La Verdad Y La Verosimilitud
Guido Pagliarino






Guido Pagliarino



La verdad y la verosimilitud



Relatos de la segunda mitad del siglo xx


Copyright Â© 2018 Guido Pagliarino - All rights reserved

Libro y E-book distribuidos exclusivamente por Tektime


Guido Pagliarino

La verdad y la verosimilitud

Relatos de la segunda mitad del siglo xx

Â© 2018 Guido Pagliarino

TraducciÃ³n del italiano al espaÃ±ol de Judit GimÃ©nez I SanjuÃ¡n

La distribuciÃ³n de este libro tanto fÃ­sico como en e-book es competencia exclusiva de Tektime

Todos los derechos pertenecen al autor en todo el mundo.

TÃ­tulo original en italiano âIl Vero e il verosimile - Racconti del secondo â900â, Tektime, Â© 2017 Guido Pagliarino

Imagen de portada: âLa Verdad y la Falsedadâ, Alfred Stevens, 1857, Museo BritÃ¡nico, Londres: Verdad sentada en un banco con el pie sobre el pecho de Falsedad, reclinada debajo y que lleva puesta una mÃ¡scara. Verdad le arranca la doble lengua - Cover image: âTruth and Falsehoodâ by Alfred Stevens, 1857, Brtitish Museum, London: Truth seated on a bench, her foot on the chest of Falsehood, reclining below, wearing a mask, tearing out his double tongue


Los acontecimientos, asÃ­ como los personajes y los nombres son imaginarios. Ninguno de los relatos de la antologÃ­a estÃ¡ basado en hechos reales. Cualquier parecido con la realidad âpasada o presente, y en concreto con personas que existen o hayan existido, con entidades, institutos, empresas, sociedades y sus productos existentes o existidosâ es totalmente involuntario y pura coincidencia.


Ãndice



Brev (#ulink_d3cc68a2-376d-5bf7-aa61-dbd8c78243d1)e (#ulink_d3cc68a2-376d-5bf7-aa61-dbd8c78243d1) (#ulink_d3cc68a2-376d-5bf7-aa61-dbd8c78243d1)introducciÃ³n (#ulink_d3cc68a2-376d-5bf7-aa61-dbd8c78243d1) d (#ulink_d3cc68a2-376d-5bf7-aa61-dbd8c78243d1)el autor (#ulink_d3cc68a2-376d-5bf7-aa61-dbd8c78243d1)

Guido Pagliarino,  (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d)La (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d) Ver (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d)dad (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d) (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d)y (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d) (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d)la (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d) Verosimil (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d)itu (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d)d, Cuentos de la segunda mitad del siglo xx (#ulink_08a7c76c-7670-59c2-b129-4fda217e6c5d)

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La herencia de MÃ©deia (#litres_trial_promo)


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Hay siete relatos ambientados en las Ãºltimas dÃ©cadas del pasado milenio: en Â«Polvo para construir montaÃ±asÂ» seguimos a un joven aprendiz de empresario, heredero âo presunto herederoâ de una empresa de producciÃ³n de juguetes y productos de modelismo en la Italia del boom econÃ³mico de principios de los 60. Se enfrenta a prejuicios y vilezas, a falsas apariencias y a la megalomanÃ­a ajena. En Â«La verdad y la verosimilitudÂ» nos encontramos con las vicisitudes familiares dramÃ¡ticas y grotescas de un hombre que, segÃºn unos, es un canalla, y segÃºn otros, mÃ¡s bien un santo. En Â«La fugaÂ» observamos las fases tragicÃ³micas de las desventuras de un modesto pensionista que se enfrenta a una fuga de agua incontrolable en el local que querrÃ­a alquilar a toda costa, complementando asÃ­ su magra pensiÃ³n. Â«La Verdad, su enemigo y el padre PaulÂ» considera que no en todos los conventos se puede llevar siempre una vida de simple y llana paz y plegaria, sobre todo si llegados a un punto entran en juego relaciones laborales y sindicales. Â«La razÃ³n de los signosÂ» pretende demostrar la gran importancia de algunas pequeÃ±as coincidencias, de aquellas aparentes casualidades que pueden modificar radicalmente una vida; otro tanto sucede en el relato que le sigue, Â«Perro fantasmaÂ». Por Ãºltimo, el breve Â«La herencia de MÃ©deiaÂ» nos presenta una mezcla entre vivir la realidad y soÃ±ar despierto; puede que combinados por enajenaciones mentales, puede que en vista de un objetivo que supera los lÃ­mites del mundo material.

Guido Pagliarino


Guido Pagliarino (#ulink_405ba514-0571-54b7-8b25-9ccb907098e5)



LA VERDAD (#ulink_405ba514-0571-54b7-8b25-9ccb907098e5) (#ulink_405ba514-0571-54b7-8b25-9ccb907098e5)Y LA VEROSIMILITUD (#ulink_405ba514-0571-54b7-8b25-9ccb907098e5)



Cuentos de l (#ulink_405ba514-0571-54b7-8b25-9ccb907098e5)a segunda mitad del siglo xx (#ulink_405ba514-0571-54b7-8b25-9ccb907098e5)


POLV (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e)O (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e) P (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e)A (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e)R (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e)A (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e) CO (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e)N (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e)STRUIR MONTA (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e)ÃAS (#ulink_cb2071eb-aaa1-5af6-abd2-251addacc79e)


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El caballero llegÃ³ surcando los cielos con los pies juntos a cuatro metros del suelo, volando, erguido. AtravesÃ³ la gran plaza que precedÃ­a la vivienda del primer piso del matrimonio Seta. Los brazos apenas se separaban de su cuerpo, y con el simple movimiento de las manos fijaba la direcciÃ³n.

Era una noche despejada, tan despejada que la luna llena se parecÃ­a al sol cuando el astro estÃ¡ cubierto de nubes lijeras y el cielo es de un gris perla; y era la luna porque las farolas estaban encendidas y habÃ­a estrellas.

Ni un alma en la plaza, unos pocos coches aparcados, nada de trÃ¡fico.

Silencio.

Bruno Seta estaba ante la ventana abierta del salÃ³n.

Al ver a su tÃ­o abuelo, que ya reconociera en la lejanÃ­a, se alarmÃ³; y es que le habÃ­an dado sepultura unas pocas horas antes. SÃ³lo ansiedad, nada de terror. RetrocediÃ³ unos pasos y se detuvo. SintiÃ³ el impulso de acercarse y cerrar la ventana, pero mientras sopesaba sus opciones el otro llegÃ³ al salÃ³n. Â¿QuerÃ­a entrar? No, se detuvo sin traspasar la ventana, con los ojos grises fijos en Ã©l, afligidos. Iba vestido con la misma ropa con la que le habÃ­an inhumado.

Bruno, no sin esfuerzo, se acercÃ³: comprendiÃ³ que el caballero querÃ­a hablar con Ã©l. Cara a cara, a una distancia de una cuarentena de centÃ­metros. El uno suspendido en el aire, el otro con las piernas algo temblorosas y los pies clavados al suelo. Se miraron durante unos segundos; entonces el ectoplasma dijo:



Somos polvo que pretende construir montaÃ±as por sÃ­ solo. Ahora sÃ© que Dios sÃ³lo nos erige montaÃ±as si nos confiamos a Ã©l. Lo siento.

Nada, nada, ya ves tÃº âsoltÃ³ su sobrino cÃ³micamente, como si el otro se hubiera disculpado por un pecado venial, por una carencia involuntaria, pero en voz alta por la inquietud.


