Ha Caído Un Piloto En Mi Jardín
Giovanni Odino







Giovanni Odino




Ha caÃ­do un piloto en mi jardÃ­n


Amores, crÃ­menes y magia en las colinas del OltrepÃ² Pavese

Novela

TÃ­tulo original: Ã caduto un pilota nel giardino

TraducciÃ³n de Delia Nieto Sanz




 (http://www.odino.com/)




Copyright


Ha caÃ­do un piloto en mi jardÃ­n

Amores, crÃ­menes y magia en las colinas del OltrepÃ² Pavese

de Giovanni Odino

Novela

Tektime - TraducciÃ³n de libros

TraducciÃ³n de Delia Nieto Sanz

El proyecto grÃ¡fico y las imÃ¡genes de la cubierta son del autor.

Los caracteres utilizados para la cubierta es Diplomata Licenza SIL Open Font Licenz (https://www.fontsquirrel.com/license/diplomata)e.

Para las imÃ¡genes nÃºmero 1 y 2, provenientes de internet, no se han encontrado crÃ©ditos de autor. Rogamos nos disculpen por toda omisiÃ³n involuntaria. Las imÃ¡genes nÃºmero 3 y 4 son del autor.

Los personajes y los nombres son ficticios. Toda referencia a hechos acontecidos y a personas que han existido realmente o que todavÃ­a viven debe considerarse absolutamente casual.

Â© Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicaciÃ³n puede ser reproducida sin autorizaciÃ³n, excepto breves pasajes en el marco de una crÃ­tica literaria.




La historia


Edoardo estÃ¡ volando sobre los viÃ±edos del OltrepÃ² Pavese [01], pulverizando un pesticida, cuando, por una distracciÃ³n durante una maniobra, se precipita en el jardÃ­n de la casa de Carlotta. Se inicia una relaciÃ³n cargada de pasiÃ³n y erotismo entre el piloto y la mujer, pero con fases alternas. Carlotta, liberada de un matrimonio infeliz, se confÃ­a a prÃ¡cticas de dudosa eficacia para retener lo que considera un regalo caÃ­do del cielo. Edoardo descubre que los rumores y las supersticiones de los paisanos atribuyen a la mujer la culpa de dos hechos de sangre ocurridos en el pasado y decide investigar. La historia se enlaza con las experiencias erÃ³ticas, pasionales y culinarias del protagonista y de los otros personajes, en un ambiente popular y rural.




Personajes principales


Adelmo Ferrari - Agricultor

Adinolfi - Mariscal de los carabineros

Alessandro - Cocinero

Alessio - Dependiente del bar

Angela - Agricultora

Anna - Mujer de Maurizio

Armando - Recepcionista del hotel

Bondone - Abogado

Carlotta Bianchi - DueÃ±a de la casa con jardÃ­n

Carlo Rossi - MecÃ¡nico del helicÃ³ptero

Clelia Benzi - Vitivinicultora

Cremonini - Tendero

Cosimo Respighi - Padre de Edoardo

Diego Monferrino - Piloto joven

Edoardo Respighi - Piloto del helicÃ³ptero

Elisabetta Ferrari - Madre de Adelmo

Infermiere - Del servicio de urgencias

Marcello - Ex-marido de Carlotta

Mariolino Marini - Molinero

Martina Mengoli - Hija de la familia Mengoli

Matilde - Ex novia de Edoardo

Maurizio - Agricultor

Mengoli, coniugi - Gerentes de una taberna

Oronzo Amoruso - DueÃ±o de la droguerÃ­a

Santino Panizza - Propietario de Eli-Linee

Scafato - Cadete de los carabineros

Sergio - DueÃ±o de un restaurante

Sonia - Exnovia de Edoardo

Vanzi Bruno - Agricultor

Vanzi Mariagrazia - Agricultora, mujer de Bruno

Valeria Ferrari - Hermana de Adelmo




Dedica


Dedico esta novela a todas las personas que he conocido durante los quince aÃ±os dedicados al vuelo en el marco de los servicios con helicÃ³ptero a la agricultura, y que me han acompaÃ±ado a lo largo de ese perÃ­odo de mi vida.




EpÃ­grafe


Es tiempo de volar

A nuestro alrededor se oye,

armÃ³nica de las arboledas

notas sutiles

dedos de remolino

vertiginoso, la ansiedad

resonar en las ramas.

Enredados como ovillos

improvisados, pensamientos fugitivos

desde las colinas ruedan a la llanura.

Dan saltos ligeros,

sordos; se despliegan

a lo largo de los senderos.

La mirada se dirige a lo alto

donde el viento dibuja

el rÃ­o de los recuerdos.

Caminamos juntos, busco tu mano:

es tiempo de volar.

(PoesÃ­a del autor)



Ha caÃ­do un piloto en mi jardÃ­n




I


21 de junio de 1988, martes â El accidente

AÃºn unas horas de trabajo y habrÃ© acabado por hoy. MaÃ±ana serÃ¡ el Ãºltimo dÃ­a. Si sigue haciendo buen tiempo, tendremos al menos tres dÃ­as de descanso. Uno para perfeccionar el vuelo en helicÃ³ptero de Diego y dos para mÃ­.

Veamos la estela... bien, no se expande fuera del viÃ±edo. Cierro la bomba. Subo el morro, giramos. Junto a ese poste, ahora abro la bomba de nuevo. La velocidad es correcta. MÃ¡s potencia, ahora otra vez hacia abajo. Las temperaturas son correctas; todavÃ­a tengo gasolina para media hora.

A lo mejor doy un salto a casa de mis padres. O dos dÃ­as en Recco, o Camogli. Se tarda media hora con el coche. Pero Â¿con quiÃ©n? No quiero problemas. Me gustarÃ­a algo relajante.

Cierro la bomba. Giro. Controlo la estela. Retomo desde allÃ­. MÃ¡s potencia. Bomba. Revoluciones del motor, cuidado.

PodrÃ­a pedÃ­rselo a la chica del estanco. Creo que no tiene novio y siempre me sonrÃ­e cuando voy a comprar los cigarrillos.

Cuidado con la barra de la derecha. Â¿Paso, con ese poste? AsÃ­ estÃ¡ bien. Al fondo veo el cable del telÃ©fono. Tengo que recordarlo.

TendrÃ¡ veinticinco aÃ±os. Un poco joven, pero no lo suficiente como para no saber quÃ© significa pasar dos dÃ­as en el mar. Hoy irÃ© a comprar dos paquetes. EntrarÃ© solo si no hay nadie y le preguntarÃ© si quiere ir a Camogli conmigo. Nos vamos el sÃ¡bado despuÃ©s de comer y volvemos el domingo despuÃ©s de cenar. No estÃ¡ mal. SerÃ© claro, una cosa entre amigos. Sin complicaciones amorosas. Solo sexo sano.

Cuidado con el Ã¡rbol. MÃ¡s potencia... Â¡Mierda! He tocado. Vibra un montÃ³n. Empieza a dar vueltas. Pedal. No funciona... he tocado con el rotor de cola. Menos potencia. Hay un espacio abierto. Abre la vÃ¡lvula, empina al mÃ¡ximo. Velocidad cero. Las revoluciones... las revoluciones. Â¡Dios mÃ­o, quÃ© pocas! Nivela la posiciÃ³n. Las revoluciones... cae demasiado rÃ¡pido. Sobre el prado. Se ha hundido el asiento.

Las palas del rotor han golpeado el suelo. Salgo disparado.

Cuidado con la cabeza. Debo mantener la tensiÃ³n muscular. Los mandos tienen sacudidas. Se me escapan de las manos. Un trozo de una pala se ha empotrado en el Ã¡rbol. El motor sigue en marcha. Menos mal que he bajado las revoluciones. No consigo atrapar los mandos. Me estoy cayendo, pero por mi lado.

QuÃ© golpe.

El motor se ha parado. Esperemos que no se incendie. QuÃ© silencio.

Â¿QuÃ© es esta agua? Es el producto que entra en la cabina. No puedo moverme. Espero no haberme roto la columna.

Dudaba de cÃ³mo reaccionar. Venciendo sus miedos, se dirigiÃ³ hacia la puerta de la cocina que daba directamente a la amplia veranda que se asomaba al jardÃ­n. Se acordÃ³ de la tarta: no podÃ­a quemarse bajo ningÃºn concepto, sea lo que fuere que habÃ­a pasado. VolviÃ³ al horno, lo apagÃ³ y saliÃ³.

Rodeado de rosales variados y de manchas de las mil flores multicolores de las plantas de la huerta, de los Ã¡rboles frutales y de los ornamentales, habÃ­a un amasijo informe de piezas metÃ¡licas humeantes: era un helicÃ³ptero, roto y abollado, en medio del amplio jardÃ­n de la villa.

La nave estaba volcada hacia un lado, con un patÃ­n levantado hacia el cielo, como la pata de un pÃ¡jaro vÃ­ctima de un cazador.

De la amplia fisura de un depÃ³sito se escapaba un lÃ­quido azul que se vertÃ­a en el interior de la cabina, sobre las partes metÃ¡licas y tambiÃ©n sobre el motor todavÃ­a caliente, produciendo una columna de vapor sibilante. El derrame llegaba hasta la hierba del jardÃ­n, donde se habÃ­a formado un charco alimentado tambiÃ©n por el contenido de otro depÃ³sito, aplastado entre el helicÃ³ptero y el terreno. Las palas del rotor estaban arrancadas y esparcidas por el jardÃ­n, y la cola estaba rota y plantada en la tierra como para sujetar la estructura.

Carlotta se acordÃ³ del helicÃ³ptero que trabajaba los veranos para los viticultores de aquellas colinas del OltrepÃ² Pavese, esparciendo el pesticida que protegÃ­a los cultivos de los ataques de mildiu. MÃ¡s o menos una vez por semana lo oÃ­a volar sobre los viÃ±edos que cubrÃ­an las colinas alrededor de su casa. Se dio cuenta de que no veÃ­a al piloto.

Esperemos que no se haya hecho daÃ±o.

Estaba intentado decidir si debÃ­a acercarse cuando el rugido de un motor atrajo su atenciÃ³n. Un Fiat Ritmo blanco frenÃ³ bruscamente delante de la verja de acceso a su casa, produciendo, al derrapar sobre el camino blanco, una nube de polvo. Del coche salieron tres personas que, despuÃ©s de trepar el pequeÃ±o muro y el seto de laurel, corrieron hacia el helicÃ³ptero. Carlotta los vio pasar por delante de ella sin que ninguno diera indicios de haber notado su presencia.

âÂ¡Edoardo! Edoardo, Â¿estÃ¡s bien? âgritÃ³, nerviosÃ­simo, el hombre mÃ¡s anciano de los tres, mientras corrÃ­a hacia el helicÃ³ptero.

âEspera, Maurizio. Espera antes de acercarte, podrÃ­a haber riesgo de incendio âle previno el segundo hombre, mÃ¡s joven, que iba corriendo detrÃ¡s de Ã©l llevando un extintor portÃ¡til. TenÃ­a una expresiÃ³n serÃ­sima y parecÃ­a muy preocupado.

El tercero, un chico atlÃ©tico con el pelo castaÃ±o claro bastante largo y unos ojos azules brillantes, se parÃ³ antes, mÃ¡s cerca de Carlotta, como si no tuviera el valor de acercarse mÃ¡s a la escena del siniestro. Carlotta notÃ³ que, a parte del hombre mÃ¡s anciano, vestido con el estilo de los agricultores cuando estÃ¡n de faena, con pantalones amplios y camisa de cuadros arremangada, los otros llevaban unos monos de color azul con grandes bolsillos.

âBuenos dÃ­as. âCarlotta saludÃ³ al joven para llamar su atenciÃ³n.

El chico se dio la vuelta y la mirÃ³, como si se hubiera dado cuenta de su presencia solo en ese momento.

âBuenos dÃ­as, seÃ±ora. PerdÃ³neme, pero no la habÃ­a visto.

âMe he dado cuenta. Soy Carlotta Bianchi y este es mi jardÃ­n. Sois del helicÃ³ptero, me imagino.

âSÃ­, sÃ­. Hemos venido por el accidente ârespondiÃ³ precipitadamente el joven, volviendo a mirar el helicÃ³ptero con los ojos desorbitados.

âEdoardo. RespÃ³ndeme, Â¿cÃ³mo estÃ¡s? âseguÃ­a llamando con voz fuerte el primer hombre, mientras intentaba meterse bajo la mole de metal, pringÃ¡ndose en el charco azul que se habÃ­a formado bajo y alrededor del helicÃ³ptero.

âJoder. Sacadme de aquÃ­. Â¡Me estoy ahogando en el producto! âpidiÃ³ con vehemencia el piloto, que permanecÃ­a atrapado bajo la nave volcada.

âGracias al cielo estÃ¡ vivo. Diego, ven y empuja la cabina. Tienes que conseguir levantarla unos diez centÃ­metros mientras Carlo y yo intentamos extraer a Edoardo âdijo el hombre mÃ¡s anciano.

âVale. Voy ârespondiÃ³ el chico, haciendo un gesto a Carlotta, como pidiÃ©ndole permiso para alejarse.

âEdoardo, Â¿puedes mover las piernas? IntÃ©ntalo con cuidado, y si sientes dolor no fuerces el movimiento âdijo Maurizio, que habÃ­a tomado la direcciÃ³n de las operaciones con autoridad.

âPuedo, e incluso lo harÃ­a mejor si no tuviese esta mole de chatarra encima. Sacadme de aquÃ­ y os harÃ© ver un par de pasos de vals.

âVeo que estÃ¡s bien, puedes soltar las tonterÃ­as tÃ­picas de todos los dÃ­as âdijo Carlo, que, mientras tanto, habÃ­a dejado el extintor en el suelo y habÃ­a conseguido cogerle un brazo.

âÂ¿Listo, Diego? Cuando diga Â«vamosÂ» levanta lo mÃ¡s que puedas.

Carlotta observaba con una cierta admiraciÃ³n la aparente facilidad con la que los tres hombres se estaban coordinando en el salvamento. Se veÃ­a que estaban acostumbrados a trabajar juntos.

âVamos, Diego, levanta... Â¡para! âordenÃ³ Maurizioâ. No te muevas, Edoardo, te sacamos nosotros. Venga, Carlo. Juntos. Tiii-ra, vamos, tiii-ra, Ãºltimo esfuerzo: tiii-ra.

Edoardo apareciÃ³ de debajo del helicÃ³ptero con gran satisfacciÃ³n de todos. Se puso de pie soltando un grito a todo pulmÃ³n:

âAaaghâ¦ âDespuÃ©s, apretando fuerte los puÃ±os y cerrando los ojos, volviÃ³ a gritarâ: Aaagh â¦ âcomo un guerrero maorÃ­ queriendo asustar a sus enemigos.

