Atropos
Federico Betti






A todas las personas que no pueden esperar a leer estas historias.


El hombre descendiÃ³ del autobÃºs 19 en la plaza Bracci, en San Lazzaro di Savena, llegÃ³ hasta el quiosco, comprÃ³ un ejemplar de Il Resto del Carlno y comenzÃ³ a hojear las pÃ¡ginas.

Se sentÃ³ en uno de los bancos que habÃ­a en los laterales de la plaza para leer el periÃ³dico y no encontrÃ³ ninguna noticia interesante: las primeras pÃ¡ginas estaban se ocupaban de los sucesos mientras que en el interior estaban aquellas dedicadas a la economÃ­a, ademÃ¡s de las pÃ¡ginas locales con noticias relativas a la comarca boloÃ±esa, a la ciudad y a toda la provincia.

EchÃ³ una ojeada incluso a los anuncios publicitarios sin encontrar ninguno interesante.

DoblÃ³ el periÃ³dico y, mientras lo mantenÃ­a debajo del brazo, se dirigiÃ³, desplazÃ¡ndose por la vÃ­a Emilia, en direcciÃ³n a Ãmola.

LlegÃ³ a la entrada del banco en el cruce con la vÃ­a Jussi, unos cientos de metros mÃ¡s adelante, empujÃ³ la pesada puerta principal de metal, despuÃ©s la segunda, y entrÃ³.

A aquella hora de la maÃ±ana habÃ­a muy pocos clientes y a los pocos minutos de llegar consiguiÃ³ presentarse en la primera ventanilla que quedÃ³ libre de las tres que estaban abiertas en ese momento.

âBuenos dÃ­asâ, lo saludÃ³ la empleada, âÂ¿en quÃ© puedo ayudarle?â

âQuerrÃ­a hablar con el director, si no estÃ¡ ocupado.â

âComo desee. Â¿Tiene algÃºn problema?â preguntÃ³ la mujer de la que emanaba un perfume afrutado tan fuerte que resultaba nauseabundo.

âNo, no se preocupe. Pensaba solamente en la mejor manera de invertir y querrÃ­a hablar con Ã©l, o con ella en el caso de que sea una mujer, para poder tomar una decisiÃ³n.â

âPara estas cosas tiene a su disposiciÃ³n nuestros asesores financieros. Creo que usted podrÃ­a hablar tranquilamente con uno de ellos: son todas personas muy capaces. A menos que usted desee expresamente intercambiar unas palabras con el director o tenga motivos muy particulares para hacerloâ explicÃ³ la mujer.

âQuiero hablar expresamente con el director.â


1

Aquel dÃ­a, Davide Pagliarini volvÃ­a del gimnasio donde pasaba una o dos horas todas las tardes de la semana, excluido el fin de semana.

VivÃ­a solo, en un edificio de apartamentos de vÃ­a Venecia en San Lazzaro de Savena.

HabÃ­a tomado aquella decisiÃ³n despuÃ©s de un aÃ±o de noviazgo y de convivencia con su compaÃ±era. De comÃºn acuerdo habÃ­an dicho basta, no habrÃ­an podido vivir juntos para siempre porque, contrariamente a lo que habÃ­an pensado al comienzo, parecÃ­a que no estaban hechos el uno para el otro.

Ritmos de vida y puntos de vista demasiado diferentes con respecto a como se desenvolvÃ­a la jornada y el uso de los recursos monetarios.

Finalmente habÃ­an acertado al separarse y que cada uno recorriese su propio camino.

LlegÃ³ delante del portalÃ³n del edificio, subiÃ³ las escaleras y entrÃ³ en casa.

Su apartamento estaba en el primer piso de un edificio no demasiado alto e inmerso en medio del verdor de un jardÃ­n privado con plantas y Ã¡rboles de distintas especies y un seto que delimitaba la propiedad.

TenÃ­a al menos tres ventajas: la sombra que producÃ­an los Ã¡rboles, que significaba un refugio a las altas temperaturas del verano, un toque de seÃ±orÃ­o al edificio y el hecho de que difÃ­cilmente una construcciÃ³n con jardÃ­n en su interior atraÃ­a a los encargados de la distribuciÃ³n de publicidad.

Apoyada en el suelo estaba la bolsa de deportes que usaba en el gimnasio y que contenÃ­a, por lo general, una muda de ropa y todo lo necesario para la ducha, la abriÃ³, y la preparÃ³ para el dÃ­a siguiente, despuÃ©s decidiÃ³ leer un poco.

Le gustaban las novelas de aventuras de autores como Clive Cussler, aunque hasta hacÃ­a unos meses habÃ­a incluso leÃ­do thriller y, en general, historias repletas de suspense pero, despuÃ©s del accidente de trÃ¡fico en el que se habÃ­a visto envuelto, habÃ­a decidido que estas las dejarÃ­a apartadas de manera indefinida.

HabÃ­a sido culpa suya, esto era innegable, y no podÃ­a perdonÃ¡rselo: aquel acontecimiento, seguramente, habÃ­a dejado una impronta en su cerebro.

Intentaba por todos los medios no pensar en ello, y a menudo lo conseguÃ­a pero, cuando menos se lo esperaba, volvÃ­a a atenazarlo aquel recuerdo.

Si tan sÃ³lo no hubiese tomado aquella pastillaâ¦

Le habÃ­a atraÃ­do la novedad. Le habÃ­an dicho âVerÃ¡s cÃ³mo te sentirÃ¡s. Te harÃ¡ llegar hasta las estrellas. PruÃ©bala: te la puedo dejar con descuento.â

AsÃ­ que la habÃ­a probado, diciÃ©ndose, sin embargo, que no lo volverÃ­a a hacer jamÃ¡s. Era sÃ³lo por curiosidad, por comprender quÃ© se sentÃ­a con aquellas cosas.

ReciÃ©n salido de la discoteca, donde iba de vez en cuando para pasar un sÃ¡bado distinto del habitual y con la esperanza de encontrar quizÃ¡s personas nuevas, que habrÃ­an podido convertirse en amigos, o incluso una posible alma gemela, si bien sabÃ­a que serÃ­a necesario demasiado tiempo para instaurar una relaciÃ³n de ese tipo, habÃ­a montado en su coche y se habÃ­a preparado para regresar a casa.

Desde de la ingesta de aquella pastilla efervescente (bebe algo, le habÃ­an aconsejado) habÃ­a transcurrido al menos una hora y, cuando Davide estaba sobre la carretera de circunvalaciÃ³n de Bolonia en direcciÃ³n hacia casa, comenzÃ³ a entusiasmarse, a sentirse eufÃ³rico. PisÃ³ a fondo el pedal del acelerador porque sentÃ­a la necesidad de descargar todo el entusiasmo de alguna manera y el resultado fue el esperado, pero no habÃ­a considerado la posibilidad de imprevistos debido a una excesiva velocidad.

Se dio cuenta demasiado tarde del muchachito que estaba atravesando la carretera, sobre el paso de cebra, y le dio de pleno sobre el costado izquierdo tirÃ¡ndolo al suelo y llevÃ¡ndoselo por delante durante un centenar de metros.

No se habÃ­a dado cuenta que estaban presentes sus padres y habÃ­a huido sin pararse, con el cuerpo a tope de adrenalina.

Cada vez que recordaba aquel episodio, Davide Pagliarini cerraba los ojos con la esperanza de expulsar aquellos recuerdos insoportables y a menudo lo conseguÃ­a, pero no siempre.

Cuando se dio cuenta que era casi la hora de la cena, cerrÃ³ la novela que estaba leyendo en ese momento, volviÃ©ndola a poner sobre la mesita del salÃ³n, y se preparÃ³ un plato de pasta.

La noche transcurriÃ³ tranquilamente y antes de la medianoche estaba ya durmiendo.


2

Mientras se despertaba por la maÃ±ana temprano para conseguir desayunar con un poco de calma antes de ir al trabajo, Stefano Zamagni no pensaba que aquella jornada iba a ser tan insoportable. Primero se duchÃ³, despuÃ©s se preparÃ³ una taza de cafÃ©, que acompaÃ±Ã³ con algunas rebanadas de pan tostado, despuÃ©s saliÃ³.

LlegÃ³ a la Central de PolicÃ­a a las 8:30, despuÃ©s de media hora de carretera en medio del trÃ¡fico de vÃ­a Emilia en el tramo que conecta San Lazzaro de Savena, donde vivÃ­a, con Bolonia.

Odiaba las aglomeraciones en la carretera, sobre todo si son producidas por una masa de personas con prisas por llegar al trabajo.

Â¿Por quÃ© no salen un poco antes?, se preguntaba de vez en cuando, pero sin encontrar nunca una respuesta lÃ³gica.

LlegÃ³ a la oficina, sobre su escritorio lo esperaban algunos mensajes, algunos de ellos escritos por Ã©l la tarde anterior, como recordatorio.

Los leyÃ³ rÃ¡pidamente, a continuaciÃ³n los tirÃ³ a la papelera.

âÂ¿QuÃ© tal, inspector?â, le preguntÃ³ un agente que pasaba por allÃ­.

âBien, graciasâ, respondiÃ³ cordialmente. âÂ¿Y usted? Â¿Va todo bien?â

âSÃ­, gracias.â

âPerfecto. Le deseo una buena jornada, y esperemos que sea tranquila hasta la tarde.â

âEsperemosâ, dijo el agente, marchÃ¡ndose.

Unos cuantos minutos despuÃ©s el capitÃ¡n de la SecciÃ³n de Homicidios se presentÃ³ en la oficina de Zamagni y, por la cara que traÃ­a, no era una visita de cortesÃ­a

âBuenos dÃ­as Zamagni, le necesitoâ, dijo sin mÃ¡s preÃ¡mbulos.

âÂ¿Me debo preparar para lo peor?â, preguntÃ³ el inspector.

