El Lapso
Ruthy Garcia






âLa mente lo es todo. En lo que piensas te conviertesâ

Buda



âÂ¡Si pudiera ser cierto!

Si fuera real como esos ojos me ven, entonces serÃ­a felizâ

(Pensamiento)



SerÃ­a sorprendente que un ser humano pudiera controlar la mente de otro. Los pensamientos voluntarios son absolutos, nadie puede cambiar eso.

Te invito a entrar en este mundo de pensamientos y verdades. El paseo serÃ¡ algo engorroso, tormentoso y hasta cierto punto aterrador. Recuerda que es posible que no haya retorno a la realidad, asÃ­ que tienes dos opciones al terminar este libro: tÃº eliges tu final.

Bienvenido a El lapso.

De la autora.



âLa causa primaria de la infelicidad nunca es la situaciÃ³n sino tus pensamientos sobre ella. SÃ© consciente de los pensamientos que estÃ¡s teniendoâ



Eckhart Tolle



CAPÃTULO I

La terapeuta



Desde ese asiento se puede observar mucho mÃ¡s de lo que cualquiera cree. La palabrerÃ­a era hasta cierto grado entretenida, aunque a veces sufrÃ­a ciertos arranques. No podÃ­a hacer nada. Las circunstancias le obligaban a permanecer allÃ­. Aunque no se sentÃ­a mal del todo, en algunos momentos lo Ãºnico que tenÃ­a era ganas de irse, de abandonar aquel sitio y no regresar.

Poder escuchar con atenciÃ³n era para ella un privilegio. Desde la Ã³ptica desde la que observaba, simplemente era encantador. âÂ¡QuÃ© ilusa!â, se decÃ­a a sÃ­ misma. Trataba de encontrar respuestas claras entre tanta narraciÃ³n y explicaciones irrevocables. DebÃ­a aceptar los hechos y no intentar opinar, no porque podrÃ­a ser imprudente, nada de eso; mÃ¡s bien querÃ­a ser oportuna, agradable y fÃ¡cil. Â¡Y vaya si lo lograba! Manejaba la situaciÃ³n a las mil maravillas. NingÃºn gesto podrÃ­a delatar su falta de convencimiento ante las conversaciones con este hombre, que resultaba a veces ser un individuo tosco, desorientado, desesperante, abrumador, acaparador, pero sobre todo hermoso. BellÃ­simo. Le cautivaba aquellos ojos profundos, su mirada de leÃ³n hambriento, su sed de halagarle a cada instante. Sus sueÃ±os de diosa empezaban a cumplirse, caramba. âLo que es la vidaâ, se decÃ­a, se repetÃ­a. Y al finalâ¦ se lo creÃ­a.

Mientras, allÃ­ sentada, sumida en esas reflexiones, asumiendo el papel que le habÃ­a tocado durante esos dos meses, a veces pasaban rÃ¡fagas del pasado que, entrometido, asomaba a su oscuro ser, en medio de una vida que no podÃ­a pasar por alto, menos borrar, tampoco olvidar.

Era evidente que no se refugiarÃ­a en aquellos detalles insignificantes de su aburrido pasado, un pasado poco complejo, no tan lejano. Hasta solo hacÃ­a dos meses era mÃ¡s que invisible, transparente. Estaba acostumbrada a no ser el centro de nada, a no relucir, a no sobresalir. Lo que llevaba viviendo en aquellos Ãºltimos sesenta dÃ­as era realmente emocionante.

Aquel asiento habÃ­a sido el lugar de primera fila para ser testigo debutante de las cosas mÃ¡s maravillosas que habÃ­a escuchado y experimentado en su aburrida, indiferente, indeseada y frustrada vida.

Pero las rosas que empiezan con color brillante, tarde o temprano terminan siendo opacas, secas, feas e indeseables.

Ella acomoda su cuadernillo de apuntes, siente el sofocante apretÃ³n de su sostÃ©n en su espalda y arruga un poco el rostro por lo apretado que le quedan esos zapatos. Â¡Por Dios, se suponÃ­a que eran su talla! Otro desastre de tamaÃ±o incorrecto. Su vida real estaba siendo un caos. En aquellos momentos experimentÃ³ cierta ansiedad, pero no se quejÃ³, asÃ­ que se dispuso a continuar con la charla que cada dÃ­a de los Ãºltimos cincuenta y nueve habÃ­a tenido con el increÃ­ble caballero inglÃ©s, Sir Arthur Paradize.

âDesde que recuerdo he sido asÃ­, absolutamente independiente, sin retazos.

âYa veo, peroâ¦ Â¿quÃ© me dice de sus deseos locos por leer tantos libros? Â¿CuÃ¡ndo empezÃ³ todo? HÃ¡bleme de eso.

