Morrigan
Laura Merlin






LAURA MERLIN



MORRIGAN

LA VENGANZA DE LA DIOSA.



Traducido por: MarÃ­a JosÃ© Gomes Angelone

Editor: Tektime


Para quienes tanto quiero.

FÃ­sicamente distantes.

Espiritualmente cercanos.


âElla es la luz que me guÃ­a

hacia mi destino incierto.

Ella me dice que no tenga miedo

y tome sus manos.

Ella es muerte, es vida

Â¡mi Diosa Morrigan!

(Trovar de Muerte- Morrigan)




1

LA PESADILLA


Alguien me estÃ¡ siguiendo.

A mi alrededor solo hay enormes extensiones de praderas sin cultivar.

El viento soplaba tan fuerte que lo podÃ­a sentir cortÃ¡ndome la piel. BajÃ© la mirada. En ese momento vestÃ­a solamente un camisÃ³n blanco de seda. Estaba consciente de que era un sueÃ±o, pero tambiÃ©n sabÃ­a que mis sueÃ±os nuca habÃ­an sido normales.

AvancÃ© algÃºn pasado sin dejar de mirar hacia atrÃ¡s.

âSofÃ­aâ, parecÃ­a gritar el viento.

âÂ¡SofÃ­a!â

Me di vuelta. Un enorme cuervo negro planeaba, dirigiÃ©ndose directamente hacia mi cabeza.

Un escalofrÃ­o me recorriÃ³ la espalda y comencÃ© a correr.

Escuchaba batir sus alas cada vez mÃ¡s cerca.

Me volteÃ©, esperando no encontrar al cuervo pronto a lanzarse en picada como si fuera su presa, pero se me bloqueÃ³ la respiraciÃ³n.

Una figura difusa me observaba inmÃ³vil.

Solo los largos cabellos rojos como el fuego y el largo vestido color pÃºrpura eran movidos por el viento.

Â¿QuiÃ©n diablos era?

Â¿Por quÃ© sentÃ­a tanto miedo?

Â¡Y ademÃ¡s, en mi sueÃ±o!

ComencÃ© a sentir mucho cansancio en las piernas, pero no podÃ­a detenerme. No habÃ­a ningÃºn escondite cercano. Por fortuna era tal la descarga de adrenalina que me producÃ­a el terror, que hubiera podido correr quilÃ³metros sin sentir dolor.

Al rato, a lo lejos, divisÃ© la figura de lo que parecÃ­a ser mi casa.

Solo parecÃ­a, en realidad, porque cuÃ¡nto mÃ¡s me acercaba me daba cuenta de que era otra cosa.

No lograba entender quÃ© era.

El cuervo se encontraba a poca distancia de mÃ­ y sentÃ­a su graznido furioso encima de mi cabeza. NotÃ©, con estupor, que aquel pajarraco hablaba.

âDetente, SofÃ­a, no te harÃ© daÃ±oâ

EscuchÃ© aquellas palabras tan cercanas, que pensÃ© que tal vez solo las habÃ­a imaginado en mi mente. DespuÃ©s de todo, en los sueÃ±os, tambiÃ©n los animales pueden hablar.

OjeÃ© velozmente a mis espaldas, para ver dÃ³nde se encontraba.

DetrÃ¡s de mÃ­, la nada, ni siquiera el espectro de mujer que habÃ­a visto con anterioridad. Solo quedaba el viento sobre la pradera, que hacÃ­a doblar las espigas con su furia.

LogrÃ© llegar a la puerta. EmpujÃ© para ver si estaba abierta y agradecÃ­ a la diosa Fortuna por haberse acordado de mi existencia.

Se abriÃ³ sin ningÃºn esfuerzo.

Apenas puse un pie dentro de casa, me abrazÃ³ una sensaciÃ³n de vacÃ­o. Algo me decÃ­a que todo estaba mal. Los pisos, generalmente de cerÃ¡micas color rosa claro, estaban sucios y llenos de hojas. Los muebles no existÃ­an. HabÃ­a solamente un piano de cola negro, tan lÃºcido y limpio que la Ãºnica cosa que se podÃ­a distinguir sin problema, ademÃ¡s de las teclas blancas, era la marca escrita con caracteres grandes y en color oro.

Me acerquÃ© tentada por el deseo de tocar, pero las teclas comenzaron a moverse solas.

Me detuve, petrificada por el miedo.

Por algunos instantes ni siquiera respirÃ©, escuchaba las notas en silencio. Una melodÃ­a desconocida, oscura e hipnÃ³tica al mismo tiempo, como si el pianista fantasma quisiera resaltar que habÃ­a caÃ­do en una verdadera y profunda pesadilla.

Mientras la mÃºsica sonaba, comencÃ© a entrever una figura de mujer sentada delante del teclado del instrumento, totalmente concentrada en tocar. BatÃ­ los pÃ¡rpados un par de veces, hasta lograr ver la figura con claridad.

Â¡No lo podÃ­a creer! Era el espectro que me habÃ­a estado siguiendo un momento antes.

Sus facciones me eran extraÃ±amente familiares. Los largos cabellos rojos y ondulados le caÃ­an por debajo de los hombros y usaba, tambiÃ©n ella, un camisÃ³n blanco de seda. TenÃ­a la total convicciÃ³n de que la conocÃ­a. ForcÃ© cada pequeÃ±a neurona de mi cerebro para recordar dÃ³nde la habÃ­a visto.

âÂ¿QuiÃ©n eres?â âÂ¿Por quÃ© me sigues?â, logrÃ© preguntar tratando de esconder el terror en mi voz. âÂ¿QuÃ© quieres de mÃ­?â

La muchacha comenzÃ³ a tocar y a reÃ­r como si hubiera dicho algo divertido.

Lentamente se volviÃ³ hacia mÃ­, se puso de pie y en un instante me encontrÃ© cara a cara conâ¦

Â¡No, no podÃ­a ser!

Con seguridad tenÃ­a la vista nublada.

CerrÃ© los ojos tratando de aclarar las ideas, pero cuando los abrÃ­ me di cuenta que habÃ­a visto bien.

Estaba escapando de mÃ­ misma.

âHola SofÃ­a, Â¿me reconoces?â, dijo mi otro yo.

âNo lo logro entender. Â¿Por quÃ© estoy hablandoâ¦Y sÃ­, con una especie de mÃ­ misma?â

âEsto es verdad, yo soy tu otra mitad. Ahora tengo poco tiempo para explicÃ¡rtelo y me tienes que escuchar. EstÃ¡s en peligro, te estÃ¡n buscando. Sabe quiÃ©n eres y tambiÃ©n Ã©l te necesitaâ.

HablÃ³ de una manera tan rÃ¡pida que casi no entendÃ­ lo que dijo.

âNo, esperaâ la frenÃ© desconcertada. Â¿QuÃ© quieres decir con âtambiÃ©n Ã©l te necesitaâ?

âTÃº eres la tercera divinidad, debes ayudarnos a vencer a quien nos estÃ¡ quitando todas las libertadesâ. Su tono era desesperado. âÃl te estÃ¡ buscando para matarte, porque sabe que sin ti, el poder de Morrigan no puede salir a luzâ.

La cabeza me daba vueltas, ya no entendÃ­a nada.

El flujo de mis pensamientos se frenÃ³ de golpe y decidÃ­ que debÃ­a saber todo lo que fuera posible sobre aquello. âÂ¿QuÃ© es el poder de Morrigan?â No logro entender, Â¿quÃ© debo hacer? Â¿CÃ³mo podrÃ­a salvarte?â.

âTendremos tiempo de explicar todo cuando te nos unasâ. Su voz asumiÃ³ un tono grave. âTu tiempo en la tierra se terminÃ³. Debes unirte a nosotros, SofÃ­aâ.

La otra âyoâ moviÃ³ los ojos de improviso como si hubiera percibido la presencia de alguien que no debÃ­a estar allÃ­. ComenzÃ³ a agitarse y a mirar a su alrededor preocupada.

âMaldiciÃ³n, me han descubiertoâ, imprecÃ³. âLa Diosa te quiere, tu destino ya estÃ¡ escrito. No puedes cambiar el curso de los acontecimientos. Â¡SÃ¡lvanos!â.

PronunciÃ³ estas palabras con tal intensidad y violencia que parecieron cuchillas cortantes. Me golpeÃ³ en lo profundo del alma y entendÃ­ que quizÃ¡s no fuera solo un terrible y simple sueÃ±o: era algo real que habrÃ­a de cambiar en forma drÃ¡stica mi vida.

Hubiera querido suplicarle que se quedare y me explicara mejor lo que sucedÃ­a, pero apenas intentÃ© abrir la boca para hablar, detrÃ¡s de la muchacha se materializÃ³ una figura.

No era una figura clara, podÃ­a ver solo sus contornos difuminados. La Ãºnica cosa que podÃ­a ver con claridad eran sus ojos, dos intensos ojos negros como la noche que me paralizaron de pies a cabeza.

No querÃ­a seguir allÃ­ ni un minuto mÃ¡s, tenÃ­a que salir de ese sueÃ±o costara lo que costara. Solo que me encontraba bloqueada en aquella dimensiÃ³n.

GritÃ© a boca abierta y la sombra de aquella figura desconocida se acercaba cada vez mÃ¡s. Una risa profunda sonÃ³ en mis oÃ­dos. âSerÃ¡s mÃ­a, SofÃ­a, ya no hay manera de escaparâ, gritÃ³ la sombra.

âAlÃ©jate de mÃ­â gritÃ© âquiero irme de aquÃ­â, y de repente parpadeÃ© y me sobresaltÃ© en la cama.

Estaba sudando, tenÃ­a la frente perlada por el sudor. Inmediatamente mirÃ© a mi alrededor. Afortunadamente estaba en mi habitaciÃ³n. CerrÃ© los ojos y las imÃ¡genes de aquella pesadilla pasaron por mi mente una a una, como si fuera la sÃ­ntesis veloz de una pelÃ­cula.

Un aliento de aire helado rozÃ³ mi piel aÃºn humedecida.

Alguien me observaba. TenÃ­a la total sensaciÃ³n de tener aquellos ojos negros encima de mÃ­, pero no podÃ­a ver a nadie.

El corazÃ³n comenzÃ³ a latirme a mil.

SentÃ­ pasos cada vez mÃ¡s cerca, y comencÃ© a repetirme que no podÃ­a ser, que el sueÃ±o no podÃ­a volverse realidad.

Algo saltÃ³ a la cama. SofoquÃ© un grito con mis manos y llevÃ© mis rodillas al pecho con de golpe.

âAde, casi me matasâ, dije a mi bola de pelos de color miel. ComencÃ© a mimar a mi perro que mientras se habÃ­a hecho un ovillo a mi lado.

DecidÃ­ concentrarme en Ã©l sin dejar de acariciarlo para relajarme. A la maÃ±ana siguiente habrÃ­a analizado si preocuparme o no por la pesadilla. Mientras tanto tratarÃ­a de dormir un poco mÃ¡s, pero el miedo de volver a caer en aquella horrible fantasÃ­a era demasiado.

De una cosa estaba segura, las terribles sensaciones que habÃ­a experimentado no me dejarÃ­an, es mÃ¡s, hubiera podido apostar que con el pasar del tiempo aumentarÃ­an.




2

LA ANCIANA


Me habÃ­a quedado despierta casi toda la noche. El sueÃ±o de la noche anterior me habÃ­a dejado una extraÃ±a sensaciÃ³n. SentÃ­a terror de que todo aquello pudiera ser verdad, y no solo fruto de mi mente retorcida.

