Creación Y Evolución
Guido Pagliarino






Guido Pagliarino

CreaciÃ³n y evoluciÃ³n

Una comparaciÃ³n entre evolucionismo teÃ­sta, darwinismo casualista y creacionismo

Ensayo

TraducciÃ³n del italiano al espaÃ±ol de Mariano Bas

Publicado en lengua espaÃ±ola en formatos electrÃ³nicos y libro en papel de Tektime



1a ediciÃ³n italiana, en formato papel y diversos formatos electrÃ³nicos, Copyright Â© 2011-2012 Edizioni GDS (fuera de catÃ¡logo desde 2013)

2a ediciÃ³n italiana, actualizada por el autor con los Ãºltimos datos, en formato electrÃ³nico, Copyright Â© 2014 Guido Pagliarino

Desde 2103, los derechos sobre esta obra, literarios, cinematogrÃ¡ficos, televisivos, de radio, Internet y relacionados con cualquier otro medio de comunicaciÃ³n han vuelto y pertenecen al autor, en todo el mundo.


Ãndice



Breve prÃ³logo del autor (#ulink_bf68d498-df6e-5e2b-a784-4b21da598b40)

Guido Pagliarino, CreaciÃ³n y evoluciÃ³n, una comparaciÃ³n entre evolucionismo teÃ­sta, darwinismo casualista y creacionismo, ensayo (#ulink_761dd8f4-97b7-5944-8366-106b9d53e3a1) (#ulink_761dd8f4-97b7-5944-8366-106b9d53e3a1)

1 En la base de todo, hay un acto de fe (#ulink_443957a8-f860-5387-b88c-01d3bfcede69)

2 Nociones histÃ³ricas de las teorÃ­as evolutivas (#ulink_08956eae-482c-5280-88bb-497ce9a79378)

3 Nociones de las acusaciones de los ateos contra Dios (#litres_trial_promo)

4 FilosofÃ­a, ideologÃ­a e investigaciÃ³n cientÃ­fica (#litres_trial_promo)

5 Discusiones a veces inÃºtiles (#litres_trial_promo)

6 Sobre el creacionismo-fijismo (#litres_trial_promo)

7 Sobre la teorÃ­a de la evoluciÃ³n a saltos o del equilibrio puntuado (#litres_trial_promo)

8 Pareceres de algunos de los Ãºltimos papas (#litres_trial_promo)

9 Sobre dos grandes teÃ³logos evolucionistas cristianos del siglo XX Rahner y Teilhard de Chardin (#litres_trial_promo)

10 Una perspectiva grandiosa: la divinizaciÃ³n del singular Homo sapiens sapiens (#litres_trial_promo)


Breve prÃ³logo del autor (#ulink_d73a58a9-15ad-5a10-a536-e956f7fa1c8d)



En mi opiniÃ³n no es posible, a causa de la visiÃ³n personal ontolÃ³gica del mundo, que ningÃºn oyente o lector o bien autor de conferencias o ensayos sobre el argumento de la persona, ya sea creyente, agnÃ³stico o ateo, sea del todo objetivo, aunque tenga esa intenciÃ³n. Hay quien afirma lo contrario para sÃ­. Puede darse el caso, pero en las conversaciones sobre el ser humano no he conseguido advertir nunca una completa objetividad en el interlocutor y naturalmente tampoco en mÃ­.

Una cosa es segura: que sobre los temas del creacionismo, el evolucionismo creyente (en el cual declaro situarme desde ahora) y del evolucionismo agnÃ³stico-ateo (darwinismo en sentido propio) florecen prejuicios e imprecisiones. Por ejemplo, se oye pronunciar los tÃ©rminos Â«evolucionismoÂ» y Â«darwinismoÂ» como si fueran sinÃ³nimos, aunque las teorÃ­as evolucionistas son mÃºltiples: presentarÃ© en el segundo capÃ­tulo un rÃ¡pido y breve apunte histÃ³rico. Antes me referirÃ©, sin embargo, a ese acto de pura fe existencial que, todos, incluidos los ateos, cumplen en la vida y me referirÃ© a la situaciÃ³n de las diversas corrientes religiosas con respecto a la teorÃ­a de la evoluciÃ³n: me entretendrÃ© un poco con la situaciÃ³n en el Islam, porque la considero la menos conocida, pero con la invitaciÃ³n a pasarla por alto si no interesa esta argumentaciÃ³n. TratarÃ© despuÃ©s el significado del tÃ©rmino Â«azarÂ» y me referirÃ© en un breve capÃ­tulo a las acusaciones mÃ¡s comunes contra Dios de los ateos tanto de ayer como de hoy. RecordarÃ© en el cuarto capÃ­tulo que la base de la investigaciÃ³n cientÃ­fica es siempre una postura filosÃ³fica y a veces tambiÃ©n teolÃ³gica o incluso visceralmente ideolÃ³gica. PasarÃ© luego al creacionismo y a sus argumentaciones que, fuera de los cÃ­rculos fundamentalistas, no consisten en referencias bÃ­blicas, sino en consideraciones cientÃ­ficas. VolverÃ© al evolucionismo y en particular a la teorÃ­a del equilibrio puntuado, que resulta ser combatida por los creacionistas y vista sin embargo con simpatÃ­a por los evolucionistas, creyentes o no. PresentarÃ© a continuaciÃ³n las opiniones sobre la evoluciÃ³n de algunos de los Ãºltimos papas desde la mitad del siglo XX, refiriÃ©ndome posteriormente a la antropologÃ­a de los dos teÃ³logos evolucionistas mÃ¡s notables del siglo XX y acabarÃ© con la entusiasmante perspectiva, segÃºn los creyentes, de la divinizaciÃ³n del hombre: no como especie Homo sapiens sapiens, como querrÃ­a cierta teologÃ­a, sino como ser humano singular, gracias a lo que se podrÃ­a llamar, por semejanza, la evoluciÃ³n del corazÃ³n.

Guido Pagliarino


Guido Pagliarino (#ulink_d73a58a9-15ad-5a10-a536-e956f7fa1c8d)

CreaciÃ³n y evoluciÃ³n (#ulink_d73a58a9-15ad-5a10-a536-e956f7fa1c8d)

Una comparaciÃ³n entre Evolucionismo teÃ­sta, Darwinismo casualista y Creacionismo (#ulink_d73a58a9-15ad-5a10-a536-e956f7fa1c8d)

Ensayo (#ulink_d73a58a9-15ad-5a10-a536-e956f7fa1c8d)



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En la base de todo, hay un acto de fe (#ulink_d73a58a9-15ad-5a10-a536-e956f7fa1c8d)


Mundo real y solipsismo



En la base de todas las opciones humanas estÃ¡ la decisiÃ³n entre considerarse parte de un mundo objetivo y cognoscible gracias a la experiencia y la razÃ³n o considerarse el mundo mismo, o cuando menos un mundo completamente separado y no comunicable con otros posibles, siguiendo la filosofÃ­a solipsista, segÃºn la cual solo existirÃ­a objetivamente el propio yo, la consciencia propia, de la cual todo derivarÃ­a en una especie de proyecciÃ³n, en la mÃ¡s absoluta soledad, de manera similar a lo que se produce en los sueÃ±os nocturnos. La opciÃ³n elegida por la inmensa mayorÃ­a de los seres humanos y de todos los cientÃ­ficos es la de la existencia de un mundo real en el que se vive y se puede investigar y eso es instintivo en la gran mayorÃ­a de los casos. Sin embargo no es posible demostrar la veracidad del realismo y la falsedad del solipsismo o, por el contrario, de la falsedad del primero y la veracidad del segundo segÃºn el cual tanto la realidad ilusoria como los sueÃ±os aparentes son solo una mera creaciÃ³n del ego. Por tanto todos, tambiÃ©n quienes condenan la fe religiosa porque no es susceptible de experimentaciÃ³n, toman una decisiÃ³n inicial de simple fe, sobre la que se basa todo el resto, incluida la teorÃ­a cientÃ­fica evolucionista teÃ­sta o atea. Me parece que esto basta para convertir en insignificante y hasta un poco ridÃ­culo el tesÃ³n con el que algunos se burlan de la fe trascendente.



