentir, aspirar, los estremecimientos, los latidos de los corazones que allí han amado, que allí han odiado, que allí han sufrido; queremos consignar las hazañas y las traiciones que allí han tenido lugar; queremos hacer pasar delante de vuestra vista, como los espectros de una linterna mágica, los reyes, las sultanas, las esclavas del harem, las leyendas de encantamentos, los misterios de cada uno de aquellos retretes, las citas de enamorados en aquellos sombrosos y floridos jardines, al rayo de la luna; queremos levantar delante de vosotros generaciones muertas, y presentároslas llenas de vida, con su generoso valor, sus amores, sus ódios, su civilizacion y su grandeza; queremos, en fin, que sepais cuánto vale el pasado de ese alcázar que se asentaba sobre cuatro montes, y del cual solo queda hoy una pequeña parte mutilada.

Tal es el difícil empeño que hemos contraido: para llevarle á cabo, es necesario que nos anticipemos á la construccion de la Alhambra.

Por eso os hemos llevado al sitio en que fué construida.

Por eso al llevaros á la Colina Roja, os la hemos presentado árida y desierta.




II

LA CASITA DEL REMANSO


Era el oscurecer de una lánguida tarde de primavera.

Los soldados moros que hasta entonces habian vagado alrededor del viejo torreon de la Colina Roja, habian penetrado en él; se habia cerrado su puerta de hierro, y poco despues una espiral de humo habia aparecido saliendo de una saetera junto á las almenas.

En las ventanas de las casas de la Villa de los judíos y del Albaicin, empezaba á verse acá y allá el reflejo de las lámparas en el interior de las habitaciones.

La luna llena, con su bello color nacarado, asomó sobre la cumbre de la Sierra Nevada, se elevó lentamente é inundó con su blanda luz las distantes montañas, perdidas tras la neblina, la vega cubierta con un velo de vapores, y la ciudad que levantaba como fantasmas sobre las colinas sus torreones y sus alminares.

La Colina Roja estaba desierta; pero un momento despues de la salida de la luna, quien hubiera estado oculto entre las retamas y los jaramagos que cubrian las ruinas del templo de Diana, hubiera visto aparecer por entre una oscura grieta, enteramente cubierta de espinos, una forma humana.

Miró con recelo en torno suyo, y cuando vió que la Colina estaba completamente desierta, adelantó recatadamente, y deslizándose por entre las escabrosidades del terreno, atravesó la cima y bajó á la carrera por la vertiente que iba á concluir en el valle del Darro.

Luego siguiendo la corriente del rio arriba, atravesando con frecuencia su escaso raudal, que serpeaba entre los altos barrancos que se llaman todavía las Angosturas del Darro, continuó su marcha por espacio de una hora, y no se detuvo sino en un lugar donde el rio hacia un profundo remanso, apilando su corriente como en un estanque, en una ancha y profunda hondonada del terreno.

El lugar en que el incógnito se habia detenido, era sumamente pintoresco; anchas y tupidas cortinas de yedra cubrian las cortaduras de aquel ensanchamiento circular que tenia la forma de un gigantesco anfiteatro. Las dos estrechas aberturas por donde entraba y salia el rio, estaban unidas como por un pabellon flotante, por cortinages de enredaderas que descendian hasta la corriente: sobre los bordes de las cortaduras, como verdes cabelleras, se levantaban las frondas odoríferas de los árboles frutales; brillaba la luna en la tranquila agua del remanso, y en los blancos muros de una casita que se veia en la márgen opuesta entre álamos y cipreses: delante de esta casa se veia un jardin, el perfume de cuyas flores traia consigo el aura de la noche, y un ruiseñor enamorado cantaba entre la espesura uniendo sus cadenciosos trinos al monótono murmullo del rio.

Al lado opuesto en la estrecha faja de arena pedregosa que dejaba libre el remanso, se veia una negra abertura entre la maleza, que servia sin duda de entrada á una gruta.

El incógnito miró en torno suyo, y despues de contemplar indolentemente cuanto le rodeaba, se sentó sobre una gruesa piedra á la orilla de las aguas.

La luna le iluminaba de lleno con su blanca luz.

Era un mancebo como de veinte años: por su apostura, por la espresion de su semblante y por lo rico de sus vestidos y de sus armas, podia decirse que pertenecia á una poderosa y nobilísima familia mora.

Examinémosle, puesto que la luna nos alumbra, y la soledad y la belleza del sitio nos convidan al reposo.

Era blanco como la espuma de las aguas, y de formas delicadas y hermosas como las de una dama: sus ojos negros brillaban en una mirada indolente, pero fija, poderosa, audaz; ni el mas ligero bozo asomaba en su semblante de niño, á pesar de que su aventajada estatura, y lo robusto y desarrollado de sus miembros representaban á un hombre: un casco de plata con arabescos de oro y esmaltes de colores cubria su cabeza: ceñía su pecho un coselete de Damasco, bajo una túnica corta de brocado, sujeta á la cintura bajo una faja de la India: en esta faja se veian atravesados un largo yatagan y un puñal; vestia calzas de grana, y ceñian sus pies borceguíes de cuero de Marruecos bordados de oro: por último, llevaba pendiente de su costado izquierdo una aljaba con flechas, y se apoyaba en un largo arco de acebo.

Este jóven á la luz de la luna relumbraba: parecia en aquel lugar tan ameno, tan fresco, tan lánguidamente sonoro, un antiguo caballero encantado por una hada celosa.

Sentado sobre la piedra, apoyado el estremo del arco en la arena, afirmada la mano en el arco y reposando la cabeza en el brazo, el mancebo estuvo mirando fijamente la blanca casita que entre los álamos y los cipreses se veia al otro lado del remanso al rayo de la luna.

Ni el mas leve ruido salia de ella; ni en sus galerías ni en sus ajimeces se veia el reflejo de una luz.

O aquella casa estaba inhabitada, ó sus moradores, á pesar que era el principio de la noche, se habian entregado ya al reposo.

Pero de repente, una voz de mujer, mas dulce que la del ruiseñor que cantaba en la espesura, mas grave que el murmurio del rio, mas suspirante que el gemido de las brisas, cantó poco despues de la llegada del mancebo como para demostrar que todos los habitantes de aquella casa no estaban entregados al sueño.

Hé aquí el romance que aquella voz cantó al son de una guzla; romance cuyas palabras llegaron claras, distintas y tentadoras á los oidos del mancebo.

		Del encantado palacio – de las Perlas soy el genio,
		y esperando mis amores – envuelta en su encanto duermo.
		Guárdanme como la joya – del avaro entre el misterio
		de tenebrosos conjuros – velada en niebla y silencio.
		Ven, ¡oh, lumbre de mis ojos, – que me abrasas en tu fuego,
		y para tí mi hermosura – y mis alcázares tengo!
		Soy virgen y de mi frente – dicen que mata el destello,
		en dulce encanto de amores – ó en triste penar de celos.
		Son mis alcázares reales – la maravilla del tiempo,
		y en motes de amor tu nombre – está en dorados letreros
		en cintas de azul y grana – escrito en sus aposentos.
		Regaladas alkatifas – para tu descanso tengo,
		y velarán blancas gasas – de tus amores el sueño.
		¡Ven, esposo de mi vida! – ¡Regalado sol que anhelo!
		¡Ven! mis alcázares tienen – para tí sombra y silencio,
		y en ellos con mis amores – luz de mis ojos te espero.

El jóven escuchó trasportado este romance, sus ojos se animaron gradualmente, y cuando la voz cesó, se levantó de una manera nerviosa, dejó caer el arco, y estendió sus brazos hácia la blanca casita.

– ¡Oh! tú quien quiera que seas, esclamó, muger ó hurí, fruto bendito de una muger, ó arcángel del sétimo cielo; héme aquí que es la tercera vez que abandonando á mis guerreros vengo en tu busca: héme aquí ciego sin la luz de tu hermosura, y si no apagas con tu amor la sed de mi corazon, moriré como la triste florecilla á quien faltan los rayos del sol.

Apenas habia pronunciado el jóven estas palabras, cuando revoló, viniendo no sabemos de donde, alrededor de su cabeza un enorme buho. Al sentir el ruido de sus alas el mancebo se estremeció: al verlo recogió el arco que habia dejado caer, armó en él una flecha y la asestó al pájaro nocturno; este se precipitó en un largo vuelo sobre la casita blanca, y penetró en ella por el oscuro arco de un ajimez; la flecha disparada por el mancebo penetró por aquel mismo ajimez en la casita.

Entonces el jóven creyó oir una carcajada leve, que al parecer salia de la casa; carcajada burlona, intencionada, cruel, en que habia algo de desesperado, algo de insensato.

– ¡Siempre! esclamó: ¡siempre ese pájaro maldito! ¡en mi torreon de Loja, en las ruinas del templo romano, aquí! ¡y esa carcajada que me hiela la sangre y que me parece una amenaza!.. ¡Una amenaza! ¿y por qué?

En aquel momento cayó á los pies del jóven, enviada sin duda de la casita, la misma flecha que habia disparado; en las plumas de la flecha se veia enrollado un pergamino.

Recogió la flecha el jóven, desató el pergamino, le desenvolvió, le leyó á la luz de la luna, y vió que decia:

«Si me amas y vienes por mis amores, encaminate á la gruta que tienes á tus espaldas.» – Bekralbayda[4 - Traducido la Doncella blanca.].

El jóven besó la carta; arrojó otro beso á la casita, puso la flecha en la aljaba, y se dirigió hácia la oscura gruta esclamando:

– ¡Oh! ¡bendito sea el buho, por quien ha penetrado mi flecha hasta la doncella de la frente pálida!




III

LA DAMA BLANCA


Pero cuando el mancebo llegó á la entrada de la gruta, se vió precisado á romper con su yatagan, para abrirse paso, las tupidas zarzas que la cubrian.

Despues penetró de una manera resuelta en el oscuro antro.

Por algun tiempo descendió en línea recta por una estrecha y resvaladiza rampa: luego se vió obligado á volver y revolver oscurísimas sinuosidades, por una pendiente mayor y mas resvaladiza, y al fin la inclinacion del terreno se hizo tal, que perdió los pies, resvaló y se sintió descender de una manera violenta.

Entonces se acordó del buho, de la carcajada, de cien supersticiosas consejas musulmanas: se retiró, é invocó á Dios: hubo un momento en que creyó que el terreno le faltaba, que caia despeñado en un abismo, dió un grito de espanto y perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí se encontró en un magnífico lecho de pieles de tigre y respiró una atmósfera impregnada de perfumes: lo primero que vió ante sí fué una alta figura blanca que estaba de pié é inmóvil delante de él á los pies del lecho.

Era una muger.

Pero una muger hermosísima, irresistible á pesar de que habia pasado de su primera juventud.

Sin embargo, y aunque parecia contar mas de treinta años, su semblante blanco, nacarado, pálido, un tanto demacrado, exhalaba de sí tal fuerza de vida, que hacia bendecir á Dios que habia creado una criatura, en la cual parecia haberse estacionado la juventud mas brillante.

Sus negros ojos fijos en el príncipe, con una espresion ardiente y melancólica, brillaba con no sabemos qué fuego dulce, concentrado, bajo la sombra de sus negras y convexas pestañas: su boca entreabierta, por la que parecia salir una alma llena de sufrimiento y de dolores en un continuo suspiro, dejaba ver sus voluptuosos labios contraidos por una triste sonrisa y pálidos como sus megillas: por último, sus largos y brillantes cabellos caian en flotantes rizos sobre sus hombros y sobre sus espaldas, y era alta, esbelta, magestuosa, y vestida únicamente con una larga túnica de lana blanca, sujeta en el cuello, de mangas perdidas y suelta enteramente hasta cubrir los pies, ocultando las formas de aquella singular belleza bajo su ancha plegadura.

Ni un solo adorno, ni una joya, ni una flor se veia sobre esta muger.

En su mano derecha tenia una lámpara de plata.

Jamás habia visto el jóven una figura tan hermosa, tan imponente; de aspecto tan sencillo, á un tiempo.

La habitacion en que se encontraba era tambien severa y sencilla, pero rica; cuatro paredes labradas de arabescos dorados sobre fondo blanco, y una cúpula de estalácticas, blancas tambien, con filetes de oro: la puerta de arco de herradura estaba cubierta por una cortina blanca de seda y oro, y de seda blanca y oro eran tambien los divanes que orlaban las paredes, y la alfombra que cubria el pavimento.

Debemos advertir que en aquellos tiempos entre los moros, el vestir completamente de blanco era una señal de luto, y que se admitia en el luto el oro, como se admite ahora en los negros túmulos de las iglesias y en las lápidas de las tumbas.

Esta estraña muger y esta habitacion, produjeron en el jóven el mismo efecto que produciria en nosotros una persona enteramente vestida de negro, en una habitacion enteramente negra tambien con adornos dorados.

La impresion de todo esto al volver en sí preocupó al jóven; pero lo que mas le preocupó, cuando de la dama enlutada pasó su vista á la habitacion, fué ver sobre sus armas, que estaban en un divan, un buho enorme que dormia sobre una de sus patas, teniendo escondida la otra entre su plumage.

El jóven se incorporó violentamente y fijó una mirada vacilante en la dama enlutada, cuyas negras pupilas estaban fijas en él, destellando en su oscuro foco, una chispa de fuego intenso y opaco.

– ¡Oh! ¡hermoso! ¡hermoso como su padre! esclamó aquella muger con una voz tan ardiente que el jóven se estremeció.

– ¿Quién eres tú, que has nombrado á mi padre? esclamó.

– ¡Yo soy la maga de las humbrías! contestó la enlutada.

– ¡La maga de las humbrías! esclamó el jóven.

– Sí, dijo la dama sonriendo tristemente; yo soy la maga de las humbrías.

Hubo un momento de solemne silencio, durante el cual continuaron cruzándose y confundiéndose las miradas de la dama y del jóven, que se sentia arrastrar por un poder desconocido hácia aquella muger.

– No, tu no eres maga, la dijo: tu no eres un espíritu maldito: la amargura con que me has contestado me lo prueban, tu eres una muger que sufres y lloras.

– Las lágrimas han hervido en mi corazon y se han secado, respondió aquella muger.

El jóven se levantó, se acercó á la dama, la tomó una mano que ella no retiró.

– ¿Por qué quieres engañarme? la dijo con dulzura; en el momento en que abrí los ojos me aterró esta desolacion; el luto que te cubre, el que reviste estas paredes: creí haber cerrado los ojos á la vida; que el puente de Sirat[5 - Segun el Koram, el puente Sirat, que deben pasar los creyentes despues de su muerte, es delgado como un cabello, y cortante como una navaja de afeitar: los justos le pasarán salvos, pero se romperá bajo la planta de los réprobos que caerán en el fuego eterno.] que todos hemos de pasar, se habia abierto para mí, y que me encontraba en las regiones de la eterna sombra: ¡y luego ese buho!

– Ese buho es mi compañero.

– Ese buho ha revolado tres veces en derredor de mi cabeza cuando me encontraba junto al remanso del rio.

– El desdichado sale de noche, vuela, se pierde entre las espesuras, asusta á los murciélagos y se vuelve á dormir.

– Ese buho se precipitó en la casa blanca que está al otro lado del remanso, entre los cipreses.

– En esa casa le conocen y le aman.

– Tras ese buho entró en esa casa por un ajimez una flecha mia.

– ¡Hé aquí la maldad humana! ¡el hombre destruye por el placer de destruir! ¿Qué daño le habia hecho ese pobre pájaro?

– Antes de que te conteste respóndeme á una pregunta: ¿me conoces tú?

– No te he visto hasta ahora y sé tu nombre.

– ¿Por tu ciencia de maga?

– Sí, por mi ciencia, dijo la dama repitiendo la estraña sonrisa que le era peculiar.

– ¿Y quién soy yo?

– Tu eres el príncipe Sidy Mohammet-Abd'Allah, hijo y compañero en el mando del poderoso Sultan de Andalucía, Nazar-ebn-Al-Hhamar el magnífico.

Y el acento de la dama, al pronunciar el nombre del Sultan de Granada, era amargo y doloroso.

– Sí, yo soy; pues bien: voy á decirte ahora por qué me horrorizan los buhos.

La dama hizo un leve mohin de impaciencia.

– Dicen nuestros viejos que el dia en que nació mi padre, en la fiesta de las buenas hadas, cuando todos los circunstantes estaban alegres y regocijados, un buho entró en la sala y apagó las luces: aquella noche mi abuela murió á consecuencia del alumbramiento.

– ¡Ah!

– Siendo mozo mi padre, salió la primera vez en algara contra cristianos: era de noche: un buho revoló tres veces alrededor de su cabeza, y mi padre fué gravemente herido en el combate.

– ¿De modo que tu padre, el poderoso sultan Nazar, dijo con profundo acento la dama; el invencible, el fuerte, acabó por estremecerse al nombre solo de una de esas alimañas?

– Déjame continuar. Conoció mi padre allá en los años de su juventud una princesa africana (esto me lo ha contado muchas veces con las lágrimas en los ojos) que habia ido á Córdoba á buscar en la ciencia de sus sabios la curacion de una grave dolencia.

– ¿Y de qué adolecia esa princesa? preguntó con indolencia la dama que conceptuando que la relacion seria larga, puso la lámpara en un nicho calado y se sentó en un divan.

– La princesa africana adolecia de tristeza, contestó el príncipe sentándose á los pies del lecho: del mismo mal de que adolezco yo.

– Ocupémonos ahora de la dolencia de la princesa, que tiempo tendremos de llegar á la tuya. Continúa.

– La princesa, mejor dicho, la sultana[6 - Llámanse desde muy antiguo sultanas entre los musulmanes, á las hijas de los reyes reconocidas por ellos.] Leila-Radhyah[7 - Noche apacible.] habia ido á Córdoba acompañada por uno de los wacires de su padre, Mohamet Al-Mostansir-Billah, rey de Tlencen y servida por un número considerable de hermosas esclavas.

– Por lo que veo tu padre el poderoso Nazar tiene harto presente el nombre de esa sultana. ¿Cuándo te refirió tu padre esa historia?

– Hace un año, al proclamarme su heredero, y hacerme su partícipe en el gobierno del reino.

– Continúa.

– Ya te he dicho que la sultana Leila-Radhyah, habia ido desde Tlencen á Córdoba, á buscar alivio á su dolencia: pues bien, la noche antes de que la princesa llegase á las fronteras de Córdoba, un buho entró por la ventana del aposento donde dormia mi padre, batió las alas sobre su cabeza y le despertó.

– ¿Y qué desgracia aconteció al noble Al-Hhamar?

– Mi padre vió huir al buho por la ventana, y se acordó del buho que habia girado en derredor de su cabeza la noche antes de la batalla en que tan peligrosamente le hirieron, y de aquel otro buho que apagó las luces en las fiestas de su nacimiento. Pero lo tuvo á casualidad y sin pensar mas en ello se durmió de nuevo, cuando hé aquí que le despertaron las voces de sus soldados. Levántase mi padre, sale de su aposento y pregunta al primero que encuentra. – Las atalayas de la frontera hacen señal de que los cristianos han entrado por la tierra y la llevan á sangre y fuego: entre las sombras de la noche se ven las llamas de las alkarias incendiadas: – Y el que esto le contesta corre á donde están ya sus compañeros armados. – Mi padre llama á sus esclavos, se arma tambien, reune á sus soldados alrededor de su bandera y parte con ellos de Córdoba el primero, con su valiente taifa de ginetes, en busca del cristiano. – Otros muchos walíes salen tambien de Córdoba con sus gentes armadas, pero mi padre les lleva la delantera y al amanecer encuentra á los cristianos.

– ¿Y qué desgracia aconteció á tu padre?

– Mi padre venció en la primera embestida á los infieles, los puso en fuga y les quitó la presa que habian hecho. Entre la presa iba una doncella mora de maravillosa hermosura. Aquella doncella era la sultana Leila-Radhyah.

– ¡Ah! ¡era la sultana!

– Sí; al llegar á la frontera, la encontraron los cristianos, mataron al wacir del rey de Tlencen, á los esclavos que la acompañaban, y la hicieron cautiva con sus esclavas. – Mi padre mandó que la condujesen en un palanquin á Córdoba, y fué conversando con ella todo el camino. – Era tan hermosa, tan pura y tan resplandeciente como un dia sereno en un valle del Hedjaz. – Mi padre se enamoró de ella…

– ¿Y ella?

– Amó á mi padre.

– ¡Murió sin duda la desdichada! dijo la dama blanca con una profunda amargura; porque de no, tu padre que es noble y generoso la hubiera hecho su esposa.

– No, dijo el príncipe bajando los ojos.

– ¡La envió sin duda á su padre el rey de Tlencen!

– No; mi padre la amaba demasiado para no temer perderla, y mi padre entonces no podia aspirar á que una sultana fuese su esposa. – Nuestra familia es humilde: mis abuelos fueron labradores, y este es el mayor orgullo de mi padre: haber llegado á tan alto habiendo nacido tan bajo. – Mi padre cuando se apoderó de la sultana Leila-Radhyah, era walí; tenia riquezas y una bella casa en Córdoba.

– ¿Pero qué hizo tu padre de la sultana Leila-Radhyah?

– La llevó á su casa.

– ¡Ah! tu padre dijo: los cristianos se llevaban esta doncella para hacer con ella una ramera: ¿por qué no he de hacerla yo mi esclava? lo que el guerrero encuentra en el campo es suyo. ¡Hizo tu padre bien! Pero continúa: la sultana, por mejor decir, la esclava, debió morir de vergüenza.

– No: un año despues de sus amores con mi padre desapareció de su casa, encontróse sangre en su aposento, y mi padre, que la amaba, lloró su pérdida y la llora todavía.

– ¿Y no te ha contado tu padre mas acerca de la sultana esclava?

– No; pero cuando me contó esos amores cuya desgracia anunció sin duda el buho, mi padre lloraba.

– ¿Y qué otras desgracias le anunció ese buho tan terrible?

– Le vió la noche antes de la funesta batalla de Hins-Alacab[8 - La batalla de las Navas de Tolosa, en que Juzef Amyr-al-Mumenin fué vencido por el rey don Alonso VIII.]. Le vió la alborada en que Córdoba cayó en poder de los cristianos: la noche que precedió al dia de la pérdida de Sevilla, le vió tambien, y por último, la misma noche en que murió asesinado por el walí de Almería el desdichado Aben-Hud.

– ¿Y no ha vuelto á ver tu padre á ese terrible buho?

– Sí, hace poco tiempo: precavido ya con las desventuras que le habian acontecido, mi padre llamó á sus sabios y les consultó.

– Ese buho te anuncia una nueva desgracia, le dijeron los sabios.

– ¿Y qué desgracia es esa?

– Necesitamos consultar las estrellas para responderte.

– Consultadlas, pues, dijo mi padre.

Los sabios pasaron tres noches mirando el cielo, y dijeron á mi padre.

– Aparta de Granada al príncipe Mohammet Abd'Allah.

– ¿Y por qué? preguntó mi padre.

– Apártale, contestaron los sabios.

– ¿Pero qué tengo que temer acerca de mi hijo?

– Las estrellas nos han dicho que amenazan á tu hijo y á tí lo mismo, grandes desgracias si el príncipe continúa en Granada durante la luna de las flores.

Mi padre mandó á los sabios que consultasen de nuevo las estrellas.

Pero una, dos y tres veces, las estrellas guardaron un profundo misterio acerca del peligro que nos amenazaba, y solo repitieron que debia yo huir de Granada.

Entonces mi padre me envió á Alhama.

Yo estaba triste. Mi corazon tenia sed. Mi alma anhelaba un misterio: pasaron para mí los dias sin luz y las noches sin reposo. Yo me sentia morir.

En vano mis ginetes lidiaban toros, y justaban y corrian cañas y sortijas: mi enfermedad, mi misteriosa enfermedad crecia: la tristeza me mataba: mis esclavos no lograban arrancarme una sonrisa; ni sus danzas me alhagaban, ni sus cantos me entretenian, ni como otras veces, me adormia en su regazo: hasta me olvidé de la oracion, llevando solo mi cuerpo á la casa de Dios, pero no mi alma.

Yo palidecia, yo enlanguidecia.

– ¡Como la sultana Leila-Radhyah!

– Sí; como la sultana. Súpolo mi padre, y vino á Alhama sin que yo lo supiese y preparó grandes fiestas para ver si yo me distraia. En el mismo punto en que mi padre entró en Alhama, segun supe despues, un buho entró en mi retrete y apagó la lámpara.

– Veamos la desgracia que te anunciaba ese buho.

– Al dia siguiente me sorprendió bajo mis ventanas una inusitada y alegre música de dulzainas, guzlas y atabaljos que tañian en un son concertado. Abrí un ajimez, entró por él un dorado rayo de sol de la mañana. Era el primer sol de la luz de las flores. El jardin parecia reir: parecian reir sus fuentes; parecia que sus flores, y sus árboles, y sus pájaros cantaban todos juntos; y que cantaba el cielo, y que cantaba el sol. Hermosas esclavas danzaban y tañian cuando yo aparecí en el ajimez, entonando un romance de amores en loor mio.

Estuve contemplando aquello durante un corto espacio, y luego me separé del ajimez con los ojos llenos de lágrimas.

Al volverme encontré delante de mí á mi padre que me miraba con tierno cuidado.

– ¿Por qué estás abatido mi hermoso leoncillo? me dijo: ¿por qué vierten tus ojos lágrimas y están pálidas tus megillas?

– No lo sé, le contesté: mis ojos no tienen luz ni alegría mi alma: la vida me pesa como la losa de una tumba.

– ¿Amas á alguna muger? si amas, dímelo; y esa muger será tuya, ya sea una humilde labradora ó una poderosa sultana, me dijo.

– Ninguna muger entristece mi alma, esclamé arrojándome entre sus brazos.

Mi padre procuró alegrarme, me mandó vestir mis mejores galas, montar uno de mis mejores caballos, y así, él á mi lado y seguidos de lo mas resplandeciente de la córte, salimos de los muros, y llegamos á un ameno campo, donde durante aquella noche habia hecho levantar mi padre una plaza de madera cubierta de paños de púrpura y oro.

Dentro de aquella plaza debian correrse toros, cañas y sortijas, y las graderías y los estrados estaban henchidos de hermosas damas cubiertas de galas menos resplandecientes que su hermosura.

En cuanto entré en la plaza, mis ojos se volvieron como si les hubiese obligado á ello el deseo, á un estrado puesto junto al estrado real, y se fijaron en una muger.

Aquella muger estaba, como tú, vestida de blanco; sin joyas como tú, y mas jóven que tú, aunque no mas hermosa.

Aquella muger era una doncella como de veinte años, pálida y triste como la luna, y hermosa y magnífica como el sol: tras de ella habia un hombre alto, flaco, viejo, vestido tambien enteramente de blanco, con los ojos relucientes como carbunclos que se fijaban en mí y en mi padre de una manera que me espantaba.

Pero la doncella alegraba mi alma con su hermosura, la embriagaba con su mirada, sentia ante ella que una nueva vida me hacia fuerte y poderoso, y me volví á mi padre para decirle: – allí está la hurí que yo amo, la alegría de mi alma, la paz de mi sueño, la vida de mi vida; es necesario que esa muger sea mia, esclava ó sultana, dama ó labradora.

Pero cuando miré á mi padre, ví sus ojos fijos, absortos, asombrados, en la doncella.

Ví en sus ojos amor, un amor ardiente. Tuve miedo y callé.

– ¡Ah! ¡tu padre se habia enamorado como tú de la doncella blanca!

– Hé ahí, hé ahí la desgracia que me habia anunciado el buho.

Las fiestas fueron para mí muy tristes. Mi padre no volvió á preguntarme mas acerca de mi tristeza. Estaba absorto en la contemplacion de la doncella blanca á quien yo no me atrevia á mirar por temor á mi padre.

Al dia siguiente mi padre se volvió á Granada.

¿Se habria llevado consigo á su harem á la hermosa doncella?

Tuve celos: celos horribles porque eran celos de mi padre.

Pregunté á mis wacires, á los alcaides, á los kadis de Alhama, si conocian á una dama enlutada que con un viejo enlutado tambien, habia asistido á las fiestas.

El alcaide del alcázar me contestó que un viejo enlutado habia estado hablando mucho tiempo con el rey antes de su partida y que despues no le habian vuelto á ver. Que aquel viejo era forastero y que nadie le conocia en Alhama.

¿A qué preguntar mas?

Mi padre habia comprado aquella doncella sin duda, y por su amor se habia olvidado de su hijo.

Pero me resigné con la voluntad de Dios.

Volvió mi tristeza mas dolorosa, mas desesperada, y volvieron ó mas bien continuaron mis noches sin sueño.

Yo veia siempre delante de mí á la doncella blanca, de dia en las nubes, en las flores, en el fondo de las aguas: de noche en la luz de la lámpara, en los ángulos de mi cámara, escondida tras las cortinas de mi lecho: luego cuando el buho entraba y apagaba la luz, en medio de las tinieblas iluminándolas con el resplandor de su hermosura.

Yo me volvia loco.

Al tercer dia de la partida de mi padre, al entrar en mi cámara de vuelta de un solitario paseo por los jardines, encontré sobre mi divan una gacela enrollada y perfumada en que estaban escritos con elegantes caractéres azules los siguientes versos:

		La perla de las perlas;
		la cándida y la pura;
		el sol de las hermosas;
		la rosa del Eden;
		la vírgen de tus sueños;
		tu sueño de ventura,
		espera á su adorado
		cuando á la noche oscura,
		los trémulos luceros
		fulgor y sombra dén.

		Si buscas de sus ojos
		la fúlgida mirada;
		si de su aliento quieres
		la esencia respirar;
		si es vida de tu vida;
		si es llama consagrada,
		alma del alma tuya,
		que para tí guardada
		Dios tiene en sus misterios
		sobre escondido altar;

		si quieres encontrarla;
		si anhelas sus amores,
		ven, príncipe, la noche
		te brinda con su amor:
		las márgenes del Darro
		la guardan entre flores,
		y en el silencio arrulla
		su sueño de dolores,
		trinando en los cipreses,
		el triste ruiseñor.

Detúvose el príncipe, reclinó la cabeza entre sus manos, y exhaló un ardiente suspiro.

– ¿Era de ella? preguntó la dama.

– No lo sé, contestó el príncipe levantando la cabeza: solo sé que tanto leí los versos, que los aprendí de memoria, y luego… ella me llamaba: llamé al alcaide de mi palacio y le dije que durante siete dias no permitiese entrar á nadie en mi cámara. – Luego mandé que me ensillasen un caballo, y salí aquella misma noche de Alhama por un postigo de la alcazaba.

La gacela me decia que la doncella blanca moraba entre flores en los cármenes del Darro; aguijé, pues, mi caballo hácia Granada, á la que llegué antes del amanecer, rodeé por el cerro de Al-Bahul, trepé á la falda del cerro del Sol, bajé á la cumbre de la Colina Roja y me oculté con mi caballo en las ruinas del templo romano. Vino el dia; yo veia á lo lejos su luz por entre las grietas de las ruinas: un dia largo como una eternidad, en que la impaciencia me hizo olvidarme de mí mismo hasta el punto de no tocar á las provisiones que llevaba conmigo. Al fin se estinguió la luz y la reemplazó otra mas pálida: salí de las ruinas: era de noche: la luna iluminaba los montes: me arrastré por entre la maleza, para evitar que me viesen los soldados de la atalaya, y ganando la vertiente de la Colina, bajé al lecho del Darro, contra cuya corriente subí: anduve largo espacio: yo miraba á los cármenes; pero no veia cipreses; no escuchaba el trino del ruiseñor, sino á lo lejos y perdido en el silencio de la noche: al fin ví delante de mi un remanso en que brillaba la luz de la luna; al otro lado del remanso y mas allá de un jardin una casita blanca, y tras de ella un bosque de cipreses entre los cuales cantaba un ruiseñor.

Allí debia morar la doncella blanca: la hermosura del sitio era digna de su hermosura; su encanto digno de su encanto; su melancólico reposo compañero de su tristeza.

Esperé contemplando la casa y el jardin: esperé con el corazon ansioso, pero llegó el alba y nada ví; nada mas que la luna que desapareció: nada oí, nada mas que al ruiseñor que cantaba y que calló cuando los gallos anunciaron la mañana.

Me volví á las ruinas del templo mas triste y mas enfermo que nunca.

Pasé otro dia mas largo, mas terrible, y volví al remanso del rio; pasé delante de él, y como la noche anterior no ví mas que la luna brillando en las aguas, no oí mas que al ruiseñor cantando entre los cipreses.

Al fin, esta noche cuando ya desesperado llamé á la doncella blanca, un buho revoló alrededor de mi cabeza, me aterré, pretendí matarle, el buho se lanzó en la casita blanca, y mi flecha como te he dicho entró tras él.

Luego esta misma flecha cayó á mis pies trayendo entre sus plumas esta gacela que me envia á tí.

Y el príncipe sacó de entre su faja el pergamino, y le mostró á la dama.

– ¿Y á pesar de que el buho anunciador de desdichas á tu familia ha revolado alrededor de tu cabeza, quieres ver á Bekralbayda?

– ¡Oh! ¿aunque me costase la salvacion de mi alma? esclamó el jóven juntando los manos.

– ¡Tú la amas!

– Como el arroyo al rio, como el rio al mar, como las flores á los céfiros, como el dia al sol.

– Príncipe, dijo solemnemente la dama: pues lo quieres, ven.

Y tomó la lámpara que habia dejado en el nicho, y salió de la cámara guiando al jóven.




IV

BEKRALBAYDA


Despues de haber atravesado algunas pequeñas habitaciones en las cuales el príncipe no reparó por efecto de su preocupacion, de haber subido una estrecha escalera y de haber salido por una pequeña casita á un jardin, la dama hizo pasar al príncipe al otro lado del rio por un estrecho puente formado con troncos de árboles.

La dama habia dejado su lámpara en la pequeña casa por donde habian salido á la parte alta de la cortadura en cuyo fondo corria el Darro.

Solo les alumbraba la fantástica luz de la luna.

Vista á su rayo la dama con su larga túnica flotante, con sus negros cabellos sueltos, que agitaban las brisas de la noche, tenia algo de sobrenatural, de estraordinario.

Cuando hubieron atravesado el puente rústico, se encontraron en un jardin frondosísimo; las copas de los árboles se unian hasta el punto de no dejar paso á los rayos de la luna; la estrecha calle por donde marchaban estaba cubierta de cesped, y á uno de sus costados corria un arroyo que dejaba oir su melancólico y monótono murmurio; el ruiseñor continuaba cantando.

Las parras y las enredaderas, y la madreselva y la yedra, y los jazmines silvestres, cruzándose de árbol en árbol, formaban una magnífica bóveda natural bajo la que solo podian comprenderse el reposo y el amor.

La dama y el príncipe adelantaban bajo aquella enramada en medio de una luz opaca y lánguida: la tortuosa senda se hizo al fin recta y ancha: se encontraban á la entrada de una verde sala, ancha, elevada, tapizada de flores y revestida de un oscuro follage en cuyos mil aromas se impregnaba el viento.

Al entrar en aquella galería el príncipe se detuvo y dió un paso atrás: su corazon latió violentamente y lanzó una esclamacion ardiente, inarticulada.

Al fondo de aquella galería habia visto una sombra blanca iluminada enteramente por la luna que penetraba por un claro de la espesura.

– ¿Qué sombra es aquella? dijo alentando apenas el príncipe á la dama.

– Es Bekralbayda que te espera, contestó la dama.

– ¡Bekralbayda! ¡ella! ¡esperándome en medio de la noche y del silencio en este lugar de delicias! esclamó el jóven que se sentia morir.

Cuando el príncipe se volvió á buscar á su hermosa guia, esta habia desaparecido.

Estaba solo.

Delante de él, inmóvil, blanca, bajo el rayo de la luna, permanecia Bekralbayda.

El ruiseñor cantaba: el arroyo murmuraba; el viento agitaba levemente el follage.

El príncipe adelantó hácia Bekralbayda, dudando de sus ojos, de su razon; creyéndose entregado á un sueño.

Sin embargo, aquel no era sueño.

Llegó al fin junto á ella.

La jóven estaba al lado de una fuente.

Tenia la cabeza baja, la vista fija en el césped, y el príncipe á pesar de la luna creyó ver teñido de rubor su semblante.

– ¡Alma de mi alma! esclamó el príncipe contemplándola estasiado.

– ¡Alma de tu alma! esclamó Bekralbayda levantando sus lucientes ojos negros y posando su mirada sobre el príncipe: ¡alma de tu alma, yo!

– ¡Oh! ¡sí! desde el dia en que te ví no aliento: desde el dia en que te ví te guardo en mi memoria, como un consuelo y como un infierno: desde el dia en que te ví, lo he olvidado todo para no pensar mas que en tí: no he vivido sino para tí: solo por tí he esperado.

