Crónica de la conquista de Granada (2 de 2)
Washington Irving




Washington Irving

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2)





CAPÍTULO PRIMERO



El Rey don Fernando, con una hueste poderosa, se pone sobre Velez-málaga



    Año 1487.

Hasta aqui los sucesos de esta ilustre guerra, han sido principalmente una série de hazañas brillantes, pero pasageras, como correrías, cabalgadas, y sorpresas de lugares y castillos. Mas ahora se trata de operaciones importantes y detenidas, y del asedio formal y rendicion de las plazas mas fuertes del reino de Granada, cuya capital quedó asi aislada, y desnuda de los baluartes que la defendian.

Los grandes triunfos de los Reyes de Castilla habian resonado en el oriente, llenando de consternacion al Gran Señor, Bayaceto II, y al Soldan de Egipto; y estos príncipes, suspendiendo por entonces las sangrientas guerras que traian entre sí, entraron en una confederacion para defender la religion de Mahoma y el reino de Granada, contra el poder hostil de los cristianos. Á fin de distraer la atencion de los Soberanos, acordaron de enviar un armamento poderoso contra la isla de Sicilia, que pertenecia entonces á la corona de Castilla, y de expedir al socorro de Granada una fuerza considerable desde las costas vecinas del África.

Con la noticia que tuvieron de estos sucesos, resolvieron don Fernando y doña Isabel dirigir sus fuerzas contra los pueblos marítimos de Granada, y apoderándose de todos los puertos, privar á los moros de los auxilios que les pudieran venir de fuera. El punto que mas particularmente llamaba su atencion, era Málaga, por ser el puerto principal del reino, y el emporio de un comercio vasto que se hacia entre aquellas partes y las costas de la Siria y del Egipto. Por este conducto se mantenia tambien una comunicacion activa con el África, y se recibian de Tunez, Trípoli, Fetz y los demas estados Berberiscos, socorros pecuniarios, tropas, armas y caballos; por lo que se llamaba enfáticamente la mano y boca de Granada. Pero antes de poner sitio á esta formidable ciudad, pareció indispensable asegurarse de la de Velez-málaga y sus dependencias, que, por su proximidad á aquella, podria entorpecer las operaciones del ejército.

Para esta importante campaña fueron convocados nuevamente los grandes del reino, con sus gentes respectivas, en la primavera de 1487. La guerra que amenazaban las potencias del oriente despertó en los pechos generosos de aquellos caballeros un ardor extraordinario; y con tal celo acudieron al llamamiento de sus Soberanos, que en breve se juntó en la antigua ciudad de Córdoba un ejército de doce mil hombres de á caballo y cincuenta mil infantes, la flor de la milicia española, capitaneada por los caudillos mas valientes de Castilla. La noche anterior á la marcha de esta poderosa hueste hubo un terremoto, que estremeció la ciudad y llenó de espanto á sus moradores, principalmente á los que vivian cerca del antiguo alcázar de los Reyes moros, donde fue mayor el movimiento: y este suceso muchos lo tuvieron por presagio de alguna calamidad iminente, al paso que otros lo celebraron como anuncio de que el imperio de los moros iba á estremecerse hasta su centro[1 - Pulgar, Crónica de los Reyes Católicos.].

La víspera del Domingo de Ramos partió de Córdoba el Rey con su ejército dividido en dos cuerpos; en uno de los cuales puso toda la artillería, guardada por una buena escolta, y mandada por el maestre de Alcántara y Martin Alonso, señor de Montemayor. Se dispuso que marchase esta division por el camino mas llano, para que no faltase el forrage á los bueyes que llevaban la artillería. La otra division, que era el grueso del ejército, iba capitaneada por el Rey en persona, y se dirigió por las montañas, sin que le arredrasen las asperezas de un camino que á veces se reducia á una vereda, perdiéndose entre peñas y precipicios, y otras conducia al borde de una sima espantosa, ó á un torrente cuyas aguas, acrecentadas por las recientes lluvias, interceptaban la marcha del ejército. Para vencer en algun modo las dificultades del terreno, se envió delante al alcaide de los Donceles con cuatro mil gastadores, prevenidos unos de picos, palas y azadones, para allanar los caminos, y otros, de los instrumentos necesarios para construir puentes de madera en los arroyos, mientras que algunos tuvieron órden de poner piedras en los charcos para el paso de la infantería. Á don Diego de Castrillo se le despachó con alguna gente de á caballo y de á pié, para que tomase los pasos de las montañas, cuyos habitantes, por la ferocidad de su carácter, no dejaban de inspirar al ejército algun cuidado.

Despues de una marcha penosa por montañas tan agrias, que á veces no habia disposicion para formar el campamento, y con pérdida de muchos bagages, que rendidos de fatiga perecieron por el camino, llegaron felizmente á dar vista á la vega de Velez-málaga. Defendido por una cordillera de montañas, se extendia este delicioso valle hasta la ribera del mar, cuyos aires le refrescaban, al paso que le hacian fértil las aguas del rio Velez. Estaban los collados cubiertos de viñedos y olivares, lozanas mieses ondeaban en las llanuras, y numerosos rebaños pacian en las dilatadas dehesas. En torno de la ciudad se veia florecer los jardines de los moros, y blanquear en ellos sus pabellones por entre infinitos naranjos, cidros y granados, sobre los cuales descollaba la erguida palma, amiga de los climas meridionales y de un cielo benigno y puro.

En un extremo del valle, y á la falda de un cerro aislado, estaba fundada la ciudad de Velez-málaga, bien fortificada con torres y muros muy espesos. En lo mas alto del cerro habia un castillo poderoso é inaccesible por todas partes, que dominaba todo el pais circunvecino, y junto á los muros dos arrabales, defendidos con albarradas y grandes fosos. Contribuian á la seguridad de esta plaza las inmediatas fortalezas de Benamarhoja, Comares y Competa, guarnecidas por una raza de moros muy fuertes y belicosos, que habitaban aquellas montañas.

Al mismo tiempo que llegó el ejército cristiano á la vista de Velez-málaga, arribó á aquella costa la escuadra que mandaba el conde de Trevento, compuesta de cuatro galeras armadas, y de muchas caravelas con mantenimientos para el ejército.

Despues de reconocer el terreno determinó el Rey acampar en la ladera de una montaña, que es la última de una cordillera que se extiende hasta Granada. En su cumbre habia un lugar de moros muy fuerte, llamado Bentomiz, que, por su proximidad á Velez-málaga, se creyó podria proporcionar socorros á esta plaza. Á muchos de los generales pareció peligrosa la posicion escogida por el Rey, pues quedaba el campo expuesto á los ataques de un enemigo tan inmediato; pero Fernando resolvió conservarla, diciendo que asi cortaria la comunicacion entre el lugar y la ciudad, y que en cuanto al peligro, estuviesen sus soldados mas alerta para evitar una sorpresa. Salió, pues, el Rey á caballo con algunos caballeros, para distribuir las estancias, y despues de colocar cierta gente de á pié en un cerro que dominaba la ciudad, se retiró á su pavellon para tomar algun alimento. Sentado apenas á la mesa, sintió un alboroto repentino, y saliendo fuera, vió correr á sus soldados delante de una fuerza superior enemiga. Asiendo una lanza, y sin mas armas defensivas que su coraza, saltó Fernando á caballo, dirigiéndose con los pocos que le acompañaban al socorro de sus soldados. Éstos, que vieron venir en su auxilio al mismo Rey, cobraron aliento, y revolviendo contra los moros, los acometieron con denuedo. Llevado del ardor que le animaba, se metió Fernando por medio de los enemigos: un caballerizo que iba á su lado, fue muerto á los primeros tiros; pero antes que pudiera escapar el moro que le matára, le dejó el Rey atravesado con su lanza. Echó mano entonces á la espada, pero por mas esfuerzos que hizo, no pudo sacarla de la vaina; de manera que rodeado de enemigos, y sin armas con que defenderse, se halló el Rey en el mas iminente peligro. En esta hora crítica llegaron el marqués de Cádiz, el conde de Cabra y el adelantado de Murcia, con Garcilaso de la Vega y Diego de Ataide, los cuales, cubriendo al Soberano con sus cuerpos, le defendieron contra los tiros del enemigo. Al marqués de Cádiz mataron su caballo, y aun él mismo corrió gran riesgo; pero con la ayuda de sus valientes compañeros logró rechazar á los moros, persiguiéndolos hasta meterlos por las puertas de la ciudad.

Pasado este rebato, rodearon al Rey sus grandes y caballeros, representándole cuán mal hacia en exponer su persona en los combates, teniendo en su ejército tantos y tan buenos capitanes á quienes tocaba pelear; que mirase que la vida del príncipe era la vida de su pueblo, y que muchos y grandes ejércitos se habian perdido por la pérdida de su general; por lo que le suplicaban que en adelante les ayudase con la fuerza de su ánimo gobernando, y no con la de su brazo peleando. Á esto respondió el Rey confesando que tenian razon, pero que no le era posible mirar el peligro de sus gentes sin acudir á su socorro; cuyas palabras llenaron á todos de contento, pues veian que no solo les gobernaba como buen Rey, sino que les protegia como capitan valiente. Esta hazaña no tardó en llegar á los oidos de la Reina, haciéndola temblar el arrojo de su esposo, aun en medio de su regocijo al saber que el peligro era pasado. Posteriormente concedió doña Isabel á Velez-málaga, por armas de la ciudad, y en conmemoracion de este suceso, la figura de un Rey á caballo, con un caballerizo muerto á sus pies y los moros en huida[2 - Illescas, Hist. Pontif. lib. VI. Vedmar, Hist. Velez-málaga.].

