Plick y Plock
Эжен Жозеф Сю




Eugène Sue

Plick y Plock





PREFACIO




    15 enero 1831.

A través de la profunda concentración que cautiva todos los intereses en un orden de ideas graves y elevadas, el autor de estos relatos espera deslizarse inadvertido entre el mundo literario. Después, habiéndose asignado fecha y lugar, como tantas honradas gentes a las que se encuentra, pasadas nuestras largas tormentas sociales, colocadas muy alto en la opinión de un gran número, aspira a colocarse, como ellas, en una decente reputación negativa, nublada al silencio de la crítica y a la oportunidad de los grandes acontecimientos, tan favorable a los espíritus mezquinos.

Porque la carrera de esos veteranos de que hablamos ha sido plena, entera, honrada, gracias a su ancianidad que en la literatura prueba el mérito, casi lo mismo que un costurón prueba el valor.

El tranquilo porvenir, la dulce y perezosa quietud de esos gruesos canónigos de la literatura, han engolosinado de tal modo al autor de este libro, que se apresura a inscribirse como profeso, en su orden, estimando que las mismas circunstancias llevarán sin duda un día a los mismos resultados.

Un certificado de vida literaria es, pues, toda la ambición del autor.

Dicho esto, continuemos.

Antes de Cooper, hubiera tenido, quizá, la audacia de intentar interesar al público francés en las costumbres, en los caracteres que no despiertan en él ninguna simpatía. Ignorante, además, de las costumbres marítimas, le sería verdaderamente imposible apreciar la exactitud de los cuadros que se desarrollaran ante sus ojos.

Por la topografía de su país y gracias a su política, los americanos estaban llamados, mejor que nadie, a comprender todo el alcance del genio de Cooper. ¿Es que no hay en sus creaciones más que una obra de artista? ¿No existe un profundo pensamiento patriótico en el género que ha encontrado? Este género es una expresión de los deseos, de las necesidades, de la potencia de los Estados Unidos; es la historia de los Estados Unidos dramatizada.

Por ello, ved si de Nueva Orleáns a Boston hay un corazón que no lata, una frente que no se coloree, cuando se leen esas bellas páginas en las que se pintan las luchas de esa salvaje y vigorosa América, cuya religión fue la de permanecer libre bajo su hermoso cielo, en medio de sus ricas selvas, sobre su suelo virgen, y de rechazar hasta su brumosa isla a la aristocrática Inglaterra, llena de prejuicios, abrumada por sus viejos sistemas de colonización.

A causa de nuestra indiferencia por el mar, nuestras glorias navales son casi ignoradas en París. Bonaparte había visto que le era imposible luchar directamente con Inglaterra. Le era necesario reunir a cada momento todas sus fuerzas para aplastar al enemigo en el continente. Si la marina tuvo una plaza secundaria en sus combinaciones, fue porque por dos veces sus almirantes perdieron los navíos de Francia, y porque, para servirnos de una de las expresiones de Napoleón, una flota no se improvisa como un ejército. Por esta causa, a pesar de algunos admirables combates parciales sostenidos por nuestros marinos, la fama no ha tenido voz más que para celebrar la gloria de nuestro ejército de tierra.

Y esto fue una grave injusticia como arte y como política.

Como política, porque la mayoría de los hombres creen lo que leen, porque los relatos de nuestras victorias marítimas, adornadas por la literatura, poetizadas, exageradas quizás, hubiesen acabado por darnos a nosotros mismos una idea de nuestra importancia marítima. Este sentimiento se hubiera infiltrado entre las masas en Francia y en el extranjero; esta fe nacional hubiese producido grandes resultados, sin duda; porque se equivocaría, creo, el que pensase que las historias, las novelas, las memorias sobre las conquistas de Bonaparte no han aumentado nuestras fuerzas morales en el interior, nuestra potencia en el exterior.

Y además, ¡si se supiese de qué modo las costumbres marítimas son nuevas y picantes! ¡qué pocas cosas hay tan singulares, curiosas y dignas de estudio como el interior de un barco! ¿No es éste un resumen de todos los conocimientos, de todas las artes, de todas las industrias humanas? ¿No es una obra que prueba a cuánta altura puede elevarse nuestra inteligencia?

Sobre todo, constituyen un campo digno de estudio esas costumbres, esos afectos, esos odios floreciendo sobre frágiles tablas, y esos caracteres puestos ásperamente de relieve por el aislamiento, por la concentración; y esa fisonomía moral de un pueblo acusada allí más vigorosamente que en parte alguna, porque, en aquella vida incesantemente peligrosa, el hombre, menos gastado por las costumbres de una civilización decrépita, reproduce más vivamente el tipo impreso a cada raza por la Naturaleza.

¡Y los marineros!.. ¡Qué estudio para el que los comprende, para el que sabe bucear en la profundidad de sus almas! Es un pueblo poderoso y débil a la vez: tan pronto furioso como un soldado el día de pillaje, tan pronto tímido e ingenuo como un niño, cuando la embarcación se mece perezosamente en la calma; en el mar, resistente a todas las pruebas, el marinero soporta las privaciones con un desdén, con una firmeza estoicas; en tierra, sumergiéndose en todos los excesos, se entrega al placer con un ardor que se puede comparar más que con el vigor de organización desplegado en delirantes orgías: a bordo, durmiendo sobre el puente, corriendo en lo alto de un palo; en tierra, llevando los refinamientos y el lujo de la mesa hasta un grado inaudito, disipando en ocho días el fruto de dos años de ahorros forzosos.

Y en efecto, el marinero, ese pobre hombre, ¿no debe olvidar en un alegre festín, que acaba con su oro, sus largos cuartos de noche[1 - Guardias.] durante los cuales temblaba bajo la escarcha? ¿y esas horas de tempestad, cuando, balanceándose sobre una verga, contemplaba sonriendo el remolino que amenazaba tragarle? ¿y esos días miserables en que, prisionero en un lugar estrecho y malsano, ha carecido de aire, de agua, de pan, de esperanza y de luz?..

¡Pobre hombre, mañana ya no tendrá más oro! ¡mañana no más vino humeante y generoso, no más muelle cama, no verá ya a la muchacha riente y loca! ¡mañana, no más alegres espectáculos que ensanchaban su franco y jovial rostro, siempre granujiento, enrojecido, radiante!..

¡Se acabó todo!

Mañana, pobre marinero, besarás a tu vieja madre entregándola escrupulosamente una parte sagrada de tus ahorros; porque una hermosa hostelera de ojos brillantes, de cabellos negros, se esforzará en elogiarte aún la calidad superior de su grog, el perfume de su tabaco y sus platos apetitosos…

– Que me trague diez brazas de cable, si toco esta suma; ¡es la parte de mi madre!… – dirás cerrando con rapidez el largo bolsillo de cuero.

¡Ahora vas a embarcarte de nuevo! ¡ahora te esperan una valiente fragata y una disciplina severa!.. – ¡Larga velas! ¡arría velas! ¡Arriba, abajo! ¡Galleta dura, agua corrompida y algún vergazo si no andas listo!..

Y bien, ¡qué importa! él se encamina a su flotante casa cantando, sin una lamentación, sin un suspiro. Durante esos ocho días tan brillantemente coloreados por placeres sin número, ha hecho una provisión de recuerdos para los dos años que pasará en el mar. Durante las largas noches insomnes, se acordará de sus goces uno a uno; se aislará del presente hundiéndose en sus pensamientos; encontrará en el fondo de su alma no sé qué perfume de vino, qué sonrisa de mujer, qué vagos reflejos del tiempo pasado que le harán olvidar la aflictiva realidad.

Tal es ese pueblo, esencialmente bueno, pero uniendo a la altivez de un escocés la ingenua bondad de un bretón; doblando pacientemente la espalda ante un puñetazo, pero dando una puñalada por una mirada, pasando de la extrema alegría al extremo disgusto, pero sin perder nada de la vivacidad de estos dos sentimientos. A bordo, con una alegría dulce y melancólica, con una imaginación ardiente alimentada sin cesar por una vida sedentaria y por relatos cuya grosera poesía no carece de originalidad ni de grandiosidad, ¡ser complejo, múltiple, en fin! viviendo de anomalías y de oposiciones, pero, por encima de todo, impregnando su vida entera de una despreocupada e irónica intrepidez, que no le abandona nunca a pesar de todos los peligros corridos, después de tantos años de una existencia que no es otra cosa que un largo peligro.

Ya lo hemos dicho, Cooper, en sus admirables novelas, ha pintado a ese hombre de una manera tan amplia como pintoresca. Ha excitado vivamente la curiosidad, el interés por costumbres cuyos detalles contrastan rudamente con los de nuestra vida ciudadana. Pero, desgraciadamente, la energía, la finura del original, se debilitan casi siempre en la traducción. En francés, ese estilo queda despojado de su nerviosa concisión. Así, y todo, podemos admirar los grandes rasgos que caracterizan a ese talento verdaderamente nuevo; pero los matices, el color local, la preciosa ingenuidad de los idiomas, escapan a los que no pueden leer en inglés esas páginas maravillosas.

Sin embargo, nosotros creemos que si uno de nuestros talentos de primer orden, que si Víctor Hugo, de Vigny, Janin, Merimée, Nodier, Balzac, P. L. Jacob, Delatouche, etc., quisieran cambiar un año de su vida estudiosa por un año de existencia marítima, e intentasen entonces aplicar su potencia, su riqueza de ejecución a la pintura del mar, tendríamos ciertamente una gloria literaria más. Y, ¿por qué Lamartine no ha de ensayar conducir su musa por el mismo camino donde Byron ha conducido la suya en el segundo canto de Don Juan y en su Corsario? El temor de la imitación no sería racional; Cooper ha pintado americanos; vosotros podríais pintar las costumbres de los franceses, otros sitios, otros lugares, otras costumbres, otros combates…

Todo talento que se basa en la observación exacta de la Naturaleza, ¿no será siempre más sui generis, más personal, original, influyente?.. ¿No son así Corneille y Shakespeare, Goethe y Chateaubriand?

Pero yo me equivoco. Tenemos ya nuestro Cooper: un poeta que conmueve y atrae por la energía de su composición, por la verdad de sus descripciones. En presencia de sus obras el corazón se oprime… ¿Veis esas olas enormes que estallan y se rompen contra ese navío desmantelado… ese cielo sombrío y brumoso, esos rostros de mujeres llorosas, palpitantes, y que contrastan de una manera tan sublime con la actitud tranquila, fría, de un marino que manda siempre a la tempestad, aun en el momento de perecer?

Otras veces, al contrario, vuestra alma se dilata, se ensancha… La atmósfera es pura; ni una nube vela ese ardiente sol que desaparece en el horizonte entre un vapor rojizo. ¡Y después, qué calma! ¡qué dulce alegría anima a esos pescadores al dejar sus redes y sus barcas sobre esa playa resplandeciente a los últimos rayos del sol!

