La vieja verde
Manuel Fernández y González




Manuel Fernández y González

La vieja verde





CAPITULO PRIMERO

Dos retratos en bosquejo


Habia en una noche del invierno pasado en un café de los más concurridos de la imperial, coronada é invicta villa y córte de Madrid, sentada á una mesa en un rincon, y puesta á la vidriera que daba á la calle, acompañada de una hembra ambígua, que no se sabia si era criada, amiga ó acompañanta alquilona, una señora que llamaba la atencion de los otros concurrentes del café.

Llovia como si no hubiese llovido nunca.

Hacia un frio de diez bajo cero.

A pesar de este frio, las dos señoras, por no decir mujeres, tomaban sorbete.

La más notable de ambas, la que propiamente podia llamarse mujer, era una jamona admirablemente conservada.

Podia pasar por jóven; tenia un grande atractivo. Relampagueaba los ojos como una mujer en la fuerza de sus pasiones: estaba de saca, es decir, con el corazon desalquilado.

O viuda de mucho tiempo.

O solterona, que á pesar de sus méritos no habia podido echar el guante á un prójimo.

Habia en aquel relampagueo de ojos algo de voracidad, y de una voracidad muy semejante á lo que se llama hambre canina, dicho sea esto con perdon de la señora doña Emerenciana del Resalto y Sobradillo, que así se llamaba, y continúa llamándose, á Dios gracias, la interesante prenda de que nos ocupamos.

Debemos decir que era soltera, y segun ella afirmaba, y afirma aún, doncella.

Vivia y vive de sus rentas.

Vestia y viste de una manera elegantísima y distinguida.

Con una gran sencillez.

Tiene la garganta larga y mórbida.

El seno reelevado.

Los hombros redondos.

Las mejillas con dos hoyitos que, cuando se sonrie, producen dos deliciosas bellezas.

La frente serena, un tanto estrecha, es verdad, á causa de lo bajo de los cabellos.

Con mucho chic, como toda su fisonomía.

Singularmente su boca no podia ser más fresca ni más sonrosada.

Ni más bonitos sus dientes, ni más blancos ni más iguales.

Doña Emerenciana tiene el vicio de la sonrisa, porque ésta marca los hoyitos de sus mejillas y á la par descubre las encías que deliciosamente, á veces, dejan ver la punta de una lengua color de rosa.

Esta, la lengua, era una belleza como otra cualquiera.

Hay, sin embargo, mujeres y hombres que tienen la lengua cuadrada y gorda como la de un buey.

Hay otras criaturas que la tienen sútil y aguda como la de una culebra.

En fin, que cuando se les ve la lengua, toman algo del estilo del animal, del ave ó del reptil.

Dios os libre de una mujer de lengua cuadrada.

Estas, cuando hablan, espurrean y no saben decir más que cosas groseras.

Queda sentado que doña Emerenciana del Resalto y Sobradillo tenia una lengua preciosa, lo que era un gran mérito y una prenda que no se puede falsificar.

Yo no sé que se vendan en ninguna parte lenguas postizas, ni conozco materia química alguna que sirva para que una lengua cárdena tome un delicado color de rosa.

Doña Emerenciana sabia que tenia la lengua muy bonita y muy sana y se relamia con frecuencia para enseñarla.

A veces se relamia de veras porque algun pichon, ó algun sietemesino, cuando no algun barbudo, de los de la nueva escuela, la miraban guiñándola el ojo.

Los ojos de doña Emerenciana eran grandes, negros y relucientes, y un poco encandilados y encarnizados, no por irritacion, sino por temperamento, lo que representaba que era una hembra de pasiones heróicas.

Sus cabellos eran profusos, negros, rizados, sedosos, brillantes.

Dos homicidas patillas la bajaban hasta la mitad de los óvalos de los carrillos.

Era más que blanca, nítida, nacarada, resplandeciente.

Esmaltada, en una palabra.

Pero esmaltada por la naturaleza, segun ella afirmaba, no por la química.

Cuidaba mucho sus manos, que eran pequeñas y finas.

Las llevaba siempre cargadas de sortijas, que por su riqueza hubieran llamado la atencion de más de uno de los tenorios de hoy, que andan á caza, por medio de lo irresistible de su arte y de sus seducciones, de una mujer que les produzca lo que se llama la gran vida.

Doña Emerenciana se habia salvado, y aún sigue salvándose providencialmente de estos peligros.

Continúa doncella, segun afirma.

Y no hay por qué no creerla.

Se dan casos.

Pero es la cosa que los casos escasean.

Su acompañante era y está siendo por su tos perruna no una mujer, sino un becerro.

No una vieja, sino un vestiglo.

Tomaba además rapé á puñados.

Sundelaba á momia.

Habia que acercarse á ella con abanico, y hablarla á una distancia de treinta pasos.

Vestía contínuamente un traje negro, que fué nuevo en 1823.

Una mantilla de color de ala de mosca, con numerosos agujeros en la blonda.

Sobre esta mantilla, en los hombros, un gran pañuelo de muleton, tambien anciano.

Con este pelaje se plantaba, siempre que era necesario, en una butaca del teatro Real, sin que se la diera de ello dos cominos.

Decia tambien que era doncella, y se la podia creer, y aún el más escrupuloso y devoto, podia jurar sólo con verla, por la salvacion de su alma, que doña Rufa no mentia.

¡Oh que doña Rufa!

Me crispo cuando me acuerdo de ella.

Dios la haya perdonado.

Y tenia pretensiones.

Una noche, y sea entre paréntesis, me ví obligado á acompañarla á su casa.

Doña Emerenciana se habia quedado en la suya, me habia despedido con un expresivo apreton de manos, y al confiarme su amiga me habia dicho:

– Cuidadito, no sea usted calavera.

Yo me encogí.

Dí el brazo á doña Rufa.

Llevé constantemente la nariz hácia la izquierda.

Se apoyaba indolentemente en mi brazo.

Andaba con lentitud.

Yo la hablaba del tiempo.

Ella suspiraba, y se apoyaba más y más en mí.

Llegamos al cabo.

Doña Rufa sacó la llave.

Eran las tres de la mañana.

– Esto es un disparate, – me dijo.

– Y por qué es disparate, – le contesté yo.

– Que en vez de traer la llave de abajo, me he traido la del cuarto, y no entra, ¡válgame Dios! y yo que vivo sola, y no tengo quien me abra… ¡y con el frio que hace! Vamos á ver que hacemos. Usted debe… No se puede sufrir este viento.

Yo llamé al sereno.

– ¡Ay! – exclamó. – ¿Qué hace usted? ¡para que me vea el sereno con un hombre á estas horas… mi reputacion…

Yo me hice el sordo; el sereno llegó, abrió la puerta, doña Rufa me miró ferozmente, resolló fuerte y se entró, el sereno cerró, yo escapé á la carrera.

Al dia siguiente dije á doña Emerenciana, que si queria volver á verme hiciese de manera que yo no volviese á acompañar á doña Rufa, sobre todo cuando hiciese frio.

Estas dos señoras frecuentaban todos los cafés, iban á todas las iglesias, se dejaban ver en todos los paseos, en todos los teatros.