âEspero que no sea nada complicado, pero lo que sÃ© es que serÃ¡ desagradable. Hemos recibido una llamada de una persona que dice que ha llegado a casa de su hija y que la ha encontrado sin vida.â

âHubiera preferido comenzar el dÃ­a de otra manera.â, dijo Zamagni, âÂ¿Se sabe algo mÃ¡s? Quiero decir, con respecto a esta persona que ha llamado.â

âLa seÃ±ora ha dicho que habÃ­a llegado a casa de su hija y que Ã©sta no abrÃ­a la puerta a pesar de que habÃ­a tocado unas cuantas veces al timbre, asÃ­ que la seÃ±ora, que parece ser que tiene las llaves del piso, volviÃ³ a su casa, cogiÃ³ las llaves y, cuando ha abierto la puerta, la ha encontrada tirada en el suelo de la sala de estar.â

âComprendo.â, dijo Zamagni y, despuÃ©s de una pequeÃ±a pausa, aÃ±adiÃ³: âÂ¿Por quÃ© deberÃ­a ser un homicidio? Â¿No puede haber muerto por causas naturales? Â¿Por un accidente?â

âNo lo sÃ©,â respondiÃ³ el capitÃ¡n. âCreo que lo mejor serÃ¡ ir hasta el lugar e intentar comprender algo sobre lo que ha ocurridoâ¦ La seÃ±ora que ha telefoneado estÃ¡ esperando nuestra llegada y le he dicho que debe permanecer a disposiciÃ³n para cualquier cosa que necesitemos.â

âDe acuerdo,â asintiÃ³ Zamagni, âAhora mismo voy a ver.â



La muchacha estaba todavÃ­a en la posiciÃ³n en que la habÃ­a encontrado la madre, tirada por el suelo.

âNo he tocado nada, se lo puedo asegurar,â dijo la seÃ±ora despuÃ©s de que le mostrasen la placa de la policÃ­a, como para disculparse por cualquier cosa que hubiera podido hacer.

âLo ha hecho muy bien,â le respondiÃ³ Zamagni. âÂ¿Me puede decir su nombre?â

âChiara. Chiara Balzani,â se presentÃ³. âElla es mi hijaâ aÃ±adiÃ³ volviÃ©ndose hacia el cuerpo de la muchacha, como si estuviese todavÃ­a viva.

âEntiendo. Â¿Me podrÃ­a decir tambiÃ©n el nombre de su hija, si es tan amable?â

âOh,â¦ claro, me debe perdonar. Estoy todavÃ­a conmocionada por todo lo que ha sucedido. Se llamaâ¦ se llamabaâ¦. Lucia Mistroni.â

âMuchas gracias.â, dijo Zamagni, a continuaciÃ³n aÃ±adiÃ³: âÂ¿Puedo saber el motivo por el cual no ha dudado en llamar a la policÃ­a? Me explico, la muerte podrÃ­a haber sido debido a un infarto o alguna otra causa natural, Â¿no?â. Y volviÃ©ndose al agente Marco Finocchi que lo acompaÃ±aba: âSeÃ±alicemos cada cosa.â El agente asintiÃ³.

âSu pregunta es perfectamente normal, parece ser que mi hija, desde hacia un tiempo, estuviese recibiendo llamadas amenazantes. Por esto he pensado enseguida en una muerte no natural, y entonces les he llamado.â

âÂ¿Llamadas amenazantes? Â¿Se sabe de quiÃ©n eran estas llamadas?â

âNo, aunque siempre he tenido la duda, o la convicciÃ³n, si lo prefiere, e incluso era lo mismo que pensaba mi hija, que quien la llamaba era su ex novio.â, explicÃ³ la mujer. âSu relaciÃ³n habÃ­a terminado de manera bastante desagradable, se habÃ­an peleado. En los Ãºltimos momentos de su noviazgo se peleaban a menudo.â

âEntiendo.â, sintiÃ³ Zamagni, âNecesito saber todo sobre su hija. Su edad, en quÃ© trabajaba, sus aficiones, las direcciones y nombres de sus amigos. Â¿Y su ex novio? Â¿Me sabrÃ­a decir su nombre? Cualquier informaciÃ³n que usted sepa sobre Ã©l. Yâ¦ otra cosa: Â¿actualmente su hija estaba casada? Â¿Estaba prometida? Â¿Estaba soltera? Entienda, no podemos dejar de lado ninguna pista.â

âPor lo que se, Lucia no estaba con nadie.â

El inspector hizo una pequeÃ±a pausa para mirar alrededor.

El piso, en la primera planta de un edificio de nueva construcciÃ³n en la periferia de Bolonia, tenÃ­a un aspecto seÃ±orial, moderno, con un mobiliario demasiado minimalista y combinado con buen gusto. En las ventanas no habÃ­a cortinas y, durante el dÃ­a, la luz del sol iluminaba perfectamente cada rincÃ³n.

âÂ¿El piso era propiedad de su hija?â, preguntÃ³ el agente Finocchi.

âSÃ­, claro.â A la seÃ±ora Balzani parecÃ­a que esta pregunta le resultaba superflua.

El piso habÃ­a sido pagado completamente por la hija, habÃ­a explicado la madre.

Y tambiÃ©n habÃ­a explicado que Lucia Mistroni cumplÃ­a una funciÃ³n muy importante en la empresa donde trabajaba, aunque la hija nunca habÃ­a especificado bien en quÃ© consistÃ­a su trabajo.

âÂ¿Y bien? Â¿Nos puede decir el nombre del ex novio de su hija?â, preguntÃ³ Zamagni.

âSÃ­, excusadme.â, dijo la seÃ±ora Balzani. âLa persona que buscÃ¡is se llama Paolo Carnevali. Si no se ha mudado vivÃ­a en vÃ­a Cracovia, al lado del Parque de los Cedros, en el nÃºmeroâ¦ 10, creoâ.

âPerfecto. Por ahora nada mÃ¡s seÃ±ora, muchas gracias. Recuerde que en el caso de que pueda darnos mÃ¡s informaciÃ³n esta podrÃ­a ser Ãºtil para la investigaciÃ³n. Y otra cosa: la PolicÃ­a CientÃ­fica deberÃ¡ comprobar cada centÃ­metro de este piso, con la esperanza de que esto pueda servir para encontrar al culpable de este crimen, por lo que en los prÃ³ximos dÃ­as le serÃ¡ totalmente imposible entrar aquÃ­. Enseguida pondremos los precintos.â

La seÃ±ora asintiÃ³, comprensiva.

âHarÃ© todo lo posible por encontrar al asesino.â

Se fueron y, ya de nuevo en la calle, el inspector Zamagni y el agente Finocchi volvieron a las oficinas de la Central.


3

No era gran cosa, pero quizÃ¡s habÃ­an encontrado una pista que seguir, en espera de los resultados de los anÃ¡lisis del piso de Lucia Mistroni.

Sobre la hora de la comida, el inspector Zamagni, acompaÃ±ado por Marco Finocchi, se presentÃ³ en el portal nÃºmero 10 de vÃ­a Cracovia, para hablar con Paolo Carnevali.

Tocaron el timbre sin que respondiesen, esperaron algunos minutos y no consiguieron entrar en el edificio hasta que llegÃ³ una seÃ±ora anciana que volvÃ­a de dar un paseo con el perro.

âÂ¿Podemos entrar, seÃ±ora?â, preguntÃ³ Zamagni.

âNo se permiten los vendedores ambulantes, lo siento. AsÃ­ que, si sois de esos, podÃ©is ahorraros el esfuerzo e ir a otro sitio.â

âEstamos buscando al seÃ±or Carnevali. Â¿Lo conoce?â

âÂ¿QuiÃ©n lo busca?â, querÃ­a saber la seÃ±ora, probablemente reacia a relacionarse con los desconocidos.

âNecesitamos hablar con Ã©l. No es nuestra intenciÃ³n molestarle ni hacerle daÃ±o,â explicÃ³ el inspector mostrando su identificaciÃ³n.

âÂ¡Madre de Diosâ¦!â, fue la reacciÃ³n de la anciana. âÂ¿QuÃ© desaguisado ha hecho el muchacho? Parece una buena persona.â

âNo se preocupe,â la tranquilizÃ³ el agente Finocchi, âsÃ³lo queremos hablar con Ã©l.â

âDe todas formas creo que a esta hora estÃ¡ trabajandoâ, explicÃ³ la seÃ±ora.

âÂ¿CuÃ¡ndo lo podrÃ­amos encontrar? Â¿Sabe a quÃ© hora volverÃ¡?â

âA no ser que tenga algÃºn compromiso personal despuÃ©s del trabajo, por lo general me lo encuentro entre las 18 y las 18:15 todos los dÃ­as de la semana. Salgo con Toby para el paseo de la tarde y, cuando vuelvo, Ã©l estÃ¡ aparcando o subiendo las escaleras.â

âÂ¿SabrÃ­a decirme quÃ© automÃ³vil tiene el seÃ±or Carnevali?â

No entendÃ­a de esas cosas, explicÃ³ la seÃ±ora, porque no era una experta en automÃ³viles. Los Ãºnicos medios de transporte que conocÃ­a bien eran los autobuses, que los usaba para ir desde casa hasta el centro de la ciudad el domingo despuÃ©s de comer.

âSe lo agradezco igualmente, seÃ±ora,â dijo Zamagni, âVolveremos por aquÃ­ esta tarde.â

Los dos se despidieron de la seÃ±ora y de Toby, que no la habrÃ­a seguido a no ser que cualquiera de los dos lo hubiese acariciado, y regresaron al auto en que habÃ­an llegado.

No tenÃ­a ningÃºn sentido esperar tantas horas la llegada de Paolo Carnevali, asÃ­ que decidieron que irÃ­an a la ComisarÃ­a de PolicÃ­a y Zamagni aprovecharÃ­a para escuchar las posibles novedades de la CientÃ­fica y del patÃ³logo al que se le habÃ­a encargado la autopsia.

Sus padres estaban realmente felices con Ã©l, lo veÃ­an contento, y se mostraban orgullosos incluso con los parientes y los amigos de la familia.

AdemÃ¡s de ir al colegio, hace algo Ãºtil y remunerativo, aunque fuese poco lo que podÃ­a reunir.

No era mucho, pero para un chaval que estudia siempre es mejor que nada.

Era asÃ­ como hablaban sobre el trabajillo que habÃ­a encontrado su hijo.

No es el Ãºnico, de esta forma ha conocido otros chavales de su edad con quienes, a veces, sale a pasear, se encuentran en los jardines Margherita o en la Plaza Mayor el sÃ¡bado despuÃ©s de comer, se divierten, y a veces se va a cenar fuera con ellos.

Con el poco dinero que gana se lo puede permitir sin que nosotros le demos ni un euro.

Era un trabajo fÃ¡cil, se trataba sÃ³lo de repartir publicidad. Â¿QuiÃ©n no sabrÃ­a hacer un trabajo semejante? SÃ³lo hacÃ­a falta distribuir los panfletos publicitarios por todas partes. En los edificios, en los lugares pÃºblicos o en la calle, y nada mÃ¡s. No le pedÃ­an nada mÃ¡s, ninguna obligaciÃ³n.

FÃ¡cil, tan fÃ¡cil como beber un vaso de agua.