¿Oís los gritos de los niños… los cantos de los marineros? ¿Veis la noble cabeza del abuelo, del viejo marino que se hace llevar a la puerta de su choza para gozar aún del imponente espectáculo que siempre le emociona, aun después de tantos años?

Ese poeta, vosotros le conocéis, estoy seguro. ¿No habéis admirado el Kent, el Colombus, la Puesta del sol en el mar?.. ¿Ese poeta, pues, vuestro Cooper, no es Gudin? ¿Acaso en sus cuadros no hay el mismo colorido, la misma ingenuidad, la misma alteza de concepción que en las páginas del Piloto y del Corsario rojo?

¡Ah! si alguno de los escritores que hemos nombrado oyese nuestra débil voz, tendríamos una doble gloria en este género; poseyendo ya la poesía pintada, gozaríamos además de algunas deliciosas poesías escritas.

En cuanto al autor de este libro, su papel es poco más o menos el de un enano de la edad media, cuya historia quiero contaros.

«Un día, algunas bandas de salteadores y de arqueros galos, habían sitiado la abadía de San Cutberto, en Bretaña. Su jefe, Manostuertas, cabalgaba insolentemente a la vista de las murallas, pero, no obstante, fuera del alcance de los tiros de los hombres de armas de la abadía.

»Viendo esto los monjes desde lo alto de las murallas, invocaban piadosamente la intercesión de San Cutberto, cuando advirtieron, no sin extrañeza, al enano del prior que conducía o más bien arrastraba una ballesta prodigiosamente pesada y maciza.

» – ¡Dios me valga! – exclamó el prior – ; ¡el muy necio se ha atrevido a poner mano sobre la ballesta dedicada a nuestro señor San Cutberto, en la nave de nuestra iglesia!.. sobre la ballesta, ¡gran Dios!, que ese santo hizo caer de las manos de un gigante que la usaba para esperar a los mercaderes lombardos y a los peregrinos que pasaban por tierras de la abadía.

» – Pero – dijo el enano – , ¿olvidáis, señor, que esta ballesta traspasaría la más sólida muralla de Granada a mil pasos de distancia?

»Y diciendo esto había apoyado entre las almenas el poderoso arco que armara el gigante, pero el pobre enano ni siquiera pudo hacer mover el rudo mecanismo que impulsaba el proyectil.

»Y el jefe de los salteadores, el condenado Manostuertas, injuriaba siempre con sus gestos, al prior, a la abadía y a los monjes.

»Mientras que el prior se burlaba del enano porque había osado poner sus débiles manos sobre un arma tan pesada… un caballero, vasallo del primado, y de brazo maravillosamente fuerte, asió la ballesta que el enano había dispuesto sobre la muralla, la cuerda de hierro se tendió, la flecha silbó y alcanzó a Manostuertas a pesar de su armadura.

»Por la noche, los arqueros galos, espantados de la muerte de su jefe, habían dejado libres todas las salidas de la abadía de San Cutberto.

»Y viendo las últimas lanzas de los salteadores brillar al sol poniente y después bien pronto desaparecer en el horizonte, el pobre enano se alababa de su loca e impotente tentativa, porque uno más fuerte que él había valerosa y felizmente realizado su idea.»

El lector ha comprendido el sentido de este apólogo. Nosotros nos consideraríamos muy dichosos, si algún escritor de nombre quisiera marchar por la vía que indicamos en estos ensayos.



    Eugenio Sue.




PLICK Y PLOCK [2 - Traducida esta obra con toda fidelidad, esperamos que el buen sentido del lector subsanará las lamentables inexactitudes en que el autor incurre a cada paso al pretender pintar las costumbres españolas sin conocerlas, sin duda, y sabrá juzgar sus gratuitas apreciaciones, así como el injustificado menosprecio del carácter español, que campea en las páginas del libro. Por tratarse de una figura literaria de la talla de Sue son más de sentir tales ligerezas, capaces de desprestigiar al escritor de más fuste y que son imperdonables en el autor del Judío. – N. del T.]





KERNOK EL PIRATA





Got callet deusan Armoriq.

Era un hombre duro de la Armórica.

    Prov. bretón.




CAPÍTULO PRIMERO

EL DESOLLADOR Y LA BRUJA


		Los desolladores e hiladores de cáñamo viven
		separados del resto de los hombres…

		La presencia de un loco en una casa defiende
		a sus habitantes contra los malos espíritus.

    Conam-Hek, Crónica bretona.
En una noche de noviembre, sombría y fría, el viento del NO. soplaba con violencia, y las altas olas del Océano iban a estrellarse contra los bancos de granito que cubren la costa de Pempoul, mientras que las puntas destrozadas de aquellas rocas tan pronto desaparecían bajo las olas como destacaban su fondo negro sobre una espuma deslumbradora.

Colocada entre dos rocas que la protegían contra los efectos del huracán, se elevaba una cabaña de miserable apariencia; pero lo que hacía verdaderamente horrible su aspecto, eran una multitud de huesos, de cadáveres de caballos y de perros, de pieles ensangrentadas y de otros despojos que anunciaban bien claramente que el propietario de aquel chamizo era desollador.

Se abrió la puerta y apareció en ella una mujer cubierta con una manta negra que la tapaba enteramente y no dejaba ver más que su cara amarilla y arrugada, casi oculta por mechones de pelo blanco. Llevaba una lámpara de hierro en una mano y con la otra trataba de resguardar la llama, que el viento agitaba.

– ¡Pen-Ouët! ¡Pen-Ouët! – gritó con un acento de cólera y de reproche – ; ¿dónde estás, maldito niño? ¡Por San Pablo! ¿no sabes que se acerca la hora en que las cantadoras de la noche[3 - Espíritus malignos. (Trad. pop.)] se disponen a errar por la playa?

No se oyó más que el mugido de la tempestad que parecía redoblar su furor.

– ¡Pen-Ouët! ¡Pen-Ouët! – gritó una vez más.

Pen-Ouët prestó por fin oído.

El idiota estaba inclinado sobre un montón de huesos a los cuales daba las formas más variadas y extravagantes. Volvió la cabeza, se levantó con aire descontento, como el niño que abandona a disgusto sus juegos, y se dirigió a la cabaña, no sin llevarse una hermosa cabeza de caballo, de huesos blancos y pulidos, que él apreciaba mucho, sobre todo desde que había introducido en su interior unos guijarros que resonaban de la manera más agradable, cuando Pen-Ouët sacudía aquel instrumento de nuevo género.

– ¡Entra, pues, maldito! – exclamó su madre, empujándole con tanta violencia que su cabeza fue a dar contra la pared, y la sangre salió.

Entonces el idiota se echó a reír a carcajadas, con una risa estúpida y convulsiva, enjugó su herida con sus largos cabellos, y fue a dejarse caer bajo la campana de una vasta chimenea.

– ¡Ivona, Ivona, cuida de tu alma, en lugar de derramar la sangre de tu hijo! – dijo el desollador que estaba arrodillado y parecía absorto en una profunda meditación – . ¿No oyes, pues?..

– Oigo el ruido de las olas que golpean esa roca, y el silbido del viento.

– Di mejor la voz de los muertos. ¡Por San Juan del dedo! hoy es el día de los difuntos, mujer, y los náufragos que nosotros… – aquí una pausa – , podrían muy bien venir a arrastrar a nuestra puerta el carriquet-ancou[4 - El carretón de la muerte; es arrastrado por esqueletos, y el ruido de sus ruedas indica el fallecimiento.], con sus vestidos blancos y sus lágrimas sangrientas – respondió el desollador en voz baja y trémula.

– ¡Bah! ¿qué podemos temer? Pen-Ouët es idiota; ¿no sabes tú que los malos espíritus no entran nunca bajo el techo que cubre a un loco? Jan y su fuego que dan vueltas con tanta rapidez como la devanadera de una vieja, Jan y su fuego huirían a la voz de Pen-Ouët como una alondra ante el cazador. ¿Qué temes, pues?

– Entonces, ¿por qué desde el último naufragio, ya sabes, aquel lugre que se estrelló contra la costa, atraído por nuestras señales engañadoras… por qué tengo una fiebre ardiente y pesadillas espantosas? En vano he bebido tres veces, a media noche, el agua de la fuente de Krinoëck; en vano me he frotado con la grasa de una gaviota sacrificada en viernes; nada, nada, me ha calmado. Por la noche tengo miedo. ¡Ah! mujer, mujer, tú lo has querido.

– Siempre cobarde. ¿Es que no hay que vivir? ¿tu estado no te hace horroroso a todo, Saint-Pol? y sin mis predicciones, ¿a qué nos veríamos reducidos? La entrada en la iglesia nos está prohibida; los panaderos casi no quieren vendernos pan. Pen-Ouët no va una vez a la población que no vuelva molido a golpes, el pobre idiota. Y si se atreviesen nos darían caza como a una bandada de lobos de las montañas de Arrés, y porque nosotros aprovechamos lo que Teus[5 - Espíritu maligno que preside las tempestades.] nos envía, tú te arrodillas como un sacristán de Plougasnou y estás tan pálido como una muchacha que saliendo de la velada encontrase a Teus Arpouliek con sus tres cabezas y su ojo de fuego.

– Mujer…

– Eres más cobarde que un hombre de Cornouailles – dijo finalmente Ivona exasperada.

Y como el más sangriento ultraje que se pueda hacer a un leonés es compararle con un habitante de Cornouailles, el desollador agarró a su mujer por el cuello.

– Sí – repitió con voz ronca y ahogada – , ¡más cobarde que un hijo de la llanura!

La rabia del desollador no conoció límites, y se apoderó de su hacha, pero Ivona se armó de un cuchillo.

El idiota reía a carcajadas, agitando su cabeza de caballo llena de guijarros que producían un ruido sordo y extraño.

Afortunadamente, llamaron a la puerta de la cabaña, cuando estaba a punto de ocurrir una desgracia.

– ¡Abrid, voto a…! ¡abrid de una vez! El NO. sopla con una fuerza como para descornar a un buey – dijo una voz ruda.

El desollador dejó caer su hacha, e Ivona se arregló la cabeza lanzando sobre su marido una mirada en la que aun brillaba la cólera.

– ¿Quién puede venir a esta hora a importunarnos? – dijo el hombre; después se subió hasta una estrecha ventana, y miró.




II

KERNOK




Got callet deusan Armoriq.

Era un hombre duro de la Armórica.

    Prov. bretón.

Era él, era Kernok el que llamaba a la puerta. He aquí un bravo y digno compañero. Juzgad, si no.

Había nacido en Plougasnou; a los quince años se escapó de casa de su padre y se embarcó en un barco negrero, comenzando allí su educación marítima. No había a bordo grumete más ágil ni marinero más intrépido, ni nadie tenía la mirada más penetrante para descubrir a lo lejos la tierra velada por la bruma. Nadie apretaba con más gracia y presteza una gavia. ¡Y qué corazón! Un oficial se descuidaba su bolsa, y el joven Kernok la recogía cuidadosamente, pero sus camaradas tenían parte en el contenido; si robaba ron al capitán, lo partía también escrupulosamente con sus amigos.

