Antes De Que Peque 
Blake Pierce


Un Misterio con Mackenzie White #7
De Blake Pierce, el autor de éxitos de ventas como ONCE GONE (un #1 con más de 900 críticas de cinco estrellas), llega el libro #7 en la trepidante serie de misterio con Mackenzie White como protagonista. En ANTES DE QUE PEQUE (Un Misterio con Mackenzie White – Libro 7), están apareciendo cadáveres de sacerdotes, con sus cuerpos crucificados en las entradas de iglesias por toda la ciudad de Washington D. C. ¿Podría tratarse de alguna clase de acto de venganza? ¿Podría tratarse de un miembro de su congregación? ¿O de un asesino en serie, que está persiguiendo sacerdotes por un motivo mucho más diabólico?El FBI recurre a la agente especial Mackenzie White, ya que el caso guarda muchas similitudes con los matices religiosos de su primer caso, el Asesino del Espantapájaros. Sumergida en el mundo del sacerdocio, Mackenzie se esfuerza por aprender más sobre los rituales y las antiguas escrituras, para tratar de adentrarse en la mente del asesino. Sin embargo, Mackenzie ya estaba obsesionada con la caza del asesino de su propio padre, decidida a encontrarle en esta ocasión. Y este último asesino es más siniestro que la mayoría, empujando a Mackenzie, con su juego letal del gato y el ratón, hasta los límites de su propia cordura. Un thriller psicológico de suspense trepidante, ANTES DE QUE PEQUE es el libro #7 de una nueva e impactante serie – con una nueva protagonista – que le verá pasando páginas hasta altas horas de la noche. También escrito por Blake Pierce, ONCE GONE (Un Misterio con Riley Paige – Libro #1), un #1 éxito de ventas con más de 900 críticas de cinco estrellas – ¡y una descarga gratuita!







A N T E S D E Q U E P E Q U E



(UN MISTERIO CON MACKENZIE WHITE—LIBRO 7)



B L A K E P I E R C E



TRADUCIDO POR ASUN HENARES


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE JESSE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1)

EL TIPO PERFECTO (Libro #2)

LA CASA PERFECTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

AL LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE MATE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3)

ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

CAUSA PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDOS

PRÓLOGO (#u0a43ea8f-2981-5577-ae27-8369bc960c4b)

CAPÍTULO UNO (#ua0c0f40c-e618-5ff2-b4ee-bfb260016aeb)

CAPÍTULO DOS (#u8fe48cf2-d8ce-54e9-a2b2-fdeea68345f7)

CAPÍTULO TRES (#u5f1e8a50-16dd-5c36-b919-d7a8d0de54b1)

CAPÍTULO CUATRO (#u140b6ef8-cdd0-57c1-bc69-8b2cce8308f3)

CAPÍTULO CINCO (#ua7062c23-fa1b-522e-8c0b-05d65624ed1b)

CAPÍTULO SEIS (#ud2012c5c-4a4a-5ea5-87b7-90b7469b727f)

CAPÍTULO SIETE (#ud2165738-cdfa-5cac-be15-9a03acd0ad46)

CAPÍTULO OCHO (#u605d2300-8731-5a8a-9af3-87d9cc8b2590)

CAPÍTULO NUEVE (#uc5e80cfe-b826-5bca-9651-b808101358e9)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)




PRÓLOGO


El sol ya había aparecido por el horizonte, aunque todavía no había consumido el último frescor de la noche, el momento favorito del día para Christy. Ver cómo salía el sol sobre la ciudad, era un recordatorio cruel de que toda noche llegaba a su fin, algo que necesitaba saber, ya que había comenzado a sentirse cada vez más alejada de Dios. Ver aparecer el sol salir sobre los edificios de Washington, DC, y alejar la noche le recordaba a la letra de una canción religiosa: A pesar de que hay dolor en la noche, el sol sale de nuevo cada mañana…

Recitaba esa línea una y otra vez mientras subía por la calle que llevaba a la iglesia. Había intentado durante semanas convencerse a sí misma de hacer esto. Su fe había sido puesta en evidencia, y se había entregado al pecado y la tentación. La idea de la confesión le había venido a la mente de inmediato, pero también le resultaba difícil. Nunca era tarea fácil confesar los pecados propios, aunque sabía que debía hacerlo. Cuanto más tiempo existiera un pecado entre Dios y ella, más difícil se haría rectificar ese desequilibrio. Cuanto antes pudiera confesar ese pecado, más posibilidades tendría de recuperar su equilibrio y de recuperar su fe—una fe que había definido su vida desde los diez años.