Y era aquello lo que hacÃ­a cada dÃ­a despuÃ©s de comer, una hora o al mÃ¡ximo dos al dÃ­a, sÃ³lo en los dÃ­as entre semana, despuÃ©s de haber ido a la escuela y haber terminado los deberes. El fin de semana reposaba, se divertÃ­a y gastarÃ­a una parte mÃ­nima del dinero ganado: como muchacho diligente que era, habÃ­a llegado a un acuerdo con sus padres para que se quedasen la mitad; ahora que tenÃ­a la posibilidad, querÃ­a contribuir en lo que podÃ­a con los gastos de la casa.

Continuaba de esta manera con su trabajo, con la tÃ­pica frivolidad de su edad, sin preguntarse ni siquiera quÃ© clase de publicidad era.


4



La tarde del mismo dÃ­a, a las 18:30, el inspector Zamagni y el agente Finocchi volvieron a vÃ­a Cracovia para hablar con Paolo Carnevali.

Tocaron el timbre y despuÃ©s de algunos minutos entraron en su apartamento.

âMe han avisado hace un rato de vuestra llegada,â explicÃ³ el hombre. âOs estaba esperando. Poneos cÃ³modos en la sala.â

Se sentaron a una mesa rectangular de medianas dimensiones y, despuÃ©s de las presentaciones, Zamagni comenzÃ³ a hablar.

âNos debe perdonar por la hora. No sÃ© si estÃ¡ habituado a cenar pronto, de todas formas no tardaremos mucho.â

âNo se deben preocupar,â respondiÃ³ Carnevali. âAnte todo me gustarÃ­a saber el motivo de vuestra visita.â

âQuerrÃ­amos que nos hablase de Lucia Mistroni.â

âÂ¿QuÃ© ha hecho? Â¿Le ha sucedido algo?â

ParecÃ­a que no supiese nada de lo que le habÃ­a ocurrido a su ex novia o, si lo sabÃ­a, lo escondÃ­a muy bien.

âEsta maÃ±ana su madre la ha encontrado muerta en su piso.â

Paolo Carnevali cerrÃ³ los ojos durante un momento, a continuaciÃ³n los abriÃ³ y dijo: âLo siento muchÃ­simo. Â¿CÃ³mo ha sucedido? Â¿HabÃ©is ya descubierto algo? Imagino que, si estÃ¡is aquÃ­, es demasiado pronto para saber el nombre del culpable.ââ

âTodavÃ­a estamos trabajando en ello,â explicÃ³ Zamagni, âPor el momento sabemos que la madre fue a casa de la hija y, no recibiendo ninguna respuesta, volviÃ³ a su casa a coger su copia de las llaves. Cuando ha abierto la puerta del piso Lucia Mistroni estaba tendida en el suelo.â

A menos, por el momento, no dijo nada sobre las llamadas amenazantes.

âEspero que podÃ¡is encontrar pronto al culpable. Â¿Por quÃ© habÃ©is venido a hablar conmigo? No veÃ­a a Lucia desde que nos habÃ­amos separado, algunos meses atrÃ¡s.â

âDebemos seguir todas las pistas y la del ex novio es una de ellas.â

âComo os he dicho, yo no sÃ© nada. No veÃ­a a LucÃ­a desde hace meses.â

âSabemos que en los Ãºltimos tiempos os peleabais a menudo,â dijo el inspector.

âÂ¿Os lo ha dicho la madre?â

âSÃ­.â

âEntiendo. Muy bien, en el Ãºltimo perÃ­odo de nuestro noviazgo peleÃ¡bamos, pero esto no significa que yo sea culpable.â

âNo queremos decir esto. Como le he dicho, debemos seguir cada pista que nos pueda llevar al responsable de todo lo que ha ocurrido. Â¿Por quÃ© os peleabais?â

Hubo una pequeÃ±a pausa, durante la cual Paolo meditÃ³ antes de responder: âPodrÃ­amos decir que cualquier pretexto era bueno para comenzar una acalorada discusiÃ³n entre nosotros. La relaciÃ³n, por alguna razÃ³n, habÃ­a tomado este camino en los Ãºltimos meses. PeleÃ¡bamos incluso por las cosas mÃ¡s tontas.â

El agente Finocchi estaba tomando apuntes, anotando la mÃ¡s mÃ­nima cosa.

âComprendo,â dijo el inspector. âParece ser que la seÃ±orita Mistroni, desde hacÃ­a un tiempo, recibÃ­a llamadas telefÃ³nicas amenazantes. Â¿Tiene idea de quiÃ©n pudiese hacerlas? Que usted sepa, Â¿conoce a alguien capaz de llegar tan lejos? Alguien que conociese a Lucia y con el que hubiese ocurrido algo particularmente desagradable.â

âNo puedo ayudarles, lo siento.â

Al parecer, del seÃ±or Carnevali no iban a obtener nada, al menos por el momento.

âMuy bien. En el caso de que recordase alguna cosa con respecto a la seÃ±orita Mistroni, llÃ¡menos y pregunte por mÃ­.â

El hombre asintiÃ³.

âAh, una Ãºltima cosa,â dijo el inspector Zamagni despidiÃ©ndose antes de descender las escaleras, âPermanezca disponible.â


5



âÂ¿Puedo pagar con la tarjeta de crÃ©dito?â, preguntÃ³ la mujer.

âPor supuesto,â le contestÃ³ la empleada del gimnasio.

âPerfecto. Â¿QuÃ© documento debo rellenar para inscribirme?â

âAquÃ­ lo tiene. Rellene todos las secciones y, si tiene alguna duda, no dude en preguntar,â le recomendÃ³ la rubia que estaba detrÃ¡s del mostrador. âEscriba en letras mayÃºsculas.â

La otra mujer asintiÃ³ y cogiÃ³ el bolÃ­grafo que encontrÃ³ atado a un cordoncillo.

âÂ¿Mariolina Spaggesi? Â¿Es correcto?â peguntÃ³ la empleada.

âSÃ­.â

âÂ¿Y vive en vÃ­a San Vitale nÃºmero 12, verdad?â

âExacto.â

âBien. Yo dirÃ­a que todo es perfectamente legible.â

A continuaciÃ³n le dio un folio en el que estaba especificado el reglamento del gimnasio.

Mariolina Spaggesi lo plegÃ³, lo metiÃ³ en el bolso y, saliendo, se despidiÃ³ de la otra mujer, para despuÃ©s tomar el camino hacia su casa.

No veÃ­a la hora de comenzar: desde hacÃ­a tiempo se habÃ­a prometido a si misma asistir a un gimnasio, por libre, sin obligaciones de horarios, y finalmente aquel dÃ­a habÃ­a tomado la decisiÃ³n de pararse.

Pasaba delante de Ã©l casi todos los dÃ­as porque estaba en el trayecto que unÃ­a su casa con su puesto de trabajo y a menudo preferÃ­a dar un paseo antes que utilizar los medios de transporte pÃºblicos. Los consideraba focos de virus gripales y, en el fondo, caminar, como le habÃ­an dicho, era beneficioso para la salud.

Aquella tarde llegÃ³ a casa y, despuÃ©s de haber cogido el correo y haber tomado una cena rÃ¡pida con una pizza entregada a domicilio, se fue a dormir a las 21 horas: estaba cansadÃ­sima, debido a la pesada jornada laboral, y se quedÃ³ dormida al instante.

Fue a la maÃ±ana siguiente, durante el desayuno, cuando comprobÃ³ el correo que la noche anterior tan sÃ³lo habÃ­a dejado encima de la mesita de la sala de estar.

Algunos folletos publicitarios, una postal enviada por una amiga que estaba de vacaciones en el norte de Europa y un sobre blanco donde estaba escrito X MARIOLINA SPAGGESI y la direcciÃ³n, escrito todo en letras mayÃºsculas.

No sabÃ­a quiÃ©n era el remitente, porque evidentemente no habÃ­a querido que se supiese o porque, quizÃ¡s, se daba a conocer en el interior del sobre mismo, o por cualquier otro motivo que Mariolina ignoraba.

ApoyÃ³ la taza de cafÃ© con leche sobre la mesita y abriÃ³ el sobre, con mucha curiosidad por saber cuÃ¡l podÃ­a ser el contenido.

Era muy ligero y, aparentemente, parecÃ­a que no contuviese nada.

En realidad, habÃ­a algo en su interior, y precisamente una tarjeta de visita. El texto decÃ­a:



MASSIMO TROVAIOLI

Direttore Marketing

Tecno Italia S.r.l.



Al final de la tarjeta de visita habÃ­a escrito un nÃºmero de telÃ©fono de empresa, de un telÃ©fono mÃ³vil, tambiÃ©n de empresa, y una direcciÃ³n de correo electrÃ³nico personal.

Con las manos temblorosas, a Mariolina le cayÃ³ el sobre al suelo y la tarjeta de visita revoloteÃ³ durante un momento antes de caer tambiÃ©n. ReleyÃ³ una segunda vez todo, despuÃ©s de lo cual se debiÃ³ sentar para intentar comprender quÃ© estaba sucediendo.


6



Los resultaos de los anÃ¡lisis de la PolicÃ­a CientÃ­fica del piso de Lucia Mistroni y de la autopsia de su cuerpo llegaron bastante rÃ¡pido y casi con el mismo tiempo de espera.

En la casa de la muchacha no se encontrÃ³, aparentemente, nada particularmente interesante, al menos en un primer momento.

Dejemos los precintos hasta que concluya esta historia, habÃ­a especificado Zamagni, porque sabÃ­a que la contaminaciÃ³n de la escena de un crimen habrÃ­a podido probablemente confundir las investigaciones y retardar la resoluciÃ³n. AdemÃ¡s, podrÃ­an necesitar volver a aquel piso para posteriores comprobaciones.

El piso parecÃ­a completamente ordenado, sin nada que estuviese fuera de lugar. Esto podÃ­a significar que el culpable de aquel crimen no buscaba nada preciso cuando habÃ­a ido a casa de Lucia.

Y, ademÃ¡s, la cerradura de la puerta de entrada estaba bien, sin trazas de haber sido forzada.

Por lo tanto, probablemente Lucia Mistroni conocÃ­a a su asesino.

La autopsia no habÃ­a sacado a la luz ninguna seÃ±al de resistencia. La mujer se habÃ­a golpeado la cabeza, quizÃ¡s de forma letal y, en consecuencia, habÃ­a caÃ­do al suelo.

âLo que tenemos hasta el momento no nos lleva a ninguna parte,â dijo el inspector Zamagni mientras hablaba con el capitÃ¡n Luzzi en su oficina.