Estaba ya formado el campamento, pero faltaba la artillería, que por el mal estado de los caminos aun no habia podido llegar. Entretanto mandó el Rey combatir los arrabales de la ciudad, los cuales fueron entrados despues de una lucha sangrienta de seis horas, y con pérdida de muchos caballeros muertos ó heridos, siendo entre éstos el mas distinguido, don Alvaro de Portugal, hijo del duque de Braganza. Se procedió entonces á fortificar los arrabales con trincheras y empalizadas, se puso en ellos una guarnicion competente, al mando de don Fadrique de Toledo, y se abrieron en derredor de la ciudad otras trincheras, con que se cortó enteramente la comunicacion de los sitiados con los pueblos del contorno. Para mayor seguridad de las recuas que traian los mantenimientos al real, se colocaron en los pasos de las montañas varios destacamentos de infantería; pero la aspereza de aquellos lugares favorecia de manera á los moros, que no fue posible impedir que hiciesen éstos salidas repentinas, en que arrebataban los convoyes, y cautivaban las personas, retirándose luego á sus guaridas con toda seguridad. Á veces, por medio de grandes fuegos encendidos en las cumbres de las montañas, se concertaba el enemigo con las guarniciones de las torres y castillos inmediatos, para atacar al campo de los cristianos, á quienes convenia por esto estar de continuo alerta y apercibidos para pelear.

Creyendo el Rey haber intimidado á los de Velez-málaga con la manifestacion de sus fuerzas, les dirigió una carta, ofreciéndoles condiciones muy ventajosas si desde luego capitulaban, y amenazando llevar la ciudad á sangre y fuego si persistian en defenderse. El portador de esta carta fue un caballero llamado Carvajal, que, poniéndola en la punta de una lanza, la entregó á los moros que estaban en la muralla, los cuales contestaron diciendo, que el Rey de Castilla era demasiado noble para llevar á efecto una amenaza semejante, y que ellos no se entregarian, porque no era posible llegase al campo la artillería, y porque estaban seguros de ser socorridos por el Rey de Granada.

Al mismo tiempo que esta noticia, recibió el Rey la de haberse juntado en Comares, lugar fuerte distante de alli dos leguas, las gentes de la Ajarquía, cuya sierra era capaz de proporcionar hasta quince mil hombres de pelea, y era la misma donde, al principio de la guerra, se habia hecho tan gran matanza de cristianos.

La situacion del ejército, desunido y encerrado en pais enemigo, no dejaba de ser peligrosa, y exigia la mayor disciplina y vigilancia. Asi lo entendió Fernando, haciendo publicar en los reales ciertas ordenanzas, por las que se prohibian los juegos, las blasfemias y las pendencias: las mugeres mundanas, y los rufianes que las acompañaban, fueron echados del campamento: ninguno habia de salir á las escaramuzas que los moros moviesen, sin licencia de su capitan, ni pegar fuego á los montes inmediatos; y el seguro concedido á cualquier pueblo ó individuo moro se habia de guardar inviolablemente. Estas ordenanzas, mandadas observar bajo penas muy severas, tuvieron tan buen efecto, que en medio de ser tan grande el concurso de varias gentes que alli habia, no se vió á nadie sacar armas contra otro, ni se oyó palabra, de que pudiese nacer escándalo.

Entretanto los guerreros de la serranía, reuniéndose en las cumbres de las montañas á la par de una tormenta que amenaza las llanuras, bajaron á las cuestas de Bentomiz, que dominaban el real, con intento de abrirse paso con las armas hasta la ciudad; pero un destacamento fuerte que se envió contra ellos, los arrojó de alli despues de un combate muy reñido, y se recogieron los moros á los lugares ásperos de la sierra, donde no se les pudo seguir.

Habian pasado ya diez dias desde que se asentó el real, y la artillería aun no habia llegado. Las lombardas y otras piezas de mayor calibre quedaron en Antequera, de donde no pudieron pasar por la fragosidad de los caminos: las demas, con muchos carros de municiones, llegaron, á duras penas, hasta media legua del campo; y los cristianos, animados con este refuerzo, se dispusieron á batir en forma las fortalezas de Velez-málaga.




CAPÍTULO II



Sale el Rey de Granada para levantar el sitio de Velez-málaga; intenta sorprender á los cristianos: resultado de esta empresa

En tanto que el estandarte de la cruz tremolaba delante de Velez-málaga, las facciones rivales del Albaicin y la Alhambra seguian afligiendo con sus disensiones á la infeliz Granada. La noticia de hallarse sitiada aquella plaza llamó al fin la atencion de los viejos y alfaquís, los cuales, dirigiéndose al pueblo, le representaron el peligro que á todos amenazaba. “¿Qué contiendas son estas, decian, en que aun el triunfo es ignominioso, y en que el vencedor oculta sonrojado sus heridas? Los cristianos están devastando la tierra que ganaron vuestros padres con su valor y sangre, habitan las mismas casas que éstos edificaron, gozan la sombra de los árboles que plantaron; y entretanto vuestros hermanos andan por el mundo desterrados y peregrinos. ¿Buscais á vuestro enemigo verdadero?.. acampado está en las alturas de Bentomiz. ¿Quereis ocasion en que mostrar vuestro valor?.. hallareis no pocas bajo los muros de Velez-málaga.”

Habiendo asi conmovido los ánimos del pueblo, se presentaron á los dos Reyes contrarios, á quienes dirigieron iguales reconvenciones. La situacion del Zagal era en extremo delicada: dos enemigos, uno de casa, otro de fuera, le guerreaban al mismo tiempo: si dejaba á los cristianos apoderarse de Velez-málaga, era consiguiente la perdicion del Reino: si salia á contenerlos, debia temer que Boabdil, en su ausencia, se levantase con el mando. En tal estado determinó concertarse con su sobrino, á quien hizo presente cuanto sufria la pátria por efecto de sus discordias, y cuán fácil seria habiendo union, remediarlo todo, y acabar de una vez con los cristianos, que de suyo se habian metido en la sepultura, sin que faltase mas que echarles la tierra encima: ofreció dejar el título de Rey, reconocer como tal á su sobrino, y pelear bajo su bandera; solo pedia que se le permitiese marchar al socorro de Velez-málaga, y castigar á los cristianos. Pero Boabdil, tratando de artificiosas estas proposiciones, las desechó con indignacion: “¿Cómo, dijo, he de fiarme de un traidor, que se ha ensangrentado en mi familia, y que ha buscado mi muerte por tantos modos y en tantas ocasiones?”

Quedó el Zagal confuso y despechado con esta repulsa; pero no habia tiempo que perder: los clamores del pueblo, que veia abandonadas al enemigo las mejores ciudades del reino, y el ardor de los caballeros de su corte, impacientes por salir al campo, exigian una pronta resolucion, y se decidió á marchar contra el enemigo. Poniéndose, pues, á la cabeza de una fuerza de mil caballos y veinte mil infantes, salió repentinamente una noche, y se dirigió por las montañas que se extienden desde Granada hasta Bentomiz, tomando los caminos menos transitados, y marchando con tal rapidez, que llegó á las alturas de este pueblo, antes que el Rey Fernando tuviese noticia de sus movimientos.

Alarmáronse los cristianos una tarde, viendo arder grandes hogueras en las montañas inmediatas á Bentomiz. Á la roja luz de las llamas se descubria el brillo de las armas y el aparato de la guerra, y se oia á lo lejos el sonido de los timbales y trompetas de los moros. Á los fuegos de Bentomiz respondian otros fuegos desde las torres de Velez-málaga, y el grito de, ¡el Zagal, el Zagal! resonaba de cerro en cerro, anunciando á los cristianos que el belicoso Rey de Granada campeaba en las alturas que dominaban al real. Iguales eran con este motivo la sorpresa del Rey de Castilla y el regocijo de los moros. El conde de Cabra, con su ardor acostumbrado, queria escalar aquellos cerros, y atacar al Zagal antes que pudiese formar su campo; pero no lo consintió Fernando por no exponerse á tener que levantar el sitio, y mandó que permaneciesen todos guardando sus respectivos puestos, sin moverse para buscar al enemigo.

Toda aquella noche ardieron los fuegos que coronaban las montañas. Al dia siguiente presentaban las cercanías de Bentomiz una escena marcial y pintoresca. Los rayos del sol naciente doraban los altos picos de la sierra, y deslizándose por la ladera abajo, caian de soslayo sobre las tiendas de los guerreros castellanos, dando á su blancura un realce singular, y mayor viveza á los colores de las banderetas con que se distinguian. El suntuoso pabellon del Rey descollaba sobre todo el campamento; y plantados en una eminencia, ondeaban al aire libre los estandartes de Castilla y de Aragon. Mas allá se descubria la ciudad, su encumbrado castillo, y sus fuertes torres, en que relumbraban las armas de los infieles; siendo remate de esta perspectiva el campamento moro, que guarnecia el perfil de la sierra, y que, á los resplandores del nuevo sol, se mostraba reluciente de armas, pabellones y divisas. Veíanse subir columnas de humo donde la noche anterior se habian encendido las hogueras; y la aguda voz de la trompeta, el ronco sonido de las cajas, y el relincho de los caballos, se oia confusamente desde aquella elevacion aérea; que es tan puro y diáfano el atmósfera en esta region, que se oyen los sonidos y se distinguen los objetos á una gran distancia, y asi pudieron fácilmente los cristianos ver la multitud de enemigos que se reunian contra ellos en las montañas inmediatas.