Mundo real y fe religiosa



Quien ademÃ¡s de la fe en la existencia de un mundo real acepta una fe religiosa se encuentra, despuÃ©s de la apariciÃ³n de la teorÃ­a evolucionista (vÃ©ase el capÃ­tulo siguiente) teniendo que escoger entre enfrentarse al universo desde una Ã³ptica creacionista o evolucionista. Las posturas son distintas no solo de acuerdo con la religiÃ³n abrazada, sino que, en cada una, tambiÃ©n dependen de la corriente en la que se sitÃºe el fiel, como por ejemplo en las diversas asambleas de los cristianos protestantes y las corrientes tradicionalista y progresista de los cristianos catÃ³licos.

Sin embargo, para la iglesia catÃ³lica, con sus mil millones de fieles sobre un total de aproximadamente 2.100 millones de cristianos sobre la Tierra, la situaciÃ³n es peculiar, al estar organizada jerÃ¡rquicamente para que los pronunciamientos del magisterio de Roma se dirijan hacia todos los catÃ³licos.




Entornos cristianos protestantes


En lo que se refiere a los entornos cristianos, es sobre todo en las asambleas protestantes donde se encuentra la defensa mÃ¡s entusiasta del creacionismo y la firme negaciÃ³n de las mutaciones biolÃ³gicas, mientras que solo una minorÃ­a de catÃ³licos es creacionista. En general, cerca del 40% de la poblaciÃ³n cristiana de Estados Unidos interpreta de modo integrista la historia del GÃ©nesis de la creaciÃ³n de AdÃ¡n con barro del suelo. Los antievolucionistas estadounidenses son poderosos y estÃ¡n apoyados directamente por los polÃ­ticos y el Institute for Creation Research, que tambiÃ©n goza de fuertes apoyos; asÃ­, por ejemplo, ciertas bibliotecas pÃºblicas de ese paÃ­s no contienen libros evolucionistas, mientras que mÃºltiples padres fundamentalistas sacan a sus hijos de las escuelas en las que se enseÃ±a la teorÃ­a de la evoluciÃ³n en las clases de biologÃ­a. TambiÃ©n el creacionismo tiene fuerza en Europa: por ejemplo en Reino Unido escuelas confesionales protestantes han eliminado el evolucionismo de sus programas. Por el contrario, este se considera un objeto digno de estudio para la mayorÃ­a de los fieles catÃ³licos europeos.




Entornos cristianos catÃ³licos


Desde el aÃ±o 1950, la hipÃ³tesis evolucionista, aunque no la mecanicista atea, es considerada lÃ­cita por el magisterio de la Iglesia, con la encÃ­clica Humani generis del Papa PÃ­o XII. La teorÃ­a evolucionista se juzgÃ³ posteriormente no solo compatible con la fe cristiana sino que incluso fue considerada con mucho interÃ©s por interÃ©s por el Papa Juan Pablo II, que la valorÃ³, no como una simple hipÃ³tesis junto a la creacionista, como habÃ­a hecho el PontÃ­fice PÃ­o XII, sino como una teorÃ­a bien corroborada por pruebas. Incluso su sucesor, Benedicto XVI, mostrÃ³ una atenciÃ³n positiva hacia el evolucionismo, como expresÃ³ en una homilÃ­a difundida internacionalmente durante una visita a Alemania y como, por otro lado, ya se pronunciaba en uno de sus trabajos sobre el padre teÃ³logo evolucionista Pierre Teilhard de Chardin, cuando el PontÃ­fice, ahora Papa EmÃ©rito, era solo el profesor Ratzinger. ExaminarÃ© esas posturas mÃ¡s a fondo en el capÃ­tulo 8, Â«Pareceres de algunos de los Ãºltimos papasÂ».




Entornos cristianos ortodoxos


En las asambleas ortodoxas no encontramos posiciones oficiales sobre el evolucionismo, solo la afirmaciÃ³n genÃ©rica de que la verdadera ciencia no debe exceder de su territorio entrando en el de la fe y quienquiera que use la investigaciÃ³n para negar las verdades cristianas se pone no solo en contra de la fe, sino en contra de toda verdad: me parece de hecho una crÃ­tica a ciertos darwinistas radicales anticlericales.




Entornos hebreos


Entre las religiones llamadas Â«del LibroÂ», ademÃ¡s la primera en el tiempo, la hebrea, en la que no hay una autoridad religiosa despuÃ©s de la destrucciÃ³n del Templo en el aÃ±o 70 y el fin del llamado judaÃ­smo,


  no adopta ninguna postura oficial sobre el evolucionismo. Como mucho se trata de opiniones personales de rabinos individuales y, en general, de estudiosos de la Biblia. Por otro lado es imborrable en el recuerdo de la Shoah en el pueblo judÃ­o, no solo el hecho de que esta incluyera entre sus propias bases el sadismo psicÃ³tico y otras alteraciones mentales supremacistas de Hitler y sus esbirros, sino tambiÃ©n el llamado darwinismo social que pretendÃ­an que se aplicaba no solo a animales y plantas, sino a los seres humanos mediante eugenesia. El darwinismo social ya antes del dictador habÃ­a sido aceptado en ambientes intelectuales, y no solo en Alemania, sino en todo Occidente, incluso por personajes no sospechosos de antisemitismo como el antropÃ³logo italiano de origen judÃ­o Cesare Lombroso. Sin embargo, en el nazismo, como es terriblemente evidente, el darwinismo social se extremÃ³ en las tristemente conocidas iniciativas de aniquilaciÃ³n de la comunidad judÃ­a y de otros pueblos, que el matarife y sus acÃ³litos consideraban congÃ©nitamente inferiores, mÃ¡s allÃ¡ de la verdadera ciencia y por simples razones ideolÃ³gicas.




Entornos islÃ¡micos


En cuanto a la tercera religiÃ³n del Libro, el Islam, en Occidente muchos piensan impulsivamente en un Islam creacionista monolÃ­tico, pero las posturas de los musulmanes no son en realidad Ãºnicas. La comunidad de creyente (la umma), que segÃºn estimaciones recientes agruparÃ­a mil millones y medio de fieles, sÃ­ que tiene un credo comÃºn en el mensaje del CorÃ¡n del profeta Mahoma, pero constituye un firmamento de corrientes espirituales, de las cuales las tres principales son las de los sunÃ­es, los chiÃ­es y los jariyÃ­es y asimismo muchas subcorrientes. En realidad, los islamistas estÃ¡n dispersos por todo el mundo y son de muchas etnias y tradiciones histÃ³ricas diferentes. Por tanto, las posturas sobre el evolucionismo pueden ser positivas o negativas, en ciertos casos indiferentes, segÃºn la comunidad de la que provengan y el nivel cultural del fiel individual.

Veamos estas posturas (quien no tenga suficiente interÃ©s puede pasar al apartado siguiente):

Un pocentaje no demasiado pequeÃ±o de los miembros de la umma acepta la teorÃ­a evolucionista. Al no haber jerarquÃ­a religiosa y faltando algÃºn tipo de coordinaciÃ³n por parte de una autoridad central,


  las posturas sobre creacionismo y evolucionismo, desde el punto de vista creyente, dependen como he dicho de la situaciÃ³n sociocultural de la persona y del paÃ­s en el que vive. SegÃºn un estudio realizado en 1991 en 34 estados en parte islÃ¡micos,


