Las Inmortalidades
Guido Pagliarino

Mariano Bas






Guido Pagliarino

Las Inmortalidades

Novela coral

Copyright Â© 2017 Guido Pagliarino

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Publicado en e-book y en libro fÃ­sico por Tektime

TraducciÃ³n del italiano al espaÃ±ol de Mariano Bas

TÃ­tulo de la obra original en italiano Le ImmortalitÃ , copyright Â© 2017 Guido Pagliarino, publicada en e-book y libro fÃ­sico por Tektime



Las cubiertas, tanto de la obra original como de la traducciÃ³n, han sido diseÃ±adas electrÃ³nicamente por Guido Pagliarino



Los personajes, nombres personales y colectivos, hechos, situaciones corales o individuales del pasado y del presente son imaginarios. Cualquier referencia a personas vivas o fallecidas es involuntaria.


ÃNDICE



CapÃ­tulo 1 (#ulink_4323e91f-db1c-5796-9de3-da0757b98ff3)

CapÃ­tulo 2 (#ulink_590161bc-112e-5bb1-a828-530918d22838)

CapÃ­tulo 3 (#ulink_052b2196-0816-58c8-8622-b79574f897ec)

CapÃ­tulo 4 (#ulink_f10606ed-bf58-58c6-b3ed-d55415ea859e)

CapÃ­tulo 5 (#ulink_e40867c3-cf96-5651-9e08-8d3c445bda66)

CapÃ­tulo 6 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 7 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 8 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 9 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 10 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 11 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 12 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 13 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 14 (#litres_trial_promo)


CapÃ­tulo 1 (#ulink_5920965b-117f-5e55-a4f8-988e6d270bba)



Como siempre, el profesor Denisi, historiador de la Ã©poca contemporÃ¡nea, habÃ­a entrado en el aula sin saludar, se habÃ­a colocado en su sitio y, sin preÃ¡mbulos, habÃ­a empezado:

âEl otro dÃ­a llegamos hasta el 2117, un aÃ±o verdaderamente crucial para el mundo como ya os habÃ­a anticipado. Hoy veremos por quÃ©: Ya hacÃ­a mÃ¡s de un trienio que los investigadores del laboratorio celular de neurobiologÃ­a del Instituto Privado Bertrand Russell de Londres desarrollaban experimentos sobre la mosca de la fruta. Objetivo de la experimentaciÃ³n: la prolongaciÃ³n de la vida humana. Como probablemente sabrÃ©is, al menos a grandes rasgos, las drosÃ³filas son insectos de vida breve, de cerca de ocho semanas, que presentan una estructura biolÃ³gica ejemplar, cuya genÃ©tica resulta fÃ¡cil de manipular. En una primera fase de las investigaciones, esos cientÃ­ficos habÃ­an llegado ya a un resultado importante, realizando la llamada amplificaciÃ³n autofÃ¡gica dentro del sistema nervioso de las moscas. Hay que tener en cuenta que la supervivencia de una cÃ©lula depende de la idoneidad de la misma para reducirse y reciclarse de acuerdo con cierto mecanismo, llamado precisamente autofagia, que la renueva eliminando los componentes daÃ±inos para la vida y recicla las partÃ­culas elementales indispensables para la reconstrucciÃ³n de la propia cÃ©lula: en resumen, la protege. Pues bien, los factores nocivos habÃ­an disminuido mucho en el curso de la vida de las drosÃ³filas tratadas, aunque la vida de las mismas no se habÃ­a prolongado de manera significativa, no mucho mÃ¡s de las ocho semanas naturales. Sin embargo en una segunda fase de investigaciÃ³n, una vez ajustado el sistema, esos estudiosos habÃ­an conseguido impedir por un plazo mÃ¡s largo la referida acumulaciÃ³n del daÃ±o celular, que depende de la edad, y asÃ­ la longevidad de esos insectos habÃ­a llegado a los tres meses de existencia, un poco como si el ser humano hubiese alcanzado los ciento cincuenta aÃ±os. El resultado habÃ­a sido bastante satisfactorio. Sin embargo el laboratorio habÃ­a iniciado una tercera fase de experimentos con las drosÃ³filas, con el objetivo de prolongar todavÃ­a mÃ¡s la supervivencia y buscando una vida humana de al menos doscientos aÃ±os. Fue en este tercer estadio cuando se llegÃ³ a un resultado extraordinario, mÃ¡s bien mÃ¡s que extraordinario, fantÃ¡stico, por no decir increÃ­ble: Â¡se habÃ­a obtenido, con casi absoluta certeza, la inmortalidad de aquellas moscas! Se trataba de algo que, hasta entonces, se habÃ­a considerado imposible, ya que una cosa es aplazar el momento de la muerte gracias a la ciencia y otra evitarlo del todo. Y sin embargo no se podÃ­a considerar que el Ã­ndice de probabilidad de que las drosÃ³filas sometidas al experimento hubieran llegado a la inmortalidad fuera del cien por cien. De hecho habÃ­an pasado muchos meses y luego un aÃ±o y despuÃ©s otro durante los cuales habÃ­an continuado viviendo tranquilamente sin envejecer ni perder vigor: un periodo de vida, comparado con las ocho semanas naturales de las moscas, que se correspondÃ­a proporcionalmente con milenios de existencia humana. En resumen, se podÃ­a pensar de una manera no superficial en una especie de inmortalidad, aunque no se podÃ­a saber quÃ© traerÃ­a el futuro. AsÃ­ que el Instituto Privado Bertrand Russell, que estaba dirigido por un hombre de negocios joven y muy rico y financiado por Ã©l mismo y un socio minoritario, que estaban comprometidos con la empresa no solo con fines personales de salud y longevidad, sino tambiÃ©n para conseguir un esplÃ©ndido beneficio econÃ³mico, a la vista de esto, el 10 de junio de 2217 habÃ­a anunciado al mundo la puesta en el mercado del producto denominado oficialmente Suero Bloqueador del Deterioro y de RegeneraciÃ³n y ReagregaciÃ³n de CÃ©lulas, luego conocido popularmente como Â«el suero Vida EternaÂ». Sobre esto, yo creo, y muchos estÃ¡n de acuerdo en esto, que se tratÃ³ no tanto de un Ã©xito cientÃ­fico, sino de la intervenciÃ³n de algo ultrapotente y extraÃ±o, tal vez perteneciente a un universo paralelo desde el cual se hubiera abierto una puerta sobre nuestro cosmos, tal vez la propia esencia panteÃ­sta de nuestro universo. No se nos oculta que esos primeros investigadores eran conscientes de haber llegado a un resultado muy superior al objetivo prefijado y habÃ­an aceptado entre ellos, como se supo despuÃ©s, que debÃ­a haber actuado tambiÃ©n algÃºn factor externo desconocido. Por otro lado, es necesario recordar que otros exponentes del mundo intelectual no piensan que existan universos cronofÃ­sicos paralelos o una esencia pensante de nuestro universo, concordando asÃ­ con la idea de de algo extraÃ±o que todos indicamos con la expresiÃ³n, tomada del teatro antiguo, Â«deus ex machinaÂ»: piensan en un ente completamente externo no solo a nuestro universo sino a cualquier universo inmanente, concibenâ¦ algo trascendente: Â¡Dios! Entre ellos se encuentra el ilustrÃ­simo teÃ³logo y filÃ³sofo profesor Eugenio Serra, quien ha aceptado cordialmente intervenir hoy en esta lecciÃ³n, en imagen hologrÃ¡fica y que enseguida nos darÃ¡ directamente su respetable parecer. Pero entretanto volvamos al aÃ±o 2117. Ya sabÃ©is que en el siglo XXII la humanidad era en su gran mayorÃ­a atea, resultado de un proceso que habÃ­a afectado al mundo durante siglos, primero a los paÃ­ses occidentales y luego tambiÃ©n de todos los demÃ¡s. Y despuÃ©s de la invenciÃ³n del procedimiento Vida Eterna los ya pocos creyentes se habÃ­an reducido a nada menos que unos pocos centenares de miles en el mundo: casi toda la humanidad estaba entonces segura de que no existÃ­a ninguna divinidad y, si acaso, que la especie humana deberÃ­a