Crónica de la conquista de Granada (1 de 2)
Washington Irving




Washington Irving

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2)





Introduccion


La narracion de los sucesos que marcaron una de las épocas mas brillantes de la historia nacional, las victorias, combates y peligros de una guerra memorable, la conquista, en fin, del reino de Granada, y la subversion del imperio árabe en España, son el objeto y materia de las páginas siguientes.

La imaginacion, seducida por las ideas encantadoras que inspira un argumento tan fecundo y bello, apenas sabe contenerse dentro de los límites de la verdad histórica: las hazañas, las proezas, los grandes hechos de armas que ennoblecen á los actores de la escena, el entusiasmo religioso del cristiano caballero, y el ardoroso valor del sarraceno feroz, son circunstancias que dan á esta época un aspecto heróico y caballeresco, y que arrastran al historiador á las regiones de la ficcion. Pero el célebre Washington Irving, cuya fama se extiende ya desde las selvas de la América setentrional hasta las extremidades de la Europa, tratando este asunto con mano maestra, y con el mismo acierto que todas sus demas producciones, ha sabido evitar este escollo, y exornar su obra con las gracias de un estilo que le es peculiar, dándole un aire romántico, sin desdecir un punto de su carácter de historiador, sin omitir un solo hecho, ni añadir circunstancia alguna que no se halle en las antiguas crónicas y memorias que tratan de la materia.

Parecerá una temeridad haberme yo arrojado á traducir á este autor inimitable. Pero la consideracion de no haberse escrito hasta ahora, que yo sepa, esta historia en particular y con la extension que se merece, y sí solo incidentalmente por algunos autores envejecidos, junto con el deseo de presentar al público español á un escritor cuyas obras están traducidas en casi todos los idiomas menos el castellano, me animó á una empresa acaso superior á mis fuerzas, y digna de mejor pluma.

Por otra parte, los atractivos que parece debe tener para toda clase de lectores la historia de la conquista de Granada, animan á creer que este trabajo merecerá una acogida favorable. El hombre de estado, el literato, el militar, hallarán aqui materia adecuada á sus gustos é inclinaciones; y los que leen por mera curiosidad, no dejarán de experimentar algun placer cuando se les trata de los moros de Granada, de esta nacion de guerreros (como dice Simon de Argote) galanteadores hasta la adoracion, supersticiosos hasta el fanatismo, valientes hasta el frenesí; ni dejarán de contemplar con interés la larga y gloriosa lucha que sostuvieron sus antepasados, (los Aguilares, los Portocarreros, los Ponces de Leon, nombres identificados con las glorias de su pátria) primero que lograsen derrocar el poder colosal del sarraceno, y diesen cima al triunfo mas señalado que jamas alcanzaron las armas españolas.

Si esta traduccion merece la aprobacion del público, tendré por bien empleados mis desvelos; labor ipse voluptas.



    El Traductor.




CAPÍTULO PRIMERO



Del reino de Granada, y del tributo que pagaba á la Corona de Castilla

Desde la desastrosa época en que la invasion de los árabes y la derrota de don Rodrigo, último Rey de los godos, echaron el sello á la perdicion de España, habian pasado cerca de ochocientos años; y los príncipes cristianos, recobrando sucesivamente los reinos que perdieron, habian reducido el señorío de los moros á solo el territorio de Granada.

Estaba situado este famoso reino en el mediodia de España, confinando por esta parte con el mar mediterráneo, y por la del norte con una cordillera de altas y escarpadas montañas, cuya esterilidad se recompensaba largamente con la pródiga fertilidad de los ricos y profundos valles que abrigaban en su seno.

La ciudad de Granada, ocupando el centro del imperio, descollaba desde la falda de Sierra nevada, y cubria dos alturas y un valle fertilizado por el Darro. Sobre una de estas alturas se eleva el alcázar real de la Alhambra, cuya capacidad es tanta, que pueden alojarse cuarenta mil hombres dentro de sus muros y torreones. Era fama entre los moros, que el Rey que levantó este suntuoso edificio, estaba instruido en las ciencias ocultas, y que el arte de la alquimia le suministró los medios para ocurrir á tan grandes gastos[1 - Zurita lib. XX. cap. 42.]. Es efectivamente una obra sublime, y acaso superior en su género á cuanto ha producido la magnificencia oriental; pues aun en el dia, el forastero que discurre por sus silenciosos y desiertos patios y desmantelados salones, contempla con admiracion la curiosa labor de sus dorados techos, y el lujo de los adornos, que á pesar del tiempo y sus estragos, conservan todavia su brillantez y hermosura.

Sobre otro cerro, enfrente de la Alhambra, estaba fundada la fortaleza de la Alcazaba, su rival, donde habia un llano espacioso, cubierto de casas y de una poblacion numerosa. Por las faldas de estos cerros se extendia la ciudad, en la que se contaban setenta mil casas, distribuidas en calles angostas y plazuelas, segun era costumbre de los moros. En las casas habia patios y jardines; y en ellos se veian brotar fuentes caudalosas, y florecer el granado, el cidro y el naranjo; y elevándose unos sobre otros los edificios, presentaba esta capital el aspecto singular y embelesador de una ciudad y de un jardin á un mismo tiempo. Estaba la poblacion cercada de altos muros, que tenian tres leguas de circunferencia, con doce puertas, y mil y treinta torres. La elevacion de la ciudad y la proximidad de Sierra nevada, cubierta perpetuamente de nieve, mitigaban los calores excesivos del estío; de suerte, que mientras en otras partes agoviaba y rendia el rigor de la canícula, aqui se gozaba de una temperatura suave, y un aire puro y sano circulaba por las habitaciones de Granada.

Pero la gloria de esta ciudad era su vega, que se extendia por espacio de treinta y siete leguas de circunferencia. Era un jardin de delicias, rodeado de altos cerros, y fertilizado por una multitud de fuentes y manantiales; y el cristalino Jenil deteniendo su curso, lo atravesaba con lento y tortuoso paso. La industria de los moros, habia repartido las aguas de este rio en mil corrientes y arroyuelos, que llevaban un riego abundante por toda la superficie de la llanura. Llegaron en efecto á poner en tanta prosperidad á esta region feliz, que causaba admiracion; esmerándose en añadirle nuevos adornos, asi como un amante se complace en realzar la belleza de su dama. Los cerros estaban coronados de olivares y viñedos, y matizados los valles de huertas y jardines: lozanas mieses doraban el espacioso llano, y cubríanle inmensos plantíos de moreras que producían una finísima seda, al paso que por cualquier lado deleitaban la vista el naranjo, el cidro, la higuera y el granado. Trepando de rama en rama, se veia á la débil vid enlazarse con el álamo robusto, ó bien adornando con sus dorados racimos la rústica cabaña; y el canto perenne del ruiseñor, alegraba á este vergel florido. En una palabra, tan ameno era el suelo, tan puro y apacible el aire, y tan sereno el cielo de esta region deliciosa, que se imaginaban los moros que el paraiso de su Profeta, debia de estar en la parte del cielo sobrepuesta al reino de Granada[2 - Juan Bolero Renes. Relaciones universales del mundo.].

Se habia dejado á los infieles en posesion de este rico y populoso territorio, bajo la condicion de pagar á los Reyes de Castilla y de Leon, un tributo anual de dos mil doblas de oro, y entregar mil y seiscientos cautivos cristianos, ó en defecto de estos, un número igual de moros, como esclavos; debiendo verificarse la entrega de todo en la ciudad de Córdoba.[3 - Garibay, compend. lib. IV. c. 25.]

En la época en que principia esta Crónica, Fernando é Isabel, de gloriosa y feliz memoria, reinaban en los reinos unidos de Castilla, Leon y Aragon; y Muley Aben Hazen ocupaba el trono de Granada.

Este Muley Aben Hazen habia sucedido á su padre Ismael en 1465, siendo Rey de Castilla y de Leon don Enrique IV, hermano y predecesor inmediato de la Reina Isabel. Era del esclarecido linage de Mahomed Aben Alamar, el primero de los Reyes moros de Granada, y era el mas poderoso de su línea, pues se habia acrecentado mucho su poder con la pérdida de otros reinos, que los cristianos habian conquistado á los moros, y con haberse acogido á su proteccion muchas ciudades y lugares fuertes de los reinos contiguos á Granada, que no quisieron rendir vasallage á los cristianos. Asi se fueron dilatando los estados de Muley, y tal vino á ser su poblacion y riqueza, cual no habia ejemplo; pues se contaban en ellos catorce ciudades y noventa y siete plazas fuertes, ademas de un gran número de aldeas y lugares abiertos, defendidos por castillos formidables; el espíritu de Aben Hazen creció á la par de su poderío.

El tributo en dinero y cautivos, habia sido pagado puntualmente por Ismael, y aun Muley en una ocasion habia asistido personalmente á su pago en Córdoba. Pero la insolencia y menosprecio que sufrió entonces de los orgullosos castellanos, habian despertado toda su indignacion, y se enfurecia el africano altivo al recordar aquella humillante escena y el envilecimiento de los suyos. Asi, cuando subió al trono, cesó enteramente el pago del tributo, y bastaba traérselo á la memoria para que la cólera le arrebatase.




CAPÍTULO II



Los Reyes Católicos envian á pedir el tributo al moro: lo que éste contestó, y como quebrantó la tregua

En el año de 1478, llegó á las puertas de Granada un caballero español de orgulloso porte y muy noble presencia, que venia como Embajador de los Reyes Católicos, para reclamar los atrasos del tributo. Llamábase don Juan de Vera, y era un devoto y celoso caballero, lleno de ardor por la fé y de lealtad por la corona. Venia perfectamente montado y armado de todas piezas, y le seguia una comitiva corta, pero bien apercibida.