âPropongo buscar mejor entre sus parientes, sus amigos y conocidosâ dijo el capitÃ¡n. âPor lo menos conseguiremos obtener un poco mÃ¡s de informaciÃ³n sobre la muchacha.â

âEstoy de acuerdo.â

âQue le ayude el agente Finocchi. DividÃ­os el trabajo, para empezar. Volved junto a la madre, a continuaciÃ³n, segÃºn lo que os diga, hablad con las personas que conocÃ­an a la hija.â

Terminada la conversaciÃ³n Zamagni y Finocchi salieron para ir a hablar de nuevo con la madre de Lucia Mistroni. El trÃ¡fico rodado de aquella maÃ±ana era insoportable, de todos modos consiguieron llegar al destino en un tiempo razonable. La seÃ±ora les habÃ­a dado su direcciÃ³n antes de salir del piso de la hija el dÃ­a anterior.

Cuando la mujer vio a los dos policÃ­as estaba a punto de entrar en la casa despuÃ©s de haber pasado por la fruterÃ­a.

Les pidiÃ³ que se acomodasen y les preguntÃ³ si querÃ­an algo de beber.

âMuy amable,â le agradeciÃ³ el inspector âAceptarÃ­a encantado un vaso de agua.â

âLo mismo para mÃ­, graciasâ, dijo Marco Finocchi.

La mujer echÃ³ el agua en dos vasos de vidrio bastante amplios y se los dio a sus huÃ©spedes.

âNecesitamos de nuevo que nos ayude,â dio el inspector despuÃ©s de haber bebido un sorbo.

âDÃ­ganme.â

âÂ¿PodrÃ­a hacernos una lista de todas las personas que conocÃ­a su hija? Quiero decir de parientes, amigos y conocidos. Con respecto al lugar de trabajo basta con que nos diga el nombre de la empresa.â

La mujer cogiÃ³ un folio, comenzÃ³ a escribir y, una vez terminado, los dos policÃ­as se dieron cuenta que iban a tener que trabajar duro para conseguir hablar con todos en el menor tiempo posible.

Zamagni cogiÃ³ el papel, lo doblÃ³ y se lo metiÃ³ en el bolsillo.

âDesde la Ãºltima vez que nos hemos visto, Â¿ha recordado algo que usted cree que pueda ayudarnos en nuestro trabajo?ââ preguntÃ³ a continuaciÃ³n.

âPor el momento, no, pero no me he olvidado. En el momento en que sepa algo, no dudarÃ© en llamarosâ

âMuchas graciasâ, dijo Marco Finocchi.

âAhora nos debemos marchar. El trabajo nos espera.â Esta vez habÃ­a sido el inspector Zamagni el que habÃ­a hablado.

Los dos policÃ­as se levantaron casi al mismo tiempo, se despidieron de la mujer y salieron.

Se percataron de que el folio que les habÃ­a dado la mujer era muy detallado: por cada nombre de la lista habÃ­a especificado quÃ© tipo de conocido o pariente era y, de aquellos que lo sabÃ­a, habÃ­a escrito incluso la direcciÃ³n.

Zamagni decidiÃ³ que comenzarÃ­an con los nombres de los cuales tenÃ­an la informaciÃ³n completa y dejarÃ­an a los agentes que trabajaban en las oficinas la tarea de completar la lista con los datos que faltaban.

El inspector se ocuparÃ­a de los parientes y el agente Finocchi de los amigos.

Antes de comenzar la dura tarea de recogida de informaciÃ³n se pasaron por la comisarÃ­a de policÃ­a y Zamagni aprovechÃ³ para hacer dos fotocopias de la lista que habÃ­a escrito la mujer: una copia se la dio al agente Finocchi, otra al agente encargado de buscar los datos que faltaban y Zamagni guardÃ³ en su bolsillo el original.


7



El autobÃºs estaba a rebosar a aquella hora de la maÃ±ana: muchos estudiantes iban a la escuela y ocupaban la mayor parte de los asientos. El hombre, de todas formas, no tenÃ­a ningÃºn problema para quedarse de pie, porque sabÃ­a que el trayecto que harÃ­a serÃ­a bastante corto.

En cuanto llegÃ³ a la parada mÃ¡s prÃ³xima a su destino descendiÃ³ y se puso a andar a lo largo de la acera.

AtravesÃ³ la circunvalaciÃ³n y comenzÃ³ a recorrer la Calle Mayor en direcciÃ³n al centro de la ciudad. Casi ciento cincuenta metros mÃ¡s adelante girÃ³ a la derecha para llegar a vÃ­a San Vitale y entrÃ³ en un negocio de flores que habÃ­a debajo del pÃ³rtico.

âBuenos dÃ­as,â dijo, âEstoy pensando en comprar algunas flores, Â¿las entrega a domicilio, verdad?â

âPor supuestoâ, respondiÃ³ la muchacha.

âMuy bien.â

âÂ¿En quÃ© tipo de flores estÃ¡ pensando?â

âCrisantemos,â respondiÃ³ el hombre, âUn bonito ramo de crisantemos.â

La muchacha quedÃ³ un momento sin decir una palabra, pensando en la peticiÃ³n, a continuaciÃ³n se puso a preparar el ramo.

âÂ¿SerÃ­a posible hablar con el dueÃ±o de la tienda?â

âEn estos momentos no estÃ¡.â

âÂ¿CuÃ¡ndo lo podrÃ­a ver?â

âPor lo general pasa por la tienda en el transcurso de la tarde, ya casi de noche.â

âÂ¿Todos los dÃ­as?â

âHabitualmente sÃ­, a menos que tenga algÃºn compromiso que no se lo permita.â

âGracias por la informaciÃ³n y las flores. Â¿Puede tenerlas aquÃ­ hasta esta tarde?â

âPor supuesto.â

âBien, entonces hasta la tarde.â

âÂ¿Se conocen?â preguntÃ³ la muchacha, refiriÃ©ndose al dueÃ±o de la tienda y al hombre que lo estaba buscando. âSi me llama, quizÃ¡s puedo decirle que usted ha pasado por aquÃ­ y que pasarÃ¡ al final del dÃ­a.â

âNo se preocupe, no hay problema. Puedo pasar tranquilamente, aunque no le diga nada.â

La muchacha asintiÃ³, y despuÃ©s de que el hombre se hubiese ido, algunos minutos mÃ¡s tarde, pensÃ³ en su extraÃ±o comportamiento.

Aquella tarde, sin que la muchacha hubiese dicho nada sobre la visita matinal del hombre, este Ãºltimo y el dueÃ±o de la floristerÃ­a hablaron durante casi una hora en un bar que habÃ­a al lado de la tienda.

Cuando los dos se despidieron, el florista reentrÃ³ en la tienda, cogiÃ³ el ramo de crisantemos y lo repuso en la pequeÃ±a habitaciÃ³n que habÃ­a al fondo del local.


8



El inspector Zamagni y el agente Finocchi se dividieron las tareas: uno contactarÃ­a con los amigos de Lucia Mistroni mientras que el otro hablarÃ­a con los parientes.

Por el momento, lo mÃ¡s importante era encontrar informaciÃ³n sobre la muchacha y las personas con las cuales tenÃ­a un contacto mÃ¡s Ã­ntimo.

Los posibles avances llegarÃ­an en su momento, como una consecuencia lÃ³gica.

Comenzaron por la maÃ±ana temprano, telefoneando a cada una de las personas para programar los encuentros: esto servirÃ­a, ademÃ¡s de para obtener alguna informaciÃ³n de utilidad, para conocerles y hacerse una idea preconcebida de ellos.

Stefano Zamagni consiguiÃ³ hablar, en el mismo dÃ­a, con Dario Bagnara y Luna Paltrinieri.

Los dos, le dijeron, eran desde hacÃ­a mucho tiempo amigos de la muchacha muerta, y ambos quedaron mudos cuando supieron la noticia.

El seÃ±or Bagnara era un agente inmobiliario que trabajaba en una agencia en vÃ­a de la Barca.

Ãl y el inspector se citaron en la oficina del primero, a donde Zamagni llegÃ³ puntual a pesar del trÃ¡fico.

âBuenos dÃ­as, Â¿es usted Dario Bagnara?â comenzÃ³ Zamagni.

âSÃ­, soy yo.â

âEncantado de conocerle. Me llamo Zamagniâ¦ Stefano.â

âBuenos dÃ­as. Â¿En quÃ© puedo ayudarle? PreguntÃ³ el agente inmobiliario. âPara mÃ­ ha sido un golpe durÃ­simo. TodavÃ­a estoy conmocionado. EstarÃ© encantado de ayudarle en todo lo que sea posible.â

âGracias,â dijo Zamagni, âMientras tanto, podrÃ­a contarme cÃ³mo habÃ­a conocido a Lucia y desde cuÃ¡nto tiempo se conocÃ­an.â

âDesde hace mucho tiempo,â respondiÃ³ Bagnara, âÃramos compaÃ±eros en el instituto.â

âEntiendo. Por lo tanto puedo imaginar que os conocÃ­ais muy bien.â

âSÃ­, claro.â

âÂ¿Y una vez que terminasteis en el instituto? Â¿HabÃ©is seguido viÃ©ndoos habitualmente?â

âSÃ­, aunque no con mucha frecuencia. OrganizÃ¡bamos algunas cenas, entre amigos. Yo, ella y Luna, otra compaÃ±era del instituto. Digo que no muy frecuentemente porque, desde el momento en que se habÃ­a prometido a Paolo, ocurrÃ­a a menudo que saliesen ellos dos solos.â

âÂ¿CuÃ¡l ha sido la Ãºltima vez que os habÃ©is visto?â

âLa semana pasada. EstÃ¡bamos los tres. Generalmente cuando quedÃ¡bamos no venÃ­a Paolo.â

âÂ¿Por quÃ©?â

âLo habÃ­an decidido asÃ­. Era una salida con amigos, sin novios ni novias.â

âTambiÃ©n Paoloâ¦ Carnevali, Â¿quiere decir?... Â¿TambiÃ©n Ã©l estaba conforme con este acuerdo?â

âSÃ­, quiero decir tambiÃ©n Ã©l. Al comienzo no estaba muy de acuerdo con esto de que nos viÃ©semos los tres solos, quizÃ¡s por celosâ¦ no sÃ© decirle. DespuÃ©s, sin embargo, parece que consintiÃ³ sin problemas.â

âComprendo. Antes mencionÃ³ aâ¦ Â¿Luna?â

âSÃ­, Luna Paltrinieri. Â¿Ha hablado con ella?â

âNo, todavÃ­a no, pero tengo una cita con ella en el bar donde trabaja dentro de una hora.â

Dario Bagnara asintiÃ³.

âTambiÃ©n ella es una muchacha muy educada.â

En ese momento entrÃ³ un cliente potencial que preguntÃ³ se podrÃ­a hablar con algÃºn empleado de la agencia inmobiliaria. Estaba buscando un piso en venta.