ser la que estuviera expuesta sobre los altares. AsÃ­ se aprobÃ³ una ley internacional que proclamÃ³ el aÃ±o de la invenciÃ³n del procedimiento Vida Eterna como el primero de una nueva era y el aÃ±o 2117 despuÃ©s de Cristo se convirtiÃ³ en el aÃ±o 1 de la Era del Hombre. La norma fue votada por el Parlamento Mundial, simbÃ³licamente, el 25 de diciembre de 2117, dÃ­a que fue proclamado fiesta del Nacimiento del Genio Humano Libre. Se habÃ­a iniciado en ese dÃ­a un periodo terrible de cuatro siglos, cerrado oficialmente solo el 1 de enero de hace cuarenta aÃ±os cuando, por una nueva norma, se volviÃ³ a la cuenta de los aÃ±os siguiendo el antiguo calendario plurimilenario. Hoy en dÃ­a, tanto los creyentes, cuyo nÃºmero ha crecido, como los siempre numerosos incrÃ©dulos definen esos cuatrocientos aÃ±os como la Era Antihumana. Veamos por quÃ©. Las peleas empezaron ya en el aÃ±o 2, despuÃ©s de algunos meses de entusiasmo general, se habÃ­an producido enseguida graves acontecimientos en el curso de los cuales tambiÃ©n habÃ­a corrido la sangre. El proceso Visa Eterna era lento y complejo y se habÃ­a puesto a disposiciÃ³n del pÃºblico, por decisiÃ³n de los dos multimillonarios financiadores, exclusivamente dentro de los laboratorios Bertrand Russell: formalmente los dos magnates eran directores administrativos del Instituto, pero esencialmente eran los propietarios, gracias a ciertos cruces societarios, y podÃ­an tomar las decisiones que les resultaran mÃ¡s convenientes. Obviamente, ambos habÃ­an disfrutados los primeros del proceso Vida Eterna e inmediatamente despuÃ©s de ellos sus respectivos familiares. Luego se habÃ­an beneficiado los investigadores y sus familias, salvo un biÃ³logo creyente y practicante que habÃ­a preferido renunciar, teniendo una fe muy firme en la vida eterna trascendente. Sin embargo el hecho era que el procedimiento era tan lento y complejo que solo una parte de aquellos que estaban en la lista de espera podÃ­an aprovecharlo antes de que les llegase la muerte y ademÃ¡s la lista iba aumentando. Por otro lado, el proceso Vida Eterna era tan costoso que quedaban fuera casi todos y los excluidos no podÃ­an sino estar contrariados o algo peor, salvo los entonces rarÃ­simos creyentes en Dios que aceptaban otra vida y a los que no les atraÃ­a la idea de existir para siempre en este mundo material. HabÃ­an aumentando constantemente los hurtos y robos a multimillonarios, frecuentemente realizados por bandas de varias decenas de personas que se enzarzaban en tiroteos y arrollaban a los guardias de sus vÃ­ctimas y casi siempre, inmediatamente despuÃ©s de cometer el delito, se mataban entre sÃ­ por el botÃ­n, generalmente insuficiente para pagar la eternidad para todos los miembros del grupo. AdemÃ¡s se perpetraban homicidios contra los magnates en la lista de espera, ayudados por sicarios contratados por otros multimillonarios tambiÃ©n en la lista, con el fin evidente de reducir el nÃºmero de los concurrentes. AÃ±adamos a esto que se habÃ­an producido otros asesinatos entre los polÃ­ticos, por parte de terroristas. Estos en algunos casos habÃ­an actuado aisladamente, pero la gran mayorÃ­a eran miembros de una organizaciÃ³n paramilitar revolucionaria que se autocalificaba Grupos Armados para la Vida del Pueblo. Todos ellos habÃ­an atentado no solo contra la existencia de los multimillonarios a la espera de intervenciÃ³n, sino tambiÃ©n contra la de los herederos de estos, tanto parientes hasta el tercer grado como terceros beneficiarios de los testamentos: pretendÃ­an en realidad conseguir que los patrimonios de los multimillonarios asesinados, ya sin sucesores, acabaran legalmente en herencia para el estado y que, bajo amenaza de atentados a los hombres pÃºblicos, se instituyera una loterÃ­a pÃºblica de la Vida Eterna con esos capitales como premio, a fin de que todos pudiesen tener al menos una mÃ­nima esperanza de eternidad. AÃºn asÃ­, ademÃ¡s de los terroristas, que habÃ­an logrado la simpatÃ­a popular, tambiÃ©n muchos ciudadanos comunes, con manifestaciones en las plazas, pedÃ­an esa rifa pÃºblica y eran manifestaciones que degeneraban en tumultos. La solicitud no se habÃ­a concedido, los terroristas fueron capturados meticulosamente uno por uno, arrestados y condenados de por vida en los campos de trabajo de TitÃ¡n, el satÃ©lite mÃ¡s grande de Saturno. Hay que advertir ademÃ¡s que, mientras que los apuntados que no se habÃ­an sometido al procedimiento podÃ­an todavÃ­a, como es obvio, ser asesinados, los otros ya no. No os sorprendÃ¡is. He aludido a resultados del procedimiento muy superiores a la consecuciÃ³n de la eternidad natural de la vida. Bien, aquellos que ya habÃ­an superado el proceso Vida Eterna no solo se habÃ­an convertido en inmortales en el sentido de que ya no envejecÃ­an y por tanto no fallecÃ­an, sino que no podÃ­an morir ni siquiera en caso de heridas de naturaleza mortal. Parece imposible, Â¿verdad? Y sin embargo era asÃ­. Por cierto que esto corrobora la idea de la invenciÃ³n no era solo un resultado humano sino fruto de la interferencia de una causa externa ignota de gran poder. El primer caso que habÃ­a demostrado ese increÃ­ble fenÃ³meno habÃ­a acaecido en febrero del aÃ±o 2, un accidente que debÃ­a haber sido absolutamente mortal, al caer el sujeto desde un despeÃ±adero de varios centenares de metros de desnivel. Por el contrario, aunque fuera con grandes dolores, como habÃ­a explicado luego a los medios, se habÃ­a recuperado perfectamente, como si se hubiera curado naturalmente. Al principio la opiniÃ³n pÃºblica se habÃ­a mostrado escÃ©ptica, la mayorÃ­a habÃ­a pensado que habÃ­a sido un caso muy afortunado, por ejemplo, una caÃ­da sobre un montÃ³n de nieve blanda. Pero se habÃ­a cambiado de opiniÃ³n con el tiempo al verificarse otros casos de traumatismo potencialmente mortales que sin embargo no tenÃ­an consecuencias luctuosas. Y quedÃ³ claro para todos que ninguno de quienes habÃ­a recibido el tratamiento Vida Eterna podÃ­a ya morir. Tampoco, por otro lado, podÃ­a suicidarse: de ninguna manera. TambiÃ©n de esto hablarÃ¡, en un momento, el teÃ³logo profesor Serra. Durante los primeros tres siglos de los cuatrocientos aÃ±os de la nueva y terrible era el mundo se habÃ­a visto ensangrentado a causa del procedimiento Vida Eterna. Sin embargo, poco a poco, esa violencia iba disminuyendo, hasta desaparecer del todo. Â¿Por quÃ©? Porque los eternos, con el paso del tiempo, cada vez parecÃ­an menos personas privilegiadas, ya que los mortales comunes, en el curso de sus generaciones, les habÃ­an visto entristecerse cada vez mÃ¡s, casi hasta la desesperaciÃ³n. Los Ãºltimos casos de violencia, realizados solo por ignorantes, se produjeron hace unos ciencuenta aÃ±os, episodios que vuestros abuelos sin duda recordarÃ¡n. Â¡SeÃ±ores estudiantes, meditad sobre esos horrores! Considerad cuÃ¡nta soberbia puede ejercerse en la investigaciÃ³n cientÃ­fica, cuando falta en ella el espÃ­ritu humanista: ese humanismo que no debe ser solo filosÃ³fico, sino tambiÃ©n cientÃ­fico y que debe dirigir a la ciencia y la tecnologÃ­a hacia el bien de todos los seres humanos y no solo de unos pocos privilegiados. Ohâ¦ veo que el profesor Eugenio Serra estÃ¡ apareciendo ahora mismo a mi lado en forma hologrÃ¡fica: os pido un aplauso y que a continuaciÃ³n le escuchÃ©is en perfecto silencio.