La primera disposicion del Rey moro fue destacar una fuerza competente al mando de Rodovan de Vanegas, gobernador de Granada, con órden de dar sobre el convoy de artillería que se encaminaba al real cristiano; pero la diligencia con que salió á impedirlo el maestre de Alcántara, le obligó á revocar esta órden; permaneciendo asi unos y otros sin osar venirse á las manos, y el Zagal contemplando desde arriba el campo enemigo, como tigre que espera la ocasion de saltear alguna presa. Habiéndosele frustrado este proyecto, concibió el de sorprender á los cristianos por medio de un ataque repentino concertado con los moros de la ciudad. Al efecto escribió al alcaide de ella, previniéndole que á la medianoche, cuando viese la señal de un fuego en cierto punto de la sierra, saliese con toda su guarnicion para dar furiosamente sobre las guardias del real: el Rey acometeria al mismo tiempo por la parte opuesta; de modo que envolviendo al enemigo en el silencio de la noche, seria fácil arrollarlo y destruirlo.

Iba ya el sol tocando el término de su carrera, y las largas sombras que caian de las montañas, empezaban á oscurecer la vega. Veia el fiero Zagal llegar la hora de ejecutar sus planes, y ya miraba como víctimas suyas á los cristianos, agenos, al parecer, del peligro que los amenazaba. “¡Alá achbar!, exclamó, señalando el campo enemigo, ¡Dios es grande! El ha traido á nuestras manos este Rey infiel con toda su caballería, para que con un glorioso triunfo recobremos todo lo perdido. ¡Aqui de nuestro valor y esfuerzo!, y dichoso el que muere peleando por la causa del profeta, que ese pasará en derechura al paraiso de los fieles, y gozará la belleza inmortal de las houris celestiales: dichoso el que sobreviva á esta victoria, pues él volverá á Granada, y la verá en toda su hermosura, libre de enemigos, y restituida á su primitiva gloria.”

Llegó al fin la hora señalada, y por órden del Rey moro se encendió una llama viva en la parte mas elevada de Bentomiz; pero en vano fue esperar la señal correspondiente que debia hacerse en la ciudad. Apurada la paciencia del Zagal con esta tardanza, empezó á mover la sierra abajo con su gente, para atacar al real cristiano. Avanzando por un desfiladero que conducia al llano, dieron de improviso con un cuerpo numeroso de cristianos: oyese al mismo tiempo una vocería terrible, y se ven los moros acometidos cuando menos lo esperaban. Confuso y sobresaltado, manda el Zagal retirar sus tropas, y se recoge á las alturas: hace una señal, y al punto empiezan á arder por todos aquellos cerros muchas y grandes hogueras que estaban ya prevenidas. El resplandor de las llamas iluminaba el horizonte, esparciendo en aquellos contornos una luz tan viva, que todo se descubria, las entradas y pasos de la sierra, el campo cristiano, su situacion y sus defensas. Donde quiera que volvia los ojos veia el Zagal relumbrar á la luz de los fuegos, las espadas, yelmos y corazas de sus enemigos; no habia paso que no estuviese herizado de lanzas cristianas, ni punto que no estuviese guardado por escuadrones de á caballo y de á pié ordenados en batalla.

Conviene saber que la carta que el Rey moro dirigió al alcaide de Velez-málaga habia sido interceptada por el vigilante Fernando, que tomó con prontitud y sigilo las medidas convenientes para recibir al enemigo.

Desesperado y furioso el Zagal al ver que se habian descubierto y frustrado sus designios, mandó avanzar sus tropas al ataque. En efecto, bajaron los moros aquellas cuestas impetuosamente y con grandes alaridos; pero de nuevo los detuvieron y rechazaron los cristianos apostados en la hondonada, los cuales eran la division de don Diego Hurtado de Mendoza, hermano del gran cardenal. Los moros, retirándose como antes á las alturas, donde no podian seguirles los soldados de don Diego, hicieron desde alli un fuego bien sostenido de arcabuces y ballestas, correspondiéndoles los cristianos con descargas de artillería. Asi se pasó la mayor parte de la noche: al estruendo de los tiros retumbaban los montes y valles, y el lúgubre resplandor de las hogueras hacia resaltar lo terrible de aquella nocturna escena.

Venida el alba, y viendo los moros que no habia cooperacion por parte de la ciudad, empezaron á desanimarse, y á temer que subiesen al asalto de aquellas cuestas las tropas cristianas que guardaban en gran número todas las entradas y pasos de la sierra. Á esta sazon fue cuando envió Fernando al marqués de Cádiz con gente de á caballo y de á pié para apoderarse de un cerro que ocupaba uno de los batallones del enemigo. Subió allá el Marqués, y con su intrepidez acostumbrada atacó á los moros, que luego abandonaron el puesto huyendo. Los demas, que ocupaban otros puntos, alarmados al ver huir á sus compañeros, se retiran en desórden. Un terror pánico se apodera de toda la hueste; y arrojando las armas, se entrega aquella numerosa morisma á una fuga desordenada. Derramándose por las montañas, se precipitan por todos los pasos y desfiladeros, y huyen sin saber de que, y sin que nadie los persiga, sembrando el suelo de espadas, lanzas, corazas y ballestas, que dejan para correr mas fácilmente. Solo Rodovan de Venegas pudo en tanta confusion reunir algunos pocos, con los cuales efectuó su entrada en Velez-málaga; todos los demas gefes, y el Rey con ellos, tuvieron que seguir á los fugitivos. El marqués de Cádiz, como viese despejado el campo, y que no se le hacia oposicion, movió adelante con sus gentes; y subiendo de cuesta en cuesta con mucha circunspeccion por el temor de alguna estratagema, llegó al sitio que el ejército moro acababa de abandonar: alli ningun enemigo se le presentó: todo estaba tranquilo; y solo se veia por el suelo armas, tiendas, banderas y trofeos. La fuerza con que venia era demasiado corta para perseguir al enemigo; asi que, cargando con los despojos, se volvió á los reales.

Una derrota tan señalada y milagrosa, llenó de admiracion al Rey Fernando, haciéndole recelar algun ardid de los que usaban los moros con frecuencia. Con esta sospecha mandó que toda aquella noche estuviesen las tropas sobre las armas; dobló las guardias, y en su tienda la hicieron mil caballeros é hidalgos bien armados, sin que se disminuyese un punto esta vigilancia, hasta que se tuvo noticia cierta de la dispersion del ejército del Zagal.

La noticia de tan feliz acontecimiento, llegó á Córdoba á tiempo que la Reina doña Isabel hacia grandes aprestos para reforzar con nuevas tropas el ejército de Fernando. Los avisos que se tenian alli de la situacion peligrosa del ejército real, y de la salida del Rey de Granada, habian llenado la corte de consternacion, y afligian el corazon de la Reina con mil temores y presentimientos. Se habia convocado, para que tomase las armas, á toda la gente de la Andalucía, exceptuando solo á los ancianos que pasaban de setenta años: el gran cardenal Mendoza, religioso, estadista y guerrero á un mismo tiempo, habia prometido mantener á su costa toda la caballería, y ya la Reina se disponia á partir para el Real cristiano con los primeros socorros, cuando se suspendió todo con la plausible noticia de la total derrota de los moros: los cuidados se convirtieron en alegría, las tropas fueron licenciadas, y este señalado triunfo se celebró con Te Deum en todas las Iglesias.




CAPÍTULO III



Ingratitud de los Granadinos para con el valiente Muley Audalla, el Zagal: rendicion de Velez-málaga y otras plazas

La salida del anciano guerrero Muley Audalla, el Zagal, para defender su territorio, dejando en Granada un rival poderoso, se celebró alli como una bizarría digna de admiracion: sus pasadas hazañas y su valor acreditado inspiraban á todos las mas lisongeras esperanzas, al paso que la apatía de Boabdil, que miraba tranquilo la invasion y ruina de su pátria, tenia exasperados los ánimos del pueblo, y llenos de temor á los que seguian su partido. Se habian suspendido las sangrientas conmociones de la ciudad, y la atencion pública se dirigia únicamente á las operaciones del Zagal, á quien contemplaban ya victorioso y de vuelta para Granada, conduciendo prisionero al Rey de Castilla y á toda su caballería. Estando todos en tan alegre expectacion, vieron llegar algunos ginetes fugitivos del ejército moro, que corriendo la vega, fueron los primeros que anunciaron aquella fatal derrota y dispersion. Al referir este desastroso suceso, parecia que recordaban confusamente algun sueño espantoso: no sabian decir cómo ni por qué habia sucedido: hablaban de un combate empeñado en la oscuridad de la noche entre rocas y precipicios; de millares de enemigos emboscados en los pasos y desfiladeros de las montañas; del horror que se apoderó del ejército, de su fuga, dispersion y ruina.