âEso, seÃ±orita Nova, es algo muy remoto, antiguo. Creo que percibÃ­ la lectura de mi primer libro en el vientre de mi madre, que fue en vida una lectora disciplinada, no como yo. Ella tenÃ­a hasta sus planes de lectura para un aÃ±o completo. Era organizada y eso es muy difÃ­cil de igualar.

âPero usted tambiÃ©n es alguien muy organizado, seÃ±or Paradize, no puede decir que no. Siempre ha insistido en que hay que ser ordenado, recalca la forma como le gusta que se hagan las cosas. Es digno de admiraciÃ³n.

âEs verdad, pero Â¿sabe algo? âToma asientoâ. Â¿Ve este divÃ¡n? Â¿Puede percibir la textura de esta fina madera? Â¿La tela? Â¿El modelo Ãºnico en que fue hecho especialmente para mÃ­? Â¿Puede verlo? âdijo mientras se paraba, acariciaba el mueble y sonreÃ­a.

âClaro, lo veo. Â¿Por quÃ© lo dice?

âEso exactamente. Orden, disciplina y belleza son las tres palabras que definen la perfecciÃ³n. Como este divÃ¡n, asÃ­ soy yo, Ãºnico.

âSe alaba usted tanto queâ¦

âÂ¿Le molesta, seÃ±orita Nova?

âNo, no es eso. Es queâ¦

âÂ¡Es que nada! Siente envidia, debe ser duro para una inmigrante rusa salir de su tierra con sueÃ±os de ser cantante y parar haciendo lo que habÃ­a abandonado durante tanto tiempo.

âSeÃ±or Paradize, por favor, no traâ¦

âDÃ©jeme terminar. Ochocientos veinticinco euros a la semana me dan ciertos derechos sobre usted. Bueno, mientras duren las cuatro horas por las cuales la he contratado.

âPerdone, no quise ofenderle.

âAhâ¦ Ahora pide disculpas. Cada semana es lo mismo. Usted, seÃ±orita Nova, es una terapeuta paupÃ©rrima. Le recuerdo que aceptÃ© sus servicios porque lamentablemente nadie mÃ¡s respondÃ­a al llamado del periÃ³dico, no debe olvidar el hecho de que cuando ya la habÃ­a contratado empezaron a llamar personas de mucha capacidad y preparaciÃ³n.

âÂ¿Por quÃ© no me despide entonces?

âSus encantosâ¦ Debo admitir que su belleza no tiene precedentes. MÃ¡s bien debiÃ³ ser modelo. Sabe que no me canso de recalcar lo bien que se ve. Es usted una de las mujeres mÃ¡s hermosas que he visto en mi vida, y le recuerdo que he visto muchas.

El rostro de la seÃ±orita Nova enrojeciÃ³. Otra vez sucede: Ã©l la halaga, la lleva a las nubes. âCreo que no merezco tantoâ, piensa en medio de una alegrÃ­a mezclada con dudas. No sabÃ­a si reÃ­r o entristecerse, pero decidiÃ³ que era mejor estar feliz. Estas cosas no suceden a menudo en la vida de una mujer como ella.

âBueno, discÃºlpeme entonces. No vengo aquÃ­ para hablar de mÃ­, sino de usted. Yo soy la terapeuta, usted el paciente. Usted habla y yo escucho. Recuerde que se trata de eso, asÃ­ queâ¦ vuelva alâ¦ fino, Ãºnico y bien elaborado divÃ¡n, y continÃºe. DÃ­game todo lo que desea, yo simplemente le escucharÃ© âdijo mientras tomaba nota.

Arthur se recuesta, suspira y empieza a narrar algunos detalles, mientras Lara Nova, la humilde terapeuta, toma notas y escucha con detalle cada palabra que narra con emociÃ³n el seÃ±or Paradize.

âHace un rato le mencionÃ© a mi madre. Le habÃ­a dicho que era fina y distinguida, pero le mentÃ­: era la mujer mÃ¡s glamorosa que usted pueda imaginar.

âÂ¿En serio? âdijo con tono de sorpresa y burla.

âÂ¿Trata de burlarse? DÃ­game, Â¿cuÃ¡nto costaron esos horrendos zapatos de segunda mano? Â¿Y quÃ© me dice de ese estÃºpido bolso? Mi madre era diferente, tenÃ­a porte, elegancia y clase.

âNo me he burlado, mÃ¡s bien me he sorprendido con lo que me ha dicho, es todo. Le sientoâ¦ algo agrio conmigo.

Ella trata de encantar al hombre. Sabe que, aunque es Ã¡spero, lleva ventajas respecto a lo que piensa de ella y de la forma en que la ve, asÃ­ que usa sus encantos para aparentar cierta inocencia inexistente. Y vaya que tiene efecto InstantÃ¡neo. El poder de ser quien no eres es a veces un misterio interesante.