âSeÃ±oras y seÃ±ores âcomenzÃ³ a decir el teÃ³logo y filÃ³sofo despuÃ©s de haber rogado a los estudiantes que interrumpieran su largo aplausoâ, irÃ© directo al grano porque desgraciadamente, a causa del gran nÃºmero de los usuarios de las transmisiones hologrÃ¡ficas interagentes, la sociedad gestora no concede mucho tiempo a cada uno. Os planteo un par de preguntas retÃ³ricas: Â¿Por quÃ© disminuyÃ³ y luego cesÃ³ la lucha por conseguir ser admitido en el proceso Vida Eterna? Â¿Por quÃ©, por otro lado, los instrumentos, las sustancias quÃ­micas y el resto de materiales necesarios para el procedimiento acabaron siendo destruidos por sus propios guardianes, sin ni siquiera atender las Ã³rdenes de la autoridad? Bueno, sencillamente porque en un cierto momento era evidente para todos el sufrimiento que padecÃ­an los eternos, ese sufrimiento al que luego se llamÃ³ su aburrimiento mortal o sencillamente el aburrimiento: no en el sentido habitual del tedio, sino en el clÃ¡sico de tormento, incluso de infierno. Quede sin embargo claro que esta afirmaciÃ³n mÃ­a se dirige solo a los que sean creyentes, porque me refiero al infierno en sentido teolÃ³gico. Por tanto, si alguno de los presentes es ateo, es muy libre de extraÃ±arse al respecto. Como decÃ­a, con el paso de los siglos los eternos habÃ­an sido presos de una aversiÃ³n cada vez insoportable por la vita. Esta en realidad no les ahorraba ni los sufrimientos psÃ­quicos ni los fÃ­sicos. Por ejemplo, si un eterno sufrÃ­a un revÃ©s de la fortuna podÃ­a pasarse el resto de la eternidad como un vagabundo. Si perdÃ­a una mano en un accidente, le crecÃ­a otra, pero con dolores atroces. O si sufrÃ­a una migraÃ±a congÃ©nita, que parece completamente incurable, esta se reproducÃ­a una y otra vez por siempre. Por otro lado, si es tambiÃ©n verdad que no debÃ­an soportar ya la angustia de la muerte, esta despuÃ©s de una larga experiencia de dolor era sustituida, y mÃ¡s gravemente, por la angustia de una eternidad de sufrimiento. Os recuerdo que el procedimiento Vida Eterna era algo casi absurdo, al ser tan contrario a las leyes naturales. En definitiva, su mecanismo resultaba un misterio para sus propios inventores, que sencillamente habÃ­an tratado de alargar la duraciÃ³n de la existencia, no de eliminar la muerte. Sin embargo su invenciÃ³n, si se puede decir que era suya, la habÃ­a abolido. Exactamente asÃ­: un hecho no realmente cientÃ­fico, es decir, no derivado, en realidad, de su investigaciÃ³n. Por tanto afirmo que algo, o mejor Alguien, con mayÃºscula, habÃ­a intervenido de manera sobrenatural para que funcionase el proceso imposible. Â¡Si alguno de vosotros tiene otra explicaciÃ³n me gustarÃ­a que la expusiera! Buenoâ¦ bien, visto que nadie levanta la mano, hagamos ahora una consideraciÃ³n elemental teolÃ³gico-bÃ­blica. Â¿QuÃ© es esencialmente el pecado original? Preciso, para quien se equivoque, que comer el fruto del Ã¡rbol del conocimiento del bien y del mal no significa la condena divina de la investigaciÃ³n cientÃ­fica o filosÃ³fica. Hay que saber que en el lenguaje simbÃ³lico antiguo judÃ­o la locuciÃ³n bien y mal significa todo lo existente creado por Dios, mientras que conocer significa poseer, en todos los sentidos y no solo en el conocido sentido sexual. Por tanto el pecado original consiste en querer poseer el mundo creado haciÃ©ndose Dios y sustituyendo al Creador, poniendo en lugar de la ley moral objetiva divina la idea propia subjetiva, para uso y consumo propio, y consiste en ultrajar la naturaleza creada por Dios. Es el pecado que no solo los mÃ­ticos padres AdÃ¡n y Eva, sino muchÃ­simos seres humanos han cometido y cometen, un pecado del que si no nos arrepentimos a tiempo nos conduce al Infierno. Bueno, una vez precisado esto, Â¡prestad atenciÃ³n! podemos finalmente llegar a la conclusiÃ³n. Â¿QuiÃ©n fue mÃ¡s soberbio y ateo que los eternos? Â¿QuiÃ©n fue mÃ¡s contra la naturaleza? Creo que nadie. En segundo lugar, consideremos que eran absolutamente indestructibles y esto no puede realmente parecer un hecho cientÃ­fico, humano. Algunos de ellos, Â¡que nadie se rÃ­a aunque parezca ridÃ­culo!, hasta cierto punto, llenos de angustia buscaron cualquier vÃ­a para morir, primero bajo anestesia y luego, pensando que tal vez fuera esta la causa de su fracaso, renunciando a ella: cortarse la cabeza, explosiÃ³n de bomba, hambre y sed, ahogamiento, encerramiento en una habitaciÃ³n sin aireâ¦ Â¿Os reÃ­s? Bueno, os perdono, es comprensible humanamente, pero ahora, por favorâ¦ Gracias. Estaba a punto de decir que, al no obtener finalmente nada, estos eternos aspirantes a suicidas se pusieron de acuerdo y trataron de aniquilarse todos juntos con una bomba ultranuclearâ¦ Â¡Vale, por favor! Dejad de reÃ­ros, por favor: es un hecho trÃ¡gico. Gracias. DecÃ­a: parece absurdo, pero incluso en ese caso extremo, despuÃ©s de quedar reducidos a menos que Ã¡tomos, se recompusieron, completamente incÃ³lumes. Al haberse demostrado por tanto su absoluta indestructibilidad hasta el extremo, es correcto deducir que, incluso cuando el Sol llegue a colapsar, cuando la Tierra estÃ© muerta, incluso cuando todo el universo, por la inversiÃ³n del Big Bang vuelva otra vez a la nada, estos condenados eternos continuarÃ­an existiendo, en el interminable infierno de esa misma nada. Â¿Un infierno sin haber muerto antes?, me preguntarÃ©is. No. TambiÃ©n sabÃ©is que el procedimiento Vida Eterna, que serÃ­a mejor que lo llamÃ¡ramos Muerte Eterna, contemplaba, como paso necesario, tambiÃ©n la muerte: solo por un momento, pero una muerte real, tambiÃ©n cerebral. Solo despuÃ©s se producÃ­a la llamada a la vida, a la Vida Eterna. AÃ±adirÃ© ahora un concepto, una gran confirmaciÃ³n de mi tesis y luego me despedirÃ© porque la conexiÃ³n estÃ¡ a punto de acabar. Â¿DÃ³nde se podrÃ­a situar el estado infernal si no es fuera de Dios, es decir, fuera del Ser, que es como decir de Felicidad Trascendente Eterna Infinita? Por tanto ese estado no puede encontrarse mÃ¡s que en lo inmanente que continuarÃ¡, por decirlo asÃ­, existiendo tambiÃ©n para los condenados cuando el resto del universo sea simplemente la nada. Ohâ¦ veo que nuestra conexiÃ³n estÃ¡ terminando. AdiÃ³s a todos.