Me levantÃ© y me sentÃ© en el borde de la cama. RespirÃ© hondo, tres, cuatro veces, hasta que logrÃ© sentirme un poco mÃ¡s tranquila.

Me arrastrÃ© hasta el armario. TomÃ© unos pantalones cortos y negros, y la primera remera que me cayÃ³ en mano.

Me mirÃ© al espejo. Estaba pÃ¡lida, dos ojeras oscuras indicaban que no habÃ­a descansado bien, y mis cabellos indicaban lo mismo.

Por primera vez parecÃ­a tener algÃºn aÃ±o mÃ¡s. Estaba acostumbrada a que me dijeran que parecÃ­a menor: nunca nadie me daba 18 aÃ±os. DespuÃ©s de todo tenÃ­an razÃ³n. Ni yo me darÃ­a la edad que tenÃ­a, pero aquella maÃ±ana parecÃ­a tenerla.

Me pasÃ© una mano por la cara, como si con aquel gesto hubiera podido borrar todos mis pensamientos.

TomÃ© el maquillaje y comencÃ© con la restauraciÃ³n.

âA nosotras dos, desconocidaâ, amenacÃ© a mi reflejo con el cepillo de maquillar. âVeremos quiÃ©n quedarÃ¡ mejorâ.

GanÃ© yo. Mis cabellos volvieron a ser lacios y los recogÃ­ en una cola de caballo, la base cubriÃ³ las ojeras y con el lÃ¡piz negro le di un toque de color a mis ojos cansados.

En realidad el maquillaje no era necesario, ya que aquella maÃ±ana solo debÃ­a de ir a hacer un poco de jogging, antes de ponerme a hacer alguna cosa, pero sentÃ­a necesidad de Ã©l.

Y sentÃ­a necesidad tambiÃ©n de tirarme el tarot.

Era una costumbre. Cada vez que sentÃ­a una duda o incerteza tomaba las cartas para ver quÃ© me aconsejaban hacer.

Esto, de cierta manera, me hacÃ­a sentir mÃ¡s tranquila.

AtravesÃ© la habitaciÃ³n de dos grandes pasos, tomÃ© el mazo de cartas del cajÃ³n cercano a la cama y me sentÃ© en el piso con las piernas cruzadas.

Me concentrÃ© y mezclÃ© las cartas con cuidado, tratando de vaciar la mente. CortÃ© el mazo, lo recompuse en uno y suspirÃ©.

Luego a media voz dije: âÂ¿CÃ³mo puedo entender el sueÃ±o de anoche? Â¿QuÃ© sucederÃ¡ ahora?â.

Era una pregunta un poco absurda de realizar: generalmente preguntaba cÃ³mo me debÃ­a comportar, si debÃ­a hacer alguna cosa determinada, o pedÃ­a un consejo sobre algÃºn trabajo o alguna idea. No querÃ­a y nunca habrÃ­a usado el tarot para tratar de leer mi futuro. Iba contra mi convicciÃ³n de que los verdaderos creadores del destino somos nosotros mismos, y nadie puede tener la certeza de lo que sucederÃ¡ maÃ±ana.

Aquella maÃ±ana, sin embargo, la pregunta habÃ­a surgido de manera espontÃ¡nea. SaquÃ© tres cartas del mazo y las apoyÃ© sobre el piso, una al lado de la otra.

Di vuelta la primera, como si leyera un libro, luego la segunda y finalmente la tercera.

ParpadeÃ© e me quedÃ© mirÃ¡ndolas fijamente, sosteniendo la respiraciÃ³n.

Â¡Tres arcanos mayores!

Tres cartas de un cierto peso, pues son aquellas con mayor influencia mÃ¡gica.

El loco, arcano nÃºmero cero.

La muerte, el dÃ©cimo tercer arcano.

La torre, el dÃ©cimo sexto arcano.

En pocas palabras, significaban un cambio inesperado en mi vida, un nuevo camino por recorrer.

Esto no me dejaba nada tranquila. RecogÃ­ las cartas y notÃ© que me temblaban las manos.

La Ãºltima cosa que hubiera querido en aquel momento, era un cambio drÃ¡stico en mi vida. Me gustaba asÃ­, ordinaria, regular, sin mayores sobresaltos.

Ya habÃ­a tenido bastante con un muchacho llamado Michel.

HabÃ­amos salido alguna vez. Me encantaban sus ojos, almendrados, como los de un pequeÃ±o ciervo perdido, y a sus cabellos negros y suaves. TenÃ­a aires de niÃ±o y juntos nos divertÃ­amos mucho. Estaba bien con Ã©l, pero despuÃ©s de un tiempo me di cuenta de que aquello que sentÃ­a era una fuerte amistad y nada mÃ¡s.

DecidÃ­ terminar con aquella historia esperando que antes o despuÃ©s entendiera mi decisiÃ³n.

Â¡Me equivocaba por completo!

Ãl me amaba y era de esos amores locos que te llevan a hacer locuras. Aquello que te hace creer que para siempre no es solo una ilusiÃ³n, sino algo real, posible.

Pero es tambiÃ©n aquello que, cuando te corta las alas, te hace caer, cada vez mÃ¡s bajo, en el corazÃ³n de los infiernos.

Y fue lo que Ã©l sintiÃ³.

La obsesiÃ³n lo cegÃ³, y pasaba de momentos de rabia en los que me ofendÃ­a y blasfemaba en mi contra, a momentos de tranquilidad y depresiÃ³n, en los que habrÃ­a hecho de todo por volver.

Â¡Le tenÃ­a miedo! Tanto que, cuando salÃ­a, trataba de no estar nunca sola.

PodrÃ­a parecer una exageraciÃ³n, pero de verdad me daban miedo sus reacciones.

BajÃ© los hombros y de un salto me parÃ©. BajÃ© las escaleras corriendo, y me puse mis Converse negros y rosados.

Me dirigÃ­ al parque, aunque el dÃ­a no fuera de los mejores, el cielo estaba oscuro, por algunas nubes amenazantes de lluvia, sin embargo los treinta grados que habÃ­a se hacÃ­an sentir mucho.

EncendÃ­ el Ipod, me coloquÃ© los auriculares y dejÃ© correr mi playlist. TenÃ­a la desesperada necesidad de escuchar alguna mÃºsica que me cargara de energÃ­a, elegÃ­ a Queen con Princes of de Universe.

Al llegar a la entrada del parque, comencÃ© a correr.

Me gustaba aquel lugar, me daba alegrÃ­a incluso en los dÃ­as negros como aquel. ParecÃ­a que allÃ­ nunca se podrÃ­a terminar con el verde de los Ã¡rboles y el pasto tan bien cuidado.

Aquella maÃ±ana habÃ­a muy pocas personas. ComÃºnmente, en junio, se podÃ­an encontrar muchos niÃ±os paseando con los abuelos, incluso a las 8 de la maÃ±ana. En cambio era como si aquel dÃ­a todos se hubieran quedado en casa y solo yo hubiera tenido la loca idea de salir.

Esto no me gustaba nada.

LleguÃ© a la zona mÃ¡s alejada y bella del parque, donde corrÃ­a un pequeÃ±Ã­simo rÃ­o, atravesado por un puente de madera, muy bien conservado.

Respiraba hondo aquel dulce perfume de agua y tierra mojada, cuando un rumor extraÃ±o llamÃ³ mi atenciÃ³n.

Me saquÃ© los auriculares para escuchar mejor.

ParecÃ­an llantos.

Me detuve y mirÃ© un poco a mi alrededor. Con el dorso de la mano me sequÃ© el sudor de la frente y di algÃºn paso mÃ¡s hacia adelante, siempre escuchando desde dÃ³nde venÃ­a aquel ruido.

Y la vi.

Era una viejita de rostro dulce, y con los cabellos recogidos ordenadamente en un moÃ±o. Estaba llorando, triste por algo que no sabÃ­a.

âSeÃ±ora, Â¿todo bien?â preguntÃ©, avanzando algÃºn paso con lentitud.

A su lado habÃ­a un cesto con ropa, simplemente estaba lavando la ropa en el rÃ­o.

SentÃ­ curiosidad y temor, al mismo tiempo, sin saber por quÃ©. DespuÃ©s de todo, era solo una seÃ±ora anciana, demasiado triste y sola.

âÂ¿SeÃ±ora?â intentÃ© de nuevo, con un tono mÃ¡s dulce, dado que no parecÃ­a haber notado mi presencia.

Estaba muy cerca, y podÃ­a ver lo que tenÃ­a entre sus manos.

En un primer momento pensÃ© que podÃ­a ser ropa de su probable difunto marido. En cambio, mirando bien, me di cuenta que sostenÃ­a una remera demasiado pequeÃ±a para ser usada por un hombre, y muy juvenil como para que fuera suya.

AgudicÃ© la vista, para ver mejor, y dos cosas me paralizaron la respiraciÃ³n.

HabÃ­a un dibujo en aquella remera blanca, una simple mariposa rosada. BajÃ© la vista y vi que era la misma que llevaba puesta yo.

Â¡No tenÃ­a sentido!

Â¿AÃºn dormÃ­a?

Â¿Pero cuÃ¡ndo me habÃ­a dormido?

No, estaba despierta y consciente. Desgraciadamente.

La viejita estaba concentrada en su trabajo, empeÃ±ada en quitar una mancha.

Una mancha rojiza e irregular.

Me relajÃ© un segundo. Tal vez era de una nieta, la habÃ­a ensuciado y la abuela la estaba lavando.

Pero, Â¿por quÃ© lloraba?

Mis ojos se detuvieron en el color escarlata del agua que bajaba. Â¿PodÃ­a ser una mancha de sangre fresca? Justo a la altura del lado derecho.

Mi fantasÃ­a viajaba de manera demasiado veloz. Â¡Era todo muy absurdo para ser verdad!

La abuelita se dio vuelta y me fijÃ³, con dos ojos de hielo que parecÃ­an implorarme que la entendiera.

âLo lamentoâ.

âÂ¿Por quÃ©, seÃ±ora?â, tratÃ© de preguntar en un tono calmo, âÂ¿QuÃ© sucediÃ³? Â¿Por quÃ© hay toda esa sangre?â

âLo entenderÃ¡sâ¦prontoâ¦lo sientoâ, y volviÃ³ a su tarea, siempre llorando y dejando que las lÃ¡grimas le recorrieran el rostro, ya surcado por las arrugas.

Hubiera querido consolarla, continuar hablando, preguntarle mÃ¡s, pero apenas abrÃ­ la boca, sentÃ­ el ladrido de un perro.

Me di vuelta y lo vi allÃ­, a dos pasos de mÃ­. Un lobo, de manto negro como la noche, me ladraba.

SentÃ­ un segundo de temor por la seÃ±ora, y me girÃ© para advertirla, pero ya no estaba allÃ­, ni elle ni el cesto de la ropa.

El corazÃ³n me dio un salto, Â¡no podÃ­a haberme imaginado todo!

Mientras tanto el lobo avanzÃ³ hacia mÃ­ y me apoyÃ³ el hocico en la mano, para llamar mi atenciÃ³n.

Hizo que le acariciara la cabeza y luego saltÃ³ hacia la zona noreste del parque, la zona a la cual iban las parejas para estar tranquilas.

En efecto, era un lugar bastante apartado, con grandes sauces llorones, que podÃ­an crear un perfecto escondite.

Yo nunca habÃ­a ido, porque me parecÃ­a un lugar peligroso.

Las dudas de mi cabeza se desvanecieron, cuando escuchÃ© gritos que provenÃ­an desde allÃ­ y, sin pensarlo, corrÃ­ detrÃ¡s del lobo.