Carlotta vio erguirse en medio del amasijo aquella figura imponente, con el mono de vuelo empapado pegado al cuerpo. De la cabeza a los pies, estaba todo recubierto de un bonito color azul. Le pareciÃ³ un extraterrestre y pensÃ³ en el helicÃ³ptero como una nave espacial. SintiÃ³ una breve perturbaciÃ³n en el pecho y le vino en mente la letra de una vieja canciÃ³n:

Extraterrestre llÃ©vame lejos,

quiero una estrella para mÃ­,

extraterrestre ven a atraparme,

quiero un planeta para volver a empezar.

Edoardo jadeaba, tosÃ­a y escupÃ­a una saliva azulada. âJoder. QuÃ© asco me da esto. Soy un idiota. Un idiota. SabÃ­a que tenÃ­a que volar mÃ¡s alto. Lo sabÃ­a.

âTÃºmbate, tranquilÃ­zate un poco. Hemos llamado a la ambulancia y estarÃ¡ aquÃ­ dentro de poco âdijo Maurizio.

âPero Â¿quÃ© ambulancia? No tengo nada. Quiero ir al hotel a lavarme y quitarme esta porquerÃ­a.

Â»Mierda. Â¿HabÃ©is avisado al jefe? Tenemos que pedir otro helicÃ³ptero para seguir con los vuelos.

âNo te preocupes por el trabajo âintervino Maurizioâ. Eso ya lo arreglaremos mÃ¡s tarde.

âPues llevadme para que me lave. Â¿No veis cÃ³mo me he puesto?

LlegÃ³ una ambulancia y aparcÃ³ rÃ¡pidamente detrÃ¡s del Fiat Ritmo de Carlo. Maurizio hizo un gesto con la mano para llamar la atenciÃ³n. SaliÃ³ una persona y corriÃ³ hacia el grupo.

âSoy el enfermero. Â¿QuiÃ©n es el herido?

âÃl âdijeron Maurizio y Carlo al mismo tiempo, seÃ±alando a Edoardo.

âPero quÃ© herido ni quÃ© ocho cuartos. Â¡No me he hecho nada! âexclamÃ³ el pilotoâ. AquÃ­ el Ãºnico herido es Ã©l, piensa quÃ© puedes hacer para reanimarlo. âSe dio la vuelta seÃ±alando con el Ã­ndice en direcciÃ³n del helicÃ³ptero.

Carlo intervino:

âÃrase una vez un helicÃ³ptero de constituciÃ³n sana y robusta. DespuÃ©s tuvo relaciones Ã­ntimas con un piloto poco recomendable.

El enfermero los mirÃ³ a todos como si hubiera llegado allÃ­ por error. Se recuperÃ³ rÃ¡pido, porque Ã©l tambiÃ©n estaba acostumbrado a gestionar situaciones de emergencia.

âTenemos que ir al hospital para asegurarnos de que no hay lesiones internas o un traumatismo craneal. âHizo un gesto al conductor de la ambulancia y al voluntario, que completaban el grupo que habÃ­a llegado con Ã©l, para que se acercaran con la camilla.

âJoder. Â¿CÃ³mo tengo que deciros que no me pasa nada? Alejad esta camilla de aquÃ­. Da mala suerte, y al final alguien va a necesitarla de verdad.

âAl menos dÃ©jeme hacer los controles mÃ­nimos para determinar su estado âpidiÃ³ pacientemente el enfermeroâ. Â¿Era un lÃ­quido tÃ³xico? Â¿Lo ha ingerido?

âMe ha llegado a la boca, pero no lo he tragado. No puede ser muy venenoso, si no, estarÃ­amos todos muertos hace tiempo ârespondiÃ³ Edoardo. DespuÃ©s se sentÃ³ en la hierba y consintiÃ³, mientras se calmaba, a que le hicieran unas pruebas. DespuÃ©s de un examen rÃ¡pido, el enfermero excluyÃ³ el traumatismo craneal y los daÃ±os a la columna vertebral.

âSi realmente no quiere ir al hospital me tiene que firmar esta hoja en la que declara que renuncia por voluntad propia.

âDÃ©mela, firmo todo. Pero que no haya facturas despuÃ©s.

El enfermero, que tenÃ­a mucha experiencia, sonriÃ³: habÃ­a notado una cierta alteraciÃ³n en el comportamiento del piloto, debida a la adrenalina que todavÃ­a circulaba por su cuerpo, pero tambiÃ©n veÃ­a, por lo que habÃ­a podido verificar durante las pruebas y por cÃ³mo se movÃ­a para todos lados, escupiendo y blasfemando, que no habÃ­a sufrido ningÃºn daÃ±o fÃ­sico. Una vez firmada la declaraciÃ³n curioseÃ³ unos minutos mÃ¡s junto a los otros dos colaboradores alrededor de los restos del helicÃ³ptero, y despuÃ©s decidiÃ³ que podÃ­an irse. Los tres volvieron a entrar en la ambulancia e intentaron marcharse. Lo intentaron, porque durante todo este tiempo se habÃ­a juntado un pequeÃ±o grupo de curiosos, y sus coches habÃ­an bloqueado la carretera. Tras unas cuantas maniobras y varias imprecaciones, la ambulancia consiguiÃ³ marcharse. TambiÃ©n el grupo de curiosos se marchÃ³, despuÃ©s de las muchas invitaciones amables, pero firmes de Maurizio y de Carlo a que lo hicieran.

âBueno. Â¿QuerÃ©is llevarme al hotel? âpreguntÃ³, irritado, Edoardoâ. Â¿Tengo que llamar a un taxi? Â¿Tengo que ir en helicÃ³ptero?

Empezaron a reÃ­r todos, que lo miraban mientras se observaba a sÃ­ mismo, con las manos en la cintura, goteando lÃ­quido azul.

âVamos. Te llevo yo âdijo Maurizio.

âSi quiere, puede ducharse aquÃ­ âintervino Carlotta.

Se dieron la vuelta para mirarla. Maurizio, que conocÃ­a a la mujer por haberla visto alguna vez en el pueblo, pero sobre todo porque vivÃ­an en la misma colina, se dio cuenta de que ni siquiera le habÃ­an pedido permiso para entrar. Le hablÃ³, con una clara expresiÃ³n de embarazo en su cara:

âGracias, seÃ±ora Bianchi, perdÃ³nenos por la intrusiÃ³n. Hemos sido maleducados, pero estÃ¡bamos preocupados por el piloto.

âÂ¿Y quiÃ©n no lo habrÃ­a estado? ârespondiÃ³ ella. âPara nosotros no hace falta, pero si el piloto pudiera, serÃ­a muy amable por su parte.

âComo les he dicho, no hay ningÃºn problema. Maurizio se dirigiÃ³ a Edoardo:

âTÃº, es mejor si te arreglas aquÃ­. La seÃ±ora te deja usar su baÃ±o. Nosotros vamos rÃ¡pidamente a limpiarnos y volvemos enseguida. Nos encontraremos dentro de media hora, todos arreglados.

âDe acuerdo, hasta luego ârespondiÃ³ Edoardo. TodavÃ­a se sentÃ­a algo aturdido, y la idea de darse una ducha inmediatamente lo seducÃ­a. DespuÃ©s aÃ±adiÃ³â: Maurizio.

âDime.

âDame uno de tus cigarros. Los mÃ­os ahora solo valen para los pitufos. âEnseÃ±Ã³ la caja de cigarrillos holandeses, aplastada y empapada de agua azul.

âCuidado al fumarlo. Es para hombres de verdad, no como tus cigarrillos para mariquitas.

Edoardo sonriÃ³ con expresiÃ³n de resignaciÃ³n, y cogiÃ³ con dos dedos, para no mancharlo, el cigarro toscano que le daban.

âDÃ©melo, seÃ±or Edoardo, he oÃ­do que le llaman asÃ­, asÃ­ lo mantendrÃ© seco. Soy Carlotta Bianchi.

âEdoardo Respighi, es un placer. Siento la que he montado...

âNo se preocupe. Lo importante es que no estÃ© herido.

âEntonces, hasta luego âdijo Maurizio.

Carlotta precediÃ³ al piloto hasta el cuarto de baÃ±o. CogiÃ³ unas toallas limpias de un mueble apoyado en la pared, y un albornoz para hombre. Se asegurÃ³ de que en el estante de la ducha hubiera gel y champÃº y colocÃ³ una alfombrilla en el suelo y unas sandalias havaianas.

âEstÃ¡n limpias âdijoâ. DeberÃ­an ser de su talla.

Edoardo la mirÃ³ y se excusÃ³ otra vez:

âGracias, seÃ±ora. Siento tanto las molestias...

âNo se preocupe, tÃ³mese su tiempo.

Los ojos del hombre, que resaltaban en el azul de la cara, le hicieron el efecto de la mirada de un animal... de un animal herido, todavÃ­a peligroso, con toda su fuerza, pero que tambiÃ©n necesitaba esconderse y curar sus heridas.

Se acordÃ³ del gorila que habÃ­a visto hacÃ­a muchos aÃ±os âtodavÃ­a era una muchacha jovenâ en un zoo llamado impropiamente jardÃ­n zoolÃ³gico, ya que de jardÃ­n no tenÃ­a nada, instalado en un espacio que no bastaba para contener su deseo de libertad. Cuando Carlotta cruzÃ³ la mirada con Ã©l recibiÃ³ un impulso de fuerza animal constreÃ±ida por la impotencia. Se habÃ­a sentido asustada y al mismo tiempo atraÃ­da por aquella llama de humanidad primordial que habÃ­a notado en la mirada del gorila. En su interior se habÃ­a creado un estado de excitaciÃ³n que se calmÃ³ solo cuando, al reparo de un Ã¡rbol enorme y algunos arbustos, convenciÃ³ a su novio para hacer el amor.

âMarcello, tesoro... mÃ¡s fuerte. MÃ¡s fuerte âinsistÃ­a con la voz ronca, mientras lo abrazaba con todas sus fuerzas. Solo en otras pocas ocasiones le habÃ­a susurrado, casi como si no quisiera que le oyera, aquellas palabras que ahora sin embargo pronunciaba lentamente acompaÃ±Ã¡ndolas con potentes movimientos de cadera. No tardÃ³ mucho en alcanzar el culmen del placer, lo cual aliviÃ³ a su compaÃ±ero: no habrÃ­a podido resistir mucho mÃ¡s un tal asalto. DespuÃ©s recordarÃ­a aquel episodio como una prueba del amor fuerte y el gran deseo que Carlotta, de joven, sentÃ­a por Ã©l. Ella, por el contrario, intentÃ³ olvidarlo, porque el recuerdo de aquella relaciÃ³n fÃ­sica le traÃ­a a la memoria, inevitablemente, la mirada triste e inquietante del gran simio.

***

OÃ­a el ruido del agua en la ducha. La historia no la habÃ­a asustado, pero dentro de ella se habÃ­a instalado una turbaciÃ³n sutil que no conseguÃ­a interpretar. Daba vueltas por la cocina, quitando el polvo a las superficies sin polvo y ordenando las cosas que ya estaban en su sitio.

Se dirigiÃ³ hacia el cuarto de baÃ±o. SeguÃ­a oyendo el ruido del agua que fluÃ­a, y nada mÃ¡s.

LlamÃ³ a la puerta.

âSeÃ±or Edoardo, Â¿estÃ¡ bien? Â¿Necesita algo?

No hubo respuesta.

Lo intentÃ³ de nuevo, llamando mÃ¡s fuerte.

âÂ¿Todo bien? Â¿Necesita algo?

Otra vez, ninguna respuesta. Solo el sonido del agua que cae.

A lo mejor se encuentra mal, mejor controlar.

Ya sabiendo por quÃ©, pero sin querer admitirlo, entreabriÃ³ la puerta. El baÃ±o estaba envuelto en vapor. Lo entreviÃ³ apoyado con la frente a la pared, inmÃ³vil. Dejaba que el agua se demarrase por su espalda.

EntrÃ³ en la sala y repitiÃ³:

âÂ¿EstÃ¡ bien? Â¿Necesita algo?

Edoardo saliÃ³ del limbo en el que se hallaba y se girÃ³ de golpe hacia ella. La figura robusta surgiÃ³ en el espacio de la ducha saturado de vapor. El agua que salÃ­a del grifo se derramaba desde arriba, fluyendo sobre su pelo negro corto, su cara y sus hombros y despuÃ©s sobre su tÃ³rax velludo, sobre su sexo y sobre sus piernas.

âPerdone. No querÃ­aâ¦ âdijo Carlotta, dando un paso atrÃ¡s.

Edoardo se tapÃ³ con las manos en un gesto espontÃ¡neo de pudor.

âTiene razÃ³n, llevo mucho tiempo en el baÃ±o. Salgo ahora mismo.

Los ojos marrones asumieron una vaga expresiÃ³n de niÃ±o pillado infraganti. A Carlotta, ese hombre grande y fuerte le pareciÃ³ indefenso. Le volviÃ³ a la mente ese dÃ­a, ya lejano, cuando buscÃ³ en su novio, que despuÃ©s se convirtiÃ³ en su evanescente marido, un hombre fuerte y tierno, protector y necesitado de protecciÃ³n, amante y necesitado de amor. El hombre despojado de las superestructuras culturales, el hombre en su esencia que entreviÃ³ por un momento en la llama vital de los ojos del gorila atrapado en la jaula del zoo.

Se quitÃ³ el vestido ligero, que dejÃ³ caer al suelo. Se quitÃ³ el sujetador y las bragas y entrÃ³ en la ducha. El impacto con el lÃ­quido caliente fue casi doloroso. La temperatura alta la proyectÃ³ a una dimensiÃ³n paralela. El agua le parecÃ­a venir de una cascada altÃ­sima que, desde lo alto de la boca de un crÃ¡ter volcÃ¡nico, caÃ­a primero sobre ellos y luego sobre el magma, produciendo el vapor que les envolvÃ­a. La cercanÃ­a del cuerpo vigoroso del piloto, que la superaba sobradamente en altura y corpulencia, disolviÃ³ las Ãºltimas barreras.