Doña Emerenciana siempre rozagante, siempre grande: era alta y gruesa, una especie de Cleopatra; siempre elegantísima.

Doña Rufa siempre hecha un avechucho.

Siempre horrible.




CAPITULO II

Tales para cuales


La noche aquella de invierno que llovia y hacia un frio de mil diablos me entré en el café que ya he dicho, y me senté junto á una mesa, frente al hueco, en el cual junto á la vidriera estaban las dos ya casi conocidas señoras del lector.

Yo no conocia á doña Emerenciana.

Miré por casualidad, y me dió golpe.

A mí me gustan mucho las mujeres homéricas.

Es decir, las mujeres altas, protuberantes, grandilocuentes.

Sobre todo, las que tienen la garganta larga, redonda, vigorosamente modelada, voluptuosa.

Yo me fijé.

A poco doña Emerenciana me relampagueó una mirada de ataque.

Empezaba la lucha.

Se cruzaron las miradas, vinieron de una parte los guiños del ojo izquierdo.

Sobrevino en ella una seriedad hechicera.

Yo me hice el distraido.

Me puse á guiñar á otra individua que con un sargento de inválidos estaba en una mesa más allá.

Doña Emerenciana me miró airada, como queriendo decirme esta frase:

– Caballero, usted es un grosero, despues de haber conocido mis méritos, y de haber llegado al caso grave de guiñarme el ojo, como diciéndome: usted me conviene, no ha debido usted mirar á otra.

Brotaban fuego los negros ojos de doña Emerenciana.

Relampagueaban de ira.

Me levanté, me acerqué á su mesa, y me senté.

– Necesito una explicacion, – la dije.

– Y yo otra, – me contestó.

– Yo la amo á usted, – añadí.

– No hace usted más que lo que puede y lo que debe, – me contentó con una gran sangre fria, y con una gran posesion de sí misma.

Estábamos en esto, cuando doña Emerenciana, oprimiéndome un codo con una fuerza suma, me dijo:

– Por Dios, disimule usted, tenemos encima un compromiso.

Yo diré que usted es un primo mio, que ha venido usted del pueblo, y que le he hospedado en casa.

– ¡Ah, señora!.. – exclamé.

– Cállese usted, porque ya el que ha mirado por la vidriera y que va á entrar, no le coja á usted en embuste, hágase usted el mudo.

– ¿El mudo?

– Sí; nos favorece la feliz casualidad de que yo tengo un sobrino mudo á quien no conoce don Bruno: ya está ahí, déjeme usted hacer.

Y me tocó con la rodilla.

– ¡Hum, hum! – hizo una voz áspera á mis espaldas.

Yo no me volví.

Los mudos son generalmente sordos; debia representar bien mi papel.

– Beso á usted los piés, mi señora doña Emerenciana, como tambien á su acompañante. ¿Qué caballerete es este? ¡Eh! ¡Los pichones, los pichones!

Y la voz de don Bruno tenia algo del ronquido del perro dogo cuando se prepara á ladrar.

Yo permanecia impermeable.

– ¡Si es mi sobrino Toñito, el de Zafra! – contestó doña Emerenciana sonriendo. – ¡Un pichon! ¡Ya lo creo, y de los levantados! La delicia y el consuelo de mi hermana Ruperta.

– ¡Ah, el mudo! – dijo don Bruno suavizando la ansiedad que habia sentido al verme sentado de una manera tan propíncua junto á doña Emerenciana.

– Afortunadamente, el pobrecillo es sordo y no puede oir lo que usted dice; la mala cara le asustaria; es muy tímido: vamos, siéntese usted, don Bruno; siéntese usted y vea usted si yo le decia bien cuando le decia que mi sobrino Toñito era precioso.

– Sí, sí; pero no es ya tan pichon, – dijo don Bruno, – los treinta los tiene encima.

– No importa; en la familia todos somos aniñados. ¿Quién dirá que yo tengo treinta y cinco? Nadie me pasa de los veinticuatro.

– Cuando yo era cadete, señora, – dijo bruscamente don Bruno, – era usted una damisela de diez y seis á diez y siete años, y yo ascendí á alférez en 1823.

– ¡Bah! usted siempre con sus bromas, don Bruno! – dijo doña Emerenciana, que no se puso colorada, ó por lo ménos no pudo verse, porque esto era imposible, – usted se refiere á mi madre; yo soy la menor de las hermanas, y la madre de éste, que es la mayor, no ha llegado todavía al jubileo de las cuarenta horas.

– Vamos, no disputemos, – dijo don Bruno, – bien mirado, usted es una de esas privilegiadas bellezas, de las que no tienen edad, que son siempre jóvenes. Ya sabe usted que yo la estoy adorando desde hace treinta años.

– Otra vez, don Bruno.

– ¡Ah! perdone usted. Mozo, mi media copa, un cigarro. ¿Fuma su sobrino de usted?

– Fuma pitillos.

Doña Emerenciana, que de tal manera y con tal sans façon me habia metido en su familia y en su casa, me habia visto pitillear.

Yo, con la colilla de un papelillo enciendo otro.

– ¡Pitillos, pitillos! – exclamó don Bruno; – ¡hem! Yo necesito que todo sea robusto como usted, señora, sino, no saco jugo: y dígame usted, ¿aceptará el sobrino una media copa?

– ¡Ah! ¡no, por Dios, no me lo vicie usted! ¡los jóvenes cuando beben se ponen inservibles! ¿y qué diria luego mi hermana si se lo devolviera con vicios?

Yo, que no me aturdo fácilmente, empezaba á aturdirme.

La aventura tenia una novedad diabólica.

Doña Emerenciana, más que una mujer, era un aparato eléctrico.

Yo no podia tampoco comprender que aquella magnífica hermosura tuviese sesenta años.

Los cabellos no parecian teñidos.

No tenian absolutamente apariencia de peluca.

En vano se buscaba una arruga en el denso y suave cútis de doña Emerenciana.

Ni áun la pata de gallo que flanquea á cierta edad los ojos.

Ni las dos líneas enemigas que muestran la caida de la nariz.

Ni la papada de la crasitud fofa.

Todo en doña Emerenciana era sólido.

O por lo ménos lo parecia.

Yo me sentia incómodo; guardaba mi mutismo.

La aventura me iba saturando de una nueva electricidad.

No era solo la bellísima garganta, ni el alto seno descubierto en su comienzo de una inflexion irresistible, ni los ardientes ojos lo que yo más amaba.

Lo que más me atraia eran las manos.

No tanto por su belleza cuanto por sus sortijas; una de ellas, un magnífico solitario, me aturdia.

Es necesario ser franco.

Yo estaba en crísis.

Una crísis grave.

El diablo del gobierno perseguia las casas de juego.

Me faltaba absolutamente la guita desde hacia tres dias.

Un misericordioso camarero, como ellos se llaman los mozos de café, me habia socorrido con una cajetilla de á real.

Yo me habia metido en aquel otro café para que otro camarero, antiguo conocido mio, me amparase con un café con leche y media tostada de abajo, vulgo tasajo.

Estaba espiritado.