âBueno, si, no puedo ocultarlo mÃ¡s, estoy mal y es usted la culpable. La semana pasada escuchÃ© la conversaciÃ³n que tuvo en la puerta con su amanteâ¦

âÂ¡No puede ser!

âSÃ­, escuchÃ© claramente cuando le dijo: âÂ¡Maldito millonario de pacotilla! Â¡Es un malnacido! Cuando reÃºna cinco mil euros me largo y no vuelvo mÃ¡s. Nos iremos al Caribe juntosâ. ParecÃ­a estar feliz al decirle esto a su inadecuado, indelicado y torpe compaÃ±ero de cama.

Ella guardÃ³ silencio durante unos segundos.

âSÃ­, lo recuerdo, pero fue un arranque, lo siento âdijo asustada, mientras respiraba forzadamente.

No esperaba esta informaciÃ³n, fue repentino. Por un momento sintiÃ³ que estaba en peligro.

âÂ¿Segura que fue solo un arranque? Porque si no quiere seguir viniendo, lo entenderÃ© y la dejarÃ© ir. Solo tiene que decÃ­rmelo. Lo menos que querrÃ­a es estropear su ilusa relaciÃ³n con un hombre que no sabe valorar quÃ© clase de mujer tiene.



Ella se siente otra vez en las nubes, la irrealidad es hermosa, trascendental episodio de su transparente vida.

âNo, no, no, nada de eso. No tome en cuenta lo que escuchÃ³, fue una estupidez. De todo corazÃ³n, estoy arrepentida. PerdÃ³neme, seÃ±or Paradize.

Lara Nova cruzÃ³ con esfuerzo sus piernas. Ãl la mirÃ³ con cierta desesperaciÃ³n. Es evidente que le atraÃ­a bastante.

âEstÃ¡ bien, entonces lo olvido y usted no lo repite âdice Paradize.

âDe acuerdo. Ahora cuÃ©nteme mÃ¡s. Nos quedamos en la glamorosa seÃ±ora Paradize.

âSÃ­, sÃ­ âriÃ³ como un niÃ±oâ. Era bellaâ¦

En ese momento la puerta recibe varios golpes con extremada delicadeza.

âSeÃ±or Paradize, su tÃ© estÃ¡ listo.

âEs Margaret, la mucama âsusurrÃ³ al tiempo que miraba su reloj.

âÂ¿Quiere que lo traiga aquÃ­ o mÃ¡s bien desean pasar a la terraza? âdijo desde fuera de la habitaciÃ³n.

âTrÃ¡igalo aquÃ­, pero dentro de media hora, ahora estamos ocupados. A no ser que usted, seÃ±orita Nova, quiera tomarlo en este momento.

âNo, nada de eso, lo tomaremos juntos dentro de media hora. Quiero seguir escuchando.

âPuede retirarse, Margaret.

âComo guste, seÃ±or Paradize.

âLe decÃ­a que mi madre fue una mujer espectacular. Mi padre la conociÃ³ en una fiesta en ParÃ­s, en casa de unos amigos. TenÃ­an diecisiete aÃ±os. El flechazo fue instantÃ¡neo. Construyeron juntos el emporio Paradize, usted sabeâ¦ Ya conoce a mi familia y el poder que encierra mi apellido. Sabe los detalles de mi fortuna, no es ningÃºn secreto en toda Europa que soy un hombre realmente poderoso.

âNo cabe duda, es ciertoâ¦

âSoy hijo Ãºnico. TambiÃ©n debe recordar el inmencionable suceso de cuando la vida de mi hermosa madre es trastocada y lamentablemente muere, cuando yo tenÃ­a apenas catorce aÃ±os.

âUn hecho que desafortunadamente marca a cualquiera. Lo siento mucho, seÃ±or Paradize.

âSÃ­, mÃ¡s por el desconsiderado de mi padre.

âÂ¿El seÃ±or Arthur Paradize padre? HÃ¡bleme de Ã©l.

âNo se atreva a mencionar que ese ser tan despreciable lleva mi nombre âdijo poniÃ©ndose de pie repentinamente y acercando su cara a la de Lara de una manera intimidante.

Sus miradas se enfrentaron y se produjo un momento muy tenso entre la presiÃ³n del impulsivo hombre y el temor de ella.

De repente, la puerta se abriÃ³.

âHe traÃ­do su tÃ©, seÃ±or Paradize.

El hombre vuelve a su asiento.

âDÃ©jelo en la mesa y retÃ­rese, Margaret.

âSÃ­, recuerde que estÃ¡ caliente, como le gusta. Si lo deja enfriar no sabrÃ¡ igual.

âÂ¡LÃ¡rguese ya, seÃ±ora Margaret! Â¿No ha entendido? âdijo Arthur de una manera irritante.