Entre aplausos la imagen del catedrÃ¡tico se desvaneciÃ³.

Sin embargo esta vez no todos los estudiantes habÃ­an aplaudido: ni los cuatro ateos, ni dos descendientes de los aburridÃ­simos eternos, ni una joven conocida por todos por su espiritualidad y a la que ademÃ¡s se le habÃ­a oÃ­do decir a la vecina:

âSin embargo, tambiÃ©n creo que al final de los tiempos tambiÃ©n esos desgraciadosâ¦ PodrÃ­a tratarse de una especie de purgatorio en la tierra, Â¿no? EstÃ¡ escrito: Â«No juzguÃ©is si no querÃ©is ser juzgadosÂ» y si bien es verdad que en cierta ciencia puede haber mucha soberbia, Â¡cuÃ¡nta puede encontrarse tambiÃ©n en cierta teologÃ­a!


CapÃ­tulo 2 (#ulink_5920965b-117f-5e55-a4f8-988e6d270bba)



Lo primero que generÃ³ la aversiÃ³n general contra los eternos fue la envidia, por el deseo de los mortales comunes de ser como ellos, unos celos disfrazados no obstante de deseo de justicia, como sucede casi siempre. Posteriormente, cuando se apreciÃ³ de manera generalizada el aburrimiento existencial de los inmortales, no desapareciÃ³ la hostilidad contra ellos, sino que para alimentarla se habÃ­a aÃ±adido una especie de desprecio por la condiciÃ³n que sufrÃ­an, ese desprecio que aparece lamentablemente, en los espÃ­ritus menos nobles, hacia aquellos que consideran, por cualquier razÃ³n, como distintos. El desprecio se expresaba a veces en forma de sarcasmo burlÃ³n, con observaciones como estas: Â«Â¡Les estÃ¡ bien empleado a esos prepotentes que querÃ­an ser superiores a nosotros y se daban tantas Ã­nfulas!Â», Â«Â¡FÃ­jate en esos millonarios! Se han gastado una fortuna para alcanzar el aburrimiento, esas cabezas de chorlitoÂ», o como esta otra, mÃ¡s dura: Â«Â¡Sus caras alegres se han convertido en rostros pÃ¡lidos como el culo!Â». En la Ãºltima fase se generÃ³ en muchos mortales, no en todos, ya que seguÃ­an existiendo algunos no despiadados, un odio puro por los eternos. La mecha la habÃ­a encendido un caso, llamado por los medios Â«La carnicerÃ­a de ParÃ­sÂ», cuya noticia habÃ­a dado la vuelta al mundo de inmediato con gran escÃ¡ndalo. El hecho se habÃ­a producido despuÃ©s de la vuelta a viejo calendario, exactamente en el aÃ±o 2509, habiÃ©ndose ya destruido las instalaciones Vida Eterna, por lo que el nÃºmero de los inmortales, todos censados por obligaciÃ³n legal, se mantenÃ­a entonces en 1003 personas, tambiÃ©n porque la eternidad originada por el procedimiento Vida Eterna no era transmisible, ya que el proceso hacÃ­a estÃ©riles a quienes se habÃ­an sometido a Ã©l. Algunos inmortales sÃ­ tenÃ­an hijos y nietos, pero todos fruto de concepciones precedentes. Para llegar al apogeo del odio entre la conciencia colectiva se llegÃ³ al convencimiento, que ya estaba en lo mÃ¡s profundo de las mentes antes de la carnicerÃ­a de ParÃ­s, de que de no le habrÃ­a sido posible de ninguna manera a un mortal reaccionar con Ã©xito a un ataque violento de un mortal que hubiera decidido herirle o matarle, debido a la tristemente famosa facultad de los eternos de regenerarse poco despuÃ©s de haber sido ellos mismos heridos o aparentemente muertos. Por tanto, en caso de agresiÃ³n, la Ãºnica posibilidad de defensa, que solo habrÃ­a podido ejercerse si enfrente del inmortal violento se encontraran muchas personas, habrÃ­a sido sujetarlo con cuerdas o cadenas, impidiendo asÃ­ sus movimientos. Seguramente ya se habÃ­an producido agresiones por parte de un eterno contra un mortal antes de la carnicerÃ­a de ParÃ­s y ademÃ¡s, en cuatro siglos, debÃ­an haber sido muchas, pero solo despuÃ©s de esta matanza se habÃ­a extendido por todas partes una airada obsesiÃ³n colectiva contra los eternos. Lo que habÃ­a pasado era que uno de los inmortales, un hombre fornido que aparentaba tener unos treinta aÃ±os o con mÃ¡s de cuatrocientos aÃ±os de edad real, Louis Villon, cÃ©lebre por haber sido uno de los dos magnates que habÃ­an financiado la investigaciÃ³n del Instituto Privado Bertrand Russell que desembocÃ³ en el procedimiento Vida Eterna y que al principio no habÃ­an dado fruto, una tarde en el campo en los alrededores de ParÃ­s, al entrar andando en su propia villa despuÃ©s de un paseo para hacer la digestiÃ³n, fue atacado por tres perros doberman instigados contra Ã©l por cuatro jÃ³venes mortales pertenecientes, como luego pudo averiguar Villon, a una banda de una decena de vÃ¡ndalos racistas que tenÃ­a como primer objetivo enfrentarse a los odiados eternos. Louis Villon habÃ­a sido literalmente despedazado por los perros y luego sus amos se habÃ­an alejado psicolÃ³gicamente saciados de sangre junto con sus animales. Villon renaciÃ³ entre grandes sufrimientos, lleno de rabia contra esos miserables y realizÃ³ indagaciones al dÃ­a siguiente mediante investigaciones privadas para descubrir su identidad. Una vez supo lo que necesitaba sobre esos malhechores, en lugar de denunciarlos, el multimillonario habÃ­a querido llevar a cabo una venganza personal y, por la noche, cuando su club estaba vacÃ­o de gente, lo habÃ­a incendiado. La banda ocupaba una chabola de madera en el campo en los alrededores de ParÃ­s, no lejos de la villa del eterno. Sin embargo uno de los bandidos, que vivÃ­a en un caserÃ­o cercano al club, apenas a unos ochenta metros, habÃ­a visto huir al incendiario y la noche siguiente se lo habÃ­a contado a los demÃ¡s miembros. No mucho despuÃ©s, tras echar abajo la puerta de entrada a la villa de Villon, los diez juntos habÃ­an invadido la morada con sus tres perros, empuÃ±ando antorchas, con la mÃ¡s que verosÃ­mil intenciÃ³n de responder dando fuego a la construcciÃ³n. El propietario y sus dos sirvientes, mortales comunes de mediana edad, marido y mujer, habÃ­an acudido ante el estruendo del derribo de la puerta, se habÃ­an reunido en la entrada, habÃ­an visto a los invasores, habÃ­an tratado de enfrentarse valientemente a ellos y habÃ­an sido agredidos por los perros, incitados por sus amos. Los tres habÃ­an sido despedazados horriblemente, pero mientras que los sirvientes estaban irremediablemente muertos, Villon se reconstituyÃ³ poco a poco hasta reaparecer incÃ³lume. Entretanto los delincuentes, con sus animales, habÃ­an empezado a explorar las demÃ¡s habitaciones de la casa, con la probable intenciÃ³n de robar en ella. El propietario, armado con dos escopetas y dos pistolas que guardaba en un armario junto a la entrada, preso de una ira como no habÃ­a sentido en toda su larguÃ­sima existencia, matÃ³ en primer lugar a los tres dobermann que, habiendo advertido su olor, habÃ­an dejado a sus amos y corrÃ­an gruÃ±endo hacia Ã©l para atacarle. Luego, ya ciego de rabia, llegando hasta los agresores, Villon habÃ­a asesinado a cuatro, uno tras otro. Los otros seis decidieron huir despuÃ©s de esto. Al reconocer el juez instructor la legÃ­tima defensa, Villon no habÃ­a sido condenado, mientras que los delincuentes sobrevivientes habÃ­an sido arrestados, juzgados y condenados. Sin embargo la impresiÃ³n general ya era muy hostil a los inmortales. AsÃ­ que los medios, recogiendo y exprimiendo esa profunda aversiÃ³n, habÃ­an presentado el episodio arrojando sospechas sobre Villon. Bajo una fuerte presiÃ³n popular, apoyada por los propios medios, los lÃ­deres estatales habÃ­an decidido por fin la promulgaciÃ³n de una ley que autorizaba la concentraciÃ³n de todos los eternos en un lugar aislado. Esta norma, promulgada con un decreto del gobierno aprobado casi inmediatamente por el Parlamento, se habÃ­a aplicado de inmediato. Los eternos, al ser todos conocidos por la autoridad gracias al censo anterior, habÃ­an sido capturados uno a uno por fuerzas de la policÃ­a de paisano, que se les habÃ­an acercado individualmente con diversos pretextos o estratagemas: los policÃ­as les habÃ­an esposado firmemente y llevado a la cÃ¡rcel, donde habÃ­an permanecido recluidos encadenados. Cuando fueron capturados los 1003 inmortales, sin que faltara ninguno, fueron transportados todos juntos, en realidad con todo el respeto posible y aprovechando las comodidades de abordo, sobre un gran hidroplano transoceÃ¡nico y habÃ­an sido desembarcados y recluidos para siempre sobre el atolÃ³n coralino de Rapa Nui, mÃ¡s conocido como la Isla de Pascua, situado en el centro del PacÃ­fico, muy lejos de cualquier otra tierra, a mÃ¡s de 3.600 kilÃ³metros al oeste de la costa de Chile y a 2.075 al este de las cuatro islas volcÃ¡nicas del archipiÃ©lago Pitcairn, situado en el PacÃ­fico meridional. Sin embargo se habÃ­a concedido a los exiliados constituir sobre la isla su propio estado independiente. La comunidad serÃ­a completamente autosuficiente gracias a los nuevos recursos de esa isla, antes poco hospitalaria, que habÃ­a sido preparados por adelantado por el Estado mundial con los mÃ©todos fertilizantes mÃ¡s modernos y ademÃ¡s debido a los aparatos y cyborgs para el cultivo y la producciÃ³n industrial que la misma autoridad habÃ­a proporcionado a los exiliados. La supervivencia de los eternos tambiÃ©n estaba garantizada por su nÃºmero limitado y por el hecho de que eran estÃ©riles. En cuando a los poquÃ­simos exponentes de la poblaciÃ³n nativa de Rapa Nui, no se les habÃ­a consentido permanecer allÃ­ y se les habÃ­a obligado a mudarse a la mayor de las islas Pitcairn, deshabitada desde hacÃ­a tiempo, tambiÃ©n con altas indemnizaciones, pagadas en especie, que les habÃ­a asignado el Estado. Inmediatamente despuÃ©s del desembarco de los exiliados se habÃ­a colocado en torno y por encima de toda la isla un campo de fuerza, impenetrable materialmente, que impedÃ­a tanto a los eternos abandonar la isla como a los mortales acceder a ella. En particular, los ya difundidos aparatos del sistema Radiotransporte InstantÃ¡neo de Seres Vivientes, inventado una decena de aÃ±os antes por los ingenieros Green y Berusci, capaz de radiotransportar seres humanos, animales y cosas, no se podÃ­a utilizar ni para entrar ni para salir, sin contar que, evidentemente, no se le habÃ­a proporcionado a los deportados, igual que no se les habÃ­a proporcionado embarcaciones ni medios aÃ©reos.



Con el paso del tiempo, el mundo se habÃ­a olvidado de la existencia de los inmortales.

HabÃ­an sido las mismas autoridades las que habÃ­an ordenado ese olvido, eliminando de las memorias electrÃ³nicas cualquier noticia sobre ellos. Para la historia oficial, no habÃ­an existido nunca. Pero si durante un largo periodo ninguno habÃ­a oÃ­do hablar nunca de esos 1003 eternos, el futuro sin embargo tenÃ­a guardado para ellos una reapariciÃ³n clamorosa, la fama yâ¦ algo mÃ¡s. Pero hasta el nuevo advenimiento esencial, tendrÃ­a que producirse un acontecimiento cuya causa desencadenante estarÃ­a en la Tierra, pero sus consecuencias tendrÃ­an origen muy lejos de nuestro planeta.



CapÃ­tulo 3 (#ulink_5920965b-117f-5e55-a4f8-988e6d270bba)



Otto Bauer, quincuagenario catedrÃ¡tico de AstrofÃ­sica Posteinsteiniana en la Universidad Libre de BerlÃ­n (Freie UniversitÃ¤t Berlin antes del triunfo de la lengua anglomundial y la desapariciÃ³n de las lenguas nacionales), ademÃ¡s de director del Ente de InvestigaciÃ³n de la Vida Extraterrestre estaba a punto de acabar su lecciÃ³n:

ââ¦ y como ya sabÃ©is por mi colega de TeorÃ­a de la InvestigaciÃ³n y es aceptado comÃºnmente desde hace mÃ¡s quinientos aÃ±os, ya en el siglo XX el filÃ³sofo de la ciencia Karl Raimund Popper habÃ­a establecido que toda teorÃ­a, para poder definirse como cientÃ­fica, debÃ­a poder ser falsada. AsÃ­, por ejemplo, el psicoanÃ¡lisis era filosÃ³fico pero no cientÃ­fico, porque el concepto de inconsciente, por definiciÃ³n, no es experimental y por tanto no se puede falsar cientÃ­ficamente. Por el contrario, la hipÃ³tesis cosmolÃ³gica geocÃ©ntrica era indudablemente cientÃ­fica, porque habÃ­a podido falsarse con certeza por Isaac Newton. A su vez, la teorÃ­a newtoniana era cientÃ­fica porque se reducÃ­a a un simple caso particular de la mÃ¡s amplia teorÃ­a einsteiniana y tambiÃ©n esta Ãºltima era cientÃ­fica en cuanto, y esto es lo que nos interesa en definitiva, fue refutada parcialmente por el Grupo Post-einsteniano de la Universidad de TurÃ­n, que, gracias al descubrimiento de las ondas ultrafotÃ³nicas, demostrÃ³ en 2515, hace exactamente dos aÃ±os, la posibilidad de superar, en teorÃ­a infinitamente, la velocidad de la luz. Y es tambiÃ©n sobre la base de este descubrimiento de que gracias a las ondas ultrafotÃ³nicas acortamos enormemente los tiempos de las comunicaciones interestelares como espero poder contactar finalmente con una civilizaciÃ³n alienÃ­gena.