EntrÃ³ en ese mundo que habÃ­a portado siempre dentro de sÃ­ y al cual podÃ­a dar, finalmente, forma y acciÃ³n. Hizo que el piloto se apoyara con la espalda en la pared, se agachÃ³ y cogiÃ³ su sexo entre las manos. Lo tocÃ³ con el cuidado que reclaman las cosas preciosas, lo besÃ³ como un recuerdo de amor, lo saboreÃ³ como si fuera la primera comida despuÃ©s de un largo ayuno, lo moviÃ³ en la boca hasta que sintiÃ³ que se reforzaban la estructura y las contracciones. Cuando Ã©l empezÃ³ a mover la cadera y le sujetÃ³ la nuca con las manos para mantenerla quieta, la presiÃ³n en la garganta se hizo demasiado fuerte, asÃ­ que apoyÃ³ las manos en sus ingles y con una presiÃ³n tierna y continua lo separÃ³ de su boca. Lo mirÃ³ a los ojos buscando su alma desnuda en lo mÃ¡s profundo. Se tumbÃ³ en el suelo de la ducha y separÃ³ las piernas, abriendo su sexo con las manos, en una invitaciÃ³n que formaba parte del mismÃ­simo origen del mundo. El piloto se tumbÃ³ encima de ella; el agua caÃ­a abundantemente sobre su espalda y que despuÃ©s se demarraba sobre la mujer que estaba debajo de Ã©l. Sujetando los pies contra una pared de la ducha amplia, con el cuerpo de ella bloqueado por la pared opuesta, saliÃ³ de la condiciÃ³n de depresiÃ³n incipiente a la que el accidente lo estaba llevando. AliviÃ³ la herida de su orgullo y encontrÃ³ gratificaciÃ³n como siempre han hecho los hombres desde que la evoluciÃ³n los llevÃ³ a tener una psique compleja y frÃ¡gil: creyÃ³ dominar a la mujer, solo porque ella estaba bajo la exuberancia de su cuerpo, creyÃ³ poseerla, solo porque ella habÃ­a emitido gemidos lÃ¡nguidos bajo sus empujes vigorosos, creyÃ³ haberla sometido, solo porque parecÃ­a casi que ella se retiraba cuando su sexo llegaba a lo mÃ¡s profundo. Edoardo, finalmente, reencontrÃ³ su orgullo y su equilibrio. De nuevo era un hombre fuerte y vencedor. Carlotta sintiÃ³ el lÃ­quido del placer de Edoardo entrar en ella. SerrÃ³ los mÃºsculos internos en su deseo de mantener a Edoardo dentro de sÃ­. La fuerza de hombre que habÃ­a sentido hizo estallar su antiguo deseo de ser mujer. Era el mismo deseo que en su inconsciente la habÃ­a empujado a seducir al piloto. QuerÃ­a un hombre suficientemente fuerte como para protegerla y suficientemente frÃ¡gil como para que la necesitara. Un hombre al que habrÃ­a atendido y servido, cuyo deseo solo se encendiera con ella, y tan enamorado que no podrÃ­a engaÃ±arla. Nunca.

Le llegÃ³ desde el exterior el sonido de un claxon que avisaba de la vuelta de Maurizio, Carlo y Diego. Edoardo reaccionÃ³ rÃ¡pidamente, se secÃ³ y se puso el albornoz que tenÃ­a a su disposiciÃ³n: le estaba un poco pequeÃ±o, pero bastaba. Se puso las sandalias, que eran de la talla justa. Antes de salir se acercÃ³ a Carlotta, la cual, mientras tanto, y sin hablar, se habÃ­a vestido. ApoyÃ³ sus manos sobre sus costados, se acercÃ³ a ella y le dio un beso leve en los labios.

âMe voy âdijo.

A ella le pareciÃ³ el sello de un pacto nuevo, suscrito entre Ã©l, ella y el resto del mundo. Le pareciÃ³ leer en sus ojos todas las promesas que aquel amor grandÃ­simo habrÃ­a exigido; le pareciÃ³ que sus labios pronunciaron todas las palabras que la amante de un amor inigualable desea oÃ­r. PercibiÃ³, a travÃ©s de sus manos, todas las caricias futuras una mujer desea recibir de un hombre. El piloto se ofrecÃ­a a su sola propiedad, a condiciÃ³n de que ella lo amase, lo asistiera, lo satisficiera totalmente y sin escatimar nada. Y ella suscribiÃ³ todos los artÃ­culos de aquel contrato que pensaba que Ã©l tambiÃ©n habÃ­a firmado.

***

Carlo examinÃ³ atentamente el helicÃ³ptero. SabÃ­a, mientras esperaban al encargado de la DirecciÃ³n General de la AviaciÃ³n Civil que iba a llegar prÃ³ximamente desde MilÃ¡n, que no debÃ­a tocar nada. En caso de accidente aÃ©reo, aun cuando no hay heridos, como en este caso, es obligatoria la investigaciÃ³n de la AviaciÃ³n Civil, y Ã©l no debÃ­a modificar la escena de la catÃ¡strofe.

HabÃ­a llamado inmediatamente a Casale Monferrato, al dueÃ±o de la empresa, Santino Panizza.

âÂ¡Me cago en la leche! âgritÃ³â. Â¿Por quÃ© tiene que volar siempre tan bajo?

âPorque es lo que prefieren los clientes. Ãl lo sabe y a veces se pasa.

âLo sÃ©, lo sÃ©, maldita mala suerte. Â¿QuÃ© tal estÃ¡? Â¿Seguro que no se ha hecho daÃ±o?

âNo se preocupe, se estÃ¡ lavando y dentro de nada, en cuanto me cambie, vuelvo a buscarlo. Â¿Puede avisar usted a la DirecciÃ³n de Linate?

âSÃ­, llamo yo.

âÂ¿Se acuerda del Ã¡rea de descanso de Oliva Gessi? Â¿Donde nos reunimos la semana pasada con Maurizio?

âSÃ­, me acuerdo, la que estÃ¡ bajo la carretera, con los barriles de agua.

âExacto. La casa donde cayÃ³ el helicÃ³ptero estÃ¡ a unos doscientos metros siguiendo por la misma carretera.

âAhora llamo a Linate y voy para allÃ¡ inmediatamente. Mejor, cogerÃ© cita para acompaÃ±arlos, si no, no van a encontrar el sitio. Tardaremos unas tres horas. Hasta luego.

âAllÃ­ estarÃ©.

Al final, Panizza, despuÃ©s del sobresalto inicial, se habÃ­a mostrado comprensivo. Por lo demÃ¡s, con ese trabajo, que obliga a los helicÃ³pteros a volar entre casas, tendidos elÃ©ctricos, y Ã¡rboles varios, a pocos metros del terreno, sabÃ­a que antes o despuÃ©s alguien se iba a chocar con algo. Bastaba una falta de atenciÃ³n de un segundo para provocar un accidente. De hecho, solo se maravillaba de que le hubiera pasado a Edoardo, al que consideraba el mejor y el mÃ¡s atento de sus pilotos.

âQuÃ© pasa, gente âexclamÃ³ Edoardoâ. Â¿CÃ³mo va todo por aquÃ­ fuera? Â¿EstÃ¡is curando al pajarito?

HabÃ­a salido por la puerta de la cocina y se habÃ­a parado en la veranda. Alto, envuelto en el albornoz blanco algo pequeÃ±o anudado a la cintura, miraba a los presentes con la cara iluminada con una sonrisa irÃ³nica. En la mano, entre el pulgar y el Ã­ndice, sujetaba el puro que le habÃ­a dado Maurizio y al cual daba unas caladas que luego exhalaba con grandes remolinos de humo.

Maurizio, Carlo y Diego, que estaban cerca del helicÃ³ptero, se giraron para mirarlo.

âHas recuperado un aspecto humano âdijo Carloâ. Te habÃ­as transformado en el Jolly Blue Giant [02]; de los valles y viÃ±edos del OltrepÃ² Pavese, el gigante bueno que defiende las vides del mildiu.

Carlo sonreÃ­a, divertido al provocar a Edoardo.

âSolo que, ahora que el Jolly Blue Giant ha destrozado el helicÃ³ptero, tendrÃ¡ que colgarse un gagarin [03] a la espalday pulverizar su esencia azul por todas las colinas. AdemÃ¡s, Â¿no es su trabajo?

HabÃ­a un tono de reproche en las bromas de Carlo. Estaba contrariado por el accidente. SabÃ­a que ahora empezarÃ­a una discusiÃ³n sobre las responsabilidades de cada uno, y que los inspectores de la DirecciÃ³n General de la AviaciÃ³n Civil empezarÃ­an a mirar con lupa todas sus operaciones de mantenimiento. Eso le preocupaba.

Edoardo se dio cuenta, pero no se enfadÃ³. Lo entendÃ­a, y comprendÃ­a sus temores.

âNo tienes que preocuparte âle dijo, acercÃ¡ndose al grupo, pero manteniÃ©ndose alejado del pantano azulâ. Puedo afirmar, delante de todos, que todo ha sido mi culpa. BajÃ© demasiado y toquÃ© aquel Ã¡rbol, en el lÃ­mite del jardÃ­n con la viÃ±a que estaba fumigando.

SeÃ±alÃ³ un bonito cerezo con la mano, que desde hacÃ­a unos cuantos decenios prosperaba indiferente a las exigencias del vuelo de helicÃ³pteros.

âHe modificado la posiciÃ³n para subir, pero no pensÃ© que, al hacerlo, la cola habrÃ­a descendido. De esa manera he acabado tocando una rama. Me he dado cuenta de que se habÃ­a daÃ±ado el rotor de cola. Solo he podido evitar que el helicÃ³ptero cayera encima de la casa.

âGracias. SabÃ­a que eras una persona seria, ademÃ¡s de un amigo âdijo Carlo, con expresiÃ³n de alivio.

âHoy he aprendido cÃ³mo salvarte cuando golpeas un Ã¡rbol. Menos mal que lo he aprendido en tierra y no a bordo âintervino Diego.

Todos rieron, descargando la tensiÃ³n.

âNo te preocupes por tus lecciones de vuelo. Sigue trabajando bien y te garantizo que las darÃ¡s todas como estaba programado âlo tranquilizÃ³ Edoardo.

âVale, vale. Ni me lo habÃ­a planteado.

âTe he traÃ­do uno de mis monos âdijo Carloâ. Como los llevo un poco grandes deberÃ­a valerte. Sale de la lavanderÃ­a. Si te estÃ¡ cÃ³modo, te he traÃ­do tambiÃ©n una camiseta, dos calzoncillos y un par de calcetines. Todo limpio y perfumado.

âGracias, Carlo. IntentarÃ© entrar en tu ropa. MÃ¡s tarde te lo devolverÃ© todo lavado y planchado.

âNi se te ocurra. DespuÃ©s de llevarlos tÃº lo Ãºnico que se podrÃ¡ hacer es quemarlo todo.

Un Alfa Romeo Alfetta de los carabineros se parÃ³ silenciosamente detrÃ¡s del Fiat Ritmo.

âÂ¡Demonios! âexclamÃ³ Carloâ. Â¡Se me ha olvidado llamar a los carabineros!

âLos he llamado yo âdijo Maurizioâ. Como el cuartel competente es el de Casteggio y los conozco bien, he preferido llamar yo para explicar bien el lugar del accidente e informar de que no habÃ­a ningÃºn herido.

âGracias âdijo Edoardoâ. Siempre te anticipas a los problemas.

Mientras tanto, los dos carabineros habÃ­an bajado del coche y se habÃ­an acercado a ellos.

âBuenas tardes, mariscal, buenas tardes, cadete âdijo Maurizio.

El mariscal, una persona de media edad, bastante alto y con un fÃ­sico vigoroso que le conferÃ­a una fuerte presencia, respondiÃ³ al saludo llevando su mano a la visera. TambiÃ©n el cadete saludÃ³ con estilo militar.

âPresento yo que os conozco a todos âvolviÃ³ a decir Maurizioâ. El mariscal Adinolfi, comandante del cuartel de Casteggio, y el cadete Scafato. âDespuÃ©s, seÃ±alando a sus compaÃ±erosâ: Ãl es Edoardo Respighi, el piloto. Como se ve por su mono de vuelo a medida.

El chiste provocÃ³ la risa de todos. Edoardo, que llevaba todavÃ­a el albornoz dos tallas mÃ¡s pequeÃ±o, recogiÃ³ la ropa y se alejÃ³ unos metros, poniÃ©ndose de espaldas, para ponerse la ropa interior y el mono que le habÃ­a traÃ­do Carlo.

âMe cambio enseguida, antes de que os divirtÃ¡is todos mÃ¡s de la cuenta âdijo.

âEse tan serio es Carlo Rossi âcontinuÃ³ Maurizioâ. El mecÃ¡nico del helicÃ³ptero, y Ã©l es Diego Monferrino, un piloto joven que nos estÃ¡ ayudando. Todos saludaron con las tÃ­picas expresiones.

âÂ¿Me confirma que solo habÃ­a una persona a bordo y que nadie ha resultado herido? âpreguntÃ³ el mariscal a Edoardo, que ya se habÃ­a vestido. Lo Ãºnico, seguÃ­a llevando las sandalias.

âNadie, mariscal. Solo estaba yo y estoy perfectamente.

âÂ¿Puede darme todos los datos del helicÃ³ptero: propietario, empresa e informaciÃ³n del personal? Me refiero a ahora, al momento del accidente.

âYo se lo doy, mariscal âintervino Carloâ. Tengo todo en el coche. Estamos esperando a los ingenieros de AviaciÃ³n Civil, que deberÃ­an llegar desde Milano Linate junto al titular de la empresa. Si lo desea, maÃ±ana le puedo entregar las copias de los documentos del helicÃ³ptero.

âGracias. Mientras tanto ayude al cadete a copiar los datos principales y despuÃ©s le agradecerÃ© enormemente que me facilite las fotocopias.

El mariscal se dirigiÃ³ a Edoardo de nuevo:

âUn pequeÃ±o resumen de lo que ha pasado, sin pretender imitar a los responsables de AviaciÃ³n Civil, sÃ­ que tendrÃ¡ que hacÃ©rmelo. Por ahora me basta que me lo cuente brevemente, pero maÃ±ana, dos lÃ­neas escuetas, con su firma, las necesito junto con las fotocopias de los documentos.

âMuy bien. Aunque es muy fÃ¡cil explicar lo que ha pasado.

Edoardo explicÃ³ la dinÃ¡mica del accidente y concluyÃ³ con:

âY ese es el resultado. âSeÃ±alÃ³, desconsolado, los restos del helicÃ³ptero en mitad del jardÃ­n.

âViendo cÃ³mo ha quedado, se puede decir que usted ha tenido mucha suerte âcomentÃ³ el mariscal.

âHoy no era mi dÃ­a ârespondiÃ³ Edoardo, soltando una enorme nube de humo del puro, a la que prosiguiÃ³ un ataque de tos.

âYa te habÃ­a dicho que era demasiado fuerte para ti. Eres demasiado joven âbromeÃ³ Maurizio, que le mostrÃ³ cÃ³mo se daban caladas al cigarro, dejando salir el humo por la nariz sin hacerlo llegar a los pulmonesâ. Solo superficialmente; no hay que respirarlo.

âUn poco de saliva se me ha ido por el otro lado âse justificÃ³ Edoardo.