Miraban los habitantes moros á esta pequeña, pero lucida muestra de la nobleza castellana, con una mezcla de curiosidad y ceño, al verla entrar por la famosa puerta de Elvira, con aquella gravedad y señorío que distinguen á los caballeros españoles. Y mirando el gentil continente y fuerte contestura física de don Juan, que le hacian apto para las mas árduas empresas militares, se figuraban que vendria para ganar renombre y fama compitiendo con los caballeros granadinos en los torneos ó en los juegos de cañas, por los cuales eran tan celebrados; pues en los intervalos de la guerra, solian todavia los guerreros de las dos naciones entretenerse juntos en estos egercicios caballerescos. Pero cuando entendieron que su venida era para pedir el tributo tan odiado de su fogoso Monarca, dijeron que bien era menester un caballero de tanto valor y esfuerzo como este manifestaba, para venir con una embajada semejante.

Sentado bajo de un dosel magnífico, y rodeado de los grandes del reino, recibió Muley Aben Hazen á don Juan de Vera en el salon de Embajadores, uno de los mas suntuosos de la Alhambra. Expuso el español el objeto de su mision; y habiendo concluido, le dijo el soberbio Monarca con semblante airado y tono desdeñoso: “Id, y decid á vuestros soberanos, que ya murieron los Reyes de Granada que pagaban tributo á los cristianos; y que en Granada no se labra sino alfanges y hierros de lanza contra nuestros enemigos.”[4 - Garibay, comp. lib. XL. cap. 29. Conde, Historia de los árabes, p. IV. cap. 34.] Con esta respuesta, mensagera de una guerra cruel, volvió el Embajador castellano á la presencia de su Monarca.

En el corto espacio que permanecieron en Granada, tuvieron lugar don Juan y sus compañeros de reconocer, como inteligentes y prácticos, las fuerzas y situacion del moro. Notaron que estaba bien apercibido para la guerra; que las murallas, fuertes y bien torreadas, estaban guarnecidas de lombardas y otras piezas de artillería; que los almacenes estaban bien provistos de municiones y pertrechos de guerra; que habia una infantería numerosísima, y muchos escuadrones de caballería, prontos á entrar en campaña y, capaces no solo de hacer la guerra en la defensiva, sino de llevarla á las puertas del enemigo. Todo esto vieron nuestros guerreros sin arredrarse, antes se felicitaron de haber hallado un contrario tan digno de ellos; y esta consideracion servia de estímulo á su valor. Al pasar por las calles de Granada, cuando salian de la ciudad, miraban en derredor de sí, é íbanseles los ojos tras de tanto objeto como excitaba su codicia. Veian aquellos suntuosos palacios y magníficas mezquitas, aquella Alcaycería ó mercado, tan abundante de sedas, de telas de oro y plata, de joyas, de piedras preciosas y de una variedad inmensa de géneros de mucho precio y lujo, traidos de los mas remotos climas, y deseaban con impaciencia llegase la hora en que todas estas riquezas fuesen despojos de sus soldados, y en que, postrada la media luna, tremolase en su lugar el estandarte de la cruz.

Iba don Juan de Vera atravesando lentamente el pais con direccion á la frontera, y no veia pueblo que no estuviese bien fortificado: toda la vega estaba sembrada de torres, que servian de asilo á las gentes del campo: en las montañas, todos los pasos se hallaban defendidos con castillos, y todos los cerros tenian sus atalayas. Al pasar bajo los muros de estas fortalezas, veíanse relumbrar desde los adarves las lanzas y cimitarras de los moros, y el feroz centinela parecia lanzar miradas de odio y enemistad á los cristianos. Era evidente que de romperse la guerra con esta nacion, se seguiria una larga y sangrienta lucha, llena de trances peligrosos y de empresas árduas; una lucha, en fin, en que el terreno se ganaria á palmos, y con sudor y sangre; y solo podria conservarse con suma dificultad. Pero esto mismo inflamó el espíritu guerrero de los castellanos, y ya se les hacia tarde que empezasen las hostilidades.

Al desafio del fogoso Monarca moro, hubieran contestado desde luego los Reyes Católicos con el estruendo de su artillería; pero se hallaban á la sazon empeñados en una guerra con Portugal, y ocupados en deshacer una faccion de los grandes de su mismo reino. Asi, pues, se permitió continuase la tregua, que por tantos años habia subsistido entre las dos naciones; reservándose el cauto Fernando la resistencia de los moros á pagar tributo, como un motivo fundado para hacerles la guerra en el momento que se presentase una ocasion favorable.

Al cabo de tres años terminó la guerra con Portugal, y quedó sosegada en gran parte la faccion de los nobles de Castilla. Trataron entonces Fernando é Isabel de realizar el proyecto, que desde la union de sus dos coronas habia sido el grande objeto de su plausible ambicion, á saber: la conquista de Granada, y la extirpacion del dominio de los moros en España. Para este fin determinó Fernando hacer la guerra con detenimiento y precaucion; y perseverar en ella, quitando al enemigo, uno despues de otro, sus castillos y fortalezas, hasta dejarle enteramente sin apoyo, para acometer entonces la capital. Á este intento dijo el prudente Rey: “Uno á uno he de sacar los granos á esta Granada.”

No se ocultaban á Muley Aben Hazen las intenciones hostiles del Católico Monarca; pero confiaba en los medios que tenia para resistirle. En el discurso de un reinado tranquilo, habia juntado grandes caudales y puesto en estado de defensa todas las plazas del reino: habia sacado de Berbería cuerpos numerosos de tropas auxiliares, y se habia concertado con los príncipes de África, para que en caso urgente le enviasen nuevos socorros. Tenia en sus vasallos soldados aguerridos y de gran corazon, cuyos hechos no desmentian la opinion de que gozaban. Avezados á los trabajos de la guerra, sabian sufrir el hambre, la sed, el cansancio y la desnudez; montaban primorosamente, y lo mismo peleaban á pié que á caballo, lo mismo armados de todas piezas que á la gineta, ó á la ligera, con solo lanza y adarga. Obedientes á la voz del Soberano, campeaban á la primera intimacion, y defendian con tenacidad sus pueblos y posesiones.

Hallándose tan apercibido para la guerra, resolvió Muley Aben Hazen anticiparse á Fernando, y dar el primer golpe. En la tregua que subsistia habia una cláusula singular, y era, que se podia acometer cualquier castillo, y hacerse unos á otros correrías y cabalgadas, siempre que no se asentase real, ni fuesen con banderas tendidas, ni con sonido de trompeta, sino de improviso y con estratagema, y que esto no durase mas de tres dias.[5 - Zurita, Anales de Aragon: lib. XX. cap. 41. Mariana, Historia de España: lib. XXV. cap. 1.º] De aqui se originaron tantas empresas tan temerarias y peregrinas, en que se asaltaban y sorprendian tantos castillos y lugares fuertes. Pero hacia ya mucho tiempo que por parte de los moros no se habia cometido ningun exceso de este género, y por esta causa los pueblos fronterizos de los cristianos no se guardaban con la debida vigilancia.

Deseando estaba Muley Aben Hazen saltear alguna villa, cuando se le dió aviso que la Zahara, por el descuido de su alcaide, se hallaba á mal recado, mal abastecida y con corta guarnicion. Esta importante fortaleza, estaba situada sobre un escarpado cerro entre Ronda y Medina Sidonia, y la dominaba un castillo encaramado en un peñasco tan alto, que se decia descollaba entre las nubes, y que las aves no alcanzaban á remontar hasta alli el vuelo. Las calles y muchas de las casas, no eran mas que excavaciones labradas en la peña viva. La poblacion tenia una sola puerta, la cual miraba á poniente, y estaba defendida con sus torres y almenas. La única subida á este empinado castillo, era por un sendero cortado en la misma roca, y tan fragoso en algunas partes, que parecia una escalera desmoronada. Tal era Zahara, que por su situacion y fuerza parecia podia burlarse de cuantas tentativas se hiciesen para tomarla; y esto se tenia por tan cierto, que dió motivo á que á las mugeres de una virtud severa é inaccesibles las llamasen Zahareñas. Pero ni la plaza mas fuerte, ni la virtud mas austera, dejan de tener algun lado débil, por lo que han menester la mayor vigilancia para guardarse. Estén, pues, sobre aviso las damas y los guerreros, y escarmienten con la suerte de Zahara.




CAPÍTULO III



Expedicion de Muley Aben Hazen contra la fortaleza de Zahara



    Año 1481.

En el año de 1481, y pocos dias despues de la natividad de Nuestro Señor, dió Muley Aben Hazen el famoso asalto de la villa de Zahara. Los moradores de ella yacian en el mas profundo sueño, y hasta el centinela habia abandonado su puesto, para ponerse al abrigo de una tempestad tan brava, que habia durado tres noches consecutivas. En tal trastorno de los elementos ¿quién habia de pensar que campease un enemigo? Empero el feroz Aben Hazen halló ser esta la ocasion mas oportuna para la ejecucion de sus designios. En el silencio de la noche se oyó repentinamente dentro de los muros de Zahara, un alboroto y vocería mil veces mas temible que el bramido de la tempestad; y el grito de “¡al arma! ¡al arma! ¡el moro! ¡el moro!” resonó por las calles de la villa, mezclado con el estruendo de las armas, los lamentos de los moribundos y la algazara de los vencedores. Habia salido de Granada Muley Aben Hazen á la cabeza de una fuerza considerable, y atravesando aceleradamente las montañas, llegó á favor de la oscuridad de aquella noche tempestuosa, hasta el pié de la fortaleza, y arrimando las escalas la entró sin ser visto, apoderándose del castillo y del lugar. Los moradores, que no se recelaban del menor peligro, despertaron cuando tenian ya la guerra y la muerte dentro de casa, y atemorizados huian, figurándose que los espíritus infernales venidos sobre las alas del viento, se habian apoderado de sus torres y baluartes. El grito de la guerra se oia por todas partes, en las calles de la villa y en las almenas del castillo; todo lo ocupaba el enemigo, y aunque envuelto en tinieblas, obraba de concierto á favor de señales convenidas. Los soldados de la guarnicion, saliendo atropelladamente de sus cuarteles, corrian desordenados por las calles sin acertar á reunirse, y sin saber á quien herir: entre tanto la cruel cimitarra, esparciendo el terror y la muerte, interceptaba á los fugitivos, y sacrificaba á cuantos ofrecian la menor resistencia.