Margaret se va. Lara mira con ojos de pena a la mujer, mientras esta se va algo desconcertada. La puerta se cierra lentamente, ambas mujeres se miran intensamente. A las dos les aqueja la misma pena.

âPerdÃ³n, seÃ±or Paradize, no quise... âdijo Lara.

âNo quise, blablablÃ¡. Pues no quiera mÃ¡s y que no se repita. No me agrada hablar de Ã©l.

âPero, aunque no mencionemos su nombre, podrÃ­amos llamarle de alguna forma, quÃ© sÃ© yoâ¦ un sinÃ³nimoâ¦ Sabe que necesito detalles de todas sus cosas.

âSÃ­, lo creo justo. Â¿CÃ³mo se le ocurre que podrÃ­amos llamarle?

âÂ¿QuÃ© le parece el Innombrable?

Unos segundos de silencio hicieron que ella se preocupara de no haber elegido el nombre correcto.

âMe parece perfecto. Â¡Â¡El Innombrable!! Bien, hasta me siento cÃ³modo llamÃ¡ndole asÃ­. âRio, de inmediato tomÃ³ asiento y gritÃ³ a vocesâ: Â¡Â¡Ya basta!! Â¡CÃ¡llate, maldito Innombrable, me estÃ¡s sacando de mis casillas!

âSeÃ±or Paradize, Â¿quÃ© le sucede?

âÂ¿No lo escucha? Es Ã©l otra vez, por eso le tengo encerrado desde hace tanto tiempo. Cada vez es mÃ¡s desesperante. No aprende a guardar silencio ni un solo instante. Es un malnacido, le odio.

âÂ¿Y por quÃ© le ha encerrado? No creo que nadie se merezca eso.

âÂ¿Le parece poco haber causado la muerte de mi santa madre?

âFue un accidente, seÃ±or Paradize. Debe hacer lo posible para olvidar, es necesario.

âSi hubiese sido su madre no dirÃ­a lo mismo, crÃ©ame.

âNo, no debe verlo de esa manera. Necesita hacer lo posible por empezar de nuevo. Es usted una persona brillanâ¦

âÂ¡Ya basta! Deje de alabarme, no conseguirÃ¡ un cÃ©ntimo mÃ¡s de lo que le pago. LimÃ­tese a cumplir con sus obligaciones como terapeuta.

âPerdÃ³n, seÃ±or Paradize. Sigamos hablando de su madre.

El tono de la conversaciÃ³n cambiÃ³ bruscamente y entrÃ³ en una nueva etapa de charla distendida, como si el momento incÃ³modo de hacÃ­a unos segundos jamÃ¡s hubiera sucedido.

âAh, sÃ­â¦ âSonriÃ³â. Â¡Ella era Ãºnica! Llena de vida. Pero lamentablemente el Innombrable apagÃ³ la luz que habÃ­a en ella.

âEs una pena. MÃ¡s me dijo que se amaron durante mucho tiempo.

âUn tiempo corto. Eso fue amor a cuentagotas. A veces creo que Ã©l planeÃ³ la muerte de mi madre para quedarse con la fortuna.

âEs confuso lo que dice. Si la amaba, Â¿cÃ³mo podrÃ­a hacer eso el Innombrable?

âBueno, tal vez que nadie se dio cuenta. El innombrable, seÃ±orita Lara, es sagaz, sigiloso, mentiroso y sobre todo astuto. Por ello lo tengo encerrado, por ello no permito que salga a ningÃºn lugar. Conozco sus trampas, no podrÃ¡ engaÃ±arme nunca.

âÂ¿Y le dejarÃ¡ encerrado mucho tiempo?

âClaro, no pienso dejarle salir. Debe permanecer allÃ­ para siempre, y aun con eso no pagarÃ¡ lo que hizo.

âComprendo y respeto eso, peroâ¦

âÂ¿Pero quÃ©? Â¿Ahora va a defenderlo?

âNo es defensa, es mÃ¡s bien una justificaciÃ³n. DÃ©jele salir de vez en cuando y quiÃ©n sabe si podrÃ­a sacarle la verdad. Tal vez obtendrÃ­a una ventaja.

âNo es mala idea para salir del cerebro de usted, seÃ±orita Lara. PensarÃ© en ello y, si lo veo factible, lo harÃ©.

âBien. Ahora hÃ¡bleme mÃ¡s sobre su amor por los libros, o mÃ¡s bien su extraÃ±a manera de ver la lectura.

âNo lo disfrace. Me llama obsesivo en pocas palabras, no habla con un analfabeto. Recuerde que he leÃ­do tantos libros como cabellos tiene usted en la cabeza.

âLo sÃ©. Es queâ¦ es rara su forma de ser, seÃ±or Paradize. Tengo que admitir que es usted Ãºnico.