La llegada de otros fugitivos confirmó en breve estas infaustas nuevas; y el pueblo de Granada, pasando desde el colmo de la alegría al extremo del abatimiento, prorumpió en exclamaciones no de dolor, sí de indignacion: confundian al general con el ejército, á los abandonados con los desertores; y el Zagal, que habia sido el ídolo del pueblo, vino á ser el objeto de su execracion. En esto se oyó de improviso el grito de ¡viva Boabdil el chico! y al punto resuena por todas partes la misma voz; ¡viva Boabdil el chico!, decian, ¡viva el legítimo Rey de Granada! y ¡mueran los usurpadores! Llevado de aquel impulso momentáneo, corre el pueblo al Albaicin, y los mismos que poco antes habian sitiado á Boabdil, rodean ahora su palacio con aclamaciones. Conducido á la Alhambra en triunfo, y dueño ya de Granada y de todas sus fortalezas, se vió este príncipe sentado otra vez sobre el trono de sus mayores.

Al ceñir aquella corona que tantas veces le habia arrebatado la inconstante multitud, trató Boabdil de consolidar su poder, y por órden suya rodaron al suelo las cabezas de cuatro moros principales, que mas celosos se habian mostrado en la causa de su rival. Estos castigos eran tan comunes en toda mudanza de gobierno, que el público, lejos de ofenderse, alabó la moderacion de su Soberano: cesaron las facciones, y ensalzando todos á Boabdil hasta las nubes, quedó el Zagal entregado al olvido y menosprecio.

Confundido y humillado por un revés tan repentino cual nunca, acaso, cupo en suerte á ningun caudillo, se dirigia el Zagal tristemente hácia Granada: la víspera de aquel dia se habia visto á la cabeza de un ejército poderoso, sus enemigos le temblaban, y la victoria parecia que iba á coronarle de laureles: ahora se contemplaba fugitivo entre los montes; su ejército, su prosperidad, su poderío, todo se habia desvanecido como un sueño ligero, ó como una ficcion de la fantasía. Llegando cerca de la ciudad, se detuvo en las márgenes del Jenil, y envió delante algunos ginetes para tomar lengua; los cuales volviendo en breve con semblantes decaidos, le dijeron: “Señor, las puertas de Granada están cerradas para vos; el estandarte de Boabdil tremola sobre las torres de la Alhambra.” Volvió el Zagal las riendas á su caballo, y partió silencioso la vuelta de Almuñecar: desde alli pasó á Almería, y por último se refugió en Guadix, donde permaneció procurando reunir sus fuerzas, por si alguna mudanza política le llamaba á nuevas empresas.

Entretanto reinaba en Velez-málaga una penosa incertidumbre sobre lo que pasaba por fuera: durante la noche anterior habian notado por los fuegos encendidos en las alturas de Bentomiz, que se les hacian señales cuyo sentido no comprendian: al amanecer del dia siguiente vieron que el campamento moro habia desaparecido como por encanto; y todo se volvia conjeturas y recelos, cuando vieron llegar á rienda suelta, y entrar por las puertas de la ciudad, al bizarro Rodovan de Venegas con un escuadron de caballería, triste fragmento de un ejército florido. La noticia de tan gran revés llenó á todos de consternacion; pero Rodovan los animó á la resistencia con la seguridad de ser en breve socorridos desde Granada, y con la esperanza de que la artillería gruesa de los cristianos se atascaria en los caminos, y nunca llegaria al campo. Pero esta esperanza en breve se desvaneció: al dia siguiente vieron entrar en el real un tren poderoso de lombardas, ribadoquines, catapultas, y una larga fila de carros con municiones, escoltados por el maestre de Alcántara.

Sabido por los sitiados que Granada habia cerrado sus puertas contra el Zagal, y que no habia que esperar socorros, trataron de capitular, aconsejándolo el mismo Rodovan de Venegas, que conocia ser ya inútil la resistencia. Las condiciones se ajustaron entre Rodovan y el conde de Cifuentes, que se conocian y estimaban mútuamente; y aprobadas por Fernando, que deseaba proseguir mas adelante sus conquistas, y marchar contra Málaga, se entregó la ciudad, permitiéndose salir á los habitantes con todos sus efectos, menos las armas, y dejando á cada uno la eleccion de su morada, no siendo en lugares inmediatos á la mar. Ciento y veinte cristianos de ambos sexos debieron su libertad á la rendicion de Velez-málaga; y enviados á Córdoba, fueron recibidos por la Reina y la Infanta doña Isabel en aquella famosa catedral, donde se celebró con toda solemnidad tan gran victoria.

Á la entrega de Velez-málaga se siguió la de Bentomiz, Comares, y todos los lugares y castillos de la Ajarquía. Vinieron diputaciones de unos cuarenta pueblos de las Alpujarras, cuyos moradores se sometieron á los Soberanos, jurando obedecerlos como mudejares ó vasallos moriscos. Se tuvo al mismo tiempo noticia de la revolucion acaecida en Granada; con cuyo motivo solicitaba Boabdil la proteccion del Rey en favor de los pueblos que habian vuelto á su obediencia, ó que renunciasen á su tio, asegurando que no dudaba ser en breve reconocido por todo el reino, al cual tendria entonces como vasallo de la corona de Castilla. Accedió Fernando á esta súplica, extendiendo su proteccion á los habitantes de Granada, los cuales pudieron asi salir en paz á cultivar sus campos, y comerciar con el territorio cristiano: iguales ventajas se ofrecieron á los pueblos que dentro de seis meses abandonasen al Zagal, y volviesen á la obediencia de Boabdil.

Dadas estas disposiciones, y proveido todo lo necesario al gobierno del territorio nuevamente adquirido, dirigió Fernando su atencion al objeto principal de esta campaña, la conquista de la ciudad de Málaga.




CAPÍTULO IV



De la ciudad de Málaga, y de sus habitantes

La ciudad de Málaga era la plaza mas importante, y al mismo tiempo la mas fuerte, del reino de Granada. Fundada en un valle hermoso á la ribera del mar, la defendia por un lado una cordillera de montañas, y por otro bañaban el pié de sus baluartes las olas del mediterráneo. Sus murallas eran altas, macizas, y coronadas de muchas torres. Dos castillos formidables dominaban la poblacion: el uno la Alcazaba ó ciudadela, que estaba en la pendiente de una cuesta junto al mar: el otro, Gibralfaro, situado en la cumbre de la misma cuesta en un sitio donde antiguamente hubo un faro ó fanal, de donde tomó su nombre, por una corrupcion de Gibel fano, cerro del fanal; y este castillo era tan fuerte por su situacion y defensas, que se tenia por inexpugnable. De la una á la otra fortaleza se comunicaba por medio de un camino cubierto, seis pasos de ancho, que corria de arriba abajo entre dos murallas paralelas. Inmediatos á la ciudad habia dos grandes arrabales; en el uno, por la parte del mar, estaban las casas de recreo y jardines de los ciudadanos mas opulentos; en el otro, por la parte de tierra, habia una poblacion numerosa, defendida por murallas y torres de mucha fuerza.

La ciudad de Málaga, rica, mercantil y populosa, estimaba en mas la conservacion de un comercio lucrativo que mantenia con el África y Levante, que el honor de resistir á un asedio, cuyas ruinosas consecuencias no ignoraba: la paz era sus delicias; y en sus consejos influia no tanto el voto del guerrero, como el interés del comerciante. De esta clase era Alí Dordux, uno de los principales; sus riquezas eran sin cuento, sus navíos cubrian todos los mares, y su palabra era ley en la ciudad. Reuniendo á los primeros y mas ricos de sus compañeros, acudió Alí á la Alcazaba, donde hizo al alcaide Aben Connixa un discurso, representándole la inutilidad de toda resistencia, los males que debia acarrear un sitio, y la ruina que se seguiria á la toma de la ciudad á fuerza de armas. Por otra parte le puso delante el favor que podrian esperar del Monarca de Castilla, si pronta y voluntariamente reconocian á Boabdil por Rey, la segura posesion de sus bienes, y el comercio provechoso con los puertos de los cristianos. El alcaide escuchó con atencion estos consejos, y cediendo á las instancias que se le hicieron, salió al real cristiano para tratar de conciertos con el Rey, habiendo dejado á su hermano con el mando.

Mandaba á esta sazon en el castillo de Gibralfaro aquel moro belicoso, enemigo implacable de los cristianos, aquel Hamet el Zegrí, alcaide de Ronda, tan valiente y tan temido. Tenia Hamet consigo el remanente de sus Gomeles, y otros de la misma tribu que se le habian agregado. Mirando estos bárbaros la ciudad de Málaga desde los antiguos torreones de su encumbrado castillo, donde se anidaban como aves de rapiña, contemplaban con todo el desprecio del orgullo militar aquella poblacion mercantil, que tenian cargo de defender, estimando en mas que á sus moradores, sus fortalezas y defensas. La guerra era su oficio, las escenas de peligro y sangre sus delicias; y confiados en la fuerza de la plaza y en la de su castillo, tenian en poco la guerra con que el cristiano les amenazaba.

Tales eran los elementos de la guarnicion de Gibralfaro, y el furor de sus soldados al saber que se trataba de la entrega de Málaga, y que el alcaide de la Alcazaba lo consentia, puede fácilmente concebirse. Para evitar una degradacion semejante, no reparó Hamet en la violencia de los medios: bajó con sus Gomeles á la ciudadela, y entrando en ella repentinamente dió la muerte al hermano del alcaide Aben Connixa, asi como á todos los que presentaron la menor resistencia, y en seguida convocó á los habitantes de Málaga para deliberar sobre las medidas que convenia tomar en defensa de la plaza[3 - Cura de los Palacios, cap. 82.].