¡Y qué alma! ¡Cuántas veces, cuándo los negros que eran transportados del África a las Antillas, entumecidos por el frío húmedo y penetrante de la cala, no podían arrastrarse hasta el puente para aspirar el aire durante el cuarto de hora que a este efecto se les concedía, cuántas veces, digo, el joven Kernok les hacía recobrar el movimiento y la transpiración de la piel a fuerza de golpes! Y el señor Durand, artillero-carpintero-cirujano del brick, hacía notar juiciosamente que ninguno de los negros sometidos a la vigilancia de Kernok padecía de aquella somnolencia y de aquella pesadez peculiar a los demás negros. Al contrario, los suyos, a la vista del amenazador cabo de cuerda, estaban siempre en un estado de irritabilidad nerviosa, como decía el señor Durand, de irritabilidad nerviosa muy saludable.

De este modo, Kernok obtuvo bien pronto la estimación y la confianza del capitán negrero, capaz, afortunadamente, de apreciar sus raras cualidades. El buen capitán se aficionó tanto al joven marinero, que le dio algunas lecciones de teoría, y un día le nombró segundo de a bordo. Kernok se mostró digno de este ascenso por su valor y su habilidad; descubrió, sobre todo, una manera de encajonar a los negros en el sollado tan ventajosamente, que el brick, que hasta entonces no había podido llevar más que doscientos, pudo contener trescientos, a la verdad, apretándolos un poco – rogándoles que se pusieran de lado en lugar de tenderse panza arriba como bajás – , así decía Kernok.

Desde aquel día el negrero predijo a su protegido el más alto destino. ¡Dios sabe si se cumplió esta predicción!

Al cabo de algunos años, una tarde que singlaba hacia la costa de África, el digno capitán de Kernok, que había bebido un poco más que de costumbre, estaba del más jovial humor. A horcajadas sobre una ventana, fumando su larga pipa, se divertía en seguir con la vista la dirección de los espesos torbellinos de humo que lanzaba gravemente o en mirar fijamente la rápida estela del navío, apresurando con sus deseos el momento en que volvería a ver Francia.

Después pensaba con emoción en las bellas campiñas de Normandía, donde había nacido; creía ver aún la choza dorada por los últimos rayos del sol, el arroyuelo límpido y fresco, el viejo manzano, y su madre, y su mujer, y sus hijitos que esperaban su regreso, suspirando junto a los hermosos pájaros dorados y a las telas de vivos colores que él no dejaba de llevarles nunca como recuerdo de sus lejanas correrías. El creía ver todo esto, ¡pobre hombre! Su pipa, que el tiempo había vuelto negra como el ala de un halcón, había caído de su boca entreabierta, sin que él se diera cuenta; sus ojos se llenaban de lágrimas, su corazón latía con violencia. Poco a poco los esfuerzos de su imaginación encaminada hacia un mismo objeto, quizá también por la influencia del aguardiente, dieron a esta visión fantástica una apariencia de realidad; y el buen capitán, creyendo, en su embriaguez, que el mar era aquella riente pradera tan deseada, tuvo la loca idea de querer ir hacia ella. Y en efecto, poniéndose en pie avanzó hacia el líquido elemento.

Otros dicen que una mano invisible le empujó y que la estela plateada del buque se enrojeció un momento.

Lo cierto es que se ahogó.

Como el brick se encontraba cerca de las islas de Cabo Verde, el oleaje era fuerte y la brisa fresca, el timonel no oyó nada; pero Kernok, que había ido a dar cuenta de la ruta al capitán, debió ser el primero en advertir el accidente, al cual no era quizás ajeno.

Kernok tenía una de esas almas fuertemente templadas, inaccesibles a las mezquinas consideraciones que los hombres débiles llaman reconocimiento o piedad. No es extraño, pues, que cuando apareció en el puente no se notara en él la menor emoción.

– El capitán se ha ahogado – dijo con calma al contramaestre – ; es una lástima, porque era un valiente.

Aquí Kernok añadió un epíteto que nosotros nos abstenemos de repetir, pero que terminó de una manera pintoresca la oración fúnebre del difunto.

– ¡Oh! ¡Kernok era lacónico!

Después, dirigiéndose al piloto, añadió:

– El mando del buque me pertenece, como segundo de a bordo; de modo que vas a cambiar de ruta. En lugar de gobernar al SE. te dirigirás al NE. porque vamos a virar en redondo y a dirigirnos a Nantes o a Saint-Malo.

El hecho es que Kernok había tratado de desviar al capitán difunto del tráfico de los negros, no por filantropía, ¡no!, sino por un motivo bastante más poderoso a los ojos de un hombre razonable.

– Capitán – le decía continuamente – , usted hace adelantos que le producen todo lo más un trescientos por ciento; yo en su lugar ganaría lo mismo, o más, sin desembolsar un céntimo. Su brick marcha como una dorada; ármelo en corso, yo respondo de la tripulación; déjeme hacer, y a cada presa oirá usted la canción del corsario.

Pero la elocuencia de Kernok no había quebrantado jamás la voluntad del capitán, porque él sabía perfectamente que los que abrazan tan noble profesión acaban tarde o temprano por balancearse al extremo de una verga; y el inexorable capitán había caído al mar por accidente.

Apenas Kernok se vio dueño del buque, retornó a Nantes para reclutar una tripulación conveniente, armar su nave y poner en práctica su proyecto favorito.

Y para que digáis que no hay una Providencia, apenas llegado a Francia se entera de que los ingleses nos han declarado la guerra, obtiene la autorización competente, sale, da caza a un buque mercante y entra con su presa en Saint-Pol de León.

¿Qué más diré? La suerte favoreció siempre a Kernok, porque el Cielo es justo: hizo numerosas presas a los ingleses. El dinero que obtenía se liquidaba rápidamente en las tabernas de Saint-Pol; y es en el momento de disponerse a embarcarse de nuevo para fabricar moneda, como él decía en su ingenuo lenguaje, cuando le vemos llamar a la puerta de la respetable familia del desollador.

– Pero, ¡voto al diablo!, abrid de una vez – repitió sacudiendo vigorosamente la puerta – . ¿O es que queréis quedaros agazapados como las gaviotas en el hueco de una roca?

Por fin abrieron.




III

LA BUENA VENTURA


		La bruja dijo al pirata:
		«Buen capitán, en verdad,
		No seré yo tan ingrata,
		Y tendréis vuestra beldad.»
		Víctor Hugo, «Cromwell».

Entró, se quitó su capote impermeable que chorreaba agua, lo extendió cerca de la lumbre, sacudió su ancho sombrero de cuero barnizado, y se dejó caer sobre una silla vieja.

Kernok podría tener treinta años; su ancha cintura y busto cuadrado que anunciaba un vigor atlético, sus facciones bronceadas, su negra cabellera, sus espesas patillas, le daban un aire duro y salvaje. Sin embargo, su rostro hubiera pasado por hermoso a no ser por la constante movilidad de sus pobladas cejas que se unían o se separaban, según la impresión del momento.

Su traje no le distinguía en nada de un simple marinero; solamente llevaba dos áncoras de oro bordadas en el cuello de su grosera chaqueta, y un ancho puñal encorvado pendía de su cintura por un cordón de seda roja.

Los habitantes de la cabaña examinaban al recién llegado con una expresión de temor y de recelo y esperaban pacientemente que el singular personaje hiciera conocer el objeto de su visita.

Pero él no parecía ocupado más que en una cosa, en calentarse, y arrojó al fuego con desparpajo algunos trozos de madera en los que se veían aún aplicaciones de hierro.

– Perros – dijo entre dientes – , ésos son los restos de un buque que ellos habrán atraído y hecho naufragar. ¡Ah! si alguna vez El Gavilán…

– ¿Qué quiere usted? – dijo Ivona cansada del silencio del desconocido.

Este levantó la cabeza, sonrió desdeñosamente, no pronunció una sola palabra, extendió sus piernas sobre la lumbre, y después de haberse acomodado lo mejor posible, es decir, con la espalda apoyada contra la pared y los pies sobre los morillos.

– Usted es Pen-Hap el desollador, ¿no es cierto, buen hombre? – dijo por fin Kernok que, con su bastón herrado atizaba el fuego con tanta fruición como si se hubiese encontrado en el rincón de la chimenea de alguna excelente posada de Saint-Pol – , ¿y usted la bruja de la costa de Pempoul? – añadió mirando a Ivona con aire interrogativo.

Después, midiendo al idiota con la vista, con disgusto:

– En cuanto a ese monstruo, si lo llevaseis al aquelarre, causaría miedo al mismo Satanás; por lo demás, se parece a usted, vieja mía, y si yo pusiera esa cara en el mascarón de mi brick, los bonitos, asustados, no vendrían más a jugar ni a saltar bajo la proa.

Aquí Ivona hizo una mueca de cólera.

– Vamos, vamos, bella patrona, cálmese usted y no abra el pico como una gaviota que va a dejarse caer sobre un banco de sardinas. He aquí lo que la apaciguará – dijo Kernok haciendo sonar algunos escudos – ; tengo necesidad de usted y del… señor.

Este discurso, y la palabra señor sobre todo, fueron pronunciados con un aire tan evidentemente burlón, que fue preciso la vista de una bolsa bien repleta y el respeto que inspiraban los anchos hombros y el bastón herrado de Kernok, para impedir que la digna pareja no estallase en una cólera demasiado largo tiempo contenida.

– Y no es – añadió el corsario – que yo crea en vuestras brujerías. Antes, en mi infancia, ya era otra cosa. Entonces, como los demás, yo temblaba durante la velada oyendo esos bellos relatos, y ahora, hermosa patrona, hago tanto caso de ellos como de un remo roto. Pero ella ha querido que viniese a hacerme decir la buena ventura antes de hacerme a la mar. En fin, vamos a empezar; ¿está usted dispuesta, señora?

Este señora arrancó a Ivona una mueca horrible.

– ¡Yo no me quedo aquí! – exclamó el desollador, pálido y trémulo – . Hoy es el día de los muertos; mujer, mujer, tú nos perderás; ¡el fuego del Cielo abrasará esta morada!

Y salió cerrando la puerta con violencia.

– ¿Qué mosca le ha picado? Corre a buscarle, viejo mochuelo; él conoce la costa mejor que un piloto de la isla de Batz, y yo le necesito. ¡Ve, pues, bruja maldita!

Diciendo esto, Kernok la empujó hacia la puerta…

Pero Ivona, soltándose de las manos del pirata, repuso:

– ¿Vienes para insultar a los que te sirven? Calla, calla, o no sabrás nada de mí.

Kernok se encogió de hombros con un aire de indiferencia y de incredulidad.

– En fin, ¿qué quieres?

– Saber el pasado y el porvenir, nada más que eso, mi digna madre; eso es tan fácil como hacer diez nudos con el viento en popa – respondió Kernok jugando con los cordones de su puñal.

– ¿Tu mano?