Entonces su tÃ­o, sin aÃ±adir nada mÃ¡s, dio media vuelta hasta quedar de espaldas y se fue, volando. RecorriÃ³ la misma lÃ­nea que habÃ­a hilado de ida mientras Bruno observaba cÃ³mo se alejaba, convencido de que llegarÃ­a un punto en el que el fantasma se desvanecerÃ­a en el aire; pero antes de que eso ocurriera despertÃ³.

Valeria se encontraba a su lado, desvelada, observando al reciÃ©n despierto marido:



He soÃ±ado una cosa muy rara âle susurrÃ³, y seguidamente se lo describiÃ³.


Era un sueÃ±o idÃ©ntico al suyo, solo que en la ventana estaba ella y el espÃ­ritu le preguntÃ³ si podÃ­a pedirle perdÃ³n a Bruno de su parte. Le comunicÃ³ el encargo al instante, temiendo olvidarlo.



Â¿TelepatÃ­a? âse preguntÃ³ el marido en voz alta.

Una seÃ±al del cielo âdecretÃ³ su mujerâ, el difunto requiere plegarias y tu perdÃ³n.


Â¡Le hubiera gustado tanto que Valeria estuviera en lo cierto! Una seÃ±al verdadera del mÃ¡s allÃ¡ en vez de la emersiÃ³n de un sentimiento de culpa por una sempiterna aversiÃ³n hacia ese hombre. Un sentimiento rechazado inÃºtilmente por la razÃ³n, y sin embargo suficientemente fuerte como para perturbar la mente de ella durante el sueÃ±o. Pero, Â¡Â¿cÃ³mo podÃ­a creer en una seÃ±al cuando habÃ­a perdido la fe cuando no era mÃ¡s que un niÃ±o, rodeado de lecturas ateas y profesores infieles?! Y no obstante sentÃ­a la necesidad de Dios, que habÃ­a intentado encontrar en los Ãºltimos aÃ±os, en vano.



Ah, Â¡lo que darÃ­a por un destino que me deparara algo mÃ¡s! Aunque fuera una seÃ±al minÃºscula, pero fuera cierta â. En eso pensaba en el duermevela mientras recuperaba el sueÃ±oâ Si me llegara una verdadera seÃ±al y no un simple sueÃ±oâ¦




ANTECEDENTES (#ulink_92041e12-597e-5df5-825a-884ef0c648d9)



El odio hacia el tÃ­o abuelo naciÃ³ en Bruno mÃ¡s de veinte aÃ±os atrÃ¡s.

Era 1963. Estudiante. Acababa de empezar el segundo aÃ±o de EconomÃ­a y Comercio, que era como se llamaba entonces el tÃ­tulo en economÃ­a de Torino y esperaba incorporarse en la profesiÃ³n con papÃ¡.

La vÃ­spera de una noche, su padre, corredor de bolsa, recibiÃ³ de forma inesperada la llamada del caballero. Ãste le pidiÃ³ cita en su estudio Â«para hablar de asuntos importantes concernientes al esplÃ©ndido futuro que le aguarda a mi sobrino, o sea, a tu hijoÂ».

Aquella llamada le pareciÃ³ a la vez graciosa y desconcertante; por la artificiosa y burocrÃ¡tica expresiÃ³n que habÃ­a usado el familiar y porque la parecÃ­a ridÃ­cula la idea de que Â«de ese artesanoÂ», y no del estudio profesional, le deparara a su hijo Â«un futuro esplÃ©ndidoÂ».

Cuando muriÃ³ su mujer el doctor Seta se prometiÃ³ no rendirse y dedicarse por completo a un Bruno que apenas tenÃ­a tres aÃ±os; pero como no alcanzaba para ayudarle en los estudios se vio obligado a ingresarlo en un internado hasta que terminara la educaciÃ³n primaria. A pesar de que era un liberal agnÃ³stico escogiÃ³ Â«un serio centro de religiososÂ» por la fama que le precedÃ­a y donde sabÃ­a que seguirÃ­an los pasos de su hijo de cerca:



Â¡Pero sÃ³lo hasta que acabe los estudios obligatorios!


Durante la adolescencia le librÃ³ a su venerada educaciÃ³n laica; y fue durante el bachillerato, por causa de los profesores ateos, que Bruno perdiÃ³ la fe en Dios.

Al haberle dedicado a su hijo su propria vida y haberlo hecho lo mejor que pudo papÃ¡ Seta se tomÃ³ a la ligera, aunque en el fondo estuviera disgustado, que de repente otros le plantearan una previsiÃ³n de futuro a Bruno.

Aquel pariente de tres al cuarto âque en su madurez se casara con la tÃ­a de la difunta madre de Brunoâ abriÃ³ por allÃ¡ a finales de los cuarenta un negocio artesanal de juguetes con un par de dependientes. Como las familias no se visitaban a menudo nunca supieron que con la expansiÃ³n econÃ³mica de los aÃ±os 50 y principios de los 60 el caballero ampliÃ³ el negocio hasta convertirse en fabricante de juguetes y materiales plÃ¡sticos con casi doscientos operarios y un volumen de ventas considerable.

Pasaron los aÃ±os, pero el matrimonio no tuvo hijos. Por ese motivo el empresario decidiÃ³ llamar al papÃ¡ de Bruno.



Nada mÃ¡s pisar el estudio del doctor Seta el caballero le espetÃ³:



No tengo herederos, ni siquiera parientes lejanos. No quiero morir y que el estado se quede la fÃ¡brica, por quÃ© tienen que meter sus sucias manos, trae mala suerte; aunque mi mujer me sobreviviera no podrÃ­a encargarse del negocio. Para ella yo ya he hecho lo que tenÃ­a que hacer: ho obtenido mis frutos y los he igualado a un tercio de los ingresos de la empresa.


Llegados a este punto se detuvo durante unos instantes, esperando algÃºn signo de admiraciÃ³n por parte de Seta.



En fin, que cuando yo mueraâ¦ âdijo, mientras metÃ­a una mano en el bolsillo para tocar un clavo que llevaba siempre encima.


MÃ¡s adelante Bruno descubrirÃ­a que era un hombre muy supersticioso y que creÃ­a que aquel clavo era un amuleto que le habÃ­a dado suerte toda la vida. Luego prosiguiÃ³:



...quiero que mi nombre y mi empresa pervivan en la memoria por los siglos de los siglos.


El doctor Seta tuvo que contenerse para no reÃ­rse en su cara: Â«puestos a pedir incluso mÃ¡s que el Imperio romanoÂ» pensÃ³. MÃ¡s tarde se lo repetirÃ­a a su hijo, pero en situaciÃ³n consiguiÃ³ mantener una postura seria.

Mientras tanto, el otro seguÃ­a:



Ahora la empresa se encuentra en una posiciÃ³n formidable. Da montones de beneficios, al contrario que tu chapucilla.


Dijo exactamente eso, chapucilla; sin embargo, el carÃ¡cter del padre de Bruno le mantuvo impasible, aunque pensara que era Â«el tÃ­pico paletoÂ». Le dio la mano a modo de despedida y respondiÃ³:



Lo hablarÃ© con el chico, al fin y al cabo es su decisiÃ³n. Te dirÃ© algo lo antes posible.