  resulta que solo el 1,8% de los egipcios, el 14% de los pakistanÃ­es y el 25% de turcos, siendo este el estado musulmÃ¡n mÃ¡s occidentalizado, estÃ¡n convencidos de que el evolucionismo es una idea fundamentada, mientras que en KazajastÃ¡n, paÃ­s ya soviÃ©tico que obtuvo la independencia de la URSS el 25 de octubre de 1990 y ademÃ¡s ateo por imposiciÃ³n del anterior gobierno comunista, hasta el 72% de sus habitantes es evolucionista. Esto puede sugerir que en conjunto el Islam estÃ¡ mÃ¡s abierto al creacionismo que a la teorÃ­a evolucionista, a pesar del hecho de que el CorÃ¡n (como la Biblia, por otra parte) no estÃ¡ en contradicciÃ³n con el evolucionismo creyente. Pero tal vez pese tambiÃ©n el hecho de que en esos paÃ­ses, como en Occidente, muchos identifican, tout court, equivocÃ¡ndose, al evolucionismo con el darwinismo casualista y ateo (ver el capÃ­tulo siguiente). Los jefes religiosos islÃ¡micos saben que buena parte de los versÃ­culos del CorÃ¡n es alegÃ³rica: se escribieron en un lenguaje ideal para que incluso los mÃ¡s sencillos entendieran lo esencial del mensaje, un poco como la cultura judÃ­a usaba la estructura del midrash, es decir, del cuento simbÃ³lico y el propio JesÃºs explicaba con parÃ¡bolas. Por ejemplo, los maestros mahometanos no aceptan al pie de la letra el relato de la creaciÃ³n de AdÃ¡n y Eva, Â«En realidad los hemos creado de barro viscosoÂ» (Sura 37:11), ni la alegorÃ­a del ParaÃ­so, tanto del EdÃ©n terrestre como el JardÃ­n Eterno (que sustancialmente es el mismo AlÃ¡) tras la muerte, con sus metafÃ³ricos goces materiales, donde el fiel tendrÃ¡ Â«Alivio, generosa provisiÃ³n y un jardÃ­n de deliciasÂ» (Sura 56:89) y los guÃ­as religiosos islÃ¡micos interpretan del mismo modo el infierno, con su fuego y con sus torturas figuradas, en el que, siguiendo literalmente su letra, el extraviado recibirÃ¡ Â«Un hospedaje de agua hirviendo y abrasarse en el YahimÂ» (Sura 56:93-94), un versÃ­culo tal vez influido por la misma fundiciÃ³n (yahim) o lago de fuego  del Apocalipsis cristiano, asÃ­ como por otro lado muchas de las suras han tenido presentes textos bÃ­blicos o, notablemente, apÃ³crifos cristianos.



Del sÃ­mbolo como vÃ­nculo entre Dios y el hombre he escrito en su momento en otro ensayo.


  Indico aquÃ­ de paso un resumen porque podrÃ­a ser Ãºtil para entender mejor lo que he indicado con respecto a los versÃ­culos alegÃ³ricos del CorÃ¡n y tal vez pueda servir en la comparaciÃ³n que harÃ© mÃ¡s adelante entre evolucionismo teÃ­sta y creacionismo:

Adelanto que para el credo cristiano la resurrecciÃ³n de Jesucristo ha de entenderse no metafÃ³rica sino literalmente, so pena de faltar al mismo cristianismo, que se basa precisamente por antonomasia en la ResurrecciÃ³n, mientras que todo el resto es accesorio, aunque sea tan importante, con toda seguridad, como la enseÃ±anza moral de JesÃºs con parÃ¡bolas y ejemplos y como las profecÃ­as veterotestamentarias sobre el MesÃ­as.

Aparte del caso de la resurrecciÃ³n real y no simbÃ³lica de Jesucristo, muchos pasajes bÃ­blicos hablan Ãºtilmente del Dios inefable a travÃ©s de la simbologÃ­a, usando analogÃ­as y metÃ¡foras comprensibles, porque los paralelismos y relatos alegÃ³ricos se entienden mÃ¡s fÃ¡cilmente en nuestra psicologÃ­a al dirigirla al simbolismo. AdemÃ¡s, se aprecia que las figuras metafÃ³ricas y analÃ³gicas bÃ­blicas (y tambiÃ©n en las corÃ¡nicas) se entienden teniendo en cuenta el Ã©timo de la palabra y no el significado que nos es habitual: como indican los diccionarios etimolÃ³gicos, la palabra sÃ­mbolo deriva del verbo griego syn-bÃ¡llein, es decir reunir: Â«SÃ­mbolo: del latÃ­n symbolum (contraseÃ±a), proveniente del griego sÃ­mbolon, de la familia de symbÃ¡llÃ´ (reunir) de syn- (junto) y bÃ¡llÃ´ (lanzar)Â» (cf. Giacomo Devoto, Avviamento alla etimologia italiana â Dizionario etimologico, [Florencia: Le Monnier, 1968]). Ese significado se refiere a la costumbre en la Grecia antigua de dividir irregularmente un objeto en dos, de manera que el poseedor de una de las partes pudiera hacerse reconocer en caso de necesidad haciendo coincidir su trozo con el otro en manos ajenas. Si la realidad divina no es comprensible objetivamente por nuestra mente porque es eterna e infinita y no sabemos abarcar la inmensidad y solo con dificultad llegamos a entender un poco algo de la eternidad, confundiendo muchas veces al Ser inmutable con un tiempo que no tiene fin, pero que tiene un inicio, el conocer sin embargo, como pasa a menudo en la Biblia, el significante simbÃ³lico y el concepto divino que significa con respecto a una realidad verdadera aunque de por sÃ­ inabarcable, permite, por la manera en que estÃ¡ estructurada nuestra psicologÃ­a, entender lo suficientemente a Dios como para poder aceptar la RevelaciÃ³n.



La situaciÃ³n de la umma con respecto al evolucionismo no es muy distinta de la de la Iglesia, en la cual tambiÃ©n hay catÃ³licos creacionistas y catÃ³licos evolucionistas, mientras que ambas estÃ¡n alejadas de las situaciones de los entornos fundamentalistas y radicalmente creacionistas de cierto cristianismo protestante y del paracristianismo de los Testigos de JehovÃ¡ en el que, tambiÃ©n en el Ã¡mbito de los dirigentes, se encuentran integristas que siguen al pie de letra todos los versÃ­culos de la Biblia, sin distinciÃ³n entre los histÃ³ricos y los fabulosos-simbÃ³licos. Esto favorece en Occidente la radicalizaciÃ³n de la disputa entre creacionistas y evolucionistas.



En relaciÃ³n con los Testigos de JehovÃ¡, me parece mÃ¡s preciso hablar de paracristianos y no de cristianos porque niegan esos pilares del cristianismo (o, si se prefiere, del fenÃ³meno histÃ³rico-religioso que se califica con la palabra cristianismo) que son tanto la resurrecciÃ³n y la divinidad de JesÃºs como verdadero hombre, como la Trinidad: esta Ãºltima palabra sobre todo que Dios en su Ser eterno e inmutable es tambiÃ©n un verdadero hombre, Â«glorioso y espiritualÂ», segÃºn las palabras de San Pablo, es decir el Cristo eterno llamado tambiÃ©n el Hijo y esta segunda Persona es, tautolÃ³gicamente, no solo humana, sino divina, mientras que al ser infinito el amor entre el Padre y el Hijo y por tanto lo que es infinito tiene, por definiciÃ³n, naturaleza divina, este Amor infinito es la tercera Persona, llamada EspÃ­ritu Santo.






A propÃ³sito de la apertura de hecho del CorÃ¡n a la ciencia moderna y en particular a la teorÃ­a evolucionista, puede ser digno de atenciÃ³n lo que escribÃ­a y divulgaba en conferencias un experto occidental del mundo islÃ¡mico, el mÃ©dico y egiptÃ³logo francÃ©s Maurice Bucaille (1920-1998), entonces al frente de la ClÃ­nica QuirÃºrgica de la Universidad de ParÃ­s y durante mucho tiempo mÃ©dico de familia del rey Faisal de Arabia Saudita, donde empezÃ³ a interesarse a fondo por la religiÃ³n islÃ¡mica y su libro sagrado, por lo que en 1976 fue coautor con el escritor Alastair D. Pannell de un estudio sobre Biblia, CorÃ¡n y ciencia.