Carlotta apareciÃ³ detrÃ¡s de la puerta de la cocina, y se dirigiÃ³ hacia ellos. Se habÃ­a puesto otra ropa. Ahora llevaba un vestido con un lazo delante: simple, pero de calidad. Le quedaba bien, y hacÃ­a resaltar su cuerpo bien proporcionado. TenÃ­a el pelo castaÃ±o oscuro, de longitud media, todavÃ­a hÃºmedo despuÃ©s de la ducha, que se iba secando en suaves rizos desordenados a los lados de su rostro. Los ojos, de un bonito color chocolate, tenÃ­an un diseÃ±o alargado, y las cejas, bien delineadas, resaltaban su dulzura. Una nariz griega acompaÃ±aba la mirada de quien la observaba desde los ojos hasta los labios, ligeramente carnosos, que servÃ­an de marco a unos dientes pequeÃ±os y regulares. En los pequeÃ±os lÃ³bulos de las orejas llevaba dos simples anillos dorados, que acompaÃ±aba con un collar del mismo estilo. Calzaba unas sandalias con una pequeÃ±a cuÃ±a que la obligaban a asumir unos andares vagamente perturbadores. Mientras bajaba los escalones de la veranda, sus caderas se movieron capturando la atenciÃ³n de los presentes, sin excepciones. Los hombres se preguntaron cÃ³mo habÃ­an hecho para no verla antes. Pensaron que se debÃ­a al hecho de que su atenciÃ³n se habÃ­a centrado exclusivamente en el accidente que acababa de ocurrir. En realidad, Carlotta se habÃ­a transformado, y habÃ­a sustituido a la mujer de pelo sin vitalidad, vestido estival anÃ³nimo y zapatos bajos y anchos por la versiÃ³n seductora que tenÃ­an delante de ellos ahora.

âLa seÃ±ora Bianchi es la dueÃ±a de la casa. Nos estÃ¡ ayudando, y soportando, con una paciencia enorme âdijo Maurizio.

âConozco a la seÃ±ora; ya nos habÃ­amos visto en algunas ocasiones ârespondiÃ³ el mariscalâ. Â¿CÃ³mo estÃ¡? Veo que han intentado demoler su casa.

âLo mÃ¡s importante es que nadie ha resultado herido; lo demÃ¡s se puede reparar ârespondiÃ³ Carlotta. DespuÃ©s, mirando a todos, dijoâ: Les he preparado algo para comer. He oÃ­do que tienen que esperar a unas personas, y he pensado que serÃ­a mejor hacerlo sentados en una mesa. No es nada especial, solo una merienda y algo de beber.

âYa la hemos molestado demasiado... âMaurizio intentÃ³ rechazar la invitaciÃ³n, con poca convicciÃ³n.

âNo es ninguna molestia; es un placer. Todo estÃ¡ bien, podemos olvidar lo que ha pasado tomando algo. Son las tres y me da que se han saltado la comida. Me harÃ¡ feliz, naturalmente, que el mariscal y el cadete se apunten.

âGracias, seÃ±ora âdijeron al unÃ­sono los dos carabineros mencionados. El mariscal aÃ±adiÃ³â: Aunque estamos de servicio, se agradece poder comer algo. El cuerpo de Carabineros nos perdonarÃ¡ este pequeÃ±o pecado.

Tras estas muestras de cortesÃ­a se dirigieron todos hacia la casa de buen grado.

âAquÃ­ fuera. EstÃ¡ todo preparado al exterior. âCarlotta seÃ±alÃ³ el lado de la construcciÃ³n donde estaba, a esa hora completamente a la sombra, la veranda amplia, ligeramente elevada con respecto al cÃ©sped. En su centro habÃ­a una mesa que ofrecÃ­a una gran variedad de comida y de bebidas: salami de Vanzi, coppa de Piacenza, panceta del OltrepÃ², queso de producciÃ³n local, pan y focaccias. No faltaban, dispuestas a lo largo de la mesa, botellas de agua, de cerveza y de vino.

âSiÃ©ntense y sÃ­rvanse âdijo Carlotta, que entrÃ³ de nuevo en la cocina. Un poco despuÃ©s, volviÃ³ con una tarta de mermelada de melocotÃ³n que exhalaba un fuerte aroma, y que colocÃ³ sobre la mesa.

âEstÃ¡ reciÃ©n hecha. He apagado el horno cuando se ha caÃ­do el helicÃ³ptero. La mermelada de melocotÃ³n es casera; la hice el aÃ±o pasado.

âEntonces estÃ¡ destinada a acabar como el helicÃ³ptero: destruida âdijo Maurizio, mientras cogÃ­a el cuchillo con la intenciÃ³n de cortar una porciÃ³n.

En ese momento llegaron, en dos coches distintos, el dueÃ±o del helicÃ³ptero y dos ingenieros de la AviaciÃ³n Civil, encargados de llevar a cabo una breve investigaciÃ³n del accidente.

âComandante, carajo, Â¿quÃ© ha hecho? âdijo, en tono serio, pero no duro, el dueÃ±o del helicÃ³ptero.

Edoardo, que se sentÃ­a humillado por los daÃ±os causados, se disculpÃ³, avergonzado. ContÃ³ el toque con el Ã¡rbol y la consecuente pÃ©rdida de control. QuizÃ¡ el tamaÃ±o de las plantas le habÃ­a dado unas referencias engaÃ±osas.

Los ingenieros le hicieron mÃ¡s preguntas, acumulando todos los elementos necesarios para su informe.

âPueden sentarse a la mesa âintervino Carlotta, seÃ±alando todo lo que habÃ­a encimaâ. TambiÃ©n los seÃ±ores que acaban de llegar.

Edoardo la presentÃ³ al dueÃ±o del helicÃ³ptero y a los ingenieros.

âEs muy amable, seÃ±ora âle dijo Santino Panizza, al tiempo que le daba la manoâ. Me tiene que decir lo que le va a costar reparar los daÃ±os. El seguro se lo pagarÃ¡.

âÂ¿Solo por un agujero en el jardÃ­n y un poco de tierra contaminada? Es muy poca cosa. BuscarÃ© a una empresa especializada para que retire la tierra. Ahora, siÃ©ntense.

Santino apoyÃ³ la mano sobre el hombro del piloto y le dijo:

âVaya maÃ±ana a Casale para usar el helicÃ³ptero de reserva. Cuidado, que es el Ãºltimo, Â¿eh? Si lo perdemos, cerramos y volvemos a los tractores.

âUsarÃ© el Fiat Uno de la empresa y volverÃ© con el helicÃ³ptero. En cuanto podamos, iremos a recoger el coche.

âDe acuerdo, hagamos asÃ­ ârespondiÃ³ Panizza, que ya empezaba a mostrar interÃ©s por lo que estaba sobre la mesa.

Se sentaron, y empezaron con la tarta, que atraÃ­a a todos con su perfume de hojaldre. Lo acabaron muy rÃ¡pido. DespuÃ©s continuaron con los embutidos y el queso, al revÃ©s de lo normal, ya que se suele empezar por lo salado y acabar con lo dulce. Una media hora despuÃ©s el mariscal dijo que su presencia no era necesaria y que se marchaba. RecordÃ³ a Carlo y a Edoardo que hicieran fotocopias de los documentos y un breve informe.

âNo se preocupe, mariscal. MaÃ±ana tendrÃ¡ todo âconfirmÃ³ Carlo.

âGracias, seÃ±ora Bianchi. Todo estaba muy rico. El mariscal se despidiÃ³ de Carlotta dÃ¡ndole la mano y esbozando un saludo militar, en un perfecto estilo de galanterÃ­a militar. Se llevÃ³ la mano a la visera dirigiÃ©ndose a los demÃ¡s:

âBuena continuaciÃ³n. âSe marchÃ³ junto con el cadete, el cual tambiÃ©n saludÃ³ de manera militar.

Los ingenieros de la AviaciÃ³n Civil continuaron su trabajo sin dificultades particulares: no habÃ­a ningÃºn secreto que descubrir, todo estaba clarÃ­simo, y la versiÃ³n que habÃ­a proporcionado el piloto bastÃ³ para no requerir una investigaciÃ³n adicional. Por la noche, cuando se marcharon todos, quedaron sobre la mesa de la veranda muchas botellas vacÃ­as y algunos restos de comida. La cantidad de dulces, embutidos y queso consumidos, acompaÃ±ada adecuadamente por vino local y cerveza, habÃ­a contribuido a la conclusiÃ³n rÃ¡pida y benÃ©vola de la investigaciÃ³n.

Durante toda la tarde Carlotta se habÃ­a dirigido a Edoardo de manera formal, sin dejar ver ninguna confianza. HablÃ³ con todos, Ã©l incluido, tratÃ¡ndoles de usted. Y todos tuvieron la misma cortesÃ­a cuando se dirigieron a ella, a pesar de que, al pasar la tarde y llegar la noche las relaciones se habÃ­an ido relajando poco a poco. Ella se habÃ­a dado cuenta de que Ã©l la miraba a veces, pero habÃ­a hecho como si nada. Por una coincidencia particular, de la que no habÃ­a hablado con ninguno de los presentes, ese mismo dÃ­a, 21 de junio de 1988, habÃ­a cumplido cuarenta aÃ±os.

Ahora, en el silencio de la noche, mientras limpiaba la veranda, se parÃ³ para observar la chatarra que antes habÃ­a sido un helicÃ³ptero Ã¡gil y elegante.

No me esperaba que me llegarÃ­a del cielo un regalo tan bueno, y de una manera tan ruidosa.

A Carlotta le pareciÃ³ ver mariposas luminosas volando alegres alrededor de los hierros.

No son mariposas, son luciÃ©rnagas. LuciÃ©rnagas macho. Son ellas las que vuelan, las hembras esperan en el suelo.

RespirÃ³ otra vez, casi un suspiro, apoyada sobre la escoba, y despuÃ©s siguiÃ³ limpiando todo con energÃ­a renovada.




II


22 de junio de 1988, miÃ©rcoles â Recogida del helicÃ³ptero accidentado

Al dÃ­a siguiente, Carlo y Diego llegaron al lugar del accidente temprano. La vista del helicÃ³ptero destrozado produjo una impresiÃ³n extraÃ±a a Carlo. TodavÃ­a no habÃ­a digerido bien lo sucedido, quizÃ¡ porque era el primer accidente en el que, de algÃºn modo, estaba implicado directamente.

Diego tambiÃ©n estaba perturbado.

Â«No era necesarioÂ», se dijo.

âVale, digÃ¡moslo. Hasta ayer Edoardo era considerado el mejor. Â¿Y ahora? Basta tan poco...

âTranquilo âle respondiÃ³ Carloâ. Todos los pilotos, incluso los mejores, tienen algÃºn cadÃ¡ver en su currÃ­culum. âLe puso una mano sobre el hombro y siguiÃ³ hablando con tono graveâ: Para tranquilizarte, puedo asegurarte que te pasarÃ¡ a ti tambiÃ©n.

âVale, vale. No he dicho nada.

Mientras tanto, Carlo habÃ­a llamado al timbre; no querÃ­a entrar sin permiso, ya habÃ­an molestado lo suficiente el dÃ­a anterior, y querÃ­a dejar una buena impresiÃ³n a la dueÃ±a de la casa. La puerta de la villa se abriÃ³ casi inmediatamente.

âBuenos dÃ­as. Veo que son madrugadores âlos saludÃ³ Carlotta, con una sonrisa que mejorÃ³ la visiÃ³n del mundo de los dos.

âBuenos dÃ­as ârespondieron al mismo tiempo. DespuÃ©s Carlo continuÃ³â: Dentro de poco va a llegar un camiÃ³n; Â¿puede entrar por la verja grande? Tenemos que cargar el helicÃ³ptero. O, mejor dicho, lo que antes era un helicÃ³ptero.

âHagan lo que mÃ¡s les convenga. Si necesitan usar el baÃ±o, o llamar por telÃ©fono, o cualquier otra cosa, pÃ­danmelo. Estoy en casa. âDespuÃ©s aÃ±adiÃ³, sin darle ninguna importanciaâ: No he visto al piloto, Â¿ha tenido secuelas del accidente?

âNo, estÃ¡ bien. Gracias a Dios ârespondiÃ³ Carloâ. Ha ido a Casale Monferrato, a la sede de la sociedad Eli-Linee, para coger otro helicÃ³ptero. El dueÃ±o, usted lo conociÃ³ ayer, tiene uno de reserva, precisamente para estas ocasiones.

âÂ¿Santino Panizza, ese seÃ±or tan simpÃ¡tico, alto y con gafas? No me pareciÃ³ especialmente contrariado por el accidente.

âSÃ­, es Ã©l. En su trabajo, incluso como emprendedor, tiene que aceptar que pueden pasar estas cosas.

Carlotta se tranquilizÃ³ al saber que el motivo por el que el piloto no habÃ­a ido a su casa eran meras cuestiones organizativas. Le habÃ­a asaltado el pensamiento de que, para Ã©l, no hubiera pasado nada importante y que no tuviera interÃ©s en volver a verla. Y ahora estaba agradecida al mecÃ¡nico por haberle dado esa informaciÃ³n.

El dÃ­a de su cuadragÃ©simo cumpleaÃ±os no esperaba a nadie. Y nadie habÃ­a ido a buscarla. Que su marido no diera seÃ±ales de vida en los eventos no era ninguna novedad, pero ningÃºn otro pariente, ni amigo, o conocido, se habÃ­a acordado de esa fecha. El destino habÃ­a hecho que cayera un helicÃ³ptero en su jardÃ­n, y con el helicÃ³ptero, tambiÃ©n Edoardo. HabÃ­a sido una sacudida en su vida, y ella no tenÃ­a ninguna intenciÃ³n de desperdiciar este regalo que le habÃ­a llegado del cielo.

âÂ¿CuÃ¡ndo volverÃ¡n a volar?

âMaÃ±ana. Casi habÃ­amos acabado, y maÃ±ana ya terminaremos este turno de fumigaciÃ³n. Con un poco de suerte conseguiremos mantener la agenda. El lunes que viene empezamos con la siguiente ronda. En este periodo tenemos que hacer una cada semana, y despuÃ©s, si no llueve, disminuiremos la frecuencia.

âEntonces acabarÃ¡n el veintitrÃ©s de junio: perfecto âdijo Carlotta.

âSÃ­, el veintitrÃ©s. MaÃ±ana ârespondiÃ³ Carlo, que no entendÃ­a por quÃ© era perfecto, pero no pidiÃ³ explicaciones. En ese momento solo querÃ­a acabar con la limpieza del jardÃ­n.

âLes dejo algo de beber aquÃ­, en la mesa de la veranda. Si necesitan algo, estoy en casa.

âGracias. Tomaremos, sobre todo, agua. Hace calor y solo son las nueve. âCarlo hizo el gesto de darse viento en la cara con las manos.

âSeÃ±ora Bianchi... âHablaba un hombre de unos cincuenta aÃ±os, con pelo escaso y gris, y un ligero sobrepeso. Llevaba un delantal amplio de espesa tela verde que le cubrÃ­a el torso. A su lado habÃ­a una mujer mÃ¡s o menos de la misma edad, vestida con un estilo anodino, con el pelo teÃ±ido de un amarillo ajado y que denotaba un uso evidente de bigudÃ­es.