Al otro se le quedÃ³ una expresiÃ³n mitad sonrisa mitad mueca, como diciendo: Â«Â¿Ahora los crÃ­os deciden? Â¡Con una oferta como esta!Â» y se fue; antes, sin embargo, se detuvo en la puerta del estudio, se girÃ³, mirÃ³ a su alrededor para asegurarse de contar con la atenciÃ³n de las secretarias y dijo:



Y recuerda: tanto Bruno como sus herederos tendrÃ¡n que comprometerse por escrito a mantener el nombre de la fÃ¡brica con mi nombre: Industrias Caballero Olindo PittÃ².


El hombre, notorio ateo, habÃ­a albergado esperanzas de sobrevivir bajo el nombre de su empresa.



Â¿QuÃ© opinarÃ­a Foscolo? âbromeÃ³ el doctor Seta con su hijo al contÃ¡rselo, citando al poeta de Los sepulcros que tanto amabaâ; tÃº, mientras tanto, piÃ©nsatelo, no deja de ser una propuesta interesante. Y ten presente que puedes graduarte igualmente, trabajando y estudiando luego, por la noche; tienes cabeza y determinaciÃ³n para ello.


El papÃ¡ pidiÃ³ informaciÃ³n de primera calidad sobre la empresa PittÃ². Al cabo de unos dÃ­as aceptaron verbalmente la oferta. No se pactÃ³ el testamento, siempre revocable. Bruno adquirirÃ­a sus derechos. En cuestiÃ³n de dos aÃ±os la empresa individual se transformarÃ­a en una sociedad por acciones. AsÃ­, el joven trabajarÃ­a gratuitamente y se quedarÃ­a el diez por ciento de la propiedad, es decir, el dos por ciento por bienio hasta que alcanzara un tercio de las acciones; el resto llegarÃ­a mediante legado testamentario cuando el caballero muriera. Para evitarle al hijo un compromiso irrevocable, y teniendo en cuenta que la mayorÃ­a de edad âen la Italia de aquellos tiemposâ se alcanzaba a los veintiuno, el padre prefiriÃ³ por el momento acordarlo de palabra, sin actos escritos.



El carÃ¡cter del empresario saliÃ³ a la luz casi al instante. A pesar de que se expresaba con propiedad gracias a las abundantes lecturas y por supuesto a la rigurosa escuela primaria de antaÃ±o, era mÃ¡s tosco de cuanto las descripciones de papÃ¡ Seta hubieran traslucido, prepotente con los subordinados y muy humilde con los poderosos, entre los que se incluÃ­an los empresarios mÃ¡s ricos que Ã©l. Para el hijo Seta, forjado en la libertad y el respeto al prÃ³jimo, la harmonÃ­a fue difÃ­cil.

Bruno entrÃ³ en la fÃ¡brica ese mismo aÃ±o, en 1963, acompaÃ±ado de PittÃ². El primero se sintiÃ³ algo intimidado; el otro, el empresario, se mostrÃ³ arrogante pero abierto, aunque solo esa vez. Se paseÃ³ con el aire de un soberano que presenta altamente complacido su reino al prÃ­ncipe heredero.

Le condujo y le recondujo por todos los rincones del edificio. Seguidamente el tÃ­o abuelo le presentÃ³ a los dos dirigentes del taller.



Mi sobrino, el heredero.


El tÃ©cnico, el seÃ±or Tirlotti, era un doble titulado perito quÃ­mico e industrial con conocimientos de ingenierÃ­a valorado con un salario mÃ¡s bajo. El administrativo, el doctor Fringuella, era un cincuentÃ³n soltero alto de incipientes entradas, un poco jorobado y extremadamente delgado, de piel amarillenta y nariz enorme. TenÃ­a aspecto de borracho, y seguramente lo estuviera al tÃ©rmino de la estancia de Bruno en la fÃ¡brica, tal y como evidenciaba el agravamiento de su enfermedad del hÃ­gado. En cuestiÃ³n de ocho meses, Fringuella, escapando de la adustez de trabajos anteriores y contentado con su escaso salario, asumiÃ³ gracias al jefe el puesto de un tal Dialzi. Su predecesor fue despedido inmediatamente Â«por haber robadoÂ»; curiosamente, jamÃ¡s fue denunciado a las autoridades judiciales a pesar de que el dinero robado sumara cien millones de liras de la Ã©poca


 . AdemÃ¡s, cosa aÃºn mÃ¡s extraÃ±a, el hombre siguiÃ³ y continuÃ³ presentÃ¡ndose casi mensualmente a la fÃ¡brica para intentar hablar con el caballero. Se decÃ­a, segÃºn las orejas espÃ­as de Fringuella detrÃ¡s de la puerta, que el empresario le ofreciÃ³ al otro una suma de dinero. La certeza fue plena cuando, en una ocasiÃ³n, aposta y sin fingir en absoluto, el director administrativo entrÃ³ en la sala, se disculpÃ³ por la intrusiÃ³n y sorprendiÃ³ a PittÃ² pagÃ¡ndole a Dialzi. En cuanto el otro se fue el jefe, rojo como un tomate, se acercÃ³ al doctor y empezÃ³ a excusarse entre balbuceos. Pero, Â¿quiÃ©n le habrÃ­a creÃ­do? Â«Bueno, es que da pena, Â¿no?Â».

Â¿Chantaje?

Mientras tanto, segÃºn los chismorreos âsobre todo de Fringuellaâ el joven reuniÃ³ rÃ¡pidamente la escasa informaciÃ³n disponible sobre Dialzi; quedÃ³ huÃ©rfano de ambos padres a los diecisÃ©is y fue acogido por el caballero en su neonata empresa artesana a modo de manitas con una paga casi inexistente, con manutenciÃ³n y alojamiento en el laboratorio. Trabajaba independientemente del horario y las ganancias y halagaba al caballero, hombre sensible a las lisonjas. Fue ascendiendo a medida que la empresa crecÃ­a, gracias tambiÃ©n a su inteligencia, ya que estudiando de noches consiguiÃ³ sacarse el tÃ­tulo de contable. AsÃ­ pues, se convirtiÃ³ en director administrativo de la PittÃ² con el sueldo de un simple empleado. Una de las cosas que, contrarias a la justicia, el caballero mÃ¡s apreciaba era que un trabajador costara menos que la funciÃ³n que desempeÃ±aba y encima no se quejase. No entendÃ­a que aquello pudiera implicar menor competencia o dificultad para encontrar trabajo a una edad ya no tan verde, como Fringuella, arriesgÃ¡ndose a un menor apego por el trabajo o hasta rencor por la explotaciÃ³n. Por Ãºltimo, la tacaÃ±erÃ­a podÃ­a incluso convertirse en una instigaciÃ³n involuntaria al robo. Bruno pensÃ³ que a lo mejor le habÃ­a pasado precisamente eso a Dialzi a modo de asimilaciÃ³n ilÃ­cita y excesiva de un salario inadecuado. Solo el director tÃ©cnico estaba satisfecho con su paga inferior a la de un ingeniero pero superior al sueldo de un perito, con su doble titulaciÃ³n sin ningÃºn grado; el caballero estaba muy satisfecho con Ã©l porque era un apasionado de su profesiÃ³n, encontraba soluciones y proponÃ­a innovaciones siempre en el momento justo. HabÃ­a creado, entre otros, un polvo que si se mezclaba con agua formaba una sustancia consistente y moldeable muy Ãºtil para los apasionados de los trenecitos y los maquetistas para los plÃ¡sticos; la verdad es que se secaba enseguida y quedaba durÃ­sima, capaz de soportar un peso considerable incluso en capas finas. Solo por eso el caballero empezÃ³ a fabricarla y a venderla en masa, aunque el producto, que nunca patentÃ³, tuviera funciones mÃ¡s Ãºtiles y vastas. PittÃ² la bautizÃ³ con la titÃ¡nica expresiÃ³n: Polvo para construir montaÃ±as. Se destinaba en gran parte al por mayor y a las tiendas de modelismo y juguetes, en Italia y en el extranjero. SacÃ³ grandes beneficios gracias al bajo coste de producciÃ³n y a la ausencia de compensaciÃ³n extra alguna para el perito Tirlotti, ya que Â«lo habÃ­a creado en horas de trabajo y con el material de la fÃ¡bricaÂ».