SonÃ³ el timbre de fin de la clase.

âNos vemos el prÃ³ximo dÃ­a âhabÃ­a dicho el prof a modo de despedida y levantÃ¡ndose se habÃ­a dirigido a grandes pasos a su estudio.

Durante casi toda la hora habÃ­a estado nervioso porque, poco despuÃ©s de empezar la lecciÃ³n, su ayudante principal le habÃ­a advertido que habÃ­a llegado un mensaje de la ComisiÃ³n de FinanciaciÃ³n: casi seguro que era la decisiÃ³n que esperaba desde hacÃ­a meses.



âÂ¡Maldita sea!

Se habÃ­a oÃ­do al docente en toda la planta:

âÂ¡Burros fanÃ¡ticos! Â¡Esas ratas de sacristÃ­a, esos psÃ­quicos subdesarrollados creen que pueden mandar al diablo nuestra investigaciÃ³n! âBauer, cuyo rostro hacÃ­a un momento estaba completamente encarnado por la excitaciÃ³n, habÃ­a empalidecido despuÃ©s de acabar de leer el breve mensaje, luego se quedÃ³ sin palabras durante unos segundos, con la perilla leonada que le temblaba sobre el agudo mentÃ³n, y finalmente habÃ­a explotado. Le resultaban inconcebibles tanto la repuesta como la motivaciÃ³n: Â¡ademÃ¡s con letras mayÃºsculas, como para ofenderle!




Se rechaza la solicitud de fondos porque


EL PROYECTO ES MANIFIESTAMENTE ILÃGICO.

Fdo. El Presidente de la ComisiÃ³n

- Prof. Dra. Marisa Zanti -



âYo la mato, a esa imbÃ©cil âhabÃ­a expresado entonces el desilusionado catedrÃ¡tico, desplomando su corpachÃ³n sobre la butaca de su mesa, siempre con la larga perilla temblando sobre su barbilla.

Su ayudante principal, dÃ¡ndose cuenta en ese momento, por su recuerdo de tantas otras crisis nerviosas de ese hombre irascible, de que la escasez de aire en los pulmones le habrÃ­a impedido que la hiciera callar, habÃ­a intervenido finalmente:

âPerdone, profesor, pero me parece que puede recurrir, Â¿verdad?

âHmmmâ¦ âhabÃ­a casi gruÃ±ido el otro, sin responder.

Â«Ya, este es el momento en que debe enfurruÃ±arseÂ», habÃ­a razonado la doctora conteniendo la sonrisa y le habÃ­a dejado tranquilo. Como esperaba, despuÃ©s de un rato el profesor habÃ­a hablado:

âUsted entiende, querida Steiner, que esto nos impedirÃ¡ encontrar vida extraterrestre, quiÃ©n sabe durante cuÃ¡nto tiempo. Y sin embargo, con la nueva posibilidad de lanzar al espacio ondas ultrafotÃ³nicas, en lugar de las lentÃ­simas ondas de radio, estoy completamente seguro de que esta vez tendrÃ­amos Ã©xito. AdemÃ¡s, tambiÃ©n estoy seguro de que la respuesta a nuestro recurso serÃ­a tambiÃ©n negativa.

âNo entiendo por quÃ© nos han dicho que no.

âÂ¡Yo sÃ­ lo entiendo! âSe habÃ­a enfadado de nuevoâ: Por razones Â¡piense un poco! Re - li - gio - sas. Â¿Se da cuenta de quÃ© grupo de cretinos? Â¡Por razones religiosas!

âPerdone la ignorancia: Â¿quÃ© tiene que ver la religiÃ³n?

âLa ignorancia no es de usted: Â¡es de ellos! Â¡Estoy convencido de que esa es una comisiÃ³n de beatos, igual que es notorio que lo es la presidenta! Â¡Seguro que tambiÃ©n lo son todos los demÃ¡s! Tienen miedo de que tengamos Ã©xito, acabando asÃ­ con su fe: piense en dÃ³nde iba a acabar su religiÃ³n si descubriÃ©ramos seres inteligentes de otros planetas.



âÂ¡Maldita sea! Â¿Tiene Zanti de verdad tantas cosas que hacer? âEl profesor Bauer esperaba desde hacÃ­a veinte minutos, en pie, en el pasillo del Ãºltimo piso del Ministerio Mundial de la Ciencia: como un centinela, estaba parado delante de la puerta de la oficina de la presidenta de la comisiÃ³n.

Una hora antes habÃ­a subido a un aviÃ³n de lÃ­nea suborbital en ruta hacia ParÃ­s: querÃ­a, o mÃ¡s bien exigÃ­a, obtener explicaciones inmediatas. Iban a oÃ­rle si no eran exhaustivas.

âDespuÃ©s de todo, usted no tiene cita âhabÃ­a comentado con voz indiferente el robot ujier de la entrada, desde su puestoâ. Ya es mucho que la profesora haya aceptado recibirle.

En el rostro del cientÃ­fico habÃ­a aparecido una expresiÃ³n malvada. Se habÃ­a dirigido de inmediato hacia la mÃ¡quina plantÃ¡ndole los ojos en los objetivos. El autÃ³mata se habÃ­a echado atrÃ¡s acabando pegado a la pared. Sin embargo, si Bauer habÃ­a tenido antes una mala intenciÃ³n, no la habÃ­a expresado al llegar al ujier, sino que, mostrando en la boca una sonrisa forzada, le habÃ­a dicho en tono dÃ³cil:

âTe ruego que se lo pidas. Hmâ¦ Te lo agradecerÃ­a.

âÂ¡AsÃ­ estÃ¡ mejor! âhabÃ­a aprobado el otro y rÃ¡pidamente fue a llamar a la puerta de la presidenta. Luego, entreabriendo la puerta sin esperar respuesta y metiendo la cabeza en la habitaciÃ³n, habÃ­a poco mÃ¡s que susurradoâ: Profesora, ese Bauerâ¦

âSÃ­, ya he acabado âhabÃ­a respondido una voz femeninaâ. He oÃ­do los lamentos del profesor, pero estaba a punto de recibirlo: en un minuto, hazlo pasar.

âEl seÃ±or estÃ¡ servido âhabÃ­a dicho a Bauer el robot, colocÃ¡ndose delante de Ã©l con la mano derecha abierta, sobre la cual el profesor habÃ­a puesto un soft-dream, una especie de botoncillo elÃ©ctrico sintetizado por la industria precisamente para la relajaciÃ³n mental de los autÃ³matas.

Â«Este ya lo he soÃ±adoÂ», se habÃ­a dicho mentalmente el robot con decepciÃ³n, despuÃ©s de haberse introducido el botÃ³n elÃ©ctrico en la ranura pectoral apropiada y haber examinado la propina.

La presidenta era una mujer de unos setenta aÃ±os, flaca, de ojos cerÃºleos, pelo blanco muy corto, nariz larga y estrecha, boca pequeÃ±a y sin maquillaje: la Ãºnica coqueterÃ­a era la eliminaciÃ³n total de las arrugas con el mÃ©todo ambulatorio DarendhÃ¶rf.

Bauer, aunque sabÃ­a que no le iba a ser fÃ¡cil, se habÃ­a prometido mantenerse tranquilo. Al saludar a Zanti habÃ­a conseguido ademÃ¡s sonreÃ­r:

âNo entiendo por quÃ© no se ha aceptado nuestra solicitud: Â¡no me han explicado nada! Francamente, no veo por quÃ©â¦

ââ¦ Â¿Por quÃ© se trata de un proyecto ilÃ³gico? âLa presidenta habÃ­a sonreÃ­do a su vez desde el otro lado de la mesa, haciÃ©ndole una seÃ±al para que se sentara.

âJustamente. DespuÃ©s del descubrimiento de las ondas ultrafotÃ³nicasâ¦

â No se trata de eso, profesor. Se trata de filosofÃ­a. De hechoâ¦

âÂ¿QuÃ© diantres tiene que ver la filosofÃ­a? Umâ¦ perdÃ³neme, no quiero ser maleducado, solo entenderâ¦

A Bauer se le encendiÃ³ la cara:

âÂ¡Vaya, tal y como yo pensaba!

âEspere, profesor, porque no lo ha entendido. Sepa que casi todos los miembros de la comisiÃ³n, salvo otro y yo, son ateos como usted. Y se trata precisamente de esto: de que el ateÃ­smo no se concilia en absoluto con la probabilidad de que en nuestro cosmos haya otras criaturas inteligentes.

âÂ¿QuÃ© estÃ¡ diciendo? Â¡En todo caso es lo contrario! Hablemos claro: sois los creyentes los creyentes los que tenÃ©is miedo de que se encuentren extraterrestres y de esa manera se acabe vuestra trola religiosa âToda su cara estaba enrojecida.

âNi soÃ±arlo, profesor Bauer. Â¿CÃ³mo podrÃ­amos habernos impuesto el otro miembro y yo contra diez ateos? Pero si no se tranquiliza, harÃ© que le echen.

ââ¦ EstÃ¡ bien, siempre que me lo explique, pero si no me convenceâ¦

ââ¦ Â¿Me darÃ¡ un puÃ±etazo? âY se habÃ­a reÃ­do.

âNâ¦ no, naturalmente, pero en el recurso que presentarÃ­a, indudablemente me iban a oÃ­r.