  Bucaille consideraba, aunque desde una Ã³ptica corÃ¡nica y no cientÃ­fica, que la evoluciÃ³n habÃ­a afectado indistintamente a todos los animales hasta los homÃ­nidos y con estos se habrÃ­a producido una bifurcaciÃ³n fundamental y las mutaciones se habrÃ­an producido de manera distinta a lo largo de la rama de dichos homÃ­nidos, finalmente extintos, y a lo largo de la de los seres humanos. Bucaille precisaba, al tratar las relaciones entre CorÃ¡n y ciencia, que con el segundo tÃ©rmino se referÃ­a a una conciencia profundamente establecida y que el CorÃ¡n era por excelencia un libro religioso y sin embargo para Ã©l en las suras se encuentran, en forma alegÃ³rica, muchas afirmaciones que parecen anticipaciones lejanas de la verdad cientÃ­fica hoy reconocida, aunque un hombre del siglo VII no habrÃ­a podido entender esas referencias. Sin embargo hoy muchos islÃ¡micos tienen un conocimiento profundo, no solo del CorÃ¡n, sino tambiÃ©n de las ciencias naturales y las pueden entender bien. Con respecto al Big Bang, para este mÃ©dico los versÃ­culos corÃ¡nicos sobre la creaciÃ³n del mundo se podrÃ­an aplicar a la teorÃ­a moderna sobre la formaciÃ³n de del universo y de hecho en el CorÃ¡n habÃ­a datos relativos a la existencia una masa gaseosa Ãºnica, es decir, cuyos principios estaban originalmente juntos y luego se separaban, como se puede ver tanto en la sura 41:11: Â«Y Dios se dirigiÃ³ al cielo, que era humoÂ», como en la sura 21:30: Â«Â¿Es que no han visto los infieles que los cielos y la tierra formaban un todo homogÃ©neo y los separamos?Â» Los resultados del proceso de separaciÃ³n habrÃ­an sido mÃºltiples mundos, una nociÃ³n que Bucaille encontraba muchas veces en el CorÃ¡n, como por ejemplo en la sura 1:2: Â«Alabado sea AlÃ¡, SeÃ±or del universoÂ». Todo esto para Ã©l estaba de acuerdo con los conceptos cientÃ­ficos actuales sobre la existencia de una nebulosa primigenia y un proceso sucesivo de separaciÃ³n de los elementos de esa Ãºnica masa, con la formaciÃ³n de las galaxias y, en estas, de estrellas originadoras de planetas. A propÃ³sito del origen de la vida, para Bucaille era importante la sura 21 en su versÃ­culo 30: Â«Y que sacamos del agua a todo ser vivienteÂ», afirmaciÃ³n que podÃ­a referirse, a su parecer, a la teorÃ­a moderna de que el origen de los seres vivos es acuÃ¡tico.

De las relaciones entre CorÃ¡n y ciencia se ha ocupado tambiÃ©n el posicÃ³logo, poeta, pintor, grabador y ceramista, italiano, pero de ascendencia turco-afgana, Gabriele Mandel. TambiÃ©n Ã©l ha escrito


  que en las suras, junto a la recuperaciÃ³n de antiguos mitos y leyendas, encontramos descripciones metafÃ³ricas que se pueden referir modernamente a la teorÃ­a evolutiva, en la que AlÃ¡ crea todos los animales del agua en fases sucesivas, haciÃ©ndolo exactamente como Ã©l lo quiere: Â«Y AlÃ¡ creÃ³ todo ser vivo a partir de agua. Y de ellos unos caminan arrastrÃ¡ndose sobre su vientre, otros sobre dos patas y otros sobre cuatro. AlÃ¡ crea lo que quiere. Es cierto que AlÃ¡ tiene poder sobre todas las cosasÂ» (sura 24:45) o donde se exhorta al fiel diciendo: Â«Â¿Pero quÃ© os pasa que no podÃ©is concebir grandeza en AlÃ¡ cuando Ãl os creÃ³ en fases sucesivas?Â» (sura 71: 13-14).

Tal vez debido a la consciencia de los doctos expertos de la umma del carÃ¡cter alegÃ³rico de muchas partes del CorÃ¡n, desde hace tiempo no se han planteado discusiones entre evolucionistas y creacionistas musulmanes, ni, por otro lado, estos segundos han entrado en polÃ©micas con nuestros cientÃ­ficos ateos. Estos Ãºltimos se han encontrado con un muro de indiferencia en el desdÃ©n general islÃ¡mico hacia la sociedad occidental, considerada degenerada y enemiga de Dios. Solo cada cierto tiempo las teorÃ­as evolucionistas son objeto de discusiÃ³n en los paÃ­ses islÃ¡micos. No es realmente una guerra, pero esto se expone con la modernizaciÃ³n de las sociedades islÃ¡micas, como afirma un conocido profesor de origen iranÃ­, Salman Hameed, del Hampshire College de Massachusetts, profundo conocedor del mundo islÃ¡mico y estudioso del creacionismo y el evolucionismo en la umma. Se ha producido un caso de reacciÃ³n creacionista en TurquÃ­a en la primavera de 2009, a pesar de que el paÃ­s es el mÃ¡s avanzado en la vÃ­a de la modernizaciÃ³n y, en este sentido, del estudio del evolucionismo: en el nÃºmero de marzo de la revista Ciencia y tecnologÃ­a (en turco Bilim ve Teknik), que debÃ­a contener un artÃ­culo conmemorativo de quince pÃ¡ginas sobre Darwin por el bicentenario de su nacimiento, se publicÃ³ en el Ãºltimo momento sin ese reportaje, sin ninguna explicaciÃ³n. Ha creado perplejidad en el entorno cientÃ­fico el hecho de que la revista estuviera financiada por una agencia del gobierno y de que el gobierno sea islÃ¡mico, aunque no sea extremista. El hecho se difundiÃ³ por el mundo a travÃ©s de los medios de comunicaciÃ³n porque esa censura, o lo que se ha interpretado como tal en el mundo acadÃ©mico, ha llevado no solo a fuertes protestas de docentes e investigadores, sino a manifestaciones estudiantiles en las calles. Los adversarios islÃ¡micos de la teorÃ­a de la evoluciÃ³n dirigen sus dardos esencialmente al darwinismo, debido a su ateÃ­smo y causalismo, que amenazan el credo religioso musulmÃ¡n y la propia idea de la realidad de AlÃ¡.




Igual que entre los cristianos creacionistas, entre los islÃ¡micos encontramos junto a personas sencillas personajes cultos, por ejemplo, el profesor universitario Seyyed Hossein Nasr.


  El argumento mÃ¡s frecuente en sus investigaciones es el de la comparativa entre la ciencia y la fe religiosa y este ha escrito en particular sobre el significado de la ciencia en el Ã¡mbito de la religiÃ³n musulmana. TambiÃ©n se ha ocupado de la relaciÃ³n del hombre con la naturaleza, refiriÃ©ndose al punto de vista de las grandes figuras musulmanas del pasado y ha destacado la acciÃ³n devastadora del hombre moderno sobre el medio ambiente; ha hablado de la crisis espiritual occidental debida a la secularizaciÃ³n y finalmente se ocupado a fondo del darwinismo, llegando a considerarlo una simple creencia atea constitutiva del esqueleto de la ideologÃ­a positivista cientista imperante en Occidente desde el siglo XIX y ahora en plena difusiÃ³n tambiÃ©n fuera los confines occidentales.

Hay que seÃ±alar que, como la cultura islÃ¡mica tiene en gran consideraciÃ³n a la ciencia y a los cientÃ­ficos, entre los biÃ³logos hay muchos que aprovechan esa estima para defender la teorÃ­a a de la evoluciÃ³n a travÃ©s de los medios de comunicaciÃ³n, la universidad y la escuela, apelando, algunos funcionalmente, otros con plena convicciÃ³n religiosa, a versÃ­culos del CorÃ¡n que, como hemos visto, leÃ­dos hoy parecerÃ­an presentar una vÃ­a para la hipÃ³tesis evolucionista. En primer lugar esos estudiosos se refieren a la afirmaciÃ³n corÃ¡nica de que el origen de la vida estÃ¡ en el agua, para poder asÃ­ hacer una comparaciÃ³n con el lÃ­quido caldo primordial, donde surgiÃ³ la primera vida monocelular bacteriana, segÃºn la teorÃ­a de la evoluciÃ³n: la utilidad, si no la necesidad, de referirse a la religiÃ³n indicarÃ­a, en mi opiniÃ³n, que la situaciÃ³n de las investigaciones en los paÃ­ses musulmanes, o al menos en los mÃ¡s integristas, no es comparable a la total libertad de Occidente. Los evolucionistas de la umma se refieren tambiÃ©n a los escritos de los filÃ³sofos medievales islÃ¡micos, por cuanto, si para el Islam Dios solo es representable alusivamente mediante metÃ¡foras y si los evolucionistas se refieren en primer lugar a las del CorÃ¡n, dichas metÃ¡foras tambiÃ©n estÃ¡n presentes en obras de pensadores estimados universalmente en el entorno islÃ¡mico, cuyos escritos fueron compuestos en su mayor parte entre el siglo XI y el XIII. Entre los mÃ¡s citados por los evolucionistas mahometanos estÃ¡ el principal poeta y mÃ­stico de todo el Islam, el persa MaulÄnÄ GialÄl al-DÄ«n (1207-1273),


  conocido en Occidente como RÅ«mÄ«, de la ciudad de RÅ«m, en Anatolia, donde transcurriÃ³ la mayor parte de su vida. Este afirmaba que el hombre provenÃ­a de muy lejos, pasando del reino de las cosas materiales no orgÃ¡nicas al vegetal, luego al animal, cada vez sin recordar el estado precedente, hasta llegar a la condiciÃ³n humana, tambiÃ©n sin conservar memoria de sus precedentes almas vegetativas, pero tambiÃ©n aÃ±adÃ­a que el hombre le esperaba un estado angÃ©lico puramente espiritual.



