Las Investigaciones De Juan Marcos, Ciudadano Romano
Guido Pagliarino






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Libro publicado por Tektime



Guido Pagliarino

Las investigaciones de Juan Marcos, ciudadano romano

Novela histÃ³rica

TraducciÃ³n del italiano al espaÃ±ol de Mariano Bas

Publicado por Tektime



1a ediciÃ³n de la obra, en italiano, en formato papel, Copyright Â© 2007-2012 Prospettiva Editrice.

Desde el 01-01-2013 los derechos de esta obra han retornado Ã­ntegramente al autor.

2a ediciÃ³n de la obra, en italiano, revisada y corregida en e-book Copyright Â© 2015 Guido Pagliarino y en libro en papel Copyright Â© 2016 Guido Pagliarino



La imagen que aparece en la portada es la reproducciÃ³n de una tÃ©mpera de Rafael en papel, montada sobre lienzo, que se encuentra en el Museo Victoria and Albert de Londres. Bajo el tÃ­tulo âSt Paul before the Proconsulâ, 1515; la obra tambiÃ©n se conoce en Italia como âElimas el mago es cegado por Saulo delante de Sergio Pauloâ o âLa conversiÃ³n del procÃ³nsulâ refiriÃ©ndose a los Hechos de los ApÃ³stoles, 13: 8-11.


Ãndice



Guido Pagliarino âLas investigaciones de Juan Marcos, ciudadano romanoâ, novela histÃ³rica (#ulink_980bca60-7abc-50bf-a0ea-bd48e023bd26)

Notas del texto (#litres_trial_promo)

Guido Pagliarino âPequeÃ±o diccionario histÃ³rico esencialâ  (#litres_trial_promo)


Guido Pagliarino (#ulink_ffe63f38-ca7f-553f-8075-21b54bb27b91)



Las investigaciones de Juan Marcos, ciudadano romano (#ulink_ffe63f38-ca7f-553f-8075-21b54bb27b91)

Novela histÃ³rica (#ulink_ffe63f38-ca7f-553f-8075-21b54bb27b91)


CapÃ­tulo I



El callejÃ³n resultaba extraÃ±amente luminoso, aunque el cielo era plomizo.

Juan Marcos caminaba a lo largo de una calle recta, empedrada como las calzadas romanas que le resultaban familiares y que descendÃ­an de JerusalÃ©n a Cesarea MarÃ­tima, pero no era una de ellas. El trazado se perdÃ­a en el horizonte, recorriendo un territorio desconocido, llano y casi desierto, con prunos amarillentos y podados y matas verdegrisÃ¡ceas que se movÃ­an con el ir y venir de vÃ­boras y circundadas por enjambres de moscardones cuyo zumbido continuo le molestaba en los oÃ­dos. No habÃ­a ningÃºn ser humano, aparte de Ã©l.

De repente Marcos se habÃ­a encontrado en una zona llena de fosas, como aquellas profundas que se excavan para enterrar inmundicias o carroÃ±a. Y en ese momento, sin haberlo advertido antes, habÃ­a visto, en esa misma tierra, insepulto, el cadÃ¡ver ensangrentado de un perro moloso negro, con la lengua fuera y los ojos vidriosos y habÃ­a oÃ­do un rumor proveniente de la fosa mÃ¡s cercana, como un pisoteo, un crujido, un frotamiento con las uÃ±as de un ser vivo que estuviera trepando penosamente: Â¿tal vez un animal herido y caÃ­do en el fondo que estaba todavÃ­a vivo y trataba de salir? Â¿Otro temible perro de presa? Â¿Y si era una fiera al acecho? HabÃ­a sentido un sudor grasiento y templado detrÃ¡s del cuello cuando otra posibilidad le habÃ­a hecho sentir un escalofrÃ­o en la espalda: Â¿Y si en su lugarâ¦ estaba allÃ­ a punto mostrarse un habitante del SheÃ²l? En ese mismo instante habÃ­a asomado del hoyo la cabeza de un hombre. Era JonatÃ¡n Pablo, su padre.

Tras salir de la fosa, el difunto se habÃ­a quedado en el borde de esta. ParecÃ­a tal cual Marcos le habÃ­a visto por Ãºltima vez muchos aÃ±os antes, cuando su padre habÃ­a partido para el viaje a Perga del que ya no volverÃ­a: treinta y seis aÃ±os, alto, esbelto, cabello tupido y larga barba castaÃ±a con algunos pelos ya blancos. Llevaba la misma tÃºnica marrÃ³n y la misma capa verde que llevaba en vida con una faja marrÃ³n.

Con los brazos apoyados a lo largo del cuerpo, tieso como una pÃ©rtiga, habÃ­a empezado sin preÃ¡mbulos uno de los sermones que solÃ­a dirigir a su hijo:

âQuerido Marcos, no estÃ¡s siguiendo la buena vÃ­a, sino el camino de la soberbia. Los nazarenos trabajan sin descanso para dar al mundo la buena nueva, mientras que tÃº continÃºas ocupÃ¡ndote solo de tus asuntos. SÃ­, es verdad que respetas los preceptos de la Ley, pero si esto bastaba para mÃ­, que no sabÃ­a, no puede valer para ti: ahora que la nueva estÃ¡ a tu alcance, debes recogerla y divulgarla, y mÃ¡s tÃº, al estar favorecido por la ciudadanÃ­a romana, que te da plenos derechos en el Imperio. Sigue por tanto el ejemplo de su primo, JosÃ© BernabÃ© y, cuando vaya a Perga a difundir la nueva, ve con Ã©l. Una vez que hayas llegado, antes que nada, honra mi tumba y luego investiga: descubrirÃ¡s quiÃ©n me asesinÃ³ y, gracias a ti, se harÃ¡ justicia.

âÂ¿Por quÃ© no me dices tÃº mismo quiÃ©n te matÃ³?

El padre no le habÃ­a respondido y, como si ni siquiera le hubiera oÃ­do, habÃ­a empezado a subir lentamente hacia el cielo, mientras entre el gris de las nubes se habÃ­a abierto lentamente una fisura de luz y Marcos se habÃ­a despertado.


CapÃ­tulo II



Hace diecisiete aÃ±os, en un dÃ­a de marzo del 781 a.U.c.1 (#litres_trial_promo) segÃºn el calendario romano, JonatÃ¡n, el padre de Marcos, fariseo, habÃ­a entrado radiante en su hermosa morada en JerusalÃ©n, de vuelta de Cesarea MarÃ­tima, donde residÃ­a el representante de Tiberio CÃ©sar para la provincia de Judea, SamarÃ­a e Idumea: despuÃ©s de mucho tiempo y dinero gastado en regalos a su protector, Marcos Pablo Rufo, ayudante del procurador Poncio Pilatos, finalmente se le habÃ­a concedido la ciudadanÃ­a romana. Estaba contento porque sus negocios se verÃ­an favorecidos y se enriquecerÃ­a todavÃ­a mÃ¡s, con la plena bendiciÃ³n del AltÃ­simo.

JonatÃ¡n habÃ­a nacido en Asiut, en el curso del Bajo Nilo, segundo hijo de una familia acomodada de agricultores. Al morir el padre, los terrenos pasaron al hermano mayor y por tanto Ã©l se habÃ­a dedicado al comercio de vino y dÃ¡tiles estableciÃ©ndose en JerusalÃ©n, donde habÃ­a frecuentado por entonces la casa de Hillel, maestro bÃ­blico originario de Babilonia. Durante esta estancia habÃ­a hecho amistad con otro alumno de esa escuela farisaica, Samuel, mÃ¡s anciano y padre de su futura mujer, MarÃ­a, de trece aÃ±os. Se trataba de una familia importante perteneciente a la tribu de LevÃ­ y ademÃ¡s descendiente del sumo sacerdote AarÃ³n, hermano de MoisÃ©s. MarÃ­a habÃ­a recibido una buena formaciÃ³n cultural de su padre, algo contrario a las costumbres de su tiempo para las hijas. DespuÃ©s del matrimonio, continuando con sus negocios comerciales, JonatÃ¡n habÃ­a trasladado su domicilio con su esposa a Salamina, donde residÃ­a el hermano de esta, un levita propietario de una finca, que les habÃ­a alojado provisionalmente. Pero meses despuÃ©s, en busca de mejores perspectivas, la pareja se habÃ­a mudado a KairuÃ¡n, en la Cirenaica, donde JonatÃ¡n habÃ­a comprado tierras a buen precio y donde habÃ­a nacido Marcos. Sin embargo, algunos aÃ±os despuÃ©s, la regiÃ³n habÃ­a sido invadida por belicosas tribus Ã¡rabes, obligando a huir a la familia. Sin perder el Ã¡nimo, el fariseo habÃ­a conducido a sus seres queridos a JerusalÃ©n, cerca de los padres de la esposa. Con monedas y joyas que MarÃ­a y Ã©l llevaban escondidas habÃ­a comprado un olivar en las cercanÃ­as de la ciudad, a la orilla del rÃ­o CedrÃ³n en GetsemanÃ­, obteniendo asÃ­ de nuevo bienestar familiar. En pocos aÃ±os habÃ­a agrandado la finca adquiriendo una viÃ±a en la otra orilla, comprando una casa y un bazar de telas.

âMe ha parecido bien aÃ±adir a mi nombre el de la familia de mi patrÃ³n âhabÃ­a comunicado JonatÃ¡n a su mujer MarÃ­a y a su Ãºnico hijo en cuanto entrÃ³ en su casa, antes de hacerse lavar los pies, sucios por las inmundicias de la calleâ. A partir de ahora serÃ© JonatÃ¡n Pablo y tambiÃ©n tu nombre, querido hijo, serÃ¡ latino, para que cuando te presentes ante los romanos puedan reconocerte como uno de ellos y favorecerte. Desde este momento eres Juan Marcos, ciudadano de Roma.

El joven hacÃ­a poco que habÃ­a cumplido trece aÃ±os, entonces era adulto, un Bar MitzvÃ¡, Hijo de la Ley dedicado a leer y comentar en la sinagoga los rollos de la Sagrada Escritura. Sin embargo, el padre, como si fuera todavÃ­a un niÃ±o pequeÃ±o, no habÃ­a dejado de recomendarle:

âPero cuidado: aunque ahora seas un ciudadano romano, no olvides nunca que eres un judÃ­o, Â¡sigue siempre los 613 Mitzvot, los santos Preceptos de la Ley! Y no adquieras nunca ninguna de las costumbres de nuestros dominadores.

