Encuentro Con Nibiru
Danilo Clementoni






Danilo Clementoni



Encuentro con Nibiru

Las aventuras de Azakis y Petri



Titulo original:

Incrocio con Nibiru

Le avventure di Azakis e Petri



Traducido por: MarÃ­a Acosta



Editor: Tektime


Este libro es una obra producto de la fantasÃ­a. Nombres, personajes, lugares y organizaciones citados son fruto de la imaginaciÃ³n del autor y su objetivo es dar verosimilitud a la narraciÃ³n. Cualquier parecido con hechos o personas reales, vivas o difuntas, es pura coincidencia.



Encuentro con Nibiru

Copyright Â© 2015 Danilo Clementoni

1Âª ediciÃ³n (en italiano): febrero 2015

Editado e impreso por el autor



Facebook: www.facebook.com/incrocioconnibiru (http://www.facebook.com/incrocioconnibiru) (en italiano)

Blog: dclementoni.blogspot.it

e-mail: d.clementoni@gmail.com (mailto:d.clementoni@gmail.com)



Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicaciÃ³n podrÃ¡ ser reproducida de ninguna manera, incluso por cualquier tipo de sistema mecÃ¡nico y/o electrÃ³nico sin la autorizaciÃ³n expresa y escrita del editor, a excepciÃ³n de algunos pequeÃ±os pasajes a efectos de ilustrar reseÃ±as o recensiones.


Este es el segundo volumen de la serie

Las aventuras de Azakis y Petri



Con el fin de disfrutar completamente esta apasionante aventura, antes de comenzar la lectura de esta novela recomendarÃ­a la lectura del primer tomo titulado

El Retorno



(Nota del Autor)


A mi mujer y mi hijo por la paciencia que han tenido conmigo y por todas las valiosas sugerencias que han aportado, contribuyendo de esta manera, ya sea a mi mismo como a esta novela.



Agradezco en particular a todos mis amigos el que me hayan confortado e incitado a seguir hasta finalizar este trabajo que, quizÃ¡s, sin ellos no habrÃ­a visto jamÃ¡s la luz.




Ãndice




IntroducciÃ³n (#u75748aa6-a430-5969-8e48-3bc38761b224)

PrÃ³logo (#u72598411-c714-5897-8a2d-eceef2afc266)

Astronave Theos (#uba05b016-119e-5d03-9f93-50700e63b7ec)

Tell el-Mukayyar â La fuga (#u1ad44351-fe4d-5713-b0c0-aa3c9b5ce2b4)

Astronave Theos â El superfluido (#u0f46ef30-4bd8-54ce-a5e5-9381774b735d)

Base aÃ©rea Camp Adder â La evasiÃ³n (#udb243a6c-5735-5c19-aecc-3d093325a37a)

Astronave Theos â El plan de acciÃ³n (#u3b4a9888-43e7-56c1-b758-ee3249db2c14)

New York â Isla de Manhattan (#u4de3c813-d828-56b7-85e9-166e7407afc5)

Astronave Theosâ El regalo (#uebd590dd-ef52-5dcd-ba9f-9f76f618240f)

Nasiriya â La cena (#u1573492e-7a32-5a31-b2a0-529248dcb72e)

Astronave Theos â El almirante (#u705921d9-4a68-5623-a6f1-c58aa66b8551)

Nasiriya â La emboscada (#u1358359f-c9ee-512c-83c3-c415aa01986c)

Astronave Theos â El Presidente (#u1203708c-a11f-59ee-afbb-462c97c0e3be)

Nasiriya â Hisham (#litres_trial_promo)

Astronave Theos â El regreso a la Tierra (#litres_trial_promo)

Nibiru â Los preparativos (#litres_trial_promo)

Tell el-Mukayyar â La trampa (#litres_trial_promo)

Nevada â Ãrea 51 (#litres_trial_promo)

Nibiru â La prueba (#litres_trial_promo)

Tell el-Mukayyar â Malas noticias (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â El contacto (#litres_trial_promo)

Nibiru â La partida (#litres_trial_promo)

Tell el-Mukayyar â El mensaje (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â Contramedidas (#litres_trial_promo)

Theos-2 â Contacto con la Tierra (#litres_trial_promo)

Tell el-Mukayyar â El accidente (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â La base secreta (#litres_trial_promo)

Tell el-Mukayyar â El gatito (#litres_trial_promo)

Theos-2 â El asteroide (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â Las revelaciones tecnolÃ³gicas (#litres_trial_promo)

Nasiriya â Los Shani (#litres_trial_promo)

Theos-2 â Los cÃ¡lculos (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â Las coordenadas (#litres_trial_promo)

Nasiriya â Regreso al campamento (#litres_trial_promo)

Theos-2 â La averÃ­a (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â El dinero (#litres_trial_promo)

Tell-el-Mukayyar â Regreso a la base (#litres_trial_promo)

Theos-2 â Un paseo por el espacio (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â El proyecto (#litres_trial_promo)

Tell-el-Mukayyar â La captura (#litres_trial_promo)

Theos-2 â Las reparaciones (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â La llamada desde la Theos-2 (#litres_trial_promo)

Boston â Hospital General de Massachussets (#litres_trial_promo)

Theos-2 â HipÃ³tesis (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â La esperanza (#litres_trial_promo)

OcÃ©ano AtlÃ¡ntico â El rescate (#litres_trial_promo)

Theos-2 â El Plan âBâ (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â El acuerdo (#litres_trial_promo)

Astronave Theos â Las comprobaciones (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â La confesiÃ³n (#litres_trial_promo)

Theos-2 â Ãrbita terrestre (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â La liberaciÃ³n (#litres_trial_promo)

Theos-2 â El punto âXâ (#litres_trial_promo)

Ãrea 51 â El control de la evacuaciÃ³n (#litres_trial_promo)

Theos-2 â Ãltimas comprobaciones (#litres_trial_promo)

Theos â Nuevas revelaciones (#litres_trial_promo)

Planeta Tierra â California (#litres_trial_promo)

Theos â Newark en acciÃ³n (#litres_trial_promo)

Planeta Tierra â Las reacciones (#litres_trial_promo)

Ãrbita terrestre â Kodon (#litres_trial_promo)

Tell-el-Mukayyar â La despedida (#litres_trial_promo)

BibliografÃ­a en espaÃ±ol (#litres_trial_promo)

Note (#litres_trial_promo)





IntroducciÃ³n


El decimosegundo planeta, Nibiru, (el planeta de transiciÃ³n), como fue llamado por los sumerios o Marduk (el rey de los cielos) como lo rebautizaron los babilonios, es en realidad un cuerpo celeste que orbita en torno a nuestro sol durante un periodo de 3.600 aÃ±os. Su Ã³rbita es claramente elÃ­ptica, retrÃ³grada (gira alrededor del sol en sentido contrario a todos los demÃ¡s planetas) y estÃ¡ muy inclinada respecto al plano de nuestro sistema solar.

Cada una de sus aproximaciones cÃ­clicas ha provocado casi siempre inmensas perturbaciones interplanetarias en nuestro sistema solar, tanto en las Ã³rbitas como en la conformaciÃ³n misma de los planetas que formaban parte del mismo. Concretamente, fue justo en una de sus mÃ¡s tumultuosas transiciones que el majestuoso planeta Tiamat, ubicado entre Marte y JÃºpiter, con una masa aproximada de nueve veces la de la actual Tierra, con abundante agua y con once satÃ©lites, fue devastado debido a un Ã©pico choque. Una de las siete lunas que orbitaban alrededor de Nibiru golpeÃ³ al gigantesco Tiamat partiÃ©ndolo prÃ¡cticamente por la mitad, obligando a cada una de las secciones a moverse en distintas Ã³rbitas. En la siguiente transiciÃ³n (el segundo dÃ­a del GÃ©nesis), los restantes satÃ©lites de Nibiru completaron la obra destruyendo completamente una da las partes que se habÃ­an formado con el primer choque. Los detritos generados por las mÃºltiples colisiones crearon, en parte, lo que hoy conocemos como cinturÃ³n de asteroides


  o Brazalete Martillado, que era como lo llamaban los sumerios, y otra parte fue incorporada por los planetas vecinos. En concreto, fue JÃºpiter el que capturÃ³ la mayor parte de los detritos, aumentando de forma considerable su masa.

Los satÃ©lites artÃ­fices del desastre, incluyendo aquellos supervivientes del antiguo planeta Tiamat, en su mayor parte fueron lanzados hacia Ã³rbitas exteriores, formando lo que hoy conocemos como cometas; la parte superviviente a la segunda transiciÃ³n consiguiÃ³ colocarse en una orbita entre Marte y Venus, llevÃ¡ndose consigo el Ãºltimo satÃ©lite y acabando por formar lo que hoy conocemos como Tierra, junto a su inseparable compaÃ±era la Luna.

. La cicatriz provocada por aquella colisiÃ³n cÃ³smica, que habÃ­a tenido lugar aproximadamente hacÃ­a 4 millones de aÃ±os, todavÃ­a es parcialmente visible. La parte daÃ±ada del planeta estÃ¡ actualmente cubierta por las aguas de lo que hoy llamamos OcÃ©ano PacÃ­fico. Ocupa un tercio de la superficie terrestre con una extensiÃ³n de mÃ¡s de 179 millones de kilÃ³metros cuadrados. En toda esta inmensa superficie no hay prÃ¡cticamente masa terrestre, sÃ³lo una gran depresiÃ³n que se extiende hasta una profundidad que supera los diez kilÃ³metros.

Actualmente Nibiru posee una configuraciÃ³n muy parecida a la de la Tierra. Las dos terceras partes de su superficie estÃ¡n recubiertas de agua mientras que el resto estÃ¡ ocupada por un Ãºnico continente que se extiende de norte a sur, con una superficie total de 100 millones de kilÃ³metros cuadrados. Algunos de sus habitantes, con cientos de miles de aÃ±os, aprovechando la aproximaciÃ³n cÃ­clica de su planeta al nuestro, nos han visitado de manera sistemÃ¡tica, influyendo en la cultura, los conocimientos, la tecnologÃ­a e incluso en la misma evoluciÃ³n de la raza humana. Nuestros antepasados los han llamado de muchas maneras, pero quizÃ¡s el nombre con el que han sido conocidos desde siempre haya sido âDiosesâ




PrÃ³logo


Azakis y Petri, los dos simpÃ¡ticos e inseparables alienÃ­genas protagonistas de esta aventura, han vuelto al planeta Tierra despuÃ©s de un aÃ±o (3.600 aÃ±os terrestres). Su misiÃ³n era recuperar una valiosa carga que, a causa del mal funcionamiento de su sistema de transporte, se habÃ­an visto obligados a abandonar rÃ¡pidamente en su anterior visita. Esta vez, en cambio, han encontrado una poblaciÃ³n terrestre muy distinta con respecto a aquella que habÃ­an dejado. Usos, costumbres, cultura, tecnologÃ­a, sistemas de comunicaciÃ³n, armamento, todo era diferente con respecto a lo que habÃ­an encontrado en la Ãºltima visita.

A su llegado se tropezaron con una pareja de terrestres: la doctora de arqueologÃ­a Elisa Hunter y el coronel Jack Hudson, que los han acogido con entusiasmo y, despuÃ©s de innumerables peripecias, los han ayudado a finalizar su delicada misiÃ³n.

Aquello que sin embargo los dos alienÃ­genas no habrÃ­an querido decir a sus nuevos amigos era que, su planeta natal Nibiru, se estaba acercando velozmente y que, al cabo de siete dÃ­as terrestres, chocarÃ­a con la Ã³rbita de la Tierra. SegÃºn el cÃ¡lculo efectuado por los Ancianos, uno de sus siete satÃ©lites rozarÃ­a el planeta provocando una serie de alteraciones climÃ¡ticas comparables a aquellas que, en la transiciÃ³n anterior, habÃ­an sido resumidos en un Ãºnico concepto: Diluvio Universal.

En la primera parte de la novela (El retorno â Las aventuras de Azakis y Petri), los habÃ­amos dejado a los cuatro en el interior de su majestuosa astronave Theos y es desde este momento que retomamos la narraciÃ³n de esta nueva y fantÃ¡stica aventura.




Astronave Theos


En las Ãºltimas horas Elisa se habÃ­a visto sobrepasada por tal cantidad de informaciÃ³n que ahora se sentÃ­a como una niÃ±a que se habÃ­a indigestado de cerezas. Aquellos dos extraÃ±os y simpÃ¡ticos personajes, aparecidos prÃ¡cticamente de la nada, habÃ­an conseguido en poquÃ­simo tiempo darle la vuelta a muchas de las verdades histÃ³ricas que ella y el resto del gÃ©nero humano habÃ­an dado por descontadas. Hechos, descubrimientos cientÃ­ficos, creencias, ritos, religiones e incluso la evoluciÃ³n del hombre estaban a punto de ser puestos del revÃ©s. La noticia del descubrimiento de que seres provenientes de otro planeta, desde el inicio de los tiempos, hubiesen manipulado y guiado con habilidad el desarrollo de la humanidad, tendrÃ­a sobre todos un efecto parecido al de la revelaciÃ³n de que la Tierra no era plana sino redonda. Azakis y su querido amigo y compaÃ±ero de aventuras, Petri, permanecÃ­an inmÃ³viles en el centro del puente de mando mientras que, con la mirada, intentaban seguir los movimientos de Elisa que, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones, daba vueltas por la habitaciÃ³n, nerviosa, mientras balbucÃ­a palabras incomprensibles. Jack, por el contrario, se habÃ­a desplomado en una butaca y con las manos intentaba mantener erguida la cabeza que parecÃ­a haberse vuelto muy pesada improvisamente. Fue justo Ã©l quien, despuÃ©s de unos minutos de interminable silencio, decidiÃ³ tomar las riendas de la situaciÃ³n. Se levantÃ³ de repente y, volviÃ©ndose hacia los dos alienÃ­genas, dijo con voz resuelta: Â«Si nos habÃ©is elegido para este trabajo tendrÃ©is vuestras motivos. SÃ³lo puedo deciros que no os desilusionaremos.Â» DespuÃ©s mirÃ³ a Azakis a los ojos y preguntÃ³ con resoluciÃ³n: Â«Â¿PodrÃ­ais mostrarnos por medio de esa locuraÂ» e indicÃ³ con la mano la imagen virtual de la Tierra que todavÃ­a rotaba lentamente en el centro de la habitaciÃ³n Â«una simulaciÃ³n del acercamiento de vuestro planeta?Â». Â«NingÃºn problemaÂ», replicÃ³ al instante Azakis. Mediante su implante N^COM recuperÃ³ todos los cÃ¡lculos hechos por los Ancianos e hizo que apareciese la representaciÃ³n grÃ¡fica delante de ellos.

Â«Esto es NibiruÂ» dijo indicando el planeta mÃ¡s grande. Â«Y estos son sus satÃ©lites de los que estÃ¡bamos hablando.Â»

Alrededor del majestuoso planeta, siete cuerpos celestes, mucho mÃ¡s pequeÃ±os, giraban velozmente a distancias y velocidades diferentes entre ellos. Azakis acercÃ³ el dedo Ã­ndice hacia el que estaba orbitando mÃ¡s lejos de todos y lo agrandÃ³ hasta hacerlo tan alto como Ã©l. DespuÃ©s dijo solemnemente, Â«SeÃ±ores, os presento a Kodon, el imponente amasijo rocoso que ha decidido causar unos cuantos problemas a vuestro amado planeta.Â»

Â«Â¿CÃ³mo es de grande?Â» preguntÃ³ Elisa, mientras observaba curiosa aquel grumoso globo gris oscuro.

Â«Digamos que, por lo que respecta a su dimensiÃ³n, es ligeramente mÃ¡s pequeÃ±o que vuestra Luna pero casi duplica su masa.Â» Azakis hizo un gesto rÃ¡pido con la mano y enfrente de ellos apareciÃ³ todo el sistema solar con los planetas que se movÃ­an lentamente en sus respectivas Ã³rbitas. Cada una de las trayectorias estaba representada por finas lÃ­neas de distintos colores.

Â«EstaÂ» continuÃ³ Azakis, indicando una marca rojo oscura Â«es la trayectoria que Nibiru seguirÃ¡ durante la fase de aproximaciÃ³n al Sol.Â» A continuaciÃ³n acelerÃ³ el movimiento del planeta hasta acercarlo a la Tierra y aÃ±adiÃ³ Â«Y este es el punto donde las Ã³rbitas de los dos planetas se cruzarÃ¡n.Â»

Los dos terrestres seguÃ­an maravillados, pero con mucha atenciÃ³n, la explicaciÃ³n que Azakis les estaba dando sobre el incidente que, dentro de pocos dÃ­as, pondrÃ­a sus vidas patas arriba y tambiÃ©n la de todos los habitantes del planeta.

Â«Â¿A quÃ© distancia pasarÃ¡ Nibiru de nosotros?Â» preguntÃ³ con tranquilidad el coronel.

Â«Como estaba diciendoÂ», respondiÃ³ Azakis Â«Nibiru no os molestarÃ¡ mucho. SerÃ¡ Kodon el que rozarÃ¡ la Tierra y crearÃ¡ unos cuantos problemas.Â» AcercÃ³ todavÃ­a mÃ¡s la imagen y mostrÃ³ la simulaciÃ³n del satÃ©lite en el momento en que llegarÃ­a al punto mÃ¡s cercano de la Ã³rbita terrestre. Â«Este serÃ¡ el momento de mÃ¡xima atracciÃ³n gravitacional entre los dos cuerpos celestes. Kodon pasarÃ¡ a sÃ³lo 200.000 kilÃ³metros de vuestro planeta.Â»

Â«Â¡Porras!Â» exclamÃ³ Elisa. Â«Una tonterÃ­a de nadaÂ»

Â«La Ãºltima vezÂ» contestÃ³ Azakis Â«hace exactamente dos ciclos, pasÃ³ aproximadamente a 500.000 kilÃ³metros y todos sabemos la que montÃ³Â»

Â«SÃ­, el famoso Diluvio UniversalÂ»

Jack estaba de pie con las manos cruzadas detrÃ¡s de la espalda mientras se movÃ­a arriba y abajo sobre la punta de los pies y luego sobre los talones columpiÃ¡ndose de esta manera hacia delante y hacia atrÃ¡s. De repente, con un tono muy serio, rompiÃ³ el silencio diciendo Â«No soy seguramente un experto en la materia pero temo que ninguna tecnologÃ­a terrestre sea capaz de hacer nada para contrarrestar un acontecimiento de este tipoÂ»

Â«QuizÃ¡s podrÃ­amos lanzar contra Ã©l unos misiles con cabezas nuclearesÂ» se arriesgÃ³ a decir Elisa.

Â«Eso sÃ³lo sucede en las pelÃ­culas de ciencia ficciÃ³nÂ» dijo sonriente Jack. Â«AdemÃ¡s, admitamos que conseguimos que lleguen a Kodon, nos arriesgamos a fragmentar el satÃ©lite en miles de pedazos provocando de esta forma una amenazante lluvia de meteoritos. Eso si que serÃ­a el fin de todoÂ»

Â«PerdonadÂ» dijo entonces Elisa volviÃ©ndose hacia los dos alienÃ­genas. Â«Â¿No habÃ­ais dicho antes que, a cambio de nuestro valiosÃ­simo plÃ¡stico, nos ayudarÃ­ais a resolver esta absurda situaciÃ³n? Espero que tengÃ¡is una buena idea para ayudarnos, sino estamos fritosÂ»

Petri que, hasta este momento habÃ­a permanecido callado en un segundo plano sonriÃ³ levemente y caminÃ³ en direcciÃ³n al escenario tridimensional que se encontraba en mitad del puente de mando. Con un rÃ¡pido movimiento de la mano hizo aparecer una especie de rosquilla plateada. La tocÃ³ con el dedo Ã­ndice y la moviÃ³ hasta colocarla exactamente entre la Tierra y Kodon, despuÃ©s dijo Â«Esta podrÃ­a ser la soluciÃ³n.Â»




Tell el-Mukayyar â La fuga


En la tienda laboratorio, los dos falsos beduinos que habÃ­an intentado robar a los alienÃ­genas el valioso contenido de su nave espacial, habÃ­an sido amordazados y atados con fuerza a un barril lleno de carburante. Estaban sentados sobre la tierra, con las espaldas apoyadas en el pesado contenedor metÃ¡lico, colocados de manera que mirasen en direcciones opuestas. Fuera de la tienda, un ayudante de la doctora estaba de guardia y, de vez en cuando, se asomaba al interior para controlar la situaciÃ³n.