Cuando vio la silueta de la iglesia aparecer ante sus ojos, su corazón se hundió. ¿Realmente puedo hacer esto? ¿Puedo confesar esto?

La conocida silueta y estructura de la Iglesia Católica del Sagrado Corazón parecía indicarle que sí, que podría.

Christy se echó a temblar. No estaba segura de poder calificar lo que había estado haciendo como infidelidad. Solamente había besado al hombre en una ocasión y lo había dejado estar ahí. No obstante, había seguido viéndose con él, había continuado permitiendo que la elevara con sus palabras de aprecio y de adoración—unas palabras que su propio marido había dejado de pronunciar hacía años.

Casi podía sentir cómo ese pecado se desvanecía de ella mientras el sol ascendía cada vez más alto en el cielo, proyectando suaves tonos dorados y anaranjados alrededor de la silueta del Sagrado Corazón. Si necesitaba algún signo adicional de que se suponía que tenía que confesar sus pecados a un sacerdote esta mañana en concreto, lo tenía delante de ella.

Llegó a la escalinata del Sagrado Corazón con una sensación de pesadez en los hombros, pero sabía que, en cuestión de minutos, habría desaparecido. Podría regresar a casa, después de confesar sus pecados, con el corazón aliviado, y su mente en paz.

Cuando llegó a la puerta principal Christy soltó un grito.

Se echó hacia atrás, todavía gritando. Casi se cae en las escaleras de hormigón al tambalearse hacia atrás. Se llevó las manos a la boca, sin hacer lo más mínimo por acallar el grito.

El padre Costas estaba colgado de la puerta. Le habían dejado en su ropa interior y tenía un corte horizontal entre las cejas. La cabeza colgaba hacia abajo, mirando a sus pies desnudos, que estaban suspendidos como a medio metro del escalón de cemento. Regueros delgados de sangre goteaban de sus pies, acumulándose en un charco lóbrego sobre el escalón.

Crucificado, pensó Christy. Han crucificado al padre Costas.




CAPÍTULO UNO


Después de su último caso, Mackenzie White había hecho algo por primera vez en su vida de mujer trabajadora: había pedido unas vacaciones.

Había solicitado unas vacaciones de dos semanas por una serie de razones y durante el primer día, ya se había dado cuenta de que había tomado la decisión correcta. No había perdido ni un minuto en reafirmar su reputación desde el momento que había llegado al FBI. Sin haberlo planeado, había acabado manejando casos de gran calibre que parecían venir en su busca. Lo que es más, había hecho un trabajo excelente con ellos con lo que había causado una gran impresión en las personas adecuadas tanto en Quantico como en DC. Después de solucionar con éxito numerosos casos y de poner su vida en la línea de fuego cada mes, pensó que dos semanas de vacaciones pagadas no eran mucho pedir.

Sus superiores se habían mostrado de acuerdo—de hecho, le habían animado a hacerlo. Mackenzie estaba segura de que estarían más que encantados de saber cómo había estado pasando la mayor parte de ese tiempo—en diversos gimnasios y otras instalaciones de entrenamiento físico, poniendo su cuerpo incluso en mejor forma, afilando sus instintos y habilidades. Contaba con una base sólida para todas las cosas importantes. Era una experta en la lucha mano a mano. Era increíblemente buena con las armas de fuego. Era mucho más fuerte que la mayoría de las demás mujeres con las que había pasado por la academia.

Sin embargo, Mackenzie White siempre estaba deseosa de mejorarse a sí misma.