Á consecuencia de esta intimacion, acudieron de nuevo á la Alcazaba los principales de la ciudad. Llegando á la presencia de Hamet, vieron con temeroso respeto la feroz guardia africana que le rodeaba, y las señales de la reciente carnicería que alli se habia cometido. “El alcaide Aben Connixa, dijo el Zegrí con tono altivo y mirar torvo, ha sido un traidor á su Soberano y á vosotros, pues ha conspirado para entregar la ciudad á los cristianos: el enemigo se acerca, y conviene que luego elijais otro gefe mas digno del honroso cargo de defenderos.”

Á esto respondieron todos que solo él era capaz de mandar en aquellas circunstancias; y quedando asi Hamet constituido alcaide de Málaga, procedió á guarnecer todas las fortalezas y torres con sus partidarios, é hizo las demas prevenciones necesarias para una vigorosa resistencia.

Con la noticia de estos acontecimientos, cesaron las negociaciones entre Fernando y el destituido alcaide Aben Connixa; y pues parecia que no quedaba otro recurso, se trató de emprender el asedio de aquella plaza. En esto el marqués de Cádiz, que habia hecho conocimiento en Velez con un moro principal, amigo de Hamet, y natural de Málaga, manifestó al Rey que por este conducto se podrian hacer proposiciones al alcaide de Málaga para la entrega de la ciudad, ó á lo menos para la del castillo de Gibralfaro. Vino Fernando en ello, y aprobando el pensamiento del Marqués, le dijo: “En vuestras manos pongo este negocio, y la llave de mi tesoro; no repareis ni en el gasto ni en las condiciones, y haced á mi nombre lo que mejor os pareciere.” El moro, que estaba ya prevenido y conforme, partió en compañía de otro moro amigo suyo, para desempeñar esta comision, habiendo el Marqués provisto á entrambos de armas y caballos. Llevaban cartas secretas del Marqués para Hamet, ofreciéndole la villa de Coin en herencia perpetua, y cuatro mil doblas de oro, si entregaba el castillo de Gibralfaro; juntamente con una suma cuantiosa para distribuir entre los oficiales y la tropa: para la entrega de la ciudad los ofrecimientos eran sin límites[4 - Cura de los Palacios, cap. 82.].

Hamet, que apreciaba el carácter guerrero del marqués de Cádiz, recibió á sus mensageros en el castillo de Gibralfaro, con atencion y cortesía, escuchó con paciencia las proposiciones que le hicieren, y los despidió con un salvo conducto para la vuelta; pero se negó absolutamente á entrar en ningun trato.

La respuesta de Hamet no pareció tan perentoria, que no debiese hacerse otra tentativa. En efecto, despacho el Marqués otros emisarios con nuevas proposiciones; los cuales llegando á Málaga una noche, hallaron que se habian doblado las guardias, que rondaban patrullas por todas partes, y que habia una vigilancia extraordinaria: en fin, fueron descubiertos y perseguidos, debiendo solo su seguridad á la ligereza de sus caballos, y al conocimiento práctico que tenian del pais.

Visto por el Rey que la fidelidad de Hamet el Zegrí no sucumbia á las ofertas que se le hacian, mandó intimarle públicamente la rendicion, ofreciendo las condiciones mas favorables en el caso de una sumision voluntaria, y amenazando á todos con la cautividad en el caso de resistencia.

Recibió Hamet esta intimacion en presencia de los habitantes principales, de los que ninguno se atrevió á interponer palabra, por el temor que le tenian. La respuesta fue que la ciudad de Málaga le habia sido encomendada, no para entregarla como el Rey pedia, sino para defenderla como veria[5 - Pulgar parte III. c. 74.].

Vueltos los mensageros al real, informaron sobre el estado de la ciudad, ponderando el número de la guarnicion, la extension de sus fortalezas, y el espíritu decidido del alcaide y de la tropa. El Rey expidió inmediatamente sus órdenes para que se adelantase la artillería, y el dia 7 de mayo marchó con su ejército á ponerse sobre Málaga.




CAPÍTULO V



Marcha del ejército real contra la ciudad de Málaga

Tomando la ribera del mar, avanzó con direccion á Málaga el ejército real, cuyas largas y lucidas columnas se extendian por el pié de las montañas que guarnecen el mediterráneo, al paso que una flota de naves cargadas de artillería y pertrechos, seguia su marcha á corta distancia de tierra. Hamet el Zegrí, viendo que se acercaba esta fuerza, mandó poner fuego á las casas de los arrabales mas inmediatos á la ciudad, é hizo salir tres batallones al encuentro de la vanguardia del enemigo.

Para penetrar en la vega y cercar la ciudad, era preciso que desfilase el ejército por un paso angosto, al que por una parte defendia el castillo de Gibralfaro, y por otra lo dominaba un cerro alto y escabroso que se junta con las montañas inmediatas. En este cerro colocó Hamet uno de los tres batallones, otro en el paso por donde habian de marchar las tropas, y el tercero en una cuesta no muy lejos. Llegando por este lado la vanguardia del ejército, pareció necesario tomar el cerro, y con este objeto se destacó un cuerpo de peones, naturales de Galicia, al mismo tiempo que ciertos hidalgos y caballeros de la casa real atacaron á los moros que estaban abajo guardando el paso, siguiéndose en una y otra parte una pelea muy reñida. Los moros se defendieron con valor: los gallegos repetidas veces fueron rechazados, y otras tantas volvieron al asalto. Por espacio de seis horas se sostuvo esta cruel lucha, en que se peleó no solo con arcabuces y ballestas, sino con espadas y puñales: ninguno daba cuartel ni lo pedia, ninguno curaba de hacer cautivos, y sí solo de herir y matar.

Los demas cuerpos del ejército oian desde lejos el rumor de la batalla, los tiros y los lelilies de los moros; pero no podian pasar adelante para auxiliar á la vanguardia, pues venian por una senda tan estrecha, entre el mar y las montañas de la costa, que solo podian marchar en fila, impidiéndose unos á otros el paso, y sirviéndoles de mucho embarazo la caballería y los bagages. Empero algunas compañías de las hermandades, sostenidas por las tropas que mandaban Hurtado de Mendoza y Garcilaso de la Vega, avanzaron al asalto del cerro, y con gran trabajo pasaron adelante, peleando siempre, hasta llegar á la cumbre, donde el porta-estandarte, Luis Maceda, plantó su bandera. Los moros se retiraron de esta posicion, dejándola ocupada por los cristianos; y á su ejemplo los que defendian el paso se retrajeron al castillo de Gibralfaro.[6 - Pulgar, Crónica.]

Ganado el cerro, y libre ya de enemigos aquel paso, pudo el ejército seguir adelante sin estorbos. En esto iba entrando la noche, y no hubo lugar de sentar los reales en los puntos que convenia: las tropas cansadas y rendidas, acamparon por entonces en la mejor forma que permitian las circunstancias; y el Rey, acompañado de algunos grandes y caballeros de su hueste, pasó la noche reconociendo el campo, poniendo guardias, partidas avanzadas y escuchas, para que estuviesen en observacion de la ciudad, y avisasen de cualquier movimiento que hiciese el enemigo.

Á otro dia cuando amaneció, pudo el Rey contemplar y admirar aquella ciudad hermosa que esperaba en breve añadir á sus dominios. Por una parte estaba rodeada de arboledas, huertas y viñedos, que hacian verdear los cerros convecinos: por otra le bañaba un mar tranquilo, en cuyo plácido seno se reflejaban sus palacios, sus torres y fortalezas; obras de grandes varones, en muchos y antiguos tiempos construidas, para mayor seguridad de los habitadores de una morada tan deliciosa. Por entre las torres y edificios se descubrian los pensiles de los ciudadanos, donde florecian el cidro, el naranjo y el granado, y con ellos la erguida palma y el robusto cedro, indicando la opulencia y lujo que reinaban en el interior.

Entretanto el ejército cristiano, distribuyéndose en derredor de la ciudad, la cercó por todas partes; se tomó posesion de todos los puntos importantes, y á cada capitan se le señaló su estancia respectiva. El encargo de guardar el cerro, que con tanto trabajo se habia ganado, fue confiado á Rodrigo Ponce de Leon, marqués de Cádiz, que en todas las ocasiones aspiraba al puesto de mas peligro: su campamento se componia de mil y quinientos caballos y catorce mil infantes, extendiéndose desde la cumbre de aquella altura hasta la orilla del mar, y cerrando asi enteramente por este lado el paso para la plaza. Desde este punto partia una línea de campamentos fortificados con fosos y vallados que rodeaban toda la ciudad hasta la marina, donde las naves y galeras del Rey apostadas en el puerto, acababan de bloquear la plaza por mar y tierra. En ciertos parages habia talleres de varios artífices; herreros, con fraguas siempre encendidas; carpinteros que al golpe de sus martillos hacian resonar el valle; ingenieros que construian máquinas para el asalto de la plaza; en fin, picapedreros y carboneros, que los unos labraban las piedras para la artillería, y los otros hacian el carbon para los hornos y fraguas.