El mÃ¡s delgado de los dos que, a causa del golpe que habÃ­a recibido del coronel en el costado tenÃ­a, seguramente, un par de costillas rotas, a pesar del dolor que le estaba impidiendo casi respirar, no habÃ­a dejado ni un momento de mirar alrededor buscando algo que pudiese servirle para liberarse.

Desde un pequeÃ±o agujero en la pared la luz del sol vespertino penetraba tÃ­midamente en el interior de la tienda, dibujando en el aire caliente y polvoriento un sutil rayo luminoso. Aquella especie de espada de luz perfilaba sobre el suelo una pequeÃ±a elipse blanca que muy lentamente se movÃ­a hacia los dos prisioneros. El tipo delgado estaba siguiendo, casi hipnotizado, el lento avance de aquella mancha blanca cuando un repentino rayo de luz lo devolviÃ³ a la realidad. Semienterrado en la arena, a unos cinco metros de Ã©l, una cosa metÃ¡lica reflejÃ³ la luz solar directamente hacia su ojo derecho. MoviÃ³ ligeramente la cabeza e intentÃ³ comprender de quÃ© se trataba, sin conseguirlo. IntentÃ³, entonces, alargar una pierna en aquella direcciÃ³n pero un dolor agudo e intenso en el costado le recordÃ³ las condiciones de sus costillas y decidiÃ³ desistir. PensÃ³ que, de todas formas, no hubiese llegado; intentando hablar a travÃ©s de la mordaza susurrÃ³: âEh, Â¿estÃ¡s vivo?â

El compaÃ±ero gordo no estaba mejor que Ã©l. DespuÃ©s de la caÃ­da que le habÃ­a provocado la acciÃ³n de Petri, sobre su rodilla izquierda habÃ­a aparecido un enorme hematoma, tenÃ­a un bonito chichÃ³n sobre la frente, el hombro derecho le dolÃ­a a morir y la muÃ±eca derecha estaba hinchada como una pelota.

Â«Creo que sÃ­Â» respondiÃ³ con un hilo de voz, murmurando Ã©l tambiÃ©n a travÃ©s de la mordaza.

Â«Menos mal. Hace ya tiempo que te estoy llamando. Me estaba preocupandoÂ»

Â«Debo de haberme desmayado. Tengo la cabeza como un bomboÂ»

Â«Debemos escapar de aquÃ­ sin que nos veanÂ» dijo con determinaciÃ³n el delgado.

Â«Â¿TÃº cÃ³mo estÃ¡s? Â¿Te has roto algo?Â»

Â«Creo que tengo alguna costilla fracturada pero me las apaÃ±arÃ©Â»

Â«Â¿CÃ³mo hemos conseguido que nos pillasen por sorpresa?Â»

Â«OlvÃ­date, lo que ha sucedido ha sucedido. Intentemos antes de nada liberarnos. Mira a tu izquierda, allÃ­ donde se refleja el rayo de solÂ»

Â«No veo nadaÂ» replicÃ³ el gordo.

Â«Hay algo sepultado. Parece un objeto metÃ¡lico. Mira a ver si consigues llegar a Ã©l con la piernaÂ»

El sonido repentino de la cremallera de la tienda que se abrÃ­a interrumpiÃ³ la operaciÃ³n. El ayudante de guardia mirÃ³ al interior. El gordito volviÃ³ a fingir que estaba desmayado mientras que el otro quedÃ³ absolutamente inmÃ³vil. El hombre dio una ojeada a los dos, controlÃ³ por encima los atrezos esparcidos en el interior y despuÃ©s, con aire satisfecho, se retirÃ³ y cerrÃ³ la entrada.

Los dos quedaron durante un momento quietos, luego fue el gordo el que comenzÃ³ a hablar. Â«Ha faltado pocoÂ»

Â«Bueno, Â¿la has visto? Â¿Llegas a ella?Â»

Â«SÃ­, ahora sÃ­. Espera que lo intenteÂ»

El corpulento y falso beduino comenzÃ³ a mover el tronco intentando de esta manera aflojar un poco las cuerdas que lo inmovilizaban, despuÃ©s comenzÃ³ a extender todo lo que podÃ­a la pierna izquierda en direcciÃ³n al objeto. Llegaba por los pelos. Con el tacÃ³n comenzÃ³ a excavar en la tierra hasta que consiguiÃ³ descubrir una parte del objeto.

Â«Parece una espÃ¡tulaÂ»

Â«Debe ser una Trowel Marshalltown. Es el instrumento preferido por los arqueÃ³logos para rascar en la tierra cuando buscan viejas vasijas. Â¿Consigues cogerla?Â»

Â«No llegoÂ»

Â«Si dejases de atiborrarte con todas esas porquerÃ­as quizÃ¡s conseguirÃ­as incluso moverte mejor, un gordinflas es lo que eresÂ»

Â«Â¿QuÃ© tendrÃ¡ que ver mi poderoso fÃ­sico?Â»

Â«MuÃ©vete, poderoso fÃ­sico, intenta recuperar esa espÃ¡tula sino ya conseguirÃ¡ la cÃ¡rcel hacerte adelgazarÂ»

ImÃ¡genes de comida aplastada, sosa y maloliente aparecieron de repente ante los ojos del gordito. Aquella terrible visiÃ³n hizo que se manifestase en Ã©l una fuerza que no pensaba que tuviese. EnarcÃ³ lo mÃ¡s que pudo la espalda. Un dolor lacerante partiÃ³ desde el hombro dolorido y llegÃ³ hasta el cerebro, pero no hizo caso. Con un decidido golpe de riÃ±ones consiguiÃ³ llevar el talÃ³n mÃ¡s allÃ¡ de la espÃ¡tula y, plegando rÃ¡pidamente la pierna, la lanzÃ³ hacia si.

Â«Lo conseguÃ­Â» gritÃ³ desde detrÃ¡s de la mordaza.

Â«Â¿No puedes estar callado, imbÃ©cil? Â¿A quÃ© vienen esos gritos? Â¿Quieres que vuelvan a entrar esos dos energÃºmenos y que nos pongan a caldo?Â»

Â«PerdonaÂ» respondiÃ³ sumiso el gordo. Â«ConseguÃ­ cogerlaÂ»

Â«Â¿Has visto cÃ³mo, si te empeÃ±as, incluso tÃº puedes hacer las cosas bien? TendrÃ­a que estar afilada. A ver si consigues cortar estas malditas cuerdasÂ»

Con la mano buena el tipo gordo cogiÃ³ la espÃ¡tula por el mango y comenzÃ³ a frotar la parte mÃ¡s afilada sobre la cuerda que estaba detrÃ¡s de su espalda.

Â«Imaginemos que nos liberamosÂ» dijo en voz baja el gordito Â«Â¿CÃ³mo conseguiremos escapar sin que nos vean? El campamento estÃ¡ lleno de gente y todavÃ­a es de dÃ­a. Espero que tengas un planÂ»

Â«Pues claro que lo tengo. Â¿No soy yo el genio de este equipo?Â» exclamÃ³ orgulloso el flaco. Â«Mientras tÃº estabas durmiendo cÃ³modamente la siesta yo he analizado la situaciÃ³n y creo que he encontrado la manera de escapar.Â»

Â«Soy todo oÃ­dosÂ» replicÃ³ el otro mientras continuaba a restregar la cuerda con la espÃ¡tula.

Â«El tipo que estÃ¡ de guardia se deja ver aproximadamente cada diez minutos y esta tienda es la que estÃ¡ mÃ¡s alejada en la parte este del campamentoÂ»

Â«Â¿Y entonces?Â»

Â«Â¿CÃ³mo se me ocurriÃ³ cogerte como socio para este trabajo? Tienes la fantasÃ­a y la inteligencia de una ameba, y esperemos que las amebas no se ofendan por esta comparaciÃ³nÂ»

Â«La verdad es queÂ» replicÃ³ un poco mosqueado el gordito Â«he sido yo quien te ha elegido, ya que el trabajo me lo habÃ­an encargado a mÃ­Â»

Â«Â¿Has conseguido liberarte?Â» le interrumpiÃ³ el flaco, ya que la discusiÃ³n estaba discurriendo por malos derroteros y ademÃ¡s, efectivamente, su compaÃ±ero tenÃ­a toda la razÃ³n.

Â«Espera un poco. Creo que comienza a cederÂ»

De hecho, poco despuÃ©s, con un seco chasquido, la cuerda que los tenÃ­a amarrados al barril se rompiÃ³ y la panza del gordo, finalmente libre de apreturas, recobrÃ³ su dimensiÃ³n normal.

Â«Â¡Lo conseguÃ­!Â» exclamÃ³ satisfecho el gordito.

Â«Genial. Ahora mantengÃ¡mosla abajo hasta que no reaparezca el guardia. Tiene que parecer que todo estÃ¡ en orden.Â»

Â«Ok, socio. Vuelvo a simular que duermo.Â»

No tuvieron que esperar mucho. Algunos minutos mÃ¡s tarde, de hecho, el ayudante de la doctora volviÃ³ a asomar la cabeza por la tienda. Hizo el habitual control de la situaciÃ³n y, no notando nada de extraÃ±o, cerrÃ³ otra vez la cremallera, se colocÃ³ bajo la sombra de la entrada y encendiÃ³ tranquilamente un cigarrillo hecho a mano.

Â«AhoraÂ» dijo el flaco. Â«MovÃ¡monosÂ»

La operaciÃ³n, dados los achaques de ambos, resultÃ³ mÃ¡s complicada de lo previsto pero, despuÃ©s de emitir algunos gemidos de dolor y haber imprecado durante un rato, acabaron de pie el uno frente al otro.

Â«Dame la espÃ¡tulaÂ» ordenÃ³ el flaco mientras se quitaba la mordaza. Los dolores lacerantes del costado derecho le impedÃ­an moverse con agilidad pero consiguiÃ³ mitigar un poco el dolor al apoyar allÃ­ la mano abierta. En unos pocos pasos alcanzÃ³ la pared opuesta a la entrada de la tienda, se arrodillÃ³ y clavÃ³ con lentitud la Trowel Marshalltown. La hoja afilada de la espÃ¡tula cortÃ³, como si fuera mantequilla, el blando tejido de la pared que daba al este, creando asÃ­ una pequeÃ±a hendidura de unos diez centÃ­metros. El flaco acercÃ³ el ojo derecho y echÃ³ un vistazo a travÃ©s de la abertura. Como habÃ­a pensado no habÃ­a nadie. Â¡Si por lo menos pudiese ver las ruinas de la antigua ciudad, que estaban aproximadamente a un centenar de metros, donde habÃ­an escondido el jeep que les servirÃ­a para escapar con el botÃ­n!

Â«VÃ­a libreÂ» dijo mientras que con la ayuda del filo de la espÃ¡tula alargaba hasta el suelo el pequeÃ±o corte que habÃ­a hecho anteriormente. Â«VamosÂ» dijo mientras se metÃ­a arrastrÃ¡ndose en la rasgadura.

Â«PodrÃ­as haberlo hecho un poco mÃ¡s ancho este agujero, Â¿no?Â» murmurÃ³ el gordo entre dos gemidos mientras intentaba con esfuerzo deslizarse hacia el exterior.

Â«MuÃ©vete. Ahora debemos escapar lo mÃ¡s velozmente posibleÂ»

Â«SerÃ¡ una forma de hablar. Lo de caminar, mÃ¡s o menos, no te creasÂ»

Â«Venga, date prisa y deja de lamentarte. Recuerda que si no conseguimos escapar unos aÃ±os en la cÃ¡rcel no nos los quita nadieÂ»

La palabra cÃ¡rcel conseguÃ­a siempre infundir en el tipo corpulento una fuerza suplementaria. No dijo nada mÃ¡s y, sufriendo en silencio, siguiÃ³ al compaÃ±ero que, arrastrÃ¡ndose, se escabullÃ³ rÃ¡pidamente hacia las ruinas.

Fue el sonido de un motor a lo lejos lo que hizo sospechar algo al hombre que estaba de guardia. MirÃ³ durante un momento el cigarrillo casi consumido y, con un rÃ¡pido gesto, lo tirÃ³ al suelo. Se metiÃ³ con decisiÃ³n en la tienda y casi no pudo creer lo que veÃ­an sus ojos: los dos prisioneros no estaban. Al lado del barril del carburante estaba la cuerda tirada de cualquier manera, un poco mÃ¡s allÃ¡ los dos trozos de tela que habÃ­an usado como mordazas y sobre la pared del fondo de la tienda una enorme hendidura que llegaba hasta el suelo.

Â«Hisham, chicosÂ» gritÃ³ el hombre con todas sus fuerzas. Â«Los prisioneros han escapadoÂ».




Astronave Theos â El superfluido


La imagen del objeto que Petri habÃ­a colocado en el espacio entre Kodon y la Tierra habÃ­a dejado asombrados a los dos terrestres.

Â«Â¿QuÃ© se supone que es esa cosa?Â» preguntÃ³ con curiosidad Elisa mientras se acercaba para intentar ver mejor.

Â«TodavÃ­a no tiene oficialmente un nombre.Â» Petri atrajo de nuevo el objeto al primer plano y, mirando a la doctora, aÃ±adiÃ³ Â«QuizÃ¡s podrÃ­as tÃº escoger unoÂ»

Â«Si por lo menos me explicases quÃ© cosa es, podrÃ­a intentarloÂ»

Â«Desde hace mucho tiempo nuestros cientÃ­ficos trabajan en este proyecto.Â» Petri cruzÃ³ las manos detrÃ¡s de la espalda y comenzÃ³ a caminar lentamente por la habitaciÃ³n. Â«Este aparato es el resultado de una serie de estudios que en parte van mÃ¡s allÃ¡ de mis competencias cientÃ­ficas.Â»

Â«Os puedo asegurar que son muy notablesÂ» aÃ±adiÃ³ Azakis, dando una palmada sobre el hombro de su amigo.

Â«En pocas palabras, se trata de una especie de sistema antigravitacional. Se basa en un principio que todavÃ­a estamos estudiando pero que puedo resumir en unas pocas y simples palabras.Â»

Â«Creo que serÃ¡ mejorÂ» comentÃ³ Elisa Â«No os olvidÃ©is que pertenecemos a una especie que, en comparaciÃ³n con la vuestra, podemos definir tranquilamente como poco desarrollada.Â»

Petri asintiÃ³ con un leve movimiento de cabeza. Se acercÃ³ a la representaciÃ³n tridimensional del extraÃ±o objeto y continuÃ³ tranquilamente con su explicaciÃ³n. Â«Esto que tÃº has llamado al principio rosquilla, se define geomÃ©tricamente como toroide


 . El anillo tubular estÃ¡ hueco mientras que aquello que, para simplificar, podemos llamar agujero central contiene el sistema de propulsiÃ³n y de control.Â»

Â«Hasta el momento todo estÃ¡ clarÃ­simoÂ» dijo Elisa cada vez mÃ¡s emocionada..

Â«Muy bien. Ahora veamos el principio de funcionamiento del sistema.Â» Petri dio la vuelta a la imagen del toroide y mostrÃ³ la secciÃ³n interna del mismo. Â«El anillo estÃ¡ lleno de un gas, normalmente un isÃ³topo del helio, que, enfriado a una temperatura prÃ³xima al cero absoluto, cambia de estado y se transforma en un lÃ­quido con unas caracterÃ­sticas muy particulares. En la prÃ¡ctica, su viscosidad es prÃ¡cticamente nula y consigue desplazarse sin generar ningÃºn detrito. A esta caracterÃ­stica nosotros la llamamos superfluidez.Â»

Â«Ya me estoy comenzando a perderÂ» dijo con tristeza Elisa.

Â«Para simplificar, este gas en estado lÃ­quido cuando sea oportunamente estimulado por la estructura del anillo conseguirÃ¡ viajar a su interior, sin ninguna dificultad, y a una velocidad prÃ³xima a la de la luz, consiguiendo mantenerla por un tiempo indefinido, en teorÃ­a.Â»

Â«Realmente asombrosoÂ» consiguiÃ³ decir Jack que no se habÃ­a perdido ni una sÃ­laba de toda la explicaciÃ³n.

Â«Creo que lo he entendidoÂ» aÃ±adiÃ³ Elisa. Â«Â¿CÃ³mo harÃ¡ esta maldita cosa a contrarrestar los efectos de la atracciÃ³n gravitacional entre los dos planetas?Â»

Â«Llegado a este punto la explicaciÃ³n se complicaÂ» respondiÃ³ Petri. Â«Digamos que la rotaciÃ³n del superfluido a velocidades prÃ³ximas a la de la luz genera una curvatura del continuo espacio-tiempo entorno a Ã©l, provocando, de esta manera, un efecto anti gravitacional.Â»

Â«Â¡Maldita sea!Â» exclamÃ³ Elisa. Â«Mi viejo profesor de fÃ­sica se estarÃ¡ revolviendo en la tumba.Â»

Â«Y no sÃ³lo Ã©l, queridaÂ» aÃ±adiÃ³ el coronel. Â«Si he entendido bien, lo que estÃ¡n intentando explicarnos estos dos seÃ±ores, se trata de darle la vuelta a teorÃ­as y conceptos que nuestros cientÃ­ficos han intentado analizar y estudiar durante toda su vida. El principio de antigravedad ha sido teorizado mÃ¡s de una vez pero nunca, nadie, ha conseguido demostrarlo completamente. Delante de nosotrosÂ» y seÃ±alÃ³ el extraÃ±o objeto Â«finalmente tenemos la prueba de que esto es posible.Â»

Â«Yo serÃ­a un poco mÃ¡s cautoÂ» dijo Azakis enfriando el entusiasmo del coronel. Â«Me siento en el deber de informaros que esta cosa no ha sido probada nunca sobre objetos tan grandes como planetas, mejor dicho, hace dos ciclos la probamos pero no ocurriÃ³ exactamente como esperÃ¡bamos. AdemÃ¡s, podrÃ­an tener lugar algunos sucesos no previstos yâ¦Â»

Â«El aguafiestas de siempreÂ» dijo Petri interrumpiendo a su compaÃ±ero. Â«El mecanismo ha sido probado mÃ¡s de una vez. Nuestra misma nave utiliza parte de este principio para su propulsiÃ³n. Intentemos ser optimistasÂ»

Â«Porque ademÃ¡s no tenemos otra alternativa, Â¿me equivoco?Â» preguntÃ³ con amargura Elisa.

Â«Por desgracia, creo que noÂ» dijo desconsolado Petri mientras bajaba ligeramente la cabeza. Â«Mi Ãºnico temor es que, dadas las reducidas dimensiones de nuestro toroide, no consigamos absorber completamente todos los efectos de la atracciÃ³n gravitacional y una parte de los gravitones


  conseguirÃ¡, de todas maneras, hacer su trabajo.Â».

Â«Â¿EstÃ¡is diciendo que este artilugio podrÃ­a no ser suficiente para prevenir la catÃ¡strofe?Â» preguntÃ³ Elisa acercÃ¡ndose al alienÃ­gena en actitud amenazante.