âÂ¡Por fin dijo algo espontÃ¡neo y real sobre mÃ­! La felicito. Esto merece que nos tomemos el tÃ©. Debe estar por enfriarse.

Bebieron en medio del silencio y de cierto protocolo. Ãl miraba con desconfianza a Lara, ella dejaba notar poco el temor que sentÃ­a. Como tenÃ­a las manos sudadas, a ella se le escurriÃ³ la taza, que cayÃ³ al suelo y se rompiÃ³.

âÂ¡Es usted unaâ¦! âexclamÃ³ Ã©lâ. Â¿Sabe cuÃ¡nto cuesta esa taza? Es una fina pieza de vajilla que me regalÃ³ mi abuela. La trajo de la India en uno de sus viajes antropolÃ³gicos. Llevaba conmigo mÃ¡s de treinta aÃ±os. Â¡QuÃ© torpeza!

âÂ¡Lo siento! Â¡Lo siento! Se la pagarÃ©, puedo pagarla. âdecÃ­a ella mientras recogÃ­a los restos de debajo del divÃ¡n.

âÂ¡Margaret! âllamÃ³ el seÃ±or Paradize a voces.

âDÃ­game, seÃ±orâ¦

âRecoja esa taza rota, por favor.

âSÃ­, seÃ±or.

âPuedo pagarla. DÃ­game dÃ³nde puedo encontrar esa taza, por favorâ¦

âNo podrÃ­a, aunque quisiera. Es una pieza genuina. Acaba de descompletar la vajilla mÃ¡s cara de esta mansiÃ³n, merece un aplauso, terapeuta paupÃ©rrima.



âA travÃ©s de otros nos convertimos en nosotros mismosâ



Lev S. Vygotsky



CAPÃTULO II

Ecos del pasado



Tras el incidente con la taza la terapeuta Lara Nova se sintiÃ³ mal, culpable de la torpeza cometida, pero mÃ¡s por las palabras del Paradize, quien aprovechaba cada mÃ­nima oportunidad para menospreciarle de forma absoluta.

Aquella culpa era recompensada por la compaÃ±Ã­a que Ã©l le proporcionaba. Los insultos y malos tratos no eran del todo desagradables para ella, sabÃ­a que pronto llegarÃ­an los halagos a los que se habÃ­a hecho adicta.

Â¡QuÃ© forma tan asqueante de mendigar un poco de atenciÃ³n! Ese era un pensamiento que pasaba frecuentemente por su anestesiado cerebro. AdmitÃ­a levemente en su subconsciente que estaba algo equivocada con la absurda ilusiÃ³n de ser lo que Ã©l creÃ­a que era ella.

DespuÃ©s del silencio de aquellos minutos, Ã©l permaneciÃ³ en aquel asiento, tranquilo. La bebida habÃ­a surtido su efecto.

âMe parece que despuÃ©s del tÃ© luce usted un tantoâ¦ mÃ¡s sereno. Quisiera que pudiese permanecer asÃ­ un buen rato, por su propio bien.

âLa serenidad, seÃ±orita Nova, no es una elecciÃ³n, es una condiciÃ³n. Como psicÃ³loga debe saberlo.

âSÃ­, es verdad, pero no podemos negar que es mÃ¡s cÃ³modo cuando es usted mÃ¡s accesible, mÃ¡s fÃ¡cil y mÃ¡s manejable.

âÂ¿Le gusta?

âÂ¿QuÃ©? Â¿Que si me gusta quÃ©?

âQue sea yo manejable, como manso corderito.

Paradize se puso de pie y se colocÃ³ detrÃ¡s de la silla donde ella estaba sentada, solo sintiendo sus manos sobre los hombros. Lara estaba algo asustada. Se sonrojÃ³, sonriÃ³ y, tras de un trago seco, suspirÃ³.

âSÃ­, no puedo negar que me gusta tener el control âSonriÃ³â. Pero con usted es algo casi imposible. Soy dominante y eso la perturba.

âNo, en absoluto, mÃ¡s bien me inquieta. A medida que escucho sus relatos mÃ¡s me interesa, es como una de esas novelas adictivas.

Lara se puso de pie y quedaron frente a frente.

âAh, ya veoâ¦ me ve como una historia de entretenimientoâ¦ Â¡Asombroso! âdijo muy sereno.

âNo es eso. âLara rio a carcajadasâ. Esto es un tanto confuso. SeÃ±or Paradize, es usted Ãºnicoâ¦ y no le estoy alabando. Su vida es muy interesante. Escucharle hace que me sientaâ¦ con deseos de saber mÃ¡s. Â¿AdÃ³nde nos llevarÃ¡ todo esto? No lo sÃ©, y es lo que mÃ¡s me agrada, el misterio de lo que desconozco.