– ¿Y dónde me has visto, señor?

– ¡Ah! ¿has olvidado, sultana, el lugar donde te he visto?

– Solo una vez, dijo Bekralbayda, he visto damas cubiertas de joyas y galas; caballeros resplandecientes cabalgando en briosos corceles; soldados y banderas; fiesta régia; alegre música, toros y cañas: me habian hablado mucho de ello, habia leido poemas en que se contaban todas estas grandezas, me habian dicho que sería un dia sultana: pero yo no he salido nunca de aquí; ni he visto nunca mas que…

Bekralbayda se detuvo.

– ¿Mas que á quién? dijo con cierto celoso anhelo el príncipe.

– Yo no puedo decir quien es la persona á quien veo junto á mí desde mi infancia.

– Pero esa persona…

– Es un hombre…

– ¿Un hombre viejo?..

– Sí, un anciano.

– ¿El que te acompañaba en las fiestas de Alhama?

– Sí.

Tranquilizóse el príncipe.

– ¿Y no recuerdas haberme visto en las fiestas?

– No reparé en nada; aquella magnificencia, aquel esplendor, aquella multitud de damas y caballeros me aturdian.

– Pues en esas fiestas te conocí y te amé.

– ¡Amor! ¿y qué es amar? dijo Bekralbayda.

– ¡Oh! ¿no sabes lo que es amor?

– ¡El amor! le he visto en palabras en los poemas: he comprendido que amar es morir.

– El amor es la vida cuando el ser que amamos nos ama.

– ¿Y cuando no somos amados?..

– El amor es la muerte.

– ¡Ah! ¿el amor es muerte y vida?

– Escucha: dijo el príncipe asiendo una mano á Bekralbayda y llevándola á un banco de cesped donde se sentaron: el amor es la vida, cuando se satisface: el amor es la muerte cuando se desea sin esperanza.

– No te entiendo.

– Entonces si no me entiendes, ¿cómo has escrito la gacela en que que llamabas y que me has arrojado con mi flecha?

– ¡Ah! ¡tu flecha! esclamó estremeciéndose Bekralbayda.

– ¿Por qué tiemblas alma mia?

– ¡Tu flecha!.. estaba yo reclinada en mi divan: acababa de cantar un antiguo romance de los amores de una hada.

– ¡Ah! ¿con que ese romance no lo cantabas para mí?

– No, hace mucho tiempo que lo sé de memoria, contestó sonriendo Bekralbayda.

Sofocó un suspiro de despecho el príncipe.

– Acababa de cantar, continuó Bekralbayda, cuando entró precipitadamente por la ventana Abu-al-abu.

– ¿Y quién es Abu-al-abu?

– Es un buho á quien por viejo he puesto yo ese nombre.[9 - Abu-al-abu quiere decir el abuelo.] Tras Abu-al-abu entró una flecha, que cortó la rosa que yo tenia prendida en los cabellos y se clavó detrás de mí en la pared.

Estremecióse el príncipe con aquel relato: al querer matar al buho habia cortado con su flecha la corona de flores de la muger de su amor.

Los moros eran muy supersticiosos, y tenian una gran sutileza para aplicar una causa á un acontecimiento algo estraordinario: Mohammet Abd-Allah creyó que no habiendo acertado al buho con su flecha, y habiendo estado á punto de matar con ella á Bekralbayda, se esponia á causarla la muerte si mataba no ya á Abu-al-abu, sino cualquier otro buho.

Los buhos, pues, se hicieron sagrados para el príncipe.

Por nada del mundo hubiera disparado sobre un buho.

Pero el amor y la hermosura de Bekralbayda, le habian inspirado una consecuencia sumamente lógica, considerada la cuestion bajo el punto de vista en que su supersticion le habia colocado; la consecuencia era esta:

Si habia tal paridad, tal union vital y estraordinaria entre los buhos y Bekralbayda, y siendo los buhos fatales á su familia, Bekralbayda debia serle tambien fatal.

Tan cierto es que el hombre no vé mas que lo que quiere ver.

Dominóse sin embargo el príncipe, y dijo á la hermosísima Bekralbayda:

– ¿Y quién arrancó la flecha de la pared?

Bajó los ojos Bekralbayda como aquel que no estando acostumbrado á mentir se ruboriza antes de pronunciar una mentira, y contestó:

– Yo arranqué la flecha.

– ¿Y pusiste en ella la gacela?

– Sí, yo escribí la gacela, yo la puse en la flecha, yo la arrojé á tus pies.

– Y dime… ahora que lo recuerdo: ¿quien se rió dentro de la habitacion donde se refugió el buho?

Fijó Bekralbayda sus grandes y candorosos ojos en el príncipe, los bajó y contestó sonriéndose:

– El que dió aquella carcajada fué Abu-al-abu.

– ¿El buho?

– Sí; ¿no has leido los poemas de Antar?

– Sí.

– ¿Y en ellos no hablan los animales?

– Sí, pero…

– Pues bien Abu-al-abu es uno de los animales que hablan como hablaban en tiempos de Antar.

Las respuestas de Bekralbayda que mas adelante comprenderemos, asustaban al príncipe.

Para él era indudable, que un alma condenada encerrada en el cuerpo de un buho perseguia á su familia.

– Y si no conoces el amor, si no me amas ¿cómo en nombre de tu amor me has llamado? ¿te lo aconsejó acaso Abu-al-abu?

– Sí.

– ¿Y fué tambien Abu-al-abu el que llevó tus versos á mi alcazaba de Alhama?

– Sí.

– ¿Pero para qué me has llamado?

Bajó los ojos de nuevo Bekralbayda, su rostro se cubrió de un rubor vivísimo, tembló y quiso en vano pronunciar algunas palabras.

El príncipe insistió, y entonces ella, levantó el bello y purísimo semblante, miró frente á frente con ansiedad al príncipe y contestó.

– Te he llamado para ser tu esclava.

Y luego se cubrió el rostro con las manos, y procuró en vano contener su llanto.

– Aquí hay un misterio que no comprendo, luz de mis ojos: ¡tú mi esclava! ¡tú, que eres la señora de mi alma! ¡tú, por quién únicamente vivo! ¡tú lloras por mi causa! ¿qué misterio es este, sol de hermosura? ¿qué maldicion pesa sobre nosotros que así te aflije mi presencia? ¿Será acaso que Eblís[10 - El espíritu de las tinieblas entre los árabes.] se ha puesto entre nosotros, encerrado en el cuerpo de Abu-al-abu?

Al pronunciar el príncipe estas palabras sonó á alguna distancia de él, á sus espaldas, la misma carcajada acerada, fria, sarcástica, burlona, que habia escuchado antes.

Bekralbayda volvió azorada el rostro á donde habia sonado la carcajada, y el príncipe se puso violentamente de pie.

– ¡Ah! dijo la jóven á media voz, como para sí misma. Ya lo sabia yo. ¡Estaba ahí!

– ¿Quién estaba ahí? preguntó el príncipe que habia escuchado estas palabras.

– Abu-al-abu, contestó la jóven en el mismo tono.

– ¡Oh! ¡buho maldito! esclamó el príncipe.

Entonces resonó otra vez la carcajada pero lejana, muy lejana.

Entonces asió con ánsia Bekralbayda las manos del príncipe.

– ¡Oh! esclamó con acento ardiente y precipitado: ¡estamos un momento solos! ¡quien se rió antes, quien se ha reido ahora: no es el buho, es Yshac-el-Rumi: el viejo que me guarda!

– ¡Ah! esclamó el príncipe.

– El fué quien me llevó á Alhama: él quien me hizo reparar en tí: él quien comprando á uno de tus esclavos, introdujo en tu cámara unos versos; él quien arrancó la flecha; quien puso en ella la gacela… él quien te ha traido aquí.

– Pero…

– Necesitamos aprovechar el tiempo; yo te amo, te amo, príncipe, como me amas tú; y…

La jóven se detuvo, miró entre la espesura á un ajimez de la casita blanca y esclamó con alegría.

– ¡Estamos libres, enteramente libres! ¡podemos hablar cuanto queramos sin temor de ser escuchados! ¡podemos comprendernos!

– No te entiendo.

– ¿Ves aquel ajimez?

– Sí.

– ¿Ves un hombre que esta apoyado en él, y tras el cual se vé el reflejo de una lámpara?

– Sí.

– Pues bien, aquel es Yshac-el-Rumi.

Dicho esto Bekralbayda respiró libremente como quien descansa de una larga jornada, guardó algun tiempo silencio y luego dijo al príncipe.

– Escúchame, te voy á contar una historia.

El príncipe escuchó con toda su alma.




V

UNA HISTORIA MUY SENCILLA


Una alborada de primavera subió Yshac-el-Rumi, al terrado de su casa.

En él encontró un canastillo de palma primorosamente labrado, y cubierto de hermosas flores.

De entre las flores salia el vaguido de una criatura al parecer recien nacida.

Yshac quitó las flores y encontró debajo una niña vestida de blanco.

Pendiente del cuello de la niña se veia un amuleto, y á su lado un pergamino en que estaban escritas estas palabras:

«Una sultana la ha dado á luz. Las buenas hadas la han llamado Bekralbayda.

»Que ojos humanos no vean su hermosura, porque seria desgraciada y lo serias tú.»

Yshac, me sacó del canastillo, llamó á una nodriza y me crió secretamente.

Porque aquella niña, como te lo ha dicho mi nombre, era yo.

No recuerdo los primeros años de mi infancia.

Sin embargo, algunas veces como un sueño lejano, confuso, creo recordar á una muger.

Recuerdo tambien confusamente que era muy jóven y muy hermosa.

Yshac afirma, sin embargo, que no me vió otra muger que mi nodriza, que era una rústica que nada tenia de hermosa, mientras que la muger que yo creo recordar era hermosísima.

Pasaron los años.

Este jardin, estos árboles, estas fuentes han visto mi infancia y mi juventud; fuera de ellos yo no habia visto nada, ni persona humana, mas que á Yshac-el-Rumi, que se ocupaba en cultivar mi espíritu.

Parecia que viviamos solos.

Yo no escuchaba en la casa ruido alguno.

Y á pesar de esto bastaba con que yo estuviese durante algun tiempo fuera de mi retrete, oyendo la sabia palabra de Yshac, que me sujetaba todos los dias á muchas horas de estudio, para que al volver viese renovadas las flores en los búcaros, renovado el fuego y los perfumes de los braserillos, limpio y arreglado el lecho.

Yshac no se habia separado de mí; luego alguien, á quien yo no sentia, á quien yo no veia, nos acompañaba en la casa.

Yo preguntaba á Yshac, pero Yshac callaba.

Cuando insistia solia responderme.

– Aun no es tiempo.

Yo me entristecia al pensar en el misterio que me rodeaba.

Porque Yshac me habia enseñado á leer, á escribir, á componer frases valiéndome de las flores, y me habia dado libros en que se hablaba de un mundo que yo no conocia, de un mundo en que habia poderosos y nobles reyes, hermosas sultanas, valientes caballeros, enamorados, damas, fiestas, aventuras, amores.

¡Oh! yo ansiaba conocer todo esto, y cuando espresaba mi deseo á Yshac me decia:

– Aun no es tiempo.

– ¿Pero cuando llegará ese tiempo? le dije cansada ya de tan misteriosa contestacion.

– Cuando hayan pasado sobre tu vida veinte años: cuando el amor haya hablado á tu corazon.

– ¿Y cuándo hablará en mi corazon eso que tú llamas amor?

– Aun no es tiempo, me contestaba Yshac.

Me resigné al fin y pasé mi vida entre flores y fuentes; entre la armonia del canto de mis ruiseñores y de mi guzla.

Yo no conocia á otra persona que á Yshac; no tenia mas amigo que á Abu-al-abu.

El viejo buho habia sido mi compañero desde la infancia: en cuanto oscurecia entraba por una ventana ó por un ajimez en la habitacion que yo me encontraba, se posaba sobre mi hombro, ó sobre mis rodillas, ó sobre un almohadon del divan: esponjaba su plumaje, batia levemente las alas, y lanzaba de tiempo en tiempo un ténue silvido; Abu-al-abu queria sin duda decirme algo; pero yo no comprendia su lenguaje.

Cuando yo le acariciaba pasando mi mano sobre sus alas, Abu-al-abu se estremecia y repetia sus silvidos mas ténues, mas dulces y esponjaba mas su plumaje y acababa por dormirse.

Yo amo á ese pobre viejo; él y mis pájaros y mis flores, son los únicos que tienen para mí demostraciones de afecto; y sonoros cantos y suaves perfumes.

Yshac está siempre sombrío, hosco, me mira con sobrecejo, habla conmigo muy pocas palabras, y con mucha frecuencia en medio de la noche, me estremece su risa, esa risa dolorosa y terrible, esa risa de condenado.

Pasaba así mi vida; llegó al fin un dia en que me sentí llena de una vida nueva; sentia en mi corazon una ansiedad lenta, dulce, pero que á pesar de su dulzura me atormentaba, cuando leia los hermosos poemas de Antar: cuando leia que un caballero enamorado iba venciendo peligros en busca de una dama encantada, yo me decia:

– ¿Cuál será el caballero que me saque de mi encanto?

Yo quiero que sea blanco como las cándidas rosas de mi jardin; que tenga los ojos negros como el fondo de las grutas del rio; que sea mas gentil que el álamo, mas amoroso que el ruiseñor cuando trina: yo quiero que mi amado sea valiente, leal y buen caballero: yo le quiero ver en el esplendor de su poder y de su juventud.

– Y yo preguntaba al buho:

– ¿Dónde está el amado de mi alma?

Y el buho silvaba dolorosamente.

Y preguntaba al ruiseñor, y el ruiseñor callaba.

Y preguntaba á las flores, y las flores parecia que querian apartarse de mí volviéndose sobre su tallo.

Y preguntaba á Yshac, y él me contestaba:

– Aun no es tiempo.

Y al escuchar estas desconsoladoras respuestas, mis ojos se llenaban de lágrimas y en mi pensamiento despierta, y en mis sueños dormida, veia yo al mancebo de mí amor, mas enamorado, mas valiente, mas generoso, enlazadas mis manos á las suyas, viviendo en su vida.

Y – Yo le amo, yo le espero, decia al buho y al ruiseñor y á las fuentes y á las flores.

Y todos ellos me contestaban de una manera dolorosa como si hubieran querido decirme:

– El amor de tu amado será fatal para tí.

Y empecé á ponerme pálida, como los claveles cuando les falta el rayo del sol.

Y empezó el sueño á huir de mis noches, y la paz desapareció completamente de mis dias.

Todo era triste para mí.

El cielo y la tierra: el sol y las nubes: y las flores.

Un dia… hace muy poco tiempo, Yshac me dijo:

– Ha llegado la hora.

– ¿La hora de conocer á mi amado?

– Sí, me contestó.

Al dia siguiente me montó en un asno sencillamente enjaezado y cubierta con un haike, y él detrás, cubierto con su albornoz, me sacó del jardin; seguimos el rio abajo, atravesamos una hermosa ciudad, salimos a una deliciosísima vega y caminamos por ella hácia donde se pone el sol.

Aquella noche llegamos á otra ciudad rodeada de fuertes muros y altísimas torres.

¿Qué ciudad es aquella, pregunté á Yshac, que brilla como plata bajo la luz de la luna?

– En esa ciudad está el amado de tu alma, me contestó.

Y no dijo mas palabra, por mas que le pregunté.

Dormimos aquella noche en una casa, junto al rio, cerca de la ciudad.

Mejor hubiera dicho que pasamos la noche, porque yo no dormí.

En medio de mi vela me sorprendió el ruido de un aleteo.

Era Abu-al-abu que entraba por la ventana.

El pobre viejo nos habia seguido.

Se posó sobre mi hombro y estuvo largo rato silvando á mi oido de una manera lastimosa: luego se precipitó por la ventana y desapareció.

Al amanecer, Yshac me hizo montar en el asno y me llevó… al lugar donde te ví.

Cuando entramos, él mismo me quitó el haike y quedé con el rostro descubierto.

Todos me miraban, damas y caballeros.

Todos estrañaban, sin duda mi luto y el de Yshac.

Yo miraba á todos los mancebos que pasaban junto á mi ó que estaban á mi lado: ninguno era el de mis sueños, el ser á quien yo amaba sin conocerle.

Pero de repente sonó una música poderosa de trompetas y atabales, de dulzainas y añafiles, y entró el rey en la plaza.

A la derecha del rey venias tú.

Al verte mi corazon se estremeció, fijé en tí mis ojos y ya no los aparté mas.

Porque tú eras el hombre de mi amor. Mi corazon me lo dijo.

Pero tú me miraste un momento, y luego… apartaste de mí los ojos y no me volviste á mirar mas.

En cambio otro hombre me miraba tenazmente.

Era el rey.

Yo apartaba los ojos del rey, los fijaba en tí y no veia nada de lo que tenia alrededor.

Y las fiestas se acabaron y tú desapareciste, y yo quedé ciega y desdichada, con el corazon frio y los ojos llenos de lágrimas.

Al dia siguiente Yshac me trajo otra vez al jardin.

Al entrar en él me dijo:

– Tu amado vendrá y tú serás sultana.

Yo te esperaba.

Hoy me dijo Yshac:

– Tu amado vendrá esta noche: tú saldrás á su encuentro: las flores y las fuentes y las enramadas serán vuestros únicos testigos. Sé su esclava.

Yo quise hablar pero Yshac me dijo con fiereza.

– El destino lo quiere: la esclava debe esperar á su señor: pero que su señor no sepa la historia de su esclava; porque si la supiera moririas tú y moriria él.

Yshac no nos escucha, añadió Bekralbayda: está en aquel ajimez, y yo he podido contarte mi historia, he podido decirle te amo, soy tu esclava; tú eres la sed de mi corazon, el sol de mi vida; te veo, me escuchas y soy feliz.

Mientras Bekralbayda habia contado su sencilla historia al príncipe, la luna habia descendido y se habia ocultado al fin: la sombra habia cubierto árboles, fuentes y flores: despues que calló Bekralbayda, no se vió mas que la sombra de Yshac-el-Rumi en el ajimez en que lucia un resplandor opaco, ni se oyó mas que el murmullo de las fuentes y el aleteo de un buho que revolaba entre la enramada.




VI

EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO HISTÓRICO


Mohammet-ebn-Abd-Allah-ebn-Juzef-ebn-Al-Hhamar-al Nazar[11 - Este largo nombre significa: Mahomet, hijo del servidor de Dios, hijo de Juzef, hijo del Rojo, el defensor: los árabes al nombrarse solian remontarse en su genealogia al cuarto abuelo y aun mas arriba, segun se vé en muchas inscripciones, singularmente en las sepulcrales, y los moros tomaron esta costumbre de los árabes.], el vencedor y el magnífico, sultan de Granada, era un poderoso rey, valiente y justiciero, que habia logrado reunir dentro de los muros de Granada, de la ciudad rival de Damasco, todos los restos dispersos del pueblo moro español, que las conquistas del santo rey Fernando III habian arrojado sucesivamente de Sevilla, de Córdoba, de Ubeda, de Baeza y de Jaen.

Granada, pues, habia reconcentrado en una reducida estension de terreno una poblacion inmensa: sus villas se habian ensanchado; la Vega, las vertientes de Sierra Nevada y las Alpujarras, se habian salpicado de aldeas, alquerías y castillos, y la misma Granada habia visto aparecer rápidamente sobre las laderas de sus montes, los barrios del Zenete y del Albaicin, fundados por los fugitivos de Baeza.

Granada en un dia de combate arrojaba por sus puertas ochenta mil ginetes, que juntos con los caballeros y gente ligera de la Vega y de las montañas componian un ejército de doscientos mil hombres fuertes y prácticos en la guerra contra el cristiano.

Fernando III, por la parte de Castilla y Andalucía, y don Jaime de Aragon por la de Valencia y Murcia, se vieron contenidos por aquella última barrera en que habian concentrado su pujanza los restos vencidos de los moros españoles.

Como cabeza de este reino de esta última esperanza de los moros en España, se veia al poderoso Ebn-Al-Hhamar-al-Nazar.

Digamos algo de este rey, el primero de la dinastía Nazerita, y fundador de la Alhambra.

Al-Hhamar era descendiente de la tribu de los beni-al-Ansari[12 - Ansari, compañero medinés del profeta.], un pariente ó sobrino de un Ansari que acompañó á Mahoma en su fuga de Medina á la Meca, llamado Ebada, habia venido de la Arabia á establecerse en España en los tiempos de la conquista de los árabes sobre la Península. De este Ansari, pues, descendia Al-Hhamar.

Pero fuese por las vicisitudes de la fortuna ó por otra causa cualquiera, los padres de Al-Hhamar eran labradores de Arjona, entonces populosa y rica villa de la Andalucía oriental.

A pesar de la escasa fortuna de sus padres, Al-Hhamar fué educado ventajosamente.

Era de despierto ingenio, y le enviaron á la universidad de Córdoba.

Gallardo, galan, fuerte y valiente causaba ya en su mocedad temor á los alentados, y habiendo demostrado aficion al ejercicio de las armas; su padre le dió una bolsa, una lanza y un caballo, le predicó un sermon que duró una hora larga acerca de la generosidad, del valor y demás deberes de un caballero, y le envió á buscar fortuna por el mundo.

Fuése á Córdoba con algunas cartas de recomendacion que habia recogido de sus parientes de Arjona y hubo de resignarse, por el momento, no á entrar con un cargo en el ejército, sino á desempeñar algunos oficios administrativos. Al fin, aprovechando las disidencias y las guerras civiles en que habia caido el califato de Córdoba, bajo el gobierno de los emires sucesores de Juzef-Amir Al-Mumenin, sirviendo ya al uno ya al otro, pero atendiendo siempre á la justicia de la causa á cuya defensa se decidia; ganada una y otra victoria, adquirió muy pronto en el ejército el dictado de Al-Nazar[13 - El defensor.] que debia dar nombre á la dinastía fundada mas tarde por él.

Empezaba á menguar la sangrienta luna de los almoravides[14 - Al-Morabethin, religiosos ó hermitaños.]; el califato de Córdoba se habia hundido; la guerra civil le despedazaba: los Almohades[15 - Al-Mohahedyn, bi-Ilah los dirigidos por Dios.] predicando su doctrina religiosa que los almoravides llamaban herética, habian irrumpido de Africa sobre España, y Lotawak-Aben-Hud, último de los emires almoravides, luchaba con todas sus fuerzas.

Al-Hhamar sirvió á Aben-Hud, pero muy pronto volvió las armas contra él: tomó á Jaen por asalto, se apoderó de Arjona, de Guadix, de Baeza, y se hizo proclamar en los pueblos sujetos á su señorío, sultan y altísimo emir de los fieles[16 - Sultan; scultan tala amir al Mumenyn.].

Quedóse aislado Aben-Hud.

En aquellas circunstancias los reyes de Castilla y de Aragon, don Fernando el Santo y don Jaime el Conquistador, emprendieron á un tiempo su espedicion de conquista sobre los moros, el uno por la parte de Andalucía, el otro por la de Valencia.

Sorprendida Córdoba en una lluviosa noche de invierno, por Domingo Muñoz, alcaide de Andujar, vé ocupado su barrio de la Ajarquia[17 - Del oriente.] sin poder echar de él á los audaces cristianos que se han fortalecido dentro de la ciudad. Avisan á Aben-Hud para que acuda con su ejército, pero ha acudido antes el rey de Castilla. La traicion de un prisionero castellano que Aben-Hud envia á reconocer al ejército enemigo, le hace creer que las fuerzas de este son infinitamente superiores á las suyas, y se retira dejando en libertad á Fernando de estrechar á Córdoba entregada á sí misma.

En su retirada encuentra Aben-Hud á un mensagero del emir de Valencia que le pide auxilio contra el rey de Aragon que le estrecha; se decide Aben-Hud á prestárselo, pero en el camino, una noche en el castillo de Almería, es ahogado por el walí Abderraman, que proclama á Al-Hhamar.

Huérfana Granada asimismo de emir por la muerte de Aben-Hud, proclama al afortunado caudillo, y encuéntrase por lo tanto Al-Hhamar, rey del estado mas considerable de la dominacion musulmana sobre España, despues del califato de Córdoba.

Esta ciudad, Valencia, Murcia y despues Sevilla, han caido en poder de los cristianos, lo que resta á los moros en España, es ya la única y esclusiva monarquia del rey Nazar.

Sin embargo, se vió obligado á aliarse con Fernando III, á ayudarle con un cuerpo de caballería á la conquista de Sevilla, á declararse su vasallo rindiéndole pleito homenage y á pagarle un tributo anual.

Esto no aconteció sino despues de haberse visto obligado Al-Hhamar á rechazar una entrada de los cristianos, y hacer despues levantar el estrecho sitio que puso sobre Granada el mismo Fernando III[18 - Se convino entre ambos reyes en que Al-Hhamar conservaría el reino de Granada bajo la soberania y la proteccion del rey de Castilla, á quien pagaria un tributo anual de ciento cincuenta mil doblas, y acudiria con hombres de guerra cuando como vasallo fuese requerido: bajo este concepto ayudó Al-Hhamar á don Fernando en la conquista da Sevilla.].

Tal era la historia del rey Nazar. Valiente, sabio, religioso, defendió su reino, fundó en él escuelas y mezquitas, y se dedicó á la proteccion de las artes y de la industria.

Sin embargo, este gran rey moraba aun en la antigua casa del Gallo de viento; no tenia un alcázar digno de su grandeza y de su poder; Al-Hhamar-al-Nazar antes que en la suya propia, habia pensado en la felicidad de sus vasallos.




VII

EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO DE ADENTRO


Habia nacido Al-Hhamar en Arjona, el miércoles 9 de la luna de Xaban[19 - Entre los árabes el órden de los meses que llamaban lunas es el siguiente: Muharram, Safer, Rabié primera, Rabié segunda: Regeb, Jaban, Ramazan, Xawal, Dilcada y Dilhagia: cada mes se cuenta desde la aparicion de una luna nueva hasta la aparicion de otra luna, y este intérvalo nunca pasa de los treinta dias ni baja de los veinte y nueve, y así los computan alternadamente: pero el último mes en el año intercalar siempre tiene treinta dias.] del año 591 de la hegira[20 - 19 de julio de 1195.]; contaba pues, cuarenta y cinco años en el momento en que le presentamos á nuestros lectores.

Era sin embargo, muy hermoso; sus cejas estaban negrísimas y pobladas y en su larga barba bermeja, semejante al oro, no asomaba una sola cana; sus megillas blancas y brotando el color de la salud, no tenian arrugas; sus ojos brillaban con la fuerza de la juventud y tenian el reflejo de la prudencia: la toca blanca que envolvia su cabeza, dejando ver las puntas de oro de su corona, y su largo caftan negro, daban una gran magestad á su aspecto.

El rey Nazar era todavía hermoso, y sino era jóven no parecia viejo.

Aun podia pensar en el amor.

En amores habia sido muy desgraciado Al-Hhamar.

Su primera esposa, Zobeya, madre del príncipe Mohammet-ebn-Abd-Allah, habia muerto al dar á luz á este príncipe.

La segunda, que no habia sido su esposa, sino su cautiva, su esclava, la princesa Leila-Radhyah, habia desaparecido dejando un rastro de sangre en la casa de Nazar.

La tercera, Wadah, era una muger terrible, una africana hermosísima, madre de su segundo hijo el príncipe Juzef, de la cual hacia mucho tiempo que le tenia apartado una repugnancia invencible, una antipatía mortal.

Wadah, la soberbia africana, le amaba; y sus celos eran un continuo tormento para Al-Hhamar.

Y sin embargo, Wadah no tenia razon alguna para tener celos del rey Nazar.

No amaba á ninguna muger.

Ni aun pasaba de las puertas de su harem.

El rey Nazar hubiera podido pasar por un morabitho[21 - Ermitaño.] á no ser por sus academias con sus sabios y poetas, ó por sus continuas escursiones por sus estados para asegurar con su presencia el amor de sus vasallos y la fidelidad de sus alcaides y walíes.

Gozaba Nazar de una profunda paz como rey: en su reino todo florecia: sus ejércitos eran inumerables: tenia satisfecha su ambicion.

Pero como hombre estaba en una contínua guerra con un deseo misterioso, con una sed no satisfecha: estaba solo en el mundo: el amor de sus hijos no era bastante para satisfacer aquel deseo.

Necesitaba otro amor.

La sultana Wadah no podia tampoco satisfacerlo: un contínuo y sombrio disgusto que se veía impreso en su semblante, y su soberbia siempre provocadora, siempre agresiva, la separaban del rey.

Y luego habia dos fantasmas ardientes en forma de muger que se levantaban dentro de su alma.

Lejano, perdido allá en la inmensidad de los recuerdos el uno; cercano, candente, abrasador, el otro.

La una muger era la sultana Leila-Radhyah.

Al-Hhamar no habia podido olvidarla.

Podia decirse que la sultana Leila-Radhyah habia sido su primer amor.

La habia buscado en vano, en vano habia gastado sus tesoros para descubrir su paradero.

Una circunstancia terrible le hacia recordar de una manera sombría su pérdida.

Durante sus amores con Leila-Radhyah, Al-Hhamar habia contraido con Wadah uno de esos casamientos que se llaman de conveniencia. Wadah era poderosa.

Se la atribuia un poder mágico.

Ya hemos dicho que los moros son muy dados á la supersticion.

Cuando conoció Al-Hhamar á Leila-Radhyah, mejor dicho, cuando se apoderó de ella, era simplemente walí[22 - Capitan de soldados, ó gobernador de distrito.]; su cautiva era una doncella de sangre real hija de un poderoso emir de Africa.

Al-Hhamar que al verla habia sentido por ella un amor voráz, necesitando de consuelo por la muerte de su esposa Zobeya, madre del príncipe Mahommet, ni se atrevió á devolver la doncella real á su padre, porque esto era perderla, ni á casarse con ella, porque sabia demasiado que el rey de Tlemcen no se avendria á dar por esposa á un simple walí una sultana hija suya.

La ocultó, pues, en su casa, gozó sus amores, é hizo feliz durante algun tiempo á la pobre jóven que le amaba y todo lo posponia á su amor.

Pero llegó un dia en que Al-Hhamar se casó con Wadah, quedando reducida Leila-Radhyah á la posicion de una concubina, de una esclava que ningun derecho tenia.

Poco despues desapareció como hemos dicho Leila-Radhyah, dejando en su aposento sangrientas señales. El rey la creyó muerta y la lloró.

Aquella misma noche, Al-Hhamar escuchó en las habitaciones de su esposa, la hermosísima Wadah, terribles gritos, gritos semejantes á rugidos de leona.

Cuando entró en aquellas habitaciones, encontró á Wadah medio desnuda, destrenzados los cabellos, delirante, frenética, buscando acá y allá, levantando tapices, asomándose á los ajimeces, mirando al oscuro fondo de los patios y gritando sin intermision:

– ¡Asesinos! ¡asesinos! ¡asesinos!

Wadah mostraba en sus manos un pequeño lienzo cuadrado de seda manchado de sangre.

Cuando vió á Al-Hhamar, guardó el paño entre sus ropas descompuestas y lanzó una horrible carcajada.

En vano la preguntó Al-Hhamar acerca de sus gritos, de aquel lienzo ensangrentado, de aquel desvarío: Wadah guardó el mas profundo silencio.

Al dia siguiente Al-Hhamar supo por los alcaides de su harem, que dos esclavos habian desaparecido.

El uno era Leila-Radhyah, el otro un cautivo cristiano.

Wadah desde aquella noche no volvió á sonreirse ni á hablar: amaba á Al-Hhamar con delirio, pero le rechazaba con horror; algunas veces en el mismo punto en que se estremecia de placer entre sus brazos le rechazaba gritando:

– ¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!

Al-Hhamar habia llegado á sentir horror hácia Wadah, y á recordar con mas intensidad á su perdida Leila-Radhyah.

La otra muger cuyo recuerdo se levantaba próximo, ardiente, tentador en el alma del rey Nazar era Bekralbayda.

Desde tres dias antes que la habia visto en las fiestas de Alhama no habia podido olvidarla.

Nunca habia sentido un deseo mas exigente.

Aquella niña llenaba su alma, pero sin destruir el amor que sentia hácia Leila-Radhyah.

Habia llamado en vano á Yshac-el-Rumi.

Yshac le habia contestado:

– Aun no es tiempo.

– ¿Pero de qué familia es esa niña?

– No es tiempo, replicaba Yshac.

– ¿Es libre ó esclava? añadia el rey.

Y como si solo se hubiera provisto de una sola respuesta Yshac, repetia:

– Aun no es tiempo.

Y sin pronunciar otra palabra el sabio se despidió del rey, dejándole envenenada el alma.

Por eso el rey se paseaba triste, sombrío, apenado, por una de las estensas y sonoras cámaras de su palacio del Gallo de viento.

Por eso de tiempo en tiempo murmuraba exhalando un profundo suspiro:

– ¡Aun no es tiempo que yo sea feliz!




VIII

LA VENTA DE UNA MUGER


Era ya tarde.

En medio de su distraccion escuchó el rey Nazar el ruido sonoro de las pisadas de alguno que se acercaba.

Entonces compuso su semblante para que nadie pudiese comprender por él lo que pasaba en su alma.

Levantóse el tapiz de una puerta, y un esclavo negro magníficamente vestido con un sayo de escarlata y con una argolla de oro al cuello, se prosternó y dijo con voz gutural y respetuosa:

– ¡Magnífico sultan de los creyentes! un viejo enlutado solicita arrojarse á tus plantas: dice que vá en ello mas de lo que puede pensarse.

Al oir el rey Nazar que le buscaba un hombre enlutado, se apresuró á mandarle introducir, lo que en aquella hora no hubiese hecho por nadie, ni aun por sus mismos hijos.

Entró en la cámara algun tiempo despues un hombre alto, pálido, enteramente cubierto por un turbante blanco, y por un ancho alquicel, blanco tambien, sin dejar descubierto mas que un semblante huesoso en cuyas profundas órbitas se revolvian dos ojos brillantes como carbunclos.

Aquel hombre no se prosternó ante el rey Nazar: por el contrario adelantó hácia él, rígido, enhiesto, sin producir ruido al andar, como un fantasma, y con la mirada candente y fija en el rey Nazar, que retrocedió.

– ¡No me conoces, Al-Hhamar, el vencedor y el magnífico! dijo deteniéndose á poca distancia del rey.

– Tú eres el viejo que acompañaba á la doncella blanca, dijo el rey Nazar sin poder dominar su fascinacion.

– Sí, yo soy el astrólogo Yshac, contestó aquel hombre permaneciendo inmóvil en el sitio donde se habia parado.

– Tú eres el que me dijiste, cuando yo te ofrecia montañas de oro por la doncella blanca: aun no es tiempo.

– Yo soy.

– ¿Y á qué vienes?

– Vengo á venderte á Bekralbayda.

– ¡A vendérmela! pide cuanto desees, cuanto quieras.

– Yo no quiero dinero.

– ¿Qué quieres pues?

– Dos cosas solas.

– Habla.

– Quiero que Bekralbayda sea doncella de tu esposa.

– ¡Ah! ¡poner junto á la terrible Wadah, á ese arcángel del sétimo cielo! ¿Sabes tú quién es Wadah?

– Soy astrólogo y mago: lo sé.

Tembló imperceptiblemente el rey Nazar.

Ni uno ni otro se habian movido del sitio donde se habian parado.

Vistos á cierta distancia parecian dos sombras; la una blanca, y la otra negra, que no se atrevian á unirse, que se rechazaban.

– ¿Sabes que la sultana Wadah está loca?

– Lo sé.

Por un cambio natural en la disposicion del ánimo del rey, preguntó con ansia á Yshac.

– ¿Sabes por qué causa está loca la sultana?

– Sí.

– Dímelo.

– Aun no es tiempo.

El rey se estremeció de nuevo.

– ¿Y sabiendo que está loca la sultana quieres poner á su lado á Bekralbayda?

– Sí.

– ¿Pero cómo pueden satisfacerse mis amores estando Bekralbayda al lado de la sultana?

– Ese es negocio tuyo.

– ¿Y qué mas quieres para entregarme esa doncella aunque sea de ese modo?

– Ser tu astrólogo: vivir en tu alcázar.

– ¡Y nada mas pides! esclamó con asombro el rey Nazar.

– Nada mas quiero, contestó con voz cavernosa el astrólogo.

– Puedes traer mañana á Bekralbayda al alcázar.

– Pues bien; mañana la traeré. A Dios.

Y salió tan silenciosamente como habia entrado, dejando fascinado y mudo al rey Nazar.




IX

DE CÓMO EL PRÍNCIPE MOHAMMET ESTUVO Á PUNTO DE SER AHORCADO POR LADRON


Bekralbayda era feliz.