DespuÃ©s de un par de metros, lleguÃ©. Los gritos eran mÃ¡s fuertes y podÃ­a oÃ­r voces. RetirÃ© unas ramas de sauce y pude ver toda la escena.

âEres solo una pequeÃ±a molestiaâ, gritÃ³ la chica de cortos cabellos rubios, que le caÃ­an todos a un lado.

âNo, te lo ruego, dÃ©jame ir. No he hecho nadaâ

MirÃ© hacia el lugar del que provenÃ­a esa voz.

Era una muchacha simple, con cabellos desordenados de color castaÃ±o que le caÃ­an sobre los hombros.

Una tercera muchacha, la sostenÃ­a de los brazos, por detrÃ¡s, de manera de no permitirle moverse. No decÃ­a nada, se limitaba a sonreÃ­r, masticando frenÃ©ticamente un chicle. La cresta verde y roja, en la cabeza, y una cantidad de piercings en las orejas y en la cara, la hacÃ­an parecer un muchacho.

âÂ¿QuÃ©?â dijo la rubia. âTÃº estÃºpida muchachita, fuiste a la policÃ­a a decir que te sacamos plata para la cocaâ

âIoâ¦ ioâ¦â, susurrÃ³ la pobre muchacha.

âÂ¿TÃº quÃ©?â¦admÃ­telo oâ¦â La mano de la rubia bajÃ³ hasta el bolsillo trasero de su jean, sacÃ³ una navaja, y con un movimiento rÃ¡pido hizo saltar la punta que brillÃ³ amenazadora delante de los ojos de la pobre vÃ­ctima indefensa.

Odiaba a quiÃ©nes hacÃ­an bulling. Me habÃ­a pasado que me tomaran el pelo, pero nunca nadie habÃ­a llegado al extremo de amenazarme con un cuchillo.

No lo podÃ­a concebir, esto era demasiado.

NotÃ© la expresiÃ³n de la pobre muchacha. Estaba aterrorizada, lloraba a mares, y se la habÃ­a corrido el poco maquillaje que se habÃ­a puesto en los ojos.

Â¿CÃ³mo podÃ­an tratar asÃ­ a una pobre muchacha indefensa?

Algo dentro de mÃ­ comenzÃ³ a bullir. Sin que me diera cuenta, mis piernas se movieron solas, como empujadas por una fuerza exterior.

âHey, dÃ©jenlaâ gritÃ©.

Me precipitÃ© hacia ellas, la adrenalina se apoderÃ³ de mÃ­ y ya no respondÃ­a por mis acciones.

âÂ¿QuÃ© quieres? Vete, no te metas en problemas ajenosâ dijo la rubio fulminÃ¡ndome con la mirada.

âDÃ©jenla en paz y me voyâ

âVete ahoraâ dijo, moviendo los ojos. âNo son problemas tuyos, Â¿cuÃ¡ntas veces debo decÃ­rtelo? Ve a hacerte la heroÃ­na a otra parte.â

âYaaaâ dijo la muchacha punk, arrastrando la Ãºltima letra.

La rubia levantÃ³ el cuchillo: âEsto te harÃ¡ daÃ±o, pero es solo una invitaciÃ³n para que retires la denuncia. Si no lo haces...â imitÃ³ con la mano libre el gesto de cortarle el cuello.

âNo bromees dÃ©jala en paz. Hizo bien en denunciarlas. Ustedes no saben lo que significa ser presa de mira. Quiere decir tener terror de salir de casa, de ir a la escuela. Uno se aÃ­sla por culpa de muchachas odiosas como ustedes, que les arruinan la vida a pobres muchachas inocentes. Deja la navaja ahora, ponlo en el piso.â Casi gritÃ© estas Ãºltimas palabras.

âEstÃ¡ bien lo dejo. Me has conmovido, sabes.â, dijo burlona la rubia, con la nariz en alto fingiendo el llanto. Luego agrego: âPero antes se lo clavo en los muslosâ.

La rubia tratÃ³ de golpear con la navaja a la muchacha, yo me tirÃ© delante de ella y la respiraciÃ³n se me bloqueÃ³ en la garganta.

SentÃ­ algo calienta que me corrÃ­a por el lado derecho y una sensaciÃ³n de torpeza comenzÃ³ a correrme por todo el cuerpo. BajÃ© la mirada y vi una mancha rojiza que comenzÃ³ a arruinarme la remera blanca.

Una lÃ¡grima me regÃ³ el rostro, luego otra. La cabeza me comenzÃ³ a girar y todo a mi alrededor parecÃ­a quedar en silencio. Mi respiraciÃ³n comenzÃ³ a hacerse corta e irregular. Las piernas me cedieron y caÃ­ al piso como una bolsa vacÃ­a.

SentÃ­ a la muchacha punk exclamar: Oh mierda, esta estÃ¡ muertaâ¦estÃ¡ muerta en serio. La matasteâ.

âVÃ¡monos, rÃ¡pido. DejÃ©mosla aquÃ­ que se mueraâ, dijo la rubia.â Y tÃº, ven con nosotras, no nos denunciarÃ¡s tambiÃ©n por estoâ.

Las tres se marcharon, rÃ¡pidamente, dejÃ¡ndome sobre una cama de hojas.

Me di cuenta en aquel momento que no habÃ­a lÃ¡grimas sobre mi rostro, sino gotas de lluvia.

Era como si el cielo hubiera comenzado a llorar por mÃ­.

SabÃ­a que en aquel lugar nadie me habrÃ­a encontrado a tiempo para salvarme. Estaba destinada a morir, sin siquiera haber tenido tiempo de despedirme de mis padres.

Mi madre, mi dulce y querida madre siempre dispuesta a estar a mi lado. Me hubiera gustado agradecerle por todo lo que siempre habÃ­a hecho por mÃ­.

Mi padre, mi adorado y fuerte papÃ¡, de quien habÃ­a sacado mis rebeldes y negros cabellos. Me hubiera gustado escucharlo mÃ¡s seguido.

Y Ade, mi fiel amigo de cuatro patas. Â¿QuÃ© habrÃ­a hecho ahora sin mÃ­? EstÃ¡bamos siempre juntos, inseparables, y ahora ya no podrÃ­a estar a su lado.

Fue justo con este pensamiento, que una lÃ¡grima me corriÃ³ por la mejilla, y esta vez de verdad, mezclÃ¡ndose con la lluvia.

Un escalofrÃ­o me atravesÃ³ el cuerpo y todo pareciÃ³ moverse.

El mundo me girÃ³ entorno y algo me elevÃ³, fuera del cuerpo. No lograba distinguir nada. Estaba viajando a una velocidad tal que veÃ­a solo sombras indistintas y relÃ¡mpagos de luz. Lo Ãºnico que podÃ­a percibir en aquel particular viajes eran las voces. Lamentos para ser mÃ¡s precisa. LÃºgubres y tÃ©tricos lamentos. AdemÃ¡s era como si manos invisibles se alargaran para detener mi loca corrida. Me agujereaban el cuerpo, pero no sangraba, y jirones de carne parecÃ­an desprenderse de mi cuerpo cada vez que una de esas manos me rozaba.

DespuÃ©s de algunos minutos, que me parecieron infinitos, volvÃ­ a fluctuar.

No estaba en una habitaciÃ³n.

No estaba afuera.

No estaba tampoco en el cielo.

Flotaba en una especie de dimensiÃ³n celeste, todo a mi alrededor brillaba en una luz azulada e hipnÃ³tica.

HabrÃ­a podido permanecer allÃ­ por siempre. SentÃ­a una paz tan inmensa que hubiera podido perderme allÃ­ para siempre.

Mis plegarias fueron escuchadas.

Un resplandor blanco, enceguecedor me hizo perder el sentido y todo quedÃ³ oscuro y en silencio.




3

LA LLEGADA A NAOSTUR


âÂ¿No deberÃ­as despertarla, ahora?â

âEs tan dulce verla dormirâ

âÂ¿Has enloquecido? No hablarÃ¡s en serio, Saraâ.

SentÃ­a la voz de dos chicas.

Â¿QuiÃ©nes eran?

Â¿QuÃ© querÃ­an?

Deseaba que se fueran y me dejaran dormir.

Â¡Para siempre!

No querÃ­a despertar, estaba muy bien donde me encontraba.

âÂ¡Basta ya!â. OrdenÃ³ una voz dulce y al mismo tiempo autoritaria. Era un muchacho y por su timbre de voz debÃ­a de ser de mi edad o un poco mayor. No lo pensÃ© demasiado. Mi cerebro reclamaba a cada intento de hacerlo funcionar.

âÂ¡Por fin has llegado!â, dijo la primera muchacha, la que parecÃ­a mÃ¡s decidida e inflexible.

âVÃ¡yanse, dÃ©jenme solo con la nueva arribadaâ.

âClaro, Jefeâ, respondieron las muchachas, a coro, sonriendo.

SentÃ­ pasos que se alejaban, alguna palabra susurrada y la puerta que se cerraba con un rechinar fastidioso.

Por fin me quedÃ© sola.

Â¿O estaba equivocada?

Algo caliente se acercÃ³ a mi rostro. Se olÃ­a como el aire de la montaÃ±a.

En un determinado momento esta cosa, se acercÃ³ a mis labios, y en ellos se posÃ³.

Fue entonces cuando entendÃ­ que aquello era un beso.

El beso mÃ¡s intenso que habÃ­a recibido hasta ese momento. Mis labios se movieron de manera involuntaria. Se abrÃ­an y se cerraban siguiendo a sus labios. Era como oxÃ­geno. Buscaba Ã¡vidamente aquella boca, como si de ella pudiera tomar fuerza.

Como si pudiera volver a la vida.

Un ligero sacudÃ³n elÃ©ctrico recorriÃ³ cada centÃ­metro de mi cuerpo, poniendo en movimiento los engranajes.

Los labios misteriosos se separaron de los mÃ­os. SacudÃ­ los ojos, y me sentÃ© de golpe, bostezando.

âÂ¡Estate un poco atenta!â

âD-disculpaâ, balbuceÃ©. Me habÃ­a levantado tan rÃ¡pido que casi le golpeÃ© la cara. Se encontraba a pocos centÃ­metros de mÃ­ y era el chico mÃ¡s hermoso que jamÃ¡s hubiera visto. Sus ojos eran negros como la noche, los cabellos rizados, despeinados y negros, parecÃ­an tan suaves que hubiera querido acariciarlos.

Me di cuenta que no podÃ­a parar de mirarlo, con la boca abierta, y tratÃ© de disimular mi vergÃ¼enza lo mejor que pude.

âDebo aclararte las cosas rÃ¡pidamenteâ, dijo con seriedad, âÂ¡EstÃ¡s muerta! Ahora te encuentras en el Otro Mundo. Te despertÃ© con un beso yâ¦â

âPara, para, para. Una informaciÃ³n a la vezâ. Lo frenÃ© alzando la mano. âComencemos desde el inicio. Antes que nada no creo estar muerta, dado que estamos hablando y te estoy mirando a los ojos. En segundo lugar, Â¿quiÃ©n eres tÃº? Y Â¿quÃ© es esta historiaâ¦bueh, del beso?â.

NotÃ³ que las mejillas se me habÃ­an enrojecido e hizo una sonrisa que me erizÃ³ la piel. ParecÃ­a un terrible cazador que gozaba al ver a su presa enjaulada, sin ninguna puerta de salida.

