El Tipo Perfecto 
Blake Pierce


Un Thriller de Suspense Psicológico con Jessie Hunt #2
En EL TIPO PERFECTO (Libro #2), la perfiladora criminal novata Jessie Hunt, de 29 años, recoge los pedazos de su vida trastocada y sale de los suburbios para empezar una nueva vida en el centro de Los Ángeles. Sin embargo, cuando asesinan a uno de los ricos y famosos, Jessie, a quien han asignado el caso, se ve de nuevo en el mundo de los suburbios de imagen impoluta, a la caza de un asesino demente entre falsas fachadas de normalidad y mujeres sociópatas. Jessie, disfrutando de la vida de nuevo en el centro de Los Ángeles, está convencida de que ha dejado atrás su pesadilla suburbana. Dispuesta a dejar atrás su matrimonio fallido, consigue un puesto con el departamento local de policía, posponiendo su entrada a la academia del FBI. Le encargan de un simple asesinato en un vecindario de lujo, un caso sencillo con el que dar los primeros pasos en su profesión. Sin embargo, sus jefes no tienen ni idea de que hay más detrás de este caso de lo que nadie pudiera sospechar. No hay nada que le prepare para su primer caso, que le forzará a escudriñar las mentes de unas parejas acomodadas, suburbanas, que pensaba haber dejado atrás. Por detrás de sus cuidadas fotos familiares y sus setos bien cuidados, Jessie se da cuenta de que esta perfección no lo es tanto como parece. Un thriller de suspense psicológico de ritmo trepidante con personajes inolvidables y suspense palpitante, EL TIPO PERFECTO es el libro #2 de una nueva serie fascinante que le hará pasar páginas hasta altas horas de la noche. El Libro #3 de la serie Jessie Hunt – LA CASA PERFECTA – está ahora disponible a la preventa.







e l t i p o p e r f e c t o



(un thriller de suspense psicológico con jessie hunt—libro 2)



b l a k e p i e r c e



Traducido al español por Asunción Henares


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1)

EL TIPO PERFECTO (Libro #2)

LA CASA PERFECTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

AL LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE MATE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3)

ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

CAUSA PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


Resumen del Libro 1 de la serie Jessie Hunt



En “La Esposa Perfecta,” la aspirante al master de psicología forense Jessie Hunt y su marido empleado en la banca de inversiones, Kyle Voss, dejan su apartamento en el centro de Los Ángeles para vivir en una ostentosa mansión de esas producidas en masa en la comunidad de Westport Beach en Orange County cuando a él le dan un ascenso y un traslado.

Mientras que Kyle está encantado con su nueva vida, Jessie tiene sus dudas y se siente incómoda entre la élite privilegiada. A pesar de ello, trata de adaptarse a su nueva vida, haciendo amigas en el vecindario y uniéndose al club de yates local con sus rituales secretos, y aparentemente siniestros.

En clase, Jessie impresiona al detective del L.A.P.D. Ryan Hernández, que viene como ponente invitado, al resolver un complicado caso práctico que les plantea. Para completar su trabajo de campo, se las arregla para que le asignen a un hospital mental estatal cercano donde está encarcelado el célebre asesino en serie Bolton Crutchfield.

Los crímenes de Crutchfield le recuerdan a un hombre llamado el Ejecutador de los Ozarks, que secuestró y asesinó a docenas de personas cuando ella era una niña en Missouri. Entre los secuestrados estuvieron Jessie y su madre, que fue asesinada delante de ella. Jessie visita con regularidad a la doctora Janice Lemmon para tratar el trauma.

En entrevistas, Crutchfield revela que es un admirador del Ejecutador de los Ozarks, que nunca ha sido atrapado, y que se han comunicado de alguna manera. También sugiere, basándose meramente en la observación y en sus charlas con Jessie, que sus sospechas respecto a su nuevo estilo adinerado de vida son legítimas.

A medida que sus habilidades como criminóloga mejoran, la ahora embarazada Jessie descubre que el club de yates sirve como fachada para una red de prostitución de lujo. También desvela la verdad oculta sobre su marido: Kyle es un sociópata que ha matado a una empleada del club con la que se ha estado acostando y ha tratado de inculpar a Jessie por ello. Jessie pierde su bebé, como resultado de las drogas que le da Kyle sin su conocimiento. Gracias a la rapidez mental de Jessie, Kyle no consigue matarla ni a ella ni a sus dos vecinos. Resulta herida, pero arrestan a Kyle.

Jessie regresa a su viejo vecindario en el centro de Los Ángeles para reconstruir su vida. Poco tiempo después, la jefa de seguridad del hospital mental, Kat Gentry, visita a Jessie y le transmite un mensaje de Crutchfield: El Ejecutador de los Ozarks la está buscando. Jessie revela a Kat su secreto más guardado: la razón de que El Ejecutador de los Ozarks le esté buscando es porque es su padre.



Jessie Hunt es una aspirante a criminóloga a punto de divorciarse.

Kyle Voss es el que fuera su marido, y sociópata, ahora en la cárcel.

Bolton Crutchfield es un asesino en serie muy inteligente que idolatra al padre asesino de Jessie.

Kat Gentry es la jefa de seguridad del hospital mental donde está encarcelado Crutchfield.

La doctora Janice Lemmon es la psiquiatra de Jessie, también antigua criminóloga.

Lacy Cartwright es la compañera de universidad de Jessie, con quien está viviendo por el momento.

Ryan Hernández es el detective del L.A.P.D. que dio una clase a Jessie.

El Ejecutador de los Ozarks es un célebre asesino, al que no han atrapado jamás—y el padre de Jessie.


CONTENIDOS

CAPÍTULO UNO (#u01b7fca0-eb6b-5a2f-b90c-418be5e968ab)

CAPÍTULO DOS (#u0c37fd74-993b-576a-a6ae-01835b7a0ba3)

CAPÍTULO TRES (#u43675928-4e81-514a-b438-491b3cb08a88)

CAPÍTULO CUATRO (#u00f31d6a-ff06-5e7b-a139-23415b6b673c)

CAPÍTULO CINCO (#u7ad29857-c79d-5733-ac50-7f0a3f76bd8a)

CAPÍTULO SEIS (#u219448b8-8556-5655-9d38-a505b07c5bcc)

CAPÍTULO SIETE (#u8c8caf3f-2244-56fa-9f9e-bed6e5ed9e42)

CAPÍTULO OCHO (#ud91533d1-0776-5e91-b02f-96c47de20bec)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)




CAPÍTULO UNO


Unas astillas procedentes de los reposabrazos de madera de la silla se le clavaban a Jessica Thurman en los antebrazos, que estaban atados a la silla con una soga áspera. La piel de sus brazos estaba al rojo vivo y le sangraba en algunos puntos debido a sus intentos constantes de librarse de sus ataduras.

Jessica era fuerte para ser una niña de seis años, pero no lo bastante como para liberarse de las sogas con las que le había maniatado su captor. No podía hacer otra cosa más que sentarse allí con los párpados abiertos a la fuerza con cinta adhesiva mientras observaba a su propia madre de pie delante de ella, con los brazos esposados a las vigas de madera de la aislada cabaña en los Ozarks donde las tenían a ambas en cautiverio.

Podía escuchar los susurros de su secuestrador, de pie detrás suyo, instruyéndola a que mirara, llamándole “bicho de verano” en voz bajita. Conocía muy bien esa voz.

Al fin y al cabo, pertenecía a su padre.

De pronto, con una fuerza inesperada que no creía posible, la pequeña Jessica se arrojó con todo su cuerpo hacia un lado, tirando la silla—y a sí misma con ella—al suelo. No escuchó el golpe de la silla cayéndose el suelo, lo que le resultó extraño.

Elevó la vista y vio que ya no estaba tumbada en la cabaña. En vez de eso, estaba en el suelo del pasillo de una mansión impresionante y contemporánea. Y ya no era la Jessica Thurman de seis años. Ahora era Jessie Hunt, de veintiocho años, tumbada en el suelo de su propia casa, mirando fijamente al hombre que blandía un atizador de chimenea por encima de su cabeza, y que estaba a punto de golpearla con él. Sin embargo, ese hombre ya no era su padre.

En vez de ello, en esta ocasión era su marido, Kyle.

Sus ojos centelleaban con una intensidad frenética mientras lanzaba el atizador hacia el rostro de Jessie.

Levantó los brazos para defenderse, pero sabía que era demasiado tarde.



*



Jessie se despertó con un grito ahogado. Todavía tenía las manos por encima de su cabeza como dispuesta a bloquear un ataque. Pero estaba sola en el dormitorio del apartamento. Se dio un empujón para incorporarse y sentarse sobre la cama. Tanto su cuerpo como las sábanas estaban cubiertas de sudor. Y su corazón estaba a punto de salírsele del pecho.

Sacó las piernas de la cama y puso los pies en el suelo al tiempo que se doblaba hacia delante, colocando sus codos sobre sus muslos y su cabeza entre las palmas de las manos. Tras darle unos cuantos segundos a su cuerpo para que se aclimatara a su entorno real—el apartamento en el centro de Los Ángeles de su amiga Lacy—le echó una ojeada al reloj que había sobre la mesita de noche. Eran las 3:54 de la madrugada.

Mientras sentía cómo se empezaba a secar el sudor en su piel, se reconfortó a sí misma.

Ya no estoy en esa cabaña. Ya no estoy en esa casa. Estoy a salvo. No son más que pesadillas. Esos hombres ya no me pueden hacer ningún daño.

Claro que solo la mitad de esas palabras era cierta. Aunque el que iba a convertirse pronto en su exmarido, Kyle, estaba encerrado en la cárcel esperando a su juicio por varios delitos, que incluían el intento de asesinarla, jamás habían capturado a su padre.

Y seguía acosándola en sus sueños con regularidad. Peor aún, se había enterado recientemente de que, a pesar de que le hubieran metido al programa de Protección de Testigos de niña, dándole un nuevo hogar y un nuevo nombre, él todavía seguía buscándola.

Jessie se puso de pie para irse a la ducha. No tenía sentido intentar volver a quedarse dormida. Sabía de sobra que sería inútil.

Además, había una idea dándole vueltas en la cabeza, una que quería cultivar. Quizá había llegado el momento de dejar de resignarse a que estas pesadillas fueran inevitables. Quizá debía dejar de tener miedo al día en que su padre le encontrara.

Quizá fuera la hora de ir a cazarle.




CAPÍTULO DOS


Cuando su antigua compañera de universidad y actual compañera de piso Lacy Cartwright salió a la sala del desayuno, Jessie ya llevaba despierta más de tres horas. Había hecho café fresco y le sirvió una taza a Lacy, que se acercó y la tomó con agradecimiento al tiempo que le ofrecía una sonrisa comprensiva.

“¿Otro mal sueño?”, le preguntó

Jessie asintió con la cabeza. Durante las seis semanas que Jessie llevaba viviendo en el apartamento de Lacy, intentando reconstruir su vida, su amiga se había acostumbrado a los gritos medio habituales en medio de la noche y a que se despertara de madrugada. Había sucedido ocasionalmente en la universidad, por lo que no le pillaba del todo de sorpresa. Sin embargo, la frecuencia de esos sueños había aumentado dramáticamente desde que su marido intentara matarla.

“¿Hice mucho ruido?”, preguntó Jessie, disculpándose.

“Un poco”, reconoció Lacy. “Pero dejaste de gritar en unos segundos. Me volví a quedar dormida.”

“Lo siento de veras, Lace. Quizá debería comprarte otros tapones para los oídos hasta que me mude, o una máquina que cancele el sonido mucho más potente. Te juro que no voy a tardar mucho más”.

“No te preocupes por ello. Estás manejando las cosas mucho mejor de lo que yo lo haría”, insistió Lacy mientras se ataba su pelo largo en una cola de caballo.

“Eso es muy amable por tu parte”.

“No solo estoy siendo educada, chica. Piensa en ello. En los últimos dos meses, tu marido ha asesinado a una mujer, ha tratado de inculparte a ti por ello, y después ha intentado matarte cuando lo averiguaste. Eso no incluye tu aborto”.

Jessie asintió, pero no dijo nada. La lista de Lacy de todas las cosas horribles ni siquiera incluía a su padre, el asesino en serie, porque Lacy no sabía nada sobre él, casi nadie lo sabía. Jessie lo prefería así—tanto por su seguridad como por la de los demás. Lacy continuó.

“Si fuera yo, todavía seguiría enroscada en posición fetal. El hecho de que casi hayas terminado con la terapia física y que estés a punto de entrar al programa especial de formación del FBI hace que me pregunte si eres un ciborg o algo así”.

