La Furia De Los Insultados
Guido Pagliarino






Guido Pagliarino



La Furia de los Insultados

Novela histÃ³rica



Copyright Â© 2018 Guido Pagliarino - All rights reserved

Book published by Tektime

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Guido Pagliarino

La Furia de los Insultados

Novela histÃ³rica

DistribuciÃ³n Tektime

Copyright Â© 2018 Guido Pagliarino

TraducciÃ³n del italiano al espaÃ±ol de Mariano Bas



TÃ­tulo de la obra original en italiano: âLâira dei Vilipesiâ.

Ediciones de la novela en italiano:

Libro electrÃ³nico (e-book) en diversos formatos, copyright Â© 2018 Guido Pagliarino, distribuciÃ³n Tektime

Libro en papel, copyright Â© 2017 hasta el vencimiento del contrato Genesi Editrice, via Nuoro 3, 10137 Torino, sitio http://www.genesi.org/ (http://www.genesi.org/)  libro en papel âLâira dei vilipesiâ http://www.genesi.org/scheda-libro/guido-pagliarino/lira-dei-vilipesi-9788874146314-471023.html (http://www.genesi.org/scheda-libro/guido-pagliarino/lira-dei-vilipesi-9788874146314-471023.html)

Los derechos de traducciÃ³n del italiano a otros idiomas y de publicaciÃ³n en formato papel, grÃ¡fico-electrÃ³nico, audiolibro y cualquier otra forma y los derechos de difusiÃ³n tambiÃ©n en radio, cine y televisiÃ³n y cualquier otra forma son en exclusiva Copyright Â© di Guido Pagliarino. Los derechos de distribuciÃ³n en todo el mundo en los diversos formatos electrÃ³nicos y papel de esta traducciÃ³n en espaÃ±ol han sido asignados por el autor a Tektime S.r.l.s.



Las imÃ¡genes de la portada del e-book y del libro en papel, tanto en italiano como en las traducciones, han sido realizadas electrÃ³nicamente por el autor.


Los personajes, acontecimientos, nombres de personas, entidades y empresas y sus locales que aparecen en la novela, aparte de las personas y los acontecimientos que forman parte de la Historia, son imaginarios; cualquier referencia a la realidad pasada y presente es casual y completamente involuntaria.


Ãndice



PrÃ³logo  (#ulink_5f87d279-4dd4-58e8-a884-6408781f789e)de (#ulink_5f87d279-4dd4-58e8-a884-6408781f789e)l autor (#ulink_5f87d279-4dd4-58e8-a884-6408781f789e)

Guido Pagliarin (#ulink_9b226585-8f8e-5f37-b5de-231124957a0f)o La Furia de Los Insultados -Novela hist (#ulink_9b226585-8f8e-5f37-b5de-231124957a0f)Ã³ (#ulink_9b226585-8f8e-5f37-b5de-231124957a0f)rica (#ulink_9b226585-8f8e-5f37-b5de-231124957a0f)

CapÃ­tulo 1 (#ulink_09687883-dacb-593e-b44d-bddcadcd6263)

CapÃ­tulo 2 (#ulink_3ef27933-4f15-55d8-8b4e-16e38b02790f)

CapÃ­tulo 3 (#ulink_d3d10fa2-78c7-562b-8c0f-48eb899f06ae)

CapÃ­tulo 4 (#ulink_275e729b-c317-5b94-9889-e5928b48d589)

CapÃ­tulo 5 (#ulink_ef7e02e7-2be7-5415-ae70-2fad7129e09c)

CapÃ­tulo 6 (#ulink_580d5e2f-3b17-5e4a-b271-77c4dddbad4f)

CapÃ­tulo 7 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 8 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 9 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 10 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 11 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 12 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 13 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 14 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 15 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 16 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 17 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 18 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 19 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 20 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 21 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 22 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 23 (#litres_trial_promo)

CapÃ­tulo 24 (#litres_trial_promo)




PrÃ³logo del autor (#ulink_ba585e2f-4a35-5a1e-b126-11b703441427)


Esta obra es un fresco histÃ³rico y social con aspectos policiacos. EstÃ¡ ambientada en NÃ¡poles, sobre todo en 1943, durante esos Cuatro DÃ­as en que la ciudad se liberÃ³ por sÃ­ misma de la ocupaciÃ³n nazi. Junto a los personajes de carne y hueso hay un actor abstracto: el furor es tambiÃ©n protagonista, tanto la ira colectiva que estalla sobre el campo de batalla y tiene por corolario, por la parte vencedora, violaciones y otras bestialidades, como, paralelamente, la cÃ³lera que se expresa en la rebeliÃ³n particular ante unos abusos de la autoridad ya insoportables. Si un pueblo oprimido puede rebelarse y levantarse con pleno derecho y si, como admitÃ­a ademÃ¡s Santo TomÃ¡s de Aquino, puede consentirse el asesinato del tirano cuando no queda otra vÃ­a para recuperar la libertad que el propio Dios ha concedido al ser humano, Â¿es lÃ­cito o no matar a un mafioso al que la justicia no consigue atrapar y castigar y que continÃºa intimidando, explotando y asesinado al prÃ³jimo en su barrio? Â¿Es culpable quien, no teniendo otra defensa posible, recurre a una defensa extrema? Y, si es que sÃ­, Â¿hasta quÃ© punto? Este es el dilema privado que recorre la novela, a travÃ©s de la historia pÃºblica de la rebeliÃ³n de NÃ¡poles contra los invasores alemanes. La historia empieza con la muerte violenta de Rosa, prostituta rica y estraperlista, ademÃ¡s de confidente de la policÃ­a fascista. Gennaro, su presunto asesino, es detenido e interrogado inÃºtilmente por un todavÃ­a inexperto subcomisario, Vittorio DâAiazzo. Muy poco despuÃ©s serÃ¡ el 26 de septiembre de la insurrecciÃ³n que pasarÃ¡ a la historia como los Cuatro DÃ­as de NÃ¡poles. Se unen a ella el propio subcomisario y, extraÃ±amente liberado por el jefe de policÃ­a en persona, el presunto asesino de Rosa. TambiÃ©n participa en la lucha la joven Mariapia, que, despuÃ©s de haber sufrido una violaciÃ³n mÃºltiple por parte alemana, clama venganza. En un determinado momento de la obra, Gennaro resulta ser su pariente. En el curso de los enfrentamientos se produce otro homicidio que, al menos en apariencia, como pasÃ³ con la muerte de la prostituta, no estÃ¡ relacionado con la revuelta: la vÃ­ctima es un estanquero, pariente de Maripia, a quien alguien ha degollado mientras estaba defecando, cortÃ¡ndole luego los testÃ­culos. Los dos muertos parecen relacionarse hasta cierto punto, ya que los muertos no solo estaban ambos ligados a la Camorra, sino tambiÃ©n a los servicios secretos estadounidenses de la OSS. Entre un combate y otro entran en escena diversos personajes, como los padres de la joven Mariapia, su hermano paracaidista, ya dado por desaparecido en Ãfrica en El Alamein, pero que reaparece vivo y muy activo, el voluntarioso forense Palombella, el gordo y flemÃ¡tico mariscal Branduardi, el valeroso subjefe Bollati y, personaje secundario, pero esencial, el anciano reparador de bicis Gennarino Appalle, que descubre el cadÃ¡ver del estanquero y, al final de un enfrentamiento entre insurgentes y SS alemanes en la calle delante de su tienda, sale a la calle y encuentra jadeante al subcomisario DâAiazzo, que ha participado en el enfrentamiento junto con su ayudante, el impetuoso brigada Bordin. El estanquero habÃ­a sido una mala persona, en su momento matÃ³n de la Camorra y, despuÃ©s de que un accidente que habÃ­a minado su capacidad de repartir porrazos, habÃ­a quedado a disposiciÃ³n su jefe criminal, custodiando en un sÃ³tano los productos del contrabando en el mercado negro y, despuÃ©s de que la Camorra contactara con los servicios de la OSS, armas estadounidenses destinadas a los insurgentes. En relaciÃ³n con la muerte de la prostituta, el desenlace se produce a mitad de la obra. En cuanto a la identidad del asesino del estanquero, continÃºan durante mucho tiempo las investigaciones de Vittorio, entre las vicisitudes de los demÃ¡s personajes, hasta el punto de que la persona autora del crimen solo se desvelarÃ¡ con certeza en 1952, justo al final del Ãºltimo capÃ­tulo.


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Guido Pagliarino (#ulink_ba585e2f-4a35-5a1e-b126-11b703441427)



LaFuria de los Insultados (#ulink_ba585e2f-4a35-5a1e-b126-11b703441427)

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CapÃ­tulo 1 (#ulink_ba585e2f-4a35-5a1e-b126-11b703441427)


Le detuvieron los agentes de una camioneta de patrulla de la Seguridad PÃºblica al final de la tarde del 26 de septiembre de 1943, acusado del asesinato de una tal Rosa Demaggi, una atractiva rubia teÃ±ida, de unos treinta aÃ±os, prostituta acomodada y contrabandista al por menor: el hombre, con fuerte acento partenopeo, rostro cuadrado, constituciÃ³n robusta, delgado, aparentaba unos cuarenta aÃ±os, medÃ­a 1,78, estatura por encima de la media en esos tiempos de extendida malnutriciÃ³n, calvo en las sienes, la frente y lo alto de la cabeza y en torno a la nuca tenÃ­a una semicorona baja de pelo oscuro y muy recortado. VestÃ­a un mono y una camisa de franela, ambos de dolor azul y guantes ligeros de lana de color verde grisÃ¡ceo.

La brigada de las buenas costumbres de NÃ¡poles sabÃ­a que Rosa Demaggi se prostituÃ­a en su domicilio, en la plazuela del Nilo, con hombres acaudalados. Hasta el 25 de julio, habÃ­a concedido sus favores tambiÃ©n a los dirigentes fascistas y, despuÃ©s del armisticio, caÃ­da la ciudad bajo la bota alemana, se habÃ­a entregado a los oficiales de la Wehrmacht y la Gestapo. Por investigaciones coordinadas anteriores, se sabÃ­a en las secciones de Buenas Costumbres e IlÃ­citos Comerciales, esta creada despuÃ©s del inicio del conflicto para combatir el mercado negro, que Demaggi, hasta el verano de 1940, habÃ­a solicitado a cambio, preferentemente, productos alimentarios, cigarrillos y bebidas alcohÃ³licas, para hacer pequeÃ±os estraperlos. Y se sabÃ­a que pronto habÃ­a ampliado el negocio con almacenistas cercanos a la camorra. Por eso las patrullas de vigilancia habÃ­an recibido la orden de controlar su casa, ademÃ¡s de otras. Sin embargo, con discreciÃ³n, debido a los contactos erÃ³ticos de Demaggi con los oficiales ocupantes y considerando que, despuÃ©s del 25 de julio, cuando se disolviÃ³ la OVRA


  y se abriÃ³ su archivo secreto, se descubriÃ³ que la mujer habÃ­a sido contratada como confidente y habÃ­a pasado informaciÃ³n polÃ­tica obtenida de clientes bajo las sÃ¡banas, incluidos altos mandos. Por tanto, se suponÃ­a que, despuÃ©s del armisticio y la ocupaciÃ³n alemana, habrÃ­a iniciado una venta de informaciÃ³n a los oficiales de la Gestapo que la frecuentaban.

Poco antes de la detenciÃ³n del sospechoso, en torno a las 20 y 30 y sin que faltara media hora para el toque de queda, transitando la camioneta de la policÃ­a por la plazuela del Nilo, el comandante al mando vio a ese individuo con ropa de paisano entrando sin llamar al apartamento del piso bajo, por una puerta dejada abierta por alguien, en la pequeÃ±a casa en la que la mujer era la Ãºnica que vivÃ­a en la planta baja. De espaldas al vehÃ­culo, el hombre no se dio cuenta de la vigilancia de la patrulla. Tras entrar, no cerrÃ³ del todo la puerta, sino que la dejÃ³ entreabierta. El comandante supuso que tal vez estuviera implicado, como Demaggi, en el mercado clandestino y la habrÃ­a dejado abierta para que llegaran otros implicados: no cerrar la puerta hacÃ­a que pareciera improbable que se tratara de un cliente sexual, sin contar con la ropa sospechosa del hombre y las tarifas notoriamente elevadas de la prostituta. El responsable habÃ­a indicÃ³ al conductor que le llevara delante de la casa. Los agentes, salvo el conductor, descendieron y entraron en el apartamento. El sospechoso fue sorprendido en la entrada, junto a esta, en pie junto a Rosa Demaggi, que, lamentÃ¡ndose dÃ©bilmente y en estado de semiinconsciencia, yacÃ­a en tierra con un hematoma sangrante en la nuca, consecuencia evidente de un golpe contra una consola, entrando a la izquierda, que presentaba una mancha de sangre. Rosa Demaggi expirÃ³ pocos segundos despuÃ©s de la entrada de los agentes. Considerado culpable de haber agredido a la mujer, el hombre del mono fue esposado. El jefe de patrulla le dijo:

âHas entrado con la intenciÃ³n de matarla y te han bastado muy pocos segundos para despacharla: estaba a la entrada esperÃ¡ndote, se fiaba de ti, porque la puerta estaba abierta. Sin embargo, tÃº, inesperadamente, sin darle tiempo a huir, le has dado un fuerte golpe en la cabeza contra el mueble para matarla. Esperabas largarte de inmediato, de hecho, no habÃ­as cerrado la puerta al entrar para no perder el tiempo en abrirla al salir. La habrÃ­as cerrado detrÃ¡s de ti en cuanto salieras y adiÃ³s, quiÃ©n sabe quiÃ©n y cuÃ¡ndo encontrarÃ­a el cadÃ¡ver. No suponÃ­as que estÃ¡bamos cerca: querÃ­as que pensÃ¡ramos en un accidente, pero te ha salido mal.