âSÃ­, estÃ¡ bien, tienes razÃ³nâ. Se aclarÃ³ la garganta. âMe llamo Gabriel, y soy el Ã¡ngel de la muerte. Por cuanto pueda parecerte absurdo te besÃ©, porque tengo la mala fortuna de hacer morir a la gente, y, en casos raros, de revivirlaâ

âÂ¿Ãngel de la muerte? Esta sÃ­ que es buenaâ. Me larguÃ© a reÃ­r. âAÃºn estoy soÃ±ando, debo, sin lugar a dudas, despertarmeâ

ComencÃ© a pellizcarme el brazo, pero el efecto que obtuve no fue el esperado. No me despertÃ© en mi cama, como cuando habÃ­a tenido aquella terrible pesadilla, la noche anterior.

Â¿Entonces lo que me habÃ­a dicho era verdad?

Â¿Aquello era el mÃ¡s allÃ¡?

Si estaba muerta, Â¿por quÃ© el pellizco me habÃ­a hecho daÃ±o?

MirÃ© a mi alrededor, despistada. La habitaciÃ³n estaba toda recubierta en madera. Una banderola estaba tapada por cortinas azules, haciendo juego con las sÃ¡banas y las alfombras.

EnarquÃ© una ceja y pensÃ© que en cuanto a decoraciÃ³n les faltaba, definitivamente, mucha fantasÃ­a.

Junto a la cama, a mi izquierda, habÃ­a un enorme espejo, y en aquel preciso momento pude ver mi reflejo. El rostro pÃ¡lido, los cabellos mÃ¡s largos y mÃ¡s negros. Usaba aÃºn la remera blanca con la mariposa rosada y los pantalones cortos y negros.

Y mis All Star.

âLo siento, sÃ© que es difÃ­cil de aceptar, pero estÃ¡s muerta de verdadâ, y con un gesto automÃ¡tico de circunstancia, me posÃ³ una mano en el brazo como si quisiera consolarme. SentÃ­ un escalofrÃ­o a lo largo de la espalda, una mezcla de miedo, horror y atracciÃ³n.

Era como si pudiera tener algunas informaciones, en forma de sensaciones, sobre mi vida. Hubiera podido jurar que sintiÃ³ tambiÃ©n Ã©l esa especie de sacudÃ³n porque me mirÃ³ bombardeÃ¡ndome por una fracciÃ³n de segundo los ojos negros, casi irritados, y retirÃ³, rÃ¡pidamente, la mano.

âOk, escuchaâ, dijo Ã©l retomando su discurso anterior, âte encuentras en un lugar llamado Naostur. DeberÃ¡s comportarte en cierta forma de ahora en mÃ¡s. Este no es el mundo en el que estÃ¡s habituada a vivir, aunque se asemeje bastanteâ.

âÂ¿Estoy en el paraÃ­so?â

Gabriel comenzÃ³ a reÃ­r âSofÃ­a Â¿quÃ© dices? EstÃ¡s solamente en otra dimensiÃ³n. Naostur es una especie de mundo paralelo. La Ãºnica diferencia es que aquÃ­ el sol ilumina solo una parte de las tierras, el Reino de Elos. En la otra parte, el Reino de Tenot, es siempre de noche.â

Bien, tendrÃ­a que aprender a convivir con un sol que nunca se pondrÃ­a. La idea no me gustaba demasiado.

Mis pensamientos cambiaron de improviso, una campana de alarma se encendiÃ³ en mi estÃ³mago.

âEspera, Â¿cÃ³mo sabes mi nombre? Nunca te dije cÃ³mo me llamabaâ

âTodos saben quiÃ©n eres, SofÃ­a. Â¿O prefieres que te llama Neman?â

Â¿Neman? Â¿Me estaba tomando el pelo?

No era para nada divertido

HabÃ­a apenas regresado de un viaje por los infiernos y no tenÃ­a ninguna ganas de bromear.

âSolo SofrÃ­a, graciasâ, dije en el tono mÃ¡s Ã¡cido que pude.

âEstÃ¡ bien, SofÃ­aâ, dijo Gabriel, devolviÃ©ndome una sonrisa muy misteriosa, âahora escÃºchame, estas son las reglas. PodrÃ¡s salir de aquÃ­ solo acompaÃ±ada por mÃ­ o por tus hermanas: podrÃ­as perderte fÃ¡cilmente y no deberÃ­as andar por la zona de las sombras bajo ningÃºn motivo. Ni sola, ni acompaÃ±ada, irÃ¡s cuando estÃ©s pronta. Â¿Has entendido?â, concluyÃ³ apuntÃ¡ndome con un dedo.

Retuve una carcajada, despuÃ©s de haber escuchado todas aquellas recomendaciones absurdas. Pero entendÃ­ que no bromeaba. Que todo era muy serio.

âEstÃ¡ todo muy claro. Solo que te equivocas: yo no tengo hermanas.â

âEn el mundo real, eres hija Ãºnica, aquÃ­ tienes dos. Sara, la custodia de los poderes de Badb, y Sonia, la custodia de los poderes de Macha.â

Me rasquÃ© la cabeza confusa. âOk, Â¿hay algo mÃ¡s que deba saber?â

Sin dudas era una situaciÃ³n surrealista. Demasiadas cosas nuevas, demasiadas reglas, demasiada confusiÃ³n, demasiados cambios.

Las cartas tenÃ­an razÃ³n.

âSÃ­, hay algo mÃ¡sâ dijo en tono serio. Y, al ver que mis pensamientos estaban en otra parte, me tomÃ³ con delicadeza el mentÃ³n y me hizo mirar hacia Ã©l.

Mi corazÃ³n comenzÃ³ a latir alocadamente, me tomÃ³ por sorpresa aquel gesto.

Sobre su rostro pasaron una serie de emociones: estupor, tormento y rabia. QuitÃ³ la mano y apuntÃ³ su mirado fijamente delante de sÃ­, en direcciÃ³n al espejo.

âHay una cosa que no debes hacer, una regla que no podrÃ¡s infringirâ. Su tono me asustÃ³. âNo debes buscarme y no debes confiarte en mÃ­, no soy tu baby-sitter. No te seguirÃ© paso a paso en tu transiciÃ³n. Soy el Ãngel de la Muerte, tengo un buen nÃºmero de almas de las cuales nutrirme, y tengo que llevar a tÃ©rmino una misiÃ³n, por lo tanto no quiero problemas. AdemÃ¡sâ¦â Se detuvo, una sombra bajÃ³ a sus ojos y callÃ³.

âAdemÃ¡s estando a mi lado solo te buscarÃ¡s problemas. Hago daÃ±o a las personas que estÃ¡n a mi lado.â

CerrÃ³ los puÃ±os y se levantÃ³ de golpe para ir a abrir la puerta.

No pude decir nada. Aquellas Ãºltimas palabras retumbaron en mi cabeza, no lograba darles el significado adecuado.

La voz de Gabriel me hizo regresar los pies a la tierra. Estaba llamando a alguien que estaba fuera de la habitaciÃ³n. âSara, Sonia, pueden entrar ahora, estÃ¡ despiertaâ.

La primera muchacha en entrar tenÃ­a el cabello rojo, como el fuego, largo hasta la cintura. Sus negros ojos parecÃ­an los de un cuervo.

MirÃ© a la otra muchacha. Sus cabellos tambiÃ©n eran largos hasta la cintura, pero de un rubio claro, tan claros que parecÃ­an blancos. MÃ¡s que nada llamaban la atenciÃ³n sus ojos: dos ojos de hielo, lÃ­mpidos y sinceros. ParecÃ­an tristes y ademÃ¡s ella me recordaba a alguien. Y, como con la otra, no podÃ­a recordar a quiÃ©n.

La muchacha de cabello blanco pasÃ³ a aquella de cabello rojo, que quedÃ³ detenida en la mitad de la habitaciÃ³n y me observaba con los bruzaos cruzados. Se sentÃ³ en la cama y me abrazÃ³ como una niÃ±a cuando ve a su madre. âÂ¡Neman, estÃ¡s aquÃ­!â gritÃ³.

âTal vez te hayas equivocado, me llamo SofÃ­aâ, dije, tratando de soltarme del abrazo con gentileza.

âCierto, Neman, sÃ© que los humanos te llaman SofÃ­a. Mi nombre humano es Sara, pero cuando se dirigen a mÃ­ como Diosa me llaman Badb. Soy la guardiana del pozo sacro, custodia del conocimiento infinitoâ. De golpe, sus ojos se entristecieron. âDebes saber que lo siento mucho, debÃ­ mostrarme ante ti como Diosa, debÃ­as morir para poder alcanzarnos, pero ahora estÃ¡s aquÃ­ sana y salva. No me odias, Â¿verdad?â Me lo estaba preguntando con el labio inferior hacia adelante, y esos ojazos tan claros que parecÃ­an blancos.

Me daba ternura. Luego comprendÃ­a que ella era la viejita que habÃ­a visto en el parque.

Sus ojos de hielo me miraron en lÃ¡grimas.

Por un segundo sentÃ­ mucha rabia, pero decidÃ­ respirar profundo para asÃ­ calmarme.

Luego, con una sonrisa falsa, dije: âNo, Sara, no estoy enojada contigo. QuÃ©date tranquila.â

Coloque mi mano en sus cabellos para calmarla. Estaba, de verdad, desesperada.

La mirÃ© mejor y me preguntÃ© cuÃ¡ntos aÃ±os tendrÃ­a. ParecÃ­a no tener mÃ¡s de quince, por su dulce rostro de niÃ±a.

Me llamÃ³ la atenciÃ³n la otra muchacha, que se aclarÃ³ la voz y dijo: âMi nombre humano es Sonia, pero en realidad soy la reencarnaciÃ³n de Macha, reina de las pesadillas. Yo soy quien te advirtiÃ³. ArriesguÃ© demasiado para venir a tu encuentro, los del Reino de Tenot, el lado oscuro, nos estÃ¡n controlando. Saben quiÃ©n eres y, sobre todo, saben que estÃ¡s aquÃ­â. No se habÃ­a movido ni un centÃ­metro, habÃ­a permanecido quieta en la mitad de la habitaciÃ³n, con los brazos cruzados.

âOh, tÃº eres la que vi en mi sueÃ±o. Una parte de mÃ­, Â¿verdad? Solo queâ¦no te pareces tanto a mÃ­. Â¿Por quÃ© Ã©ramos tan iguales? PreguntÃ©, confundida.

A decir verdad nos parecÃ­amos un poco, solo que mis ojos color oliva no tenÃ­an nada que ver con sus dos bochones negros, y su postura no era, por cierto, como la mÃ­a. Ella, a diferencia de Sara que parecÃ­a una pequeÃ±a, era una mujer hecha y derecha. La habrÃ­a considerado una lÃ­der o a la cabeza de cualquier grupo. Se veÃ­a que le gustaba mandar y controlar la situaciÃ³n. Se comunicaba con Sara solo con la mirada y, de hecho asÃ­ fue como la hizo levantar y salir de la habitaciÃ³n para ir quiÃ©n sabe dÃ³nde.

Al rato regresÃ³ con un mazo de cartas y me las dio. Solo entonces Sonia se sentÃ³ a mi lado y al lado de Sara. ComenzÃ³ a ojear las cartas y sacÃ³ un pergamino amarillento que tenÃ­a nombres escritos en Ã©l. RecorrÃ­ con velocidad la lista con mi mirada.

Finalmente vi mi nombre escrito al lado de los de Sara y Sonia.

LevantÃ© la mirada desconcertada. âY esto, Â¿quÃ© es?â.