En este momento le habÃ­a venido a la mente una sospecha. Se habÃ­a callado y habÃ­a mirado a su alrededor con circunspecciÃ³n, como si en la casa o mÃ¡s allÃ¡ del muro exterior pudiera esconderse algÃºn espÃ­a de Poncio Pilatos. Una vez seguro, habÃ­a continuado y se habÃ­a dedicado por completo a una de sus habituales y redundantes enseÃ±anzas a su hijo, que iban de la Ã©tica a la historia y en las cuales comparaba las santas costumbres farisaicas con aquellas reprobables de los gentiles:

âLos hebreos, hijo mÃ­o, hemos sido elegidos por el Cielo, mientras que los romanos, como los griegos, no resucitarÃ¡n debido a sus costumbres corrompidas: nuestros conquistadores vieron la corrupta Grecia como cuna de valores a incluir en su civilizaciÃ³n, pero junto con el saber entraron el Roma las costumbres morales nefandas de ese pueblo, que merecen el castigo del SeÃ±or âIndudablemente no bastaba con la exclamaciÃ³n maledicente. HabÃ­a continuadoâ: El severo emperador Augusto se opuso en vano a esas costumbres: corre la voz en Cesarea MarÃ­tima de que su heredero Tiberio se abandona a todos los vicios reunidos en su corte, sin diferenciarse en nada de los helenos, maestros del libertinaje. AsÃ­ que estar junto a los gentiles es la abominaciÃ³n de las abominaciones. Â¿QuÃ© decir por otro lado de la cultura grecolatina en sÃ­ misma? PoesÃ­a, filosofÃ­a, derecho estÃ¡n reservados a unos pocos privilegiados que tratan a la plebe como una cosa, por no hablar de cÃ³mo consideran a los judÃ­os, que nos vemos obligados a comprar la ciudadanÃ­a de la Urbe para prosperar âEn el fondo, se sentÃ­a culpable por su reciente adquisiciÃ³nâ. Y detrÃ¡s de los humanistas griegos y romanos, hasta donde alcanza la vista, hay una extensiÃ³n de lugareÃ±os miserables, en Roma como en Corinto, en AlejandrÃ­a como en Atenas, a los cuales, en una gran mayorÃ­a de casos, ni siquiera se les enseÃ±a a leer ni a contar âSe engallÃ³ algo mÃ¡sâ. Sin embargo, nosotros, los hebreos, Â¡ya con doce aÃ±os! somos instruidos en la sinagoga. Nosotros, hijos de Israel, somos todos de estirpe real, la del Creador, como sabemos por su Palabra, y no una masa como la plebe de la sociedad pagana. Y cualquiera de nosotros, como mi grandÃ­simo rabino Hillel de Babilonia, que era un simple leÃ±ador, puede continuar con sus estudios si un maestro le acoge como discÃ­pulo y ademÃ¡s puede aspirar a convertirse Ã©l mismo en rabino âUna vez recuperado el aliento, habÃ­a concluido por finâ: Â¡Que la justicia del AltÃ­simo fulmine a los pecadores impenitentes por los siglos de los siglos!

âAmÃ©n, amÃ©n âhabÃ­an respondido a coro hijo y esposa y finalmente esta, que habÃ­a estado todo el rato con una palangana en la mano lista para atender a su esposo, habÃ­a podido lavarle los pies.

Un par de meses despuÃ©s, el 23 de mayo, durante un viaje de negocios en Perga, donde trataba de adquirir los apreciados tapices del lugar en uno de los mercados ciudadanos, para revenderlos a un mayor precio en JerusalÃ©n, una ronda de policÃ­a encontrÃ³ el cadÃ¡ver de JonatÃ¡n Pablo, desplomado en uno de los callejones de la ciudad, apuÃ±alado en el corazÃ³n.

El asesino o los asesinos no habÃ­an sido encontrados.

No se habÃ­a robado la bolsa, asÃ­ que era difÃ­cil pensar en un atraco. Â¿Competencia inmoral en los negocios hasta llegar al homicidio? Â¿Una discusiÃ³n banal en la calle que acabÃ³ trÃ¡gicamente? Â¿O tal vez habÃ­a sido uno de esos fanÃ¡ticos patriotas hebreos: los zelotes? Â¿Le habÃ­an castigado por haberse convertido en ciudadano de Roma? Estas eran las preguntas que se habÃ­a hecho Marcos. Solo dieciocho aÃ±os despuÃ©s habÃ­a obtenido la respuesta y el motivo que descubrirÃ­a no estarÃ­a entre los imaginados, sino que serÃ­a otro absolutamente inesperado.


CapÃ­tulo III



Tres dÃ­as antes de la muerte de JonatÃ¡n Pablo, la nave proveniente de Cesarea MarÃ­tima, donde se habÃ­a embarcado el fariseo, habÃ­a echado el ancla en el puesto de Salamina de Chipre, ciudad donde vivÃ­a su sobrino polÃ­tico, el levita JosÃ©, llamado BernabÃ©, hijo del hermano de su mujer y agricultor como sus difuntos padres.

BernabÃ© habÃ­a alojado al tÃ­o durante esa noche y, al tener la intenciÃ³n de comprar en Perga en un futuro inmediato ciertas simientes preciadas, habÃ­a decidido en ese momento unirse a Ã©l para el resto del viaje.

HabÃ­an embarcado al dÃ­a siguiente en una nave mÃ¡s pequeÃ±a que aquella que habÃ­a llevado a JonatÃ¡n Pablo a Salamina, embarcaciÃ³n que, una vez cruzado el brazo de mar que separa a Chipre de la regiÃ³n de Panfilia, al tener una lÃ­nea baja de flotaciÃ³n podÃ­a remontar el rÃ­o Cestro hasta el pequeÃ±o fondeadero de Perga, en lugar de tener que quedarse en Atalia, el puerto marino de la ciudad.

Una vez en su destino, tras bajar al pequeÃ±o puerto, ambos habÃ­an visto, a lo largo de la calle que llevaba al interior, mujeres de diversas edades y jovencillos imberbes, semidesnudos unos y otras, ofrecerse a los transeÃºntes, tanto con palabras como tocÃ¡ndose el sexo o las caderas y moviendo estas simulando actos sexuales. El rÃ­gido fariseo, que por la experiencia de viajes precedentes lo habÃ­a esperado, habÃ­a estallado, seÃ±alando al cielo con el Ã­ndice vengador de la mano derecha:

âÂ¡Oprobio para el seÃ±or! Â¡Oh, tÃº que caminas sobre sobre la esfera de cristal del firmamento! Â¡Manda a tu Ã¡ngel de la muerte sobre todos estos impÃºdicos!

âAmÃ©n âhabÃ­a concluido el sobrino, pero en voz baja y sin fuerza.

Ese tono bajo hizo que el fariseo no quedara satisfecho con su pariente:

âÂ¡Pero BernabÃ©! Lo ves Â¿verdad? Ves lo que tengo que sufrir cada vez que vengo aquÃ­. Si no fuera porque en Perga encuentro las mejores telas, no vendrÃ­a aquÃ­, Â¿sabes? Â¿Te has dado cuenta de se nos echan encima incluso los efebos sodomitas?

El sobrino, entornando los ojos y haciendo con la boca una mueca de amargura, habÃ­a asentido dos veces con la cabeza.

Tranquilizado por fin, el tÃ­o habÃ­a levantado la cara lo mÃ¡s alta posible y alzado su voz hacÃ­a la esfera celestial, o al menos esa habÃ­a sido su intenciÃ³n:

âÂ¡AbominaciÃ³n de las abominaciones! Â¡AltÃ­simo SeÃ±or, salva a los pecadores arrepentidos, pero descarga tus maldiciones sobre quienes no se arrepienten! Â¡Hazlos arder con tu Ã¡ngel de la muerte con una tempestad de llamas, como sobre Sodoma y Gomorra!

âAmÃ©n âhabÃ­a respondido de nuevo el sobrino, esta vez alzando mucho la voz. Pero luego no se habÃ­a contenido y, sonriendo, habÃ­a continuadoâ: La tempestad ardiente solo cuando nos hayamos ido, Â¿eh?, porque si alguna lengua de fuego no diera en su objetivoâ¦

âBueno, buenoâ¦ ya se entiende âhabÃ­a aceptado JonatÃ¡n Pablo, que no tenÃ­a ningÃºn sentido del humor.

Dividiendo los gastos, habÃ­an alquilado una habitaciÃ³n en un pequeÃ±o albergue donde el fariseo solÃ­a alojarse, dirigido por el hebrero Mateo Bar BenjamÃ­n, quien, siguiendo las normas de pureza, servÃ­a comida kosher muy bien cocinada a sus correligionarios de paso y tambiÃ©n a diversos clientes no hebreos que, aunque no sujetos a las reglas judaicas, apreciaban su magnÃ­fico sabor.

Poco despuÃ©s de salir el sol en su Ãºltimo dÃ­a de vida, JonatÃ¡n Pablo habÃ­a tomado el desayuno en la fonda en compaÃ±Ã­a de sobrino, luego se habÃ­an separado para ocuparse cada uno de sus propios negocios, asÃ­ que en el momento de la agresiÃ³n el tÃ­o habÃ­a estado solo con su asesino. HabÃ­an quedado en encontrarse por la tarde en la fonda, que no estaba lejos del callejÃ³n donde una ronda de policÃ­a habÃ­a encontrado asesinado al padre de Marcos, para cenar y descansar hasta el alba, despuÃ©s de que el fariseo hubiera pagado y recogido sus telas y el levita sus sacos de simientes y, con las respectivas cargas, los parientes se habrÃ­an vuelto esa maÃ±ana con la misma nave que los habÃ­a llevado a Perga.

BernabÃ© habÃ­a pasado el dÃ­a visitando algunos mayoristas de semillas, con una breve pausa a mediodÃ­a para una comida ligera a base de fruta consumida en pie junto al vendedor. HabÃ­a elegido los granos apropiados en calidad y precio solo al final de la tarde. Tras dejar una fianza al suministrador, habÃ­a vuelto a la pensiÃ³n, llegando cuando el sol acababa de ponerse en el horizonte. En cuanto entrÃ³ supo por el hotelero, sin ningÃºn preÃ¡mbulo delicado, acerca del homicidio de su tÃ­o: Mateo Bar BenjamÃ­n, volviendo poco antes a casa de un encargo, habÃ­a pasado por la callejuela donde yacÃ­a el cadÃ¡ver, rodeado de hombres de una ronda de policÃ­a y habÃ­a reconocido al muerto como su propio cliente:

âLe habÃ­an matado hacÃ­a poco âhabÃ­a precisado al atÃ³nito levitaâ. Lo sÃ© porque uno de los guardias le estaba diciendo a sus colegas que le cuerpo seguÃ­a caliente. Luego lo subieron a una carretilla, imagino que inmediatamente âEra habitual que las rondas de orden pÃºblico llevaran al cuartel todos los cadÃ¡veres desconocidos que se encontraban por la calle, algo no infrecuente, donde se mantenÃ­an en depÃ³sito en un sÃ³tano hasta la maÃ±ana del dÃ­a siguiente, por si algÃºn pariente se presentaba a reconocerlos y reclamarlos. Si no, el muerto era sepultado en las primeras horas del dÃ­a siguiente en la fosa comÃºn de Perga.