El comandante supuso que la habÃ­a matado con premeditaciÃ³n por razones relacionadas con el mercado negro, tal vez por su propio interÃ©s, tal vez por encargo de terceros. Que se trataba de un homicidio voluntario se deducÃ­a del hecho de que el hombre llevaba guantes de lana a pesar del tiempo todavÃ­a caluroso: Â«Con el fin de no dejar huellasÂ», habÃ­a pensado de inmediato. En ese momento el sospechoso, en plena confusiÃ³n mental por la inesperada intervenciÃ³n de los agentes, no supo quÃ© responder. Como se podÃ­a observar de cerca, no solo llevaba ropa de obrero, sino que estaba tambiÃ©n gastada y bastante sucia, asÃ­ que el comandante estaba convencido de que no podÃ­a tratarse de un cliente sexual de la mujer y por otro lado el hombre no llevaba dinero, como se observÃ³ al registrarlo. No llevaba ni siquiera documento de identidad, pero sÃ­ una licencia de conducir, en la que constaba que habÃ­a nacido en NÃ¡poles hacÃ­a 42 aÃ±os, que vivÃ­a en el barrio de Santa Luciella y que se llamaba Gennaro Esposito, nombre y apellidos por cierto muy comunes en la Campania y sobre todo en NÃ¡poles, que podÃ­an ser falsos, igual que la licencia de conducir. Todos sabÃ­an en la comisarÃ­a que los delincuentes, en especial la Camorra, usaban tipÃ³grafos muy hÃ¡biles en las falsificaciones. El jefe de patrulla no dio una gran importancia al documento.

LlamÃ³ a la sala operativa de la Central, a travÃ©s de la radio de la camioneta, y refiriÃ³ lo acaecido. La SecciÃ³n de Delitos de Sangre avisÃ³ por telÃ©fono a la centralita del depÃ³sito de cadÃ¡veres, pidiendo que se mandara a casa de la muerta, para las primeras investigaciones, al forense de servicio, que en ese turno era el doctor Giovampaolo Palombella, un sesentÃ³n de pelo gris largo y espeso, generalmente muy despeinado, alto, fibroso y, tal vez a causa de sus mÃ¡s de treinta aÃ±os de inclinarse sobre cadÃ¡veres a diseccionar, un poco torcido. Al mismo tiempo, se habÃ­a enviado a la casa de la vÃ­ctima un suboficial, un tal Bruno Branduardi, un hombre bajo, obeso y tranquilo, cerca de la jubilaciÃ³n, para que inspeccionara, escuchara a los agentes de la patrulla y al mÃ©dico y anotase todo en su libreta para referirlo al volver al superior de turno.

El suboficial llegÃ³ a la plazuela del Nilo en su lenta motocicleta modelo La Piccola Italiana,


  que, de tan flaca como era, parecÃ­a soportar mal el gravoso peso de aquel hombre pletÃ³rico. En primer lugar prestÃ³ atenciÃ³n a los agentes, luego al mÃ©dico forense, que llegÃ³ poco despuÃ©s de Ã©l, con dos ayudantes, en un furgÃ³n para el transporte de cadÃ¡veres. El forense excluyÃ³ el suicidio y considerÃ³ posible un accidente, dado que el golpe, a primera vista, no parecÃ­a haber sido muy violento. Sin embargo, no descartÃ³ el homicidio, reservÃ¡ndose ser mÃ¡s preciso despuÃ©s de la autopsia. El mariscal tomÃ³ nota, aÃ±adiendo en su cuaderno, como comentario, que en su opiniÃ³n no habÃ­a sido algo casual sino un homicidio y que, en su opiniÃ³n, el detenido era el asesino. En realidad, aceptÃ³ sencillamente lo que habÃ­a supuesto y referido el comandante. Se levantÃ³ el cadÃ¡ver y se cargÃ³ en el furgÃ³n por los camilleros, para llevarlo al depÃ³sito, donde serÃ­a sometido a la autopsia. Por parte del Branduardi, despuÃ©s de inspeccionar someramente el apartamento y constatar que no habÃ­a nadie, ordenÃ³ a los agentes precintar la puerta de entrada, llevar al detenido a la comisarÃ­a y encerrarlo en una celda, a la espera de que se nombrara un comisario para el interrogatorio. En aquellos tiempos la ley no preveÃ­a la intervenciÃ³n de un magistrado, ni en el lugar del delito, ni durante el interrogatorio del funcionario de policÃ­a al detenido, que se producÃ­a sin la presencia de su abogado. El juez instructor intervenÃ­a despuÃ©s si el comisario investigador, valiÃ©ndose de la referida autopsia y habiendo interrogado al sospechoso, consideraba que se trataba de un homicidio e informaba a la procuradurÃ­a del reino. Por el contrario, en caso de caso fortuito, la investigaciÃ³n, supervisada por el subjefe de policÃ­a, sencillamente se archivaba sin actuaciÃ³n judicial.

Branduardi siguiÃ³ al furgÃ³n, quedando sin embargo atrÃ¡s por la baja velocidad de la motocicleta ya vieja y estropeada. A la llegada, mientras el detenido estaba ya en la celda, el mariscal subiÃ³ a su despacho en la SecciÃ³n de Delitos de Sangre en el segundo piso, espacio que compartÃ­a con un brigada y un agente dactilÃ³grafo y se preparÃ³ con calma un cafÃ© de guerra, un sucedÃ¡neo, con su mÃ¡quina napolitana que tenÃ­a en el armario junto a un hornillo elÃ©ctrico de incandescencia. Se lo tomÃ³ muy caliente despuÃ©s de endulzarlo con una pastillita de sacarina, no porque fuera diabÃ©tico, sino porque el azÃºcar, desde que empezÃ³ la guerra, era imposible de encontrar para los mortales comunes. Luego se fumÃ³ un cigarrillo Serenissima Zara con una calma casi celestial, saboreÃ¡ndolo hasta casi la colilla que, en las Ãºltimas dos caladas, habÃ­a sostenido pinchÃ¡ndola con un alfiler, como solÃ­an hacer no pocos fumadores en esos tiempos de carestÃ­a y cigarrillos sin filtro, y finalmente, con paso desganado, llevÃ³ el folio con el informe, no mÃ¡s de veinte metros en la misma planta, a uno de los subcomandantes de la SecciÃ³n de Delitos de Sangre, un tal comisario jefe Riccardo Calvo, que estaba de turno aquel dÃ­a hasta la medianoche. A las cero y unos pocos segundos, Branduardi se fue a casa a dormir y, poco despuÃ©s, tambiÃ©n Calvo despuÃ©s de haber dejado el informe del suboficial sobre la mesa de su igual entrante, el doctor Giuliano Boni.

El hombre con el mono iba a continuar encerrado en la celda.

Finalmente, por orden del comisario jefe Boni, el caso de Rosa Demaggi fue asignado a un casi imberbe subcomisario que estaba de servicio a medianoche, Vittorio DâAiazzo, con una experiencia de menos de un aÃ±o en la Seguridad PÃºblica y, desde el primer dÃ­a, asignado a la compleja SecciÃ³n de Delitos de Sangre.

Eran cerca de las tres de la madrugada del 27 de setiembre de 1943 y estaba a punto de iniciarse la insurrecciÃ³n que la historia recuerda como los Cuatro DÃ­as de NÃ¡poles: la olla a presiÃ³n de la muy acosada ciudad estaba hirviendo y la temperatura ya habÃ­a llegado a tal grado que al ocupante alemÃ¡n le habrÃ­a resultado imposible impedir la ardiente erupciÃ³n.




CapÃ­tulo 2 (#ulink_ba585e2f-4a35-5a1e-b126-11b703441427)


El sentimiento del pueblo de PartÃ©nope permanecÃ­a oculto para el despectivo invasor nazi y el miedo que estos intentaban difundir en la ciudad habÃ­a generado un valiente fervor y un deseo de rebeliÃ³n. Facimmo âa uÃ¨rra a chilli strunzi zellosi


  era ya el sentimiento de numerosos napolitanos, con la sensaciÃ³n de que, san Gennaâ ajutÃ nno!


  serÃ­an liberados y por fin la paz serÃ­a completamente real y dejarÃ­a de ser una ilusiÃ³n nacida y muerta un par de meses antes.

El 25 de junio, Italia estaba exultante por la caÃ­da en desgracia del rÃ©gimen, que parecÃ­a definitiva, con Mussolini desautorizado por el mismo Gran Consejo del Fascismo y hecho arrestar por el rey, y con el nuevo gobierno Badoglio ya no fascista, aunque no elegido democrÃ¡ticamente. Pero sobre todo la perspectiva de que el conflicto podÃ­a terminar era lo que alegraba a la naciÃ³n. Sin embargo, muy pronto en la ciudad se alzaron lamentaciones que en NÃ¡poles habÃ­an presentado tonos pintorescos a lo largo de las calles y en la oscuridad de los comercios, como: Chillo capucchiÃ³ne dâo nuviÃ¨llo CÃ po âe GuviÃ©rno


  o âo maresciallo dâItalia Badoglio Pietro, âo gran generalone! ha fatto diâ a âa rÃ dio, tÃ²mo, tÃ²mo,


  Â«La guerra continÃºaÂ»: strunzâ e mmÃ¨rda!


  Luego estaban los que puntualizaban: Nossignori, strunzi noi ati a penzÃ  che ânu maresciallone vulisse âa pace!


 , que se vaya a tomar porâ¦ Con el armisticio de Cassibile, firmado entre Italia y los angloamericanos el 3 de setiembre y que debÃ­a haber permanecido secreto hasta el reajuste de las fuerzas armadas italianas para poder contener al vengativo antiguo aliado, pero que habÃ­a sido hecho pÃºblico el dÃ­a 8 por los vanidosos generales vencedores, cayÃ³ sobre Italia, a travÃ©s del Brenero, un mal peor que el anterior: muchas divisiones germÃ¡nicas nuevas, aguerridas y con sed de venganza se unieron a las tropas alemanas ya presentes en el territorio. Â«Â¿Por quÃ©Â», se preguntaban los italianos mÃ¡s avispados, Â«los gobernantes y jefes militares no han sabido preparar a tiempo un plan de emergencia a pesar de que era probable desde hace tiempo este movimiento del enemigo? Â¿Con las fuerzas del implacable antiguo aliado ya en casa?Â» DespuÃ©s del 8 de setiembre, el rey sus ministros solo habÃ­an sabido huir hacia el sur, a Brindisi, aprovechando que la primera divisiÃ³n aerotransportada inglesa estaba a punto de capturar esa ciudad, la cual, a diferencia de las demÃ¡s, estaba casi desprovista de tropas alemanas, y contando con el hecho de que los angloamericanos, una vez conquistada Sicilia, estaban invadiendo el resto de las regiones meridionales de la penÃ­nsula.


  A duras penas, el soberano, sus secretarios de estado y el general Mario Roatta, defensor fallido de Roma, abandonada a la iniciativa desordenada e inÃºtil de los comandantes de secciÃ³n, habÃ­an abandonado la capital para llevar trono, gobierno y alto mando a Brindisi, bajo la protecciÃ³n de sus antiguos enemigos, dejando sin Ã³rdenes a las tropas italianas en diversos frentes extranjeros y en Italia, a merced del potente ejÃ©rcito alemÃ¡n. DespuÃ©s del anuncio oficial del armisticio por parte italiana, realizado personalmente por Badoglio a las 19:37 del 8 de septiembre, el alemÃ¡n, gracias a los refuerzos aportados con rapidez, habÃ­a quedado como dueÃ±o incontestable desde los Alpes hasta la ciudad de NÃ¡poles incluida, mientras la provincia de Salerno se convertÃ­a en zona de combate para el desembarco angloamericano del dÃ­a 9. La cÃ³lera de los partenopeos, ya grande por la guerra padecida, se convirtiÃ³ en fiebre: las tropas habÃ­an tenido que aguantar durante mÃ¡s de tres aÃ±os la entrada a traiciÃ³n e improvisada del rÃ©gimen en el conflicto, el 10 de junio de 1940, apoyando a la Alemania nazi. NÃ¡poles fue bombardeada sistemÃ¡ticamente por los ingleses y poco despuÃ©s por los estadounidenses, con ciento cinco incursiones hasta el armisticio, todas con disparos que hacÃ­an aÃ±icos un edificio tras otro, con un gran nÃºmero de muertos, heridos y mutilados y multitudes de familias sin casa. No se perdonÃ³ ni un solo barrio, tambiÃ©n porque los dirigentes polÃ­ticos y militares fueron incapaces de disponer defensas antiaÃ©reas adecuadas, depositadas casi todas, de modo improvisado, en los barcos de guerra fondeados en el puerto. Y ademÃ¡s el hambre, esa hambre oscura y sorda que hace que te tiemblen las piernas. Tras haberse esfumado la ilusiÃ³n de paz del 25 de julio, hubo mÃ¡s nubes de bombas sobre la ciudad y carestÃ­a absoluta y enfermedades, con muertos por falta de medicinas. Hasta el 9 de septiembre, NÃ¡poles soportÃ³ los males materiales por parte alemana, entre ellos daÃ±os muy graves en el puerto, y sufriÃ³ redadas y fusilamientos, no solo de militares italianos desbandados, sino tambiÃ©n de civiles. TambiÃ©n los fascistas, un par de semanas despuÃ©s del 8 de septiembre, aunque fuera a travÃ©s de subordinados, habÃ­an tomado posesiÃ³n de la ciudad, renacidos de sus tumbas polÃ­ticas y convertidos al reciÃ©n nacido Estado Nacional Republicano (pronto RepÃºblica Social Italiana) constituido el 23 de ese mes por Hitler en persona, poniendo al mando al desanimado y resignado Mussolini, a quien, el dÃ­a 12, paracaidistas alemanes habÃ­an liberado del refugio-albergue de Campo Imperatore en el Gran Sasso, arresto domiciliario al que le habÃ­a relegado el rey.