El estómago se me hacia sentir más de lo que yo hubiera querido.

El tasajo habia sido insuficiente.

Me habia hecho daño.

Me habia producido un flato insoportable.

– ¿Han tomado ustedes ya? – dijo don Bruno.

– Aún no; esperábamos á que usted viniera.

– Usted es muy amable, amiga mia, – dijo don Bruno, – se interesa usted extraordinariamente por los amigos; ¡siempre tan obsequiosa!

– Usted lo merece, don Bruno; ¿y luego, para qué soy rica sino para procurar á mis amigos los mayores goces posibles?

– Exceptuando siempre el amor, ¿eh?

– Dispénseme usted, don Bruno, – dijo doña Emerenciana. – Yo no puedo estimar á usted más que como á un buen amigo. Ni convienen nuestras edades, ni nuestros gustos.

– Los gustos podria ser, ¡pero las edades, señora!

– Dejémonos de eso.

– No importa que hablemos puesto que el sobrino es sordo.

– ¿Y qué le importa á mi sobrino que yo sea jóven ó vieja? – dijo doña Emerenciana; – él me quiere tal cual soy, el pobrecillo…

Y me tocó con la rodilla, con una rodilla mórbida, fenomenal.

– Pues yo insisto en mi tema, señora, – dijo don Bruno; – si usted no es mia, no lo será de otro: afortunadamente este jóven es su sobrino de usted, no tengo duda de ello; además de que es sordo y mudo tiene todo el aire de familia de usted; de otro modo, si yo hubiera podido suponer, aunque hubiera sido mínimamente, que este caballerete soliviantaba la menor fibra amorosa del empedernido corazon de usted para mí, le acogoto.

Comprendí al fin.

El coronel retirado, don Bruno, era uno de estos temerarios busca vidas que se imponen á las personas débiles y viven de su espanto explotándolas.

Yo veia que doña Emerenciana pretendia en vano ocultar la violencia que se hacia hablando con don Bruno y el miedo que le causaba.

Don Bruno tenia á lo ménos setenta años; pero estaba avellanado y parecia fuerte; sobre todo, arrojado y audaz.

Llamó.

Doña Emerenciana pidió riñones.

Pidió para mí lo mismo.

Doña Rufa tres huevos pasados por agua.

Don Bruno un entre cótte con muchas patatas.

Además dos botellas de vino de Valdepeñas de las lacradas.

Terminados estos platos se sirvió merluza frita para todos.

Despues queso de Gruyére.

Luego café con leche y copa.

Una verdadera cena de Baltasar.

Durante la cena se habló de cosas indiferentes.

Del último drama que alborotaba.

A don Bruno le parecia inmoral.

Doña Emerenciana decia que solamente era un poco vivo.

Doña Rufa tragaba y callaba.

Don Bruno vaciaba una botella y pedia en seguida otra.

De improviso sentí posarse una mano sobre mi muslo.

Aquella mano se acercó con disimulo á la mia.

Aquella preciosa mano me dió una moneda, que por el tacto conocí era de cien reales.

Ya comprendí.

Cuando mi tia llamó al mozo, dí á éste el doblon.

– No, no, de ninguna manera, – me dijo por señas doña Emerenciana; – tú eres muy generoso; no debemos quitar á don Bruno el placer de obsequiarnos.

Don Bruno entonces llevó torpemente la mano debajo de las mesas, la sacó, dió al mozo otro doblon de á cien reales, y el mozo me devolvió el mio.

Yo hice admirablemente, y con gran gusto, mi papel; sonreí lo más candorosamente del mundo á mi tia y á nuestro amigo, y me guardé el doblon.

A don Bruno le sobró de la cuenta un duro, que se guardó gentilmente.

Despues salimos, era la una de la madrugada.

Las señoras salieron las primeras; nos quedamos don Bruno y yo á la puerta algo á retaguardia.

– Oye, tú, sordo, – me dijo rápidamente al oido; – somos dos para el negocio; tú llevas la mejor parte; pero si no partes conmigo la vaca, te reviento.

– Ya hablaremos, – le dije con un acento indefinible.

– Vaya, don Bruno, – le dijo doña Emerenciana, – muchas gracias por el ratito y por el obsequio; usted seria muy amable si acompañara á doña Rufa; ya sabe usted que vivimos en barrios diametralmente opuestos.

– Con mucho gusto, señora, – dijo don Bruno; – sabe usted que yo no he nacido más que para servirla en cuanto mande: beso á usted los piés; mis cumplimientos á su sobrino; hasta mañana; ¿pero dónde?

– En Puerto-Rico.

– Pues en Puerto-Rico me tiene usted á las once en punto; adios.

– Adios.

Y se llevó á doña Rufa.

Doña Emerenciana se agarró á mi brazo.

– ¡Ah, hijo mio! – dijo, – al fin nos hemos quitado de encima esa calamidad; es mi sombra, mi castigo, mi sanguijuela.

– Yo le reventaré. – la dije.

– ¡Para que yo me equivocara! – exclamó, – vamos cuanto antes á casa, tenemos que hablar mucho; pára ese coche que pasa.

Hice parar el carruaje.

Entramos.

Doña Emerenciana dió las señas al cochero.

Yo iba en mis glorias.

Habia encontrado una Niove; aquella Niove se habia enamorado de mí.

No podia desear más.

Pero como me habia sentado en el coche demasiado ceñido á ella, me dijo:

– ¡Eh, cuidado, caballerito, no se equivoque usted, que puede perderlo todo!

Estas palabras, de la manera tan rotunda con que fueron pronunciadas, me pusieron en respeto.

Doña Emerenciana se mantuvo reservada.

– Llegamos al fin.

Bajamos.

Doña Emerenciana pagó al cochero.

El sereno habia acudido y habia abierto.

Subimos alumbrados por el sereno hasta el cuarto principal.

Abrió una hermosa muchacha.

– Acuéstate, Micaela, – la dijo doña Emerenciana.

La muchacha me miró con atencion.

Nos dió las buenas noches.

Se fué.

Doña Emerenciana se entró conmigo en un gabinete que estaba alumbrado por una lámpara puesta sobre una chimenea encendida.




CAPITULO III

Lo que va de la verdad á la mentira


Doña Emerenciana se quitó el abrigo, dejándome ver por completo la gallardía de su persona.

Se sentó en una butaca junto á la chimenea, y me dijo:

– Echa leña.

Me mandaba como á un criado.

El acento era imperativo.

Habia cambiado por completo.

Y como si me hubiera podido caber alguna duda, mientras yo echaba de la caja maqueada que servia de leñera algunos trozos de encina á la chimenea, añadió:

– Te tomo á mi servicio.

– Muy bien, señora; pero querria que usted me dijese las razones que tiene para tratarme de este modo.

– La razon sencillísima de que eres un tunante; de que estás á la cuarta pregunta y de que eres valiente, ó por lo ménos, de buen estómago y madrugon.

– Muchas gracias, cariño, – la respondí: – obligado.

Y me dirigí resueltamente á ella.

– ¡Eh! ¿Qué confianzas son esas? – me dijo.

– Usted perdone, señora, – respondí retrocediendo.