Jessie debía admitir que, cuando se planteaban las cosas de esa manera, resultaba bastante impresionante que fuera tan efectiva. Su mano se movió involuntariamente al punto en el lado izquierdo de su abdomen donde Kyle le había clavado el atizador. Los médicos le habían dicho que había tenido mucha suerte de que no hubiera tocado ninguno de sus órganos internos.

Tenía una cicatriz fea. Suponía una adición antiestética a la que ya tenía desde niña y que le recorría la clavícula. De vez en cuando, todavía sentía un pinchazo agudo en sus tripas, pero en general, se sentía bien. Le habían dado permiso para librarse del bastón para caminar hacía una semana y su fisioterapeuta solo había programado otra sesión más de rehabilitación, que era hoy. Después de eso, se suponía que debía hacer los ejercicios necesarios por su cuenta. Por lo que se refería a la rehabilitación mental y emocional que necesitaba después de enterarse de que su marido era un asesino sociópata, estaba todavía lejos de la recuperación total.

“Supongo que las cosas no están tan mal”, respondió finalmente con poca convicción, mientras observaba cómo su amiga se terminaba de vestir.

Lacy se puso sus tacones de tres pulgadas, que la convertían en toda una amazona, en vez de en una mujer simplemente alta. Todo piernas largas y pómulos, se parecía más bien a una modelo de pasarela que a una aspirante a diseñadora de modas. Llevaba el pelo atado en una cola de caballo que revelaba su cuello. Iba meticulosamente vestida con un traje que ella misma había diseñado. Podía ser ya una compradora para alguna boutique de lujo, pero tenía planes de poseer su propia marca de diseño antes de los treinta años y de ser la diseñadora de modas afroamericana y lesbiana más conocida de todo el país poco después.

“No te entiendo, Jessie”, dijo mientras se ponía el abrigo. “Te aceptan en un prestigioso programa del FBI en Quántico para criminólogos prometedores y parece que la idea no te emocione mucho. Pensaba que te lanzarías a la oportunidad de cambiar de ambiente durante un tiempo. Además, son solo diez semanas. No es que tengas que irte a vivir allí”.

“Tienes razón”, asintió Jessie mientras se tomaba lo que quedaba de su tercera taza de café. “Es solo que tengo tantas cosas en la cabeza ahora mismo, que no estoy segura de que sea el momento adecuado. El divorcio de Kyle todavía no está finalizado. Todavía tengo que terminar de vender la casa en Westport Beach. Físicamente, no estoy al cien por cien. Y me despierto gritando la mayoría de las noches. No sé si aún estoy preparada para los rigores del programa de formación de análisis del comportamiento del FBI”.

“Bueno, pues será mejor que decidas rápido”, dijo Lacy caminando hacia la puerta principal. “¿No tienes que darles una respuesta antes de que termine la semana?”.

“Así es”.

“Pues bien, dime lo que decidas. Además, ¿puedes abrir la ventana de tu habitación antes de salir? No te ofendas, pero huele como si hubiera un gimnasio allí dentro”.

Ya se había ido antes de que Jessie pudiera responderle, aunque no estaba segura de qué podía decirle al respecto. Lacy era una gran amiga con la que siempre se podía contar para que te diera una opinión honesta. Pero el tacto no era su punto fuerte.

Jessie se levantó y fue a cambiarse a su habitación. Percibió un reflejo de sí misma en el espejo de cuerpo entero en la parte de atrás de la puerta y no se reconoció de inmediato. En la superficie, todavía tenía el mismo aspecto, con su cabello castaño a la altura de los hombros, sus ojos verdes, su complexión elevada, de un metro ochenta.

Pero tenía los ojos enrojecidos de cansancio, y el pelo grasiento y revuelto, por lo que decidió hacerse una cola de caballo y ponerse una gorra. Y sentía que estaba constantemente encogida de hombros, como consecuencia de la preocupación omnipresente de que pudiera sentir pinchazos en su abdomen.

¿Alguna vez volveré a ser la de siempre? ¿Acaso existe esa persona todavía?

Se quitó ese pensamiento de la cabeza, forzando a la autocompasión a tomar el asiento de atrás, al menos durante un rato. Estaba demasiado ocupada como para atender a eso en este momento.

Ya era hora de prepararse para su sesión de fisioterapia, su reunión con la agente de bienes raíces, su cita con su psiquiatra, y después con su ginecólogo. Tenía todo un día por delante en el que aparentar que era un ser humano funcional.



*



La agente de bienes raíces, un pequeño torbellino que revoloteaba por todas partes vestido de traje y que se llamaba Bridget, le estaba mostrando el tercer apartamento de la mañana cuando Jessie empezó a sentir deseos de tirarse por el balcón.

Todo iba bien al principio. Estaba un tanto eufórica después de su sesión final de fisioterapia, que había concluido con la sentencia de que estaba “razonablemente equipada para las tareas de la vida diaria.” Bridget había mantenido las cosas en marcha mientras miraban los dos primeros apartamentos, enfocándose en los detalles de la unidad, los precios, y las amenidades. No fue hasta que llegaron a la tercera unidad, la única que le intrigaba a Jessie por el momento, que las preguntas se pusieron un tanto personales.

“¿Estás segura de que solo te interesan apartamentos de un dormitorio?”, preguntó Bridget. “Puedo asegurar que este te gusta. Pero hay uno de dos dormitorios un piso más arriba que tiene virtualmente la misma distribución. Solo son treinta mil dólares más y tendría mayor potencial de reventa. Además, nunca sabes cómo puede cambiar tu situación en un par de años”.

“Eso es cierto”, reconoció Jessie, pensando mentalmente que solo hace dos meses estaba casada, embarazada, y viviendo en una mansión en Orange County. Ahora estaba separada de un asesino que había confesado su crimen, había perdido a su hijo nonnato, y estaba viviendo con una amiga de la universidad. “Pero un dormitorio me va bien”.

“Por supuesto”, dijo Bridget en un tono que indicaba que todavía no se iba a rendir. “¿Te importa si te pregunto cuáles son tus circunstancias? Me puede ayudar a enfocarme mejor en tus preferencias. No puedo evitar notar que tienes la piel más pálida en el dedo anular donde hasta hace poco había un anillo de bodas.

“Podría adaptar la selección de ubicaciones dependiendo de si estás pensando en tirar hacia adelante con todas tus fuerzas o en… acomodarte”.

“Estamos en la zona adecuada”, dijo Jessie, mientras su voz se tensaba involuntariamente. “Solo quiero ver apartamentos de un dormitorio por aquí. Esa es toda la información que necesitas ahora mismo, Bridget”.

“Por supuesto. Lo siento”, dijo Bridget, escarmentada.

“Tengo que tomar prestado el cuarto de baño un momento”, dijo Jessie, sintiendo como la tensión que había en su garganta se expandía hacia su pecho. No estaba segura de lo que le estaba pasando. “¿Está bien?”.

“Por supuesto”, dijo Bridget. “¿Recuerdas dónde estaba, al final del pasillo?”.

Jessie asintió y se dirigió hacia allí lo más deprisa que pudo sin echarse a correr. Para cuando llegó y cerró la puerta, tenía miedo de que se fuera a desmayar. Parecía como si estuviera a punto de tener un ataque de pánico.

¿Qué diablos me está pasando?

Se refrescó la cara con agua fría, y después reposó las palmas sobre el mostrador mientras se guiaba a sí misma a través de unas respiraciones lentas, y profundas.

Las imágenes se sucedían a través de su mente sin ritmo o razón de ser: estar acurrucada en el sofá con Kyle, temblando en una cabaña desolada al fondo de la cordillera Ozark, mirando el ultrasonido de su bebé por nacer y que nunca lo haría, leyendo una historia para irse a dormir con su padre adoptivo en una mecedora, viendo cómo su marido arrojaba un cadáver desde un yate en las aguas costeras, el sonido de su padre susurrándole “bicho de verano” al oído.

Jessie no sabía por qué le había alterado la pregunta básicamente inocua que había hecho Bridget sobre sus circunstancias. Lo cierto es que lo había hecho y ahora sentía un sudor frío, temblaba involuntariamente, y miraba de vuelta al espejo a una persona que apenas reconocía.

No estaba del todo mal que su próxima parada fuera para ver a su terapeuta. El pensamiento calmó ligeramente a Jessie que tomó unas cuantas respiraciones profundas antes de salir del cuarto de baño y dirigirse al fondo del pasillo hasta la puerta principal.

“Ya te llamaré”, le gritó a Bridget al tiempo que cerraba la puerta después de salir. Pero no estaba segura de que lo haría. Ahora mismo, no estaba segura de nada.




CAPÍTULO TRES


La consulta de la doctora Janice Lemmon solo estaba a unas cuantas manzanas del apartamento del que Jessie estaba saliendo y se alegró por la oportunidad de caminar y aclararse la mente. Mientras descendía por Figueroa, casi se alegró de sentir el viento punzante, cortante, que hacía que se le humedecieran los ojos antes de secarse de inmediato. El frío sobrecogedor empujó la mayoría de los pensamientos hacia un lado, excepto el de moverse deprisa.

Cerró la cremallera del abrigo hasta el cuello y bajó la cabeza mientras pasaba junto a una cafetería, y después un restaurante que estaba casi a rebosar. Eran mediados de diciembre en Los Ángeles y los negocios locales hacían lo que podían para que sus fachadas resultaran festivas en una ciudad donde la nieve era casi un concepto abstracto.

Sin embargo, en los túneles de viento que creaban los rascacielos del centro urbano, el frío siempre estaba presente. Eran casi las 11 de la mañana, el cielo estaba gris y la temperatura rondaba los diez grados. Hoy iba a bajar hasta los cuatro grados centígrados. Para Los Ángeles, eso era frío siberiano. Por supuesto, Jessie ya había pasado por inviernos mucho más fríos.

De niña en su Missouri rural, antes de que todo se fuera al carajo, jugaba en el pequeño patio de la casa móvil de su madre en el parque de caravanas, con los dedos y la cara medio entumecidos, montando muñecos de nieve no demasiado impresionantes, pero de rostro alegre, mientras su madre la observaba con atención desde la ventana. Jessie recordaba preguntarse por qué su madre nunca le quitaba los ojos de encima. En retrospectiva, ahora estaba claro.

Unos cuantos años más tarde, en los suburbios de Las Cruces, Nuevo México, donde vivió con su familia adoptiva después de que la metieran en el programa de Protección de Testigos, iba a esquiar en las laderas de las montañas cercanas con su segundo padre, un agente del FBI que proyectaba un profesionalismo sereno, sin que importara la situación de que se tratara. Siempre estaba ahí para ayudarle cuando se caía. Y generalmente, podía contar con una taza de chocolate caliente cuando descendían de las colinas desérticas, peladas y regresaban al albergue.

Esos recuerdos del frío le calentaban mientras doblaba la esquina de la última manzana para ir a la consulta de la doctora Lemmon. Con mucho cuidado, eligió no pensar en los recuerdos menos agradables que, inevitablemente, se entrelazaban con los buenos.

Se presentó en recepción y se quitó las capas de ropa mientras esperaba a que le llamaran para entrar a la consulta de la doctora. No tardaron mucho. A las 11 en punto, su terapeuta abrió la puerta y le invitó a pasar adentro.

La doctora Janice Lemmon tenía unos sesenta y tantos años, aunque no los aparentaba. Estaba en excelente forma y sus ojos, detrás de unas gafas gruesas, eran agudos y enfocados. Sus tirabuzones rubios brincaban cuando caminaba y poseía una intensidad contenida que no podía enmascarar.

Se sentaron en unos sillones de felpa la una frente a la otra. La doctora Lemmon le concedió unos momentos para que se asentara antes de hablar.

“¿Cómo estás?”, le preguntó de esa manera abierta que siempre hacía que Jessie se planteara la pregunta con más seriedad de lo que era habitual en su vida diaria.

“He estado mejor”, admitió.

“¿Y por qué es eso?”.

Jessie le contó lo de su ataque de pánico en el apartamento y los recuerdos del pasado que le asaltaron a continuación.

“No sé qué es lo que me alteró”, dijo a modo de conclusión.

“Creo que sí lo sabes”, le insistió la doctora Lemmon.

“¿Te importaría darme una pista?”, respondió Jessie.

“Bueno, me pregunto si perdiste la calma en presencia de una persona casi desconocida porque no te parece que tengas ningún otro sitio donde liberar tu ansiedad. Deja que te pregunte esto—¿tienes algún acontecimiento o decisión estresante en el futuro cercano?”.

“¿Quieres decir alguna cosa que no sea la cita con mi ginecólogo en dos horas para ver si me he recuperado del aborto, finalizar el divorcio con el hombre que intentó asesinarme, vender la casa que compartimos, procesar el hecho de que mi padre el asesino en serie me está buscando, decidir si voy a Virginia o no durante dos meses y medio para que los instructores del FBI se rían de mí, y tener que mudarme del apartamento de una amiga para que pueda dormir bien una noche? Excepto por estas cosas, diría que estoy bien”.