âUn momento tan solo y le atiendoâ, le respondiÃ³ Bagnara y, volviÃ©ndose a Zamagni: âSi quiere puedo decirle a la seÃ±ora que vuelva mÃ¡s tarde.â

âNo se preocupe, haga con tranquilidad su trabajo. Nos veremos pronto.â

El agente inmobiliario dio las gracias a Zamagni y, mientras el inspector salÃ­a, pidiÃ³ a la cliente que se sentase.



A la hora establecida Stefano Zamagni llegÃ³ al bar de Luna Paltrinieri, en la vÃ­a Andrea Costa, relativamente cercano a la agencia inmobiliaria donde trabajaba el seÃ±or Bagnara.

âBuenos dÃ­as, Â¿es usted Luna?â preguntÃ³ Zamagni cuando no habÃ­a clientes.

âSÃ­, soy yoâ

âInspector Zamagni.â

âEncantada de conocerle. Â¿Le apetecerÃ­a un cafÃ©?â

âCon mucho gusto, gracias.â

La muchacha le preparÃ³ el cafÃ© y se lo sirviÃ³ con un sobrecito de azÃºcar blanco, uno de azÃºcar de caÃ±a y uno de miel.

Mientras bebÃ­a el cafÃ© amargo Zamagni dijo: âNecesito hablar con usted de Lucia Mistroni.â

âHarÃ© todo lo posible por ayudarle.â

âGracias. Mientras tanto, Â¿podrÃ­a decirme cÃ³mo era su relaciÃ³n con la muchacha? SÃ© que erais compaÃ±eras en el instituto.â

âEs verdad. Â¿Por quiÃ©n lo ha sabido, si puedo preguntar?â

âHasta hace poco estuve hablando con el seÃ±or Bagnara. Fue Ã©l quien me dijo que los tres habÃ­ais ido juntos al instituto. Espero que no le resulte un problema.â

âEntiendo. No, por supuesto que no es un problema.â

Zamagni bebiÃ³ el Ãºltimo sorbo de cafÃ© y la camarera, despuÃ©s de haber puesto la tacita, el platito y la cucharilla en la cesta del lavavajillas, contÃ³ al inspector que efectivamente ellos tres habÃ­an sido compaÃ±eros en la escuela, que habÃ­an conectado desde el principio del primer aÃ±o escolÃ¡stico y habÃ­an mantenido la amistad incluso despuÃ©s de haber pasado la selectividad. Cada uno con su propio trabajo habÃ­an conseguido verse por lo menos una vez a la semana, durante el fin de semana.

âCon respecto al trabajo, Â¿me sabrÃ­a decir donde trabajaba la seÃ±orita Mistroni? Su madre no ha conseguido precisarlo.ââ

Le dijo el nombre de la empresa y que trabajaba como jefe de departamento de marketing con el extranjero, despuÃ©s aÃ±adiÃ³: âMe debe perdonar, pero hablar de ella me entristece muchÃ­simo.â

Y comenzÃ³ a llorar.

âLa entiendo perfectamente y siento mucho todo lo que ha sucedido. Nosotros, por desgracia, debemos continuar haciendo nuestro trabajo y encontrar al culpable.â

âLo sÃ©,â dijo la muchacha, aÃ±adiendo a continuaciÃ³n. âEspero que lo encontrÃ©is pronto.â

âEso espero.â

âGracias.â

âDe nada,â dijo Zamagni. âÂ¿Podemos contar con su ayuda cuando la necesitemos?â

âPor supuesto.â

âPerfecto,â le agradeciÃ³ el inspector. âCreo que por ahora es suficiente. VendrÃ© aquÃ­ cuando necesite hablar con usted de nuevo.â

âLo esperarÃ©.â

Zamagni se despidiÃ³ de la muchacha con una sonrisa y saliÃ³ del bar con la viva esperanza de poder resolver el caso.

Quedaban todavÃ­a dos amigos de Lucia Mistroni por interrogar, entretanto le habÃ­a llegado un nuevo dato: enseguida podrÃ­an visitar al empresario que la habÃ­a contratado. Durante el recorrido en coche hasta su oficina, Stefano Zamagni se preguntaba cÃ³mo estarÃ­a yendo la bÃºsqueda de informaciÃ³n del agente Finocchi.


9



El agente Finocchi se ocupÃ³ de hablar con los parientes de Lucia Mistroni.

La madre le habÃ­a hablado sÃ³lo del hermano Atos, un tÃ­o y una prima.

ResultÃ³ que todos habÃ­an sido informados de la desgracia por medio de la seÃ±ora Balzani y, cuando el agente consiguiÃ³ hablar con el hermano, este se puso a llorar diciendo que no habÃ­a podido parar de hacerlo desde el momento en que habÃ­a conocido la noticia.

VivÃ­a solo en vÃ­a San Felice, en un piso pequeÃ±o pero funcional.

âÂ¿Puedo hablar con usted sobre su hermana Lucia?â, preguntÃ³ el agente Finocchi despuÃ©s de presentarse.

âClaro, siÃ©ntese por favor.â

Se sentaron en la sala de estar, con la luz de la maÃ±ana que iluminaba la habitaciÃ³n a travÃ©s de los vidrios de la ventana.

âÂ¿QuÃ© tal eran las relaciones entre los dos?â quiso saber el agente.

âDirÃ­a que fantÃ¡sticas, aunque Ãºltimamente no nos veÃ­amos a menudo porque yo he tenido que estar viajando mucho debido al trabajo.â

âEntiendo. Â¿CuÃ¡l es su trabajo, si puedo saberlo?â

âInstalo mÃ¡quinas automÃ¡ticas. A menudo cambio de ciudad y cada vez permanezco fuera de casa al menos una semana.â

âDebe ser un trabajo muy interesante, al menos por el hecho de viajar y ver siempre sitios nuevos.â

âLo serÃ­a si tuviese un poco mÃ¡s de tiempo para visitar las ciudades en vez de estar encerrado en una empresa montando una mÃ¡quina automÃ¡tica desde la maÃ±ana a la noche. El Ãºnico momento de relax que tenemos es por la noche, cuando vamos a cenar y probamos la gastronomÃ­a local.â

âSin duda un trabajo muy exigente,â asintiÃ³ Finocchi, âÂ¿CuÃ¡ndo ha sido la Ãºltima vez que se han visto, usted y su hermana?â

âAproximadamente hace dos semanas.â

âÂ¿En una ocasiÃ³n particular?â

âNo. Acababa de llegar de un viaje y el domingo habÃ­amos decidido cenar juntos. Una pizza para contarnos un poco cÃ³mo nos iban las cosas.â

âÂ¿Y cÃ³mo le parecÃ­a que estaba aquel dÃ­a? Â¿Estaba tranquila o habÃ­a algo que no iba bien? Â¿Estaba preocupada por algo?â

âMe hablÃ³ de las llamadas que habÃ­a recibido. Le daban miedo, tambiÃ©n porque no entendÃ­a quiÃ©n se las hacÃ­a.â

âÂ¿No tenÃ­a ni la mÃ¡s mÃ­nima idea de quiÃ©n pudiese ser?â

âNo.â

âÂ¿No puso una denuncia?â

âNo le sabrÃ­a decir.â

âComprendo.â

âÂ¿Puedo preguntarle cÃ³mo es que se encuentra en casa a estas horas? Generalmente a estas horas se estÃ¡ trabajando.â

âEsta es una semana bastante tranquila, sin viajes, y cuando trabajo aquÃ­ lo hago a turnos. Hasta el viernes trabajarÃ© desde las dos de la tarde hasta las diez de la noche.â

âBien. Le pido que estÃ© disponible, ya que podrÃ­amos necesitar que nos ayude.â

âHarÃ© lo que estÃ© en mi mano para ayudaros a encontrar al culpable.â

âMuchas gracias.â

El agente Finocchi se despidiÃ³ del hermano de Lucia Mistroni y saliÃ³ nuevamente a la calle.

Por la noche verÃ­a al tÃ­o y a la prima de la muchacha.

Quedaron en la ComisarÃ­a de PolicÃ­a. Luigi Mistroni, su hija Laura y su mujer Antonia Cipolla fueron acomodados en una pequeÃ±a sala de espera y, apenas el agente Finocchi regresÃ³, comenzaron a hablar.

âSiento mucho haberos molestado a la hora de la cena. Acabaremos enseguidaâ, dijo el agente.

âNo se preocupeâ, dijo el tÃ­o de Lucia.

âEstamos hablando un poco con todas las personas que tenÃ­an un contacto mÃ¡s estrecho con vuestra sobrina,â explicÃ³ Marco Finocchi volviÃ©ndose hacia los cÃ³nyuges. âQueremos reunir el mayor nÃºmero de datos posibles porque podrÃ­an ayudarnos a resolver el caso.â

âEstamos dispuestos a prestaros ayuda, aunque sea poca.â

âLes quedo agradecidoâ, dijo Finocchi, a continuaciÃ³n hizo una pausa preguntando a los tres si querÃ­an algo de beber, agua, cafÃ©, pero rechazaron su ofrecimiento diciendo que despuÃ©s de terminar con la policÃ­a se irÃ­an a cenar.

âDe acuerdo. En primer lugar Â¿podrÃ­ais decirme quÃ© clase de relaciÃ³n tenÃ­ais con Lucia?â

Fue la tÃ­a la que respondiÃ³ en nombre de todos: âEran buenas, aunque no nos veÃ­amos todas las semanas. Sabeâ¦ cada uno tiene sus obligaciones. Lucia estaba muy ocupada por culpa del trabajo, por lo que mÃ¡s bien nos hablÃ¡bamos por telÃ©fono o nos veÃ­amos el fin de semana.â

El marido y la hija asintieron, confirmando al agente que todo lo que habÃ­a dicho la seÃ±ora Antonia era verdad. La otra hipÃ³tesis era que, en el caso de que uno de los tres fuese el culpable, estuviesen de acuerdo para protegerse unos a otros.

âÂ¿Desde hacÃ­a cuÃ¡nto tiempo que no veÃ­ais a Lucia?â

âYoâ¦ desde hacia un par de semanas,â dijo la prima Laura. âHabÃ­amos ido a dar una vuelta al centro de Bolonia un sÃ¡bado despuÃ©s de comer, mÃ¡s que nada para relajarnos un poco y porque nos habÃ­a hablado de las llamadas que habÃ­a recibido y sentÃ­a la necesidad de estar con alguien de confianza.â

âAsÃ­ que os habÃ­a dicho tambiÃ©n a vosotros lo de las llamadas.â

âHabÃ­a hablado de ellas durante una comida familiar, dos o tres semanas atrÃ¡s,â dijo el tÃ­o.