Es verdad que aun no sabia el nombre de sus padres, pero sabia el de su amado.

Las sombras y el silencio habian protegido el delirio de sus amores con el príncipe.

El príncipe, por su parte no podia ser tampoco mas feliz: la muger de su amor era suya en cuerpo y en alma.

Los dos amantes se habian separado antes del amanecer, dándose cita para la noche siguiente.

Yshac-el-Rumi habia pasado la noche en vela, inmóvil, apoyado en el alfeizar del ajimez.

La dama blanca habia dado salida al príncipe por el portillo de una cerca.

Bekralbayda, embellecida por un nuevo encanto, se habia dirigido á su retrete, se habia arrojado en su lecho y habia dormido un sueño de amores.

El príncipe se habia encaminado á la Colina Roja, y se habia ocultado en las ruinas del templo de Diana.

Pero antes de entrar en ellas, habia arrojado una mirada al frontero Albaicin á la casa del Gallo de viento, y habia esclamado al ver el reflejo de una luz en un ajimez del retrete del rey Nazar:

– ¿Porqué velará á estas horas mi padre?

Pasó el dia: un diáfano y radiante dia de primavera.

Llegó la noche.

Una noche serena, lánguida, tranquila, sin luna, pero dulce y misteriosamente alumbrada por los luceros.

El príncipe salió de las ruinas del templo, bajó á la márgen del rio y se encaminó á la casita blanca del remanso.

A la casita donde, sin duda, impaciente y estremecida de amor como él, le esperaba Bekralbayda.

Pero esperó una hora y nada interrumpió el silencio y la soledad de aquellos lugares.

Pasó aun mas tiempo y nadie vino á llevar al príncipe junto á su amor.

Encaminóse á la oscura gruta y penetró en ella, pero en vano procuró dar con la pendiente entrada por donde habia resvalado la noche antes, y que le habia llevado al palacio de la dama blanca.

Por todas partes, en todas direcciones, encontraba la roca tajada, áspera, húmeda y nada mas.

– ¿Me habré engañado? se preguntó.

Y volvió á salir.

Pero aquella era la estrecha grieta cubierta de maleza por donde habia penetrado la noche anterior.

Para confirmarle en ello estaban allí las ramas que habia cortado con su yatagan para abrirse paso.

Sin embargo, aunque penetró una y otra vez, solo halló una estrecha escavacion en la roca, en la cual no habia ninguna abertura.

Desesperado, abandonó aquel lugar y subió á las cortaduras del rio y rodeó por los cármenes, buscando el postigo por donde le habia dado salida la dama blanca.

Pero no halló la cerca.

En cambio se perdió en un laberinto de enramadas, que se intrincaban mas á medida que el príncipe se revolvia mas en ellas.

Llegó un punto en que quiso salir y no pudo. No encontraba la salida, ni aun lograba dar con el rio cuya corriente le habia guiado.

– ¿Habrá aquí algun encantamento? dijo.

Y apenas habia hecho esta esclamacion, cuando oyó un ronco ladrido, y poco despues se vió acometido por un enorme perro campestre y por una ronda de labradores armados de chuzos, uno de los cuales llevaba una linterna.

Cuando esto acontecia habia pasado ya largo tiempo. Era la media noche.

– Hé aquí el ladron de nuestras hortalizas…

– El talador de nuestras flores.

– El caballero que se divierte en matar nuestros perros y seducir nuestras hijas, esclamaron en coro aquellos hombres, con gran sorpresa del admirado príncipe.

La verdad del caso era, que como aquellos honrados labriegos tenian mugeres y parientas hermosas, algunos jóvenes caballeros habian dado en la flor de ir á meterse en vedado por aquellos frondosos cármenes, pisando las flores que encontraban á su paso, pero con la cautela y la malicia del ladron, favorecidos por alguna de las flores pisadas, y el príncipe Mohammet pagaba sin culpa las culpas de otros.

– ¿Qué decis de vuestras flores y de vuestras hijas? dijo el príncipe: yo no vengo ni por las unas ni por las otras: me hé perdido en vuestros cármenes y os ruego que me saqueis de ellos.

– ¿Qué te saquemos? pues ya se vé que te sacaremos: esclamaron los rústicos, pero será para llevarte preso al rey que nos hará justicia.

Estremecióse el príncipe.

– Vosotros no hareis eso, dijo, cuando sepais quién soy yo.

– Seas quien fueres, por ladron te tenemos ¿no has pasado nuestros términos de noche sin nuestra licencia?

– Yo no he encontrado cerca alguna.

– Tu has escalado la cerca: por lo mismo morirás ahorcado.

En efecto el príncipe habia saltado una pequeña tapia.

– ¿Y para qué queremos llevarle al rey? dijo otro: nosotros podemos ahorcarle, ¿acaso no es un ladron armado? ¿no sabeis que el que coje á un ladron armado puede ahorcarle allí donde le pille?

– Pero yo no he hecho resistencia: esclamó el príncipe.

– ¿Y quién sabe si la has hecho ó no? ¿lo dirás tú despues de muerto?

– Si vosotros me ahorcárais, mi padre os descuartizaria vivos, contestó con altivez el príncipe.

– Es que nosotros tenemos un padre que nos defenderá del tuyo por poderoso que sea: porque nuestro padre es el poderoso y justiciero rey Nazar.

– Pues bien de rodillas ante su hijo el príncipe Mohammet, dijo con altivez el jóven.

– ¿Tú el príncipe Mohammet, el valiente y virtuoso hijo del rey Nazar? dijeron los rústicos: no puede ser; ¿qué tiene que buscar nuestro buen príncipe por estos sitios y á estas horas?

– Es un mal caballero que miente por salvarse.

– Un burlador de la justicia del rey y de nuestra honra.

– Un libertino.

– Un infame.

– Ahorquémosle.

– No; casémosle con la muger que vendrá á buscar y que sin duda es hija de uno de nosotros.

– Yo no conozco á vuestras hijas: os repito que soy el príncipe Mohammet.

– Pues bien; te llevaremos al rey, y el rey dirá si eres príncipe ó no.

Y arremetiendo á él, y sin que el príncipe pudiera valerse, le arrastraron consigo, le llevaron al otro lado del rio, y por el camino y la puerta de Guadix le metieron en el Albaicin.




X

LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO


Aun velaba el rey la misma noche en que habia dado audiencia á Yshac, cuando un esclavo, el mismo que le habia anunciado la llegada del astrólogo, le anunció que unos labradores traian preso al príncipe Mohammet.

Porque el príncipe habia sido reconocido en el alcázar, y se habia detenido á los labradores, que estaban aterrados por su torpeza en haber preso al príncipe.

Nublóse el semblante de Al-Hhamar.

Era el primer disgusto que le daba su hijo.

Mandó que introdujesen al príncipe y los labradores.

El príncipe se presentó confuso.

Los labradores aterrados se arrojaron á los pies del rey Nazar.

– Perdon, señor, perdon, esclamaron: nosotros no conocíamos al esclarecido príncipe, tu hijo.

– El nos dijo quien era.

– Pero nosotros no le creimos.

– Porque los caballeros de Granada se entran de noche en nuestros cármenes.

– Y nos roban las flores…

– Las flores de nuestra alma.

– Nuestras esposas y nuestras hijas.

– Y creimos que el príncipe fuera uno de estos ladrones.

– Porque le encontramos dentro de nuestros cármenes.

– Que están cercados.

– Que están guardados.

– Nosotros no sabiamos que era el príncipe.

Impuso el rey Nazar silencio á los labradores, que hablaban á un tiempo y en coro, impulsados por el miedo, y preguntó á su hijo:

– ¿Es cierto lo que estos dicen?

– Me han encontrado en los cármenes, señor, contestó el jóven.

– ¿De noche y armado?

– Si señor.

– ¡Idos! dijo el rey á los labradores.

Estos no esperaron á que el rey repitiese su mandato, y salieron en tropel como una jauria espantada, no sin sufrir algunos latigazos de los esclavos y de los soldados en su tránsito por el alcázar.

El rey Nazar se habia quedado solo con el príncipe, y le miraba ceñudo.

– ¿No estabas en mi castillo real de Alhama? dijo al fin Al-Hhamar.

– Si señor, constestó el príncipe.

– ¿No te habia mandado que no vinieses á Granada?

– Si señor.

– ¿Por qué has venido? ¿qué causa grave tienes que alegar en tu disculpa?

El príncipe sabia que su padre estaba enamorado de Bekralbayda, y no se atrevió á confesar la verdad.

– Tu hijo no tiene disculpa ninguna, poderoso sultan de los creyentes, contestó.

– Si uno de tus walíes abandonase un gobierno que tú le hubieses encomendado, si su gobierno estuviese en la frontera enemiga, ¿qué harias?

– Mandaria cortar la cabeza al walí, contestó con mesura, pero con firmeza el príncipe.

– ¿Porque el walí habria sido traidor y rebelde?

– Si señor.

– ¿Tú eres príncipe: tú eres mi compañero en el mando? tú eres casi el sultan de Granada: tu culpa por lo mismo es mayor. ¿A qué has venido á Granada?

– Estaba triste en Alhama.

– ¿Y tienes aquí tu alegría?

– Si señor.

– ¿Y… tu alegría cómo se llama?

– Mi alegría no tiene nombre.

– ¿Pero por qué has venido á Granada desobedeciéndome? ¿por qué has abandonado mi estandarte en la frontera?

– Por respirar las auras de la noche en los cármenes del Darro.

– ¡Oh! yo sabré tu secreto, dijo el rey.

Y llamando á dos de los mas ancianos y prudentes de sus wazires[23 - Wacir, y sus semejantes alvazil, alvazir, alvasir, aluazir, aluacir, significaban entre los árabes de España, ministro de estado: esta voz unia en aquellos tiempos á la significacion anterior, la esclarecida de gobernador ó presidente de un pueblo ó territorio, de capitan general, gefe de justicia y magistrado supremo, que en muchos casos tenia una potestad independiente de la del califa.] les mandó que encerrasen al príncipe en lo mas alto de la torre del Gallo de viento.

Esta antiquísima torre, cuadrada, alta, maciza, en la cual no se veia mas que estrechas saeteras y una ventana en cada frente, junto á las almenas, estaba largo tiempo hacia inhabitada y protegida por el terror supersticioso que inspiraba.

Decíase que habitaba en ella el alma del rey Aben-Habuz el sabio.

Esta torre estaba situada en el centro de un patio del palacio á que daba nombre, y en su parte inferior no tenia puerta. Entrábase en ella por su altura media, por un pasadizo cubierto, en forma de puente que la unia con uno de los lados del patio.

Aquel pasadizo tenia una puerta de hierro macizo y mohoso, cuyos cerrojos y candados era fama que no se habian abierto en centenares de años. Despues de aquel pasadizo y en el corazon de la torre, que parecia maciza tambien, se retorcia una estrecha escalera de caracol, iluminada apenas por la escasa claridad que penetraba cansada por estrechas y profundísimas saeteras, y en lo mas alto de la torre terminaba la escalera, en una cámara de ocho pies en cuadro, baja de bóveda y envejecida mas que por el tiempo por el humo de un hornillo que se veia como escondido en uno de los rincones.

En esta cámara á nivel del pavimento resquebrajado y sucio, una compuerta de hierro cerraba la escalera, y cuatro ventanas semicirculares se abrian en direccion á los cuatro puntos cardinales.

Además del centro ó clave de la bóveda descendia hasta la parte media de la altura de la cámara un eje de hierro, del que estaba suspendido un pequeño ginete de hierro tambien, con el caballo en actitud de correr y con la lanza baja.

Aquel eje se volvia obedeciendo á la veleta de la parte superior, y la punta de la lanza del caballero señalaba á la parte donde iba el viento.

Contábanse de esta torre cosas estupendas: decian que algunas noches se veia por sus altísimas ventanas un resplandor rojo como de infierno, y por entre sus almenas un humo luminoso: y de lo que mas se hablaba, era de un buho enormísimo, tan grande como la mas grande águila que anidaba junto á las almenas; y á propósito del resplandor, y del humo, y del buho, se contaban tales cosas, que bastaban para aterrar á los muchachos y hacerlos callar cuando se obstinaban en el llanto, para lo que tambien bastaba nombrar simplemente el alma de Aben-Habuz, fundador de la torre y del palacio que tenia á sus pies.

Por una coincidencia singular, el patio en que esta torre se levantaba, era el mas alegre y bello del palacio: esbeltas columnitas sostenian sus galerías, flores, fuentes y estanques se veian en su terreno, y en él vagaban las hermosas esclavas de la servidumbre de la sultana Wadah.

Porque en aquel patio estaban las habitaciones de la esposa del rey Nazar.

Veíase, además desde las ventanas de la torre toda Granada, la Vega, las sierras hasta los distantes confines: en una palabra, aquella torre era una escelente atalaya.

Los wazires condujeron hasta allí con un profundo respeto al príncipe, y este, que al asomarse á una ventana habia visto la Colina Roja, dijo á los wazires:

– Ahí, en el cercano monte, en las ruinas del templo romano, está mi caballo: no es justo que dejemos perecer á nuestro compañero de batalla; haced que le vayan á buscar.

Los wazires se inclinaron profundamente, y salieron dejando solo al príncipe, que á los primeros rayos del sol de la mañana se puso á contemplar desde su altura el estrecho valle por donde el Darro atravesaba á Granada.

Porque en las márgenes del Darro, moraba su vida y la mitad de su alma: Bekralbayda.




XI

DE CÓMO EL REY NAZAR COMPRENDIÓ QUE NO PODIA SER FELIZ


Al-Hhamar habia quedado profundamente triste.

A la tristeza por sus amores, se unia la que le causaba la rebeldía de su hijo.

Porque su hijo (sus ojos de padre se lo habian dicho) guardaba dentro de su alma un secreto.

¿Y qué secreto era este que no queria revelar á su padre?

Y mientras el rey Nazar se deshacia en conjeturas, la solucion del secreto entraba en su palacio con el caballo del príncipe, que los wazires habian ido á recojer en persona á la Colina Roja.

Uno de los wazires se presentó al rey.

Llevaba en las manos unas pequeñas pero pesadas alforjas de seda, bordadas, en cuyas bolsas se contenia sin duda dinero.

– Esto hemos encontrado sobre el caballo del príncipe, señor, dijo el wazir presentando las alforjas á Al-Hhamar.

El rey puso las alforjas sobre el divan y despidió al wazir.

Apenas se vió solo examinó con una impaciencia febril las dos bolsas de las alforjas; por su contenido esperaba deducir el objeto de la secreta venida del príncipe á Granada.

Pero solo encontró una razonable cantidad de dirahmes[24 - Moneda árabe de poco valor que no tenia correspondencia con las nuestras.] de plata, lo que bastaba para un caballero, pero que era insuficiente para pagar una rebeldia: además encontró un pequeño envoltorio de seda.

Dentro de él halló dos cartas y un rizo do cabellos negros, sedosos, brillantes, largos, pesados, que exhalaban un delicioso perfume.

– ¡Ha venido á Granada por una muger! ¡ama! ¿pero quién es esa muger? ruin debe ser cuando me la recata: estas cartas me lo dirán:

Abrió la primera que estaba escrita en verso y decia así:

		«La perla de las perlas,
		la cándida y la pura…»

Era en fin la carta que el príncipe habia encontrado en su retrete en Alhama, la que le habia servido de medio para encontrar á Bekralbayda.

La segunda carta mas esplícita, era la que habia sido enviada al príncipe en su misma flecha desde la casita blanca.

Al leer el nombre de Bekralbayda que firmaba esta carta, el rey se sintió herido en el corazon.

– ¡Con que se aman! esclamó: y acaso, acaso… sí… indudablemente: esta carta es una cita: y luego este rizo de cabellos…

El rey quedó profundamente pensativo, y se puso á pasear á largos pasos á lo largo de su cámara.

– Pero ellos no han podido conocerse, no han podido verse sino consintiéndolo ese viejo enlutado, ese Yshac-el Rumi, ese hombre estraño que me hace temblar. Pero si ese miserable sabe que mi hijo y Bekralbayda son amantes, ¿por qué me vende esa muger? ¡y con tan estrañas condiciones! no me ha pedido oro… únicamente que Bekralbayda esté al lado de la sultana Wadah, de esa terrible loca, y estar él á mi lado, ser mi astrólogo: ¡oh poderoso señor de Ismael! ¡tú dador de la ciencia! ¡tú misericordioso! aquí hay un misterio que no alcanzo á esplicarme: ¡ilumíname tú, señor, tú que amparas á los que en tí creen!.. ¡ábreme camino, porque yo me siento cegar!

Y el rey siguió en su paseo, con la mirada escandecida, el aliento ardiente y entrecortado, las megillas pálidas, el paso incierto.

Luchaba dentro de sí de una manera espantosa.

– ¡Oh? dijo al fin: Dios castiga en mí algun pecado de mi raza: yo no puedo ser feliz.

Y siguió paseando.

– ¿Y por qué no? dijo de repente: ¿quién sabe? acaso…

El rey volvió á su paseo.

Anunciáronle que un viejo y una dama enlutados querian hablarle.

El rey Nazar hizo un movimiento semejante al de quien despierta de un sueño al impulso de una mano estraña; tomó un pergamino y escribió en él durante un breve espacio: luego dobló el pergamino y le selló.

– Que entren el viejo y la muger, dijo.

Poco despues entró Yshac-el-Rumi llevando de la mano y sin velo á Bekralbayda que inclinaba ruborosa la cabeza.

Entrambos se prosternaron ante el rey Nazar que los alzó.

– ¿Sabes á lo que vienes á mi palacio? le preguntó Al-Hhamar.

– Sé que me han vendido al poderoso sultan de Granada, dijo con acento trémulo Bekralbayda.

– ¿Pero no te han dicho que el sultan Nazar que te ama, quiere tu amor y no tu sumision?

Bekralbayda calló.

– Vas á servir á la poderosa sultana Wadah: está enferma: procura aliviar con tus consuelos sus dolencias: en cuanto á mí en ocasion mejor te diré cuánto eres grata á mis ojos. Entre tanto pon aquí tu nombre.

El rey la presentó el pergamino que habia escrito y sellado poco antes.

– ¿Y qué es esto, señor? dijo con recelo Yshac-el-Rumi.

– Aquí, salva la voluntad de Dios, está decretado invariablemente el destino de Bekralbayda. Sellado con mi sello, signado con su nombre, nadie abrirá ese pergamino hasta que ella misma le abra.

Y llamando el rey á sus esclavos les mandó que llevasen á Bekralbayda á las habitaciones de su esposa.

Yshac-el-Rumi se quedó entre los sabios y astrólogos que vivian en el palacio del rey.




XII

EL PALACIO DE RUBIES


Habian pasado muchos dias.

El rey habia tenido muchas entrevistas con Bekralbayda.

El príncipe continuaba preso.

Yshac-el-Rumi empezaba por su ciencia á privar con el rey.

Ninguno mejor que él descifraba los sueños del rey, ni respondia mejor á sus dudas.

El rey Nazar empalidecia.

Comprendíase que minaba algo su existencia.

Sus ojos empezaban á tener cierto brillo fosforescente como los de la sultana Wadah.

Dormia poco, y aun así de una manera inquieta.

En medio de sus sueños, quien hubiera estado cerca de él, le hubiera oido pronunciar el nombre de su hijo y de Bekralbayda.

Una noche el rey velaba.

Tenia junto á sí en una pequeña mesa un cuadrante y un pergamino estendido.

El rey marcaba con tinta roja sobre el pergamino líneas y compartimientos, los media con un compás, y volvia á meditar y á marcar líneas y puntos y á tomar medidas.

Quien le hubiera visto entonces, no le hubiera creido el sultan de Granada, el poderoso Nazar, sino un alarife[25 - Arquitecto.] que se ocupaba en formar el plano de un palacio.

El rey se ocupaba profundamente de su trabajo.

Pero de repente le interrumpió un ruido inesperado.

El batir de las alas de un pájaro.

El rey Nazar se estremeció y miró.

Vió un enorme buho que revolaba en su cámara.

El rey Nazar se puso mortalmente pálido, y se levantó en busca de su arco.

Pero el buho estrechó su vuelo sobre la mesa, apagó la lámpara y escapó por la ventana.

Entonces resonó á alguna distancia una carcajada hueca.

El rey Nazar dió voces: entraron sus esclavos con luces.

El rey Nazar hizo que encendiesen la lámpara, que cerrasen las celosías de los ajimeces y las puertas, y que trajesen al momento al astrólogo Yshac-el-Rumi.

Poco despues el viejo estaba delante del rey Nazar y á solas con él.

– Siéntate, le dijo el rey.

El astrólogo se sentó con la misma altivez que si hubiera sido otro rey.

– ¿Sabes lo que me sucede? le dijo.

– Yo lo sé todo, dijo con autoridad el mago.

– Veamos.

– En primer lugar estás cada dia mas embriagado por los encantos de Bekralbayda.

– Es verdad.

– La sultana Wadah lo sabe y tiene celos.

– Es cierto.

– Bekralbayda quiere antes de ser tuya poner á prueba tu amor.

– ¿Y me exige grandes sacrificios?

– Sé que á pretesto de que este palacio es triste, en lo que no la falta razon, te ha pedido que construyas para ella sola un alcázar.

– Es verdad.

– Tú te has puesto esta noche, poderoso sultan, á idear ese alcázar, y un buho ha entrado por la ventana y ha apagado la lámpara.

– ¿Y por qué ese buho?..

– Porque ese buho quiere que ese alcázar se construya en el lugar donde está construido invisiblemente, el encantado Palacio-de-Rubíes.

– ¡El Palacio-de-Rubíes!

– Sí, en la Colina Roja.

– Esplícame, esplícame eso.

– Escucha.

Reclinóse el astrólogo indolentemente en el divan, y empezó despues de algun tiempo de meditacion de esta manera:

– Allá en los primeros años despues de la conquista de los árabes sobre España, era señor de Granada Abu-Mozni-el-Zeirita.

Este rey, siendo ya viejo, murió y dejó su herencia, esto es, el señorío de Granada, á un sobrino suyo, viejo tambien, que residia en Africa, y que se llamaba Aben-Habuz.

Cuando Aben-Habuz vino á Granada á recojer la herencia de su viejísimo tio, solo halló un negro y carcomido castillo, puesto sobre la cima de un monte, al pie de las vertientes de una sierra, y en el castillo algunos cientos de feroces guerreros que miraban el ataud de roble de su señor, apoyados en las picas con la misma espresion que el perro de montería que pierde al amo que le arrojaba sobre el rastro.

Aben-Habuz no conocia á Abu-Mozni, y por lo tanto no se entristeció. Humillóle, sí, que un pariente suyo fuese llevado á la sepultura sin embalsamar y con un ataud y unos vestidos tan humildes, porque Abu-Mozni habia gastado el dinero de sus tierras y de sus vasallos, en perros y murallas, y no habia pensado ni una sola vez en su vida en tener un alcázar ni un harem, ni en proveerse de un lecho de piedra en donde dormir el último sueño.

Aben-Habuz mandó á sus médicos que embalsamasen los restos de su feróz tio: hizo quemar el ataud de roble y el sayo de lana, le encerró vestido de púrpura en un féretro de brocado, dentro de un sepulcro de mármol sobre el cual hizo esculpir un pomposo epitafio, largamente meditado por sus sabios, y despues de estos últimos deberes, satisfechos mas bien que á la memoria de su tio, á su orgullo de rey, se lanzó con los tostados africanos que encontró en su herencia y con el ejército que habia traido de allende el mar, sobre los enemigos, que aprovechándose de la muerte de Abu-Mozni-el-Zeirita, habian invadido su territorio; y despues de haber corrido las fronteras tras ellos, de haberles incendiado castillos y aldeas, y robádoles ganados y mugeres, se tornó á su alcazaba; repartió el botin entre los soldados, encerró las mugeres en una torre, y se echó á buscar un sitio donde edificar una residencia mas digna de un rey, que el ahumado torreon donde habia pasado largas veladas, tendido sobre una piel de tigre, el primer señor árabe de Granada.

Llamó á sus faquies y á sus astrólogos, y estos, despues de haber consultado las estrellas, le llevaron á la cresta de la colina poco distante de la torre de la alcazaba, y le dijeron:

– Aquí señor debes alzar tu alcázar y la atalaya de tu reino; porque desde esta loma se vén la estendida vega y las distantes fronteras, y porque un rey debe estar siempre atento á la defensa de su pueblo.

Y Aben-Habuz hizo un alcázar y levantó una torre altísima en el lugar que le dijeron los faquies y los astrólogos, y sobre la torre puso un caballero de hierro con la lanza en ristre y girando á todos los vientos, y en la adarga del caballero mandó pintar un gallo y poner debajo esta leyenda:

		Dice el sabio Aben-Habuz,
		que así se defiende el Andaluz.

Porque el viejo rey tenia por una de sus mas preciosas máximas la de que un guerrero debia ser vigilante como un gallo, ligero como el viento, para volverse y correr á la parte por donde amenazase el peligro, y por esto y por otras razones que á nadie dijo, llamó á la torre de su alcazaba, torre del Gallo de viento.

Y encerrábase en ella el viejo rey, y se dormia al rechinar de la veleta, y la consultaba cada vez que soplaba el viento de la tormenta, y allí donde el caballero tenia asestada la punta de su lanza, corria con sus gentes, y hacia Eblís[26 - Nombre que daban los árabes al diablo.] que siempre encontrase enemigos á quienes destrozaba volviéndose cargado de presas á su castillo.

Y sucedió que una de estas veces, en vez de encontrar enemigos solo halló un viejo astrólogo, que al ver llegar al rey entre aquella muchedumbre de guerreros, se prosternó por tierra, pidió amparo á Aben-Habuz, y le prometió si le dejaba la vida, edificarle un alcázar tal, que fuese maravilla de los siglos venideros.

Rióse el rey del temor del astrólogo, hízole cabalgar á la grupa de uno de sus africanos, le trajo á Granada, y se encerró con él en la torre del Gallo de viento, sin dar oidos á otras palabras que á las del astrólogo, ni salir de la torre mas que para hacer las azalaes[27 - Oraciones.] en la mezquita.

Y aconteció que el rey olvidó la guerra por la astrología, y pasaron lunas enteras sin que saliese contra los cristianos; á pesar de que estos, mal escarmentados siempre, corrian la tierra haciendo talas y desaguisados, y los habitantes de las villas fronterizas, temerosos de ellos, corrieron á encerrarse tras los muros de la alcazaba Cadima y de la villa de los Judios.

Cansóse el caballero de la torre de avisar el peligro, y desde entonces no volvió á inclinar su lanza al lugar por donde aparecian enemigos, y perdió su virtud el talisman, mientras el rey pasaba las noches en claro en la torre del Gallo de viento á la luz del hornillo donde el sabio hervia en sus vasijas de vidrio brevajes repugnantes.

Al fin una noche el sabio y el rey salieron de la alcazaba por un postigo del muro, bajaron al valle formado por el Darro, y subieron á la Colina Roja.

Era la noche oscura y la tormenta hacia rechinar la veleta de la torre del Gallo de viento: la lanza del caballero señalaba entonces á la Colina Roja donde estaba el astrólogo con el rey.

Hay quien dice que el astrólogo solo queria vengarse del rey por haberle este arrebatado una hermosa doncella hija suya de la villa de los Judios y que habia dado al rey un filtro que habia secado su cerebro tornándole loco.

Sea como quiera, el astrólogo encendió una hoguera en la parte oriental de la Colina Roja en el mismo sitio donde estaban las ruinas de una antigua alcazaba, y arrojó al fuego, pronunciando palabras misteriosas, unos polvos mágicos fabricados por él delante del rey. Entonces la tierra tembló, condensóse el aire, tomó formas el humo de la hoguera y aparecieron cuatro hadas hermosas, apenas cubiertas con velos de seda, batiendo sus trasparentes alas de mariposa.

Aquellas hadas que por el poder del conjuro del astrólogo habian sido arrancadas del quinto cielo, eran los genios del Palacio-de-Rubíes.

Llamábase la una Aliento-de-las flores[28 - Estos cuatro nombres tienen en árabe las correspondencias siguientes: Aliento-de-las-flores: Nafasu-al-Azjari; Eco-de-las-armonías: Sadan-al-Angámi; Suspiro-del-amor: Jasratu-Jobbati; Espejo-de-Dios: Miratu-Allaji. Dejamos en el testo la traduccion española de estos nombres porque son demasiado estraños, es decir: porque no tienen tan buen sonido como otros que hemos consignado en el testo.], la segunda Eco-de-las-armonías; la tercera Suspiro-de-amor; la cuarta Espejo-de-Dios.

Al aparecer las cuatro hadas, se habia levantado como por encanto alrededor del rey un alcázar de incomparable hermosura: el astrólogo habia desaparecido: solo quedaban las cuatro hadas revolando alrededor del rey que corria frenético por las galerías y los retretes y las cámaras y los patios del alcázar encantado; de aquel magnífico alcázar fresco, riente y sonoro, con el canto de sus aves, la fragancia de sus flores, el murmullo de sus fuentes y el eco de sus armonías.

El rey corria, y corria, y lanzaba grandes carcajadas.

Aben-Habuz tenia un alcázar de oro y pórfido, era astrólogo y sabio, pero habia perdido el juicio.

El judío se habia vengado.

Las hadas giraban alrededor del rey, danzando unas veces, revolando en las cúpulas otras, perdiéndose en el fondo de los estanques, ó deshaciéndose en vapores perfumados entre las esbeltas columnatas de las galerías.

Y Aben-Habuz seguia corriendo con la barba descompuesta, la túnica flotante, la toca deshecha, riendo siempre, de una manera insensata, y las hadas repetian su risa de loco; deteníase cansado y las hadas se replegaban silenciosas en sus lechos de algas y flores; de perfumes y oro: de repente volvian á aparecer ante el rey y escitado Aben-Habuz por su hermosura corria en vano tras ellas; y el insensato reia de pena, y sufria riendo, y en vano queria contener aquella risa fatal que salia á su pesar de su pecho.

Y tornábase con la aurora á la torre del Gallo de viento, y en vano pretendia ver desde sus almenas el palacio donde habia pasado la noche; la Colina Roja se presentaba á su vista escueta y árida, como antes del ensalmo del astrólogo, y el rey se impacientaba y preguntaba á sus cadíes y á sus wazires, si veian sobre la Colina las torres, los muros y los minaretes de un alcázar.

Los sabios de su corte se entristecian y tenian al rey por loco, porque nada veian.

Todas las noches Aben-Habuz subia á la Colina Roja, y entonces el alcázar se presentaba ante él soberbio con sus altísimas torres, sus enhiestas almenas reales, sus cavas profundas y sus puertas de hierro, que se abrian para darle entrada hasta el Palacio-de-Rubíes, donde tornaba á su insensata alegría y á su risa cruel.

Y cada noche que el rey penetraba en el palacio encantado parecíale este mas hermoso, mas diáfano, y mas rico de resplandores y de armonía; miraba su nombre escrito con oro entre los lazos de las atauxias[29 - Adornos de flores y hojas, especie de filigrana caprichosísima de que están ornamentadas las paredes de la Alhambra.] y de los alicatados[30 - Mosáicos que sirven unas veces de zócalo á las paredes, otras de pavimento.] y le enardecian las leyendas de amor, en que hablaban para él, con el lenguaje del paraiso huríes invisibles.

Y el desdichado sufria, reia y tornaba á su castillo, cada vez mas insensato, cada vez mas débil.

Su vida se consumia como una lámpara á la que falta pávilo, y aquel terrible rey tan fiero y justador á su llegada á Granada, solo era ya una sombra de lo que habia sido: un cadáver animado.

Llegó á hacerse su locura terrible: azotaba á sus mugeres, reventaba á sus perros, cortaba la cabeza á sus sabios, y se reia siempre; y al eco de su risa huian todos, porque habia llegado á ser un eco de muerte.

Una noche se ciñó su corona de rey sobre su frente de loco, y salió como acostumbraba, de su castillo al que, por fortuna de sus vasallos, no debia volver sino en hombros de los señores de su córte.

Rugia la tormenta y el huracan zumbaba entre las quebraduras de los cerros.

Aben-Habuz subió impávido el repecho de la Colina Roja, llegó á la puerta de hierro del alcázar encantado, que se abrió ante él, y llegó hasta el fondo de un magnífico patio, entre cuyas galerías se habian refugiado las cuatro hadas huyendo de la tormenta.

Cuando el rey Aben-Habuz las vió á la diáfana luz que alumbraba el alcázar, emanada del mismo, soltó una sonora carcajada, abrió con entrambas manos su alquicel para que las hadas no pudiesen escaparse, y se fué hácia ellas pretendiendo abrazarlas.

Pero Espejo-de-Dios, pasó sobre él deshaciéndose en lluvia; Aliento-de-las-flores huyó, envolviéndole en perfumes; Eco-de-las-armonías se deslizó junto á él, rozando sus vestiduras y haciéndole escuchar cantos perdidos; y Suspiro-de-amor le burló infiltrando en su corazon ardientes deseos.

Tras esta burla las hadas fueron á posarse en un ángulo distante, y Aben-Habuz corria tras ellas, riendo siempre y empeñándose en aquel juego fatal que agotaba sus fuerzas y su vida.

Y desaparecian y tornaban á aparecer, y las columnas y los arcos, los muros y las cúpulas, parecian girar, uniéndose á aquel baile terrible, y las leyendas escritas con oro y colores, y los mármoles y los alicatados, lanzaban lánguidos destellos y repetian enamorados cantares y parecian exhalar céfiros lascivos impregnados de suavísimos perfumes.

Y el desdichado loco reia, y cada carcajada era mas desgarradora y sus pasos cada vez mas inciertos y vacilantes: y el alcázar continuaba girando alrededor de él y acreciendo en destellos, en fragancia, en armonía.

Al fin, Aben-Habuz vaciló, sentóse fatigado sobre el pavimento, sus ojos se nublaron, la muerte voló en torno suyo, y volvió á la razon.

Entonces cesó su risa: quiso levantarse y no pudo, y miró á las hadas con los ojos inyectados de sangre:

– ¡Malditos génios! dijo con voz espirante: ¡habeis hecho insensato á un rey, pero este rey es sabio y se vengará! Dormid aquí, con mi corona y mis amores, hasta que un rey poderoso, descendiente del compañero del Profeta venga con el poder que le presta á la ciencia, á despertaros de vuestro sueño.

Y cayó por tierra, y sus ojos se cerraron y la muerte fué con él.

Al mismo tiempo se derrumbó con estruendo el alcázar, y las hadas quedaron sepultadas entre sus ruinas.

– Yo soy descendiente del Ansari, dijo sin poderse contenerse el rey Nazar.

– Sí, sí, tu eres el destinado á mostrar á las gentes el Palacio-de-Rubíes, dijo Yshac-el-Rumi: por eso, cuando por complacer á Bekralbayda, has pensado en hacer un alcázar, ese buho ha entrado y ha apagado tu luz.

– ¡Pero ese buho!..

– El rey Aben-Habuz, fué encontrado muerto sobre la Colina Roja: y conducido á su castillo fué sepultado en una tumba magnífica. Pero el alma del rey Aben-Habuz, ha quedado sobre la tierra, encantada en el cuerpo de un buho.

– ¿Y quién te ha rebelado ese misterio y esa maravillosa leyenda? dijo el rey Nazar; temeroso de que aquel relato fuese una impostura de Yshac-el-Rumi.

– Hace mucho tiempo, señor, dijo el viejo de una manera inalterable, que he consultado tu horóscopo con las estrellas.

– ¿Y mi horóscopo cual es?

– Tú serás el fundador de ese alcázar que admirarán las gentes, que construirás por el amor de una muger, y al que darás tu nombre.

– ¿Y ese alcázar existe?

– Existe encantado.

– ¿Y puedo yo verle?

– Sí, poderoso señor, pero enloquecerías y moririas como el rey Aben-Habuz.

– ¡Y bien! sino puedo verle, ¿cómo he de construir en el lugar donde se encuentra, un alcázar semejante?

– Yo te traeré pintado en pergamino el alcázar; medido y dispuesto desde lo mas chico hasta lo mas grande, de modo que los alarifes y los oficiales solo tengan que labrar la piedra y la madera.

– ¿Y cuando me traerás ese pergamino?

– Pasada una luna.

– ¡Una luna todavía!

– Necesito ese tiempo para visitar el alcázar encantado, y puesto que tanto amas á mi hija, aprovéchate tú para reducirla á tu amor.

– Dentro de una luna te espero, dijo el rey Nazar: vete.

– Dentro de una luna yo te haré conocer el Palacio-de-Rubíes. ¡Que el Altísimo y Misericordioso quede contigo, rey Nazar!

Y el astrólogo salió.