“Eso suena a bastante”, respondió la doctora Lemmon, ignorando el tono sarcástico de Jessie. “¿Por qué no empezamos con las preocupaciones inmediatas y trabajamos hacia fuera desde allí, te parece?”.

“Tú mandas”, murmuró Jessie.

“La verdad es que no, pero dime algo sobre la cita que tienes ahora. ¿Por qué te tiene eso preocupada?”.

“No es tanto que esté preocupada”, dijo Jessie. “El médico ya me dijo que no parece que tenga ningún daño permanente y que podré volver a concebir en el futuro. Es más bien por el hecho de que ir allí me va a recordar lo que he perdido y cómo lo perdí”.

“¿Estás hablando de cómo te drogó tu marido para poder inculparte por el asesinato de Natalia Urgova? ¿Y cómo la droga que utilizó te provocó el aborto?”.

“Sí”, dijo Jessie con sequedad. “A eso es a lo que me refiero”.

“En fin, me sorprendería que alguien sacara eso a colación”, dijo la doctora Lemmon, con una amable sonrisa jugueteando en sus labios.

“¿Así que me estás diciendo que estoy creando estrés para mí misma sobre una situación que no tiene por qué ser estresante?”.

“Lo que digo es que, si manejas las emociones por anticipado, puede que no te resulten tan abrumadoras cuando estés en la consulta”.

“Eso es muy fácil de decir”, dijo Jessie.

“Todo es más fácil de decir que de hacer”, respondió la doctora Lemmon. “Dejemos eso a un lado por ahora y continuemos con el divorcio que tienes pendiente. ¿Cómo van las cosas por ese frente?”.

“La casa está en depósito de seguridad. Así que espero que eso se concluya sin complicaciones. Mi abogado dice que aprobaron mi solicitud de un divorcio urgente y que debería estar todo finalizado antes de que acabe el año. Hay un bonus por ese lado—como California es un estado de propiedad comunitaria, me quedo con la mitad de los activos de mi pareja asesina. Él también se queda con la mitad de lo mío, a pesar de ir a juicio por nueve delitos mayores a principios de año. Pero, considerando que he sido una estudiante hasta hace unas cuantas semanas, no supone gran cosa”.

“Y bien, ¿cómo te sientes respecto a eso?”.

“Me siento bien por lo del dinero. Diría que me lo he ganado de sobra. ¿Sabes que utilicé el seguro sanitario de su trabajo para pagar por la herida que me hizo al apuñalarme con el atizador? Eso tiene algo de justicia poética. Por lo demás, me alegraré cuando haya terminado todo. Lo que más quiero es dejar esto atrás y olvidarme de que pasé casi una década de mi vida con un sociópata sin percatarme de ello”.

“¿Crees que deberías haberte dado cuenta?”, preguntó la doctora Lemmon.

“Estoy intentando convertirme en criminóloga profesional, doctora. ¿Cómo puedo ser buena si no me di cuenta del comportamiento criminal de mi propio marido?”.

“Ya hemos hablado de esto, Jessie. Con frecuencia, hasta a los mejores criminólogos les resulta difícil identificar los comportamientos ilícitos de los que tienen más cerca. A menudo, se requiere de una distancia profesional para ver lo que realmente está pasando”.

“¿Creo entender que hablas por experiencia propia?”, preguntó Jessie.

Janice Lemmon, además de ser una terapeuta del comportamiento, era una experta criminal muy bien considerada que solía trabajar a tiempo completo para el Departamento de Policía de Los Ángeles. Todavía les ofrecía sus servicios de vez en cuando.

Lemmon había utilizado su considerable influencia y conexiones para conseguir a Jessie el permiso para visitar el hospital estatal en Norwalk y que pudiera entrevistar al asesino en serie Bolton Crutchfield como parte de su trabajo de graduación. Y Jessie también sospechaba que la doctora había desempeñado un papel crucial en que la aceptaran en el ostentoso programa de la Academia Nacional del FBI, que generalmente solo aceptaba a investigadores locales con mucha experiencia, y no a recién graduados que carecían de experiencia alguna.

“Así es”, dijo la doctora Lemmon. “Pero podemos dejar eso para otro momento. ¿Te gustaría hablar de cómo te sientes por haberte dejado engañar por tu marido?”.

“No diría que me engañaron completamente. Después de todo, gracias a mí, está en la cárcel y tres personas que hubieran acabado muertas de no ser por mí, entre ellas yo misma, están vivitas y coleando. ¿No recibo ningún crédito por ello? Porque lo cierto es que acabé por darme cuenta. No creo que la policía se hubiera dado cuenta jamás”.

“Eso parece justo. Por tu tono, asumo que prefieres continuar con otro tema. ¿Qué te parece que hablemos de tu padre?”.

“¿En serio?”, preguntó Jessie, incrédula. “¿Tenemos que hablar de eso a continuación? ¿No podemos hablar de mis problemas para encontrar apartamento?”.

“Creo entender que están relacionados. Después de todo, ¿no es esa la razón de que tu compañera de piso no pueda dormir por las pesadillas que te despiertan a gritos?”.

“No estás siendo justa, doctora”.

“Solo estoy trabajando con las cosas que me dices, Jessie. Si no quisieras que yo las supiera, no las hubieras mencionado. ¿Puedo asumir que los sueños tienen que ver con el asesinato de tu madre por parte de tu padre?”.

“Sí”, respondió Jessie, con un tono que seguía siendo demasiado jactancioso. “Puede que el Ejecutador de los Ozarks se haya metido bajo tierra, pero todavía tiene a una víctima en sus garras”.

“¿Han empeorado las pesadillas desde que nos vimos por última vez?”, preguntó la doctora Lemmon.

“No diría que son peores”, corrigió Jessie. “Se han mantenido básicamente al mismo nivel de espantosa horripilancia”.

“Pero se han hecho dramáticamente más frecuentes e intensas desde que recibiste el mensaje, ¿correcto?”.

“Asumo que estamos hablando del mensaje que me pasó Bolton Crutchfield para desvelar que ha estado en contacto con mi padre, a quien le gustaría mucho encontrarme”.

“De ese mensaje es del que estamos hablando”.

“Entonces sí, ese fue el momento en que empeoraron”, respondió Jessie.

“Dejando los sueños de lado por un momento”, dijo la doctora Lemmon, “quería reiterar lo que te dije previamente”.

“Sí, doctora, no lo he olvidado. En tu capacidad como consultora del Departamento de Hospitales del Estado, División No-Rehabilitadora, has hablado con el equipo de seguridad del hospital para garantizar que Bolton Crutchfield no tenga acceso a ningún personal externo no autorizado. No hay manera de que se pueda comunicar con mi padre para hablarle de mi nueva identidad”.

“¿Cuántas veces he dicho eso?”, preguntó la doctora Lemmon. “Deben haber sido unas cuantas para que lo hayas memorizado”.

“Digamos que más de una vez. Además, me he hecho amiga de la jefa de seguridad de las instalaciones del DNR, Kat Gentry, y me dijo básicamente lo mismo—han actualizado sus procedimientos para garantizar que Crutchfield no tenga ninguna comunicación con el mundo exterior”.

“Y aún así, no suenas convencida”, indicó la doctora Lemmon.

“¿Lo estarías tú?”, le contrapuso Jessie. “Si tu padre fuera un asesino en serie conocido por el mundo entero como el Ejecutador de los Ozarks y hubieras visto con tus propios ojos cómo les sacaba las vísceras a sus víctimas y nunca le hubieran atrapado, ¿te quedarías tranquila por unas meras formalidades triviales?”.

“Admito que, seguramente, sería algo escéptica. Pero no sé qué tiene de productivo concentrarte en algo que no puedes controlar”.

“Tenía pensando sacar eso a colación, doctora Lemmon”, dijo Jessie, abandonando el tono sarcástico ahora que tenía una petición genuina que hacer. “¿Estamos seguras de que no tenemos ningún control de la situación? Parece que Bolton Crutchfield sabe bastante sobre lo que ha estado haciendo mi padre en los últimos años. Y a Bolton… le gusta mi compañía. Estaba pensando que puede que sea hora de hacerle otra visita para charlar con él. ¿Quién sabe lo que puede revelar?”.

La doctora Lemmon aspiró profundamente mientras consideraba la propuesta.

“No estoy segura de que meterte en juegos mentales con un célebre asesino en serie sea el mejor paso para tu bienestar emocional, Jessie”.

“¿Sabes lo que sería estupendo para mi bienestar emocional, doctora?”, dijo Jessie, sintiendo cómo se elevaba su frustración a pesar de sus esfuerzos. “Dejar de sentir miedo a que el psicópata de mi padre pueda aparecer en cualquier esquina y ponerse a acuchillarme”.

“Jessie, si solo con hablar de esto te alteras de esta manera, ¿qué va a suceder cuando Crutchfield empiece a tocarte tus puntos flacos?”.

“No es lo mismo. Contigo no tengo que censurarme. Con él, soy una persona diferente. Soy profesional”, dijo Jessie, asegurándose de que su tono sonara más sobrio. “Estoy harta de ser una víctima y esto es algo tangible que puedo hacer para cambiar la dinámica. ¿Podrías considerarlo? Sé que tu recomendación es algo así como la llave de oro en esta ciudad”.

La doctora Lemmon se la quedó mirando fijamente durante unos segundos desde detrás de sus gruesas gafas, con mirada escrutadora.

“Veré qué puedo hacer”, dijo finalmente. “Hablando de llaves de oro, ¿ya has aceptado formalmente la invitación de la Academia Nacional del FBI?”.

“Todavía no. Todavía estoy pensando en las opciones que tengo”.

“Creo que podrías aprender muchísimo allí, Jessie. Y no te haría ningún mal tenerlo en tu currículum vitae cuando te pongas a buscar trabajo por aquí. Me preocupa que dejar pasar esto por alto pueda ser una forma de autosabotaje”.

“No es eso”, le aseguró Jessie. “Ya sé que es una gran oportunidad. Es solo que no estoy segura de que sea el momento ideal para largarme al otro lado del país durante casi tres meses. Todo mi mundo está en transición ahora mismo”.

Intentó alejar la agitación de su voz, pero podía sentir cómo hacía su aparición sigilosamente. Obviamente, la doctora Lemmon también se dio cuenta porque decidió cambiar de tema.

“Muy bien. Ahora que nos hemos hecho una imagen más clara de cómo van las cosas, me gustaría profundizar un poco más en algunas cuestiones. Si recuerdo bien, tu padre adoptivo vino hace poco hasta aquí para ayudarte a recomponerte. Quiero hablar un momento sobre cómo fue eso. Pero primero, hablemos de cómo te estás recuperando físicamente. Entiendo que acabas de tener tu última sesión de fisioterapia. ¿Cómo fue eso?”.

Los siguientes cuarenta y cinco minutos le hicieron sentir a Jessie como si fuera un tronco al que le estuvieran pelando la cubierta. Cuando se terminó, se alegró de marcharse, a pesar de que eso significara que su próxima parada era para reconfirmar que podría concebir hijos en el futuro. Después de casi una hora en que la doctora Lemmon le estuvo escudriñando su mente, imaginó que dejar que escudriñaran su cuerpo sería cosa de niños. Pero se equivocaba.



*



No era el toqueteo lo que le había provocado. Eran las consecuencias. La cita con el médico había sido de lo más normal. El médico le había confirmado que no había sufrido ningún daño permanente y le había asegurado que podría volver a concebir en el futuro. También le había dado luz verde para retomar la actividad sexual, una noción que sinceramente ni se le había pasado por la mente a Jessie desde que Kyle le atacara. El médico le dijo que, a no ser que surgiera algo inesperado, debería volver a la consulta para hacer un seguimiento en seis meses.

Fue cuando se encontraba en el ascensor de camino al aparcamiento, que perdió el control. No estaba del todo segura de por qué, pero sintió como si se estuviera cayendo dentro de un agujero oscuro en el suelo. Corrió hasta su coche y se sentó al volante, dejando que los violentos sollozos le sacudieran el cuerpo.

Y entonces, en medio de sus lágrimas, lo entendió. Había algo en lo definitivo de esta cita que le había impactado de lleno. No tenía que regresar en otros seis meses. Sería una visita normal. El estadio del embarazo de su vida había terminado, al menos para el futuro previsible.

Casi podía sentir cómo la puerta emocional le daba en las narices con un ruido estridente. Además de que su matrimonio hubiera terminado de la manera más sorprendente posible y de enterarse de que su padre el asesino, al que pensaba que había dejado atrás, estaba de vuelta en su presente, caer en la cuenta de que había tenido a un ser vivo dentro de ella y que ya no lo tenía resultaba demasiado que soportar.