La tradicional dureza bÃ©lica alemana se convirtiÃ³, si es que eso era posible, en todavÃ­a mÃ¡s bÃ¡rbara, porque habÃ­a ataques aislados de ciudadanos con el apoyo de los marinos de los barcos fondeados en la Regia Marina: se trataba de una primerÃ­sima resistencia esporÃ¡dica espontÃ¡nea, todavÃ­a no relacionada con los partidos adversarios del nazifascismo, una rebeliÃ³n iniciada en la calle de Santa Brigida, donde, en la maÃ±ana del 9, una treintena de residentes atacaron a una escuadra de la Wehrmacht, despuÃ©s de que uno de esos soldados, como si practicara el tiro al blanco en una feria, disparara con su fusil de ordenanza Mauser Kar 98k a un mozo indefenso de doce aÃ±os en una tienda, que se encontraba fuera del local para tomar un poco el sol.

Se habÃ­a unido aquel grupo de partenopeos humillados el joven subcomisario del que ya hemos hablado de pasada, Vittorio DâAiazzo, que andaba por las inmediaciones cuando el soldado alemÃ¡n apuntÃ³ y disparÃ³ contra el joven: el joven oficial de la seguridad pÃºblica, muy indignado, disparÃ³ sin apuntar, desde una esquina, hacÃ­a el grupo alemÃ¡n con su Beretta M34 de ordenanza, vaciando el cargador y matando a dos soldados. Luego desapareciÃ³ por un callejÃ³n lateral, no tanto por miedo al enemigo, sino por temor a tener problemas o algo peor con sus superiores.

Mientras huÃ­a, aquellos de la treintena de civiles indignados presentes que tenÃ­an navajas en los bolsillos, es decir, casi todos, las empuÃ±aron y la masa, encendida por el furor de la visiÃ³n de los cadÃ¡veres enemigos y la imagen dâo sbenturÃ to guaglioâ,


  que, herido en la arteria femoral, agonizaba rÃ¡pidamente, se abalanzÃ³ sobre el resto de la escuadra alemana lanzando gritos bestiales. Primero, tres de los indignados degollaron, destriparon y evisceraron al soldado que habÃ­a disparado, un soldado recibiÃ³ un puÃ±etazo en la nariz por un atacante que carecÃ­a de arma blanca y recibiÃ³ por parte de otro que tenÃ­a a sus espaldas una cuchillada que le dejÃ³ herido con un tajo horizontal en las nalgas. Casi todos los soldados sufrieron golpes y heridas en brazos y rostro, el peor perdiÃ³ la nariz. NingÃºn alemÃ¡n pudo disparar ni una sola vez contra la horda enardecida y rÃ¡pidamente, con sus sargentos a la cabeza, la escuadra huyÃ³ abandonando su arrogancia sobre el empedrado. Los fusiles y las bombas de mano de los asesinados y los fusiles caÃ­dos por tierra de los heridos mÃ¡s graves fueron recogidos y ocultados en las casas. Se usarÃ­an pronto para liberar la ciudad. Los tres cadÃ¡veres se llevaron a sÃ³tanos y allÃ­ fueron desmembrados, los pedazos se desmenuzaron y se sepultaron en diversos lugares de la zona. Luego se murmurÃ³, Â¿verdadero o falso?, que, sin embargo, algÃºn buen pedazo de nalga acabÃ³ asado en algÃºn vientre desnutrido. Las mujeres de los impÃ¡vidos rebeldes lavaron la calle, con gran cuidado, hasta el punto de que nunca habÃ­a estado tan bonita.

Al mismo tiempo, en otra zona de NÃ¡poles, de una manera completamente independiente, un grupo de improvisados combatientes atacÃ³ a un grupo de gastadores alemanes, que trataban de ocupar la sede de la compaÃ±Ã­a telefÃ³nica, y los puso en fuga. El pelotÃ³n alemÃ¡n se vengÃ³ capturando y fusilando un poco mÃ¡s allÃ¡ a dos carabineros que estaban en servicio de patrulla. No mucho despuÃ©s, toda la compaÃ±Ã­a alemana de atacantes fue sorprendida delante del edificio telefÃ³nico y se dio cuenta rÃ¡pidamente de la insurgencia que habÃ­a allÃ­. AsÃ­ que, en contra de los propÃ³sitos de los nazis, aumentÃ³ todavÃ­a mÃ¡s la cÃ³lera de los napolitanos humillados y, al dÃ­a siguiente, a los pies de la colina de Pizzofalcone, entre la Plaza del Plebiscito y los jardines correspondientes, hubo una verdadera batalla, iniciada por algunos marineros con sus mosquetes â91 y bombas de mano, y auxiliados por muchos civiles armados con metralletas MP80 y granadas del modelo 24, robadas a los ocupantes el dÃ­a anterior, y con improvisados cÃ³cteles Molotov. Los rebeldes impideron el paso de toda una columna de camiones y camionetas alemanes. Hubo seis muertos, entre marineros italianos que combatieron en primera fila y otros tantos soldados alemanes, ademÃ¡s de muchos heridos por ambas partes.

A esto le siguieron duras medidas y graves represalias alemanas, por orden del nuevo comandante de la ciudad, el coronel Walter Scholl, que, el dÃ­a 12, asumiÃ³ oficialmente el poder absoluto de la plaza. Una proclama suya impuso la requisa de las armas, salvo para las fuerzas de la seguridad pÃºblica, el toque de queda a las 21 horas y el estado de excepciÃ³n en toda la ciudad, mientras se fusilaba no solo a los militares y civiles que habÃ­an hecho prisioneros, sino tambiÃ©n a diversos ciudadanos detenidos al azar.

Los alemanes se desataron del todo el dÃ­a 12, saqueando, destruyendo e incendiando. Lo primero que ardiÃ³ fue la universidad, despuÃ©s de haber fusilado antes a un indefenso marinero italiano y obligado los ciudadanos presentes, no solo a ver la ejecuciÃ³n, sino incluso a aplaudirla. Hasta el 25 de setiembre, aunque despuÃ©s de los primeros dÃ­as la ciudad no se levantara abiertamente contra los ocupantes, las patrullas alemanas capturarÃ­an a cualquiera que, no siendo policÃ­a, fuera sorprendido en la calle con un informe italiano o, vestido de civil, fuera considerado como sospechoso.

NÃ¡poles callaba, pero bullÃ­a y se preparaba para la rebeliÃ³n. En particular, los militares desarmados se habÃ­an unido uno a uno a los miembros de los partidos antinazifascistas y se habÃ­an ocultado y adiestrado en la guerrilla, muchos en los locales subterrÃ¡neos del Liceo Sannazaro, primera sede de la reciÃ©n nacida resistencia napolitana.

El dÃ­a 25 de setiembre, el mismo en el que Italia sufriÃ³ por parte estadounidense dos terribles bombardeos sobre Bolonia y Florencia, se publicÃ³ en NÃ¡poles una ordenanza que establecÃ­a el reclutamiento obligatorio, para tareas penosas, de todos los ciudadanos en edad laboral. Se habÃ­a encendido la mecha del motÃ­n que se levantarÃ­a pocos dÃ­as despuÃ©s, una perfecta antÃ­tesis de las intenciones intimidatorias alemanas. Las disposiciones del decreto se pegaron en las paredes a primera hora de la maÃ±ana del domingo 26, dÃ­a anterior al de los primeros destellos de insurgencia.

Aunque la orden sustancial de reclutamiento provenÃ­a del coronel Scholl, formalmente estaba firmada por la mano italiana del alcalde Domenico Soprano, que, en agosto, nombrado por el gobierno Badoglio, habÃ­a asumido el cargo del dimitido alcalde fascista Vaccari. Soprano era un hombre de orden, anticomunista y antisocialista y contrario a posibles acciones violentas por parte del pueblo, aunque no era un fascista, sino un liberal: sin duda no un demoliberal al estilo de Gobetti, sino un aristÃ³crata a la antigua. MÃ¡s por su rechazo hacia las masas populares que por sometimiento a los alemanes, firmÃ³ el decreto de reclutamiento laboral: ganar tiempo para mantener la calma era su objetivo inmediato. Pocos dÃ­as antes del 26 de setiembre, despuÃ©s de haber abierto contactos entre la inteligencia del ejÃ©rcito de EEUU y los dirigentes de los partidos antifascistas napolitanos, precisamente ante la perspectiva de una deseada sublevaciÃ³n de NÃ¡poles, el alcalde Soprano se acercÃ³ a representantes del reciÃ©n nacido Frente Nacional de LiberaciÃ³n (luego ComitÃ© de LiberaciÃ³n Nacional), fundado hacia poco, con sede central en Roma y compuesto por el Partido de la AcciÃ³n, el Partido Liberal, el Centro DemocrÃ¡tico Cristiano, la Democracia del Trabajo, el Partido Socialista de Unidad Proletaria y el Partido Comunista. Le presionaron para que cooperara con la naciente oposiciÃ³n a travÃ©s de las fuerzas de policÃ­a que dirigÃ­a, ofreciÃ©ndole todo el apoyo posible. Sin embargo, el alcalde, siempre enemigo del social-comunismo y temeroso de cualquier movimiento revolucionario, preferÃ­a la vÃ­a de la prudencia, limitÃ¡ndose a dialogar polÃ­ticamente, en secreto, con los dirigentes liberales moderados Enrico De Nicola y Benedetto Croce: sin descubrirse.

Tanto Domenico Soprano como Walter Scholl hicieron mal las cuentas. Porque dentro del plazo establecido por el bando solo se presentaron a los alemanes 150 personas hasta entonces y estas mismas, a lo largo de la tarde del domingo 27 de septiembre y en las primeras horas de la madrugada se dedicaron a peinar salvajemente NÃ¡poles deteniendo a 8.000 ciudadanos indefensos, incluyendo viejos y niÃ±os de trece aÃ±os. Los alemanes habÃ­an generado la chispa de la rebeliÃ³n, encendiendo los Ã¡nimos de los familiares y parientes de los detenidos, deseosos de liberarlos. A primera hora de la maÃ±ana del lunes 27 de septiembre se produjeron los primeros enfrentamientos, llevados a cabo no solo por los militares italianos que hasta ahora se habÃ­a mantenido ocultos en los sÃ³tanos del Liceo Sannazaro, sino tambiÃ©n por un cierto nÃºmero de civiles, aunque la verdadera sublevaciÃ³n popular de NÃ¡poles explotarÃ­a al dÃ­a siguiente, con una propagaciÃ³n por calles y plazas de grupos de partenopeos armados de todas las clases sociales, desde las mÃ¡s populares a los intelectuales, incluyendo tambiÃ©n niÃ±os de doce aÃ±os y mujeres jÃ³venes.




CapÃ­tulo 3 (#ulink_ba585e2f-4a35-5a1e-b126-11b703441427)


El joven subcomisario justiciero de alemanes y encargado de investigar al hombre del mono tenÃ­a 24 aÃ±os, era napolitano de nacimiento y por descendencia materna. TenÃ­a el pelo negro y denso, cortado el estilo militar segÃºn el reglamento de esos aÃ±os. No era muy alto, un metro y setenta y cinco, pero sÃ­ bien proporcionado y fuerte. Se habÃ­a licenciado en derecho en la Universidad Federico II de NÃ¡poles, con matrÃ­cula de honor y, aunque de mente brillante, era animoso, educado en la familia y en un colegio segÃºn los principios clÃ¡sicos de la Ã©tica, sustancialmente los preceptos de los diez mandamientos judeocristianos. Pero a causa de su poca edad, en la que por el momento habÃ­a sufrido pocas desilusiones, Vittorio DâAiazzo no era demasiado modesto. VivÃ­a con su padre, Amilcare DâAiazzo, teniente coronel de los Carabineros Reales, y con su madre, la seÃ±ora Luigia-Antonia, maestra elemental pero ama de casa, en un apartamento de su propiedad que no estaba situado en una zona prestigiosa como le habrÃ­a gustado la familia, por ejemplo en la vÃ­a Caracciolo o en la Riviera di Chiaia, sino en el barrio popular de SanitÃ , en la vÃ­a San Gregorio Armeno, a la que se asomaban las habitaciones al alcance del modesto sueldo, en aquella Ã©poca, y los no muy grandes ahorros de un oficial superior del Arma BenemÃ©rita. En ese momento, Vittorio vivÃ­a solo en la casa, salvo una mujer a medio servicio, ya que la madre se habÃ­a ido al campo al empezar la guerra y el padre hacÃ­a un par de semanas que habÃ­a cruzado las lÃ­neas por la noche, aunque tenÃ­a sesenta y un aÃ±os, quince aÃ±os mÃ¡s que su consorte, para no seguir a las Ã³rdenes de los ocupantes alemanes y para unirse a su soberano. Hasta ese momento, habÃ­a prestado servicio en el 7Âº Grupo Provincial de Carabineros de NÃ¡poles, como jefe de la SecciÃ³n Provincial de CoordinaciÃ³n Investigadora. El matrimonio DâAiazzo tenÃ­a dos hijos varones. Mientras que estaban orgullosos de Vittorio, no podÃ­an decir lo mismo del otro, Emanuele, quien, desde niÃ±o, habÃ­a sido un vago: despuÃ©s de varios suspensos, solo consiguiÃ³ el diploma de los estudios elementales con catorce aÃ±os y, con el mÃ­nimo esfuerzo, habÃ­a abandonado al inicio del primer aÃ±o los no muy duros estudios de la escuela complementaria para encontrar un trabajo, a lo cual ya se habÃ­a resignado el padre al inscribirlo, porque, a diferencia del gimnasio, no hacÃ­a falta un examen de admisiÃ³n. Sedicente, se habÃ­a escapado de casa sin poder ser encontrado por las fuerzas pÃºblicas, dando noticias de sÃ­ solo despuÃ©s de aÃ±os, al ser mayor de edad,


  con una Ãºnica postal, dirigida a su madre, enviada desde Suiza en mayo de 1940 con unas pocas palabras de saludo. Al no haberse presentado Emanuele al reclutamiento, habÃ­a sido considerado prÃ³fugo y condenado en ausencia a prisiÃ³n por el Tribunal Militar de NÃ¡poles y, al iniciarse la guerra, fue considerado desertor. El teniente coronel DâAiazzo habÃ­a recibido un daÃ±o en su imagen por ese hijo y temÃ­a que, por su causa, nunca podrÃ­a subir de grado, a pesar de sus amplios mÃ©ritos personales. Por culpa de su hermano, Vittorio tampoco habÃ­a podido seguir la tradiciÃ³n paterna y entrar en el Arma, como habÃ­an querido tanto Ã©l como sus padres. En aquellos tiempos, no solo los personalmente deshonestos, sino tampoco los que tenÃ­an ascendientes o parientes que no eran absolutamente irreprochables podÃ­an presentar solicitudes para la BenemÃ©rita. Amargado, pero no resignado del todo, Vittorio se habÃ­a licenciado y habÃ­a participado en la oposiciÃ³n para subcomisario en el cuerpo de los Guardias de Seguridad PÃºblica, entidad que solo requerÃ­a la integridad personal del aspirante y no tambiÃ©n la de sus allegados. HabÃ­a superado brillantemente el examen y, al acabar la posterior escuela de especializaciÃ³n profesional, habÃ­a sido el primero de su promociÃ³n, por tanto con buenas esperanzas de que le concedieran elegir como destino su NÃ¡poles. Y se le habÃ­a asignado precisamente su ciudad.