– ¡Oh! esclamó el rey Nazar; ¡el sabio rey Aben-Habuz, encantado en un buho! ¡este buho inspirándome el amor de Bekralbayda! ¡ella pidiéndome un alcázar en cambio de sus amores! ¡ese viejo contándome un estraño encantamiento! ¡mi hijo enamorado de ella, guardando su secreto, y ella, enamorada de mi hijo y ocultando tambien su amor! y luego: ¡yo conozco á ese viejo: yo le he visto alguna vez! pues bien: ¡dejemos correr la cosas, y Dios me guiará!

Fortalecido y tranquilo por su confianza en Dios, el rey Nazar se reclinó en su diván, se envolvió en su alquicel y se durmió.




XIII

LA SULTANA LOCA


¡Qué hermosa era aquella muger á pesar de su locura!

Negros sus ojos y sus cabellos, como los ojos y los cabellos del ángel de la noche, su frente, su cuello y sus hombros eran mas blancos que la espuma de un torrente, cuando la ilumina la luz de la luna.

¡Qué hermosa era la sultana Wadah!

Las flores palidecian de envidia al verla, y los ruiseñores cantaban estremecidos de amor cuando ella pasaba lenta y pensativa bajo las enramadas de los jardines del alcázar.

Muchas veces pasaba largas horas sentada á la márgen de las corrientes, mirando abstraida el contínuo trenzar y destrenzar de las aguas ó con la mirada absorsta y fija en esas estrañas figuras que forman las nubes cuando las agrupa y las amontona el viento.

Otras veces se la sorprendia escribiendo sobre la arena con una varita acabada de arrancar á un box, estrañas figuras y caracteres ininteligibles, ó ya retirada en sus retretes, entonando un cántico monótono y misterioso.

Nadie la habia visto reir, pero nadie tampoco la habia visto llorar.

Y á pesar de su enagenacion, y de lo estraño de sus palabras y de sus acciones, nadie á escepcion del rey Nazar la creia loca.

Por el contrario la creian maga, y poseida por un espíritu invisible.

Sus esclavos estaban con terror á su lado y aprovechaban la primera ocasion para huir de ella.

De ella que era tan hermosa.

Pero la mirada de sus negros ojos tenian una fijeza tal, parecian tan hambrientos que aterraban.

El mismo rey Nazar habia acabado por espantarse de ella.

La sultana no lloraba, pero cantaba cada dia de una manera mas triste.

Y aquel canto era la lluvia de lágrimas de su alma.

Hacia muchos años, casi veinte, desde el nacimiento del príncipe Juzef-Abdallah, segundo hijo del rey Nazar, que la sultana Wadah, estaba loca, ó como lo pretendian sus aterrados esclavos, poseida por un espíritu invisible.

Wadah amaba al rey Nazar con un amor desesperado; muchas noches se la escucha llamando de una manera desesperada á Al-Hhamar, y otras abalanzándose y pretendiendo forzar las puertas que conducian á las habitaciones de su esposo.

Otras veces se la oia rugir como una leona, y cuando acudian los esclavos encargados de sujetarla en aquellos accesos, la veian ir de acá para allá levantando tapices corriendo á todos los lugares oscuros, revolviéndolo todo como si buscase algo.

No habia duda: la desdichada sultana Wadah, estaba poseida de un espíritu invisible.


…

Un dia se abrió la puerta dorada de su retrete.

Wadah exhaló un grito de alegría.

Por aquella puerta solo podia venir el rey Nazar.

El rey entró y cerró de nuevo.

La sultana se abalanzó á él.

– Yo te amo, te amo siempre, esclamó.

Y le besó en la boca.

El rey Nazar contestó estremeciéndose á aquel beso, con un beso trémulo.

– Tú te aterras junto á mí, dijo Wadah, tú me temes ¿por qué temes á tu amada?

El rey no supo qué contestar.

– ¿Has visto acaso otra muger mas hermosa que yo? dijo la sultana fijando su terrible mirada en Al-Hhamar.

– ¡Oh! no: esclamó el rey: tú eres la muger mas hermosa de la tierra.

Y el rey Nazar se estremecia, porque las megillas de la sultana temblaban, y una leve espuma empezaba á blanquear sus labios rojos, como una banda de grana.

– Sí, sí: esclamó Wadah corriendo hácia un gigantesco espejo de plata y arrancándose sus vestiduras hasta quedar medio desnuda: yo me veo ahí; yo soy cada dia mas hermosa: yo embellezco las joyas y doy brillo á los diamantes: yo soy mas blanca y mas nacarada que las perlas: y yo le amo, yo le amo y él me abandona: ¿habrá visto á otra muger mas hermosa que yo?

El rey Nazar conoció que habia ido á ver á la sultana en uno de sus mas graves momentos de locura.

Wadah continuó delante del espejo, destrozándose los cabellos y arracándose las joyas que la cubrian.

– Sí, sí; soy muy hermosa, Nazar; mírame, amado mio, mírame y ámame; solo he perdido el color de mis megillas: me he quedado blanca, blanca como la luna: pero… eso fué desde un dia…

Destellaron un relámpago salvaje los ojos de la sultana, se estremeció toda, lanzó un grito horrible, y casi desnuda, arrastrando su larga túnica de brocado, destrenzados los larguísimos cabellos, flotando sobre los tersos y redondos hombros, empezó á buscar por los rincones de la cámara, á revolver los almohadones del divan, á levantar los tapices de los retretes.

– ¡Mi rosa blanca! gritaba: ¡mi rosa blanca! ¡yo la tenia escondida y me la han robado!

Y luego se sentó en el suelo, cruzó sus manos sobre sus rodillas y se puso á cantar una melodía vaga, sin palabras, triste y lánguida como un suspiro.

El rey Nazar la contemplaba inmóvil, y lágrimas de compasion asomaban á sus ojos suspendidas sobre sus megillas.

¡La rosa blanca!

Jamás Wadah habia pronunciado una sola palabra que aclarase el misterio de la causa de su locura.

¡La rosa blanca!

Hé aquí lo único que se la oía pronunciar en medio de su delirio.

El rey habia preguntado á sus sabios, y estos se habian esforzado en vano por descifrar aquel misterio.

En una ocasion se habia puesto una magnífica rosa blanca, en una copa de oro, oculta tras un tapiz, y el mismo rey Nazar habia observado á su esposa escondido.

Llegado el acceso, la sultana habia buscado, segun costumbre, por todas partes, y al encontrar la rosa, se habia arrojado sobre ella y la habia despedazado esclamando.

– Mi rosa era mas blanca, y mas pura, y mas fragante.

El rey habia renunciado ya á conocer el misterio de la locura de su esposa.

Y habian pasado años y años.

Sin embarco, Wadah no habia olvidado su perdida rosa blanca.


…

Seguia sentada en el suelo cruzadas las manos delante de sus rodillas, y entonando su triste y lánguida melodía.

– ¡Wadah! la dijo el rey.

– ¿Quién me llama? esclamó la sultana escuchando con atencion.

– Soy yo… dijo el rey, yo que te amo.

– ¡Ah! dijo la sultana, el rey Nazar: el rey Nazar es un ingrato; cuando yo le conocí, solo tenia una pequeña, una pobrecilla bandera y doscientos esclavos, ginetes en yeguas negras y armados de lanzas: era un pobre walí… pero yo le amé y fué poderoso.

Wadah pronunciaba estas palabras con una cadencia lenta, gutural y tenia fija la vista en las bovedillas doradas de la cúpula.

– Yo era maga… un mago me habia traido de las montañas donde nace el Nilo.

Yo amaba entonces solamente á mi rosa blanca, y la escondia para que nadie la marchitara con sus miradas.

Pero ví á Al-Hhamar y le amé; le amo tanto como á mi rosa blanca.

Le favorecí con mi poder; le dí un amuleto que le hizo invencible, y Al-Hhamar se apoderó primero de un pueblo y luego de otro y se hizo rey, rey fuerte, y sus soldados le llamaron el vencedor y el magnífico.

La rosa blanca tuvo celos de mi amor al rey Nazar y me abandonó.

Y el rey Nazar me abandonó tambien, á pesar de que sabia que era mi alma.

El rey Nazar amaba á otra muger.

¡Leila-Radhyah! ¡ah! ¡Leila-Radhyah! ¡pero tú tampoco has gozado los amores de Nazar! ¡yo sé que Nazar llora por tí!

Estremecióse Al-Hhamar. Era la primera vez que la sultana Wadah nombraba á la princesa africana.

¿Sabria Wadah lo que habia sido de ella?

Pero no se atrevió á preguntarla.

Continuó callando y escuchando con toda su alma.

Wadah permaneció sentada en el suelo con la mirada fija en la cúpula y hablando como si estuviese sola.

– El rey Nazar es un ingrato: me lo debe todo y me vé morir y no tiene compasion de mí. Una sola palabra suya seria para mí como el rocío de la alborada para las flores marchitas, y no pronuncia esa palabra.

Al-Hhamar se acercó á Wadah, la levantó en sus brazos, la estrechó en ellos y la besó en la boca.

Wadah se estremeció; dió un grito, miró de hito en hito al rey Nazar, y rompió á llorar.

Era la primera vez que lloraba despues de veinte años.

Su mirada lúcida, radiante, se posó en el rey y sus labios sonrieron.

– ¡Ah, eres tú, tú! ¿cuanto tiempo hace que no te he visto? esclamó: ¡ah! ¿quién me ha arrancado mis vestiduras, quién ha destrenzado mis cabellos?.. ¿has sido tú?

No: no; es imposible, tú tienes abandonada á tu esposa, tú no la amas.

– ¡Wadah! ¡Wadah! esclamó el rey, ¿por qué dudas de mí?

– Dime: continuó Wadah, ¿por qué has traido á mi lado una doncella que yo no conocia, una hermosísima doncella á quien enamoras?

– Bekralbayda es una esclava que he comprado para tí.

– Sí; es verdad, dijo Wadah: tambien Leila-Radhyah, era una esclava, y sin embargo tú la amabas, Nazar.

– ¡Leila-Radhyah! dijo el rey: dejemos en paz á los muertos.

– ¡Sí es verdad, dijo Wadah: dejemos en paz á los muertos! pero tú la amabas, Nazar.

– Yo no he amado á ninguna mas que á tí: tú en cambio amas á un fantasma, á un misterio, mas que á tu esposo.

– ¡Yo!

– Sí; tú amas mas que á mí á tu rosa blanca.

– ¡Oh! esclamó la sultana Wadah, y en sus negros ojos brillaba la razon: ¡cuán torpes son los hombres! ¿No has comprendido cuál era mi rosa blanca?

– No, nunca lo has esplicado.

– La rosa blanca… era mi alma… mi alma que me la han robado los que me robaron tu amor: yo hé debido estar loca, Nazar.

– Acaso Dios lo haya permitido.

– Yo recuerdo, como sueños confusos, sueños horribles.

– Es necesario no recaer mas en esos sueños, amor de mi alma, dijo el rey estrechándola entre sus brazos.

– Necesito el amor y la compañía de mi esposo, dijo Wadah.

– Y bien, la tendrás.

– Necesito que vivas á mi lado.

– Viviré.

– Quiero que tu hijo el príncipe Mohammet…

– ¿Qué sabes tú del príncipe?

– Sé que está preso.

– ¿Quién te lo ha dicho?

– Bekralbayda mi esclava, que le vé lodos los dias asomado á un ajimez en lo alto de la torre del Gallo de viento.

Palideció levemente el rey Nazar y Wadah aspiró aquella palidez.

– Mi hijo ha cometido un delito de inobediencia y es necesario que le castigue.

– ¿Y no habla por él en tu corazon el amor de su madre?

– ¡Wadah!

– Perdónale, señor, perdónale… aunque no sea mas que por la memoria de tu perdida Leila-Radhyah.

Pronunció la sultana con tal sarcasmo estas palabras, que el rey empezó á sospechar lo que nunca habia sospechado: que su esposa hubiese tenido parte en la muerte de la princesa.

Y como si Wadah solo hubiese recobrado por un momento la razon para aterrar al rey Nazar, volvió á su violento estado de locura.

El rey salió aterrado de la cámara.

Apenas se perdió el ruido de las pisadas del rey, cuando Wadah se alzó del suelo donde de nuevo se habia sentado, sombría, terrible: en sus ojos habia vuelto á aparecer la razon.

– ¡La ama! ¡ama á esa doncella! esclamó: ¡ha palidecido al saber que Bekralbayda ama á su hijo! Pues bien: ¡mis celos mataron á Leila-Radhyah! ¡mis celos matarán á Bekralbayda!

Y acabó de componer el desórden de sus ropas: recogió sus cabellos y salió lenta y fatídica de la cámara dorada, por una puerta opuesta á aquella por donde habia salido el rey.




XIV

LO QUE SE VEIA DESDE LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO


Mientras pasaba la luna fijada por plazo por Yshac-el-Rumi para mostrar al rey la reproduccion de las maravillas del Palacio-de-Rubíes, acontecian en el palacio del Gallo de viento pequeños sucesos pero graves, y que no son para pasados en olvido.

El príncipe se desesperaba en la prision de la torre.

Encerrado allí como una águila en su jaula sufria esa tortura lenta del prisionero, que vé los azules horizontes, la gente que vá y que viene, que entra y que sale, y la envidia, porque su paso no puede estenderse mas allá de los muros de su prision.

Inaccion forzada, terrible, que irrita, que desespera, que desalienta, y tanto mas cuando no se conoce el término de ese estado aflictivo, cuando no se sabe si se saldrá de la prision para la tumba ó para el destierro.

Y cuando el que está preso ama como amaba el príncipe: cuando se tienen celos como el príncipe los tenia: cuando se vé desde la prision lo que el príncipe veia lodos los dias, la vida llega á hacerse insoportable.

Al amanecer, por medio de las calles de cesped de un jardin que veia el príncipe desde su empinada prision, atravesaba una forma blanca, leve y gentil y se perdia entre la espesura de los bosquecillos.

Aquella forma, aquella muger hechicera, era Bekralbayda.

Poco despues una forma negra, lenta, grave, magestuosa, se perdia por el mismo lugar por donde habia entrado la jóven.

Aquella forma negra, aquel hombre de andar reposado y magestuoso, era el rey Nazar.

Pasaba el tiempo: el príncipe devorado de celosa rabia contaba por cada instante un siglo.

Al fin el rey y Bekralbayda salian del bosquecillo, atravesaban juntos el sendero y se perdian bajo los pórticos.

No era solo el príncipe el que veia esto.

Lo veia la sultana Wadah, estremecida de rabia desde sus miradores.

Veíalo tambien estremecido de una cruel alegría desde una torrecilla del muro, el astrólogo Yshac-el-Rumi.

Llegó al fin el plazo prefijado por el astrólogo.

Una noche entró en la cámara del rey con un voluminoso rollo de pergaminos.

Hízole sentar Al-Hhamar y le dijo:

– Estoy impaciente por construir ese alcázar: mi amor hácia tu hija es cada dia mas grande.

– Mi hija es muy afortunada, poderoso señor.

– Pero tu hija se obstina en no corresponder á mi amor sino cuando haya construido para ella un alcázar.

– Aquí tienes las trazas de él, magnífico sultan, cuadra por cuadra, rico y magestuoso, como ha querido hacerle Dios.

El astrólogo estendió uno por uno todos los pergaminos.

En él estaban pintadas primorosamente las habitaciones del alcázar, los patios, las fuentes, las galerías caladas, las blancas columnatas de mármol, los claros estanques, los techos de oro, rojo y azul, las cúpulas estrelladas; una gran inmensidad de esquisitas labores, de alicatados maravillosos, de labradas maderas, de celosías, de puertas: aquello era un prodigio que maravilló al rey.

– Mira, señor, le decia el astrólogo, cuán bello es este patio: sus columnatas forman un espeso bosque cuando se le mira desde sus galerías, y los graciosos arcos parecen las copas de jóvenes palmeras que se cruzan; mira cuán magnífica es esa fuente que se sustenta sobre esos doce leones: pues las cuatro salas que rodean el patio, parecen robadas del paraiso: sus cúpulas son cielos estrellados y sus ajimeces parecen tan hermosos como los ojos de una hurí.

– Indudablemente Dios es grande sobre todas las grandezas, decia el rey, y este alcázar es una de sus maravillas.

Sus arcadas son tan ligeras, que parece que ha de hacerlas mover la brisa; sus columnas son tallos de azucenas en búcaros de nacar.

Sus estanques son espejos de Dios, y cada uno de sus jardines parecen el chal de una hurí.

¿Qué hombre podrá realizar tanta maravilla?

Ya no estraño que el rey Aben-Habuz se volviese loco al ver tanto prodigio.

– Tú realizarás esta obra admirable, poderoso sultan Nazar, dijo el astrólogo.

– Yo he construido en mi Granada cien mezquitas y doscientos algibes, dijo el rey: yo he abierto á la ciencia multitud de escuelas: yo he rodeado el recinto de muros que orlan mil y treinta torres y treinta mil almenas: yo he invertido ciertamente en todas esas obras grandes tesoros: ¿pero qué tesoros bastarian para construir este alcázar, maravilla de las maravillas?

– El palacio en que vives no es digno de tu grandeza.

– Sea feliz y próspero mi pueblo, que yo tengo bastante con una torre para morar y una piel de tigre para reclinar mi cabeza, como el viejo rey Abu-Mozni-el-Zeirita.

– Tú amas á mi hija.

Calló el rey.

– Mi hija no te concederá su amor, sino cuando hayas construido para ella este rico alcázar.

– Tu hija me pide mucho. Es una esclava demasiado cara.

– Mi hija será sultana.

Se estremeció el rey.

– Mi hija es mas hermosa y mas preciada que ese alcázar que tanto te enamora.

Meditó un momento el rey, y luego dijo levantándose de una manera decidida.

– ¡Construiremos el alcázar de las maravillas, Yshac! ¡yo te lo juro!




XV

UNO PARA CADA ALMENA


Y es de advertir que cuando el rey Nazar formó la resolucion de construir aquel magnífico alcázar, no tenia una sola dobla en su tesoro.

Porque el rey Nazar invertia sumas cuantiosísimas en la construccion de hospitales, mezquitas, escuelas, y otros establecimientos, y en pagar sabios que enseñasen al pueblo.

El rey habia concebido un proyecto, para llevar el cual á cabo, envió cartas á todas las villas del reino, llamando á todos los caballeros sus vasallos.

Ocho dias despues hervia Granada en forasteros.

Deslumbraban las galas y el aparato con que aquellos habian venido á la córte, y las posadas estaban llenas, y se preguntaban los unos á los otros para qué habria hecho el rey aquel llamamiento.

Al fin un dia los convocó el rey Nazar á su palacio de la torre del Gallo de viento, y cuando todos estuvieron reunidos, salió vestido magníficamente en un caballo cubierto de paramentos de brocado, llevado de las riendas de púrpura por dos wazires, rodeado de sus sabios y de sus walíes y seguido de los esclavos negros de su guardia.

Precedian al rey Nazar timbaleros y trompetas, y de este modo, llevando tras sí á todos los nobles que habia convocado, bajó por Al-Acab[31 - La cuesta.] á la calle de Elvira, y atravesando el barrio que poblaba la tribu de los Gomeles, subió á la Colina Roja.

En el centro de la cumbre habia una magnífica tienda de seda y oro levantada para el rey.

Delante de la tienda habia un trono.

Cuando el rey Nazar llegó junto al trono, descabalgó y descabalgaron los de su comitiva, y de igual manera descabalgaron los caballeros.

El rey subió sobre el trono, rodeándole los de su séquito, y luego delante del trono y en media luna se estendieron todos los nobles, que pasarian de cuatro mil.

El rey Nazar paseó por ellos una mirada orgullosa.

La mirada de un rey que contemplaba delante de sí una caballería tan rica, tan noble y tan valiente.

– Os he llamado, dijo el rey, para concederos una gracia.

Salió una aclamacion unánime de las bocas de los caballeros.

– Todos sois nobles y valientes, y la paz en que estamos con el cristiano, os tenia ociosos y disgustados, convertidos en labradores.

Contestaron al rey unánimes señales de asentimiento.

– Mirad las distantes sierras: aquellas son las fronteras de nuestro territorio: de una parte hácia la tramontana tenemos á Murcia, de otra á Jaen, de otra á Córdoba, y allá al frente á Africa.

Volviéronse las miradas de los caballeros á las distantes fronteras con una avaricia feroz.

– Vosotros volariais sobre vuestros caballos y sobre vuestras almadias, atravesariais esas fronteras y ese mar, y hariais la guerra si yo os lo permitiese.

– ¡Sí, sí, sí! gritaron enardecidos de entusiasmo todos los caballeros.

– Pero yo no puedo permitiros la guerra; tengo asentadas las paces con los reyes de Castilla y Aragon y con los emires de Africa.

Nublóse el atezado rostro de todos aquellos bravíos guerreros.

– Mi estandarte real no puede ir delante de vosotros, añadió el rey Nazar.

– ¿Y cómo hemos de pasar las fronteras cristianas y embestir las riberas de Africa, tienes asentadas paces con los emires moros y los reyes cristianos? dijo uno de los caballeros.

– Yo no puedo permitiros la guerra: pero vosotros podeis hacer una sola algarada[32 - Algarada: correría de pocas horas en tierra enemiga, durante la cual incendiaban aldeas y caseríos, cautivaban hombres y mugeres y se volvian con la presa: en esta ocasion la fé de Al-Hhamar respecto á los tratados con sus aliados, era una especie de fé púnica: segun el derecho internacional de aquellos tiempos, no se entendia rota una tregua ni falseado un tratado de paz, porque los vasallos de una de las dos altas partes contratantes, rompiesen por la frontera en algara, hiciesen presas y se volviesen sin pasar adelante: como en aquellos tiempos era muy dificil sostener á la gente rapaz y aventurera, estas correrías eran mútuas, y para prevenirlas no se tomaba otra precaucion que la de guarnecer fuertemente las fronteras: un rey, sin embargo, podia castigar á muerte sus vasallos que hubiesen entrado á saco y degüello por las tierras de aquel con quien tenian estipuladas paces: pero los corredores tenian muy buen cuidado de enviar parte de la presa al rey, mediante cuyo tributo el rey hacia, como suele decirse, la vista gorda, y aun solia elogiar la hazaña.].

Volvió á brillar la alegría en el rostro de los caballeros.

– ¿Una algarada á todo trance, señor? dijo el mismo anciano.

– Sí, respondió el rey.

– ¿A la redonda en las fronteras del reino?

– Sí.

– ¿Y contra las riberas de Africa?

– Sí.

– ¿Y ningun daño nos parará, poderoso señor?

– Ninguno; pero atended lo que os voy á decir.

Creció el silencio entre los caballeros.

– Os permito una algarada de sol á sol contra las fronteras de Córdoba, Jaen, y Murcia, y contra la ribera opuesta de Africa frente á nosotros. Una algarada de sol á sol y nada mas. ¿Me entendeis bien?

– Sí, sí, poderoso señor.

– Pero entended mejor lo que os voy á decir: dentro de ocho dias me habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos.

– ¡Treinta mil cautivos! esclamaron con asombro los caballeros moros.

– Sí, treinta mil cautivos, dijo el rey: uno para cada almena.

– ¿Pero dónde encontraremos tantos cautivos, poderoso señor?

– Buscadlos; y… al campo vuestras banderas; á la mar vuestras fustas: pasados ocho soles, me habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos, uno para cada almena.

Y el rey despidió á sus caballeros y se volvió á su castillo.

– ¡Treinta mil cautivos! decian poco despues aquellos feroces guerreros galopando por los caminos en busca de sus villas y alquerías.

– ¡Uno para cada almena! murmuraban otros pensativos.

– ¿Qué pretenderá hacer el rey Nazar? añadian todos.




XVI

UNO PARA CADA CAUTIVO


Maravilláronse los sabios y aturdiéronse los ignorantes con la estraña resolucion del rey Nazar.

¿Para qué queria aquellos treinta mil esclavos?

¿Qué treinta mil almenas eran aquellas de que habia hablado?

No se murmuraba de otra cosa en la córte.

Pero creció la maravilla cuando el rey llamó á ciertos oficiales que se ocupaban en labrar piedras, y encerrado con ellos en su castillo, les dijo:

– Yo tengo en la sierra canteras de preciosos mármoles: mio es el blanco y brillante, que al marfil semeja: mia la serpentina verde como la esmeralda: mio el granito rojo, verde y azul, y el manchado, que imita á la piel del tigre: ¿cuánto me dareis si os dejo sacar mármoles por dos años de esas canteras?

– Te daremos diez mil doblas marroquíes, señor, dijo el principal de aquellos menestrales.

Movió el rey la cabeza.

– Te daremos veinte mil doblas marroquíes.

Repitió el rey su movimiento negativo.

– Te daremos treinta mil doblas marroquíes.

– Dadme treinta mil morteros de granito negro, dijo el rey, uno para cada cautivo.

– ¡Ah! señor, ¿y con qué compraremos el granito?

– Tomadle de mis canteras.

– ¿Y cómo traeremos tanto mortero?

– Dejadlos al pie de las canteras.

– ¿Y en cuánto tiempo, señor, hemos de arrancar el granito y labrarlo?

– En quince soles.

– ¡Ah, poderoso señor! ¡tú quieres que hagamos maravillas!

– Vuestro es el mármol de todo género que podais arrancar durante dos años de mis canteras: pero habeis de entregarme dentro de quince soles treinta mil morteros de granito negro con su maza, uno para cada esclavo.

Consultaron algun tiempo entre sí los menestrales.

– ¿Y si dentro de los quince soles nos faltase algun número de morteros, señor?

– Entonces perdereis los que hallais fabricado y no os daré nada.

Volvieron á consultar entre sí los mecánicos.

– Dentro de quince soles, señor, dijeron, tendrás al pie de las canteras de la sierra, treinta mil morteros con su maza.

– Sí, sí, dijo el rey: eso es, treinta mil: uno para cada cautivo.

Los menestrales salieron maravillados:

– ¿Para qué querrá el rey, se decian, treinta mil morteros?




XVII

¡EL REY NAZAR SE HA VUELTO LOCO!


Uno de los que mas se maravillaban y mas recelosos andaban con la determinacion del rey Nazar, era el mismo que le habia metido en la tentacion de construir el Palacio-de-Rubíes.

Yshac-el-Rumi.

Aquel estraño viejo daba en vano vueltas á su imaginacion para adivinar los proyectos del rey.

El destino que queria dar á aquellos treinta mil esclavos y el objeto á que destinaba aquellos treinta mil morteros, eran dos acertijos.

Sin embargo, aquellos dos acertijos, como veremos mas adelante, eran de muy facil resolucion.

A pesar de la facilidad de esta resolucion, Yshac-el-Rumi no daba con ella.

Lo que demostraba que tenia mas de charlatan que de astrólogo.

Sin embargo, Yshac-el-Rumi, como veremos mas adelante no era un hombre malo.

Se habia propuesto motivar un gran acto de justicia, y para ello se habia valido como medio de lo maravilloso, porque sabia demasiado lo dados que eran á la supersticion los musulmanes.

Y cuando decimos los musulmanes, como separando de ellos á Yshac-el-Rumi, parece que decimos que Yshac no era musulman.

En efecto, no lo era originariamente: su mismo sobrenombre de Rumi lo decia[33 - Rumi, romano; así llamaban los árabes y los moros de España á los solariegos y á sus descendientes; esto es, á los españoles indígenas descendientes de los godos.].

Si ahora os contáramos la historia de Yshac-el-Rumi, perderia gran parte de su interés nuestro relato.

Básteos saber que Yshac-el-Rumi no era astrólogo mas que en la charla, que el cuento del rey Aben-Habuz habia sido una invencion suya para maravillar al rey, que el encantado alcázar de Rubíes era una mentira, y que los hermosos planos, dibujos y vistas que habia mostrado al rey y que tanto le habian encantado, los habia comprado á un alarife africano que habia muerto en la miseria, sin lograr que ningun emir de oriente quisiese gastar sus tesoros en la construccion de aquel magnífico alcázar con el cual habia soñado veinte años de su vida, invertidos en la composicion, distribucion, trazas y adornos que estaban demostrados en los pergaminos.

El alarife moribundo, vendió á Yshac-el-Rumi aquellos planos, dibujos y trazas mediante á una estraña condicion, fundada en una historia de amores y desgracias, y por algunos dirahmes de plata con los cuales debia ser comprada una sepultura de piedra.

El alarife habia entregado todos los sueños de su vida á Yshac-el-Rumi, á trueque de una estrecha vivienda donde dormir por toda una eternidad.

Además, el alarife habia entregado á Yshac-el-Rumi una muger y una niña.

La muger era hermosísima, la niña daba señales de serlo.

Fiel Yshac á su juramento, habia embalsamado y puesto en su lecho de piedra al africano: se habia consagrado á aquella niña y á aquella muger, y estaba á punto de realizar los sueños del difunto.

El rey Nazar conocia á la niña.

El príncipe Mohammet la amaba.

Porque aquella niña era Bekralbayda.

El alcázar maravilloso iba á construirse.

Pero no podia Yshac-el-Rumi sacar en claro para qué queria el rey Nazar aquellos treinta mil cautivos y aquellos treinta mil morteros.

Y no era solo Yshac-el-Rumi el que andaba pensativo y confuso por aquel misterio: llegó á interesarse en él todo el reino.

Porque autorizados los walíes, capitanes y arrayaces vasallos del rey Nazar para entrar en algara por las tierras cristianas y las riberas de Africa, empezaron á tomar gente á sueldo, y no se veian por do quier mas que escuadrones armados y banderas tendidas, atravesando la Vega y los desfiladeros de las montañas: y por otra parte los alarifes y labradores de mármol, buscaban cuantos oficiales podian, y pagándolos á precio de oro, se los llevaban á las canteras del rey, donde trabajaban de dia y de noche.

Entre tanto el rey Nazar hacia frecuentes escursiones con Yshac-el-Rumi, y llevando consigo los maravillosos pergaminos, á la Colina Roja.

– Pero aquí no cabe este alcázar, decia á su falso astrólogo: será necesario subir con los muros por la ladera del cerro, y correr por su cumbre, y bajar despues á la Colina de Al-Bahul, cerrando las dos alas del alcázar como con un herrete, con una muralla que cierre el barrio de los Gomeles. ¡Oh! ¡quién tuviera vida para ver terminada esta maravilla!

Yshac se maravillaba de que el rey Nazar pidiese á Dios vida y no tesoros para construir aquel alcázar.

– Muy rico debe ser el rey, decia para sus adentros.

– Cien torres y treinta mil almenas en ellas y en los muros, decia el rey Nazar contemplando los planos: un cautivo para cada almena, un mortero para cada cautivo: treinta mil dirahmes de oro cada un dia; ¡sí, sí, por Allah! hay lo bastante para construir una nueva Damasco. ¡Treinta mil cautivos! ¡uno para cada almena! ¡treinta mil morteros! ¡uno para cada cautivo! ¡treinta mil dirahmes de oro cada un dia!

Yshac-el-Rumi se contristó, porque creyó que el rey habia perdido el juicio, y esto echaba á tierra todos sus proyectos.

Y no era solamente Yshac el que pensaba de esta manera.

Los habitantes de Granada decian tambien, pero en voz baja por temor de ser castigados:

– ¡El rey Nazar se ha vuelto loco!




XVIII

¡EL REY NAZAR ES UN SABIO!


Pasaron los ocho dias que el rey habia concedido á los caballeros del reino para un solo dia de algarada alrededor de las fronteras y al frente de la costa.

El mismo dia en que se cumplia el plazo, amanecieron delante de las puertas de Granada los cuatro mil caballeros, con sus banderas y sus taifas en número de cincuenta mil hombres[34 - No debe estrañarse que los capitanes y hombres de guerra del reino de Granada reuniesen bajo sus banderas particulares, tal número de ginetes: debe tenerse en cuenta que al reino de Granada se habian refugiado los restos dispersos por la conquista de los otros reinos moros, y consta por testimonios auténticos que solo la ciudad de Granada, una de las mayores entonces del mundo, tenia una poblacion de dos millones de almas, y arrojaba por sus puertas un dia de combate, ochenta mil caballos y un número incalculable de infantes: no hay que deducir su poblacion de entonces por la antigua demarcacion de sus muros, porque segun sus costumbres, en una habitacion muy reducida moraban y dormian diez, doce y aun veinte hombres, toda una familia: habia que contar además en la jurisdiccion particular de la ciudad, las aldeas y alquerías de la Vega, que eran entonces innumerables. Mas adelante veremos que por efecto de las guerras civiles y por las emigraciones á Africa, la poblacion de Granada habia decaido ya de una manera considerable en los tiempos de la conquista por los reyes católicos.].

En el centro del aduar ó campamento formado por cada una de estas taifas, se veian las presas hechas en las fronteras cristianas y en la ribera de Africa, consistiendo la mayor parte de estas presas en cautivos.

Notábase que todos estos cautivos eran hombres y hombres robustos; si los caballeros habian hecho cautivas, se habian abstenido sin duda de llevarlas á Granada, enviándolas con algun ligero resguardo á sus posesiones.

El rey Nazar que esperaba, no sin fundamento, que sus caballeros cumplirian fielmente su promesa, estaba preparado, y cuando le avisaron de la presencia de aquellas gentes de la Vega, salió de su castillo rodeado de su córte y seguido por los mismos esclavos de su guardia.

Cuando el rey salió á la Vega por la puerta de Elvira, las dulzainas, las trompetas, los tambores, los atabales y las atakeviras de sus caballeros, tocaron la zambra, á la que contestaron los músicos del rey.

Al pasar por medio de los cerrados escuadrones, los soldados gritaban:

– Al-Hhamar le galib[35 - Al-Hhamar el vencedor.].

A lo que el rey Nazar contestaba, sonriéndose benévolamente, á walíes y soldados.

– ¡We! ¡le galib ille Allah![36 - ¡Bah! ¡solo Dios es vencedor! este es el mote de las armas de los reyes moros de Granada adoptado por Al-Hhamar. Este mote está escrito en carácter nedji africano, en una banda diagonal de oro saliendo de la boca de dos dragantes, sobre un escudo campo verde.]

El rey llegó al fin acompañado por los xeques[37 - Llaman xeque, al mas anciano, al mas autorizado de una tribu, que tiene gobierno sobre ella y derecho de vida y muerte.] de las tribus, y de los principales walíes, á una magnífica tienda alrededor de la cual habia amontonado un botin inmenso.

– Hé ahí poderoso y magnífico señor, dijo el mas anciano de los xeques, señalándole los despojos amontonados, la quinta parte de nuestra presa que te corresponde como emir y sultan de los creyentes.

Y empezó á poner de manifiesto la presa.

Consistia esta en dinero, en oro y plata, en cálices, copones, viriles, cruces, ornamentos y otros objetos sagrados robados á las iglesias, y por último, en una multitud de armas y de alhajas de uso particular.

– Buena grangería habeis hecho, dijo el rey.

– Nos ha costado en cambio mucha sangre, señor.

– Si los cristianos se dejasen entrar á saco sin resistencia, las algaras serian el mejor entretenimiento del mundo: todo tiene su precio: la presa de las algaras se paga.

– Allá quedan sobre la sangrienta frontera centenares de muslimes y millares de infieles.

– Pero no es esto lo que os he pedido.

– Espera, espera, señor; dentro de la tienda está la presa que han hecho los que han pasado á Africa.

Entró en la tienda el rey Nazar.

Estaba enteramente cubierta de telas de brocado: la mirra, el aloe y el incienso, formaban grandes montones; brillaban, dentro de cajas, diamantes y perlas y otras piedras preciosas. Veíanse en gran número pieles de leon y de tigre, y en el centro una gran caja llena de doblas marroquíes.

– Pero yo no os he pedido oro, ni perfumes, ni alhajas, ni preciosidades, dijo el rey Nazar: y ¡ay de vosotros, si solo esto habeis traido!

– Es, dijo el xeque, que entre africanos y españoles, te traemos justos y cabales los treinta mil esclavos.

– ¡Los treinta mil esclavos! esclamó el rey.

– Sí, poderoso señor.

– ¿Y todos fuertes y robustos?

– Sí, magnífico señor, porque hemos matado á los viejos, á los niños y á los enfermos.

– ¡Treinta mil cautivos! esclamó el rey: ¡un dirahme de oro cada un dia por cada cautivo!

– ¡Treinta mil dirahmes de oro cada un dia! murmuraron por lo bajo los circunstantes. ¿Y de dónde vá á sacar ese tesoro el rey Nazar?

– El rey Nazar está loco.

– ¿Y dónde teneis esos treinta mil cautivos? dijo con ansia el rey Nazar.

– Al punto van á pasar por delante de tí, magnífico sultan.

Y saliendo algunos walíes, se oyó poco despues la música tañendo la zambra.