Bruno, que no recibÃ­a paga alguna, tenÃ­a que situarse por fuerza entre los colaboradores mÃ¡s apreciados del propietario, y la verdad es que asÃ­ fue al principio. De hecho, gozÃ³ de un singular privilegio: el primer dÃ­a PittÃ², tras la visita a las instalaciones, le recibiÃ³ en su oficina, sentado en la silla de directivo tras el escritorio presidencial; Bruno frente a Ã©l, de pie en posiciÃ³n firme. PittÃ² le dedicÃ³ un discurso improvisado de bienvenida y le autorizÃ³ en exclusiva a no llamarle caballero, sino simplemente tÃ­o. AsÃ­ lo hubiera hecho el joven de por sÃ­ aunque no le hubiera concedido el beneplÃ¡cito. Sin embargo le dio las gracias. El otro quedÃ³ complacido, como si le hubiera entregado a saber quÃ©, pero aÃ±adiÃ³:



Obviamente cuando hables de mÃ­ con los demÃ¡s no digas Â«mi tÃ­oÂ», sino Â«el caballeroÂ».


Le dejÃ³ al cuidado del doctor Fringuella y le nombrÃ³ segunda autoridad de la oficina de administraciÃ³n, con un escritorio algo mÃ¡s pequeÃ±o que el del director y una tarjeta grabada que rezaba Â«Bruno Seta - Subdirector administrativoÂ». Ciertamente aquello le proporcionÃ³ al joven aprendiz una gran satisfacciÃ³n. Desgraciadamente dos aÃ±os despuÃ©s el caballero, eternamente Ã¡vido del ahorro, se sincerÃ³ con el ya experto Bruno cuando el otro, que ya sospechaba algo, escuchaba tras la puerta:



Nos quedaremos contigo y echaremos al buitre traidor de Fringuella.


De nada sirviÃ³ que el joven le perjurara al doctor que su intenciÃ³n no habÃ­a sido jamÃ¡s la de robarle el puesto. Desde entonces y no por su culpa se ganÃ³ a un enemigo.

Aparte de las tareas importantes, casi cada dÃ­a se sucedÃ­an otras muchas menos dignas pero que el titular valoraba enormemente. Para ahorrarse la manutenciÃ³n de dos furgones con conductor, de los que hacÃ­a uso ocasionalmente para pequeÃ±os pedidos, el tÃ­o se comprÃ³ un monovolumen grande que le servÃ­a de presentaciÃ³n en los pedidos de la zona, de las que se encargaba Ã©l mismo hasta que llegÃ³ el sobrino. Cabe mencionar que en la Ãºltima Ã©poca se arriesgÃ³ a varios accidentes debido a la reciente pÃ©rdida visual de un ojo, fruto de una catarata mal operada. AsÃ­ pues, Bruno se encargÃ³ de sustituirle como repartidor complementario en un Mercedes Benz. El caballero, ademÃ¡s, le delegÃ³ la responsabilidad de su propio conductor. El otro empleado vestÃ­a una gorra de chÃ³fer incluso en horas de reparto y trabajaba en horas que deberÃ­a haber tenido libres y que no recibÃ­an paga extra. Al fin se quejÃ³ a Fringuella, quien le apoyÃ³ ante el jefe. Entonces PittÃ² encontrÃ³ una soluciÃ³n, simple e inmediata: nombrar gratuitamente al sobrino para el puesto:



PruÃ©bate la gorra de ese holgazÃ¡n âle ordenÃ³ con indiferencia, entregÃ¡ndosela.


El joven, mÃ¡s asombrado que fastidiado, respondiÃ³ evasivamente con una pregunta retÃ³rica:



Â¿Pero quÃ© imagen darÃ­as si pusieras a tu subdirector heredero de conductor? PensarÃ¡n que eres pobre.


Esa palabra mÃ¡gica desvaneciÃ³ la gorra y desde entonces ambos se presentarÃ­an pÃºblicamente con el coche empresarial como familiares que eran, para bien o para mal. Bruno conducirÃ­a sin gorra y su tÃ­o medio ciego se sentarÃ­a a su lado en vez de atrÃ¡s.

Gracias a aquella extraordinaria tarea el joven conociÃ³ en fiestas y reuniones de negocios a decenas de empresarios del momento, protagonistas de lo que mÃ¡s tarde se llamarÃ­a el Â«milagro econÃ³mico italianoÂ». Gran parte de aquellas empresas cerraron pronto debido a la recesiÃ³n econÃ³mica de medidos de los aÃ±os 60. Solo algunos de ellos âsobre todo gracias a sus hijos y nietos que, a diferencia de los primeros, fueron instruidos en escuelas econÃ³micasâ vieron prosperar sus empresas; y cuando los fundadores desaparecieron alcanzaron, dÃ©cadas mÃ¡s tarde, dimensiones mundiales.

La verdad es que pocos de los empresarios que conociÃ³ Bruno le cayeron bien. En muchos de ellos se acentuaba seriamente una gran altivez y una escasa formaciÃ³n, la mala educaciÃ³n con los subordinados y la brutalidad contra todos los que, compartiendo las mismas miserias en sus orÃ­genes, no supieron alcanzar la riqueza. A menudo sus esposas eran peores que los maridos, sin contar con el inteligente mÃ©rito de haber creado puestos de trabajo. Ante las personas cultas los empresarios manifestaba respeto y cortesÃ­a; a sus espaldas, hablÃ¡ndolo entre ellos o en familia, exteriorizaban desprecio. HabÃ­a mucha envidia hacia los intelectuales, esencialmente por sus tÃ­tulos acadÃ©micos: casi todos los empresarios se apresuraban a exhibir el tÃ­tulo de caballero o comandante de la RepÃºblica como si solo contara el tÃ­tulo y no la cultura. AdemÃ¡s ansiaban la adulaciÃ³n.

PittÃ² no era diferente. Bruno, de naturaleza enemigo de las zalamerÃ­as, nunca habrÃ­a elogiado al tÃ­o abuelo si no fuera porque al final se hubiera convertido en su enemigo. En el fondo sabÃ­a, por como traslucÃ­an algunas frases, que el caballero se lamentaba de que su sobrino estuviera en la universidad y que un dÃ­a se licenciara. Los exÃ¡menes sacaron a la luz las primeras disputas entre ellos. El empresario se enfadaba cada vez que Bruno se ausentaba con motivo de un seminario o un examen. En una ocasiÃ³n el joven tuvo que cargar con dos exÃ¡menes muy prÃ³ximos el uno del otro; habÃ­a pasado casi un bienio desde que entrara en la fÃ¡brica y pidiÃ³ un permiso de dos o tres dÃ­as para repasar. PittÃ² le chillÃ³:



Â¡AquÃ­ se trabaja, no te haces el universitario tocacojones! Â¿Eres tonto o quÃ©? Â¿Eres un empresario y pierdes el tiempo con esas estupideces burocrÃ¡ticas?