Las funciones del organismo de policÃ­a de la ciudad, compuesto por un centenar de hombres al mando de un centuriÃ³n, eran similares a las de la Milicia de los Vigilantes de la Urbe, creada en el aÃ±o 7581 (#litres_trial_promo)bis (#litres_trial_promo) por Octavio CÃ©sar Augusto e imitada en diversas ciudades del Imperio. Ejercitaban funciones generales de policÃ­a y se encargaban de la prevenciÃ³n y extinciÃ³n de incendios, asÃ­ como, en relaciÃ³n con estas funciones, de la identificaciÃ³n y arresto de quien los hubieran provocado intencionadamente o por negligencia. La base de la actividad de la centuria eran las rondas continuas por la ciudad de escuadras de diez hombres. Gayo Tulio, comandante de la decuria que habÃ­a tropezado con el cuerpo de JonatÃ¡n Pablo, despuÃ©s de haber interrogado brevemente a los habitantes de la zona, que habÃ­an declarado no haber visto ni oÃ­do nada, habÃ­a renunciado a investigar: en esos tiempos era normal que la mayor parte de los delitos quedara impune y encontrar a los culpables sin sorprenderles en flagrante delito era improbable, casi tanto como identificar a una hormiga en un hormiguero.

El posadero habÃ­a indicado tambiÃ©n a BernabÃ© que habÃ­a dicho al decuriÃ³n que la vÃ­ctima era su cliente, aÃ±adiendo que avisarÃ­a al otro cliente, que compartÃ­a la habitaciÃ³n con la vÃ­ctima y era pariente suyo, para que, si querÃ­a, reclamara los restos.

Esa misma noche, a pesar de la oscuridad, con una linterna conseguida del hotelero, el sobrino del muerto se habÃ­a presentado en la sede de la milicia, que no estaba muy lejos, para reclamar el cuerpo de su tÃ­o. HabÃ­a hablado con el decuriÃ³n que estaba de servicio en el cuerpo de guardia. El suboficial le habÃ­a llevado al comandante del cuartel, un joven centuriÃ³n llamado Junio Marcelo. Este hombre, despuÃ©s de haber escuchado la solicitud de BernabÃ©, habÃ­a hecho llamar al decuriÃ³n Gayo Tulio y, en su presencia, habÃ­a dicho al levita:

âBien, me has dicho que te llamas JosÃ© BernabÃ© y eres de Salamina. Ahora me gustarÃ­a saber quÃ© habÃ©is venido a hacer a Perga la vÃ­ctima y tÃº.

âYo, a comprar semillas para mis campos, y el tÃ­o, telas para su bazar en JerusalÃ©n.

âHay una bolsa del muerto a recoger, dime cÃ³mo puedes demostrar que eres su sobrino.

âLo puede confirmar Mateo Bar BenjamÃ­n, dueÃ±o de la posada donde mi tÃ­o y yo hemos alquilado juntos una habitaciÃ³n.

Gayo Tulio se habÃ­a entrometido:

âComandante, Mateo Bar BenjamÃ­n es la persona que he citado en mi informe, que ha reconocido a la vÃ­ctima del homicidio y me ha dicho que informarÃ­a al sobrino.

âEstÃ¡ bien, de todos modos comprobaremos enseguida si ese sobrino es precisamente este hombre âSe habÃ­a vuelto a BernabÃ©â. TÃº entretanto dime dÃ³nde y con quiÃ©n has pasado hoy las Ãºltimas horas de luz.

ParecÃ­a que sospechaba de Ã©l, como habÃ­a deducido el levita con preocupaciÃ³n y habÃ­a dado el nombre del mayorista de granos.

El centuriÃ³n, una vez obtenidos los domicilios del comerciante y el posadero, habÃ­a ordenado a Gayo Tulio llevarse una guardia y acompaÃ±ar al levita a las residencias de los dos testigos para un careo.

El mayorista habÃ­a declarado que ese cliente habÃ­a estado con Ã©l hasta el atardecer, el posadero que BernabÃ© habÃ­a llegado al albergue inmediatamente despuÃ©s de ponerse el sol, antes de que el cielo estuviera oscuro y que el dÃ­a anterior el hombre y el difunto se habÃ­an presentado como parientes al tomar su habitaciÃ³n.

Una vez escuchado el informe de Gayo Tulio, el comandante habÃ­a concedido al sobrino confirmado retirar, al alba, el cadÃ¡ver de su tÃ­o. Le habÃ­a entregado de inmediato la bolsa, que contenÃ­a solo monedas de cobre, seis sestercios y dos dupondios, en uno de los dos compartimentos, el de la moneda fraccionaria, mientras que el otro, para las monedas de oro y los denarios de plata, estaba vacÃ­o. BernabÃ© sabÃ­a que el pariente debÃ­a haber tenido mucho dinero para pagar las telas y el viaje de vuelta y habÃ­a pensado en un hurto, no por parte del homicida, sino de los guardias. Â¿Del propio centuriÃ³n? HabÃ­a razonado: Â¿por quÃ© un ladrÃ³n callejero se entretendrÃ­a en tomar las monedas de valor, dejando la calderilla, en lugar de quedarse simplemente con la bolsa como hacen todos los rateros y huir antes de que pudiera aparecer alguien?

DespuÃ©s de una noche de sueÃ±o agitado, al abrir el bazar BernabÃ© habÃ­a comprado una sÃ¡bana, un sudario y ungÃ¼entos sepulcrales y llegado a un acuerdo con un par de griegos, albaÃ±iles, canteros y sepultureros que tenÃ­an una tienda en esa misma zona. HabÃ­a ido al puesto de policÃ­a con los dos sobre su carro, remolcado por una pareja de mulas, como habÃ­a notado molesto el levita: las normas hebraicas de pureza prohibÃ­an cruzar diversas especies de animales y tambiÃ©n valerse de sus hÃ­bridos, pero BernabÃ© no habÃ­a tenido elecciÃ³n en esa ciudad en su mayor parte pagana. Los enterradores, expertos tanto en funerales gentiles como hebreos, habÃ­an cargado sobre su carro al interfecto para una sepultura judÃ­a. El levita habÃ­a ordenado a los dos operarios que lavaran el cuerpo de su tÃ­o y lo ungieran con los aceites. Luego, despuÃ©s de haber elevado una oraciÃ³n, habÃ­a ordenado envolver el cuerpo en la sÃ¡bana. Con el carro, los tres vivos y el muerto habÃ­an llegado al cementerio, que se encontraba a media milla de Perga: se trataba de una caÃ±ada cubierta de rocas, prunos y arbustos que pasaba, a lo largo de un tercio de milla y con un centenar de codos de anchura, entre dos paredes rocosas salpicadas de pequeÃ±as cavernas a diversas alturas. Las tumbas se habÃ­an creado aÃ±adiendo a la naturaleza el trabajo del hombre, aprovechando las grutas que aparecÃ­an al nivel del suelo. DespuÃ©s de que el levita, de pie junto al carro, hubo recitado las Ãºltimas oraciones para el difunto, los sepultureros habÃ­an llevado el cuerpo, con la sÃ¡bana que lo envolvÃ­a, a una gruta todavÃ­a vacÃ­a donde lo habÃ­an depositado boca arriba. Luego habÃ­an cerrado el espacio con piedras recogidas en el lugar, a modo de ladrillos naturales, uniÃ©ndolas con cal. HabÃ­an dejado una apertura casi cuadrada a nivel de tierra de poco mÃ¡s de un codo y medio, desde la cual, arrastrÃ¡ndose, se habrÃ­a podido acceder al interior. Luego habÃ­an excavado el terreno junto a la tumba, una guÃ­a de cinco codos de larga y cerca de un palmo de ancha, la habÃ­an recubierto con pequeÃ±os guijarros planos y habÃ­an colocado y hecho girar, para cerrar el acceso, una lÃ¡pida cilÃ­ndrica, poco mÃ¡s estrecha que la guÃ­a y de un diÃ¡metro un poco mayor que la diagonal de apertura, rueda tumbal que habÃ­an tomado en la tienda de entre otras trabajadas previamente y donde, sobre lo que serÃ­a el lado externo, BernabÃ© habÃ­a hecho esculpir el nombre de su tÃ­o, tanto en arameo como traducido al alfabeto griego.

El levita habÃ­a dedicado los siete dÃ­as siguientes a purificarse de la contaminaciÃ³n del cadÃ¡ver, segÃºn la ley mosaica de pureza contenida en el libro de la TorÃ¡ Bemidba: Â«El que toque a un muerto, cualquier cadÃ¡ver humano, serÃ¡ impuro siete dÃ­as. Se purificarÃ¡ con aquellas aguas los dÃ­as tercero y sÃ©ptimo, y quedarÃ¡ puro. Pero si no se ha purificado los dÃ­as tercero y sÃ©ptimo, no quedarÃ¡ puroÂ».2 (#litres_trial_promo)

Completado el rito, al octavo dÃ­a se habÃ­a embarcado hacia Salamina con sus simientes. En casa habÃ­a escrito y enviado una carta a la mujer y el hijo de JonatÃ¡n Pablo con noticias detalladas sobre la tragedia. No les habÃ­a pedido que le pagaran, tras deducir el poquÃ­simo dinero del difunto que se habÃ­a guardado, los costes de la sepultura y la estancia forzosa en Perga por siete dÃ­as mÃ¡s: a diferencia de su tÃ­o, BernabÃ© consideraba el dinero como un mero instrumento y no como una gratificaciÃ³n del SeÃ±or a los justos. Por otro lado, seguÃ­a los 10 mandamientos de MoisÃ©s, el precepto del diezmo al templo y las normas de pureza, pero, como muchos otros correligionarios, no descendÃ­a a menudencias intolerantes pese a que, segÃºn los puntillosos doctores de la Ley, todos de origen fariseo, solo podÃ­an considerarse justos quienes se esforzaran por respetar, como habÃ­a hecho el padre de Marcos, todos los 613 preceptos de la Ley sin exclusiÃ³n, entre los cuales se encontraban ademÃ¡s obligaciones como aquella de recitar, cada vez que se retiraba al baÃ±o, esta oraciÃ³n de bendiciÃ³n: Â«Seas tÃº bendito, SeÃ±or nuestro rey del universo, que ha hecho al hombre con sabidurÃ­a y ha creado en Ã©l muchos orificios y agujeros. EstÃ¡ revelado y se conoce delante del Trono de tu Gloria que, si se abre alguno de estos o se cierra uno de aquellos, serÃ­a imposible vivir y permanecer delante de ti. Bendito seas SeÃ±or, que cuidas de todos los cuerpos y actÃºas magnificamenteÂ».3 (#litres_trial_promo)

Podemos entender cÃ³mo afectÃ³ la pÃ©rdida a la aflicciÃ³n del joven Marcos y su madre. La viuda MarÃ­a, cuando finalmente se tranquilizÃ³, vendiÃ³ en nombre del hijo, Ãºnico heredero de JonatÃ¡n Pablo, la tienda de telas, causa indirecta de la muerte del querido marido y padre, e invirtiÃ³ lo ganado en una buena parcela de terreno junto a la que ya poseÃ­an: habÃ­a razonado que, asÃ­, Marcos no tendrÃ­a que hacer viajes largos y peligrosos para adquirir mercancÃ­as. ProhibiÃ³ ademÃ¡s a su hijo viajar a Perga a visitar la tumba paterna, porque Â«muertos en casa, basta con unoÂ» y, mÃ¡s aÃºn, ir a buscar a los asesinos, como este habrÃ­a deseado:

âUna idea âle habÃ­a reprendido con durezaâ, completamente absurda, que solo se le podrÃ­a ocurrir a un niÃ±o como tÃº.