El rey Nazar, en la puerta de la tienda, á caballo, rodeado de su córte, á ambos lados los xeques y los walíes espedicionarios, empezaron á pasar por delante de él entre ginetes moros escuadronados, los cautivos.

Iban delante los africanos atezados y fieros en medio de su vencimiento: todos jóvenes, todos robustos, todos bravíos: su número llegaria á diez mil: venian despues los cautivos españoles, avergonzados por su derrota, pero al mismo tiempo altivos: conocíase que pertenecian á todas las clases y condiciones, desde el orgulloso noble hasta el humilde pechero: todos fuertes, todos robustos, todos jóvenes; pero impresas en las frentes de todos la desesperacion de la desgracia.

El rey Nazar contempló los esclavos trasportado de alegría.

En aquellos tiempos estos azares de la fortuna eran tan comunes, que la desolacion de un esclavo no conmovia á nadie.

Aquella época endurecia el corazon.

Por lo tanto nada tenia de repugnante la alegría del rey Nazar.

Cuando hubieron acabado de pasar los cautivos, el rey Nazar se volvió á los xeques y á los walíes, y les dijo:

– Guardaos vuestra presa por completo: yo no os he pedido oro sino cautivos; me los habeis traido y estoy satisfecho.

Y haciendo que se encargasen de la guarda de los cautivos los walíes de los seis mil de su guardia negra, se fué con su presa la Vega adelante.

– ¡No quiere oro! esclamaban maravillados los espedicionarios: ¡y le hemos ofrecido una riqueza inmensa! no hay duda: ¡el rey Nazar está loco!


…

Entre tanto el rey, llevando consigo su córte y sus treinta mil cautivos, custodiados por sus seis mil esclavos negros, rodeó por fuera de los muros, llegó al lecho del rio Darro, y siguió por su corriente arriba.

Siguiéronle la córte, los esclavos y los cautivos.

El rey atravesó la ciudad, se metió por las angosturas del rio, y siguió adelante.

– ¿A dónde irá el rey? se preguntaban los señores de su córte.

Pero el rey seguia caminando en silencio y aguijando su caballo, siempre contra la corriente del rio.

El rey avanzaba, el sol habia llegado á su mayor altura, y el rey seguia aguijando á su caballo.

Habian quedado atrás los frondosos cármenes y las alegres alquerías, y empezaron á marchar por las anchas ramblas de la montaña, cerca del nacimiento del rio.

Al fin el rey dejó el lecho del rio, y trepó por el repecho de una colina deprimida y estrechísima.

En la cumbre de ella se detuvo.

– ¡Mi buen alarife Kathan-ebn-Kaleb! dijo el rey Nazar dirigiéndose á un anciano que iba entre su córte.

– ¿Qué me mandas, poderoso señor?

– ¿Ves aquellos pinares que sombrean la sierra?

– Los veo, señor.

– ¿Ves esas piedras que se amontonan sobre el lecho del rio?

– Sí señor.

– Pues bien, derroca esos pinos, levanta esas piedras, y haz aquí el aduar de los cautivos.

Despues revolviendo su caballo, gritó:

– ¡Ah del alcaide de mi guardia negra!

Adelantó un africano atlético.

– Te dejo seis mil soldados: guarda con ellos mis cautivos, y ten presente, que si te falta uno solo de los treinta mil que te entrego, te corto la cabeza: ahora mis buenos amigos á Granada.

Y solo con su córte se volvió al Albaicin.

– No hay duda, decian los wazires y los sabios en vista de todo aquello: el buen rey Nazar se ha vuelto loco.


…


…

Se levantó una ciudad rústica en la colina que habia señalado el rey por aduar de sus cautivos.

Los pinos habian sido derrocados de la montaña, y las piedras alzadas del lecho del rio.

La poblacion habia sido dividida en cuarteles.

Al frente de cada cuartel habia un alcaide encargado de vigilar á los cautivos y de cuidar que trabajasen.

En solo cuatro dias el aduar habia sido levantado.

Los cautivos ya no tenian nada que hacer, y sus guardianes se preguntaban:

– ¿Querrá el rey levantar en estas solitarias breñas una ciudad?

Y volvian á recaer en la opinion de que el rey se habia vuelto loco.

Se acercaba el dia que el rey Nazar habia fijado á los mecánicos para que tuviesen concluidos los treinta mil morteros de granito negro con su maza.

Dos dias antes, el rey Nazar convocó su córte, salió con ella de su palacio del Gallo de viento, y tomó el camino de la sierra.

Al llegar á Dar-al-Huet[38 - Casa del rio; hoy casa Gallinas.], encontraron los que le acompañaban escuadronados sobre una loma los treinta mil cautivos custodiados por seis mil esclavos negros de la guardia del rey Nazar.

A una señal del rey la guardia y los cautivos siguieron tras de la córte, y caminaron hasta que llegaron á unos altísimos barrancos, sobre los cuales brillaba el sol en cortados mármoles de mil colores distintos: aquellas eran las ricas canteras de la sierra, las canteras del rey Nazar: una maravilla de la mano de Dios.

Aquellos lugares, famosos hoy por sus mármoles, se llaman el barranco de San Juan.

Muchos de los que iban con el rey no habian visto aquel prodigio, y les maravilló su hermosura. Pero lo que mas les maravilló, fué ver en el fondo del barranco una interminable sucesion de filas de morteros de granito negro con su maza.

Los canteros, los menestrales, orgullosos con su gigantesca obra, salian á recibir al rey Nazar tocando sus dulzainas y atabalejos, como celebrando una gran fiesta.

– ¿Están los treinta mil? preguntó con anhelo el rey.

– Sí señor, contestó el que hacia de cabeza de los mecánicos: sin faltar ni sobrar uno.

El rey mandó que cada cautivo tomase sobre sus hombros un mortero, y se notó que solo quedaba un mortero, cuando llegó el último cautivo.

Cuando al dia siguiente entró el rey en Granada con aquella estraña procesion, todos se confirmaron en que habia perdido el juicio.

– ¿A no ser, decian algunos, que quiera moler á todos sus vasallos?

Pero cuando los curiosos vieron algunos dias despues que á lo largo del rio Darro, desde Granada hasta su nacimiento, se estendian los treinta mil cautivos machacando arenas sacadas del rio hasta reducirlas á polvo; cuando vieron que lavadas aquellas arenas dejaban en el fondo de los morteros partículas de oro; cuando supieron que el oro obtenido por este medio por cada esclavo, ascendia al valor de mas de una dobla, entonces el desprecio se trocó en admiracion, y todos, chicos y grandes, esclamaron:

– ¡El rey Nazar es un sabio!




XIX

EL SURCO DEL REY NAZAR


Y tenian razon.

El rey Nazar habia podido muy bien, para proporcionarse tesoros, oprimir á sus vasallos con impuestos; pero el rey Nazar sabia muy bien que los pueblos oprimidos suelen acabar por hacer pedazos á la mano que los oprime.

El rey Nazar sabia esto porque habia estudiado la historia de los tiempos y conocido las catástrofes causadas por los tiranos.

Además de esto, el rey Nazar queria ser amado por sus súbditos, y un rey para ser amado, necesita ser el padre de su pueblo, no su verdugo.

Habia preferido, pues, arrancar sus tesoros á la tierra de promision de que era rey.

Leyendo en una ocasion un antiguo libro romano, habia encontrado la manera de sacar el oro y la plata de las arenas de los rios.

El Darro era abundantísimo de oro, y el rey recurrió á él.

Hubiera podido tambien, estremando la tiranía, haber obligado á sus vasallos á aquel áspero trabajo de machacar arena durísima.

El rey prefirió que aquel rudísimo trabajo cayese sobre cautivos tomados en la tierra de sus enemigos.

Así es, que ningun sacrificio costaban los tesoros del rey Nazar á los naturales del reino de Granada.

Era, pues, un rey bueno y sabio.

Es verdad que las correrías de sus caballeros sobre las fronteras de los reyes con quien tenia ajustadas paces, produjeron algunas enérgicas embajadas; pero el rey Nazar contestó que no estaba en su mano el evitar aquellos sucesos, que en otras ocasiones los cristianos fronterizos hacian lo mismo con los moros, y despues de muchas idas y venidas no se volvió á hablar mas del asunto; los tratados de paz continuaron en su fuerza y vigor, y los cautivos machacando arena en las márgenes del Darro.

El rey Nazar era un gran rey.

Pero se preguntaban los que diariamente iban á ver trabajar á los cautivos:

– ¿En qué empleará el rey Nazar tanto oro?

Porque todos sabian que el rey no era avaro, ni queria sus riquezas mas que para invertirlas de una manera útil y beneficiosa á su reino.

Habian pasado dos meses desde el dia en que los cautivos habian empezado á estraer oro de las arenas.

Los canteros, que por la labranza de los treinta mil morteros, habian obtenido el derecho esclusivo durante dos años á los mármoles de las canteras de la sierra, habian recibido del rey la órden de cortar grandes trozos á propósito para columnas, pavimentos y otras piezas de fábrica.

Aquel mármol habia sido pagado á gran precio por el oro del Darro acuñado en la Casa de la moneda.

– ¿Qué obra irá á hacer el rey Al-Hhamar? se preguntaban los curiosos.

Al-Hhamar entre tanto hacia frecuentes escursiones con Yshac-el-Rumi á la Colina Roja.

La recorria en toda su estension, subia el repecho del monte, se estendia hasta el Cerro del Sol, bajaba hasta la Colina de Al-Bahul, y observaba todos los diferentes puntos de vista que se ofrecian desde estas alturas.

Al fin, un dia, se vió salir de la casa del Gallo de viento á Al-Hhamar seguido de su córte. Pero lo que mas se estrañó fué que entre la córte iban dos hermosos bueyes ayuntados, cubiertos de paramentos de seda y oro, y de penachos y campanillas de plata, y arrastrando un arado.

Cuando llegaron á la Colina Roja, el rey descabalgó y descabalgaron todos; el walí que guiaba la yunta la llevó por órden del rey á la parte estrema occidental de la colina; entonces el rey volvió sobre la tierra la corva punta del arado, y apoyándose fuertemente en la mancera, dijo clavando el hierro en la colina:

– ¡Aquí será mi alcazaba!

Y los bueyes siguieron adelante guiados por el walí; y el rey tras ellos afirmado en la mancera y abriendo un profundo surco.

Asomaba el sol por cima de la Sierra Nevada, cuando la yunta empezó á andar en direccion de occidente á oriente.

El walí seguia guiando la yunta.

El rey se apoyaba en la mancera, y levantaba pedazos de tierra, acaso jamás tocada por el arado.

Detrás seguia la córte admirada.

Al llegar á la parte media de la Colina Roja, frente por frente del alto y distante monte de Aynadamar, el rey se detuvo y esclamó:

– ¡Aquí se levantará mi trono de justicia!

Y luego siguió adelante.

– El rey Nazar vá á construir un alcázar, dijeron entre sí los cortesanos. ¿Pero por qué no lo construye allá arriba en lo alto del cerro?

La yunta siguió, y al llegar á un barranco torció á diestra mano, siguió la configuracion de la Colina hácia oriente, siguió torciendo á diestra mano, y al llegar á la parte media oriental de la Colina, se detuvo y dijo:

– ¡Aquí abriré la puerta de mi alcázar sobre una torre de siete bóvedas!

Y siguió adelante.

Y los cortesanos repitieron:

– ¿Por qué el rey no construye su fortaleza en lo mas alto?

Siguió la yunta marchando hácia la parte media occidental de la Colina al mismo punto donde el rey habia empezado el surco, pero antes de llegar á aquel punto se detuvo otra vez y dijo:

– ¡Aquí se alzará la torre de la puerta por donde entrarán los que hayan menester justicia! ¡Torre y puerta del juicio se llamarán!

Y continuó.

– Pequeño alcázar construye el rey, murmuraron los cortesanos: ya han pasado los tiempos en que un Abd-el-Rahman construia la ciudad de Azarah.

Pero cuando el rey hubo llegado al punto de donde aquel surco habia partido, mandó que volviesen la yunta hácia el estremo occidental, del frontero cerro de Al-Bahul.

Habia que descender por un áspero repecho, bajar hasta la puerta donde empezaba el barrio de los Gomeles, y subir otro repecho para llegar á la Colina de Al-Bahul.

El walí, la yunta y el rey descendieron; cuando el rey llegó á la puerta de los Gomeles, se detuvo otra vez:

– ¡Esta será la puerta de mis alcázares y castillos: aquí el siervo sacudirá su calzado para entrar en la morada real de su señor!

Y trepó por el opuesto repecho.

Y señaló con un surco á la redonda el cerro de Al-Bahul, y luego por la parte de oriente del cerro, abrió de nuevo el surco, trepó al cerro del Sol, siguió en un estensísimo círculo, rodeó su cumbre, abrió otro surco en el pequeño valle que separa al cerro del Sol del cerro que domina la Colina Roja, y al llegar á su estremo esclamó:

– ¡Esta será la Silla del rey moro, su fortaleza y su atalaya, desde donde se verán sus jardines, su harem, el campo de escaramuza de sus ginetes, sus bosques y su alcázar; cascadas de aguas cristalinas se derrumbarán por las laderas, cubriendo de flores y de verdor esta tierra bravía y árida; cien torres con sus muros y treinta mil almenas, serán la coraza de esta maravilla, y sobre las ruinas del templo de los ídolos, se alzará la aljama dedicada al Dios Altísimo y único!

Los cortesanos no se atrevian á creer las palabras del rey, porque solo veian dentro del estendido surco que el rey Nazar habia abierto, una tierra rogiza, árida y pedregosa.

El rey descendió por la ladera de la Silla del moro hasta la Colina Roja, y cuando llegó á ella el sol trasponia en el occidente.

Al amanecer del dia siguiente un número incalculable de trabajadores, dirigidos por alarifes, á los cuales mandaba el alarife del rey, que obedecia á Yshac-el-Rumi, abrian profundos cimientos de torres y muros sobre el cerro, y una numerosa multitud de curiosos seguian maravillados aquella línea, que comprendia dentro de sí cuatro montes.

Granada estaba orgullosa con su rey.

Y eso que hasta entonces solo habia visto el surco del rey Nazar.




LEYENDA II

EL MIRADOR DE LA SULTANA





I

¿SULTANA Ó ESCLAVA? ¿AMANTE Ó HIJA?


Empezaron á cruzar por Granada centenares de pesadas carretas de bueyes, cargadas de mármoles labrados.

Veíanse las delgadas columnas de alabastro jaspeado y brillante y los bellos capiteles labrados de arabescos, y las primorosas fuentes, y las durísimas losas de mármol.

Acarreaban la piedra, y el ladrillo, y el estuco, y la cal.

En toda la estension que habia marcado el surco del rey, iban creciendo los muros y las torres, y levantándose los compartimientos, formando un verdadero laberinto.

Veíanse bajo tinglados de madera multitud de moros teniendo delante otros pedazos de madera, en que trazaban con el compás y con la escuadra las peregrinas labores que habian de enriquecer la obra maravillosa del rey Nazar.

Yshac-el-Rumi andaba entre ellos corrigiendo al uno, advirtiendo al otro, estimulando con alabanzas á los mas.

Por todas partes se trabajaba y la obra se veia crecer; un número incalculable de albañiles y de alarifes se empleaban en ella.

Los treinta mil cautivos continuaban robando su oro al Darro, y la Casa de la moneda no cesaba de acuñar aquel oro que inmediatamente se repartia entre los industriales de Granada.

Los cuatro montes se veian cubiertos de gente activa é incansable, y por todas partes resonaba el martillo, y por todas partes se escuchaba el sordo y contínuo ruido del pison de hierro, que hacia con tierra murallas de piedra.

El rey Nazar se levantaba con el alba, iba á buscar á Bekralbayda, se perdia con ella entre los bosquecillos de los jardines del harem de la casa del Gallo de viento, causando mortales angustias á su hijo el príncipe Mohammet que los veia desde su alta prision, y horribles celos á la sultana Wadah, que acechaba escondida tras las celosías de los miradores.

Despues de una hora de soledad con Bekralbayda, el rey Nazar iba á sentarse en su trono en la puerta de justicia del palacio del Gallo de viento: oía las quejas y las peticiones de sus súbditos; las castigaba ó premiaba, y despues de esto y de una ligera comida se trasladaba á la Colina Roja donde permanecia hasta la puesta del sol que se retiraban los trabajadores.

Entonces el rey se volvia á la casa del Gallo de viento, hacia su segunda comida, se encerraba en su cámara, y pasaba la noche hasta una hora avanzada leyendo antiguos libros, ó estudiando y comentando leyes.

La obra del Palacio-de-Rubíes crecia, pero su estraordinaria magnitud la hacia mas lenta de lo que el buen rey Nazar hubiera querido.

– ¡Oh, señor Dios! esclamaba contristado: ¿no tendré yo vida para ver terminada y resplandeciente esta maravilla?

Pero habia una parte de la obra en que se habian agolpado cuantos trabajadores podian funcionar sin embarazarse los unos á los otros: los muros habian sido levantados en muy pocos dias; el interior habia sido embaldosado, alicatado, pintado, dorado y artesonado tambien en muy poco tiempo: al fin, un dia el sol pudo arrancar fúlgidos destellos de los vidrios y de las tejas de colores y de la aguja dorada de su cúpula.

Aquel era un pequeñito alcázar, al que el rey Nazar habia dado el nombre de Mirador de la sultana.

Se componia de una torrecilla que en su parte superior tenia una elegante columnata de alabastro, cerrada por la parte interior con celosías doradas.

Una galería con columnas semejantes é iguales celosías: tres pequeños retretes con alhamíes ó alcobas, pavimentadas de mosáicos, con las paredes labradas de preciosa y menuda labor: con leyendas del Koram y versos amorosos en sus inscripciones, con techos en que la madera imitaba de una manera maravillosa el cedro, el sándalo, el nacar, el marfil, la plata y el oro, entrelazados, combinados, dispuestos de una manera tal, que recreaban la vista y la perdian en cambiantes de luz, y en cien ingeniosas labores, formaban aquel delicioso apartamento.

Una escalera de mármol estrecha y como construida por el genio del misterio, conducia á otros no menos lindos compartimientos bajos, que daban á una galería semejante á la galería superior, de arcos calados sostenidos en columnas, y de aquella galería se pasaba á un jardin formado de repente, con árboles y flores trasplantados de los cármenes del Darro.

Las copas de los árboles frutales que se cruzaban; las galerías de cipreses y laureles que se estendian formando bóvedas, y que iban á concurrir en una cúpula de verdor, bajo la cual, en medio de un suelo cubierto de cesped, se veia una fuente de mármol de la que saltaba un rico surtidor, hacia que desde ninguna parte pudiese verse á las personas que vagaban por aquel jardin tan freco, tan sombroso, entre cuyas ramas estaban escondidos en jaulas ruiseñores y gilgueros y cuantos pájaros tienen un canto melodioso.

Al menos, dijo el rey Nazar cuando vió terminado aquel pequeñito alcázar, ya no moriré sin haber visto una de las maravillas de esta obra del hombre: ahora es necesario que venga á ser su alma una de las maravillas de la obra de Dios.

Y mandó poner en el alcázar alfombras y divanes y pabellones de oro, y cuando todo estuvo preparado, y en cada cámara una esclava, en la parte esterna; y en la parte que correspondia á los adarves de la fortaleza soldados de guarda, y en el jardin eunucos mudos, mandó trasladar á aquella primera construccion á Bekralbayda.

Vióse, pues un dia subir á la Colina Roja un palanquin cerrado, conducido por cuatro esclavos, y rodeado de una numerosa guardia mandada por un walí, que acompañaba al alcaide de los eunucos del rey.

Aquel palanquin pasó por medio de los trabajadores y fué á perderse en el pórtico del Mirador de la sultana.

Poco despues una jóven, cuya hermosura resplandecia mas que el deslumbrador brocado de su túnica; mas blanca que las gruesas perlas del collar que rodeaba su cuello; con los ojos mas resplandecientes que los diamantes que entrelazaban sus negrísimas trenzas, entró en las magníficas habitaciones bajas del Mirador de la sultana, acompañada del alcaide de los eunucos.

Aquella muger cuya hermosura resplandecia de tal modo, era Bekralbayda.

A pesar de lo anchuroso de los pliegues de su túnica de brocado, un ojo un tanto observador, hubiera notado que Bekralbayda estaba en cinta.

Este estado de maternidad, y la dulce palidez de sus megillas y lo apasionadamente melancólico de su mirada, en que ardia un fuego recóndito y casi divino, la hacian parecer mas hermosa.

– El poderoso, el invencible, el magnífico rey Nazar, dijo el alcaide, quiere que el lucero del amor, el sol de la hermosura, la sonrisa de Dios, el ramillete de dulzura, la esclarecida sultana Bekralbayda, vea si la contenta el alcázar que ha construido para ella.

– Yo no puedo llamarme ya Bekralbayda, dijo suspirando la jóven, por única contestacion á las hiperbólicas alabanzas del eunuco[39 - No debemos olvidarnos de que Bekralbayda significa la doncella blanca.].

– Venturoso aquel, dijo inclinándose profundamente el eunuco, á quien dés una hermosa prenda de tus amores, estrella de las sultanas: á quien dés un príncipe poderoso ó una sultana tan hermosa como su noble madre.

– ¡Me llamas sultana! dijo con acento de estrañeza y de gran interés Bekralbayda; ¡saludas á lo que nacerá si Allah lo permite, príncipe si es varon y sultana si es hembra! ¿Sabes tú, acaso, algo acerca de mi destino?

– Solo Dios sabe lo oculto, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente el alcaide de los eunucos.

– Me han puesto vestiduras régias, perlas sobre el seno, diamantes y esmeraldas en los cabellos; han puesto arracadas de gran valor en mis orejas, y ajorcas de oro, cuajadas de piedras preciosas en mis brazos; antes me han bañado en aguas olorosas, han vertido sobre mí esencias: ¿no se engalana así á las esclavas del harem á quien el señor elije para sus placeres?

– Pero el alcaide de los eunucos solo acompaña á las sultanas: solo las sultanas pueden llevar la piadosa empresa del rey Nazar (y el eunuco señaló con una mirada respetuosa, un roseton de diamantes y rubíes que Bekralbayda llevaba cerrando su riquísimo caftan sobre su medio desnudo seno, en el centro de cuyo roseton se veia el escudo real de Al-Hhamar, con su empresa en que se leia en caracteres africanos ¡solo Dios es vencedor!) Solo las sultanas son servidas por esclavas doncellas, y guardadas por esclavos negros: y una perla del jardin de Hiram, un rayo desprendido del sol, no puede ser esclava. Por eso te llamo sultana, alegría del mundo; por eso me humillo ante tí, lucero de los luceros.

Y se inclinó de nuevo.

– ¿Pero nada seguro puedes decirme?

– Solo Dios sabe lo oculto, repitió el eunuco.

– ¿Es decir que solo me acompañas para mostrarme este alcázar?

– Para que el esclarecido y poderoso sultan sepa si te agrada.

– Dí al noble y magnífico sultan Nazar, que para quien tiene el alma triste nada hay alegre; que para quien llora no hay nada hermoso mas que su esperanza, y que la soledad y las lágrimas son los mejores compañeros de un desventurado.

– Tú se lo dirás al señor, noble sultana, porque el señor se acerca: ya oigo la zambra que le saluda: el siervo no puede permanecer aquí; que Allah te acompañe y te cubra de prosperidad, luz de los cielos.

Y el alcaide de los eunucos hizo una profunda reverencia, se retiró andando para atrás y repitió su reverencia otras dos veces antes de desaparecer por la puerta.

Bekralbayda se sentó en un divan, y se replegó en sí misma, acongojada y pensativa; una dulce luz dorada que penetraba lánguida y vaga por las celosías de la cúpula, hacia brillar los diamantes de su prendido y daba un tono incitante y lascivo á la blancura de su cuello y de sus hombros desnudos; el blanco humo de un pebetero estendiéndose delante de ella, la hacia aparecer dulcemente velada y mas hermosa, con una hermosura eminentemente fantástica.

Y luego, aquella niña tan incitantemente hermosa, tan deliciosamente pura, con su tristeza de amor, con sus lágrimas de desconsuelo, con lo elocuente de la mirada de sus negros ojos, que se elevaban al cielo como implorando la misericordia de Dios, era una poesía viva, una poesía humana, colocada en medio de otra poesía inmóvil, muda, pero resplandeciente, como animada por la luz que hacia brillar sus arabescos dorados, sus alicatados de colores, su alfombra de oro y seda, mientras á través de una puerta se veia un fondo oscuro y misterioso, y á través de la otra las enramadas tupidas y verdes de los cenadores de jazmines y laureles, amortiguando la luz del dia, y dejando ver por alguna abertura un pedazo de cielo resplandeciente, azul, diáfano, incomparable.

Sintiéronse leves pasos por la parte de la puerta del fondo oscuro, y poco despues apareció en la puerta un hombre y se detuvo, se cruzó de brazos y contempló profundamente conmovido á Bekralbayda.

Ella ni habia sentido sus pasos ni le habia visto.

Un silencio profundo envolvia la cámara, silencio que solo rompian de una manera vaga por la parte del jardin, los lejanos y cadenciosos trinos de los pájaros; por la otra parte el zumbido unísono, ténue, perdido de los trabajadores.

El hombre que de una manera tan afectuosa, tan llena de interés, contemplaba á la jóven, era el rey Nazar.

Venia sencillamente vestido; únicamente brillaban en su cabeza entre su toca, las puntas de su corona, y la empuñadura de su espada entre su faja.

Durante algun tiempo permaneció inmóvil en su benévola contemplacion; luego adelantó y fué á sentarse silenciosamente en el mismo divan en que estaba replegada Bekralbayda, pero á cierta distancia.

Entonces la jóven pareció despertar de un sueño, se estremeció, levantó la cabeza, fijó una mirada ansiosa en el rey Nazar, y cruzando la manos, esclamó:

– ¡Ah, señor!

– ¡Yo te amo! dijo negligentemente el rey Nazar.

Bekralbayda se puso de pie, mas pálida aun que lo que estaba, aterida, muda, como aniquilada; guardó durante algunos momentos silencio, y luego esclamó:

– ¡Pero yo no puedo amarte… no!.. ¡no puedo amarte como tú quieres que te ame… no! ¡Allah, el grande, el poderoso Allah lo sabe: no puedo amarte así!

– Cuando te confesé mi amor, dijo reposadamente el rey Nazar, tú me contestaste…

– ¡Mentí! ¡mentí! esclamó toda asustada Bekralbayda.

– Cuando te confesé mi amor, continuó impasible el rey, me dijiste, quiero ser sultana.

– ¡Ah, misericordioso Dios! ¡Mentí!

– Yo te dije: en buen hora sea: Dios te ha dado en sus bondades una hermosura superior á la de las mugeres de la tierra; eres una hurí que el Altísimo ha permitido aliente en las entrañas de una muger: digna eres de ser sultana: mi esposa la sultana Wadah, ha enloquecido… está apartada de mí: tú ocuparás el lugar de la sultana Wadah, que por su locura se la puede considerar muerta.

– ¡Ah, poderoso señor!

– Tú sabes que la locura de la sultana Wadah es verdad.

– La sultana Wadah es muy desdichada: la sultana Wadah llora una hija perdida.

– ¡Una hija! esclamó, levantándose aterrado, trémulo, herido como por un rayo por aquella terrible revelacion, el rey Nazar. ¿Quién te ha dicho que la sultana Wadah ha perdido una hija?

– ¡Qué! ¿no has perdido tú tambien tu hija, poderoso señor? esclamó aterrada por su imprudencia Bekralbayda.

– Yo no he tenido de la sultana Wadah mas que un hijo: el príncipe Juzef, contestó con voz cavernosa el rey Nazar.

– ¡Oh! ¡yo me he engañado! ¡yo me he engañado! esclamó trémula la jóven.

– Tú no sabes mentir: dijo severamente el rey.

– ¡Ah, señor!

– Tú eres cándida y pura como la azucena de los valles.

– Yo me he engañado.

– Pero… ¿por qué te has engañado?

– Yo he visto á la sultana buscar una rosa blanca.

– ¡Ah!

– Yo la he escuchado decir…

– ¡Oh! ¿qué has escuchado?..

– ¡Mi rosa blanca! ¡la rosa de mis entrañas!

– ¿Y no has escuchado mas?

– ¿Y á qué puede llamar una muger la flor de sus entrañas, sino á su hija? esclamó cubriéndose de un vivísimo rubor Bekralbayda.

– Sí, sí, te has engañado, dijo el rey Nazar reprimiéndose, volviendo á la tranquila y benévola espresion de su semblante, y sentándose de nuevo en el divan: ¡la rosa blanca! esa es una manía de la sultana.

– ¡Infeliz! murmuró Bekralbayda.

– La locura de la sultana Wadah me obliga á tomar otra esposa, te dije: puesto que quieres ser sultana, lo serás.

– ¡Yo mentia! repitió Bekralbayda.

– Luego, continuó el rey, añadiste: no me basta ser sultana: yo quiero que me dés un alcázar tan hermoso como no le hayan visto ojos humanos: cuando me dés ese alcázar seré tuya.

– ¡Ah! ¡no! ¡no!

– Yo he mandado fabricar este alcázar, una de cuyas pequeñísimas partes es la que ocupamos…

– ¡Pues bien! acaba ese alcázar, señor… y entonces…

– Este alcázar, que será la maravilla de las gentes, no puedo terminarlo yo, ni lo verá terminado mi hijo ni mi nieto; si para cuando esté terminado este alcázar has de darme tus amores… seria preciso que Dios parase para nosotros solos el tiempo y que le apresurase para los demás.

– Pero lo que yo te he prometido no me obliga hasta que hayas cumplido tu promesa: hasta que hayas terminado el Palacio-de-Rubíes: si para entonces hemos muerto, la culpa no es mia.

– ¡Cuán mal parece la mentira en boca tan hermosa! dijo el rey Nazar.

Ruborizóse Bekralbayda.

– ¡Ah señor! si yo miento, esclamó arrojándose á sus pies, es porque la mentira es la única arma que tengo para defenderme de tí.

El rey Nazar la levantó dulcemente y la sentó junto á sí.

– ¿Piensas, la dijo, que si yo quisiera te podrias defender de mí?

– El generoso, el grande, el vencedor, el magnífico Nazar, no puede ni debe amar á una desdichada que no puede amarle.

– Y… ¿por qué no puedes amarme?

– ¡Porque amo á otro! esclamó con desesperacion Bekralbayda, ¡porque mi alma está en la suya! ¡porque llevo en mis entrañas la flor de mis amores!

Y Bekralbayda se cubrió el rostro con las manos y rompió á llorar.

El rey Nazar sintió que sus ojos se arrasaban: se dominó, apartó las manos de la jóven de su rostro, y no pudiendo contenerse, inflamado de un amor inmenso, no á la muger, sino á la madre de su nieto, la atrajo á sí y la estrechó entre sus brazos esclamando conmovido:

– ¡Ah! ¡hija mia! ¡hija de mi alma!

Y luego, como pesaroso de haberse dejado arrastrar de su corazon, separó de sí á Bekralbayda, compuso su semblante, recobró su impasibilidad, aunque aparente, y dijo:

– ¿Amas á un hombre y eres madre?

– Tú me has llamado hija, señor; esclamó con ansiedad Bekralbayda.

– ¡Yo! ¡que yo te he llamado hija! ¡no sabes que te quiero para esposa!

– ¡Y serias tú, poderoso sultan de los creyentes, esposo de una muger que ama á otro hombre, que ha sido suya, y que es madre!

– Yo te amo sobre todas las cosas: no importa que ames, si morando en mi alcázar no vuelves á ver al hombre á quien amas, no importa que seas madre… porque todos creerán que ese hijo es mio: eres mi esclava.

– ¡Me matarás! ¡puedes matarme! ¡pero no puedes hacer que yo olvide mi amor, que yo le ofenda! ¡no! ¡no! esclamó Bekralbayda desesperada.

– Escucha, dijo el rey: te cubriré de oro y perlas: te daré esclavas á millares: te rodearé de cuanta grandeza puede disponer un rey tan poderoso como yo.

– ¡No! esclamó con energía Bekralbayda.

– No volverás á ver á ese hombre.

– Pero le guardaré su amor, mi pureza dentro de mi alma como en un santuario.

– Yo buscaré á ese hombre y le mataré.

– El querrá morir mejor que verme en tus brazos.

– Cuando nazca tu hijo te lo quitaré.

– Me volveré loca como la sultana Wadah, y llamaré en mi delirio á la flor de mis amores, pero no seré tuya.

El rey Nazar se estremeció.

– ¿Y si yo matase á tu hijo?

– Por la vida de mi hijo no mataré á su padre.

– ¿Pero estás segura de que ese hombre merece tu amor?

– ¡Oh! yo soy para él la luz, la alegría, la vida.

– ¿Y si por acaso no pudiera ser tu esposo?

– Seria su esclava.

– ¿Quién es ese hombre á quien tanto amas? esclamó afectando un furor que no sentia el rey Nazar, como no ignoraba que el hombre á quien amaba Bekralbayda, era su hijo el príncipe Mohammet.

– El hombre á quien amo… es un mancebo humilde… pobre… pero yo le amo así… y no le cambiaria por todos los sultanes de la tierra…

– ¿Qué, amas así á?..

El rey Nazar se detuvo; iba á decir, ¡á mi hijo!

– Quítame, señor, dijo la jóven, estas galas de sultana, estas alhajas; no me dés para vivir este rico alcázar; no me saques de la condicion de esclava: déjame sola, pobre con mi amor, y te bendeciré.

– Tú serás sultana, dijo el rey Nazar.

– ¡Ah señor! ¡ten compasion de mí!

– Tú serás sultana, repitió el rey Nazar y salió.

Bekralbayda quedó anonadada.

En tanto el rey murmuraba saliendo:

– Es digna de mi hijo: digna de la corona de Granada: sultana será y sultan mi hijo… ¡pero esa hija perdida de Wadah!.. ¡ese misterio! ¡si Allah me ayuda, ese misterio ha de aclararse ante mis ojos!.. y si fuera… ¡ah! ¡si fuera ella!.. ¡si Bekralbayda fuera esa hija!

El rey Nazar se perdió poco despues entre los trabajadores del alcázar.




II

LA MEJOR NOCHE DEL REY NAZAR


El rey se encaminó á la tienda que desde que principiaron las obras se habia levantado para él en la Colina Roja.

Entró en ella, arrojóse en un divan, y quedó profundamente pensativo.

– Desde el momento en que descubrí, murmuraba, que mi hijo era el amante de Bekralbayda, el horror que me inspiró el solo pensamiento de robar á mi hijo su amante, me curó de todo punto del amor que tenia hácia ella. Es verdad que la he enamorado, que he pretendido probar si es digna de ser sultana de Granada… y ha respondido á la prueba: ahora la amo como si fuera mi hija; y despues que he sabido que es madre… ¡oh! el amor de otro nuevo hijo de mi sangre… de un descendiente de mi raza, que será como ella hermoso, y valiente y gallardo como él, porque será un príncipe, Dios me favorece: pero esa revelacion de Bekralbayda… ¡lo que ha vuelto loca á la sultana Wadah, es la pérdida de una hija!.. una muger vé mejor que un hombre en el alma de otra muger: ella no se engaña: yo recuerdo… el dia en que desapareció de mi lado Leila-Radhyah, se encontraron en sus habitaciones manchas de sangre: aquel mismo dia desapareció uno de mis esclavos y Wadah se volvió de repente loca: desde entonces han pasado diez y siete años… la edad de Bekralbayda… Yshac-el-Rumi es un hombre misterioso. De una manera misteriosa me ha entregado á Bekralbayda… ese hombre á quien he hecho seguir, ha sido visto alguna vez en los cármenes del Darro acompañado de una muger… ¡oh! ¡esta misma noche! sí… sí… ¡esta misma noche!

El rey esperó con impaciencia á que el sol traspusiese: se fué como de costumbre á su palacio de la torre del Gallo de viento, y exhaló un suspiro cuando vió el reflejo de la luz en las ventanas de la torre donde continuaba preso el príncipe Mohammet.

Luego entró en su cámara, comió como de costumbre, se quitó la corona y las vestiduras reales, púsose unos vestidos cortos y sencillos, se rebozó en un albornoz, y salió de su palacio por una puerta escusada y solo.

La noche era oscura: el rey, embozado en su alquicel negro, se deslizó como una sombra junto á los muros de la alcazaba Cadima, llegó al barrio del Hajeriz, descendiendo por sus pendientes calles, llegó al valle donde corre el Darro y siguiendo su corriente arriba, se metió por las angosturas.

Muy pronto llegó á la casita del remanso.