– Ahí va; y me atrevo a decir que no hay otra más fuerte ni más ágil. ¡A ver, pues, lo que lees en ella, vieja hada! Pero creo tanto en eso como en las predicciones de nuestro piloto que, quemando sal y pólvora de cañón, se imagina adivinar el tiempo que hará por el color de la llama. ¡Tonterías! yo no creo más que en la hoja de mi puñal o en el gatillo de mi pistola, y cuando digo a mi enemigo: «¡Morirás!» el hierro o el plomo cumplen mejor mi profecía que todas las…

– ¡Silencio! – dijo Ivona.

Mientras que Kernok expresaba tan libremente su escepticismo, la vieja había estudiado las líneas que cruzaban la palma de su mano.

Entonces fijó sobre él sus ojos grises y penetrantes, después aproximó su dedo descarnado a la frente de Kernok, que se estremeció sintiendo la uña de la bruja pasearse sobre las arrugas que se dibujaban entre sus cejas.

– ¡Hola! – dijo ella con una sonrisa repugnante – ; ¡hola! ¡tú, tan fuerte, y tiemblas!

– Tiemblo… tiemblo… Si crees que es posible sentir tu garra sobre mi piel, te equivocas. Pero, si en lugar de ese cuero negro y curtido se tratase de una mano blanca y regordeta, ya verías entonces si Kernok…

Y balbuceaba, bajando involuntariamente la vista ante la mirada fija e insistente de la bruja.

– ¡Silencio! – repitió; y su cabeza cayó sobre su pecho; se hubiera dicho que estaba absorta en un profundo ensueño.

Solamente de cuando en cuando la agitaba una especie de temblor convulsivo, y sus dientes se entrechocaban. La luz vacilante del hogar que se extinguía iluminaba únicamente con su rojiza claridad el interior de aquel chamizo; y destacándose en el fondo la cabeza disforme del idiota que dormitaba agazapado en un rincón, resultaba verdaderamente espantosa. De Ivona no se veía más que su manta negra y sus largos cabellos grises; en el exterior mugía la tempestad. Había no sé qué de horrible y de infernal en aquella escena.

Kernok, el mismo Kernok, experimentó un ligero estremecimiento, rápido como una chispa eléctrica. Y sintiendo poco a poco despertarse en él su antigua superstición de niño, perdió aquel aire de incredulidad burlona que se pintaba en sus facciones al entrar.

Bien pronto un sudor húmedo cubrió su frente. Maquinalmente asió su puñal y lo sacó de la vaina…

Y como aquellas gentes que, medio dormidas aún, creen salir de un sueño penoso haciendo algún movimiento violento, exclamó:

– ¡Que el infierno se lleve a Melia, a sus estúpidos consejos y a mí mismo por haber sido tan tonto en seguirlos! ¿He de dejarme intimidar por esas mojigangas, buenas para asustar a las mujeres y a los niños? ¡No, voto a tal! no se dirá que Kernok… ¡Ea! prometida del demonio, habla pronto; tengo que marcharme. ¿Me oyes?

Y la sacudió fuertemente.

Ivona no respondía; su cuerpo seguía las impulsiones que le daba Kernok. No se notaba siquiera la resistencia que hace experimentar un ser animado. Se hubiera dicho que era una muerta.

El corazón del pirata latía con violencia.

– ¿Hablarás? – murmuró, levantando la cabeza de Ivona que estaba inclinada sobre su pecho.

Ivona quedó en la posición que la dejara, pero su mirada continuaba siendo fija y sombría.

Los cabellos de Kernok se erizaban sobre su cabeza; con las dos manos hacia adelante, el cuello tendido, como fascinado por aquella mirada pálida y siniestra, escuchaba respirando apenas, dominado por un poder superior a sus fuerzas.

– Kernok – dijo por fin la bruja con una voz débil y entrecortada – , tira, tira ese puñal, porque hay sangre en él; sangre de ella y de él.

Y la vieja sonrió de una manera espantosa; después, poniendo el dedo sobre su cuello:

– La has herido ahí… y sin embargo, aun vive. Pero no es eso todo… ¿Y el capitán del barco negrero?

El puñal cayó a los pies de Kernok; se pasó la mano por su frente ardiente y se apretó las sienes con tal fuerza, que la huella de sus señas quedó impresa en ellas. Apenas si se sostenía y tuvo que apoyarse contra el muro.

Ivona continuó:

– Que hayas arrojado al mar a tu bienhechor después de haberle dado de puñaladas, pase; tu alma irá a Teus; pero que hayas herido a Melia sin matarla, eso está mal; porque para seguirte, ella ha abandonado ese bello país donde se crían los venenos más sutiles, donde las serpientes juegan y se enlazan a la claridad de la luna, confundiendo sus silbidos, donde el viajero oye, estremeciéndose, el estertor de la hiena, que grita como una mujer a la que se estrangula; ese bello país, donde las víboras rojas producen unas mordeduras mortales, que llevan en las venas una sangre que las corroe.

E Ivona retorcía sus brazos, como si ella hubiese experimentado aquellas atroces convulsiones.

– ¡Basta, basta! – dijo Kernok, que sentía que su lengua se pegaba al paladar.

– Has herido a tu bienhechor y a tu amante; su sangre caerá sobre ti, ¡tu fin se aproxima! ¡Pen-Ouët! – llamó en voz baja.

A esta voz sorda y ronca, Pen-Ouët, al que se hubiera creído profundamente dormido, se levantó en una especie de acceso de somnabulismo, y se sentó en las rodillas de su madre, que tomó sus manos entre las suyas, y, apoyando su frente contra la del idiota, dijo:

– Pen-Ouët, pregunta el tiempo que Teus le concede de vida… En nombre de Teus, respóndeme.

El idiota lanzó un grito salvaje, pareció reflexionar un instante, retrocedió un paso e hirió el suelo con la cabeza de caballo que siempre llevaba.

Golpeó al principio cinco veces, después otras cinco y luego tres más.

– Cinco, diez, trece – dijo su madre, que iba contando – , trece días te quedan aún que vivir, ¡ya lo oyes! ¡y quiera Teus enviarte a nuestra costa, con el cuerpo lívido y frío, rodeado de algas, los ojos sombríos y abiertos, la boca llena de espumarajos y la lengua apresada entre los dientes! ¡Trece días… y tu alma para Teus!

– ¡Pero ella, ella! – dijo Kernok, jadeante, presa de un delirio atroz.

–¡Ella!– repuso Ivona – ; pero no me has pagado más que por ti. ¡Bah! seré generosa.

Después reflexionó un momento poniéndose el dedo en la frente.

– Pues bien, ella también quedará con los miembros rígidos, la cara azulada, la boca espumeante y los dientes apretados. ¡Oh! haréis unos hermosos prometidos, ¡y quiera Teus que yo os vea, en una noche de noviembre, sobre una roca negra que será vuestro lecho nupcial, con las olas del Océano por cortinajes, con el graznido de los cuervos por canto de bodas y el ojo ardiente de Teus por antorcha!

Kernok cayó desvanecido y dos carcajadas siniestras resonaron en la cabaña.

En esto llamaron a la puerta.

– ¡Kernok, Kernok mío! – dijo una voz dulce y fresca.

Estas palabras produjeron sobre Kernok un efecto mágico; abrió los ojos y miró a su alrededor con extrañeza y espanto.

– ¿Dónde estoy, pues? – dijo levantándose – ; ¿ha sido una pesadilla, una espantosa pesadilla? Pero no… mi puñal… esta capa… Es demasiado cierto… ¡al infierno! ¡maldita vieja! yo sabré…

La vieja y el idiota habían desaparecido.

– Kernok, Kernok, abre ya – repitió la dulce voz.

– ¡Ella– exclamó – , ella aquí!

Y se precipitó hacia la puerta.

– ¡Ven – dijo – , ven!

Y saliendo de la cabaña, con la cabeza desnuda, la arrastró rápidamente, y a través de las rocas que bordean la costa, alcanzaron bien pronto el camino de Saint-Pol.




IV

EL BRICK «EL GAVILÁN»


		¡Adelante, famoso bricbarca!
		Desde el codaste hasta la gavia
		No hay otro en el arsenal
		Que con él se pueda igualar;
		Viento en popa y adelante.

    Canción del marinero.
La niebla que rodeaba los alrededores del pequeño puerto de Pempoul se disipaba poco a poco, y el disco del sol aparecía de un rojo obscuro en medio del cielo gris y sombrío.

Bien pronto Saint-Pol, dominado por sus grandes edificios negros y sus campanarios de piedra, se presentó vago e incierto a través del vapor que ascendía de las aguas, después se dibujó de una manera más precisa, cuando los pálidos rayos del sol de noviembre arrojaron el aire espeso y húmedo de la mañana.

A la derecha se elevaba la isla de Kalot con sus rompientes, el molino y el campanario azul de Plougasnou, mientras que a lo lejos se extendía la playa de Treguier, de fina y dorada arena, limitada por inmensos peñascales que se pierden en el horizonte.

La linda bahía de Pempoul no contenía ordinariamente más que medio centenar de barcas y algunos buques de un tonelaje más elevado.

No es extraño, pues, que el hermoso brick El Gavilán se destacase con toda la altura de sus gavias entre aquella innoble multitud de lugres, faluchos y botes que estaban fondeados a su alrededor.

¡Ciertamente! ¡no había un brick más hermoso que El Gavilán!

¿Es posible cansarse de verlo recto y ligero sobre el agua, con sus formas esbeltas y estrechas, su alta armadura un poco inclinada hacia atrás, que le da un aire tan coquetón y tan marinero? ¿cómo no admirar su velamen fino y ligero, con sus amplias piezas, sus gavias y sus juanetes tan elegantemente sesgados, y esas barrederas que se despliegan sobre sus flancos graciosas como las alas del cisne, y esos foques elegantes que parecen voltear al extremo de su bauprés, y su línea de veinte carronadas de bronce, que se dibuja blanca y negra como los lados de un juego de damas?

Y después, ¡jamás el vapor oloroso de la mirra ardiendo en pebeteros de oro, jamás la violeta con sus hojas aterciopeladas, jamás la rosa ni el jazmín destilados en preciosos frascos de cristal se podrán comparar al delicioso perfume que exhalaba la cala de El Gavilán! ¡qué oloroso alquitrán, qué brea tan suave!

¡A fe de Dios! ¡Ciertamente no había un brick más hermoso que El Gavilán!

Y si le admiráis dormido sobre sus áncoras, ¿qué diríais, pues, si le vieseis dar caza a un desventurado buque mercante? ¡No! jamás caballo de carrera con la boca espumante bajo el freno, ha saltado con tanta impaciencia como El Gavilán, cuando el piloto no le dejaba precipitarse sobre el buque perseguido. Jamás el halcón, rozando el agua con el extremo de su ala, ha volado con tanta rapidez como el hermoso brick, cuando, impulsado por la brisa, sus gavias y sus juanetes izados, se deslizaba por el Océano, de tal modo inclinado, que los extremos de sus vergas bajas desfloraban la cima de las olas.