Salió a toda pastilla del aparcamiento, con la visión borrosa por las lágrimas que le inundaban los ojos. Le daba igual. Le pisó fuerte al acelerador mientras conducía disparada por Robertson. Era media tarde y no había demasiado tráfico. Aun así, se metía de un carril a otro con salvaje despreocupación.

Por delante de ella, en un semáforo, vio un camión de mudanzas. Se puso a conducir a todo gas, y sintió cómo el cuello se le echaba hacia atrás al acelerar. El límite de velocidad eran treinta y cinco millas por hora, pero ella iba a cuarenta y cinco, después cincuenta y cinco, a más de sesenta. Estaba convencida de que, si le golpeaba al camión con bastante fuerza, todo su dolor se desvanecería en un instante.

Miró hacia su izquierda y mientras pasaba como un rayo, vio a una madre caminando por el pavimento con su bebé. La idea de que ese chiquitín fuera testigo de una masa de metal retorcido, fuego y ruido ensordecedor, y restos chamuscados le convenció en un instante de abandonar su misión.

Jessie pisó a fondo los frenos, deteniéndose de repente a un par de metros de la parte trasera del camión. Se metió al aparcamiento de la gasolinera que había a su derecha, aparcó, y apagó el motor del coche. Respiraba con dificultad y la adrenalina le recorría todo el cuerpo, haciendo que le temblaran los dedos de las manos y los pies hasta el punto de que le resultara incómodo.

Después de unos cinco minutos sentada allí sin moverse con los ojos cerrados, su pecho dejó de retumbar y su respiración volvió a la normalidad. Escuchó un zumbido y abrió los ojos. Era su teléfono. La identificación del remitente decía que se trataba del detective Ryan Hernández del L.A.P.D. Había hablado con ella durante su clase de criminología el semestre pasado, en la que ella le había impresionado con la manera de resolver un caso de estudio que él había presentado a la clase. También le había visitado en el hospital después de que Kyle tratara de matarla.

“Hola, hola”, se dijo Jessie en voz alta para sí misma, asegurándose de que su voz sonara normal. Bastante normal. Respondió a la llamada.

“Al habla Jessie”.

“Hola, señorita Hunt. Soy el Detective Ryan Hernández. ¿Te acuerdas de mí?”.

“Por supuesto”, dijo ella, encantada de sonar como su ser habitual. “¿Qué pasa?”.

“Sé que hace poco que te has graduado”, dijo él, con una voz que sonaba más dubitativa de lo que ella recordaba. “¿Ya tienes algún puesto asegurado?”.

“Todavía no”, respondió Jessie. “En este momento, estoy considerando mis opciones”.

“En ese caso, me gustaría hablarte sobre un trabajo”.




CAPÍTULO CUATRO


Una hora después, Jessie estaba sentada en la zona de recepción de la Comisaría de Policía de la Comunidad Central del Departamento de Policía de Los Ángeles, o como se le conocía habitualmente, la División del Centro, esperando a que saliera el detective Hernández a reunirse con ella. Se negó rotundamente volver a pensar en el incidente que casi le había llevado a chocar con un camión. Era demasiado como para procesarlo en este momento. En vez de ello, se enfocó en lo que estaba a punto de suceder.

Hernández había sido cauteloso durante la llamada, y le había dicho que no podía entrar en detalles—solo le dijo que se había abierto una vacante para un agente junior y que había pensado en ella. Le había pedido que viniera a hablarlo en persona ya que quería calibrar su interés antes de mencionárselo a los de arriba.

Mientras Jessie esperaba, intentó recordar lo que sabía sobre Hernández. Le había conocido ese otoño cuando él había visitado su programa de master en psicología forense para hablar de las aplicaciones prácticas de la criminología. Y resulta que, cuando era policía de uniforme, había contribuido de manera importante a atrapar a Bolton Crutchfield.

Durante la clase, había presentado un complicado caso de asesinato a los alumnos y les había preguntado si alguno de ellos podía determinar al perpetrador y su motivo. Solamente Jessie se lo había figurado. De hecho, Hernández había dicho que era la segunda alumna que había resuelto el caso.

La siguiente vez que le vio fue en el hospital donde estaba recuperándose del ataque de Kyle. Todavía estaba bajo la influencia de los medicamentos, por lo que sus recuerdos eran algo vagos.

Solo había venido hasta allí porque ella le había hecho una llamada, sospechando de los antecedentes de Kyle antes de conocerle a los dieciocho años, con la esperanza de que le pudiera ofrecer alguna pista que seguir. Le había dejado un mensaje de voz y cuando él no pudo dar con ella después de varios intentos—básicamente porque su marido la había maniatado en su casa—él había rastreado su celular para caer en la cuenta de que se encontraba en el hospital.

Cuando le visitó, había sido amable, y le había repasado el estado del caso pendiente contra Kyle. Sin embargo, también había mostrado claras sospechas (con razón de sobra) de que Jessie no había hecho todo lo posible para aclarar las cosas después de que Kyle matara a Natalia Urgova.

Era cierto. Después de que Kyle persuadiera a Jessie de que ella había matado a Natalia en medio de un furor fomentado por el alcohol del que no se acordaba, Kyle le había ofrecido encubrir el crimen arrojando el cadáver de Natalia al mar. A pesar de las dudas que había sentido en ese momento, Jessie no había insistido en presentarse a la policía para confesar. Era algo de lo que se seguía arrepintiendo hasta el día de hoy.

Hernández había guardado eso en secreto y, por lo que ella sabía, no le había dicho nada respecto a ello a nadie más. Una pequeña parte de ella se temía que esa fuera la verdadera razón para decirle que viniera hoy y que lo del trabajo no era más que una patraña para hacerle venir a comisaría. Se imaginó que, si le llevaba a la sala de interrogatorios, sabría por dónde iban las cosas.

Tras unos pocos minutos, él salió a recibirla. Era el mismo que ella recordaba, de unos treinta años, de complexión fuerte pero no excesivamente imponente. Con un metro ochenta, y algo menos de noventa kilos de peso, era obvio que estaba en una forma excelente. Solo cuando se le acercó más, recordó lo musculoso que era.

Tenía el pelo negro y corto, ojos castaños, y una sonrisa amplia y cálida que seguramente hacía que los sospechosos se sintieran a salvo. Se preguntó si la cultivaba por esa misma razón. Vio el anillo de bodas en su mano izquierda y se acordó de que estaba casado, aunque no tenía hijos.

“Gracias por venir, señorita Hunt”, le dijo, extendiéndole la mano.

“Llámame Jessie, por favor”, dijo ella.

“Muy bien, Jessie. Vamos a mi escritorio y te pondré al tanto de lo que tengo en mente”.

Jessie sintió una ráfaga de alivio más intensa de lo esperada cuando no le sugirió ir a la sala de interrogatorios, pero consiguió que no fuera demasiado obvio. Mientras le seguía hasta la zona de oficina, él le habló en voz baja.

“He estado al tanto de tu caso”, admitió. “O, mejor dicho, el caso de tu exmarido”.

“Pronto exmarido”, anotó ella.

“Correcto. También me enteré de eso. No hay planes de seguir junto al tipo que intentó inculparte por asesinato y matarte a ti después, ¿eh? Ya no hay lealtad hoy en día”.

Le sonrió para indicarle que estaba bromeando. Jessie no pudo evitar sentirse impresionada por un hombre que estaba dispuesto a gastar una broma sobre un asesinato ante la persona que casi acaba siendo asesinada.

“La culpabilidad me tiene frita”, dijo ella, siguiéndole la broma.

“Apuesto a que sí. Tengo que decir que no tiene buena pinta para el que pronto será tu exmarido. Incluso si los fiscales no van a por la pena de muerte, dudo de que salga algún día de la cárcel”.

“De tus labios…”, murmuró Jessie, sin necesidad de terminar la frase.

“Cambiemos de tema a algo más alegre, ¿te parece?”, sugirió Hernández. “Como puede que recuerdes o no de mi visita a tu clase, trabajo para una unidad especial en Robos-Homicidios. Se llama la Sección Especial de Homicidios, o SEH abreviando. Nos especializamos en casos de gente famosa, de esos que generan un montón de interés mediático o escrutinio público. Puede incluir incendios provocados, asesinatos con múltiples víctimas, asesinatos de individuos notables, y por supuesto, asesinos en serie”.

“Como Bolton Crutchfield, el tipo al que ayudaste a capturar”.

“Exactamente”, dijo él. “Nuestra unidad también emplea a criminólogos. No son exclusivamente nuestros. Todo el departamento tiene acceso a ellos, pero nosotros tenemos prioridad. Puede que hayas oído hablar de nuestro criminólogo más experimentado, Garland Moses”.

Jessie asintió. Moses era una leyenda en la comunidad de criminólogos. Antiguo miembro del FBI, se había mudado a la costa oeste para retirarse a finales de los años 90 tras pasarse décadas dando tumbos por el país a la caza de asesinos en serie. Le pagaba el departamento, pero no era un empleado oficial, así que podía ir y venir como le daba la gana.

Ya tenía más de setenta años, pero todavía aparecía por el trabajo casi cada día. Y al menos tres o cuatro veces al año, Jessie leía alguna historia sobre cómo había resuelto otro caso que nadie más podía descifrar. Se suponía que tenía un despacho en el segundo piso de este edificio en lo que se rumoreaba era un armario de limpieza reconvertido.

“¿Voy a conocerle?”, preguntó Jessie, tratando de controlar su entusiasmo.

“No hoy”, dijo Hernández. “Quizá si aceptas el trabajo y cuando lleves algún tiempo por aquí, te lo presentaré. Es algo difícil de tratar”.

Jessie sabía que Hernández estaba siendo diplomático. Garland Moses tenía reputación de ser un tipo desagradable y taciturno, con muy mal genio. Si no fuera porque se le daba de maravilla atrapar a asesinos, seguramente no habría manera de conseguirle un trabajo.

“Así que Moses es algo así como el criminólogo emérito del departamento”, continuó Hernández. “Solo aparece por aquí para los casos realmente importantes. El departamento tiene unos cuantos criminólogos autónomos y otro personal que emplea para casos menos célebres. Por desgracia, nuestro criminólogo junior, Josh Caster, presentó su dimisión ayer”.

“¿Por qué?”.

“¿Oficialmente?”, dijo Hernández. “Quería mudarse a una zona más apropiada para la vida en familia. Tiene una mujer y dos hijos a los que no ve nuca. Así que aceptó un puesto en Santa Bárbara”.

“¿Y extraoficialmente?”.

“Ya no podía más con el trabajo. Trabajó en robos-homicidios media docena de años, entonces fue al programa de formación del FBI, regresó con fuerza y trabajó muy duro como criminólogo durante dos años después de eso. Entonces, se dio con un muro”.

“¿Qué quieres decir?”, preguntó Jessie.

“Este es un negocio bastante feo, Jessie. Creo que no he de decírtelo, después de lo que pasó con tu marido. Pero una cosa es tener un encuentro fortuito con la violencia o la muerte. Y otra cosa es tener que enfrentarse a ello cada día, ver las cosas horribles que los seres humanos pueden hacerse entre ellos. Es difícil mantener tu humanidad bajo el peso de todo eso. Te deprime. Si no tienes algún sitio donde dejarlo al final del día, puede alterarte de verdad. Eso es algo en lo que pensar mientras consideras mi propuesta”.

Jessie decidió que este no era el momento de decirle al detective Hernández que su experiencia con Kyle no era la primera ocasión en la que se había enfrentado a la muerte de cerca. No estaba segura de que haber sido testigo de cómo su padre asesinaba a varias personas cuando ella era una niña, incluyendo a su propia madre, pudiera dañar sus posibilidades laborales.

“¿Cuál es exactamente tu propuesta?”, le preguntó, alejándose del tema por completo.

Habían llegado al escritorio de Hernández. Le hizo un gesto para que se sentara al otro lado de la mesa, frente a él, mientras continuaba.

“Que sustituyas a Caster, al menos en calidad de interinidad. El departamento no está preparado para contratar a un criminólogo a tiempo completo por el momento. Invirtieron un montón de recursos en Caster y se sienten quemados. Quieren hacer una gran búsqueda de candidatos antes de contratar a su reemplazo permanente. Entretanto, están buscando a alguien junior, a quien no le importe no tener un contrato a tiempo completo ni que le paguen por debajo de lo habitual”.

“Seguro que con eso atraerán solicitudes de los mejores”, dijo Jessie.

“Totalmente de acuerdo. Eso me temo—que, con la excusa de mantener los costes bajos, se decidan por alguien que no tenga lo que hace falta. ¿Qué pienso yo? Prefiero probar con alguien que puede que sea novato pero que tenga talento antes de un inútil que no sirva para nada en absoluto”.

“¿Crees que tengo talento?”, preguntó Jessie, esperando no sonar como si estuviera buscando que le echaran un cumplido.