Â«No totalmenteÂ» respondiÃ³ Petri mientras daba un paso atrÃ¡s. Â«SegÃºn los cÃ¡lculos que he hecho se podrÃ­a decir que aproximadamente un diez por ciento de los gravitones podrÃ­an escapar a esta trampa.Â»

Â«Â¿Por lo tanto todo el trabajo serÃ­a inÃºtil?Â»

Â«Por supuesto que noÂ» respondiÃ³ Petri. Â«Reduciremos los efectos un noventa por ciento. QuedarÃ¡ fuera de control muy poca cosa.Â»

Â«Lo llamaremos NewarkÂ» dijo Elisa satisfecha. Â«Ahora a trabajar. Siete dÃ­as pasan enseguida.Â»




Base aÃ©rea Camp Adder â La evasiÃ³n


Los dos extraÃ±os personajes, todavÃ­a vestidos de beduinos, acababan de entrar en su escondite en la ciudad; llamÃ³ su atenciÃ³n un sonido intermitente que provenÃ­a del ordenador portÃ¡til que habÃ­an dejado encendido encima de la mesa de la sala de estar.

Â«Â¿Y ahora quiÃ©n diablos es?Â» preguntÃ³ con fastidio el tipo delgado.

El gordito, siempre mÃ¡s tranquilo, se acercÃ³ al ordenador y, despuÃ©s de haber escrito una contraseÃ±a muy complicada, dijo Â«Es un mensaje de la baseÂ»

Â«QuerrÃ¡n saber si la operaciÃ³n ha tenido Ã©xitoÂ»

Â«Dame un segundo, lo descifro enseguidaÂ»

Sobre la pantalla del ordenador aparecieron, en primer lugar, una serie de caracteres incomprensibles, a continuaciÃ³n unas lÃ­neas de cÃ³digo tecleadas secuencialmente. El mensaje comenzÃ³, con lentitud, a aparecer.








Â«Â¡Maldita sea!Â» exclamÃ³ el gordito. Â«Lo han descubierto.Â»

Â«Â¿CÃ³mo demonios lo habrÃ¡n conseguido?Â»

Â«Bueno, seguramente tienen unos canales de comunicaciones mejores que los nuestros. No se les escapa nada.Â»

Â«Â¿Y segÃºn ellos cÃ³mo lo debemos hacer?Â»

Â«Yo quÃ© se. AquÃ­ sÃ³lo dice que debemos ir a liberarloÂ»

Â«Â¿Con lo hechos polvo que estamos? No pinta nada bienÂ»

El tipo alto y delgado sacÃ³ una silla de debajo de la mesa, la girÃ³ noventa grados, despuÃ©s, emitiendo una serie de gemidos intermitentes, se deprimiÃ³. Â«Era lo que nos faltabaÂ»

ApoyÃ³ un codo sobre el plano pulido de la mesa y dejÃ³ que la vista se perdiese mÃ¡s allÃ¡ de la ventana que habÃ­a enfrente. NotÃ³ que los vidrios estaban realmente sucios y que el de la derecha tenÃ­a una grieta que lo atravesaba a lo largo.

De repente, alzÃ³ los ojos hacia su ordenador, despuÃ©s de esbozar una sonrisa sardÃ³nica, dijo. Â«Se me acaba de ocurrir una ideaÂ»

Â«Lo sabÃ­a. Conozco esa miradaÂ»

Â«Ve a por el botiquÃ­n y dÃ©jame darle una ojeada al chichÃ³n que tienes en la cabezaÂ»



Â«En realidad me preocupa mÃ¡s mi pobre muÃ±eca. No me gustarÃ­a que estuviese rota.Â»

Â«No te preocupes. Te la arreglo yo. De pequeÃ±o querÃ­a ser veterinarioÂ»

Poco despuÃ©s de una hora, de cantidades ingentes de analgÃ©sicos y de distintas pomadas distribuidas por todas partes, los dos compinches se habÃ­an casi recuperado.

El flaco, despuÃ©s de mirarse en el espejo que estaba colgado de la pared que habÃ­a al lado de la puerta de entrada, dijo con aire complacido. Â«Ya estamos listosÂ» y se metiÃ³ en el dormitorio. SaliÃ³ de Ã©l al poco rato con dos uniformes militares americanos perfectamente planchados.

Â«Â¿DÃ³nde los has conseguido?Â» preguntÃ³ asombrado el gordito.

Â«Forman parte del equipo de emergencia que he traÃ­do. Nunca se sabeÂ»

Â«EstÃ¡s mal de la cabezaÂ» comentÃ³ el tipo gordo mientras movÃ­a la cabeza. Â«Â¿QuÃ© deberÃ­amos hacer?Â»

Â«Este es el planÂ» dijo satisfecho el flaco mientras lanzaba hacia su compaÃ±ero el uniforme de talla XXL. Â«TÃº serÃ¡s el general Richard Wright, responsable de una secretÃ­sima agencia gubernativa de la que nadie conoce su existencia.Â»

Â«Obvio, si es tan secreta. Â¿Y tÃº?Â»

Â«Yo serÃ© tu brazo derecho. Coronel Oliver Morris, para servirle, seÃ±orÂ»

Â«Por lo tanto soy tu superior. Me gustaÂ»

Â«No te acostumbres, Â¿vale?Â» dijo el flaco mientras mostraba su dedo Ã­ndice levantado. Â«Estos son nuestros documentos con las respectivas tarjetas identificativas.Â»

Â«Â¡CÃ¡spita! Parecen autÃ©nticasÂ»

Â«La cosa no acaba aquÃ­, viejo amigoÂ» y le mostrÃ³ un folio con membrete firmado por el coronel Jack Hudson. Â«Esta es la peticiÃ³n oficial para la entrega del prisionero que deberÃ¡ ser transferido a un lugar seguroÂ»

Â«Â¿DÃ³nde demonios la has conseguido?Â»

Â«La he impreso antes, mientras estaba en la ducha. Â¿QuÃ© habÃ­as creÃ­do, que sÃ³lo tÃº sabes manejar el ordenador?Â»

Â«Me has dejado estupefacto. Es incluso mejor que el originalÂ»

Â«Nos introduciremos en la base militar y haremos que nos entreguen el general. Si ponen objeciones podremos decirles que llamen directamente al coronel Hudson. No creo que en el espacio exterior funcione el telÃ©fono mÃ³vilÂ» y los dos dejaron escapar una sonora risotada.



Aproximadamente una hora despuÃ©s, mientras el sol se habÃ­a ya escondido tras otra duna, un jeep militar, con un coronel y un general en su interior vestidos a la perfecciÃ³n, se parÃ³ en la barrera de la entrada de la base aÃ©rea de Imam Ali o Camp Adder como la habÃ­an rebautizado los americanos durante la guerra de Irak. De la garita blindada salieron dos militares armados hasta los dientes y se dirigieron corriendo hacia el vehÃ­culo. Otros dos, que estaban un poco mÃ¡s lejos, no perdÃ­an de vista a los pasajeros.

Â«Buenas tardes, coronelÂ» dijo el soldado que estaba mÃ¡s cerca, despuÃ©s de hacer el saludo militar. Â«Â¿PodrÃ­a ver sus documentos, y tambiÃ©n los del general, por favor?Â»

El coronel alto y delgado que estaba sentado en el puesto del conductor no dijo una palabra. SacÃ³ del bolsillo interior de la chaqueta un sobre amarillo y se lo dio. El militar se entretuvo un rato en la lectura y apuntÃ³ un par de veces con la linterna elÃ©ctrica hacia el rostro de ambos. El general notÃ³ perfectamente la gota de sudor que, desde el chichÃ³n que tenÃ­a en la frente, comenzÃ³ a descender lentamente sobre la nariz para despuÃ©s caer sobre el tercer botÃ³n de la chaqueta, tiesa hasta mÃ¡s no poder debido al potente empuje de la enorme panza que habÃ­a debajo.

Â«Coronel Morris y general WhiteÂ» dijo el militar, apuntando de nuevo con la linterna al rostro del coronel.

Â«Â¡Wright, general Wright!Â» respondiÃ³ en un tono realmente irritado el flaco coronel. Â«Â¿QuÃ© ocurre sargento, no sabe leer?Â»

El sargento, que habÃ­a pronunciado a propÃ³sito de forma equivocada el nombre del general, sonriÃ³ y dijo Â«HarÃ© que les acompaÃ±en. Sigan a aquellos dos hombresÂ» y con una seÃ±al ordenÃ³ a los dos soldados de conducirles hasta la prisiÃ³n.

El coronel moviÃ³ lentamente el jeep. No habÃ­a recorrido ni diez metros cuando sintiÃ³ gritar a sus espaldas. Â«SeÃ±or, Â¡pare!Â»

A los dos ocupantes del jeep se les helÃ³ la sangre en las venas. Quedaron inmÃ³viles durante un instante que pareciÃ³ infinito, hasta que la voz continuÃ³ hablando Â«Han olvidado recoger sus documentos.Â»

El corpulento general soltÃ³ un suspiro de alivio tan grande que todos los botones de su uniforme estuvieron a punto de salirse.

Â«Gracias sargentoÂ» dijo el delgado alargando la mano hacia el soldado. Â«Creo que estoy envejeciendo mÃ¡s rÃ¡pido de lo que pensabaÂ»

Se pusieron de nuevo en marcha y siguieron a los dos soldados que, marchando a paso ligero, los condujeron rÃ¡pidamente a la entrada de una construcciÃ³n baja y de aspecto descuidado. El soldado mÃ¡s joven llamÃ³ a la puerta y entrÃ³ sin esperar respuesta. Poco despuÃ©s, un hombretÃ³n negro, completamente calvo, con los galones de sargento y una cara de hombre duro, apareciÃ³ en la entrada y se puso firme. Hizo el saludo militar y dijo Â«General, coronel. Por favor, entrenÂ»

Los dos oficiales respondieron al saludo e, intentando ignorar los dolores que estaban reapareciendo, se metieron dentro de la habitaciÃ³n

Â«SargentoÂ» dijo resueltamente el flaco. Â«Tenemos aquÃ­ una orden escrita por el coronel Hudson que nos autoriza a llevarnos al general CampbellÂ» y le entregÃ³ el sobre amarillo.

El gordo sargento lo abriÃ³ y se parÃ³ un instante a leer el contenido. DespuÃ©s, fijando sus oscuros y penetrantes ojos en los del coronel, sentenciÃ³ Â«Tengo que verificarloÂ»

Â«Por favor, hÃ¡galoÂ» replicÃ³ tranquilamente el oficial.

El hombretÃ³n negro sacÃ³ de un cajÃ³n del escritorio un folio y lo confrontÃ³ con cuidado con aquel que tenÃ­a en la mano. MirÃ³ de nuevo al coronel y, sin dejar traspasar ninguna emociÃ³n, aÃ±adiÃ³ Â«La firma coincide. Â¿Alguna objeciÃ³n si lo llamo?Â»

Â«Es su deber hacerlo. Pero hÃ¡galo deprisa, por favor. Hemos perdido ya mucho tiempoÂ» replicÃ³ el flaco coronel fingiendo que estaba a punto de perder la paciencia.

Sin mostrar ningÃºn temor el sargento metiÃ³ lentamente una mano en el bolsillo del uniforme y extrajo de Ã©l su telÃ©fono mÃ³vil. TecleÃ³ un nÃºmero y quedÃ³ esperando.

Los dos oficiales retuvieron la respiraciÃ³n hasta que el militar, despuÃ©s de pulsar la tecla del aparato, comentÃ³ lacÃ³nicamente Â«EstÃ¡ fuera de coberturaÂ»

Â«Bien, sargento. Â¿Podemos darnos prisa?Â» exclamÃ³ el oficial en un tono mucho mÃ¡s autoritario que la otra vez. Â«No podemos estar aquÃ­ toda la nocheÂ»

Â«Id a por el generalÂ» ordenÃ³ el gordo sargento a uno de los soldados que habÃ­an acompaÃ±ado a los dos oficiales.

DespuÃ©s de un par de minutos, un hombre completamente calvo, con bigote y cejas grises y dos avispados ojos negros apareciÃ³ en la entrada de la puerta, a espaldas del sargento. VestÃ­a el uniforme con los galones de general pero en su hombro derecho faltaba una de las cuatro estrellas. Estaba esposado y, detrÃ¡s de Ã©l, el soldado de antes le estaba apuntando con el arma.

Cuando vio a aquellos dos, el general se sorprendiÃ³ por un instante, despuÃ©s, intuyendo el plan, quedÃ³ en silencio y puso la cara mÃ¡s triste que pudo.

Â«Gracias soldadoÂ» dijo el coronel flaco mientras sacaba de su cartuchera su Beretta M9. Â«Nos hacemos cargo nosotros de esta basuraÂ»




Astronave Theos â El plan de acciÃ³n


Â«Â¿No te excita saber que seremos los dos los que salvaremos la tierra, amor mÃ­o?Â» dijo Elisa mientras miraba al coronel con ojos de gatita enamorada y le cogÃ­a la mano.

Â«Â¿Amor mÃ­o? Â¿No te estÃ¡s precipitando un poco?Â» dijo en tono irritado y severo Jack.

Elisa se asustÃ³ y solo cuando el coronel le sonriÃ³ dulcemente y le acariciÃ³ una mejilla comprendiÃ³ que le estaba tomando el pelo.

Â«Â¡SerÃ¡s rastrero! No vuelvas a gastarme una broma de ese tipo sino te vas a enterar quiÃ©n soyÂ» y comenzÃ³ a golpearlo sobre el pecho con las dos manos.

Â«Calma, calmaÂ» le susurro Jack mientras la estrechaba contra Ã©l. Â«Vale. Ha sido una estupidez. No lo harÃ© mÃ¡sÂ»

Aquel abrazo imprevisto tuvo sobre la doctora un efecto sedante y relajante. SintiÃ³ que toda la tensiÃ³n acumulada hasta ese momento se derretÃ­a como la nieve ante el sol. DespuÃ©s de todo lo que habÃ­a sucedido en las Ãºltimas horas, era justo esto lo que necesitaba. DecidiÃ³ abandonarse entre sus brazos y, cerrando lentamente los ojos, apoyÃ³ la cabeza sobre el poderoso pecho y se dejÃ³ ir completamente.

Azakis, mientras tanto, se habÃ­a introducido en la siempre demasiado estrecha y maldita cabina H^COM y estaba esperando que desde el visor hologrÃ¡fico que habÃ­a enfrente de Ã©l llegase la respuesta a su peticiÃ³n de comunicaciÃ³n.

Sobre la pantalla, partiendo desde el centro, una serie de ondas multicolores estaban creando un efecto similar al de una piedra que se tira en las tranquilas aguas de un estanque. De repente, de manera gradual, las ondas comenzaron a desaparecer dejando su puesto a la cara delgada y marcada por los aÃ±os de su superior Anciano.

Â«AzakisÂ» dijo sonriendo ligeramente el hombre mientras alzaba lentamente la huesuda mano a modo de saludo. Â«Â¿QuÃ© puede hacer este pobre viejo por ti?Â»

Â«Hemos desvelado la verdad a los dos terrestres.Â»

Â«Un acto muy audazÂ» comentÃ³ el Anciano apretÃ¡ndose el mentÃ³n con el pulgar y el Ã­ndice. Â«Â¿CÃ³mo se lo han tomado?Â»

Â«Digamos que, despuÃ©s de la sorpresa inicial, creo que han reaccionado muy bien.Â» Azakis hizo una breve pausa, despuÃ©s dijo muy serio. Â«Les hemos propuesto utilizar el toroide con el superfluidoÂ»

Â«Â¿El toroide?Â» exclamÃ³ su interlocutor poniÃ©ndose en pie con un salto que hubiera dado envidia a cualquier chaval. Â«Pero si no se ha podido probar a pleno rendimiento. Â¿Recuerdas lo que sucediÃ³ la Ãºltima vez, verdad?. Con ese artefacto podrÃ­amos crear una fluctuaciÃ³n gravitacional incontrolada y tambiÃ©n estÃ¡ el riesgo de crear, incluso, un pequeÃ±o agujero negro.Â»

Â«Lo se, lo se.Â» replicÃ³ sumisamente Azakis. Â«No creo que haya otra alternativa. Esta vez, si no usamos mÃ©todos drÃ¡sticos, la transiciÃ³n de Kodon podrÃ­a resultar fatal para los terrestresÂ»

Â«Â¿QuÃ© has pensado?Â»

Â«El encuentro de las Ã³rbitas de los dos planetas serÃ¡, mÃ¡s o menos, dentro de siete dÃ­as. DeberÃ­as preparar el toroide y traerlo aquÃ­ por lo menos un dÃ­a antesÂ»

Â«No es mucho tiempo, Â¿lo sabes?Â»

Â«Debes dejarme un margen de tiempo para ponerlo en posiciÃ³n, para configurarlo y para proceder a la activaciÃ³nÂ»

Â«Tengo un mal presentimientoÂ» dijo el Anciano mientras se pasaba una mano entre los blancos cabellos..

Â«Petri es como es. Todo irÃ¡ bienÂ»

Â«Sois dos muchachos muy inteligentes, no tengo ninguna duda pero tened cuidado. Ese artefacto se puede convertir en un arma mortÃ­feraÂ»

Â«Intenta que llegue a tiempo, nosotros nos ocuparemos del resto. No te preocupesÂ»

Â«Muy bien. Hablaremos en cuanto todo estÃ© preparado. Buena suerteÂ»

La cara de su superior desapareciÃ³ del monitor que volviÃ³ a mostrar las mismas ondas multicolores del principio.

Azakis se levantÃ³ lentamente de la incÃ³moda butaca y permaneciÃ³ un rato con las manos apoyadas sobre el plano de la estrecha consola. Miles de pensamientos llenaban su mente y, mientras un ligero estremecimiento le recorrÃ­a la espalda, tuvo la sensaciÃ³n de que estaban a punto de meterse en un montÃ³n de problemas.

Â«ZakÂ» exclamÃ³ alegremente su compaÃ±ero de aventuras cuando lo vio salir de la cabina H^COM. Â«Â¿QuÃ© dijo el viejo?Â»

Azakis estirÃ³ un poco los brazos y dijo tranquilamente. Â«Nos ha dado el permiso. Si todo sucede como lo hemos planeado tendremos el toroide, o mejor el Newark, el dÃ­a anterior a la transiciÃ³nÂ»

Â«Espero que lo consigamos. No serÃ¡ fÃ¡cil configurar ese aparato en tan poco tiempoÂ»

Â«Â¿Por quÃ© te preocupas, amigo mÃ­o?Â» replicÃ³ sonriendo ligeramente Azakis. Â«En el peor de los casos abriremos una distorsiÃ³n espacio temporal que succionarÃ¡ la Tierra, Kodon, Nibiru y todos los otros satÃ©lites al mismo tiempoÂ»

Los dos terrestres, que estaban un poco apartados pero que no se habÃ­an perdido ni una sÃ­laba de la conversaciÃ³n, quedaron petrificados.

Â«Â¿Pero quÃ© estÃ¡is diciendo?Â» consiguiÃ³ balbucear Elisa mientras lo miraba estupefacta. Â«Â¿DistorsiÃ³n espacio temporal? Â¿SucciÃ³n? Â¿EstÃ¡is diciendo que si este plan no funcionase seremos los artÃ­fices de la destrucciÃ³n de nuestro pueblo y del vuestro?Â»

Â«Bueno, es un poco arriesgadoÂ» contestÃ³ con tranquilidad Azakis.