âEstÃ¡ en su derecho y ahora escuche, si quiere. En cuanto a los principios religiosos que usted se teme, sepa, aunque esto se lo digo a puro tÃ­tulo informativo, que creemos que la RevelaciÃ³n se refiere exclusivamente al gÃ©nero humano y nunca a los innumerables proyectos posibles de Dios para el universo, incluida la creaciÃ³n de extraterrestres. Â¡SerÃ­a maravilloso encontrar otras posibles inteligencias! FÃ­jese en que se fuera atea, en lugar de posibles habrÃ­a dicho inverosÃ­miles.

Bauer habÃ­a sacudido la cabeza con desaprobaciÃ³n.

âSÃ­, de verdad. FÃ­jese bien: Â¿por quÃ© la comisiÃ³n nunca ha considerado, con una mayorÃ­a de diez contra dos que sigue su propia visiÃ³n atea, profesor, que creer en criaturas extraterrestres en nuestro cosmos serÃ­a ilÃ³gico y que probablemente serÃ­a un despilfarro acabar financiando la investigaciÃ³n?

âÂ¿Un despilfarro?

âEspere. Suponemos que su hipÃ³tesis como ateos es que la vida apareciÃ³ por puro azar, Â¿verdad?

âSe entiende que sÃ­.

âAsÃ­ que no parece muy probable en ese caso que exista un Ãºnico universo, el nuestro.

âPeroâ¦

âEspere. Usted sabe que en los Ãºltimos siglos se han encontrado millones de planetas que orbitan en torno a millones de estrellas y que ni siquiera uno ha sido capaz de alojar vida inteligente. Vidas inferiores sÃ­, pero superiores no. AdemÃ¡s a todos estos mundos les falta algo y, en primer lugar, en torno a ninguno de ellos orbita un satÃ©lite como nuestra Luna, sin la cual tampoco existirÃ­amos. Seguramente sabe que desde hace muchÃ­simo tiempo hay una relaciÃ³n inseparable entre nuestros dos mundos: cuando la Tierra era todavÃ­a muy joven e informe, otro plantea, mÃ¡s o menos de la masa de Marte, en lugar de asentarse en torno al Sol impactÃ³ con enorme violencia contra el nuestro, su materia se mezclÃ³, parte de ella se incorporÃ³ a nuestro mundo y otra parte de dicha combinaciÃ³n de elementos acabÃ³ en Ã³rbita, primero formando un anillo en torno a la Tierra, compactÃ¡ndose luego en un Ãºnico cuerpo y convirtiÃ©ndose en la Luna. Â¿Algo casual? Bueno, yo no dirÃ­a tanto. Sin embargo, es cierto que la Tierra sin la Luna no serÃ­a como es y, como he dicho, que nosotros tampoco lo serÃ­amos. En primer lugar, no habrÃ­a mareas, debidas a la atracciÃ³n lunar, esas mareas que influyeron enormemente en el nacimiento de la vida sobre la Tierra, ya que las formas biolÃ³gicas se desarrollan velozmente y de la mejor manera donde las condiciones ambientales son crÃ­ticas y, por tanto, se adaptan al perfeccionamiento genÃ©tico y al desarrollo cerebral: son por el contrario las situaciones estÃ¡ticas las que representan negatividad para la vida, porque hacen que las formas biolÃ³gicas elementales no evolucionen y acaben extinguiÃ©ndose. Sin embargo, los ocÃ©anos, sometidos a las imponentes mareas provocadas por la Luna, que en el pasado estaba bastante mÃ¡s cercana a nosotros y ejercitaba una atracciÃ³n mucho mayor, fueron en un pasado muy lejano los laboratorios mÃ¡s eficaces para el crecimiento de formas biolÃ³gicas cada vez mÃ¡s complejas. En segundo lugar, es a la Luna a la que se debe esa relativa estabilidad del clima terrestre en el curso de las estaciones, que ha permitido florecer la vida. Y tambiÃ©n el alternarse de las estaciones se debe al choque entre planetas del que derivÃ³ la Luna, ya que debido a Ã©l la inclinaciÃ³n del plano de rotaciÃ³n dejÃ³ de ser perpendicular a su plano orbital y obtuvo un Ã¡ngulo Ã³ptimo de 23Âº. AsÃ­ se produce la variaciÃ³n, a lo largo del aÃ±o, de la inclinaciÃ³n de los rayos del Sol y, por tanto, la sucesiÃ³n de las diversas estaciones. Eso no es todo: la Luna mantiene firme esa magnÃ­fica inclinaciÃ³n, con un efecto estabilizante sobre nuestra Ã³rbita, mientras que los cambios orbitales serÃ­an gravemente daÃ±inos para la vida.

âEste bien, presidenta, estoy de acuerdo con estas cosas, que evidentemente ya sabÃ­a y he escuchado solo por mi natural amabilidad.

La presidenta habÃ­a contenido la risa con dificultad, conociendo bien la rudeza del hombre que tenÃ­a delante.

El cual habÃ­a proseguido:

âEstarÃ¡ sin embargo de acuerdo en que solo porque no se haya encontrado hasta ahora no tiene por quÃ© no existir al menos un mundo como la Tierra que posea un satÃ©lite como la Luna y que orbite en torno a una estrella gemela de nuestro Sol. En todo el universo y Â¿quiÃ©n sabe? tal vez incluso en nuestra galaxia.

âEs verdad profesor, pero de hecho le he hablado de probabilidades, no de certezas: tambiÃ©n creo que su hipÃ³tesis basada en el mero azar, tiene una posibilidad muy baja y, entiÃ©ndalo bienâ¦ los fondos se dispensan mientras la posibilidad de Ã©xito no se considere Ã­nfima.

âUmâ¦

âEn el caso de la existencia de un Ser trascendente creador y ordenador del universo se podrÃ­a suponer la existencia de otras especies inteligentes en nuestro mismo universo. Indudablemente la cosa serÃ­a diferente si se demostrara la existencia de diversos universos paralelos al nuestro, esos universos que, ya a finales del milenio pasado, los cientÃ­ficos habÃ­an conjeturado sin poder demostrarlos experimentalmente en la realidad, ni siquiera hoy. Solo si existieran realmente esos cosmos se podrÃ­a considerar como no demasiado improbable la existencia, no por intervenciÃ³n divina, sino por azar, de otra vida inteligente en alguno de ellos. Si por tanto es necesario imaginar billones y billones de universos paralelos para hacer suficientemente creÃ­ble la apariciÃ³n de otras vidas inteligentes por mero azar es obvio que, para un cientÃ­fico ateo como usted, deberÃ­an excluirse lÃ³gicamente otras criaturas inteligentes en nuestro universo, el Ãºnico en que usted podrÃ­a investigar con las ondas ultrafotÃ³nicas.

âUmâ¦

âSolo la hipÃ³tesis de los cientÃ­ficos creyentes, como yo, de que haya un Ente personal, un Dios creador y ordenador, no hace improbable la idea de extraterrestres en nuestro universo y le vuelvo a asegurar que yo serÃ­a la primera en querer que se descubrieran, porque serÃ­a maravilloso encontrar otras criaturas de Dios. Por eso se ha equivocado completamente al pensar que fui yo la que denegÃ³ su solicitud.

ââ¦ Â¿Y si yo hubiera sido creyente?

âLos miembros de la comisiÃ³n son personas respetuosas con las teorÃ­as coherentes de los demÃ¡s. Como hombres con dudas, al ser cientÃ­ficos, saben que, segÃºn la epistemologÃ­a popperiana, no son cientÃ­ficas ni las hipÃ³tesis de los infinitos universos ni la del Ente creador, ya que ni Dios ni, al menos por ahora, otros universos son experimentables. Sencillamente se trata de teorÃ­as aceptadas en ausencia de otras mÃ¡s verosÃ­miles, hipÃ³tesis que tienen el 50% de probabilidad cada una: Es como en los tiempos del matemÃ¡tico Blaise Pascal y su apuesta por Dios al 50%. Si usted fuera creyente, profesor, indudablemente, en nombre de la duda cientÃ­fica y de la lÃ³gica, tambiÃ©n la mayorÃ­a atea de la comisiÃ³n, considerando ademÃ¡s su enorme fama, le habrÃ­a respondido que sÃ­, no pudiendo oponer mÃ¡s que el propio 50% asimismo no cientÃ­fico. Pero asÃ­, cuando usted se declara desde el inicio como ateoâ¦

ââ¦ Una hipÃ³tesis al 50%, Â¿ verdad? Ya, ya, despuÃ©s de todo es una idea que tambiÃ©n se podrÃ­a considerar, Â¿no es cierto? De hecho, escÃºcheme: inmediatamente, valiÃ©ndome del derecho de apelaciÃ³n, presentarÃ© una nueva teorÃ­a segÃºn una hipÃ³tesis deÃ­sta. Pero usted estÃ¡ segura de que luego me darÃ¡n los fondos, Â¿verdad?