A pesar de su distinta vÃ­a y su diferente fe religiosa, puede venir a la cabeza a este respecto la teologÃ­a del padre Pierre Teilhard de Chardin, del que hablarÃ© en el capÃ­tulo 9, con su espiritualizaciÃ³n final no solo del hombre, sino universal, a la que ese jesuita antropÃ³logo y geÃ³logo llamaba Cristosfera.



Los evolucionistas islÃ¡micos se refieren tambiÃ©n a su hijo, el gran maestro sufÃ­, tambiÃ©n poeta, SultÃ¢n Walad (1226-1318), autor de la obra La palabra secreta.






El sufismo es una escuela esotÃ©rica del Islam dedicada a la investigaciÃ³n de la verdad espiritual, con el fin de comprender esta perfectamente y de elevarse a la visiÃ³n de AlÃ¡ gracias a ciertas prÃ¡ctica secretas especiales, entre las que estaban la mÃºsica y la danza, que llevarÃ­an a la renuncia del propio yo. El primer grupo de sufistas pÃ­os nace casi contemporÃ¡neamente con el Islam, estando Mahoma todavÃ­a vivo. Todas las escuelas sufÃ­es dispersas en muchos paÃ­ses, entre los cuales estÃ¡n los paÃ­ses islÃ¡mico del norte de Ãfrica, TurquÃ­a, Siria, IrÃ¡n, India e Indonesia, tienen ese origen.



SultÃ¢n Walad, sobre la base de las ideas paternas y tal vez influido, como presumiblemente tambiÃ©n su padre, por Acerca del alma, de AristÃ³teles, sostenÃ­a que de la materia se derivaba el alma vegetativa de los organismos y que luego AlÃ¡ habÃ­a aÃ±adido en el hombre la psique racional: Â«Los organismos vivientes han producido un alama animal. Por su gracia, Dios aÃ±adiÃ³ la razÃ³nÂ».


  Igual que para el CorÃ¡n, para este maestro todos los seres derivan del agua y ademÃ¡s, segÃºn Ã©l, algÃºn dÃ­a volverÃ­an al agua original, porque la luz del sol de la belleza divina, escribÃ­a, habrÃ­a fundido la nieve de la existencia que se escurrirÃ­a como un arroyo: tambiÃ©n aquÃ­ se puede apreciar cierta afinidad entre el agua primordial y el caldo primordial del evolucionismo moderno. Los evolucionistas se refieren tambiÃ©n al norteafricano Ibn JaldÃºn (1332-1406),


  considerado el mÃ¡ximo historiador y filÃ³sofo social Ã¡rabe, ademÃ¡s de gramÃ¡tico y jurisperito de derecho islÃ¡mico: entre otras cosas observÃ³ puntos en comÃºn entre hombres y simios y tambiÃ©n creÃ­a en una evoluciÃ³n de la especie desde el agua.

He dicho que RÅ«mÄ« y Walad debÃ­an conocer a AristÃ³teles y haber sufrido su influencia. En general, el Islam juzgaba desde sus inicios que las improntas de la verdad divina tambiÃ©n se encontraban en escritos sapienciales no mahometanos, tanto de filÃ³sofos orientales como en las obras cientÃ­ficas y filosÃ³ficas de la Grecia clÃ¡sica y el posterior helenismo, que por tanto se traducÃ­an al Ã¡rabe y el persa por eruditos musulmanes que posteriormente las comentaban. La traducciÃ³n de los escritos griegos contribuyÃ³ a dirigir al Islam hacia el campo de la ciencia, siguiendo la tradiciÃ³n helÃ©nica, dentro de un Ã¡rea que abarcaba de la medicina a la astronomÃ­a y la geometrÃ­a de base euclidea y pitagÃ³rica.

Por tanto, no es extraÃ±o que muchos musulmanes hoy vean con interÃ©s la teorÃ­a del origen de las especies. De cualquier manera, todo ha de compararse con la medida esencial del CorÃ¡n, ya que no se encuentran cientÃ­ficos ateos en los paÃ­ses islÃ¡micos, los evolucionistas son creyentes y estÃ¡n convencidos de que no hay contradicciÃ³n entre ciencia y fe. Ya que no solo los profesores universitarios, sino tambiÃ©n los maestros de biologÃ­a en las escuelas medias y superiores usan el CorÃ¡n con el fin de explicar el origen de la vida y la evoluciÃ³n de las especies, se deduce que un porcentaje no pequeÃ±o de la poblaciÃ³n islÃ¡mica de cultura media y superior es normalmente evolucionista, mientras que la mayorÃ­a, constituida por personas con poca o ninguna instrucciÃ³n, es normalmente creacionista.



Discusiones sobre evoluciÃ³n en el Occidente cristiano (o antes cristiano)



Como apreciaremos mejor en otros capÃ­tulos y especialmente en el 5, es mÃ¡s bien el Occidente cristiano (o que lo era en su momento, considerando la conducta actual de buena parte de la poblaciÃ³n) el que asiste a discusiones e incluso a polÃ©micas entre los no muchos fieles restantes y los darwinistas ateos que consideran casual no solo la evoluciÃ³n sino todo el universo desde el Big Bang. Pero no faltan polÃ©micas y a veces peleas tambiÃ©n entre creacionistas creyentes y esos evolucionistas que defienden una evoluciÃ³n fÃ­sica del cosmos y biolÃ³gica de las especias ambas queridas y dirigidas por el Creador. El colmo resulta ser que, a menudo, el objeto de la contienda no es la investigaciÃ³n cientÃ­fica en sÃ­, sino argumentos ontolÃ³gicos, confundiÃ©ndose el campo de las investigaciones experimentales con el de los estudios metafÃ­sicos y bÃ­blico-teolÃ³gicos sobre el ser y eso cuando no se aÃ±ade la ideologÃ­a visceral para eliminar la controversia.

El resto del ensayo tratarÃ¡ esos entornos.

Ahora me parece oportuno referirme a las tres principales teorÃ­as evolutivas, aÃ±adiendo al tiempo y poco a poco algunas consideraciones.


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Nociones histÃ³ricas de las teorÃ­as evolutivas (#ulink_d73a58a9-15ad-5a10-a536-e956f7fa1c8d)



Al evolucionismo se la ha hecho coincidir muchas veces con el darwinismo, a pesar de que la teorÃ­a de Charles Darwin coincidiÃ³ en el tiempo con la anÃ¡loga de Alfred Russel Wallace y ambas se vieron precedidas por la teorÃ­a evolucionista de Jean-Baptiste Lamarck. Por otro lado, como veremos con detalle en el capÃ­tulo 7, en el neoevolucionismo se propone una nueva subteorÃ­a, la del equilibrio puntuado.

Presento un breve excurso histÃ³rico, al que aÃ±ado algunas consideraciones:



Charles Darwin (1809-1882)



El cientÃ­fico agnÃ³stico inglÃ©s Charles Darwin fue creyente en la primera parte de su vida y, en su juventud, incluso un fundamentalista cristiano, al nacer en un entorno protestante, de padre anglicano y madre unitaria


  y haber sido sometido a una muy rigurosa educaciÃ³n religiosa, que comprendÃ­a el estudio casi literal de la Biblia, y luego enviado a estudiar teologÃ­a en el Christ's College de Cambridge. Como indica en su autobiografÃ­a, todo esto le habÃ­a dejado durante mucho tiempo la idea de la verdad absoluta y literal de cada palabra de la Biblia. Se declararÃ­a agnÃ³stico despuÃ©s de sus investigaciones, al tiempo que publicaba de su obra fundamental, El origen de las especies por medio de la selecciÃ³n natural, o la preservaciÃ³n de las razas favorecidas en la lucha por la vida, conocida generalmente como El origen de las especies.