âComprendo,â asintiÃ³ Finocchi. âÂ¿SabÃ©is si habÃ­a alguien, algÃºn conocido vuestro, que hubiese tenido una especie de resentimiento con Lucia? Â¿O con alguien con quiÃ©n se hubiese peleado?â

âNo se nos ocurre nadieâ dijo la seÃ±ora Cipolla despuÃ©s de haber hablado entre ellos en voz baja durante unos momentos.

âGracias. Por ahora es todo. Os pido que permanezcÃ¡is disponibles. Os dejo ir a cenar.â

Se fueron. Poco tiempo despuÃ©s de marcharse los tÃ­os y la prima de Lucia Mistroni de la ComisarÃ­a de PolicÃ­a, el agente Finocchi se preparÃ³ para regresar a casa.


10



A la maÃ±ana siguiente, el capitÃ¡n Luzzi pidiÃ³ a Zamagni y Finocchi que le pusiesen al dÃ­a con respecto al caso de Lucia Mistroni.

âEstamos interrogando a amigos y parientes,â explicÃ³ el inspector, âa continuaciÃ³n deberemos hablar con el empresario que contratÃ³ a la muchacha. No podemos excluir que el culpable pueda ser un compaÃ±ero de trabajo.â

âLos parientes a los que he escuchadoâ, aÃ±adiÃ³ el agente Finocchi, âno han escondido el tema de las llamadas telefÃ³nicas amenazantes que parece que recibÃ­a la muchacha. Parece que tenÃ­a mucho miedo, por lo menos por lo que me ha hecho entender la prima.â

âBien, continuemos a buscar e id enseguida a ver a las personas que todavÃ­a debÃ©is interrogar.â ConcluyÃ³ Luzzi.

Zamagni y Finocchi asintieron, asÃ­ que salieron a la calle con el fin de hablar con el jefe de la muchacha y con dos amigos que estaban en la lista que les habÃ­a dado la madre de Lucia Mistroni.

El inspector comenzÃ³ con Beatrice Santini, que gestionaba un estanco en vÃ­a San Felice.

Cuando llegÃ³, en el negocio no habÃ­a nadie.

âNo quisiera molestar.â

âÂ¿QuÃ© desea?â, preguntÃ³ la dueÃ±a del estanco.

Zamagni le mostrÃ³ la placa, y a continuaciÃ³n aÃ±adiÃ³ que le gustarÃ­a hablar con ella sobre Lucia Mistroni.

âPara mÃ­ ha sido un golpe muy duro. Me ha dado la noticia la madre,â dijo Beatrice Santini que no parecÃ­a sorprendida por la visita de un inspector de policÃ­a.

âComprendo. Â¿Me puede decir cÃ³mo se ha enterado?â

âMe he enterado por casualidad. HabÃ­a ido a casa de su hija para charlar un poco. No la he encontrado y, mientras estaba esperando en la puerta de entrada, porque no sabÃ­a si de verdad no estaba en casa o si quizÃ¡s estaba tardando en responder, vi que pasaba su madre. Me ha preguntado que por quÃ© estaba allÃ­, si estaba buscando a Lucia y si no sabÃ­a todavÃ­a lo que le habÃ­a ocurrido. CaÃ­ de la burra, no sabÃ­a nada. Me quedÃ© de piedra y, cuando me ha dicho que la policÃ­a estaba investigando el asunto, ha aÃ±adido tambiÃ©n que os habÃ­a dado una lista de personas que conocÃ­an a Lucia, los parientes y los amigos mÃ¡s Ã­ntimos, por lo que esperaba vuestra visita.â

âEntendido. Â¿QuÃ© clase de relaciÃ³n tenÃ­a con Lucia?â

âNos llevÃ¡bamos muy bien. Por lo general Lucia no peleaba jamÃ¡s con nadie, era una muchacha con un carÃ¡cter estupendo.â

Zamagni asintiÃ³.

âÂ¿Sabe por casualidad si le habÃ­a ocurrido algo Ãºltimamente que podrÃ­a haber influido en su vida privada?â

âNo, nada que yo sepa.â

Un cliente entrÃ³, pidiÃ³ una cajetilla de cigarrillos y, cuando saliÃ³, tambiÃ©n Zamagni se despidiÃ³ de la muchacha.

âPor ahora creo que es suficiente. Le pido que estÃ© disponible y, en el caso de que recuerde algo que crea que es importante, me lo haga saber.â

Mientras la muchacha asentÃ­a Ã©l le dejÃ³ el nÃºmero de telÃ©fono de la ComisarÃ­a.

âPregunte por mÃ­. Soy el inspector Zamagni.â

âDe acuerdo.â

El Ãºltimo contacto que habÃ­a escrito la madre de Lucia era Fulvio Costello, un empleado de la oficina de Correos de vÃ­a Emilia, en el distrito Manzini.

Cuando el inspector Zamagni llegÃ³ a su destino habÃ­a poca gente, de esta manera pudo preguntar sin problemas quiÃ©n era el responsable de la oficina y, al mismo tiempo, hablar un poco con el empleado.

El responsable hablÃ³ un rato con el hombre para explicarle la situaciÃ³n, por lo que Fulvio Costello se ausentÃ³ de la ventanilla y fue a la parte de atrÃ¡s para hablar con Zamagni.

âSiento las molestias. Soy el inspector Zamagni. QuerÃ­a hablar un poco con usted sobre Lucia Mistroni.â

âÂ¡Santo cielo! Â¿QuÃ© le ha ocurrido?,â preguntÃ³ el hombre, ignorante de los acontecimientos de las Ãºltimas horas.

âHa pasado a mejor vida. Siento decÃ­rselo asÃ­. Suponemos que no ha sido una muerte natural.â

El empleado de Correos quedÃ³ un instante en silencio, a continuaciÃ³n preguntÃ³ si tenÃ­an alguna idea sobre quiÃ©n era el culpable.

âPor desgracia, todavÃ­a no, pero estamos trabajando duro para encontrarlo lo mÃ¡s pronto posible.â

âEntiendo. Espero que ocurra pronto.â

âTambiÃ©n nosotros lo esperamosâ, dijo Zamagni, âAhora me gustarÃ­a hacerle algunas preguntas, si estÃ¡ de acuerdo.â

âPor favor.â

âGracias. En primer lugar querrÃ­a saber como os habÃ©is conocido, usted y Lucia.â

âPor casualidad, durante un viaje a CanadÃ¡.â

âYa. Â¿Y luego habÃ©is mantenido el contacto?â

Costello asintiÃ³.

âÂ¿Hablabais a menudo?,â preguntÃ³ el inspector.

âTodas las semanas, no, pero hablÃ¡bamos con frecuencia.â

âÂ¿Hace cuÃ¡nto tiempo que os conocÃ­ais?â

âDos aÃ±os.â

âÂ¿Puedo preguntar si, por casualidad, ha habido algo distinto a la amistad entre vosotros dos?â

âÂ¿Por quÃ© me lo pregunta?â

âNecesitamos tener informaciÃ³n, para resolver un caso como este y la buscamos por todas partes.â

âVale. Absolutamente, no.â

âBien. Â¿Tiene, por casualidad, alguna idea sobre quiÃ©n ha podido tener un motivo para matarla? Â¿O cualquier acontecimiento acaecido que haya podido tener como epÃ­logo lo que ha sucedido?â

âNo,â respondiÃ³ el hombre, despuÃ©s de haber meditado durante un minuto. âPor desgracia, por lo que respecta a esto, no puedo ayudaros. En el caso de que se me ocurra algo mÃ¡s, os lo harÃ© saber.â

âMuchas gracias.â

El jefe de la oficina de Correos apareciÃ³ por la puerta que daba a la parte de atrÃ¡s. âÂ¿Fulvio?â

El hombre se girÃ³ y dijo: âCreo que debo volver al trabajo.â

âEstÃ¡ bien,â dijo Zamagni, entendiendo la situaciÃ³n. âLe pido solamente que estÃ© a nuestra disposiciÃ³n y no dude en contactar con nosotros en el caso de que recordase algo que pueda sernos de utilidad.â

âNo hay problema,â dijo el empleado de la oficina de Correos.

El inspector asintiÃ³, despuÃ©s se despidiÃ³ y saliÃ³ de nuevo a la calle.

Ahora sÃ³lo quedaba por escuchar quÃ© contarÃ­a el empresario que habÃ­a contratado a la seÃ±orita Mistroni, puede que entonces tuviera bastante material para comenzar a hacer alguna hipÃ³tesis.


11

Davide Pagliarini no conseguÃ­a apartar de la cabeza aquel accidente. SoÃ±aba con Ã©l por la noche, como una pesadilla constante, y claro que no habrÃ­a querido que ocurriese.

EstÃºpido, se repetÃ­a, soy un estÃºpido, Â¡he matado a un niÃ±o! Estaba esperando el juicio, esperando, con la ayuda de un buen abogado, de conseguir por lo menos reducir la pena. Mientras tanto vivÃ­a preso de sus remordimientos. A media maÃ±ana de aquel dÃ­a sonÃ³ el timbre de casa.

âÂ¿QuiÃ©n es?â preguntÃ³ por el portero automÃ¡tico.

âUna carta certificada. Tiene que firmar.â

El cartero.

Pagliarini descendiÃ³ a la entrada del edificio, firmÃ³, cogiÃ³ el sobre y volviÃ³ a subir a su piso.

El remitente era el Tribunal de Bolonia.

Objeto: aviso de comparecencia.

AbriÃ³ el sobre y descubriÃ³ que deberÃ­a presentarse dentro de dos semanas exactas a las diez y que, si no lograba encontrar un abogado defensor, le serÃ­a suministrado uno de oficio.

DejÃ³ la carta sobre la mesita del salÃ³n, despuÃ©s marcÃ³ el nÃºmero de su abogado defensor.

âMantente en calma y verÃ¡s como saldremos adelante.â

El abogado sabÃ­a ya toda la historia, ya que se la habÃ­a contado por telÃ©fono el mismo Pagliarini al dÃ­a siguiente de ocurrido el accidente.

Me condenarÃ¡n, habÃ­a dicho, no puedo zafarme de ninguna manera.

El abogado habÃ­a intentado, tambiÃ©n esta vez, tranquilizar a su cliente diciÃ©ndole que encontrarÃ­an algo que lo ayudarÃ­a por lo menos a conseguir una pena reducida, e incluso a pagar sÃ³lo una multa. Aunque se daba cuenta que no serÃ­a nada agradable de contar a los parientes de la vÃ­ctima.

Lo conseguiremos, le habÃ­a repetido el abogado, verÃ¡s como lo conseguiremos.