“Creo que tienes potencial. Lo demostraste en el caso que presenté a la clase. Respeto mucho a tu profesor de esa clase, Warren Hosta. Y me dice que tienes talento de verdad. No entró en detalles, pero indicó que te habían concedido permiso para entrevistar a un preso de alto calibre y que habías establecido una relación que podría acabar siendo de utilidad en el futuro. El hecho de que no pudiera contarme todo lo que está haciendo alguien que se acaba de graduar del master sugiere que no estás tan verde como pueda parecer. Además, te las arreglaste para deshilvanar la complicada trama del asesinato que cometió tu marido y conseguiste que no te matara. Eso no es moco de pavo. También sé que te han aceptado en el programa de la Academia Nacional del FBI sin ninguna experiencia previa en las fuerzas de seguridad. Eso no sucede casi nunca. Así que estoy dispuesto a apostar por ti y mencionar tu nombre en las negociaciones, asumiendo que estés interesada. ¿Estás interesada?”.




CAPÍTULO CINCO


“Entonces, ¿no vas a hacer lo del FBI?”, preguntó Lacy con incredulidad mientras tomaba otro sorbito de vino.

Estaban sentadas en el sofá, ya se habían bebido la mitad de una botella de vino tinto y estaban devorando la comida china que les acababan de traer a casa. Eran más de las 8 de la tarde y Jessie estaba agotada después de vivir el día más largo que recordaba en muchos meses.

“Claro que lo voy a hacer, pero no ahora. Me concedieron una prórroga. Puedo unirme a otra clase de la Academia, siempre y cuando lo haga en los próximos seis meses. De lo contrario, tengo que volver a presentar mi aplicación. Como tuve suerte de que me aceptaran en esta ocasión, prácticamente eso garantiza que iré muy pronto”.

“¿Y te rajas para hacer trabajo de despacho para el L.A.P.D.?”, preguntó Lacy, incrédula.

“Otra vez, no me estoy rajando”, señaló Jessie, dándole un buen trago a su copa, “solo lo estoy retrasando. Ya estaba indecisa por todo lo que tengo entre manos con la venta de la casa y mi recuperación física. Esto no fue más que el factor decisivo. Además, ¡suena genial!”.

“No, para nada”, dijo Lacy. “Suena completamente aburrido. Hasta tu amigo el detective dijo que estarías haciendo tareas rutinarias y manejando casos de poca monta en los que nadie más quiera trabajar”.

“Al principio, pero cuando tenga un poco de experiencia, estoy segura de que me asignarán a algo más interesante. Estamos en Los Ángeles, Lace. No van a ser capaces de mantener a los locos muy lejos de mí”.



*



Dos semanas más tarde, mientras el coche patrulla dejaba a Jessie a una manzana de la escena del crimen, les dio las gracias a los agentes y se dirigió al callejón donde vio la cinta de acordonamiento de la policía en su lugar. Mientras cruzaba la calle, evitando a los conductores que parecían tener más intenciones de chocarse con ella que de evitarla, se le ocurrió que este iba a ser su primer caso de asesinato.

Echando la vista atrás a su breve periodo en la comisaría central, se daba cuenta de que se había equivocado al pensar que no iban a poder mantener a los locos alejados de ella. De alguna manera, hasta el momento, lo habían conseguido. De hecho, la mayor parte del tiempo en estos días se lo había pasado en comisaría, repasando casos abiertos para asegurarse de que el papeleo que había rellenado Josh Carter antes de largarse estaba al día. Era pura rutina.

No ayudaba el hecho de que la Comisaría Central pareciera una terminal de autobuses transitada. La zona del recinto principal era masiva. La gente revoloteaba a su alrededor todo el tiempo y nunca estaba del todo segura de si se trataba de personal, civiles, o sospechosos. Tuvo que moverse en varias ocasiones a otro escritorio cada vez que los criminólogos sin la etiqueta de “interinidad” utilizaban su experiencia para reclamar las estaciones de trabajo que preferían. Y daba igual donde terminara, parecía que Jessie siempre estaba situada justo debajo de una luz fluorescente titilante.

Pero hoy no. Al entrar al callejón a las afueras de la Cuarta Este, vio al detective Hernández al otro extremo y esperó que este caso fuera diferente a los otros que le habían asignado hasta el momento. En cada uno de ellos, había acompañado a los detectives, pero no le habían pedido su opinión. No había gran necesidad de ello de todos modos.

De los tres casos en que había hecho de acompañante, dos habían sido robos y el otro un incendio provocado. En cada uno de ellos, el sospechoso había confesado a los pocos minutos de que le arrestaran, en una ocasión sin que le tuvieran que interrogar. El detective había tenido que leerle sus derechos Miranda y pedirle que confesara de nuevo.

Pero hoy puede que por fin fuera diferente. Era el lunes después de Navidad, y Jessie esperaba que el espíritu de las fiestas pudiera hacer que Hernández se sintiera más generoso que sus colegas. Se unió a él y a su compañero por el día, un hombre con gafas de unos cuarenta y tantos años llamado Callum Reid, durante su investigación de la muerte de un adicto que habían encontrado al final del callejón.

Todavía tenía una aguja pinchada en su brazo izquierdo y el agente de uniforme solo había llamado a los detectives como mera formalidad. Mientras Hernández y Reid hablaban con el agente, Jessie se metió por debajo de la cinta de acordonamiento y se acercó al cadáver, asegurándose de que no pisaba en ningún lugar importante.

Miró al joven, que no parecía ser mayor que ella. Era afroamericano, con un corte de pelo difuminado. Hasta tumbado y descalzo, podía asegurar que era alto. Algo sobre él le resultaba familiar.

“¿Debería saber quién es este tipo?”, le gritó a Hernández. “Me da la impresión de que le he visto antes en alguna parte”.

“Probablemente”, le gritó Hernández de vuelta. “Fuiste a la USC, ¿verdad?”.

“Así es”, dijo ella.

“Seguramente coincidió contigo uno o dos años. Se llamaba Lionel Little. Jugó al baloncesto allí durante un par de años antes de hacerse profesional”.

“Vale, ahora creo que me acuerdo de él”, dijo Jessie.

“Tenía un increíble tiro con la mano izquierda en que volteaba los dedos”, recordó el detective Reid.

“Me recordaba un poco a George Gervin. Fue un novato muy solicitado, pero acabó desvaneciéndose en unos pocos años. No podía jugar como defensa, y no supo cómo manejar todo ese dinero ni el estilo de vida de la NBA. Solo duró tres temporadas antes de que le sacaran por completo de la liga. Para entonces, las drogas se lo llevaron por delante. En algún momento, acabó viviendo en la calle”.

“Le veía de vez en cuando”, añadió Hernández. “Era un chico muy agradable—nunca le detuvieron por otra cosa que vagabundear o mearse en público”.

Jessie se inclinó y miró más de cerca a Lionel. Trató de imaginarse a sí misma en su posición, un chico perdido, adicto a las drogas, pero no problemático, vagabundeando por los callejones de atrás del centro de L.A. durante los últimos años. De algún modo, se las arregló para mantener su hábito sin llegar a la sobredosis o terminar en prisión. Y, aun así, allí estaba, tumbado en un callejón, con una aguja en el brazo, descalzo. Algo no encajaba del todo.

Se arrodilló para echarle una mirada de cerca donde la aguja sobresalía de su piel. Estaba metida hasta el fondo en su piel básicamente limpia.

Su piel limpia….

“Detective Reid, ¿dijiste que Lionel tenía un giro de dedos de la mano izquierda que estaba muy bien, ¿verdad?”.

“Algo realmente hermoso”, respondió con entusiasmo.

“¿Entonces podemos asumir que era zurdo?”.

“Oh claro que sí, era completamente zurdo. Tenía problemas para pasarse a su derecha. Los defensas le hacían pasarse a ese lado y así terminaban con él. Fue otra de las razones de que nunca triunfara como profesional”.

“Eso es extraño”, murmuró ella.

“¿Qué pasa?”, preguntó Hernández.

“Es solo que… ¿podéis venir aquí, chicos? Hay algo que no me parece que tenga mucho sentido en esta escena del crimen”.

Los detectives se acercaron y se detuvieron justo detrás de donde estaba arrodillada. Señaló al brazo izquierdo de Lionel.

“Parece que esa aguja esté metida hasta la mitad de su brazo, pero no está ni siquiera cerca de una vena”.

“¿Quizá tuviera mala puntería?”, sugirió Reid.

“Quizá”, concedió Jessie. “Pero mira su brazo derecho. Hay una línea nítida de rastros que siguen sus venas. Es bastante meticuloso para un drogadicto. Y tiene sentido, porque era zurdo. Naturalmente, se inyectaría el brazo derecho con su mano dominante”.

“Eso tiene sentido”, asintió Hernández.

“Entonces pensé que quizá es que era más torpe cuando utilizaba su mano derecha”, continuó Jessie. “Como dijiste, detective Reid, quizá tuviera mala puntería”.

“Exactamente”. dijo Reid.

“Pero mira”, dijo Jessie señalando al brazo. “Excepto por el punto donde está la aguja ahora mismo, su brazo izquierdo está limpio—no hay rastros de marcas en absoluto”.

“¿Qué te indica eso?”, preguntó Hernández, que empezaba a ver lo que quería decir.

“Me indica que no se pinchaba en su brazo izquierdo en absoluto. Por lo que puedo decir, este tampoco es la clase de hombre que dejaría que otra persona le pinchara en su brazo. Tenía un sistema. Era muy metódico. Mira la parte superior de su mano derecha. También tiene marcas allí. Prefería pincharse en la mano antes que confiar en otra persona. Apuesto a que, si le quitamos los calcetines, también encontraremos marcas entre los dedos de su pie derecho”.

“Entonces, ¿estás sugiriendo que no fue una sobredosis?”, preguntó Reid con escepticismo.

“Sugiero que alguien quería que pareciera una sobredosis, pero hizo un trabajo chapucero y simplemente le clavó la aguja en alguna parte de su brazo izquierdo, el que la gente diestra utilizaría normalmente”.

“¿Por qué?”, preguntó Reid.

“Bueno”, dijo Jessie con cautela. “Empecé a pensar en el hecho de que su calzado haya desaparecido. El resto de su ropa está aquí. Me pregunto si, como ha sido un jugador profesional, a lo mejor su calzado era de los caros. ¿No hay algunas de esas deportivas que se venden por cientos de dólares?”.

“Así es”, dijo Hernández, que sonaba excitado. “De hecho, cuando se unió a la liga al principio y todo el mundo pensó que se iba a convertir en alguien grande, firmó un contrato de calzado con una compañía que estaba empezando llamada Hardwood. La mayoría de los chicos firmaron contratos con alguna de las grandes compañías—Nike, Adidas, Reebok. Sin embargo, Lionel se decidió por esta gente. Se les consideraba atrevidos. Quizá demasiado porque declararon la bancarrota hace unos cuantos años”.

“Entonces las deportivas no serían tan valiosas”, dijo Reid.

“La verdad es que más bien lo contrario es cierto”, corrigió Hernández. “Como se fueron a quiebra, sus deportivas se convirtieron en un artículo muy valorado. Solo hay unas cuantas en circulación, así que son bastante valiosas para los coleccionistas. Como embajador de la compañía, seguro que Lionel recibió toneladas de ellas cuando firmó el contrato. Y estoy dispuesto a apostar que llevaba unas puestas esta noche”.

“Así que”, continuó Jessie, “alguien le vio con esas deportivas. Quizá estaban desesperados por hacer algo de dinero. Lionel no tiene aspecto de ser un tipo duro. Es un objetivo fácil. Así que esta persona derriba a Lionel, le roba el calzado, y le mete la aguja en el brazo, con la esperanza de que lo veamos como otra sobredosis más”.

“No es una teoría descabellada”, dijo Hernández. “Veamos si podemos poner en marcha una búsqueda de cualquiera que lleve puestas un par de Hardwoods”.

“Si Lionel no murió de sobredosis, ¿cómo le mató el perpetrador?”, observó Reid. “No veo nada de sangre”.

“Creo que esa es una pregunta excelente… para el médico forense”, dijo Hernández, sonriendo mientras pasaba al otro lado de la cinta de acordonamiento. “¿Por qué no llamamos a alguno y vamos a tomar el almuerzo?”.

“Tengo que pasarme por el banco”, dijo Reid. “Quizá mejor os veo de nuevo en comisaría”.

“Muy bien, parece que estamos solo tú y yo, Jessie”, dijo Hernández. “¿Qué te parece si vamos a por un perrito caliente de un puesto callejero? Antes vi a un chico al otro lado de la calle”.

“Creo que me voy a arrepentir, pero lo haré de todos modos porque no quiero parecer una gallina”.