Como es sabido, iniciÃ³ su carrera como naturalista emprendiendo en 1831, como huÃ©sped del comandante, un viaje de cinco aÃ±os alrededor del mundo en el bergantÃ­n de la marina militar britÃ¡nica Beagle, que albergaba una expediciÃ³n cartogrÃ¡fica y asÃ­ visitÃ³ las islas de Cabo Verde y las Falkland (o Malvinas), las costas atlÃ¡nticas y pacÃ­ficas y finalmente Australia. En el archipiÃ©lago de las GalÃ¡pagos advirtiÃ³ que cada isla tenÃ­a tipos distintos de tortugas y especies de aves que eran similares en ciertos aspectos y eran distintas en otros y tambiÃ©n observÃ³ ciertas semejanzas entre ciertos fÃ³siles que habÃ­a descubierto y ciertas especies vivientes. HabÃ­a leÃ­do entretanto el ensayo de 1798 sobre la poblaciÃ³n


  del pastor protestante Thomas Malthus (1766-1834), en el que este economista sostenÃ­a que el aumento de la poblaciÃ³n humana era superior al de los recursos alimentarios y se desarrollaba en progresiÃ³n geomÃ©trica, mientras que el alimento disponible aumentaba solo en progresiÃ³n aritmÃ©tica, por lo que se veÃ­a empujado a cultivar tierras cada vez menos fÃ©rtiles, sufriendo asÃ­ una gran penuria de gÃ©neros alimenticios con una difusiÃ³n cada vez mayor del hambre, con muertos por inaniciÃ³n en una especie de control natural a posteriori que seleccionaba a la poblaciÃ³n humana. Entre Malthus y los descubrimientos y observaciones naturales, nacieron en Darwin las ideas que llevaron a formular la teorÃ­a de la evoluciÃ³n por selecciÃ³n natural. En particular, habÃ­a partido de la suposiciÃ³n de que las diversas tortugas habÃ­an tenido como origen una especie comÃºn y luego fueron mutando, adaptÃ¡ndose a los distintos ambientes de las diversas islas del archipiÃ©lago de las GalÃ¡pagos. VolviÃ³ a Londres en 1836 con las muestras vegetales y animales recogidas y los fÃ³siles recuperados. PresentÃ³ para su revisiÃ³n sus hallazgos ornitolÃ³gicos a expertos del British Museum y al aÃ±o siguiente se le informÃ³ que esos pÃ¡jaros, aunque de un aspecto muy diferente, pertenecÃ­an todos a la familia zoolÃ³gica Fringillidae, y a la subfamilia Geospizinae, es decir, eran pinzones comunes. HabÃ­a deducido que en todas las especies vivientes, a lo largo de generaciones, habÃ­an nacido individuos con caracterÃ­sticas distintas con respecto a las de sus padres y entre esos individuos un principio de competencia, la selecciÃ³n natural, escoge a los mejor dotados para sobrevivir en el entorno. La generaciÃ³n siguiente tiene una mayor presencia de ejemplares que sobreviven y se reproducen mejor. En otras palabras, para este cientÃ­fico, en el proceso evolutivo intervienen algunos principios, el de la variaciÃ³n casual, tanto fisiolÃ³gica como, a consecuencia de esta, de comportamiento, el principio de la herencia de las mutaciones y el de la selecciÃ³n natural en la competencia entre individuos. Darwin, teniendo en cuenta el entorno de las GalÃ¡pagos, concibe ademÃ¡s la idea de nichos protegidos que entiende que favorece el mecanismo, gracias a la ausencia, o al menos a la menor presencia, de depredadores y, en general, de daÃ±os ambientales. Sostiene ademÃ¡s que el motor de todo es el ciego azar, aunque al principio habÃ­a supuesto un posible finalismo en las variaciones.

Hablar de azar en el darwinismo, y hoy en el neodarwinismo y en general en la investigaciÃ³n biolÃ³gica y naturalista, significa decir que una mutaciÃ³n en un ser viviente no depende de la necesidad de ese organismo y que la transformaciÃ³n del mismo no se impone por una exigencia originada en el entorno, sino que se trata de una transformaciÃ³n completamente fortuita: el viviente mutado que por accidente consiga una condiciÃ³n mejor que otros con respecto al entorno en que se aloja sobrevive originando una nueva especie que prospera, mientras que los no mutados y los mal mutados de su especie se extinguen.


  Como ya escribÃ­ en un ensayo anterior,


  para Darwin Â«no habÃ­a ningÃºn fin en la selecciÃ³n natural, que no estaba guiada por ninguna fuerza lÃ³gica de la naturaleza ni mucho menos por alguna RazÃ³n sobrenatural: para Ã©l las mutaciones eran mecÃ¡nicas, no habÃ­a ninguna idea de progreso en la evoluciÃ³n ni existÃ­a una jerarquÃ­a entre los seres vivientes, incluido el hombre. Era el azar el que producÃ­a las variaciones, por lo tanto estas no tenÃ­an una finalidad ni para un cambio en el entorno ni para satisfacer una necesidad particular de un individuo. SegÃºn Darwin, si la variaciÃ³n casual era negativa no se transmitÃ­a; por el contario, si era positiva, sÃ­. Ese punto de vista se oponÃ­a obviamente al cristiano. El paradigma de Darwin era el mecanicismo de Newton, que durante dos siglos habÃ­a contribuido enormemente a la investigaciÃ³n en el campo de la fÃ­sica y habÃ­a sido un punto de referencia para los cientÃ­ficos: el siglo XIX estaba muy lejos de los posteriores descubrimientos desconcertantes del probabilismo, la mecÃ¡nica cuÃ¡ntica y la relatividad y Darwin querÃ­a y pensaba poder crear un sistema sÃ³lido tambiÃ©n para la biologÃ­a como era, en su tiempo, el newtoniano, basado en las tres leyes de la mecÃ¡nica. TambiÃ©n habÃ­a teorizado y presentado a su vez sus tres leyes: las mutaciones casuales que segÃºn Ã©l justificaban el surgimiento de las nuevas especies; la lucha por la supervivencia que premiaba las mutaciones mejor adaptadas; la selecciÃ³n natural causada por el aislamiento geogrÃ¡fico, que favorecÃ­a la extinciÃ³n de las especies y el desarrollo otras. Al fin y al cabo, no era en sÃ­ la idea de la evoluciÃ³n la que perturbarÃ­a el cristianismo, sino el concepto de selecciÃ³n natural, que se enfrentaba con la idea del Plan divino para los seres humanos y era la idea de un proceso ciego y mecÃ¡nico, mientras que para la fe cristiana, ademÃ¡s, Dios se habÃ­a encarnado en la segunda Persona intencionadamente en la HistoriaÂ».

En sus Ãºltimos aÃ±os de vida, Darwin acepta un concepto llamado pangÃ©nesis, tomado de Lamarck (ver mÃ¡s abajo), es decir, la teorÃ­a de que el uso o falta de uso de un Ã³rgano provocarÃ­a variaciones consiguientes en las generaciones posteriores.



Sobre las crÃ­ticas a Darwin



Hoy en dÃ­a el darwinismo estÃ¡ sometido a crÃ­ticas y puntualizaciones, no solo por parte de creyentes, sino tambiÃ©n en ciertos entornos neodarwinistas. En sÃ­ntesis, son las siguientes:

El modelo darwinista no puede explicar fenÃ³menos como las grandes mutaciones inesperadas y los eventos catastrÃ³ficos de extinciÃ³n, como el famoso de los dinosaurios, lo que contrasta con la teorÃ­a de la evoluciÃ³n gradual; los plazos necesarios para imponerse las nuevas especies serÃ­an demasiado largos si las mutaciones fueran lentas y naturales; el darwinismo clÃ¡sico no explica el papel de las mutaciones neutrales, constituyendo estas por otro lado la mayorÃ­a de las propias mutaciones; no contempla las indudables distintas formas de cooperaciÃ³n entre seres vivientes, que contradicen la imagen de un mundo guiado solo por la lucha por la supervivencia; Darwin tampoco aclara el mecanismo de herencia de las caracterÃ­sticas adquiridas.



Neodarwinismo y nuevas fronteras



Hace tiempo que las nuevas fronteras de la genÃ©tica, en particular el descubrimiento del ADN


  y los estudios consiguientes, materia que desconocÃ­an Darwin y las primeras generaciones de sus seguidores, han llevado a los neodarwinistas, siempre bajo la hipÃ³tesis casualista, a estudios de microbiologÃ­a dirigidos a corroborar la idea de la mutaciÃ³n y, por tanto, de la teorÃ­a evolucionista Se ha formulado la llamada teorÃ­a sintÃ©tica que considera a las fuentes de la selecciÃ³n natural, en primer lugar, mutaciones casuales genÃ©ticas mÃ­nimas del ADN, llamadas microevoluciones, que a lo largo del tiempo, bajo la influencia Ãºnica de la selecciÃ³n natural darwiniana, realizan macroevoluciones sumÃ¡ndose unas a otras.