– Aquí es: este me han dicho es el sitio donde Yshac-el-Rumi desaparece por la entrada de una cueva y vuelve á aparecer allá arriba sobre las cortaduras, acompañado de una muger enlutada como él; es necesario buscar la entrada de esa cueva: frente á la casa del remanso me han dicho que tiene la entrada: pero la noche es demasiado oscura… no importa, Dios me guiará; Dios que conoce el pensamiento que me trae aquí.

En efecto, el rey encontró despues de algun tiempo la entrada de la cueva que buscaba.

Pero al penetrar por ella oyó un sordo ruido; el batir de las alas de un pájaro que pasó junto á él rozándole el rostro con las estremidades de las plumas.

El rey se detuvo y se estremeció:

– ¡El buho! ¡siempre ese pájaro maldito que me persigue! pero no importa, añadió sobreponiéndose á su terror: el Altísimo y único, el amparador de quien le confiesa y le adora me ayudará.

Y penetró resueltamente en la cueva.

Al entrar en ella, vió á sus pies como en el fondo de una sima, una línea de luz como la que puede verse un momento á través de una puerta que se cierra.

– ¡Oh! esclamó el rey, aquí moran séres humanos. He visto cerrarse allá abajo una puerta, y he creido escuchar despues los pasos de la persona que ha cerrado esa puerta que se alejaban. ¡Oh, señor, fuerte y misericordioso! ¡ampárame!

Y el rey Nazar palpó, encontró la entrada de una estrecha comunicacion subterránea, y al poner el pié en ella, notó que el piso era pendiente y resvaladizo.

El rey Nazar se asió á las escabrosidades naturales de uno de los costados de aquel pasage tenebroso, y descendió ayudando con las manos, que se asian fuertemente á la roca, á los pies que resvalaban sobre la pendiente.

Al fin, despues de haber descendido algun espacio, tropezó con la roca áspera y cortada que le cerraba el paso.

El rey Nazar palpó: la escavacion ó el seno terminaba allí: no tenia continuacion.

– Aquí debe haber una puerta oculta, dijo el rey; yo he visto cerrarse esa puerta. Pues bien, suceda lo que quiera, no he de retroceder.

Y desnudando su puñal dió un fuerte golpe con su pomo sobre una piedra saliente que estaba incrustada en la roca.

Pero en vez de sonar como piedra al toque del rey Nazar, respondió un sonido vibrante, metálico como el de una campana.

– ¡Oh poderoso señor! esclamó el rey, ó aquí hay encantamento, ó he dado por acaso en un lugar que sirve para llamar á los que conocen el secreto: encantamento ó realidad preparémonos.

Y el rey se desprendió rápidamente parte de la toca blanca que ceñía su cabeza, y la cruzó sobre su rostro, no dejando mas que un estrecho resquicio para su ojo derecho.

Acababa el rey de encubrirse, cuando resonaron leves y casi perdidos al otro lado de la roca, pasos de muger: oyóse luego un rechinamiento áspero, como el del hierro sobre la piedra, brilló entre la oscuridad una línea de luz, y se abrió una puerta.

Delante del rey Nazar, con sus flotantes cabellos negros, sus ojos, su mirada profunda y melancólica, y su ancha y suelta túnica de lana, estaba la Dama blanca con una lámpara en la mano.

El rey se estremeció: contuvo un grito y un movimiento, y permaneció inmóvil.

– ¿A quién buscas? dijo la Dama blanca.

– A tí, contestó el rey con acento conmovido y alterado.

– ¿Quién te envia?

Detúvose un momento el rey, y meditando que acaso aquella muger no conocia otra persona que al astrólogo, contestó.

– Me envia el sábio Yshac-el-Rumi.

– Ven conmigo, dijo la Dama blanca.

Y siguió adelante por una estrecha mina abierta en la roca.

Poco despues llegaron á una puerta forrada de hierro, que empujó la dama, y al fin se encontró con ella el rey Nazar en la misma cámara blanca y dorada, donde el príncipe habia vuelto en sí algun tiempo antes.

– Espera aquí, dijo la Dama blanca dejando sobre un nicho calado la lámpara que tenia en la mano y desapareciendo por una puerta.

– ¡Oh poderoso señor, esclamó el rey cuando se vió solo, y cuán incomprensibles son tus decretos! ¡por cuán torcidos caminos llevas al hombre de la mano!

Y el rey se sentó en el lecho y quedó meditando profundamente en la estraña aventura en que se encontraba empeñado.

Pasó un largo rato: al cabo oyó el rey el paso de una muger acompañado del crugir de una túnica de seda; abrióse al fin la puerta y apareció la Dama blanca, ó mas bien una hurí descendida del paraiso.

El rey se puso de pié de una manera involuntaria, y dió un paso hácia la dama como si le hubiera atraido su hermosura.

Porque la Dama blanca se habia transformado: es verdad que su semblante y su cuello y sus hombros aparecian un tanto enflaquecidos, sumamente pálido su semblante, estraordinariamente melancólicos sus ojos, pero esto aumentaba su hermosura, dándola el encanto del sufrimiento.

Y luego su peinado, y sus joyas y sus magníficas vestiduras…

Las anchas y largas trenzas de sus cabellos, brillantes por sí mismos, aumentado su brillo por las piedras preciosas que los salpicaban, estaban entrelazadas alrededor de una riquísima diadema de sultana: pendia de su cuello un ancho collar de rosetones de diamantes y perlas; cubria apenas su seno la parte superior de una túnica finísima de lino bordado con plata; sobre esta túnica llevaba otra de seda verde, recamada de bordaduras de oro, ancha, flotante, larga hasta tocar el pavimento, cayendo sobre él en una magnífica plegadura; sobre esta túnica tenia otra larga, solo hasta las rodillas, de brocado blanco, con bordaduras de aljófar, ciñéndose sobre la redonda y esbelta cintura de la dama, por un joyel de pedrería y cerrándose sobre el pecho con herretes de esmeraldas; por último, un caftan ó sobretodo que no pasaba de las rodillas, de anchas mangas perdidas de seda roja cubierta de arabescos negros, dos magníficas ajorcas ó brazaletes de pedrería, y unas ricas y deslumbrantes arracadas completaban el atavío y el prendido de la Dama blanca, transformada por su maravilloso traje en sultana.

– Estoy pronta, dijo la dama tomando de sobre un divan un ancho albornoz de lana blanca y cubriéndose con él enteramente hasta el punto de que solo se veia bajo él la orla de la rozagante túnica verde: estoy pronta y te sigo.

– Sácame antes de aquí, dijo el rey Nazar, cuya voz se mostraba á cada momento mas conmovida.

– Ven conmigo, dijo la dama.

La dama tomó la lámpara, atravesó, precediendo al rey Nazar, algunas habitaciones, subió por unas escaleras, y en fin, por los mismos lugares por donde habia conducido en otra ocasion al príncipe Mohammet, salió al aire libre, atravesó una calle de árboles, llegó á una cerca, abrió un postigo, salió con el rey, cerró el postigo, y dijo:

– Estamos en el campo: cúmpleme tu promesa.

– ¿Qué te ha dicho que yo he prometido Yshac-el-Rumi?

– Me ha dicho, contestó con una estrañeza recelosa la dama, que tú me llevarias al alcázar que ha construido el rey para Bekralbayda.

– Cumpliré mi promesa, dijo el rey, pero ásete á mi brazo, sultana: la noche está oscura.

– Pero pronto saldrá la luna, dijo la dama, y es necesario aprovechar la oscuridad.

Y se asió al brazo del rey.

– ¿Por qué me has llamado sultana? dijo la dama.

– ¿Por qué?.. porque puedes y debes ser la sultana de la hermosura.

– Conócese, dijo con alguna severidad la dama, que estás acostumbrado á adular á las esclavas de tu señor.

– En alabarte no hay adulacion: el lenguaje de los hombres no puede ponderar tu hermosura.

– ¿Eres tú el alcaide de los eunucos del rey Nazar? dijo creciendo en recelo la dama.

– Sí, contestó el rey sin vacilar.

– ¡Es estraño! murmuró ella.

Y guardó silencio.

– ¿Dónde me llevas? dijo al fin: paréceme que nos alejamos en direccion opuesta á la Colina Roja, donde el rey Nazar ha construido ese alcázar donde enamora á Bekralbayda.

– Voy á ganar la espesura por cima de los cármenes, dijo el rey, toda precaucion es poca.

– Pero este terreno es muy áspero.

– Apóyate bien en mi brazo, sultana, y si no bastare, yo te llevaré sobre mis hombros.

– ¡Oh! ¡no! ¡sigamos! ¡anhelo llegar!

– ¡Anhelas llegar! ¿puede un esclavo atreverse á preguntarte?

– ¿Acostumbran los esclavos del rey á entrometerse en los secretos de su señor, ó es que no basta el oro que te se ha dado y necesitas mas para ser respetuoso?

– ¡Oh Dios misericordioso! ¡perdona si te he ofendido, sultana!

La dama siguió andando y no contestó.

– Dime, dijo al cabo de un breve espacio de silencio: ¿el rey ama á Bekralbayda?

– No.

– ¡Que no la ama!

– El rey no puede amar á la que destina por esposa á su hijo el príncipe Mohammet.

– ¡Ah! ¿te ha dicho eso el rey?

– El rey me favorece con su confianza.

– ¡Pero… si el rey enamora á Bekralbayda!

– El rey solo ha querido probar si Bekralbayda es digna de ser esposa de su hijo, y la ha finjido amores, y la ha prometido tesoros. Bekralbayda aunque ignora que el rey sabe sus amores con el príncipe, ha resistido á todas las tentaciones. ¡Oh! ¡sí! ¡es digna de ser sultana, y lo será!

Guardó de nuevo silencio la dama.

– ¿A quién ama el rey Nazar? dijo.

– A una muger por quien llora hace diez y siete años.

– Mientes; mas de diez y siete años hace que el rey Nazar hizo su esposa á la sultana Wadah: la adoraba; ha tenido de ella…

– Ha tenido de ella un hijo, y ese hijo tiene ya veinte años. Hace diez y siete que la sultana Wadah está loca, y que el rey llora á sus solas, cuando nadie puede burlarse de su llanto, por una muger.

– Pero se consuela con las esclavas de su harem.

– El rey Nazar tiene harem porque es rey; pero jamás pasa sus puertas: el rey Nazar tiene el alma cubierta de luto.

– ¿Por la muger que le arrebataron hace diez y siete años? dijo alentando apenas la dama.

– El rey encontró sangre en el retrete de la luz de sus ojos, del alma de su alma, de su adorada Leila-Radhyah; pero su alma habia desaparecido: el rey lloró y llora: el rey daria su grandeza y su vida por volverla la existencia.

La dama no contestó una sola palabra.

– ¿Dónde me llevas? dijo con cuidado la dama viendo que el rey se alejaba cada vez mas: la luna empieza á salir.

– Allí hay un bosquecillo de avellanos, contestó el rey; necesito hablarte donde nadie nos pueda oir.

– ¡Ah! ¿necesitas hablarme? ¿pues qué, hay alguna dificultad para lo que deseo?

– Tal vez.

– ¿Por qué tiemblas?

– ¡Ah! ¿y quién no temblará á tu lado, asido á tu brazo, reina del amor?

– ¿Qué esto? dijo la dama con terror y con orgullo, ¡tú no puedes ser el enviado de Yshac-el-Rumi!

– ¡Oh! ¡la luna sale! ¡espera, espera á que descubra enteramente su disco y te contestaré!

– No daré ni un paso mas, dijo con terror y con cólera la dama, ¿quién eres? tú no eres el alcaide de los eunucos, ó si lo eres, eres un miserable, un traidor.

– ¡Oh! ¡la luna! ¡la luna!

– ¡Vuélveme, vuélveme á mi asilo! esclamó la dama pugnando por desasirse del rey que la detenia.

– ¡Volver, volver á donde otros puedan verme á tu lado! ¡oh! Dios me ha traido hasta ti: Dios quiere que solo él sea testigo de lo que vá á suceder entre los dos.

– ¿Y qué puede suceder?.. esclamó con terror la dama.

– ¡Oh! ¡mi amor y tu hermosura! ¡Dios misericordioso! ¿y cómo podia esperar yo tanta felicidad?

– ¿Qué dice este hombre? esclamó en el colmo de su terror la dama.

– ¡La luna! ¡héla allí, llena y resplandeciente que se presenta en toda la plenitud de su belleza, para alumbrar á mis amores, para brillar una vez sobre mis lágrimas de alegría, como ha brillado tantas otras sobre mis lágrimas desesperadas!

– ¡Ah! ¡has cambiado de voz, fingías el acento! ¡yo… yo recuerdo tu acento!.. ¿quién eres? esclamó trémula la dama.

– ¿Te has engalanado para deslumbrar con tu hermosura al rey Nazar, no es verdad, luz de mis ojos? dijo el rey.

– ¡Quién eres! dijo la dama con doble ansiedad.

– Y el rey Nazar sentiria romperse su corazon de gozo, de felicidad, aunque solo te hubieras presentado ante él, con tu hermosa crencha negra suelta, y suelta tu túnica de luto, alma de mi vida, mi infortunada, mi hermosa, mi sultana, Leila-Radhyah.

La dama dió un grito de sorpresa, de angustia, de ansiedad, y arrancó la toca de sobre el semblante del rey en que reflejó de lleno la luz de la luna.

– ¡Ah!.. ¡ah!.. ¡Dios poderoso!.. ¡Nazar!

Esclamó y se desmayó entre los brazos del rey.

Encontrábanse junto á una fuente á la entrada de una espesura de avellanos, en una meseta de la montaña; veian desde allí á lo lejos el Albaicin y la parte de la Colina Roja donde se alzaba el pequeñito alcázar habitado por Bekralbayda.

El rey Nazar llevó á Leila-Radhyah, á la única muger á quien habia amado, á la que habia llorado muerta, á la que habia cambiado su nombre por el de Maga de las humbrías, al lado de la fuente y la roció el rostro con agua.

Pero Leila-Radhyah no volvia en sí; gemia como si demasiado comprimido su corazon estuviese próximo á romperse.

El rey estaba aterrado y redoblaba sus esfuerzos para hacerla volver en sí; al fin, Leila-Radhyah abrió los ojos, se incorporó entre los brazos del rey Nazar, le miró faz á faz, y se pasó las manos por la frente como si hubiese pretendido volver en sí de un sueño.

Luego esclamó con un acento profundamente conmovido, ardiente, enamorado, loco:

– ¡Oh! ¡señor, señor! ¡es él! ¡es él! ¡mi Nazar!

Y se arrojó á su cuello, le retuvo en sus brazos, y rompió á llorar; pero en un llanto de alegría.

– ¡Oh! esclamaba entre sus lágrimas con un acento indefinible, de amor y de alegría, ¡me ha creido muerta y no me ha olvidado!

– Yo ví sangre en tu retrete, contestó el rey Nazar.

– ¡Oh! sí, dijo Leila-Radhyah: fué una noche horrible… horrible… mira rey mio, señor de mi alma: mira.

Y Leila-Radhyah se abrió con una mano trémula de impaciencia la túnica interior y mostró al rey las señales de tres anchas puñaladas.

– ¡Oh! ¡qué horror!.. y… ¿quién fué? preguntó con acento cobarde el rey…

– ¡Ella, ella, la hechicera, la maldita!.. contestó Leila-Radhyah.

– ¡Wadah! murmuró el rey.

– ¡Sí, sí, Wadah, esa terrible hechicera sedienta de sangre! ¿Y sabes tú para qué me he puesto yo estas ropas, estas joyas, esta diadema?..

– ¡Oh! ¡no!

– Para impedir un nuevo crímen.

– ¡Un nuevo crímen!

– Sí: para impedir que se lleve á cabo una venganza horrorosa: para impedir que Wadah asesine á Bekralbayda.

El rey se alzó pálido, terrible.

– ¡Qué, Wadah pretende asesinar á Bekralbayda! esclamó.

– ¡Ah! ¡tú amas á esa doncella! esclamó Leila-Radhyah.

– ¡Bekralbayda ha sido amante de mi hijo! esclamó el rey.

– ¡Ah! esclamó Leila-Radhyah.

– ¡Pero ese asesinato! esclamó el rey que estaba desencajado, ¡el pronóstico del buho maldito!

– ¿De qué buho hablas?

– De uno que me persigue, que salió de la cueva por donde llegué hasta tí rozando mi rostro con sus alas.

– Era Abu-al-Abu, á quien yo solté para que volase, como todas las noches, fuera del subterráneo.

– Ese buho me predice una desgracia horrible.

– Pero esa desgracia no será la muerte de Bekralbayda, yo te lo juro; te lo juro por el Dios Altísimo y Unico.

– ¿Pero esta horrible traicion?..

– ¿Cómo has venido á mi asilo, al asilo donde he estado oculta desde que eres rey de Granada? ¿te lo ha revelado á caso el alcaide de los eunucos?

– No, no, Dios es el que me ha traido junto á ti: pero el tiempo vuela…

– Empieza ahora la noche, y hasta que medie, Wadah no irá al alcázar que has construido para Bekralbayda. Pero es necesario que me lleves á él; que me ocultes; que te apoderes del alcaide de los eunucos para que no pueda revelar nada.

– ¿Y quién introducirá á Wadah en el Mirador de la sultana?

– Yshac-el-Rumi.

– ¡Yshac-el-Rumi!..

– Sí, sí, pero vamos, rey mio, vamos y tú mismo sabrás, tú mismo verás lo horrible del ódio de Wadah: tú sabrás en lo que consiste su locura: tú sabrás que tu Leila-Radhyah, tu sultana, es digna de tí. Ven.

– Sí, sí, vamos, dijo el rey.

Leila-Radhyah se envolvió en su albornoz, se asió al brazo del rey, y ambos, siguiendo la ladera de la montaña, se encaminaron á la Colina Roja.




III

DE CÓMO LA SULTANA WADAH CREYÓ EN LA RESURRECCION DE LOS MUERTOS


Arrojaba la luna su blanca luz sobre la Colina Roja.

Solo se veian los paredones en construccion, los andamios, el Mirador de la sultana, que se levantaba silencioso al norte, y los guardas que vagaban entre las obras, cantando para no dormirse.

En el vestíbulo del Mirador de la sultana, apoyado en una columna, se veia un moro envuelto en un alquicel blanco.

Aquel hombre esperaba sin duda, porque miraba de tiempo en tiempo con impaciencia á la desembocadura de un callejon formado por dos trozos de muralla en construccion.

Al cabo aquella sombra blanca se afirmó sobre los piés, y salió al encuentro de dos sombras que desembocaban por el callejon.

Era la una una muger; la otra un hombre.

Al salir el que esperaba al encuentro de los dos que venian, retrocedió.

– Tú no eres el alcaide, dijo al hombre.

– Yo soy el rey, dijo Al-Hhamar con voz tonante.

– ¡El rey! esclamó el que les habia salido al encuentro.

– Y se inclinó profundamente.

– Levántate y llévame á donde llevarias á esta dama si la hubiera traido el alcaide.

– ¡Señor! murmuró aterrado el moro.

– Levántate y guia, añadió con acento de amenaza el rey.

El moro se levantó, se encaminó al vestíbulo, torció á la derecha, abrió un pequeño postigo y entró por él.

– Esto está oscuro, dijo el rey.

– Así me han mandado tenerlo, señor.

– Busca una luz…

El moro obedeció, y volvió con una lámpara de los guardas.

Subieron por unas escaleras, atravesaron una galería y entraron en un precioso retrete.

– Cierra esa puerta, dijo el rey al moro.

El moro cerró.

– Descúbrete, le dijo el rey Nazar.

El moro echó atrás la capucha de su albornoz con la que hasta entonces habia tenido cubierta la cabeza.

– ¡Ah! ¡eres mi walí Aliathar! ¡mi bravo africano! ¡el walí de la guarda de este alcázar en quien yo depositaba mi entera confianza! ¡y te has atrevido á hacerme traicion!

El walí cayó de rodillas.

– No quiero saber el precio en que me has vendido: solo quiero que obres como si no me hubieras encontrado, y te perdono.

– ¡Ah, poderoso señor!

– Que nadie sepa que yo estoy aquí.

– ¡Ah, señor!

– Cumple fielmente con lo que te han encargado aquellos á quien te has vendido.

– Solo tengo que esperar á la media noche á que se presenten un hombre y una muger para introducirlos aquí.

– Pues bien, introdúcelos, y cuando estén dentro, no los dejes salir.

– Así lo haré, señor.

– ¿No está contigo en la guardia el walí Abd-el-Melek?

– Si señor, pero no sabe nada.

– No importa; dí al walí Abd-el-Melek, que vaya con cuarenta hombres á las Angosturas del Darro; que en el ensanchamiento donde está el primer remanso, busque la entrada de una cueva, que se oculte en ella, que prenda al hombre que entre y que le lleve á las mazmorras de la Alcazaba.

– Asi lo diré á Abd-el-Melek, magnífico señor.

– Dí á esta dama lo que tengas que decirla.

– Por esta celosía, se vé la cámara donde reposa la sultana Bekralbayda, dijo Aliathar que temblaba de terror.

En efecto, por una celosía dorada se veia una pequeña cámara octógona, donde se veia un ancho divan de brocado á la opaca luz de una lámpara.

– Por esta puerta, añadió el walí, señalando una pequeña situada en un ángulo, y por unas escaleras estrechas se baja á un alhamí que está cerrado por una puerta de cedro.

– Basta, dijo Leila-Radhyah, que permanecia encubierta: lo demás ya lo se.

El walí se inclinó profundamente.

– Oye ahora, dijo el rey, y cumple fiel lo que voy á mandarte; vé y espera á ese hombre y á esa mujer; pero en el momento que entraren, haz una señal leve: para poder percibirla, voy á trasladarme á la cámara que está sobre el vestíbulo.

– Yo sé silvar como un buho, dijo el walí.

Se estremeció el rey.

– Bien, bien, no importa, silva cuando ese hombre y esa muger hayan entrado: y no les avises, porque si no sucede aquí esta noche lo que debe suceder, te arrojo á mi verdugo para que me arroje tu cabeza.

– ¡Ah, señor!

– Y sobre todo, que Abd-el-Melek, vaya á ocultarse en la cueva del rio, y cumpla las órdenes que te he dado. Vete.

El walí salió estremecido de miedo.

– Ven conmigo, alma de mi alma, dijo el rey tomando la lámpara y asiendo de la mano á Leila-Radhyah.

Atravesó con ella un estrecho corredor, abrió una puerta y entró en un pequeño y bellísimo retrete.

– ¿Quién diria que la tosca lámpara de hierro de un guarda de las obras de mis alcázares habia de alumbrar mi felicidad?

Y dejó la lámpara sobre el alfeizar de una ventana.

Despues estremecido de pasion arrancó el albornoz á Leila-Radhyah.

– ¡Oh santo Dios de Ismael y qué hermosa me la vuelves! ¡qué hermosa y qué enamorada! añadió al ver la mirada candente, lúcida, que Leila-Radhyah posaba en sus ojos.

– ¿Te olvidas, señor, por tu pobre esclava, del motivo que nos trae aquí? dijo Leila-Radhyah, cuyas megillas cubria un leve y dulce matiz de púrpura.

– Siento que mi cabeza se desvanece: en mis oidos resuena una música regalada: la fragancia que me rodea me embriaga: ¡y es el resplandor de tu hermosura que me ciega! ¡es tu voz que resuena en mi alma! ¡es tu aliento que respiro! ¡ah! ¡y qué misericordioso y qué grande es Dios!

– ¡Oh! ¡rey, rey mio! esclamó Radhyah exhalando estas palabras entre un suspiro.

Hubo un momento de silencio.

– ¡Oh! ¡qué feliz, qué feliz soy!.. ¡la felicidad que siento, me comprime el corazon, me mata!.. esclamó Leila-Radhyah: ¡oh! ¡mi Nazar! ¡oh! ¡mi alma!

– Tu amor ha consagrado este alcázar, luz de mis ojos: esclamó el rey mirando con delicia á la princesa africana: ¡oh! ¿por qué tenemos mas en qué pensar que en nuestro amor?

– Oye, rey mio… ¿no es verdad que yo para tí no soy sultana ni esclava? ¿no es verdad que no soy para tí mas que Leila-Radhyah?

Al-Hhamar la estrechó entre sus brazos.

– Para esa infame hechicera, para esa Wadah fatal, justicia: para tí, mi noble mártir, mi amor, mi vida, mi alcázar y mi corona.

– Y para tí mi alma, esclamó Leila-Radhyah exhalando toda su alma en una divina sonrisa.

Callaron entrambos dominados por su amor, porque un amor que, comprimido, desgarrado, cubierto de luto y de dolores durante diez y siete años, estallaba al fin inmenso.

– Oye, dijo Leila-Radhyah: quiero contarte mi historia.

– ¡Tu historia! ¡una historia de desdichas!

– No, porque ha habido dos nobles y generosos hombres que me han protegido, que se han consagrado á mí: mi historia es muy sencilla y muy breve.

– ¡Oh! te escucho: tu voz es para mí tan dulce y tan amada como puede serlo la voz de los arcángeles al Señor.

– ¿Te acuerdas del dia en que nos conocimos?

– ¡Oh! esclamó el rey Nazar.

– Nos rodeaba el horror del combate: estaba yo cercada de cadáveres despedazados: los cristianos que me habian robado en la frontera cuando me dirigia á Córdoba, que habian muerto al wacir que me acompañaba, á mis doncellas, á mis esclavos, habian sido muertos á su vez por tus soldados y yo lloraba desolada porque me veia cautiva cuando empezaba mi juventud: ¿te acuerdas?.. apenas tenia doce años, y ya era una muger: ya mi corazon languidecia de amor.

– ¡Hija de Africa, alentada por el viento del desierto! esclamó con entusiasmo Al-Hhamar: ¡oh! ¡y qué hermosa eras ya! pero ahora eres mas hermosa: yo nunca hubiera creido que ojos de muger pudieran brillar tanto, arder tanto, exhalar tanta dulzura… ¡oh! entonces eras una hermosa doncella… que llorabas… ahora eres un arcángel de fuego…

– Pero el dolor ha enflaquecido mi cuerpo y empalidecido mis megillas.

– ¡Oh, Dios mio! y si la felicidad, si mi amor te embelesan, dime… ¿quién tendrá vida bastante fuerte para resistir tu hermosura, cuando en estos momentos tu hermosura mata?

– ¿Y si eso fuese, si yo llegase á ser tan hermosa, tan resplandeciente como una hurí del Señor, no creerias mi hermoso, mi valiente Nazar, que el Altísimo empezaba á recompensarte sobre la tierra? Pero es que tu amor me embellece á tus ojos: hace diez y ocho años… ¡oh! ¡entonces si que era hermosa!.. pero tú entonces eras mas hermoso que yo… me acuerdo, ¡oh! me acuerdo como si hoy mismo me estuviera sucediendo, que vi de repente junto á mí un jóven caballero en una yegua ensangrentada hasta el petral de acero: me acuerdo que cuando vi fija en mi mirada la mirada absorta de aquel mancebo, sentí inundada mi alma de una alegría, de una felicidad inmensas; lo olvidé todo: que me encontraba sola, esclava en tierra estraña. Y ¿te acuerdas, Nazar, rey mio, con cuánta alegría me arrojé en tus brazos cuando tú me dijiste yo te amo? ¿te acuerdas de ese tiempo de amor en que fuí toda tuya en cuerpo y en alma, sintiendo no tener mas vida para consagrártela, para confundirla con la tuya? ¡oh! ¡y cuánto te amé desde el punto en que te ví! ¡oh! ¡cuánto he llorado, sufrido, odiado, deseado y maldecido desde el momento en que te perdí!.. ¡oh! ¡cuán dichosa, cuán llena de insensata alegría, cuán enamorada, cuán transportada al cielo, ahora que te veo, que te hablo, que eres mio, mio para no volverte á separar de mí! porque ahora… tú eres poderoso, Nazar, tú eres un gran rey, tú amas á tu Leila-Radhyah y no habrá poder humano que pueda separarme ya de tí.

– ¡Oh! ¡no! tú serás mi sultana… tú la alegría de mis alcázares; tú el genio del amor y de la armonía, que vivirá eternamente en ellos en el lugar que ocuparon, cuando el tiempo, que todo lo destruye inflexible, los haya destruido.

– Cuando en los primeros dias de nuestro amor vagábamos en las claras noches de luna por los jardines de Córdoba, yo creia que jamás podia tener fin mi ventura: ¿te acuerdas? tú hijo el príncipe Mohammet aun estaba en la cuna: yo le amaba, yo le mecia sobre mis rodillas, yo quise reemplazar á la madre que habia perdido.

– ¡Ah! esclamó el rey Nazar:

– Acuérdate cuán feliz era yo: por tí habia olvidado mi padre, mis alcázares de Fez, mi altivez de sultana: á tu lado no deseaba nada, en nada pensaba mas que en tí: si me cubria de galas, era por agradarte: si tañia la guzla y cantaba, era para hacer mas lánguido el sueño que dormias reclinada tu cabeza en mi regazo: si sonreia era por tí y para tí. ¡Oh señor! yo creia que aquella felicidad iba á ser eterna.

– Satanás se puso en medio de nosotros.

– ¡Oh! no recordemos eso: no lo recordemos: tú no dejaste de amarme, no, no: tú me amabas con mas fuerza: te habian dicho que Wadah era una poderosa maga… y tú… Wadah te vió y te amó, y compró á un hombre y vendió á otro, por ser tuya, ó mas bien, porque tú fueses suyo.

– ¡Qué, compró á un hombre y vendió á otro! esclamó Al-Hhamar.

– Sí, compró á uno de tus mayores amigos, á un pariente de tu padre, á David-ebn-Kotham, cuyos consejos seguias tú ciegamente.

– ¡Oh! no, te engañas, Leila mia; el noble David-ebn-Kotham no podia venderse: era el mejor caballero de Córdoba.

– Cada hombre tiene su precio: Wadah hizo creer á David en su poder y en su ciencia, y en que el hombre que fuese su esposo llegaria á ser un rey valiente y vencedor. David la creyó y se vendió á ella por amor á tí: te hizo conocerla de una manera misteriosa, y tú… pero no hablemos mas de eso, esa maldita muger te hechizó.

– ¿Y quién fué el hombre á quien vendió Wadah?

– Un hombre á quien amaba y del cual tenia una hija.

– ¡Ah! ¡con que es cierto!..

– Sí.

– ¿Y esa hija es Bekralbayda?

– Sí.

– ¿Pero cómo pudo Wadah ocultarla?..

– Bekralbayda pasaba por hija de una de sus esclavas.

– ¡Ah!

– De ese modo podia tenerla junto á sí en tu misma casa: pero no se atrevió á tener del mismo modo á su antiguo amante, á quien vendió, porque su amante era un esclavo africano.

– ¿Y cómo se llamaba ese esclavo?

– Daniel-el-Bokarí.

– ¡El alarife!..

– Sí, el gran alarife que ideó el Palacio-de-Rubíes, el maravilloso alcázar que tú estás construyendo.

– Continúa.

– El Bokarí fué vendido, por fortuna, á un amo piadoso: este, al verle triste y abatido, con las señales de la desesperacion mas profunda, quiso saber el secreto de sus penas. El Bokarí, celoso, furioso contra Wadah, se las reveló: entonces su amo le dijo: ¿qué sabrás tú hacer que valga el precio que he dado por tu alma? – Yo soy alarife, dijo el Bokarí. – Pues entonces hazme un palacio en una de mis huertas del Guadalquivir y eres libre.

El Bokarí construyó el palacio y labró los jardines en la huerta, y tan satisfecho quedó su dueño, que no solo le dió la libertad, sino otro tanto valor como el que habia pagado por él á Wadah.

Habia pasado un año desde tu casamiento con Wadah. Yo estaba abandonada en un apartado aposento de tu casa. Nadie se cuidaba de mí; tú me habias abandonado enteramente, hechizado por esa maldita; solo me servia una esclavilla, una pobre niña etiope: pasaba desesperada mis largas noches sin sueño, y de dia me iba á pasear acompañada de la esclava por las riberas del Guadalquivir por los lugares mas solitarios.

Allí, meditando en mi desventura, recordando mi infancia, mi juventud, mis alcázares, las esclavas que allí me habian servido de rodillas, y mi padre que se miraba en mis ojos, lloraba y me entristecía: pero nunca habia pensado en vengarme ni de tí ni de Wadah.

Una tarde, ya se habia puesto el sol, me volvia á Córdoba, cuando un jóven se aproximó á mí.

– Allah te guarde y te recompense, me dijo, si te dignares escucharme.

– ¿Y qué tendrás tú que decirme? le respondí con despego.

– Estás triste y lloras, repuso.

– ¿Y qué te importa eso? repliqué.

– Yo tambien estoy triste y lloro.

– Déjame seguir en paz mi camino, le dije con enfado.

– Una misma persona causa nuestra tristeza y nuestro llanto, añadió: la hechicera, la maga, la esposa de Al-Hhamar.

Cuando esto me dijo, ya le escuché de buen grado, y si entonces se hubiera separado de mí, yo le hubiera detenido.

– ¿Y qué tienes tú que ver con Wadah? le dije.

– No es este sitio para hablar de esas cosas. Viene contigo esa esclava. Pero si quieres ayudarme y que yo te ayude contra esa muger, espérame esta noche.

– Te esperaré.

– A tus habitaciones da un patio que tiene un postigo sobre el rio.

– Es verdad.

– Pues bien, yo llegaré esta noche al mediar con una barca por ese postigo.

– ¿Y fué? dijo el rey Nazar.

– A la media noche, repuso Leila-Radhyah: yo escitada por lo que aquel hombre me habia dicho, le franqueé el postigo.

Hacia una noche tempestuosa y oscura, llovia, tronaba.

Aquel hombre me dijo:

– Espérame en tu aposento, sultana.

Y sin esperar á mas se perdió por uno de los arcos del patio.

Yo absorta sin saber qué hacer, dudé un momento acerca del partido que debia tomar: pero no se por qué me habia inspirado una gran confianza el Bokarí, que él era, y fuí á esperarle en mis habitaciones.

Apenas habia entrado en ellas, cuando se abrió una puerta y apareció el Bokarí; traia entre su alquicel una niña como de dos años, dormida.

– He tenido mas suerte de la que esperaba, me dijo: he encontrado abierto el aposento de mi hija y á su nodriza dormida.

– ¡De tu hija! esclamé.

– Sí; esta niña es hija mia y de Wadah.

– ¡Ah!

– Ahora, si tú quieres, sultana, sígueme.

– ¿Que te siga?

– Sí; ¿qué pretendes esperar aquí? Al-Hhamar, fascinado por Wadah, ni aun se acuerda de tí: cuando Wadah eche de menos á su hija, creerá que tú eres quien se la ha robado, y pretenderá vengarse de tí: aquí estás en peligro, huye.

– No me separaré de la casa donde vive Al-Hhamar, le contesté.

– Pero esa muger es terrible y sanguinaria.

– No importa: llévate tu hija; yo me quedo aquí.

En vano el Bokarí pretendió convencerme: yo no podia separarme del lugar en que, aunque sin verte, estaba próxima á tí.

Al fin cansado de la inutilidad de sus esfuerzos, y viendo que la noche avanzaba, el Bokarí salió.

– Deja abierto el postigo, me dijo, hasta el amanecer.

– ¿Y á qué propósito?

– Déjale abierto, sultana, porque yo quiero velar por tí.

No se qué estraña confianza me inspiraba aquel hombre, que cedí y dejé abierto el postigo.

Cuando entré en mi aposento me aterré: Wadah desmelenada, pálida, desceñida la túnica, buscaba por todas partes en mi aposento y rugia y lloraba.

Al verme se abalanzó á mí como una leona.

– ¡Dáme mi rosa blanca, miserable! ¡dámela! gritó.

– ¡Tu rosa blanca! esclamé, ¡tu hija!

– ¡Sí! ¡mi hija! ¡dáme á mi hija que me has robado! gritó.

– Dáme tú mi Al-Hhamar, repuse.

– ¡Qué! ¿no me darás mi hija, ladrona? esclamó Wadah palideciendo.

– ¡Tu hija! ¡tu hija! esclamé, saboreando aquella venganza inesperada que me habia procurado el Bokarí: ya no volverás á ver á tu hija, hechicera.

– ¡Ah! ¡ni tú volverás á ver el sol! gritó.

Luego sentí tres golpes terribles sobre el pecho; despues nada: una densa niebla habia cubierto mis ojos; mi cabeza se habia hecho pesada, como de plomo.

Cuando volví en mí me encontré en una habitacion humilde, pero limpia y alegre.

Un hombre estaba á mi lado contemplándome con interés.

Era el Bokarí.

– ¡Ah! ¡Dios sea loado! esclamó: creí que no volverias á la vida, sultana.

Quise hablar, pero me hizo señal de que callase, y él mismo guardó silencio.

