Un Canto Fúnebre para Los Príncipes 
Morgan Rice


Un Trono para Las Hermanas #4
La imaginación de Morgan Rice no tiene límites. En una serie que promete ser tan entretenida como las anteriores, UN TRONO PARA LAS HERMANAS nos presenta la historia de dos hermanas (Sofía y Catalina), huérfanas, que luchan por sobrevivir en el cruel y desafiante mundo de un orfanato. Un éxito inmediato. ¡Casi no puedo esperar a hacerme con el segundo y tercer libros! Books and Movie Reviews (Roberto Mattos) De la #1 en ventas Morgan Rice viene una nueva e inolvidable serie de fantasía. En UN CANTO FÚNEBRE PARA LOS PRÍNCIPES (Un trono para las hermanas-Libro cuatro), Sofía, de 17 años, lucha por su vida, intentando recuperarse de la herida que le dejó Lady d’Angelica. ¿Bastarán los nuevos poderes de su hermana Catalina para revivirla?El barco zarpa con las hermanas hacia las lejanas y exóticas tierras de su tío, su última esperanza y el único vínculo conocido con sus padres. Pero el viaje es traicionero y, aunque lo encuentren, las hermanas no saben si su bienvenida será acogedora u hostil. Catalina, comprometida con la bruja, se encuentra en una situación cada vez más desesperante – hasta que conoce a una hechicera que podría tener el secreto para su libertad. Sebastián vuelve a la corte, con el corazón roto, desesperado por saber si Sofía está viva. Cuando su madre le obliga a casarse con Lady d’Angelica, sabe que ha llegado el momento de arriesgarlo todo. UN CANTO FÚNEBRE PARA LOS PRÍNCIPES (Un trono para las hermanas-Libro cuatro) es el cuarto libro de una nueva y sorprendente serie de fantasía llena de amor, desamor, tragedia, acción, aventura, magia, espadas, brujería, dragones, destino y un emocionante suspense. Un libro que no podrás dejar, lleno de personajes que te enamorarán y un mundo que nunca olvidarás. ¡El libro#5 de la serie ya está disponible!  poderoso principio para una serie  mostrará una combinación de enérgicos protagonistas y desafiantes circunstancias para implicar plenamente no solo a los jóvenes adultos, sino también a admiradores de la fantasía para adultos que buscan historias épicas avivadas por poderosas amistades y rivales. Midwest Book Review (Diane Donovan)







UN CANTO FÚNEBRE PARA LOS PRÍNCIPES



(UN TRONO PARA LAS HERMANAS – LIBRO 4)



MORGAN RICE


Morgan Rice



Morgan Rice tiene el #1 en éxito de ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HECHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de doce libros; de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspense post-apocalíptica compuesta de tres libros; de la serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS, compuesta de seis libros; y de la nueva serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas.



A Morgan le encanta escucharte, así que, por favor, visita www.morganrice.books (http://www.morganrice.books/) para unirte a la lista de correo, recibir un libro gratuito, recibir regalos, descargar la app gratuita, conocer las últimas noticias, conectarte con Facebook o Twitter ¡y seguirla de cerca!


Algunas opiniones sobre Morgan Rice



«Si pensaba que no quedaba una razón para vivir tras el final de la serie EL ANILLO DEL HECHICERO, se equivocaba. En EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES Morgan Rice consigue lo que promete ser otra magnífica serie, que nos sumerge en una fantasía de trols y dragones, de valentía, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un conjunto de personajes que nos gustarán más a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores que disfrutan de una novela de fantasía bien escrita».

--Books and Movie Reviews

Roberto Mattos



«Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más».

--The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones)



«Una animada fantasía que entrelaza elementos de misterio e intriga en su trama. La senda de los héroes trata sobre la forja del valor y la realización de un propósito en la vida que lleva al crecimiento, a la madurez, a la excelencia… Para aquellos que buscan aventuras fantásticas sustanciosas, los protagonistas, las estrategias y la acción proporcionan un fuerte conjunto de encuentros que se centran en la evolución de Thor desde que era un niño soñador hasta convertirse en un joven adulto que se enfrenta a probabilidades de supervivencia imposibles… Solo el comienzo de lo que promete ser una serie épica para jóvenes adultos».

--Midwest Book Review (D. Donovan, eBook Reviewer)



«EL ANILLO DEL HECHICERO tiene todos los ingredientes para ser un éxito inmediato: conspiraciones, tramas, misterio, caballeros valientes e incipientes relaciones repletas de corazones rotos, engaño y traición. Lo entretendrá durante horas y satisfará a personas de todas las edades. Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores del género fantástico».

-Books and Movie Reviews, Roberto Mattos

«En este primer libro lleno de acción de la serie de fantasía épica El anillo del hechicero (que actualmente cuenta con 14 libros), Rice presenta a los lectores al joven de 14 años Thorgrin “Thor” McLeod, cuyo sueño es alistarse en la Legión de los Plateados, los caballeros de élite que sirven al rey… La escritura de Rice es de buena calidad y el argumento intrigante».

--Publishers Weekly


Libros de Morgan Rice



EL CAMINO DE ACERO

SOLO LOS DIGNOS (Libro #1)



UN TRONO PARA LAS HERMANAS

UN TRONO PARA LAS HERMANAS (Libro #1)

UNA CORTE PARA LOS LADRONES (Libro #2)

UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS (Libro #3)

UN CANTO FÚNEBRE PARA LOS PRÍNCIPES (Libro #4)

UNA JOYA PARA LA REALEZA (Libro #5)



DE CORONAS Y GLORIA

ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1)

CANALLA, PRISIONERA, PRINCESA (Libro #2)

ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #3)

REBELDE, POBRE, REY (Libro #4)

SOLDADO, HERMANO, HECHICERO (Libro #5)

HÉROE, TRAIDORA, HIJA (Libro #6)

GOBERNANTE, RIVAL, EXILIADO (Libro #7)

VENCEDOR, DERROTADO, HIJO (Libro #8)



REYES Y HECHICEROS

EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1)

EL DESPERTAR DEL VALIENTE (Libro #2)

EL PESO DEL HONOR (Libro #3)

UNA FORJA DE VALOR (Libro #4)

UN REINO DE SOMBRAS (Libro #5)

LA NOCHE DE LOS VALIENTES (Libro #6)



EL ANILLO DEL HECHICERO

LA SENDA DE LOS HÉROES (Libro #1)

UNA MARCHA DE REYES (Libro #2)

UN DESTINO DE DRAGONES (Libro #3)

UN GRITO DE HONOR (Libro #4)

UN VOTO DE GLORIA (Libro #5)

UNA POSICIÓN DE VALOR (Libro #6)

UN RITO DE ESPADAS (Libro #7)

UNA CONCESIÓN DE ARMAS (Libro #8)

UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9)

UN MAR DE ARMADURAS (Libro #10)

UN REINO DE ACERO (Libro #11)

UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12)

UN MANDATO DE REINAS (Libro #13)

UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14)

UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15)

UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16)

EL DON DE LA BATALLA (Libro #17)



LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA

ARENA UNO: TRATANTES DE ESCLAVOS (Libro #1)

ARENA DOS (Libro #2)

ARENA TRES (Libro #3)



VAMPIRA, CAÍDA

ANTES DEL AMANECER (Libro #1)



EL DIARIO DEL VAMPIRO

TRANSFORMACIÓN (Libro #1)

AMORES (Libro #2)

TRAICIONADA(Libro #3)

DESTINADA (Libro #4)

DESEADA (Libro #5)

COMPROMETIDA (Libro #6)

JURADA (Libro #7)

ENCONTRADA (Libro #8)

RESUCITADA (Libro #9)

ANSIADA (Libro #10)

CONDENADA (Libro #11)

OBSESIONADA (Libro #12)


¿Sabías que he escrito múltiples series? ¡Si no has leído todas mis series, haz clic en la imagen de abajo para descargar el principio de una serie!






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Derechos Reservados © 2018 por Morgan Rice. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de EE.UU. de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida en forma o medio alguno ni almacenada en una base de datos o sistema de recuperación de información, sin la autorización previa de la autora. Este libro electrónico está disponible solamente para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido ni regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, tiene que adquirir un ejemplar adicional para cada uno. Si está leyendo este libro y no lo ha comprado, o no lo compró solamente para su uso, por favor devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta escritora. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es totalmente una coincidencia.


ÍNDICE



CAPÍTULO UNO (#u750e023a-d2ab-5dcd-9ae6-5025d248fd88)

CAPÍTULO DOS (#u05f3d5d8-04db-51a5-9d13-3e82a06a83c0)

CAPÍTULO TRES (#udc6b80e4-25d8-5ba6-9a64-f81a55c42e6e)

CAPÍTULO CUATRO (#u09fb17d8-923e-5195-a94e-2e16197c0672)

CAPÍTULO CINCO (#u226b36f1-71ef-5b68-947a-0af81a9c0404)

CAPÍTULO SEIS (#u293a3eaa-9ca7-53bf-9552-95fb9638a658)

CAPÍTULO SIETE (#u49804196-f941-54d7-a037-377663727906)

CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)




CAPÍTULO UNO


Catalina corría a toda velocidad por los muelles de los que Finnael le había hablado, avanzando más rápido de lo que nadie podría haberlo hecho, rezando por llegar a tiempo. La imagen de su hermana tumbada, pálida y muerta la perseguía, empujándola a avanzar con toda la velocidad que sus poderes podían proporcionarle. Sofía no podía estar muerta.

No podía estarlo.

Catalina vio que los soldados reales estaban reunidos ahora alrededor de su líder allá abajo en el pueblo. En otra ocasión, Catalina podría haberse detenido a luchar contra ellos, simplemente por el daño que la Viuda había hecho durante su vida. Ahora, sin embargo, no había tiempo. Fue corriendo hacia los barcos, intentando identificar en el que había estado Sofía en su visión.

Lo vio más adelante, una embarcación con doble mástil con un caballito de mar como proa. Fue corriendo hacia él, dio un brinco mientras se acercaba para saltar la barandilla y fue a parar suavemente sobre la cubierta del barco. Vio que los marineros la miraban fijamente, algunos de ellos echando mano de las armas. Si habían hecho algo para hacer daño a su hermana, mataría hasta al último de ellos.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó, vociferando sus palabras.

Tal vez reconocieron su parecido, a pesar de que Catalina era más bajita y más musculosa que su hermana y llevaba el pelo cortado como un chico. Sin decir nada, señalaron hacia el camarote que había en la parte posterior del barco.

Mientras iba hecha una furia hacia allí, vio a un hombre grande, que se estaba quedando calvo y tenía barba, esforzándose por ponerse de pie.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó—. Rápido, creo que mi hermana está en peligro.

—¿Sofía es tu hermana? —dijo el hombre. Todavía parecía confundido por lo que fuera que lo había hecho caer—. Había un hombre… me golpeó. Tu hermana está en el camarote.

Catalina no lo dudó. Fue hacia el camarote y le dio una patada tan fuerte a la puerta para abrirla que la hizo astillas.

Vio un gato del bosque en un rincón, grande, con el pelo gris, que gruñía suavemente. Allí vio a Sebastián, arrodillado con un puñal en las manos, empapado de sangre casi hasta las muñecas. Estaba llorando mientras gritaba, pero eso no significaba nada. Un hombre podía llorar de arrepentimiento, o de culpa con la misma facilidad que cualquier otra cosa.