Ahora lo descubrirÃ­an: ese dÃ­a estaba a punto de llegar y Davide Pagliarini estaba muy preocupado, a pesar de las palabras de su abogado.

Quedaron para verse al dÃ­a siguiente y hablar del asunto en privado.

Cuando Pagliarini y el abogado se vieron en la oficina de este Ãºltimo, la primera cosa que hicieron fue un resumen de lo ocurrido.

âHabÃ­a salido de la discoteca. Cuando estaba en la carretera de circunvalaciÃ³n de Bolonia estaba eufÃ³rico, he presionado el pedal del acelerador a fondo, sin percatarme de la velocidad a la que iba. Cuando lleguÃ© a un cruce, donde estaba el semÃ¡foro en verde, golpee a un chaval que estaba atravesando la carretera en el paso de cebra.â

âAquella persona estaba atravesando la carretera a pesar de saber que en aquel momento no habrÃ­a debido hacerlo. El semÃ¡foro del peatÃ³n estaba en rojo, imagino.â

Pagliarini asintiÃ³, esperando que su recuerdo fuese real y no estuviese distorsionado por las drogas.

âAhÃ­ estÃ¡, ves, hemos encontrado un punto a nuestro favor.â

âDe acuerdo,â dijo Pagliarini, âpero Â¿quÃ© hacemos con el hecho de que yo me hubiese puesto a conducir despuÃ©s de haber tomado una de aquellas malditas pastillas? Â¡Maldita sea! No las habÃ­a tomado nunca, me he dejado liar por el tipo de dentro, aquel que me la ha dado. Me ha dicho VerÃ¡s cÃ³mo te sentirÃ¡s mejor y yo me he dejado convencer.â

El abogado meditÃ³ durante un momento.

âLa cuestiÃ³n de la pastilla no le favoreceâ, dijo finalmente, âde todas formas conseguiremos salir de esta. Debe fiarse de mÃ­.â

âÂ¡OjalÃ¡! Â¿QuÃ© debo hacer mientras tanto, estos dÃ­as? Â¿Algo en concreto? Â¿Necesita una declaraciÃ³n mÃ­a?â

âPor ahora no. ContarÃ¡ todo en el tribunal. Intente permanecer tranquilo y verÃ¡ como todo se resolverÃ¡.â

âMe fÃ­o de su experiencia.â

âPerfecto. Ahora vuelva a casa y relÃ¡jese. AparecerÃ© cuando sea necesario.â

âSe lo agradezco infinitamente.â

âDe nada. Es mi trabajo.â

DespuÃ©s de despedirse el abogado comenzÃ³ a pensar en cÃ³mo llevar a cabo este caso en los tribunales, y Davide Pagliarini regresÃ³ a casa. SeguirÃ­a el consejo que le habÃ­an dado: relax absoluto hasta el dÃ­a del juicio.


12



Muy temprano por la maÃ±ana, ese mismo dÃ­a, Mariolina Spaggesi escuchÃ³ el timbre, fue al portero automÃ¡tico y preguntÃ³ quiÃ©n era.

âFlores para usted, seÃ±ora,â fue la respuesta.

âSuba,â dijo la mujer, comenzando a hacer suposiciones sobre el posible remitente del agradable regalo.

Cuando vio al florista con el ramo de flores en la mano, cambiÃ³ de expresiÃ³n.

âE... entre, por favor,â dijo, balbuceando, al hombre que tenÃ­a delante. Le parecÃ­a haberlo visto ya, quizÃ¡s era el florista que no estaba muy lejos de su casa, en la misma calle.

âDÃ©jelas allÃ­ encima.â

El hombre cruzÃ³ el umbral del piso, siguiÃ³ las indicaciones que le habÃ­an dado, se despidiÃ³ rÃ¡pidamente diciendo que tenÃ­a que volver corriendo al negocio porque estaba sÃ³lo y habÃ­a dejado un aviso en la puerta de entrada para hacer comprender a los posibles clientes que volverÃ­a enseguida.

Mariolina Spaggesi cerrÃ³ la puerta y fue rÃ¡pidamente hacia el ramo de flores que le habÃ­an traÃ­do.

Â¿Un ramo de crisantemos?, pensÃ³.

Vio que sobre el papel que envolvÃ­a las flores habÃ­a sido pegado un sobre con las palabras PARA MARIOLINA.

Lo abriÃ³ y dentro encontrÃ³ sÃ³lo una tarjeta de visita de cartÃ³n.



MASSIMO TROVAIOLI

Direttore Marketing

Tecno Italia S.r.l.



La mujer sintiÃ³ que se desmayaba y tuvo que sentarse para evitar que sucediese realmente.

Dio la vuelta a la tarjeta de visita y vio que en la parte de atrÃ¡s estaba escrito Â¡HASTA PRONTO! con un bolÃ­grafo.

DespuÃ©s de unos minutos se levantÃ³ de la silla, cogiÃ³ un vaso y lo llenÃ³ de agua dos veces. SentÃ­a necesidad de beber.

Lo enjuagÃ³, despuÃ©s fue al cuarto de baÃ±o a refrescarse la cara.

Â¿CÃ³mo podÃ­a ser?

Debido a una creencia popular que le habÃ­an transmitido ella habÃ­a asociado siempre los crisantemos con los difuntos, y MÃ¡ximo Trovaioliâ¦

CogiÃ³ el telÃ©fono y marcÃ³ el 091.

âMe persiguenâ¦â consiguiÃ³ decir con esfuerzo cuando alguien le respondiÃ³ desde el otro lado de la lÃ­nea.

âMantenga la calma, seÃ±oraâ dijo el agente que estaba al telÃ©fono, âexplÃ­quese mejor.â

âYoâ¦ Â¡me estÃ¡ persiguiendoâ¦ un muerto!â

âEso es imposible. Â¿EstÃ¡ segura de encontrarse bien?â

âSÃ­. SÃ­, estoy bien,â dijo ella âÂ¡Estoy siendoâ¦ perseguida por un muerto!â, gritÃ³.

âÂ¿DÃ³nde vive?â, preguntÃ³ finalmente el agente intentando cortar la conversaciÃ³n âLe mando a alguien.â

La mujer dio su direcciÃ³n y concluyÃ³ la llamada pidiendo que se diesen prisa.

Cuando llegaron los dos patrulleros encontraron a Mariolina Spaggesi presa del pÃ¡nico.

âIntente tranquilizarse, seÃ±ora. QuerrÃ­amos que nos contase con tranquilidad que estÃ¡ ocurriendoâ, explicÃ³ uno de los dos agentes.

La mujer les contÃ³ lo del sobre recibido algunos dÃ­as atrÃ¡s y lo de las flores entregadas esa maÃ±ana.

âÂ¿QuiÃ©n es Massimo Trovaioli?â, preguntÃ³ un agente.

âMi Ãºltimo ex.â

âÂ¿Ãl podrÃ­a tener algo en su contra? Cuando se han separado Â¿ha sucedido de mala manera?â

âÃl estÃ¡â¦ Â¡muerto!â gritÃ³ la mujer. âÃl es elâ¦ muertoâ¦ Â¡que me persigue!â

La seÃ±orita Spaggesi continuaba gritando, parÃ¡ndose siempre sobre la palabra muerto cada vez que la pronunciaba.

âPerdÃ³nenos,â dijo el otro agente, âNo nos queda todavÃ­a claro este punto. Nos debe disculpar. Lo sentimos.â

âNo pasa nadaâ respondiÃ³ la mujer despuÃ©s de un momento de silencio en el cual intentÃ³ tranquilizarse.

âÂ¿Ha visto quiÃ©n le ha traÃ­do estas flores?,â le preguntaron cuando los dos agentes estuvieron seguros que habÃ­a pasado el peor momento.

âParecÃ­aâ¦ el floristaâ¦ aquel que estÃ¡ calle abajo, en la vÃ­a San Vitale, pero no estoy segura. Cuando estoy por ahÃ­ fuera camino siempre deprisa y no me fijo mucho en las tiendas.â

âLo comprobaremos,â le asegurÃ³ uno de los patrulleros, volviÃ©ndose hacia su compaÃ±ero con una mirada de complicidad. âMientras tanto, usted debe permanecer tranquila. Â¿Nos lo promete?â

âLo intentarÃ©,â respondiÃ³ la mujer. âLo intentarÃ©.â

âBien. Nosotros nos pondremos a ello inmediatamente para echar un poco de luz sobre este asunto. Probablemente sea un malentendido.â

âTengo miedo,â dijo la seÃ±orita Spaggesi, âHaced algo, por favor,â les implorÃ³, como si no hubiese escuchado las Ãºltimas palabras de los agentes.

âTranquilÃ­cese y beba un vaso de agua fresca.â

El agente mÃ¡s cercano al grifo del agua cogiÃ³ un vaso que encontrÃ³ al lado, lo llenÃ³ con agua y se lo dio a la mujer.

âBeba a sorbitos y verÃ¡ como le ayuda a sentirse mejor.â

La mujer bebiÃ³ siguiendo el consejo y, mientras permanecÃ­a sentada, preguntÃ³ si no serÃ­a un problema, para los dos agentes, si ella no los acompaÃ±aba hasta la puerta.

âNo hay problema, seÃ±ora.â

Mariolina Spaggesi quedÃ³ sola, sentada e inmÃ³vil, pensando en todo lo que habÃ­a ocurrido, confortada por las palabras de los dos agentes: ellos se ocuparÃ­an del problema, esperaba que lo resolviesen.

Cuando los dos agentes, siguiendo las indicaciones de la seÃ±orita Spaggesi, llegaron al negocio de flores, encontraron un aviso en la puerta: VUELVO ENSEGUIDA.

Aquel que parecÃ­a ser el dueÃ±o llegÃ³ con paso rÃ¡pido, acelerando en los Ãºltimos metros al ver a dos agentes de policÃ­a esperando.

âÂ¿Me buscabais?â preguntÃ³, âÂ¿Os puedo ayudar, ha sucedido algo?â

âÂ¿Podemos entrar?â, dijo uno de los dos agentes.

âPor favor, por favor, faltarÃ­a mÃ¡s.â

El hombre abriÃ³ la puerta de cristal e hizo sentar a los dos agentes en el interior.

âPor favor, decidme. Â¿QuÃ© ha sucedido? Yo no os he llamado. No me han robado nada.â

âNo estamos aquÃ­ por esa razÃ³nâ le interrumpiÃ³ un agente.

âExplicaos.â

âUna persona dice que ha recibido un ramo de flores de un muertoâ, comenzÃ³ a contar el agente con mÃ¡s aÃ±os de carrera en la policÃ­a.