âUna lista de nombres. Son todas las reencarnaciones de Macha, Badb y Nemann, ademÃ¡s de aquellas de Morrigan. Si nuestras tres almas trabajan juntas, toman el poder de la Gran Reina, de la Diosa de la guerra y el cambio.â

Gabriel, que hasta ese momento habÃ­a permanecido en silencia apoyado en la pared del cuarto, comenzÃ³ a reÃ­r y dijo: âMuchachas, Â¿desde cuÃ¡ndo se suceden estas reencarnaciones? Â¿Quinientos? Â¿MÃ¡s? Si mal no recuerdo, Morrigan jurÃ³ volver.â Me apunto con el dedo como culpÃ¡ndome de algo. âElla es la reencarnaciÃ³n de la Diosa, todos la buscan. Les deberÃ­a bastar como prueba.â

âÂ¡CÃ¡llate, Ã¡ngel maldito! Es imposibleâ dijo Sonia, saltÃ¡ndole encima como un leÃ³n. âSi de verdad las cosas fueran como tÃº dices, Â¿por quÃ© no reencarnÃ³ antes? Si existe y no es solo el nombre de nuestro poder Â¿por quÃ© no apareciÃ³ antes?â

Gabriel no se moviÃ³, se limitÃ³ a sacudir la cabeza y a esbozar una sonrisa burlona.

ComenzÃ³ a recitar algo que parecÃ­a una poesÃ­a.

âLa luz de la luna abraza a la niÃ±a

tan pequeÃ±a y tan asustada.

Aquel hombre malo quiere daÃ±arla

pero la Gran Madre quiere salvarla.

El destino le guarda grandes cosas

pero solo su corazÃ³n le dirÃ¡ la verdad.â

âCon esta bella poesÃ­a, Â¿quÃ© quieres decir?â Le preguntÃ© irritada.

Su mirada me atravesÃ³. âQuiero decirâ, comenzÃ³ con un tono tan seco que se me hizo un nudo en la garganta, âque tÃº reciÃ©n llegaste, y de estas cosas no puedes saber nada. Ahora cÃ¡mbiate. Debemos irnos.â

Se girÃ³ y saliÃ³. PermanecÃ­ mirÃ¡ndole la espalda con las lÃ¡grimas que asomaban en mis ojos. Â¿QuiÃ©n era Ã©l para tratarme asÃ­? EstÃ¡ bien, estaba muerta y habÃ­a retornado a un mundo que no conocÃ­a, gracias a un beso suyo.

Un maldito beso suyo.

Â¿QuerÃ­a hacerse odiar? Â¿Era este el objetivo de su discurso anterior?

Pues lo habÃ­a logrado.

HabÃ­a algo misterioso en Ã©l. Algo que no deberÃ­a descubrir, pero que igualmente querÃ­a conocer a toda costa.

SentÃ­a la necesidad de conocer mÃ¡s, si bien me habÃ­a sido ordenado no averiguarlo. Las lÃ¡grimas comenzaron a caer, silenciosas.

Sara se dio cuenta de inmediato. âLlora cariÃ±o, si sientes la necesidad. Tu vida ha cambiado demasiado rÃ¡pido.â PosÃ© la cabeza en su hombre y comencÃ© a llorar desconsoladamente.

DespuÃ©s de algunos minutos me tranquilicÃ©.

Mientras tanto, Sara, habÃ­a salido a buscar algunos vestidos para salir, y volviÃ³ con tres esplÃ©ndidos trajes que parecÃ­an salidos de un castillo medieval. Eran de tafeta, con brillantes en el pecho, y cada vez que les daba la luz, formaban un arcoÃ­ris de colores brillantes. Los bordes eran de oro con arabescos en plata, y la falda caÃ­da suave y ligera, para permitir cualquier tipo de movimiento. Los hombros quedaban descubiertos, pero en esa dimensiÃ³n el clima era siempre templado.

El sol siempre iluminaba aquel mundo, y por esto la temperatura era siempre agradable, y se sentÃ­a el calor de aquel en la piel.

El vestido de Sara era azul como sus ojos, el de Sonia rojo como sus cabellos, y el mÃ­o era violeta oscuro, mi color preferido.

Me lo puse y me mirÃ© al espejo, detrÃ¡s de mÃ­ estaban Sonia y Sara. ParecÃ­amos tres damas de otra Ã©poca.

Esto me hizo sonreÃ­r, me volviÃ³ el buen humor.

De todas maneras querÃ­a saber algo.



âÂ¿Muchachas adÃ³nde vamos?â

Sonia se acercÃ³ y me susurrÃ³ al oÃ­do: âvamos a ver a la Ãºnica persona que puede ayudarteâ

âÂ¿Y es confiable?â

âÂ¡Ares, claro!â exclamÃ³ Sara.

âÂ¿CÃ³mo puedes estar tan segura?â

Algo dentro de mÃ­ no me dejaba caer la guardia.

âEs un inmortal. Los inmortales son quienes nos dominan, pero viven en el Reino de Tenot y viene aquÃ­ una vez al mes a recoger sus tributos e infligir algÃºn castigoâ me explicÃ³ Sonia. âAres naciÃ³ aquÃ­, en el Reino de Elos. Su padre muriÃ³ combatiendo contra el Rey que nos persigue y asÃ­ fue como decidiÃ³ no volver mÃ¡s. Quiere vengarse y se aliÃ³ con nosotros.â

âOkey vamos con este tal Aresâ no me quedaba otra que darle una posibilidad.

Sonia me sonriÃ³ por Ãºltima vez, una sonrisa corajosa.

Todos estaban seguros de que Ares me salvarÃ­a, yo estaba convencida de que algo saldrÃ­a mal.

Â¿Pero quiÃ©n era para poder decirlo? Tal vez deberÃ­a relajarme un poco. El estrÃ©s me estaba haciendo doler la cabeza.

Aun estando muerto se puede sentir dolor de cabeza.




4

El reino de Elos


Â¿PodrÃ­a haber terminado en el ParaÃ­so?

Algo asÃ­ jamÃ¡s lo hubiera creÃ­do.

Apenas salÃ­, me encontrÃ© en un lugar en el que la luz del sol resplandecÃ­a siempre. Y el cielo parecÃ­a pintarlo todo con su azul.

No era muy distinto a la Tierra, el lugar en el que me encontraba, la vegetaciÃ³n era la misma.

NotÃ© alguna acacia con sus flores rosas, y algÃºn duraznero en flor. No habÃ­a casa o edificio que no estuviera tapado de plantas y flores.

Aquello que, literalmente, me cortÃ³ la respiraciÃ³n fue la presencia de seres mÃ¡gicos delante de mÃ­.

Me estaban esperando y estaban dispuestos en un semicÃ­rculo dispuestos por raza y altura. Partiendo desde la derecha, habÃ­a unos pequeÃ±os seres luminosos, de unos veinte centÃ­metros. DetrÃ¡s de la espalda tenÃ­an alas que se movÃ­an como las de un colibrÃ­. Se podÃ­a apreciar como un polvo brillante que caÃ­a al piso como si fuera nieve dorada.

En el centro estaban los gnomos, Â¡imposible no reconocerlos! TenÃ­an una estatura de entre 90 y 150 centÃ­metros. HabÃ­a estaba siempre convencida que nunca nadie los podÃ­a ver, y sin embargo estaban allÃ­ delante de mÃ­. Los hombres con barbas largas y negras, los mÃ¡s jÃ³venes, y grises los mÃ¡s ancianos. Las mujeres con un sombrero que se achataba para sujetar sus dos trenzas, ordenadas firmemente con una moÃ±a colorida.

Cerrando el cÃ­rculo se encontraban unos seres que no podÃ­a reconocer.

âÂ¿Sonia, quiÃ©nes son?â preguntÃ©, abriendo apenas los labios para no hacer un papelÃ³n.

âSon medio elfos, SofÃ­a. Una raza generada mucho tiempo atrÃ¡s, gracias al contacto con los seres humanos. Solo los elfos podÃ­an entrar en contacto con los seres humanos, y el resultado de esa uniÃ³n, lo puedes observar con tus propios ojos.â

âYa entendÃ­, y Â¿quÃ© poderes tienen?â

âEs difÃ­cil saberlo, depende del caso. Pueden alcanzar cualquier poderâ

âEsto quiere decir que puede haber malos o buenos.â

âExacto, algunos ayudaron hace ya tiempo a echar el reino a seres despreciables. Los malos pueden ser despiadados y es aconsejable mantenerse alejado de ellos.â

Hubiera querido preguntar algo mÃ¡s de esta cuestiÃ³n, cuando un medio elfo avanzÃ³ hacia nosotras.

VestÃ­a una camisa de seda blanca, atada a la cintura y abierta en el pecho que permitÃ­a entrever un fÃ­sico perfecto. TenÃ­a pantalones color caqui y cabellos largos y negros atados, en una cola de caballo descuidada, con un lazo dorado.

NotÃ© que sus orejas no eran demasiado puntiagudas, si bien asomaba una punta notoria. PodrÃ­a haber sido confundido perfectamente con un humano. Se llevÃ³ una mano al corazÃ³n y bajÃ³ la cabeza en seÃ±al de respeto.

âSoy Calien, del Reino de Elos y de los medio elfos. Nuestro pueblo exulta delante de vuestra presenciaâ Su tono de vos era cÃ¡lido y a la vez autoritario. âHa venido para salvarnos del malvado rey del Reino de Tenot, cuya crueldad se revela en el modo en que se hace llamar: Â¡Mefisto! Su corazÃ³n inmortal estÃ¡ corrompido por los demonios mÃ¡s despiadados. Solo Neman, unida a Badb y Macha, podrÃ¡n salvarnos. Gloria y Honor a Vosotras.â

âGloria y Honor a Vosotrasâ gritaron todos al unÃ­sono. Se llevaron la mano al corazÃ³n y se inclinaron delante de mÃ­.

Hubiera querido decirles que se levantaran, me hacÃ­an sentir vergÃ¼enza.

Sara se me acercÃ³ y me apoyÃ³ una mano en el hombro. âCierra los ojos, respira profundo y toma de mÃ­ la fuente del conocimiento, te serÃ¡ Ãºtilâ.

Hice lo que me dijo

Al rato sentÃ­ un alegre cono de aire que se levantaba a mi alrededor. OlÃ­a a verano, alegrÃ­a y serenidad y pude percibir todo el poder que tenÃ­a. Se expandiÃ³ por todo mi cuerpo sin dejar fuera un solo mÃºsculo. En aquel momento supe lo que debÃ­a hacer.

Di dos pasos adelante. AbrÃ­ mis brazos hacia ellos, con las palmas de las manos mirando hacia el suelo, y como si alguien hubiera apretado un interruptor invisible, sentÃ­ que algo se me despertaba dentro, algo que no sabÃ­a que estaba allÃ­. Algo que al salir sorprendiÃ³ a todos, quienes allÃ­ estaban.

Aquello que dije no salÃ­a de mi boca ni de mi cuerpo. Ya no gobernaba mi propio cuerpo, estaba como en trance.

Era como si estuviera poseÃ­da, no una posesiÃ³n mala, y por ello no opuse resistencia.

âNo tengan miedo hijos mÃ­os, soy la Gran Reina, volvÃ­ para salvarlos y para vengarme. Gloria y Honor a ustedes.â

Y por segunda vez en aquel dÃ­a, todo se volviÃ³ oscuro y volvÃ­ a perder los sentidos.



âTrata de levantarte, no es mi intenciÃ³n llevarte a upa nuevamenteâ.

HabrÃ­a podido reconocer esa voz entre miles. TenÃ­a algo que me provocaba miedo y bronca, al mismo tiempo.

Bronca, porque me habrÃ­a gustado que teminase de tratarme como un trapo que tirar a la basura.

Miedo porque a su alrededor se movÃ­a un aura misteriosa y oscura, de la que emanaba poder. Un poder demasiado grande, que me hacÃ­a sentir muy a disgusto.