En breve cesó la lucha y con ella el estrépito de las armas; y ya solo se oian los silvidos del temporal que corria, y de cuando en cuando las voces de la soldadesca mora, ocupada en el saqueo, cuando resonó una trompeta por toda la villa, intimando á los habitantes que se reuniesen en la plaza. Aqui, rodeados de una guardia fuerte, permanecieron hasta la madrugada; y al amanecer era cosa que movia á compasion ver una poblacion poco antes tan feliz, y que ayer se habia retirado al descanso de sus lechos con seguridad y confianza, hacinados hoy en aquel sitio estrecho sin distincion de edad, calidad ni sexo, y expuestos á todo el rigor de un cielo proceloso. Sordo á los ruegos y clamores de estos infelices, mandó el feroz Aben Hazen que llevasen á todos cautivos á Granada. Dejando una fuerte guarnicion en el pueblo y en el castillo, con órden de poner á entrambos en buen estado de defensa, regresó Muley á su capital, ufano de su victoria, cargado de despojos, y llevando consigo los pendones y banderas de Zahara.

Se estaba disponiendo en Granada la celebracion de este triunfo con fiestas y torneos, cuando llegaron los cautivos de Zahara. Estos infelices, rendidos de fatiga, y con la desesperacion retratada en sus pálidos semblantes, venian conducidos por un destacamento de soldados; y mezclados hombres, mugeres y niños, fueron metidos á manera de ganado por las puertas de la ciudad. Grande fue la indignacion de los habitantes al presenciar esta cruel escena. Los ancianos, que tenian experiencia de las calamidades de la guerra, pronosticaron mil males venideros; y las tímidas madres estrecharon á sus hijos contra su seno al mirar el desconsuelo de las de Zahara, con los suyos espirando entre sus brazos. Por todas partes se oian los acentos de la piedad; y la lástima que inspiraban estos desgraciados, iba acompañada de imprecaciones contra el Rey, por su bárbaro proceder. Las prevenciones para las fiestas se abandonaron, y las viandas que estaban destinadas para el regalo de los vencedores, se repartieron entre los vencidos.

No por eso dejaron los nobles y los alfaquís de acudir á la Alhambra para felicitar al Soberano; pero al tiempo que se tributaba al pié del trono el incienso de la adulacion, salió de en medio de la turba de cortesanos una voz, que cual trueno asaltó los oidos del atónito Aben Hazen. “¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de Granada!” decia aquella voz: “la hora de tu desolacion se acerca: las ruinas de Zahara caerán sobre nuestras cabezas, y nuestro imperio en España se acabará para siempre.” Aterrados quedaron todos al oir al denunciador de tantos males, y se retiraron dejándole solo en medio del salon. Era un anciano vestido en hábito de Dervís, á quien la nieve de las canas no habia apagado el fuego de su espíritu, que centelleaba en sus encendidos ojos: era, como dicen los historiadores árabes, un Santon, uno de aquellos que pasando la vida en la oracion y la soledad, alcanzan á fuerza de ayunos y penitencias el don de la profecía. La voz del Santon resonó por los salones de la Alhambra, imponiendo silencio y causando temor á todos los presentes. Solo Muley Aben Hazen le oyó sin inmutarse; y mirándole con desprecio, le trató de viejo demente, cuyas predicciones no eran mas que delirios de una imaginacion descarriada. Saliéndose de la presencia real, bajó el Santon á la ciudad y la recorrió toda con ademanes frenéticos, dando voces, y repitiendo en todas partes el fatal vaticinio. “La tregua se quebrantó, decia, y desde hoy comienza una guerra exterminadora. ¡Ay! ¡ay! ¡ay de tí Granada! la desolacion reinará en tus palacios; tus fuertes defensores caerán bajo la espada del enemigo, y tus hijos y tus hijas gemirán en la esclavitud. Zahara no es mas que el tipo de Granada.”

El pueblo que esto escuchaba se llenó de espanto, pareciéndole que eran inspiraciones proféticas los desvaríos del Santon. Encerrábanse los unos en sus casas como en tiempo de luto, y los otros se reunian en corrillos por las calles y las plazas, alarmándose mútuamente con los mas tristes presentimientos, y maldiciendo el arrojo y barbarie del temerario Aben Hazen.

El Monarca moro cerró los oidos al descontento general; y conociendo que su conducta debia acarrearle la venganza de los cristianos, se declaró abiertamente, é hizo un esfuerzo para sorprender á Castellar y á Olvera; pero sin lograr su intento. Envió asimismo alfaquís á los estados berberiscos, anunciándoles que la espada estaba desembainada, y solicitando su auxilio para mantener contra la violencia de los infieles al reino de Granada y á la religion de Mahoma.




CAPÍTULO IV



Expedicion del marqués de Cádiz contra Alhama



    Año 1482.

Grande fue la indignacion del Rey Fernando, cuando llegó á saber que los moros habian entrado en Zahara de rebato; sintiéndolo tanto mas, cuanto se habia propuesto ser el primero á romper esta guerra famosa, señalando sus principios con alguna hazaña; y como se preciaba de una política profunda, le pesó sobre manera que su contrario se le hubiese anticipado. Expidió, pues, sus órdenes inmediatamente á todos los adelantados y alcaides de la frontera, para que guardasen con la mayor vigilancia sus respectivos puestos, y estuviesen prevenidos para entrar á sangre y fuego por las tierras de los moros; al paso que despachó á religiosos de diversas órdenes, para que animasen á los caballeros de la Cristiandad á tomar parte en esta Cruzada contra infieles.

Entre los muchos buenos caballeros que se reunieron alrededor del trono de Fernando é Isabel, uno de los mas eminentes por su gerarquía y renombre en las armas, era don Rodrigo Ponce de Leon, marqués de Cádiz, de quien será justo dar una noticia particular, puesto que fue el caudillo principal de esta famosa guerra, y se halló en casi todas sus empresas y acciones. Nació, pues, don Rodrigo en 1443, del esclarecido linage de los Ponces, y ya desde su primera juventud se habia distinguido en el campo del honor. Era de mediana estatura, su cuerpo robusto y capaz de mucho esfuerzo y fatiga: su barba y cabellos eran rojos y crespos, el rostro ingénuo y noble, y algo picado de viruelas. Era valiente, piadoso y muy moderado en sus costumbres: benigno y justiciero con sus inferiores, cortés y franco con sus iguales. Era afecto y fiel á sus amigos, feroz y terrible, pero magnánimo, con sus enemigos. Se le consideraba como el espejo de la caballería de su tiempo, y los historiadores coetáneos le comparaban con el inmortal Cid.

Tenia el marqués de Cádiz posesiones muy dilatadas en las partes mas fértiles de la Andalucía; y puesto á la cabeza de sus deudos y vasallos, podia salir al campo con un ejército. Apenas recibió las órdenes del Rey, cuando ya ardia en deseos de hacer una entrada repentina en el reino de Granada, para señalar los principios de la guerra con una accion brillante, y consolar á los Soberanos por el insulto recibido en la toma de Zahara. Como sus estados confinaban con el territorio de los moros, que solian hacer en aquellos frecuentes correrías, tenia siempre á su servicio muchos adalides y espías, de los cuales algunos eran moros fugitivos. Despachó á éstos en todas direcciones para que observasen los movimientos del enemigo, y le tragesen noticias importantes á la seguridad de la frontera. Estando en su pueblo de Marchena, se le presentó uno de sus espías, dándole aviso de que la villa de Alhama, que era de los moros, se hallaba con una guarnicion muy escasa, y tan mal guardada, que seria fácil tomarla por asalto.

Era Alhama una plaza bastante grande, de mucha poblacion, y rica, que distaba pocas leguas de Granada: tenia su asiento en una altura entre peñascos, y rodeábala casi enteramente un rio, al paso que la defendia una fortaleza, á que no se podia subir sino por un camino muy fragoso y escarpado. Por ser tan fuerte el sitio, y en el centro del reino, vivian sus moradores sin el recelo de ser acometidos, dando asi lugar á la empresa que contra ellos se dispuso.

Para cerciorarse del estado de la fortaleza, envió el Marqués á reconocerla un soldado veterano, de quien tenia la mayor confianza, que se llamaba Ortega de Prado, hombre arrestado, de sútil ingenio, muy activo, y capitan de escaladores. Llegó Ortega á Alhama una noche oscura, y con silencio y precaucion fue recorriendo sus muros, aplicando de cuando en cuando el oido al suelo ó á la muralla. Pudo asi sentir ya el paso mesurado del centinela, ó ya la voz de la patrulla, que daba á aquel la contraseña: conociendo que en la plaza habia vigilancia, se dirigió al castillo, y llegó trepando hasta el pié de las almenas: alli todo era silencio, y en toda la extension del baluarte ningun centinela se veia. Hízose cargo de ciertos parages por donde mas fácilmente podria subirse al muro con escalas, observó la hora de relevar la guardia, y habiendo tomado las demas señas que le hacian al caso, se retiró sin ser descubierto.