¡Ciertamente, no hay un brick más hermoso que El Gavilán!

Y ése es el que estáis viendo, amarrado por sus dos cables.

A bordo había poca gente: el contramaestre, seis marineros y un grumete; nadie más.

Los marineros estaban agrupados en los obenques o sentados sobre los afustes de los cañones.

El contramaestre, hombre de unos cincuenta años, envuelto en un largo gabán oriental, se paseaba por el puente con un aire agitado, y la protuberancia que se notaba en su mejilla izquierda anunciaba, por su excesiva movilidad, que mordía su chicote con furor.

Tanto es así, que el grumete, inmóvil cerca de su jefe, con el gorro en la mano como quien aguarda una orden, observaba aquel peligroso pronóstico con espanto creciente; porque el chicote del contramaestre era para la tripulación una especie de termómetro que anunciaba las variaciones de su carácter; y aquel día, según las observaciones del grumete, el tiempo anunciaba tempestad.

– ¡Mil millones de truenos! – decía el contramaestre hundiéndose el capuchón hasta los ojos – , ¿qué infernal viento le ha empujado? ¿Dónde está? ¡Son las diez y aun no ha venido a bordo! Y la bestia de su mujer que parte a media noche para ir a buscarle, el diablo sabe dónde… ¡Una brisa tan hermosa! ¡Perder una brisa tan hermosa! – repetía en tono desgarrador mirando un ligero catavientos colocado en los obenques, y que por la dirección que le daba el viento anunciaba una fuerte brisa del NO – . Es preciso estar tan loco como el hombre que pone el dedo entre el cable y el escobén.

El marmitón, impaciente de la duración de este monólogo, había intentado ya por dos veces interrumpir al contramaestre, pero la mirada furiosa y la movilidad excesiva del chicote de su superior se lo habían impedido. Por fin, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, con su gorro bajo el brazo, el cuello tendido, la pierna izquierda hacia adelante, se aventuró a tirar de la hopalanda de su jefe.

– Señor Zeli – le dijo – , el desayuno le espera.

– ¡Ah! ¿eres tú, Grano de Sal? ¿qué haces ahí, miserable, estúpido, animal, rata de bodega? ¿Quieres que te haga curtir la piel, o que te ponga el espinazo rojo como un rosbif crudo? ¿Contestarás, grumete de desgracia?

A este torrente de injurias y de amenazas, el grumete no oponía más que una calma estoica, acostumbrado, como estaba, a los arranques de su superior.

Y, dicho sea de paso, habéis de saber que, si yo creyese en la metempsicosis, preferiría habitar por toda mi vida en el alma de un caballo de coche de alquiler, de un temporero, de un burro de Montmorency, animar, en fin, a lo que hay de más miserable, que encontrarme bajo la piel de un grumete.

Ya hemos dicho que el grumete no soltaba una palabra; y cuando el maestro Zeli se detuvo para tomar aliento. Grano de Sal repitió con un aire más humilde que de costumbre:

– El desayuno le…

– ¡Ah! ¡el desayuno! – exclamó el contramaestre encantado de hacer caer su furor sobre alguien – ; ¡ah! ¡el desayuno! ¡Toma, perro!

Esto fue acompañado de un bofetón y de un puntapié tan violento, que el grumete, que estaba en lo alto de la escalera del sollado, desapareció como por encanto, y llegó al fondo de la cala resbalando con rapidez a lo largo de los tramos de la escalera.

Llegado al final de su viaje, el grumete se levantó y dijo frotándose los riñones:

– Estaba seguro; lo he conocido en el modo de mascar el tabaco.

Y después de un momento de silencio, Grano de Sal añadió con un aire muy satisfecho:

– Prefiero eso que no haber caído de cabeza.

Luego, consolado por esta reflexión filosófica, fue fielmente a cuidar del desayuno del maestro Zeli.




V

REGRESO




¡Hola! ¿de dónde viene usted, bello señor, con la cabeza desnuda… el cinturón colgando?.. ¡Qué palidez!.. amigo…

¡qué palidez!

    Words-Vok.

Aunque hubiese desahogado un poco su cólera en Grano de Sal, el maestro Zeli continuaba midiendo a zancadas el puente, levantando de cuando en cuando el puño y los ojos al cielo, y murmuraba palabras que era imposible tomar por una piadosa invocación.

De pronto, fijando una atenta mirada sobre la entrada del puerto, se detuvo, asió un anteojo que había cerca de la bitácora y, aproximándolo al ojo izquierdo, exclamó:

– Por fin, por fin, ¡qué suerte! ya está aquí, sí, es él… ¡Vaya una manera de remar! ¡Vamos, firme, bravo, muchachos! ¡doblad, y podremos aprovechar la brisa y la marea!

Y el maestro Zeli, olvidando que era difícil hacerse oír a dos tiros de cañón de distancia, animaba con la voz y con el gesto a los marineros que conducían a bordo a Kernok.

Por fin el bote se acercó al brick y atracó a estribor. El maestro Zeli corrió a la escala a dar el silbido que anunciaba al capitán, y, con el sombrero en la mano, se dispuso a recibirle.

Kernok subió con agilidad por la banda del brick y saltó sobre el puente.

El contramaestre quedó impresionado de su palidez y de la alteración de sus facciones. Su cabeza desnuda, las ropas en desorden, la vaina sin puñal que pendía a su cintura, todo anunciaba un acontecimiento extraordinario. Por esta razón Zeli no tuvo el valor de reprochar a su capitán una ausencia tan prolongada y se acercó a él con un aire de interés respetuoso.

Kernok abarcó el brick con una mirada rápida y vio que todo estaba en orden.

– Contramaestre – dijo con una voz imperiosa y dura – , ¿a qué hora es la marcha?

– A las dos y cuarto, capitán.

– Si la brisa no cesa, aparejaremos a las dos y media. Haga izar el pabellón y disparar el cañonazo de partida; vire al cabrestante, desaferre, y cuando las áncoras estén a pico, avíseme. ¿Dónde están el oficial y el resto de la tripulación?

– En tierra, capitán.

– Envíe los botes a buscarles. El que no esté a bordo a las dos, recibirá veinte golpes de rebenque y pasará ocho días en el calabozo. ¡Váyase!

Nunca Zeli había visto a Kernok con un aire tan duro y tan severo. Así, contra su costumbre, no hizo una multitud de objeciones a cada orden de su capitán, y se contentó con ir prontamente a ejecutarlas.

Kernok, después de haber examinado atentamente la dirección del viento y de las brújulas, hizo signo a su compañero de que le siguiese.

Este compañero era el que había ido a buscarle al antro de la bruja. La voz pura y fresca que decía: «¡Kernok, Kernok mío!» era la suya; ¡cómo no había de ser dulce su voz! ¡Era tan linda con sus facciones delicadas y finas, sus grandes ojos velados por largas pestañas, sus cabellos castaños y sedosos que se escapaban por debajo de las anchas alas de su sombrero, y aquel talle tan esbelto y frágil que dibujaba un vestido de tela azul, y aquella actitud tan viva y tan graciosa! ¡y cuando marchaba libre y desembarazada, con el cuello erguido, la cabeza alta! ¡Ah! ¡qué salero! únicamente que su rostro parecía dorado por un rayo de sol tropical.

Porque era de aquel clima ardiente de donde Kernok se había traído a su gentil compañero, que no era otro que Melia, hermosa joven de color.

¡Pobre Melia! por seguir a su amante había abandonado la Martinica y sus bananeros y su casa de celosías verdes. Por él, hubiese dado su hamaca de mil colores, sus madrás rojas y azules, los círculos de plata maciza que rodeazan sus brazos y sus piernas; lo hubiese dado todo, todo, hasta el saquito que encerraba tres dientes de serpiente y un corazón de paloma, mágico talismán que debía proteger sus días, mientras lo llevara suspendido del cuello.

Ya veis, pues, si Melia amaba a su Kernok.

También la amaba él, ¡oh!, la amaba con pasión, porque había bautizado con el nombre de Melia una larga culebrina de 18, y no enviaba su proyectil al enemigo que no se acordase de su amante. Era preciso que la amase mucho, puesto que la permitía tocar su excelente puñal de Toledo y sus buenas pistolas inglesas. ¡Qué más! ¡Hasta le confiaba la custodia de su provisión particular de vino y de aguardiente!

Pero lo que probaba más que nada el amor de Kernok, era una ancha y profunda cicatriz que Melia tenía en el cuello. Provenía de una cuchillada que el pirata le había dado en un arrebato de celos. Y como hay que juzgar siempre la fuerza del amor por la violencia de los celos, se comprende que Melia debía pasar unos días de ensueño al lado de su dulce dueño.

Bajaron los dos juntos.

Al entrar en la cámara, Kernok se arrojó sobre un sillón y ocultó la cabeza entre las manos, como para escapar a una visión funesta.

Se había estremecido, sobre todo, al advertir la ventana por la cual su capitán había caído al mar, como todos sabemos.

Melia le miraba con dolor: después se aproximó tímidamente, se arrodilló tomando una de sus manos que él le abandonó y le dijo:

– Kernok, ¿qué tiene usted?, su mano arde.

Esta voz le hizo estremecer: levantó la cabeza, sonrió amargamente y pasando sus brazos alrededor del cuello de la joven mulata, la estrechó contra sí; su boca rozaba su mejilla, cuando sus labios encontraron la fatal cicatriz.

– ¡Infierno! ¡maldición sobre mí! – exclamó con violencia – . ¡Maldita vieja, bruja infernal! ¿quién habrá dicho…?

Y se asomó a la ventana para respirar, pero, como rechazado por una fuerza invencible, se alejó con horror, y se apoyó sobre el borde de su cama.

Sus ojos estaban rojos y ardientes; su mirada, largo tiempo fija, se veló poco a poco; y sucumbiendo a la fatiga y a la agitación, sus ojos se cerraron. Al principio resistió al sueño, después cedió…

Entonces ella, con los ojos humedecidos por las lágrimas, atrajo dulcemente la cabeza de Kernok sobre su seno, que se levantaba y descendía con rapidez. El, abandonándose a este dulce balanceo, se durmió por completo; mientras que Melia, reteniendo su aliento, y separando los negros cabellos que ocultaban la despejada frente de su amante, tan pronto depositaba en él un beso, tan pronto pasaba un dedo afilado sobre sus espesas cejas que se contraían convulsivamente aun durante su sueño.


… ... … ... … ... … ... … ... … ... … …

– Capitán, todo está dispuesto – dijo Zeli entrando.

En vano Melia le hacía signos de que se callase, mostrándole a Kernok dormido; Zeli, que no se atenía más que a la orden que había recibido, repitió con una voz más fuerte:

– ¡Capitán, todo está dispuesto!

– ¡Eh!.. ¿qué hay?.. ¿qué es eso?.. – dijo Kernok desprendiéndose de los brazos de la joven.