âNo tengo la mÃ¡s mÃ­nima intenciÃ³n de llamar tu atenciÃ³n, Gabriel. Cuanto mÃ¡s lejos de mÃ­ estÃ©s, mejor.â

Estaba de verdad muy irritada.

DespuÃ©s de todo, Â¿quÃ© hacÃ­a aÃºn allÃ­? Â¿No podÃ­a mantenerse en su lugar y listo?

âBueh, lo lamento por ti, pero tendrÃ¡s que soportar mi presencia dado que te desmayas a cada momento, deberÃ¡s subir a caballo con el subscripto.â

Â¿QuÃ©? No lo habrÃ­a hecho por nada en el mundo, ni aÃºn bajo tortura.

Estaba por rebatir cuando la voz nerviosa de Sonia nos interrumpiÃ³: âÂ¡No lo entiendo! Si tenemos un montÃ³n de caballos a disposiciÃ³n, Â¿quÃ© fin han tenido?â

âPienso que los Siruco entraron, sin ser vistos, y se los llevaron a todos. Por suerte aÃºn nos quedan dos a disposiciÃ³n, para hoy.â El tono de Gabriel no contenÃ­a emociÃ³n ninguna.

âNo entiendo por quÃ© entraron escondidos. Â¿No podÃ­an hacer como hacen siempre?â Sonia era presa de un ataque de ansiedad. âGeneralmente se divierten torturÃ¡ndonos,

âNo quieren que nos alejemos de la villa, saben que estÃ¡ aquÃ­.â

âÂ¿No quieren que nos alejemos y nos dejan dos caballos?â

Le hice notar que las cosas no eran claras, entonces con mucha calma me sentÃ© y comencÃ© a masajearme el cuello que me dolÃ­a.

âExcelente observaciÃ³nâ mi dijo Gabriel, guiÃ±Ã¡ndome un ojo. âSin embargo debes saber que aquÃ­ hay alguien dotado de una inteligencia superior, que mira quÃ© casualidad, soy yo. Para prevenir este tipo de cosas, escondÃ­ dos esplÃ©ndidos caballos.â

Odiaba su tono y ese su hacer como un chico sÃºper poderoso.

SerÃ­a el Ã¡ngel de la muerte, pero se la creÃ­a demasiado para mi gusto.

âMuy bien MÃ­ster inteligencia, Â¿quÃ© quieres? Que nos postremos a tus pies y comencemos a reverenciarteâ E hice una reverencia.

âNo estarÃ­a mal y podrÃ­as comenzar tÃº, dando el ejemplo.â

Â¡Lo odiaba!

Me levantÃ© aÃºn inestable, porque me seguÃ­a dando vueltas la cabeza.

Por suerte allÃ­ cerca de mÃ­, estaba Sara, y me apoyÃ© en ella.

Estaba seria y me miraba como si fuera una extraterrestre.

Â¿TenÃ­a algo entre los cabellos? TratÃ© de arreglÃ¡rmelos pero continuaba mirÃ¡ndome igual.

Sus ojos de hielo parecÃ­an penetrarme y sentÃ­ un escalofrÃ­o que me recorriÃ³ la espalda.

âÂ¿Pasa algo, Sara?â No respondiÃ³, se limitÃ³ a bajar la cabeza y negar con la cabeza.

Luego fue hacia Sonia.

âSofÃ­a, vamos. Gabriel fue a buscar los caballos que escondiÃ³.â Dijo Sonia.

âClaro, voyâ.

Me dirigÃ­ hacia ellas, sacudiÃ©ndome un poco de polvo del vestido.

Estaba de verdad preocupada. Me habÃ­a desmayado y lo habÃ­a sentido, pero nadie me habÃ­a dicho nada de lo que me habÃ­a sucedido, despuÃ©s que sentÃ­ la presencia de un cuerpo extraÃ±o metiÃ©ndose en mi cabeza.

Â¿Por quÃ©? Â¿QuÃ© me estaban escondiendo?

Tal vez quien me habÃ­a poseÃ­do no era bueno, pero igualmente por quÃ© nadie me decÃ­a nada al respecto.

Lo que mÃ¡s me preocupaba era la manera en que me miraba Sara, era como si me tuviera miedo.

SentÃ­ el sonido de los cascos, y vi a Gabriel que llegaba con dos esplÃ©ndidos caballos, de manto negro y con las crines que ondeaban como si fueran de seda.

Eran tan esplÃ©ndidos como lo era Gabriel. La camiseta de manga corta negra dejaba ver su fÃ­sico perfecto, y sus pantalones negros de jean se adherÃ­an a la perfecciÃ³n a sus muslos en cada paso.

âMagnÃ­ficos, Â¿verdad?â Sonia tenÃ­a una mirada maligna.

âSÃ­, verdaderamenteâ respondÃ­ yo, pensando en otra cosa.

âParece un caballo, fuerte y seguro de sÃ­, pero en realidad tiene un carÃ¡cter dÃ³cil, sabes?. El secreto es saber tratarlo, y conocer sus puntos dÃ©biles.â

Â¿Se estaba refiriendo al caballo? No, hablaba de Gabriel.

âÂ¿Por quÃ© me dices esto? No tengo ninguna intenciÃ³n de conocer mejor al caballo.â Dije, seca, cruzando los brazos ofendida.

âVamos, se te cae la baba por Ã©l. Lo hicimos todas al llegar a este mundo. Su beso es Ãºnico.â Y suspirÃ³ ante su recuerdo. âPero habrÃ¡s notado que se vuelve irascible cuando lo tienes cercaâ.

âMe odia, si me gusta una persona no trato de agredirla cada vez que me dice algo.â

Sonia sonriÃ³. âNo entiendes, justamente este es el punto.â

La mirÃ© de boca abierta, Gabriel habÃ­a sido claro, no me querÃ­a a su alrededor, y yo tampoco a Ã©l.

Â¿O tal vez sÃ­?

Me sonrojÃ© pensando que pudiera surgir algo entre nosotros. Sonia lo notÃ³ y bajÃ³ la mirada, no querÃ­a admitir que tal vez tuviera razÃ³n.

âVamosâ Me dijo dÃ¡ndome una palmada en el hombro.

SubiÃ³ al caballo con una elegancia envidiable. Yo nunca lo hubiera podido hacer de esa manera.

DetrÃ¡s de ella subiÃ³ Sara.

Faltaba solo yo.

Me encontrÃ© delante de Gabriel. Era como un caballero negro sobre su negro caballo. Y la figura le quedaba muy bien.

TratÃ© de concentrarme en la silla de montar, y tomÃ© coraje. Si me distraÃ­a terminarÃ­a con la cola en el piso.

Â¡CÃ³mo diablos se hacÃ­a para subirse allÃ­!

Necesitaba ayuda pero no lo querÃ­a admitir. No querÃ­a su ayuda, que me miraba con los brazos cruzados volcado hacia el cuello del caballo con una mirada irritante.

âDale, pon el pie en el estriboâ lo escuchÃ© aguantando la risa. âApÃ³yate en mÃ­ y te ayudo a subirâ

No encontraba nada de quÃ© reÃ­r.

BufÃ© y dejÃ© aparte el orgullo de poder subri sola. ColoquÃ© mi pie derecho en el estribo, me agarrÃ© de su brazo y con un movimiento Ã¡gil y elegante me ayudÃ³ a subir.

Me lo encontrÃ© de frente, sus ojos poco distantes de los mÃ­os. âFue fÃ¡cil, Â¿verdad?â

Me hubiera gustado decirle cuÃ¡nto lo odiaba, pero me limitÃ© a un breve y Ã¡cido âGracias, pero lo habrÃ­a hecho sola, de todas formas.â

âNo lo dudoâ Dijo en tono sarcÃ¡stico y luego se puso serio de nuevo. âAgÃ¡rrate a mÃ­, debemos llegar rÃ¡pido al castillo, cuanto mÃ¡s veloz lo hagamos menos llamaremos la atenciÃ³n.â

Me agarrÃ© a sus costados, a su camiseta justa, lo mÃ¡s fuerte que pude.

Gabriel se dio vuelta molesto. âTÃº no me escuchas.â

TomÃ³ mis manos y las puso entorno a su cintura. âAhora no correrÃ¡s riesgo, agÃ¡rrate fuerteâ, luego se girÃ³ y les dijo a las muchachas, âpodemos irâ.

Me encontrÃ© pegada contra su espalda. EstÃ¡bamos yendo a una velocidad increÃ­ble, tanto que no podÃ­a observar con claridad el paisaje a mi alrededor. PodÃ­a apenas distinguir los prados y alguna montaÃ±a pero nada mÃ¡s.

AÃºn me daba vueltas la cabeza, por lo que decidÃ­ cerrar los ojos.

SentÃ­a el viento en mis cabellos y con los ojos cerrados, parecÃ­a que estaba volando.

Â¡Volar!

Gabriel era un Ã¡ngel, tal vez tenÃ­a alas. Â¿Entonces por quÃ© no las veÃ­a? Su espalda era perfecta. AdemÃ¡s de los mÃºsculos no notaba ninguna otra imperfecciÃ³n. O al menos apoyada en Ã©l eso parecÃ­a.

Tuve un flash, en el que vi una figura con un par de alas negras, terrorÃ­ficas.

ParpadeÃ© un instante por el miedo, y en ese momento nuestra loca corrida se hizo mÃ¡s lenta.

Alrededor de mÃ­ habÃ­a un paisaje magnÃ­fico, verde.

Gabriel notÃ³ que estaba distraÃ­da y para llamar mi atenciÃ³n colocÃ³ una mano sobre las mÃ­as. PasÃ³ con delicadeza el pulgar sobre mi dorso para avisarme que habÃ­amos llegado.

Se me detuvo el corazÃ³n.

âMira SofÃ­a, Â¿no es magnÃ­fico este lugar?â Su voz escondÃ­a un halo de tristeza, como si aquel lugar le recordara algo pasado, o tal vez me equivocaba. No lo hubiera creÃ­do capaz de probar algÃºn sentimiento.

Respecto a lo usual, sonaba mÃ¡s gentil, su lado angelical habÃ­a surgido.

No, pero querÃ­a disfrutar aquel momento, hasta que volviera el irascible Gabriel.

âEs fantÃ¡sticoâ. Y lo era de verdad. Delante de nosotros habÃ­a un mar tan azul que parecÃ­a que el cielo se hubiera dado vuelta. DebÃ¬a ser un lago, porque a su alrededor solo habÃ­a montaÃ±as.

âEste es el lago de los tres rÃ­os, si miras bien entenderÃ¡s por quÃ© el nombre.â MirÃ© alrededor y entendÃ­ perfectamente. HabÃ­a tres montaÃ±as alrededor, y de cada una de ellas bajaba un rÃ­o que desembocaba en las aguas cristalinas.

âDebemos pasar el puente. Â¿Ves, allÃ­ abajo?â Gabriel me volviÃ³ a tierra, y lamentablemente quitÃ³ su mano de las mÃ­as, para mostrarme un punto a lo lejos.

Vi un puente que no parecÃ­a tener fin. PestaÃ±Ã© para ver mejor, la luz reflejada en el agua me impedÃ­a ver con claridad.

Me llevÃ© una mano a los ojos para cubrir el reflejo y pude ver un pequeÃ±o relieve montaÃ±oso. Era extraÃ±o, tenÃ­a una forma muy particular.

âAllÃ¡ arriba, en aquel monte, estÃ¡ el castillo de Ares. Las acompaÃ±arÃ© hasta allÃ¡, luego seguirÃ¡n solasâ dijo Gabriel.

âÂ¿Por quÃ© no vienes con nosotras?â

Un rayo de rabia le pasÃ³ por los ojos, âno soy bienvenidoâ y terminÃ³ la conversaciÃ³n.