En el suelo, a su lado, Catalina vio a Sofía tumbada, inmóvil como un cadáver, con la carne tan gris como en la visión que Catalina había visto. En el suelo, a su lado, había un charco de sangre y en su pecho una herida que solo podía proceder de un arma.

—Está muerta, Catalina —dijo Sebastián, mirando hacia ella—. Está muerta.

—El que está muerto eres tú —vociferó Catalina. Ya le había dicho una vez a Sebastián que no podía perdonar el modo en que había hecho daño a Sofía. Pero esto iba más allá de cualquier cosa que hubiera hecho antes. Había intentado asesinar a su hermana. Entonces la rabia se apoderó de Catalina y salió disparada hacia delante.

Golpeó a Sebastián, apartándolo de su hermana. Él rodó por el suelo y se levantó, con el cuchillo todavía en la mano.

—Catalina, no quiero hacerte daño.

—¿Igual que le hiciste a mi hermana?

Catalina le dio una patada en la barriga, lo agarró por el brazo y lo retorció hasta que el cuchillo cayó haciendo ruido al suelo. Él consiguió soltarse antes de que le rompiera la extremidad, pero Catalina todavía no había terminado con él.

—Catalina, yo no lo hice, yo…

—¡Eres un mentiroso! —Salió corriendo, lo agarró y lo empujó de nuevo a través de la puerta con velocidad y con la fuerza aumentada que le había dado la fuente. Salió de golpe a la luz con él, consiguió agarrarle las piernas a Sebastián y lo levantó.

Lo lanzó por el lateral del barco y él cayó en los muelles. Fue a parar allí de cabeza, cayendo sin fuerza e inconsciente.

Catalina quería saltar tras él. Quería matarlo. Pero no había tiempo. Tenía que volver con Sofía.

—Si despierta —le dijo Catalina al capitán—, mátalo.

—Lo haría ahora —dijo aquel hombre grande—, pero tengo que poner en marcha este barco.

Catalina vio que señalaba hacia donde los soldados reales se dirigían hacia el barco, avanzando con absoluta determinación.

—Haz lo que puedas —dijo Catalina—. Yo tengo que ayudar a mi hermana.

Volvió corriendo al camarote. Sofía todavía estaba demasiado inmóvil, demasiado ensangrentada. Catalina no veía que su pecho subiera y bajara. Solo el más débil de los destellos de pensamiento que había en su interior le dijo a Catalina que había algo de vida. Catalina se arrodilló a su lado, intentando calmarse, intentando recordar lo que el hechicero Finnael le había enseñado. Había devuelto la vida a una planta, dándole un verde exuberante, pero Sofía no era una planta, era la hermana de Catalina.

Catalina buscó en el lugar en su interior donde podía ver la energía que rodeaba las cosas, donde podía ver el tenue brillo dorado que se había debilitado hasta quedar en nada alrededor de Sofía. Ahora sentía esa energía y podía recordar la sensación que había tenido al sacarle la energía a la planta, pero arrancar energía no era lo que tenía que hacer ahora.

Tomó contacto, intentando encontrar toda la energía que podía. Entonces Catalina la sintió; la sintió más allá de los límites de la habitación, más allá de los estrechos límites que definían su propia carne.

Entonces lo notó, el instante de conexión fue tan enorme, tan abrumador, que Catalina pensaba que no podría mantenerlo. Era demasiado, pero si eso suponía salvar a Sofía, Catalina debía encontrar el modo de hacerlo. Agarró el poder que había a su alrededor…

…y notó que sentía el reino entero, cada vida, cada indicio de poder. Catalina podía sentir las plantas y los animales, la gente y las cosas que representaban poderes más antiguos y más extraños. Catalina podía sentirlo y sabía qué era la energía: era vida, era magia.

Tomó el poder con tanta delicadeza como pudo, en trozos de cien lugares. Catalina sintió un trozo de hierba ponerse marrón en las Vueltas, unas cuantas hojas caer de los árboles en las laderas de Monthys. Solo tomaba la mínima cantidad de cada lugar, pues no deseaba dañarlo más.

Aun así, parecía que estaba intentando contener una inundación. Catalina gritaba por el esfuerzo de intentar contenerlo todo, pero aguantaba. Tenía que hacerlo.

Catalina lo vertió sobre Sofía, intentando controlarlo todo, intentando obligarlo a hacer lo que ella quería. Con la planta simplemente había sido cuestión de añadir energía, pero ¿aquí funcionaría eso? Así lo esperaba Catalina, pues no estaba segura de saber lo suficiente sobre cómo curar heridas para hacer cualquier otra cosa. Le dio a Sofía la energía que había tomado prestada del mundo, reforzando la delgada línea dorada de su vida, intentando hacer de ella algo más.

Lentamente, tan lentamente que era casi imperceptible, Catalina vio que la herida empezaba a cerrarse. Continuó hasta que la carne que había allí estaba perfecta, pero todavía había más por hacer. No bastaba con tener un cadáver de aspecto perfecto. Continuó introduciendo energía dentro de su hermana, manteniendo la esperanza de que fuera suficiente.

Finalmente, vio que el pecho de Sofía empezaba a subir y bajar de nuevo. Su hermana estaba respirando por sí misma y, por primera vez, Catalina tuvo la sensación de que no iba a morir. Se llenó de alivio al pensar en eso. Sin embargo, Sofía no despertaba, sus ojos se mantenían cerrados independientemente de la energía que usara Catalina. Catalina no estaba segura de poder mantener la energía mucho más tiempo. La soltó y cayó de espaldas sobre cubierta agotada, como si acabara de correr doce leguas.

Entonces fue cuando oyó los gritos de pelea fuera del camarote. Catalina se esforzó por ponerse de pie, pero no era fácil. Aunque la energía para recuperar a Sofía no hubiera venido de ella, canalizarla había supuesto un esfuerzo. Catalina consiguió ponerse de pie, desenfundar la espada y dirigirse hacia la puerta.

Fuera, soldados con uniformes reales intentaban entrar a la fuerza en el barco, mientras los marineros luchaban por hacerlos retroceder. Vio que el capitán atacaba y derribaba a un hombre usando un cuchillo largo, mientras otro marinero empujaba a un hombre y lo hacía caer por la borda usando un podón. También vio que la estocada de la espada de un soldado mataba a un marinero, y a otro caer de espaldas al escucharse una pistola.

Catalina avanzó casi tambaleándose y consiguió embestir con un golpe de espada que alcanzó a un soldado en la axila, pero apenas consiguió bloquear un golpe de culata de un mosquete. Tropezó y el hombre se puso encima de ella, dando la vuelta al arma para apuntar con una bayoneta.

Entonces Catalina oyó un rugido y el gato del bosque saltó por encima de ella, estrellándose contra el hombre, desgarrándole el cuello con los dientes. La bestia rugió y saltó sobre otro y ahora los soldados dudaron y se echaron hacia atrás.

Catalina tuvo que arrodillarse allí para observarlo, pues estaba demasiado agotada para hacer más que eso. Cuando vio que uno de los soldados apuntaba con una pistola al gato, sacó un puñal y se lo lanzó por arriba. El arma salió disparada y él cayó del barco de espaldas.

Catalina vio que el gato saltaba por la borda, hacia los muelles y, un segundo más tarde, escuchó un grito cuando aquel atacó de nuevo.

—¡Que este barco salga al mar! —exclamó—. ¡Si nos quedamos aquí, estamos muertos!

Los marineros se pusieron en marcha de un salto y Catalina se esforzó para hacerlo, intentando rellenar el hueco. Algunos luchaban y eran como los defensores en un parapeto, empujando a los rivales que trepaban. El gato del bosque mordía y gruñía, saltaba sobre aquellos que intentaban subir a bordo a la fuerza, los golpeaba con fuerza con las garras y los apresaba con unos dientes afilados como agujas. Catalina no sabía cuándo su hermana había adquirido una compañía así, pero era verdaderamente fiel –y mortífera.

Si hubiera tenido toda su fuerza, podría haberse enfrentado a los soldados ella sola, avanzando entre ellos, corriendo y matando. Tal y como estaban las cosas, apenas podía reunir la energía para abatirlos junto a los marineros. Estos apartaban a Catalina, como si intentaran protegerla de la lucha. Ella solo quería que se concentraran en alejar el barco de los muelles.

El barco empezó a moverse lentamente. Los marineros usaban remos y varas largas para empujar y Catalina notó el movimiento en cubierta por sus esfuerzos. Un soldado dio un brinco hacia el barco, pero se quedó corto y cayó entre el barco y los muelles.

Allá abajo, Catalina veía que el gato del bosque todavía estaba gruñendo y matando, acorralado por los soldados. Catalina sospechaba que su hermana no querría que su compañero fuera abandonado y, en cualquier caso, el gato del bosque los había salvado. No podía dejarlo.

—Tienes que subir a bordo —exclamó, y después se dio cuenta de que era una estupidez esperar que lo comprendiera. En su lugar, reunió el poco poder que le quedaba, envolviendo la necesidad de subir a bordo con una imagen del barco marchándose y se lo lanzó a la criatura.

Este giró la cabeza, olfateó una vez el aire y brincó hacia el barco. Catalina vio que contraía los músculos y después saltaba. Clavó sus garras en la madera del barco mientras subía por la borda y, a continuación, se quedó en la barandilla, apretando su cabeza contra la mano de Catalina y ronroneando.

Catalina tropezó hacia atrás y sintió la firmeza de un mástil en su espalda. Prácticamente se deslizó hasta quedar sentada en cubierta, pues ya no tenía fuerza para estar de pie. Pero eso ya no importaba. Ya estaban a buena distancia de los muelles, solo algunos disparos aislados marcaban la presencia de sus atacantes allí.

Lo habían conseguido. Estaban a salvo y Sofía estaba viva.

Al menos por ahora.




CAPÍTULO DOS


Cuando Sebastián despertó, tenía dolor. Un dolor completo y total. Parecía rodearlo, palpitar dentro de él, absorbiendo cada fragmento de su ser. Sentía el sufrimiento palpitante en el cráneo, donde se había golpeado al caer, pero había otro dolor repetitivo, que le machacaba las costillas mientras alguien intentaba despertarlo a patadas.

Alzó la vista y vio que Ruperto lo estaba mirando posiblemente desde el único ángulo desde el cual su hermano no parecía un modelo de príncipe dorado. Desde luego, su expresión no encajaba con ese modelo, pues parecía que, si se hubiera tratado de otra persona, le habría cortado el cuello alegremente. Sebastián gemía de dolor, sintiendo que el impacto le podría haber roto las costillas.

—¡Despierta, idiota inútil! —dijo bruscamente Ruperto. Sebastián oyó la rabia y la frustración en ello.

—Estoy despierto —dijo Sebastián. Incluso él podía oír que las palabras eran cualquier cosa menos claras. Más dolor se apoderó de él, junto con una especie de vaga confusión que daba la sensación de que le habían golpeado en la cabeza con un martillo. No, con un martillo no; con el mundo entero—. ¿Qué pasó?

—Una chica te arrojó desde un barco, eso es lo que pasó —dijo Ruperto.

Sebastián sintió que su hermano lo agarraba con dureza mientras tiraba de él para ponerlo de pie. Cuando Ruperto lo soltó, Sebastián se tambaleó y casi cayó de nuevo, pero consiguió sujetarse a tiempo. Ninguno de los soldados que había a su alrededor se movió para ayudar pero, al fin y al cabo, eran los hombres de Ruperto y probablemente le tenían poca estima a Sebastián después de que escapara de ellos.