– Siéntate y escúchame; vamos á concluir muy pronto; tengo sueño; estoy además enamorada y necesito recogerme para pensar en el que amo, para soñar con él.

– ¡Pues el chasco que me he llevado es menudo! – dije yo.

– ¿Qué quieres hijo? todos los dias son dias de aprender. ¿Has comprendido tú á don Bruno?

– Perfectamente. Usted le tiene miedo y él abusa.

– Me ha estropeado ya tres amores y no me atrevo á amar á nadie de miedo de que don Bruno me lo espante.

– Pues yo me encargo.

– Lo creo bien.

– Mañana reviento á ese tio.

– No tanto, hijo, no tanto; dale una vuelta; él no ha creido lo del sobrino; yo he procurado evitar un escándalo; él te dijo algo al salir.

– Que partiéramos la vaca, y yo voy á echarle el toro.

– Bien hecho; yo te nombro mi mayordomo.

– Muchas gracias, señora.

– Róbame cuanto quieras, pero sírveme bien.

– Una palabra, señora.

– ¿Qué?

– ¿Se ofenderá usted si la digo que estoy chiflado por usted desde que la ví?

– Tú tambien me gustas mucho, mucho, muchísimo, pero no estás en circunstancias.

– Yo soy de buena familia.

– Me gusta el otro más que tú.

– ¿Y quién es el otro?

– Ya le conocerás.

– Vamos claros; ¿para cuántas cosas voy á servir en esta casa?

– Para todo.

– Eso es muy vago.

– Tengo sueño, buenas noches; puedes dormir en una butaca, otras veces habrás dormido peor.

Y se fué por una puerta de escape.

La cerró por dentro.

La otra puerta del gabinete, que daba al salon, habia quedado abierta.

Yo no sabia qué pensar de la aventura en que me encontraba metido.

En fin, yo iba ganando.

Pero me habia enamorado de doña Emerenciana.

De los hoyitos de sus mejillas, de su boca tan graciosa y tan fresca.

Noté que la puerta de escape, que no era muy alta, tenia por ajustar mal en su parte superior, una rendija, un movimiento de las maderas.

Fuí poco delicado.

Me propuse sorprender el misterio del dormitorio de aquella buena hembra, que de tal manera me habia cogido la voluntad, y que tan complaciente á veces, tan reservada otras, se habia mostrado conmigo.

El gabinete estaba alfombrado.

Esto me permitia andar sin producir ruido.

Me acerqué silenciosamente á la puerta del gabinete.

Coloqué sin ruido la silla, subí en ella y miré.

¡Oh, carísimo lector, ó si se quiere, querida lectora!

Ví..

Aquella magnífica cabellera negra, rizada, sedosa, habia cambiado de lugar.

Estaba sobre un velador.

Doña Emerenciana arreglaba su gorra de dormir.

Su cabeza amelonada estaba completamente calva.

Algunos asquerosos mechones de cabellos canos, de un blanco sucio, se veian en su parte superior.

Entonces aquella mujer parecia horrible.

Yo me crispé, sentí frio.

Junto á la peluca habia dos grandes reenchidos redondos.

Sobre un sillon otros dos mayores.

Eran el seno y las caderas.

Despues de haberse puesto la gorra de dormir, aquella arpía se llevó la mano á la boca.

Se sacó de ella una caja completa, que puso sobre el velador.

Sólo los ojos eran los mismos.

Grandes, negros, resplandecientes, poderosos, jóvenes, pero por su misma hermosura determinaban con las fealdades un contraste horrible.

Don Bruno no habia exagerado.

Podia asegurarse que doña Emerenciana estaba en sus sesenta años.

Yo me retiré espantado, de mi acechadero.

Cuando me bajé de la silla, me encontré delante de mí una preciosa rubia de diez y ocho ó veinte años.

Era Micaela, la doncella de aquel horrible vestiglo.

Una compensacion.

La muchacha se puso un dedo en la boca, como imponiéndome silencio, y me dijo que la siguiera.

Yo la seguí.




CAPITULO IV

En que doy al lector algunos datos acerca de mí mismo


Para mí era completamente desconocida Micaela.

Y sin embargo, habia un no se qué en la manera con que me miraba, que parecia indicarme que éramos antiguos conocidos.

Era una chica alta, esbelta, rubia y resplandeciente de juventud y, al parecer, de pureza.

Pero resuelta y viva, y de todo punto espiritual.

Su traje de casa era elegante.

Más que una criada, parecia una señorita.

Me llevó á su cuarto.

Su mueblaje se reducia á una cama de hierro modesta, pero cómoda, á una mesa de noche, á una pequeña mesa de pino y á dos sillas.

En un rincon habia un baul.

Sobre la mesa algunos libros, al parecer novelas, y un tintero.

Sobre la mesa pendia de la pared un espejo ordinario.

En otra pared, y tambien colgados, se veian algunos trajes.

Micaela continuaba mirándome como se mira á un antiguo conocido.

Más aún.

A un conocido que nos debe algo que estamos resueltos á reclamarle.

– ¡Oh amigo mio, – me dijo, – las montañas son las que no se encuentran! ¿Con que no ha quedado usted ya para otra cosa que para vivir de viejas verdes?

– ¿Qué me importa á mí cuando para desengrasar de la vieja conozco á una jóven como tú?

– ¿Qué es eso de tú? No tenemos la menor confianza, ni estamos en el baile de la Infantil: un poco más de respeto, caballero, á una, señorita decente.

– ¡Ah! – exclamé, – nos hemos conocido en el baile; ¿y cuándo?

– Nos hablamos hace ocho noches y usted no ha vuelto. ¿Y mi brazalete?

– ¡Ah! ¡El dominó azul y blanco! – exclamé. – ¡y sin careta!

Yo habia contraido una pasion furiosa por aquel dominó inflexible que no habia consentido en mostrarme el semblante.

Al que yo venia tratando desde hacia algun tiempo ya en este baile, ya en el otro.

El de la deliciosa garganta.

El del precioso seno virginal.

La chica más extraña del mundo.

Decia que me adoraba y no consentia en quitarse la careta.

No me permitia la más leve licencia.

Era necesario valsar con ella, pero decentemente.

No me habia dado una sola cita.

Y sin embargo, sus ojos ardian, me devoraban.

Yo estaba loco por ella.

Ella se me escurria siempre.

Se me perdia antes del fin del baile.

Desaparecia.

Tenia para esto una habilidad infinita.

Yo estaba desesperado.

Resuelto á una enormidad.

Pero hay fatalidades.

Un mes antes… estaba yo empeñado en un gravísimo compromiso.

Habia dado de puntapiés á un quidan.

Le habia dislocado una pierna.

Nos llevaron, á mí á la prevencion, á él á la Casa de Socorro.

Comparecimos en juicio de faltas.

Me sentenciaron las costas y me aplastaron con una multa de cien reales.

Yo no sabia lo que era guita, desde hacia un siglo.

Se me dió un respiro.

Se me pidieron, las señas de mi domicilio.

Se me advirtió que si dentro de tres dias no arreglaba mi cuenta con la justicia, se echaria mano de mi bella persona y se me aposentaria de balde, y con la manutencion, en el aristocrático hotel del Saladero.