Ella tambiÃ©n la saludÃ³:

âBuenos dÃ­as, seÃ±ora. âTenÃ­a un marcado acento de esa regiÃ³n.

âBuenos dÃ­as. Â¿HabÃ©is visto lo que ha pasado? Menos mal que Bruno no estaba en el jardÃ­n, como suele ser el caso.

âUno de los pocos dÃ­as que no estÃ¡bamos en casa; si no, habrÃ­amos llegado inmediatamente âdijo la mujerâ. Ayer era el dÃ­a de visitar a mi suegra. Pasamos todo el dÃ­a en Casteggio y volvimos despuÃ©s de cenar. Lo siento...

âPero Â¿quÃ© dice, Mariagrazia? âla interrumpiÃ³ Carlottaâ. Â¿QuÃ© es lo que siente? Menos mal que no ha resultado nadie herido, y, de todos modos, no habrÃ­ais podido hacer nada.

âÂ¿Hoy podemos ayudar? âpreguntÃ³ el hombre.

âÂ¿Quiere echar una mano a los del helicÃ³ptero?

âSerÃ¡ un placer.

âCarlo, perdone âllamÃ³ Carlotta.

âDÃ­game.

âÃl es Bruno Vanzi y ella es su mujer Mariagrazia. Me ayudan con la manutenciÃ³n de la casa y el jardÃ­n. Ãl es Carlo, el mecÃ¡nico del helicÃ³ptero. âSe dieron la mano, y la mujer continuÃ³â: Carlo, Bruno se ofrece para echarles una mano. Sabe quÃ© herramientas hay en el taller.

âSu ayuda nos vendrÃ¡ bien, seguro. Venga, seÃ±or Vanzi, vamos a amarrar la chatarra.

âLlÃ¡meme Bruno, mejor.

âYo soy Carlo.

LlegÃ³ el ruido de un motor diÃ©sel potente desde la carretera, acompaÃ±ado por unas sonoras imprecaciones. DespuÃ©s vio el camiÃ³n, y el conductor con la cabeza fuera de la ventanilla para controlar por dÃ³nde pasaban las ruedas.

âEstÃ¡is locos. Si hubiera sabido cÃ³mo es la carretera, no habrÃ­a aceptado este trabajo. He llegado de milagro y solo porque no habÃ­a manera de dar media vuelta. Esta carretera es para las mulas, no para los camiones.

âBueno, ahora, ya que estÃ¡s, carguemos el helicÃ³ptero. Abro la verja y entra en el jardÃ­n âdijo Carlo, sin hacer caso de las quejas del chÃ³fer. Lo conocÃ­a desde hacÃ­a tiempo y sabÃ­a que, despuÃ©s de las protestas, se pondrÃ­a a trabajar.

âAhora que estoy, ahora que estoy... tendrÃ­a que dejaros metidos en vuestros lÃ­os. Pero ahora ya... Solo lo hago por el seÃ±or Santino, que es una buena persona.

âExacto. Ahora, vamos a ello âconvino Carlo.

Sobre la una, utilizando la pequeÃ±a grÃºa que habÃ­a en el camiÃ³n entre la cabina y el remolque, tanto la carcasa del helicÃ³ptero como todos los trozos desperdigados estaban cargados y asegurados. Para evitar que los trozos pequeÃ±os se perdieran durante el transporte, los habÃ­an cubierto con una lona sujeta con cuerdas a los ganchos fijados a tal efecto en los bordes del remolque.

âÂ¿Es mejor que siga en la misma direcciÃ³n por la carretera o que dÃ© la vuelta? âpreguntÃ³ el chÃ³fer.

âSiga en la misma direcciÃ³n. Solo habrÃ¡ dos curvas difÃ­ciles, y despuÃ©s la carretera se ensancha ârespondiÃ³ Vanziâ. Vaya tranquilo, vivo allÃ­ abajo y conozco bien el trayecto.

âDe acuerdo. Entonces vuelo a Casale con el helicÃ³ptero en el remolque. Es mÃ¡s seguro sobre el camiÃ³n.

âQuÃ© gracioso. Sobre todo, intenta no volcar. Un accidente es mÃ¡s que suficiente.

âHasta luego.

Carlotta, que habÃ­a visto las maniobras del camiÃ³n para salir del jardÃ­n, se acercÃ³ a la veranda. Carlo y Diego fueron a despedirse.

âMuchÃ­simas gracias por su amabilidad y su paciencia, seÃ±ora. Hemos quitado todo, pero si encontrase algo, hÃ¡ganoslo saber y vendremos a recogerlo âdijo Carlo, que habÃ­a supervisado la operaciÃ³n.

âNo se preocupen. No es nada, comparado con los problemas que han tenido ustedes...

âNo le damos la mano porque las tenemos sucias de grasa âdijo Carloâ. A propÃ³sito: segÃºn los cÃ¡lculos de probabilidades puede estar tranquila. EstadÃ­sticamente, es muy difÃ­cil que vuelva a caer un helicÃ³ptero en el mismo sitio. âExtendiÃ³ el brazo y seÃ±alÃ³ la colina enfrenteâ. Es mÃ¡s fÃ¡cil que ocurra por allÃ­.

Miraron donde seÃ±alaba Carlo y solo despuÃ©s comprendieron que era una broma, y soltaron una carcajada.

Esa tarde, Carlotta no se dedicÃ³ a su clÃ¡sica actividad en la cocina. DejÃ³ que se marcharan los seÃ±ores Vanzi, cogiÃ³ dos libros de recetas de la pequeÃ±a estanterÃ­a y, equipada con un lÃ¡piz y un papel, se sentÃ³ en el sofÃ¡ del salÃ³n. Al final del dÃ­a habÃ­a preparado un menÃº completo y la lista de la compra correspondiente. VolviÃ³ a la estanterÃ­a y cogiÃ³ dos libros que trataban de mitos paganos y ritos chamanÃ­sticos: uno era sobre los Druidas de los Celtas, y el otro, sobre la SanterÃ­a en HaitÃ­. No comiÃ³ nada, pero se preparÃ³ una tisana en una taza grande. VolviÃ³ al sofÃ¡ y se sumergiÃ³ en la lectura hasta bien entrada la noche.




III


23 de junio de 1988, jueves â InvitaciÃ³n a cenar

El jueves por la maÃ±ana Carlotta saliÃ³ pronto con su Austin Mini Clubman. TenÃ­a que ir a comprar todo lo que necesitaba para preparar la cena. Por la ventanilla abierta le llegaba el ruido del helicÃ³ptero que habÃ­a retomado el trabajo sobre los viÃ±edos. SabÃ­a dÃ³nde estaba la explanada que usaban para repostar entre vuelos, y se dirigiÃ³ en esa direcciÃ³n. Llegada al lugar, se parÃ³ a la sombra de un grupo de acacias y bajÃ³ del coche.

Edoardo aterrizÃ³ despuÃ©s de realizar un amplio viraje. La posiciÃ³n acentuada que impuso al helicÃ³ptero con el morro elevado, para disminuir la velocidad antes de bajar hasta el suelo, provocÃ³ un flujo de aire contra Carlotta, que estaba de pie a pocos metros de la explanada. El vestido ligero se le pegÃ³ al cuerpo, resaltado los senos, los costados, y la curva de las ingles. La evidencia del cuerpo de la mujer, esculpido por la presiÃ³n del aire, hizo recordar a Edoardo, potentemente, la intimidad de hacÃ­a dos dÃ­as, provocando un inicio de excitaciÃ³n.

En cuanto los patines estuvieron estables en el suelo, Diego se acercÃ³ al helicÃ³ptero. Edoardo abriÃ³ la puerta de la cabina.

Â«La signora Bianchi ha chiesto di parlarti. La posso far avvicinare?Â»

Â«SÃ¬. Stai attento che non si faccia male. Falla venire da questa parte.Â»

DiegÃ¬ fece muovere Carlotta ponendo molta attenzione che stesse lontana dal rotorino in coda allâelicottero e che mantenesse il busto basso per avere piÃ¹ distanza dalle pale del rotore principale in movimento.

âDime.

âLa seÃ±ora Bianchi quiere hablar contigo. Â¿Se puede acercar?

âSÃ­. AyÃºdala para que no se haga daÃ±o. Haz que venga por este lado.

Diego acompaÃ±Ã³ a Carlotta llevando mucha atenciÃ³n para que permaneciera lejos del rotor de cola y mantuviese el busto bajo para tener la mayor distancia posible con las palas del rotor principal, en movimiento.

Edoardo dejÃ³ la puerta de la cabina abierta.

âBuenos dÃ­as, quÃ© bonita sorpresa âdijo, con una amplia sonrisa, de las que hacen los hombres que saben que gustan.

âBuenos dÃ­as. He venido para invitarte a cenar. âEdoardo notÃ³ que lo habÃ­a tuteado.

âÂ¿Esta noche? Lo siento, llegaremos tarde. Tenemos que acabar el trabajo.

âEn realidad, solo te estoy invitando a ti, y la hora no importa. Ya sÃ© que tenÃ©is que acabar el trabajo.

âSi es asÃ­, irÃ© con placer. Seguro que harÃ¡ buen tiempo âdijo Edoardo, mirando al cielo.

âSÃ­, harÃ¡ bueno. Es la noche justa âdijo Carlotta, con un rayo de luz en sus ojos oscuros.

Edoardo sintiÃ³ una inquietud extraÃ±a, y la atribuyÃ³ a esos ojos bonitos.

âBien. Entonces, Â¿a quÃ© hora? Me vendrÃ­a bien a las diez..., asÃ­ terminarÃ© de ordenar las cosas del trabajo sobre las nueve y luego podrÃ© darme una ducha. Â¿Es demasiado tarde?

âA las diez es perfecto âdijo Carlotta. DespuÃ©s aÃ±adiÃ³â: Â¿CuÃ¡ndo es tu cumpleaÃ±os?

âEn invierno, Â¿por quÃ©?

âPor nada, por curiosidad. Â¿QuÃ© dÃ­a?

âEl veintidÃ³s de diciembre cumplirÃ© cuarenta y cinco aÃ±os. Â¿EstÃ¡ bien? Â¿Soy demasiado viejo? ârespondiÃ³ ligeramente autocomplacido, sabiendo que era ella quien habÃ­a ido a buscarlo, y tenÃ­a un fÃ­sico de aspecto vigoroso.

âEs una buena fecha. AdiÃ³s âdijo Carlotta. Sin aÃ±adir nada mÃ¡s dio la vuelta, se despidiÃ³ de Diego y de Carlo, y se dirigiÃ³ a su coche.

âAdiÃ³s ârespondiÃ³ Edoardo, intentando comprender el sentido de esas palabras.

Â¿Una buena fecha? Para una cena con una mujer bonita todas las fechas son buenas. Â¿O querÃ­a decir otra cosa?

Los dos se quedaron mirÃ¡ndola unos segundos mientras se alejaba.

Los depÃ³sitos para el fitofÃ¡rmaco ya estaban llenos. Edoardo cerrÃ³ la puerta de la cabina, aumentÃ³ las revoluciones del motor para despegar y saliÃ³, descendiendo junto al flanco de la colina.

Carlotta sentÃ­a crecer dentro de ella la emociÃ³n por el encuentro. DecidiÃ³ concentrarse en la cena, de la cual tenÃ­a bien presentes, en su cabeza, todos los pasos necesarios para su preparaciÃ³n. EncontrÃ³ algunos productos en las tiendas cercanas, y despuÃ©s fue a una pequeÃ±a lecherÃ­a no muy lejana para comprar requesÃ³n de leche de vaca, mascarpone y mantequilla. La calidad se beneficiaba de la bondad de la leche obtenida de pequeÃ±os ganaderos que usaban el heno de los prados de la regiÃ³n para alimentar sus propias vacas. El requesÃ³n de leche de cabra lo comprÃ³ en otra lecherÃ­a, asociada a una granja ovina, a unos veinte kilÃ³metros en direcciÃ³n de la Liguria.

Los dos requesones servirÃ­an para rellenar los tortelli, y la mantequilla, para cocinarlos, y el mascarpone lo usarÃ­a para preparar el postre. ValÃ­a la pena emplear el tiempo necesario para ir a comprar a esos productores: el resultado le devolverÃ­a con creces el esfuerzo.

Cuando volvÃ­a a casa se parÃ³ en otra pequeÃ±a tienda, de una pareja de agricultores, que se encontraba a algunos kilÃ³metros de distancia en la carretera que iba a Montalto Pavese. La mujer tenÃ­a una pequeÃ±a granja avÃ­cola con gallinas, pavos, pollos y pintadas. Todos crecÃ­an libres y eran alimentados de manera tradicional. La agricultora recibiÃ³ a Carlotta con la cortesÃ­a habitual.

âSeÃ±ora Bianchi. Me alegro de volver a verla.

âÂ¿CÃ³mo estÃ¡, Ãngela? Parece que estÃ¡ en forma.

âÂ¿QuÃ© quiere? Una no para nunca de trabajar, y asÃ­ se estÃ¡ haciendo ejercicio siempre. Luego, cuando me viene el dolor de espalda, entonces se puede ver a una pobre mujer jorobada deambulando por la granja.

âPero Â¿quÃ© me dice, Ãngela? Â¿QuÃ© toma cuando le duele la espalda?

âLos analgÃ©sicos tÃ­picos, pero me hacen poco efecto.

âLo mejor es el reposo. Pero creo que esto ya lo sabe.

âLo sÃ©, lo sÃ©. Es mi marido quien no lo sabe.

âÂ¿No descansa?

âNo, Ã©l descansa. No me deja descansar a mÃ­. Se rieron las dos. Las crÃ­ticas a los hombres siempre tienen un efecto beneficioso para las mujeres.

âÂ¿QuÃ© necesita? Â¿Huevos o carne?

âQuerrÃ­a una buena pintada. Viva.

âÂ¿Una pintada viva? Basta con que venga a buscarla cuando la vaya a cocinar y se la tengo preparada, matada y limpia.

âLa quiero para mi corral. La dejarÃ© libre en el jardÃ­n.

âBah. Si le hace ilusiÃ³n. DÃ­game cuÃ¡l prefiere. Carlotta seÃ±alÃ³ a la elegida. Ãngela la atrapÃ³, le atÃ³ las patas, y se la dio a Carlotta, aconsejÃ¡ndole que llevara cuidado con el pico.

âLas pintadas son malas âdijo.

âMejor ârespondiÃ³ Carlotta. PagÃ³ y preparÃ³ el animal, cuidadosamente, en el maletero de su pequeÃ±o coche familiar.

Cuando volviÃ³ a su casa, se encontrÃ³ a los Vanzi en el jardÃ­n. HabÃ­an preparado una pequeÃ±a pira de madera en el centro del prado.

âBuenos dÃ­as, seÃ±ora âdijo Brunoâ. Hemos preparado la pira... como los demÃ¡s aÃ±os.