Ortega, vuelto á Marchena, aseguró al Marqués que era muy practicable el sorprender á Alhama, escalando los muros del castillo. Trató el Marqués este negocio secretamente con don Pedro Enriquez, adelantado de Andalucía, con don Diego de Merlo, asistente de Sevilla, y con Sancho de Ávila, alcaide de Carmona, los cuales prometieron ayudarle con sus gentes; y el dia señalado se reunieron en Marchena con buen número de soldados y vasallos. Solamente los gefes sabian el objeto y destino de esta expedicion; pero para inflamar el espíritu de los andaluces, bastaba indicarles que se trataba de una incursion en las tierras de los moros, sus antiguos enemigos. El secreto y la prontitud, eran indispensables al buen éxito de la empresa. Partieron, pues, á toda prisa con tres mil caballos y cuatro mil infantes, y pasando por Antequera, camino poco transitado, atravesaron con algun trabajo los puertos y desfiladeros de la sierra llamada del Arracife, dejando el bagage á las orillas del rio Yeguas. La marcha era principalmente de noche; de dia permanecian ocultos, y en su acampamento no se permitia el menor ruido, ni se encendia fuego, porque no les descubriese el humo. La tarde del tercer dia volvieron á ponerse en marcha, y habiendo caminado con toda la diligencia, que permitia un terreno tan fragoso, llegaron á media noche á un hondo valle, distante media legua de Alhama.

Aqui fue donde manifestó el Marqués á sus soldados el intento que traia. Díjoles, que se trataba de dar nueva gloria á la santa ley que profesaban, y de vengar con las armas el agravio recibido en Zahara, acometiendo á Alhama, pueblo rico que ofrecia grandes despojos. Animáronse los soldados con esta exhortacion, y pidieron que al punto se les llevase al asalto. Llegaron junto á Alhama dos horas antes de amanecer, y poniéndose en emboscada, despacharon trescientos hombres escogidos é intrépidos, (de los cuales muchos eran alcaides y capitanes) para escalar los muros, y apoderarse del castillo. Á la cabeza de estos valientes iba Ortega de Prado, que llevaba consigo treinta hombres con escalas. Favorecidos de la oscuridad de la noche, y guardando el mayor silencio, fueron subiendo hácia el castillo: llegaron al pié de la muralla, donde se detuvieron un instante para asegurarse de que no se les habia sentido; pero viendo que todos yacian en el mas profundo reposo, y que nadie rebullia, aplicaron las escalas y subieron á las almenas.

El primero que entró en la fortaleza fue Ortega, y á éste siguió Martin Galindo, jóven muy alentado y deseoso de ganar fama. Acercáronse los dos cautelosamente á la puerta de la ciudadela, y echándose sobre el centinela, le pusieron un puñal al pecho, intimándole que les señalase el cuerpo de guardia. Obedeció el infiel á quien despacharon en seguida, para impedir que alarmase á la guarnicion. En el cuerpo de guardia empezó no el combate, sino mas bien el degüello, pues mataron durmiendo á muchos de los soldados, y á los demas (tal fue el terror que les infundió este sobresalto) los arrollaron sin resistencia: pero á ninguno perdonaron; porque siendo en tan corto número los escaladores, no podian hacer prisioneros. En breve cundió la alarma por la guarnicion, despertaron los moros y acudieron á las armas, cuando ya los trescientos escogidos se habian apoderado de los baluartes; mas no por eso dejaron aquellos de pelear con obstinacion, defendiendo el terreno á palmos, y regándolo con su sangre. Entre tanto resonaban en todo el castillo el estruendo de las armas, el grito de los combatientes, y los gemidos de los moribundos. El ejército que habia quedado en emboscada, conociendo por este alboroto que los suyos habian logrado sorprender la fortaleza, salieron de su celada, y se llegaron á las murallas con grande algazara, haciendo sonar timbales y trompetas para aumentar la confusion y el espanto de los moros. Entonces fue cuando se trabó con mas encarnizamiento la pelea; pues habiendo llegado los escaladores hasta la plaza del castillo, porfiaban por abrir las puertas para admitir á sus compañeros. Aqui sucumbieron dos valientes alcaides, Nicolás de Rioja, y Sancho de Ávila, pero murieron honrosamente, cayendo sobre un monton de muertos. Al fin consiguió Ortega abrir un postigo que daba al campo, por donde entraron con toda su gente el marqués de Cádiz, y el adelantado de Andalucía y don Diego de Merlo: y asi quedó enteramente en poder de los cristianos la ciudadela.

Sucedió en esta ocasion, que estando el marqués de Cádiz discurriendo con otros caballeros, por las estancias de aquella fortaleza, llegó á un aposento muy bien alhajado y superior á los demas, donde á la luz de una lámpara de plata vió una hermosísima mora, que era la muger del alcaide, que se hallaba á la sazon ausente, habiendo ido á unas bodas en Velez-málaga. Á la vista de un guerrero cristiano quiso ella huir atemorizada; pero enredándosele los pies en la ropa de la cama, cayó á los del Marqués, implorando su piedad y proteccion. El cristiano caballero, en cuyo noble pecho rebosaban los sentimientos de honor y cortesía para el sexo, alzó del suelo á la bella mora, y procuró calmar sus temores: pero en el punto mismo se aumentó á aquella el susto, viendo entrar corriendo en su aposento á sus doncellas, perseguidas por los soldados españoles. Reprendió á éstos el Marqués por una conducta tan indigna, recordándoles, que alli habian venido para hacer la guerra á los hombres, y no á mugeres indefensas; y volviéndose á las temerosas moras, les aseguró su proteccion, y puso una guardia competente para velar sobre su seguridad.

Ya los cristianos eran dueños del castillo, pero no de la villa, cuyos habitantes se dispusieron á defender vigorosamente sus hogares; pues habiendo amanecido, pudieron reconocer y apreciar el número y fuerzas del enemigo. Aunque la poblacion se componia principalmente de mercaderes y artesanos, eran diestros en el uso de las armas, y los animaba un espíritu guerrero y la esperanza de ser en breve socorridos desde Granada, que distaba solamente ocho leguas. Coronando sus torres y almenas, las defendieron contra el ejército cristiano, que habia quedado fuera, descargando sobre él una lluvia de piedras y saetas cada vez que intentaba acercarse: barrearon las bocascalles que daban al castillo, y habiendo colocado en ellas suficiente número de diestros ballesteros y arcabuceros, mantenian un fuego continuo contra la puerta del castillo; de suerte que mataban ó herian á cuantos pretendian salir por ella. Dos valientes caballeros que con alguna gente quisieron hacer una salida, pagaron á la puerta misma este arrojo con sus vidas.

La situacion de los españoles iba haciéndose ya muy peligrosa, pues no podia tardar en llegar el socorro de Granada; y si en el discurso del dia no se apoderaban de la plaza, podrian verse cercados y bloqueados por un ejército, y casi sin víveres para su manutencion. Discurrian algunos, que aun cuando llegasen á hacerse dueños del lugar, no podrian subsistir en él; por lo que aconsejaban que se hiciese botin de todo lo mejor que habia, y que despues de derribar y quemar el castillo, emprendiesen la retirada sobre Sevilla. No era de este parecer el marqués de Cádiz. “Dios, dijo, ha puesto en nuestras manos esta fortaleza: él sin duda nos dará fuerzas para conservarla: con trabajo y sangre la hemos ganado, y seria mengua de nuestro honor el abandonarla por el temor de peligros imaginarios.” Del mismo modo opinaban el adelantado y don Diego de Merlo, cuyas exhortaciones impidieron que se abandonase la fortaleza: tal era el cansancio de los soldados por tan largas marchas y el continuo pelear, junto con el temor que tenian de la venida de los moros de Granada.

Entre tanto, restauradas en parte las fuerzas de los soldados de fuera con algunas raciones que se les repartieron, avanzaron al asalto de la plaza, y peleando desesperadamente con la morisma que la defendia, arrimaron las escalas y subieron á la muralla. El marqués de Cádiz por su parte, viendo que la puerta del castillo estaba completamente dominada por la artillería del enemigo, mandó abrir una brecha en la muralla, para que por ella pudiesen salir los suyos á acometer la villa. Efectuada la brecha salió acaudillando su tropa, y animándola con la promesa de que se le daria el pueblo á saco, y que los habitantes quedarian cautivos. Con esta seguridad se arrojaron los soldados al asalto de la plaza, acometiéndola simultáneamente por diversas partes, por las puertas, por las murallas, y aun por los tejados de las casas que unian al castillo con el pueblo. Los moros pelearon valerosamente por las calles y desde las ventanas de sus casas: eran inferiores á los cristianos en el esfuerzo, por razon de su género de vida que era sedentaria é industriosa, y por estar enervados con el uso frecuente de baños calientes[6 - Zurita, Anales, lib. XX. c. 42.]; pero se aventajaban en el número; y en defensa de sus hogares, el amor pátrio y la desesperacion inspiraban nuevos brios asi á los viejos como á los jóvenes, asi á los flacos como á los fuertes. Ni los lamentos de sus esposas é hijos, ni las heridas, ni la muerte de los suyos, fueron parte para que desmayasen en una contienda en que se trataba de su libertad, de su hacienda y de sus vidas; á lo que se añadia la esperanza que les animaba, del socorro que por momentos debia llegarles de Granada. Los cristianos por su parte, peleaban por la gloria, por la justa venganza y por la religion. La victoria les aseguraba un botin inmenso; su vencimiento los entregaba en manos del tirano de Granada.

En todo el dia no cesó el combate; pero á la noche empezaron á desmayar los moros; y se recogieron á una mezquita, desde donde con dardos, arcabuces y ballestas, hicieron tanto daño en los fieles, que les obligaron á detener el paso. Por último cubriéndose con manteletes[7 - Especie de parapeto movible, hecho de tablones, con que se defendian los soldados cuando iban á escalar una muralla.] y broqueles, pudieron los cristianos llegar á la mezquita, é incendiaron sus puertas. Los moros al ver entrar el humo y subir las llamas, perdieron de todo punto las esperanzas, y los mas de ellos se dieron á partido: otros salieron contra el enemigo, vendiendo sus vidas lo mas caro que les fue posible.