DespuÃ©s de leer el breve informe del mariscal Branduardi, el subcomisario DâAiazzo se dirigiÃ³ a las celdas, en la planta baja y observÃ³ al supuesto Gennaro Esposito. Luego descendiÃ³ al hÃºmedo archivo subterrÃ¡neo y comprobÃ³ si alguien habÃ­a sido fichado con esos datos personales y si sus fotos, de frente y de perfil, se correspondÃ­an con la fisionomÃ­a del prisionero. CotejÃ³ diversas fichas de personas con el mismo nombre y apellido, pero todas mostraban a personas con rasgos distintos de los del presunto asesino. Una vez de vuelta a su oficina, hizo que le trajeran al detenido.

Le interrogÃ³ con la ayuda del brigada ayudante Marino Bordin, quien, sentado en su propia mesa, tomÃ³ nota de las preguntas del superior y la respuestas del interrogado con la mÃ¡quina de escribir de la oficina, una obsoleta Olivetti M1 negra modelo 1911.

Bordin era un veneciano rubio y robusto, de un metro ochente de alto. De 45 aÃ±os, llevaba sirviendo en la Seguridad PÃºblica desde hacÃ­a un cuarto de siglo y tenÃ­a mujer y dos hijos, que habÃ­a dejado en una granja en la campiÃ±a napolitana, entregando al agricultor que los alojaba dos tercios de su salario y resignÃ¡ndose a comer y dormir en el cuartel con lo que le restaba.

Durante horas, el interrogado, sin ceder, dijo y repitiÃ³, en un correcto idioma que hacÃ­a pensar que habÃ­a cursado al menos a las clases elementales, bastante duras en aquel momento, que era un cocinero desempleado, que vivÃ­a, como estaba escrito de su tarjeta, en el callejÃ³n de Santa Luciella y que estaba volviendo a casa cuando vio entreabierta la puerta de la casa de la difunta y oyÃ³ gemidos que procedÃ­an del interior: entrÃ³ por mero altruismo, pidiendo permiso, vio en la entrada a la mujer en el suelo que continuaba gimiendo y, al ver un aparato telefÃ³nico sobre una pared, decidiÃ³ llamar a una ambulancia, pero justo en aquel momento entrÃ³ la patrulla de Seguridad PÃºblica que le detuvo.

Insistiendo una y otra vez, poco despuÃ©s de las siete de la maÃ±ana el subcomisario obtuvo por fin un dato nuevo: que el hombre acudÃ­a a menudo a la prostituta y que habÃ­a ido a su casa, como cabÃ­a esperar, para tener un rÃ¡pido encuentro sexual, irse rÃ¡pidamente y llegar a su casa antes del toque de queda. Repreguntado, precisÃ³ que se habÃ­a citado telefÃ³nicamente desde un bar, como muchas otras veces. Cuando se le pidiÃ³ que diera el nÃºmero telefÃ³nico de Demaggi, dijo que ya no se acordaba y, ante el escepticismo manifestado por DâAiazzo, justificÃ³ la amnesia por su estado de turbaciÃ³n mental debido a la situaciÃ³n. No cambiÃ³ el resto de la versiÃ³n, repitiendo que, una vez pasada la entrada que habÃ­a dejado entreabierta aposta para salir tras la cita telefÃ³nica, vio a la mujer en el suelo y se apresurÃ³ a buscar ayuda con el aparato telefÃ³nico del apartamento, momento en que apareciÃ³ la patrulla y le detuvo.

Como los agentes de la patrulla, tampoco el subcomisario pudo creer que el hombre fuera un cliente de la inaccesible meretriz, tras valorar sus ropas modestas y remendadas y la ausencia de dinero sus bolsillos. Considerando que posiblemente Ã©l habÃ­a dejado abierta la entrada, supuso que era un cÃ³mplice en el mercado negro. AsÃ­ que le acusÃ³ de haberla matado por una disputa en el momento:

âÂ¡ConfiÃ©salo y te dejo dormir!

âNo es verdad, seguramente ha sido un accidente que se ha producido antes de que yo entrara ânegÃ³ el otro.

âSi no eras un cÃ³mplice en desacuerdo es que otro te mandÃ³ a matarla âle apremiÃ³ el funcionario.

âÂ¡SeÃ±or doctor, os


  digo de nuevo que no es verdad! âEl hombre alzÃ³ la voz, abandonando el comportamiento dÃ³cil que habÃ­a mantenido hasta ese momento.

Sin que se lo pidieran, el brigada Bordin soltÃ³:

âBusÃ²n!


  Â¡Muestra respeto por el doctor o te lleno de patadas por donde te la meten!

El subcomisario no admitÃ­a obscenidades y le reprendiÃ³:

âMarino, las patadas y los insultos te los guardas âContinuÃ³â: Gennaro, siempre que te llames de verdad Gennaro Esposito, y estate seguro de que haremos las comprobaciones en el Registro maÃ±anaâ¦ no, esta maÃ±ana, vista la hora, escÃºchame bien: tambiÃ©n yo, como tÃº, tengo ganas de acabar, asÃ­ que te hago una propuesta âEl hombre habÃ­a aumentado visiblemente su atenciÃ³n, abriendo ligeramente la boca mientras se le dilataban las pupilas un pocoâ: Si te confiesas culpable de homicidio preterintencional, lo que significa que la has matado teniendo otras intencionesâ¦

ââ¦ Lo sÃ©.

âEntonces, escucha: podrÃ­as por ejemplo decirme que no tenÃ­as dinero y que la vÃ­ctima no querÃ­a darte crÃ©dito, por lo que, en un irrefrenable impulso de ira, la habrÃ­as dado un empujÃ³n, sin querer matarla, pero, por desgracia, al caer sufriÃ³ una herida mortal. Bueno, ya entiendes: de esta manera no se acaba delante del pelotÃ³n de ejecuciÃ³n,


  solo pasas un tiempo en la cÃ¡rcel. Si, por el contrario, escribo en mi informe al juez instructor que sospecho que eres un sicario de algÃºn contrabandista de la Camorra que ha querido eliminarla o un competidor directo de la mujer en el mercado negro que ha querido apartarla de este para siempre, seguro que acabas fusilado.

El hombre, a pesar de estar mÃ¡s cansado que el subcomisario, no confesÃ³:

âNo solo os repito una vez mÃ¡s que no soy un asesino y, como no lo soy, que esa mujer muriÃ³ por un accidente anterior a que yo entrara en su casa, sino que ademÃ¡s os digo tambiÃ©n que soy un sargento mayor de artillerÃ­a y he cruzado el frente llegando a NÃ¡poles ayer por la tarde.

âHmâ¦ CuÃ©ntame mÃ¡s.

âSoy tambiÃ©n cocinero, trabajaba como jefe de cocina en el cÃ­rculo de los oficiales del tercer batallÃ³n, primer regimiento de la ArtillerÃ­a Costera, ubicada a unos cinco kilÃ³metros al norte de Paestum, en la provincia de Salerno.

âYa sÃ© dÃ³nde estÃ¡ Paestumâ¦ EstÃ¡ bien, suponiendo que me hayas dicho ahora la verdad, por tu bien tenemos que comprobar tu identidad militar, asÃ­ que dime de quÃ© escuela de suboficiales procedes y de quÃ© promociÃ³n â En realidad, tras el caos posterior al armisticio esa verificaciÃ³n probablemente era imposible y DâAiazzo lo sabÃ­a, pero contaba con el hecho de que el otro, si le hubiera mentido, se habrÃ­a descubierto.

El hombre no se alterÃ³:

âMi carrera empezÃ³ de cero: Con 28 aÃ±os, despuÃ©s de haber perdido el trabajo de ayudante de cocinero en una trattoriaâ¦

ââ¦ Â¿QuÃ© hiciste?

ââ¦ Â¡Nada malo! El local cerrÃ³ porque, como decÃ­an los dueÃ±os, habÃ­an llegado las Ãºltimas consecuencias de la crisis del 29.

âEstÃ¡ bien, sigue.

âBusquÃ© trabajo, pero no encontrÃ© nada: nadie contrataba, si acaso despedÃ­a. AsÃ­ que, para no ser una carga para mi madre, que se habÃ­a quedado viuda y trabajaba duramente limpiando tiendas y cocinando y ayudando en casa de extraÃ±os, por fin me enrolÃ© voluntario, esperando hacer carrera y convertirme en suboficial: seis aÃ±os antes me habÃ­a licenciado del servicio, con buenas notas, con el grado de cabo, que me habÃ­an reconocido al volver y, como ya habÃ­a estado en las cocinas durante el servicio, despuÃ©s del curso de actualizaciÃ³n sobre algunos caÃ±ones, me llevaron de nuevo delante de las cacerolas, ademÃ¡s de realizar ejercicios periÃ³dicos de tiro con la artillerÃ­a, el fusil y la pistola. Y asÃ­ ha transcurrido toda mi carrera militar, primero como cabo primero, luego como sargento y finalmente como suboficial:


  sargento mayor jefe de la cocina del cÃ­rculo de oficiales. DespuÃ©s del armisticio y el desembarco de los antiguos enemigos


  en nuestras costas, salÃ­ corriendo con mis compaÃ±eros, preocupado por no encontrarme ni con angloamericanos ni con alemanes. Me quedÃ© escondido, comiendo frutas y verduras de las huertas y, las pocas veces que me escondÃ­a en granjas, tambiÃ©n pan, leche y huevos. Pero los campesinos, o al menos los que me he encontrado, son gente interesada y me han pedido siempre algo a cambio, preferentemente dinero y, poco a poco, les he dado todo lo que me quedaba de mi Ãºltima paga. DespuÃ©s, una vez acabado el dinero, tuve que pagar con mi reloj: era de acero, pero de marca y, como Ãºltimo purucchio


  he entregado mi medalla de San Genaro con cadena, ambas de oro de dieciocho quilates, regalo de mi familia por la primera comuniÃ³n, a cambio de la camisa y la ropa de trabajo que llevo. Me he vestido de civil y he abandonado la placa militar de identificaciÃ³n y tambiÃ©n los documentos, porque nosotros no solo los tenemos de otro color, sino que en ellos estÃ¡ escrito que somos militares y tambiÃ©n nuestro gradoâ¦

ââ¦ Lo sÃ©.

âYa, tambiÃ©n os pasa a vos. He tirado la tarjeta de identidad y la identificaciÃ³n militar, guardando solo la civil y, sin vestir uniforme, he venido a mi NÃ¡poles, he conseguido pasar la lÃ­nea de frente y, ayer por la tarde, entrÃ© la ciudad. Actuando de forma prudente, aunque estuviera vestido de civil y llevara conmigo un documento, he llegado a la Plazuela del Nilo, que no estÃ¡ lejos de la casa de mi madre y mÃ­a en el callejÃ³n de Santa Luciella. Y, por culpa de mi buen corazÃ³n, despuÃ©s de todo lo que ya me habÃ­a pasado, he tenido ademÃ¡s el impulso de ayudar a aquella mujer que gemÃ­a yâ¦ aquÃ­ estoy, justo cuando estaba ya muy cerca de casa.

âÂ¿Por quÃ© tu licencia de conducir no indica tu domicilio en la zona de Paestum?

âTenÃ­a una habitaciÃ³n en el cuartel, junto a otro sargento mayor, tambiÃ©n soltero. No tenÃ­a una habitaciÃ³n fuera: nunca he considerado los cuarteles como mi casa nunca he querido abandonar la direcciÃ³n de NÃ¡poles. Solo la cambiÃ© en la tarjeta de identidad y el permiso militar de conducir, porque era obligatorio, aparte del hecho de que con la licencia civil habrÃ­a tenido que cambiarse con frecuencia la direcciÃ³n de la MotorizaciÃ³n,


  dado que me trasladaban cada pocos aÃ±os y por el contrario, la carta y la licencia militar me la renovaban directamente en el nuevo destino. Y ademÃ¡s, sobre todo, volvÃ­a a ver a mi madre a NÃ¡poles cada vez que tenÃ­a un permiso.

âSabes que iremos a la calle de Santa MarÃ­a a comprobar que allÃ­ estÃ¡ de verdad tu madre y si hay otras personas que te conocen.

ââ¦ Y yo os lo agradezco, seÃ±or comisario, porque mi madre de verdad estÃ¡ allÃ­ y podrÃ©is confirmar lo que os he dicho por ella y tambiÃ©n por los vecinos. Pero os pido de corazÃ³n: no la asustÃ©is, decidle, por favor, que os he encargado saludarla, porque no he podido venir en persona por razones de servicio.