—Ahora te toca a ti contarme qué sucedió —dijo Ruperto—. Recorrí esta aldea de un extremo al otro y, por fin, me dijeron que ese era el barco que iba a tomar tu amada. —Hizo que sonara como una palabrota—. Ya que te arrojó una chica con su misma apariencia…

—Su hermana, Catalina —dijo Sebastián, recordando la velocidad con la que Catalina lo había empujado fuera del camarote, la rabia con la que lo había lanzado. Había querido matarlo. Había pensado que él había…

Entonces lo recordó, y esa imagen bastó para que se detuviera, quedándose allí de pie en blanco, sin capacidad de reacción, a pesar de que Ruperto decidiera que sería una buena idea darle una bofetada. Ese dolor parecía una pizca más que se añadía a una montaña. Incluso los moratones de cuando Catalina lo había arrojado parecían nada con la herida en carne viva y dolorosa que amenazaba con abrirse y apoderarse de él en cualquier momento.

—Dije que qué pasó con la chica que te engañó para convertirse en tu prometida —exigió Ruperto—. ¿Estaba allí? ¿Escapó con los demás?

—¡Está muerta! —dijo Sebastián bruscamente sin pensar—. ¿Es eso lo que quieres oír, Ruperto? ¡Sofía está muerta!

Parecía que la estaba viendo de nuevo, viéndola pálida y sin vida en el suelo del camarote, con un charco de sangre a su alrededor, la herida de su pecho llena por un puñal tan fino y afilado que podría haber sido una aguja. Podía recordar lo inmóvil que estaba Sofía, sin un ápice de movimiento que marcara su respiración, sin un resto de aire en su oreja cuando él lo había comprobado.

Incluso había sacado el puñal, con la estúpida esperanza instintiva de que eso mejoraría las cosas, a pesar de que sabía que las heridas no se enmendaban tan fácilmente. Lo único que había hecho era ensanchar el charco de sangre, cubrirse las manos con ella y convencer a Catalina de que había asesinado a su hermana. Visto así, era un milagro que solo lo hubiera arrojado del barco y no lo hubiera descuartizado.

—Por lo menos hiciste una cosa bien matándola —dijo Ruperto—. Puede que esto ayude a que Madre te perdone por escapar de esta manera. Debes recordar de que tú solo eres el hermano de repuesto, Sebastián. El responsable. No puedes permitirte enojar a Madre de esta manera.

En ese momento, Sebastián sintió indignación. Indignación porque su hermano pensara que él podría haber hecho daño a Sofía. Indignación porque viera el mundo de esa manera. Indignación, sinceramente, por ser familia de alguien que veía el mundo como su juguete, donde todos los demás estaban en un nivel inferior, para satisfacer los papeles que él les encargara.

—Yo no maté a Sofía —dijo Sebastián—. ¿Cómo pudiste pensar que yo podía hacer algo así?

Ruperto lo miró con evidente sorpresa, antes de que su gesto cambiara a uno de decepción.

—Y yo que pensaba que al final habías tenido agallas —dijo—. Que realmente habías decidido ser el príncipe responsable que finges ser y te habías deshecho de la zorra. Debería haber sabido que todavía serías completamente inútil.

Entonces Sebastián se lanzó sobre su hermano. Se estrelló contra su hermano y los dos fueron a parar a los listones de madera de cubierta. Sebastián se puso encima, agarró a su hermano y le dio un puñetazo.

—¡No hables así de Sofía! ¿No te basta con que ya no esté?

Ruperto daba sacudidas y se retorcía debajo de él, se puso encima un momento y le dio un puñetazo. Continuaron dando vueltas por el ímpetu de la pelea y Sebastián sintió el borde del muelle contra su espalda en el instante antes de que él y Ruperto cayeran al agua.

Se cerró sobre ellos mientras luchaba, se agarraban por el cuello el uno al otro casi por instinto. A Sebastián no le importaba. No le quedaba nada por lo que vivir, no ahora que Sofía no estaba. Tal vez si acababa tan frío y muerto como ella, habría una oportunidad de que se reencontraran en lo que fuera que hubiera más allá de la máscara de la muerte. Podía sentir que Ruperto le daba patadas, pero Sebastián apenas percibía el toque extra de dolor.

Entonces sintió unas manos que lo cogían y lo sacaban del agua. Debería haber sabido que los hombres de Ruperto intervendrían para salvar a su príncipe. Sacaron a Sebastián y a Ruperto por sus brazos y por su ropa, tirando de ellos hasta tierra firme y prácticamente sujetándolos mientras el agua fría los calaba.

—Soltadme —exigió Ruperto—. No, sujetadle a él.

Sebastián sintió que le apretaban los brazos con las manos, inmovilizándolo. Entonces su hermano le golpeó fuerte en la barriga, de manera que Sebastián se hubiera doblado de dolor si los soldados no hubieran estado sujetándolo. Vio el momento en el que su hermano desenfundó un cuchillo, este era curvado y con el filo muy afilado: un cuchillo de cazador; un cuchillo para despellejar.

Notó el corte de aquel filo cuando Ruperto lo apretó contra su cara.

—¿Piensas que vas a poder atacarme? He cabalgado desde el otro lado del reino por tu culpa. Tengo frío, estoy mojado y mi ropa está hecha trizas. Quizás también debería estarlo tu cara.

Sebastián sintió una gota de sangre bajo la presión de ese filo. Ante su sorpresa, uno de los soldados dio un paso adelante.

—Su Alteza —dijo, la deferencia en su tono evidente—. Sospecho que la Viuda no desearía que permitiéramos que cualquiera de sus hijos resultara herido.

Sebastián sintió que Ruperto se quedaba peligrosamente quieto y, por un instante, pensó que lo haría de todos modos. En su lugar, apartó el cuchillo, escondiendo su rabia tras la máscara de urbanidad que normalmente la ocultaba.

—Sí, tienes razón, soldado. No querría que Madre se enojara porque yo he… dado un paso en falso.

Era un término muy benigno para usar cuando había estado hablando de cortarle la cara a trozos a Sebastián hacía solo unos instantes. El hecho de que pudiera cambiar de esa manera confirmaba casi todo lo que Sebastián había oído decir sobre él. Siempre había intentado ignorar las historias, pero era como si hubiera visto al verdadero Ruperto tanto aquí como antes, cuando había torturado al jardinero en la casa abandonada.

—Quiero reservar toda la ira de Madre para ti, hermanito —dijo Ruperto. Esta vez no golpeó a Sebastián, simplemente le dio una palmadita en el hombro de un modo fraternal que sin duda era fingido—. Escapar de esta manera, pelear contra sus soldados. Matar a uno de ellos.

Casi demasiado rápido como para seguirlo, Sebastián se giró y apuñaló al que había planteado la objeción en el cuello. El hombre cayó, agarrándose la herida, su gesto de conmoción casi igualaba al de los que lo rodeaban.

—Vamos a hablar claro —dijo Ruperto, con una voz peligrosa—. Yo soy el príncipe de la corona y estamos muy lejos de la Asamblea de los Nobles, con sus normas y sus intentos por reprimir a sus superiores. ¡Aquí no se me cuestionará! ¿Entendido?

Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, rápidamente hubiera sido derribado por los otros soldados. En cambio, los hombres murmuraron su acuerdo a coro, todos ellos parecían saber que cualquiera que matara a un príncipe del linaje sería el responsable de reavivar las guerras civiles.

—No te preocupes —dijo Ruperto, limpiando el cuchillo—. Bromeaba acerca de cortarte la cara. Ni tan solo diré que mataste a este hombre. Murió en la pelea del barco. Ahora, dame las gracias.

—Gracias —dijo Sebastián en un tono monótono, pero solo porque imaginaba que esta era la mejor manera de evitar más violencia.

—Además, creo que Madre creerá una historia sobre tu incompetencia antes que una sobre ti como asesino —dijo Ruperto—. El hijo que escapó, no pudo llegar a tiempo, perdió a su querida y una chica le dio una paliza.

Sebastián podría haberse lanzado hacia delante de nuevo, pero los soldados todavía lo estaban sujetando con fuerza, como si esperaran exactamente eso. Tal vez, de algún modo, incluso lo estaban haciendo para protegerlo.

—Sí —dijo Ruperto—, te queda mucho mejor el papel trágico que el del odio. Ahora mismo, pareces la misma imagen del dolor.

Sebastián sabía que su hermano nunca comprendería esa verdad. Nunca comprendería el auténtico dolor que le consumía el corazón, mucho peor que cualquiera de los dolores de sus moratones. Nunca comprendería el dolor por perder a alguien a quien él amaba, pues Sebastián estaba seguro de que no quería a nadie excepto a sí mismo.

Sebastián había amado a Sofía y ahora que ya no estaba empezaba a comprender cuánto, simplemente al ver cuánto de su mundo se le había arrebatado desde los instantes en los que la había visto tan inmóvil y sin vida, bella incluso muerta. Se sentía como una de esas cosas que se arrastran en las viejas historias, vacías con excepción de la carcasa de carne que rodea su dolor.

La única razón por la que no lloraba era porque se sentía demasiado vacío para hacer incluso eso. Bueno, por eso y porque no quería darle a su hermano la satisfacción de verlo dolido. Ahora mismo, incluso hubiera agradecido que Ruperto lo hubiera matado, pues por lo menos eso hubiera puesto fin a la infinita prolongación de dolor que parecía extenderse a su alrededor.

—Es hora de que regreses a casa —dijo Ruperto—. Puedes estar allí mientras yo informo a nuestra madre de todo lo que ha pasado. Me envió para que te trajera de vuelta, así que eso es lo que voy a hacer. Te ataré a un caballo si es necesario.

—No tendrás que hacerlo —dijo Sebastián—. Iré yo.

Lo dijo en voz baja, pero aun así, bastó para que su hermano sonriera triunfante. Ruperto pensaba que había ganado. Lo cierto era que a Sebastián sencillamente no le preocupaba. Ya no le importaba. Esperó a que uno de los soldados le trajera un caballo, montó y le dio un taconazo para que avanzara con paso firme.

Volvería a casa, a Ashton, y sería el tipo de príncipe que su familia quisiera que fuera. Nada de esto cambiaría nada.

Nada lo hacía, ahora que Sofía estaba muerta.




CAPÍTULO TRES


Cora estuvo más que agradecida cuando el suelo empezó a allanarse de nuevo. Parecía que Emelina y ella habían estado andando durante una eternidad, aunque su amiga no dejaba ver su esfuerzo.

—¿Cómo puedes continuar andando como si no estuvieras cansada? —preguntó Cora, mientras Emelina continuaba avanzando—. ¿Es magia o algo así?

Emelina miró hacia atrás.

—No es magia, solo es que… pasé la mayor parte de mi vida en las calles de Ashton. Si mostrabas que eras débil, la gente encontraba maneras de abusar de ti.

Cora intentó imaginarlo, vivir en un lugar donde hubiera probabilidad de violencia cada vez que alguien mostrara debilidad. Pero se dio cuenta de que no hacía falta que lo imaginara.

—En el palacio, era Ruperto o sus compinches —dijo—, o las chicas nobles que pensaban que podían tratarte mal solo porque estaban enfadadas por alguna otra cosa.

Vio que Emelina inclinaba la cabeza a un lado.