Con Ã©l no se podÃ­a nunca tener una conversaciÃ³n completa, siempre dejaba los discursos por la mitad, y esto me fastidiaba, de verdad.

Llegamos al castillo en la tarde.

Gabriel se marchÃ³ con los caballos y dijo que nos vendrÃ­a a buscar a la maÃ±ana siguiente.

DÃ³nde habrÃ­a pasado la noche, no nos lo dijo, pero aquello no era importante. Mi atenciÃ³n habÃ­a pasado al castillo que tenÃ­a delante que era de verdad impresionante. Entramos escoltadas por un paje. Era un muchacho joven que descubrÃ­ que era el Ãºnico inmortal al servicio de Ares. Todos los demÃ¡s se habÃ­an quedado con Mefisto, quien los dejaba marchitar hasta el hueso en un mar de vicios y excesos.

Portaba una calza que se adherÃ­a a sus piernas, largas y esbeltas, similares a las de un ciervo, y una camisola blanca. Encima un chaleco negro orlado en dorado, con un cordoncito marrÃ³n, que lo cerraba adelante.

Como si esto no fuese lo suficientemente ridÃ­culo, llevaba un sombrero negro, de esos de torero, de fieltro negro con una pluma de pavo que le caÃ­a sobre los cabellos rubios y ondulados.

No pude retener la risa cuando vi aquel pantaloncito marrÃ³n a rayas plateadas, era como si se hubiera puesto dos pelotas en las piernas.

Nos acompaÃ±Ã³ hasta la puerta del salÃ³n, la abriÃ³ y nos anunciÃ³: âSu alteza, e inmortal Ares estÃ¡ pronto a recibiros.â

Entramos en fila, primero Sonia, despuÃ©s Sara y luego yo.

El salÃ³n era mucho mÃ¡s grande de lo que me habÃ­a imaginado, grandes pinturas cubrÃ­an las paredes.

Eran elfos nobles, se veÃ­a por la actitud firme, y por las coronitas de hojas colocadas en la cabeza.

âÂ¿QuiÃ©nes son?â Le preguntÃ© a Sara, que aÃºn me miraba con una mirada turbadora.

âLa primera estirpe de elfos que reinÃ³ en Naostur, los Nuropegues.â

âPero aquÃ­ no hay elfosâ le dije, âsolo he visto medio elfos, Â¿dÃ³nde se encuentran ahora?â

Sara me acribillÃ³ con la mirada, âson historias antiguas, es mejor dejar el pasado donde estÃ¡.â

Â¿Por quÃ© toda aquella rabia repentina? Solo querÃ­a saber un poco mÃ¡s del lugar en el que me encontraba.

DecidÃ­ no indagar mÃ¡s, si bien no podÃ­a sacar de mi cabeza la belleza de aquel Rey elfo.

VolvÃ­ a mirar a mi alrededor, aquel Castillo era inmenso. Desde lo alto de la sala, colgaban tres grandes araÃ±as, todas alimentadas por velas. Al final del salÃ³n habÃ­a dos grandes escaleras, que llevaban a las habitaciones del segundo piso. Eran en mÃ¡rmol blanco y formaban una herradura.

Mis hermanas y yo caminÃ¡bamos en fila sobre una gran alfombra roja. Me sentÃ­a como una reina escoltada por sus damiselas.

Cuando llegamos al final del salÃ³n, Sonia se colocÃ³ a mi derecha, Sara a mi izquierda y yo quedÃ© en el medio.

Vi a las muchachas llevarse la mano, con los dedos entrecruzados, al corazÃ³n y arrodillarse.

Yo las imitÃ©.

âGloria y Honor a ustedes, queridas muchachas.â Dijo una voz desconocida para mÃ­.

BichÃ©, curiosa por saber quiÃ©n hablaba.

Me encontrÃ© mirando el corredor que pasaba debajo de las escaleras.

No habÃ­a mucha luz y la Ãºnica cosa que podÃ­a distinguir era una figura con un contorno negro.

Nada mÃ¡s.

âGloria y Honor a ti, Aresâ, dijeron Sonia y Sara.

Yo permanecÃ­ con la boca abierta, tratando de darle un sentido a la sombra que aparecÃ­a delante de mÃ­. No dije nada y las otras dos me miraron como si hubiera hecho el papelÃ³n de mi vida.

Ares sonriÃ³. âNo importa es nueva en nuestro reino, ya aprenderÃ¡.â

âG-Graciasâ tartamudeÃ©, un poco avergonzada.

Me levantÃ© y mis ojos encontraron los de Ares.

HabÃ­a salido de la sombra y un haz de luz lo iluminÃ³.




5

ARES


Las grandes paredes, pintadas, hacÃ­an un Ãºnico espacio con el suelo.

Un remolino, gris, rojo y amarillo parecÃ­a querer devorarme.

EscuchÃ© un zumbido, parecido al que se escucha cuando se estÃ¡ por perder el sentido, a punto de desvanecerse, y esto lo habÃ­a aprendido con creces.

Pocas horas antes me habÃ­a desmayado y habÃ­a muerto.

Luego habÃ­a vuelto a desmayarme.

Pero esta vez era diferente porque solo una cosa veÃ­a con nitidez delante de mÃ­, el rostro de Ares.

No sabÃ­a si era un muchacho o un hombre, no tenÃ­a edad.

Se presentÃ³ delante de nosotras vistiendo solo un par de jeans. Sus mÃºsculos eran marcados sin ser exagerados. Su rostro era como el de un Ã¡ngel, uno de aquellos de los cuadros, que adoran al SeÃ±or.

HabrÃ­a podido ser uno de aquellos. O un serafÃ­n, pues tampoco ellos tenÃ­an edad.

Sus cabellos rubios y rizados, caÃ­an por encima de sus hombros. Su nariz griega era perfecta, sus ojos pequeÃ±os y de un verde intenso como los prados que habÃ­a visto antes de llegar al castillo. El mentÃ³n un poco pronunciado y en punta, y la boca suave y poco carnosa, eran atrayentes.

No sabÃ­a si enfrente de mÃ­ tenÃ­a una divinidad o un inmortal.

Me di cuenta de que habÃ­a estado un rato mirÃ¡ndolo, de boca abierta, solo cuando Sara me dio un pellizco.

âEra hora de que decidieras volver con nosotrosâ dijo en voz baja. âÂ¿QuÃ© diablos te sucediÃ³?â

âY-Yoâ, tartamudeÃ©.

QuÃ© habrÃ­a podido decirle.

Afortunadamente Ares me salvÃ³ de aquella situaciÃ³n embarazosa. âPerdÃ³nenla, es la primera vez que se encuentra de cara con un inmortalâ, y me hizo un guiÃ±o.

âUn placer conocerte, Neman. Bienvenida a nuestro reino.â Ares se arrodillÃ³ delante de mÃ­, tomÃ³ mi mano y me la beso dulcemente, como aquellos caballeros de otros tiempos.

âEl placer es mÃ­o, Aresâ

A juzgar por la expresiÃ³n de Sonia, que levantÃ³ los ojos al cielo y sacudiÃ³ la cabeza, entendÃ­ que habÃ­a hecho el enÃ©simo papelÃ³n.

Me di vuelta y en voz baja dije:âÂ¿quÃ© debÃ­a decir?â

La Ãºnica respuesta que obtuve fue una risita que no pudo ser frenada. Aquellas que debÃ­an de ser mis hermanas me estaban tomando el pelo. Para mÃ­ aquello no era nada divertido y las fulminÃ© con la mirada.

âSÃ­ganmeâ, dijo Ares que no parecÃ­a haber notado nada.

Lo seguimos por los inmensos corredores del castillo, iluminados por enormes candelabros de oro que colgaban de las paredes.

Entramos en una salita que parecÃ­a diminuta para aquel enorme lugar. DebÃ¬a de ser una especie de oficina, con un escritorio de madera en el medio de la misma, y un enorme armario que ocupa toda la pared del fondo.

Delante del escritorio habÃ­a tres sillas de madera, decoradas, de apariencia incÃ³moda.

No habÃ­a cuadros ni ventanas al exterior. Solamente un enorme candelabro con velas encendidas, que colgaba sobre nuestras cabezas.

Encima del escritorio habÃ­a algunos papeles ordenados. NotÃ©, de un lado, algunas hojas escritas, y de otro, hojas en blanco, y cerca de estas un recipiente con tinta y una lapicera de pluma para escribir.

âBienâ, comenzÃ³ Ares, âesta sala es la mÃ¡s segura que tenemos. Como ustedes ya saben, se sabe que llegÃ³. Se rumorea que esta vez es diferente, que podrÃ­a ser Ella, y no solamente Neman. Â¿QuÃ© me pueden decir a propÃ³sito de esto?â

Sara comenzÃ³ a contar todo, como un rÃ­o que corre. Desde mi despertar hasta el evento delante del pueblo del Reino de Elos.

Finalmente entendÃ­ por quÃ© me miraba con sospecha. HabÃ­a entrado en trance y habÃ­a comenzado a hablar con una voz que no era la mÃ­a. Incluso yo, como ella, habrÃ­a sospechado. Pensar en cualquier tipo de posesiÃ³n, me revolvÃ­a el estÃ³mago.

âY entonces sospechas que en ese momento se haya podido manifestar la Diosa en persona. Â¿EntendÃ­ bien Sara?â ConcluyÃ³ Ares.

âEstoy convencida. Por un momento pude ver un rayo en sus ojos, una luz distinta, mi cuerpo sintiÃ³ una presencia diferente, fuerte, yâ¦â tragÃ³ antes de continuar, ây familiarâ.

âEntiendo, pero si fuera la reencarnaciÃ³n de la Diosa, de Morriganâ¦Â¿saben lo que significa, verdad?â

Sara y Sonia se miraron, me miraron, miraron a Ares, hicieron un gesto y miraron hacia abajo.

Â¿QuÃ© significaba aquello?

AguantÃ© la respiraciÃ³n. El estÃ³mago se me retorcÃ­a de ansiedad.

EsperÃ©, deseando que alguien me explicara algo.

Nadie dijo nada.

âYo no sÃ© quÃ© significa todo estoâ explotÃ©. âÂ¿Alguien me podrÃ­a explicar quÃ© diablos significa?â

âSofÃ­a, tesoro, cÃ¡lmateâ dijo Ares. âNo pasarÃ¡ nada malo, todo depende de ti. VerÃ¡s, hace aÃ±os que Morrigan no se deja ver. La Ãºltima vez fue cuando muriÃ³.â

âÂ¿CÃ³mo sucediÃ³?â

TratÃ© desesperadamente de calmarme.

âMuriÃ³ durante una batalla. Se habÃ­a enamorada del oicial del ejÃ©rcito del Reino de Elos, un inmortal. Morrigan es famosa por ser la Reina de la Guerra. Su ayuda hubiera sido preciosa para vencer contra el Reino de Tenot, y vencer a su Rey, Mefisto. Â¡Ese bastardo! Pero Lugh no le permitiÃ³ entrometerse, la amaba demasiado. Morrigan no soportaba la idea de perderlo en la batalla y lo siguiÃ³, asumiendo la forma de cuervo. Cuando vio que Mefisto estaba a punto de matarlo, se transformÃ³ en la vieja de los largos cabellos canos, portadora de muerte. Desgraciadamente muriÃ³ la persona equivocada. La vieja no le apareciÃ³ al Rey, le apareciÃ³ a Lugh.â

âY ella desapareciÃ³ con el corazÃ³n destrozado.â ConcluyÃ³ Sonia. âSe dice que declarÃ³ que se habrÃ­a vengado con Mefisto, apenas tuviera la oportunidad.â

âÂ¿Y entonces quÃ© pasarÃ¡ si soy de verdad la reencarnaciÃ³n de la Diosa? Â¿DeberÃ© de combatir con este despiadado Rey?â

Estaba en verdad muy preocupada. No querÃ­a combatir, era como firmar mi condena a muerte.