âSi encontramos a tu madre no la asustaremos y hablaremos con ella como deseas âEn este momento, el subcomisario habÃ­a vuelto a insistirâ: Primero has tratado de hacerme creer que tenÃ­as reservada una cita galante con Demaggi y luego has admitido que no era verdad. Dime entonces: Si no la habÃ­a visto antes, Â¿cÃ³mo sabÃ­as que esa mujer era una prostituta?

No se habÃ­a alterado:

âSe lo oÃ­ decir a vuestro jefe de patrulla, que hablÃ³ con los suyos delante de la muerta.

âLo comprobarÃ©. Pero dime una cosa mÃ¡s âDâAiazzo habÃ­a dejado la pregunta para el final, para plantearla cuando el interrogado estuviera muy cansadoâ: Â¿Por quÃ© llevabas guantes de lana en esta estaciÃ³n? Para no dejar huellas, Â¿verdad?

ââ¦ Pero no, seÃ±or comisario âNo se habÃ­a preocupado el otroâ, el motivo es sencillo, las llevo desde hace mucho, incluso de servicio, con permiso del capitÃ¡n: sufro de dolores en los dedos de la mano y tambiÃ©n en la palma izquierda.

âHmâ¦

ââ¦ Pero sÃ­, por la humedad de las cocinas a lo largo de tantos aÃ±os, entre los vapores de las cÃ¡psulas y el agua de los lavados de las ollas, como me habÃ­a explicado el teniente mÃ©dico, que me dijo que llevara los guantes.

Agotado el hombre y cansadÃ­simos los dos policÃ­as, por orden del subcomisario, el presunto sargento mayor Gennaro Esposito fue escoltado a la celda por el brigada Bordin.

Con solo los datos recogidos, Vittorio DâAiazzo no podÃ­a formarse una idea segura: para Ã©l seguÃ­an siendo posibles tanto la hipÃ³tesis de un accidente como la de un homicidio, y este no necesariamente perpetrado por detenido. Pero, en el caso de ser culpable, el mÃ³vil podrÃ­a encontrarse en disputas entre contrabandistas, si la identidad y en concreto la posiciÃ³n en el ejÃ©rcito del supuesto Esposito no fuera confirmada, mientras que en caso contrario serÃ­a verosÃ­mil otro motivo. Por otro lado, si el forense estableciera que se habÃ­a tratado un asesinato, el investigado, aunque no confesara, serÃ­a transferido a la cÃ¡rcel de Poggioreale como sospechoso, mientras al mismo tiempo el subcomisario tendrÃ­a que redactar y enviar a la FiscalÃ­a del Reino una relaciÃ³n que incluyera tanto las conclusiones del forense como los datos recabados por el propio DâAiazzo durante el interrogatorio. A partir de su informe, el juez instructor decidirÃ­a si abrir un procedimiento contra el sospechoso o liberarlo por falta de pruebas.

No faltaba mucho para las ocho de la maÃ±ana y el joven funcionario estaba a punto de acabar su turno. Sin embargo, antes de volver a casa pretendÃ­a ordenar a brigada a ir a la calle de Santa Luciella a comprobar que allÃ­ vivÃ­a realmente la madre del investigado y, en ese caso, si reconocÃ­a al hijo en la foto del permiso de conducir y confirmaba que era realmente un sargento mayor de artillerÃ­a. Pero el subcomisario no pensaba esperar la vuelta del susodicho, ni ver el informe al dÃ­a siguiente. Por tanto, antes de que llegase a su oficina el informe del forense habrÃ­an pasado al menos dos o tres dÃ­as, durante los cuales el detenido quedarÃ­a encerrado en la celda.

Bordin, despuÃ©s de encerrar al acusado en la celda, habÃ­a vuelto al puesto de DâAiazzo. Al entrar en la oficina le habÃ­a dicho:

âSeÃ±or comisario, para mÃ­ que este Esposito o como se llame ha sido enviado por la Camorra para matar al Demaggi por dos posibles motivos: o por razones de competencia en el mercado negro o porque esa mugrienta puta no querÃ­a pagar el soborno.

ââ¦ Marino, esa mujer estÃ¡ muerta y no se insulta los difuntos âle habÃ­a amonestado el joven superiorâ, y ademÃ¡s no estoy convencido de que el investigado sea un asesino.

âPerdonad que os lo diga, pero creoâ¦ Bueno creo que sois siempre demasiado bueno: nosotros le molerÃ­amos a golpes en el estÃ³mago con sacos de arenaâ¦

ââ¦ Â¿Que no dejan huellas?

âLo requiere la prudencia. Y estad seguro de que ese delincuente se declararÃ­a culpable e incluso camorrista y quiÃ©n sabe quÃ© mÃ¡s. Pero asÃ­â¦

ââ¦ asÃ­ no me arriesgo a hacer confesar a un inocente, aparte de que si te veo moler a sacazos a algunoâ¦ Â¿Me has entendido, Marino?

âEehâ¦

âYa conseguirÃ¡ al juez instructor, si acaso, que admita su culpabilidad, siempre que el mÃ©dico no diga que se ha tratado un accidente, en cuyo caso archivo la prÃ¡ctica y libero a ese hombre.

âYa, puede ser. Pero, hablando en general, vos, seÃ±or comisario, sois el Ãºnico que no ha dado al menos una bofetada a los interrogados. El doctor Perati, que estaba antes que vos, hacÃ­a confesar a todos.

Con el ardor de la edad, sin abandonar esa pizca de presunciÃ³n que permanecÃ­a en Ã©l, se le habÃ­a escapado al subcomisario instintivamente en la lengua partenopea que usaba en familia:

âTu siâ ânu fÃ©sso.

âÂ¿QuÃ©? âEl suboficial habÃ­a enrojecido.

El superior se habÃ­a corregido en parte:

âEstÃ¡ bien, Marino, retiro el fÃ©sso, pero deja de hablarme sin consideraciÃ³n solo porque tengo la mitad de tus aÃ±os. Ten cuidado, porque si esto se repite, te castigo.

Bordin habÃ­a considerado sensato pedir perdÃ³n, aunque fuera a regaÃ±adientes:

âPerdonad, seÃ±or comisario, solo estaba hablando, no querÃ­a criticaros.

Aunque Vittorio DâAiazzo, con el paso del tiempo, adquirirÃ­a plena humildad gracias a las metafÃ³ricas bofetadas de la vida, por el momento seguÃ­a queriendo decir la Ãºltima palabra:

âEstÃ¡ bien, pero a partir de ahora piensa en lo que dices antes de decir lo que piensas.

El hombre considerÃ³ sensato mantener la posiciÃ³n de firmes:

âSÃ­, seÃ±or.

âDescansa y no te mortifiques âEl superior suavizÃ³ el tono, en el cual habÃ­a entrado por fin la compasiÃ³n. ProsiguiÃ³â: Has dicho que Perati hacÃ­a confesar a todos: es verdad, ya lo sÃ©, me lo contaron cuando lleguÃ© aquÃ­. Â¿Pero recuerdas quiÃ©n le matÃ³?

âSÃ­, seÃ±or, la madre de un ladrÃ³n habitualâ¦

ââ¦ ladrÃ³n al que Perati habÃ­a acusado de acuchillar en una mano a un panadero para robarlo y al que habÃ­a hecho confesar que sÃ­, Â¿pero cÃ³mo? TumbÃ¡ndolo boca arriba sobre una mesa y fustigÃ¡ndole con el cinturÃ³n. Y dos dÃ­as despuÃ©s Â¿te acuerdas? el interrogado muriÃ³ por una hemorragia interna.

âPerdonadme, Â¿puedo hablar con libertad, pero con todo el respeto?

âPuedes.

âCreo que el doctor Perati hizo lo apropiado, porque no recibiÃ³ ningÃºn reproche de sus superiores.

âPues no sÃ© si el asunto se olvidÃ³ por orden del federal de NÃ¡poles,


  porque Perati era muy fascista y adulador, pero en la cabeza de la madre del muerto la cosa no estaba olvidada y ademÃ¡s supo, un par de semanas despuÃ©s de la muerte del hijo, que era inocente tanto de las heridas como del hurto. Esto no lo sabÃ­as Â¿verdad?

âSabÃ­a que el verdadero culpable fue reconocido en la calle del panadero y denunciado a una de nuestras patrullas, la cual lo arrestÃ³ y trajo aquÃ­.

âYa, y la madre del muerto fue puesta al corriente por un amigo del hijo, que supo la verdad por casualidad. Â¿Y sabes una cosa? No habÃ­a sido tan inicuo, a fin de cuentas, que esa mujer viniera aquÃ­ pidiendo hablar con Perati, con la excusa de tener algo que revelarle y una vez delante de Ã©l sacara un pequeÃ±o cuchillo para desollar carne de su costado y le acuchillara junto al corazÃ³n, y casi lamento que la detuvieran de inmediato y que ahora estÃ© a la espera de juicio, porque me temo que serÃ¡ condenada a muerte por homicidio premeditado.

âEsperemos que le reconozcan el enajenamiento mental âdijo compasivamente Bordin.

âEsperÃ©moslo. Pero aparte de esto, ahora mismo te vas al depÃ³sito de vehÃ­culos con esta hoja de servicioâ¦ toma: es mi autorizaciÃ³n para recoger un automÃ³vil con conductor. Luego te vas a comprobar en el callejÃ³n de Santa Lucia si Esposito es una persona conocida âLe entregÃ³ tambiÃ©n la licencia del investigadoâ. Haz que la madre vea la foto, si es que existe, y tambiÃ©n los vecinos y averigua todo lo que puedas de Ã©l.

âA las Ã³rdenes. Pero, al volver, seÃ±or comisario, tal vez me vaya a casa a dormir, ya que, por hoy, mis horas de servicio ya habrÃ¡n terminado.

âDeber y sacrificio es nuestro lema âle habÃ­a contestado sonriente en un endecasÃ­labo espontÃ¡neo el superior, gran lector de poetas clÃ¡sicos.

Ya que se sabÃ­a en la comisarÃ­a que la temperatura social estaba subiendo en la ciudad y no era del todo improbable una sublevaciÃ³n, antes de acercarse al garaje el brigada quiso pasar por la sala de radio para obtener noticias de la situaciÃ³n en el exterior. Una vez al tanto, volviÃ³ a su superior directo y le informÃ³ de que camionetas de patrulla habÃ­an comunicado que ya se habÃ­an iniciado tiroteos aislados. TerminÃ³ diciendo:

âSeÃ±or doctor, Â¿tengo que ir hoy o puedo esperar a maÃ±ana, cuando tal vez el clima se haya calmado?

Antes de que se decidiera D'Aiazzo empezaron a subir de la vÃ­a Medina, a la que se asomaba y todavÃ­a se asoma la comisarÃ­a de NÃ¡poles, el ruido de los motores diÃ©sel de vehÃ­culos que pasaban en columna delante de la entrada principal del edificio, como todos los dÃ­as desde hacÃ­a dos semanas: se trataba de un pelotÃ³n motorizado de granaderos alemanes que iba a reemplazar a otro, del mismo batallÃ³n, encargado de custodiar un corredor en el Ãºltimo piso del Castillo de San Elmo, potente baluarte que se eleva sobre la colina del Vomero a 250 metros sobre el nivel del mar y desde el cual se observan el golfo y la ciudad. En aquel corredor se encontraban dos locales no comunicados entre sÃ­ y destinados en aquel momento a armerÃ­a del fortÃ­n, de los cuales uno era un gran espacio que contenÃ­a armas y municiones convencionales y el otro un espacio no tan grande que custodiaba armamento secreto de diseÃ±o y fabricaciÃ³n italianas. La vigilancia de las armas se desarrollaba durante las veinticuatro horas del dÃ­a en dos turnos, de las 8:30 a las 20:30 y de las 20:30 a las 8:30. Desde el 9 de septiembre los alemanes habÃ­an ocupado el Castillo de San Elmo apoderÃ¡ndose del armamento, con un interÃ©s particular por las armas especiales. Precisamente a causa de esas armas no convencionales, dicho castillo era en esos dÃ­as un objetivo principal de los aliados, que, desde hacÃ­a tiempo, estaban usando sus servicios secretos.

Vittorio DâAiazzo estaba a punto de decir a su subalterno que olvidara la orden anterior y se fuera descansar cuando empezaron los disparos en la vÃ­a Medina, primero de fusiles y de una ametralladora ligera, luego, en rÃ¡pida sucesiÃ³n, de metralletas y una gran ametralladora.

El subcomisario y su ayudante se agacharon instintivamente y, avanzando con las piernas semidobladas, se acercaron a la ventana y asomaron sus cabezas mirando hacia abajo, exponiÃ©ndose lo menos posible.

Al mismo tiempo, otros policÃ­as miraban allÃ­ desde sus respectivas oficinas, tanto personal del turno que estaba saliendo como entrando, al ser la hora del reemplazo, las 8 en punto. Llegado hacÃ­a poco, tambiÃ©n el vicejefe de policÃ­a y jefe de secciÃ³n Remigio Bollati espiaba desde su propia ventana: su oficina daba a la misma fachada a la que daba la de Vittorio y los dos espacios eran contiguos.

Mirando hacia abajo se veÃ­a o entreveÃ­a, segÃºn la posiciÃ³n de cada ventana, a unos cincuenta metros del portal y en el cruce de calles cercano, al pelotÃ³n alemÃ¡n parado en medio de la calle, protegido por sus vehÃ­culos colocados atravesados, ocupados en un tiroteo con personas que debÃ­an estar mÃ¡s allÃ¡ en la calle y que no podÃ­an verse desde el edificio de la comisarÃ­a, pero de las que se oÃ­an los disparos: se podÃ­a suponer que tal vez se protegieran detrÃ¡s de los muros semiderruidos y los montones de escombros de dos casas cercanas y contiguas, bombardeadas pocos dÃ­as antes del 8 de setiembre por fortalezas volantes estadounidenses.