Sentados los reales, se desembarcó la artillería gruesa, se construyeron baterías, y en el cerro que ocupaba el marqués de Cádiz se plantaron cinco lombardas grandes para batir el castillo de Gibralfaro que estaba enfrente. Los moros hicieron los mayores esfuerzos para estorbar estas operaciones, y con el fuego de su artillería molestaron de tal manera á la gente ocupada en los trabajos, que fue menester abandonarlos de dia para continuarlos por la noche. Tiraron asimismo con tanto acierto contra la tienda real, que se habia colocado en un punto al alcance de las baterías, que fue necesario mudarla de alli para ponerla tras de una cuesta. Estando concluidos los trabajos, rompieron el fuego las baterías cristianas, y contestaron á las de la plaza con un cañoneo tremendo; al mismo tiempo que los navíos de la flota, acercándose á tierra, combatieron vigorosamente la ciudad por aquella parte.

Era un espectáculo grandioso é imponente ver tanto aparato militar, tanta batería, tanto cerro poblado de tiendas, con las enseñas de los mas ínclitos guerreros de Castilla; las galeras y navíos que cubrian el mar, las embarcaciones que iban y venian, y el contínuo llegar de tropas, provisiones y pertrechos. Empero causaba horror el estruendo de la artillería, y el estrago que hacian las lombardas, singularmente las de una batería cristiana, que se llamaban las siete hermanas Jimenas. De dia no cesaba el bombardeo; de noche se veian resplandecer en los aires los combustibles que se arrojaban á la plaza, y subir iluminando el cielo las llamas de las casas incendiadas; y entretanto Hamet el Zegrí y sus Gomeles miraban complacidos la tempestad que habian suscitado, y se gozaban con los horrores de la guerra.




CAPÍTULO VI



Sitio de Málaga, y obstinacion de Hamet el Zegrí

El sitio de Málaga se prosiguió por algunos dias con la mayor actividad, pero sin producir mucha impresion en los baluartes; tanta era la fuerza de los que defendian á aquella plaza antigua. El primero que se distinguió fue el conde de Cifuentes, que con algunos caballeros de la casa real se arrojó al asalto de una torre que estaba medio desmantelada por los tiros de la artillería. La resistencia de los moros fue pertinaz y terrible: desde las ventanas y troneras de la torre arrojaron sobre los cristianos pez y resina hirviendo, piedras, dardos y saetas. Pero todo fue poco contra el valor del Conde y de sus compañeros; los cuales volviendo á poner las escalas, subieron á la torre, y plantaron en ella su bandera. Procedieron entonces á atacarla los que habian sido echados de ella: mináronla por la parte de dentro, y poniendo bajo los cimientos unos puntales de madera, los pegaron fuego y se retiraron: de alli á poco cedieron los puntales, se hundió la torre, y cayó con un rumor tremendo; quedando muchos de los cristianos sepultados en las ruinas, y expuestos los demas á los tiros del enemigo.

Entretanto se habia abierto una brecha en la muralla que cercaba uno de los arrabales; y acudiendo á ella sitiados y sitiadores, los unos para defender la entrada, los otros para forzarla, comenzó una lucha cruel, en que no se ganó paso que no fuese regado con sangre de los unos y de los otros. Al fin hubieron de ceder los moros al esfuerzo de los cristianos, y quedaron éstos dueños de la mayor parte del arrabal.

Estas ventajas aunque cortas, hubieran podido animar las tropas de Fernando; pero las defensas principales de la plaza estaban aun enteras, la guarnicion se componia de soldados veteranos, que habian servido en muchas de las plazas conquistadas por el Rey; y los moros, acostumbrados á los efectos de la artillería, no se confundian ya, ni se amedrentaban con el estruendo de los cañones, sino que reparaban las brechas, y construian nuevas defensas con mucha habilidad. Por otra parte, los cristianos ensoberbecidos con la rapidez de sus conquistas anteriores, se mostraban impacientes por los pocos progresos que hacian en este sitio. Algunos temian una carestía en los mantenimientos, cuya conduccion por tierra era en extremo trabajosa, y por mar estaba sugeta á mil incertidumbres. Muchos se alarmaron por una pestilencia que se manifestó en aquellos contornos; y tanto pudo con ellos el temor, que no pocos abandonaron los reales, y se volvieron á sus casas. Otros, pensando hacer fortuna, y persuadidos que por todas estas causas tendria el Rey que levantar el sitio, desertaron al enemigo, á quien dieron noticias exageradas de los temores y descontentos del ejército, de la desercion diaria de los soldados, y sobre todo de la escasez de pólvora, que aseguraban haria en breve callar la artillería.

Animados los moros con estas amonestaciones, y no dudando que si perseveraban en su defensa obligarian al Rey á retirarse de sus muros, cobraron nuevos brios, hicieron nuevas salidas, y tan vigorosas, que fue preciso estar en todo el real con una continua y penosa vigilancia. Asimismo fortificaron las murallas en los lugares menos fuertes, con zanjas y empalizadas, é hicieron otras demostraciones de un espíritu pertinaz y decidido.

Entretanto el Rey, instruido de las noticias que se habian comunicado á los moros, y de la persuasion en que estaban de que muy pronto se alzaria el sitio, habia escrito á la Reina para que se trasladase al campo, juzgando ser este el medio mas seguro de desmentir tan falsos rumores, y de desvanecer las vanas esperanzas del enemigo. En efecto, pasados algunos dias se presentó doña Isabel en los reales, y no fue poco el entusiasmo de los soldados cuando vieron llegar á su magnánima Reina, dispuesta á partir con ellos los peligros y trabajos de aquella empresa. Venian acompañándola muchos grandes y caballeros de su corte; á un lado iba la Infanta su hija, al otro el gran cardenal de España; despues el prior de Praxo, su confesor, con otros prelados; y últimamente, un séquito numeroso, para manifestar que no era una visita pasagera la que la Reina se proponia hacer.

Con la venida de doña Isabel se suspendieron los horrores de la guerra, cesó el fuego contra la plaza, y se despacharon mensageros á los sitiados para ofrecerles la paz en los mismos términos que se habia concedido á los de Velez-málaga: se les intimó la resolucion de los Soberanos de no levantar el campo hasta apoderarse de la ciudad, y se les amenazó con el cautiverio y la muerte si persistian en la resistencia.

Hamet el Zegrí oyó esta amonestacion con desprecio, y despidió á los mensajeros sin dignarse dar una respuesta. “El Rey cristiano, dijo á los suyos, nos quiere ganar con ofrecimientos, porque desespera de vencernos con las armas: la falta que tiene de pólvora se conoce por el silencio de sus baterías: se le acabaron ya los medios de destruir nuestras defensas; y por poco que permanezca aqui, las próximas lluvias y temporales arrebatarán sus convoyes, dispersarán sus flotas, y llenarán su campo de hambre y mortandad. Entonces, quedando el mar abierto para nosotros, podremos recibir del África socorros y mantenimientos.”

Estas palabras, acompañadas de terribles amenazas contra todo el que tratase de capitulacion, impusieron silencio á los que pensaban de otro modo y suspiraban por la paz. No obstante, algunos de los moradores entraron en correspondencia con el enemigo; pero habiendo sido descubiertos, los bárbaros Gomeles, para quienes una insinuacion de su gefe tenia fuerza de ley, se echaron sobre ellos, y los mataron, confiscando en seguida sus efectos. Intimidóse el pueblo con estos rigores, y los que mas habian murmurado eran ya los que mas diligentes se mostraban en la defensa de la plaza.

Instruido el Rey del menosprecio con que habian sido tratados sus mensageros, se indignó sobremanera; y sabiendo que la suspension del fuego se atribuia á la falta de pólvora, mandó hacer una descarga general de todas las baterías. Esta explosion repentina convenció á Hamet de su error, y acabó de confundir á los habitantes, que ya no sabian á quien mas temer, si á los que les guerreaban de fuera, ó á los que les señoreaban de dentro, si al cristiano ó al Zegrí.

Aquella tarde fueron los Soberanos á visitar las estancias del marqués de Cádiz, desde donde se descubria gran parte de la ciudad y del campamento. La tienda del Marqués era de mucha capacidad, y construida al estilo oriental; sus colgaduras de brocado y de finísimo paño de Francia. Estaba colocada en lo mas alto del cerro, frente de Gibralfaro, rodeándola otras muchas tiendas de diferentes caballeros; de modo que presentaban juntas un contraste vistoso y alegre con las torres sombrías de aquel antiguo castillo. Aqui se sirvió á los Soberanos un refresco espléndido, de que participaron damas hermosas é ilustres caballeros; y viéronse reunidas en un punto la flor de la belleza de Castilla y la gala de la caballería.

Mientras aun era de dia, propuso el Marqués á la Reina que presenciase los efectos de la artillería, y al intento mandó disparar algunas lombardas gruesas contra la plaza. La Reina y sus damas, sintiendo temblar la tierra bajo sus pies, y viendo caer al ímpetu de las balas grandes fragmentos de las murallas, se llenaron de temor y de admiracion. Estando el Marqués entreteniendo asi á sus reales huéspedes, levantó los ojos, y quedó confundido al ver su misma bandera desplegada en una de las torres de Gibralfaro. Un sonrojo irresistible cubrió sus mejillas, pues aquella bandera era la que habia perdido en la memorable matanza de los montes de Málaga. Para agravar aun mas este insulto, se presentaron los moros en las almenas vestidos con los cascos y corazas de muchos caballeros que habian quedado muertos ó cautivos en aquella ocasion[7 - Diego de Valera, Crónica MS.]. El marqués de Cádiz disimuló su indignacion, y sin proferir palabra, remitió para otro dia la satisfaccion de aquel agravio.