—Yo hubiera pensado que en el palacio era mejor —dijo—. Al menos no tenías que evitar a las bandas o a los que buscaban esclavos. No tenías que pasar las noches resguardada en carboneras para que nadie te encontrara.

—Porque ya tenía un contrato —puntualizó Cora—. Ni tan solo tenía una cama dentro de palacio. Daban por sentado que encontraría un rincón en el que dormir. Eso o que algún noble me querría en su cama.

Ante la sorpresa de Cora, Emelina la rodeó con sus brazos para darle un abrazo. Si había una cosa que Cora había aprendido por el camino, era que Emelina normalmente no era una persona efusiva.

—Una vez vi a unos cuantos nobles, allá en la ciudad —dijo Emelina—. Pensé que serían algo más listos y mejores que alguna de las bandas, hasta que me acerqué. Entonces vi que uno de ellos estaba pegando a un hombre sin sentido, solo porque podía hacerlo. Eran exactamente lo mismo.

Se hacía extraño, acercarse de esta manera por lo duras que habían sido sus vidas, pero Cora se sentía más cerca de Emelina de lo que lo había estado al principio de todo esto. No era solo porque habían pasado muchas cosas iguales en sus vidas. Ahora también habían viajado juntas durante un largo camino, y todavía existía la perspectiva de más kilómetros por venir.

—El Hogar de Piedra estará allí —dijo Cora, intentando convencerse tanto a sí misma como a Emelina.

—Seguro —dijo Emelina—. Sofía lo vio.

Se hacía extraño confiar tanto en los poderes de Sofía, pero lo cierto era que Cora realmente confiaba en ella, completamente. Con mucho gusto confiaría su vida a las cosas que Sofía había visto y no había nadie con quien compartiría el viaje que no fuera Emelina.

Continuaron y se dirigieron hacia el oeste, empezaron a ver más ríos, en redes que se conectaban como los capilares que van a parar a arterias más grandes. Pronto, parecía haber tanta agua como tierra, de modo que incluso los campos de en medio estaban medio anegados, la gente trabajaba la tierra en un barro que amenazaba con convertirse en ciénaga. La lluvia parecía ser una constante y, aunque de vez en cuando Cora y Emelina se acurrucaban para pasar lo peor, la mayor parte del tiempo avanzaban.

—Mira —dijo Emelina, señalando hacia una de las riberas. Lo único que Cora vio al principio fueron los juncos que se alzaban a su lado, perturbados por todas partes por el movimiento de pequeños animales. Entonces vio la barquilla de cuero volcada en la orilla como el caparazón de una criatura con coraza.

—Oh, no —dijo Cora, adivinando lo que Emelina tenía pensado hacer.

Emelina estiró el brazo para poner una mano sobre su brazo.

—No pasa nada. Se me dan bien los barcos. Venga, lo pasarás bien.

Se dirigió hasta la barquilla de cuero y lo único que pudo hacer Cora fue seguirla, esperando en silencio que no hubiera remos. Pero había un zagual y eso parecía ser lo único que necesitaba Emelina. Enseguida se metió dentro de la barquilla de cuero y Cora tuvo que saltar dentro y ponerse a su lado o tendría que andar a lo largo de la orilla.

Cora debía admitir que era más rápido que caminar. Bajaban el río como sobrevolándolo, como una piedrecita lanzada por una mano gigante. Era tan relajante como lo había sido ir en el carro. Más relajante, ya que en el carro habían pasado la mitad del tiempo bajando para empujarlo por colinas y para sacarlo del barro. Emelina también parecía estar disfrutando de guiarla, dirigiendo los cambios en el río cuando este pasaba de aguas revueltas a tranquilas y vuelta a empezar.

Cora vio el momento en el que el agua cambió y vio que el gesto de Emelina cambiaba en el mismo instante.

—Allí… hay algo —dijo Emelina—. Algo poderoso.

«¿Qué tenemos aquí?» —preguntó una voz, que sonaba dentro de la mente de Cora. «Dos criaturas jóvenes y frescas. Acercaos más, queridas. Acercaos».

Más adelante, Cora vio… bueno, no estaba muy segura de lo que veía. Al principio, parecía una mujer hecha de agua, pero un destello de luz más tarde, tenía aspecto de caballo. La necesidad de ir hacia ella era abrumadora. Daba la sensación de que delante estaba la seguridad.

No, era más que eso; parecía que el hogar la estaba esperando allí. El hogar que siempre había deseado, con calor, una familia, seguridad…

«Eso es. Venid a mí. Puedo daros todo lo que deseéis. Nunca volveréis a estar solas».

Cora deseaba instar a la barquilla de cuero para que avanzara. Deseaba lanzarse desde ella, para estar con la criatura que tanto prometía. Se medio levantó, dispuesta a hacer exactamente eso.

—¡Espera! —exclamó Emelina—. ¡Es una trampa, Cora!

Cora notó que algo se instalaba en su mente, un muro que se alzaba entre ella y las promesas de seguridad. Veía los esfuerzos de Emelina y supo que era la chica la que tenía que estar haciéndolo, obstruyendo el poder que empujaba hacia ellas con su talentos.

«No, venid a mí» —insistió la criatura, pero era un eco distante de lo que había sido.

Cora la miró, ahora la miró de verdad. Vio el remolino de agua que había allí; vio las corrientes a su alrededor que ahogarían a cualquiera que fuera tan estúpido como para atravesarlas. Recordó las viejas historias de los espíritus del río, los caballos acuáticos, el tipo de magia peligrosa que había puesto al mundo en contra de ella.

Vio que el agua empezaba a cambiar debajo de la barquilla de cuero y hasta que la corriente no empezó a arrastrarlas hacia delante, no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo.

—¡Emelina! —exclamó—. ¡Está tirando de nosotras!

Emelina estaba inmóvil, temblando por el evidente esfuerzo mientras luchaba por evitar que la criatura las ahogara a las dos. Eso quería decir que dependía de Cora. Agarró el zagual de la barquilla de cuero, se dirigió hacia la orilla y remó con toda la fuerza que tenía.

Al principio, parecía que no pasaba nada. La corriente era demasiado fuerte, el tirón del caballo acuático demasiado completo. Cora identificó esos pensamientos por lo que eran y los apartó. No tenía que remar contra la corriente, solo hacia su lado. Empujaba el agua con la barquilla de cuero, obligándola a avanzar por la misma fuerza de voluntad.

Lentamente, empezó a cambiar el rumbo, acercándose más a la orilla mientras Cora remaba.

—Date prisa —le dijo Emelina, que estaba junto a ella—. No sé cuánto tiempo podré soportarlo.

Cora continuó y la barquilla se movió lo que parecieron unos centímetros, pero se movió. Se acercó más y más hasta que, por fin, Cora pensó que los juncos podrían estar al alcance. Los agarró y consiguió hacerse con un puñado de ellos y los usó para tirar de su diminuta embarcación hasta acercarla a la orilla. Arrastró la barquilla de cuero hasta la orilla del río, después saltó y agarró a Emelina por el brazo.

Tiró de su amiga hasta la orilla y vio que la corriente se llevaba la barquilla de cuero. Cora vio que el caballo acuático se encabritaba con aparente rabia y destrozaba la pequeña embarcación hasta reducirla a astillas.

En cuanto estuvieron en tierra firme, Cora notó que la presión de su mente se reducía, mientras Emelina soltaba un soplido y se ponía de pie con sus propias fuerzas. Al parecer, fuera del agua, el caballo acuático no podía tocarlas. Volvió a encabritarse, a continuación se sumergió y desapareció de la vista.

—Creo que estamos a salvo —dijo Cora.

Vio que Emelina asentía.

—Pero creo que… quizás estaremos fuera del agua durante un rato.

Parecía agotada, así que Cora la ayudó a alejarse de la orilla. Les llevó un rato encontrar un camino, pero una vez lo hicieron, parecía natural seguirlo.

Continuaron a lo largo del camino y ahora parecía haber más gente de la que había habido en el norte. Cora vio pescadores que venían de las orillas, granjeros con carros llenos de mercancías. Ahora veía más gente que venía de todos lados, con montones de tela o rebaños de animales. Incluso un hombre llevaba una bandada de patos como si fuera un rebaño, que iban corriendo delante de él como podrían haberlo hecho las ovejas con otra persona.

—Debe haber un mercado ambulante —dijo Emelina.

—Deberíamos ir —dijo Cora—. Podrían devolvernos al camino que lleva al Hogar de Piedra.

—O podrían matarnos por brujas en el momento en que preguntáramos —remarcó Emelina.

Aun así, fueron, siguiendo el camino junto a los demás hasta que vieron el camino más adelante. Estaba en una pequeña isla en medio de los ríos, la ruta era vadeable desde cualquiera de una docena de puntos. En esa isla, Cora vio casetas y lugares de subasta para todo desde mercancías hasta ganado. Agradeció que hoy nadie estuviera intentando vender a alguno de los esclavos por contrato.

Emelina y ella se dirigieron hacia la isla, caminando por el agua en una de las vaderas que llevaban a ella. Iban con la cabeza baja, mezclándose todo lo posible con la multitud, especialmente cuando Cora vio la silueta enmascarada de una sacerdotisa deambulando a través de la multitud, repartiendo sus bendiciones de la diosa.

A Cora le atrajo un lugar donde unos actores estaban interpretando El baile de San Cuthbert, aunque no se trataba de la versión seria que algunas veces habían representado en el palacio. En esta versión había mucho más humor obsceno y excusas para peleas con espada, era evidente que la compañía conocía a su público. Cuando hubieron acabado, saludaron al público y la gente empezó a gritar los nombres de las obras de teatro y las escenas, con la esperanza de ver que representaban sus favoritas.

—Todavía no veo cómo podemos encontrar a alguien que conozca el camino hasta el Hogar de Piedra —dijo Emelina—. Al menos no sin prácticamente anunciarnos a los sacerdotes.

Cora también había estado pensando en ello. Tenía una idea.

—Verás si la gente empieza a pensar en ello, ¿no es cierto? —preguntó.

—Tal vez —dijo Emelina.

—Entonces hagamos que piensen en ello —dijo Cora. Se dirigió a los actores—. ¿Qué tal Las hijas del guardián de las piedras? —exclamó, esperando que la multitud la tapara y no fuera vista.

Ante su sorpresa, funcionó. Tal vez porque era una obra de teatro atrevida, incluso peligrosa, para pedirla: la historia de las hijas de un cantero que resultaron ser brujas y encontraron un hogar lejos de aquellos que las perseguirían. Era el tipo de obra de teatro por la que podrían arrestar a alguien si la representaba en el lugar equivocado.

Pero aquí la interpretaron, en todo su esplendor, figuras enmascaradas que representaban a los sacerdotes que perseguían a los jóvenes que interpretaban los papeles de las mujeres por miedo a la mala suerte. Cora miraba a Emelina con esperanza todo el tiempo.

—Bueno, ¿les está haciendo pensar en el Hogar de Piedra? —preguntó.

—Sí, pero eso no significa que… espera —dijo Emelina, girando la cabeza—. ¿Ves a aquel hombre de allí que está vendiendo lana? Está pensando en una vez que fue allí a comprar y vender. Esa mujer… su hermana fue allí.

—¿Así que tienes de nuevo una dirección? —preguntó Cora.

Vio que Emelina asentía.

—Creo que podemos encontrarlo.