CapÃ­tulo 4 (#ulink_ba585e2f-4a35-5a1e-b126-11b703441427)


Para entender mejor las cosas, volvamos un poco atrÃ¡s:

Se constituyÃ³ el frente Ãºnico revolucionario partenopeo y, vista la renuencia del prefecto Soprano en asumir la direcciÃ³n, fue elegido jefe el obrero Antonio Taraia de setenta aÃ±os, que el 24 de setiembre, considerando la situaciÃ³n ya adecuada para el levantamiento convocÃ³ para la maÃ±ana siguiente una reuniÃ³n en el Liceo Sannazaro, para someter a votaciÃ³n la decisiÃ³n. La convicciÃ³n de que era ya el momento de levantarse se produjo tanto por la noticia de que los angloamericanos ya estaban casi a las puertas de NÃ¡poles, algo conocido de antemano por el filÃ³sofo Benedetto Croce, que lo habÃ­a sabido confidencialmente del Dr. Soprano, como por el hecho de que, tras los acuerdos codificados intercambiados a travÃ©s de radio con los americanos, acababan de llegar paracaidistas por la noche junto a NÃ¡poles con armas y radios que retransmitÃ­an desde la US Army y destinadas a los partisanos, ocultadas rÃ¡pidamente en siete sÃ³tanos de otras tantas zonas distintas de la ciudad. La operaciÃ³n se habÃ­a desarrollado con la contribuciÃ³n esencial de un grupo de camorristas a sueldo, dispuestos a correr graves peligros a la vista de las grandes ganancias que les habÃ­an prometido los estadounidenses. No debe sorprender esa alianza: Estados Unidos ya habÃ­a recurrido, y todavÃ­a la utilizaba, a la ayuda de la Mafia de la Sicilia ocupada, donde, ademÃ¡s, numerosos nuevos alcaldes notoriamente mafiosos habÃ­an sido colocados en el poder por los conquistadores. La Camorra, como la Mafia, estaba organizada casi militarmente y, en particular, podÃ­a disponer en NÃ¡poles de muchos grandes camiones. La operaciÃ³n armada habÃ­a sido organizada con meticulosidad por los estadounidenses. Entre otras cosas, habÃ­a folletos de instrucciones sobre el uso de las armas lanzadas en paracaÃ­das, escritos en un correcto italiano y llevados al Liceo Sannazaro por algunos agentes americanos que habÃ­an sobrepasado de noche las lÃ­neas, con el fin de que los patriotas napolitanos pudieran recibir formaciÃ³n teÃ³rica sobre su funcionamiento por los propios agentes, lo que permitiÃ³ hacer mÃ¡s rÃ¡pida y Ã¡gil la instrucciÃ³n prÃ¡ctica que, por razones logÃ­sticas, solo pudo desarrollarse poco antes de la sublevaciÃ³n, en el momento de la recuperaciÃ³n de las armas en los siete depÃ³sitos.

En la reuniÃ³n del 25 de septiembre se tomÃ³ por unanimidad la decisiÃ³n de levantarse. Hacia mediodÃ­a, se enviaron mensajeros para avisar a los custodios del material bÃ©lico estadounidense.

Al dÃ­a siguiente, domingo, siete patriotas jefes de grupo que ya habÃ­an asistido al almacenamiento de las armas en los lugares secretos, uno por depÃ³sito, no mucho antes de la hora del alto el fuego, se presentaron para preparar la retirada de las armas esa misma noche. Se reunirÃ­an en los escondites hasta las cinco de la maÃ±ana del lunes 27 de septiembre.

Por tanto, despuÃ©s de las seis de la maÃ±ana de este 27 de septiembre, los grupos de combatientes por la libertad, recogidas las armas, se dirigieron a sus objetivos. Mientras los pelotones instruidos en el Liceo Sannazaro por los agentes americanos portaban las armas estadounidenses, es decir fusiles semiautomÃ¡ticos M1 Garand y ametralladoras BAR M1918 Browning, que usaban las mismas balas de calibre 7,62, granadas de mano Mk2 y lanzamisiles portÃ¡tiles anticarro Bazooka M1, los otros grupos de insurgentes tenÃ­an armas capturadas a los alemanes en los encuentros de los primeros dÃ­as, es decir, fusiles Mauser Kar 98 k, metralletas MP80, bombas de mano 24 y granadas Panzerwurfmine con sus respectivos lanzabombas anticarro Panzerfaust, ademÃ¡s de navajas personales o cuchillos de las cocinas domÃ©sticas y alguna escopeta ocultada por algÃºn cazador aficionado, despuÃ©s de la ocupaciÃ³n alemana, en un sÃ³tano o un Ã¡tico.

Sin embargo, el primer tiroteo de esa maÃ±ana no estaba previsto, sino que por el contrario empezÃ³ en el Vomero por parte de parientes de detenidos, que detuvieron un todoterreno KÃ¼belwagen Typ 82 de la Wehrmacht, matando al comandante que lo conducÃ­a y poniendo en fuga a los demÃ¡s militares. Otras acciones no organizadas se produjeron poco despuÃ©s por NÃ¡poles y, aquÃ­ y allÃ¡, se agregaron espontÃ¡neamente a los grupos rebeldes parejas de carabineros de ronda y agentes de patrulla de la Seguridad PÃºblica y la Guardia de Finanzas. Poco antes de inicio de las clases escolares, diez estudiantes desarmados de la escuela superior atacaron impulsivamente a tres alemanes que hacÃ­an la ronda en un KÃ¼belwagen a velocidad de paseo, les obligaron a bajarse, les desarmaron y pegaron fuego al todoterreno, mientras el trÃ­o alemÃ¡n se alejaba por piernas. Sin embargo, esos alemanes alertaron a todo el cuartel, por lo que llegaron dos pelotones alemanes con el apoyo de un potente blindado SdKfz 231 Schwere PanzerspÃ¤hwagaen 6 rad. Los diez jÃ³venes se refugiaron y atrincheraron en el cercano Museo de San MartÃ­n y el blindado empezÃ³ a ametrallar los ventanales, mientras la noticia de la acciÃ³n de los estudiantes y del peligro que estaban corriendo se iba extendiendo por NÃ¡poles, de un lugar a otro.

Entre las acciones sÃ­ planeadas por la Resistencia se produjeron sobre todo el mencionado ataque a la columna de granaderos alemanes en Via Medina y la acciÃ³n de un pelotÃ³n de carabineros que, con el beneplÃ¡cito del coronel al mando se dirigÃ³, sobre un camiÃ³n Lancia CM,


  al Museo de San MartÃ­n para combatir, con sus propios mosquetes 91 cortos y bombas de mano SRCM 35,


  a los alemanes que asediaban a los estudiantes rebeldes. Al lado de los militares de la BenemÃ©rita se colocaron espontÃ¡neamente algunos civiles de la zona. Esa misma maÃ±ana, siempre con Ã³rdenes anteriores de los dirigentes democrÃ¡ticos, un centenar de combatientes por la libertad procediÃ³ al asedio del Castillo de San Elmo, en el que, entre los alemanes atrincherados en el interior, estaba el ya agotado pelotÃ³n de granaderos que habÃ­a permanecido de guardia de la armerÃ­a toda la noche y que no habÃ­a recibido el relevo porque, como sabemos, el pelotÃ³n fresco entrante se habÃ­a enzarzado en combate en la Via Medina.

Ante el apremio de los acontecimientos, el comandante de la plaza, coronel Scholl, activÃ³ sus potentes tanques de las clases Tiger y Panther. Sin embargo, un cierto nÃºmero de ellos fueron detenidos e incendiados por revoltosos, gracias a algunos panzerfaust sustraÃ­dos al enemigo, a los bazookas americanos y a cÃ³cteles Molotov.




CapÃ­tulo 5 (#ulink_ba585e2f-4a35-5a1e-b126-11b703441427)


Mientras continuaba el tiroteo en Via Medina, el comisionado al cargo de la comisarÃ­a, el doctor Carmelo Pelluso, alejÃ¡ndose de la ventana de su oficina en el primer piso desde la que habÃ­a observado con cautela al pelotÃ³n alemÃ¡n dedicado al combate, iba a llamar por el interfono a sus subcomisarios para dar las Ã³rdenes oportunas cuando sonÃ³ el telÃ©fono que habÃ­a sobre su mesa.

Al otro lado de la lÃ­nea estaba su superior directo, el doctor Soprano: El prefecto dijo al comisionado que se habÃ­an iniciado tiroteos en mÃ¡s zonas de NÃ¡poles y le dio la noticia de que la 5Âª armada y el 6Âº cuerpo estadounidenses, ademÃ¡s del 10Âº britÃ¡nico, estaban atacando a los alemanes en direcciÃ³n a NÃ¡poles y Avellino y los efectivos alemanes en el campo estaban empezando a replegarse, dirigiÃ©ndose a la ciudad partenopea para consolidar sus lÃ­neas mÃ¡s al norte. AcabÃ³ dejando al arbitrio del comisionado decidir quÃ© Ã³rdenes concretas impartir a sus hombres, pero con la condiciÃ³n de no obligarles a combatir contra los alemanes.

El doctor Pelusso no obedeciÃ³ del todo: tras despedirse del prefecto, ordenÃ³ a sus subordinados transmitir a los respectivos inferiores la sencilla invitaciÃ³n, no la orden, de unirse al pueblo contra los alemanes, pero aÃ±adiÃ³ con decisiÃ³n:

âDecid a todos que yo personalmente estoy con los insurgentes. Sin embargo, si alguien, hipotÃ©ticamente, no quiere seguirme, no tendrÃ¡ problemas. Pero deberÃ¡ entregar su pistola y quedarse retenido en la comisarÃ­a en las celdas de custodia.

Carmelo Pelluso no fue un antifascista desde el principio: como muchÃ­simos otros, entre ellos el subcomisario Vittorio DâAiazzo, portÃ³ hasta el 25 de julio el uniforme fascista, de hecho obligatorio para los funcionarios pÃºblicos. Pero ya al acabar ese mes se habÃ­a unido al Partido de la AcciÃ³n y no habÃ­a cambiado de bandera despuÃ©s de la ocupaciÃ³n alemana y el muy reciente retorno de Mussolini al gobierno de la Italia no ocupada por los ejÃ©rcitos aliados. Por el contrario, ahora colaboraba activamente con los dirigentes de los partidos antifascistas del Frente Ãnico Revolucionario y, sobre todo, con uno de sus mayores exponentes, nada menos que su amigo personal, el accionista


  profesor Adolfo Omodeo, que el 1 de septiembre habÃ­a sido nombrado por el gobierno de Badoglio rector del Ateneo Federico II de NÃ¡poles, desde el que alentaba entre los intelectuales, junto al liberal Benedetto Croce, la rebeliÃ³n contra el nazifascismo.

Los policÃ­as fieles a Mussolini, un comisario y una decena de agentes, cabos y suboficiales, bajo el control directo del comisionado, fueron desarmados y recluidos, respetuosamente, pero bajo escolta armada, en las celdas de seguridad. Se informÃ³ a Pelluso de que ya habÃ­a otros reclusos en las celdas y supo que el Ãºnico que estaba en custodia era un tal, verdadero o falso, Gennaro Esposito, sospechoso del asesinato de una prostituta llamada Rosa Demaggi. En la cara del comisionado asomÃ³ un gran descontento.

En esos mismos momentos, Vittorio DâAiazzo estaba saliendo del cuartel por la entrada de vehÃ­culos conduciendo un vehÃ­culo blindado viejo y obsoleto de la comisarÃ­a. Se consideraba de corazÃ³n un demÃ³crata cristiano, aunque, despuÃ©s de deshacerse del uniforme fascista el 25 de julio no se habÃ­a afiliado ni al partido catÃ³lico, ni al liberal y, a diferencia del comisionado Pelluso, no habÃ­a llegado a contactar con hombres de la reciÃ©n nacida resistencia. Por otro lado, lo mismo pasaba con la gran mayorÃ­a de aquellos italianos que luego combatirÃ­an contra el fascismo durante otro aÃ±o y medio, hasta el final de la guerra.

Con Vittorio DâAiazzo, subiÃ³ al blindado, aunque agotado como Ã©l por la noche insomne, el brigada Marino Bordin, hombre animoso aunque rudo, quien, aunque no tenÃ­a ideas polÃ­ticas, alimentaba un profundo rencor contra los alemanes debido a su arrogancia despectiva hacia los italianos. TambiÃ©n se montaron en el blindado dos agentes llamados Tertini y Pontiani y conducÃ­a el comandante Aroldo Bennato, jefe mecÃ¡nico del taller de la comisarÃ­a, estos tres descansados despuÃ©s de una noche de reposo y que acababan de llegar al servicio.

El blindado, o mÃ¡s exactamente la furgoneta blindada como era catalogada, era un aparato de la Primera Guerra Mundial, Lancia Ansaldo IZ, dotado de tres ametralladoras pesadas de 7,92 milÃ­metros Maxim. Solo este blindado y dos similares no habÃ­an sido confiscados en la comisarÃ­a por los ocupantes, al juzgarse ya no utilizables por estar obsoletos, al contrario que los autos blindados mÃ¡s modernos FIAT 611 1934/35 y FIAT AB 1940/43, que los soldados alemanes habÃ­an confiscado inmediatamente junto a sus medios acorazados. El Lancia Ansaldo IZ era un modelo lento y poco maniobrable. Pero tenÃ­a una notable potencia de fuego, hasta el punto de que, al entrar en servicio al final de la Primera Guerra Mundial, habÃ­a hecho estragos inmediatos entre los austriacos. Por otro lado, contrariamente a lo que debÃ­an haber pensado los alemanes, los tres autos acorazados gemelos estaban en perfecto estado gracias a las revisiones periÃ³dicas del jefe del taller y sus mecÃ¡nicos y por los responsables de las armas en el caso de las ametralladoras.