Â«Â¿Un poco arriesgado? Â¿Y nos lo dices asÃ­, con total calma y serenidad, sin ni siquiera inmutarte? TÃº debes estar loco, y nosotros todavÃ­a mÃ¡s.Â»

Â«CÃ¡lmate, tesoroÂ» intervino Jack cogiÃ©ndola por los hombros y mirÃ¡ndola directamente a los ojos. Â«Son mucho mÃ¡s inteligentes que nosotros, estÃ¡n mÃ¡s preparados y si han decidido seguir este camino no podemos hacer otra cosa que apoyarles y darles todo el apoyo que sea posible.Â»

La doctora dejÃ³ escapar un suspiro y luego dijo. Â«Tengo que sentarme. Demasiadas emociones por hoy. Si todo discurre como has dicho me da algoÂ»

Jack la cogiÃ³ del brazo y la acompaÃ±Ã³ hasta la butaca mÃ¡s cercana. Elisa, emitiendo un leve gemido, se dejÃ³ caer encima como si fuese un peso muerto.

Â«QuizÃ¡s hemos reducido demasiado el porcentaje de oxÃ­geno en el aireÂ» susurrÃ³ Azakis a su compaÃ±ero.

Â«He intentado que fuese lo mÃ¡s compatible posible para todos y evitar asÃ­ el uso de esos antipÃ¡ticos aparatos respiratoriosÂ»

Â«Lo se, amigo mÃ­o, pero temo que ellos se estÃ¡n resintiendo demasiadoÂ»

Â«OK. Voy a variar el porcentaje. Nosotros podemos adaptarnos mÃ¡s fÃ¡cilmente.Â»

El coronel, en cambio, no parecÃ­a resentirse en absoluto y estaba mÃ¡s pimpante que nunca. La acciÃ³n y el riesgo era el pan suyo de cada dÃ­a y en situaciones similares se encontraba como pez en el agua. Â«BienÂ» exclamÃ³ mientras se ponÃ­a debajo de la imagen tridimensional de Newark que destacaba majestuosa en medio de la habitaciÃ³n. Â«Este invento puede salvarnos a todos o llevarnos a la destrucciÃ³n absolutaÂ»

Â«Un anÃ¡lisis muy conciso pero verazÂ» comentÃ³ Azakis.

Â«Llegados a este puntoÂ» dijo el coronel con tono serio y voz profunda Â«creo que ha llegado el momento de avisar al resto del planeta de la inminente catÃ¡strofeÂ»

Â«Â¿CÃ³mo piensas hacerlo?Â» preguntÃ³ Elisa desde la butaca. Â«Â¿Cogemos el telÃ©fono, llamamos al presidente de los Estados Unidos y le decimos: âBuenos dÃ­as presidente. Â¿Sabe que estamos en compaÃ±Ã­a de dos alienÃ­genas que nos han dicho que dentro de unos dÃ­as llegarÃ¡ un planeta que nos va a destruir a todos?âÂ»

Â«Como mÃ­nimo harÃ¡ que rastreen la llamada, harÃ¡ que vengan a por nosotros y nos meterÃ¡ en el manicomioÂ» replicÃ³ Jack sonriendo.

Â«Â¿No tenÃ©is un sistema de comunicaciÃ³n global como nuestra Red?Â» preguntÃ³ intrigado Petri al coronel.

Â«Â¿QuÃ© entiendes por Red?Â»

Â«Es un sistema de interconexiÃ³n general que es capaz de memorizar y distribuir el Conocimiento a nivel planetario. Todos nosotros podemos acceder a ella mediante un sistema neuronal N^COM que en el momento de nacer se nos implanta directamente en el cerebro. Existen diversos niveles de conocimientoÂ»

Â«GenialÂ» exclamÃ³ Elisa asombrada, despuÃ©s continuÃ³ diciendo Â«En realidad nosotros tenemos un sistema parecido. Lo llamamos Internet pero estoy segura que no hemos llegado a vuestro nivelÂ»

Â«Â¿No serÃ­a posible utilizar vuestro âinternetâ para mandar un mensaje a todo el planeta?Â» preguntÃ³ con curiosidad Petri.

Â«Bueno, tampoco es tan sencilloÂ» replicÃ³ Elisa. Â«PodrÃ­amos introducir alguna informaciÃ³n en el sistema, enviar unos mensajes a grupos de personas, quizÃ¡s hacer alguna pequeÃ±a pelÃ­cula e intentar difundirla al mÃ¡ximo posible, pero no nos creerÃ­a nadie y realmente no llegarÃ­amos a todosÂ». ReflexionÃ³ durante unos segundos y a continuaciÃ³n aÃ±adiÃ³. Â«El Ãºnico sistema eficaz creo que serÃ­a la vieja y querida televisiÃ³nÂ»

Â«Â¿La televisiÃ³n?Â» preguntÃ³ Azakis. DespuÃ©s se volviÃ³ hacia Petri y dijo Â«Â¿No serÃ¡, por casualidad, el sistema que hemos utilizado para recibir imÃ¡genes y pelÃ­culas mientras viajÃ¡bamos hacia aquÃ­?Â»

Â«Creo que sÃ­, ZakÂ» y mientras lo decÃ­a se puso a componer una serie de comandos sobre la consola central. DespuÃ©s de algunos segundos hizo aparecer sobre la pantalla gigante algunas de las secuencias que habÃ­an grabado con anterioridad. Â«Â¿EstÃ¡is hablando de esto?Â»

Una multitud de pelÃ­culas de todos los tipos comenzaron a aparecer rÃ¡pidamente una detrÃ¡s de otra: anuncios, telediarios, partidos de fÃºtbol e incluso una vieja pelÃ­cula en blanco y negro de Humphrey Bogart.

Â«Â¡Esa es Casablanca!Â» exclamÃ³ con asombro Elisa. Â«Â¿Pero de dÃ³nde habÃ©is sacado todo eso?Â»

Â«Vuestras transmisiones de radio llegan hasta el cosmosÂ» respondiÃ³ tranquilamente Petri. Â«Hemos debido trabajar duro sobre nuestro sistema de recepciÃ³n de seÃ±ales pero finalmente conseguimos caparlasÂ»

Â«Gracias a esoÂ» aÃ±adiÃ³ Azakis Â«conseguimos aprender vuestra lenguaÂ»

Â«E incluso alguna otra realmente mÃ¡s complicadaÂ» comentÃ³ con tristeza Petri. Â«Casi me vuelvo loco con todos aquellos dibujitosÂ»

Â«En finÂ» interrumpiÃ³ el coronel Â«justo de eso estÃ¡bamos hablando, pero no creo que ni siquiera sea la mejor soluciÃ³nÂ»

Â«Perdona JackÂ» intervino Elisa. Â«Â¿No crees que deberÃ­amos advertir antes de nada a tus superiores del ELSAD? Realmente, si no he entendido mal, la mÃ¡xima autoridad de esta organizaciÃ³n es el presidente de los Estados Unidos, Â¿o me equivoco?Â»

Â«Â¿Y tÃº como sabes todo esto?Â» objetÃ³ con asombro el coronel.

Â«QuÃ© te crees, incluso yo tengo mis contactosÂ» dijo Elisa mientras apartaba, con aire desganado, un mechÃ³n de pelo que descendÃ­a sobre la mejilla derecha.

Â«Â¿TambiÃ©n entre vosotros las mujeres se comportan de este modo?Â» preguntÃ³ Jack volviÃ©ndose hacia los dos alienÃ­genas que estaban observando la escena un tanto sorprendidos.

Â«Las mujeres son iguales en todo el universo, querido amigoÂ» replicÃ³ sonriente Azakis.

Â«De todas formasÂ» continuÃ³ el coronel despuÃ©s de la arriesgada bromita Â«creo que tienes razÃ³n. Necesitamos una instituciÃ³n seria y con credibilidad para difundir una noticia tan importante e inquietante. SÃ³lo estoy un poco preocupado solamente por las filtraciones externas en las que se han visto envueltos el general Campbell y los dos tipos que nos han agredido. En realidad, el general era mi superior directo pero, por lo que he visto, parece que es un corrupto y un traidorÂ»

Â«Â¿AsÃ­ que va a resultar que la llamada de la que hablÃ¡bamos antes la vamos a tener que hacer realmente?Â» replicÃ³ la doctora.

Â«Aunque parezca absurdo, quizÃ¡s sea la Ãºnica soluciÃ³nÂ»




New York â Isla de Manhattan


En una lujosa oficina en el trigÃ©simo noveno piso del imponente rascacielos situado entre la 5Âª Avenida y la calle 59 de Manhattan, en Nueva York, un hombre no muy alto, de aspecto elegante y bien cuidado, estaba de frente a una de las cinco grandes ventanas que lo separaban del ambiente exterior. VestÃ­a un traje gris oscuro, seguramente italiano, una vistosa corbata roja y tenÃ­a el cabello liso y entrecano peinado hacia atrÃ¡s. Sus ojos negros y profundos miraban mÃ¡s allÃ¡ del vidrio, en direcciÃ³n del magnÃ­fico Central Park que comenzaba prÃ¡cticamente a sus pies y se extendÃ­a durante cuatro kilÃ³metros de largo y ochocientos metros de ancho. Representaba una valiosa isla verde, fuente de oxÃ­geno y lugar de ocio para los casi dos millones de habitantes de la isla.

Â«SeÃ±or senador, Â¿permiso?Â» dijo un hombrecillo calvo y con la cara inexpresiva mientras golpeaba tÃ­midamente sobre la elegante puerta de entrada de madera lacada de color oscuro. Al lado, en una pequeÃ±a placa dorada habÃ­a una inscripciÃ³n en caracteres cursivos âSenador Jonathan Prestonâ

Â«Â¿QuÃ© ocurre?Â» respondiÃ³ el hombre sin ni siquiera girarse.

Â«Una video conferencia codificada le espera, seÃ±orÂ»

Â«Ok, la atenderÃ© desde aquÃ­. Cierre la puerta cuando salgaÂ»

El hombre se dirigiÃ³ lentamente hacia el elegante escritorio oscuro y se sentÃ³ sobre la suave butaca de cuero negro. Con un gesto automÃ¡tico puso en su lugar el nudo de la corbata, se colocÃ³ el auricular en la oreja derecha y pulsÃ³ un pequeÃ±o botÃ³n de color gris que habÃ­a debajo de la mesa de trabajo. Una gran pantalla semitransparente, haciendo un ligero silbido, empezÃ³ a bajar desde el techo hasta apoyarse suavemente sobre el tablero del escritorio. El hombre rozÃ³ suavemente la pantalla y la cara del general Campbell apareciÃ³ enfrente de Ã©l.

Â«General, observo complacido que ya no se encuentra en la cÃ¡rcelÂ»

Â«Senador. Â¿CÃ³mo estÃ¡? QuerÃ­a, antes de nada, agradecerle la rÃ¡pida y eficaz operaciÃ³n de rescateÂ»

Â«Creo que el mÃ©rito es de los dos personajes que veo a su espaldaÂ»

El general se volviÃ³ instintivamente y vio al gordito junto con su compaÃ±ero que intentaban que los enfocase la cÃ¡mara web como habitualmente hace el pÃºblico que se apiÃ±a detrÃ¡s de un periodista mientras estÃ¡ retransmitiendo en directo. MoviÃ³ un poco los hombros y continuÃ³ hablando Â«No son unos Einstein pero para ciertos trabajillos son muy eficientesÂ»

Â«Bien. CuÃ©ntemelo todo. Su informe tendrÃ­a que haberme llegado hace doce horasÂ»

Â«Digamos que, Ãºltimamente, he estado un poco ocupadoÂ» replicÃ³ irÃ³nicamente el general. Â«De todos modos, puedo confirmarle que su intuiciÃ³n sobre el trabajo de la doctora Hunter era absolutamente correcta y que, gracias a su descubrimiento, he podido asistir personalmente a un acontecimiento, digamos, cuanto menos, increÃ­bleÂ»

El general hizo una pequeÃ±a pausa para, de este modo, aumentar un poco la curiosidad de su interlocutor, despuÃ©s aÃ±adiÃ³ Â«Senador, no sÃ© cÃ³mo ha podido ocurrir, pero el descubrimiento por parte de nuestra doctora de la famosa âcaja con el valioso contenidoâ, ha debido activar, de alguna manera, un sistema que ha traÃ­do a nuestro planeta nada menos queâ¦Â» se parÃ³, consciente de que la frase que estaba a punto de pronunciar serÃ­a un poco difÃ­cil de digerir, tomÃ³ aire, y sin dudarlo, exclamÃ³ solemnemente Â«a una nave alienÃ­genaÂ»

El oficial intentÃ³ mantener la mirada fija sobre la pantalla, buscando algÃºn signo de asombro en la cara del senador que, en cambio, ni se inmutÃ³. Se limitÃ³ a apoyar el codo sobre el oscuro escritorio mientras se cogÃ­a el mentÃ³n entre el pulgar y el Ã­ndice, y empezÃ³ a pellizcÃ¡rselo levemente. Hizo esto durante algunos segundos, despuÃ©s dijo, sencillamente. Â«AsÃ­ que han vueltoÂ»

El general no pudo evitar abrir completamente los ojos por la sorpresa.

Preston ya sabÃ­a todo sobre los alienÃ­genasâ¦. Â¿CÃ³mo era posible?

El senador se levantÃ³ de la cÃ³moda butaca y, con las manos cruzadas detrÃ¡s de la espalda, comenzÃ³ a caminar en cÃ­rculo alrededor del escritorio. El general y los dos colaboradores que estaban a su espalda no se atrevieron a decir ni una palabra. Se limitaron a cambiar entre ellos una mirada de duda mientras esperaban pacientemente.

De repente, Preston volviÃ³ al escritorio, apoyÃ³ sobre Ã©l las dos manos y, guardando fijamente al general, dijo Â«TenÃ©is un dron. Decidme que habÃ©is hecho una grabaciÃ³n de la astronaveÂ»

El general se volviÃ³ buscando una respuesta positiva por parte de aquellos dos que estaban detrÃ¡s de Ã©l. El flaco esbozÃ³ una sonrisa, tomÃ³ la palabra y con el pecho lleno de orgullo afirmÃ³ satisfecho âPor supuesto, senador, y mÃ¡s de una. Se las enviamos enseguidaâ

Sin demasiados cumplimientos apartÃ³ a un lado al general y, despuÃ©s de teclear durante un rato con el teclado que tenÃ­a enfrente de Ã©l, hizo aparecer, en un recuadro de la pantalla del senador, las filmaciones que habÃ­an tomado en el campamento de la doctora Hunter.

Preston puso los dos codos sobre el escritorio, apoyÃ³ la barbilla sobre los puÃ±os y se acercÃ³ lo mÃ¡s que pudo a la pantalla para no perderse ni un fotograma de lo que estaba viendo. En primer lugar las imÃ¡genes nocturnas del contenedor de piedra que habÃ­an encontrado sepultado en la tierra, despuÃ©s las de la misteriosa esfera negra que habÃ­a dentro y el transporte de la misma a la tienda laboratorio. Luego el escenario cambiÃ³. Era a pleno dÃ­a. En apariencia apoyada sobre cuatro haces de luz rojiza provenientes de los Ã¡ngulos de un cuadrado imaginario dibujado sobre el terreno, una estructura circular plateada se mostraba en toda su plenitud. El conjunto parecÃ­a una especie de tronco de pirÃ¡mide que se parecÃ­a de manera extraordinaria al Zigurat de Ur que se entreveÃ­a majestuoso al fondo.

El senador no conseguÃ­a separar los ojos de la pantalla. Cuando vio las dos figuras, de aspecto humano pero definitivamente bastantes mÃ¡s altas que la media, aparecer desde la apertura de la estructura plateada y quedarse con las piernas abiertas sobre lo que parecÃ­a ser una plataforma de descenso, no pudo hacer otra cosas que sobresaltarse y sintiÃ³ que le daba un vuelco el corazÃ³n.

El sueÃ±o que habÃ­a perseguido toda su vida se habÃ­a hecho realidad. Todos sus estudios, sus investigaciones y, sobre todo, la inmensa cantidad de dinero que habÃ­a investido en aquel proyecto estaban finalmente dando los resultados esperados. Aquellos que estaba viendo sobre la pantalla eran realmente dos alienÃ­genas que, a bordo de una modernÃ­sima astronave, habÃ­an atravesado el espacio interplanetario para volver de nuevo a la Tierra. Ahora podrÃ­a echar en cara a los que lo habÃ­an criticado que sus cÃ¡lculos eran totalmente exactos. El misterioso decimosegundo planeta del sistema solar existÃ­a realmente. Su Ã³rbita, despuÃ©s de 3.600 aÃ±os, estaba otra vez a punto de cruzarse con la terrestre y delante de Ã©l estaban dos de sus habitantes, los cuales, aprovechando la transiciÃ³n producida por el planeta, habÃ­an vuelto a visitarnos y a influir de nuevo en nuestra cultura y nuestras vidas. HabÃ­a sucedido, quiÃ©n sabe cuÃ¡ntas veces con anterioridad durante milenios y ahora la historia se repetÃ­a. Esta vez, sin embargo, estaba Ã©l tambiÃ©n y no dejarÃ­a escapar esta golosa ocasiÃ³n.

Â«Un Ã³ptimo trabajoÂ» dijo sencillamente el senador volviÃ©ndose hacia los tres que lo estaban mirando con aprensiÃ³n desde la pantalla. A continuaciÃ³n, despuÃ©s de hacer un giro completo a la butaca donde estaba sentado, aÃ±adiÃ³ Â«El hecho de que usted, general, haya sido descubierto complicarÃ¡ un poco las cosas. No tendremos ya una persona de fiar en el interior del ELSAD pero, llegados a este punto, ya da lo mismoÂ»

Â«Â¿QuÃ© quiere decir, senador?Â»

Â«Ahora ya nuestro objetivo no es descubrir si las suposiciones de la doctora Hunter son o no exactas, ni tampoco la posesiÃ³n del âvalioso contenidoâÂ»

Â«Entre otras cosas porque era de todo menos valiosoÂ» susurrÃ³ el gordito.

Â«Podemos pasar directamente a la fase dosÂ» prosiguiÃ³ el senador haciendo como que no lo habÃ­a oÃ­do. Â«Tenemos ante nosotros una tecnologÃ­a increÃ­blemente avanzada y nos la estÃ¡n sirviendo en bandeja de plata. Todo lo que tenemos que hacer es, sencillamente, cogerla antes de que cualquier otro llegue primero que nosotrosÂ»

Â«Con su permiso, senadorÂ» se atreviÃ³ a contestar tÃ­midamente el general. Â«Mis dos ayudantes han podido comprobar que, nuestros dos simpÃ¡ticos alienÃ­genas, no estÃ¡n demasiado dispuestos a colaborarÂ»

Â«Digamos, mÃ¡s bien, que nos han dado una palizaÂ» aÃ±adiÃ³ el gordito mientras hacÃ­a el gesto de masajearse la rodilla.

Â«Puedo imaginar la estrategia que habÃ©is utilizadoÂ» replicÃ³ el senador esbozando una ligera sonrisa. Â«Â¿Os habÃ©is preguntado como han llegado a mantener una relaciÃ³n tan amigable con la doctora y el coronel Hudson?Â»

Â«A decir verdad, nos ha parecido algo muy extraÃ±oÂ» respondiÃ³ el general. Â«Se han comportado como si se conociesen de toda la vidaÂ»

Â«Yo creo, en cambio, que sencillamente se han mostrado mÃ¡s cordiales y amables que vosotrosÂ»

Â«Bueno, en efecto, no es que hayamos sido muy cuidadososÂ»

Â«Lo pasado, pasado estÃ¡Â» sentenciÃ³ el senador. Â«Ahora concentrÃ©monos sobre la prÃ³xima misiÃ³n. Vosotros dos, localizad al coronel y a su amiguita. No quiero que los perdÃ¡is de vista ni un minuto. TenÃ©is a vuestra disposiciÃ³n medios y fondos. No admitirÃ© ningÃºn error esta vezÂ»

Â«Â¿Y ahora quiÃ©n le dice que aquellos dos se estÃ¡n dando una vuelta alrededor de la Tierra?Â» susurrÃ³ el gordito al oÃ­do del tipo flaco un poco antes de emitir un gemido provocado por la patada que le habÃ­a enfilado su compaÃ±ero en la espinilla derecha.