Â¿QuÃ© habrÃ­a podido hacer contra un inmortal? Â¡Nada!

âNo, tÃº puedes elegir de quÃ© parte estar. Puedes estar de parte de los buenos, y entonces te vengarÃ¡s de Mefisto y su ejÃ©rcitoâ, comenzÃ³ a explicar Ares.

âY nos salvarÃ­as a nosotros y a nuestro ejÃ©rcitoâ agregÃ³ Sara, mirÃ¡ndome como implorando compasiÃ³n.

âO puedes mascararte de parte de los malos, y entonces junto a ellos, traerÃ¡s muerte y destrucciÃ³n. Se dice que Mefisto estÃ¡ tramando algo desde hace aÃ±os, pero nunca nadie pudo encontrar nada que pudiere descubrir quÃ© es.â

Ares apretÃ³ los puÃ±os y mirÃ³ al vacÃ­o.

Â¡Eran dos elecciones absurdas!

Me parecÃ­a lÃ³gico ubicarme del lado del bien. Primero porque cualquiera lo harÃ­a para salvar su pellejo, y segundo, porque conocÃ­a muchas personas que me ayudarÃ­an a hacerlo.

âElijo estar del lado del bien, obviamente.â

âNo es tan sencillo. DeberÃ¡s siempre guardar tus espaldas, serÃ¡s puesta a prueba. Y por lo que sÃ© hay personas que pueden estar cerca de ti y no revelarse por lo que realmente son. PodrÃ­a trabajar para el Reino de Tenot, y por la espalda obligarte a estar con ellos.â

Â¿QuiÃ¨n podrÃ­a hacer algo asÃ­?

No creÃ­a que Sara ni Sonia pudieran traicionarme bajo mis narices, y tal vez tampoco Gabriel.

Â¡No! Ãl sÃ­, pensÃ¡ndolo bien, sÃ­ habrÃ­a sido capaz.

Me habÃ­a avisado que tenÃ­a una misiÃ³n que terminar y ademÃ¡s estaba aquella historia de yo-hago-mal-a-quienes-estÃ¡n-a-mi-lado.

SÃ­, Ã©l serÃ­a un Ã³ptimo candidato.

âÂ¡Gabriel!â me sorprendÃ­ diciendo.

âÂ¿Gabriel? Piensas que Ã©l pueda estar en tu contra, Â¿por quÃ©?â Ares se llevÃ³ una mano, en gesto de pensar, al mentÃ³n.

âNo, en realidadâ¦era solo un pensamiento.â

TratÃ© de justificarme, moviendo las manos para borrar lo que habÃ­a dicho.

Sara con sus aires de niÃ±a inocente, se girÃ³ hacia mÃ­. âGabriel no le harÃ­a daÃ±o nunca a ninguna de nosotras, no es malo, te equivocas.â

âEs el Ã¡ngel de la muerte, no estÃ¡ de ningÃºn lado. En realidad estÃ¡ donde le conviene.â Un rayo de odio pasÃ³ por los ojos de Ares.

Un temblor me puso la piel de gallina y una cantidad de imÃ¡genes comenzaron a amontonarse en mi mente.

Lloraba, estaba sola en un bosque y tenÃ­a miedo.

Era un recuerdo desenfocado.

O tal vez un soÃ±o sin terminar que habÃ­a permanecido en mi memoria.

CerrÃ© los ojos para poder concentrarme mejor y una voz resonÃ³ dentro de mÃ­ fuerte y clara.

Retan ni stequo pocor.

Algo en el recuerdo llamÃ³ mi atenciÃ³n.

Una figura caminaba hacia mÃ­. Dos ojos amarillentos esplendÃ­an en la noche, como los de un gato.

Las imÃ¡genes se bloquearon ahÃ­.

AbrÃ­ los ojos, y nadie pareciÃ³ darse cuenta de lo que acababa de sucederme.

Ares buscaba algo en los cajones del escritorio. SacÃ³ un paquetito de color rojo tan fuerte, que parecÃ­a negro a la luz de las velas.

Lo abriÃ³ y sacÃ³ de Ã©l un collar.

Era estupendo.

Lo levantÃ³ de modo que todas pudiÃ©ramos verlo.

La luz de las velas se reflejaba en el cristal rojo del centro, con forma de corazÃ³n, emanando rayos rojizos por toda la sala. A ambos lados del corazÃ³n habÃ­a dos dragones, uno blanco y uno negro, con las colas entrelazadas en la parte inferior, y sus alas desplegadas.

âÃsalo siempre SofÃ­a. El corazÃ³n del DragÃ³n te protegerÃ¡ y te ayudarÃ¡ a domar tus poderesâ Ares se levantÃ³ y avanzÃ³ hacia mÃ­.

RecogÃ­ mis cabellos, para permitir que Ares me colocara el collar.

Era frÃ­a al tacto, y podÃ­a percibir el poder que portaba aquel corazÃ³n rojo.

âCreo que ya es hora de acompaÃ±arlas a sus habitaciones, estarÃ¡n cansadasâ Dijo Ares acariciÃ¡ndome el cabello.

No me habÃ­a dado cuenta lo tarde que era. El sol, si bien menos fuerte, continuaba brillando en aquel cielo azul. Deseaba que los dormitorios tuvieran cortinas pesadas, de manera que no dejaran entrar la luz.

Siempre habÃ­a dormido en la oscuridad absoluta.

No querÃ­a que ninguna luz molestara mi sueÃ±o, y saber que allÃ­ el sol nunca daba paso a la luna me preocupaba un poco.

Mis hermanas salieron, y yo luego de ellas, como siempre lo hacÃ­amos.

Ares me aferrÃ³ del brazo, en cuanto mis hermanas ya estaban un poco distantes, y me retuvo en la salita.

Los cabellos me habÃ­an caÃ­do en el rostro, y el inmortal me los retirÃ³, con total ternura, acariciÃ¡ndome el rostro.

âTe has transformado en una mujer esplÃ©ndida, SofÃ­a.â

QuÃ© querÃ­a decir, yo no lo sabÃ­a, y tampoco me importaba.

Estaba completamente hipnotizada por aquellos ojos verdes, que al mirarlos tan de cerca, notÃ© que estaban circundados de pequeÃ±os puntitos dorados, alrededor de las pupilas.

Me habrÃ­a podido manejar como una marioneta y de hecho, no me di cuenta que habÃ­a acercado mucho su cuerpo al mÃ­o.

âTÃº eres mÃ­a, y de nadie mÃ¡s.â

Luego pronunciÃ³ palabras incomprensibles para mÃ­, y sus pupilas se dilataron. Vi ese rayo rojo salir de sus ojos, y por mi espalda corriÃ³ un escalofrÃ­o.

Estaba en peligro lo sentÃ­a en cada rincÃ³n de mi cuerpo, pero no podÃ­a moverme ni gritar.

HabÃ­a sido raptada por aquel serafÃ­n inmortal y no hubiera podido hacer nada, sino simplemente rendirme y entregarme a Ã©l.

BajÃ³ la cabeza y me besÃ³. No fue un beso apasionado, sino un flujo de poder que salÃ­a de sus labios hacia los mÃ­os.

Justo en ese momento comprendÃ­ dos cosas.

La primera que era Morrigan la Diosa de la guerra y el cambio, y de esto estaba segura.

Y habÃ­a podido darle un nombre a esa figura mal enfocada que habÃ­a venido a mi mente instantes antes.

SabÃ­a quiÃ©n me querÃ­a hacer daÃ±o, y desde ese momento tendrÃ­a controlados todos sus movimientos.




6

VIEJOS RECUERDOS


Mi cuarto era enorme.

Las paredes parecÃ­an de oro. Con decoraciones floreadas, muy sencillas.

En el techo habÃ­a pintado un hermoso cielo azul con blancas nubes, y del centro caÃ­a un finÃ­simo candelabro de oro, con forma de pirÃ¡mide y base redonda, al cual lo habÃ­an llenado de velas.

Estaba demasiado cansada, como para ponerme a contarlas.

Mi atenciÃ³n fue llamada por la enorme cama, de madera y hierro, con dos cortinas blancas a los costados.

Encima del acolchado habÃ­a un camisÃ³n de seda ambar, con recamos de color rosa alrededor de los senos.

Me la puse y fui hacia la ventana, enorme, que se encontraba justo enfrente a la puerta.

CerrÃ© la pesada cortina, y con gran alegrÃ­a, me di cuenta de que no entraba siquiera un rayo de sol.

ApaguÃ© las velas y me metÃ­ entre las sÃ¡banas con sumo placer.

Al inicio no soÃ±Ã© nada en particular. Luego me encontrÃ© en medio a un bosque con unos pinos tan alto que parecÃ­an perforar el cielo. Me vi sentada en el piso sobre un colchÃ³n de hojas secas.

HacÃ­a frÃ­o y a humedad me entraba hasta los huesos.

Temblaba.

El corazÃ³n me batÃ­a a mil.

Estaba aterrorizada.

QuerÃ­a gritar, llorar, querÃ­a a mi madre.

Â¿SerÃ­a un recuerdo de cuando era niÃ±a?

Â¿Un recuerdo que querÃ­a borrar?

Tal vez sÃ­.

HabÃ­a visto aquella escena en mi mente, antes, mientras hablÃ¡bamos con Ares.

Â¿Era coincidencia o fatalidad, que justo me viniera a la mente ahora?

En un cierto momento, en sueÃ±os, sentÃ­ pasos.

Hojas pisadas, ramas partidas.

Alguien se acercaba.

PodÃ­a sentir una respiraciÃ³n, como si ese alguien, hubiera corrido para llegar hasta allÃ­.

Lo escuchÃ© reÃ­r.

âPequeÃ±a SofÃ­a, no grites, no tengas miedo. Las otras chicas ni siquiera se dieron cuenta. Quieres ser la Ãºnica cobarde.â

Aquel saliÃ³ de la oscuridad y se me acercÃ³.

Era una sombra, una figura de hombre, con alas negras, tan negras que se confundÃ­an con la noche.

Me puse a lloras fuerte, muy alto, sin importarme de lo que habÃ­a dicho de las otras muchachas.

No me importaba ser la mÃ¡s valiente, solo querÃ­a que alguien me llevara a casa.

El hombre comenzÃ³ a parlotear en una lengua desconocida. Finalmente gritÃ³: âRetan ni stequo copor. Entre en este cuerpo, MÃ¡xima Diosa.â

Una luz agujereÃ³ el cielo y se hacÃ­a cada vez mÃ¡s grande.

Un rayo verde dibujÃ³ un cÃ­rculo perfecto a mi alrededor, y aquello que parecÃ­a el polvo mÃ¡gico de Trilli, comenzÃ³ a subir dibujando esplÃ©ndidos arcoÃ­ris, cada vez que entraba en contacto con el rayo de luz.

AlarguÃ© mis manos para tocarla y dejÃ© de llorar.

Me sentÃ­a tranquila, como si estuviera con mi madre en su cama, y no fuera en un bosque oscuro.

El rayo verde de a poco desapareciÃ³.

El Ã¡ngel negro dijo: âEs hora de que entres en su cuerpo Diosa, te matarÃ© con mis propias manos.â AvanzÃ³ hacia mÃ­. âSe harÃ¡ justicia.â

Algo hizo aparecer un pequeÃ±o rayo de luna, y saltÃ³ delante de mi cabeza.




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