Con los cinco policÃ­as a bordo, el blindado entrÃ³ estruendoso y humeante en la Via Medina, a una setentena de metros a las espaldas de los alemanes, siempre tratando de disparar sobre los revoltosos usando los fusiles Garand, mientras que el operador de la metralleta BAR de los patriotas yacÃ­a desplomado boca abajo, muerto. El nÃºmero de los atacantes se habÃ­a reducido a menos de la mitad, ya que los alemanes disponÃ­an de una llamada sierra de Hitler, una tremenda ametralladora MG-42 de 7,92 milÃ­metros, la mejor del mundo en eficacia y ligereza, tanto que todavÃ­a hoy, el siglo XXI, el modelo estÃ¡ en dotaciÃ³n en la OTAN.


  Y de cada diez balas insertadas en las cintas alemanas, una era de tipo perforante, capaz de abrir brechas en los muros semiderruidos y los montones de escombros de las dos casas bombardeadas, a cuyo abrigo disparaban los patriotas. TambiÃ©n algunos alemanes estaban muertos en el suelo, una pequeÃ±a parte de su pelotÃ³n.

Vittorio DâAiazzo ordenÃ³ al comandante parar el auto y a los agentes portar dos ametralladoras, mientras Ã©l mismo llevaba a la espalda una tercera. El trÃ­o se armÃ³, apuntado a los granaderos enemigos y, a la orden del superior, disparÃ³ sin parar a pesar del riesgo de que las armas se encasquillaran. Los tres ametralladores improvisados eliminaron al pelotÃ³n adversario, cuyos hombres no tuvieron tiempo de darse la vuelta contra el blindado italiano usando la MG con sus balas perforantes, que habrÃ­an podido deshacer la dÃ©bil protecciÃ³n del auto italiano y, sobre todo, no pudieron lanzar una bomba anticarro con un Panzerfaust que llevaban.

DespuÃ©s de la matanza de alemanes, el blindado reemprendiÃ³ la marcha, lentamente, y sobrepasÃ³, serpenteando, a los muertos y los vehÃ­culos enemigos. Debido al espacio insuficiente apartÃ³ por la fuerza una camioneta. A una cuarentena de metros los patriotas supervivientes, ya solo seis, ninguno de las cuales estaba herido, salieron de los escombros al descubierto andando hacia el blindado: eran cinco hombres y una mujer delgada y pequeÃ±a que no mostraba mÃ¡s de dieciocho aÃ±os y tenÃ­a en su rostro una expresiÃ³n de desprecio. En el blindado, a una decena de pasos del pequeÃ±o grupo, Vittorio ordenÃ³ detenerse. BajÃ³ con tres de los suyos, dejando a bordo al comandante con la radio. Los policÃ­as y los partisanos se ocuparon de los italianos en el suelo, diecisÃ©is, ninguno de los cuales daba ninguna seÃ±al de vida: seis de ellos estaban en condiciones horribles, cuatro casi partidos en dos por las balas de la MG, al quinto le faltaba el rostro, sustituido por una cavidad sangrienta, el sexto privado de la bÃ³veda craneal, donde se podÃ­a ver el cerebro mientras le salÃ­a de la nariz materia cerebral que se habÃ­a posado en boca y mentÃ³n. La joven, habiendo tenido a este Ãºltimo a su lado durante el combate, contÃ³ a DâAiazzo que el cerebro del hombre habÃ­a palpitado unos momentos despuÃ©s de sufrir aquel golpe devastador. Impasible, concluyÃ³ asÃ­ su espeluznante relato:

âNo sÃ© si estaba todavÃ­a consciente, porque estaba inmÃ³vil, pero creo que sÃ­.

âÂ¡Yo espero que no! âle respondiÃ³ el subcomisario con desagrado, molesto no tanto por la macabra descripciÃ³n, sino por la frialdad que mostraba la joven.

Uno de los italianos muertos llevaba en bandolera una pequeÃ±a bolsa de arpillera con una radio estadounidense Motorola Handie-Talkie SCR536 de un solo canal, ligera, pero no potente. La joven, siempre sin mostrar sentimientos, se la quitÃ³ el difunto y se la puso en bandolera. Luego revisÃ³, uno a uno y con gran atenciÃ³n, los cadÃ¡veres de los alemanes y, al acabar la inspecciÃ³n, su cara se oscureciÃ³.

Vittorio ordenÃ³ sacar del trÃ­pode y llevarse la mortal ametralladora MG con sus ristras de balas y explicÃ³ que, una vez desmontada de soporte, esa arma podrÃ­a usarse bastante bien como fusil ametrallador, gracias a su peso no excesivo, apenas una docena de kilos, y a su doble pie desplegable guardado debajo del caÃ±Ã³n. Fue la joven, abandonando su fusil Garand, la que se la quedÃ³, diciendo que sabÃ­a cÃ³mo usarla. TomÃ³ dos ristras de balas de la MG y se las puso en bandolera y colocÃ³ la ametralladora en la parte derecha de su espalda, balanceÃ¡ndola por el caÃ±Ã³n con la mano.

DâAiazzo tomÃ³ el funesto Panzerfaust y preguntÃ³:

âÂ¿Alguno de vosotros sabe usar esto?

Obtuvo un sÃ­ de uno de los seis que, a pesar de estar vestido de civil, dijo que era granadero, precisando que habÃ­a sido Â«sorprendido aquÃ­ en NÃ¡poles por el armisticioÂ».

Un rato despuÃ©s, el comandante se asomÃ³ por la ventanilla del blindado y comunicÃ³ al superior que habÃ­a oÃ­do, desde la radio de la comisarÃ­a, la noticia de que, a travÃ©s del telÃ©fono, una voz femenina habÃ­a llamado a su centralita denunciando que los alemanes estaban ametrallando las casas de la Plaza de la Caridad.

Vittorio decidiÃ³ intervenir. Dado que el blindado podÃ­a acoger hasta seis personas, ofreciÃ³ a la joven ir con ellos. Esta lo rechazÃ³ y, dada la urgencia, no insistiÃ³ en la invitaciÃ³n, dio la orden de subir a sus hombres y, tras entrar en Ãºltimo, ordenÃ³ al comandante dirigirse al objetivo.

Entretanto, muchos otros policÃ­as estaban saliendo de la comisarÃ­a para enfrentarse a los alemanes: habÃ­a quien salÃ­a a pie por el portal o una puerta secundaria, otros por el paso de carruajes sobre camiones, camionetas, autocares o a bordo de los dos autos blindados restantes. La mayorÃ­a llevaba mosquetes â91 del siglo pasado, alguno llevaba en bandolera una metralleta moderna MAB,


  y muchos llevaban en bolsas en bandolera bombas SRCM o granadas lacrimÃ³genas. Los destinos de todos esos policÃ­as eran muy diversos. En particular, despuÃ©s de Ã³rdenes precisas del comisionado Pelluso, un pelotÃ³n, en el cual algunos hombres vestÃ­an de civil y la mayorÃ­a portaba uniforme, se dirigiÃ³ sobre un autocar largo marca OM hacia la Plazuela del Nilo, solo distante un kilÃ³metro de la Via Medina: sobre ese camiÃ³n, en el puesto de copiloto, iba tambiÃ©n el presunto sargento mayor Gennaro Esposito.

El blindado al mando de D'Aiazzo volviÃ³ a partir, retumbando y petardeando, llevando detrÃ¡s a los seis patriotas a pie. El comandante Bennato lo conducÃ­a lentamente, no solo por la vetustez del vehÃ­culo, sino para que los partisanos a pie, a los que servÃ­a un poco de baluarte, pudieran seguir el camino sin cansarse. DespuÃ©s del primer centenar de metros, uno de los seis, tras considerar la complexiÃ³n diminuta de la joven, le ofreciÃ³ cambiar la pesada MG por su fusil, pero ella se negÃ³, molesta, diciendo con la boca torcida Â«NaahÂ», lo que, vistas sus intenciones, debÃ­a significar que no.

Al acercarse a la Plaza de la Caridad, los once patriotas empezaron a oÃ­r los tableteos de las rÃ¡fagas de ametralladora. Tras dos minutos, llegaron a sus oÃ­dos ruidos de metralleta seguidos por una detonaciÃ³n. DespuÃ©s de otro par de minutos, volvieron a sonar rÃ¡fagas de ametralladora cuyo crepitar se hacÃ­a cada vez mÃ¡s fuerte, al irse acercando el blindado, ya casi junto a la plaza: era indudable que se estaba disparando allÃ­.

Vittorio ordenÃ³ a Bordin y a los agentes tomar las metralletas y estar preparados para disparar a su orden. Por su parte, se colocÃ³ detrÃ¡s de una ranura en la proa para observar el exterior, listo para ordenar hacer fuego.




CapÃ­tulo 6 (#ulink_ba585e2f-4a35-5a1e-b126-11b703441427)


El blindado llegÃ³ al paso desde la VÃ­a Cesare Battisti a la Plaza de la Caridad.

El tanque alemÃ¡n apareciÃ³ en la aspillera de proa, plantado inmÃ³vil a unos cuarenta metros a 45 grados a la derecha del vehÃ­culo italiano: era un carro Panther con una formidable coraza de 110 milÃ­metros, armado con un caÃ±Ã³n del 75 y dos ametralladoras MG, una en la torreta y otra en el cuerpo principal delantero, que hasta hacÃ­a poco habÃ­an estado vomitando fuego. Casi parecÃ­a una bestia descansando despuÃ©s de un gigantesco esfuerzo. Era evidente por quÃ© se habÃ­a producido esa fatiga, ya que en el suelo yacÃ­an multitud de cuerpos ensangrentados de civiles de ambos sexos y todas las ventanas de los edificios que rodeaban la plaza estaban hechas aÃ±icos, mientras que los muros mostraban profundas mellas. Se podÃ­a apreciar, a la vista de un todoterreno KÃ¼belwagen semidestruido todavÃ­a humeante y de cuatro cadÃ¡veres carbonizados, uno dentro y tres en el suelo, que llevaban los cascos de la Wehrmacht ennegrecidos, que la represalia del carro alemÃ¡n era posterior a un ataque contra el todoterreno con cÃ³cteles Molotov.

En el momento del ataque al KÃ¼belwagen, el Panther estaba patrullando la calle vecina de Formale. Su tripulaciÃ³n habÃ­a oÃ­do dos explosiones, separadas por un par de segundos la una de la otra, y el jefe del carro, un comandante de carrera llamado Konrad MÃ¼ller, habÃ­a apreciado de quÃ© direcciÃ³n venÃ­an. A sus Ã³rdenes, el vehÃ­culo se haya dirigido a la Plaza de la Caridad. Al llegar, los soldados habÃ­an encontrado los restos de sus cuatro camaradas y la camioneta y ninguna persona en la plaza, ya que despuÃ©s de haber lanzado dos botellas incendiarias, una de las cuales habÃ­a dado en el blanco, los autores del atentado habÃ­an huido mientras los residentes se habÃ­an refugiado en sus casas y tiendas, cerrando los portales y las persianas. El suboficial habÃ­a ordenado sin remordimientos ametrallar las fachadas de los edificios que le rodeaban a la altura de un hombre y mientras tableteaban sus MG, habÃ­a pedido instrucciones al mando a travÃ©s de la radio. Le habÃ­an ordenado vengarse deteniendo civiles, diez por cada alemÃ¡n muerto, y fusilarlos allÃ­ mismo. El cabo subcomandante del Panther y dos soldados habÃ­an bajado armados con fusiles MP80 y bombas de mano de modelo 24 y habÃ­an lanzado estas granadas contra persianas y portales, matando o hiriendo a quienes se habÃ­an refugiado dentro. El comandante MÃ¼ller, en un pÃ©simo italiano, habÃ­a ordenado por el altavoz salir de las casas, ya que si no todas serÃ­an derrumbadas a golpe de caÃ±Ã³n con sus residentes dentro. HabÃ­a prometido que sÃ­ los que allÃ­ estaban se presentaban ordenadamente a la escuadra alemana solo serÃ­an interrogados y luego se les dejarÃ­a libres. AsÃ­ que se habÃ­an reunido 42 personas, dos mÃ¡s del dÃ©cuplo de los alemanes muertos. Sin embargo, a pesar de que el cabo habÃ­a comunicado el exceso de detenidos al jefe del carro, que entretanto habÃ­a asomado por la torreta, la cantidad fue considerada adecuada por el superior, nazi convencido, aunque no era de las SS, y habÃ­a ordenado âajusticiarlosâ a todos. Esos civiles inermes habÃ­a sido abatidos con rÃ¡fagas de metralleta. Una vez muertos, los carniceros habÃ­an subido a su tanque y el comandante habÃ­a ordenado a las ametralladoras volver a disparar a su alrededor, esta vez apuntando a los pisos altos. Las rÃ¡fagas terroristas habÃ­an proseguido durante varios minutos mientras que el racista de Konrad MÃ¼ller pronunciaba con odio, expresÃ¡ndose en su dialecto bÃ¡varo, expresiones que en nuestro idioma habrÃ­an sonado asÃ­: Â«Â¡Italianos de mierda! Â¡Bastardos traidores! Â¡Raza de cerdos!Â»

El tanque de acero estaba a punto de reemprender su patrulla por las calles cuando habÃ­a aparecido el vehÃ­culo blindado de otros italianos de mierda. Este era muy inferior al Panther tanto en blindaje como en potencia de fuego. El comandante Bennato solo podÃ­a probar a dar marcha atrÃ¡s rÃ¡pidamente, con la muy dÃ©bil esperanza de que el enemigo tuviera otras Ã³rdenes a cumplir de inmediato y no se preocupara por seguirlos: frenÃ³ de golpe, sin necesidad de recibir la orden, puso la marcha atrÃ¡s y acelerÃ³, mientras los seis patriotas a pie, al ver que el blindado empezaba a retroceder se echaron atrÃ¡s precediÃ©ndolo en la retirada. Sin embargo, el vehÃ­culo pudo entrar en Via Battisti solo en parte, porque el motor se calÃ³ y parÃ³ por la rÃ¡pida maniobra y el blindado se detuvo con la parte anterior todavÃ­a expuesta al enemigo.