Â«Usted, general, me vendrÃ¡ a recoger al aeropuertoÂ»

Â«Â¿Va a venir hasta aquÃ­?Â» preguntÃ³ estupefacto el militar.

Â«No me perderÃ­a este acontecimiento por nada del mundo. Si aquella es su base de aterrizaje deberÃ¡n volver, pero esta vez les prepararemos un hermoso comitÃ© de bienvenida. Le darÃ© las instrucciones por el camino. Que tengan un buen trabajoÂ» y acabÃ³ la conversaciÃ³n.

El senador quedÃ³ por un instante mirando la pantalla que tenÃ­a delante que, despuÃ©s de la transmisiÃ³n, estaba mostrando unas espectaculares imÃ¡genes del desierto de Arizona que pasaban una despuÃ©s de otra con lentitud. A continuaciÃ³n, como si algo lo hubiese despertado, se puso de repente en pie, pulsÃ³ el botÃ³n del comunicador que habÃ­a sobre el escritorio y hablÃ³ secamente hacia el micrÃ³fono incorporado Â«Prepare mi aviÃ³n y llame a mi chÃ³fer. Quiero estar volando dentro de una hora como mÃ¡ximo.Â»




Astronave Theosâ El regalo


Â«Debemos volver abajoÂ» dijo el coronel volviÃ©ndose hacia los dos alienÃ­genas. Â«Tengo que hacer una llamada y creo que desde aquÃ­ no serÃ¡ posibleÂ»

Â«Yo no estarÃ­a tan seguroÂ» replicÃ³ Azakis sonriendo. Â«Como a Petri le dÃ© por ponerse a ello, ni te imaginas las cosas que puede hacerÂ» y dio una palmada sobe la espalda del compaÃ±ero.

Â«Calma, calmaÂ» replicÃ³ Petri agitando las manos en el aire. Â«Ante todo quiero saber lo que significa el tÃ©rmino âllamadaâÂ»

Jack, un poco asombrado por la pregunta, aparentemente banal, si volviÃ³ hacia Elisa que, primero se encogiÃ³ de hombros y luego, seÃ±alando el bolsillo del coronel, sugiriÃ³ Â«EnsÃ©Ã±ale tu telÃ©fono mÃ³vil, Â¿no?Â»

RÃ¡pidamente Jack extrajo su smartphone. Era un modelo con pantalla tÃ¡ctil un poco anticuado. Nunca le habÃ­a gustado seguir la moda absurda de comprarse siempre el Ãºltimo modelo. PreferÃ­a tener un instrumento que conociese bien sin tener que perder el tiempo cada dos por tres aprendiendo las funciones de uno nuevo.

Â«No soy un entendidoÂ» dijo Jack mientras se lo mostraba al alienÃ­gena Â«pero con esta cosa podemos hablar con otra persona que tenga uno similar, simplemente componiendo su nÃºmero sobre este tecladoÂ»

Petri cogiÃ³ el telÃ©fono y lo observÃ³ con atenciÃ³n. Â«Debe ser un sistema de transmisiÃ³n bidireccional, parecido a nuestros comunicadores portÃ¡tilesÂ»

Â«Con la Ãºnica diferencia queÂ» aÃ±adiÃ³ Elisa Â«cada vez que lo utilizamos nos chupan un montÃ³n de dineroÂ»

Petri la mirÃ³ asombrado despuÃ©s, visto que no habÃ­a pillado la broma, decidiÃ³ no aÃ±adir mÃ¡s. Se encogiÃ³ de hombros y se metiÃ³ en el modulo de transporte interno mÃ¡s cercano donde desapareciÃ³ despuÃ©s de algunos segundos.

Â«Bien, imaginemos que consigue hacer funcionar tu telÃ©fono mÃ³vil desde aquÃ­, Â¿quÃ© piensas hacer?Â» preguntÃ³ Elisa mientras intentaba recuperarse de la debilidad debida a la carencia de oxÃ­geno y de las mil emociones que habÃ­a vivido en las Ãºltimas horas.

Â«Ante todo pensaba ponerme en contacto con el senador Preston, el superior inmediato del general Campbell. DespuÃ©s, sin embargo, dado que este personaje no me ha convencido nunca en absoluto, he decidido tomar otro camino para llegar hasta el presidenteÂ»

Â«Â¿Piensas que pueda estar tambiÃ©n implicado?Â»

Â«Nunca me he fiado de esos dos. Circulan rumores que dicen que Preston estÃ¡n relacionado con algunos traficantes de armas muy poco recomendables. No me fÃ­o de Ã©l en absolutoÂ»

Â«Â¿Por lo tanto?Â»

Â«Por lo tanto contactarÃ© directamente con el almirante BenjamÃ­n Wilson. Ha sido el brazo derecho del presidente durante algunos aÃ±os y era tambiÃ©n un gran amigo de mi padre.Â»

Â«Â¿Era?Â»

Â«Por desgracia mi padre muriÃ³ hace dos aÃ±osÂ»

Â«Â¡CuÃ¡nto lo sientoâ¦!Â» susurrÃ³ Elisa mientras le acariciaba el brazo izquierdo.

Â«Wilson me conoce desde que era un niÃ±o. Es una de las pocas persona en las que tengo una fe ciegaÂ»

Â«No sÃ© quÃ© decir. A pesar de que tengas una buena relaciÃ³n con Ã©l creo que serÃ¡ difÃ­cil hacerle digerir una noticia como esta por telÃ©fonoÂ»

Â«PodrÃ­a mandarle unas fotos de su ciudad desde aquÃ­ arribaÂ»

Â«Con nuestros sensores de corto alcanceÂ» dijo Azakis que se habÃ­a mantenido apartado hasta ahora Â«podrÃ­amos incluso decirle, en tiempo real, a cuÃ¡ntas pulsaciones por minuto bate su corazÃ³nÂ»

Â«No hagas bromas, por favorÂ» exclamÃ³ Elisa reforzando su comentario con un gesto de su mano.

Â«Â¿No me crees? Espera un momentoÂ»

Azakis, mediante O^COM, hizo aparecer sobre la pantalla gigante una vista desde arriba del campamento de la doctora. En unos pocos segundos consiguiÃ³ agrandar la imagen hasta encuadrar su tienda laboratorio

Â«Eso que estÃ¡is viendoâ¦Â»

Â«Â¡Es mi tienda!Â» exclamÃ³ Elisa antes de que Azakis terminase la frase.

Â«Justo. Ahora fÃ­jate bien.Â»

De repente, fue como si la cubierta de la tienda se hubiese desvanecido y se podÃ­an ver perfectamente todos los objetos que habÃ­a en su interior.

Â«Mi escritorio, mis librosâ¦increÃ­bleÂ»

Â«Si hubiese alguien en el interior podrÃ­a incluso mostrarte el calor generado por su flujo sanguÃ­neo y por lo tanto calcular tambiÃ©n sus relativas pulsacionesÂ»

Decididamente satisfecho de la demostraciÃ³n que habÃ­a hecho el alienÃ­gena comenzÃ³ a girar por la habitaciÃ³n a paso rÃ¡pido.

Repentinamente, sin embargo, el coronel, que todavÃ­a no se habÃ­a repuesto de la sorpresa, tuvo como una revelaciÃ³n y exclamÃ³ enfadado.

Â«Â¿CÃ³mo que âsi hubiese alguienâ? tendrÃ­a que haber alguien. Â¿DÃ³nde diablos se han metido los dos prisioneros?Â»

Elisa se acercÃ³ a la pantalla para mirar mejor. Â«QuizÃ¡s los han trasladado. Â¿Podemos tener una imagen completa del resto del campamento?Â»

Â«NingÃºn problema.Â»

En unos pocos segundos Azakis comenzÃ³ a mostrar una panorÃ¡mica del campamento. Los sensores escrutaron por todas partes pero de aquellos dos no habÃ­a ni rastro.

Â«Han debido escaparÂ» dijo lacÃ³nicamente el coronel. Â«Esto significa que nos los encontraremos en el momento menos pensado. Afortunadamente el general ha sido trasladado a un sitio seguro por mis hombres. Estos tres juntos son capaces de montarnos una buenaÂ»

Â«No importaÂ» dijo Elisa. Â«Ahora tenemos problemas mÃ¡s graves de los que ocuparnos.Â»

Ni siquiera habÃ­a terminado la fase cuando la puerta del mÃ³dulo de comunicaciÃ³n interno nÃºmero tres se abriÃ³. Una atractiva muchacha saliÃ³ de Ã©l caminando de manera suave y sinuosa. TenÃ­a en la mano una especie de bandeja totalmente transparente sobre la cual habÃ­a apoyados algunos recipientes de colores.

Â«SeÃ±oresÂ» anunciÃ³ con pomposidad Azakis esbozando una de sus mejores sonrisas. Â«Les presento a la oficial de ruta mÃ¡s fascinante de toda la galaxiaÂ»

Jack, al cual le caÃ­a la baba del estupor, consiguiÃ³ balbucir un sencillo âbuenos dÃ­asâ antes de recibir un codazo asestado entre la dÃ©cima y la undÃ©cima costilla de su costado derecho.

Â«Bienvenidos a bordoÂ» dijo en un inglÃ©s bastante forzado. Â«Imagino que tenÃ©is hambre. Os he traÃ­do algo para comerÂ»

Â«Gracias. Muy amableÂ» replicÃ³ Elisa un poco enfurruÃ±ada mientras que con la mirada fulminaba a su novio.

La muchacha no dijo nada mÃ¡s. ApoyÃ³ la bandeja sobre un soporte que habÃ­a a su izquierda, iluminÃ³ su cara con una esplendida sonrisa y, despuÃ©s de unos segundos, desapareciÃ³ de nuevo por el mismo mÃ³dulo por el que habÃ­a llegado.

Â«Guapa, Â¿verdad?Â» comentÃ³ Azakis mirando al coronel.

Â«Â¿QuiÃ©n es guapa?Â¿de quiÃ©n estÃ¡is hablando?Â» se apresurÃ³ a responder Jack recordando el golpe recibido anteriormente.

Azakis lanzÃ³ una sonora risotada, a continuaciÃ³n, con un gesto de la mano, los invitÃ³ a que se sirviesen.

Â«Â¿QuÃ© demonios es esta cosa?Â» murmurÃ³ Elisa mientras, de manera poco elegante, olisqueaba aquella comida.

Â«HÃ­gado de NebirÂ» se apresurÃ³ a decir el alienÃ­gena Â«chuleta de Hamuk y raÃ­ces de Hermes cocidas, todo acompaÃ±ado con una bebida, digamos, âenergÃ©ticaâÂ»

Â«En el restaurante Masgouf era todo diferenteÂ» comentÃ³ lacÃ³nicamente Elisa. Â«Sin embargo tengo un hambre de lobo y creo que probarÃ© algoÂ»

CogiÃ³ un pedazo de chuleta con las manos y, sin ningÃºn problema, comenzÃ³ a roerla hasta el hueso. Â«Â¿Esta comida, por casualidad, no nos provocarÃ¡ un dolor de estÃ³mago impresionante, no Zak? PruÃ©bala tambiÃ©n tÃº, amor. El sabor es un poco raro pero de ninguna manera malo.Â»

El coronel, que estaba mirando horrorizado a Elisa mientras devoraba sin ningÃºn pudor toda aquella extraÃ±a comida que habÃ­a sobre la bandeja, se limitÃ³ a farfullar. Â«No, no, gracias. No tengo hambreÂ»

Su atenciÃ³n estaba, sin embargo, pendiente tanto de la bandeja como de los recipientes que hacÃ­an de platos. CogiÃ³ uno de ellos, de color rojo brillante, y probÃ³ su consistencia. Estaba muy frÃ­o. MÃ¡s frÃ­o de lo que deberÃ­a estar y, no obstante, la comida que habÃ­a en su interior estaba hirviendo. Con la punta del dedo Ã­ndice tocÃ³ toda la superficie. Era increÃ­blemente lisa. No parecÃ­a ni de metal ni de plÃ¡stico. Por otra parte, Â¿cÃ³mo habrÃ­a podido ser de plÃ¡stico? Ellos lo usaban para otras finalidades. Otra cosa muy extraÃ±a era que, a pesar de la perfecta fabricaciÃ³n de la superficie, habÃ­a una absoluta falta de reflejos. Era como si la luz fuese engullida por aquel misterioso material. AcercÃ³ la oreja a la lisa superficie y, con el nudillo del dedo medio, comenzÃ³ a dar golpes con cuidado. ParecÃ­a increÃ­ble, del recipiente no salÃ­a ningÃºn ruido. Era como si estuviese golpeando una bola de algodÃ³n.

Â«Â¿De quÃ© material estÃ¡n hechos estos objetos?Â» preguntÃ³ con curiosidad. Â«Â¿Y la bandeja? Parece que es el mismo materialÂ»

Azakis, bastante sorprendido por la extraÃ±a pregunta, se acercÃ³ tambiÃ©n Ã©l a la bandeja. CogiÃ³ otro recipiente, esta vez de color verde, y lo alzÃ³ a la altura de sus ojos.

Â«En realidad no es un tipo de âmaterialâÂ»

Â«Â¿En quÃ© sentido? Â¿QuÃ© quieres decir?Â»

Â«Â¿Vosotros quÃ© utilizÃ¡is para guardar objetos, como recipientes para la comida, los lÃ­quidos o cualquier otra cosa?Â»

Â«Bueno, en realidad, para transportar materiales habitualmente utilizamos cajas de cartÃ³n o de madera. Para servir la comida utilizamos cazuelas metÃ¡licas, platos de cerÃ¡mica y vasos de cristal, mientras que para transportar o conservar los alimentos y los lÃ­quidos utilizamos recipientes de plÃ¡stico con las formas mÃ¡s diversasÂ»

Â«Â¿De plÃ¡stico? Â¿Estamos hablando del mismo plÃ¡stico que nos interesa a nosotros?Â» preguntÃ³ horrorizado Azakis.

Â«Creo que sÃ­Â» replicÃ³ con humildad el coronel. Â«En realidad el plÃ¡stico se ha convertido en uno de los problemas mÃ¡s graves con respecto a la contaminaciÃ³n de nuestro planeta. Vosotros mismos nos habÃ©is dicho que habÃ©is encontrado ingentes cantidades por todas partesÂ». Hizo una pequeÃ±a pausa y luego aÃ±adiÃ³. Â«Es por esta razÃ³n que vuestra oferta de poder recuperarlo todo nos ha seducido tanto. EncontrarÃ­amos de esta manera la soluciÃ³n a un problema enormeÂ»

Â«Veamos, si he comprendido bien, Â¿vosotros utilizÃ¡is el plÃ¡stico para fabricar recipientes y despuÃ©s lo desechÃ¡is sin ningÃºn remordimiento, contaminando de esta manera cada rincÃ³n de vuestro planeta?Â»

Â«Has dado en el clavoÂ» replicÃ³ Jack, cada vez mÃ¡s avergonzado.

Â«Es una locura, algo realmente absurdo. Os estÃ¡is envenenando a vosotros mismos.Â»

Â«Bueno, si incluyes tambiÃ©n todo el humo provocado por nuestros medios de transporte, por nuestras fÃ¡bricas y por los sistemas para generar energÃ­a, hemos conseguido incluso empeorar las cosas. Por no hablar de la basura radioactiva que todavÃ­a no sabemos quÃ© hacer con ellaÂ»

Â«Sois unos locos inconscientes. EstÃ¡is destruyendo el planeta mÃ¡s hermoso del sistema solar. Y, por desgracia, es tambiÃ©n culpa nuestraÂ»

Â«Â¿CÃ³mo que vuestra?Â»

Â«Bueno, hemos sido nosotros los que hemos modificado vuestro ADN unos cientos de miles de aÃ±os atrÃ¡s. Os dimos una inteligencia superior a la de otros seres de la Tierra Â¿y vosotros cÃ³mo la habÃ©is utilizado?Â»

Â«La hemos utilizado para llevar el planeta a la ruinaÂ». Jack hablaba mientras mantenÃ­a la cabeza baja, como cuando un alumno estÃ¡ sufriendo la regaÃ±ina de la maestra porque no ha hecho los deberes. Â«Sin embargo habÃ©is vuelto. SÃ³lo espero que podÃ¡is ayudarnos para arreglar lo que hemos estropeadoÂ»

Â«No creo que sea tan fÃ¡cilÂ» dijo Azakis cada vez mÃ¡s alterado. Â«Gracias al anÃ¡lisis que ha hecho Petri sobre el estado de vuestros ocÃ©anos hemos podido descubrir que la cantidad de pescado que hay en ellos se ha reducido en mÃ¡s del ochenta por ciento desde la Ãºltima vez que hemos estado aquÃ­. Â¿CÃ³mo ha podido suceder?Â»

Jack, en este momento, hubiera querido que se lo hubiese tragado la tierra. Â«No hay justificaciÃ³n posibleÂ» consiguiÃ³ decir con un hilo de voz. Â«Somos solo una manada de engreÃ­dos, arrogantes, presuntuosos y mediocres seres descerebradosÂ»

Elisa, que habÃ­a escuchado en silencio todos los reproches de Azakis, engullÃ³ el Ãºltimo trozo de hÃ­gado de Nebir, se limpiÃ³ la boca con el dorso de la mano y, a continuaciÃ³n, dijo tranquilamente Â«No todos somos asÃ­, Â¿eh?Â»

El alienÃ­gena la mirÃ³ sorprendido pero ella continuÃ³ con decisiÃ³n. Â«Son los prepotentes de siempre los que nos han reducido a este estado. La gran mayorÃ­a de las personas normales pelea cada dÃ­a para defender el medio ambiente y todas las formas de vida que pueblan nuestro amado planeta. Es muy fÃ¡cil llegar de un lugar a millones de kilÃ³metros, despuÃ©s de miles de aÃ±os y darnos lecciones de moral. Â¡Nos habrÃ©is dado la inteligencia pero no nos habÃ©is dejado ni siquiera un manual de instrucciones sobre cÃ³mo utilizarla!Â»

Jack la mirÃ³ y comprendiÃ³ que estaba perdidamente enamorado de aquella mujer.

Azakis se habÃ­a quedado con la boca abierta. No se esperaba una reacciÃ³n como esta. Elisa, por el contrario, continuÃ³ imperturbable. Â«Si de verdad querÃ©is ayudarnos, deberÃ­ais poner a nuestra disposiciÃ³n todos vuestros conocimientos tecnolÃ³gicos, mÃ©dicos y cientÃ­ficos, y todo en el menor tiempo posible, ya que no os quedarÃ©is mucho tiempo en este desastre de planeta.Â»

Â«Vale, vale. No te acalores.Â» replicÃ³ Azakis. Â«Me parece que nos hemos puesto a vuestra disposiciÃ³n sin dudarlo Â¿o no?Â»

Â«Tienes razÃ³n. Perdona. Realmente habrÃ­ais podido coger el plÃ¡stico y regresar al lugar de donde habÃ©is venido sin siquiera despediros y en cambio estÃ¡is aquÃ­ arriesgando vuestro pellejo junto a nosotrosÂ»

Elisa estaba realmente arrepentida por el pronto que habÃ­a tenido. Entonces, para desdramatizar un poco la situaciÃ³n, dijo alegremente. Â«La comida era realmente buena.Â» a continuaciÃ³n se acercÃ³ al alienÃ­gena y mirando hacia arriba dijo con dulzura. Â«PerdÃ³name, no habrÃ­a debido actuar asÃ­.Â»

Â«No te preocupes, te entiendo perfectamente y, para demostrarte he no te guardo rencor, te regalo esto.Â»

Elisa puso su mano abierta y Azakis dejÃ³ caer un pequeÃ±o objeto oscuro.