– Capitán, todo está dispuesto – repitió Zeli por tercera vez, con una entonación aún más elevada.

– ¿Y quién ha sido el necio que ha dado esa orden?

– Usted, capitán.

– ¡Yo!

– Usted, capitán, al volver a bordo, hace dos horas, tan cierto como ese quechemarín cubre su trinquete – dijo Zeli con una conmoción profunda, mostrando por la ventana una embarcación que en efecto ejecutaba esta maniobra.

Y Kernok dirigió una mirada a Melia, que bajaba, sonriendo, su linda cabeza, como para confirmar la aserción de Zeli.

Entonces se pasó rápidamente la mano por la frente, y dijo:

– Sí, sí, está bien, desamarrad y hacedlo preparar todo, para aparejar; subo en seguida. ¿La brisa no ha calmado?

– No, capitán; al contrario, es más fuerte aún.

– Ve y despacha.

El tono de Kernok ya no era duro e impetuoso, sino solamente brusco; de modo que Zeli, viendo que la calma había sucedido a la agitación de su capitán, no pudo por menos que pronunciar un pero…

– ¿Vas a comenzar con tus peros y tus síes? Ten cuidado… ¡o te arrojo la bocina a la cabeza! – exclamó Kernok con voz de trueno y avanzando hacia Zeli.

Este se esquivó prontamente, juzgando que su capitán no estaba aún en una situación de espíritu bastante apacible para soportar pacientemente sus eternas contradicciones.

– Cálmese, Kernok – dijo tímidamente Melia – . ¿Cómo se encuentra usted ahora?

– Muy bien, muy bien. Estas dos horas de sueño han bastado para calmarme y desechar las ideas tontas que esa maldita bruja me había metido en la cabeza. Vamos, vamos, la brisa fresquea y nos disponemos a salir. Porque, ¿qué hacemos aquí mientras haya buques mercantes en la Mancha, galeones en el golfo de Gascuña y ricos navíos portugueses en el estrecho de Gibraltar?

– ¡Cómo! ¿Usted partirá hoy, un viernes?

– Escucha bien lo que voy a decirte, amada mía; yo hubiera debido castigarte seriamente por haberme decidido por tus súplicas a ir a escuchar las fantasías de una loca. Te he perdonado; pero no me rompas más los oídos con tu charla, o si no…

– ¿Sus predicciones han sido, pues, siniestras?

– ¡Sus predicciones! hago tanto caso como de… En cambio, lo que yo puedo predecir a ese viejo mochuelo, y tú verás si me equivoco, es que tan pronto como mis ocupaciones me lo permitan, iré con una docena de gavieros[6 - Marineros escogidos.] a hacerle una visita de la cual se acordará; que me parta un rayo si dejo una piedra de su casucha y si no le pongo la espalda del color del arco iris.

– ¡Por piedad, no hable usted así de una mujer que tiene doble vista! no parta hoy; ahora mismo una gaviota blanca y negra revoloteaba por encima del barco lanzando agudos gritos; eso es de mal augurio… ¡no parta usted!

Diciendo estas palabras, Melia se había arrojado a las rodillas de Kernok, que al principio la había escuchado con bastante paciencia; pero, cansado de oírla, la rechazó tan rudamente, que la cabeza de Melia fue a dar contra la madera.

En el mismo instante, por una violenta sacudida que el navío experimentó, Kernok, adivinando que el áncora había cedido al cabrestante, se lanzó hacia el puente, con su bocina en la mano.




VI

LA PARTIDA




¡Alerta! ¡Alerta! he ahí a los piratas de Ochali que parten.

    El cautivo de Ochali.

Cuando Kernok apareció sobre el puente, se hizo un profundo silencio.

No se oía más que el ruido agudo del silbato de Zeli, que, inclinado sobre la borda hacía amarrar el áncora, indicando la maniobra por modulaciones diferentes.

– ¿Hay que desaferrar el áncora de estribor? – preguntó al segundo, que transmitió esta pregunta a Kernok.

– Espera – dijo éste – , y haz subir a todo el mundo al puente.

Un toque de silbato particular, repetido por el contramaestre, hizo aparecer como por encanto a los cincuenta y dos hombres y a los cinco marmitones que componían la tripulación de El Gavilán, y que se colocaron en dos filas, con la cabeza alta, la mirada fija y las manos colgando.

Aquellas buenas gentes no tenían el aire cándido y puro de un joven seminarista, ¡oh no! Se veía en sus duras facciones, en su tez curtida, en su frente surcada, que las pasiones – ¡y qué pasiones! – habían pasado por allí, y que los honrados compañeros habían llevado ¡ay! una vida bien tormentosa.

Además, se trataba de una tripulación cosmopolita; era como un resumen viviente de todos los pueblos del mundo; franceses, españoles, alemanes, ingleses, rusos, americanos, holandeses, italianos, egipcios, ¿qué sé yo? hasta un chino que Kernok había enrolado en Manila. Sin embargo, aquella sociedad compuesta de elementos tan poco homogéneos, vivía a bordo en perfecta inteligencia, gracias a la rigurosa disciplina que Kernok había establecido.

– Pasa lista – dijo al segundo, y cada marinero fue respondiendo a su nombre.

Faltaba uno, el piloto Lescoët, un compatriota de Kernok.

– Anótale para veinte chicotazos y ocho días de calabozo.

Y el segundo escribió en su carnet: Lescoët, 20 ch. y 8 de c., con tanta indiferencia como un comerciante que anotase el vencimiento de una letra.

Kernok entonces se subió sobre un banco, dejó la bocina cerca de él y habló en estos términos:

– Muchachos, vamos a hacernos de nuevo a la mar. Hace dos meses que nos estamos enmoheciendo aquí como un pontón podrido; nuestros cinturones están vacíos; pero el depósito de la pólvora está lleno, nuestros cañones tienen la boca abierta y no piden más que hablar. Vamos a salir impulsados por una buena brisa NO. y a farolear por el estrecho de Gibraltar; y si San Nicolás y Santa Bárbara nos ayudan, ¡pardiez!, volveremos con los bolsillos llenos, muchachos, para hacer bailar a las chicas de Saint-Pol y beber vino de Pempoul.

– ¡Hurra! ¡hurra! – gritaron todos en signo de aprobación.

– ¡Desamarra a estribor, larga el gran foque, iza la cangreja! – gritó Kernok con voz estentórea, dando también la orden de aparejar, para no dejar enfriar el ardor de la gente.

El brick, no estando ya aprisionado por sus anclas, siguió el impulso del viento, y se inclinó sobre estribor.

– ¡Larga las gavias! ¡iza, iza, bracea, bracea! ¡amarra las gavias! – gritó aún Kernok.

Y el brick, sintiendo la fuerza de la brisa, se puso en marcha; sus amplias velas grises se hincharon poco a poco, el viento circuló silbando entre las cuerdas; ya Pempoul, la costa de Treguier, la isla Santa-Ana-Ros-Istam y la torre Blanca, se borraban poco a poco, huían a los ojos de los marineros, que, agrupados en los obenques y en las gavias, con la mirada fija sobre la tierra, parecían saludar a Francia en una última y larga despedida.

– ¡La barra a babor! ¡la barra a babor! – gritó de pronto Zeli con espanto.

Inmediatamente la rueda del timón dio una vuelta rápida y El Gavilán se inclinó bruscamente.

– ¿Qué hay, pues? – preguntó Kernok después que fue ejecutada la maniobra.

– Es Lescoët que llega, capitán; el bote que le conduce ha estado a punto de dejarse abordar, y lo hubiéramos aplastado como una cáscara de nuez, si no hubiese hecho virar sobre estribor – respondió Zeli.

El rezagado, que había saltado ágilmente a bordo, se acercó con aire confuso a Kernok.

– ¿Por qué has tardado tanto?

– Mi anciana madre acaba de morir; he querido estar hasta el último momento a su lado para cerrarle los ojos.

– ¡Ah! – dijo Kernok.

Después, volviéndose hacia su segundo:

– Arregla las cuentas a ese buen hijo.

Y el segundo dijo dos palabras al oído de Zeli que se llevó a Lescoët a un rincón.

– Hijo mío – le dijo agitando una cuerda larga y estrecha – , tenemos un hueso que roer juntos.

– Ya comprendo – dijo Lescoët palideciendo – ; ¿y cuántos?

– Una miseria.

– Bien, pero quiero saberlo.

– Ya lo verás; no tengo interés en estafarte ninguno, y además tú podrás contarlos.

– Ya me vengaré.

– Antes siempre se dice eso, y después no se piensa en ello más que en la brisa de la víspera. Vamos, muchacho, despachemos, porque veo que el capitán se impacienta y sería capaz de hacerme probar la misma salsa.

Ataron a Lescoët a una escala de cuerdas, los brazos en alto y el cuerpo desnudo hasta la cintura.

– Estamos dispuestos – dijo Zeli. Kernok hizo un signo, y la cuerda silbó y resonó sobre la espalda de Lescoët. Hasta el sexto golpe se comportó muy decorosamente; no se oía más que una especie de gemido sordo que acompañaba cada zurriagazo. Pero al séptimo el valor le abandonó, y en efecto, debía sufrir mucho, porque cada golpe dejaba en su cuerpo una huella roja que se convertía bien pronto en azul y morada; después quedó levantada la piel y apareció la carne viva y sangrando. Parecía que la tortura debía ser intolerable, porque un estado de desmadejamiento general reemplazó a la irritación convulsiva que hasta entonces había sostenido a Lescoët.

– Se encuentra mal – dijo Zeli con el gratel levantado.

Entonces, el señor Durand, el-calafate de a bordo, se aproximó, tomó el pulso al paciente; después, ensayando una mueca, se encogió de hombros e hizo un signo significativo a maestro Zeli.

El gratel funcionó de nuevo, pero su sonido ya no era seco y restallante como cuando caía sobre una piel lisa y pulida, sino sordo y mate como el ruido de una cuerda que golpease una boya.

Es que la espalda de Lescoët estaba en carne viva; la piel caía en jirones hasta el punto de que el contramaestre se ponía la mano ante los ojos para que no le salpicase la sangre a cada golpe.

– Y veinte – dijo con un aire de satisfacción mezclado de pesar, como una joven que da a su amante el último de los besos prometidos.

O, si lo preferís, como un banquero que cuenta su última pila de escudos.

El propio Zeli se llevó a Lescoët, que no daba señales de vida.

– Ahora – dijo Kernok – , un buen emplasto de pólvora de cañón y de vinagre sobre esos rasguños, y mañana no tendrá nada.

Después, dirigiéndose al timonel:

– Corre una buena bordada al SO.; si se ve una vela, avísame.

Y descendió a su cámara para reunirse con Melia.




VII

CARLOS Y ANITA




…Ese tumulto espantoso, esa fiebre devoradora… es el amor…

    O. P.



Aver la morte innanzi gli occhi per me.

    Petrarca.