âSu explicaciÃ³n es cÃ³moda y satisfactoria. Me gusta que piense asÃ­.

Sus miradas eran cambios de luces, disfrutaban de un intenso flirteo, coqueteaban el uno con el otro de una forma escondida. Era como una especie de cÃ³digo amoroso, pero a ninguno le convenÃ­a que eso aflorara.

âMe alegra que la calma haya llegado, porque debemos continuar hablando.

âQuiero hacerle una pregunta, Lara.

âAdelante. âLara lo miraba mientras Ã©l regresaba a su asiento.

âSi un dÃ­a quisiera que me acompaÃ±ara a un viaje, Â¿lo harÃ­a?

Ella tardÃ³ en contestar y eso le molestÃ³ un poco a Ã©l.

âYa veo, me teme. Â¿Soy un ogro quizÃ¡s? âdijo con cierto desconcierto.

âNo, nada de eso. Es queâ¦

âNada de excusas. Conteste y punto.

âSÃ­, aceptarÃ­a. Â¿Por quÃ© me pregunta eso?

âPor nada. Ahora continuemos. Nos quedamos enâ¦

âSÃ­, hablaba de su madre.

âLo sÃ©, solo querÃ­a saber en quÃ© grado estÃ¡ usted concentrada en esto.

âYa ve, soy asÃ­. âSonriÃ³.

Ãl la mira con ojos serios. Ella tose para disimular la incomodidad y se recuesta nuevamente mientras continÃºa escuchando.

La conversaciÃ³n da un giro un tanto brusco.

âÂ¿Por quÃ© es usted racista?

âÂ¿De dÃ³nde ha sacado eso? âpreguntÃ³ molesta Lara.

âPor favor, deje de negarlo, se nota en su forma de ser. Se suma a eso su manera clasista. Estoy totalmente seguro de que denigra a las personas.

âMe estÃ¡ ofendiendo.

âLa verdad ofende, pero es necesaria.

âYa sabÃ­a yo que no durarÃ­a mucho tiempo usted sereno.

âMi serenidad es relativa.

âÂ¡Ya basta! Â¿ContinuarÃ¡ narrando o quÃ© pasarÃ¡ entonces?

âEstÃ¡ bien, serÃ© objetivo.

âÂ¿Lo promete?

âSÃ­ ârespondiÃ³ cortante.

âContinÃºe, por favor.

âBien. Como le decÃ­a, mi madre fue vÃ­ctima de mi padre.

âÂ¿Se refiere al Innombrable, al que estÃ¡ encerrado en una de las habitaciones de arriba?

âSÃ­, ese mismo, el que estÃ¡ encerrado y estarÃ¡ siempre encerrado. Bueno, por lo menos mientras yo viva.

Ese dato llenÃ³ de tristeza a la terapeuta, quien preferÃ­a a veces guardar silencio en relaciÃ³n a ese encierro. En este momento decidiÃ³ cambiar el tema. Era doloroso indagar acerca del Innombrable.

âÂ¿Su madre fue una esposa abnegada?

âDemasiado. Aunque viajaba mucho, siempre sacaba tiempo para mÃ­.

âÂ¡QuÃ© bueno!

âSi la hubiese conocido la admirarÃ­a, se lo aseguro.

Un deseo interno por saber lo que conocÃ­a perfectamente hizo que retrocediera; necesitaba encontrarse con ese pasado inexistente. Era necesario escuchar lo que sabÃ­a, porque, aunque resultaba imposible, para Ã©l todo aquello era ahora su mundo.

âÂ¿Y quÃ© sucediÃ³ con el Innombrable? Â¿Por quÃ© dejaron de amarse Ã©l y su madre?

âFue Ã©l quien dejÃ³ de amarla. Ella le amÃ³. Bueno, fue un tiempo despuÃ©s del matrimonio, pero le amÃ³. Es lo que vale, Â¿no? Lo leÃ­ en el diario de mi madre.

âSeÃ±or Paradize, Â¿cÃ³mo es posible? Los diarios son privados.

âLo sÃ©. Cuando ella muriÃ³ yo era un joven inexperto. Un dÃ­a me topÃ© con su hermoso libro color rosa. En Ã©l escribiÃ³ que tenÃ­a uno anterior, asÃ­ que indaguÃ© entre sus cosas. Al encontrar el anterior, decÃ­a lo mismo, que habÃ­a otro anterior, y asÃ­ sucesivamente, hasta que en el viejo sÃ³tano de la abuela pude encontrar una caja repleta de diarios que databan desde que mi madre era adolescente. Fue mi oportunidad de conocerla en profundidad.

âMe imagino que fue una experiencia desbordante. Â¿CÃ³mo se sintiÃ³ al principio? Â¿CÃ³mo reaccionÃ³ ante los detalles mÃ¡s Ã­ntimos de su madre?