CapÃ­tulo IV



HabÃ­an pasado dos aÃ±os del homicidio y era el viernes 6 de abril de la semana de Pascua del aÃ±o de Roma de 783.4 (#litres_trial_promo) HacÃ­a poco que se habÃ­a puesto el sol y, con la primera oscuridad, se habÃ­a iniciado el dÃ­a pascual tanto para el pueblo como para la cerrada secta de los esenios, que calculaban la fecha de la Pascua siguiendo el calendario solar. Por el contrario, para las sectas de los saduceos y los fariseos el gran dÃ­a solo serÃ­a el dÃ­a siguiente, ya que establecÃ­an la ocasiÃ³n segÃºn el calendario lunar, en el que por tanto el 6 de abril solo era el parasceve, es decir, el dÃ­a de los preparativos.5 (#litres_trial_promo)

Un rabino originario de Nazaret de Galilea y doce seguidores se habÃ­an reunido en la primera planta de la casa amistosa de Marcos y su madre para celebrar la cena pascual en la ciudad santa de JerusalÃ©n, como estaba prescrito para todos los hebreos hacer cuando fuera posible. El cordero tradicional de Pascua que serÃ­a consumido por los trece al terminar el solemne convite lo habÃ­a comprado el discÃ­pulo del rabino y tesorero del grupo Judas Bar SimÃ³n, llamado el Iscariote,6 (#litres_trial_promo) y presentado en el templo, donde habÃ­a sido degollado ritualmente por un ministro del culto.

La viuda de JonatÃ¡n Pablo habÃ­a conocido al maestro nazareno en la cercana Betania en casa de las amigas Marta y MarÃ­a y su hermano LÃ¡zaro y, fascinada por el carisma de ese hombre, se habÃ­a convertido en su seguidora espiritual. Por simpatÃ­a, le habÃ­a cedido su propio comedor para que pudiera celebrar con los suyos la cena pascual en la ciudad, a cubierto de ojos enemigos. Su vida estaba de hecho amenazada por los miembros del consejo supremo judÃ­o de JerusalÃ©n, el sanedrÃ­n, en el que se sentaban sacerdotes, escribas y algunos ancianos de la comunidad, ricos potentados que conspiraban para arrestarlo cuanto antes y enviarlo al tribunal romano con una acusaciÃ³n susceptible de muerte, porque los habÃ­a criticado e injuriado pÃºblicamente en la plaza delante del templo. Para esos poderosos no se trataba solo de venganza: le temÃ­an porque sus enseÃ±anzas eran una amenaza continua para ellos. EnseÃ±aba de hecho, sin ambages, que en ningÃºn momento los jefes de la colectividad deben exigir ser alabados y servidos, sino que, por el contrario, deben estar a disposiciÃ³n del pueblo. Y afirmaba que el Eterno habÃ­a establecido que la pureza o impureza de un ser humano no estaba en el cumplimiento o no de los preceptos formales de la Lay, ni en el encargo de sacrificios animales para la adoraciÃ³n,7 (#litres_trial_promo) ni en las ofertas de primicias, ni en el desarrollo de los rituales inventados por los sacerdotes y doctores de la Ley para obtener prestigio y ganancias, sino en la elecciÃ³n entre amor y odio hacia el prÃ³jimo. Si estas enseÃ±anzas habÃ­an alarmado bastante a los jefes de Israel, por el contrario, habÃ­an entusiasmado a muchos como la viuda MarÃ­a.

El joven Marcos no estaba entre los seguidores del rabino, pero al ser oficialmente el amo de la casa y religiosamente mayor de edad desde hacÃ­a dos aÃ±os,8 (#litres_trial_promo) habrÃ­a tenido el derecho a sentarse en el lugar de honor sobre las esteras de la mesa pascual junto a los invitados. Sin embargo, habÃ­a renunciado a ello porque, siguiendo las costumbres farisaicas de su padre, Ã©l, junto con su madre y sus servidores, festejarÃ­an la Pascua la tarde siguiente y de hecho se habÃ­a sacrificado otro cordero en el templo para ellos. AsÃ­ que se habÃ­a dejado a los trece solos en el comedor, completamente libres para celebrar la fiesta entre ellos.

Inesperadamente, en un cierto momento de velada, uno del grupo, ese Judas que habÃ­a proporcionado el cordero, habÃ­a descendido a la planta baja con una fea mueca en el rostro, las mejillas enrojecidas y se habÃ­a dirigido a la puerta de la casa sin siquiera saludar a Marcos, que estaba en el vestÃ­bulo. El joven se habÃ­a preguntado si ese hombre habÃ­a recibido un encargo imprevisto y urgente del maestro y por su carÃ¡cter le agradaba mucho investigar sobre hechos oscuros. Evidentemente habrÃ­a querido ante todo descubrir a los asesinos de su padre, pero en ese momento lo consideraba inviable: faltaban varios aÃ±os para el sueÃ±o extraordinario que le incitarÃ­a a investigar. Al no ver volver a Judas, la curiosidad del joven habÃ­a aumentado. Cuando el grupo del nazareno habÃ­a dejado la casa siguiendo al maestro para irse a dormir, con autorizaciÃ³n de MarÃ­a, en la cabaÃ±a del olivar llamado GetsemanÃ­, que Marcos habÃ­a heredado, el jovencÃ­simo propietario habÃ­a dicho a la madre que acompaÃ±arÃ­a a los doce, se quedarÃ­a con ellos a pasar la noche y volverÃ­a con el alba: sospechaba interiormente que poco a poco averiguarÃ­a las razones de la salida imprevista del Iscariote y de la falta de su retorno.

MarÃ­a seguÃ­a protegiendo mucho a su hijo, como solÃ­an hacer las madres hebreas, al menos en esos tiempos. Alarmada, habÃ­a exclamado con tono acalorado, aunque sabiendo que sus palabras no servirÃ­an de nada contra la testarudez de joven:

âÂ¿Pero quÃ© vas a hacer allÃ­ de noche? Â¿Es posible que siempre hagas que me preocupe? Â¿Por quÃ© no escuchas por una vez a tu madre?

MarÃ­a tenÃ­a solo quince aÃ±os mÃ¡s que su hijo y era todavÃ­a una mujer bella, pequeÃ±a, pero de rasgos finos y un cuerpo exuberante que gustaba mucho en esos tiempos, y una vez terminado el luto habÃ­a recibido propuestas de matrimonio de varios viudos, tambiÃ©n porque heredarÃ­a otros bienes a la muerte de sus padres: propuestas todas rechazadas porque la mujer habÃ­a decidido dedicarse enteramente a Marcos.

Con el rostro triste, sin aÃ±adir mÃ¡s palabras, la madre habÃ­a ordenado a los sirvientes preparar lo necesario, tres linternas para iluminar el camino y trece telas de lino en las que envolverse para dormir. Cuatro de los discÃ­pulos habÃ­an cargado la ropa blanca, tres habÃ­an tomado cada uno una lÃ¡mpara encendida y el grupo se habÃ­a ido detrÃ¡s del maestro, con Marcos a la cola, que se habÃ­a ido ignorando a su madre. MarÃ­a se habÃ­a quedado justo fuera de la puerta y habÃ­a seguido en silencio su paso, con los ojos humedecidos, acompaÃ±Ã¡ndolo solo con la mirada hasta que el grupo desapareciÃ³ de la vista.

El rabino nazareno estaba silencioso, sumido en graves pensamientos. Los suyos, para no molestarle, hablaban en voz baja y a Marcos le parecÃ­an inquietos: Â¿tal vez temÃ­an un arresto? Sin embargo, razonaba el joven, era imposible que esos hombres fueran localizados en el olivar, fuera de la ciudad y en la oscuridad e indudablemente estarÃ­an a salvo si, antes de amanecer, dejaran la zona y se volvieran a su Galilea. MÃ¡s todavÃ­a, aÃ±adÃ­a para sÃ­, porque, tras haber cumplido con la obligaciÃ³n de la fiesta pascual en JerusalÃ©n, no tenÃ­an ningÃºn otro motivo para quedarse.

Marcos no habÃ­a resistido mucho y habÃ­a preguntado uno de ellos, algo menor que los demÃ¡s, Juan Bar Zebedeo, que estaba a la cola del grupo a su lado y era el Ãºnico que parecÃ­a completamente tranquilo:

âÂ¿Por quÃ© tu condiscÃ­pulo ha abandonado casi corriendo la cena y no ha vuelto?

âHa recibido un encargo imprevisto del maestro âhabÃ­a respondido el otro, confirmando su hipÃ³tesisâ, pero no sabrÃ­a decirte cuÃ¡l, porque le ha hablado en voz baja. SÃ© que, en un tono mÃ¡s alto, le ha exhortado finalmente diciÃ©ndole: Â«Â¡Lo que tengas que hacer, hazlo rÃ¡pido!Â». HabÃ­a supuesto que le habÃ­a enviado a buscar mÃ¡s provisiones, pero, visto que Judas no ha vuelto todavÃ­a, ahora no sÃ© quÃ© pensar, ni me atrevo a preguntÃ¡rselo al rabino.

HabÃ­a intervenido Jacobo Bar Alfeo, pariente del maestro, que marchaba justamente delante de los dos y, girando al cabeza habÃ­a susurrado a su condiscÃ­pulo:

âNo estoy en absoluto tranquilo desde que en la cena el rabino nos ha anunciado que uno de nosotros le traicionarÃ¡ y Ã©l serÃ¡ arrestado, mientras que nosotros huiremos.

âÂ¿No podrÃ­a ser Judas el traidor? âhabÃ­a intervenido Marcos.

âNo âhabÃ­a considerado Bar Alfeo, siempre en voz bajaâ, Â¿le harÃ­a el maestro un encargo de confianza su hubiera sospechado de Ã©l? Y, ademÃ¡s, solo despuÃ©s de que Judas se ha ido nos ha dicho que le abandonarÃ­amos, asÃ­ que pienso que el renegado estÃ¡ entre nosotros once, aunque sin duda no soy yo.

ââ¦ Â¡Ni mucho menos yo! âse habÃ­a picado Juan, como si el otro hubiera sospechado de Ã©l, y habÃ­a proseguidoâ: Te has olvidado de aÃ±adir que el maestro tambiÃ©n ha dicho que uno de nosotros sin embargo no huirÃ¡ y estarÃ¡ con Ã©l hasta su muerte y creo que serÃ© ese discÃ­pulo âSu voz apasionada habÃ­a atraÃ­do la atenciÃ³n de todo el grupo, incluido el rabino, que se habÃ­a detenido y girado hacia Ã©l. En este momento habÃ­a empezado un vocerÃ­o en torno al maestro, en primer lugar, por parte de un tal SimÃ³n Pedro, que habÃ­a exclamado:

âÂ¡No te abandonarÃ© nunca, nunca, nunca!