La dulce influencia de los climas meridionales aun se hacía sentir, porque el buque San Pablo se encontraba a la altura del estrecho de Gibraltar. Empujado por una débil brisa, con todas sus velas extendidas, desde el contrajuanete hasta los foques de estay, venía del Perú y se dirigía a Lisboa con pabellón inglés, ignorando la ruptura de Francia y de Inglaterra.

El departamento del capitán lo ocupaban don Carlos Toscano y su esposa, ricos negociantes de Lima, que habían fletado el San Pablo en el Callao.

La modesta cámara de antes estaba desconocida, tanto eran el lujo y la elegancia desplegados por Carlos. Sobre las paredes grises y desnudas se extendían ricos tapices que, separándose por encima de las ventanas, caían en pliegos ondulantes. El piso estaba cubierto de esteras de Lima, trenzadas de lina y blanca paja, y encuadradas en amplios dibujos de colores llamativos. Largas cajas de caoba roja y pulimentada contenían camelias, jazmines de Méjico y cactos de espesas hojas. En una linda jaula de limonero y de enrejado de plata revoloteaban unos hermosos pájaros de cabeza verde, de alas purpuradas con reflejos de oro, y bonitas cotorras de Puerto Rico, con todo el cuerpo azul, un penacho de color de naranja y el pico negro como el ébano.

El aire era tibio y embalsamado, el cielo puro, el mar magnífico; y, sin el ligero balanceo que el oleaje imprimía al barco, se hubiera podido creer que se estaba en tierra.

Sentado sobre un rico diván, Carlos sonreía a su esposa, que aun tenía una guitarra en la mano.

– ¡Bravo, bravo, Anita mía! – exclamó él – , jamás se ha cantado mejor el amor.

– Es que jamás se ha experimentado mejor, ángel mío.

– Sí, y para siempre… – dijo Carlos.

– Para la vida… – contestó Anita.

Sus bocas se encontraron y él la estrechó contra él en un abrazo convulsivo.

Cayendo a sus pies, la guitarra despidió un sonido dulce y armonioso, como el último acorde de un órgano.

Carlos miraba a su mujer con esa mirada que va al corazón, que hace estremecer de amor, que hace daño.

Y ella, fascinada por aquella mirada ardiente, murmuraba cerrando los ojos:

– ¡Gracias!.. ¡gracias!.. ¡Carlos mío!

Después, uniendo sus manos, se deslizó dulcemente a los pies de Carlos, y apoyó la cabeza sobre sus rodillas; su pálido semblante estaba como velado por sus largos cabellos negros; solamente a través de ellos brillaban sus ojos, lo mismo que una estrella en medio de un cielo sombrío.

– Y todo esto es mío – pensaba Carlos – , mío sólo en el mundo, y para siempre; porque envejeceremos juntos; las arrugas surcarán esa cara fresca y aterciopelada; esos anillos de ébano se convertirán en bucles argentinos – decía él pasando su mano por la sedosa cabellera de Anita – , y vieja, abuela ya, se extinguirá en una serena tarde de otoño, en medio de sus nietos, y sus últimas palabras serán: «Voy a unirme contigo, Carlos mío». ¡Oh! sí, sí, porque yo habré muerto antes que ella… Pero, de aquí allá, ¡qué porvenir! ¡qué hermosos días! Jóvenes y fuertes, ricos, dichosos, con una conciencia pura y el recuerdo de algunas buenas acciones, habremos vuelto a ver nuestra bella Andalucía, Granada y su Alhambra, su mosaico de oro, de arquitectura aérea, sus pórticos, nuestra hermosa quinta con sus bosques de naranjos frescos y perfumados, y sus pilones de mármol blanco en los que duerme una agua límpida.

– Y mi padre… y la casa donde he nacido… y la celosía verde que yo levantaba tan a menudo cuando tú pasabas, y la vieja iglesia de San Juan, donde por primera vez, mientras yo oraba, murmuraste a mi oído: «¡Anita mía, te amo!»… ¡Y ya ves si la Virgen me protege! en el momento en que tú me decías: «¡Te amo!», yo acababa de pedirte tu amor, prometiendo una novena a Nuestra Señora – repuso Anita, porque su esposo había acabado por pensar en voz alta – . Escucha, Carlos mío – suspiró – , júrame, ángel mío, que dentro de veinte años diremos otra novena a la Virgen para darle gracias por haber bendecido nuestra unión.

– Te lo juro, ¡alma de mi vida!, porque dentro de veinte años aún seremos jóvenes de amor y de dicha.

– ¡Oh! sí, nuestro porvenir es tan risueño, tan puro, que…

No pudo acabar, porque una bala enramada, que entró silbando por la popa, le destrozó la cabeza, partió a Carlos en dos, e hizo añicos los cajones de flores y la jaula.

¡Qué dicha para los periquitos y las cotorras, que huyeron por las ventanas batiendo alegremente las alas!




VIII

LA PRESA


		…¡Vil metal!
		Burke.

		…¡Es posible!
		Balzac.

– ¡Diablo! ¡hermoso tiro! Ya ves, maestro Zeli… la bala ha entrado por encima del coronamiento y ha salido por la tercera porta de estribor. ¡Pardiez! ¡Melia, haces maravillas!

Así decía Kernok, con un largo anteojo en la mano, y acariciando la culebrina aún humeante que él mismo acababa de apuntar contra el San Pablo, porque este navío no se había apresurado a izar su pabellón.

Esta era la bala que había matado a Carlos y a su esposa.

– ¡Ah! ¡qué suerte! – repuso Kernok viendo el pabellón inglés que se desarrollaba en lo alto de uno de los palos del San Pablo– , ¡qué suerte! se da a conocer… ¡y dice de qué país es! pero no me equivoco… un inglés; es un inglés, y el perro se atreve a señalarlo ¡y no tiene un cañón a bordo! ¡Zeli, Zeli! – gritó con voz de trueno – , haz largar todas las velas del brick y preparar los remos; dentro de media hora estaremos cerca de él. Usted, oficial, toque zafarrancho de combate, envíe a los hombres a sus piezas y distribuya los sables y las picas de abordaje.

Después, lanzándose hacia una carronada:

– ¡Muchachos! si no me equivoco, ese navío llega del mar del Sud; en esa popa corta y achatada, en ese porte, reconozco una navío español o portugués que se dirige a Lisboa, ignorando sin duda que hemos declarado la guerra a los ingleses. ¡Allá él! Pero ese perro debe tener piastras en el vientre. Pronto lo veremos, ¡pardiez! ¡Muchachos! el casco sólo vale veinte mil piastras; pero, paciencia, El Gavilán extiende su alas y bien pronto mostrará sus uñas. ¡Vamos, muchachos! ¡remad, remad firmes!

Y animaba con la voz y con el gesto a los marineros que, encorvados bajo los largos remos del brick, doblaban la velocidad que le daba la brisa.

Otros marineros se armaban precipitadamente de sables y puñales, y el maestro Zeli hacía disponer los garfios de abordaje.

Kernok, después de haber tomado todas sus disposiciones, descendió al sollado y encerró a Melia que dormía en la hamaca.

Todo estaba dispuesto a bordo de El Gavilán: el capitán del desgraciado San Pablo, creyendo que el brick de Kernok era un navío de guerra, sin dejar de gemir por la desgracia ocurrida a bordo, izó el pabellón inglés, esperando ponerse así bajo su protección.

Pero cuando vio la maniobra de El Gavilán, cuya marcha era aún acelerada por los largos remos, no le quedó duda alguna y comprendió que se trataba de un corsario.

Huir era imposible. A la débil brisa que soplaba por ráfagas, había sucedido una calma chicha, y los remos del pirata le daban una ventaja de marcha positiva. No había que pensar tampoco en defenderse. ¿Qué podían hacer los dos malos cañones del San Pablo contra las veinte carronadas de El Gavilán, que enseñaban sus gargantas amenazadoras?

El prudente capitán se puso, pues, al pairo, esperó los acontecimientos, ordenó a la tripulación que se prosternase de rodillas e invocase a San Pablo, el patrón del navío, que no podía dejar de manifestar su poder en una ocasión semejante.

Y siguiendo el ejemplo del capitán, la tripulación dijo un Páter.

Pero El Gavilán avanzaba siempre.

Dos Ave.

Se oía ya el ruido de los remos que batían el agua cadenciosamente.

Cinco Credo.

¡Válgame Dios! es que la voz, la gruesa y terrible voz de Kernok resonaba en los oídos de los españoles.

– ¡Oh! ¡oh! – decía el pirata – , se pone al pairo, arría su pabellón, el bribón está atemorizado; ya es nuestro. Zeli, haz armar la chalupa y la canoa grande; yo voy a hacerme cargo de cómo está aquello.

Y Kernok, poniéndose las pistolas a la cintura, y armándose de un largo cuchillo, se plantó de un brinco en la embarcación.

– Y si es una emboscada, si el navío hace un solo movimiento – gritó al segundo – , forzad los remos y poneos a distancia de garfio.

Diez minutos después, Kernok saltaba sobre el puente del San Pablo con sus pistolas en la mano y el cuchillo entre los dientes.

Pero lanzó una tal carcajada, que su excelente hoja le cayó de la boca. La causa de su risa era el ver al capitán español y a su tripulación arrodillada ante una grosera imagen de San Pablo, que se golpeaban el pecho reiteradamente. El capitán, sobre todo, besaba una reliquia con fervor siempre creciente, y murmuraba: «San Pablo, ora pro nobis…»

Pero San Pablo ¡ay! no se daba por entendido.

– Acaba con tus monerías, viejo cuervo – dijo Kernok cuando hubo acabado de reír – , y llévame a tu nido.

– Señor, no entiendo – respondió temblando el desgraciado capitán.

– ¡Ah! es verdad – dijo Kernok – ; tú no entiendes el francés.

Y como Kernok poseía de todas las lenguas vivientes justamente aquello que se relacionaba y era necesario a su profesión, repuso socarronamente:

– El dinero, compadre.

El español intentó balbucear aún un no entiendo.

Pero Kernok que había agotado todos sus recursos oratorios, reemplazó el diálogo por la pantomima y le puso bajo la nariz el cañón de su pistola.

A esta invitación, el capitán lanzó un profundo, un doloroso, un desgarrador suspiro, e hizo signo al pirata de que le siguiese.

En cuanto al resto de la tripulación, los marineros del brick los habían agarrotado para que no les estorbasen en sus operaciones.

La entrada del local, donde estaba depositado el dinero de don Carlos, se encontraba bajo la estera que cubría el piso. De modo que Kernok se vio obligado a pasar por la habitación donde yacían los restos sangrientos de los dos esposos. El pobre capitán apartó la vista y se puso la mano sobre los ojos.

– ¡Toma! – dijo Kernok dándole con el pie al cadáver – ; ésta es la obra de Melia. ¡Pardiez! ¡hermosa labor! ¡Ah!.. pero el dinero… el dinero, compadre, eso es lo importante.

Abrieron el pañol; entonces Kernok estuvo a punto de desmayarse a la vista de centenares de toneles con aros de hierro, sobre cada uno de los cuales se leía: Veinte mil piastras (cincuenta mil francos).