Â«Gracias. Â¿QuÃ© es?Â» preguntÃ³ con curiosidad.

Â«Es la soluciÃ³n a vuestros problemas con el plÃ¡sticoÂ»




Nasiriya â La cena


DespuÃ©s de que el senador hubiese acabado bruscamente la conversaciÃ³n, los tres hombres quedaron durante un rato mirando la pantalla que tenÃ­an enfrente, la cual mostraba dibujos abstractos multicolores que se entrecruzaban unos con otros sin parar.

Â«Â¿Y ahora quÃ© se hace?Â» preguntÃ³ el tipo alto y delgado, interrumpiendo aquella especie de hipnosis colectiva.

Â«Creo que tengo una ideaÂ» dijo el tipo gordo. Â«Hace ya tiempo que no nos metemos nada en la barriga y ya comienzo a ver hamburguesas por todas partes.Â»

Â«Â¿DÃ³nde crees que puedes encontrar una hamburguesa?Â»

Â«No tengo ni idea, sÃ³lo sÃ© que si no como algo enseguida, me voy a desmayarÂ»

Â«Â¡Pobrecito, se va a desmayar!Â» dijo con voz de niÃ±o el tipo flaco. A continuaciÃ³n cambiÃ³ de tono. Â«Con todos los michelines que tienes alrededor de las caderas podrÃ­as estar un mes si comerÂ»

Â«Vale. Dejad ya de decir estupidecesÂ» exclamÃ³ enfadado el general. Â«Debemos pensar un plan de actuaciÃ³nÂ»

Â«Pero es que yo, con el estÃ³mago vacÃ­o, no pienso bienÂ» dijo con suavidad el gordito.

Â«EstÃ¡ bienÂ» exclamÃ³ Campbell alzando las manos en seÃ±al de rendiciÃ³n. Â«Vamos a comer algo. Mientras, veremos cÃ³mo podemos actuar, de todos modos tenemos algo de tiempo antes de que llegue el senador.Â»

Â«Muy bien dicho, generalÂ» exclamÃ³ satisfecho el tipo gordo. Â«Conozco un lugar donde cocinan un fantÃ¡stico estofado de cordero con patatas, zanahorias y guisantes, sazonado con salsa al curryÂ»

Â«Bueno, debo decir que despuÃ©s de esta descripciÃ³n tan detallada, incluso a mÃ­ me ha entrado un poco de hambreÂ» dijo el tipo flaco mientras se frotaba las manos.

Â«EstÃ¡ bien, me habÃ©is convencidoÂ» aÃ±adiÃ³ el general levantÃ¡ndose de la silla. Â«Vamos, intentemos que no nos cojan. Aunque estoy convencido que todavÃ­a no lo han descubierto, yo, a todos los efectos, soy un fugitivoÂ»

Â«Â¿Y nosotros no lo somos?Â» respondiÃ³ el flaco. Â«Hemos huido del campamento y seguramente nos estÃ©n buscando por todas partes. De todas formas, por el momento, nos importa un pimiento.Â»

DespuÃ©s de algunos minutos un coche de color oscuro con tres personajes sospechosos en su interior corrÃ­a a todo meter en la oscuridad de la noche, por las calles medio desiertas de la ciudad, mientras levantaba una nube de polvo fina y sutil a su paso.

Â«Hemos llegado, este es el sitioÂ» exclamÃ³ el tipo gordo que estaba sentado en el asiento de atrÃ¡s. Â«Es un poco tarde pero conozco al propietario. No habrÃ¡ problema.Â»

El tipo flaco, que era el que conducÃ­a, buscÃ³ un sitio apartado donde aparcar el coche. GirÃ³ alrededor de la rotonda, a continuaciÃ³n se metiÃ³ debajo de una marquesina ruinosa de un cobertizo abandonado. DescendiÃ³ rÃ¡pidamente del automÃ³vil y, con aire circunspecto, observÃ³ con atenciÃ³n toda la zona de alrededor. No habÃ­a nadie.

Dio una vuelta alrededor del auto, abriÃ³ la puerta del pasajero y dijo Â«Todo en orden, general. Podemos ir.Â»

El tipo gordo bajÃ³ tambiÃ©n del automÃ³vil y se dirigiÃ³ a buen paso hacia la entrada principal del local. ProbÃ³ a girar el picaporte pero no sucediÃ³ nada. La puerta estaba cerrada pero todavÃ­a la luz estaba encendida en el interior. Entonces intentÃ³ espiar a travÃ©s del cristal pero la gruesa cortina de colores no le permitiÃ³ ver gran cosa. Sin perder mÃ¡s tiempo comenzÃ³ a golpear enÃ©rgicamente la puerta y no parÃ³ hasta que no vio a un hombrecito, de pelo negro y rizado, asomar la cabeza desde detrÃ¡s de la cortina.

Â«Â¡Que demoniosâ¦!Â» habÃ­a comenzado a exclamar irritado el hombrecito, pero cuando reconociÃ³ a su corpulento amigo dejÃ³ la frase sin completar y abriÃ³.

Â«Â¡Pero si eres tÃº! Â¿QuÃ© haces aquÃ­ a estas horas Â¿QuiÃ©nes son estos seÃ±ores??Â»

Â«Hola, viejo bribÃ³n, Â¿cÃ³mo estÃ¡s? Estos son dos amigos mÃ­os y estamos los tres muertos de hambreÂ»

Â«El local estÃ¡ ya cerrado, he limpiado la cocina y estaba a punto de marcharmeÂ»

Â«Creo que este otro amigo te podrÃ¡ convencer mejor que yoÂ» y le puso delante de la nariz un billete de cien dÃ³lares.

Â«SÃ­, la verdadâ¦debo decir que sabes lo que hacesÂ» dijo el hombrecito cogiendo con rapidez el billete de las manos del gordito mientras lo hacÃ­a desaparecer en el bolsillo de la camisa. Â«Por favor, entradÂ» aÃ±adiÃ³ abriendo la puerta y haciendo una reverencia al mismo tiempo. Los tres hombres, despuÃ©s de dar una ojeada alrededor para comprobar que nadie los estuviese observando, entraron, uno detrÃ¡s de otro, en el pequeÃ±o restaurante.

El local estaba compuesto por dos habitaciones y no parecÃ­a demasiado limpio. En la habitaciÃ³n mÃ¡s grande tres mesas bajas y redondas, apoyada cada una sobre una alfombra raÃ­da y de colores desvaÃ­dos, estaban rodeadas por algunos cojines asimismo bastante viejos. En la otra habitaciÃ³n, en cambio, los muebles eran de un estilo mÃ¡s occidental y parecÃ­a un poco mÃ¡s Ã­ntimo. Unas amplias cortinas de colores cÃ¡lidos recubrÃ­an las paredes. La iluminaciÃ³n era suave y el ambiente era, decididamente, mÃ¡s acogedor. Dos pequeÃ±as mesas estaban ya preparadas, listas para los clientes del dÃ­a siguiente. Sobre cada una de las mesas un mantel verde oscuro con bordados diversos, servilletas del mismo color, salvamanteles de cerÃ¡mica con los bordes plateados, los tenedores a la izquierda, cucharas y cuchillos a la derecha y, en el centro, una larga vela amarillo oscuro sostenida por un pequeÃ±o candelabro de piedra negra.

Â«Â¿Podemos ir allÃ­?Â» preguntÃ³ el tipo gordo mientras que con la manos seÃ±alaba la habitaciÃ³n mÃ¡s pequeÃ±a.

Sin siquiera responder, el hombrecillo del pelo rizado se dirigiÃ³ rÃ¡pidamente hacia la sala, acercÃ³ las dos mesas, ordenÃ³ las sillas y, despuÃ©s de hacer una bonita reverencia y un amplio y vistoso gesto con los brazos, dijo âPor favor, seÃ±ores, asÃ­ estarÃ©is mÃ¡s cÃ³modosâ

Los tres se colocaron en la mesa y el gordo dijo. Â«PrepÃ¡ranos tu especialidad y mientras trÃ¡enos tres cervezas.Â» A continuaciÃ³n, sin darle tiempo a responder, aÃ±adiÃ³. Â«No te pases de listo. Se que tienes distintas cajas escondidas por todas partes.Â»

El general esperÃ³ a que el propietario del local se metiese en la cocina, despuÃ©s comenzÃ³ a hablar de la conversaciÃ³n que habÃ­an tenido poco antes. Â«El senador es una persona sin escrÃºpulos. Debemos tener mucho cuidado con Ã©l. Si algo va mal, no dudarÃ­a lo mÃ¡s mÃ­nimo a encargar a alguien que nos mataseÂ»

Â«Pues que bienÂ» respondiÃ³ el gordito. Â«Parece que todos aquÃ­ nos quieren con locuraÂ»

Â«Intentemos hacer lo mejor posible nuestro trabajo y no sucederÃ¡ nadaÂ» dijo el flaco que habÃ­a estado callado hasta este momento. Â«Conozco bien a estos tipos, si no creamos problemas y hacemos todo lo que nos ordena, todo irÃ¡ bien y cada uno de nosotros tendrÃ¡ su justa recompensaÂ»

Â«SÃ­, una bonita bala en medio de la frenteÂ» comentÃ³ susurrando el tipo gordo.

Â«Venga, no empieces con tu pesimismo. Hasta el momento todo ha transcurrido con normalidad, Â¿no?Â»

Â«SÃ­, hasta ahora.Â»

Mientras tanto, escondido en la cocina, el dueÃ±o del local estaba hablando en voz baja, en Ã¡rabe, por telÃ©fono. Â«Estoy seguro que es Ã©lÂ»

Â«Me parece increÃ­ble que haya ido allÃ­ sin la escolta adecuadaÂ»

Â«Y en compaÃ±Ã­a de otros dos. A uno de ellos lo conozco muy bien y estoy seguro que forma parte de alguna extraÃ±a organizaciÃ³n que podrÃ­a, de alguna manera, tener relaciÃ³n con el.Â»

Â«Â¿PodrÃ­as hacerle una foto y mandÃ¡rmela? No querrÃ­a montar un lÃ­o de mil demonios para despuÃ©s darme cuenta que se trata de un simple error de identidadÂ»

Â«De acuerdo, verÃ© lo que puedo hacer. Dame unos minutosÂ»

El hombre cortÃ³ la comunicaciÃ³n, activÃ³ la cÃ¡mara del telÃ©fono mÃ³vil, se la metiÃ³ en el bolsillo de la camisa de modo que el objetivo quedase ligeramente descubierto y, cogiendo una bandeja de aluminio, puso sobre ella tres vasos anchos. DestapÃ³ tres botellas de cerveza y puso cada una al lado de un vaso. AlzÃ³ la bandeja con la mano derecha, tomÃ³ aire y se fue hacia la mesa ocupada por los tres comensales.

Â«Espero que os guste esta marcaÂ» dijo mientras distribuÃ­a las bebidas. Â«Por desgracia no tenemos demasiada variedad. AquÃ­ las leyes con respecto al alcohol son muy rÃ­gidasÂ»

Â«SÃ­, si, no te preocupesÂ» dijo el gordito mientras cogÃ­a una botella y la echaba llenando el vaso de espuma.

El hombre, entonces, teniendo mucho cuidado de ponerse en frente del general, cogiÃ³ el vaso, lo inclinÃ³ ligeramente y echÃ³ con cuidado casi la mitad de la botella. DespuÃ©s, haciendo lo mismo con la del tipo flaco, exclamÃ³. Â«Se hace asÃ­. Â¿AsÃ­ que un pobre iraquÃ­ debe enseÃ±ar a tres americanos como se echa la cerveza, verdad?Â»

Una fuerte risotada surgiÃ³ de la garganta de los tres comensales que, levantando los vasos, los hicieron chocar haciendo un brindis de buena suerte.

El propietario, despuÃ©s de haber hecho la consabida reverencia, se fue de nuevo a la cocina. Apenas habÃ­a cruzado el umbral y, mientras se aseguraba que nadie lo estuviese observando, controlÃ³ su telÃ©fono mÃ³vil para comprobar la foto que habÃ­a hecho. Las imÃ¡genes se movÃ­an un poco pero el careto del general Campbell se veÃ­a perfectamente. EnviÃ³ enseguida el vÃ­deo al nÃºmero al que habÃ­a llamado antes y esperÃ³ pacientemente. No habÃ­a pasado ni un minuto, una ligera vibraciÃ³n del telÃ©fono lo avisÃ³ de que tenÃ­a una llamada entrante.

Â«Es Ã©lÂ» dijo la voz al otro lado de la lÃ­nea. Â«Dentro de una hora, como mÃ¡ximo, estaremos allÃ­. No los dejes marchar antes de ninguna de las maneras.Â»

Â«Acaban de llegar y todavÃ­a deben comenzar a comer. TenÃ©is todo el tiempo del mundo.Â» y colgÃ³.




Astronave Theos â El almirante


Elisa todavÃ­a estaba observando el extraÃ±o objeto que Azakis le habÃ­a dejado caer en la mano cuando la puerta del modulo nÃºmero seis se abriÃ³. Petri, con una expresiÃ³n realmente resplandeciente llegÃ³ portando sobre la mano el telÃ©fono mÃ³vil del coronel

Â«Lo conseguÃ­Â» exclamÃ³ Â«eso esperoÂ». Se acercÃ³ rÃ¡pidamente donde estaban los tres que se encontraban en el centro del puente de mando y continuÃ³. Â«Es un sistema realmente antiguo pero creo que he conseguido comprender su funcionamiento. Me he conectado a uno de esos satÃ©lites que vagan alrededor del planeta sobre una Ã³rbita de menor altitud que la nuestra y creo que ahora serÃ¡ posible hacer una âllamadaâ.Â»

Â«Eres grande, amigo mÃ­oÂ» exclamÃ³ Azakis. Â«No tenÃ­a ninguna duda que lo conseguirÃ­asÂ»

Â«Antes de cantar victoria veamos si funciona de verdadÂ» dijo Jack cogiendo el telÃ©fono mÃ³vil de las manos del alienÃ­gena. El coronel observÃ³ con atenciÃ³n la pantalla del aparato y a continuaciÃ³n dijo asombrado. Â«IncreÃ­ble, tiene las tres rayas de la cobertura.Â»

Â«Venga, pruebaÂ» sugiriÃ³ Elisa ansiosa.

Jack recorriÃ³ rÃ¡pidamente su agenda y encontrÃ³ el nÃºmero del almirante Wilson. Antes de llamar, sin embargo, le asaltÃ³ una duda. Â«Â¿QuÃ© hora serÃ¡ en Washington?Â»

Â«Creo que sobre las dos y media de la tardeÂ» respondiÃ³ Elisa despuÃ©s de dar una ojeada a su reloj de pulsera.

Â«Ok, lo intentaremos.Â» Jack tomÃ³ un poco de aire y a continuaciÃ³n pulsÃ³ el botÃ³n âENVIARâ. El telÃ©fono daba seÃ±al. IncreÃ­bleâ¦

EsperÃ³ pacientemente y sÃ³lo despuÃ©s del sÃ©ptimo sonido de llamada una voz Ã¡spera y profunda respondiÃ³. Â«Almirante BenjamÃ­n Wilson, Â¿con quiÃ©n hablo?Â»

Â«Almirante, soy el coronel Jack Hudson. Â¿Me escucha bien?Â»

Â«SÃ­, hijo, fuerte y claro. Es un placer escuchar tu voz despuÃ©s de tanto tiempo. Â¿Va todo bien?Â»

Â«Almiranteâ¦ SÃ­, sÃ­, graciasâ¦Â» Jack estaba muy nervioso y no sabÃ­a en realidad por donde comenzar. Â«Le molesto por una cuestiÃ³n de la mÃ¡xima urgencia y que es, de verdad, increÃ­ble.Â»

Â«Por Dios, muchacho, no me tengas en ascuas. Â¿QuÃ© diablos estÃ¡ sucediendo?Â»

Â«Bueno, no es muy fÃ¡cil de explicar. Usted se fÃ­a de mÃ­, Â¿verdad?Â»

Â«Pues claro, Â¿QuÃ© clase de pregunta es esa?Â»

Â«Lo que estoy a punto de decirle le podrÃ­a parecer absurdo, pero le puedo asegurar que es la pura verdad.Â»

Â«Jack, si no me dices enseguida algo, me va a dar un infarto.Â»

Â«De acuerdo.Â» El coronel hizo una pequeÃ±a pausa, despuÃ©s le contÃ³ todo de golpe. Â«Yo, en este momento, estoy orbitando alrededor de la Tierra. Estoy en una nave extraterrestre y tengo terribles noticias para comunicar directamente al presidente de los Estados Unidos. Usted es la Ãºnica persona de la que me fÃ­o y que podrÃ­a ponerme en contacto con Ã©l. Le juro sobre la memoria de mi padre que no estoy bromeando.Â»

Trascurrieron un montÃ³n de segundos durante los cuales ningÃºn sonido saliÃ³ del altavoz del telÃ©fono. Por un instante Jack temiÃ³ que al almirante le hubiera dado un patatÃºs. A continuaciÃ³n, la voz del otro lado del telÃ©fono dijo Â«Â¿EstÃ¡s realmente llamando desde allÃ­ arriba? Â¿CÃ³mo demonios lo has conseguido?Â»

Wilson es una persona increÃ­ble. En vez de preocuparse por los alienÃ­genas se estÃ¡ preguntando como demonios he conseguido hacer funcionar el telÃ©fono mÃ³vil desde aquÃ­â¦ FantÃ¡sticoâ¦



Â«Bueno, gracias a su tecnologÃ­a han conseguido hacer una especie de conexiÃ³n con un satÃ©lite de comunicaciones. No se decirle nada mÃ¡s..Â»

Â«Â¡AlienÃ­genas! Â¿De dÃ³nde vienen? Â¿CuÃ¡l es esa catÃ¡strofe inminente? Â¿Por quÃ© te han cogido justo a ti?Â»

Â«Almirante, es una larga historia, espero tener tiempo para contÃ¡rsela, pero ahora lo mÃ¡s importante es que usted me ponga en contacto, lo mÃ¡s rÃ¡pido posible, con el Presidente.Â»

Â«Muchacho, tengo una fe ciega en ti pero, para hacer comprender a nuestro amado presidente una historia de este tipo, necesitarÃ© algo mÃ¡s que tu llamada.Â»

Â«Lo imaginaba y tiene razÃ³nÂ» prosiguiÃ³ Jack. Â«Â¿Y si le dijese que usted, en este momento, estÃ¡ sentado en una butaca de color marrÃ³n oscuro y que tiene un ejemplar del New York Times sobre las rodillas, mis palabras resultarÃ­an mÃ¡s convincentes?Â»

Petri habÃ­a conseguido determinar las coordenadas del almirante mediante la seÃ±al de su telÃ©fono, habÃ­a puesto en posiciÃ³n la Theos justo en el cenit de la ciudad y habÃ­a activado los sensores de corto alcance apuntando directamente sobre la fuente de las emisiones.