âBuenos dÃ­as, Bruno. Gracias. Me parece perfecto. Veo que tambiÃ©n habÃ©is arreglado el prado. Se ven muy pocos signos del accidente.

âCreo que no necesita llamar a una empresa especializada. Se vertiÃ³ muy poca gasolina, y el producto para las plantas es el mismo que se usa en las huertas con las plantas de tomate y de pimiento. Poco a poco el cÃ©sped se recuperarÃ¡ por sÃ­ solo.

âBuenos dÃ­as, seÃ±ora âle dijo tambiÃ©n Mariagraziaâ. Â¿Necesita ayuda para descargar el coche?

âNo, gracias, lo puedo hacer sola. Lo que es mÃ¡s, podÃ©is iros a casa. Y maÃ±ana no necesitarÃ© que vengÃ¡is.

âÂ¿Necesita ayuda para encender el fuego? Â¿Quiere que venga esta noche?

âNo, estÃ¡ bien asÃ­. Tengo ganas de estar sola, hoy y maÃ±ana. Â¡Nos vemos pasado maÃ±ana!

El matrimonio Vanzi esbozÃ³ una sonrisa y se marchÃ³. SentÃ­an curiosidad por saber la razÃ³n de todo ese tiempo libre, pero no querÃ­an que se notara.

Hoy ya, dos mentiras; una con la pintada y ahora, con ellos. TendrÃ­a que conseguir hacer mis cosas sin necesitad de mentir.

Carlotta descargÃ³ el coche y llevÃ³ todo a la cocina, excepto la pintada, que dejÃ³, con las patas atadas, en una caja sin tapa en el interior del maletero del coche. MetiÃ³ el requesÃ³n, el mascarpone y la mantequilla en la nevera, y ordenÃ³ las demÃ¡s cosas en el aparador.

MirÃ³ el reloj: era mediodÃ­a. DecidiÃ³ relajarse escuchando mÃºsica y siguiendo con las lecturas que habÃ­a empezado la noche anterior. En el salÃ³n tenÃ­a un equipo de alta fidelidad de buena calidad y una discreta colecciÃ³n de discos. Puso en el plato a Harry Belafonte, encendiÃ³ el tocadiscos y ajustÃ³ el volumen. ColocÃ³ en su lugar en la estanterÃ­a el libro sobre los ritos de los Celtas, que habÃ­a terminado, y se concentrÃ³ en el libro de las religiones de las comunidades afroamericanas de las Antillas: un libro sobre el vudÃº.

MÃ¡s o menos a las cuatro de la tarde, Carlotta fue a su habitaciÃ³n. SacÃ³ del armario un vestido negro, largo y fino, que le llegaba a los tobillos. Al cogerlo, se acordÃ³ de cuando, para ir al teatro con su marido, se lo habÃ­a puesto por la primera vez. El contacto con el tejido le recordÃ³ la emociÃ³n que habÃ­a sentido durante la representaciÃ³n de la Ã³pera de Wagner Las hadas.

HabÃ­a conservado el vestido y, cuando se habÃ­a mudado a la casa de campo, lo habÃ­a puesto junto a las cosas que se iba a llevar. Le gustaba ponÃ©rselo de vez en cuando, en verano, pero no sabÃ­a bien por quÃ©. Algunas maÃ±anas lo encontraba arrugado, una seÃ±al evidente de un uso que ni siquiera recordaba.

Se quitÃ³ el vestido, los zapatos y la ropa Ã­ntima. Se puso el traje negro, mirÃ¡ndose en el espejo de cuerpo entero que estaba en la pared al lado del armario. Se quedÃ³ descalza. VolviÃ³ a la cocina, donde cogiÃ³, de un cajÃ³n, un cuchillo grande, y, despuÃ©s se dirigiÃ³ al garaje. AbriÃ³ las puertas traseras de su Mini y cogiÃ³ la pintada por las patas. Se dirigiÃ³ a la veranda. Estaba convencida de que podÃ­a hacer algo para ayudar al destino, para hacer que ese interÃ©s, esa atracciÃ³n, se convirtiera en una relaciÃ³n indisoluble. DesplazÃ³ la mesa del medio de la veranda y la pegÃ³ a la pared de la casa. Puso la pintada encima. El animal se agitÃ³ un poco, pero despuÃ©s se calmÃ³, casi con resignaciÃ³n.

Carlotta habÃ­a nacido el dÃ­a del solsticio de verano. QuizÃ¡ por esta razÃ³n siempre habÃ­a sido sensible al aspecto mÃ¡gico de la naturaleza. El hecho de que el helicÃ³ptero hubiese caÃ­do en su jardÃ­n justo ese dÃ­a y que el piloto se hubiera sentido tan atraÃ­do por ella le parecÃ­a un evidente signo sobrenatural. TambiÃ©n la fecha de nacimiento de Ã©l, el dÃ­a del solsticio de invierno, la percibÃ­a como un elemento en una lÃ³gica de signos del destino. Esa maÃ±ana, se lo habÃ­a preguntado al piloto con la intuiciÃ³n de que era una fecha importante que habrÃ­a contribuido a aclarar ese sentido de inevitabilidad que ella sentÃ­a en las cosas que estaban ocurriendo. Y la respuesta habÃ­a sido una confirmaciÃ³n de sus sensaciones.

Se dejÃ³ envolver por un velo ligero y agradable de sensaciones mÃ¡gicas, y se instalÃ³ en su Â«sueÃ±o de una noche de veranoÂ» personal, donde los confines entre la realidad y el sueÃ±o se disolvÃ­an y se confundÃ­an.

CogiÃ³ cuatro velas grandes, de esas amarillas con la cera en un tarro de base ancha y que se usan en el exterior para ahuyentar a los mosquitos. EncendiÃ³ las mechas y las colocÃ³ en los cuatro lados de la veranda. CogiÃ³ las gafas de sol Ray-Ban, que estaban sobre la balaustrada. Eran del piloto; las habÃ­a perdido durante el accidente. Carlotta las habÃ­a encontrado en el jardÃ­n despuÃ©s de que se hubieran llevado el helicÃ³ptero, y las habÃ­a conservado. Las puso en el suelo, en el centro del porche. Con la mano izquierda cogiÃ³ el cuello de la pintada, sujetÃ¡ndola contra la mesa de madera, y con la derecha, con la que sujetaba el cuchillo igual que un verdugo que va a ejecutar a un condenado, dio un golpe seco para cortarle el cuello justo por encima de donde la sujetaba. Mantuvo el agarre y, mientras acababan los espasmos del cuerpo del animal, caminÃ³ con paso rÃ¡pido alrededor de la veranda, dejando que la sangre cayera por todo el perÃ­metro. DespuÃ©s volviÃ³ al centro del porche, se puso justo encima de las gafas, y dejÃ³ que la sangre cayera sobre ellas.

Carlotta se sentÃ­a invadida por una energÃ­a eufÃ³rica. Todo lo que hacÃ­a le venÃ­a de manera natural: estaba pidiendo a las fuerzas de vida, que ella sabÃ­a que existen, alrededor y dentro de nosotros, que la ayudaran, y sabÃ­a que serÃ­a escuchada. Esa especie de rito era el resultado del recuerdo de sus estudios y de las lecturas de la tarde y noche del dÃ­a anterior. Dijo, a media voz, con tono monÃ³tono, mirando las gafas como si fueran los ojos de Edoardo:

âNo verÃ¡s a nadie mÃ¡s que a mÃ­, no verÃ¡s mÃ¡s que mis ojos, no verÃ¡s mÃ¡s que a travÃ©s de mis ojos. âDespuÃ©s quitÃ³ la mirada del suelo y la levantÃ³ hacia el cielo. En la misma posiciÃ³n, justo encima de las gafas, levantÃ³ el vestido hasta descubrir sus muslos, y separÃ³ las piernasâ. BeberÃ¡s solo de mÃ­, comerÃ¡s solo de mÃ­, te saciarÃ¡s solo conmigo.

AsÃ­ terminÃ³ ese rito, mezcla de religiÃ³n y paganismo, de supersticiÃ³n y de espiritualidad. TirÃ³ la cabeza de la pintada al cubo de basura y fue al garaje, donde colgÃ³ el cuerpo del grifo del lavabo para que terminara de desangrarse. CogiÃ³ dos trapos, llenÃ³ un cubo de agua, y volviÃ³ a la veranda, de la que limpiÃ³ cuidadosamente toda mancha de sangre sin dejar trazas. ApagÃ³ las velas, volviÃ³ a colocar la mesa en el centro y puso encima, tambiÃ©n perfectamente limpias, las gafas.

EmpezÃ³ a preparar la cena, empezando por el postre. SacÃ³ el mascarpone de la nevera (doscientos gramos), lo colocÃ³ en el bol y lo trabajÃ³ con una cuchara de madera hasta conseguir una consistencia cremosa. CogiÃ³ dos vasos para postres y los llenÃ³ hasta la mitad con la crema del mascarpone. AbriÃ³ dos tarros de Mostaza de Voghera, la llamada Â«mostaza de fruta [04] (#litres_trial_promo) y vertiÃ³ el contenido sobre el mascarpone, dejando caer tambiÃ©n parte del lÃ­quido dulce y al mismo tiempo picante. Introdujo el dedo en la fruta macerada y lo chupÃ³.

Edoardo, quiero besarte con la boca embadurnada de esta mostaza y quiero que tu boca busque mi dulce y mi picante.

AbriÃ³ la nevera y metiÃ³ los vasos con el postre.

Esto ya estÃ¡ listo, ahora preparamos el relleno de los Â«tortelloniÂ».

QuerÃ­a hacer el relleno segÃºn la histÃ³rica receta boloÃ±esa, que incluÃ­a un poco de ajo. No le gustaba a todo el mundo, pero a ella le encantaba ese aroma, y estaba segura de que le gustarÃ­a tambiÃ©n a Edoardo. AbriÃ³ los dos paquetes de requesÃ³n, un bote de leche de cabra y uno de leche de vaca, y cogiÃ³ cien gramos de cada una. TriturÃ³ finamente media cabeza de ajo, y aÃ±adiÃ³ un puÃ±ado de perejil. MezclÃ³ todo en una tarrina, con treinta gramos de queso parmigiano reggiano rallado, una yema de huevo batido y una pizca de sal.

Mientras mezclaba el relleno, el recuerdo de ellos en la ducha habÃ­a aumentado su deseo, ya estimulado por el lÃ­quido de la mostaza. Carlotta aÃ±adiÃ³ un poco de su fluido Ã­ntimo, generado por el recuerdo del amor con Edoardo, al relleno de los tortelloni. RecordÃ³ todo lo que habÃ­a dicho en la veranda.

Esto lo origina mi amor, lo encontrarÃ¡s en tu comida y lo querrÃ¡s siempre como tu alimento.

MetiÃ³ el relleno en la nevera, dentro de un plato hondo cubierto por otro plato.

CogiÃ³ doscientos gramos de harina de grano blando de tipo Â«0Â» y los dispuso como un monte en el banco de madera que estaba sobre la mesa robusta que habÃ­a querido tener en la cocina para poder trabajar sobre una base estable.

Hizo un agujero en el centro de la harina y rompiÃ³ un huevo dentro, con mucho cuidado para que no cayera dentro ni un trocito de cÃ¡scara. Lo batiÃ³ delicadamente con un tenedor, y despuÃ©s empezÃ³ a mezclarlo todo con cuidado, amalgamando la harina con los dedos y ensanchando poco a poco el crÃ¡ter central. Carlotta no usaba la amasadora, le gustaba usar las manos. PodÃ­a reconocer la consistencia de la masa y saber cuÃ¡ndo la proporciÃ³n entre la parte lÃ­quida y la harina era correcta. Tampoco usaba sal, segÃºn el estilo de la regiÃ³n de Emilia RomaÃ±a. Cuando el borde de la fuente [05] se redujo al mÃ­nimo posible para contener la parte mÃ¡s lÃ­quida en el interior, recogiÃ³, con el canto de la mano, la harina de los bordes externos y tapÃ³ el crÃ¡ter. TrabajÃ³ la masa lejos de las corrientes de aire para que no se secara, unos cinco minutos mÃ¡s. Al final le dio la forma de un pan, que dejÃ³ reposar en una tarrina cubierta.

Fue a buscar la pintada al lavabo del garaje, donde la habÃ­a dejado goteando sangre. Cuando volviÃ³ a la cocina la sumergiÃ³ durante unos segundos en una cazuela llena de agua hirviendo para que fuera mÃ¡s fÃ¡cil desplumarla, operaciÃ³n que le llevÃ³ unos veinte minutos.

EmpuÃ±Ã³ un cuchillo de lama fina y bien afilada e hizo un inciso en la parte baja del vientre para poder sacar las vÃ­sceras. DespuÃ©s quitÃ³ el cuello, las patas, la cola y la grasa alrededor de esta. CortÃ³ las alas, los muslos y los contramuslos. DividiÃ³ en dos partes el pecho y el busto. Ahora tenÃ­a delante de sÃ­ los trozos de la pintada. CogiÃ³ una gran cacerola de acero de debajo del banco de cocina. PreparÃ³ una mezcla de ajo, romero y salvia e hizo un sofrito con una generosa dosis de aceite de oliva extra virgen del Golfo de Tigullio. PasÃ³ los trozos de la pintada sobre la llama, para asegurarse de eliminar todos los restos de plumaje.

VolviÃ³ a abrir la nevera grande, y extrajo un buen trozo de la suave, dulce y deliciosa panceta del OltrepÃ². La colocÃ³ con cuidado sobre la plataforma de la mÃ¡quina de cortar a mano, sÃ³lidamente anclada al mueble bajo de la cocina, empuÃ±Ã³ el mango y lo girÃ³ con decisiÃ³n, provocando el movimiento alternado de la plataforma. ParÃ³ cuando tuvo una loncha para cada trozo de carne de la pintada.

Introdujo los trozos de carne, envueltos cuidadosamente en la panceta, en la cacerola donde se refreÃ­an las hierbas.

AÃ±adiÃ³ una loncha de mÃ¡s y una salchicha con especias desmigada.

CogiÃ³ un limÃ³n de Sorrento que un frutero de Casteggio tenÃ­a la costumbre de conseguir para ella y otros pocos clientes. CortÃ³ algunos trozos de cÃ¡scara sin la parte blanca y los puso en la sartÃ©n. DespuÃ©s exprimiÃ³ medio fruto y lo aÃ±adiÃ³ al preparado. Dio la vuelta a los trozos de la pintada, con cuidado para no separarla de la panceta y, cuando estuvo todo bien dorado, lo cubriÃ³ hasta la mitad con vino blanco Riesling tÃ­pico de la zona.

DespuÃ©s de unos tres cuartos de hora el lÃ­quido se habÃ­a absorbido y la pintada estaba en su punto. Carlotta apagÃ³ el fuego y dejÃ³ la cacerola, cubierta, donde estaba.