Contrariamente a la tenue esperanza italiana, en lugar de reemprender la patrulla por NÃ¡poles, el comandante del Panther decidiÃ³ destruir el vehÃ­culo rebelde y ordenÃ³ al artillero apuntar levantando cero contra el agente del enemigo.

Vittorio, entreviendo por la tronera la torreta del tanque empezando a girar dirigiendo el caÃ±Ã³n hacia el blindado, gritÃ³ a los suyos que abandonaran el vehÃ­culo y se emboscaran en los callejones de la Via Battisti y, al dar la orden, Ã©l mismo se dirigiÃ³ a la salida, bajando el primero. Luego razonarÃ­a que, despuÃ©s de todo, retrasarse no habrÃ­a servido para que los demÃ¡s salieran mÃ¡s rÃ¡pidos. En realidad, habÃ­a prevalecido sencillamente su instinto de conservaciÃ³n.

El disparo del caÃ±Ã³n retumbÃ³ un instante despuÃ©s de que el comandante Bennato hubiera salido el Ãºltimo. El proyectil explotÃ³ con precisiÃ³n en la parte expuesta del vehÃ­culo al que habÃ­a apuntado el artillero. Debido a esta explosiÃ³n tambiÃ©n estallÃ³ la bomba anticarro Panzerwurfmine que estaba antes en el Panzerfaust del granadero, arma que hasta un momento antes habÃ­a estado sobre su espalda pero que se habÃ­a quitado para huir mÃ¡s rÃ¡pido. El blindado italiano fue lanzado hacia atrÃ¡s y se incendiÃ³, embistiendo y aplastando a los cuatro patriotas mÃ¡s cercanos, mientras esquirlas densas y grandes se proyectaban devastadoras a su alrededor. TambiÃ©n falleciÃ³ el comandante Bennato, que, golpeado en el cuello por una lacha ardiente, muriÃ³ por el golpe con la cabeza destrozada. El granadero fue destrozado por la bomba Panzerwurfmine y las esquirlas del Panzerfaust, del que estaba demasiado cerca. Los agentes Tertini y Pontiani, alcanzados en la espalda por multitud de fragmentos, murieron minutos despuÃ©s, desplomados sobre el adoquinado. Solo se salavaron al subcomisario, el brigada y la joven, que consiguieron entrar, apenas un momento antes de la explosiÃ³n, en el callejÃ³n mÃ¡s cercano. Al mismo tiempo, a causa del muy violento desplazamiento del aire, se derrumbaron los dÃ©biles muros externos de dos viejas edificaciones que se encontraban a los lados del blindado, arrastrando con ellos a los residentes y sepultÃ¡ndoles mortalmente. Vittorio y sus dos compaÃ±eros atravesaron corriendo el pequeÃ±o patio en el que se habÃ­an refugiado y, a continuaciÃ³n, pasando bajo un arco trasversal en un muro, entraron en el patio de otro caserÃ­o. AquÃ­ la joven, que ya habÃ­a abandonado la ametralladora MG al principio de la precipitada retirada, se deshizo de las ristras de municiÃ³n que llevaba en bandolera y estaba a punto de dejar tambiÃ©n la bolsa con la radio, pero Vittorio le detuvo y, sin decir palabras, la puso a cargo del brigada.

âPodrÃ­a servirnos âdijo.

El trÃ­o volviÃ³ sobre sus pasos, pasando con cuidado de un del patio a otro y luego a otro hasta llegar a la Via del Claustro, desprovista de alemanes, que terminaba y todavÃ­a hoy termina en la Via Monteoliveto, donde vivÃ­a la joven. Era precisamente en su casa donde pretendÃ­a refugiarse. Por el contrario, los dos policÃ­as trataban de llegar a la Via Medina, siguiendo la Via Monteoliveto, mÃ¡s allÃ¡ del cruce con el Corso Umberto I, y volver a la comisarÃ­a.

Vittorio se asomÃ³ a la Via Monteoliveto y echÃ³ una ojeada a derecha e izquierda. AdvirtiÃ³ con decepciÃ³n que, no muy lejos a su derecha, en el cruce de la vÃ­a con el Corso Umberto I, habÃ­a un puesto de control de un pelotÃ³n de Waffen SS,


  dotado con camionetas, motocarros y un caÃ±Ã³n anticarro automÃ³vil de 47 mm. PanzerjÃ¤ger, modelo anticuado fruto de la adaptaciÃ³n de un tanque todavÃ­a mÃ¡s antiguo y arma poco eficaz frente a los carros armados modernos, pero mortal contra vehÃ­culos no acorazados y edificios. Los vehÃ­culos habÃ­an sido aparcados por los alemanes uno detrÃ¡s del otro a lo largo del Corso Umberto I, en las intersecciones de este con Via Medina y Via Monteoliveto. Era evidente que el objetivo era impedir a los vehÃ­culos el ingreso en el corso o que lo atravesaran. Como el caÃ±Ã³n anticarro se dirigÃ­a hacia Via Medina, Vittorio supuso correctamente que el objetivo del bloqueo era obstaculizar a vehÃ­culos y hombres que salieran de la comisarÃ­a. TambiÃ©n imaginÃ³ que, para impedir el paso de automÃ³viles en ambas direcciones, debÃ­a haber otro puesto mÃ¡s al otro lado de la comisarÃ­a, cerca del punto donde se habÃ­a desarrollado el combate de los patriotas con los granaderos alemanes.

Por tanto, ni hablar de atravesar el Corso Umberto I y unirse a los colegas que quedaran en la sede. Ahora se trataba de resguardarse todos en casa de la joven. Como el brigada iba de uniforme, antes de que el trÃ­o se pusiera a la vista en la Via Monteoliveto con el riesgo de ser advertido por los alemanes, DâAiazzo pesÃ³ en dar al funcionario su chaqueta de lanital


  totalmente gris, para que se la pusiera sobre la guerrera, escondiÃ©ndola algo y cubriendo la bolsa de la radio que, colgada del cuello, pendÃ­a delante del abdomen del suboficial. AsÃ­ se hizo. Marino tambiÃ©n ocultÃ³ en el pecho el gorro militar, bajo la guerrera y la chaqueta antes de abrocharse los botones.

La casa de la joven estaba a la izquierda de la VÃ­a del Claustro al mismo lado de la Via Monteoliveto en la que desembocaba aquella. Los tres se colocaron a unos treinta metros uno de otro, con la joven por delante, despuÃ©s el brigada y por Ãºltimo el subcomisario. Como habÃ­a recomendado este, caminaron lentamente, por si los veÃ­an los nazis del puesto de bloqueo, algo que era seguro, pero sin duda no despertaron sospechas, dado que ningÃºn alemÃ¡n abandonÃ³ el cruce para detenerlos y verificar sus documentos.

El edificio era pequeÃ±o, con solo dos apartamentos encima, de los cuales el mÃ¡s aireado era el primer piso, con techos de tres metros, mientras que el otro, donde vivÃ­a la joven con sus padres, era un entresuelo de unos dos metros cincuenta. Estaba encima de una tienda en la calle que miraba a la Via Monteoliveto a travÃ©s de una puertecilla a la izquierda del pequeÃ±o portal del edificio, todavÃ­a mÃ¡s a la izquierda, con una verja en ese momento con el cierre metÃ¡lico echado. La casita era propiedad de un vendedor ambulante de fruta y verdura que vivÃ­a en el primer piso y utilizaba la tienda para su actividad mientras alquilaba el entresuelo a la familia de la joven.

La joven abriÃ³ el pequeÃ±o portal y entrÃ³ en este, que olÃ­a a cerrado, dejando la puerta entreabierta y aguardando a sus compaÃ±eros. Entraba un poco de aire fresco por la abertura. Los dos hombres llegaron uno detrÃ¡s de otro. Vittorio cerrÃ³ tras Ã©l la puerta e inmediatamente, con la joven a la cabeza, el grupo subiÃ³ las escaleras que llevaban al entresuelo.

Como indicaba la placa junto a la puerta del apartamento, la familia se llamaba Scognamiglio.

âTe apellidas Scognamiglio, Â¿y tu nombre es â¦? âpreguntÃ³ Vittorio a la joven.

âMariapia.

âEncantado, Mariapia âLe sonriÃ³, abandonando la expresiÃ³n preocupada que tenÃ­a en el rostro desde que saliÃ³ de la comisarÃ­aâ. Soy el subcomisario Vittorio DâAiazzo.

ââ¦ Y yo el brigada Marino Bordin âintervino su ayudante, permaneciendo muy serio, al contrario que su superior, casi altivo, evidentemente orgulloso de su grado.

Aunque las facciones de Mariapia no se mostraban ya ceÃ±udas, el rostro no se le habÃ­a tranquilizado: su expresiÃ³n habÃ­a pasado de tenebrosa a triste.

AbriÃ³ la puerta de la casa con su llave, que llevaba en un portamonedas de tela de cÃ¡Ã±amo en el Ãºnico bolsillo profundo de su falda grisÃ¡cea de cafioc,


 sostenida por un cinturÃ³n negro opaco de cuoital,


  sobre la que llevaba una camiseta de color azulado tambiÃ©n de cafioc. La joven llevaba en los pies calcetines grises de lanital dentro de dos botas negras de coriacel,


  con las suelas de goma igualmente negras extraÃ­das de viejas cubiertas de automÃ³vil directamente por el artesano fabricante.

Como observaron los dos policÃ­as, el apartamento tenÃ­a tres espacios y un corredor. Este, de un par de metros de largo, recorrÃ­a la casa en toda su longitud, terminando en un ventanuco sin postigos. Las tres habitaciones estaban a la izquierda de la entrada, en ese momento tenÃ­an las puertas cerradas, pero, como se intuÃ­a desde allÃ­, asomaban a la Via Monteoliveto. A la derecha habÃ­a un balcÃ³n que flanqueaba el pasillo y quedaba por encima de un espacio de huerta tan largo como el edificio y con el triple de profundidad, con manzanos y ciruelos desperdigados, abundantes hortalizas y tres filas cortas y paralelas de viÃ±as: tambiÃ©n esa porciÃ³n de tierra pertenecÃ­a al vendedor ambulante. En un extremo del balcÃ³n, a la izquierda de quien saliera fuera por la Ãºnica puerta-ventana, en el centro del pasillo, habÃ­a una caseta de madera que, como intuyeron los invitados, alojaba el retrete domÃ©stico.

Se habÃ­a oÃ­do a alguien moverse en la habitaciÃ³n mÃ¡s cercana a la entrada, que resultarÃ­a ser una cocina-comedor.

âÂ¿QuiÃ©n estÃ¡ ahÃ­? âpreguntÃ³ Vittorio a la joven.

Sin responderle, Mariapia entreabriÃ³ apenas un tercio de la puerta y entrÃ³ en el espacio, cerrÃ¡ndola tras de sÃ­. Se oyÃ³ un parloteo incomprensible. Luego la puerta se volviÃ³ a abrir, esta vez del todo, y la joven saliÃ³ junto con sus padres.

Su padre, Antonio Scognamiglio, se encontrÃ³ con los acogidos con la frente fruncida por la inquietud, los ojos fijos en las botas y los pantalones de Bordin, con su evidente banda fucsia. El malestar manifiesto de dueÃ±o de la casa se acentuÃ³ cuando, un momento despuÃ©s, el brigada se quitÃ³ la chaqueta de DâAiazzo, mostrando asÃ­ su graduaciÃ³n cosida a las mangas de su casaca. Sin embargo, el padre de Mariapia era esencialmente un buen hombre. Su recelo no lo causaba por tener algo que esconder a la justicia, sino por el hecho de que tenÃ­a desde niÃ±o, como es habitual entre la clase popular napolitana, un sentido de gran prudencia, por no decir de desconfianza, hacia las autoridades grandes y pequeÃ±as, transmitido de generaciÃ³n en generaciÃ³n con el recuerdo atÃ¡vico de la prepotencia de los birri y los demÃ¡s funcionarios pÃºblicos de los reyes borbones. El hombre era bastante pequeÃ±o, unos quince centÃ­metros mÃ¡s bajo que Vittorio, tenÃ­a manos callosas, era delgado como Maripia y llevaba una cabellera frondosa, en un tiempo negra como la de la hija, pero ahora blanca, a pesar no tener mÃ¡s que cuarenta y ocho aÃ±os. TambiÃ©n su rugoso rostro hacÃ­a que su aspecto fuera envejecido, como el que aparece en los marineros y pescadores despuÃ©s de aÃ±os en el mar por la continua exposiciÃ³n al sol y la salmuera. Y de hecho habÃ­a ejercido, en naves de altura, la apreciada profesiÃ³n de pescador jefe, como todavÃ­a constaba en su documento de identidad. Pero hacÃ­a catorce meses, como habÃ­a confiado casi de inmediato a los alojados para justificar su estancia en casa, habÃ­a perdido el trabajo, despuÃ©s de tres decenios en el mismo pesquero, primero como grumete, luego como pescador experto y finalmente como pescador jefe. ExplicÃ³ que habÃ­a perdido todo dramÃ¡ticamente en julio de 1942 por el naufragio de la embarcaciÃ³n, destrozada por una bomba de un cazabombardero de la armada inglesa De Havilland Sea Mosquito, cuyo estilizado perfil, visto desde abajo, era muy conocido por los marineros italianos porque se anunciaba en los puertos: Antonio habÃ­a sido el Ãºnico superviviente de la matanza, porque, buen nadador, se habÃ­a lanzado al agua en cuanto habÃ­a visto la silueta abalanzarse sobre el pesquero. Fue rescatado por un destructor de la Marina Regia italiana, en ruta hacia el puerto de NÃ¡poles, que pasaba por fortuna por el Ã¡rea nÃ¡utica del naufragio apenas unas diez horas despuÃ©s, siendo todavÃ­a de dÃ­a y, para mÃ¡s fortuna, estando de guardia en el destructor un ojeador de primera clase,







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