âSi supieraâ¦ No habÃ­a nada morboso en esas lÃ­neas, no todas son zorras oportunistas como usted. En aquel libro todo era amor, menos cuando se referÃ­a al Innombrable.

âÂ¿Cree que me ofende al llamarme zorra? Algunos creen que ser zorra es malo, pero para mÃ­ ser zorra es ser sagaz, inteligente y no dejar que los demÃ¡s te usen.

âSus defensas son vÃ¡lidas. Es justo que quiera dar la cara por usted misma.

âÂ¿Y usted? Â¿DarÃ­a la cara por mÃ­?

Se acercÃ³ a Ã©l, que se puso de pie. Ella tambiÃ©n. Quedan frente a frente.

Sus cuerpos se aproximaron lentamente. Ãl no pudo mÃ¡s. La tomÃ³ a la fuerza por la cintura y le dio un beso apasionado, que dejÃ³ a aquella mujer fuera de este mundo, viviendo una fantasÃ­a que no le correspondÃ­a, engaÃ±ada. Pero no importaba, Lara se sentÃ­a genial.

Ãl tratÃ³ de colocarla sobre el asiento, pero la silla se rompiÃ³ y ella callÃ³ al suelo. Arthur pestaÃ±eÃ³ y moviÃ³ la cabeza tratando de entender por quÃ© se habÃ­a caÃ­do.

Los intentos por ayudarle fueron fallidos, hasta que por fin Lara pudo levantarse.

âÂ¿CÃ³mo pudo suceder? Â¿EstÃ¡ bien? Â¡QuÃ© torpeza! Lo lamento. âSe miraron con complicidad.

AllÃ­, mientras su dolorida pierna empezaba a molestarle, ella recordaba su apartamento, la soledad de aquellas insÃ­pidas cuatro paredes, el sonido del silencio tortuoso y desesperante, el vacÃ­o de aquella gigantesca cama, la posibilidad de la existencia de la nada en su aburrida vida. La verdad no era agradable, saber que debÃ­a volver a esa vida llena de vacÃ­os y mÃ¡s que todo lleno de ella, repleto de su ser, de su realidad y de una mujer muy distinta a la que Arthur esperaba.

Mientras se ponÃ­a de pie vino a su mente la primera caÃ­da que tuvo. Era un enero lleno de esperanza. Estar en aquella Escuela preparatoria fue en ese momento muy alentador, pero por desgracia las cosas se empaÃ±aron con aquel suceso que no le traÃ­a buenos recuerdos: caerse frente a Jack Sinclair, el chico mÃ¡s popular y hermoso, fue una gran equivocaciÃ³n. Desde ese dÃ­a todos se burlaban de ella, serÃ­a recordada como la chica que se cayÃ³ frente a todos tras resbalar mientras miraba a Jack. Todos se dieron cuenta de que ella estaba enamorada de esa estrella de la preparatoria, un ejemplar masculino lleno de atributos sorprendentes; sin embargo, ella sabÃ­a que no estaba a su alcance. Jack la ayudÃ³ a levantarse y a evitar que siguieran riÃ©ndose de su ropa interior rota. Jack, que era un âcaballeroâ, mandÃ³ callar a todos y rescatÃ³ a la dama en peligro. Levantarse y quedar ambos frente a frente fue mÃ¡s que suficiente para ella. En ese momento estaba convencida: Jack era todo lo que querÃ­a. Ãl sonreÃ­a y le tocaba la mejilla, aunque mÃ¡s como una amiga.

â Â¿estÃ¡ bien? âdijo, dejando ver la sonrisa infame y peligrosa que habÃ­a hechizado a muchas chicas en aquella escuela.

Arthur habÃ­a notado que durante unos instantes ella se habÃ­a ido de este mundo. Ignoraba que precisamente ese mundo era toda una pesadilla para ella, que regresar allÃ­ no era agradable.



MEDIA HORA DESPUÃS

âAfortunadamente no se ha roto nada. HabrÃ­a sido el colmo.

âNo se preocupe, ya todo estÃ¡ bien.

âEntonces continuemos.

âÂ¿QuÃ© mÃ¡s quiere saber?

âHÃ¡bleme mÃ¡s sobre su madre y el Innombrableâ¦ Â¿CÃ³mo define la relaciÃ³n entre ambos?

âFrustrada, desigual y tortuosa.

âUn momento, no entiendo. Â¿No me habÃ­a dicho que se amaron?

âSÃ­, pero fue despuÃ©s de que sus padres les obligaran a casarse por conveniencias econÃ³micas. El padre del Innombrable era un importante diplomÃ¡tico canadiense, el de mi madre un empleado de la casa de mi padre.

âYa entiendo.