Esa era la razón de que, ocho días después de comenzar sus vacaciones de dos semanas, estuviera sudando la camiseta y trabajando una multitud de músculos doloridos en un gimnasio privado. Mackenzie se estaba alejando de la esquina de uno de los varios cuadriláteros de boxeo, dirigiendo un gesto de gratitud hacia su compañero de ring. Estaba entrando a su segunda ronda de prácticas y esperaba que le derrotaran con facilidad. Y le parecía bien.

Solamente llevaba practicando Muay Thai poco más de un mes. Se había hecho lo bastante buena como para sentirse cómoda introduciendo otro estilo de lucha menos conocido en su práctica. Con la ayuda de un instructor privado y cantidades masivas de determinación, Mackenzie también había empezado a practicar Yaw-Yan, un estilo de kickboxing que provenía de las Filipinas. Mezclar ambos estilos era algo poco ortodoxo, pero entre ella y su entrenador, habían conseguido la manera de utilizarlos al mismo tiempo. Le llevaba al límite físicamente, hasta el punto de que sus hombros y sus pantorrillas parecían ladrillos.

Sintió cómo le respondían esos músculos en el momento que se acercó a su compañero. Se tocaron los guantes y continuaron con su sesión. De inmediato, Mackenzie esquivó un golpe y respondió a su vez con un golpe bajo.

En cierto modo, era como aprender un nuevo estilo de baile. Mackenzie había participado en clases de baile de niña y no había olvidado jamás la importancia del movimiento de los pies y de la concentración. Eran disciplinas que había traído con ella a su primer trabajo como agente de policía y después a su trabajo como detective en Nebraska. Estas disciplinas también le habían ayudado enormemente como agente del FBI, salvándole la vida en más de una ocasión.

También regresaron a toda prisa a su mente ahora que boxeaba. Probó sus nuevos movimientos e instrucciones, empleando una serie de patadas descendentes y ataques con los codos, combinados con ataques de kickboxing más tradicionales. Mackenzie utilizó la expresión sorprendida de su compañero de cuadrilátero como combustible, para motivarse a sí misma. Claro, solo se trataba de una práctica, pero también sentía la necesidad de destacar en esto.

Además, le ayudaba a aclarar su mente. Siempre asociaba cada puñetazo, patada, o codazo con alguna cosa de su pasado. Un golpe de su puño izquierdo iba dirigido a años de negligencia por parte del departamento de policía de Nebraska. Un derechazo de revés ahuyentaba el miedo que le había provocado el caso del Asesino del Espantapájaros. Un giro y un golpe iban derechos al corazón de la corriente interminable de misterios que seguían resurgiendo del antiguo caso de su padre.

Si Mackenzie era honesta consigo misma, ese era el caso que le había impulsado a aprender estas nuevas disciplinas de lucha—para asegurarse de que seguía evolucionando como luchadora. Había recibido una nota de alguien implicado… alguien que se mantenía en las sombras y que, por lo visto, sabía quién era.

Podía seguir viendo la nota en su ojo mental mientras peleaba.

Deja de buscar…

Naturalmente, Mackenzie tenía la intención de hacer justamente lo opuesto. Y por esa razón se encontraba en este momento en el cuadrilátero, con la mirada enfocada y sus músculos tan tensos como cuerdas de violín.

Cuando lanzó un golpe al plexo solar de su oponente y después un codazo almohadillado a las costillas, pararon la sesión desde el lateral del ring. El juez estaba sonriendo y asintiendo mientras aplaudía suavemente.

“Muy bien, Mac,” dijo. “Descansa un rato, ¿vale? Ya llevas hora y media en el ring hoy.”

Mackenzie asintió, bajando la mirada y tocando de nuevo los guantes de su oponente en el ring—un hombre de veinticinco años que tenía la complexión de un luchador de MMA. Le lanzó una sonrisa rápida por encima de su cubierta protectora y salió rápidamente a través de las cuerdas.

Mackenzie le dio las gracias al juez y entonces se dirigió hacia los vestuarios. Sus músculos estaban doloridos hasta el punto de temblar, pero eso le gustaba. Significaba que se estaba presionando, que se estaba llevando más allá de su límite.