“Sabes qué”, señaló él, “si dices que lo vas a hacer para no parecer una gallina, todo el mundo sabrá que solo vas a comértelo para ganar puntos. Y eso es bastante gallina. No es más que un consejo profesional”.

“Gracias, Hernández”, contestó Jessie. “Hoy estoy aprendiendo todo tipo de cosas”.

“Se le llama formación práctica”, dijo él, y continuó metiéndose con ella mientras bajaban por el callejón hasta la calle. “Claro que, si pones tanto cebollas como pimientos en el perrito, puede que ganes algunos puntos en la calle”.

“Guau”, dijo Jessie, sonriendo. “¿Qué le parece a tu mujer cuando está tumbada a tu lado y tú apestas a todo eso?”.

“No supone un gran problema”, dijo Hernández, que entonces se dio la vuelta para pedir su comida al vendedor.

Había algo en la respuesta de Hernández que le resultó peculiar. Quizá a su mujer le diera igual el olor a cebollas y pimientos en la cama. Pero su tono sugería que a lo mejor no era un gran problema porque él y su mujer no compartían la cama en este momento.

A pesar de la curiosidad que sentía, Jessie lo dejó estar. Apenas conocía a este hombre. No se iba a poner a interrogarle sobre el estado de su matrimonio, pero deseaba poder averiguar si su instinto se equivocaba o si sus sospechas eran correctas.

Hablando de instinto, el vendedor le estaba mirando con expectación, esperando a que hiciera su pedido. Jessie miró el perrito de Hernández, que rebosaba de cebollas, pimientos, y lo que parecía ser salsa. El detective la estaba observando, claramente dispuesto a burlarse de ella.

“Tomaré lo que él está comiendo”, dijo ella. “Exactamente lo mismo”.



*



De vuelta a comisaría unas cuantas horas después, estaba saliendo del baño para mujeres por tercera vez cuando Hernández se le acercó con una enorme sonrisa en el rostro. Se forzó a parecer casual, ignorando el incómodo revoltijo que sentía en las tripas.

“Buenas noticias”, dijo él, que por suerte parecía no ser consciente de su incomodidad. “Nos han dicho que han encontrado a alguien hace unos minutos con unas Hardwood que encajan con la talla del pie de Lionel, una dieciséis. La persona que llevaba las deportivas tiene una nueve. Y eso es—en fin—un tanto sospechoso. Buen trabajo”.

“Gracias”, dijo Jessie, intentando aparentar que no suponía gran cosa. “¿Alguna noticia del examinador médico sobre la posible causa de la muerte?”.

“Nada oficial por el momento, pero cuando le dieron la vuelta a Lionel, encontraron un moratón gigante en su nuca. Así que no es descabellado pensar en la hipótesis de un hematoma subcutáneo. Eso explicaría la ausencia de sangre”.

“Genial”, dijo Jessie, contenta de que su teoría hubiera resultado cierta.

“Sí, claro, aunque no sea tan genial para su familia. Su madre estuvo aquí para identificar el cuerpo y por lo visto, está devastada. Es una madre soltera. Recuerdo leer en algún artículo sobre él que trabajaba en tres sitios distintos cuando Lionel era un crío. Seguro que pensó que podría reducir sus horas cuando él triunfó, pero supongo que no fue así”.

Jessie no supo qué decir como respuesta así que simplemente asintió y guardó silencio.

“Voy a dejarlo por hoy”, dijo Hernández con brusquedad. “Unos cuantos vamos a ir tomar un trago, por si quieres unirte. Sin duda, te has ganado una a mi cuenta”.

“Lo haría, pero se supone que voy a ir a un club esta noche con mi compañera de piso. Cree que ya es hora de que regrese al mundo de las citas”.

“¿Y tú crees que ya es hora?”, preguntó Hernández, arqueando las cejas.

“Creo que ella es imparable y no va dejar esto de lado hasta que salga al menos una vez, a pesar de que sea lunes por la noche. Con eso, debería obtener unas cuantas semanas de gracia antes de que empiece con ello de nuevo”.

“En fin, pásalo bien”, dijo él, tratando de sonar optimista.

“Gracias, estoy segura de que no será así”.




CAPÍTULO SEIS


El club estaba oscuro y con la música muy alta, y Jessie podía ver cómo se avecinaba un dolor de cabeza.

Una hora antes, cuando Lacy y ella se estaban preparando, la cosa parecía mucho más prometedora. El entusiasmo de su compañera de piso era contagioso y Jessie casi se sentía ansiosa de pasar la noche fuera mientras se ponían sus vestidos y se acicalaban el pelo.

Cuando salieron del apartamento, no podía negar que estaba de acuerdo con el comentario que había hecho Lacy diciéndole que estaba “reluciente”. Llevaba su falda roja con el corte que ascendía hasta su muslo derecho, la que nunca acabó poniéndose en su breve y tumultuosa existencia en los suburbios de Orange County. También llevaba un top negro sin mangas que acentuaba el tono muscular que había conseguido durante su fisioterapia.

Hasta se atrevió a ponerse sus tacones de tres pulgadas que la hacían medir oficialmente más de uno ochenta y cinco y que la metían en el club de las amazonas del que formaba parte Lacy. Originalmente, se había atado su pelo castaño en un moño, pero su compañera de piso y empresaria de la moda le había convencido para que se lo dejara suelto, por lo que le caía como una cascada por la espalda. Al mirarse en el espejo, no le resultaba totalmente ridículo que Lacy dijera que parecían un par de modelos que salían a pasear sus palmitos por la noche.

Sin embargo, una hora después, su estado de ánimo se había apagado. Lacy se lo estaba pasando en grande, flirteando lúdicamente con los chicos que no le interesaban y flirteando seriamente con las chicas que sí lo hacían. Jessie se encontraba junto al bar charlando con el barman, que obviamente tenía mucha práctica en el arte de entretener a las chicas que no estaba acostumbradas al ambiente.

No estaba segura de cuándo se había vuelto tan sosa, aunque era cierto que no había estado soltera en casi una década. Sin embargo, Kyle y ella habían salido por este mismo tipo de sitios cuando vivían aquí, antes de mudarse a Westport Beach. Y ella nunca se había sentido fuera de lugar.

De hecho, le solía encantar pasarse a conocer los nuevos clubs, bares y restaurantes nocturnos del centro de L.A.—o D.T.L.A. para los habitantes locales—, algunos de los cuales parecían abrir cada semana. Ellos dos entraban como una ráfaga de viento y se hacían con todo el lugar, probaban el artículo o bebida menos convencional del menú, bailando con toda despreocupación en el centro del club, ignorando las miradas críticas que pudieran atraer. No echaba en falta a Kyle, pero tenía que reconocer que añoraba la vida que había compartido antes de que todo se torciera.

Un chico joven, probablemente de menos de veinticinco años, se acercó a ella y se acomodó en un taburete vacío que había a su izquierda. Le echó una mirada rápida en el espejo del bar, estudiándole en silencio.

Era parte de un juego privado al que le gustaba jugar consigo misma. De manera informal, lo llamaba “predicción humana”. En el juego, intentaba adivinar cuanto más le fuera posible sobre una persona, en base a su aspecto, su manera de actuar y de hablar. Mientras le echaba una ojeada a escondidas al chico en cuestión, se sintió encantada de darse cuenta de que ahora ese juego le proporcionaba beneficios profesionales. Después de todo, era una criminóloga interina, novata. Esto era trabajo de campo.

El chico era moderadamente atractivo, con el pelo rubio oscuro y desgreñado que le caía por encima del lado derecho de la frente. Estaba bronceado, pero no era un moreno de playa. Era demasiado uniforme y perfecto. Jessie sospechó que visitaba una sala de solárium periódicamente. Estaba en buena forma, pero parecía delgado de un modo que no resultaba natural, como un lobo que no ha comido en mucho tiempo.

Era obvio que venía de su trabajo, ya que todavía llevaba “su uniforme”—un traje, zapatos abrillantados, y la corbata ligeramente aflojada como para indicar que estaba relajándose. Eran casi las 10 de la noche, y si acababa de salir del trabajo, eso sugería que su trabajo requería de largas horas en la oficina. Quizá trabajaba en finanzas, aunque por lo general, eso requería más bien empezar temprano y no salir muy tarde.

Era más probable que se tratara de un abogado, aunque no para el gobierno; quizá era un asociado que estaba en su primer año en alguna compañía de alto nivel donde le estaban exprimiendo. Le pagaban bien, como demostraba el traje de sastre, pero no tenía mucho tiempo para disfrutar de los frutos de su labor.

Parecía estar decidiendo la entrada que iba a utilizar para hablar con ella. No podía ofrecerle un trago porque ya tenía uno que estaba medio lleno. Jessie decidió echarle una mano.

“¿Qué compañía?”, le preguntó, volviéndose hacia él.

“¿Qué?”.

“¿Con qué compañía legal trabajas?”, repitió, casi gritando para que le oyera por encima de la música que les envolvía.

“Benson & Aguirre”, respondió con un acento de la costa este que Jessie no pudo identificar del todo. “¿Cómo supiste que soy abogado?”.

“Pura suerte; parece que te están haciendo trabajar de lo lindo. ¿Acabas de salir?”.

“Hace como media hora”, dijo él, con una voz que mostraba un tono más bien del Atlántico medio que de New York. “Llevo tres horas deseando tomarme un trago. Podría tomarme un agua con hielo, pero tendré que conformarme con esto”.

Le dio un trago a su cerveza.

“¿Cómo se compara Los Ángeles con Filadelfia?”, preguntó Jessie. “Ya sé que han pasado menos de seis meses, pero ¿te parece que te estás adaptando bien?”.

“Pero bueno, ¿qué diablos es esto? ¿Eres algo así como un detective privado? ¿Cómo sabes que soy de Filadelfia y que me mudé aquí el pasado agosto?”.

“Es una especie de talento que tengo. Me llamo Jessie, por cierto”, dijo, extendiéndole la mano.

“Doyle”, dijo él, estrechándosela. “¿Me vas a contar cómo haces ese truco de salón? Porque me estás asustando un poco”.

“No quiero desvelar el misterio. El misterio es muy importante. Deja que te haga otra pregunta, solo para completar la imagen. ¿Fuiste a Temple o a Villanova para estudiar leyes?”.

Él se la quedó mirando con la boca abierta de par en par. Tras pestañear unas cuantas veces, se recompuso.

“¿Cómo sabes que no fui a Penn?”, le preguntó, fingiendo sentirse insultado.

“De ningún modo, no pedías aguas heladas en Penn. ¿Cuál de ellas es?”.

“¡Guau, guau, y más guau, chica!”, le gritó. “¡Vamos Wildcats!”.

Jessie asintió con entusiasmo.

“Soy una chica troyana también”, dijo ella.

“Oh, vaya. ¿Fuiste a USC? ¿Te enteraste de lo de eso chico Lionel Little—que solía jugar a baloncesto allí? Le han matado hoy”.

“Algo escuché”, dijo Jessie. “Qué historia tan triste”.

“Escuché que le mataron por sus deportivas”, dijo Doyle, sacudiendo la cabeza. “¿Puedes creerlo?”.

“Deberías cuidar de tus zapatos, Doyle. Tampoco parecen baratos”.

Doyle bajó la mirada, y después se inclinó y le susurró al oído. “Ochocientos dólares”.

Jessie silbó fingiendo admiración. Estaba perdiendo rápidamente todo el interés en Doyle, cuya juvenil exuberancia se veía superada por su juvenil autocomplacencia.

“¿Y cuál es tu historia?”, le preguntó.

“¿No quieres intentar adivinarla?”.

“Oh bueno, no soy tan bueno con esas cosas”.

“Haz un intento, Doyle”, le exhortó ella. “Puede que te sorprendas a ti mismo. Además, un abogado tiene que ser perspicaz, ¿no es cierto?”.

“Eso es cierto. Muy bien, lo intentaré. Diría que eres una actriz. Eres lo bastante bonita como para serlo. Aunque el centro de Los Ángeles no sea el territorio habitual de las actrices. Es más bien Hollywood y apunta hacia el oeste. ¿Modelo quizás? Podrías serlo, pero pareces demasiado inteligente como para que eso sea tu actividad principal, tu profesión. Quizá hiciste algo de modelaje de adolescente, pero ahora te has metido en algo más profesional. Ah, ya lo sé, eres relaciones públicas. Por eso eres tan buena en leer a las personas. ¿He acertado? Sé que lo he hecho”.

“Te has quedado muy cerca, Doyle, pero no del todo”.

“¿Entonces, a qué te dedicas?”, le preguntó con exigencia.

“Soy criminóloga para el L.A.P.D.”.

Le sentó bien decirlo en voz alta, sobre todo mientras veía cómo se le abrían los ojos de sorpresa.

“¿Como en esa serie Mindhunter?”.