Al pensar que trabajaba gratis, sin horarios fijos y al cargo de tareas que no deberÃ­an ser suyas y en plena tensiÃ³n por el pesado estudio nocturno, no pudo contenerse y le chillÃ³ de vuelta a pleno pulmÃ³n:



Â¡TÃº eres el empresario, no yo, y empiezo a estar harto de los de tu calaÃ±a!




Â¡Piojoso! Â¡Piojoso! ârespondiÃ³ el jefe secamente ante todos, alejÃ¡ndose a la par que picaba de manos cada vez mÃ¡s fuerte en seÃ±al de desprecio.


Fue en esa ocasiÃ³n que Fringuella le soltÃ³ al joven una frase ambigua:



TenÃ­a usted razÃ³n, seÃ±or Seta, pero se ha pasado de rosca con el grito; ademÃ¡s, al fin y al cabo es al caballero a quien su familia debe su posiciÃ³n.


Por un instante Bruno creyÃ³ que se referÃ­a a la promesa de asociaciÃ³n con la empresa. No se imaginaba lo que aquella frase escondÃ­a. Solo al cabo del tiempo comprendiÃ³ las mentiras que iban circulando.

Entretanto la recesiÃ³n econÃ³mica hincÃ³ fuerte en Italia.

El joven lo consultÃ³ con su padre:



Me da que la empresa estÃ¡ perdiendo impulso; tiene muchos, demasiados crÃ©ditos que cobrar de clientes morosos. Cabe la posibilidad de una crisis de liquidez, y con los costes fijos que la empresa tiene que cubrir, como la nueva maquinaria que aÃºn hay que pagar, el riesgo es notorio.


PapÃ¡ Seta respondiÃ³ calmosamente:



Mientras dure no vas a firmar ningÃºn contrato con tu tÃ­o, aunque dudo que lo proponga. Y te aconsejo que en los prÃ³ximos meses estÃ©s atento a cÃ³mo evolucionan las cosas; tan poco tiempo no dice nada. Puede que sea una crisis pasajera. Tirar dos aÃ±os por la borda sin estar seguro serÃ­a una mala elecciÃ³n.


Bruno no le dijo que en realidad no le gustaba el ambiente y que hubiera preferido ejercer la profesiÃ³n libre paterna y renunciar a la perspectiva de enriquecer. AdemÃ¡s, aunque a diferencia de muchos gozaba de alguna que otra comodidad no le preocupaba acaparar tesoros y mucho menos hubiera disfrutado haciendo pompa de ellos.

Se sintiÃ³ inexperto. DecidiÃ³ contenerse y no arriesgarse a dar un paso en falso, y eso le hizo sentirse bien. Ya era bastante arduo manejar una empresa sin comprometerse y Bruno priorizÃ³, como siempre, el conocimiento. AdemÃ¡s, si se iba se alejarÃ­a a tiempo de ciertas bocas y ojos malÃ©volos que, aunque actuaran de buena fe, alimentarÃ­an en breves una historia contra los Seta. A lo mejor asÃ­ evitarÃ­a un gran disgusto que acechaba tanto a la empresa como a Ã©l.



El Polvo para construir montaÃ±as, sumado a la supersticiÃ³n del caballero, le habrÃ­a propiciado a la empresa PittÃ² el impulso decisivo para su caÃ­da.

Con el inicio del tercer aÃ±o en la fÃ¡brica, el empeoramiento de la crisis econÃ³mica indujo al tÃ­o a una bÃºsqueda de nuevos encargos que sustituyeran a los de los clientes poco fiables o deudores. De repente, se acordÃ³ de una persona que conociÃ³ un tiempo atrÃ¡s, el director de un estudio cinematogrÃ¡fico en Roma, de propiedad pÃºblica. AÃ±os atrÃ¡s PittÃ² se sentÃ³ a la misma mesa que Ã©l y su mujer, de crucero con la mujer a bordo del Andrea Doria durante el viaje inaugural de la preciosa y desafortunada motonave. Entre ellos se forjÃ³ una cordial compaÃ±Ã­a con apariencia de amistad y prometieron volverse a ver. AÃ±os mÃ¡s tarde los dos hombres coincidieron por casualidad surcando las aguas en Montecatini. Se reconocieron y el director le confiÃ³ al caballero que estaba buscando infructuosamente nuevos materiales, fuertes, ligeros y asequibles para la elaboraciÃ³n de paisajes artificiales y edificios falsos para las pelÃ­culas de ambientaciÃ³n clÃ¡sica o mitolÃ³gica que por entonces estaban de moda; tenÃ­a que ser una sustancia que confiriera, adicionalmente, un realismo superior al papel machÃ©.



Â¡Mi polvo! âcomentÃ³ para sus adentros el caballero, pero no se lo dijo; de hecho, por aquel entonces la empresa estaba hasta el cuello de pedidos atrasados que surtir a sus clientes.


Ahora, en cambio, un contrato pÃºblico en Roma le habrÃ­a venido de perlas.

El problema era localizar a la persona. El tÃ­o habÃ­a perdido su direcciÃ³n y no sabÃ­a exactamente de quÃ© estudio estaba a cargo, y encima tenÃ­a un nombre muy comÃºn.

El doctor Fringuella âconocido en la fÃ¡brica por su habilidad en encontrar a las personas de los ambientes mÃ¡s diversos en casos de emergenciaâ se encargÃ³ de la bÃºsqueda. Cuatro horas mÃ¡s tarde le mandÃ³ al jefe, ante un Bruno maravillado, todos los datos necesarios.



Menudas facultades, Â¿verdad? âse deleitÃ³ con el sobrino el caballero, risueÃ±o, cuando el otro se alejÃ³.


El joven, incapaz de retener la curiosidad, le preguntÃ³ mÃ¡s datos sobre el doctor y concluyÃ³:



Â¿CÃ³mo es posible que una persona tan espabilada haya aceptado un sueldo tan modesto?

Â¡Â¿QuÃ© dices, modesto?! âse sorprendiÃ³ bromeando y riendo satisfecho â. Nos las hemos arreglado muy bien, Â¿no?


Le guiÃ±Ã³ el ojo bueno. Luego, para demostrarle su destreza para encontrar mano de obra barata decidiÃ³ contÃ¡rselo, no sin antes hacerle jurar que no le harÃ­a decir por quÃ© callÃ³ cuando contratÃ³ al hombre:



â¦pero tÃº eres el heredero y tienes derecho a estar informado.