La cuestion era grave.

¿De dónde sacar los ciento y tantos reales que habian hecho caer sobre mi mal genio y mis puños?

Quien quiera saber lo difíciles que son ocho duros, que los necesite.

Ninguno de mis amigos valia tres pesetas.

Tenia yo una cocinera.

Expliquémonos; no era que yo tenia una cocinera, sino que una cocinera me tenia á mí.

Más claro…

Pero no hay necesidad de hablar más claro.

Se podria hacer un turbio.

Me amaba, en fin, una vizcaina que cuidaba del estómago de un canónigo y que cuidaba mucho más de hacerme cómodos sus cincuenta y dos años.

Era vistosa como doña Emerenciana.

Como doña Emerenciana, tenia que hacer inventario, cuando se acostaba, de las prendas más bellas que aparecian en su persona.

Y aún aventajaba á doña Emerenciana, porque tenia un ojo postizo.

Esta señora se habia mostrado espléndida conmigo en más de una ocasion.

Del café á ver una racion de teatro, despues de la racion de teatro una racion de amor.

Despues vuelta al café, una merienda, y al despedirnos cuatro ó seis pesetillas.

Y hasta pasados ocho ó diez dias.

No era una gran cosa, bajo el punto de vista utilitario, porque gastaba de mí más que yo aprovechaba de ella; pero, en fin, ménos dá una piedra.

– ¡Oh desgracia!

– Cuando entraba yo lleno de esperanzas en la casa del canónigo donde se me recibia como un antiguo conocido, no ménos que como sobrino de Rosita, que así se llamaba la cocinera, me encontré con que ésta derretia sus mantecas hablando con el mayor gusto del mundo con un músico de ingenieros.

¡Horror!

Aquel infame me miró de una manera sesgada, conoció en mí un rival.

Me faltó de una manera indecente.

Me llamó… no importa qué.

Se rió Rosita.

Yo la solté un revés, que hizo saltar su ojo postizo.

Arrebaté el machete al músico.

Le desnudé de una paliza.

Acudió el mayordomo.

Le eché la peluca al aire.

Se alborotó la vecindad.

Me escurrí, escapé.

Doblé la esquina.

Me fuí á las Américas viejas.

Vendí en dos pesetas el machete.

Esto era algo.

Se salia del dia.

Pero tambien se salia de Rosita, ó más bien, no se podia ya volver á pegar la hebra con Rosita.

El rompimiento habia sido decisivo.

Sobre todo contundente.

Habia que temer un nuevo juicio de faltas.

En fin, aquello era una ruina, la fin del mundo.

Iba llegando el plazo fatal.

Es cierto que yo podia ocultarme, pero amo extraordinariamente la libertad.

Podia cambiar de poblacion.

Pero Madrid me enamora.

En Madrid, mal que bien se vive.

El que no vive en Madrid no tiene habilidad de ningun género.

En Madrid abundan los medios de vivir.

Que lo digan sino todos los excelentísimos que han rodado por todas las inmundicias, y muchos de los cuales han empezado por limpiabotas.

Pues que les tosan hoy.

Son don fulano, don fulano y don fulano, conde, duque y marqués, y en fin, es inútil, todo el mundo los conoce.

Yo espero ser como la mayor parte de ellos, salidos de la bohemia.

Y cátate aquí á don Periquito hecho fraile.

El que en Madrid no es una gran persona, es porque es una persona muy pequeña.

Ni siquiera persona.

Un tonto.

Un guillado.

Una cualquier cosa.

O un desgraciado de esos que si van á coger una esquina, la esquina se les escapa.

Pero yo me escapo de mi propósito.

Me pierdo en digresiones.

Volvamos al negocio.

Era domingo.

Al otro dia se cumplia el plazo fatal.

El martes, dia funesto, debia yo ser preso si no aflojaba la mosca.

¡Quince dias y pico de encerrona!

¡Espantoso!

Estaba de un humor tremendo.

Todo lo veia lúgubre.

Me hastiaba la vida.

Filosofaba á más y mejor.

Iba hablando recio por la calle.

El martes próximo me causaba un terror invencible.

Me sentia ya sepultado en una galería del Saladero.

Yo sé las penalidades que un novato pasa en el Saladero.

Hé estado en él algunos dias por desacato á un órden público.

¡Oh, y qué peluca aquella!

Doña Sinforosa.

Pero no demos en nuevos incidentes.

Abreviemos.

Eran las diez de la noche.

Hacia un frio insufrible.

Yo estaba traspillado.

Se habian contado ya treinta y seis horas desde mi última alimentacion.

El estómago exigia, las piernas flaqueaban.

Hay un venerable establecimiento en la calle de Peregrinos.

La fonda de Europa.

Antidiluviano á lo que yo creo.

Allí se rinde culto á la economía.

Allí se da de comer hoy lo mismo que se daba allí mismo cuando asesinaron á Julio César.

En fin; continúan sirviéndose las dos sopas, la una de yerbas, la otra de fideos blancos hechos canutos con el nombre de macarrones, la ternera en salsa, las cocretas y los sesos fritos; en fin, otros dos platos de carne, las pasas y las almendras, y la crema y los pastelillos.

Todo por dos pesetas.

Un banquete económico.

Podeis además echar á los manjares toda la pimienta y toda la mostaza que os dé la gana.

Podeis comer cuanto pan querais.

Os podeis dispensar de dar propina al camarero.

Y aún dadas las circunstancias, os podeis pasar sin pagar.

Esto es ya algo más grave.

Os suelen llevar á la prevencion.

De cuando en cuando se arma una culebra sobre los respetables pavimentos de la venerable fonda de Europa.

No hay nada más audaz que el hambre.

Pero yo embisto con las dificultades.

Me tragué un cubierto de dos pesetas.

Item un café con media tostada.

Item dos copas de rom y marrasquino.

Item una vuelta de sopapos con el mozo, un agarramiento con un pinche y una docena de palos que me arrimaron los otros camareros.

Pero se habia comido.

Se habian echado fuerzas.

Habia llevado escolta hasta Capellanes.

Habia gran baile de trajes.

Era el momento de la entrada.

Metí la cabeza entre la multitud.

Me barajé, me confundí, me abrevié, me escurrí, me colé, en fin.

Me fuí al vestuario del baile, dejé el sombrero y la cazadora en prendas y me forré con un magnífico dominó negro.

Todo esto hecho con gran limpieza en ménos de tres segundos.

Los de órden público que me habian perseguido, pasaron junto á mí sin reconocerme.

Me habia salvado; habia dado fondo.

Cuando reparé, tenia en la mano una cuchara.

Me fuí al restaurant del baile.

Llamé á un lado á un mozo.

Le enseñé la cuchara.

Él comprendió, sacó tres pesetas y me las enseñó en forma de abanico.

Yo las tomé y solté la prenda.

Indudablemente la cuchara era de plata.

Yo estaba bien comido y rico.

Pero ¿y los ocho duros para la justicia?

De improviso ví mi dominó, mi hermoso dominó azul y blanco, mi incógnita adorada.

Mi empeño.

Mi misterio.