No era una gran esperanza, pero era algo. El Hogar de Piedra aún estaba lejos y, con él, la expectativa de seguridad.




CAPÍTULO CUATRO


Desde arriba, la invasión parecía el movimiento circular de un ala abrazando la tierra que tocaba. El Maestro de los Cuervos disfrutaba de ello y, probablemente, era el único en posición de apreciarlo, pues sus cuervos le daban una perspectiva perfecta mientras su barcos hacían una entrada triunfal en la orilla.

—Tal vez haya otros vigilantes —dijo para sí mismo—. Tal vez las criaturas de esta isla verán lo que se les avecina.

—¿Qué sucede, señor? —preguntó un joven oficial. Era listo y tenía el pelo rubio, su uniforme brillaba por el esfuerzo de pulirlo.

—Nada de lo que te tengas que preocupar. Prepárate para desembarcar.

El joven se fue a toda prisa, con una especie de brío en sus movimientos que parecía ansiar acción. Tal vez se creía invulnerable porque luchaba con el Nuevo Ejército.

—Al final, todos ellos son comida para los cuervos —dijo el Maestro de los Cuervos.

Pero no hoy, pues él había escogido los lugares para desembarcar con cuidado. Existían partes del continente más allá del Puñal-Agua donde la gente disparaba a los cuervos como parte de la rutina, pero aquí todavía tenían que aprender la costumbre. Sus criaturas se habían esparcido, mostrándole los lugares donde los defensores habían colocado cañones y barricadas como preparación para una invasión, donde habían escondido hombres y fortificado aldeas. Habían creado una red de defensas que debería haberse tragado a una fuerza invasora entera, pero el Maestro de los Cuervos veía los agujeros que había en ellas.

—Empezad —ordenó, y resonaron las cornetas, el sonido transportado por las olas. Bajaron las barcas de desembarco y una marea de hombres montados en ellas se propagó por la orilla. En su mayoría, lo hacían en silencio, pues un jugador no anunciaba la posición de sus piezas en el tablero de juego. Se dispersaron, trayendo cañones y provisiones, moviéndose rápidamente.

Ahora sí que empezaba la violencia, exactamente en el modo que él había planeado, hombres arrastrándose lentamente a los lugares de emboscada de sus enemigos para echárseles encima desde atrás, armas machacando los grupos de enemigos que querían detenerlo. Desde esta distancia, debería haber sido imposible oír los gritos de los moribundos, o incluso el disparo de los mosquetes, pero sus cuervos le informaban de todo.

Veía una docena de frentes a la vez, la violencia explotando en un caos multifacético como siempre lo hacía en los momentos después de que hubiera empezado un conflicto. Vio que sus hombres iban a la carga en una playa contra un grupo de campesinos, blandiendo las espadas. Vio a los caballos desembarcar mientras, a su alrededor, una compañía luchaba para mantener su cabeza de playa contra la milicia armados con herramientas para la agricultura. Veía ambos puntos de masacre y valor conseguido con mucho esfuerzo, aunque costaba diferenciarlos.

A través de los ojos de sus cuervos, vio un grupo de caballería que se estaba reuniendo un poco más en el interior, sus corazas brillaban al sol. Había tantos que, potencialmente, podían perforar su red de puntos de desembarco tan cuidadosamente coordinada y, aunque el Maestro de los Cuervos dudaba de que conocieran el lugar correcto en el que atacar, no quería correr ese riesgo.

Desplegó su concentración, usando sus cuervos para encontrar a un oficial adecuado por allí cerca. Para su diversión, encontró al joven que había sido tan entusiasta antes. Se concentró, el esfuerzo de hacer que una de sus bestias llevara las palabras era mucho más grande que simplemente mirar a través de sus ojos.

—Hay caballería al norte de donde estáis —dijo, oyendo el graznido del cuervo cuando este repitió las palabras—. Id en círculo hacia la cresta que hay al oeste de donde estáis y tomadlos cuando vengan a por vosotros.

No esperó a tener una respuesta, sino que echó a volar al cuervo, observando desde arriba mientras los hombres obedecían sus órdenes. Esto era lo que le proporcionaba su talento: la habilidad para ver más, para propagar su alcance más lejos de lo que cualquier hombre normal podría haberlo hecho. La mayoría de comandantes estaban atrapados en la nube de la guerra, o paralizados por mensajeros que no podían moverse con suficiente rapidez. Él podía coordinar un ejército con la facilidad que podría haber mostrado un niño moviendo soldaditos de plomo alrededor de una mesa.

Bajo su pájaro que se movía en círculos, vio que la caballería llegaba bramando, con el aspecto de un ejército elegante sacado de una leyenda en cada detalle. Oyó el estruendo de los mosquetes que empezaban a derribarlos y, a continuación, vio que los soldados que estaban esperando iban a por ellos, convirtiendo rápidamente la carga de cuento en una cosa de sangre y muerte, dolor y angustia repentina. El Maestro de los Cuervos veía caer a los hombres uno tras otro, incluido el joven oficial, al que una espada extraviada le cortó el cuello.

—Todos son comida para los cuervos —dijo. No importaba; esa pequeña batalla estaba ganada.

Vio una batalla más difícil alrededor de las dunas que llevaban hacia la pequeña aldea. Uno de sus comandantes no había sido lo suficientemente rápido para seguir sus órdenes, lo que significó que los defensores se habían atrincherado, resistiendo la ruta hasta su aldea incluso contra una fuerza más grande. El Maestro de los Cuervos se estiró y, a continuación, bajó hasta una barca de desembarco.

—A la orilla —dijo, señalando.

Los hombres que estaban con él se pusieron a trabajar con la velocidad que proporcionaba una larga práctica. El Maestro de los Cuervos observaba el desarrollo de la batalla mientras se acercaba, oyendo los gritos de los moribundos, viendo cómo sus fuerzas arrollaban a un grupo tras otro de probables defensores. Era evidente que la Viuda había ordenado la defensa de su reino, pero estaba claro que no lo suficientemente bien.

Llegaron a la orilla y el Maestro de los Cuervos caminó a pasos largos a través de la batalla como si estuviera dando un paseo. Los hombres a su alrededor se mantenían agachados, con los mosquetes levantados mientras buscaban peligros, pero él andaba con la cabeza bien alta. Él sabía quiénes eran sus enemigos.

Todos sus enemigos. Ya podía notar el poder de esta tierra y sentir el movimiento en ella cuando algunas de las criaturas más peligrosas que allí había reaccionaron a su llegada. Dejó que lo sintieran llegar. Dejó que sintieran el miedo de lo que iba a pasar.

Un pequeño grupo de soldados enemigos se levantaron de golpe de un escondite detrás de una barca volcada y no hubo más tiempo para pensar, solo para actuar. Desenfundó una larga espada de duelo y una pistola en un movimiento rápido, disparó en la cara a uno de los defensores y, a continuación, atravesó a otro. Se apartó para esquivar un ataque, atacó de nuevo con una fuerza letal y continuó.

Las dunas estaban allí delante y la aldea estaba tras ellas. Ahora el Maestro de los Cuervos podía oír la violencia sin tener que recurrir a sus criaturas. Podía distinguir el choque de espada contra espada con sus propios oídos, el estruendo de los mosquetes y las pistolas resonando mientras se acercaba. Veía a los hombres luchando el uno contra el otro, sus cuervos le permitían identificar los puntos donde los defensores estaban arrodillados o tumbados, sus armas preparadas para cualquier cosa que se acercara.

Él estaba en el centro de todo esto, retándolos a que le dispararan.

—Tenéis una oportunidad para vivir —dijo—. Necesito esta playa y estoy dispuesto a pagar por ella con vuestras vidas y las de vuestras familias. Bajad vuestras armas y marchaos. Mejor aún, uníos a mi ejército. Haced estas cosas y sobreviviréis. Continuad luchando y haré que arrasen vuestros hogares por completo.

Se quedó allí quieto, esperando una respuesta. La tuvo cuando sonó un disparo, su dolor y su impacto le golpearon tan fuerte que se tambaleó y cayó sobre una rodilla. Pero, ahora mismo, había demasiada muerte alrededor para detenerlo tan fácilmente. Hoy los cuervos se estaban alimentando bien y su poder curaría cualquier cosa que no lo matara inmediatamente. Oprimió el poder contra la herida y la cerró estando él de pie.

—Que así sea —dijo, y fue a la carga.

Normalmente, no lo hacía. Era un modo estúpido de luchar; una manera antigua que no tenía nada que ver con ejércitos bien organizados o tácticas eficientes. Avanzó con toda la velocidad que le daba su poder, esquivando y corriendo mientras reducía la distancia.

Mató al primer hombre sin detenerse, clavándole profundamente la espada y sacándola después violentamente. De una patada tiró al suelo al siguiente y, a continuación, acabó con él con un amplio golpe de espada. Agarró el mosquete del hombre con una mano y lo disparó, usando la vista de sus cuervos para decirle dónde apuntar.

Se precipitó hacia un grupo de hombres que se escondía tras una barricada de arena. Contra un avance lento de sus fuerzas, hubiera bastado con demorarlos, creando tiempo para que vinieran más hombres a resistir. Contra su carga salvaje, no cambiaba nada. El Maestro de los Cuervos brincaba los muros de arena, saltando en medio de sus enemigos y atacando en todas direcciones.

Sus hombres irían tras él, aunque no pudiera malgastar su concentración para buscarlos a través de los ojos de sus cuervos. Estaba demasiado ocupado parando golpes de espada y hachazos, contraatacando con una eficacia despiadada.

Ahora sus hombres estaban allí, saltando las barricadas de arena como la marea entrante. Morían en cuanto lo hacían, pero eso ahora no les importaba, siempre y cuando lo hicieran con su líder. Esto es con lo que había contado el Maestro de los Cuervos. Mostraban una lealtad sorprendente para ser hombres que, para él, eran poco más que comida para los cuervos.

Con sus grupos tras él, los defensores no tardaron mucho en morir y el Maestro de los Cuervos dejó que sus hombres avanzaran hacia la aldea.

—Adelante —dijo—. Matadlos por su desafío.

Observó el resto de desembarcos durante unos minutos más, pero parecía no haber otros cuellos de botella importantes. Había elegido bien su sitio.

Para cuando el Maestro de los Cuervos llegó a la aldea, algunas partes ya estaban en llamas. Sus hombres avanzaban atravesando las calles, matando a todos los aldeanos con los que se encontraban. Aunque la mayoría ya estaban muertos, de todas formas. El Maestro de los Cuervos vio que uno arrastraba a una mujer fuera de la aldea, el miedo de esta solo lo igualaba el evidente disfrute del soldado.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó cuando se acercó.

El hombre lo miró fijamente sorprendido.

—Yo… la vi, mi señor y pensé…

—Pensaste que podías quedarte con ella —acabó por él el Maestro de los Cuervos.

—Bueno, en el lugar adecuado, podríamos pedir un buen precio por ella. —El soldado se atrevió a sonreír pensando que eso los haría a ambos parte de una gran conspiración.

—Ya veo —dijo—. Pero yo no di esa orden. ¿O sí?

—Mi señor… —empezó el soldado, pero el Maestro de los Cuervos ya estaba levantando una pistola. La disparó tan cerca de la cara del hombre que esta desapareció casi por completo con su estallido. La joven, que estaba a su lado, parecía demasiado aturdida incluso para chillar cuando su atacante cayó.