Bruno se enterÃ³ entonces de que Fringuella cometiÃ³ un delito innegable contra la repÃºblica: aÃ±os ha fue un diestro, aplicado y muy temido funcionario captador de impuestos, incorruptible desde el Ã¡rea pecuniaria. Desgraciadamente para Ã©l, sufrÃ­a de inevitable priapismo orgÃ¡nico y aÃºn peor, llegado a cierto punto le asignaron un encargo bastante tentador. CorrÃ­an los aÃ±os 50 cuando aÃºn se toleraban las Â«casas cerradasÂ», es decir, burdeles, y el estado se aprovechaba estableciendo impuestos a los proxenetas y a todo aquel meretricio: la tarea asignada a Fringuella se basaba en la inspecciÃ³n fiscal de prostÃ­bulos. Incapaz de satisfacer sus casi irresistibles necesidades mediante su modesto sueldo, pensando âcomo luego se difundiera descortÃ©smenteâ en Â«no cometer un gran mal absteniÃ©ndose del dineroÂ», incumpliÃ³ su propia honradez y acordÃ³ con el dueÃ±o de los burdeles lo siguiente: Â«aligerarÃ­aÂ» sus situaciones fiscales personales si consentÃ­an, de forma gratuita y con permiso exclusivo, el uso fuera de horario de los Â«serviciosÂ» de los locales. Desgraciadamente para Ã©l, cuando esas casas fueron finalmente prohibidas por la ley Merlin, una carta anÃ³nima le denunciÃ³, y algunos de los dueÃ±os, interrogados en comisarÃ­a, le delataron. El doctor, despedido de los cargos pÃºblicos, fue condenado a cuatro indiscutibles aÃ±os de prisiÃ³n. Cuando saliÃ³ de presidio contaba ya cincuenta aÃ±os y no encontrÃ³ otra cosa que el empleo mal pagado de la fÃ¡brica PittÃ².



SalÃ­a en los periÃ³dicos, Â¿no los leÃ­as? âconcluyÃ³ el tÃ­o.


Bruno se acordaba del caso, pero nunca lo hubiera atribuido a Fringuella. El caballero, en cambio, lo tenÃ­a grabado en la memoria, ya que en un pasado lejano el doctor, encargado de las denuncias de los ingresos de los artesanos, fue un poderoso adversario en los enfrentamientos ante los servicios fiscales.

AsÃ­ pues, fue la pasada profesiÃ³n la que le brindÃ³ al director administrativo vastos conocimientos y gracias a sus antiguos colegas localizÃ³ enseguida al director de Roma.

Tras conversaciones telefÃ³nicas, correspondencia epistolar y el envÃ­o de muestras consiguieron despertar el interÃ©s de la contraparte gracias a un amigo de PittÃ² y su agente comercial de la zona Lacio-UmbrÃ­a. En un perÃ­odo extraordinariamente breve establecieron el acuerdo y la firma del contrato del empresario. Bruno hizo de secretario y se fue a Roma para cerrar el trato.

Como siempre, cuando nadie se enteraba, el parsimonioso empresario reducÃ­a gastos: trayecto nocturno en ferrocarril, vagÃ³n dormitorio de segunda clase. Pero cuando el sobrino llegÃ³, el tÃ­o lo tomÃ³ del brazo y le arrastrÃ³ sin que Ã©l comprendiera la razÃ³n al vagÃ³n adyacente, un coche cama del que, con un guiÃ±o del ojo, le hizo bajar. Bruno lo comprendiÃ³ todo cuando vio al amigo de Roma, esperÃ¡ndoles.

Ãste se encargÃ³ de acompaÃ±arles a la oficina de la contraparte y les esperÃ³ pacientemente a que se firmara el contrato; luego les llevÃ³ al aeropuerto. El caballero tenÃ­a programado volver en aviÃ³n aunque el coste fuera superior, fuera porque no estaba seguro de soportar la fatiga de otro viaje en tren, fuera porque esa misma noche recibirÃ­a en casa a un cliente mayorista importante.

El vuelo marchÃ³ tranquilo en sÃ­, pero para el empresario fue extremadamente sufrido y lo viviÃ³ apretando en un puÃ±o el clavo de la suerte.

Â¿Aerofobia? Normalmente no, pero asÃ­ fue en esa ocasiÃ³n: sucediÃ³ que el amigo, al llevar a Bruno al aeropuerto dejÃ³ caer, remarcando despreocupadamente que no creÃ­a en esas cosas, que el director cinematogrÃ¡fico tenÃ­a fama de ser muy gafe. Le atribuÃ­an a Ã©l los males por el simple hecho de haber asistido al viaje inaugural del modernÃ­simo Andrea Doria, que se hundiÃ³ en el ocÃ©ano aÃ±os despuÃ©s del primer trayecto. PittÃ² temblÃ³ al pensar en el peligro al que inconscientemente se expuso durante la navegaciÃ³n; se quedÃ³ tieso segundos despuÃ©s al pensar en el arriesgadÃ­simo y gafado vuelo que estaba a punto de tomar. BajÃ³ del coche del amigo y tras la despedida se planteÃ³ seriamente coger un taxi y volver a la estaciÃ³n ferroviaria, aunque ya hubiera pagado el vuelo.

Bruno, que no tenÃ­a ni ganas de volver a pasar por largas horas en tren y menos durante mÃ¡s de un dÃ­a le insinuÃ³, tan serio como pudo:



He leÃ­do las estadÃ­sticas y se ve que hay muchos accidentes de tren; piensa que hay muchos mÃ¡s que aviones, por no hablar de los accidentes de trÃ¡fico si viajÃ¡ramos en autobÃºs.


El caballero tocÃ³ inmediatamente el clavo. Recorrer a pie aquel centenar de quilÃ³metros era imposible. Tras una larga reflexiÃ³n se decantÃ³ por el vuelo.

Nada mÃ¡s llegar dijo:



Â¿Estamos en tierra firme, verdad? ây, cuando el sobrino asintiÃ³, concluyÃ³â Â¿Has visto que no eran mÃ¡s que absurdidades? âcomo si el supersticioso de los dos hubiera sido el joven.




Hay personas como el caballero âconcluyÃ³ aÃ±os mÃ¡s tarde Bruno cuando recordÃ³ aquel capÃ­tuloâ que se consideran ateas porque, tal y como sostienen, son realistas, positivas o incluso cientÃ­ficas; las mismas que luego leen el horÃ³scopo cada maÃ±ana, nunca pasan bajo una escalera, rehÃºyen los gatos negros y las flores blancas y llevan al menos un amuleto de la suerte en el bolsillo. Con frecuencia son estos los seres humanos que se meten en problemas por culpa de sus supersticiones.

PittÃ² volviÃ³ a la fÃ¡brica con el rostro nuevamente ensombrecido, cogiÃ³ el contrato con dos dedos y lo metiÃ³ en la caja fuerte.



Y bien, Â¿empezamos la producciÃ³n? âle preguntÃ³ el perito Tirlotti.




Unâ¦m... un momento, maÃ±ana lo hablamos âfue la vacilante respuesta del jefe. Tras bajar sano y salvo del aviÃ³n y dejar de temer por su vida, el empresario fue presa de un nuevo temor: que el suministro del gafe de Roma trajera la desgracia al negocio.


Pasaron los dÃ­as y la orden de producciÃ³n siguiÃ³ sin llegar.



Caballero, Â¿empezamos? Roma nos espera âinsistÃ­a un asombrado director tÃ©cnico.

Hmm... no hay prisa.

Caballero âintervenÃ­a entonces el director administrativoâ, disculpe pero deberÃ­amos empezar. HabrÃ¡ plazo de entrega, Â¿no? AdemÃ¡s, necesitamos el dinero.

Â¡Uff! âel jefe estiraba la boca cuando se quejaba y se ponÃ­a a picar las palmas de manos una contra otra a su manera, una y otra vez, y se alejaba consumido por la indignaciÃ³n.


Solo Bruno intuyÃ³ el motivo de la incertidumbre, y comprendiendo el daÃ±o que auguraba a la empresa decidiÃ³ compartirlo con Fringuella.