“Sí, algo así. Ayudo a la policía a meterse en las mentes de los criminales para que tengan más posibilidades de atraparles”.

“Vaya, vaya. ¿Así que atrapas a asesinos en serie y cosas así?”.

“Lo llevo haciendo un tiempo”, dijo Jessie, sin mencionar que su búsqueda se reducía a un asesino en serie en particular y que no tenía nada que ver con el trabajo.

“Eso es fascinante. Qué trabajo tan interesante”.

“Gracias”, dijo Jessie, presintiendo que por fin había reunido el valor para preguntarle lo que tenía en mente desde hace un rato.

“¿Y entonces cuál es tu situación actual? ¿Estás soltera?”.

“Divorciada”.

“¿De verdad?”, dijo él. “Pareces demasiado joven para estar divorciada”.

“Ya lo sé. Circunstancias inusuales. No acabó funcionando”.

“No quiero ser grosero, pero ¿puedo preguntarte qué fue tan inusual? Quiero decir, eres todo un trofeo. ¿Eres una psicópata o algo así?”.

Jessie sabía que no tenía intención alguna de herirla con la pregunta. Estaba genuinamente interesado tanto en la respuesta como en ella y acababa de estropearlo todo de un modo terrible. Aun así, podía percibir cómo todo el interés que le quedaba por Doyle desaparecía en ese momento. En el mismo instante, la pesadez del día y sus tacones altos empezaron a asomar sus feas cabezas. Decidió concluir la noche con una explosión.

“No diría que soy una psicópata, Doyle. No cabe duda de que tengo mis problemas, hasta el punto de que me despierto gritando la mayoría de las noches. ¿Pero psicópata? No diría eso. La verdad es que nos divorciamos porque mi marido era un sociópata que asesinó a una mujer con la que se estaba acostando, intentó inculparme por ello, y al final intentó matarme a mí a y a dos de nuestros vecinos. Realmente se tomó en serio eso de “hasta que la muerte nos separe”.

Doyle se la quedó mirando, con la mandíbula tan abierta que podrían haberle entrado hasta moscas. Esperó a que se recuperara, sintiendo curiosidad por ver la maestría con la que se iba a librar del asunto. No mucha, por lo que pudo comprobar.

“Oh, eso es realmente terrible. Te preguntaría más sobre ello, pero acabo de acordarme de que tengo que presentar una deposición a primera hora de la mañana. Seguramente, debería irme a casa. Espero verte por aquí en algún momento”.

Se levantó del taburete y ya estaba a mitad de camino de la entrada antes de que Jessie pudiera pronunciar un “Adiós, Doyle”.



*



Jessica Thurman tiró de la manta para cubrir su cuerpecito medio congelado. Ya llevaba sola en la cabaña con su madre muerta tres días. Estaba tan delirante por la falta de agua, calor, e interacción humana que a veces creía que su madre le estaba hablando, a pesar de que su cadáver seguía tirado, inmóvil, con los brazos en lo alto sujetos por los grilletes que colgaban de las vigas de madera.

De repente, dieron unos golpes a la puerta. Había alguien fuera de la cabaña. No podía tratarse de su padre. No tenía ninguna razón para llamar. Entraba en cualquier parte siempre que le daba la gana.

Los golpes se repitieron, solo que esta vez sonaban diferentes. Había un zumbido mezclado con ellos. Eso no tenía ningún sentido. La cabaña no tenía timbre en la puerta. El zumbido volvió a sonar, esta vez sin que hubiera sonido de golpes en absoluto.

De repente, los ojos de Jessie se abrieron de par en par. Estaba tumbada en la cama, concediéndole un segundo a su cerebro para que procesara que el zumbido que estaba escuchando provenía de su celular. Se inclinó para cogerlo, notando que, aunque le latía el corazón a toda velocidad y su respiración era jadeante, no estaba tan sudorosa como era costumbre después de una pesadilla.

Era el detective Ryan Hernández. Al responder a la llamada, echó un vistazo a la hora: las 2:13 de la madrugada.

“Hola”, dijo Jessie, sin apenas sonar somnolienta.

“Jessie. Soy Ryan Hernández. Disculpa que te llame a esta hora, pero he recibido una llamada para investigar una muerte sospechosa en Hancock Park. Garland Moses ya no atiende llamadas en medio de la noche y todos los demás están ocupados. ¿Te apetece unirte?”.

“Claro”, respondió Jessie.

“Si te envío la dirección por mensaje de texto, ¿puedes estar aquí en treinta minutos?”, le preguntó.

“Puedo estar allí en quince”.




CAPÍTULO SIETE


Cuando Jessie aparcó delante de la mansión en Lucerne Boulevard. a las 2:29 de la madrugada, ya había allí delante varios coches patrulla, una ambulancia, y el vehículo del examinador médico. Se bajó del coche y caminó hacia la entrada, intentando parecer lo más profesional posible, dadas las circunstancias.

Había vecinos apostados en el pavimento, muchos de ellos envueltos en albornoces para protegerse del fresco de la noche. Este tipo de cosas no era lo habitual en un vecindario acomodado como Hancock Park. Acurrucado entre Hollywood al norte y el distrito de Mid-Wilshire al sur, era un enclave de las familias de dinero de tradición de Los Ángeles, o al menos de tanta tradición como podía darse en una ciudad tan indiferente a la historia como esta. La gente que vivía aquí no eran las estrellas del celuloide o los gigantes de Hollywood que uno se podía encontrar en Beverly Hills o en Malibú. Estas eran las residencias de los que llevaban generaciones siendo ricos, que podían elegir si trabajaban o no. Si lo hacían, solía ser meramente para evitar el tedio. Pero esta noche no tenían que preocuparse de estar aburridos. Después de todo, uno de los suyos había muerto y todos sentían curiosidad por saber de quién se trataba.

Jessie sintió cierta excitación mientras subía por la escalinata que llevaba a la puerta principal, que estaba marcada con cinta policial amarilla. Esta era la primera vez que llegaba a una escena del crimen sin la compañía de un detective. Y eso quería decir que era la primera vez que iba a tener que mostrar sus credenciales para acceder a una zona restringida.

Recordó que había sentido la misma emoción cuando se las dieron por primera vez. Hasta había practicado con Lacy el gesto de presentarlas unas cuantas veces en el apartamento. Pero ahora, mientras las rebuscaba en el bolsillo de su chaqueta, tratando de localizarlas, se sentía sorprendentemente nerviosa.

No tenía necesidad de estarlo. El agente que había en la parte superior de las escaleras apenas las miró mientras retiraba la cinta policial para dejarle pasar.

Jessie encontró a Hernández con otro detective de pie justo en la recepción de la casa. Parecía como si al hombre más joven le hubiera tocado el palito más corto. La mayor experiencia del detective Reid le había debido permitir pasar por alto esta llamada. Jessie se preguntó por qué Hernández no había aprovechado su rango para hacer lo propio. La vio y le hizo un gesto para que entrara.

“Jessie Hunt, no sé si ya has conocido al detective Alan Trembley. Era el detective de guardia esta noche y va a trabajar en este caso conmigo”.

Cuando Jessie le estrechó la mano, no pudo evitar notar que, con su cabello rubio descuidado y las gafas que le llegaban hasta la mitad del puente de la nariz, parecía estar tan disperso como ella misma se sentía.

“Nuestra víctima está en la zona de la piscina”, dijo Hernández mientras comenzaba a caminar, guiando sus pasos. “Se llama Victoria Missinger. Treinta y cuatro años de edad. Casada, sin hijos. Está en un pequeño cubículo oculto en la sala principal, que puede ayudar a explicar por qué se tardó tanto en encontrarla. Su marido llamó esta tarde, diciendo que no había podido dar con ella durante unas horas. Había cierta preocupación de que pudiera darse una situación de petición de rescate, así que no se llevó a cabo un barrido completo de la casa hasta hace unas horas. Encontraron su cuerpo gracias al perro entrenado para encontrar cadáveres”.

“Jesús”, murmuró Trembley en voz baja, haciendo que Jessie se preguntara qué clase de experiencia tenía para que le alterara la noción de un perro busca-cadáveres.

“¿Cómo murió?”, preguntó Jessie.

“El examinador médico sigue aquí y todavía no se ha analizado la sangre. Pero la teoría inicial es que se trata de una sobredosis de insulina. Se encontró una aguja cerca de su cuerpo. Era diabética”.

“¿Puedes morir de una sobredosis de insulina?”, preguntó Trembley.

“Sin duda, si no se trata a tiempo”, dijo Hernández mientras bajaban por el largo pasillo de la residencia principal hacia la puerta de atrás. “Y parece que estuvo sola en la habitación durante horas”.

“Parece que últimamente estamos tratando un montón de incidentes relacionados con agujas, detective Hernández”, apuntó Jessie. “Sabes, estoy dispuesta a manejar algún tiroteo de vez en cuando”.

“Pura coincidencia, te lo aseguro”, le respondió, sonriendo.

Salieron afuera y Jessie se dio cuenta de que la enorme mansión delantera ocultaba un jardín trasero incluso más grande. Una piscina enorme llenaba la mitad del espacio. Detrás de ella, estaba la casa de la piscina. Hernández se dirigió hacia allí y los otros dos le siguieron.

“¿Qué te hace sospechar que no fue simplemente un accidente?”, le preguntó Jessie.

“Todavía no he sacado ninguna conclusión”, le respondió. “El examinador médico podrá darnos más datos por la mañana. Pero la señora Missinger ha tenido diabetes toda la vida y, según su marido, nunca ha tenido un accidente como este con anterioridad. Suena como que sabía cuidar bien de sí misma”.

“¿Ya has hablado con él?”, le preguntó Jessie.

“No”, respondió Hernández. “Un agente uniformado tomó su declaración inicial. En este momento, le están atendiendo en la sala de los desayunos. Hablaremos con él después de que te muestre la escena”.

“¿Qué sabemos acerca de él?”, preguntó Jessie.

“Michael Missinger, treinta y siete años. Heredero de la fortuna del petróleo de los Missinger. Vendió sus activos hace unos años y comenzó un fondo de inversión que invierte exclusivamente en tecnologías sostenibles y ecológicas. Trabaja en el centro en la pent-house de uno de esos edificios que te hacen doblar el cuello hacia atrás para mirar el tejado”.

“¿Algún antecedente?”, preguntó Trembley.

“¿Estás de broma?”, espetó Hernández. “Oficialmente, este tipo es más perfecto que nadie. Ningún escándalo personal. Ningún problema financiero. Si tiene secretos, están bien ocultos”.

Habían llegado a la casa de la piscina. Un agente uniformado retiró la cinta policial para que pudieran pasar a su interior. Jessie siguió a Hernández, que lideró el camino. Trembley se puso a la cola.

Cuando pasó adentro, Jessie intentó librar su mente de todo pensamiento adicional. Este era su primer caso de asesinato potencial de alguien importante y no quería tener ninguna distracción que le sacara de la tarea que tenía entre manos. Quería concentrarse exclusivamente en su entorno.

La casa de la piscina rezumaba una elegancia sutil como de otra época. Le recordaba a esas cabañas para tomar el sol que se imaginaba utilizaban las estrellas de cine de los años 20 cuando visitaban la playa. El sofá alargado al final de la sala principal tenía un marco de madera, pero estaba cubierto por unos cojines despampanantes que parecían invitarle a una a echar una siesta.

La mesita de café daba la impresión de haber sido construida a mano con maderas recicladas, algunas de ellas parecían ser partes antiguas de cascos de barcos. El arte que colgaba de las paredes parecía ser de origen polinesio. En la esquina opuesta de la habitación había una mesa de billar. La televisión de pantalla plana estaba escondida detrás de una cortina gruesa, de un beige sedoso que Jessie sospechaba había costado más que el Mini Cooper que había aparcado en la puerta. No había ni rastro de que aquí hubiera pasado nada de mención.

“¿Dónde está el cubículo oculto?”, preguntó.

Hernández hizo de guía a lo largo del bar que había junto a la pared más cercana. Jessie vio más cinta policial delante de lo que parecía ser un armario para sábanas. Hernández la retiró y abrió la puerta del armario con una mano cubierta por un guante. Entonces pasó al interior y dio la impresión de que había desaparecido.

Jessie le siguió y vio que el armario sí que contenía unas baldas con toallas y algunos productos de limpieza, pero a medida que se acercaba más, vio una apertura estrecha a la derecha entre la puerta y las baldas. Parecía que había allí una puerta deslizante que se metía dentro de la pared.

Jessie se puso un par de guantes y cerró la puerta. Para una mirada inexperta, simplemente parecía ser otro panel en la pared. La deslizó para abrirla de nuevo y pasó al interior de una pequeña habitación donde estaba Hernández esperándola.