CapÃ­tulo 4 (#ulink_5920965b-117f-5e55-a4f8-988e6d270bba)



âLa Espiral de Oro, seÃ±or Juez, era sin duda la meta acadÃ©mica mÃ¡s ardua de la Tierra, tan difÃ­cil de alcanzar que, antes de mÃ­, en cincuenta aÃ±os desde su instituciÃ³n, apenas un centenar de personas habÃ­an llegado a la meta. Era un objetivo esplÃ©ndido: el superlicenciado tenÃ­a derecho a una enorme renta a lo largo de toda su vida natural, con la que podÃ­a proseguir sus investigaciones tranquilamente, sin necesidad de trabajos lucrativos. Desde niÃ±o habÃ­a soÃ±ado con ella, desde que era un joven de diecisÃ©is aÃ±os que trabajaba en la tienda de mis padres en MÃ³dena: armas laser artesanales. No es que me desagradara ese trabajo, es que no me limitaba a seguir los diseÃ±os: muchas veces aportaba mejoras de mi invenciÃ³n a muchos modelos de fusiles y pistolas. Sin embargo mi sueÃ±o era dedicarme a la investigaciÃ³n pura, a tiempo completo. Por eso dedicaba al estudio horas nocturnas robadas al sueÃ±o. Pagaba, dedicando casi todo mi salario, las matrÃ­culas de las primeras universidades del mundo, en AmÃ©rica y Asia. PodÃ­a asistir al menos en parte a las lecciones a lo largo de la noche, aprovechando los diversos husos horarios de los continentes y gracias al aparato que me habÃ­a regalado mi padre, el Teletransporte InstantÃ¡neo de Seres Vivientes Green-Berusci. AsÃ­, con el paso del tiempo, examen a examen, una vez aprobada la selectividad general en Bolonia, obtuve primero la licenciatura en matemÃ¡ticas y fÃ­sica en Princeton y luego el doctorado superior en filosofÃ­a universal en Tokio. TenÃ­a entonces treinta aÃ±os. En todo ese tiempo no me habÃ­a concedido ninguna distracciÃ³n. HabÃ­a estado tan dedicado al estudio que ni siquiera habÃ­a me habÃ­a relacionado con mujeres y permanecÃ­a soltero. Se podrÃ­a decir que era un monje del saber. Entretanto, al haber muerto ya mi padre y mi madre y haber heredado su tienda, para mantenerme habÃ­a seguido con la profesiÃ³n, obteniendo bastante dinero y manteniendo la libertad de mi tiempo ante horarios inflexibles: sin duda no habrÃ­a tenido tal libertad si hubiera escogido una profesiÃ³n dependiente, como habrÃ­a sido la investigador en alguna instituciÃ³n. Por oro lado, esta habrÃ­a sido una actividad de mayor prestigio que la de armero. Pero esto no me importaba. Durante otros veinte interminables aÃ±os estudiÃ© y estudiÃ© para prepararme para las pruebas casi insuperables de la Espiral de Oro: estudiaba y fabricaba armas, fabricaba armas y estudiaba. Cuando por fin estuve listo, al inicio del aÃ±o pasado realicÃ© y aprobÃ© los tres niveles previstos de examen en MoscÃº, Roma y ParÃ­s y expuse la tesis general en Oslo. Â¡ConseguÃ­ por fin mi superdiploma! Ya habÃ­a cumplido cincuenta aÃ±os. En cuanto empezÃ³ a llegarme la magnÃ­fica renta de la Espiral, vendÃ­ la tienda y con lo obtenido compre material cientÃ­fico, alquilÃ© un laboratorio eficiente y amplio en Cambridge y finalmente me dediquÃ© a la investigaciÃ³n pura, apuntando esta vez al Premio Unificado Nobel-Green-Berusci, pero el sueÃ±o no durÃ³. Apenas dos meses despuÃ©s, seÃ±or juez, a causa del desgraciado lanzamiento al espacio de informaciones sobre la Tierra por parte del seÃ±or Bauer, usando las ondas ultrafotÃ³nicas, estallÃ³ la guerra y fuimos invadidos. Y una de las primeras disposiciones del gobernador militar fue, como por otro lado consiente la nueva ley, desviar para su persona todos los rendimientos de la Espiral de Oro. Para vivir busquÃ© entonces, en vano, un empleo apropiado para mi preparaciÃ³n: tanto en los institutos de investigaciÃ³n y las universidades como en las empresas, Â¡habÃ­a muchos jÃ³venes ansiosos en las colas en ese periodo de crisis econÃ³mica! Usted ya sabe cÃ³mo son todos los jÃ³venes: Â¡basta con que les disputes algo para que te esperen con un sublimador y te hagan desaparecer! Para comer, al no tener dinero, me vi obligado a vender mi material usado por cuatro perras. Por otro lado, al no poder pagar mÃ¡s el alquiler del laboratorio, tampoco habrÃ­a sabido dÃ³nde guardarlo. Finalmente, al ser uno de los poquÃ­simos expertos en armas artesanales, encontrÃ© trabajo junto a un joven armero de Londres que acababa de adquirir su taller a otros y todavÃ­a no conocÃ­a el oficio correctamente, reanudando asÃ­, aunque como empleado, el trabajo anterior. Â¡En resumen, algo muy distinto de mis amadas investigaciones! Toda una vida gastada para nada. Peor aÃºn, ademÃ¡s para descender de jefe a dependiente y a las Ã³rdenes de un inÃºtil. Me reconocomÃ­a la rabia cada vez mÃ¡s. Finalmente, hace cuatro dÃ­as, esta se desatÃ³. SabÃ­a que el dÃ­a siguiente, aniversario de la conquista, el gobernador iba a desfilar con otros dignatarios por Regent Street, asÃ­ que tomÃ© uno de los fusiles de la tienda y me apostÃ© en una ventana del tejado de la Biblioteca CÃ­vica en la que me habÃ­a escondido. Cuando pasÃ³ con un trineo aÃ©reo, le atravesÃ© con un rayo abrasador, tratando de dejarle una buena marca en el centro de la cabeza. CrÃ©ame: solo querÃ­a que sufriera un poco, no matarle. De hecho, a pesar de lo que diga el seÃ±or del ministerio pÃºblico, el rayo abrasante no mata. Para el gobernador habrÃ­a sido un castigo mÃ­nimo en comparaciÃ³n con mi sufrimiento espiritual. Y ademÃ¡s, seÃ±or juez, Â¡en realidad fallÃ©! Â¡En realidad, ahora que ha desaparecido mi ira, estoy encantado de que haya salido indemne! Mis padres tenÃ­an razÃ³n: Â¡la venganza, nunca! Es la enemiga de la justicia. Espero que usted, seÃ±or juez, quiera comprender la sinceridad de mi arrepentimiento. Sin embargo hay algo muy cierto y le ruego vivamente que me crea: la rebeliÃ³n polÃ­tica no tuvo nada que ver en absoluto con mi acciÃ³n.



DespuÃ©s de muchas horas, el magistrado habÃ­a vuelto a la sala con la sentencia.

âÂ¡Que se levante el acusado! âhabÃ­a ordenado el secretario de la sala.

Como prescribÃ­a la ley, el juez leyÃ³ con voz cortante:

âImputado Roberto Ferrari, le declaramosâ¦ Â¡culpable! y le condenamos a treinta aÃ±os de trabajos forzados en las minas de metano sÃ³lido de TitÃ¡n. Se levanta la sesiÃ³n.

El condenado se desplomÃ³ sobre la silla, con la cabeza entre las manos, abatido.

El magistrado, sin embargo, en lugar de irse le habÃ­a mirado largo rato. Luego con voz suave le habÃ­a querido decir, a tÃ­tulo personal:

âTengo una hija que, como usted, ama la sabidurÃ­a y estÃ¡ a punto de terminar su tercera licenciatura. Por tanto comprendo sus sentimientos, doctor Ferrari, pero para un atentado contra uno de nosotros no estÃ¡n previstas atenuantes. La ley es la ley y un juez no puede desatenderla. AlgÃºn dÃ­aâ¦ âaquÃ­ se habÃ­a contenido, pero le habrÃ­a gustado aÃ±adir: Â«â¦ tal vez los magistrado nos dedicaremos a limpiar legalmente a los planetas de esos polÃ­ticos ladrones, pretenciosos y militaristas que hacen leyes en su provecho y para su protecciÃ³n y roban a la gente honrada induciÃ©ndola a la anarquÃ­a. Pero por ahora estamos demasiado desunidosÂ».

El condenado habÃ­a levantado finalmente la cabeza y habÃ­a mirado al juez Virih Tril: tal vez se trataba de un efecto Ã³ptico y, sin embargo, le habÃ­a parecido que en uno de los cuatro ojos de ese probo magistrado extraterrestre brillaba una lÃ¡grima y que sus dos bocas temblaban un poco.


CapÃ­tulo 5 (#ulink_5920965b-117f-5e55-a4f8-988e6d270bba)



La Tierra se habÃ­a convertido en colonia del pueblo imperialista del planeta Larku, situado en la galaxia de AndrÃ³meda, a 2,538 millones de aÃ±os luz de la Tierra: alienÃ­genas con cuatro ojos, de los cuales normalmente dos estaban abiertos solo en la oscuridad, al ser sensibles al infrarrojo, un par de bocas, aunque la superior solo era aparente, con funciÃ³n exclusiva como nariz. En el resto eran similares a los seres humanos.

Â¡Que toda la culpa y la vergÃ¼enza recaigan sobre el profesor Otto Bauer de la Universidad de BerlÃ­n! Ese inconsciente, tras el descubrimiento de los rayos ultrafotÃ³nicos por parte del grupo post-einsteiniano de la Universidad de TurÃ­n, habÃ­a lanzado haces de rayos al espacio a velocidad por encima de la de la luz, para contactar con otras posibles especies inteligentes. Y los belicosos larkuanos, al recoger esos mensajes, no podÃ­an creer haber encontrado, sin esforzarse, un nuevo mundo habitable al que someter: despuÃ©s de un par de aÃ±os terrestres, habÃ­an aparecido en el Sistema Solar pertrechados con sus astronaves superfotÃ³nicas.