Su hermano AndrÃ©s, para no ser menos habÃ­a dicho con furor:

ââ¦ Â¡Y no pienses que yo me irÃ©, rabbonÃ¬! âPalabra que significa maestro mÃ­o e imprime la mÃ¡xima devociÃ³n posible hacia el propio rabino.

De Jacobo Bar Alfeo habÃ­a salido un grito, o casi:

âÂ¡No escuchÃ©is a Juan! Yo soy el que no le abandonarÃ¡.

Uno de nombre Tadeo habÃ­a dicho:

âÂ¿Y quiÃ©n podrÃ­a abandonar a un maestro como tÃº?

En resumen, uno por uno, todos habÃ­an prometido fidelidad absoluta, asÃ­ que, como si se hubieran puesto de acuerdo antes, habÃ­an dicho al unÃ­sono:

âÂ¡Ninguno de nosotros te abandonarÃ¡ nunca, oh, rabbonÃ¬!

âPedro, tu que has prometido el primero, has de saber que, antes de que el gallo cante dos veces, tÃº me habrÃ¡s negado tres âhabÃ­a profetizado el maestroâ, y como os habÃ­a anunciado, todos vosotros escapareis dentro de poco, salvo uno: y ahora os digo que este es el joven Juan âLuego, tras dar la orden de no hablar mÃ¡s, el maestro se volviÃ³ a sumir en sus propios pensamientos.

Llegados al terreno de GetsemanÃ­, Marcos y ocho de los once habÃ­an entrado en la amplia cabaÃ±a de las herramientas y se habÃ­an tumbado en el suelo, en las zonas libres de utensilios, para dormir. Por el contrario, los discÃ­pulos SimÃ³n Bar IonÃ¡, llamado Pedro y los hermanos Juan y Jacobo Bar Zebedeo, obedeciendo una orden del maestro, habÃ­an intentado en vano mantenerse despiertos en oraciÃ³n con Ã©l entre los olivos.

Apenas un par de horas mÃ¡s tarde, en el momento mÃ¡s oscuro de la noche, se habÃ­a sabido que el traidor anunciado era Judas, como habÃ­a sospechado Marcos. Entonces habÃ­a aparecido el Iscariote a la cabeza de unos guardias del sanedrÃ­n que empuÃ±aban espadas y bastones y habÃ­a identificado al rabino, que habÃ­a sido arrestado. Sabiendo la intenciÃ³n del maestro de subir al olivar por la noche, el malvado discÃ­pulo debÃ­a haber informado a los jefes de Israel, que habÃ­an visto la posibilidad de poder arrestar secretamente al odiado y peligroso nazareno aprovechando la oscuridad y el aislamiento de la zona, sin correr el riesgo de una sublevaciÃ³n de la gente que simpatizaba con Ã©l. En realidad, al dÃ­a siguiente, sujeto como siempre a las Ãºltimas sugerencias superficiales instigadas por los agentes del sumo sacerdote CaifÃ¡s, esta pedirÃ­a a Pilatos que el arrestado fuera eliminado.9 (#litres_trial_promo)

A Judas, como se sabrÃ­a luego en JerusalÃ©n, le habÃ­an dado como recompensa treinta monedas de plata, el precio de un esclavo robusto o de un pequeÃ±o terreno. La exhortaciÃ³n que le habÃ­a lanzado el maestro, Â«Lo que tengas que hacer, hazlo rÃ¡pidoÂ», podÃ­a tener ademÃ¡s un significado. PodÃ­a tratarse, como habÃ­a pensado Marcos, del deseo del nazareno de no estar mucho tiempo presa de la ansiedad: el rabino debÃ­a haberse dado cuenta de que no tenÃ­a escapatoria, de que entonces, al ser muy odiado por los jefes de Israel por sus innumerables ataques contra ellos, aunque hubiese huido le habrÃ­an encontrado y, por tanto, que era inevitable su martirio. Una vez conocida la voluntad de Judas de denunciarlo, debÃ­a haberla considerado una liberaciÃ³n de la angustiosa espera y, por tanto, tras informar al discÃ­pulo que sabÃ­a todo, debÃ­a haberlo exhortado a no demorarse.

Con el alboroto que habÃ­a seguido a la llegada de los guardias, los nueve que reposaban en la cabaÃ±a se habÃ­an despertado y habÃ­an corrido a ver quÃ© pasaba. Marcos, que para estar mÃ¡s cÃ³modo dormÃ­a sin ropas envuelto en la tela, habÃ­a salido en ese estado. Un soldado, temiendo que escondiera un arma bajo la sÃ¡bana, se la habÃ­a arrancado violentamente y el joven, desnudo, habÃ­a huido precipitadamente en la oscuridad. Se habÃ­a parado algo mÃ¡s allÃ¡ para recuperar el aliento, junto a un olivo pluricentenario, rechinando los dientes por el frÃ­o de la noche y maldiciendo su costumbre de dormir desnudo. HabÃ­a oÃ­do pasar a muchos hombres huyendo: habÃ­a sabido enseguida que se trataba de los discÃ­pulos del arrestado, que, despuÃ©s de haberle prometido que no le abandonarÃ­an nunca, estaban escapando precipitadamente. Mucho tiempo despuÃ©s, cuando estuvo completamente seguro de que los guardias habÃ­an abandonado el lugar del arresto y GetsemanÃ­ habÃ­a quedado desierto, el joven habÃ­a vuelto a la cabaÃ±a a recuperar sus ropas. Tras vestirse, se habÃ­a dirigido a su casa con cautela. Una vez llegado, habÃ­a relatado los Ãºltimos acontecimientos a su madre, que, en cuanto se dio cuenta del peligro que habÃ­a corrido marcos, le habrÃ­a gritado con gran severidad;

âÂ¿Has visto quÃ© pasa cuando desobedeces a tu madre? Â¡SÃ© un buen hijo! Â¿Por quÃ© eres tan malo conmigo? âSolo despuÃ©s de desfogarse se habÃ­a preocupado por el maestro arrestado.

Madre e hijo habÃ­an conocido el resto de los acontecimientos por los discÃ­pulos del rabino Pedro y Juan: los once, como el propio Marcos, habÃ­an huido en la oscuridad tras el arresto, pero nueve habÃ­an vuelto rÃ¡pidamente uno a uno al comedor, mientras que los dos primeros habÃ­an seguido a escondidas los acontecimientos hasta el alba. Luego Pedro se habÃ­a refugiado en casa de MarÃ­a y Marcos y les habÃ­a referido lo que habÃ­a visto, mientras que Juan habÃ­a asistido ademÃ¡s a la muerte del nazareno en la cruz antes de volver y narrar el Ãºltimo acto de la tragedia. En resumen: esa noche el rabino habÃ­a sido condenado oficiosamente por aquellos miembros del sanedrÃ­n que habÃ­a podido reunir en la oscuridad el sumo sacerdote en su propio palacio y luego, con las primeras luces, este habÃ­a sido conducido atado ante el procurador Poncio Pilatos para obtener una sentencia oficial de muerte por sediciÃ³n, condena capital que, segÃºn los acuerdos con Roma, el sanedrÃ­n no podÃ­a imponer nunca, ni reunido informalmente y sin todos sus miembros, como en ese caso, ni haciÃ©ndolo oficialmente y en sesiÃ³n plenaria. Pilatos, para apaciguar a la multitud instigada por los sacerdotes, habÃ­a hecho flagelar al prisionero horriblemente y luego le habÃ­a condenado a la muerte en la cruz en el lugar de las ejecuciones, la pequeÃ±a colina cerca del exterior de las murallas llamada Calvario.

En la maÃ±ana del tercer dÃ­a despuÃ©s de la muerte del maestro nazareno, algunas seguidoras que habÃ­an participado en su sepultura y conocÃ­an la ubicaciÃ³n de su sepulcro se habÃ­an acercado para rendir los honores fÃºnebres al cadÃ¡ver, ungiÃ©ndolo, algo que no habÃ­a sido posible cuando estaba colgado en la cruz, antes de la puesta de sol del viernes y por tanto poco antes del sÃ¡bado, dÃ­a del sagrado reposo de los hebreos. De forma completamente inesperada, las valientes mujeres habÃ­an encontrado abierta la tumba y, como testimoniarÃ­an luego, sin ser creÃ­das, habÃ­an visto a un hombre joven vestido de blanco, sentado sobre la piedra sepulcral, que se habÃ­a vuelto hacia ellas afirmando que el crucificado habÃ­a resucitado y pidiendo que dieran a los once la orden del maestro de volver a Galilea, donde le volverÃ­an a ver. HabÃ­an quedado estupefactas y en lugar de obedecer habÃ­an vagado sin rumbo por JerusalÃ©n. Finalmente, una de ellas, una tal MarÃ­a originaria de Magdala, al pasar por delante de la casa de MarÃ­a la viuda, su amiga, se habÃ­a decidido a entrar para contar lo acaecido. La madre de Marcos le habÃ­a llevado hasta los once, a quienes finalmente la mujer magdalena habÃ­a referido los Ãºltimos hechos extraordinarios. Todos, salvo el joven discÃ­pulo Juan, habÃ­an permanecido incrÃ©dulos y se habÃ­an dicho unos a otros algo asÃ­: Â¿CÃ³mo se podÃ­a confiar en las mujeres? Ni siquiera tienen derecho a dar testimonio en un juicio salvo sobre cosas banales, imaginaos si es posible creer esa noticia. Â¿Un mensajero del cielo? Histeria femenina. TambiÃ©n Marcos se habÃ­a mostrado escÃ©ptico, aunque guardando en su mente las palabras de la mujer. Juan sin embargo habÃ­a querido ir al sepulcro y Pedro, movido por la curiosidad, se habÃ­a armado de valor y le habÃ­a seguido. Les habÃ­a guiado MarÃ­a de Magdala, porque, al no haber participado en la sepultura, no conocÃ­an la tumba. La habÃ­an encontrado realmente abierta y vacÃ­a, salvo por las telas sepulcrales.

âÂ¿Un robo del cadÃ¡ver por parte del sanedrÃ­n? âhabÃ­a propuesto Pedro a Juan.

DespuÃ©s de haber reflexionado, habÃ­an concluido que los jefes de Israel no habrÃ­an conseguido ninguna ventaja con la desapariciÃ³n del cuerpo: por el contrario, no habrÃ­an querido que se diera crÃ©dito a voces de prodigio. Los dos habÃ­an razonado tambiÃ©n que habrÃ­a sido mucho mÃ¡s cÃ³modo para los ladrones, y completamente natural, llevarse el cuerpo envuelto en la sÃ¡bana, no desenvolverlo primero y luego transportarlo. Y ademÃ¡s, habÃ­an advertido que el tejido fÃºnebre de lino en el que se habÃ­a envuelto el cadÃ¡ver no yacÃ­a en desorden, sino sencillamente arrugado, como si el cuerpo se hubiera desvanecido en su interior. HabÃ­an concluido que, a menos que algunos desconocidos hubieran organizado una puesta en escena por motivos misteriosos, el crucificado debÃ­a haber resucitado de verdad.