Terminada ya esta sangrienta lucha, quedó Alhama por los cristianos: sus habitantes fueron hechos esclavos asi hombres como mugeres; y aunque varios lograron escapar por una mina que salia al rio, y estuvieron algunos dias ocultos en cuevas y parages secretos, al fin la hambre los forzó á entregarse á los vencedores. Concedióse á los soldados el saqueo del pueblo, y les valió un botin inmenso. Hallaron cantidades enormes de oro y plata, alhajas, sedas y preciosas telas, con mucho ganado, granos, aceite, miel y otros muchos productos, que rendia esta region feliz; pues en Alhama se recaudaban las rentas reales y el tributo de aquella comarca. Era el pueblo mas rico del reino, y por su fuerza y situacion particular, se llamaba la llave de Granada. La devastacion y estrago que hizo la soldadesca española seria incalculable; pues creyendo como imposible mantenerse en posesion de su conquista, trataron de inutilizar cuanto no pudiesen llevar consigo. Hicieron pedazos grandes tinajas de aceite, destrozaron riquísimos muebles, y aportillando los pósitos de granos, esparcieron al viento sus tesoros. Hallaron en las mazmorras de la plaza algunos cristianos, que habian sido cautivados en Zahara, á los cuales sacaron en triunfo á respirar el aire libre; y á un español renegado, que habia servido de espía á los moros en sus correrías por las tierras de los cristianos, le ahorcaron desde los adarves para que á todo el ejército sirviese de ejemplo este castigo.




CAPÍTULO V



De la sensacion que causó en el pueblo de Granada la toma de Alhama, y de la salida que hizo el Rey moro para recobrarla

No tardó en llegar á Granada la infausta noticia de la toma de Alhama. Trájola un ginete moro, que habia venido corriendo la vega á rienda suelta, sin aflojar en su carrera hasta llegar á las puertas de la Alhambra y á la presencia del Monarca. “Los cristianos, dijo, están en la tierra: vinieron sobre nosotros de improviso, y de noche escalaron los muros del castillo. Mucho se ha peleado, grande ha sido la mortandad, pero á mi salida de Alhama, ya la ciudadela quedaba en poder de los infieles.”

Confuso quedó Aben Hazen con la nueva de este suceso, pareciéndole que ya el cielo le castigaba por los males que habia causado en Zahara. No obstante, llegó á persuadirse que esto seria una incursion pasagera de algunos forrageadores, á quienes seria fácil echar del castillo y de la tierra, enviando prontamente á Alhama algun socorro. Con esta confianza, mandó que salieran al punto para socorrer á aquella plaza mil ginetes, lo mejor de su caballería, los cuales llegaron á la vista de Alhama la mañana despues del dia de su rendicion, y cuando ya el pendon cristiano tremolaba sobre sus muros y baluartes.

Viendo esto los moros, y que salia de la plaza á recibirlos un cuerpo numeroso de caballería, volvieron las riendas á sus caballos y tomaron á mas andar el camino de Granada, donde entraron de tropel, difundiendo con la noticia que traian el dolor y la consternacion. “Alhama cayó, decian, Alhama cayó: el cristiano se apoderó de sus fuertes torres: la llave de Granada está en manos del enemigo.”

Al oir estas palabras y acordándose de los males pronosticados por el Santon, se alarmaron los granadinos, pareciéndoles que habia llegado ya el cumplimiento de su fatal vaticinio, y en toda la ciudad no se oia sino quejas y lamentos. “¡Ay de mí, Alhama!” decian; y esta exclamacion, tantas veces repetida, sirvió de asunto á un romance que se compuso con este motivo, y se ha conservado hasta nuestros dias. Conmovido asi el pueblo, se dirigió á la Alhambra, y llegando algunos á la presencia del Monarca, manifestaron su sentimiento plañendo y mesándose los cabellos. “Mal haya el dia, le dijeron, en que encendiste las llamas de la guerra en nuestra tierra. El santo profeta nos sea testigo ante Alá que nosotros y nuestros hijos somos inocentes de este hecho. Sobre tu cabeza y sobre la cabeza de tus descendientes, hasta la fin del mundo, sea el pecado de la desolacion de Zahara”[8 - Garibay, lib. XL. c. 29.].

En vista de la tempestad que le amenazaba, se apresuró Muley Aben Hazen á poner en tan inesperado mal el remedio que estuviese á su alcance. Sabia que los captores de Alhama eran pocos, y que escaseaban de municiones de guerra, de mantenimientos, y de otros requisitos para resistir un sitio. Haciendo un movimiento rápido, se lisongeaba de envolverlos con un ejército poderoso, y cortándoles toda comunicacion, cogerlos prisioneros en la misma fortaleza que le habian arrebatado. Pensar y obrar, todo era uno con Muley Aben Hazen. Salió, pues, en persona con tres mil caballos y cincuenta mil infantes, pero sin llevar consigo artillería ni ninguno de los demas ingenios que entonces se usaban en los asedios: tanta era la confianza que tenia en la muchedumbre de sus fuerzas.

Entre tanto caminaba tambien con direccion á Alhama, don Alonso de Córdoba, señor de la casa de Aguilar, el amigo fiel y compañero de armas del marqués de Cádiz. Era don Alonso de los primeros entre los nobles de Castilla, y hermano de don Gonzalo de Córdoba, el mismo que despues vino á ser tan célebre, y que ganó en la guerra el renombre de gran capitan; pero entonces constituia don Alonso la gloria y honor de su linage, pues su hermano era todavia jóven en las armas. Su valor natural y un espíritu caballeresco que le animaba, le hacian arrostrar gustoso los peligros de toda empresa honrosa y arriesgada. Teniendo pues noticia en ocasion que se hallaba ausente, de la incursion que habia hecho el marqués de Cádiz en el territorio de los moros, se apresuró á reunirse con él para participar, si por ventura aun fuese tiempo, en las glorias de esta expedicion; y juntando sus soldados y vasallos, se puso en marcha para Alhama. Llegado al rio Yeguas, halló en sus orillas el bagage del ejército del marqués, y cargando con él, prosiguió su marcha. Hallábase don Alonso á muy corta distancia de Alhama, cuando al marqués de Cádiz le llegó la noticia de su venida, y casi al mismo tiempo el aviso que le trageron sus espías, de que el Rey moro venia contra ellos con un ejército poderoso. Olvidando su propio peligro, y temiendo cayese don Alonso en manos del enemigo, despachó el marqués con toda diligencia un mensagero bien montado, para que le advirtiese del riesgo que corria, y le impidiese pasar adelante.

En estas circunstancias, y conociendo don Alonso que si continuaba su marcha para Alhama, le interceptaria infaliblemente el ejército moro antes que pudiese entrar en la plaza, trató de tomar una posicion fuerte en aquellos montes, y esperar al enemigo. Pero habiéndosele representado ser una temeridad el oponerse con un puñado de hombres á un ejército numeroso, hubo de abandonar esta idea; bien que no por eso prevaleció la opinion de los que aconsejaban una pronta retirada al territorio de los cristianos. En medio de estos debates, llegaron unos espías anunciando á don Alonso que Muley Aben Hazen, noticioso de sus movimientos, venia rápidamente en su busca. No quedando, pues, en tales circunstancias otra alternativa, y atendiendo á la seguridad de sus gentes, se puso don Alonso en movimiento, y mal de su grado y pesaroso emprendió la retirada sobre Antequera. Siguió Muley en su alcance alguna distancia, pero cansándose de perseguirle, revolvió con su ejército contra Alhama.

Habiendo llegado los moros cerca de esta plaza, vieron el campo cubierto de cadáveres, que habian sido arrojados alli sin enterrar, y que servian de pasto á una manada de perros que los estaban devorando.[9 - Pulgar, Crónica.] Conociendo que estos cuerpos eran los de sus compañeros que habian muerto defendiendo aquella fortaleza, se indignaron por tamaño ultrage, y echándose sobre aquellos inmundos animales, los despedazaron con los alfanges. En seguida corrieron enfurecidos al asalto de la plaza, para vengarse de los cristianos, y sin órden ni concierto la embistieron por diversas partes, poniendo muchas escalas, pero sin querer valerse de manteletes ni otros medios de proteccion; pues con la muchedumbre de sus fuerzas y tan repentino acometimiento, esperaban distraer y aterrar al enemigo.

El marqués de Cádiz y sus capitanes, se apercibieron para la defensa, y distribuidos por la muralla, animaban á sus gentes que descargando sobre las cabezas indefensas de los moros piedras, dardos y cuanto pudieron haber á las manos, hicieron en ellos un estrago enorme. Ciegos de cólera los moros, intentaban á veces subir á la muralla por los parages mas dificultosos; pero á proporcion que subian los mataban los cristianos, y arrojaban desde los adarves, ó trastornándoles las escalas, los precipitaban contra las peñas. Á la vista de esta mortandad, bramaba de corage el soberbio Muley, enviando un destacamento tras otro para que escalasen el muro, pero sin ningun efecto; pues no fueron de mas provecho sus esfuerzos que los embates del mar contra las rocas en que se estrellan.

La vigorosa y eficaz defensa de los cristianos, hizo conocer á Aben Hazen el error que habia cometido saliendo de Granada sin los correspondientes ingenios de batir. Trató pues, de minar la muralla, y dió sus órdenes al efecto. Avanzaron los moros á la empresa con grandes gritos; pero fueron recibidos con tan cruel descarga, que apenas empezada la obra, la hubieron de abandonar. Empero volvieron varias veces á la demanda, y otras tantas fueron rechazados con gran pérdida; pues los cristianos no solo mantenian un fuego continuo desde los adarves, sino que hacian salidas con mucho daño del enemigo. Veíanse al pié de la muralla montones de moros muertos, y entre ellos algunos de los mejores caballeros de Granada. Duró la contienda todo aquel dia, y á la noche llegó á dos mil hombres el número de moros muertos ó heridos.

Perdida ya toda esperanza de tomar á Alhama por asalto, determinó Muley obligarla á la rendicion por la falta de agua. Á este intento dispuso sacar de madre y dar nueva direccion al rio que pasaba por aquella plaza y que la surtia de agua, pues no habia en ella fuentes ni cisternas, y por esto se llamaba Alhama “la seca.”