Por otro lado, en el entorno creyente, evolucionista o no, se evidencia que los seres humanos no podemos ser reconducidos a ninguna otra especie considerando los ADN relativos, ni mucho menos a animales en los que este se aproxima mucho al nuestro. En particular se advierte que hay un abismo entre nosotros, los seres humanos, y el animal menos lejano, el bonobo, es decir, chimpancÃ© enano, aunque la secuencia del ADN de ambas especies sea casi igual. Se ha realizado la llamada secuenciaciÃ³n


  del ADN del bonobo y se ha descubierto que las secuencias de su genoma, que comprende la informaciÃ³n genÃ©tica del organismo, es decir, todo su material genÃ©tico, son como las humanas en un 98,4%, pero sin embargo ese 1,6% de diferencia se corresponde con unos 35 millones de nucleÃ³tidos de los cerca de 35.000 millones que comprende. Hay otras diferencias relativas a las llamadas duplicaciones, inversiones, inserciones, deleciones, que reducen la semejanza a cerca del 96%, y segÃºn los cientÃ­ficos que han realizado esta investigaciÃ³n, se trata de diferencias muy significativas.


  Dicen que ademÃ¡s hay diversidad en las cadenas de aminoÃ¡cidos de las proteÃ­nas, disconformidades estructurales en la hemoglobina y otras cosas que el profano no puede entender, pero son elocuentes para los especialistas. Todas estas diferencias hacen en resumen al humano su ser sustancialmente distinto de la Chita de TarzÃ¡n, de los chimpancÃ©s en definitiva. Por otro lado, los seres humanos no podemos ser reconducidos ni siquiera a los exponentes de especies Homo sapiens distintas de la nuestra del Homo sapiens sapiens, es decir, del hombre que no solo sabe, sino que sabe que sabe porque su mente es el resultado de un vertiginoso salto vertical cualitativo, siempre considerando los relativos ADN. El cientÃ­fico evolucionista Guido Barbujani, profesor de genÃ©tica en la Universidad de Ferrara ha afirmado


  que Â«el estudio de los fÃ³siles demuestra que es una historia que comienza en Ãfrica, tal vez hace seis millones de aÃ±os, cuando se separaron los destinos de dos grupos de simios, que con el tiempo evolucionarÃ­an hacia dos especies modernas, el chimpancÃ© y el hombre. Desde entonces han aparecido diversas formas humanas diferentes, de las cuales solo ha sobrevivida una, la nuestra. (â¦) Hace cien mil aÃ±os, las personas como nosotros solo existÃ­an en Ãfrica Oriental. Pero tambiÃ©n en Europa vivÃ­an seres humanos, ya que tenÃ­an un esqueleto y una cultura, aunque distinta de la nuestra: los neandertales. Y en Asia habÃ­a otras dos formas humanas. (â¦) Hoy, al menos en lo que respecta a los neandertales, sabemos que su ADN era distinto del nuestro, tan distinto que no pueden haber sido nuestros antepasados: se extinguieron con nuestra llegada desde ÃfricaÂ».



Ceo que al hablar de otras dos formas humanas existentes en Asia, Guido Barbujani se referÃ­a al Homo sapiens heidelbergensis y al Homo floresiensis. El Homo sapiens heidelbergensis (hace entre 600.000 y 100.000 aÃ±os), cuyos primeros restos se encontraron cerca de Heidelberg, en Baden-WÃ¼rttemberg, y posteriormente en Asia y Ãfrica, tenÃ­a una capacidad craneal en torno a los 1.600 cm3 y, segÃºn los antropÃ³logos, no es improbable que haya sido el progenitor en Europa del Homo sapiens neanderthalensis en el mismo momento que en Ãfrica estaba evolucionando ese Homo sapiens que iba a convertirse, en un salto vertiginoso, en el Homo sapiens sapiens. El Homo floresiensis, llamado asÃ­ porque fue descubierto en 2003 en la isla de Flores, al este de Bali, en Indonesia, viviÃ³ hace 18.000 aÃ±os. TenÃ­a una capacidad craneal de solo 380 cm3, pero proporcionada a su pequeÃ±a altura, inferior a la de un pigmeo. Se cree que conviviÃ³ en la isla con nosotros, los sapiens sapiens. Se han encontrado utensilios de piedra junto a los yacimientos paleontolÃ³gicos de esta especie, lo que ha permitido suponer que los floresiensis habÃ­an desarrollado una forma de cultura, a pesar de las pequeÃ±as dimensiones de sus cerebros, por lo que la especie se calificarÃ­a como sapiens, y tambiÃ©n porque sus dientes son pequeÃ±os como los del Homo sapiens, mientras que los dientes de los homÃ­nidos arcaicos son por el contrario relativamente mÃ¡s grandes.



Por tanto, segÃºn los evolucionistas contemporÃ¡neos, una especie ancestral de prosimios serÃ­a la antepasada de los primates y habrÃ­a originado, hace seis millones de aÃ±os, ademÃ¡s otras especies de prosimios, de las cuales algunas descienden hasta nuestro tiempo (los lÃ©mures, los tarseros y los loris, clasificados como un suborden de la categorÃ­a de los primates llamado, como el antiquÃ­simo antepasado, de los prosimios) unos protosimios por una parte, que evolucionarÃ­an hasta el chimpancÃ© actual, y por otra hasta un primer homÃ­nido erecto, pero todavÃ­a animal, del que descenderÃ­a, mutando poco a poco (para los cristianos evolucionistas, segÃºn la teorÃ­a de una evoluciÃ³n a saltos, de la que hablarÃ© en otro lugar) en las diversas ramas de la especie Homo, entre las cuales estÃ¡ la del Homo sapiens sapiens. Y considerando que, como se ha demostrado cientÃ­ficamente, el ADN de los neandertales era diferente del nuestro, igual que lo era el del chimpancÃ©, es decir, lo suficientemente distinto como para poder entender que no habÃ­a relaciones de parentesco con el Homo sapiens neardenthalensis, es verosÃ­mil que, aunque quede por verificar, tambiÃ©n el ADN de las demÃ¡s especies de Homo sapiens sea igual de diferente al nuestro.



Un inciso: Prosimios significa antecesores de los simios y con respecto a esto no hay que confundirlos evidentemente con los protosimios, es decir, como indica la palabra, con los primeros simios propiamente dichos, de los cuales, segÃºn la teorÃ­a, luego se originaron, entre otros simios, los chimpancÃ©s. Como de los prosimios derivaron tanto los seres humanos como paralelamente los simios, decir que el hombre desciende de los simios es un error.



El creyente podrÃ­a preguntarse si toda esa variedad, a pesar del nombre cientÃ­fico de Homo, serÃ­an especies humanas a los ojos de Dios, si tal vez serÃ­anâ¦ AdÃ¡n.



Es un pregunta que podrÃ­a interesar acadÃ©micamente incluso a los no creyentes.

Advirtamos antes que nada que el nombre bÃ­blico AdÃ¡n, âÄdam, significa Â«el HombreÂ», el Ser Humano con mayÃºscula, en el sentido de la humanidad de cualquier tiempo.