La relaciÃ³n entre ellos dos se habÃ­a viciado con el tiempo. El doctor habÃ­a perdido gran parte del respeto inicial por Ã©l y le llamaba intencionadamente Bruno en vez de seÃ±or Seta. Â¿El motivo? Claramente la infeliz frase de PittÃ² sobre el nombramiento del heredero para su puesto, y probablemente las dificultades econÃ³micas aÃ±adidas de la empresa. El joven tomÃ³ represalias y devolviÃ³ la antipatÃ­a; ademÃ¡s, le perdiÃ³ el respeto cuando se enterÃ³ de su pasado. Sin embargo, el doctor era la Ãºnica persona en quien confiar para salvar la situaciÃ³n. A pesar del precedente penal era el Ãºnico que intimidaba al jefe, puede que fruto de la censuradora carga fiscal que en el pasado usara en su contra; cabe aÃ±adir que era sobre todo por ello que el caballero, inconscientemente, querÃ­a librarse de Ã©l cuanto antes.



Bruno, Â¿por quÃ© no me lo has dicho antes? âle regaÃ±Ã³ en primer lugar.

Era una simple sospecha; Â¡y hasta me pareciÃ³ absurda! Pero es la Ãºnica explicaciÃ³n lÃ³gica ây le contÃ³ el viaje en aviÃ³n.

No cabe duda âsentenciÃ³ el director, negando con la cabezaâ Â¡pero cuesta creerlo! Â¡Ni siquiera sabemos quÃ© pone el bendito contrato! Lo dispuso la contraparte en Roma; ni tan solo he tenido el honor de leer el borrador, Â¿y pretende que no lo penalicen por retardos en los envÃ­os? Es una empresa pÃºblica, Â¡a saber quÃ© le aguarda!


TomÃ³ asiento, desconsolado. Luego recobrÃ³ el orgullo:



Â¿Se da cuenta de que su tÃ­o es un inconsciente? DÃ­gaselo, y si no lo hace usted lo harÃ© yo. Es mÃ¡s, Â¡voy para allÃ¡!


Se levantÃ³ de un salto y se pateÃ³ el edificio entero, enfadado, para hablar con el jefe.

Afortunadamente para PittÃ², no estaba.

Esperaron un dÃ­a, dos, el caballero no aparecÃ­a. Fringuella le llamÃ³ a casa, donde contestÃ³ la sirvienta con un Â«los seÃ±ores se han tomado unas vacacionesÂ».



Â¡Vacaciones! Â¡Â¿Con todo esto patas arriba?!

Yo no sÃ© nada del tema ârespondiÃ³ la desconcertada criada a la par que el doctor, sin siquiera despedirse, colgaba el auricular.

Perfecto, ahora sÃ­ que vamos apaÃ±ados. Â¡Menuda perla de familiares le han tocado!â se desfogÃ³ con Bruno como si este fuera el culpable.


Al final, de acuerdo con Tirlotti y con el heredero como testigo, se tomÃ³ la amotinada decisiÃ³n de llamar a un cerrajero para que forzara la caja fuerte; mientras, sin mÃ¡s dilaciÃ³n, se procederÃ­a a la producciÃ³n para Roma.

El joven Seta pasÃ³ a visitar frenÃ©ticamente las casas de los deudores de la empresa y solicitar los pagos. Rara ocasiÃ³n fue la que cobrara las facturas, y demasiadas las que se llevÃ³ groserÃ­as o acudiÃ³ ante notario para pagar las letras del caballero que llegaban a tÃ©rmino; la crisis o incluso la bancarrota de muchos clientes por una coyuntura negativa gravÃ­sima redujo a nada y menos el dinero de la industria PittÃ².

Por ese motivo, cuando el ladrÃ³n de Dialzi volviÃ³ mendigando una vez mÃ¡s âla Ãºltima vez dos dÃ­as antes de las despreocupadas vacaciones del caballeroâ fue despachado sin un solo cÃ©ntimo. Antes de irse, sin embargo, le dijo a su antiguo jefe:



Â¡AcuÃ©rdate de lo que solo tÃº y yo sabemos! âoyeron el doctor y Bruno.

Â¡Â¿Se tutean?! âdijo asombrado el joven.


Forzaron la caja fuerte, vacÃ­a de dinero, y recuperaron el contrato. Fringuella y Tirlotti se lo leyeron en la oficina mientras el cerrajero restauraba los mecanismos de la puerta. El heredero hacÃ­a guardia. Mientras esperaba, su mirada se vio atraÃ­da por un paquete de cartas dirigidas a su tÃ­o. MÃ¡s tarde supo que todas eran de Dialzi. No pudo vencer a la curiosidad; tras dudar durante un minuto largo, las cogiÃ³ y se alejÃ³ un poco para sentarse y leer alguna.

Empezaba asÃ­: Â«Estimado padre...Â»

El remitente advertÃ­a la prÃ³xima visita e invitaba al caballero a dejar el dinero listo.

Cuando Bruno vio que el artesano estaba a punto de terminar, se guardÃ³ las cartas para leerlas con total comodidad cuando acabara de trabajar, rezando para que las vacaciones de su tÃ­o duraran un poco mÃ¡s. Le entregaron una de las dos nuevas llaves. La otra se la quedÃ³ Fringuella. Al dÃ­a siguiente volverÃ­a a dejar las cartas en la caja blindada.

Aquella noche en casa, antes de cenar y sin decirle nada a papÃ¡ por miedo a que le riÃ±era, se puso a leer. Todas las cartas empezaban con un Â«Estimado padreÂ» y advertÃ­an una futura visita en la fÃ¡brica. Cada carta incluÃ­a reflexiones diferentes: recuerdos, la admisiÃ³n de vivir con la invencible pasiÃ³n por el juego, lamentaciones de miseria y sÃºplicas de perdÃ³n; en una acusaba en subrayado a PittÃ² por su ingratitud, aduciendo que gran parte de su cÃ³moda posiciÃ³n se debÃ­a a Ã©l, el empleado para todo mal pagado.

QuedÃ³ claro que Dialzi era hijo natural del empresario, fruto de una mujer que no aparecÃ­a nombrada, anterior al matrimonio con la tÃ­a, que muriÃ³ tras el parto. El padre lo mandÃ³ inmediatamente a un orfanato, vigilÃ¡ndole siempre de cerca. Cuando alcanzÃ³ la edad se lo llevÃ³ a la fÃ¡brica. Sin embargo nunca quiso reconocerle por temor a la opiniÃ³n de la gente: en aquellos tiempos cosas asÃ­ podÃ­an incluso cerrarte las puertas de la burguesÃ­a, dado que se consideraba vergonzoso; no se razonaba que, en todo caso, vergÃ¼enza era abandonar a un hijo como si fuera huÃ©rfano.

Â¿El caballero le pagaba a Dialzi por miedo a que desvelara su secreto? No, fue por afecto, tal y como reconocÃ­a el hijo en aquellas cartas. En todo caso fue Ã©l quien no sintiÃ³ aprecio por su padre; sus textos insinuaban desprecio y rabia. En el pasado PittÃ² le prometiÃ³ la herencia a su hijo, como aparecÃ­a claramente escrito. MÃ¡s tarde, disgustado por los hurtos, le desterrÃ³ de todo legado, con la desdicha de no volver a verle. Ni siquiera pudo contener el impulso de darle dinero, al menos mientras pudo. Oficialmente inventÃ³ la excusa de un prÃ©stamo que el otro le devolverÃ­a en cuanto encontrara trabajo.