âImposibleâ, dijo el florista, âLos muertos no mandan flores a nadie.â

âDice tambiÃ©n que se las llevÃ³ usted o una persona que trabaja con usted.â

La mirada del hombre se volviÃ³ mÃ¡s sombrÃ­a.

âNo entiendo a dÃ³nde querÃ©is llegar.â

âQueremos solo comprender quÃ© ha sucedido,â explicÃ³ el agente mÃ¡s joven. âEstÃ¡ persona estÃ¡ realmente aterrorizada.â

âÂ¿CuÃ¡ndo habrÃ­a sucedido?â

âHace poco tiempoâ¦ un par de horas.â

âDejadme pensar un momento.â

El florista hizo una pequeÃ±a pausa, a continuaciÃ³n volviÃ³ a hablar.

âYo trabajo solo, no tengo ayudantes ni nada parecido aquÃ­. No me los puedo permitir. Hago yo todo: recibo a los clientes, les sirvo y, si es preciso, llevo los pedidos a domicilio.â

âCuando hemos llegado a aquÃ­, usted no estaba. Â¿Estaba con una entrega?â

âObviamente.â

âNada es obvio en nuestro trabajo,â dijo un agente, como para dar a entender que no estaban haciendo una visita de cortesÃ­a.

âExcusadmeâ, dijo el hombre, âClaro, sÃ­, me habÃ­a ausentado diez, quince minutos quizÃ¡s, para llevar un encargo.â

âDe acuerdo. Â¿Ahora nos puede decir si ha hecho una entrega hace mÃ¡s o menos dos horas?â

DespuÃ©s de una pausa, el florista respondiÃ³: âCreo que sÃ­. Era una seÃ±ora, quizÃ¡s una seÃ±orita. No le sabrÃ­a decir con exactitud: no indago sobre la vida privada de mis clientes. De todas formas, era una mujer.â

âÂ¿Recuerda el nombre?â

âNo, lo siento.â

âPiÃ©nseselo bien. Reflexione un momento. Esta informaciÃ³n puede sernos de utilidad.â

âOs lo confirmo. No me acuerdoâ, dijo despuÃ©s de un minuto, âPor desgracia veo muchas personas durante el dÃ­a y a menudo no me acuerdo de los nombres.â

âDa lo mismo,â le asegurÃ³ el agente. âÂ¿Se acuerda por lo menos quiÃ©n le ha encargado el pedido?â

âUn hombre. SÃ­, era un hombre.â

âÂ¿SabrÃ­a decirnos algÃºn otro detalle?â

âMmmâ¦ elegante. Era un hombre elegante.â

âÂ¿Alguna cosa mÃ¡s?â

âDebo pensarlo. Sabed, esta persona llegÃ³ ayer por la noche mientras estaba a punto de cerrar el negocio, por lo que ha pasado algo de tiempo.â

âNo se preocupe, tendrÃ¡ todo el tiempo que necesite. Si le viene algo a la memoria no dude en informarnos.â

âLo harÃ©,â dijo el hombre a modo de despedida. âAhora, si no os molesta, tengo cosas que hacerâ, aÃ±adiÃ³ viendo que entraba una mujer en la tienda.

âPor favor, hÃ¡galo, los clientes son lo primero. ExcÃºsenos por la molestia.â

Los dos agentes dejaron la floristerÃ­a y se marcharon por debajo del pÃ³rtico en direcciÃ³n a las Dos Torres.

âEste hombre no nos dice la verdad,â dijo el agente mÃ¡s viejo, âCreo que nos estÃ¡ ocultando algo.â

âYo tambiÃ©n lo creo,â dijo el otro, âpero no sabrÃ­a decir el quÃ©.â


13



La primera audiencia en la que participÃ³ Davide Pagliarini, por haber embestido al niÃ±o en la carretera de circunvalaciÃ³n de Bolonia, fue bastante embarazosa para Ã©l. Fueron expuestos los hechos y, a continuaciÃ³n, el culpable fue interrogado delante del juez.

DespuÃ©s de las preguntas del abogado de la acusaciÃ³n particular y de las del defensor, desde el pÃºblico se escuchÃ³ un âÂ¡AvergÃ¼Ã©nzate!â gritado con tanta fuerza que resultÃ³ estridente.

Pagliarini empalideciÃ³ y quedÃ³ paralizado en la silla, sin saber de quÃ© parte mirar; le habrÃ­a gustado hundirse, desaparecer, y no encontrarse en aquel lugar en ese momento.

DespuÃ©s de un instante, se girÃ³ hacia su abogado y, sin mediar palabra, su mirada le dijo Â¿quÃ© debo hacer?; el otro, sin abrir la boca, respondiÃ³ con una mirada interrogativa, ya que ni siquiera Ã©l sabÃ­a que serÃ­a mejor: seguramente no dar importancia a lo ocurrido, considerando la reacciÃ³n que habÃ­a tenido lugar, harÃ­a que la situaciÃ³n fuese menos problemÃ¡tica, antes que mostrar la vergÃ¼enza requerida por la persona que habÃ­a tenido el valor de dar ese grito en pÃºblico en el interior del aula de un tribunal.

Finalmente, Pagliarini se levantÃ³ de la silla usada para los interrogatorios y fue hacia su abogado andando lentamente, pero sin mostrar signos de hacer entender al anÃ³nimo chillÃ³n de haber dado en el blanco.

La audiencia finalizÃ³ sin una resoluciÃ³n definitiva, a la espera de otra sesiÃ³n.

El abogado escoltÃ³ a su asistido hasta la salida para evitarle episodios desagradables similares al que habÃ­a ocurrido en la sala, entonces le dijo que se verÃ­an de nuevo en breve para decidir cuÃ¡l lÃ­nea de defensa seguir en la siguiente audiencia.



El inspector Zamagni y el agente Finocchi fueron juntos a hablar con el empresario que habÃ­a contratado a Lucia Mistroni.

La muchacha trabajaba en la Piazzi & Co. como empleada de oficina y se ocupaba de la contabilidad.

Cuando hablaron en la recepciÃ³n, a los dos los hicieron sentar en butacas de piel que estaban enfrente del mostrador y, pocos minutos mÃ¡s tarde, los recibiÃ³ el titular de la empresa.

Era un hombre de unos cincuenta aÃ±os, de aspecto sencillo y con modales ni agresivos ni arrogantes, que se mostrÃ³ feliz de ayudar a los funcionarios de policÃ­a en el desempeÃ±o de sus funciones.

âÂ¿De quÃ© os ocupÃ¡is?â preguntÃ³ Zamagni

âImportaciÃ³n-exportaciÃ³n de artÃ­culos diversos.â dijo el hombre.

âÂ¿Y la seÃ±orita Mistroni trabajaba con vosotros desde hacÃ­a mucho tiempo?â

âNo recuerdo exactamente, pero aproximadamente algunos aÃ±os.â

Zamagni e Finocchi asintieron.

âÂ¿SegÃºn usted, cÃ³mo era la relaciÃ³n de la muchacha con sus otros colegas?â

âPor cuanto yo sÃ©, buena. Desde este punto de vista me siento afortunado: parece ser que todos los trabajadores contratados de esta empresa se llevan bien, hay un clima muy relajado.â

âComprendoâ, dijo el inspector.

âÂ¿Nos sabrÃ­a decir si, por casualidad, la seÃ±orita Mistroni tuviese problemas fuera del trabajo?â preguntÃ³ el agente Finocchi, âQuiero decir algÃºn episodio del pasado del que la muchacha hubiese hablado con usted o con otra persona.â

Â«Siempre fue una persona bastante reservada.Â»

âÂ¿Y entre sus colegas no hay ninguno con quien tuviese una relaciÃ³n confidencial?â

âMe llegÃ³ la noticia de que se habÃ­a prometido con un ex dependiente nuestro pero que, hasta hace un mes, trabajaba aquÃ­. No me parece que hubiese otras personas con las que tuviese una relaciÃ³n de confianza.â

Zamagni y Finocchi se intercambiaron una mirada: Paolo Carnevali no les habÃ­a dicho nada parecido y quizÃ¡s tendrÃ­an que profundizar sobre este tema.

Intuyendo que, al menos aparentemente, aquella charla no les estaba llevando a ninguna parte, los dos agradecieron al hombre su paciencia, Zamagni intercambiÃ³ con Ã©l la tarjeta de visita, y despuÃ©s salieron.


14



A la maÃ±ana siguiente Zamagni recibiÃ³ una llamada de la PolicÃ­a CientÃ­fica para darle informaciÃ³n adicional sobre Lucia Mistroni: anÃ¡lisis hechos en profundidad habÃ­a revelado una cantidad nada despreciable de melatonina y, cuando el inspector pidiÃ³ explicaciones, su interlocutor le dijo que se trataba de un sedante, para conciliar el sueÃ±o, pero que en dosis excesivas podÃ­a dar lugar a algunas contraindicaciones, entre las que se encontraban los mareos.

âPor lo tanto la muchacha podrÃ­a haber tomado por voluntad propia demasiados comprimidos de esta sustancia, golpearse la cabeza y morir.â

âSÃ­. En realidad es posible otra hipÃ³tesis.â

âÂ¿CuÃ¡l?â

âHay melatonina en gotas. Si de verdad la seÃ±orita Mistroni conocÃ­a a su asesino, este Ãºltimo, no pareciendo sospechoso, podrÃ­a haber puesto una cantidad excesiva de gotas en una bebida, la muchacha ha bebido yâ¦ Â¡patatrac! â

âNo podemos excluir esta posibilidad. La tendrÃ© en cuenta, gracias.â

Terminada la conversaciÃ³n telefÃ³nica Zamagni fue en busca de Marco Finocchi para informarle de las Ãºltimas noticias recibidas.

âParece que el caso se estÃ¡ complicando cada vez mÃ¡s,â dijo el agente.

El inspector asintiÃ³.

âÂ¿Y si la muchacha, por algÃºn motivo, estuviese cansada de cÃ³mo le iban las cosas? Por algÃºn motivo desconocido podrÃ­a haber deseadoâ¦â

âÂ¿Suicidarse?â

âSÃ­.â

âÂ¿Sin dejar ni siquiera una nota con alguna explicaciÃ³n sobre ello?â

Ambos quedaron pensativos, asÃ­ que Zamagni dijo, aunque de mala gana: âQuizÃ¡s deberÃ­amos volver al principio.â

âÂ¿En quÃ© sentido?â

âVolver sobre nuestros pasos, interrogar de nuevo a todos e intentar revaluar cada elemento que tenemos en nuestro poder, ahora que sabemos lo de la melatonina.â

âYa entiendoâ, dijo Finocchi.

âNo hay tiempo que perder,â le exhortÃ³ el inspector, âReseteemos y partamos de cero.â




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