Â«Â¡Por todos los diablos!Â» exclamÃ³ el almirante separando los pies y dejando caer el periÃ³dico al suelo. Â«Â¿CÃ³mo recontra has podido saberlo? AquÃ­ no puede haber tele cÃ¡maras escondidas. Mi oficina la controlan y rastrean todos los dÃ­as.Â»

Â«En realidad, el aparato con el que lo estoy observando no es una âtele cÃ¡maraâ. Digamos que es un sistema de visiÃ³n absolutamente increÃ­ble. Estamos a 50.000 kilÃ³metros de la Tierra y podrÃ­a leer su periÃ³dico desde aquÃ­ sin ningÃºn problema. PodrÃ­a incluso decirle a cuÃ¡ntas pulsaciones estÃ¡ batiendo su corazÃ³n.Â»

Â«Me estÃ¡s tomando el pelo, Â¿verdad?Â»

Jack mirÃ³ a Petri que enseguida cambÃ³ el modo de visualizaciÃ³n.

El almirante aparecÃ­a como una figura rojiza con diversos matices de amarillo y gris oscuro. Sobre la pantalla, arriba a la derecha, aparecieron algunos nÃºmeros. Jack los leyÃ³ y continuÃ³ diciendo Â«Su corazÃ³n estÃ¡ latiendo a noventa y ocho pulsaciones por minuto y su presiÃ³n arterial es 135/90 mmHg.Â»

Â«Eh, lo sÃ©, es un poco alta. Tomo algunas medicinas para tenerla bajo control pero no siempre lo consigo. Sabes, la edadâ¦Â» despuÃ©s reflexionÃ³ un instante y exclamÃ³. Â«Pero todo esto es realmente increÃ­ble, me deja estupefacto. Â¿Crees que podrÃ¡s hacer lo mismo con el Presidente?Â»

Â«Creo que sÃ­Â» respondiÃ³ Jack buscando apoyo con la mirada en direcciÃ³n a Petri, que se limitÃ³ a hacer un gesto afirmativo.

Â«Â¿PodrÃ­as al menos decirme algo sobre lo que estÃ¡ a punto de ocurrir? Dado que se han molestado desde quiÃ©n sabe donde para comunicÃ¡rnoslo, debe de ser un acontecimiento realmente serioÂ»

Â«Vale, me parece justo que usted lo sepaÂ»

Elisa lo incitaba a continuar gesticulando ampliamente con las manos y haciendo extraÃ±as muecas con la boca.

Â«Su planeta se estÃ¡ acercando velozmente al nuestro. Uno de sus satÃ©lites, Kodon, nos rozarÃ¡ mÃ¡s o menos dentro de siete dÃ­as y podrÃ­a producir una serie de alteraciones indecibles. Incluso nuestra Ã³rbita y tambiÃ©n la de la Luna se podrÃ­an resentir de este choque. Sobre nuestro planeta, olas impresionantes podrÃ­an abatirse sobre las tierras emergidas y las aguas podrÃ­an hacer desaparecer a millones y millones de personas. En conclusiÃ³n, una catÃ¡strofe.Â»

El almirante se habÃ­a quedado sin palabras. Se dejÃ³ caer pesadamente sobre su butaca marrÃ³n y, con un hilo de voz, consiguiÃ³ susurrar Â«Que me parta un rayoÂ»

Â«En realidad, a estos amigos que estÃ¡n aquÃ­, les complacerÃ­a poner a nuestra disposiciÃ³n un sistema que serÃ­a capaz de frenar la mayorÃ­a de los efectos nefastos pero es un mÃ©todo muy peligroso y que no se ha experimentado jamÃ¡s antes. AdemÃ¡s, aunque todo ocurra de la mejor manera posible, no conseguiremos superar el acontecimiento indemnes. Una parte de la influencia planetaria, aunque pequeÃ±a, no podrÃ¡ ser contenida, por desgracia. Por lo tanto, deberemos organizarnos para reducir los daÃ±os y las pÃ©rdidas al mÃ­nimo.Â»

Â«MuchachoÂ» respondiÃ³ con suavidad el almirante. Â«Creo que el Presidente deberÃ­a saber inmediatamente todo lo que me has contado. SÃ³lo espero, por nuestro bien, que esto no sea una broma, porque ninguno de los dos sobrevivirÃ­a aunque, en mi interior, creo que sÃ­ es verdad. QuizÃ¡s me he quedado dormido en la butaca y dentro de un rato me despertarÃ© y me darÃ© cuenta que esto no es nada mÃ¡s que una pesadilla..Â»

Â«Incluso a mÃ­ me gustarÃ­a que fuese asÃ­, almirante. Por desgracia esto no es un mal sueÃ±o sino la pura y cruda verdad. ConfÃ­o en usted para hacer llegar esta noticia al Presidente.Â»

Â«Ok. Dame un poco de tiempo para encontrar la forma apropiada de hacerlo. Â¿CÃ³mo me puedo poner en contacto contigo?Â»

Â«Pienso que lo podrÃ¡ hacer con sÃ³lo rellamar a este nÃºmeroÂ» dijo Jack mientras volvÃ­a la mirada hacia Petri que, con una expresiÃ³n un poco titubeante, alzÃ³ los hombros. Â«DeberÃ­a funcionarÂ» continuÃ³ Jack. Â«De todos modos, si no lo hace dentro de una hora le llamo yo, Â¿ok?Â»

Â«De acuerdo. Hasta luego.Â»

Â«Se lo agradezco infinitamenteÂ» dijo el coronel y acabÃ³ la conversaciÃ³n. QuedÃ³ durante unos minutos inmÃ³vil con la mirada perdida en el vacÃ­o, a continuaciÃ³n, volviÃ©ndose hacia los tres que estaban pendientes de sus palabras, dijo tranquilamente Â«Nos ayudarÃ¡.Â»

Â«Esperemos que sea asÃ­Â» replicÃ³ un poco titubeante Elisa. Â«No creo que sea fÃ¡cil convencer al Presidente que esto no sea una tomadura de pelo.Â»

Â«SÃ³lo Ã©l puede llevar a cabo una empresa de este tipo. DÃ©mosle un poco de tiempo.Â» despuÃ©s, volviÃ©ndose hacia Petri, dijo Â«Con tus sensores o cualquier otro artefacto del demonio que quieras utilizar intenta mostrar un bonito espectÃ¡culo. Deberemos asombrarlo con algo realmente excepcional y que sea capaz de dejar a todos con la boca abierta.Â»

Â«Yo me encargoÂ» dijo Petri con una sonrisa sardÃ³nica. Â«La verdad es que efectos especiales no nos faltanÂ»

Â«Si quieres puedo indicarte la posiciÃ³n exacta de la Casa Blanca, la residencia oficial del presidente de los Estados Unidos de AmÃ©rica, y tambiÃ©n la del PentÃ¡gono, que es la sede del cuartel general del Departamento de Defensa.Â»

Â«Muy bienÂ» dijo Elisa acercÃ¡ndose a Azakis Â«mientras vosotros dos os divertÃ­s atemorizando a los pobrecitos habitantes de la Tierra, te agradecerÃ­a que me explicases que es esta extraÃ±a cosa que me has dado antes.Â»

Â«Como te decÃ­a, pienso que pueda ser la soluciÃ³n a todos vuestros problemas con los residuosÂ»

Â«No me dirÃ¡s ahora que bastarÃ¡ que lo encienda para hacer desaparecer todo el plÃ¡stico que hay por ahÃ­ disperso, Â¿verdad?Â»

Â«Por desgracia no hemos inventado todavÃ­a nada parecido pero esto podrÃ­a ayudaros a sustituirloÂ»

Â«Soy toda oÃ­dosÂ» y se lo dio.

Â«Este pequeÃ±o objeto no es otra cosa que un mini generador de campo de fuerza. Gracias a una sencillÃ­sima programaciÃ³n es capaz de tomar la forma del objeto que se desea.Â»

Â«No lo entiendoÂ»

Â«Ahora mismo te hago una demostraciÃ³n. Abre la mano.Â» Azakis apretÃ³ con delicadeza el pequeÃ±o y oscuro rectÃ¡ngulo entre el pulgar y el Ã­ndice y se lo apoyÃ³ sobre la mano abierta. No habÃ­a pasado ni un segundo cuando, por encanto, una hermosÃ­sima maceta de mil y variados colores se materializÃ³ en la mano.

Â«Pero Â¡quÃ© diablosâ¦!Â» Elisa, atemorizada, retrajo instintivamente la mano y dejÃ³ que la maceta cayese a tierra mientras rebotaba de aquÃ­ para allÃ¡, pero sin romperse y, sobre todo, sin emitir ningÃºn ruido.

Â«PerdonaÂ» consiguiÃ³ susurrar Elisa apenada. Â«Realmente no me lo esperabaÂ» y se inclinÃ³ para recogerla.

La cogiÃ³, la levantÃ³ sobre la cabeza y comenzÃ³ a observarla desde todos los Ã¡ngulos. A pesar de que la superficie era totalmente lisa no parecÃ­a que la luz se reflejase en ella de ninguna manera. Al contacto el objeto estaba mÃ¡s frÃ­o de lo que se esperaba y no parecÃ­a que estuviese hecho de un material que ella conociese.

Â«Esta cosa es absolutamente increÃ­ble. Â¿CÃ³mo lo habÃ©is conseguido?Â»

Â«Todo el mÃ©rito es suyoÂ» respondiÃ³ Azakis indicando el pequeÃ±o objeto negro que estaba incrustado en el fondo de la maceta. Â«Es eso lo que estÃ¡ generando un campo de fuerza con la forma que ves.Â»

Â«Â¿Lo podrÃ­as hacer con forma de botella?Â»

Â«Por supuestoÂ» respondiÃ³ Azakis con una sonrisa. Â«ObservaÂ» y mientras lo decÃ­a apoyÃ³ la yema del dedo Ã­ndice sobre el pequeÃ±o rectÃ¡ngulo y la maceta desapareciÃ³. Lo estrujÃ³ de nuevo apoyando sobre Ã©l el pulgar y una elegante botella de color azul cobalto, de cuello largo y sutil, apareciÃ³ de la nada.

Elisa quedÃ³ con la boca abierta y tardÃ³ algo de tiempo en recuperarse de la impresiÃ³n. A continuaciÃ³n, sin sacar los ojos del objeto, dijo con voz quebrada por la emociÃ³n Â«Ven Jack, esto no puedes perdÃ©rtelo.Â»

El coronel, que ya habÃ­a dado a Petri todas las indicaciones para identificar los dos objetivos, se volviÃ³ hacia ella y, con paso tranquilo, se le acercÃ³. MirÃ³ distraÃ­damente el objeto que Azakis tenÃ­a en la mano y, con aire cansado, dijo Â«Â¿Una botella? Â¿QuÃ© es tan interesante de ver?Â»

Â«SÃ­, claro, una botellaÂ» replicÃ³ refunfuÃ±ando Elisa. Â«SÃ³lo que hace unos segundos era una hermosa maceta de colores.Â»

Â«Â¡Venga ya! No me tomes el pelo.Â»

Â«Zak, demuÃ©straselo.Â»

El alienÃ­gena realizÃ³ la misma sencilla operaciÃ³n de antes y esta vez, entre sus manos, apareciÃ³ una enorme esfera negra como la pez.

Â«Â¡Madre de Dios!Â» exclamÃ³ el coronel dando un salto hacia atrÃ¡s.

Â«Esto sabes lo que es, Â¿no?Â» dijo Azakis mientras abrazaba aquella bola de casi un metro de diÃ¡metro.

Â«SÃ­, sÃ­Â» exclamÃ³ la doctora toda nerviosa. Â«Es idÃ©ntica a aquella que hemos encontrado sepultada en el campamento, dentro de la misteriosa caja de piedra.Â»

Â«HabÃ­a tambiÃ©n otras tresÂ» aÃ±adiÃ³ el coronel Â«que sirvieron luego para el aterrizaje de la nave espacial.Â»

Â«Justo.Â» confirmÃ³ Azakis. Â«Las habÃ­amos dejado nosotros la Ãºltima vez y nos han servido como referencia para la recuperaciÃ³n del cargamento de plÃ¡stico.Â»

Â«Â¡Guau!Â» exclamÃ³ Elisa. Â«Todo se estÃ¡ aclarando poco a poco.Â»

Â«Perdona, una pregunta estÃºpidaÂ» dijo Jack volviÃ©ndose hacia el alienÃ­gena. Â«Si quisiÃ©ramos usar estas cosas como recipientes, por ejemplo para el agua, tendrÃ­amos que inventar un sistema prÃ¡ctico de cierre y apertura. Â¿CÃ³mo se podrÃ­a hacer?Â»

Â«Muy sencillo. Se usa otro y se hace con forma de tapÃ³nÂ»

Â«Mira que soy memo. No lo habÃ­a pensado.Â» exclamÃ³ Jack dÃ¡ndose un golpe en la frente.

Â«Â¿CÃ³mo llamÃ¡is a estas cosas?Â» preguntÃ³ Elisa con curiosidad.

Â«Su nombre en nuestro planeta es ShaniÂ» respondiÃ³ Azakis mientras hacÃ­a desaparecer de nuevo la esfera y la sustituÃ­a el rectangulito oscuro.

Â«Entonces esto es un pequeÃ±o Shani.Â» dijo Elisa sonriendo mientras que, teniÃ©ndolo entre las manos, lo observaba con atenciÃ³n. Â«Â¿Puedo intentar yo construir algo?Â»

Â«Bueno, no es tan sencillo. Yo lo consigo porque, para su programaciÃ³n en tiempo real, utilizo mi implante N^COM. Por lo tanto, o te pongo uno a ti o utilizasâ¦.Â» se interrumpiÃ³ y se puso a revolver en un pequeÃ±o cajÃ³n al lado de la consola. DespuÃ©s de algunos segundos extrajo de Ã©l una especie de casco muy similar al que habÃ­an utilizado antes para respirar y, poniÃ©ndoselo, terminÃ³ la frase diciendo Â«estoÂ»

Â«Â¿Me lo debo poner en la cabeza?Â» preguntÃ³ Elisa dudando.

Â«Exacto.Â»

Â«Â¿No me va a freÃ­r el cerebro esta cosa, verdad?Â»

Azakis sonriÃ³. La cogiÃ³ delicadamente de las manos y la ayudÃ³ a ponÃ©rselo correctamente.

Â«Â¿Y ahora?Â»

Â«Coge el Shani entre los dedos y piensa en un objeto cualquiera. No te preocupes por las dimensiones. EstÃ¡ programado para no transformarse en nada que sea mayor de un metro cÃºbico.Â»

Ella cerrÃ³ los ojos y se concentrÃ³. DespuÃ©s de unos segundos, un fantÃ¡stico candelabro plateado de tres brazos se materializÃ³ entre sus manos.

Â«Â¡Dios mÃ­o!Â» exclamÃ³ estupefacta. Â«Es absurdo. Es increÃ­ble.Â» Elisa no conseguÃ­a contener su emociÃ³n. Giraba y volvÃ­a a girar el objeto entre las manos analizÃ¡ndolo en todos sus detalles. Â«Es exactamente como lo habÃ­a imaginado. No es posible, estoy soÃ±ando.Â»




Nasiriya â La emboscada


Dos enormes jeeps descapotables, provenientes de la parte norte de la ciudad, cada uno de ellos con tres personas a bordo, detuvieron su carrera al encontrarse con el semÃ¡foro en rojo de un cruce aparentemente desierto. Esperaron pacientemente la luz verde y despuÃ©s continuaron lentamente durante una veintena de metros hasta llegar a la entrada de un viejo garaje abandonado.

Del primero de los jeeps descendiÃ³ un individuo realmente corpulento que, armado con una vieja cizalla, se aproximÃ³ con aire circunspecto a la entrada y cortÃ³ el cable de metal oxidado que mantenÃ­a cerrada la puerta. Justo detrÃ¡s de Ã©l, otro hombre, que habÃ­a bajado del segundo jeep, lo alcanzÃ³. TambiÃ©n Ã©l era un tipo bien plantado. Uniendo las fuerzas intentaron sacar el viejo panel que hacÃ­a las veces de puerta. Debieron trabajar duro durante unos instantes hasta que, con un siniestro chirrido metÃ¡lico, el panel se moviÃ³. Lo apartaron a un lado con decisiÃ³n hasta abrir completamente la entrada.

Los conductores de ambos jeeps, que estaban esperando con los motores al ralentÃ­, uno detrÃ¡s del otro, mientras dejaban a sus espaldas una nube de humo negro, fueron hacia el garaje y apagaron los motores.

Â«VamosÂ» dijo aquel que parecÃ­a ser el jefe, mientras saltaba del jeep seguido por los otros tres. Los dos que se habÃ­an quedado en la entrada se unieron al grupo de tres, los seis, con los cuerpos inclinados, se dirigieron hacia la entrada principal del restaurante.

Â«Vosotros tres, por detrÃ¡sÂ» ordenÃ³ el jefe.

Todos los componentes del pequeÃ±o equipo de asalto estaban equipados con fusiles AK-47 y, colgando de los cinturones de un par de ellos se podÃ­an ver las tÃ­picas fundas curvas de los cuchillos Ã¡rabes Janbiya. No eran unos puÃ±ales muy largos pero sus hojas afiladas en ambos lados hacÃ­an que estuviesen, sin duda, entre las armas blancas mÃ¡s mortÃ­feras.

El propietario del restaurante, consciente que de un momento a otro llegarÃ­an sus compaÃ±eros, se movÃ­a sin parar entre la sala y la entrada de atrÃ¡s, desde donde espiaba el exterior para controlar eventuales movimientos sospechosos. Su nerviosismo no pasÃ³ desapercibido para el general que, como viejo zorro que era, empezÃ³ a intuir que algo no iba bien. Con la excusa de coger la botella de cerveza se acercÃ³ a la oreja del tipo gordo y susurrÃ³ Â«Â¿No te parece que tu amigo estÃ¡ un poco nervioso?Â»

Â«A decir verdad ya me habÃ­a dado cuentaÂ» replicÃ³ el gordito, tambiÃ©n en voz baja.

Â«Â¿Desde hace cuÃ¡nto tiempo que lo conoces? Â¿No nos estarÃ¡ organizando alguna sorpresita?Â»

Â«No creoâ¦. Siempre ha sido una tipo de fiar.Â»

Â«Puede.Â» dijo el general levantÃ¡ndose rÃ¡pidamente de la silla Â«pero yo no me fio para nada. VayÃ¡monos de aquÃ­, ya.Â»

Los otros dos se miraron un momento perplejos, a continuaciÃ³n se levantaron tambiÃ©n y se dirigieron con rapidez hacia el propietario.

Â«Gracias por todoÂ» dijo el tipo gordo Â«pero tenemos que irnos yaÂ» y le metiÃ³ otro billete de cien dÃ³lares en el bolsillo de la camisa.

Â«Pero si todavÃ­a no os he traÃ­do el postreÂ» replicÃ³ el hombre con el pelo rizado.

Â«Mejor, estoy a dietaÂ» respondiÃ³ el gordo y se encaminÃ³ velozmente hacia la puerta. EspiÃ³ desde detrÃ¡s de la cortina y, no viendo nada de extraÃ±o, hizo una seÃ±al a los otros para que lo siguiesen. Ni siquiera habÃ­a acabado de atravesar el umbral que, por el rabillo del ojo, se dio cuenta de los tres matones que se acercaban desde su derecha.

Â«BastardoÂ» consiguiÃ³ tan sÃ³lo gritar antes que, el mÃ¡s cercano a Ã©l, en un inglÃ©s muy malo, lo intimidase para que se parase. Por toda respuesta, desenganchÃ³ del cinturÃ³n una granada aturdidora y volviÃ©ndose hacia sus compaÃ±eros gritÃ³ Â«Â¡Flashbang!Â»

Los dos cerraron inmediatamente los ojos y se taparon las orejas. Un relÃ¡mpago cegador, seguido de un tremendo ruido, rompiÃ³ la quietud de la noche. Los tres asaltantes, cogidos por sorpresa por la reacciÃ³n del gordito, quedaron durante unos segundos aturdidos debido a la explosiÃ³n, la ceguera producida por la granada les impidiÃ³ ver a los tres americanos mientras, con un Ã­mpetu digno de una final de los cien metros lisos, escapaban en direcciÃ³n a su automÃ³vil.