Mi desesperacion.

La preciosa rubia, la de los ojos de fuego, la del hoyito en la garganta.

Mi esperanza.

Empezaba á retumbar una polka.

La abordé.

Ella se arrojó en mis brazos y nos lanzamos en baile.

¡Oh! El delirio.

La fascinacion.

El perfume de sus cabellos.

Y yo atracado de carnaza, pimienta y mostaza.

Con una botella de peleon y tres copas de bala roja en la cavidad epigástrica.

Todos estos eran elementos de locura, de trasporte, de olvido de todo.

Le atraje á mí y la mordí en la garganta.

Dió un grito y me santiguó un bofeton.

Yo pretendí parar el golpe.

Le así el brazo.

Ella se desasió; pero me dejó prenda.

Un brazalete.

Y pesaba.

O era de oro ó estaba relleno de plomo.

Yo toqué retirada; me escabullí, me deslicé, me traspuse; me fuí á un lugar no muy decente, fuera de un caso especial.

Pero allí podia ver, examinar la alhaja á mi placer.

¡Oh felicidad!

Era una sierpe de oro.

Tenia dos esmeraldas por ojos.

Tuvo lugar en mí una furiosa alegría y á la par un movimiento de sorpresa.

Ya tenia la multa y las costas.

Pero ¿quién habia regalado aquella alhaja, que valia lo ménos mil quinientos reales, á mi precioso dominó blanco y azul?

Yo estaba seguro de que ella pertenecia al género, á la especie señoritinga.

Aquella alhaja no podia haberla venido honestamente.

Habia moros en la costa, ó por mejor decir, viejo rico.

Sólo los viejos ricos se van con tales mujeres á los regalos cuantiosos.

Yo sonreia por una parte á mi libertad, á la integridad de mis derechos individuales, y por otra parte rujía de celos.

Aquel hoyito de la garganta, que yo creia virginal; aquellos ojos, en que yo veia á través de la mirada una pureza incitante; aquellos cabellos de oro, que yo suponia no tocados sino por el peine; aquel talle cimbrador, etcétera, todo esto habria tenido la profanacion hedionda de un viejo.

Esta idea me desesperaba.

Esta desesperacion me hizo comprender que yo amaba á… Adriana.

Ella se habia puesto Adriana sin duda por el recuerdo del drama del mismo nombre.

¡Amor! ¿Y qué es el amor?

Yo no lo sé.

Creo que no lo sabe nadie.

Todo, cualquier cosa se llama amor.

En fin, esto no importa.

Yo me sentia enamorado y celoso.

Me fuí á una casa de préstamos.

Cuando hay baile, hay tambien casas de préstamos abiertas toda la noche.

En los bailes saltan compromisos.

Se presentan ocasiones.

Se afana.

La casa de préstamos es necesaria.

Yo me lancé á la calle de Jacometrezo.

Me entré en una casa.

Presenté la alhaja.

– Veinte duros, – me dijeron.

– Vengan, – respondí.

– El nombre.

– Adriana Lecoubreur.

Me dieron los veinte duros y la papeleta.

Yo me volví al baile.

¿Era feliz?

¿Era desgraciado?

Estaba rico.

Pero tenia celos.

Volví el capuchon de alquiler; recobré mi sombrero y mi americana.

Alquilé en seis pesetas un magnífico traje de mandarin japonés.

Dejé en garantía ocho duros.

Me fuí á vigilar á Adriana.

La encontré; en un rincon en conversacion muy tirada con un inspector de vigilancia.

– ¡Ah! ya sé, – dijo el inspector; – éste tiene seguro, es ayudante de la Piquirina.

Somos inútiles.

Yo me tranquilicé; me confundian con otro.

– ¿Y á quién se le ocurre, señora, – añadió el inspector, – venir con alhajas á Capellanes? Ustedes son muy imprudentes; aquí no hay más que chulos, y buscavidas y tomadores.

– Ese brazalete era de mi señora, – exclamó sofocada Adriana.

– Pues allá usted, hija, qué le hemos de hacer.

– Yo estimaria á usted…

– Haremos lo que se pueda.

– Era…

– ¿Quién era?

Adriana vaciló; sabia de sobra cómo me llamaba yo.

– Que era estudiante de farmacia.

– Donde vivia.

Yo habia sido con ella explícito; podia haber deshecho la equivocacion del inspector; haberle dado de mí señas completas.

Yo, que parapetado detrás de un grupo compuesto de una beata y de un Mefistófeles escuchaba todo orejas, me extremecia.

Adriana, sin embargo, se arrepintió.

– Era un capuchon de percal, – dijo, – con un lazo de lana encarnada en la cabeza.

– ¡Vaya usted á ver! – dijo el inspector. – ¿Alto ó bajo?

– Bajito y regordete.

El arrepentimiento de Adriana continuaba.

Yo soy alto y cenceño.

– ¿Jóven ó viejo?

– Ya un poco carcamal.

Seguia arrepintiéndose Adriana.

Yo no tengo más que veintidos años.

El inspector ofreció á Adriana no perdonar nada para servirla.

En seguida la invitó al restaurant.

Adriana se negó con una dignidad de todo punto magnífica.

– Usted abusa de su posicion, – dijo; – usted me falta; usted supone… Usted se equivoca… Vaya usted con Dios.

Y extendió la mano con un movimiento verdaderamente trágico.

– Hasta la vista, señora, – dijo el inspector, que reventaba de tunante.

Adriana se agobió en cuanto se fué el inspector.

Fué á componerse, con la cabeza inclinada, su capuchon de color de rosa.

Habia tomado una bella posicion, en que aparecia gallarda hasta lo prodigioso.

Me acerqué á ella.

Desfiguré cuanto pude la voz y la invité á un wals que empezaba.

Me sentí entonces apartado bruscamente.

Miré indignado.

Era un lavativero.

La accion habia sido grosera.

Le dí un sopapo.

Cayó de espaldas.

Me escurrí á tiempo.

Se quedó armada la zalagorda.

El de Sanidad Militar se levantó rápidamente.

Vió junto á sí un individuo.

Un inocente papion que se divertia en abrir y cerrar el pico.

Le creyó ó no le creyó el autor del sopapo.

Le embistió.

El papion se le agarró al pescuezo.

El dominó color de rosa se agarró al papion, le descubrió, apareció una cabeza clerical.

No se podia dudar.

Era uno de esos clérigos contrabandistas que frecuentan todos los lugares non sanctos de Madrid.

La culebra habia crecido.

Los de policía cogian indistintamente individuos é individuas.

La orquesta apretaba.

Las máscaras chillaban.

Yo me escurria con una cantinera polaca.

La noche habia sido buena.

Salimos del baile la cantinera y yo y tomamos hácia la calle de la Abada.

Entramos en una casa cuyo número no recuerdo.

Me sentia casi feliz.

Habia recobrado mi sombrero, mi americana y los ocho duros dados en garantía.

La cantinera polaca me llenaba el ojo.

Aquel era un amor incidental que no viene á cuento.

Estos son los antecedentes.




CAPITULO V

En que doy á conocer por un lado culminante á mi adorada Micaela


Micaela estaba irritada, y tan chic, tan hermosa con su irritacion, que no se la podia sufrir.