âHay suficiente oscuridad como para no creerlo, querido Juan, pero hay claridad bastante como para creerlo âhabÃ­a dicho Pedro, mÃ¡s para sÃ­ que para su compaÃ±ero.

Al dÃ­a siguiente los once habÃ­an partido hacia Galilea, no solo por la posibilidad de que su maestro se les apareciera realmente, sino para evitar finalmente los peligros.

En cuanto a Judas Iscariote, habÃ­a corrido la voz en JerusalÃ©n de que se habÃ­a suicidado despuÃ©s de haber devuelto el precio del vendido y haber pedido en vano ser juzgado por el sanedrÃ­n como mentiroso acusador de un hombre justo. Marcos, al oÃ­r estos rumores y habiendo sabido por Juan que el traidor se habÃ­a unido al entorno de los zelotes revolucionarios, habÃ­a supuesto que habrÃ­a denunciado al nazareno pensando que el arresto habrÃ­a causado una sublevaciÃ³n popular que habrÃ­a puesto al maestro en el trono de Israel y Judas se habrÃ­a reafirmado en su idea cuando el propio rabino no solo le habÃ­a dicho que conocÃ­a sus intenciones, sino que, ademÃ¡s, le habÃ­a exhortado a no entretenerse. A la vista de lo opuesto del resultado, el traidor se habrÃ­a sentido culpable segÃºn las leyes de MoisÃ©s por haber denunciado a un inocente y, como el sanedrÃ­n no le habÃ­a querido procesar y condenar, se habrÃ­a ajusticiado a sÃ­ mismo. Marcos tenÃ­a un buen corazÃ³n, pero el juicio moral de muchos sobre Judas habrÃ­a sido de condena absoluta.

Un dÃ­a los hechos recogidos por Marcos en esos dÃ­as y otras noticias sobre el maestro nazareno que habrÃ­a obtenido de Pedro se reunirÃ­an en su librito Evangelio de Jesucristo, hijo de Dios: serÃ­a el propio Marcos el que inventarÃ­a el gÃ©nero literario del evangelio, es decir, la buena nueva. Pero eso ocurrirÃ­a muchos aÃ±os despuÃ©s, mÃ¡s allÃ¡ de nuestra historia.

Dos semanas despuÃ©s de haber dejado JerusalÃ©n, los once habÃ­an vuelto y habÃ­an llamado a la casa de Marcos y su madre. Les habÃ­an contado que JesÃºs de Nazaret se les habÃ­a aparecido realmente en Galilea, ordenÃ¡ndoles volver a JerusalÃ©n a predicar la buena nueva de su resurrecciÃ³n y de la salvaciÃ³n eterna para los seres humanos, y de extenderla a continuaciÃ³n a todas las naciones.

Marcos se habÃ­a mostrado incrÃ©dulo. HabÃ­a sugerido a Pedro:

ââ¦ Â¿Y si pura y sencillamente habÃ©is sufrido alucinaciones?

âEstamos seguros de que no âhabÃ­a respondido el jefe de los discÃ­pulosâ. Todos tenemos ahora luz mÃ¡s que suficiente para creer, aunque comprendo que para ti y para cualquiera que no haya visto al maestro resucitado haya oscuridad bastante como para no creer. Â¿Sabes? Creo que siempre serÃ¡ asÃ­: luz y sombra, confianza y desconfianza en nuestro testimonio sobre JesÃºs resucitado nos acompaÃ±arÃ¡n hasta el fin del mundo.

A diferencia de Marcos, MarÃ­a habÃ­a glorificado al maestro, completamente convencida de que habÃ­a resucitado de verdad, aunque no le hubiera visto. Los apÃ³stoles, es decir, los enviados como, como ya se definÃ­an los once, le habÃ­an pedido que rogara al hijo que consintiera tenerlos como huÃ©spedes. El joven, a pesar de su escepticismo personal, habÃ­a aceptado por amor a su madre. AsÃ­ que su casa se habÃ­a convertido en la sede de la direcciÃ³n de la reciÃ©n nacida Iglesia.

Sin estas oportunidades y contactos, Marcos nunca se habrÃ­a encontrado en disposiciÃ³n de poder investigar sobre el asesino de su padre.


CapÃ­tulo V



Cumplidos los veinte aÃ±os, el joven se habÃ­a casado con la Ãºnica hija de Pedro, Ester, de catorce aÃ±os. El matrimonio habÃ­a sido acordado por los respectivos padres, como entonces era habitual en Israel. Se trataba de una buena chica que, sometida al marido como era normal entre las esposas judÃ­as en aquel tiempo, se veÃ­a parcialmente recompensada, como todas ellas, ejercitando una autoridad fÃ©rrea sobre los hijos menores de edad y, a veces, tratando de influir sobre ellos posteriormente, igual que trataba de hacer MarÃ­a con Marcos, aunque con poco Ã©xito. Ester habÃ­a aceptado las enseÃ±anzas religiosas de su padre y creÃ­a en Jesucristo resucitado. A diferencia de su suegra, su cultura era casi nula, pero, en ese entorno antiguo, eso se consideraba normalmente como un mÃ©rito mÃ¡s que un defecto en una mujer. Iba a dar hijos a Marcos y, a causa de los muchos viajes que el marido emprenderÃ­a aÃ±os despuÃ©s, estarÃ­a a menudo sin Ã©l, en la sombra de su casa de JerusalÃ©n. Ahora mismo podemos hacerla salir de nuestra historia.

Cinco aÃ±os despuÃ©s del matrimonio, era el aÃ±o 793,10 (#litres_trial_promo) Marcos habÃ­a cumplido finalmente la mayorÃ­a de edad y habÃ­a pasado a ocuparse directamente de sus negocios. SeguÃ­a siendo escÃ©ptico acerca de la resurrecciÃ³n de JesÃºs: era el Ãºnico del grupo que no habÃ­a pedido el bautismo cristiano.

Entretanto la Iglesia, compuesta al inicio por cerca de ciento veinte personas, habÃ­a aumentado y ya sobrepasaba, solo en JerusalÃ©n, el nÃºmero de treinta mil, a pesar de la hostilidad del sanedrÃ­n, lo que llevaba a persecuciones que causaban arrestos y a homicidios. Parte de los cristianos habÃ­an por tanto abandonado la ciudad, iniciando la evangelizaciÃ³n de SamarÃ­a y otras regiones. Se habÃ­an fundado otras iglesias menores y comunidades importantes en Damasco y AntioquÃ­a de Siria, todas tributarias de la de JerusalÃ©n.

El primo de Marcos, BernabÃ©, al encontrar cristianos en Salamina, cuya mÃ­nima iglesia dependÃ­a de la de AntioquÃ­a y estaba compuesta por inmigrantes de esa ciudad, se habÃ­a visto afectado por su predicaciÃ³n. Conociendo bien las Sagradas Escrituras, se habÃ­a convencido de JesÃºs era realmente el MesÃ­as anunciado por los profetas y se habÃ­a convertido. No teniendo hijos a los que dejar sus bienes, habÃ­a vendido su propiedad, se habÃ­a mudado con su mujer a JerusalÃ©n y habÃ­a donado lo ingresado a la Iglesia. Luego habÃ­a empezado a colaborar con Pedro. Al hablar griego, la lengua internacional del imperio, y tener cultura bÃ­blica, habÃ­a encontrado enseguida trabajo como enviado en diversas regiones.

Entretanto, en el bando opuesto, un hombre natural de Tarso que se llamaba Saulo, que con BernabÃ© y durante algÃºn tiempo con Marcos iba a tener parte importante en nuestra historia, habÃ­a empezado a perseguir a cristianos por encargo del sanedrÃ­n, consiguiendo Ã©xitos relevantes.

Saulo era ciudadano romano por nacimiento, bajo el nombre de Pablo, seguidor del gran maestro Gamaliel de JerusalÃ©n. Era una persona muy inteligente y tambiÃ©n, gracias a sus estudios personales, habÃ­a adquirido una profunda cultura. Disfrutaba de un gran vigor fÃ­sico y de una fortaleza mental que se desbordaba en una capacidad hipnÃ³tica y su persona producÃ­a una gran fascinaciÃ³n a pesar de su fealdad: a diferencia de BernabÃ© y Marcos, personas altas, delgadas, de rasgos finos y con mucho pelo y frondosas barbas, Saulo era calvo desde joven, gordo y pequeÃ±o de estatura, tenÃ­a unas cejas muy pobladas y pelos ralos en el rostro, en que exhibÃ­a una nariz gigantesca. Ahora no importaban sus miserias fÃ­sicas, pero de joven no habÃ­a sido asÃ­: habÃ­an sido objeto de burlas y de apodos haciendo que su carÃ¡cter se volviera propenso a la ira. Sin embargo, gracias a largos ejercicios, la habÃ­a vencido hacÃ­a mucho tiempo y cuando encontraba un obstÃ¡culo o, peor, un comportamiento hostil, en lugar de cÃ³lera sabÃ­a extraer una indignaciÃ³n constructiva enÃ©rgica pero tranquila. Viudo prematuramente, habÃ­a decidido dedicar su vida a Dios y, considerando servirle, en el 787,11 (#litres_trial_promo) se habÃ­a puesto a las Ã³rdenes de sanedrÃ­n, convirtiÃ©ndose en cazador de cristianos, pero esa tarea durarÃ­a solo tres aÃ±os, pues luego Saulo entrarÃ­a Ã©l mismo en el grupo de los perseguidos. En el 790,12 (#litres_trial_promo) mientras por encargo de sus superiores estaba dirigiÃ©ndose a pie a Damasco, con guardias, para identificar y capturar a seguidores de Cristo y estaba a la cabeza de los suyos, estando ya cerca de la ciudad habÃ­a caÃ­do de golpe al suelo13 (#litres_trial_promo) como golpeado por un rayo invisible. HabÃ­a visto, solo Ã©l, al Resucitado envuelto en un fulgor de luz cegadora, mientras que sus hombres solo habÃ­an oÃ­do las palabras que Saulo iba pronunciando entretanto: Primero habÃ­a dicho con voz potente, con los ojos cerrados, como si estuviera repitiendo involuntariamente lo que estaba oyendo:

âSaulo, Saulo, Â¿por quÃ© me persigues?

Luego habÃ­a preguntado en un susurro, abriendo los ojos:

âÂ¿QuiÃ©n eres, SeÃ±or?

Se habÃ­a respondido, de nuevo con voz potente y con los ojos cerrados:

âSoy aquel a quien tÃº persigues. Ahora levÃ¡ntate y ve a Damasco y haz lo que te serÃ¡ dicho que hagas.