âSÃ­, es confuso, pero fue asÃ­. Bueno, asÃ­ lo relatan los diarios de mi madre.

âÂ¿QuÃ© pasÃ³ luego? Â¿Tuvo entonces su madre que aprender a amar al Innombrable?

âAsÃ­ es. Es usted muy lista.

âDÃ­game una cosa, seÃ±or Paradize. Si su madre llegÃ³ a amar a su padre, Â¿cuÃ¡l fue el problema entonces?

âÃl sabÃ­a que ella se casÃ³ sin amarlo. Al principio lo ocultÃ³, fue sigiloso. Le halagÃ³ con detalles y llenÃ³ su vida de emociÃ³n, lujos, vanidad. Luego, cuando mi madre estaba perdidamente enamorada, Ã©l tirÃ³ de la soga. Simplemente dejÃ³ de atenderla como antes. Ella lo pasÃ³ muy mal. Sus diarios hablan mÃ¡s de dolor y sufrimiento que de amor.

âEs una pena. El innombrable fueâ¦ muy cruel.

âÂ¿Escuchaste eso, maldito Innombrable, maltratador de madres, aniquilador de mujeres amadoras, buenas y abnegadas? Â¿Lo has escuchado? âgritÃ³ Arthur con tono acusador, seÃ±alando y mirando al segundo piso.

âÂ¡CÃ¡lmese! No creo que pueda escucharle. âLara bajÃ³ la cabeza con tristeza.

âÂ¡Claro que puede! Esta mansiÃ³n tiene pasadizos secretos en las paredes; ademÃ¡s, Ã©l tiene un excelente nivel auditivo, lo ha desarrollado durante su encierro.

âSiÃ©ntese, por favor. âSe inclinÃ³ y le tocÃ³ en el brazo para que se volviera a recostar.

ProsiguiÃ³:

âCuando mi madre pudo por fin quedar embarazada de mÃ­, empezÃ³ a ser feliz.

âBueno, es una alegrÃ­a saber que uno es el motivo de felicidad de sus padres.

âNo, no para el Innombrable. Ãl mÃ¡s bien me odiaba.

âÂ¡No puede ser! Â¿CÃ³mo puede un padre aborrecer a su hijo?

âSÃ­, tenÃ­a miedo de que yo algÃºn dÃ­a heredara toda esta fortuna, el negocio de la fabricaciÃ³n de cruceros, seÃ±orita Nova, es muy retributivo, sus ganancias son sorprendentes.

âEs algo que no creo que concuerde. Â¿EstÃ¡ seguro de lo que dice?

âSÃ­, lo dice claramente, de puÃ±o y letra de mi madre.

âEntonces, Â¿su padre sentÃ­a celos de usted?

âSÃ­, porque sabÃ­a que mi madre me amÃ³ limpiamente sin imposiciÃ³n desde que lleguÃ© a su vientre; en cambio Ã©l siempre tuvo presente que aquel matrimonio fue arreglado por conveniencias econÃ³micas.

âPero me dijo usted que el padre de su madre era empleado en casa de la familia de su padre.

âSÃ­, es asÃ­, peroâ¦ Mi familia tenÃ­a gran aprecio por ese hombre y por la educaciÃ³n de su hija, que fue criada como parte de la familia; por ello mis abuelos arreglaron ese matrimonio. Mi madre, seÃ±orita Nova, siempre fue una gema, una joya de gran valor.

âMe dijo que su madre amaba la literatura. Â¿QuÃ© me cuenta sobre eso?

âSÃ­, era una persona muy letrada. TambiÃ©n ella fue la que ayudÃ³ a sacar adelante la empresa de mi padre. Gracias a los contactos de negocios que tenÃ­a mi madre alrededor del mundo, y a las estrategias financieras que ella diseÃ±Ã³, a su poder de convicciÃ³n, la empresa prosperÃ³. Por eso no habÃ­a acabado con ella antes: era su gallina de los huevos de oro.

âHÃ¡bleme de sus estudios. Â¿CÃ³mo fueron sus aÃ±os de estudiante?

âTenÃ­a maestros particulares. Mis padres viajaban tanto que tenÃ­an que asignarme un maestro en cada puerto. Era algo incÃ³modo. Al cabo del tiempo, mi sabia madre decidiÃ³ ser ella la que me enseÃ±arÃ­a a leer. Recuerdo que desde muy pequeÃ±o me ponÃ­a a ordenar su gran biblioteca. Yo le ayudaba llevando los libros. Cuando empecÃ© a leer me compraba cuentos y me ayudaba a leerlos.

âÂ¡Wowww!

âLeÃ­ mi primer libro completo siendo muy pequeÃ±o. Balbuceaba y mi madre se reÃ­a. Yo leÃ­a, pero sin entender; solo la segunda vez que lo leÃ­ pude entender la historia.




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