– En fin, señor mio, – me dijo; – su conducta de usted es horrible, es insoportable, odiosa, lo más cobarde y víl que puede haber en el mundo. Si no me dice usted lo que ha sido de mi brazalete, que sin duda habrá usted empeñado, nos vamos á ver las caras. El brazalete no es mio, es de mi señora; porque ¿para qué tiene la señora sus joyas si no pueden usar de ellas sus doncellas? Pero usar no es abusar; tomarse una licencia es disimulable; pero pasar por ladrona…

Y le relampagueaban los ojos.

– ¡Qué hermosa estás enojada, alma mia! – la contesté.

Entornó los ojos Micaela y me miró con la ferocidad del toro puesto en suerte por el matador.

Parecia como que queria decirme:

– O tú, ó yo.

Me dió una, especie de escalofrío.

Sentí miedo.

La tórtola se convertia en buitre.

– Se dan casos… – dije.

– En efecto, sí, – dijo ella; – se dan casos de que una niña de diez y ocho años, una persona decente por su orígen, á quien las desgracias han traido á una condicion muy inferior, excitada en su honra, desnuque á un tunante.

– Sólo con mirarte, alma mia, me entra la basca y no me puedo tener de pié, – la dije.

– Esos son otros Lopez, – me contestó con descaro. – Los Lopez de ahora son, que yo te liquido si no me das el brazalete de mi señora, y aunque te metas debajo de la tierra, de allí te saco y te finiquito.

– ¿Quieres decirme, paloma mia adorada, de dónde has sacado esa terminología?

– ¡Bah! Allá nos vamos niño; conque ya sabes, dame mi brazalete, ó ya verás; yo te lo prometo, te vas á encontrar lo que te se ha perdido.

Y su mirada se hizo más amenazadora y más hermosa.

Mi miedo crecia, y al mismo tiempo mi amor.

Mi Micaela era toda una hembra.

Y parecia mentira.

Tan delicada, tan rubita; pero aquello era nervio puro.

Estaba además de trapillo y no se cuidaba de ocultar perfecciones que daban mareo.

Cambiaba la decoracion.

Yo me encontraba con la horma de mi zapato.

Comprendí que allí era necesario obrar por derecho.

Ser franco y leal.

Yo veia mi horizonte, mi filon.

Me gustaba mucho más Micaela enojada, irritada, amenazadora, que la suspirante, la delicada, la poética Adriana.

Saqué del bolsillo del pecho de mi cazadora la papeleta de empeño, y se la dí.

– Perfectamente, – me dijo con sordo acento de irritacion, – no está todo perdido; pero esto, sin embargo, es robar.

– ¿Cómo robar? – la respondí. —Distingo. Cada uno usa en las circunstancias supremas de los medios que tiene á su alcance.

– ¡Oh, sí, bien respondido! usted es de los que viven de mujeres. Al pelo. ¿Y cuál es esa situacion suprema? ¿Tenia usted que merecer alguna vieja verde y hacer alguna salida falsa para engañarla mejor?

– Eso lo dices tú por tu ama.

– Mi ama precisamente, no… – respondió Micaela, pero mi ama… estamos… yo la sirvo, es verdad; pero en familia, con mucha frecuencia, cuando doña Rufa no la acompaña, la acompaño yo.

– Yo no te he visto nunca con ella.

– Es que yo nunca voy con ella más que á la iglesia ó á visita. En el café ó en el teatro teme la comparacion.

– Naturalmente. Y dime: ¿Esa tia es muy rica?

– Así, por lo mediano; pero quince ó veinte mil duros no la hacen falta.

– ¿Vamos á comérselos, hija mia?

– Para eso no necesito yo ayudantes, – me contestó con un acento ambíguo Micaela. – Lo que necesito es que no me comas tú á mí; toma la papeleta y desempeña el brazalete.

– Pues ya no se trabaja por todo, – la dije sacando el doblon que me habia dado doña Emerenciana.

– ¡Ah! ya; eso es distinto; voy á darte una prueba de que te aprecio y de que no soy interesada.

Y abrió el baul, buscó en un rincon, sacó un trapo.

Yo no ví lo que el trapo contenia; pero sentí ruido de monedas.

Sonaban á oro.

Estaba visto.

Micaela hacia negocio.

¿Pero qué clase de negocio?

Volví á sentir celos, y esto acabó de probarme que estaba verdaderamente enamorado.

Micaela me dio tres doblones de á cien reales y unas pesetas.

– Mañana, – me dijo, – me traes el brazalete.

– Te lo traeré.

– Ahora escucha, niño. Yo te amo… te amo… te adoro… estoy loca por tí… pero véte… tengo sueño; me he agitado demasiado; necesito descansar.

– Lo creo.

– Véte á la sala, échate en el sofá, mira no te sorprenda tu amor.

– Yo creí que mi amor era el tuyo.

– Jonjana á mi ama.

– ¿No tendrás celos?

– No.

– ¿Y me indemnizarás?

– Cuando seas un jóven de circunstancias.

– ¿Y para ser un jóven de circunstancias es necesario empapillotar á la vieja?

– Es muy estirada: tendrás necesidad de representar algo en el mundo.

– Pues lo representaré: me meteré á periodista en un partido de accion: cuando mi partido triunfe, seré diputado.

– ¿Diputado?

– Pues ya lo creo; otros que valen ménos que yo lo son: despues, gobernador de provincia.

– ¡Echa!..

– ¿Pues para qué tiene España Ultramar?

– Demonio.

– Supon que yo llego á jefe de Hacienda de Filipinas.

– Bien puedes ser todo eso que tú dices; tú eres listo.

– Me estás matando, Micaela, y por tí soy capaz de todo; ¡ay qué garganta y qué boca!

– Pues á ganarlas, amigo mio. Váyase usted á la sala, y buenas noches.

– ¿Es esta una determinacion decidida?

– De todo punto decidida, y de tal manera, que si no te vas, te echo.

En aquel momento sonó un grito agudísimo.

– ¡El maldito accidente! – exclamó Micaela, – vamos, ya tenemos la noche; en uno de ellos se queda; es necesario cuidarla; ella es nuestro porvenir.

Micaela se habia echado fuera del cuarto.

Yo la habia seguido.

Poco despues entrábamos en el dormitorio de doña Emerenciana.




CAPITULO VI

En lo que puede consistir que un hombre sea feliz cuando se cree más desgraciado


Doña Emerenciana estaba sobre la alfombra.

Se agitaba en las convulsiones de uno de los ataques epilépticos más terribles que yo he visto en toda mi vida.

Aquella horrible vieja era un esqueleto repugnante.

Yo, aunque estoy dotado de un estómago muy fuerte, sentí náuseas.

Doña Emerenciana nos hacia ir adelante y atrás con sus horribles convulsiones.

Por dos veces nos caimos con ella.

Al fin logramos colocarla en el lecho.

– Ténla firme, – dijo Micaela, – que no vuelva á venir al suelo; yo voy á llamar al sereno.

– ¿Al sereno?