Se habÃ­a levantado ciego, con los ojos ensangrentados y doloridos. Luego la sangre se habÃ­a transformado en costra y le habÃ­a llenado de dolor. Conducido de la mano a la ciudad por sus hombres, que habÃ­an pensado que le habÃ­a atacado e inmovilizado algÃºn mal repentino, Saulo habÃ­a sido alojado en la casa de un hebreo llamado Judas. Durante tres dÃ­as no habÃ­a comido ni bebido a pesar de la insistencia del dueÃ±o de la casa, que sabÃ­a que era un emisario importante de JerusalÃ©n. Durante la tercera noche habÃ­a soÃ±ado, u oÃ­do en el duermevela, la voz de JesÃºs: le anunciaba que serÃ­a visitado por el cristiano AnanÃ­as, que le impondrÃ­a las manos haciÃ©ndole recuperar la vista. A la maÃ±ana siguiente se habÃ­a presentado realmente un hombre llamado AnanÃ­as, que le habÃ­a dicho:

âMientras dormÃ­a y soÃ±aba que estaba en bellÃ­simo jardÃ­n, he oÃ­do pronunciar: Â«AnanÃ­asÂ». Sintiendo con seguridad que la voz era la del Resucitado, he respondido de inmediato: Â«Â¡AquÃ­ estoy SeÃ±or!Â». Ãl me ha ordenado: Â«Ve a la calle llamada Recta, entra en la casa de un tal Judas y pregunta por Saulo de Tarso, que en este mismo instante estÃ¡ oyendo tu nombre en su mente: estÃ¡ ciego, pero tÃº le impondrÃ¡s las manos y Ã©l verÃ¡Â». Â«SeÃ±orÂ», respondÃ­ con aprensiÃ³n, Â«sÃ© que ha hecho todo el mal que ha podido a tus seguidores en JerusalÃ©n. AdemÃ¡s, se sabe que ha venido aquÃ­ a Damasco para detenernosÂ». La voz del SeÃ±or me tranquilizÃ³: Â«Ve, es para mÃ­ un instrumento elegido para llevar mi nombre tanto a los hijos de Israel como los demÃ¡s pueblos y a sus gobernantes y cuando sea bautizado le mostrarÃ© cuÃ¡nto tendrÃ¡ que sufrir por mi nombreÂ».

AnanÃ­as habÃ­a impuesto las manos sobre Saulo, a quien se le habÃ­an desprendido de los ojos las escamas de sangre coagulada y de inmediato habÃ­a recuperado la vista: habÃ­a entendido que se habÃ­a tratado de una seÃ±al divina de la oscuridad espiritual en la que habÃ­a vivido al perseguir a los seguidores de JesÃºs y de la luz en la que estaba entrando. DÃ­as despuÃ©s, en casa de AnanÃ­as, Saulo habÃ­a sido bautizado. Luego se habÃ­a dirigido al desierto de Arabia para un retiro espiritual. Durante dÃ­as habÃ­a reflexionado sobre quÃ© hacer y habÃ­a orado a Dios para conseguir la iluminaciÃ³n, pero sin obtener respuesta: Â¿Volver a Damasco y anunciar a Cristo con AnanÃ­as y los demÃ¡s bautizados? Â¿Andar por el mundo predicando al Resucitado a quien encontrara? Â¿O bien dirigirse a Judea, a JerusalÃ©n, donde estaban escondidos los jefes de la Iglesia, buscarlos, encontrarlos y presentarse arrepentido ante ellos, ofreciÃ©ndose a colaborar? Â¿Pero cÃ³mo reaccionarÃ­an, no le considerarÃ­an tal vez un espÃ­a del sanedrÃ­n? Una noche, habiendo ya decidido volver a la maÃ±ana siguiente, habÃ­a tenido un sueÃ±o revelador. HabÃ­a subido hasta el tercer cielo y habÃ­a llegado a conocer al trascendente, casi cara a cara con Dios: nunca iba a conseguir explicar claramente esta experiencia a otros, muy viva, aunque fuera dentro de un sueÃ±o, y que le habÃ­a dado una alegrÃ­a inefable. Sin embargo, a pesar de la dicha inicial, se le habÃ­a aparecido al durmiente un demonio espeluznante que le habÃ­a abofeteado con violencia ambas mejillas. Ese diablo habÃ­a desaparecido poco despuÃ©s, pero no el dolor: Saulo habÃ­a sufrido dolores desgarradores en la carne, como si se le clavaran largas espinas y en ese momento habÃ­a oÃ­do la voz de JesÃºs:

âHe aquÃ­ las innumerables dificultades que encontrarÃ¡s en tu apostolado: abandono de amigos, malentendidos, persecuciones, cÃ¡rceles y dolencias y finalmente la muerte violenta en Roma por decapitaciÃ³n.

âSeÃ±or âle habÃ­a rogado Saulo con palabras contritas por el dolorâ, si quieres que sea tu apÃ³stol, dame la posibilidad de anunciar el evangelio hasta cuando muera: no me pongas obstÃ¡culos en el camino.

âPara cumplir con tu tarea te bastarÃ¡n mi amor y mi benevolencia. Â¡Yo te amo! No te preocupes y estate seguro de que, a pesar de los muchos sufrimientos, tendrÃ¡s Ã©xito. HabrÃ¡ obstÃ¡culos que te impedirÃ¡n llevar a cabo esos proyectos que yo mismo te encargarÃ©, pero Â¿quÃ© te importa? Piensa en mi amor sin lÃ­mites, que no solo se manifiesta en la fuerza absoluta de Dios, sino tambiÃ©n en la misteriosa disminuciÃ³n de su poder, en mi dolor y en mi muerte para mi gloriosa ResurrecciÃ³n. Que te sea suficiente ser amado por mÃ­, Dios, y ser hecho partÃ­cipe del misterio pascual de mi debilidad y mi fuerza. Y serÃ¡ sobre todo este escÃ¡ndalo aparente lo que predicarÃ¡s.

Saulo habÃ­a visto entonces en el abandono de los amigos, en la enfermedad y en los numerosos otros obstÃ¡culos que habÃ­a encontrado su participaciÃ³n en la debilidad del Dios-hombre crucificado y se habÃ­a sentido tan amado y sostenido por Ã©l como para poder cumplir, por voluntad divina, en su propia carne todo lo que faltaba a la PasiÃ³n de JesÃºs, aunque al mismo tiempo habÃ­a entendido perfectamente que el Ãºnico y verdadero salvador de la humanidad era Cristo y tambiÃ©n que el Ãºnico autor del Ã©xito de su apostolado serÃ­a Ã©l, el Resucitado.

JesÃºs le habÃ­a dicho entonces, justo antes de despertar:

âHaz todo lo que puedas, confiando plenamente en mi amor, que concluirÃ¡ tu obra. Y ahora ve a Damasco y empieza tu tarea allÃ­.

El apÃ³stol habÃ­a vuelto a la ciudad y, lleno de entusiasmo, habÃ­a predicado allÃ­ durante un trienio. Pero con el tiempo habÃ­a suscitado el odio religioso de los judÃ­os ortodoxos. Hacia la mitad del aÃ±o 793,14 (#litres_trial_promo) estos habÃ­an decidido, de buena fe, Â«para honrar al SeÃ±orÂ», matar a Â«Saulo el HerejeÂ». Advertido a tiempo por sus amigos habÃ­a huido con su ayuda haciÃ©ndose bajar por la noche en una cesta de las murallas de la ciudad. Se habÃ­a refugiado en JerusalÃ©n, en la casa de una hermana casada con la cual habÃ­a vivido cuando habÃ­a enviudado, antes del viaje a Damasco. Luego se habÃ­a dirigido a casa de Marcos, donde, como sabÃ­a desde antes de conocer a AnanÃ­as, vivÃ­an los dirigentes de la Iglesia: no tenÃ­a mÃ¡s que una carta que le recomendaba como muy buen y fiel cristiano. HabÃ­a ofrecido su obra de evangelizador al jefe de los apÃ³stoles, Pedro, y a Jacobo Bar Alfeo, que se habÃ­a afianzado como el principal en la direcciÃ³n de los cristianos de JerusalÃ©n, siendo a menudo el primero en ir a otros lugares de Palestina y a la ciudad de AntioquÃ­a de Siria. A pesar de la recomendaciÃ³n del buen AnanÃ­as, Saulo habÃ­a encontrado mucha desconfianza: su referente era conocido por los directores de la Iglesia, pero la carta podÃ­a haber sido falsa. Solo BernabÃ© se habÃ­a mostrado convencido y habÃ­a intercedido con vigor, consiguiendo hacer desaparecer el recelo de los demÃ¡s. Al hablar bien en griego, Saulo habÃ­a empezado a predicar la nueva de la resurrecciÃ³n de Jesucristo en los lugares de mÃ¡s trÃ¡nsito, delante del templo, a aquellos judÃ­os helenistas que tenÃ­an como Ãºnico idioma esa lengua. Sin embargo, no tuvo Ã©xito. Peor aÃºn, suscitÃ³ en ellos tal hostilidad que tambiÃ©n ellos, como los hebreos de Damasco, trataron de matarlo. No lo consiguieron porque el apÃ³stol, por un contratiempo, no habÃ­a pasado ese dÃ­a por la calle en la que, ocultos, le esperaban armados. Sin embargo, algÃºn hermano en la fe habÃ­a oÃ­do noticias del fallido atentado y habÃ­a advertido a Pedro. AsÃ­ que Saulo habÃ­a sido conducido en secreto, por BernabÃ© y par de personas mÃ¡s en funciÃ³n de escolta, a Cesarea MarÃ­tima y de ahÃ­ embarcado a su ciudad natal, Tarso. AllÃ­ habÃ­a permanecido durante cuatro aÃ±os evangelizando, primero a los hebreos en la sinagoga y luego a los gentiles. Como todos sabÃ­an en la ciudad que era ciudadano romano, se habÃ­a mantenido relativamente seguro: por lo menos aquÃ­ nadie habÃ­a tratado de matarlo. Algunos convertidos por Saulo, trasladados a Roma, habÃ­an llevado allÃ­ el cristianismo, incluso antes de que llegara Pedro aÃ±os despuÃ©s.

En el 798,15 (#litres_trial_promo) BernabÃ© se habÃ­a reunido con Saulo en Tarso y habÃ­a partido con Ã©l de vuelta a AntioquÃ­a, cuya comunidad de seguidores de JesÃºs, ya conocida comÃºnmente como Â«los cristianosÂ», coordinaba por encargo de Pedro.


CapÃ­tulo VI



HabÃ­an pasado diecisiete aÃ±os desde la muerte del padre de Marcos y quince desde el nacimiento de la Iglesia y al emperador Tiberio le habÃ­an sucedido en el trono de Roma el mucho mÃ¡s abominable CalÃ­gula y su tÃ­o Claudio.

El deseo del joven de hacer justicia con el asesino de su padre, muy vivo en los primeros tiempos, se habÃ­a atenuado poco a poco en el tiempo, que, aunque no induce al olvido de los seres queridos muertos, deja en cierto momento que los recuerdos afloren solo de vez en cuando y de forma atenuada. Fue entonces cuando inesperadamente, hacia el final del aÃ±o 798,16 (#litres_trial_promo) Marcos habÃ­a tenido el inquietante sueÃ±o del padre que salÃ­a de la fosa y le exhortaba a visitar su tumba y a buscar a quien le hubiera matado: ese sueÃ±o habÃ­a sido tan real como para inducirle a considerarlo una visiÃ³n enviada por Dios. El dolor por la pÃ©rdida del padre se habÃ­a vuelto tan intenso casi como el dÃ­a en el que habÃ­a llegado la carta de BernabÃ© con la funesta noticia.