La actividad fÃ­sica necesaria para las operaciones de cocina era un elemento importante en el equilibrio que Carlotta habÃ­a encontrado en los dÃ­as, todos iguales, una vez agotado su matrimonio, y despuÃ©s de todos los intentos de relaciones afectivas interrumpidas forzosamente. Le gustaba trabajar en la cocina, y los resultados que obtenÃ­a con sus acciones le resultaban muy gratificantes. La comida nacida de su esfuerzo, ligada a los productos de la tierra y al ciclo de las estaciones, la unÃ­a al sentido profundo de la existencia. La nutriciÃ³n del cuerpo como cura del contenedor del alma: asÃ­ percibÃ­a su trabajo.

A las ocho y media decidiÃ³ que podÃ­a hacer los tortelloni. No podÃ­a pasar demasiado tiempo entre el final de su preparaciÃ³n y su cocciÃ³n.

CubriÃ³ el plano de trabajo con harina y colocÃ³ encima la masa que habÃ­a dejado reposando. SacÃ³ el rodillo del armario. Lo cogiÃ³ con las dos manos muy cerca la una de la otra. SeparÃ³ los antebrazos, con los codos separados del cuerpo, para que la presiÃ³n sobre el rodillo viniera de la parte de la palma bajo el dedo pulgar. Carlotta acompaÃ±Ã³ la fuerza de sus manos con movimientos alternados de la cadera; asÃ­ ejercÃ­a presiÃ³n sobre el rodillo sin sujetarlo.

No sucederÃ¡ otra vez. No lo permitirÃ©.

SincronizÃ³ la alternancia de la presiÃ³n sobre el rodillo con el recuerdo de los movimientos rÃ­tmicos de Edoardo.

Con fuerza y control, extendiÃ³ la masa hacia el exterior, girÃ¡ndola cada veinte segundos un cuarto de giro. Cuando el espesor de la masa fue tan fino que era casi transparente, la cortÃ³ en cuadrados no demasiado grandes: alrededor de ocho centÃ­metros de lado. SacÃ³ el relleno de la nevera y colocÃ³ una porciÃ³n del tamaÃ±o de una nuez pequeÃ±a en el centro de cada cuadrado. PreparÃ³ dos docenas, que cerrÃ³ rÃ¡pidamente, para evitar que el relleno se secara. Primero los doblÃ³ en forma triangular, apretando sobre los bordes, despuÃ©s girÃ³ las solapas alrededor del dedo Ã­ndice, superponiendo los dos extremos, sobre los que presionÃ³, para que se cerraran bien. ResultÃ³ la forma clÃ¡sica de un tortello. Los dejÃ³ en la nevera, encima de una bandeja espolvoreada con sÃ©mola de grano duro, para evitar que se quedaran pegados.

Para la preparaciÃ³n de la mesa usÃ³ un mantel y unas servilletas blancas, sin bordados, y vajilla tambiÃ©n blanca, de buena calidad y de diseÃ±o simple. Unos vasos de proporciones variables y los clÃ¡sicos cubiertos de acero de forma cÃ³moda completaron la presentaciÃ³n.

Carlotta puso en el compartimento menos frÃ­o de la nevera los vinos rosados que pensaba servir. SabÃ­a que no era conveniente hacerlo, pero supuso que una hora de enfriamiento no les harÃ­a daÃ±o, sino que los harÃ­a mÃ¡s agradables en esa cÃ¡lida noche de junio.

DespuÃ©s pudo centrar su atenciÃ³n en el cuidado de su aspecto. Fue al cuarto de baÃ±o y se liberÃ³ del vestido largo que todavÃ­a llevaba. EntrÃ³ en la ducha. El recuerdo de Edoardo y ella dos dÃ­as antes le provocÃ³ un temblor que subiÃ³ desde sus costados hasta la nuca. AbriÃ³ el grifo y dejÃ³ que el masaje del agua relajase sus mÃºsculos, mientras se abandonaba a sus pensamientos. En un cuarto de hora acabÃ³ con el aseo y fue al armario. Le habrÃ­a gustado ponerse el mismo vestido, pero se habÃ­a ensuciado con la sangre de la pintada. El escotado ya se lo habÃ­a puesto el dÃ­a del accidente. Â¿QuÃ© podÃ­a ponerse para la noche de San Juan con Edoardo? Su guardarropa, que llevaba mucho tiempo sin renovar, no le dejaba mucha elecciÃ³n. Al final se decidiÃ³ por una falda coloreada, larga y cÃ³moda, de aspecto vagamente gitano, y una camisa blanca liviana con mangas anchas e hinchadas. A los pies se puso las mismas sandalias con cuÃ±a que llevaba el dÃ­a del aperitivo que ofreciÃ³ despuÃ©s del accidente. Y eligiÃ³ los mismos anillos de oro como pendientes, combinados con el collar.

BuscÃ³ quÃ© tenÃ­a para maquillarse. AbriÃ³ los muebles y mirÃ³ en su interior. Al final solo usÃ³ un lÃ¡piz de ojos negro, con el que acentuÃ³ el contorno de sus ojos, un pintalabios, que usÃ³ con moderaciÃ³n, y un esmalte de uÃ±as para las manos y los pies. Tanto el pintalabios como el esmalte eran de un bonito rojo bermellÃ³n, y combinaban bien con uno de los colores de la falda. El pelo habÃ­a sido sometido al tratamiento clÃ¡sico: lavado y dejado secar solo, y se habÃ­a ordenado a los lados de la cara formando unos rizos suaves. No mirÃ³ el resultado final de los cuidados hechos a su persona en el espejo. TenÃ­a miedo de no gustarse.

Me tiene que ver con sus ojos, tiene que verme a mÃ­ y dentro de mÃ­, mi corazÃ³n con su corazÃ³n.

PensÃ³ en las gafas de Edoardo, que esperaban encima de la mesa de la veranda.




IV


La cena

Se habÃ­a hecho de noche poco tiempo antes. La luz del crepÃºsculo, esos dÃ­as, era persistente. Carlotta acababa de encender las cuatro velas, colocadas a los lados de la veranda, cuando oyÃ³ el ruido de un coche que se paraba delante de la casa. Fue a la puerta peatonal del jardÃ­n.

âBienvenido.

âBuenas noches, Carlotta ârespondiÃ³ Edoardo. Se inclinÃ³ para darle un beso en la mejilla, y despuÃ©s le dio un ramo de floresâ. Para ti. Espero que te gusten.

âEs muy bonito. Â¿CÃ³mo lo has hecho? Las floristerÃ­as estÃ¡n cerradas a estas horas.

âCon nuestros horarios, estamos acostumbrados a prepararnos con antelaciÃ³n. He llamado a una tienda de Casteggio y he pedido que me lo llevaran a la base del helicÃ³ptero. Lo he comprado por telÃ©fono, fiÃ¡ndome de las explicaciones que me daban.

âLo has hecho muy bien âdijo Carlotta. DespuÃ©s, seÃ±alando la botella que Edoardo tenÃ­a en la mano, aÃ±adiÃ³â: Â¿Y eso?

âUn brut de pinot de la zona, para el aperitivo. âEnseÃ±Ã³ la etiqueta, y luego continuÃ³â: He pensado que podrÃ­a estar bien. EstÃ¡ a la temperatura justa. âLa sonrisa de Edoardo hizo desaparecer las Ãºltimas reservas de Carlotta.

âHay vasos encima de la mesa en la veranda. SÃ­rvelo tÃº, que yo tengo que volver a la cocina. âDesapareciÃ³ en el interior de la casa.

CogiÃ³ la botella de tomate triturado que habÃ­a preparado en agosto del aÃ±o anterior: tomates de distintas variedades, sal, unas hojas de albahaca y nada mÃ¡s. Puso una buena cantidad en una cazuela que puso a fuego bajo. SacÃ³ el bloque de mantequilla que habÃ­a comprado esa maÃ±ana de la nevera y lo dejÃ³ sobre la mesa. Una cazuela casi llena de agua puesta a calentar completÃ³ el principio de la preparaciÃ³n.

VolviÃ³ al porche. Edoardo habÃ­a cogido los vasos y habÃ­a preparado la botella del brut espumoso de pinot.

âÂ¿EstÃ¡s lista? No podrÃ© retenerlo mucho mÃ¡s. âCon una presiÃ³n ligerÃ­sima sobre el tapÃ³n lo hizo saltar, y saliÃ³ un chorro de espuma, que dirigiÃ³ al interior del vaso de champÃ¡nâ. SÃ© que no deberÃ­a salir disparado, pero es mucho mÃ¡s divertido. âLe dio un vaso a Carlotta y lo tocÃ³ con el suyoâ. A ti, a nosotros, a la noche de San Juan.

âSÃ­ âdijo Carlottaâ. A nosotros y a esta noche de San Juan. âBebiÃ³ echando la cabeza hacia atrÃ¡s. Su pelo se alejÃ³ del cuello, descubriÃ©ndolo. Edoardo tuvo el impulso de ir a besarlo.

Â«Tranquilo, Edoardo, Â¿no has visto nunca un cuello de mujer?Â»

âPero Â¡estas son mis Ray-Ban!

âLas encontrÃ© en el jardÃ­n. No estÃ¡n rotas, y las he limpiado. âCarlotta se sentÃ³ de lado encima de Edoardo, cogiÃ³ las gafas y se las puso, dejÃ¡ndolas sobre la punta de la nariz, para poder mirarlo a los ojos de cerca. Le susurrÃ³â: Dan suerte. AcuÃ©rdate de llevarlas siempre; tienes que ver el mundo a travÃ©s de ellas.

Le dio un beso suave. Edoardo sintiÃ³ los labios hÃºmedos refrescados por el espumoso. NotÃ³ cÃ³mo el cuerpo de ella se apoyaba contra el suyo, y sintiÃ³ el perfume proveniente de sus senos cÃ¡lidos.

Â«Oh, dios mÃ­o... peor que el cuello...Â».

âEs un vino que nos sostendrÃ¡ con su fuerza: me gusta esta referencia a la fuerza que da la madre tierra a sus hijos âdijo Carlotta, leyendo el nombre de la etiquetaâ: Anteo. âDespuÃ©s siguiÃ³ leyendo las caracterÃ­sticasâ: MÃ©todo Martinotti [06], efervescencia fina; color amarillo pajizo con reflejos brillantes; buquÃ© fresco y elegante con notas iniciales de pan fermentado y finales de cÃ­tricos; sabroso, equilibrado, con buena persistencia. Es lo mÃ­nimo que podemos esperarnos de un producto de la tierra con este nombre âaÃ±adiÃ³ Carlottaâ. TomarÃ© un poco mÃ¡s, tengo que ser fuerte.

Edoardo llenÃ³ los vasos. Bebieron mirÃ¡ndose a travÃ©s de las burbujas.

âVoy a buscar el primer plato. âCarlotta le dio otro beso y se levantÃ³, recorriendo la cara de Edoardo con una caricia de su mano. VeÃ­a claramente el efecto que habÃ­a provocado y eso la hacÃ­a feliz. Edoardo sintiÃ³ indistintamente cÃ³mo le subÃ­a el pulso. La mirÃ³ alejarse y despuÃ©s se sirviÃ³ otro vaso de espumoso.

SacÃ³ los tortelloni de la nevera y los echÃ³ en el agua salada que hervÃ­a. ApagÃ³ el fuego de la cazuela con el tomate triturado y aÃ±adiÃ³ un trozo generoso del bloque de mantequilla. DespuÃ©s de unos minutos los tortelloni estaban listos; los recogiÃ³ con la espumadera y los depositÃ³ en una sopera junto con la salsa de tomate y mantequilla. CogiÃ³ un plato, en el que colocÃ³ un trozo de queso parmesano curado y un rallador. LlevÃ³ todo al porche.

âAquÃ­ estoy âdijo Carlotta, satisfecha. âCogiÃ³ un cucharÃ³n para servir y puso una docena de tortelloni en el plato de Edoardoâ. Tortelloni de requesÃ³n condimentados con mantequilla y oro, Bononia docet [07]. El parmesano estÃ¡ a parte, puedes rallar la cantidad que quieras, pero se aconseja que sea entre poco y nada. Para el vino, podemos seguir con tu brut; en mi opiniÃ³n, es perfecto.

Edoardo habÃ­a trabajado todo el dÃ­a y solo habÃ­a comido un bocadillo a mediodÃ­a. Se lanzÃ³ sobre los tortelloni con la misma energÃ­a que la que dedicaba a volar con el helicÃ³ptero sobre los viÃ±edos. Y con la misma energÃ­a se los comiÃ³ todos.

âBuenÃ­simos. Â¿Me equivoco, o hay una nota de ajo? Una maravilla.

âEsperaba que te gustaran con el ajo âdijo Carlotta.

âÂ¿Es una broma? Me encanta el ajo, y... las mujeres que huelen a Ã©l. âDejÃ³ de hablar y se desplazÃ³ hacia Carlotta, que estaba a su derecha en la mesa, que habÃ­a puesto para que comieran en dos lados adyacentes. Hizo un gesto como si la olfateara y luego la besÃ³. PasÃ³ su lengua sobre los labios de ella, como para limpiarlos. Puso un dedo en la sopera, recogiÃ³ un poco de salsa y lo puso en la boca de ella, que la cerrÃ³ a medias para permitirle meter el dedo lo mÃ­nimo para que ella pudiera chuparlo. Le dio un beso largo con la lengua, que moviÃ³ junto a la suya en esa mezcla de mantequilla y oro.

âTienes un sabor buenÃ­simo âdijo.

âTÃº tambiÃ©n âdijo Carlottaâ, y yo puedo decirlo con conocimiento de causa.

La alusiÃ³n, directa y maliciosa, tuvo un efecto demoledor sobre Edoardo. Se levantÃ³, encontrÃ³ el interruptor de la luz al lado de la veranda y la apagÃ³, dejando que la Ãºnica iluminaciÃ³n fuera la de las dÃ©biles llamas de las cuatro velas en las esquinas. VolviÃ³ al lado de Carlotta y dijo:

âEsta es una condiciÃ³n de desigualdad que tiene que ser corregida inmediatamente.

GirÃ³ su silla, de manera que no estuviera mirando a la mesa, se arrodillÃ³ delante de ella y metiÃ³ las manos bajo la falda, subiendo desde las pantorrillas hasta los muslos y mÃ¡s arriba aÃºn. SintiÃ³ que Carlotta separaba las piernas para facilitar sus acciones. Se dio cuenta de que no llevaba ropa interior. LlegÃ³ con las manos hasta la cadera y tirÃ³ de ella hacia sÃ­, haciÃ©ndola adoptar una posiciÃ³n medio tumbada en la silla. SubiÃ³ la falda hasta la cintura para descubrir su sexo, que se abriÃ³ rosa y hÃºmedo en medio del negro del pelo exuberante. Edoardo sumergiÃ³ su boca en Ã©l y lo probÃ³, adaptÃ¡ndose a los movimientos que ella imprimÃ­a a su cadera.