Podemos ver en primer lugar las cosas desde el punto de vista de la criatura. En lo que se refiere a la inteligencia, no solo los neandertales, organismos relativamente recientes que vivieron hace 130.000-30.000 aÃ±os, sino tambiÃ©n otras especies Homo mÃ¡s arcaicas ideaban y construÃ­an utensilios rudimentarios de piedra: el Homo ergaster, existente en Ãfrica entre hace 1,8 millones y 300.000 aÃ±os, fue el iniciador del trabajo lÃ­tico, haciendo al pedernal cortante y en forma de almendra, por eso llamada amigdaloide, del latÃ­n amigdala, por los paleontÃ³logos, desarrollando posteriormente la especie Homo erectus la industria de la piedra en sus diversas variedades. Â¿HarÃ­a por tanto esta primitiva inteligencia de estos seres los primeros adanes? AcerquÃ©monos mÃ¡s de nuestra Ã©poca: hace entre 400.000 y 300.000 aÃ±os, individuos de la especie Homo sapiens arcaicus sabÃ­an encender el fuego y comÃ­an alimentos cocinados, coordinaban la caza, usaban ropas rudimentarias y, un hecho particularmente interesante, enterraban a los muertos como podrÃ­a haber hecho el Homo sapiens neardenthalensis y posteriormente el Homo sapiens sapiens. Nos podemos preguntar: Â¿aparte de la nuestra, todas esas especies tenÃ­an alguna intuiciÃ³n de lo divino, dado que, al menos, sepultaban a sus difuntos? Â¿Lo hacÃ­an por una creencia en la supervivencia de los muertos en el mÃ¡s allÃ¡? No, salvo que se hallen pruebas de lo contrario: no se han encontrado testimonios histÃ³ricos de ritos fÃºnebres en honor del fallecido, ritos que habrÃ­an podido hacer suponer la creencia en una dimensiÃ³n ultraterrena. Todos sepultaban los restos, probablemente para evitar las miasmas cadavÃ©ricas. Los primeros testimonios de ritos religiosos (y tambiÃ©n de formas artÃ­sticas) de la especie Homo se sitÃºan en edades recientes, en un periodo de hace 40.000-30.000 aÃ±os y solo son del Homo sapiens sapiens. De hecho es indispensable un orden social complejo, un lenguaje y un sentido moral que, por lo que nos hacen pensar todos los hallazgos, son tÃ­picos solo de nosotros, los seres humanos y no de los homÃ­nidos mÃ¡s arcaicos ni tampoco del menos antiguo Homo sapiens neardenthalensis, que viviÃ³ contemporÃ¡neamente con nosotrosdurante un notable periodo de tiempo.

Con respecto al punto de vista de Dios (evidentemente aquÃ­ estamos en el Ã¡mbito creyente) no le es posible al hombre descubrir si tambiÃ©n los ya extinguidos pertenecientes a los gÃ©neros Homo y, ante todo, los que nos son menos distantes, los neandertales, fueron criaturas a las que el Creador, aunque no les concediera una RevelaciÃ³n, les habrÃ­a abierto la posibilidad de vivir en su Ser eterno despuÃ©s de la muerte: solo lo sabe Dios. Naturalmente, no le corresponde a la ciencia investigar al respecto, al no tratarse de algo experimental. El creyente sabe que nada se ha revelado en las Escrituras, como por otro lado tampoco se dice nada sobre la eventual supervivencia eterna de posibles extraterrestres, inteligentes o no, ni de las de los animales y la fe sugiere que por tanto esos posibles planes no deben concernir al devoto, ya que en los dos Testamentos Dios desvelÃ³ solo lo que debÃ­a afectar a la especie Homo sapiens sapiens, de la que todo exponente, en el sentido en que se acepta la Palabra, es creado a imagen y semejanza del mismo Dios y, segÃºn el credo de los cristianos, a imagen de la segunda Persona trinitaria, el hombre-Dios Jesucristo.

De todas maneras, mi punto de vista personal es que el Creador no habrÃ­a desarrollado designios solo para el Homo sapiens sapiens, sino que habrÃ­a cuidado, al menos, tambiÃ©n de otros seres vivientes del tipo sapiens y, mÃ¡s allÃ¡ de la Tierra, de posibles extraterrestres mÃ¡s o menos inteligentes.

En cuanto a los animales, se puede seÃ±alar que el Papa Pablo VI creÃ­a, a tÃ­tulo personal, en su supervivencia en Dios: como se reflejÃ³ en la prensa, al encontrar en pÃºblico a un niÃ±o que estaba llorando por la muerte de su perro, ese pontÃ­fice le habÃ­a segurado que lo volverÃ­a a ver en el ParaÃ­so.

Con respecto a la pregunta de si los exponentes de las otras especies Homo fueron tambiÃ©n los adanes, se puede ver mÃ¡s adelante la secciÃ³n Â«PÃ­o XII, monogenismo y poligenismoÂ» en el capÃ­tulo 8, titulado Â«Pareceres de algunos de los Ãºltimos papasÂ».



Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829)



De Darwin y el darwinismo pasamos al primer evolucionista, Lamarck. Luego volveremos a avanzar en el tiempo, a Russel Wallace, contemporÃ¡neo de Darwin.



Para ser precisos, acerca de la primacÃ­a de Lamarck, recuerdo que un poco antes que Ã©l, el naturalista George Buffon, mÃ¡s exactamente Georges-Louis Leclerc, conde Buffon (1707-1788), habÃ­a tenido una cierta intuiciÃ³n evolucionista, aunque sin embargo sin haber desarrollado una teorÃ­a: era un experto en anatomÃ­a comparada y, como habÃ­a escrito en su obra en 36 tomos L'Histoire naturelle, gÃ©nÃ©rale et particuliÃ¨re, publicada entre los aÃ±os 1749 y 1789, en parte por tanto despuÃ©s de su muerte, habÃ­a apreciado semejanzas entre el hombre y los simios y habÃ­a supuesto una posible genealogÃ­a comÃºn.



DespuÃ©s de un periodo de carrera militar, el francÃ©s Jean-Baptiste Lamarck se habÃ­a dedicado al estudio de las ciencias naturales, siguiendo una visiÃ³n filosÃ³fica de la naturaleza inspirada por el materialismo ilustrado. Hasta Ã©l se pensaba que las especies fueron creadas asÃ­ como se presentaban, sin ninguna mutaciÃ³n. El mismo gran clasificador sueco de los organismos botÃ¡nicos y zoolÃ³gicos Carl Nilsson Linnaeus, conocido sencillamente como Linneo (1707-1778), habÃ­a sido fijista, aunque hacia el final de su vida habÃ­a supuesto que podÃ­an surgir nuevas especies por hibridaciÃ³n entre similares, pero la idea de hibridaciÃ³n no puede considerarse evolucionista. Para Lamarck, la materia no estaba constituida por elementos estables y definitivos como se suponÃ­a, sino que era mutable. Partiendo de la observaciÃ³n de los invertebrados, habÃ­a concebido la transformaciÃ³n de las especies vivientes a lo largo del tiempo, causada por los requerimiento del entorno y su capacidad de adaptaciÃ³n: habÃ­a desarrollado la hipÃ³tesis de que en todos los organismos biolÃ³gico habrÃ­a un impulso interno hacia la mutaciÃ³n, tendente a la perfecciÃ³n, la cual, debido a los fenÃ³menos que Ã©l llamaba Â«el uso y desuso de las partesÂ» y Â«la hereditariedad de las caracterÃ­sticas adquiridasÂ», los hacÃ­a cada vez mÃ¡s complejos en el curso de las generaciones. AsÃ­ que habÃ­a llevado a la biologÃ­a al evolucionismo, segÃºn una idea dinÃ¡mica de la historia natural. HabÃ­a expresado sus teorÃ­as en la obra FilosofÃ­a zoolÃ³gica en 1809. Lamarck fue tambiÃ©n quien inventÃ³ el tÃ©rmino Â«biologÃ­aÂ», que habÃ­a incluido en la gran Enciclopedia ilustrada francesa, en cuya redacciÃ³n habÃ­a sustituido a D'Alembert.




Su teorÃ­a fue seguida con atenciÃ³n en el entorno de la biologÃ­a hasta los aÃ±os 20 del siglo XX. Posteriormente el lamarckismo fue criticado, primero por solo una parte de los cientÃ­ficos y luego de manera generalizada, tanto a causa de la afirmaciÃ³n de Lamarck de que la tendencia a la mutaciÃ³n estaba Ã­nsita en los seres vivientes, algo que por entonces era algo presunto y nunca demostrado, como sobre todo por el hecho de que las caracterÃ­sticas adquiridas durante la existencia no parecÃ­an ni parecen transmisibles a los descendientes, ya que dichas caracterÃ­sticas se memorizan en las cÃ©lulas somÃ¡ticas y no en las germinales. Por ejemplo, una persona que se vuelva obesa no transmitirÃ­a naturalmente su adiposidad a los descendientes, salvo que los sobrealimentara en los primeros meses y aÃ±os y los hiciera obesos para todo el resto de sus vidas, pero en ese caso no se tratarÃ­a de un hecho congÃ©nito, sino cultural (evidentemente de mala cultura).




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