En la Biblia y en la tradiciÃ³n oral judÃ­a, el sueÃ±o, cualquier sueÃ±o, tiene una gran importancia: induce a ver la realidad bajo una luz mÃ¡s clara, revelando cosas que durante la vigilia aparecen en la penumbra o quedan encubiertas. Pero mucho mÃ¡s importante es el sueÃ±o en el que hablan, a veces visibles y a veces no, personajes angÃ©licos o personas difuntas, todos considerados mensajeros de Dios: desde el sueÃ±o de Jacob de la escalera que unÃ­a Cielo y Tierra transitada por Ã¡ngeles al profÃ©tico de su hijo JosÃ©, a los tambiÃ©n profÃ©ticos de Daniel, hasta aquellos modernos de JosÃ©, padre putativo de JesÃºs y otros seguidores del Nazareno, entre los cuales estaba Saulo Pablo de Tarso. Los acontecimientos antiguos y los nuevos, la espera del MesÃ­as y su venida estaban ligados por ese hilo onÃ­rico que, por otro lado, en la vida cotidiana, conectaba, segÃºn el sentir general, la dura realidad terrena con la eterna Fiesta celestial, manifestando enseÃ±anzas y desvelando voluntades divinas para las cosas cotidianas.

AsÃ­ Marcos, convencido de que el padre le habÃ­a hablado realmente por orden de Cristo, aunque no llegando a pedir el bautismo a su suegro ni a privarse de sus bienes como los cristianos, habÃ­a empezado a trabajar con Pedro como secretario y, conociendo bien el griego y el latÃ­n, como intÃ©rprete y escriba.

Un par de semanas despuÃ©s del sueÃ±o se habÃ­a producido otro hecho extraordinario que Marcos habÃ­a considerado como anunciado por su visiÃ³n onÃ­rica. Acababa de empezar el aÃ±o nuevo, siempre bajo el reinado del emperador Claudio, cuando habÃ­a llegado una carta de BernabÃ© en la que el apÃ³stol anunciaba su llegada junto a Saulo: vendrÃ­a con dos carros con vituallas provenientes de una colecta en especie realizada en AntioquÃ­a en ayuda de la Iglesia madre, que en ese momento tenÃ­a grandes necesidades debido a una carestÃ­a general en todo el imperio y particularmente grave en JerusalÃ©n, donde los alimentos en venta eran muy escasos. Manifestaba ademÃ¡s la intenciÃ³n de emprender con Saulo una gira misionera que pasarÃ­a por diversas ciudades y la esperanza de que el primo Marcos, de quien conocÃ­a sus capacidades prÃ¡cticas, les siguiese a AntioquÃ­a y de allÃ­ los acompaÃ±ase en el viaje como ayudante administrativo.

Pedro habÃ­a llamado a su yerno y le habÃ­a dicho:

âHijo mÃ­o, Â¿entones me privarÃ¡s de tu ayuda?

âÂ¿He hecho algo mal? âSe habÃ­a preocupado Marcos.

âNo, todo lo contrario. En hecho es que BernabÃ© harÃ¡ con Saulo una gira de evangelizaciÃ³n en muchas ciudades, entre ellas Perga, donde estÃ¡ sepultado tu padreâ¦

ââ¦ Â¿Perga?

âBueno, sÃ­, y tu primo quiere que le acompaÃ±es junto a Saulo como secretario y administrador y tendrÃ­as la posibilidad de visitar la tumba de tu padre âPedro no conocÃ­a el sueÃ±o de Marcos porque su yerno se lo habÃ­a reservado para sÃ­ y, por tanto, considerando la gran fatiga y los graves peligros del viaje y temiendo que fuera reacio a aceptar, estaba tratando de convencerlo.

Marcos, con el corazÃ³n agitado por la emociÃ³n, habÃ­a entendido por el contrario la invitaciÃ³n de BernabÃ© como una seÃ±al del Cielo, en sintonÃ­a absoluta con lo que ahora se revelaba como una profecÃ­a. AsÃ­, con enorme pasiÃ³n, habÃ­a aceptado de inmediato.

âAh, no, Â¿eh? âhabÃ­a escuchado sin embargo a su madre, cuando esta habÃ­a sabido su prÃ³xima partidaâ: Â¡Es un viaje lleno de peligros! Sabes muy bien que no me hace ninguna gracia que des vueltas por el mundo: Â¿no te basta con lo que le sucediÃ³ a tu padre?

âDeberÃ© visitar tambiÃ©n el sepulcro antes o despuÃ©s, Â¿no te parece? âle habÃ­a respondido Marcos con tono severoâ. Â¿QuÃ© hijo serÃ­a si lo ignorara toda la vida? Y ademÃ¡s deberÃ­as saber bien que Cristo no quiere cobardes. MamÃ¡, deja de entrometerte.

La mujer habÃ­a inclinado la cabeza.


CapÃ­tulo VII



La nave, que habÃ­a zarpado de Seleucia, cerca de Antioquia, hacia la isla de Chipre, provincia senatorial romana, despuÃ©s de 155 millas de fÃ¡cil navegaciÃ³n gracias a las corrientes normalmente dÃ©biles en esa zona del mar, habÃ­a atracado en el puerto de Salamina, primera etapa del viaje misionero. BernabÃ©, Saulo y Marcos se habÃ­an alojado en casa de un hermano en la fe, miembro de la pequeÃ±a comunidad cristiana en la que el primero de los tres habÃ­a sido evangelizado en su momento.

Los hebreos eran numerosos en la ciudad y habÃ­a diversas sinagogas. Los dos apÃ³stoles y Marcos, siendo tambiÃ©n judÃ­os, tenÃ­an libre acceso a estas. AsÃ­ que BernabÃ© y Saulo, acompaÃ±ados por el joven, habÃ­an entrado el sÃ¡bado siguiente en una de ellas y, despuÃ©s de las oraciones en comÃºn con los demÃ¡s participantes, habÃ­an predicado a Jesucristo resucitado.

HabÃ­a empezado a hablar BernabÃ©, al estar en su ciudad y conocer a muchos de los presentes. Tomando un rollo de la TorÃ¡ que incluÃ­a enseÃ±anzas del LevÃ­tico, habÃ­a leÃ­do este versÃ­culo:

âEl afectado por la lepra llevarÃ¡ los vestidos rasgados y desgreÃ±ada la cabeza, se cubrirÃ¡ la barba e irÃ¡ gritando: Â«Â¡Impuro, impuro!Â» Todo el tiempo que dure la llaga, quedarÃ¡ impuro. Es impuro y habitarÃ¡ solo; fuera del campamento tendrÃ¡ su morada.17 (#litres_trial_promo)

Luego habÃ­a comentado:

âHijos de Israel, fuimos enseÃ±ados por los sacerdotes y los escribas del templo de JerusalÃ©n, no por el AltÃ­simo, que el SeÃ±or es el omnipotente al que ni siquiera se puede citar por su nombre, la divinidad a la que se debe servir con temor y se nos dijo que cuando se traiciona este deber, Ã©l castiga, no solo no concediendo la vida eterna, sino enviando desventuras y enfermedades al culpable y a sus descendientes. Y es por esto por lo que considerÃ¡is a los mÃ¡s graves de entre todos los enfermos los incurables e intocables leprosos, como pecadores imperdonables, a pesar de que el precepto que os acabo de leer tuviera originalmente solo un objetivo higiÃ©nico: evitar el contagio, sin ninguna condena moral del enfermo. Pues bien, hijos de Israel, Â¡JesÃºs, el MesÃ­as que predicamos, nos dio una inequÃ­voca seÃ±al de que es de verdad el AltÃ­simo, tocando y curando a un leproso! SegÃºn la despiadada mentalidad difundida por sacerdotes y escribas, el MesÃ­as habrÃ­a quedado de tal manera impuro en su corazÃ³n, aunque hubiera tocado al intocable por caridad a fin de demostrar, antes de sanarlo, que el pobre hombre, como todos sus iguales, no era un pecador castigado por el Cielo. Y fue precisamente gracias al amor de JesÃºs hacia aquel enfermo por lo que el EspÃ­ritu, que es el Amor absoluto, realizÃ³ el milagro de la curaciÃ³n. Â¡Amigos! Durante toda su vida el MesÃ­as del Padre celestial se dedicÃ³ a cambiar el sentimiento de esclavos de nosotros, los hijos de Israel, desde hace mucho tiempo sometidos sumisamente al poder de los sacerdotes y de los doctores de la Ley, descuidando las enseÃ±anzas recibidas por medio de los Profetas del SeÃ±or. JesÃºs ha revelado que, para el AltÃ­simo, la pureza e impureza estÃ¡n en nuestras decisiones buenas o malas, no en los gestos del culto individual ni en los ritos religiosos colectivos inventados por los gobernantes de los judÃ­os. Y ha desvelado que Dios, por amor, se pone al servicio de los hombres y no reclama en absoluto ser servido: nos pide por el contrario imitarle amÃ¡ndonos y ayudÃ¡ndonos los unos a los otros. JesÃºs fue el primero en servir a su prÃ³jimo dando ejemplo: Ã©l, el Ungido del Padre, se ha convertido en siervo enseÃ±ando que a la jefatura no debe corresponderle mandar y ser servida, como piensan por el contrario los sacerdotes y escribas, sino servir. Sabed, amigos, que en el curso de la Ãºltima cena con los suyos, como atestiguan los propios discÃ­pulos que estaban con Ã©l en la mesa y que conocemos personalmente, antes de ser arrestado y asesinado, para dejar una seÃ±al indeleble de sus enseÃ±anzas, se levantÃ³ y se quitÃ³ la tÃºnica, sÃ­mbolo de autoridad, se puso la bata, seÃ±al de servicio, y lavÃ³ y secÃ³ los pies de los suyos. Finalmente ordenÃ³: Â«TambiÃ©n vosotros debÃ©is lavaros los pies unos a otros. En realidad, os he dado ejemplo para que actuÃ©is como yo. Y vosotros tambiÃ©n debÃ©is ser un ejemplo para el mundoÂ». JesÃºs seguÃ­a siendo sin embargo el maestro y dio muestras de ello cuando se visitÃ³ de nuevo con la tÃºnica: se volviÃ³ a sentar en la cabecera de la mesa y empezÃ³ de enseÃ±ar. Â¡Pero cuidado, queridos hermanos! No se quitÃ³ la bata y demostrÃ³ asÃ­ que el propio Dios estÃ¡ siempre al servicio espiritual de los hombres. De hecho, JesÃºs dijo poco despuÃ©s a los suyos: Â«El que me ha visto a mÃ­, ha visto al PadreÂ». SÃ­, hay que dar amor real a nuestros iguales: Â¡Es asÃ­ como se adora sobre todo al AltÃ­simo!




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