Se contaba que, entretanto, el cientÃ­fico habÃ­a esperado en vano respuestas de civilizaciones alienÃ­genas y que finalmente se habÃ­a lamentado continuamente ante su ayudante, lanzando cada vez mÃ¡s a menudo su invectiva habitual: Â«Â¡MaldiciÃ³n!Â» Hasta que un dÃ­a la habÃ­a llegado la respuesta, pero en forma de un rayo enemigo que le habÃ­a desintegrado junto con todo su laboratorio, por lo que no habÃ­a tenido tiempo de conocer su Ã©xito. Para los derrotados terrestre era una mÃ­sera compensaciÃ³n que fuera castigado por esas mismas criaturas que Ã©l mismo habÃ­a atraÃ­do a la Tierra.

Contra el planeta Larku no podÃ­a hacerse nada mÃ¡s que rendirse: ese pueblo no solo habÃ­a atacado por sorpresa, sino disponiendo de una tecnologÃ­a muy superior. Solo habÃ­a un punto en el que los larkuanos eran un poco inferiores: los terrestres tenÃ­an desde hacÃ­a tiempo cyborgs humanoides, los alienÃ­genas solo robots, feos y torpes. Sin embargo tambiÃ©n sus autÃ³matas eran eficientes. Se rumoreaba que se habÃ­an abstenido de construir cyborgs por razones religiosas. Por otro lado, poseÃ­an la ventaja de un armamento y una informÃ¡tica bastante mÃ¡s sofisticados y, sobre todo, mientras que los larkuanos viajaban por las galaxias, los terrestres apenas se habÃ­an expandido por el Sistema Solar con naves lentÃ­simas a fotones, con una velocidad mÃ¡xima en torno a tres cuartos de la velocidad de la luz: solo habÃ­a habido un caso, con un equipo de cyborgs, en direcciÃ³n al Ãºnica planeta de la estrella PrÃ³xima Centauri, expediciÃ³n inÃºtil porque ese mundo era una estrella perdida, similar a nuestro JÃºpiter, pero sin cuerpos celestes en Ã³rbita y se habÃ­a revelado no solo como inhabitable sino, a diferencia de Marte y de algunos satÃ©lites del propio JÃºpiter y de Saturno, completamente intransformable en un planeta habitable: habÃ­a sido un viaje inÃºtil a velocidad por debajo de la de la luz que habÃ­a durado una veintena de aÃ±os entre ida, exploraciÃ³n y retorno.

Tras el descubrimiento de la fuerza ultrafotÃ³nica, no habÃ­a habido tiempo de diseÃ±ar medios superlumÃ­nicos: solo de lanzar las daÃ±inas seÃ±ales. Por tanto habÃ­a sido imposible que las astronaves-tortuga terrestres se opusieran a los fulminantes vehÃ­culos alienÃ­genas. Esos bandidos de Larku habÃ­an atacado por todas partes; sobre la Tierra, sobre Marte y sus satÃ©lites, hasta la victoria. El ataque habÃ­a durado solo unas pocas horas. Los enemigos habÃ­an combatido en persona, usando los robots solo para funciones secundarias, mientras que las fuerzas armadas terrestres habÃ­an lanzado en su defensa cyborgs militares sin que el ejÃ©rcito humano se expusiera en la lÃ­nea de fuego: los robots habÃ­an sido inmediatamente desintegrados por el enemigo junto con las aeronaves militares que los transportaban y la humanidad se preguntarÃ­a por siempre: Â¿HabrÃ­amos perdido igual si hubiÃ©semos combatido nosotros mismos, en vez de delegar en esos humanoides electrÃ³nicos de escasa flexibilidad mental? Indudablemente sÃ­, habÃ­a sido siempre la conclusiÃ³n, pero al menos no habrÃ­amos sufrido ni la vergÃ¼enza ni el arrepentimiento.

La rendiciÃ³n habÃ­a sido incondicional. Los larkuanos habÃ­an nombrado inmediatamente sus gobernadores tirÃ¡nicos sobre la Tierra y sobre los demÃ¡s planetas y satÃ©lites del hombre.

Pueblo muy misterioso, no se habÃ­a conseguido saber casi nada de su historia. Los ocupantes vigilaban todos los medios de comunicaciÃ³n terrestre, vetando la transmisiÃ³n en directo y controlando y eventualmente censurando las noticias antes de hacerlas pÃºblica, asÃ­ que se conocÃ­a solo lo que los larkuanos no trataban de ocultar o querÃ­an difundir, noticias estas Ãºltimas que las centrales operativas alienÃ­genas transmitÃ­an hologrÃ¡ficamente a las redes de distribuciÃ³n de las televisiones, de las computadoras y de los minitelÃ©fonos proyectores de los terrestres, por ejemplo, la reapariciÃ³n de pintadas antilarkuanas en las paredes, pero con la advertencia de que los culpables serÃ­an localizados y castigados con severidad. Se habÃ­a sabido de los invasores, entre pocas otras cosas mÃ¡s, que tenÃ­an una Ãºnica religiÃ³n, a la que llamaban el Credo MisteriosÃ³fico. Y se sabÃ­a, porque a menudo los extraterrestres la invocaban incluso en pÃºblico, que adoraban a una entidad llamada Supremo del Cosmos. Se rumoreaba ademÃ¡s que el pueblo del planeta Larku se consideraba como el pueblo elegido y que, en lo que respectaba a los sometidos, consideraban inteligentes a algunos de ellos, no elegidos pero elegibles por mÃ©rito y se valÃ­an de ellos para ciertas tareas secundarias. El extravagante criterio de selecciÃ³n se basaba no tanto en las facultades intelectivas de la persona examinada, sino en primer lugar en la inmediata sumisiÃ³n a los colonizadores. A la mayorÃ­a de los terrestres se le habÃ­a considerado como un grupo entero de individuos sin alma. Se trataba, en suma, de una filosofÃ­a espiritual iniciÃ¡tica similar al antiguo gnosticismo de los terrestres. MÃ¡s en concreto, se parecÃ­a a esa importante variante alejandrina expresada por el teÃ³sofo Valentino, segÃºn la cual los seres humanos no estaban todos incluidos en dos Ãºnicas clases, como pensaban otros gnÃ³sticos, las de los mortales materiales, sin espÃ­ritu y por tanto sin resurrecciÃ³n a la vida eterna, y la de los espirituales, admitidos en la alegrÃ­a plena de la eternidad en el Reino trascendente que rodea a Dios y que emanaba de Ãl, llamado el Pleroma: para los valentinianos existÃ­a tambiÃ©n la categorÃ­a de los psÃ­quicos, individuos inteligentes que, si se elevaban en vida con la meditaciÃ³n y otras prÃ¡cticas, podÃ­an por los menos ascender despuÃ©s de la muerte a una vida eterna en una serena zona celeste apropiada en los confines del Pleroma. Los larkuanos no habÃ­an construido ningÃºn lugar de culto sobre los planetas que habÃ­an sido del hombre. Se rumoreaba, pero sin ninguna prueba, que tenÃ­an sus templos en las astronaves en Ã³rbita. Por turnos, una vez cada treinta rotaciones de la Tierra, equivalente a aproximadamente treinta y tres dÃ­as larkuanos, subÃ­an con sus teletransportes, mucho mÃ¡s potentes y sofisticados que los terrestres porque podÃ­an transportar a muchos larkuanos a la vez, reorganizÃ¡ndolos perfectamente a la llegada sin ninguna mezcla de Ã¡tomos de los diversos individuos. En esas ocasiones, llevaban vistosas vestiduras sacras. Los invadidos habÃ­an constatado tambiÃ©n, en primer lugar en su propia piel antes de rendirse, que, igual que entre los seres humanos, tambiÃ©n entre los invasores se encontraban los Â«malosÂ», como los definÃ­an los terrestres, egoÃ­stas y prepotentes, y los Â«buenosÂ», normalmente altruistas y bastante piadosos, incluso con el gÃ©nero humano. DespuÃ©s de una semana, todos habÃ­an comprendido que los dirigentes polÃ­ticos y militares larkuanos estaban sin duda todos entre los malos, mÃ¡s bien entre los despiadados: esta noticia habÃ­a sido difundida muchas veces por todos los medios, seguramente por encargo directo de los propios jefes larkuanos, a fin de que la conciencia de su maldad sirviera para mantener mejor el orden. TambiÃ©n se habÃ­a anunciado oficialmente que los ocupantes, sin duda por razones interesadas de orden pÃºblico, habÃ­an concedido a los ocupados una autonomÃ­a limitada, tanto religiosa como institucional: un poco como hacÃ­a el antiguo pueblo romano en las regiones de su imperio, por ejemplo en Judea. Naturalmente, esta autorizaciÃ³n se habÃ­a publicitado como un gesto de infinita magnanimidad. Las iglesias terrestres, por tanto, no se habÃ­an disuelto, sino solo se habÃ­an visto sometidas a un tributo en dinero, con la mÃ¡s absoluta prohibiciÃ³n para los jefes religiosos, bajo pena de muerte, de expresar opiniones polÃ­ticas. En lo que se referÃ­a a los centros urbanos, los administradores hasta el nivel de alcalde, cargo este Ãºltimo sometido a un prefecto larkuano, seguÃ­an siendo terrestres, pero elegidos de entre quienes los jefes larkuanos consideraban inteligentes de acuerdo con el criterio excÃ©ntrico de la sumisiÃ³n inmediata. Por el contrario, se habÃ­an aplicado a los ocupados las leyes de los invasores y los jueces humanos habÃ­an sido relevados y sustituidos por magistrado del planeta Larku.




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