CAPÍTULO VII



Combate del castillo de Gibralfaro por el marqués de Cádiz

La mañana despues del banquete que se dió en obsequio de la Reina, rompieron las baterías del marqués de Cádiz un fuego tremendo contra el castillo de Gibralfaro. Todo el dia estuvo aquella altura envuelta en una nube de denso humo; ni cesó el estruendo de las lombardas con la entrada de la noche, sino que siguió durante toda ella, hasta la mañana, cuando el cañoneo, lejos de disminuirse, continuó con mayor viveza. Muy pronto se reconocieron en aquellos baluartes los efectos de estas máquinas terribles; pues la torre principal del castillo, donde se habia desplegado aquella insolente bandera, quedó luego desmantelada, y reducida á escombros otra mas pequeña; habiéndose tambien abierto en la muralla inmediata una brecha considerable. Muchos de aquellos jóvenes fogosos que seguian las banderas del Marqués, pidieron que se les llevase al asalto de la brecha; otros, mas prudentes y experimentados, reprobaron esta empresa como una temeridad; pero todos convinieron en que las estancias podrian acercarse mas á las murallas, y que esto debia hacerse en pago del insolente desafio del enemigo.

Dudoso estuvo el Marqués al adoptar una medida tan arriesgada; pero porque no pareciese que rehusaba este peligro el que nunca habia mostrado temer ninguno, determinó complacer á aquella juventud briosa, y mandó adelantar su campo hasta ponerlo á un tiro de piedra de los baluartes.

El estruendo de las baterías habia cesado: la mayor parte de la tropa se habia entregado al sueño para descansar de las fatigas y desvelos de las noches anteriores, y la demas, esparcida por el campamento, lo guardaba con negligencia, sin recelar peligro alguno de una fortaleza medio arruinada. En tal estado salieron repentinamente del castillo hasta dos mil moros, conducidos por Aben Zenete, el capitan principal de Hamet, los cuales dieron sobre las primeras estancias del Marqués con ímpetu tan arrebatado, que mataron á muchos de los soldados mientras dormian, y á los demas pusieron en huida. Estaba el Marqués en su tienda, distante de alli como un tiro de ballesta, cuando oyó el tumulto de la embestida, y vió la fuga y confusion de sus gentes. Saliendo fuera sin tardanza, y sin mas acompañamiento que el alférez que llevaba su bandera, corrió el marqués á detener á los fugitivos. “¡Vuelta hidalgos! les decia, ¡vuelta!, que ¡yo soy el Marqués!, ¡yo soy Ponce de Leon!” é iba su bandera delante de él. Al oir aquella voz tan conocida, se detuvieron los soldados, y reuniéndose bajo la bandera del Marqués, volvieron rostro al enemigo. Felizmente llegaron al mismo tiempo varios caballeros de las estancias inmediatas con algunos soldados gallegos, y otros de las hermandades. Trabóse entonces una porfiada y sangrienta lucha en las quebradas y barrancos del monte, peleando unos y otros á pié, y cuerpo á cuerpo; por manera que llegaban á herirse con los puñales, y á veces abrazados rodaban aquellos precipicios. La bandera del Marqués estuvo á pique de caer en manos del enemigo, y á no haber sido tanto el valor de los caballeros que la guardaban, hubiera sido cierta esta desgracia, pues llegaron á verse rodeados de enemigos, y heridos muchos de ellos; entre otros don Diego y don Luis Ponce, yerno éste, y hermano aquel, del marqués de Cádiz. Duró el combate por espacio de una hora, y el cerro, cubierto de muertos y heridos, se humedeció con la sangre de unos y otros; pero al fin cedieron los moros, viendo mal herido de una lanzada á su capitan Aben Zenete, y se retrajeron al castillo.

Viéronse entonces los cristianos expuestos á un fuego atroz de arcabuces y ballestas, que se les hizo desde los adarves de Gibralfaro: las guardias avanzadas del campamento padecieron en extremo; y como quiera que los tiros se dirigian principalmente contra el Marqués, le acertó uno en el broquel, y pasándolo, le barreó la coraza sin hacerle daño. Con ésto vieron todos el peligro é inutilidad de una posicion tan inmediata á aquella fortaleza, y los mismos que habian aconsejado se estableciesen alli las estancias, solicitaban ahora con empeño que se volviesen á poner donde estaban al principio. Asi lo ejecutó el Marqués á quien por su valor y por el que infundia á sus soldados con su presencia, se debió en aquel peligro la salvacion de toda aquella parte del ejército.

Entre los muchos caballeros de estimacion que perecieron en este rebato, fue uno Ortega de Prado, capitan de escaladores, el mismo que proyectó la sorpresa de Alhama, y que plantó la primera escala para subir al muro. Su pérdida se sintió en extremo especialmente por el marqués de Cádiz, que le habia dispensado siempre su amistad y confianza, como quien sabia apreciar á los hombres de mérito, y aprovecharse de sus talentos[8 - Zurita, Mariana, Abarca.].




CAPÍTULO VIII



Continuacion del sitio: descontento de los habitantes

Tanto sitiados como sitiadores hicieron ahora los mayores esfuerzos para proseguir la contienda con vigor. El vigilante Hamet recorria los muros, doblaba las guardias, todo lo reconocia. Entre otras medidas dividió la guarnicion en partidas de cien hombres con un capitan; los unos para rondar, los otros para escaramuzar con el enemigo, y otros de reserva y prontos á auxiliar á los combatientes. Hizo tambien armar seis albatozas ó baterías flotantes provistas de piezas de gran calibre para atacar la flota.

Los Soberanos de Castilla por su parte, hicieron venir mantenimientos en gran cantidad de diferentes puntos de España, y mandaron traer pólvora de Barcelona, Valencia, Sicilia y Portugal. Para el asalto de la plaza construyeron unas torres de madera montadas sobre ruedas que podrian contener hasta cien hombres. De estas torres salian unas escalas para echar sobre los muros; y para descender desde el muro á la ciudad, habia otras escalas ingeridas en las primeras. Habia tambien galápagos ó grandes escudos de madera, cubiertos de cueros, con los cuales se defendian los soldados en los asaltos, ó cuando minaban las murallas: en fin, se abrieron minas en diferentes puntos, unas para volar el muro, otras para la entrada de las tropas en la ciudad, y entretanto se distraia la atencion de los sitiados con el incesante fuego de la artillería.

El infatigable Hamet, que conocia todos los puntos combatibles del real cristiano, no cesaba de atacar á los sitiadores, ya por tierra con sus Gomeles, ya por mar con las albatozas; de manera que dia y noche no les dejaba punto de reposo. Con tan continuos trabajos estaba el ejército real rendido y desvelado, y ya no cabian los heridos en las tiendas llamadas hospital de la Reina. Para mejor resistir los asaltos repentinos de los moros, mandó el Rey profundizar los fosos en derredor del campamento, y plantar una estacada hácia la parte que miraba á Gibralfaro. El cargo de guardar estas defensas, y proveer lo necesario á su conservacion, se dió á Garcilaso de la Vega, á Juan de Zúñiga, y á Diego de Ataide.

En muy poco tiempo fueron descubiertas por Hamet las minas que con tanto secreto habian empezado los cristianos. Al punto mandó contraminarlas, y trabajando mútuamente los soldados hasta encontrarse, se trabó en aquellos subterráneos un combate sangriento y de cuerpo á cuerpo, por desalojar los unos á los otros. Consiguieron al fin los moros lanzar á los cristianos de una de las minas, y cegándola la destruyeron. Animados con este pequeño triunfo, determinaron atacar á un mismo tiempo todas las minas y la escuadra que bloqueaba el puerto. El combate duró seis horas, por mar, por tierra, y debajo de la tierra, en las trincheras, en los fosos, y en las minas. La intrepidez que manifestaron los moros, excede á toda ponderacion; pero al fin fueron batidos en todos los puntos, y tuvieron que encerrarse en la ciudad, sin tener ya recursos propios ni poderlos recibir de fuera.

Á los padecimientos de Málaga se añadieron ahora los horrores del hambre; el poco pan que habia se reservó exclusivamente para los soldados, y aun éstos no recibian sino cuatro onzas por la mañana y dos por la tarde, como racion diaria. Los habitantes mas acomodados, y todos los que estaban por la paz, deploraban una resistencia tan funesta para sus casas y familias; pero ninguno osaba manifestar su sentimiento, ni menos proponer la capitulacion, por no despertar la cólera de sus fieros defensores. En tal estado, se presentaron á Alí Dordux, que con otros ciudadanos estaba encargado de guardar una de las puertas, y comunicándole sus penas y los trabajos que padecian, le persuadieron á intentar una negociacion con los Soberanos, para la entrega de la ciudad y la conservacion de sus vidas y propiedades. “Hagamos, le dijeron, un concierto con los cristianos antes que sea tarde, y evitemos la destruccion que nos amaga.”