Algunos dias despues, como yo le preguntase por qué razon estaba en su poder me contestó.

– Yo quise que dejaras abierto el postigo para protegerte: poco despues oí los gritos de Wadah y los tuyos; me precipité en tu socorro, pero llegué tarde. Wadah habia desaparecido, y tú estabas por tierra ensangrentada y sin sentido. Cargué contigo; te llevé á mi barca, te restañé la sangre de la mejor manera posible, y apartándome con mi barca de aquel lugar maldito, te he traido aquí. Tenias tres puñaladas en el pecho que me hicieron temer por tu vida: pero la misericordia de Dios no ha querido que mueras.

– ¡Ah! ¿y para qué quiero yo vivir?

– ¿Te has olvidado de tu padre, sultana?

– Mi padre no me recibirá.

– ¿Quién sabe?

– Mi padre me pedirá cuentas de mi honra.

– Que se las pida á Al-Hhamar. ¿Acaso Al-Hhamar no te hizo su esclava? En el momento que tus heridas lo permitan iremos á Africa. Es necesario que tu poderoso padre te vengue de Al-Hhamar.

Pasó así algun tiempo.

El Bokarí, salvas algunas horas de la tarde y de la noche, estaba á mi lado refiriéndome alegres cuentos para entretener mi tristeza.

Lo demás del tiempo lo pasaba encerrado.

– ¿Qué estás haciendo? le dije un dia.

– Estoy haciendo un alcázar tan maravilloso, que no habrá rey que se atreva á construirle.

– Pero si le haces tú, no hay necesidad de que le haga un rey.

– Sí, pero yo le hago imitado en gacela, y para levantarle, para que se toque con las manos como ahora se toca con la vista, serian necesarios grandísimos tesoros.

– ¡Y no me enseñarás ese alcázar! le dije.

– Ven conmigo, me contestó.

Llevóme á una torrecilla, y en ella colgados de las paredes y estendidos por el pavimento, vi una multitud de pergaminos, sobre cada uno de los cuales habia pintada una maravillosa habitacion ó un patio incomparable ó un jardin deleitoso.

– Este es el Palacio-de-Rubíes, sultana, me dijo el Bokarí: el rey que posea este alcázar, será el rey mas poderoso de la tierra.

Cuando el Bokarí dijo esto, mi pensamiento se fijó en tí, mi valiente Nazar, y dije.

– El llegará á ser rey, él será un rey grande y poderoso: él construirá este alcázar.

– ¿Quién sabe? dijo el Bokarí, pero para cuando Al-Hhamar sea rey, ya habré yo muerto. Es necesario buscar otro rey que pueda construir esta obra. Necesitamos pasar á Africa.

– Cuando quieras, le dije: nada espero aquí.

Algunos dias despues llegábamos á Málaga, y nos embarcábamos en una galeota de un amigo del Bokarí.

Llegamos al fin á Tlencen.

El Bokarí, bajo pretesto de mostrar á mi padre el Palacio-de-Rubíes, logró que le recibiese en su alcázar.

Maravilló tanto á mi padre la riqueza de la obra que habia pintado el Bokarí, que no teniendo tesoros bastantes para realizarla, quiso al menos que en su alcázar hiciese algunas habitaciones semejantes el Bokarí.

Pasó algun tiempo.

El Bokarí iba todos los dias á los alcázares de mi padre á labrar las nuevas habitaciones.

Mi padre habia llegado á tenerle ya amor.

Atrevióse al fin un dia á decirle el Bokarí:

– ¿Dónde quieres que ponga esta inscripcion que acabo de labrar?

La inscripcion á que el Bokarí se referia era mi nombre.

– ¡Leila-Radhyah! esclamó mi padre demudado: ¿quién te ha dicho su nombre?

– Es el de una dama muy hermosa que yo conozco, dijo el Bokarí.

– ¿Y qué edad tiene esa dama?

– Diez y siete años.

Creció la palidez de Al-Mostansir.

– ¿Y dónde has conocido á esa dama?

– En Córdoba: es cautiva de un valiente walí.

– ¡Ah! dijo mi padre; ¿no mas que cautiva?

– Poderoso rey, dijo el Bokarí, la cautiva ama á su señor.

– ¿Y su señor la ama á ella?

– Se ha casado con otra.

– ¿Cómo se llama ese walí, que se casa con una muger teniendo en su poder otra que se llama Leila-Radhyah?

– Se llama Mohammet-ebn-Juzef-Al-Hhamar.

– Pero Al-Hhamar no es ya solamente un valiente walí; es un rey.

– ¡Rey!

– Si por cierto: el califato de Córdoba se hunde: cada walí se cree bastante poderoso para declararse rey: Aben-Hud acabará mal; su corona se divide en muchas coronas.

– ¿Y dices, señor, que Juzef-Al-Hhamar es rey?

– Sí; rey de Jaen, Guadix y Baeza. No hablemos mas de esto.

– ¿Pero esta inscripcion?

– Rómpela.

– ¿Olvidais que es el nombre de Leila-Radhyah?

– Rómpela.

– ¿Pero por qué tanta severidad, señor? ¿No os digo que Al-Hhamar?..

– No hablemos mas de esto; esa desdichada ha debido morir… y no ha sabido morir. Rompe su nombre, y no le vuelvas á poner delante de mis ojos ni á enviarlo á mis oidos.

– ¡Ah Leila, Leila de mi alma! esclamó el rey Nazar: ¡y cuán culpable he sido para contigo!

– Eso ha sido un sueño, una pesadilla que ha pasado, dijo Leila-Radhyah sonriendo tristemente: déjame continuar.

El Bokarí no volvió á hablar mas de mí á mi padre hasta que se concluyeron las obras. Cuando mi padre le hubo pagado, el Bokarí se atrevió á decirle:

– Voy á España, señor: ¿qué diré á la desdichada que en aquella region llora?

– Cuéntala lo de la inscripcion; le respondió mi padre.

El Bokarí salió triste y acongojado de los alcázares de Al-Mostansir Billah, porque me amaba y habia concebido esperanzas de que mi padre me volveria su afecto.

Pero ni una palabra me dijo acerca de esto, sino cuando un año adelante le ví próximo á la muerte.

Entonces me lo reveló todo; y un amigo suyo, un renegado español, quedaba encargado de mí, de Bekralbayda y del Palacio-de-Rubíes.

Daniel-el-Bokarí murió al cabo, y entonces conocí á Yshac-el-Rumi.

Ya le conoces tú.

Su historia es muy breve.

Se halló en la batalla de Alarcos, como soldado del rey Alonso de Castilla, y fué hecho cautivo, vendido y traido á Africa.

En Africa estudió toda la ciencia que poseia su amo, que era astrólogo, y se enamoró de una hermosa hija que el astrólogo tenia. Ella se enamoró tambien de él, y sin que su padre lo supiese se comunicaban. Pero un dia se apercibió de ello el viejo y quiso matarlos á entrambos.

– Me casaré con ella, dijo Yshac.

– Tú no puedes casarte con mi hija, dijo colérico el viejo: porque eres cristiano.

– Me haré musulman.

– Pero eres mi esclavo.

– ¿Y qué, no vale nada la honra de tu hija?

El astrólogo, á pesar de su codicia, cedió; Yshac se hizo musulman y se casó con su amante.

Pero la infeliz murió poco despues al dar á luz una criatura que nació muerta.

– Ahora comprendo, dijo el rey Nazar, la razon de la sombría tristeza de ese hombre: pero lo que no puedo comprender es la conducta que ha seguido y sigue conmigo.

– ¡Ah! ¡pues es muy fácil de comprender! Yshac me ama.

Frunció el entrecejo el rey Nazar.

– Me ama como un padre ama á su hija, y quiere vengarme y vengar al pobre Daniel-el-Bokarí, de quien fué grande amigo.

– ¿Y por qué entonces el misterio de que te ha rodeado y la especie de traicion de haber arrojado á Bekralbayda en los brazos de mi hijo Mohammet, y habérmela vendido despues?

– Yshac-el-Rumi y yo amamos á Bekralbayda como si fuese nuestra hija: Yshac la llevó á Alhama para que el príncipe la viese y la amase: yo quise que tú la conocieses tambien.

– ¿Y para qué?

– Para que tuviese celos Wadah.

– Pero los celos de Wadah matan.

– Te juro que no matarán á Bekralbayda. ¿No estaba á tu lado en tu alcázar Yshac-el-Rumi?

– No comprendo bien esto.

– Antes de mucho lo comprenderás.

– ¿Pero esa diadema, esas joyas, esas galas que te cubren y que valen un tesoro, Leila?

– ¡Ah! ¡desconfias de mi!

– No, no desconfio: pero en tu habitacion de Córdoba se encontraron todas tus joyas, joyas que yo he conservado, como un precioso tesoro de mi corazon, porque creí que esas joyas y esas ropas eran lo único que me quedaba de tí.

– Despues de la muerte de el Bokarí, permanecimos algunos meses en Tlencen; pero al fin, yo que ansiaba volver á Andalucía, porque en Andalucía estabas tú, escité á Yshac á que viniésemos á vivir á Granada, y cediendo á mis deseos Yshac dispuso el viaje.

Al dia siguiente un esclavo de mi padre entró en nuestra casa.

– Te llamas Yshac-el-Rumi, dijo á este.

– Sí, contestó.

– El poderoso rey Al-Mostansir Billah te ordena que vayas á su alcázar.

Yshac fué.

Al-Mostansir Billah le dió un cofre de hierro muy pequeño y una carta, y le dijo:

– Entrega esto á Leila-Radhyah.

Al-Mostansir Billah cuando hubo entregado el cofre y la carta y dicho estas palabras á Yshac, le volvió la espalda.

Yshac me entregó el cofre y la carta.

Abrí la carta antes que el cofre y ví que decia:

«Un rey tenia una hija:

Y esta hija del rey era muy hermosa.

Y tan hermosa era, que los sabios le habian dicho:

Tu hija será causa de crímenes y desdichas.

El rey encerró á su hija; pero la princesa empezó á languidecer.

El rey llamó á los sabios y les mostró la princesa:

¿Qué enfermedad padece mi hija? les preguntó.

Y los sabios le respondieron:

Tu hija languidece de amor.

Nosotros no nos atrevemos á volverle la salud; pero hemos consultado las estrellas, y las estrellas nos han dicho:

Allá en el Andalucía, del otro lado del mar, en la hermosa Córdoba, la hija del rey encontrará alivio á su dolencia.

Y el rey que amaba mucho á su hija la envió á Córdoba.

Pero su hija no volvió.

Han pasado muchos años.

Tú que vas á Córdoba, señora, busca á Leila-Radhyah y dála esas joyas.

Pero no la digas que su padre la dá un tesoro, porque Leila-Radhyah no tiene ya padre.

No la digas que venga, porque si su padre la vé delante de sí, la matará.»

– Tu padre fué demasiado severo contigo, dijo el rey Nazar.

– Mi padre me ama, dijo Leila-Radhyah con los ojos arrasados de lágrimas.

– ¡Te ama, y á pesar de tu inocencia no te ha recibido!..

– Mi padre me ha enviado hace pocos dias otra carta.

– ¡Otra carta!

– Sí, mírala.

Leila sacó de su seno una bolsita de seda verde y oro, y de ella un pergamino enrollado.

El rey Nazar leyó:

«Leila-Radhyah, decia aquella carta:

He tenido nuevas que han reanimado mi esperanza.

Un walí granadino, me ha dicho que la sultana Wadah está loca.

El rey Nazar puede, pues, apartarla de sí.

El rey Nazar puede ser tu esposo.

Te envio joyas y galas de sultana.

Si quieres tener padre y hermanos, consiente en ser la esposa de Nazar.

Si consientes, yo te enviaré servidumbre y esclavos y guardas, para que puedas presentarte en Granada, como debe ser vista la hija de un rey.

Tu padre te ama, Leila-Radhyah, pero no puede abrazarte hasta que laves tu deshonra.

Procura ser esposa de Al-Hhamar.»

– ¿Y qué has contestado á tu padre? dijo el rey Nazar.

– No le he contestado todavía; pero mi respuesta la llevará un embajador tuyo: un embajador que le diga: tu hija Leila-Radhyah, es sultana de Granada.

– ¡Oh! ese embajador partirá para Tlencen, antes que salga el sol del nuevo dia.

En aquel momento se oyó fuera un ténue silvido, un silvido semejante al de un buho.

El rey y Leila-Radhyah salieron del retrete donde se encontraban y se trasladaron á oscuras á aquel desde donde se veia la cámara de Bekralbayda.

Veamos lo que pasaba en esta cámara.

Estaba desierta.

Bekralbayda velaba en el jardin, mirando desde sus espesuras la torre del Gallo de viento, que se veia á lo lejos allá en el distante estremo del Albaicin bajo la luz de la luna, y en cuyas ventanas se veia el reflejo de una luz.

Bekralbayda creia ver en aquella ventana al príncipe que velaba como ella.

Estaba abstraida, absorta en su amor, cuando un esclavo se acercó á ella, se prosternó, y la dijo con voz humilde:

– Poderosa sultana, la noble sultana Wadah acaba de llegar y desea verte.

– ¿Y dónde está la sultana? esclamó con cierta alegría Bekralbayda, porque amaba á Wadah.

– Te espera en tu cámara, señora, contestó el esclavo.

Bekralbayda se encaminó precipitadamente hácia su cámara.

En ella, sentada en el divan que servia de lecho, estaba Wadah, indolente, hermosa, mas hermosa que nunca, y muy sencillamente vestida.

Al ver á Bekralbayda, se levantó, corrió á ella y la besó en la boca.

– ¡Oh! esclamó: ¡qué hermosa estás, hija mia! ¡cuánto he sufrido desde el dia en que te sacaron del palacio del Gallo de viento! porque yo te amo, ya lo sabes.

– ¡Ah, señora! esclamó Bekralbayda: ¡y vienes á visitar á tu esclava!

– ¡Esclava! ¡no! ¡tú no eres esclava! ¡tú eres sultana! escucha; vengo á revelarte un secreto que te va á llenar de placer: el rey…

Bekralbayda palideció.

– ¡Oh! ¡y cómo le ama! pensó Wadah conteniendo mal su celosa rabia: el rey piensa casarte… con…

– ¿Con quién?.. esclamó pálida Bekralbayda.

– Con mi hijo: respondió la sultana.

– ¡Con tu hijo! ¡con el príncipe Juzef-Abdallah!

– ¿Qué, no te parece bastante hermoso mi hijo?..

– ¡Ah! ¡sí! si señora, pero es muy jóven… demasiado jóven.

– ¡Ah! ¿tú quisieras para esposo un hombre de la edad de su padre?

– Yo… no… ya es demasiado.

– ¡Jóven el uno! ¡el otro viejo!

– ¿Pero qué importa eso, señora? ¿por qué ha de pensar el rey en casarme? te equivocas… te equivocas… sultana: yo sé que el rey no quiere casarme con nadie.

– ¡Ah! ¡no quiere casarte con nadie! ¡pues mira, yo habia creido!.. el otro dia me dijo: Wadah, estoy pensando en casar á nuestro hijo. – ¿Y con quién, señor? – Con una doncella jóven, hermosa, pura, á quien tú conoces. – ¿Que yo conozco? – Sí, pero quiero sorprenderte y no te diré su nombre. – Y no me lo dijo: pero al dia siguiente te sacó del alcázar, y te trajo á este otro alcázar: puso junto á tí eunucos, esclavos y guardas… magestad de sultana, y yo… yo creí que era porque te destinaba á nuestro hijo… al príncipe Juzef. ¡Y no amas tú á mi hijo!

– ¡Ah, señora! le respeto… pero amarle… no.

– ¿Y á quién amas?

– Yo… á nadie.

– ¡A nadie!.. ¿y el estado en que te encuentras, pobre niña?

Y la mirada de Wadah se fijó de una manera marcada en Bekralbayda.

La pobre jóven se cubrió el rostro con las manos.

– Ha sido una violencia, una horrible violencia…

– ¡Del rey!

– ¡Del rey! esclamó asombrada Bekralbayda.

– ¿Por qué tiemblas?..

– Has dicho que el rey…

– Es tu amante.

– No; no; y cien veces no.

Wadah habia dejado al fin su continente tranquilo.

Sus ojos arrojaban llamas.

Estaba trémula de cólera.

– ¿Pues si no ha sido el rey, quién ha sido? añadió con la voz opaca por los celos y por el ódio Wadah.

– ¿Pero qué te he hecho, señora, para que me trates así? esclamó Bekralbayda.

– ¿Qué me has hecho? ¿qué me has hecho? ¿Pues no te ama el rey Nazar?

– ¡Dios mio!

– ¿No eres tú su esclava querida?

– Soy su esclava… sí, es verdad, pero…

– No, tú no eres su esclava: tú eres su señora.

– Yo… ¿pero tú estas loca, sultana?

– ¡Loca! ¡loca! ¡sí, es verdad! ¡loca de celos! ¿sabes tú quién soy yo?

– ¡Ah! ¡Dios mio! esclamó Bekralbayda levantándose y pretendiendo huir.

Wadah la asió de un brazo y la atrajo á sí:

– ¡Socorro! gritó la jóven: ¡socorredme!.. ¡libradme de esta muger!

– Nadie puede oirte: están cerradas las puertas y los que te sirven alejados; nadie te oirá.

– ¡Oh! ¡Señor, Señor de misericordia! esclamó la jóven cayendo de rodillas.

– Sí, sí, prostérnate, dijo Wadah; porque así debes estar delante de mí: delante de la esposa á quien has injuriado.

– Yo os juro que no amo al rey.

– Pero él te ama.

– Yo no puedo impedirlo.

– Pero no se ama á los muertos.

– ¡Ah! ¡qué dices! ¡pero no, tú no piensas así!.. ¡tú no quieres asesinarme!.. ¿no es verdad? yo no tengo la culpa… no… yo no amo al rey… yo no he sido suya… no puedo ser suya… antes la muerte… no… no puedo ser suya.

– Te obligará.

– ¡Oh! ¡no! porque si quiere violentarme, yo le diré: soy amante del príncipe Mohammet: el hijo que llevo en mis entrañas es tu nieto.

– ¡Mientes! ¡mientes! ¡quieres salvarte! ¿qué? ¿no te he visto yo perderte en los bosquecillos con el rey?

– Pero yo no tengo la culpa…

– Escucha: en otro tiempo otra muger me disputaba los amores de Nazar… yo maté á aquella muger.

– ¡Oh, Dios mio!

– Pero la maté á puñaladas y su sangre…

Wadah se detuvo.

– Yo veo su sangre corriendo siempre delante de mí como un torrente: yo me estremezco de noche y me tapo la cabeza para que no caiga sobre ella la sangre de aquella muger, la sangre de Leila-Radhyah. Yo no quiero ver mas sangre y no te mataré á puñaladas.

– ¡Matarme! ¡matarme! ¡pero eso no puede ser! señora… no… yo te amaba…

– ¡Que me amabas!

– Sí… como amaría á mi madre.

– ¡A tu madre! ¡á tu madre! ¡Oh! yo tenia una hija: una hija que tendria tu misma edad: y aquella miserable Leila-Radhyah la mató… la mató: yo encontré sus ropas ensangrentadas… por eso maté á esa miserable muger que se me presenta todavía á cada paso delante de los ojos, hermosa y pálida como un espectro… por eso la dí de puñaladas: pero á tí no: yo te mataré de modo que no salga fuera de tu cuerpo una sola gota de sangre… no… tú no te presentarás ante mí en mis sueños, en mis soledades, roja de los pies á la cabeza… yo soy sábia… yo conozco las yerbas que matan y las yerbas que enloquecen: mira.

Y mostró á Bekralbayda un frasquito de oro.

– ¡Ah! ¿y qué es eso?.. esclamó aterrada la jóven.

– Esto… esto es… mira, tú beberás esto.

– Yo… yo no beberé… no… yo resistiré… yo gritaré…

– Resistir… ¿piensas acaso que puedes resistirme?.. gritarás… ¿te escuchará alguien? tú beberás…

– ¡Oh Dios poderoso!

– Beberás y sentirás entorpecidos tus ojos, pesada tu cabeza… te dormirás y no despertarás… no despertarás… y yo no tendré celos, porque no se ama á los muertos, y Al-Hhamar me volverá su amor.

Bekralbayda miraba fascinada á Wadah.

Wadah se habia replegado en un ángulo del divan como una pantera, y fijaba sus ojos estraviados y escandencidos en Bekralbayda.

– ¡Oh! ciertamente que eres muy hermosa… solo he conocido una muger que á tu edad fuese tan hermosa como tú, y esa muger la veia en mi espejo, porque esa muger era yo… pero ella, mi rosa blanca, seria mas hermosa que tú… sí, mas hermosa… y la mataron… ¡la mataron!.. yo maté á su asesino, á la infame… á la miserable Leila-Radhyah… ahora tú me robas á Al-Hhamar… ¡has matado el amor que Al-Hhamar me tenia, y morirás… morirás tambien!

– ¡Oh! ¡señora! ¡yo no amo al rey! ¡te lo juro! no le amo… el rey me aterra, me persigue, me enamora… pero yo… yo no puedo amar al rey… yo no puedo ser suya… yo he sido de su hijo… de su hijo, lo entiendes… de su hijo que está perseguido y aborrecido de su padre porque me ama.

Wadah miraba á Bekralbayda con una espresion letal.

La jóven continuó:

– Soy muy desgraciada, dijo, y poco me importaria morir… pero él me ama; él moriria si yo muriese…

– ¡El! y ¿quién es él? gritó Wadah levantándose furiosa: ¿quién es el que tú amas y morirá si tú mueres?

– ¡El príncipe Mohammet! esclamó con angustia Bekralbayda juntando sus manos.

– ¡El príncipe! ¡el príncipe! ¡tú me engañas!

– No; no te engaño: escucha: busca al príncipe, pregúntale: pregúntale á quien ama, el te dirá: yo amo á Bekralbayda.

– ¡Ah! ¡no! ¡no! ¡eso no es verdad!

– Sí, sí, pregúntale: ¿ha sido tu esclava Bekralbayda? y él te contestará: pregúntalo á los bosquecillos de la casita del remanso: pregúntalo á las fuentes, á las flores, á la noche silenciosa y oscura y ellos te dirán: nosotros hemos sido testigos de su felicidad, se aman, se aman, y Bekralbayda lleva en su seno la vida de su amor.

– ¡Mientes! ¡mientes! gritó Wadah.

– ¡Oh! no, no miento; y si defiendo mi vida… espera, espera algun tiempo, sultana; espera que nazca mi hijo, y mátame despues: pero no mates á mi hijo, no… mi hijo es inocente.

– Inocente era tambien mi hija y la mataron.

– ¿Pero tienes las entrañas de pedernal? esclamó desesperada Bekralbayda.

– ¡Tengo celos! ¡estoy loca! ¡Al-Hhamar me desprecia, y me desprecia por tí!

Y Wadah pálida, terrible, convulsa, adelantó hácia Bekralbayda.

La jóven cayó de rodillas.

– ¡Perdon! esclamó: ¡perdon! yo no tengo la culpa.

– ¡Bebe! esclamó Wadah con voz ronca asiendo violentamente de un brazo á Bekralbayda y presentándola el frasquito de oro.

– ¡No! ¡no! gritó Bekralbayda ronca de terror y de desesperacion rechazando el pomo.

– ¡Bebe! repitió con acento mas concentrado y terrible Wadah.

– No, gritó con toda la fuerza de su alma la jóven.

– ¡Ah! ¡no quieres beber! ¡será preciso que corra otra vez sangre!

– ¡Sangre! ¡piadoso Allah! ¡sangre! gritó Bekralbayda: no, no: tú no serás tan infame: yo no te hecho ningun mal.

– ¡Que no me has hecho ningun mal y te ama Nazar, y por tí me desprecia, como me despreciaba por Leila-Radhyah!

Y arrastraba furiosa á la jóven que oponia una resistencia desesperada.

De repente Bekralbayda dió un grito agudísimo; uno de esos gritos que el terror arranca del alma: habia visto brillar un puñal en la mano de Wadah, la muerte en sus ojos.

Pero en aquel momento sonó una voz grave, acentuada, terrible, voz que parecia salir de la eternidad, que contuvo el brazo de Wadah y la hizo temblar.

– ¡Wadah! habia pronunciado aquella voz.

Y al mismo tiempo se habia abierto con estruendo una puerta frente á Wadah, y habia aparecido en ella Leila-Radhyah.

Wadah dió un grito horrible, dejó caer el puñal y quedó como petrificada, mirando con estupor, con espanto á Leila-Radhyah.

– ¡Ella! ¡siempre ella! esclamó con voz sorda: ¡siempre su sombra ensangrentada!

– Sí, sí, yo soy que vengo á impedir un horrible crímen, dijo Leila-Radhyah con acento solemne.

Y adelantó y asió á Bekralbayda que la miraba asombrada, la levantó en sus brazos y la besó en la boca.

– ¡Ah! ¡hija mia! esclamó: ¡pobre hija mia!

– ¡Su hija! esclamó Wadah con asombro.

– ¡Mi hija! ¡crees que es mi hija! ¡pues bien, mira! dijo Leila-Radhyah.

Y desabrochando rápidamente la túnica de Bekralbayda, la descubrió el hombro derecho y mostró á Wadah un lunar rojo que Bekralbayda tenia sobre el hombro.

– ¡Mátala si te atreves! esclamó Leila-Radhyah.

Pasó una espresion de indecible angustia por el semblante de Wadah, su frente se cubrió de sudor, sus ojos se dilataron, se puso la mano sobre el corazon, cayó de rodillas y se abalanzó á Bekralbayda; la abrazó y la besó llorando y riendo.

– ¡Mi rosa blanca! esclamó: ¡mi hija!

– ¡Tu hija! esclamó Bekralbayda rechazándola: no, tú no eres mi madre: si fueras mi madre, la sangre te lo hubiera dicho, no hubieras querido matarme; ¡mi madre tú!

– ¡Sí, sí, yo soy tu madre! esclamó arrastrándose á sus pies Wadah: mírame mírame bien… yo tuve una hija… yo creí que la habian matado… pero no… no, eres tú… yo te conozco ahora… ese lunar que tienes sobre el hombro, ese lunar que yo besaba cuando eras pequeñita y te tenia sobre mis rodillas: ¡oh! ¡sí, sí! ¡tú eres mi hija: mi hermosa hija; mi preciosa rosa blanca!

Y abrazaba las rodillas de Bekralbayda que se retiraba constantemente de ella.

– ¡Esa muger está loca! dijo Bekralbayda.

– ¡Oh! sí, sí, dijo Wadah, he estado loca por tí, hija mia; porque te lloraba muerta: pero he vuelto á encontrarte y ya no estoy loca, no… ¿no es verdad que no estoy loca Leila-Radhyah? ¿no es verdad? díselo tú, díselo, dile que es mi hija… no te vengues de mí porque te maté… yo te maté porque creí que habias matado á mi hija… ¡perdóname! ¡perdóname! ¿qué hubieras tú hecho con la muger que hubiera matado á tu hija?

– Tú no me mataste Wadah: el Dios Unico y Misericordioso no quiso que yo muriese: yo he vivido para ser la madre de tu hija.

– ¡Ah! esclamó Wadah levantándose y pasándose ambas manos por la frente como si hubiera pretendido arrancar de su cabeza una vision de sangre; ¿con que no eres un espectro? ¿con que eres tú… tú… la amante de Al-Hhamar viva delante de mí? ¿con que lo que sucedió aquella noche fué un horrible sueño?

– Sueño que ha durado diez y siete años, dijo profundamente Leila-Radhyah; pero yo no sé vengarme, sultana: vete, vete, has querido matar á tu hija sin conocerla, y yo he impedido ese crímen.

– ¡Mi hija! esclamó Wadah y lanzó una horrible carcajada: ¡mi hija amante de mi esposo! ¡ah! ¡ah!

Wadah volvia a su locura.

– ¡Mi madre! esclamó Bekralbayda volviendo de su sorpresa, ¡es mi madre!

– Sí, tu madre es, dijo Leila-Radhyah.

– ¡Y es hijo suyo el príncipe Mohammet! esclamó con espanto Bekralbayda.

– No, dijo el rey Nazar entrando en la cámara: el príncipe Mohammet es hijo de Sobeya mi primera esposa.

– ¡Nazar! ¡Nazar! ¡perdóname! ¡perdóname! esclamó Wadah, que tornó por un fenómeno del sentimiento á la razon: perdóname Nazar: yo te engañé; pero yo te amaba… estaba loca por tí… yo te encubrí mi historia, yo te oculté la existencia de la hija de mis entrañas.

– Esto ha sido un sueño, un sueño sombrío, dijo Al-Hhamar.

– ¡Un sueño!

– ¡Sí! yo no te he conocido Wadah: tú no has existido para mí, vete.

– ¡Me arrojas, me arrojas de tí como una esclava! esclamó llorando Wadah.

– No, no te arrojo, dijo el rey Nazar: vivirás en mi alcázar, te servirán esclavos, pero no me volverás á ver.

– ¡Oh! ¡no!.. ¡rechazada por mi hija, rechazada por tí… sola y desesperada!.. ¡no… no… Nazar! ¡yo no puedo vivir así!

– Yo soy la que debe desaparecer, dijo Leila Radhyah: quedaos vosotros y sed felices.

– El embajador que ha de anunciar á tu padre que eres sultana de Granada ha partido ya, dijo Nazar.

– ¡Sultana de Granada tú, Leila Radhyah! esclamó en el colmo del dolor Wadah; sí, sí, sélo en buen hora, pero yo no lo veré.

Y antes de que ninguno de los que la acompañaba pudiera evitarlo ni impedirlo, apuró el contenido del pomo de oro.

– ¡Qué has hecho! esclamó horrorizado el rey Nazar.

– ¡Morir! contestó Wadah, arrojándose sobre el divan y cubriéndose el rostro con las manos.

– Esta es la justicia de Dios, dijo una voz sonora á la puerta de la cámara.

Era la voz de Yshac-el-Rumi que entró.

– ¡Ah! vienes á tiempo, esclamó el rey: tú eres sábio, tú eres astrólogo: tú encontrarás un medio de salvar á esa desdichada.

– Mira, sultan Nazar, dijo Yshac-el-Rumi, apartando las manos de Wadah de su semblante que estaba pálido é inmóvil.

– ¡Muerta! esclamó el rey Nazar.

– Sí, muerta: era necesario que fuesen vengados Leila-Radhyah y Daniel el Bokarí.

– ¿Y has sido tú?

– Sí, yo he sido el brazo de la justicia de Dios.

– ¡Y tú, tú acaso tambien!.. esclamó el rey mirando con ansiedad á Leila-Radhyah.

– ¡Oh! ¡no! esclamó horrorizada Leila-Radhyah: ¡yo no se asesinar!

– He sido yo, dijo Yshac-el-Rumi, y salió lentamente de la cámara.

El rey Nazar huyó de ella.

Leila-Radhyah levantó á Bekralbayda y se la llevó consigo.

El cadáver de Wadah quedó allí solo y abandonado.




IV

EN QUE YSHAC-EL-RUMI HACE PENSAR AL REY NAZAR


Pasaron algunos dias.

Wadah habia sido enterrada con toda la pompa que corresponde á una sultana.

La córte del rey Nazar llevó luto.

El mismo dia en que se sepultó á Wadah, apareció en un palo en la plaza de Raab-Abayda en el Albaicin la cabeza del alcaide de los eunucos.

El rey habia llamado á Yshac, y Yshac se le habia presentado.

– Toma mi cabeza, señor, si te place, le dijo: yo he hecho lo que he debido hacer: he cumplido la última voluntad de Daniel-el-Bokarí: le he vengado de esa infame Wadah, he casado su hija con tu hijo; porque tú los casarás sultan, y te he obligado á construir, por tu amor á Bekralbayda, el Palacio-de-Rubíes: además de eso te he devuelto tu amada Leila-Radhyah.

– ¿Y si yo hubiese sido amante de la amante de mi hijo? esclamó severamente el rey.

– Yo sabia que Bekralbayda no podia amarte; que no seria tuya sino por la violencia, y que tú eras demasiado noble y grande, para valerte de la violencia contra una débil muger.

– ¿Pero si me hubiere enloquecido el amor?

– Yo te he seguido como tu sombra: en el momento preciso yo me hubiera puesto entre tí y Bekralbayda y te hubiera dicho: es la esposa de tu hijo: es la hija de tu esposa.

– ¿Y por qué antes no me lo has revelado todo?

– ¿Ha podido Wadah concluir de una manera mas justiciera y en que menos parte hubieras tú podido tener en su muerte?

El rey se puso á pasear lentamente por su cámara.

– Has jugado imprudentemente con el leon, dijo.

– Toma mi cabeza, señor, en buen hora: pero tómala despues que yo haya visto á Bekralbayda esposa de tu hijo: á Leila-Radhyah esposa tuya.

– Tu cabeza me hace suma falta, dijo el rey alzando á Yshac que se habia prosternado á sus pies.

– No en vano te llaman los tuyos el justo y el magnífico; esclamó Yshac.

– No se, no se, si soy bastante justo dejando de castigarte: pero á tí debe mi hijo una esposa noble, pura, digna de él: á tí debe mi Granada, el alcázar que construyo, y yo en fin te debo el amor de mi alma: la muger á quien nunca debí haber abandonado, la hermosa sultana Leila-Radhyah. No me atrevo, pues, á tocar á tu cabeza.

– Tú eres grande y justo, repitió Yshac.

– Mañana dijo el rey, se harán en el alcázar dos bodas; consulta las estrellas, Yshac.

– Las estrellas son mudas, dijo el anciano.

– ¡Mudas! sin embargo, tú me has hablado en nombre de ellas.

– Me preguntaba tu supersticion.

– ¿Es decir que la astrología es mentira?

– Pregunta á un astrólogo cuando vá á morir.

– Tú me has contado cosas maravillosas.

– Era necesario usar contigo de todos los medios para llegar al punto donde hemos llegado.

– Me has contado la historia maravillosa del rey Abuz-Aben-Huz el sábio.

– Ha sido un cuento inventado por mí.

– ¿Y el buho, ese terrible buho que me persigue?

– En Granada hay muchas torres, y en sus mechinales anidan muchos buhos: es muy fácil encontrar de noche esas alimañas.

– ¿Con que es decir, que la ciencia es mentira?

– Sí; la ciencia, que quiere soberbia y vana sobreponerse á la voluntad de Dios, que ha querido que el hombre no conozca mas que lo que pueda conocer, es una mentira y un pecado.

– ¡Seria necesario, pues, castigar á los astrólogos!

– No seria prudente, porque el vulgo los cree inspirados por Dios, y te demandarian de impiedad.

– Déjame solo, dijo el rey que se habia quedado profundamente pensativo.

Yshac salió.

El rey continuó paseándose por su cámara.

– ¡Con que la ciencia de lo infinito es una mentira! ¡con que solo Dios conoce lo oculto! esclamó el rey: y sin embargo, nos dejamos arrastrar por las imágenes de la astrología; ¡con que es decir que el hombre camina á tientas por un sendero de tinieblas al borde de un abismo, y solo la virtud puede servirle de guia segura é impedirle que caiga! No sé qué pensar de ese Yshac: su mirada erraba sombría cuando hablaba conmigo; parecia poseido de una tristeza profunda y de una aguda desesperacion. Y sin embargo, no se por qué desconfio de él: hasta ahora no me ha hecho mas que bien.

El rey siguió paseando.

De repente se detuvo y llamó á su wacir.

Presentóse el anciano.

– Irás á las habitaciones de la sultana Bekralbayda.

– Iré señor.

– La dirás que tú, sabiendo que ama al príncipe Mohammet, quieres conducirla á su prision.

– ¿Y la conduciré?

– Sí; esta noche.

– ¿Y cuánto tiempo permanecerá allí la sultana?

– Déjalos solos y avísame.

El wacir se inclinó y salió.

El rey Nazar atravesó algunas cámaras, llegó á una puerta y la abrió.

Una muger se arrojó en sus brazos.

Aquella muger era Leila-Radhyah.




V

CELOS Y MISTERIO


Era la media noche.

El príncipe Mohammet velaba en su alto calabozo de la torre del Gallo de viento.

La veleta rechinaba.

Sin embargo, la lanza del caballero no se fijaba en ningun punto.

El príncipe, para entretener su tristeza, leia los amores del poeta cordobés, Abu-Amar, que tenian mucha semejanza con los suyos.

De tiempo en tiempo se asomaba á una ventana y miraba á un ángulo del patio á un ajimez donde se veia el reflejo de una luz y delante de aquel reflejo una sombra de muger.

Pero una de las veces que el príncipe miró á aquel ajimez, le encontró oscuro.

Pasó algun tiempo, y el ajimez permaneció abandonado.

Al fin, vió luz en la galería inferior y aparecieron una muger que iba enteramente cubierta con un velo, acompañada de un anciano que la alumbraba con una lámpara.