—Es importante que mis hombres aprendan a actuar en concordancia con mis órdenes —le dijo el Maestro de los Cuervos a la mujer—. Hay lugares en los que permito los prisioneros y otros en los que existe un acuerdo para no hacer daño a nadie, con excepción de los dotados. Es importante que se mantenga esa disciplina.

Entonces la mujer parecía esperanzada. Así parecía justo hasta el momento en que el Maestro de los Cuervos le atravesó el corazón con su espada, un golpe firme y limpio, probablemente incluso indoloro.

—En este caso, les di una oportunidad a tus hombres y lo hicieron —dijo mientras ella intentaba agarrar el arma. Él tiró del arma y ella cayó—. Es una oportunidad que tengo pensado dar a, más o menos, el resto de este reino. Tal vez ellos elegirán más sabiamente.

Miró a su alrededor mientras continuaba la masacre, sin sentir ni placer ni disgusto, solo una especie de tranquila satisfacción por el deber cumplido. Por lo menos un paso, pues al fin y al cabo, esto no era más que la toma de una aldea.

Habría mucho más por venir.




CAPÍTULO CINCO


La Reina Viuda María de la Casa Flamberg se encontraba en las grandes salas de audiencias de la Asamblea de los Nobles, intentando no parecer demasiado aburrida en su trono en medio de todo mientras los supuestos representantes de su pueblo hablaban y hablaban.

Normalmente, esto no hubiera importado. Hacía tiempo que la Viuda dominaba el arte de parecer imperturbable y majestuosa mientras las grandes facciones que allí había discutían. Como de costumbre, dejaba que los populistas y los conservadores se agotaran antes de hablar ella. Hoy, sin embargo, estaban tardando más de lo normal, lo que suponía que la constante opresión de sus pulmones estaba aumentando. Si no acababa pronto con esto, estos estúpidos podrían ver el secreto que ella se esforzaba tanto por ocultar.

Pero no había prisa. La guerra había llegado, lo que significaba que todos querían su oportunidad para hablar. Lo que era peor, unos cuantos de ellos querían respuestas que ella no tenía.

—Simplemente deseo preguntar a mis ilustres amigos si el hecho de que los enemigos han desembarcado en nuestra orilla es indicativo de una mayor política del gobierno al descuidar el potencial militar de nuestra nación —preguntó Lord Hawes de Briarmarsh.

—El honorable señor está muy bien informado sobre las razones por las que esta Asamblea ha desconfiado de la idea de un ejército centralizado —respondió Lord Branston de Vereford Superior.

Continuaron farfullando, volviendo a luchar en viejas batallas políticas mientras unas más verdaderas se acercaban.

—Querría exponer la situación, de modo que esta Asamblea no me acuse de descuidar mi deber —dijo el General Sir Guise Burborough—. Las fuerzas del Nuevo Ejército han desembarcado en las orillas del sudeste, logrando burlar muchas de las defensas que colocamos para evitar esa posibilidad. Han avanzado a gran velocidad, arrollando a los defensores que han intentado detenerlos y quemando aldeas a su paso. De hecho, ya existe un gran número de refugiados que, al parecer, piensa que deberíamos proporcionarles alojamiento.

Era gracioso, pensó la Viuda, que el hombre hiciera que la gente que escapaba para salvar sus vidas parecieran los parientes indeseados decididos a quedarse demasiado tiempo.

—¿Y qué hay de los preparativos alrededor de Ashton? —preguntó Graham, Marqués de Shale—. Imagino que se dirigirán hacia aquí. ¿Podemos sellar las murallas?

Esa era la respuesta de un hombre que no sabía nada de cañones, pensó la Viuda. Podría haber reído con ganas si hubiera tenido aliento para ello. Tal y como estaban las cosas, le resultaba difícil mantener su expresión imperturbable.

—Así es —respondió el general—. Antes de que acabe el mes, puede que debamos prepararnos para un asedio y ya se están construyendo excavaciones contra esta posibilidad.

—¿Estamos considerando evacuar a la gente del camino del ejército? —preguntó Lord Neresford—. ¿Deberíamos aconsejar al pueblo de Ashton que huya hacia el norte para evitar la lucha? ¿Debería nuestra reina, por lo menos, considerar retirarse a sus fincas?

Era extraño; la Viuda nunca había pensado que le preocupara su bienestar. Siempre había votado rápidamente en contra de cualquier propuesta que ella presentara.

Decidió que era el momento de que hablar ella, mientras todavía pudiera hacerlo. Se levantó y se hizo silencio en la sala. A pesar de que los nobles habían luchado por su Asamblea, todavía la escuchaban dentro de ella.

—Ordenar una evacuación desataría el pánico —dijo—. Habría saqueo en las calles y los hombres fuertes que podrían defender sus hogares huirían en su lugar. Yo también me quedaré aquí. Este es mi hogar y no voy a escapar de él frente a una muchedumbre de enemigos.

—Es mucho más que una muchedumbre, Su Majestad —puntualizo Lord Neresford, como si los consejeros de la Viuda no le hubieran explicado la magnitud exacta de la fuerza invasora. Tal vez daba por sentado que, al ser mujer, no tendría el suficiente conocimiento sobre la guerra para comprenderlo—. Aunque estoy seguro de que toda la Asamblea está deseosa de oír sus planes para derrotarlo.

La Viuda lo miró fijamente, aunque era difícil hacerlo cuando parecía que sus pulmones iban a estallar en un ataque de tos en cualquier momento.

—Como sabrán los honorables señores —dijo—, he evitado a propósito tener un papel demasiado cercano a los ejércitos del reino. No querría que se sintieran incómodos reclamando comandarles ahora.

—Estoy seguro de que podríamos perdonarlo, por esta vez —dijo el lord, como si él tuviera el poder de perdonarla o de condenarla—. ¿Cuál es su solución, Su Majestad?

La Viuda encogió los hombros.

—Pensé en empezar con una boda.

Se quedó quieta, esperando a que el escándalo se fuera apagando, las diferentes facciones de la Asamblea se gritaban entre ellas. Los monárquicos vitoreaban su apoyo, los antimonárquicos se quejaban por los gastos. Los miembros militares daban por sentado que los ignoraba, mientras que los que no tenían tanta influencia en el reino deseaban saber lo que todo esto significaba para su gente. La Viuda no dijo nada hasta estar segura de que tenía su atención.

—Escúchense, farfullando como niños asustados —dijo—. ¿Sus maestros y sus institutrices no les enseñaron la historia de nuestra nación? ¿Cuántas veces los enemigos extranjeros han buscado reclamar nuestras tierras, celosos de su belleza y de su riqueza? ¿Quieren que se las enumere? ¿Quieren que les cuente los fracasos de la Flota de Guerra Havvers, de la Invasión de los Siete Príncipes? Incluso en nuestras guerras civiles, a los enemigos que venían sin ellas les hacíamos retroceder siempre. Hace mil años que nadie conquista esta tierra y sin embargo ahora sienten pánico porque unos cuantos enemigos han evitado nuestra primera línea de defensas.

Miró alrededor de la sala, avergonzándolos como si fueran niños.

—Yo no puedo ofrecer mucho a nuestra gente. No puedo ordenar sin su apoyo y de la forma correcta. —No quería que discutieran sobre su poder allí y en ese momento—. Pero puedo ofrecerles esperanza, por lo que hoy, en esta Asamblea, deseo anunciar un acontecimiento que ofrece esperanza para el futuro. Deseo anunciar la inminente boda de mi hijo Sebastián con Lady d’Angelica, Marquesa de Sowerd. ¿Alguno de ustedes pide forzar un voto en el asunto?

Pero no lo hicieron, aunque ella sospechaba que era tanto porque estaban estupefactos por el anuncio como por cualquier otra cosa. A la Viuda no le importaba. Salió de la sala, decidiendo que sus propias preparaciones eran más importantes que cualquier asunto que pudieran concluir en su ausencia.

Todavía había mucho por hacer. Debía asegurarse de que las hijas de los Danses habían sido contenidas, debía hacer las preparaciones para la boda…

El ataque de tos la cogió de repente, aunque lo había esperado durante la mayor parte de su discurso. Cuando apartó el pañuelo manchado de sangre, la Viuda supo que hoy había forzado demasiado. Eso, y que las cosas avanzaban más rápido de lo que a ella le hubiera gustado.

Ella iba a terminar las cosas aquí. Aseguraría el reino para sus hijos, contra todas las amenazas, de dentro y de fuera. Procuraría que su dinastía continuara. Haría que eliminaran los peligros.

Pero antes de todo esto, tenía que ver a alguien.



***



—Sebastián, lo siento —dijo Angelica y, a continuación, se detuvo frunciendo el ceño. Así no estaba bien. Demasiado impaciente, demasiado alegre. Debía intentarlo de nuevo—. Sebastián, lo siento mucho.

Mejor, pero todavía no estaba del todo bien. Continuaba practicando mientras andaba por los pasillos de palacio, sabiendo que cuando llegara el momento de decirlo realmente, tendría que ser perfecto. Tenía que hacerle comprender a Sebastián que ella sentía su dolor, pues ese tipo de compasión era el primer paso cuando se trataba de tener su corazón.

Hubiera sido más fácil si ella no hubiera sentido otra cosa que no fuera alegría al pensar en que Sofía ya no estaba. Solo el recuerdo del cuchillo clavándose dentro de ella le hacía sonreír de una manera en la que no podría hacerlo delante de Sebastián cuando este regresara.

No tardaría mucho. Angelica había llegado a casa antes que él cabalgando con esfuerzo, pero no tenía ninguna duda de que Ruperto, Sebastián y todo el resto regresarían pronto. Debía estar preparada cuando lo hicieran, pues no tenía ningún sentido eliminar a Sofía si no podía aprovecharse del vacío que quedaba.

Pero, por ahora, Sebastián no era el miembro de su familia de quien debía preocuparse. Se paró fuera de los cuartos de la Viuda y tomó aire mientras los guardias la observaban. Cuando abrieron de golpe las puertas en silencio, Angelica puso la mejor de sus sonrisas y se dispuso a avanzar.

—Recuerda que has hecho lo que ella quiere —se decía Angelica a sí misma.

La Viuda la estaba esperando, sentada en una cómoda silla y bebiendo algún tipo de infusión. Esta vez, Angelica recordó la gran reverencia y, al parecer, la madre de Sebastián no estaba de humor para juegos.

—Por favor, levántate, Angelica —dijo en un tono que era sorprendentemente suave.

Aun así, tenía sentido que estuviera contenta. Angelica había hecho todo lo que se le pidió.

—Siéntate aquí —dijo la anciana, señalando hacia un lugar a su lado. Era mejor que tener que arrodillarse ante ella, aunque recibir órdenes de esta manera era como una espinita que Angelica tenía clavada—. Ahora, háblame de tu viaje a Monthys.

—Ya está —dijo Angelica—. Sofía ha muerto.

—¿Estás segura de ello? —preguntó la Viuda—. ¿Comprobaste su cuerpo?

Angelica frunció el ceño ante el tono inquisitivo. ¿Nada bastaba para esta anciana?

—Tuve que escapar antes de eso, pero la apuñalé con un estilete infectado con el veneno más fuerte que tenía —dijo—. Nadie podría haber sobrevivido.

—Bueno —dijo la Viuda—, espero que estés en lo cierto. Mis espías dicen que apareció su hermana.