Dialzi muriÃ³ tres meses despuÃ©s de la descerrajadura de la caja fuerte al tirarse por un barranco con el cochazo que adquiriÃ³ mediante pagarÃ©s tras perder todo el dinero en un casino.

Bruno depositÃ³ las cartas en la caja fuerte antes de que Fringuella, que se fue a fotocopiar el contrato, volviera a dejarlo en su sitio: por entonces las fotocopiadoras eran aÃºn un sueÃ±o por cumplir.

Bruno no le dijo nunca nada a su tÃ­o; solo se lo dijo al padre cuando apareciÃ³ publicada en los periÃ³dicos la muerte Dialzi.

El caballero volviÃ³ al trabajo una semana despuÃ©s del incidente de la caja. Al descubrir el panorama se alegrÃ³ de que los demÃ¡s hubieran decidido por Ã©l, porque sino el gafe, como dijera al sobrino en broma, se hubiera cernido sobre ellos.

Aunque la producciÃ³n llevaba ya dÃ­as, seguia vigente el temor a no ser puntuales. En el pasado el tÃ­o se habrÃ­a ido a Roma con el perito en vez del sobrino. Tirlotti manifestarÃ­a a la contraparte que el tiempo fijado para el encargo estaba muy cerca y pedirÃ­a un vencimiento mÃ¡s alejado. Si no hubiera sido posible, no firmarÃ­an el contrato. Pero habÃ­an perdido tanto tiempo que era poco probable una expediciÃ³n puntual.

Desgraciadamente el acuerdo, como temÃ­a el doctor Fringuella, preveÃ­a aunque fuera un simple contratiempo, la cancelaciÃ³n de la mercancÃ­a, ningÃºn pago y el derecho a una cifra alta en concepto de daÃ±os y perjuicios; consiguieron mandar un pequeÃ±o anticipo de mercaderÃ­a, que por contrato fue rechazado. De nada sirvieron los intentos del director administrativo de obtener un aplazamiento: el material era necesario para una pelÃ­cula histÃ³rica colosal, una coproducciÃ³n italoamericana de miles de millones de liras en gastos


  con actores procedentes de medio mundo. No se podÃ­a atrasar la grabaciÃ³n ni un dÃ­a. UsarÃ­an el papel machÃ© de siempre en lugar del Polvo para construir montaÃ±as, le dijeron al doctor por telÃ©fono; en lo que al anticipio respectaba, tenÃ­an pleno derecho contractual de quedÃ¡rselo en concepto de indemnizaciÃ³n por daÃ±os y perjuicios. Todo un contrato suicida para el caballero. Fue un completo desastre; y pensar que si hubiera tenido una sola semana de margen trabajando sin descanso lo hubieran conseguido. Culpa de PittÃ², no habÃ­a duda, por su maldita supersticiÃ³n.

Â¿QuÃ© podÃ­an hacer? Nada de nada; inmediatamente despuÃ©s los otros les mandaron una carta muy seria del abogado que pedÃ­a sin dilaciÃ³n la penalizaciÃ³n.

El caballero acusÃ³ de forma refleja al doctor Fringuella por haber iniciado la producciÃ³n sin su consentimiento:



DeberÃ­a reclamarle los daÃ±os a usted por la retenciÃ³n de la mercancÃ­a y por el material que no ha conseguido vender en las tiendas.

Â¡Es usted un imbÃ©cil! âsoltÃ³ a modo de respuesta el enfurecido director administrativo, insultÃ¡ndole por primera y no Ãºltima vez con el rostro a pocos centÃ­metros del jefe, escupiÃ©ndole saliva y bilis.


Intimidado, dio media vuelta y desapareciÃ³ suspirando un Â«piojoso, piojosoÂ» y picando de manos como solÃ­a, aunque no demasiado enÃ©rgicamente. En cuanto se fue por el pasillo mÃ¡s cercano el ruido de sus pasos fue silenciado de repente por otro sonido inconfundible. Una ensordecedora y formidable flatulencia reprimida seguida de un potente y miserable: Â«Â¡doctor de los cojones!Â».

Fringuella corriÃ³ hacia la voz pero no vio a nadie en el pasillo, tal era la habilidad del caballero para eclipsarse.

Entonces el director empezÃ³, o reanudÃ³, a beber sin moderaciÃ³n, no solo en las comidas como se adivinaba en el aliento que despedÃ­a; tambiÃ©n en el desayuno. Poco a poco se convirtiÃ³ en un estorbo para la empresa, por no decir una toxina. Se habituÃ³ a agredir verbalmente no solo a PittÃ², sino tambiÃ©n al heredero. Bruno se preguntÃ³ si aquel hombre, bajo el espÃ­ritu de alcohÃ³lico, verÃ­a reflejada en Ã©l la imagen del tÃ­o y le castigaba por haber entrado en la vida del despreciado jefe. Puede que sÃ­, pero no era aquello lo que volvÃ­a descortÃ©s al doctor. Un dÃ­a se delatÃ³ solo cuando le soltÃ³ frÃ­amente al joven, mirÃ¡ndole a los ojos:



Ya van dos meses que los trabajadores no cobran, yo incluido. Â¿Por quÃ© su padre no sufraga nuestra empresa? Â¿No cree que serÃ­a lo justo?

Â¡Â¿Pero quÃ© dice?! âse alarmÃ³ Bruno.

Digo, querido, que vuestra posiciÃ³n se debe a PittÃ² y ahora deberÃ­a devolverle el favor.

Nuestra pos...

SÃ­, Â¿hablo en chino? Vuestra posiciÃ³n. Todo el mundo sabe que su tÃ­o subvencionÃ³ a fondo perdido la oficina del doctor Seta âBruno permaneciÃ³ con la boca abiertaâ y que Ã©l os regalÃ³ la casa donde ahora vivÃ­s por el afecto que le profesaba a su madre, a quien quiso como a la hija que su mujer nunca le pudo dar.

La hija, la mujer, la madre... Â¿se refiere a mi madre?

SÃ­, Â¿por?, Â¿es que no ha tenido madre? âse mofÃ³ con una risa burlona.

Â¡Pero si mi madre ya estaba muerta cuando el caballero conociÃ³ a mi tÃ­a!


Fringuella iba a contestar pero el joven se le adelantÃ³:



AdemÃ¡s, el despacho ya era de mi abuelo, igual que el apartamento. Â¿Ahora lo entiende?


El doctor siguiÃ³ mirÃ¡ndole burlonamente, como diciendo: Â«Â¿A mÃ­ que me cuentas?Â».

Bruno se irritÃ³ aÃºn mÃ¡s:



Â¡Deje de mirarme asÃ­, imbÃ©cil!


Entonces el otro, sin alzar la voz y sin levantarse de la silla donde se habÃ­a acomodado:



Â¡Mentiroso! De hecho estoy convencido de que ahora mismo PittÃ² esconde dinero de su padre mientras espera la quiebra.

Â¿EstÃ¡ loco o quÃ©? âagarrÃ³ el respaldo con ambas manos y tirÃ³ al suelo a Fringuella. Seguidamente se fue a buscar a su tÃ­o. En realidad se arrepintiÃ³ al instante de la agresiÃ³n: en el fondo el hombre estaba borracho y Ã©l ya no era un chiquillo. Sin embargo ya no podÃ­a disculparse: serÃ­a como aceptar que el director tenÃ­a razÃ³n en todo. Se quedÃ³ con el remordimiento.





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