Fue sangriento y porfiado el debate que se siguió á las orillas del rio, pretendiendo los moros plantar estacas en su cauce para apartar la corriente, y trabajando los cristianos por impedirlo. Los capitanes españoles animaban á los suyos con el ejemplo, haciéndoles volver á la pelea cada vez que el enemigo les forzaba á recogerse al pueblo. Al marqués de Cádiz se le veia hasta las rodillas en el agua, peleando mano á mano con los moros. Corria el rio tinto en sangre, y embarazado con los cadáveres de los muertos. Por último consiguieron los moros rechazar á los cristianos y torcieron la corriente. Pero quedando todavia un hilo de agua, y forzados á aprovechar aun esta corta cantidad, salian los sitiados por una mina para proveerse de tan precioso elemento, y mientras unos llenaban las vasijas, otros tenian que protegerlos, sosteniendo las repetidas cargas y el fuego del enemigo. De dia y de noche, y con trabajo y sangre, se mantenia esta lucha cruel, pudiendo decirse que cada gota de agua les costaba otra de sangre.

Entre tanto fue creciendo la necesidad en la guarnicion, y llegaron á verse reducidos al último extremo. Los hombres y los caballos caian muertos de sed: muchos se negaban á hacer el servicio, y desesperados ó faltos de fuerzas, arrojaban las armas. Á esto se añadia que los moros, situados en una altura que dominaba la villa, mantenian contra ella un fuego continuo de arcabuces y ballestas. En tal conflicto, se apresuraron los caudillos á enviar mensageros á Córdoba y á Sevilla, suplicando á los caballeros de Andalucía que les acudiesen al socorro. Enviaron asimismo á implorar el favor del Rey y de la Reina, que á la sazon se hallaban en Medina del Campo. En situacion tan crítica, tuvieron la dicha de descubrir una cisterna con agua, que sirvió provisionalmente de remedio á sus trabajos.




CAPÍTULO VI



El duque de Medina Sidonia y los caballeros de Andalucía, acuden al socorro de Alhama

La situacion peligrosa de los caballeros á quienes Muley Aben Hazen tenia cercados y encerrados en Alhama, llenó de temor á sus amigos, y de consternacion á toda la Andalucía. Pero el sentimiento mayor era el que mostraba la marquesa de Cádiz, esposa del valiente don Rodrigo Ponce de Leon. Afligida y cuidadosa por la suerte de su marido, volvió la vista en derredor, buscando algun caballero poderoso de cuyo favor pudiera valerse en tan riguroso trance; y ninguno halló mas á propósito que don Juan de Guzman, duque de Medina Sidonia. Distinguíase este señor entre todos los grandes de España, por su poder y riquezas; pues eran muy dilatadas sus posesiones en Andalucía, y comprendian muchos lugares, puertos de mar y villas, que le reconocian y obedecian como á un soberano. Pero el duque de Medina Sidonia y el marqués de Cádiz eran á la sazon enemigos declarados. Existia entre ellos una enemistad hereditaria, que diversas veces habia sido ocasion de sangrientos choques entre las dos casas; pues todavia el poder de la corona, no habia podido despojar á aquellos orgullosos nobles del derecho que ejercian, de hacerse mútuamente la guerra con sus vasallos. Parecia, pues, que á cualquiera hubiera debido acudir la marquesa en esta ocasion, primero que al duque de Medina Sidonia; pero juzgaba esta señora de la condicion del duque por la nobleza de los sentimientos que á ella misma la animaban. Apelando, pues, á la generosidad de tan cortés y valiente caballero, imploró su auxilio en favor de su marido; y no lo hizo en valde, ni fue vana su confianza; pues apenas oyó el duque los ruegos de la esposa de su enemigo, cuando olvidando sus resentimientos determinó ir en persona á socorrerle.

Á este fin hizo circular una órden á todos los alcaides de sus pueblos y castillos, para que á la mayor brevedad se reunieran en Sevilla con toda la fuerza disponible de sus respectivas guarniciones: convocó á los caballeros de Andalucía, representándoles que se trataba de salvar de manos del comun enemigo la flor de la caballería española; y á los que le siguiesen como voluntarios, ofreció paga generosa, armas, caballos y subsistencia.

Asi es que todos aquellos á quienes podian estimular el honor, la religion, el patriotismo ó la codicia, acudieron al estandarte del duque, que en breve se halló al frente de cinco mil caballos y cincuenta mil infantes.[10 - Crónica de los duques de Medina Sidonia, por Pedro de Medina. M. S.] Muchos caballeros de nombradía le acompañaron en esta empresa: entre otros el intrépido don Alonso de Aguilar, con su hermano don Gonzalo de Córdoba, despues tan célebre por sus hazañas; don Rodrigo Giron, maestre de Calatrava, juntamente con Martin Alonso de Montemayor, y el marqués de Villena; tenido por la mejor lanza de España. Con tan brillante y numerosa hueste, y rodeado de todo el aparato de la guerra, salió de Sevilla el duque de Medina Sidonia, llevando consigo el estandarte de aquella ciudad famosa.

Hallábanse los Reyes en Medina del Campo, donde se estaba celebrando con un Te Deum el triunfo de la fé por la toma de Alhama, cuando recibieron el aviso del iminente peligro del valeroso Ponce de Leon y sus compañeros. En caso tan urgente, y recelando no se perdiese el fruto de aquella conquista, tomó el Rey caballos al instante, y dejando órden para que la Reina le siguiese, partió á grandes jornadas para Andalucía[11 - Illescas, Hist. Pontifical.], acompañado de don Beltran de la Cueva, duque de Alburquerque, don Iñigo Lopez de Mendoza, conde de Tendilla, y de don Pedro Manriquez, conde de Treviño, con algunos otros caballeros de distincion y fama. Sin detenerse mas tiempo que el preciso para mudar caballos, continuó el Rey su carrera hasta Córdoba: tanta era su impaciencia por ponerse á la cabeza del ejército del duque. Á su llegada á aquella ciudad, y cuando se acercaban á la frontera, le hizo el duque de Alburquerque algunas reflexiones sobre la imprudencia de entrar en pais enemigo con tan poca precaucion y tan corto acompañamiento, aconsejándole dejase el socorro de Alhama al cuidado de sus capitanes, sin aventurar su real persona; “porque los Reyes vuestros predecesores, dijo el duque, nunca entraron en tierra de moros sino acompañados de un gran número de gentes de Castilla, y los reyes que tienen las gentes y los capitanes que vos teneis, basta que envien algunos de ellos á hacer las guerras.” Y á esto respondió el Rey: “duque, habiendo partido de la villa de Medina, con propósito de socorrer á aquellos caballeros, cosa seria por cierto contra mi condicion dejar de continuar mi camino, no habiendo para ello mas impedimento que el que decís.”[12 - Pulgar, Crónica, p. 3 c. 3.]

Teniendo aviso en Córdoba que el duque de Medina Sidonia estaba ya muy adentro en el territorio enemigo, prosiguió su marcha sin descansar en aquella ciudad; y con el ansia que tenia de llevar en persona el socorro á los cercados, envió delante un correo para prevenir al duque suspendiese su marcha hasta su llegada. Pero conociendo este experimentado caudillo que en la tardanza se aventuraba el éxito de la empresa, por la gran necesidad en que se hallaba la guarnicion de Alhama, escribió á su soberano de acuerdo con sus capitanes, que le dispensase de obedecerle en aquella ocasion, por la premura de las circunstancias. Recibió el Rey esta carta en Ponton del Maestre, y haciéndose cargo de las razones del duque, y del riesgo que corria entrando en tierra de moros con tan pocos caballeros como le seguian, determinó esperar noticias del ejército en la ciudad de Antequera.

Entre tanto Muley Aben Hazen, noticioso de la salida del duque de Medina Sidonia con una hueste formidable, y de las disposiciones del Rey Fernando para venir en persona al socorro de la plaza, conoció que era ya preciso hacer el último esfuerzo, y recobrar á Alhama por un asalto general y vigoroso, ó abandonarla á los cristianos. Sabiendo la intencion del Rey, se le presentaron algunos caballeros jóvenes, de los mas calificados y valientes de Granada, ofreciendo intentar una empresa, que de salir bien con ella le aseguraba la posesion de aquella plaza. Obtenida la licencia del Soberano, se dirigieron estos pocos hácia la villa, la mañana del dia siguiente al rayar del alba, y por la parte mas enhiesta y agria, llegaron á la muralla, que elevándose sobre las peñas en que estaba sentada, parecia inaccesible al mas atrevido escalador. Empero aqui pusieron las escalas, y lograron subir á las almenas sin que nadie lo notase, porque en el intermedio Muley Aben Hazen, para distraer á los cercados, ordenó una zalagarda, y fingió un asalto por otra parte. Con este ardid llegaron á introducirse en la villa hasta setenta moros, antes que se alarmase la guarnicion; y en apoyo de aquellos empezaba á escalar la muralla un número mayor, cuando advertidos del peligro corrieron los españoles á las almenas para contener al enemigo. Trabóse alli una contienda encarnizada, y hombre á hombre y cuerpo á cuerpo, pelearon moros y cristianos con mucha pérdida de ambas partes; bien que no tardaron estos últimos en ganar el ascendiente, pues desprendiéndose las escalas con el peso de la gente que venia en ellas, dieron consigo los moros en el suelo, y fueron rodando sus cuerpos de peña en peña hasta la llanura: á los demas que habian ganado lo alto del muro, los llevaron á cuchillo, y muertos ó heridos los arrojaron por los adarves. Debióse en gran manera este buen suceso al esfuerzo y valor del animoso caballero don Alonso Ponce, y del bizarro escudero Pedro Pinedo, tio aquel, y sobrino este del marqués de Cádiz.