– ¡Es posible! – exclamó – . ¡Cuatro, cinco… quizá diez millones!

Y en su alegría, abrazaba al segundo, abrazaba a los marineros, abrazaba al capitán español, abrazaba a todo el mundo, hasta los cadáveres ensangrentados de Carlos y de Anita.


… ... … ... … ... … ... … ... … ... … …

Dos horas después, una embarcación conducía a bordo de El Gavilán los últimos toneles de dinero, resto de los despojos del San Pablo, donde Kernok había dejado a diez de sus hombres, la tripulación española agarrotada sobre el puente y el capitán amarrado al palo mayor.

– Muchachos – dijo Kernok – , yo os doy esta noche nopces et festin, como se dice, y después, si sois juiciosos, una sorpresa.

– ¡Caray! ¡voto a tal! capitán, seremos juiciosos, juiciosos como vírgenes – dijo el maestro Zeli haciéndose el amable.




IX

ORGÍA




Hic chorus ingens

…Colit orgia.

    Avienus.

– ¡Vino! ¡voto a tal! ¡vino!

Las botellas chocan entre sí, los frascos se rompen, los juramentos y los cantos estallan por todas partes.

Es tan pronto el ruido sordo que hace un pirata borracho cayendo sobre el suelo, como la voz temblorosa de los que aun tienen el vaso en una mano y con la otra se agarran a la mesa.

– ¡Vino aquí, grumete, vino, o te aplasto!

Y los hay que luchan entre ellos pie contra pie, frente contra frente. Se estrechan, se enlazan; el uno resbala y se cae; se oye el crujido de un hueso que se rompe, y las imprecaciones reemplazan a la risa.

Otros están acostados ensangrentados, con el cráneo abierto, a los pies de alegres compañeros que cantan con voz de trueno una delirante canción báquica.

Los de más allá, en el último grado del embrutecimiento y de la embriaguez, se entretienen en machacar entre dos balas la mano de un marinero a quien la borrachera ha matado.

Y una porción de juegos más, a cual más original y delicado.

Los gemidos, los gritos de rabia y de loca alegría se confunden y se acuerdan.

El puente está enrojecido de sangre o de vino. ¡Qué importa! El tiempo huye rápido a bordo de El Gavilán: todo es locura, arrebato, delirio. De prisa, de prisa, gozad de la vida, que ella es corta. Los malos días son frecuentes; ¡quién sabe si el de hoy no tendrá mañana para vosotros! Divertíos, pues, asid el placer allá donde le encontréis.

No es ese placer moderado, decente, de alas doradas y azules, que se parece a una joven tímida y dulce; ese placer delicado que gusta de sacudir su cabeza fresca y rubia ante los mil espejos de un boudoir, o de desflorar con sus labios rosados una copa llena de un licor helado; ese sibarita, en fin, que no quiere a su alrededor más que flores, perfumes y pedrería, mujeres jóvenes y amables, música melodiosa y vinos exquisitos. ¡No, pardiez! se trata de ese otro placer robusto y bestial, de ojo de sátiro, de risa de demonio, que llena las tabernas y los bodegones, que bebe y se emborracha, muerde y desgarra, golpea y mata y después rueda y se retuerce entre los restos de una comida grosera, lanzando una carcajada que parece el aullido de un chacal.

De prisa, de prisa, gozad de la vida, porque os digo que es corta. Gozad, pues, de la vida a bordo de El Gavilán.

Era ya noche cerrada; los faroles que guarnecían los empalletados esparcían una viva claridad sobre el puente del buque, que Kernok había hecho cubrir de mesas para festejar su afortunada presa.

A la comida sucedieron las diversiones. El grumete Grano de Sal, después de haberse frotado de alquitrán de los pies a la cabeza, había encontrado conveniente revolcarse sobre un saco de plumas, de modo que, al salir de allí, parecía un volátil de dos pies, sin alas.

Y qué placer el verle dar zancadas, voltear, saltar, danzar, enardecido por los aplausos de la tripulación, y excitado por los latigazos que el maestro Zeli le administraba de cuando en cuando para conservar su agilidad.

Pero de pronto uno de aquellos hombres, un bromista, creo que era un alemán, queriendo que la fiesta fuese completa, aproximó una mecha encendida al penacho de estopa que se balanceaba con gracia sobre la frente de Grano de Sal…

Después el fuego se comunicó de la estopa a los cabellos, de los cabellos a las plumas, y el acróbata improvisado, el desgraciado Grano de Sal, absorbió tanto calórico, que su piel se resquebrajó y crujió bajo su ardiente envoltura.

Al principio todos reían, hasta derramar lágrimas, a bordo del Gavilán. Sin embargo, como el grumete lanzaba gritos espantosos, una buena alma, un alma compasiva, porque las hay en todas partes, lo agarró y lo arrojó al mar diciendo: «Voy a apagarlo.»

Afortunadamente Grano de Sal nadaba como un salmón; e incluso tuvo la coquetería de prolongar el baño, paseándose alrededor del brick como un tritón o una náyade, a vuestra elección; por fin entró por la porta de popa, diciendo con su acostumbrado estoicismo: «Prefiero eso que haber sido quemado vivo; a pesar de todo, me he divertido de lo lindo.»

Se oyó un tiro de pistola; después un grito penetrante salió de la cámara de Kernok; Zeli se precipitó hacia ella; no era nada, una miseria.

Figuraos que Kernok, un poco excitado por el grog, había elogiado mucho su habilidad a Melia.

– Te apuesto – le decía – que de un pistoletazo te hago saltar el cuchillo que tienes en la mano.

Melia no dudaba de la habilidad de su amante, pero había querido eludir la prueba.

– ¡Cobarde! – había gritado Kernok – ; ¡pues bien! para enseñarte, voy a romper el vaso en que bebes.

Y diciendo esto había empuñado una pistola, y el vaso de Melia, roto por la bala, había saltado en mil pedazos.

Cuando Zeli entró, Kernok, con la cabeza inclinada hacia atrás, y la pistola aún en la mano, reía del espanto de Melia, que, pálida y trémula, se había refugiado en un rincón de la cámara.

– ¡Y bien! Zeli – dijo el pirata – ; ¡y bien! mi viejo lobo de mar, ¿tus señoritas se divierten por allá arriba?

– Le respondo de ello, mi capitán; pero esas damas esperan la sorpresa.

– ¿La sorpresa? ¡Ah! es verdad; escucha…

Y dijo dos palabras al oído de Zeli. Este retrocedió con aire de extrañeza, abriendo su enorme boca.

– ¡Cómo!.. ¿Usted quiere…?

– Claro que lo quiero. ¿No es una sorpresa?

– Y famosa por cierto… Voy, capitán.

Kernok subió también al puente con Melia. A su presencia se sucedieron nuevos gritos de alegría.

– ¡Hurra por el capitán Kernok, hurra por su mujer, hurra por El Gavilán!

Un cohete partió del San Pablo, que estaba al pairo a dos tiros de fusil del brick. Después de describir una curva, cayó en una lluvia de fuego.

– Capitán, ¿ha visto usted ese cohete? – dijo el segundo.

– Ya sé lo que es, valiente mío. Vamos, vamos, muchachos, haced circular el ron y la ginebra. Un vaso para mí y otro para mi mujer.

Melia quiso rehusar, pero, ¿cómo resistir a su dulce amigo?

– ¡Vivan los camaradas y los bravos hijos del capitán de El Gavilán! – dijo Kernok después de haber bebido.

– ¡Hurra! – contestó la tripulación en voz fuerte y sonora.

La orgía había llegado a su apogeo. Los marineros se habían agarrado de la mano y daban vueltas con rapidez alrededor del puente, cantando a gritos las canciones más obscenas y más crapulosas.

Bien pronto llegó el maestro Zeli con los diez hombres que Kernok había dejado antes a bordo del San Pablo.

No quedaba a bordo del navío español más que sus tripulantes atados y agarrotados sobre el puente.

– Todo está dispuesto – dijo Zeli – ; cuando el segundo cohete parta, capitán, es que la mecha…

– Está bien – dijo Kernok interrumpiéndole – . Muchachos, os he prometido una sorpresa si os portabais bien. Vuestro juicio y vuestra moderación han excedido a lo que yo esperaba; voy, pues, a recompensaros. Ya veis ese navío español: aparejado y equipado como está, vale muy bien… treinta mil piastras… ¡yo pago cuarenta mil, muchachos, yo! lo compro sobre mi parte de la presa, a fin de tener el placer de ofrecer a la tripulación de El Gavilán un castillo de fuegos artificiales con acompañamiento de música. Ya se ha dado la señal. ¡Que cada uno ocupe el sitio que le agrade más!

Y todos los tripulantes, al menos los que estaban en estado de servirse de piernas y de ojos, se agruparon en las cofas y en los obenques.

El segundo cohete había partido del San Pablo y el fuego comenzaba a desarrollarse…

Esta era la sorpresa que Kernok preparaba a su gente; había enviado al maestro Zeli a bordo del navío español, para retirar la poca pólvora que pudiese quedar, disponer las materias combustibles en la cala y en el sollado y agarrotar lo más sólidamente posible a los desgraciados españoles, que no sospechaban nada.

Era, pues, el San Pablo que ardía; la noche era negra, el aire tranquilo, el mar como un espejo.

De pronto, un humo negro y bituminoso salió por las escotillas del navío con numerosos haces de chispas.

Y un grito penetrante… espantoso… que resonó a lo lejos, salió del interior del San Pablo, porque su tripulación veía la suerte que le estaba reservada.

– Ya empieza la música – dijo Kernok.

– Desafinan endiabladamente – respondió Zeli.

Bien pronto el humo, de negro que era, se convirtió en rojo vivo y por fin cedió el sitio a una columna de llamas, que, elevándose en torbellinos de la escotilla principal, proyectó sobre las aguas un largo reflejo de color de sangre.

– ¡¡Hurra!! – gritaron los del brick.

Después, el incendio aumentó; el fuego, saliendo de las tres escotillas a la vez, se unió y se extendió como una vasta cortina de fuego, sobre la cual la armadura y el cordaje del San Pablo




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notes



1


Guardias.




2


Traducida esta obra con toda fidelidad, esperamos que el buen sentido del lector subsanará las lamentables inexactitudes en que el autor incurre a cada paso al pretender pintar las costumbres españolas sin conocerlas, sin duda, y sabrá juzgar sus gratuitas apreciaciones, así como el injustificado menosprecio del carácter español, que campea en las páginas del libro. Por tratarse de una figura literaria de la talla de Sue son más de sentir tales ligerezas, capaces de desprestigiar al escritor de más fuste y que son imperdonables en el autor del Judío. – N. del T.




3


Espíritus malignos. (Trad. pop.)




4


El carretón de la muerte; es arrastrado por esqueletos, y el ruido de sus ruedas indica el fallecimiento.




5


Espíritu maligno que preside las tempestades.




6


Marineros escogidos.