SintiÃ³ sus manos sobre la nuca y oyÃ³ sus palabras:

âQuerido... querido. Bebe de mÃ­... tendrÃ¡s sed de mÃ­.

DespuÃ©s, las mismas manos lo detuvieron.

âYa estÃ¡ bien. Ahora que conoces mi sabor, podemos comer el segundo plato. Â¿QuÃ© te parece?

Edoardo la mirÃ³ y sonriÃ³.

âEs un placer mirarte desde esta perspectiva âdijo.

âDespuÃ©s podrÃ¡s mirarme desde todas las perspectivas que quieras ârespondiÃ³ Carlotta, dÃ¡ndole un golpecillo sobre la nariz con su dedo Ã­ndice.

Se levantÃ³ y se fue a la cocina. SacÃ³ las botellas de vino de la nevera y las acercÃ³ a la puerta:

âAbre el vino, uno de los dos, que se ha acabado el brut y, de todas maneras, ahora es mejor cambiar.

Edoardo eligiÃ³ una botella y dejÃ³ la otra en una mesa de servicio que estaba cerca. La destapÃ³ y la puso en la mesa.

Carlotta encendiÃ³ un fuego fuerte bajo la pintada. TenÃ­a que calentarla un poco. DespuÃ©s de calentarla rÃ¡pidamente, apagÃ³ el fuego. DecidiÃ³ llevarla a la mesa directamente en la cacerola.

Edoardo habÃ­a llenado dos copas de vino hasta la mitad.

Â«ButtafuocoÂ» [08] con la pintada âdijoâ. Esta es mi elecciÃ³n.

âÂ¿Te has dado cuenta de que lo he enfriado ligeramente? Espero que no te moleste, a pesar de que los expertos lo desaconsejan.

âEs una buena idea. Solo estÃ¡ un poco mÃ¡s frÃ­o de la temperatura aconsejada.

âÂ¿Por quÃ© has elegido el Buttafuoco?

âMe ha hecho pensar que tiene algo de tu impresiÃ³n.

âÂ¿Mi impresiÃ³n? âCarlotta cogiÃ³ la botella y encendiÃ³ la luz que Edoardo habÃ­a apagado.

GirÃ³ la botella y leyÃ³ la etiqueta.

âDe color rojo rubÃ­ vivaz con reflejos violÃ¡ceos. âMirÃ³ a Edoardoâ. DirÃ­a que, por su aspecto, deberÃ­a ser mÃ¡s bien un rosado.

âHe dicho de tu impresiÃ³n, no de tu aspecto ârebatiÃ³ Edoardo con tono serio.

âEn nariz âcontinuÃ³ Carlottaâ, buena intensidad, penetrante, con una nota ligera de regaliz, mermelada de grosellas con matices especiados. Â¿Entonces?

âBuena intensidad, penetrante, matices especiados y una nota de regaliz. Confirmado. No me acuerdo de cuÃ¡l es el perfume de las grosellas, asÃ­ que sobre eso no me pronuncio. Si tienes jugo podrÃ© comprobarlo.

Carlotta siguiÃ³ leyendo.

âEn boca: completo, redondo, robusto. âLo mirÃ³ con esa expresiÃ³n que solo las mujeres saben adoptar. Esa mezcla de inocencia y malicia que impide dormir a los hombresâ. Ahora sÃ­ que puedo afirmar que me recuerda a ti.

Cogieron las copas. Ãl lo oliÃ³ y dijo:

âMmm... es justo asÃ­: impresiÃ³n de regaliz. Ella bebiÃ³ un sorbo y aÃ±adiÃ³: âMmm... es justo asÃ­: completo y robusto. âRieron los dos y se sirvieron tanto trozos de pintada como vasos de vino.

Â¿Desde cuÃ¡ndo eres piloto? Â¿Te gusta? Â¿DÃ³nde vives? Â¿EstÃ¡s casado? Â¿DÃ³nde trabajas normalmente? Â¿No preferirÃ­as volar para llevar de paseo a los ricos? Â¿Es peligroso volar sobre los viÃ±edos? Â¿Tienes novia? Â¿Con cuÃ¡ntas mujeres has estado? Â¿Tus padres?

Â¿Por quÃ© vives sola? SÃ© que estÃ¡s casada, pero Â¿dÃ³nde estÃ¡ tu marido? Â¿DÃ³nde has aprendido a cocinar tan bien? Â¿Tienes hijos? Â¿Sabes que eres guapÃ­sima? Casi, casi, doy gracias de haber tenido el accidente, si no, no te habrÃ­a conocido. Â¿Has estado con otros hombres?

Las tÃ­picas preguntas que se hacen al principio de una relaciÃ³n que se percibe como importante. Con la disminuciÃ³n de la pintada en la cacerola y del Buttafuoco en la botella aumentÃ³, en proporciÃ³n inversa, el conocimiento que cada uno tenÃ­a del otro. O, mejor dicho, el conocimiento de todos los hechos y situaciones que definen la imagen que los demÃ¡s se hacen de otra persona. No hablaron de sus aspectos mÃ¡s Ã­ntimos, mÃ¡s protegidos. Esos, apenas habÃ­an empezado a explorarlos con sus relaciones sexuales.

âNo he entendido bien cuÃ¡ntas novias has tenido. Â¿O a lo mejor lo has dicho y no lo he oÃ­do? âpreguntÃ³ Carlotta.

âPocas, se cuentan con los dedos de una mano.

âÂ¿Usando una calculadora?

âNo, mujer... no me acuerdo bien, pero habrÃ¡n sido dos o tres.

En realidad, Edoardo jugaba con el significado legal de noviazgo, y no lo entendÃ­a (o no querÃ­a entenderlo), segÃºn el sentido de la pregunta, es decir, con cuÃ¡ntas mujeres habÃ­a flirteado, o con cuÃ¡ntas se habÃ­a acostado.

âY tÃº âcontinuÃ³, fiel a la teorÃ­a de que la mejor defensa es un buen ataqueâ, me has dicho que, ademÃ¡s de tu marido ha habido otros, pero decir que has sido evasiva es poco. Â¿Puedes contarme algo mÃ¡s?

âTe lo dirÃ© en cuanto pueda. Dame tiempo y sabrÃ¡s todo de mÃ­. âLa expresiÃ³n de Carlotta y su tono de voz se habÃ­an vuelto serios, y Edoardo no quiso insistir. AsÃ­ evitÃ³ tambiÃ©n entrar en el asunto del nÃºmero de sus novias.

Volvieron, podrÃ­a decirse que de comÃºn acuerdo, a la comida que estaba en la mesa. Empezaron a comer con las manos. El buen sabor de la carne de la cazuela, comida asÃ­, realzaba todo su valor. Edoardo no se retuvo y usÃ³ un trozo de pan de miga blanda para rebaÃ±ar el jugo delicioso del fondo de la cazuela.

âLlÃ©vatela, por favor. SerÃ­a capaz de secarla âdijo, chupÃ¡ndose los dedos para quitar los restos de salsa.

âSupongo que podemos pasar al postre âdijo Carlottaâ. Sigue haciendo de invitado y trae el vodka que estÃ¡ en el congelador.

âÂ¿Vodka? Â¿Con el postre?

âYa verÃ¡s.

Carlotta volviÃ³ con los dos vasos llenos de mascarpone y mostaza, colocados en medio de un plato en el que habÃ­a puesto tambiÃ©n una pequeÃ±a rodaja de gorgonzola fresco y suave, y algunos trozos de nueces.

Edoardo, que la habÃ­a seguido hasta la cocina, sacÃ³ la botella de vodka y los vasos de licor del congelador.

âLa combinaciÃ³n con la mostaza era muy difÃ­cil. He pensado en el sabor simple, limpio y fresco del vodka Moskovskaya y a su carÃ¡cter suave y envolvente, carente de aspereza. Te propongo que seas mi cobaya en este experimento.

âMe encantarÃ¡ ser el cobaya de todos tus experimentos. Â¿CÃ³mo piensas usarme esta noche? Â¿Tienes en mente experimentos muy cientÃ­ficos?

Carlotta sonriÃ³ y se acercÃ³ para besar a Edoardo. Fue un beso largo.

âVamos con el postre, que dentro de poco van a ser las doce âdijo.

âÂ¿Por quÃ©? Â¿Tienes que marcharte a medianoche, antes de que la carroza se transforme en calabaza? DÃ©jame ver tus escuderos âdijo Edoardo, haciendo como que iba hacia la huerta.

âNo, no hay nada especial. Solo, que habÃ­a pensado hacer el amor contigo a medianoche ârespondiÃ³, sonriendo, Carlotta.

âEntonces, vamos. DÃ©monos prisa. No podemos faltar a nuestras obligaciones âdijo Edoardo, con Ã©nfasis.

LlenÃ³ una cuchara con mascarpone y mostaza. La metiÃ³ en la boca, y quedÃ³ maravillado por la armonÃ­a de los sabores que probaba por primera vez. Con el vaso de vodka congelado, los sabores se diluyeron, dejando la boca preparada para la siguiente porciÃ³n.

DespuÃ©s de dos cucharadas de mascarpone con mostaza, probÃ³, en la siguiente, a aÃ±adir un trozo de gorgonzola y uno de nuez, aportando una variedad sorprendente a los sabores, y predisponiendo de nuevo la boca a la limpieza con el vodka. Con el tercer vaso de vodka acabaron el postre.

âMira las hogueras de los campesinos âdijo Edoardo, seÃ±alando una serie de fuegos que veÃ­an brillar dispersos por todas partes, en la oscuridadâ. Estas viejas costumbres son hermosas âcontinuÃ³.

âSÃ­ âdijo Carlotta. DespuÃ©s, acercÃ³ su silla y apoyÃ³ la cabeza sobre su hombroâ. Yo tambiÃ©n la hago todos los aÃ±os. Le he pedido al campesino que me ayuda con el jardÃ­n que me prepare una. Es hora de encenderla. Â¿Me ayudas?

En el centro del cÃ©sped habÃ­a una pequeÃ±a pira formada por ramas secas de varios tamaÃ±os. Carlotta se levantÃ³, cogiÃ³ una de las velas, y se dirigiÃ³ hacia la pira protegiendo la llama con la mano. Se inclinÃ³ sobre la pira y encendiÃ³ unas hojas de papel y unos trocitos pequeÃ±os de leÃ±a en la base del montÃ³n. Poco despuÃ©s, una llama enorme iluminÃ³ esa zona del jardÃ­n. Edoardo no pudo evitar ver que se encontraba justo donde Ã©l habÃ­a caÃ­do con el helicÃ³ptero.

âQuÃ© curioso, el otro dÃ­a estaba mi helicÃ³ptero en el sitio de la hoguera. Menos mal que no se incendiÃ³. Mejor quemar la leÃ±a del jardÃ­n.

âSÃ­. Este aÃ±o ha habido muchas coincidencias âdijo Carlotta.

Edoardo sacÃ³ un cigarrillo del bolsillo de su camisa. Le habÃ­a gustado el puro Toscano, pero preferÃ­a el humo mÃ¡s suave y aromÃ¡tico de sus pitillos holandeses. Lo encendiÃ³ con la llama de un trozo pequeÃ±o de madera. Carlotta observÃ³ cÃ³mo realizaba ese gesto simple.

Es guapo, y me estÃ¡ destinado.

âVen, vamos a buscar hierbas para quemar.

âHabÃ­a comprendido que el programa era distinto.

âVen a la huerta, hay hierbas aromÃ¡ticas.

Edoardo la siguiÃ³, divertido. Le gustaba esa chica, esa mujer. Y, cuando era misteriosa, le atraÃ­a todavÃ­a mÃ¡s.

âAnda, toma: un ajo, un cebollino, menta, una ramita de romero, verbena, un poco de ruda y, por supuesto, hipÃ©rico, que crece espontÃ¡neamente en los bordes de mi jardÃ­n.

âÂ¿HipÃ©rico?

âSÃ­, la hierba de San Juan, para ahuyentar a los diablos.

Carlotta le frotÃ³ las flores en la nariz. Se quitÃ³ las sandalias y siguiÃ³ andando descalza. Edoardo estaba fascinado por esa imagen, que lo excitaba. SabÃ­a que no llevaba ropa interior, y se la imaginaba desnuda bajo la falda. La camiseta blanca dejaba entrever unos senos bastante grandes y sostenidos. Los pezones, que se habÃ­an endurecido, se estampaban insolentes contra la tela ligera. Su manera de andar sin las sandalias le daba un aire selvÃ¡tico que lo embrujaba.

âAcÃ©rcate âdijo Carlotta.

âÂ¿Por quÃ© quemas las hierbas?

âPara que sigamos teniendo buena salud, realicemos nuestros deseos y ahuyentemos a los diablos. Todos menos uno.

Se rio, pero estaba seria. Al menos, Ã©l tuvo la sensaciÃ³n de que hablaba con ligereza de cosas importantes.

Carlotta habÃ­a cogido la mano de Edoardo y se habÃ­a sentado en la hierba con las piernas cruzadas, como los indios. Le invitÃ³ a que se sentara igual que ella, a su lado. Lentamente, cogÃ­a las hierbas del racimo y las tiraba al fuego. DespuÃ©s dijo, o mÃ¡s bien recitÃ³:

âPido que no se canse de mÃ­, pido que me busque siempre, pido que no tenga mÃ¡s mujeres que yo.

Edoardo no dijo nada. Daba pequeÃ±as caladas al cigarrillo, dejÃ¡ndose envolver en su aroma del humo. La miraba fascinado y ligeramente asustado. La mujer, cuyo semblante estaba iluminado por las llamas de la hoguera, parecÃ­a estar envuelta en un aura misteriosa, y la atmÃ³sfera lo tenÃ­a intrigado.

âPido que se cierre el cÃ­rculo. Pido que se acabe la persecuciÃ³n y que sea libre de amar âcontinuÃ³ Carlotta, tirando las Ãºltimas hierbas en las llamas.

Edoardo no entendÃ­a el sentido de esas palabras, pero sintiÃ³ cÃ³mo la atracciÃ³n por ella se extendÃ­a por todo Ã©l. TirÃ³ el cigarrillo a la llama de la hoguera, la abrazÃ³ y la besÃ³, mucho rato. DegustÃ³ sus labios, su lengua. Le besÃ³ el cuello y los hombros. Le acariciÃ³ el rostro, los costados. La hizo tumbarse sobre la hierba al lado del fuego, le levantÃ³ la falda y siguiÃ³ besÃ¡ndola el vientre y los muslos. Le desabrochÃ³ la camisa y besÃ³ sus senos y sus pezones. Se puso de pie, se quitÃ³ los zapatos y la camiseta y se bajÃ³ los pantalones y el bÃ³xer.




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