Libre ya de moros la muralla, partieron estos dos caballeros en persecucion de los setenta moros que habian efectuado su entrada en el lugar, y que, por estar ocupada casi toda la guarnicion en defender aquella parte que Muley amenazaba combatir, habian recorrido muchas de las calles sin hallar oposicion, y se encaminaban ya á las puertas para abrirlas al ejército[13 - Zurita, lib. XX. c. 43.]. La muerte iba guiando sus pasos, y se les podia seguir el rastro por la sangre de sus huellas, y por los cadáveres de los que inmolaban de camino. Llegaron á una de las puertas, embistieron la guardia, y ya la fatal cimitarra tenia postrados á la mayor parte de los soldados de ella, cuando fueron alcanzados por don Alonso Ponce, con Pinedo y sus camaradas: un momento mas que tardáran, Alhama quedaba abierta al enemigo. Viéronse entonces los moros acometidos de frente y por las espaldas: al punto forman un círculo, y puestos espalda con espalda y la bandera en el centro, presentan animosamente los pechos á sus contrarios. De esta suerte pelearon largo tiempo con desesperada resolucion formándose en derredor un parapeto con los cuerpos de los que mataban. Vinieron contra ellos nuevas tropas, y crecieron los apuros, mas no por eso dejaron de batirse, ni pidieron jamas cuartel: conforme se disminuia su número, estrechaban mas y mas el círculo, defendiendo con inimitable constancia su bandera, hasta que muertos todos los demas, pereció el último moro abrazado con el asta de su estandarte. Este estandarte se desplegó en seguida sobre la muralla, y las cabezas de los moros muertos fueron arrojadas al campo del enemigo.[14 - En premio de su valor, armó el Rey caballero á Pedro Pinedo. Zúñiga, Anales de Sevilla, lib. XII. an. 1482.]

Muley Aben Hazen, viendo frustrada esta tentativa y muertos tantos de sus mejores caballeros, se mesaba las barbas en los arrebatos de su dolor. Para mayor confusion suya, se le avisó que desde las alturas se veia relumbrar las lanzas y ondear los pendones del ejército cristiano, que venia á socorrer á Alhama. Cediendo pues al rigor de su fortuna, alzó Muley el sitio, movió el campo sin tardanza, y al tiempo que se oian los últimos acentos de los añafiles del ejército moro, que se retiraba de los infaustos muros de Alhama, se vieron desembocar por las montañas las espesas columnas del duque de Medinasidonia.

Cuando los cristianos de Alhama vieron retirarse por una parte á sus enemigos, y avanzar por otra á sus libertadores, prorrumpieron en gritos de alegría; pues se les volvia á la vida en el punto mismo en que pensaban ser presa de la muerte, y cuando la hambre, la sed y todas las privaciones, los tenian reducidos al estado de esqueletos. La escena que pasó entre el duque de Medinasidonia y el marqués de Cádiz, fue la mas interesante y tierna. Al recibir á su magnánimo libertador, se le asomaron al Marqués las lágrimas á los ojos, y lleno de admiracion y reconocimiento, le estrechó entre sus brazos. El duque, su contrario antiguo, ahora su amigo mas afectuoso, le correspondió con iguales demostraciones, y le ofreció generosamente para en adelante una amistad sincera, y el olvido de sus diferencias.

Mientras esto pasaba con los gefes, se suscitó entre la tropa una contienda sórdida, sobre la particion de los despojos; pues pretendian los soldados del duque participar del fruto de aquella victoria, en premio de su trabajo y del socorro que habian prestado. De las palabras hubieran llegado á las armas, á no intervenir el duque que decidió la cuestion con su magnanimidad característica, diciendo á los suyos: “Quédense con los despojos, aquellos á quien la fortuna se los dió; que nosotros solo hemos tomado las armas por la honra, por la religion y por la salud comun. Por de presente sea éste el premio de nuestro trabajo: para en adelante, yo os aseguro que serán vuestras, con vuestro valor y esfuerzo, todas las riquezas de los moros y del reino de Granada.” Aplaudieron los soldados las razones de su general, apaciguáronse los ánimos, y terminó felizmente aquel tumulto.

Despues de haber descansado de sus fatigas, y participado abundantemente de las provisiones que la diligencia de la amante esposa del marqués de Cádiz habia prevenido, se retiraron los veteranos de Alhama, dejando en guarnicion de su conquista á una parte de las tropas recien venidas, y volvieron á sus casas cargados de un botin precioso. El duque de Medinasidonia y el marqués de Cádiz, con los caballeros sus allegados, se dirigieron á Antequera, donde fueron recibidos por el Rey con mucha distincion y señales particulares de favor. De alli partieron juntos para Marchena, villa del Marqués, cuya esposa, agradecida á la gentileza que habia usado con ella el Duque, hizo celebrar su venida con fiestas y regocijos, y se honró á tan distinguido huésped con un espléndido banquete. Cuando partió el Duque para su casa en san Lucar, le fue el Marqués acompañando hasta algunas leguas, y su despedida fue como la de dos afectos hermanos que se separan. Tal ejemplo dieron al mundo estos dos ilustres rivales, ganando entrambos la estimacion general; el uno por haber conquistado la fortaleza mas importante y fuerte del reino de Granada, el otro por haber subyugado á su mayor enemigo por un acto de magnanimidad.




CAPÍTULO VII



Acontecimientos en Granada, y principios del Rey moro, Boabdil el chico

Confuso y pesaroso volvió Muley Aben Hazen á su capital, despues de esta expedicion infructuosa, para ser testigo del descontento general y para oir las quejas y acusaciones de su pueblo. El desafecto que se manifestaba en el comun, fermentaba con mas secreto, pero mas peligrosamente entre los nobles. El reinado de Muley habia sido tiránico y sanguinario; y muchos de los gefes de la tribu de los Abencerrages, la mas ilustre entre los moros, habian sido víctimas de su política ó de su venganza: circunstancias que, unidas á las disensiones que existian en la familia real, prepararon una conspiracion cuyo objeto era el de desposeerle del trono, y libertar al pueblo de tan opresivo yugo.

Era Aben Hazen apasionado al sexo y tenia muchas mugeres, de las cuales se dejaba dominar alternativamente. Entre ellas habia dos reinas, á quienes amaba con extremo: la una se llamaba Aixa, á quien, en obsequio de su honestidad y pureza, dieron los moros el sobre nombre de la “Horra”, en arábigo la casta. Ésta en su juventud, tuvo de Aben Hazen un hijo, á quien todos consideraban como el heredero presuntivo del trono, y que se llamó Mahomet Audalla, si bien los historiadores le conocen mas generalmente por el nombre de Boabdil. Á su nacimiento los astrólogos, segun costumbre, formaron su horóscopo; y el terror y el espanto se apoderaron de sus ánimos, al notar los fatales portentos que su ciencia les revelaba. La vana ciencia de la astrología judiciaria, era muy comun entre los moros; y la supersticiosa costumbre de sacar horóscopos, parece haberse observado en el caso que aqui se cita. “¡Alá achbar! Dios es grande, exclamaron: él es quien pone y quita los imperios: en el cielo está escrito que este príncipe ocupará el trono de Granada, pero que en su reinado se consumará la perdicion del reino.” Desde este punto concibió contra él su padre una aversion decidida, y fue tan constante en perseguirle, que por esto y por la prediccion ominosa que le amenazaba, vino Boabdil á llamarse el “Zogoibi” ó el desgraciado.

La otra reina favorita de Muley, era Fátima, á quien dieron los moros el título de la “Zoroya” ó luz del alba, por lo resplandeciente de su hermosura: era cristiana de nacimiento, hija del comendador Sancho Jimenez de Solis, y siendo aun niña habia quedado cautiva de los moros.[15 - Crónica del gran Cardenal, c. LXXI.] Enamorado el viejo Rey de esta bella española, la hizo su sultana, y se entregó enteramente á su gobierno. El fruto de este amor fueron dos príncipes, á quienes desde su nacimiento tenia determinado la Zoroya elevar á la autoridad suprema, por cuantos medios estuviesen á su alcance; pues la ambicion de Fátima no era menor que su hermosura, y el objeto de sus mas ardientes deseos era el de colocar á uno de sus hijos sobre el trono de Granada. Para este fin se valió del ascendiente que tenia sobre el ánimo cruel de su marido, y haciéndole entrar en sospechas contra sus demas hijos, á quienes achacaba los mas siniestros designios, logró perderlos en el afecto de su padre. Tanto pudieron al fin sus artificios, que mandó Muley dar públicamente la muerte á varios de sus hijos en la fuente de los leones, que está en el patio de la Alhambra, lugar muy señalado en la historia de los moros como teatro de tantos hechos sanguinarios.

No satisfecha con esto, pasó á indisponer al Rey con la virtuosa sultana Aixa, su rival, cuya belleza no era ya la misma que en su juventud primera, ni ofrecia tantos atractivos como antes á su marido; y por esto no le fue dificil persuadir á Muley que la repudiase y la encerrase con su hijo en la torre de Comáres, una de las principales de la Alhambra. Por último, viendo en Boabdil, que ya iba entrando en la edad viril, un obstáculo á sus designios, despertó de nuevo en el pecho feroz de su padre los recelos y las sospechas, recordándole la prediccion que fijaba la pérdida del imperio para cuando llegase á reinar este príncipe. Á esto, desafiando el influjo de las estrellas, decia Muley: “La cuchilla del verdugo probará la falsedad de estos horóscopos, y atajará la ambicion de Boabdil, asi como ha castigado la osadía de sus hermanos.”