El compasivo Alí cedió fácilmente á las instancias que se le hicieron; y poniéndose de acuerdo con sus compañeros de armas, escribió una proposicion al Rey de Castilla, ofreciendo dar entrada en la ciudad al ejército cristiano por la puerta que le estaba confiada, con solo que le diese seguro para las vidas y haciendas de los moradores. Este escrito se confió á un fiel emisario, para que lo llevase al real cristiano, y trajese á una hora convenida la respuesta de Fernando. Partió el moro, y llegando felizmente al campo, fue admitido á la presencia de los Soberanos, los cuales, con el deseo de ganar aquella plaza sin mas sacrificios de hombres y dinero, prometieron por escrito conceder las condiciones. Venia ya el moro de vuelta para la ciudad, y se hallaba no muy lejos del parage donde le esperaban Alí Dordux y sus compañeros, cuando le descubrió una patrulla de Gomeles que rondaba aquellos sitios. Teniéndole por espía, lo acechan los Gomeles, y cayendo sobre él de improviso, le prenden á la vista misma de los confederados, que se dieron por perdidos. Conducido por los soldados, llegó el infeliz hasta cerca de la puerta; pero haciendo entonces un esfuerzo, se escapó de sus manos, y huyó con tal ligereza, que parecia llevar alas en los pies. Los Gomeles le persiguieron, pero perdiendo luego toda esperanza de alcanzarle, se detuvieron, y apuntándole uno de ellos con la ballesta, le disparó una vira que se le clavó en mitad de las espaldas: cayó el fugitivo, y ya iban á asirle los soldados, cuando volvió á levantarse, y huyendo con las fuerzas que la desesperacion le daba, pudo llegar al real, donde poco despues murió de su herida, pero con la satisfaccion de haber guardado el secreto y salvado las vidas de Alí y sus compañeros.




CAPÍTULO IX



De los padecimientos del pueblo de Málaga

La extrema necesidad que padecian los de Málaga, y el peligro de que cayese esta hermosa ciudad en poder de los cristianos, tenian llenos de temor y sentimiento á los moros de otras partes. El anciano y belicoso Rey Muley Audalla, el Zagal, estaba aun en Guadix, procurando rehacer poco á poco su desbaratado ejército, cuando supo la situacion crítica en que se hallaba aquella plaza. Animado por las exhortaciones de los alfaquís, y dejándose llevar de su aficion á la guerra, determinó socorrer á Málaga, y con la fuerza que tenia disponible envió allá un capitan escogido para que entrase en la ciudad.

El Rey chico Boabdil, noticioso de este movimiento, y dispuesto siempre á hostilizar á su tio, despachó una fuerza superior de á pié y de á caballo para interceptar los socorros. Trabóse un combate muy reñido; y las tropas del Zagal, derrotadas con mucha pérdida, se retiraron en desórden á Guadix. Ensoberbecido Boabdil con tan triste triunfo, y deseoso de acreditar su lealtad á los Soberanos de Castilla, les envió mensajeros con la noticia de esta victoria, suplicándoles le tuviesen siempre como el mas leal de sus vasallos. Asimismo envió (como regalo para la Reina) preciosas telas de seda, perfumes orientales, un vaso de oro curiosamente labrado, y una cautiva de Reveda; con cuatro caballos árabes suntuosamente enjaezados, una espada y una daga con guarniciones primorosas, muchos albornoces, y otras ropas ricamente bordadas, para el Rey.

Tal era la fatalidad de Boabdil, que hasta en sus victorias era desgraciado: su reciente expedicion contra el Zagal, y la derrota de unas tropas destinadas al socorro de Málaga, habia entibiado el amor de sus vasallos, haciendo vacilar en su lealtad á muchos de sus partidarios mas adictos. “Muley Audalla, decian, era soberbio y sanguinario, pero tambien era fiel á la pátria, y sabia sostener el decoro de la corona. Este Boabdil sacrifica la religion, la pátria, los amigos, todo, á un simulacro de Soberanía.”

Instruido Boabdil de estas murmuraciones, y temiendo algun nuevo revés, escribió á los Reyes Católicos solicitando con urgencia le enviasen tropas para ayudar á mantenerle sobre el trono. Esta súplica, tan favorable á las miras políticas de Fernando, fue al punto concedida; y por órden del Rey marchó para Granada un destacamento de mil caballos y dos mil infantes al mando de Gonzalo de Córdoba, despues tan celebrado por sus hazañas.

No era el Rey chico el único príncipe moro que solicitaba la proteccion de Fernando é Isabel: vióse un dia entrar en el puerto de Málaga una galera pomposamente engalanada, llevando el pabellon de la medialuna, y juntamente una bandera blanca en señal de paz. Enviado por el Rey de Tremecen, venia en esta galera un embajador con regalos para los Soberanos de Castilla, á quienes pasó luego á cumplimentar, presentando al Rey caballos berberiscos con jaezes de oro, mantos moriscos ricamente bordados, y otros objetos de mucho precio; con vestiduras de seda de diversas maneras, aderezos de finísimas piedras, y perfumes exquisitos de la Arabia para la Reina.

Manifestó el embajador á los Soberanos que el Rey de Tremecen, admirando el gran poder y rápidas conquistas de SS. AA. deseaba le reconociesen como vasallo de la corona de Castilla, y que en este concepto diesen favor y proteccion á los naturales y navíos de Tremecen, de la misma suerte que á los demas moros que se habian sometido á su dominio: pidió asimismo un modelo de las armas de Castilla, para que el Rey, su amo, y sus vasallos pudiesen conocer y respetar su bandera donde quiera que la viesen; y por último les suplicó extendiesen á los habitantes de la infeliz Málaga la misma clemencia que habian dispensado á los de otras plazas conquistadas.

Esta embajada fue recibida por los Reyes Católicos con el mayor agrado; concedióse el seguro que pedia el Rey de Tremecen para sus buques y vasallos, y se le enviaron las armas reales fundidas en escudos de oro del tamaño de una mano[9 - Cura de los Palacios, cap. 84. Pulgar, parte III, cap. 86.].

Los sitiados entretanto veian crecer la hambre de dia en dia, y disminuirse las esperanzas de recibir socorros de fuera: los mas se mantenian de carne de caballos; y diariamente perecian muchos de pura necesidad. Esta penosa situacion se les hacia aun mas sensible al ver cubierto el mar de embarcaciones que entraban de continuo con víveres para los sitiadores. Todo sobraba en el campo cristiano; el ganado que no cesaba de llegar, y el trigo y la harina, que amontonados en medio del real blanqueaban al sol para tormento de los sitiados, los cuales veian á sus hijos perecer de necesidad, al paso que reinaba la abundancia á un tiro de ballesta de sus muros.




CAPÍTULO X



Atentado que cometió un Santon de los moros

Vivia por este tiempo en una aldea cerca de Guadix un moro anciano, llamado Abrahan Alguerbí, natural de Guerba, en el reino de Tunez, el cual por muchos años habia hecho vida de ermitaño. La soledad en que vivia, sus ayunos y penitencias, junto con las revelaciones que decia tener por un ángel enviado por Mahoma, le granjearon en breve entre los habitantes del contorno la opinion de santo; y los moros, naturalmente crédulos, y afectos á este género de entusiastas, respetaban como inspiraciones proféticas los desvarios de su imaginacion.

Presentóse un dia este visionario en las calles de Guadix, pálido el semblante, extenuado el cuerpo, y los ojos encendidos. Convocando el pueblo, declaró que Alá le habia revelado allá en su retiro, un medio de libertar á Málaga, y de confundir á los enemigos que la cercaban. Los moros le escucharon con atencion; y mas de cuatrocientos de ellos, fiando ligeramente de sus palabras, ofrecieron aventurarse con él á cualquier peligro, y obedecerle ciegamente. De este número muchos eran Gomeles, que ardian en deseos de socorrer á sus paisanos, de quienes se componia principalmente la guarnicion de Málaga.

Pusiéronse en camino para esta ciudad, marchando de noche por sendas secretas al través de las montañas, y ocultándose de dia por no ser observados. Al fin llegaron á unas alturas cerca de Málaga, y dieron vista al real cristiano. El campamento del marqués de Cádiz, por la parte que se extendia desde la falda del cerro frente de Gibralfaro hasta la orilla del mar, pareció el punto mas combatible, y consiguiente á esto tomó el ermitaño sus medidas. Aquella noche se acercaron los moros al campamento, y permanecieron ocultos; pero la mañana siguiente, casi al alba, y cuando apenas se divisaban los objetos, dieron furiosamente y de improviso en las estancias del Marqués, con intento de abrirse paso hasta la ciudad. Los cristianos, aunque sobresaltados, pelearon con esfuerzo: los moros, saltando unos los fosos y parapetos, y otros metiéndose en el agua por pasar las trincheras, lograron entrar en la plaza en número de doscientos: los demas casi todos fueron muertos ó prisioneros.




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notes



1


Pulgar, Crónica de los Reyes Católicos.




2


Illescas, Hist. Pontif. lib. VI. Vedmar, Hist. Velez-málaga.




3


Cura de los Palacios, cap. 82.




4


Cura de los Palacios, cap. 82.




5


Pulgar parte III. c. 74.




6


Pulgar, Crónica.




7


Diego de Valera, Crónica MS.




8


Zurita, Mariana, Abarca.




9


Cura de los Palacios, cap. 84. Pulgar, parte III, cap. 86.