A pesar de ir tan cuidadosamente encubierta la dama, el príncipe la reconoció.

– ¿A dónde irá á estas horas y acompañada de un viejo Bekralbayda? esclamó con celos y con rabia.

La muger y el viejo atravesaron el patio y desaparecieron por otra parte de la galería.

El príncipe continuó abstraido en la ventana.

Poco despues se oyó un ligero ruido en la escalera de la torre.

Luego la llave de los cerrojos de la compuerta.

Al cabo la compuerta se alzó, y apareció una muger.

Volvió á caer la compuerta y la muger quedó sola é inmóvil aunque estremecida delante del príncipe.

El príncipe creyó reconocerla de nuevo y la arrancó el velo.

No se habia engañado.

Era Bekralbayda, pero de luto.

A causa de la sencillez de su trage, estaba mas hermosa.

El príncipe fué á arrojarse en sus brazos.

– Detente, dijo ella, la desgracia nos separa.

– ¡La desgracia! esclamó el príncipe.

– Sí; tu padre no consiente en nuestra union.

– ¡Ah! esclamó el príncipe; me habia olvidado, es verdad.

– Y… ¿qué es verdad?

– Tú no puedes ser mi esposa, porque…

– ¿Por qué?

– Yo te he visto perderte con mi padre en los bosques de los jardines.

– ¿Y has creido acaso?

– Yo sé que mi padre te ama.

– Sí, es verdad; el rey Nazar me ama.

– Cúmplase la voluntad de Dios.

– Pero yo no he sido del rey Nazar.

– ¡Ah! ¡tú me engañas!

– Dios no ha permitido que yo sea del rey Nazar, porque no ha querido que se cometan dos crímenes.

– ¡Dos crímenes!

– Yo hubiera muerto de vergüenza y dolor si el rey Nazar me hubiera hecho suya por la violencia; y el rey Nazar haciéndome suya hubiera cometido un incesto.

– ¡Un incesto!

– Sí, ¿no vés mi luto?

– ¡Ese luto!

– Este luto es por mi madre.

– ¡Por tu madre! ¿y quién es tu madre?

– La sultana Wadah.

– ¡La sultana Wadah! ¡la esposa de mi padre!

– Sí.

– ¿Eres acaso mi hermana?

– No: Dios no lo ha querido.

– ¿Pero si eres hija de la sultana Wadah…?

– Yo habia nacido antes de que el rey Nazar conociese á mi madre.

– ¡Ah! ¿y sabe el rey mi padre que tú eres hija de su esposa?

– Sí.

– ¡Ah! de modo que…

– Sí… sí… el rey Nazar no me perseguirá mas; pero…

– Te encerrará, te guardará, tendrá celos…

– ¿Tendrá celos de tí?

– ¡De mí! ¡Dios mio! yo sabia que mi padre te amaba, y aunque en los primeros momentos he tenido celos, despues estos celos me han horrorizado: mi padre es mi señor, yo soy su hijo y su siervo: él puede hacer de mí y de lo mio lo que mejor quiera: yo no puedo dejar de amarle y respetarle.

– Por lo mismo, Mohammet, yo he aprovechado la buena voluntad de un wacir de tu padre que se ha brindado á traerme aquí.

– ¿Y para qué vienes?

– Para decirte que es necesario que me olvides.

– ¿Me olvidarás tú?

– ¡Ah! esclamó Bekralbayda.

Y se echó á llorar.

– Tu padre te tiene preso por mi amor: añadió la jóven.

– Mi padre me matará quitándome tu amor: esclamó el príncipe.

– Hemos nacido muy desgraciados.

– Que se cumpla la voluntad de Dios.

En aquel momento se oyeron en las escaleras pasos de muchos hombres armados.

– ¡Oh! ¡Dios poderoso! esclamó el príncipe, viene gente á mi prision y es necesario que te ocultes.

– ¡Que me oculte! ¿y dónde?

– ¡Ah! es verdad, esclamó con desesperacion Mohammet, cúbrete con tu velo.

Bekralbayda se cubrió precipitadamente.

Poco despues se oyeron los cerrojos de la compuerta que se abrió.

Apareció un walí, que se prosternó ante el príncipe.

– ¿Qué quereis? le dijo este.

– El poderoso y magnífico sultan tu padre me manda llevarte á su presencia con las personas que se encuentren contigo.

– ¿Lo manda así el sultan?

– Así lo manda.

El príncipe se encaminó á las escaleras y las bajó resueltamente.

Bekralbayda le siguió.

Tras él iban el walí y los soldados silenciosos.

Cuando estuvieron en la parte del alcázar habitada por el sultan Nazar, el walí abrió la puerta de una cámara donde dejó solos al príncipe y á Bekralbayda.




VI

MISTERIOS


Aquella cámara era de las mas bellas del palacio del Gallo de viento.

Un ancho divan de seda y una lámpara velada convidaban al reposo.

Búcaros de flores se veian por todas partes.

Braserillos de oro quemaban deliciosos perfumes.

A lo lejos, entre el silencio, se oia una guzla á cuyo son cantaba una voz de muger una cancion de amores.

El príncipe y Bekralbayda estaban de pié en medio de la cámara.

Esperaban.

Pero pasó el tiempo… mucho tiempo y nadie apareció.

Bekralbayda se sentó, al fin cansada, en el divan.

El príncipe fué á apoyarse en silencio en el alfeizar de un ajimez.

No se atrevian á acercarse ni á hablarse por temor de ser oidos y escuchados.

Pasó la noche y llegó el alba.

El príncipe oyó el ruido de los añafiles y de las atakebiras que despertaban á los soldados del rey Nazar.

Poco despues vió pasar bajo el ajimez caballos magníficamente enjaezados, esclavos deslumbrantemente vestidos, banderas y soldados.

– ¿Qué fiesta irá á celebrarse hoy? pensaba el príncipe al ver todo aquello.

Bekralbayda, que no habia dormido, oia tambien todo aquel tráfago y se maravillaba.

De repente se abrió la puerta de la izquierda de la cámara y apareció el nuevo alcaide de los eunucos.

– Poderosa sultana, dijo prosternándose ante Bekralbayda, ven si quieres á que tus esclavas engalanen tu hermosura.

– ¿Lo manda el sultan?

– El esclarecido y magnífico sultan Nazar quiere que arrojes de tí la tristeza, luz de los cielos.

– Cúmplase la voluntad del señor: dijo Bekralbayda y se levantó y siguió al alcaide de los eunucos.

El príncipe vió salir á Bekralbayda con inquietud.

En aquel punto se abrió la puerta de la derecha y apareció el alcaide de los esclavos de palacio.

– Poderoso príncipe y señor, dijo prosternándose, ven si te place á que tus esclavos te cubran de las vestiduras reales.

El príncipe salió.

La cámara quedó desierta.

Fuera crecia á cada momento el ruido de las gentes de armas, de las pisadas de los caballos, y del toque de añafiles y timbales.

Asomaba por el oriente un sol esplendoroso y todo anunciaba un gran dia.




VII

EL PERGAMINO SELLADO


Aun no habia acabado de levantarse el sol sobre la cumbre del Veleta, cuando el rey Nazar departia mano á mano con Yshac-el-Rumi.

– Estoy satisfecho de ellos, le decia, y soy feliz.

– ¡Ah señor! tú has nacido para la gloria y para la fortuna: esclamó Yshac tristemente.

– ¿Paréceme que te pesa de mi felicidad? dijo con recelo el rey.

– ¡Ah! no, no señor: es que soy tan desgraciado que la alegría me entristece, y hoy hasta el dia es alegre.

Hubo un momento de silencio:

– Pero esto no importa, continuó Yshac; lo que yo queria lo he conseguido, Leila-Radhyah y Bekralbayda son felices; ¿qué mas puedo yo desear?

– A propósito, es necesario que vayas á traer á Bekralbayda; el camino es por aquí.

Y el rey abrió una puerta secreta.

Cuando salia Yshac, entraba por otra puerta una muger magnífica y resplandeciente: era Leila-Radhyah.

– ¡Ah! ¡luz de mis ojos! esclamó el rey: al fin luce para nosotros el dia de la felicidad.

– Y para nuestros hijos tambien.

– ¡Oh! ¡y cuán lejos está de sospechar su ventura mi hijo!

– ¡Y cuán digno es de ser feliz! ¡pobre niño! tres meses encerrado con su amor y su desesperacion en aquella torre.

– Eso le hará mas querido á su esposa, y le enseñará á respetar mas mis órdenes; pero ve, ve tú por él, vida de mi vida: quiero que tú seas quien me le traiga á mis pies para que le perdone.

Leila-Radhyah sonrió de una manera enloquecedora, lanzó un relámpago de amor de sus negros ojos al rey, y desapareció por una puerta.

Al-Hhamar el magnífico, sacó entonces de un arca un pliego cerrado y le puso en una bandeja de oro sobre una mesa.

Pasó algun tiempo, y al fin aparecieron por dos puertas distintas Leila-Radhyah, trayendo de la mano al príncipe Mohammet; Yshac-el-Rumi, llevando del mismo modo á Bekralbayda.

Al verse los dos jóvenes delante del rey, palidecieron y temblaron.

No sabian lo que iba á ser de ellos.

El rey adelantó hácia Bekralbayda, la besó en la frente, la asió de la mano y la llevó hasta su hijo, á quien abrazó.

– Tú amas á Bekralbayda, dijo el rey Nazar al príncipe Mohammet.

El príncipe bajó los ojos, creció su palidez y mirando al fin á su padre con temor le dijo con acento trémulo:

– Tanto la amo, que por ella he provocado tu enojo, señor.

– Y tú, tú tambien amas al príncipe mi hijo, Bekralbayda.

– El destino ha querido que sea suya mi alma, contestó Bekralbayda.

– Tú, dijo el rey Nazar dirigiéndose á su hijo, has tenido celos de tu padre.

– ¡Ah señor! murmuró el príncipe.

– Y tú, añadió el rey, volviéndose á Bekralbayda te has creido amada por mí.

Bekralbayda calló.

– Es verdad dijo el rey que yo he buscado tus amores.

Leila-Radhyah palideció intensamente al oir esta confesion del rey y dió un paso hácia adelante.

– Pero antes de pedirte amores, continuó el rey Nazar, escribí lo que se contiene en ese pergamino que está cerrado sobre esa bandeja y sellado con mi sello. Tú Bekralbayda escribiste tu nombre sobre el pergamino cerrado ¿le conoces?

El rey tomó el pergamino y le mostró á Bekralbayda.

– Sí señor, dijo la jóven, este es el pergamino que tú escribiste la primera vez que hablaste conmigo, que cerraste y sobre el cual me mandaste escribir mi nombre.

– ¿Recuerdas esta circunstancia, Yshac-el-Rumi? añadió el rey volviéndose al viejo.

– Sí señor, dijo este, tú escribiste ese pergamino y le sellaste y mandaste que pusiese sobre él su nombre á Bekralbayda, la primera vez que hablaste con ella.

– Rompe el sello de ese pergamino, Bekralbayda, desenróllale y léele en alta voz.

La jóven obedeció, desenrolló el pergamino y leyó con voz trémula lo siguiente:

«He conocido una doncella blanca de ojos negros.

Es hermosa como las huríes que el Señor promete á sus escogidos, y pura como la violeta que se esconde entre el cesped á la márgen de los arroyos.

Mi hijo primogénito, el príncipe Mohammet Abd-Allah, mi sucesor y mi compañero en el gobierno de mis reinos, la conoce tambien y la ama.

Por ella ha desobedecido mis órdenes, ha dejado abandonadas en el castillo de Alhama mi bandera y mis gentes de guerra, y se ha venido á Granada enloquecido de amor.

Yo debo castigar al príncipe y le castigaré.

Pero yo tambien debo hacer su felicidad y procuraré hacerla.

Ama con toda su alma á Bekralbayda.

Bekralbayda será esposa de mi hijo si es digna de su amor.

Yo rodearé á Bekralbayda de cuantas seducciones pueden enloquecer á una muger.

Me fingiré enamorado de ella.

La ofreceré mis tesoros, y si esto no bastare, la ofreceré mi trono.

Si resistiere á esto, procuraré aterrarla.

Si Bekralbayda no resiste á la ambicion, la alejaré de mi hijo.

Porque una muger que ama, y que ha pertenecido á otro hombre debe despreciarlo todo por el hombre de su amor.

Si resistiere á la ambicion y sucumbiere al miedo, la apartaré tambien de mi hijo, porque una muger que ama, debe morir antes que ofender al hombre de su amor.

»Pero si Bekralbayda conservare la fé que ha jurado al príncipe mi hijo, á pesar de mis dádivas, de mis promesas y de mis amenazas, será esposa del príncipe, porque será digna de él.

Yo por mí mismo pondré á prueba la virtud de Bekralbayda, porque tratándose de la felicidad de mi hijo, de nadie me fio mas que de mí mismo.

Despues de haber adoptado esta resolucion he escrito esta gacela, que enrollaré y sellaré, y sobre la cual pondrá Bekralbayda su nombre.

De este modo, ya la entregue á mi hijo, ya la separe de él, podré hacerla comprender cuáles han sido mis intenciones al pedirla amores, y no podrá dudar de mi nobleza y de mi fé como caballero y como rey.»

Bekralbayda habia leido lentamente y con acento trémulo este escrito; durante su lectura el corazon del príncipe y de la sultana Leila-Radhyah habian latido violentamente.

– Ya lo habeis oido, dijo el rey: necesitaba saber si Bekralbayda era digna de mi hijo, y la he sujetado á grandes pruebas: Bekralbayda ha salido de ellas victoriosa: Bekralbayda es la esposa de mi hijo.

Y asiendo á la jóven de la mano, la arrojó en los brazos del príncipe.

Los dos jóvenes se arrojaron á los pies del rey Nazar, llorando de alegría.

Leila-Radhyah lloraba tambien.

Yshac-el-Rumi, estaba pálido, trémulo, con la vista fija en el suelo.

En aquel momento resonó fuera una alegre música, y luego alto alarido de trompetas y ronco doblar de timbales y atambores.

– Ha llegado la hora, dijo el rey Nazar: hoy serán las bodas del sultan de Granada con la noble y hermosa sultana Leila-Radhyah, y las de su hijo el príncipe Mohammet, con el sol de los soles la sultana Bekralbayda.

Y asiendo de la mano á Leila-Radhyah, salió de la cámara, seguido de su hijo y de Bekralbayda, á los que seguia con paso lento y á alguna distancia con la cabeza inclinada Yshac-el-Rumi, que murmuraba en acento ininteligible:

– ¡Todos son felices! ¡todos menos yo!




VIII

EN QUE SE DA FIN Á ESTA MARAVILLOSA HISTORIA


Y hubo aquella noche zambra en el alcázar en celebridad de aquellas dobles bodas, y durante ocho dias justas, sortijas, toros y cañas en Bibarrambla.

Se dieron cuantiosas limosnas á los pobres, y se pusieron en libertad centenares de cautivos.

Todo el mundo estaba alegre.

Granada disfrutaba de una paz inalterable bajo el justo y sábio dominio del sultan Nazar; crecia en comercio y en industria, y por lo tanto en riqueza, y en aquellas alegres y felices bodas veian los súbditos de Al-Hhamar el augurio de nuevas prosperidades.

Solo un hombre asistió triste y silencioso á aquellas bodas, á pesar de que el rey le habia honrado y favorecido nombrándole wacir y concediéndole grandes mercedes.

Aquel hombre era Yshac-el-Rumi.

Terminadas las fiestas, Yshac desapareció sin despedirse del rey ni de Leila-Radhyah, ni del príncipe ni de Bekralbayda.

En vano el rey movido de piedad, porque creia comprender la causa de la desaparicion de Yshac, ofreció una fuerte cantidad al que le encontrase.

Nadie supo lo que habia sido de él.


…

Entretanto la construccion del Palacio-de-Rubíes continuaba.

Nazar le habia dado su nombre.

Aquel alcázar que prometia ser maravilloso, se llamaba la Alhambra[40 - Al-Q'ars-al-hhamar castillo del Rojo, por corrupcion Alhambra.].

Al-Hhamar habia terminado la Alcazaba que mira al occidente, donde se levantan aún la torre de la Vela, la del Homenage y los Adarves; la plaza de las Cisternas, colocadas entre el muro interno de la Alcazaba y la fachada principal del alcázar, y toda la parte de este, desde la plaza de las Cisternas (hoy de los Algibes) hasta la torre de las Siete Bóvedas, y la de las Infantas; lo restante del recinto crecia: levantábanse ya sobre la ladera del monte los muros de Djene-al-Arife[41 - Generalife.], mas arriba los del castillo de la Silla del Moro, mas allá, en el cerro del Sol, los del palacio de los Alijares, y por último, sobre la colina de Al-Bunets (hoy de los Mártires), crecian los muros del recinto de las Torres Bermejas.

Pero Al-Hhamar no pudo ver terminado su alcázar; solo habia visto parte de él: la torre del Juicio; la parte en que hoy se alza el palacio del emperador Cárlos V; la gran mezquita en cuyo mirab habia ocho columnas con capiteles de oro, en cuyo lugar se levanta hoy la iglesia de Santa María; la mezquita del palacio que aun se conserva; el patio del Mexuar ó del Consejo (hoy del Estanque ó de los Arrayanes); la sala de Comares y el Mirador de la sultana.

Los demás retretes, cámaras, patios, jardines y departamentos estaban únicamente comenzados, trazados, preparados, pero en embrion.

Sus nietos debian terminar aquella maravilla.

Su hijo, su nieto y su biznieto continuaron lentamente su construccion.

Su tercer nieto Ismail Abul-Walid concluyó el delicioso palacio del Generalife; por último, su cuarto nieto Juzef-Abul-Hhedjadj, vió al fin completo aquel acrópolo inmenso que cubria cuatro montes, compuesto por la Alhambra, por el Generalife, por el palacio de la Silla del moro, por el de los Alijares y por las Torres Bermejas.


…

Por el año de la Hegira 650, durante la luna de Xawan, unos labradores trajeron al rey Nazar, que ya contaba sesenta años, una caja de lata cerrada, sobre la cual se leia.

«Solo el poderoso sultan Nazar ó su hijo, si ha muerto, cuando se encuentre esta caja deben ver, so pena de traicion de quien la encuentre, lo que en ella se contiene.»

Aquella caja se habia encontrado en lo profundo de una gruta del rio Darro, cuya entrada correspondia á un ensanchamiento en que habia un remanso, entre las ropas podridas de un esqueleto humano.

El rey Nazar mandó abrir aquella caja, y dentro se encontró un pergamino muy bien conservado, en que se leia lo siguiente:

«Yo amaba con toda mi alma á la sultana Leila-Radhyah.

Pero jamás conoció esta mi amor.

Leila-Radhyah amaba á un poderoso rey.

Yo la vengué de su enemiga, cuya sombra lívida acompaña á mi espíritu condenado, y la entregué al rey á quien amaba y la hice dichosa.

He cumplido la última voluntad de Daniel-el-Bokarí: su hija será sultana y el Palacio-de-Rubíes se levantará sobre cuatro montes.

Pero no he podido sobrevivir á mis celos.

No he podido ver á Leila-Radhyah entre los brazos de otro hombre.

He preferido la muerte, y un tósigo me ha abierto las puertas de la region de las sombras.

Para que se sepa cuánto he amado á Leila-Radhyah, y cuánto he sufrido por ella; para que se sepa hasta qué punto me he sacrificado por cumplir el último y ardiente deseo de mi único amigo, dejo escrito este pergamino que algun dia se encontrará sobre mi cadáver.==Yshac-el-Rumi.»

El rey se enjugó una lágrima y mandó poner en un sepulcro de mármol los restos de Yshac-el-Rumi con esta inscripcion.

«En el nombre de Dios piadoso y misericordioso: el sultan Nazar á los restos del mártir del amor y de la amistad. Que Dios, el Altísimo y Unico tenga compasion de su alma.»


…


…

El Mirador de la sultana permaneció cerrado y deshabitado mientras vivieron los que tenian memoria de la desastrosa muerte que habia sobrevenido en él á la terrible sultana Wadah.

Hay quien cree que durante las oscuras noches de tormenta se ven vagar dos sombras blancas y diáfanas que exhalan de sí una claridad ténue, mate y pálida, por las galerías del Mirador de la sultana, precedidas de un buho que vuela lentamente en derredor de las columnas.

¿Serán las sombras de la sultana Wadah y de Yshac-el-Rumi? ¿de la víctima y del verdugo?

¿Será aquel buho Abu-al-Abu?

¿Será, en fin, todo esto una ilusion causada por una tradicion romancesca?

Nosotros, sin embargo, conociendo la tradicion hemos entrado algunas noches en las galerías del Mirador de la sultana, cuando la tempestad rugia en el espacio: ninguna sombra, ningun buho hemos visto, mas que las blancas columnas que aparecian un momento á la fugitiva luz del relámpago.

¿Será acaso que la tradicion haya mentido, ó que al coronar la cruz, las cúpulas de la Alhambra, hayan desaparecido de ella fantasmas y encantamentos, quedando solo y abandonado el Mirador de la sultana?




LEYENDA III

EL ALMA DE LA CISTERNA


Nos hemos propuesto relatar á nuestros lectores todas las maravillosas leyendas de las tradiciones árabes de la Alhambra.

Revolviendo un dia unos antiguos papeles encontrados en un desvan en una casa del Albaicin, hallamos uno que se decia traslado del arábigo al romance, de una historia árabe en que se esplicaba la causa por qué de tiempo en tiempo durante la noche, solia oirse un tristísimo suspiro saliendo por los brocales de los algibes de la Alhambra y muy semejante al gemido de un espíritu condenado.

La traduccion, aunque pesada y hecha bajo el mal gusto literario de la mayor parte de los prosistas españoles del siglo XVII, es tan bella en el fondo, tiene tal sabor oriental, que no hemos podido resistir al deseo de intercalarla entre las leyendas tradicionales é históricas referentes á la Alhambra.

Es un asunto fantástico; en él figuran hadas, conjuros y encantamentos, y aunque es un tanto embrollado y oscuro nosotros hemos procurado darle claridad.

Este cuento ha sido inspirado sin duda á algun poeta moro por la Alhambra, porque los árabes siempre buscan á las cosas que les impresionan por bellas ó por terribles un orígen maravilloso.

Antes de empezar á trascribir el cuento que llamaremos El alma de la cisterna, debemos describir esta cisterna que aun existe hoy con el nombre de los Algibes de la Alhambra.

Son estensísimos, como que ocupan todo el terreno comprendido entre la Alcazaba, y el lugar donde empezaban los muros de la fachada del alcázar, en un espacio como de cien pasos de anchura y trescientos poco mas ó menos de longitud.

Se componen de dos arcadas sostenidas en el centro por dos hileras de pilares, y se baja á ellos por dos escaleras situadas á sus dos estremos.

Junto á la escalera del estremo que mira al Albaicin están los dos anchos brocales por donde se saca el agua.

El techo es muy elevado y el muro interior por la continuacion del contacto del agua durante centenares de años, está cubierto de un fuerte revestimento de risco.

Conocidos los algibes, veamos la tradicion árabe fantástica que los supone habitados por un espíritu maldito.

En los primeros tiempos de la Hegira, cuando Mahoma estendió el conocimiento del Dios Altísimo y Unico entre su pueblo, el cielo de Granada no era tan resplandeciente, ni su tierra tan fértil como ahora; su cielo era de color de plomo, cargado continuamente de oscuros nublados; en sus vastos eriales solo crecia el espino y el cardo silvestre, y en las altas y peladas crestas de sus sierras, jamás se vió blanco manto de nieve, ni corrió por sus vertientes raudal fecundador: era una tierra muerta, azotada por furiosos huracanes y el fuego de Dios brotaba por entre las anchas grietas de sus montañas volcánicas.

Pasaban sobre ella, forzando su vuelo, las viajeras golondrinas que huyendo del invierno se lanzaban de Gecira-Alandalus[42 - Península de España.] á las costas de Africa, y nadie la habitaba, sino los moradores de Gebel-Elveira[43 - Sierra de Iliberis.], que sufrian la esterilidad de la tierra y la tiranía de los godos, y habitábanla solo acaso porque el poderoso Allah ha dispuesto que no haya tierra sobre la que no fije el hombre la huella de su planta.

Tierra de muerte era para las razas dominadoras de Gecira-Alandalus, y la sangre de las batallas habia enrogecido muchas veces sus secos campos y sus peladas crestas.

Y nunca el caliente aire del estío habia oreado en ella las espigas de las mieses, ni las auras de la primavera habian volado entre la blanca y aromática flor de sus almendros.

Por aquellos tiempos existia ya la vieja torre, que se levanta hoy en el estremo occidental de la Colina Roja[44 - La torre de la Vela.] y delante de ella una profunda cisterna construida por los romanos.

Es tradicion que salian de la cisterna profundos gemidos, que bramaba en su seno haciendo retemblar la tierra un viento impetuoso, y que todas las noches salian de las oscuras bocas de aquel infierno, sombras medrosas que vagaban sobre la colina, y danzaban y flotaban en los aires bajo el rayo sombrío de una luna sangrienta, dejando oir tristes cantos de amor desesperado, y largos y profundos gemidos.

Nunca tornó á su tienda ó á su hogar cazador imprudente ni errante peregrino, que durante las sombras se atreviese á poner su planta sobre la Colina Roja, ni nadie, durante las horas mas claras del dia, asomó la frente á cualquiera de los profundos brocales de la cisterna sin que fuese tragado por él.

Y desaparecieron ginetes y guerreros, y damas y doncellas, y poderosos señores y ruines esclavos, y llegó á inspirar tal horror la cisterna maldita, que ningun mortal, ave ó fiera, se aventuró á pasar junto á ella sino á la distancia de una legua á la redonda.

Cuentan antiguas historias, que por los tiempos en que los romanos dominaban á Gecira-Alandalus, esta tierra era tan rica de fuentes y de verdor como ahora, sombrios bosques cubrian su tierra, y las amantes palomas anidaban en las grietas de las rocas sobre los frescos manantiales.

Y la ciudad, tendida hoy allá á lo lejos en ruinas sobre la peñascosa Gebel-Elveira, era rica y floreciente y venian á ella gentes de todas las naciones y la enriquecian dejándola su oro á trueque de sus mercaderías.

Y entre los estranjeros vino un hombre mago, y corrió la tierra, y fundó la torre que aun hoy existe en la parte occidental de la Colina Roja, y la cisterna para proveerla de agua, valiéndose de la alquimia para pagar á los alarifes romanos que construyeron la cisterna y la torre; y en lo mas alto de la torre labró un aposento hecho con tal virtud, que á través de una abertura de su bóveda, se veian de dia claro las estrellas.

Desde entonces empezó á decaer el comercio de Elveira, y sus mugeres, antes puras y honestas, se entregaron á la licencia y al desenfreno, y los hombres faltaron á sus pactos y volvieron unos contra otros sus armas, y la miseria y el hambre les afligieron como un azote de Dios.

El mago causador con sus conjuros de tantos males era un réprobo vendido á Satanás y la tierra sobre la cual habia puesto sus plantas, habia sufrido un terrible castigo.

Y este hombre á quien Satanás habia dado su poder, quiso en su soberbia ser como Dios, y vivir con los tiempos y gozar de cuanto alumbra el sol en la tierra y en los aires, y pensó edificar un palacio mágico, cuya hermosura atrajese á todas las gentes, comparable solo al jardin de Hiram, y en el cual hubiese un pozo de aguas tan milagrosas como las del pozo Zemzem.

– Yo fundaré, dijo, un palacio maravilla de las maravillas, y le enriqueceré con todas las hermosas flores que Dios crió, y regaré estas flores con aguas olorosas; y arderán en el palacio dia y noche aceites aromáticos en lámparas de oro, y sobre sus pavimentos de pórfido pondré alfombras de resplandores, y envolveré sus muros y sus cúpulas en un blanco velo de suaves perfumes, y arrancaré para que le habiten, sus hadas al quinto cielo, y á él vendrán las mugeres mas hermosas del mundo, y sus mesas se cubrirán con los manjares mas esquisitos, y me alhagarán los mas hermosos sueños, y tal será el paraiso que yo haga para mí sobre esta tierra, que me mirarán con envidia los arcángeles del sétimo cielo.

Y el mago encendió sus hornillos, y sacó del jugo de yerbas estrañas filtros poderosos y escribió con ellos sobre pieles de serpiente signos cabalísticos formando terribles conjuros, y evocó á las hadas del quinto cielo, y cuando las vió ante sí, adoró su propio poder, sin alcanzar en su ciencia, ciego por su soberbia, que no hay poder que no venga de Dios, ni obra que no sea obra de su voluntad.

Cuando el mago vió en torno de sí á las hadas, repitió sus conjuros, y el palacio mágico se levantó sobre la Colina Roja, y las hadas fueron á esconderse en sus retretes, en sus jardines, en sus cúpulas y en sus estanques.

Entonces el mago fué á la cisterna que estaba á las puertas del palacio y la conjuró tambien.

Sus aguas se hicieron mágicas, é infiltraban en quien las bebia pensamientos impuros; les hacia olvidarse de su alma por los placeres de su cuerpo, y el mago llegó á ser un ídolo adorado por cuantos atraidos por la fama del palacio maravilloso, venian á la Colina Roja, y abrasados por la sed bebian el agua de la cisterna maldita.

Y así pasaron muchos años hasta la venida de Mohamet-ebn-Abd-Allah[45 - Mahoma.] á difundir la luz de la verdad y el conocimiento de la ley alcoránica entre el pueblo de Ismael.

Moraba en aquel tiempo en las llanuras del Yemen un Ismaelita, hombre de gran ciencia y virtud.

Bajo su tienda de pelo de camello, encontraba hospitalidad el peregrino, pan el pobre, remedio á sus dolencias el enfermo; la bendicion de Dios era sobre su raza, y sus innumerables rebaños, jamás eran acometidos por las panteras, ni robados por los errantes árabes del Hedjaz.




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notes



1


Hegira, huida, la era de los árabes: se cuenta desde el dia en que espulsado Mahoma de la Meca fué á refugiarse a Medinat-Yastreb. Esta huida ó Hegida aconteció el año 622 de J. C.




2


Del deleite.




3


Cármenes: jardines, huertos de placer.




4


Traducido la Doncella blanca.




5


Segun el Koram, el puente Sirat, que deben pasar los creyentes despues de su muerte, es delgado como un cabello, y cortante como una navaja de afeitar: los justos le pasarán salvos, pero se romperá bajo la planta de los réprobos que caerán en el fuego eterno.




6


Llámanse desde muy antiguo sultanas entre los musulmanes, á las hijas de los reyes reconocidas por ellos.




7


Noche apacible.




8


La batalla de las Navas de Tolosa, en que Juzef Amyr-al-Mumenin fué vencido por el rey don Alonso VIII.




9


Abu-al-abu quiere decir el abuelo.




10


El espíritu de las tinieblas entre los árabes.




11


Este largo nombre significa: Mahomet, hijo del servidor de Dios, hijo de Juzef, hijo del Rojo, el defensor: los árabes al nombrarse solian remontarse en su genealogia al cuarto abuelo y aun mas arriba, segun se vé en muchas inscripciones, singularmente en las sepulcrales, y los moros tomaron esta costumbre de los árabes.




12


Ansari, compañero medinés del profeta.




13


El defensor.




14


Al-Morabethin, religiosos ó hermitaños.




15


Al-Mohahedyn, bi-Ilah los dirigidos por Dios.




16


Sultan; scultan tala amir al Mumenyn.




17


Del oriente.




18


Se convino entre ambos reyes en que Al-Hhamar conservaría el reino de Granada bajo la soberania y la proteccion del rey de Castilla, á quien pagaria un tributo anual de ciento cincuenta mil doblas, y acudiria con hombres de guerra cuando como vasallo fuese requerido: bajo este concepto ayudó Al-Hhamar á don Fernando en la conquista da Sevilla.




19


Entre los árabes el órden de los meses que llamaban lunas es el siguiente: Muharram, Safer, Rabié primera, Rabié segunda: Regeb, Jaban, Ramazan, Xawal, Dilcada y Dilhagia: cada mes se cuenta desde la aparicion de una luna nueva hasta la aparicion de otra luna, y este intérvalo nunca pasa de los treinta dias ni baja de los veinte y nueve, y así los computan alternadamente: pero el último mes en el año intercalar siempre tiene treinta dias.




20


19 de julio de 1195.




21


Ermitaño.




22


Capitan de soldados, ó gobernador de distrito.




23


Wacir, y sus semejantes alvazil, alvazir, alvasir, aluazir, aluacir, significaban entre los árabes de España, ministro de estado: esta voz unia en aquellos tiempos á la significacion anterior, la esclarecida de gobernador ó presidente de un pueblo ó territorio, de capitan general, gefe de justicia y magistrado supremo, que en muchos casos tenia una potestad independiente de la del califa.




24


Moneda árabe de poco valor que no tenia correspondencia con las nuestras.




25


Arquitecto.




26


Nombre que daban los árabes al diablo.




27


Oraciones.




28


Estos cuatro nombres tienen en árabe las correspondencias siguientes: Aliento-de-las-flores: Nafasu-al-Azjari; Eco-de-las-armonías: Sadan-al-Angámi; Suspiro-del-amor: Jasratu-Jobbati; Espejo-de-Dios: Miratu-Allaji. Dejamos en el testo la traduccion española de estos nombres porque son demasiado estraños, es decir: porque no tienen tan buen sonido como otros que hemos consignado en el testo.




29


Adornos de flores y hojas, especie de filigrana caprichosísima de que están ornamentadas las paredes de la Alhambra.




30


Mosáicos que sirven unas veces de zócalo á las paredes, otras de pavimento.




31


La cuesta.




32


Algarada: correría de pocas horas en tierra enemiga, durante la cual incendiaban aldeas y caseríos, cautivaban hombres y mugeres y se volvian con la presa: en esta ocasion la fé de Al-Hhamar respecto á los tratados con sus aliados, era una especie de fé púnica: segun el derecho internacional de aquellos tiempos, no se entendia rota una tregua ni falseado un tratado de paz, porque los vasallos de una de las dos altas partes contratantes, rompiesen por la frontera en algara, hiciesen presas y se volviesen sin pasar adelante: como en aquellos tiempos era muy dificil sostener á la gente rapaz y aventurera, estas correrías eran mútuas, y para prevenirlas no se tomaba otra precaucion que la de guarnecer fuertemente las fronteras: un rey, sin embargo, podia castigar á muerte sus vasallos que hubiesen entrado á saco y degüello por las tierras de aquel con quien tenian estipuladas paces: pero los corredores tenian muy buen cuidado de enviar parte de la presa al rey, mediante cuyo tributo el rey hacia, como suele decirse, la vista gorda, y aun solia elogiar la hazaña.




33


Rumi, romano; así llamaban los árabes y los moros de España á los solariegos y á sus descendientes; esto es, á los españoles indígenas descendientes de los godos.




34


No debe estrañarse que los capitanes y hombres de guerra del reino de Granada reuniesen bajo sus banderas particulares, tal número de ginetes: debe tenerse en cuenta que al reino de Granada se habian refugiado los restos dispersos por la conquista de los otros reinos moros, y consta por testimonios auténticos que solo la ciudad de Granada, una de las mayores entonces del mundo, tenia una poblacion de dos millones de almas, y arrojaba por sus puertas un dia de combate, ochenta mil caballos y un número incalculable de infantes: no hay que deducir su poblacion de entonces por la antigua demarcacion de sus muros, porque segun sus costumbres, en una habitacion muy reducida moraban y dormian diez, doce y aun veinte hombres, toda una familia: habia que contar además en la jurisdiccion particular de la ciudad, las aldeas y alquerías de la Vega, que eran entonces innumerables. Mas adelante veremos que por efecto de las guerras civiles y por las emigraciones á Africa, la poblacion de Granada habia decaido ya de una manera considerable en los tiempos de la conquista por los reyes católicos.




35


Al-Hhamar el vencedor.




36


¡Bah! ¡solo Dios es vencedor! este es el mote de las armas de los reyes moros de Granada adoptado por Al-Hhamar. Este mote está escrito en carácter nedji africano, en una banda diagonal de oro saliendo de la boca de dos dragantes, sobre un escudo campo verde.




37


Llaman xeque, al mas anciano, al mas autorizado de una tribu, que tiene gobierno sobre ella y derecho de vida y muerte.




38


Casa del rio; hoy casa Gallinas.




39


No debemos olvidarnos de que Bekralbayda significa la doncella blanca.




40


Al-Q'ars-al-hhamar castillo del Rojo, por corrupcion Alhambra.




41


Generalife.




42


Península de España.




43


Sierra de Iliberis.




44


La torre de la Vela.




45


Mahoma.