Â«Â¡Fuego!Â» gritÃ³ el jefe de los agresores.

Una rÃ¡faga de AK-47 partiÃ³ en direcciÃ³n de los fugitivos pero, dado que el efecto de la granada aturdidora no se habÃ­a desvanecido, se perdiÃ³ por encima de sus cabezas.

Â«Venga, vengaÂ» gritÃ³ el tipo delgado mientras, habiendo extraÃ­do su Beretta M9 de la funda debajo del sobaco, respondÃ­a a los disparos. Mientras sus dos amigos lo protegÃ­an con sus disparos se metiÃ³ en el coche. Otra rÃ¡faga, proveniente de sus espaldas, provocÃ³ una serie de agujeros desordenados en la pared de metal del cobertizo que habÃ­a enfrente de Ã©l.

Mientras tanto, los tres agresores que provenÃ­an de la parte de atrÃ¡s desembocaron en la puerta principal del restaurante y se unieron al fuego de sus compaÃ±eros. Su punterÃ­a era mucho mejor. Un proyectil dio en el espejo retrovisor izquierdo que acabÃ³ hecho mil pedazos.

Â«Â¡MaldiciÃ³n!Â» exclamÃ³ el tipo delgado mientras, bajando instintivamente la cabeza, intentaba poner en marcha el coche.

Â«Â¡General, suba!Â» gritÃ³ el gordito mientras disparaba otra rÃ¡faga en direcciÃ³n a los asaltantes.

Con la agilidad de un chaval, Campbell se tirÃ³ sobre el asiento de atrÃ¡s justo mientras una bala le rozaba la pierna izquierda y se incrustaba en la puerta abierta. Con un movimiento rÃ¡pido, desenganchÃ³ el asiento posterior y consiguiÃ³ acceder al portaequipajes. NotÃ³ enseguida una serie de granadas dispuestas en fila en el interior de un contenedor de poliestireno. No se lo pensÃ³ ni un segundo. CogiÃ³ una de ellas y, despuÃ©s de sacar la espoleta, la lanzÃ³ en direcciÃ³n de los asaltantes.

Â«Â¡Granada!Â» gritÃ³ y se echÃ³ sobre el asiento.

Mientras una nueva rÃ¡faga de AK-47 rompÃ­a el parabrisas y destruÃ­a la luz intermitente trasera derecha, la granada de mano rodÃ³ tranquilamente en medio del grupo de los agresores que, conscientes del peligro inminente, se echaron a tierra aplastÃ¡ndose el mÃ¡ximo posible. La bomba explotÃ³ con un sonido ensordecedor y un resplandor deslumbrante rompiÃ³ la oscuridad de la noche.

El tipo gordo, aprovechando la acciÃ³n sorprendente del general, corriÃ³ hacia el lado del pasajero, subiÃ³ a bordo y, quedando con una pierna por fuera, gritÃ³ Â«Â¡Vamos, vamos!Â»

El flaco pisÃ³ a fondo el acelerador y el automÃ³vil, con un gran chirrido de neumÃ¡ticos, arrancÃ³ hacia delante en direcciÃ³n a la vieja puerta del cobertizo abandonado. La masa del vehÃ­culo lanzado a la carrera saliÃ³ ganando a la plancha oxidada del panel, que cayÃ³ pesadamente hacia el interior. El coche prosiguiÃ³ su loca carrera destruyendo todo aquello que encontraba a su paso. Viejas macetas de cerÃ¡mica, cajas de madera podridas, sillas e incluso dos viejas lÃ¡mparas, fueron arrolladas y tiradas por los aires, levantando una enorme polvareda de arena y detritos. El flaco que estaba conduciendo intentaba esquivar el mayor nÃºmero de cosas posibles usando todo el peso de su cuerpo para girar el volante a derecha e izquierda pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no consiguiÃ³ evitar la columna central de madera medio marchita que sostenÃ­a toda la cubierta, seccionÃ¡ndola de cuajo. El cobertizo temblÃ³, luego un estremecimiento, despuÃ©s, como si una enorme roca le hubiese caÃ­do sobre el techo, se plegÃ³ literalmente sobre si mismo. Todo esto ocurriÃ³ exactamente en el momento en que los tres, despuÃ©s de haber desfondado incluso la pared de atrÃ¡s, salÃ­an disparados del viejo garaje, seguidos por un espantoso ruido y una enorme polvareda oscura. El auto, ahora ya sin control, cayÃ³ sobre un montÃ³n de inmundicia dejada sobre el borde de la carretera y quedÃ³ bloqueado.

Â«Â¡Maldita sea!Â» exclamÃ³ el general que ya se habÃ­a dado unas cuantas veces con la cabeza en el apoyabrazos de la puerta. Â«Â¿Pero a ti quiÃ©n te ha enseÃ±ado a conducir?Â»

Por toda respuesta, el flaco pisÃ³ a fondo de nuevo el acelerador e intentÃ³ pasar entre la basura. Diversos trapos de colores se enredaron entre las ruedas y un viejo televisor quedÃ³ enganchado en el parachoques de atrÃ¡s. Tuvieron que navegar entre la basura todavÃ­a un buen rato antes de alcanzar el borde de la carretera. Con un ruido sordo el auto se bajÃ³ de la acera y los tres se encontraron en la carretera principal en direcciÃ³n este.

Â«Â¿QuiÃ©nes eran essos?Â» preguntÃ³ el gordito mientras se colocaba sobre el asiento e intentaba cerrar la puerta.

Â«DeberÃ­as preguntÃ¡rselo a tu amiguito el del restauranteÂ» replicÃ³ secamente el tipo flaco.

Â«Como se me ponga a tiro le hago engullir todo el menaje, cazuelas incluidas.Â»

Â«Â¿QuÃ© mÃ¡s da, amigo mÃ­o? Hace tiempo que tendrÃ­as que haber comprendido que aquÃ­ no te puedes fiar de nadie.Â» Y mientras giraba en una pequeÃ±a calle a su derecha, aÃ±adiÃ³ Â«Al menos hemos podido comer algo.Â»

El automÃ³vil oscuro se encaminÃ³ rugiendo hacia la oscuridad de la noche, dejando, sin embargo, detrÃ¡s de si, una anÃ³mala estela de lÃ­quido sin identificar.




Astronave Theos â El Presidente


Â«Â¿DÃ³nde consigues la energÃ­a para crear un campo de fuerza tan potente?Â» preguntÃ³ con curiosidad el coronel mientras observaba el candelabro apenas fabricado.

Â«La energÃ­a estÃ¡ por todas partes, en cada lugar del universoÂ» replicÃ³ Azakis. Â«Todo aquello que lo compone estÃ¡ hecho de materia y la materia no es otra cosa que una forma de energÃ­a y viceversa. Incluso los seres vivos no son otra cosa que formas simples de energÃ­a y de materia.Â»

Â«Estamos hechos con la misma materia de las estrellasÂ» susurrÃ³ Elisa fascinada, recordando una vieja cita de alguien del cual en estos momentos no recordaba el nombre.

Â«En cuanto a esto, estoy de acuerdo, pero de aquÃ­ a poder aprovecharla de esta maneraâ¦ va un mundoÂ»

Estaba a punto de pedir mÃ¡s aclaraciones cuando una musiquilla de blues, proveniente de su telÃ©fono mÃ³vil, lo interrumpiÃ³.

Â«Â¿Y ahora quiÃ©n diablos serÃ¡?Â» dijo en voz alta mientras leÃ­a el nombre del que llamaba âCamp Adder - PrisiÃ³nâ.

Â«Coronel HudsonÂ» se oyÃ³ secamente al micrÃ³fono.

Â«Coronel, por finÂ»

Jack reconociÃ³ inmediatamente el vozarrÃ³n del sargento negro que le habÃ­a acompaÃ±ado en tantas misiones. Â«Sargento, Â¿quÃ© sucede?Â»

Â«Lo busco desde hace horas. Â¿DÃ³nde se encuentra?Â»

Â«Esteâ¦podemos decir que estoy âgirando como una peonzaâ. De todos modos, dÃ­game sargento, Â¿cuÃ¡l es el problema?Â»

Â«SÃ³lo querÃ­a decirle que su peticiÃ³n de traslado del general se ha llevado a cabo sin problemas.Â»

Â«Â¿PeticiÃ³n de traslado del general? Â¿De quÃ© demonios estÃ¡ hablando?Â»

Â«Tengo delante de mÃ­ una orden escrita, firmada de su puÃ±o y letra, que autoriza al general Richard Wright y al coronel Oliver Morris a llevarse al general Campbell para ser transferido a un lugar top secret. He verificado la firma y es la suya.Â»

Â«Yo no he autorizado nunca una cosa parecidaÂ». El coronel hizo una pequeÃ±a pausa y luego dijo. Â«Â¿Y entonces dÃ³nde estÃ¡ ahora el general?Â»

Â«No tengo ni idea, seÃ±or. EstÃ¡ custodiado por los oficiales de los que le he habladoÂ»

Â«Maldito sea, ha conseguido escapar.Â» a continuaciÃ³n tuvo una intuiciÃ³n y dijo. Â«Sargento, Â¿podrÃ­a describirme a los dos militares que se lo han llevado?Â»

Â«Claro. Uno era alto y delgado mientras que el otro era mÃ¡s bajo y con un evidente sobre peso. TenÃ­anâ¦Â»

Â«Vale, sargento, nada mÃ¡s. He comprendido. Gracias.Â»

Â«Espero no haber metido la pata.Â»

Â«No se preocupe. No ha sido culpa suyaÂ» y cortÃ³ la conversaciÃ³n.

Â«Â¿QuÃ© ha ocurrido?Â» preguntÃ³ preocupada Elisa.

Â«Los dos que te habÃ­an asaltado y que habÃ­amos capturado han conseguido escapar y han conseguido tambiÃ©n ayudar a evadirse al bastardo del general Campbell.Â»

Â«Lo siento, querido, lo siento de veras pero no te preocupes tanto. Tenemos problemas mÃ¡s importantes de los que ocuparnos ahora, Â¿no?Â»

Â«Tienes razÃ³n.Â» Mientras hablaba asÃ­ le quitÃ³ de la mano el candelabro y, mostrÃ¡ndoselo a Azakis, le preguntÃ³ Â«Â¿DÃ³nde habÃ­amos quedado?Â»

Â«La fuente de energÃ­aÂ»

Â«SÃ­, es verdad. En resumen, Â¿cÃ³mo demonios funciona esto?Â»

Â«No es tan sencillo de explicar, de todos modos podemos decir que consigue absorber la energÃ­a que lo rodea y darle la forma para la cual ha sido programado.Â»

Â«PeroÂ» dijo Jack perplejo. Â«No es que haya comprendido gran cosa. El hecho es que funciona y lo hace estupendamente. Â¿Piensas que esta tecnologÃ­a podrÃ­a desarrollarse tambiÃ©n en la Tierra?Â»

Â«Realmente sÃ­. No veo ningÃºn problema. HablarÃ© con Petri, cuando llegue el momento, para que os pase toda la informaciÃ³n necesaria.Â»

Â«FantÃ¡stico. Pienso en las caras que pondrÃ¡n nuestros cientÃ­ficos ante una revelaciÃ³n semejante. En la actualidad no conseguimos producir una cantidad estimable de energÃ­a a no ser de los combustibles fÃ³siles o de las centrales nucleares. Creo que vuestra visita revolucionarÃ¡ unas cuantas cosas en nuestro planeta.Â»

Â«Como siempre ha sucedidoÂ» aÃ±adiÃ³ Azakis con una sonrisa.

Â«Si no recuerdo malÂ» dijo Elisa metiÃ©ndose en la discusiÃ³n Â«Â¿no fue un cientÃ­fico llamado Nikola Tesla


 , que vivÃ³ entre 1800 y 1900 que imaginÃ³ una forma de energÃ­a que se extendÃ­a por todo el cosmos?Â»

Â«Â¡Guau!Â» replicÃ³ Jack asombrado. Â«No pensaba que fueses una experta en la materia.Â»

Â«Son tantas las cosas que debes todavÃ­a descubrir sobre mÃ­, querido.Â» y con aire desenvuelto se pasÃ³ una mano por sus largos cabellos.

Â«En realidadÂ» continuÃ³ Jack Â«Tesla hizo muchÃ­simo mÃ¡s. Aparte de realizar un montÃ³n de inventos que aÃºn ahora utilizamos, teorizÃ³ sobre la posibilidad de utilizar lo que Ã©l llamaba âÃ©terâ como una fuente de energÃ­a infinita. Dicha sustancia, que estÃ¡ difundida por todo el universo, si fuese estimulada de la manera adecuada podrÃ­a administrar energÃ­a en cualquier parte y en cualquier momento.Â» Complacido por el hecho de que su amada lo estaba observando con creciente admiraciÃ³n, continuÃ³ orgulloso su exposiciÃ³n. Â«Este hombre estudioso, despuÃ©s de haber peleado con la hipocresÃ­a y la avaricia de los poderosos de su Ã©poca, afirmÃ³ que la humanidad no estaba todavÃ­a preparada para un desarrollo de este tipo y abandonÃ³ el proyecto mientras hacÃ­a desaparecer todo rastro del mismo. SÃ³lo hoy, despuÃ©s de mÃ¡s de cien aÃ±os, nuestros cientÃ­ficos han comenzado a teorizar sobre la presencia de una sustancia que llaman materia oscura que conformarÃ­a mÃ¡s del 70% de la densidad del universo.Â»

Â«Estoy impresionadaÂ» exclamÃ³ la doctora mientras lo miraba asombrada. Â«Ni siquiera yo imaginaba que fueses un erudito en esta materia.Â»

Â«Son tantas las cosas que debes descubrir todavÃ­a sobre mÃ­, queridaÂ» replicÃ³ Jack con la misma broma y con el mismo gesto, aunque realmente sus cabellos eran demasiado cortos para obtener el efecto que buscaba.

Â«QuizÃ¡s estamos hablando de lo mismo.Â» dijo Azakis complacido.

Â«EnergÃ­a ilimitada, a disposiciÃ³n de todos, por todas partes del universo y a un costo ceroâ¦ increÃ­ble.Â» Jack estaba absorto en la valoraciÃ³n de todas las posibles implicaciones de esta nueva y perturbadora revelaciÃ³n cuando su telÃ©fono mÃ³vil comenzÃ³ a sonar con la misma musiquilla de antes.

Â«Â¿Y ahora quiÃ©n demonios serÃ¡?Â» exclamÃ³ un poco molesto. A continuaciÃ³n leyÃ³ el nombre del emisor de la llamada y su rostro se iluminÃ³. Â«Almirante, no creÃ­a que le iba a escuchar tan pronto.Â»

Â«Muchacho, he conseguido ponerme en contacto con el Presidente y le he explicado la situaciÃ³n. Ahora estÃ¡ justo delante de mÃ­. Si quieres te lo paso.Â»

Â«Â¡Pues claro, faltarÃ­a mÃ¡s!Â» respondiÃ³ un poco embarazado mientras que, gesticulando, le mostraba a Petri el telÃ©fono mÃ³vil. Pasaron algunos segundos y una voz tranquila y profunda se escuchÃ³ desde el telÃ©fono. Â«Â¿Coronel Jack Hudson?Â»

Â«SÃ­ seÃ±or Presidente, soy yo. A sus Ã³rdenes.Â» al responder no pudo resistirse a ponerse en posiciÃ³n de firmes, provocando una tÃ­mida sonrisa en Elisa.

Â«SeÃ±or coronel, sÃ³lo el respeto y la confianza que siento por el almirante Wilson ha hecho posible esta llamada. Aquello que me ha contado es tan absurdo que incluso podrÃ­a ser verdad.Â»

Â«Presidente, querrÃ­a que apuntase el primer telescopio que estÃ© disponible a las coordenadas que le voy a enviar.Â»

Petri, que se habÃ­a ya encargado de posicionar la Theos sobre un paralelo mÃ¡s cercano al norte, de manera que se pudiese ver una zona de la Tierra que todavÃ­a estaba a oscuras, hizo aparecer sobre la pantalla gigante una serie de nÃºmeros. Jack, a toda velocidad, los escribiÃ³ en el telÃ©fono mÃ³vil y los enviÃ³. Â«Esta es la posiciÃ³n actual de nuestra astronave. No creo que sus tÃ©cnicos tengan muchos problemas para encontrarnos.Â»

El Presidente hizo un gesto a su asistente mÃ¡s alto y robusto que se encontraba en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Le mostrÃ³ los nÃºmeros que habÃ­an aparecido sobre el telÃ©fono mÃ³vil y susurrÃ³ algo al oÃ­do. El hombre, que vestÃ­a un traje negro, una camisa blanquÃ­sima y una corbata gris a rayas de color claro, se acercÃ³ la muÃ±eca a la boca e impartiÃ³ una serie de Ã³rdenes.

Â«PresidenteÂ» continuÃ³ Jack. Â«La situaciÃ³n es bastante seria. Nuestro planeta estÃ¡ a punto de verse envuelto en un cataclismo de proporciones gigantescas, con la ayuda de estas personas que han venido desde tan lejos podremos hacer algo para evitarlo. Entiendo perfectamente todas sus dudas pero estÃ¡n realmente aquÃ­ y se lo puedo demostrar.Â»

Petri activÃ³ los sensores de corto alcance sobre las coordenadas que le habÃ­a indicado anteriormente el coronel y sobre la pantalla del puente de mando apareciÃ³ una panorÃ¡mica desde arriba del Despacho Oval.

Â«SeÃ±or, en este momento usted tiene la mano derecha apoyada sobre el escritorio, a su lado estÃ¡ el almirante y hay otras dos personas en la habitaciÃ³n.Â»

El Presidente mirÃ³ instintivamente a su alrededor intentando descubrir al intruso que lo estaba espiando. DudÃ³ un momento, despuÃ©s dijo desconcertado Â«Es absurdo. Â¿CÃ³mo ha podido saber estas cosas?Â»

Â«Simplemente, le estoy observando.Â»

Â«Es absolutamente imposible. No existe nada capaz de penetrar el blindaje de esta habitaciÃ³n.Â»

Â«Nada que sea terrestre, PresidenteÂ» lo corrigiÃ³ Jack. A continuaciÃ³n Petri se le acercÃ³ y le susurrÃ³ algo en el oÃ­do. El coronel abriÃ³ los ojos desmesuradamente, a continuaciÃ³n, con tono decidido, dijo. Â«Creo que esto no lo puede hacer ninguna otra tecnologÃ­a.Â»

No habÃ­a terminado de decir la frase que el histÃ³rico escritorio del siglo XIX, conocido como el escritorio Resolute, comenzÃ³ poco a poco a levantarse. El Presidente pegÃ³ un salto hacia atrÃ¡s y mirÃ³ estupefacto en direcciÃ³n del almirante que le respondiÃ³ con una mirada igualmente asombrada.

Â«El escritorio estÃ¡ flotandoÂ» exclamÃ³. Â«Es como si la fuerza de gravedad no tuviese ningÃºn efecto sobre ella.Â»

El otro hombre que estaba en la habitaciÃ³n, un poco mÃ¡s bajo que el anterior pero tambiÃ©n muy macizo, extrajo instintivamente la pistola de la funda escondida debajo de la axila para proteger a su jefe. MirÃ³ rÃ¡pidamente a derecha y a izquierda intentando descubrir una sombra, pero no vio nada sospechoso.




Конец ознакомительного фрагмента.


Текст предоставлен ООО «ЛитРес».

Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=40851229) на ЛитРес.

Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.