– Sí, hombre, no hay nadie que mejor la sujete que el tio Calostros; se abraza á ella, y á poco vuelve en sí como por encanto. Además, cuando vuelva en sí no quiero que te vea y que sepa que tú la has visto tal cual ella es: seria funesto.

Micaela se fué al balcon, y llamó, ni más ni ménos que si hubiera sido un tunante.

Soltó un silbido rasgado.

Cerró de nuevo el balcon, y vino á ayudarme á sujetar á doña Emerenciana.

Yo estaba ya rendido.

Poco despues entró el tio Calostros.

– Vale Dios, – dijo dejando el chuzo en un rincon, – que yo tengo gracia para hacer que la señora vuelva en sí.

– Vámonos, – dijo Micaela; – el tio Calostros no nos necesita.

– Pues pur de cuntadu, señurita Micaela, – dijo el maruso quitándose la anguarina.

Nos salimos.

Se oyó un ruido de lucha, gritos sofocados, estremecimientos horribles.

Al fin, á los diez minutos, apareció el tio Calostros con la anguarina puesta y el chuzo en la mano.

– Vamus, – dijo, – ya está gubernada la señora. ¿No habrá pur ahí una butelleja de vino? Face un friu de mil demonius.

– Vaya usted al comedor y tome usted lo que quiera, tio Calostros, – dijo Micaela.

– Moitas gracias, señurita Micaela, usté siempre tan buena. ¿Y cuándo le dá á usted alferecía?

– El sabadu que viene, – dijo Micaela.

– Vaya, pus buenas noches y salú, y si ocurre otra vez, no hay más que avisar.

El tio Calostros salió del gabinete.

Micaela entró en el dormitorio.

Yo sentia la ardorosa respiracion de doña Emerenciana.

La oia hablar de una manera calenturienta con Micaela.

A poco ésta salió.

Yo estaba en mis glorias.

Aquello prometia.

Tenia hecha mi posicion.

La influencia de la vieja me serviria.

Periodista, diputado, alto empleado en Ultramar, millonario; yo sentia en mí el mismo vértigo que sienten todos los gacetilleros, todos los periodistas.

Yo estaba en el camino de la fortuna.

Yo pasaba revista á los que se habian levantado de la miseria hasta las esplendentes cumbres del poder.

La lista era infinita.

Micaela empezaba á tomar para mí la apariencia de un ángel.

– La maldita bruja, – exclamó Micaela, – se ha quedado tan tranquila como si tal cosa.

Tú tienes la culpa, la has enamorado. Me ha preguntado por tí, yo la he engañado, me ha mandado que te cuide mucho, y sobre todo, que no me enamore de tí.

– ¿Y no te ha encargado que yo me cuide de ella?

– ¡Ah, vieja infame, y ya tenemos la noche toledana! la pueda repetir el accidente, y las repeticiones son terribles.

– Pero aquí no podemos hablar, mi querida Micaela.

– Sí, cuando vuelve de un accidente pierde la razon, y luego cae en una soñarrera, de tal manera densa, que aunque disparasen junto á ella un cañonazo no lo oiria.

– ¿Y por qué siendo rica doña Emerenciana no tiene á nadie más que á tí para que la cuides?

– Ya te lo he dicho, yo no soy verdaderamente su criada, la mayor parte de sus conocimientos me creen su sobrina. Doña Emerenciana no quiere que nadie conozca sus rehenchidos y sus adobos, el aguador compra, una asistenta que se va por la noche, guisa y limpia la casa. Yo más que otra cosa, soy su confidenta, y me va bien, espero. Casi casi estuve por aconsejarte que la hicieras el amor; pero yo gozaba, siendo para tí un misterio. Ve aquí, la casualidad lo ha hecho todo.

– ¿Y cómo has conocido á doña Emerenciana?

– Relaciones de mis padres. Mi padre era coronel de infantería, ya viejo cuando se casó, de más de sesenta años, y no nos quedó pension ni á mi madre ni á mí. Cometió una imprudencia al casarse. Antes que yo naciese murió. Mi madre era alegre, doña Emerenciana estaba entonces verdaderamente hermosa, yo no sé cómo estas mujeres que son hermosas en su juventud, cuando llegan á viejas se convierten en brujas. Mi madre era infinitamente más jóven que ella, juntas hicieron la gran vida. Una noche, hace seis años, mi madre al salir del baile atrapó una pulmonía y fué necesario que me sacaran, de Loreto, donde me educaba, para llevarme al lado de mi madre moribunda.

Lloré mucho, me afligí mucho.

Yo amaba á mi madre con delirio, porque con locura me amaba ella, y era muy hermosa.

Pero me consolé andando el tiempo.

Todo se olvida.

Doña Emerenciana me sacó de Loreto hace cuatro años.

Desde entonces vivimos juntas.

He visto mucho y he escarmentado en cabeza ajena.

Me divierto, pero no me prodigo.

Tú lo sabes.

Lo que has visto hasta ahora en mí lo verás siempre.

Si me he descubierto á tí, ha sido por el brazalete.

De otro modo, te hubiera mareado.

Hubiera probado conmigo misma tu fidelidad.

Porque tú al verme no has conocido en mí al dominó blanco y azul.

Pero te se encandilaron los ojos, hijo, lo que no le gustó mucho á doña Emerenciana.

– No me la nombres, exclamé; aún me dan arcadas.

– Pues así y todo tendrás que apencar con ella.

– ¿Y tú me lo dices?

– Pues por supuesto; ¿á mí qué se me da?

– ¿Y no tendrás celos?

– ¿Celos de qué?

– Cuando una mujer ama á un hombre…

– No olvida por él el negocio; ahora, si tuvieras siquiera una sonrisa para otra pobre como yo, seria distinto; sabe Dios á donde iríamos á parar; ¡pero una tia vieja y asquerosa… una vieja verde! Engáñala hijo; enconfíala; diviértete; que crea que te mueres por ella; que no vives más que para ella, y trágate esa mómia con tal de que los dos nos traguemos hasta el último real de la vieja.

Así pensaba Micaela.

Así pensaba yo entonces.

Ahora es distinto.

Ahora que soy un hombre de circunstancias, me han salido una moralidad y una dignidad que yo no conocia entonces en mí.

Yo era un miserable.

Yo apencaba por todo.

Yo era casi casi un Satanás.

El brazalete de Adriana ó de Micaela, ó más bien de doña Emerenciana, lo prueba.

La miseria corrompe.

Estravía.

Incita á todo género de bajas acciones, y áun al crímen.

Hace transigir con lo que nos repugna.

Hace parecer amable lo horrible.

De aquí el fenómeno de mujeres jóvenes y hermosas enamoradas de viejos.

A lo ménos bastante cómicas, bastante ladinas para hacer creer á un viejo que están enamoradas de él.

Y lo están, en efecto.

Porque el viejo es para ellas la buena casa, la buena mesa, los ricos trajes, los carruajes, las brillantes joyas, los espectáculos y el dinero que se ahorra.

¿Cómo no han de amar á lo que de tal manera las dora, las empingorota, las despelota, las pone más hermosas de lo que lo son, y más codiciables de lo que lo eran, sin las insensatas prodigalidades del viejo.




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