Angelica notó que se le abrían un poco más los ojos al oír eso. Sabía que Ruperto no había regresado todavía, así que ¿cómo podía haberse enterado de tanto la Viuda, tan rápidamente? Tal vez había mandado un pájaro antes.

—Así es —dijo—. Partió con el cadáver de su hermana, en un barco que se dirigía a Ishjemme.

—En dirección a Lars Skyddar, sin duda —murmuró la Viuda. Esta fue otra pequeña sorpresa para Angelica. ¿Cómo era posible que unas campesinas como Sofía y su hermana conocieran a alguien como el gobernante de Ishjemme?

—He hecho lo que usted quería —dijo Angelica. Incluso a ella le sonó defensivo.

—¿Esperas alabanzas? —preguntó la Viuda—. ¿Tal vez una recompensa? ¿Algún título insignificante para añadir a tu colección, quizás?

A Angelica no le gustaba que le hablaran con esa altanería. Había hecho todo lo que había pedido la Viuda. Sofía había muerto y Sebastián estaría en casa pronto, preparado para aceptarla.

—Acabo de anunciar vuestras nupcias a la Asamblea de los Nobles —dijo la Viuda—. Pensaba que casarse con mi hijo sería suficiente recompensa.

—Más que suficiente —dijo Angelica—. Pero ¿Sebastián aceptará esta vez?

La Viuda alargó el brazo y Angelica tuvo que esforzarse por no encogerse de miedo cuando la anciana le dio una palmadita en la mejilla.

—Estoy segura de que dije que eso era parte de tu trabajo. Distráelo. Sedúcelo. Ponte de rodillas delante de él y suplica, si es necesario. Mis informes dicen que está envuelto por el dolor mientras viene de camino a casa. Será trabajo tuyo hacerle olvidar todo esto. No mío, tuyo. Haz un buen trabajo, Angelica —la Viuda encogió los hombros—. Ahora lárgate. Tengo cosas que hacer. En primer lugar, tengo que asegurarme de que realmente acabaste con Sofía.

El despido fue tan brusco que fue grosero. Con cualquier otra persona, hubiera bastado para justificar un castigo. Con la Viuda, Angelica no podía hacer nada y eso solo lo empeoraba.

Aun así, haría todo lo que la anciana requiriera. Haría que Sebastián fuera suyo cuando volviera a casa. Pronto sería de la realeza por matrimonio y esa elevación sería suficiente recompensa.

Mientras tanto, las dudas de la Viuda acerca de Sofía la carcomían. Angelica la había matado; estaba segura de ello, pero…

Pero no haría ningún daño ver que podía descubrir de los acontecimientos en Ishjemme, solo para estar segura.

A fin de cuentas, por lo menos tenía un amigo allí.




CAPÍTULO SEIS


Sofía sentía el flujo rítmico del barco en algún lugar por debajo de ella, pero era algo distante, en el límite de su conciencia. A menos que se concentrara, costaba recordar que hubiera estado jamás en un barco. Sin duda, no podía encontrarlo, a pesar de que era el último lugar en el que podía recordar haber estado.

En cambio, parecía estar en un lugar sombrío, lleno de una neblina que cambiaba y se hinchaba, una luz fracturada se colaba a través de ella de modo que parecía más el fantasma de un sol que su realidad. Dentro de la neblina, Sofía no tenía ni idea de en qué dirección era adelante o en qué dirección se suponía que debía ir ella.

Entonces oyó el lloro de un niño, cortando la niebla con más claridad que la luz del sol. De algún modo, el instinto le decía que el niño era suyo y que tenía que ir hacia él. Sin dudarlo, Sofía salió de la neblina y fue corriendo hacia él.

Este continuaba llorando, pero ahora la neblina distorsionó el ruido, haciendo que pareciera que venía de todas direcciones a la vez. Sofía escogió una dirección, se lanzó de nuevo hacia delante pero, al parecer, cada dirección que escogía era la equivocada y no se acercaba.

La neblina centelló y parecían formarse unas escenas a su alrededor, presentadas con tanta perfección como las representaciones encima de un escenario. Sofía se vio a sí misma gritando durante el alumbramiento, su hermana le cogía la mano mientras ella traía una vida al mundo. Se vio a sí misma cogiendo a aquel niño en sus brazos. Se vio a sí misma muerta, con un médico de pie a su lado.

—No estaba lo suficientemente fuerte, después del ataque —le dijo este a Catalina.

Pero eso no podía ser así. No podía ser verdad si las otras escenas eran ciertas. Podía suceder.

—Tal vez nada de esto es verdad. Tal vez es solo la imaginación. O tal vez son posibilidades y nada está decidido.

Sofía reconoció la voz de Angelica al instante. Dio la vuelta rápidamente y vio a la mujer allí, con un cuchillo ensangrentado en la mano.

—Tú no estás aquí —dijo—. No puede ser que estés.

—¿Pero tu hijo sí que puede? —replicó ella.

Entonces dio un paso adelante y apuñaló a Sofía, provocándole un dolor que se le clavaba como el fuego. Sofía gritaba… y estaba sola, de pie en medio de la neblina.

Oyó a un niño que lloraba en algún lugar a lo lejos y fue hacia allí porque sabía por instinto que se era suyo, su hija. Corrió, tratando de alcanzarla, aunque tenía la sensación de que había hecho esto antes…

Vio que a su alrededor había escenas de la vida de una niña. Una niña pequeña jugando, feliz y a salvo, Catalina estaba riendo con ella porque ambas habían encontrado un buen escondite debajo de las escaleras y Sofía no podía encontrarlas. Una niña pequeña a la que sacaban del castillo justo a tiempo, Catalina luchando contra una docena de hombres, ignorando la lanza que tenía a su lado para que Sofía pudiera escapar con ella. La misma niña sola en una habitación vacía, sin ningún progenitor por allí.

—¿Esto qué es? —preguntó Sofía.

—Solo tú exigirías un significado para algo así —dijo Angelica, saliendo de nuevo de entre la neblina—. No puedes simplemente tener un sueño, tiene que estar lleno de presagios y señales.

Esta dio un paso adelante y Sofía levantó la mano para intentar detenerla, pero eso solo sirvió para que le clavara el cuchillo bajo la axila, en lugar de a través del pecho de manera limpia.

Estaba de pie en la neblina, los lloros de una niña sonaban a su alrededor…

—No —dijo Sofía, negando con la cabeza—. No seguiré dando vueltas y vueltas a esto. Esto no es real.

—Es lo suficientemente real como para que tú estés aquí —dijo Angelica, su voz haciendo eco desde la neblina—. ¿Qué se siente al estar muerta?

—Yo no estoy muerta —insistió Sofía—. No puedo estarlo.

La risa de Angelica hizo eco tal y como lo habían hecho antes los lloros de su hija.

—¿Tú no puedes estar muerta? ¿Tan especial eres, Sofía? ¿Tanto te necesita el mundo? Deja que te haga memoria.

Salió de la neblina y ahora no estaban dentro de la neblina, sino en el camarote del barco. Angelica dio un paso adelante, el odio en su rostro era evidente cuando le clavó el cuchillo a Sofía de nuevo. Sofía se quedó sin aliento y, a continuación, cayó, desplomándose en la oscuridad mientras oía que Sienne atacaba a Angelica.

Entonces volvía a estar de nuevo en la neblina, de pie allí mientras esta brillaba a su alrededor.

—Entonces ¿esto es la muerte? —preguntó, sabiendo que Angelica estaría escuchando—. Si es así, ¿qué estás haciendo tú aquí?

—Tal vez yo también morí —dijo Angelica. Volvió a dejarse ver—. Tal vez te odio tanto que te seguí. O tal vez yo sea todo lo que tú odias en el mundo.

—Yo no te odio —insistió Sofía.

Entonces oyó reír a Angelica.

—¿Ah, no? ¿No odias que yo creciera segura mientras tú estabas en la Casa de los Abandonados? ¿Qué todos en la corte me acepten cuando tú tuviste que escapar? ¿O que yo podría haberme casado con Sebastián sin problemas, mientras tú tuviste que huir?

De nuevo, dio un paso adelante, pero esta vez no apuñaló a Sofía. Pasó de largo de ella, alejándose en la neblina. La neblina parecía cambiar de forma cuando pasó Angelica, y Sofía sabía que no podía ser verdaderamente ella, porque la verdadera Angelica no se hubiera cansado tan pronto de asesinarla.

Sofía fue tras ella, para intentar encontrarle el sentido a todo.

—Te mostraré unas cuantas posibilidades más —dijo Angelica—. Creo que te gustarán.

Solo el modo en que Angelica lo dijo ya le decía a Sofía lo poco que le gustaría. Aun así, la siguió hasta dentro de la neblina, sin saber qué otra cosa hacer. Angelica desapareció pronto de la vista, pero Sofía continuó caminando.

Ahora estaba en el centro de una habitación en la que se encontraba Sebastián, evidentemente intentando contener la lágrimas que caían de sus ojos. Angelica estaba allí con él y estiró la mano hacia él.

—No debes reprimir tus emociones —dijo Angelica en un tono de perfecta compasión. Rodeó con sus brazos a Sebastián y lo abrazó—. No pasa nada por llorar a los muertos, pero recuerda que los vivos estamos aquí para ti.

Ella miraba directamente a Sofía mientras abrazaba a Sebastián y Sofía veía su mirada triunfante. Sofía se dispuso a ir hacia allí con furia, con el deseo de apartar a Angelica de él, pero ni tan solo podía tocarlos con su mano. Los atravesó sin que hubiera contacto, se quedó mirándolos fijamente, poco más que un fantasma.

—No —dijo Sofía—. No, esto no es real.

Ellos no reaccionaron. Como si ella no estuviera allí. La imagen cambió, y ahora Sofía se encontraba en medio de una especie de boda que ella nunca se hubiera atrevido a imaginar para ella misma. Era en una sala cuyo techo parecía llegar hasta el cielo, con nobles reunidos en tales cantidades que incluso hacían que pareciera pequeña.

Sebastián estaba esperando en un altar junto a una sacerdotisa de la Diosa Enmascarada cuyo ropaje anunciaba su rango por encima de las otras de su orden. La Viuda estaba allí, sentada en un trono de oro mientras observaba a su hijo. Llegó la novia, con velo y vestida de un blanco puro. Cuando la sacerdotisa retiró el velo y la cara de Angelica quedó al descubierto, Sofía gritó…

Estaba en los aposentos que conocía de memoria, la distribución de las cosas de Sebastián no había cambiado desde las noches que había pasado allí, la caída de la luz de la luna sobre las sábanas directa de sus recuerdos del tiempo que pasaron juntos. Había unos cuerpos enredados en esas sábanas y, entre ellos Sofía podía oír sus risas y su alegría.

Vio que la luz de la luna caía sobre el rostro de Sebastián, atrapado en un gesto de pura necesidad, y sobre el de Angelica, en el que no había otra cosa que no fuera triunfo.

Sofía dio la vuelta y corrió. Corrió a ciegas a través de la neblina, sin querer ver nada más. No quería quedarse en este lugar. Tenía que escapar de él, pero no podía encontrar una salida. Lo que era peor, parecía que cada dirección que tomaba la hacía ir en dirección a más imágenes, e incluso las imágenes de su hija le hacían daño, pues Sofía no tenía un modo de saber cuáles podían ser reales y cuáles estaban allí solo para hacerle daño.