Advertida secretamente de la intencion cruel del viejo Monarca, la sultana Aixa, muger de resolucion y talento, se concertó con algunas damas de su servidumbre para facilitar la fuga de su hijo. Á un criado de toda su confianza se dió el encargo de apostarse á la media noche en las orillas del rio Darro, prevenido de un ligero caballo árabe. Y al tiempo que yacian todos en un profundo reposo, y reinaban en palacio el silencio y la oscuridad, atando por los cabos los mantos y tocas de sus criadas, descolgó la sultana al jóven príncipe desde la torre de Comáres.[16 - Salazar, Crónica del gran Cardenal, c. LXXI.] Bajando á tientas aquella áspera cuesta, llegó Boabdil á las márgenes del Darro y saltando en su caballo, partió á carrera tendida para Guadix, en las Alpujarras. Aqui permaneció oculto algun tiempo; pero despues, reuniendo sus partidarios y fortificándose en aquella plaza, pudo declararse abiertamente y desafiar las asechanzas de su padre.

Tal era el estado de cosas en la casa real de Granada, cuando volvió Muley de su desastrosa expedicion de Alhama. La faccion formada entre los nobles para deponer al Rey padre y colocar en el trono á Boabdil, se habia puesto ya de acuerdo con éste: estaban tomadas las medidas necesarias, y para la ejecucion de su proyecto solo esperaban una ocasion favorable, que en breve se les presentó. Tenia Aben Hazen en las inmediaciones de Granada un sitio de recreo llamado Alejares, donde solia acudir para solazar el ánimo y distraerse de los cuidados contínuos que le rodeaban. Habia pasado alli un dia, cuando volviendo á Granada, halló cerradas las puertas de la ciudad, y proclamado Rey á su hijo Boabdil. “¡Alá achbar! ¡Dios es grande! dijo el triste Monarca: en vano es porfiar contra el destino: estaba escrito que mi hijo habia de subir al trono: Alá no permita que se cumpla lo restante del vaticinio.” Conociendo Aben Hazen que mientras durase aquella efervescencia popular, serian inútiles cuantos esfuerzos hiciera para recuperar su autoridad, volvió las riendas á su caballo y se dirigió á Baza, donde fue recibido con grandes demostraciones de lealtad.

Pero en el carácter entero y firme de Muley Aben Hazen, no cabia la debilidad de rendir el cetro sin resistencia: confiaba en la lealtad de una gran parte del reino que aun le reconocia; y se lisongeaba que presentándose repentinamente en la capital con una fuerza regular, conseguiria intimidar al pueblo y hacerle volver á su observancia. Tomada esta resolucion, procedió á llevarla á efecto con la destreza y osadía propias de su carácter, y á la cabeza de quinientos hombres escogidos se presentó una noche bajo los muros de Granada: escaló la Alhambra, y entrando con furor sanguinario por aquellos silenciosos aposentos, se arrojó sobre sus pacíficos habitadores, cebando en ellos el alfange exterminador, que no perdonaba edad, calidad, ni sexo. Despertaron aquellos infelices para volver los mas de ellos á cerrar los ojos en la muerte: resonaban en todo el castillo sus alaridos, y las fuentes corrian ensangrentadas. El alcaide Aben Comixer se retrajo á una torre fuerte, y se encerró con algunos soldados; pero Muley, sin perder tiempo en perseguirle, bajó con su feroz cuadrilla á la ciudad, para vengarse de los rebelados. Alarmáronse los habitantes, corrieron á las armas y encendiendo luces por todas partes, pudieron reconocer el corto número de los autores de tanto estrago. Muley se habia equivocado en sus conjeturas; porque la masa del pueblo indignado de su tiranía, se manifestó decididamente, en favor de Boabdil. Siguióse por las calles y plazas un combate terrible, pero corto, en que murieron muchos de los partidarios de Muley: los demas se salvaron con la fuga, y en compañía de su soberano, se dirigieron á la ciudad de Málaga.

Tal fue el principio de aquellos bandos y disensiones intestinas, que apresuraron la ruina de este imperio. Divididos los moros entre sí, formaron desde aquel dia dos partidos, mandados por el padre y el hijo; pero con todo eso, cuando la ocasion se presentaba, nunca dejaron de unir sus respectivas fuerzas para dirigirlas contra los cristianos, como á enemigo comun.




CAPÍTULO VIII



Expedicion real contra Loja

En un consejo de guerra convocado por el Rey Fernando en Córdoba, se trataba de lo que debia hacerse con Alhama, y ya el parecer de los que aconsejaban que se desamparase aquella fortaleza, por estar situada en el centro del territorio moro y expuesta en todo tiempo á un ataque, empezaba á prevalecer, cuando llegó la Reina. Instruida Isabel de estas deliberaciones, se presenta en el consejo y tomando la palabra: “No quiera Dios, dice, que asi se malogre el primer fruto de nuestras victorias: ¿tan fácilmente habiamos de abandonar la primera plaza que hemos arrancado al enemigo? Lejos de nosotros semejante idea; ¿pues qué otra cosa seria el hacerlo, sino descubrir la debilidad de nuestros consejos, é inspirar mayores brios á los infieles? No se vuelva pues á tratar de abandonar á Alhama, y sí solo de conservar y extender nuestras conquistas, hasta dar glorioso término á tan santa guerra con la destruccion total del imperio de los moros en España.”

El discurso de la Reina infundió nuevo ánimo en el consejo real, y al punto se tomaron las medidas convenientes para mantener á Alhama á todo trance: por alcaide de esta plaza nombró el Rey á Luis Fernandez Portocarrero, señor de Palma; se le agregaron Diego Lopez de Ayala, Pedro Ruiz de Alarcon y Alonso Ortiz, capitanes de cuatrocientas lanzas, con mil hombres de infantería y vituallas para tres meses.

Deliberó Fernando entonces emprender el asedio de Loja, ciudad fuerte, no muy distante de Alhama. Con este intento intimó á todas las ciudades y pueblos de Andalucía y Extremadura, al reino de Toledo y á las órdenes militares, le enviasen para un tiempo señalado, á su campo delante de Loja, cierta cantidad de provisiones, segun sus respectivos repartimientos. Los moros por su parte, no fueron menos diligentes en sus preparativos: enviaron al África á solicitar socorros, y á impetrar el auxilio de los príncipes berberiscos en esta guerra por la fé. Á fin de interceptar estos socorros, apostaron los Reyes de Castilla en el estrecho de Gibraltar, una escuadra de navíos y galeras al mando de Martin Diaz de Mena y de Cárlos de Valera, con órden de barrer las costas de Berbería y destruir hasta la última nave de aquella nacion.

Mientras se hacian estas prevenciones, salió el Rey á hacer una tala en la vega de Granada, y quemáronse en esta incursion gran número de cortijos, alquerías y lugares; se robó mucho ganado, y fueron destruidas las mieses.

Hácia fines de junio partió de Córdoba el Rey Fernando, para sentar sus reales bajo los muros de Loja, llevando consigo solo cinco mil hombres de á caballo y ocho mil de infantería. El marqués de Cádiz, capitan tan experimentado cuanto valiente, representó al Rey que con tan corto número de tropas seria muy arriesgado acometer aquella empresa; hízole ver que el plan de campaña se habia formado mal, y que se habian omitido muchas prevenciones importantes; pero en el ánimo del Rey, pudieron mas los consejos de don Diego de Merlo; y sin llevar todos los pertrechos indispensables á un ejército sitiador, movió el campo, y con resolucion y confianza marchó contra la ciudad de Loja.

Llegando á aquella plaza, asentó el Rey su estancia entre unos olivares, á orillas del rio Jenil, que por aquella parte pasa muy hondo, y acanalado por unas riberas tan altas, que con dificultad se puede vadear, y los moros estaban en posesion del puente. Las alturas inmediatas fueron ocupadas por la demas tropa, distribuida en varios acampamentos, pero separados unos de otros por barrancos, de suerte que en caso necesario, no podian acudir á socorrerse mútuamente. La artillería, por otra parte, se colocó con tan poco acierto, que no se pudo sacar de ella utilidad alguna, y la aspereza y desigualdad del terreno impidieron no poco las maniobras de la caballería. Todos estos defectos fueron notados por el duque de Villahermosa, hermano natural del Rey, que aconsejó se mudase el campo á otra parte, y se echasen puentes sobre el rio. Hiciéronse algunas diligencias á este efecto, pero con tan poca actividad y conocimiento, que no fueron de ningun provecho. Hay cerca de la ciudad un cerro llamado cuesta de Albohazen, que por dominar á aquella ciudad y estar situado delante del puente, era muy á propósito para contener al enemigo. Para remediar en parte los desaciertos cometidos, y dar mayor seguridad al campo, se hacia preciso apoderarse de aquella altura y fortificarse en ella; por lo que mandó el Rey que acometiesen á tomarla; y este honroso encargo se confió al valor y bizarría del marqués de Cádiz, el marqués de Villena, don Rodrigo Tellez Giron, maestre de Calatrava, su hermano el conde de Ureña y don Alonso de Aguilar. Subieron allá estos ínclitos guerreros con sus tropas, y vióse en breve relucir la cuesta de Albohazen con las armas de Castilla.




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notes



1


Zurita lib. XX. cap. 42.




2


Juan Bolero Renes. Relaciones universales del mundo.




3


Garibay, compend. lib. IV. c. 25.




4


Garibay, comp. lib. XL. cap. 29. Conde, Historia de los árabes, p. IV. cap. 34.




5


Zurita, Anales de Aragon: lib. XX. cap. 41. Mariana, Historia de España: lib. XXV. cap. 1.º




6


Zurita, Anales, lib. XX. c. 42.




7


Especie de parapeto movible, hecho de tablones, con que se defendian los soldados cuando iban á escalar una muralla.




8


Garibay, lib. XL. c. 29.




9


Pulgar, Crónica.




10


Crónica de los duques de Medina Sidonia, por Pedro de Medina. M. S.




11


Illescas, Hist. Pontifical.




12


Pulgar, Crónica, p. 3 c. 3.




13


Zurita, lib. XX. c. 43.




14


En premio de su valor, armó el Rey caballero á Pedro Pinedo. Zúñiga, Anales de Sevilla, lib. XII. an. 1482.




15


Crónica del gran Cardenal, c. LXXI.




16


Salazar, Crónica del gran Cardenal, c. LXXI.