No es que hubiera gran cosa dentro—un silloncito y una mesita de madera al lado. Sobre el suelo había una lámpara que, por lo visto, habían derribado de un golpe. Habían saltado algunas esquirlas que habían acabado sobre la lujosa moqueta blanca.

Tirada sobre el silloncito en una postura relajada que fácilmente podía dar la impresión de que estaba dormida, estaba Victoria Missinger. Había una aguja sobre el cojín junto a ella.

Incluso muerta, Victoria Missinger era una mujer bellísima. Era difícil adivinar su estatura, pero estaba delgada, con aspecto de ser una mujer que se reunía habitualmente con su entrenador. Jessie tomó una nota mental para hacer lo propio.

Tenía la piel cremosa y vibrante, incluso mientras aparecía el rigor mortis. Jessie solo podía imaginarse cómo había sido en vida. Tenía el cabello rubio y largo que le cubría parte del rostro, pero no lo bastante como para ocultar su perfecta estructura ósea.

“Era bonita”, dijo Trembley, quedándose corto.

“¿Crees que hubo una pelea?”, le preguntó Jessie a Hernández, haciendo un gesto a la lámpara rota sobre la moqueta.

“Es difícil decirlo con certeza. Puede que ella le diera un empujón al intentar levantarse. O podría significar que hubo un forcejeo de algún tipo”.

“Creo que tienes una opinión, pero te la estás guardando”, presionó Jessie.

“Bueno, como dije, odio llegar a conclusiones prematuras, pero esto me pareció algo peculiar”, dijo, señalando a la moqueta.

“¿El qué?”, preguntó ella, incapaz de discernir nada notorio excepto lo gruesa que era la moqueta.

“¿Ves lo profundas que son las marcas en la moqueta debido a nuestras pisadas?”.

Jessie y el detective Trembley asintieron.

“Cuando vinimos al principio después de que la encontrara el perro, no había ninguna huella en absoluto.”

“¿Ni siquiera las suyas?”, preguntó Jessie, empezando a entenderlo.

“No”, respondió Hernández.

“¿Qué quiere decir eso?”, preguntó Trembley, que todavía no lo captaba.

Hernández se lo explicó.

“Quiere decir que, o esta lujosa moqueta tiene una capacidad sin precedentes para volver a su estado natural o alguien pasó la aspiradora después de los hechos para ocultar la existencia de otras huellas que no fueran las de Victoria”.

“Eso es interesante”, dijo Jessie, impresionada por la atención al detalle del detective Hernández. Ella estaba orgullosa de saber leer a la gente, pero jamás hubiera captado un detalle físico como este. Eso le recordó que este era el hombre que había contribuido de manera importante a la captura de Bolton Crutchfield y de que no debía menospreciar sus habilidades. Podía aprender mucho de él.

“¿Encontraste una aspiradora?”, preguntó Trembley.

“No por aquí cerca”, dijo Hernández. “Pero los agentes la están buscando en la casa principal”.

“Es difícil de imaginar que alguno de los Missinger realizara mucho trabajo de limpieza”, dedujo Jessie. “Me pregunto si saben siquiera donde se guarda la aspiradora. ¿Puedo asumir que tienen una asistenta?”.

“Sin duda, así es”, dijo Hernández. “Se llama Marisol Méndez. Por desgracia, está fuera de la ciudad toda la semana, aparentemente de vacaciones en Palm Springs”.

“Así que la asistenta está descartada”, dijo Trembley. “¿Hay alguien más que trabaje por aquí? Deben de tener un montón de empleados”.

“No tantos como puedas creer”, dijo Hernández. “Su jardín es mayormente resistente a la sequía, así que solo tienen a un jardinero que viene un par de veces al mes para su mantenimiento. Tienen una compañía de mantenimiento de piscinas y Missinger dice que viene alguien una vez por semana, los jueves”.

“Entonces, ¿con quién nos deja eso?”, preguntó Trembley, temeroso de decir la respuesta obvia en voz alta por miedo a ser demasiado obvio.

“Nos deja con la misma persona con la que empezamos”, dijo Hernández, sin miedo a decir lo que estaba pensando. “El marido”.

“¿Tiene coartada?”, preguntó Jessie.

“Eso es exactamente lo que vamos a averiguar”, respondió Hernández al tiempo que sacaba su radio y hablaba por el aparato. “Nettles, haz que lleven a Missinger a comisaría para interrogarle. No quiero que nadie más le haga ninguna pregunta hasta que le tengamos en la sala de interrogatorios”.

“Lo siento, detective”, respondió una voz tímida y aprensiva por la radio. “Pero ya lo ha hecho alguien más. Está de camino ahora mismo”.

“Maldita sea”, juró Hernández mientras apagaba la radio. “Tenemos que irnos ahora mismo”.

“¿Cuál es el problema?”, preguntó Jessie.

“Quería estar allí esperando cuando Missinger llegara a comisaría—para ser el policía amable, su salvavidas, su confidente. Pero si llega allí primero y ve todos esos uniformes azules, las armas, y las luces fluorescentes, se va a asustar y a exigir ver a su abogado antes de que pueda hacerle ninguna pregunta. Cuando eso suceda, no sacaremos nada útil de él”.

“Entonces será mejor que nos demos prisa”, dijo Jessie, pasándole de largo y saliendo por la puerta.




CAPÍTULO OCHO


Cuando llegaron a la estación, Missinger ya llevaba allí diez minutos. Hernández había llamado por adelantado y le había ordenado al sargento de guardia que le pusiera en la sala para familias, que estaba destinada para las víctimas de delitos y las familias de los fallecidos. Era un poco menos clínica que el resto de la comisaría, con un par de viejos sofás, algunas cortinas en las ventanas, y unas cuantas revistas de meses anteriores sobre la mesa del café.

Jessie, Hernández, y Trembley se apresuraron hasta llegar a la puerta de la sala para familias, donde había un agente muy alto montando la guardia afuera.

“¿Cómo está él?”, preguntó Hernández.

“Está bien. Desgraciadamente, exigió ver a su abogado en el segundo que entró por la puerta”.

“Genial”, espetó Hernández. “¿Cuánto tiempo lleva esperando para hacer la llamada?”.

“Ya la ha hecho, señor”, dijo el agente, moviéndose con incomodidad.

“¿Qué? ¿Quién le dejó hacer eso?”.

“Yo lo hice, señor. ¿No se supone que debía hacerlo?”.

“¿Cuánto tiempo llevas en el cuerpo, agente… Beatty?”, preguntó Hernández, mirando la placa con su nombre sobre la camisa del agente.

“Casi un mes, señor”.

“Muy bien, Beatty”, dijo Hernández, tratando obviamente de controlar su frustración. “No hay nada que hacer al respecto ahora. Pero, en el futuro, no tienes por qué darle un teléfono de inmediato a un potencial sospechoso en el segundo que te lo pida. Le puedes poner en una sala y decirle que vas a encargarte de ello. ‘Encargarte de ello’ puede llevarte unos minutos, quizá hasta una hora o dos. Es una táctica para darnos tiempo a preparar una estrategia y mantener al sospechoso desconcertado. ¿Puedes intentar recordar eso en el futuro?”.

“Sí, señor”, dijo Beatty tímidamente.

“De acuerdo. Por ahora, llévalo a una sala abierta de interrogatorios. Seguramente no tenemos mucho tiempo antes de que llegue aquí su abogado, pero me gustaría utilizar lo que tenemos para al menos conocer un poco al tipo. Y Beatty, cuando le traslades, no respondas a ninguna de sus preguntas. Simplemente ponle en la sala y lárgate, ¿entendido?”.

“Sí, señor”.

Mientras Beatty iba a la sala para familias para recoger a Missinger, Hernández llevó a Jessie y Trembley a la sala de descanso.

“Vamos a darle un minuto para que se acomode”, dijo Hernández. “Vamos a entrar Trembley y yo. Jessie, deberías observar desde detrás del espejo. Es demasiado tarde para hacerle preguntas de peso, pero podemos intentar establecer algún tipo de conexión con él. No tiene que decirnos nada, pero nosotros podemos decir mucho. Y eso puede surtir un efecto en él. Necesitamos que se sienta lo más inseguro posible antes de que llegue su abogado y empiece a hacerle sentir cómodo. Necesitamos meter esas dudas persistentes en su cabeza, para que se pregunte si somos mejores aliados que el abogado de su firma de lujo. No tenemos mucho tiempo para hacerlo, así que vamos a entrar”.

Jessie se fue a la sala de observación y tomó asiento. Era su primera oportunidad de echarle un vistazo a Michael Missinger, que estaba de pie en una postura algo incómoda en una esquina. Si acaso, era todavía más atractivo de lo que lo había sido su mujer. Hasta a las 3 de la madrugada, vestido con vaqueros y una sudadera que debía haberse puesto en el último minuto, parecía que acabara de salir de una sesión de fotos.

Su cabello corto, aclarado por el sol, estaba lo bastante desgreñado como para no resultar pretencioso, pero no tanto como para parecer desaliñado. Tenía la piel bronceada a trozos, pero blanca en otros, el síntoma de un surfista habitual.

Era alto y delgado, con el aspecto de alguien que no tenía que esforzarse mucho para ser así. El enrojecimiento y la hinchazón de sus ojos azules—seguramente debidos al llanto—no los hacía menos hermosos. Jessie debía admitir, en contra de su mejor juicio, que, si se le hubiera acercado este tipo en el bar anoche, no hubiera sido tan arrogante con él. Hasta su movimiento nervioso de un pie al otro resultaba extremadamente cautivador.

Tras unos cuantos segundos, entraron Hernández y Trembley. Ellos parecían menos impresionados.

“Tome asiento, señor Missinger”, dijo Hernández, en un tono que hizo que la instrucción sonara hasta cálida. “Ya sabemos que ha pedido que venga su abogado, y está bien. Por lo que tengo entendido, ya está de camino. Entretanto, queríamos informarle sobre dónde estamos con nuestra investigación. Deje que empiece ofreciéndole mi pésame por su pérdida”.

“Gracias”, dijo Missinger con una voz ligeramente cascada que Jessie no supo decidir si era permanente o el resultado de los sustos de la noche.

“Todavía no sabemos si se cometió algún delito”, continuó Hernández, sentándose delante de él. “Pero creo tener entendido que le dijo a uno de nuestros agentes que Victoria era extremadamente experta a la hora de regular su enfermedad y que no puede recordar ningún incidente de este tipo en el pasado”.

“Yo…”, comenzó Missinger.

“No tiene por qué responder, señor Missinger”, le interrumpió Hernández. “No quiero que me acusen de violar sus derechos Miranda, que entiendo le han sido leídos, ¿correcto?”.

“Sí”.

“Por supuesto, todo eso es lo habitual. Y aunque lo cierto es que no le consideramos un sospechoso, está en todo su derecho de solicitar un abogado. Sin embargo, desde nuestra perspectiva, estamos tratando de movernos lo más rápido posible para llegar al fondo de este asunto. Es algo urgente, así que cuantos más detalles podamos confirmar, como el que ha contado sobre la experiencia de Victoria con la automedicación, menos posibilidades tenemos de seguir pistas vacías. ¿Tiene sentido eso?”.

Missinger asintió. Trembley se quedó de pie en silencio a un lado, como si no estuviera seguro de si debía intervenir o cuándo hacerlo.

“Entonces”, continuó Hernández, “también sencillamente como confirmación, dijo que su asistenta, Marisol, está de vacaciones esta semana en Palm Springs. Le dio su número de celular a un agente y creo que estamos intentando ponernos en contacto con ella. A propósito, sin responder formalmente, si le parece que estoy diciendo algo inexacto, quizá podía hacérmelo saber. No hay necesidad de responder a ninguna pregunta, por supuesto. Solo póngame en la dirección correcta si me desvío del camino. ¿Le parece justo?”.

“Sí”, acordó Missinger.

“Estupendo. Estamos haciendo progresos. Sabemos que intentó contactar con Victoria varias veces en el transcurso de la tarde y que ella no le respondió. Por lo que tengo entendido fue ayer a última hora de la tarde, cuando vino a casa para recogerla para una cena que habían reservado y encontró allí su coche pero no a ella, cuando se preocupó lo suficiente como para llamar a la policía. Si me estoy equivocando con algo de esto, simplemente toque la mesa con su dedo o algo así para hacérmelo saber”.

Hernández continuó repasando el resto de los hechos, pero Jessie solo estaba escuchando a medias. Había percibido algo durante el último intercambio y se preguntaba si lo que había visto era real o imaginario. Justo en el momento que Hernández había dicho “en el transcurso de la tarde,” Michael Missinger había temblado ligeramente, casi como un reflejo. No cuando Hernández había dicho “intentó contactar con ella”. Ni cuando dijo “ella no le contestó”. Solamente al oír las palabras “en el transcurso de la tarde”.




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