Tenía que encontrar una salida, pero no podía ver lo suficientemente bien para encontrarla. Sofía se quedó allí, sintiendo que el pánico crecía en su interior. De algún modo, sabía que Angelica la seguiría de nuevo, acechándola a través de la neblina, preparada para clavarle de nuevo el cuchillo.

Entonces Sofía vio la luz, resplandeciendo a través de la niebla.

Crecía lentamente, empezando como algo que apenas se abría camino a través de la oscuridad y, a continuación, convirtiéndose lentamente en algo más grande, algo que consumía la niebla del mismo modo que el sol de la mañana podría consumir el rocío mañanero. La luz trajo calor con ella, proporcionando vida a unas extremidades que antes se habían sentido pesadas.

Se derramó sobre Sofía y esta dejó que su poder se vertiera en ella, llevando con ella imágenes de campos y ríos, montañas y bosques, todo un reino contenido en ese toque de luz. Incluso el dolor recordado de la herida en su costado parecía desvanecerse ante aquel poder. Por instinto, Sofía se llevó la mano al costado, sintiendo que al retirarla estaba manchada de sangre. Ahora podía ver allí la herida, pero se estaba cerrando, la carne se cerraba bajo el toque de la energía.

Cuando se levantó la neblina, Sofía vio algo en la distancia. Llevó unos segundos más que se consumiera lo suficiente para dejar al descubierto una escalera de caracol que llevaba hacia un trozo de luz, que estaba tan arriba que parecía imposible alcanzarlo. De algún modo, Sofía sabía que la única manera de salir de esta pesadilla que parecía no terminar nunca era llegar hasta esa luz. Fue en dirección a la escalera.

—¿Piensas que puedes salir? —preguntó Angelica desde detrás de Sofía. Se giró y apenas pudo bajar las manos a tiempo cuando Angelica la atacó con el cuchillo. Sofía la empujó por instinto, después se giró y fue corriendo hacia las escaleras.

—¡Nunca saldrás de aquí! —exclamó Angelica y Sofía oyó sus pasos siguiéndola detrás.

Sofía aceleró. No quería que la apuñalaran otra vez y no solo para evitar ese dolor. No sabía qué sucedería si ese lugar cambiaba de nuevo, o cuánto tiempo duraría la abertura de allá arriba. En cualquier caso, no podía permitirse correr el riesgo, así que fue corriendo hacia las escaleras, se giró cuando llegó a ellas y le dio una patada a Angelica que la bloqueó a media estocada.

Sofía no se quedó a pelear con ella, sino que, en cambio, subió a toda velocidad las escaleras, subiendo los escalones de dos en dos. Oía que Angelica la seguía, pero eso ahora no importaba. Lo único que importaba era escapar. Continuó escaleras arriba mientras estas no hacían más que subir y subir.

Las escaleras continuaban, parecían no dejar de subir nunca. Sofía continuaba trepando por ellas, pero sentía que empezaba a cansarse. Ahora ya no tomaba los escalones de dos en dos y, con una mirada por encima del hombro, vio que la versión de Angelica en cualquiera que fuera esta pesadilla todavía la seguía, acechándola con una desagradable sensación de inevitabilidad.

El instinto de Sofía era continuar subiendo, pero una parte más profunda de su ser empezaba a pensar que eso era estúpido. Este no era el mundo normal; no tenía las mismas normas, ni la misma lógica. Este era un lugar donde el pensamiento y la magia tenían más importancia que la capacidad puramente física de continuar.

Ese pensamiento bastó para hacer que Sofía se detuviera y ahondara en su interior, en busca del hilo de poder que parecía que la había conectado a todo un país. Se giró y miró la imagen de Angelica, comprendiéndolo ahora.

—Tú no eres real —dijo—. Tú no estás aquí.

Mandó un susurro de poder y la imagen de su asesina en potencia se disolvió. Se concentró y la escalera de caracol desapareció, dejando a Sofía de pie en un suelo plano. Ahora la luz no estaba arriba, sino que, en su lugar, estaba a uno o dos pasos, formando una puerta que parecía dar al camarote de un barco. El mismo camarote de barco donde habían apuñalado a Sofía.

Respirando profundamente, Sofía entró y despertó.




CAPÍTULO SIETE


Catalina estaba sentada en la cubierta del barco mientras este cortaba el agua, el agotamiento no le permitía hacer mucho más. A pesar del tiempo que había pasado desde que había curado la herida de Sofía, parecía que no se había recuperado completamente del esfuerzo.

De vez en cuando, los marineros comprobaban que estuviera bien. El capitán, Borkar, era especialmente atento, comprobándolo con una frecuencia y una deferencia que hubieran resultado graciosos de no ser porque él actuaba de forma completamente sincera.

—¿Está bien, mi señora? —preguntó, por lo que parecía ser la centésima vez—. ¿Solicita alguna cosa?

—Estoy bien —le aseguró Catalina—. Yo no soy la señora de nadie. Solo soy Catalina. ¿Por qué continúas llamándome así?

—No me corresponde decirlo, mi… Catalina —insistió el capitán.

No era solo él. Parecía que todos los marineros pasaban por el lado de Catalina con un nivel de deferencia que rayaba lo servil. No estaba acostumbrada a esto. Su vida había consistido en la brutalidad de la Casa de los Abandonados, seguido de la camaradería de los hombres de Lord Cranston. Y había estado Will, por supuesto…

Esperaba que Will estuviera a salvo. Cuando se fue, no había podido decirle adiós, pues Lord Cranston no le hubiera dejado marcharse de haberlo hecho. Hubiera dado lo que fuera para poder decirlo adecuadamente, o incluso mejor, para llevarse a Will con ella. Probablemente se hubiera reído de los hombres que hacían la reverencia ante ella, sabiendo lo mucho que esa cortesía injustificada le molestaría.

Tal vez eso era algo que Sofía había hecho. Al fin y al cabo, ya había interpretado el papel de noble antes. Tal vez lo explicaría todo una vez se despertara. Si se despertaba. No, Catalina no podía pensar así. Debía tener esperanzas, incluso aunque hubieran pasado más de dos días desde que ella había cerrado la herida en el costado de Sofía.

Catalina entró en el camarote. El gato del bosque de Sofía levantó la cabeza cuando Catalina entró, alzando la vista de manera protectora desde donde estaba a los pies de Sofía como una manta peluda. Para sorpresa de Catalina, el gato apenas se había movido del lado de Sofía durante todo el tiempo en el que el barco había estado viajando. Dejó que Catalina le acariciara las orejas cuando fue hacia el lado de la cama de su hermana.

—Los dos estamos esperando a que despierte, ¿verdad? —dijo ella.

Se sentó al lado de su hermana, observando cómo dormía. Sofía parecía estar muy tranquila ahora, ya no estaba dañada por la herida de estilete en su costado, ya no estaba gris por la palidez de la muerte. Podía haber estado dormida, solo que había estado dormida de esta manera durante tanto tiempo que a Catalina empezaba a preocuparle que pudiera morir de hambre o de sed antes de despertar.

Entonces Catalina vio el ligero parpadeo de los ojos de Sofía, el breve movimiento de sus manos contra las sábanas. Miró fijamente a su hermana, atreviéndose a tener esperanzas.

Sofía abrió los ojos, la miró fijamente y Catalina no pudo resistirse. Se lanzó hacia delante y abrazó a su hermana, sujetándola muy fuerte.

—Estás viva. Sofía, estás viva.

—Estoy viva —la tranquilizó Sofía, sujetándose en Catalina mientras esta la ayudaba a incorporarse. Incluso el gato del bosque parecía alegrarse por ello, yendo hacia allí para lamerles la cara a ambas con una lengua que parecía el raspador de un herrero.

—Tranquila, Sienne —dijo Sofía —. Estoy bien.

—¿Sienne? —preguntó Sofía—. ¿Así se llama?

Vio que Sofía asentía.

—La encontré en el camino hacia Monthys. Es una larga historia.

Catalina imaginó que había un montón de historias que contar. Se apartó de Sofía, deseosa por oírlo todo y Sofía casi cayó de nuevo en la cama.

—¡Sofía!

—No pasa nada —dijo Sofía—. De verdad que estoy bien. Por lo menos, eso creo. Solo estoy cansada. También me iría bien beber un poco.

Catalina le pasó una bota de agua y observó cómo Sofía bebía con ganas. Llamó a los marineros y, ante su sorpresa, el mismo capitán Borkar vino corriendo.

—¿Qué necesita mi señora? —pregunto y, a continuación, miró a Sofía. Para sorpresa de Catalina, se puso sobre una rodilla—. Su alteza, está despierta. Todos estábamos muy preocupados por usted. Debe estar muerta de hambre. ¡Ahora mismo le traigo comida!

Se fue a toda prisa y Catalina notó que la alegría salía de él como humo. Pero ahora ella tenía, por lo menos, otra preocupación.

—¿Su alteza? —dijo, mirando hacia Sofía—. Los marineros me han estado tratando de manera rara desde que descubrieron que era tu hermana, ¿pero esto? ¿Les estás diciendo que eres de la realeza?

Fingir ser de la realeza parecía un peligroso juego al que jugar. ¿Se estaba aprovechando Sofía de su compromiso con Sebastián, o fingiendo ser de la realeza extranjera, o había algo más?

—No es nada de eso —dijo Sofía—. No estoy fingiendo nada. —Agarró a Catalina por el brazo—. ¡Catalina, descubrí quiénes son nuestros padres!

Eso no era algo con lo que Sofía bromearía. Catalina la miró fijamente, sin apenas poder creer las consecuencias de ello. Se sentó en el borde de la cama, deseando comprenderlo todo.

—Cuéntame —dijo, incapaz de contener su conmoción—. ¿Realmente piensas… piensas que nuestros padres tenían algo que ver con la realeza?

Sofía se dispuso a incorporarse. Al moverse con dificultad, Catalina la ayudó.

—Nuestros padres se llamaban Alfredo y Cristina Danse —dijo Sofía—. Vivían, mejor dicho, vivíamos en una finca en Monthys. Nuestra familia habían sido los reyes y reinas antes de que la familia de la Viuda los apartara. La persona que explicó esto dijo que tenían una especie de… conexión con la tierra. No solo la gobernaban; eran parte de ella.

Catalina se quedó helada al escucharlo. Ella había sentido esa conexión. Había sentido que el campo se extendía ante ella. Había ido en busca del poder que había en él. Entonces fue cuando pudo curar a Sofía.

—¿Y esto es real? —dijo—. ¿No se trata de un cuento? ¿No me estoy volviendo loca?

—Yo no inventaría esto —la tranquilizó Sofía—. Yo no te haría eso, Catalina.

—Dijiste que nuestros padres eran esas personas —dijo Catalina—. ¿Ellos están…? ¿Ellos murieron?

Hizo todo lo que pudo por esconder el dolor que la atravesaba ante aquel pensamiento. Ella recordaba el fuego. Recordaba escapar. No podía recordar lo que les había sucedido a sus padres.

—No lo sé —dijo Sofía—. Nadie parece saber lo que les sucedió después de eso. Aparte de esto, el plan es ir hasta nuestro tío, Lars Skyddar, y esperar que él sepa algo.

—¿Lars Skyddar? —Catalina había oído ese nombre. Lord Cranston había hablado de las tierras de Ishjemme y de cómo habían conseguido impedir la entrada a los invasores usando una combinación de astutas estrategias y las defensas naturales de sus fiordos cubiertos de hielo—. ¿Él es nuestro tío?




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