Mientras se duchaba y se ponía lo que Ellington llamaba su estilo de gimnasio (una camiseta sin mangas de las que se pone la policía debajo del chaleco antibalas y un par de mallas negras), se recordó a sí misma que tenía otro entrenamiento al que atender hoy. Esperaba que sus brazos hubieran dejado de temblar para entonces. Claro que Ellington estaría allí para ayudarle, pero tenía varias cajas pesadas que trasladar esta tarde.

Aunque técnicamente había estado viviendo en el apartamento de Ellington durante los últimos días, hoy iba a ser el día en que trasladara sus cosas de verdad. Era otra de las muchas razones por las que había pedido un par de semanas de vacaciones. No le hacía ninguna gracia la idea de tener que mudarse en un fin de semana. Además, se imaginó que esta era otra manera en la que estaba creciendo y evolucionando. Confiar lo bastante en alguien más como para compartir su espacio vital y, por cursi que pudiera resultar, su corazón, era algo de lo que había sido incapaz hasta hacía unos pocos meses.

En cuanto se cambió y se puso su ropa de gimnasio, se dio cuenta de que apenas podía esperar al momento en que trasladara sus cosas. Dolorida o no, caminó a un ritmo más rápido de lo normal mientras se dirigía hacia el aparcamiento.



***



La ventaja de no ser una persona materialista era que, cuando llegaba la hora de mudarse, había muy pocas cosas que empaquetar. Debido a ello, solo fue necesario un viaje en la camioneta de Ellington y un camión que alquilaron en U-Haul para realizar la tarea. La mudanza propiamente dicha solamente duró dos horas gracias al ascensor que había en el edificio de Ellington, y, al final, no tuvo que agarrar tantas cajas como pensaba.

Celebraron la mudanza con comida china y una botella de vino. Mackenzie estaba cansada, dolorida, pero inmensamente feliz. Había esperado sentirse nerviosa y quizá hasta arrepentirse un poco de la decisión de mudarse, pero, cuando empezaron a desempaquetar las cajas mientras cenaban, se dio cuenta de que se sentía emocionada ante esta nueva etapa de su vida.

“Esto es lo que hay,” dijo Ellington mientras colocaba un cúter sobre la cinta adhesiva que había junto a una de las cajas. “Ahora es el momento de decirme si me voy a encontrar alguna película o CD en estas cajas que sea realmente embarazoso.”

“Creo que el CD más embarazoso que te puedes encontrar es la banda sonora de esa horrible versión moderna de Romeo y Julieta en los 90, pero ¿qué puedo decir? Lo cierto es que me encantaba esa canción de Radiohead.”

“Entonces estás perdonada,” dijo él, cortando la cinta.

“¿Y qué hay de ti?” preguntó Mackenzie. “¿Alguna película embarazosa por alguna parte?”

“Bueno, me deshice de todos mis CDs y DVDs. Todo es digital. Necesitaba liberar el espacio. Es casi como si tuviera la vaga sensación de que, un día de estos, esta chica del FBI tan sexy se iba a mudar conmigo.”

“Buena intuición,” dijo ella. Se acercó hasta él y tomó sus manos entre las suyas. “Ahora… esta es tu última oportunidad. Todavía te puedes echar atrás antes de que empecemos a sacar las cosas de las cajas.”

“¿Echarme hacia atrás? ¿Estás loca?”

“Vas a tener a una chica viviendo contigo,” dijo Mackenzie, atrayéndolo hacia ella. “Una chica con una tendencia al orden. Una chica que se puede poner un tanto obsesiva compulsiva.”

“Oh, ya lo sé,” dijo Ellington. “Y me encanta la idea.”

“¿Incluso la ropa de mujer? ¿Estás dispuesto a compartir tu armario?”

“Tengo muy poca ropa,” dijo él, inclinándose hacia ella. Su nariz casi tocaba la de ella y empezaba a crecer entre ellos una pasión a la que ya se habían acostumbrado. “Puedes tomar todo el espacio que necesites en el armario.”

“Maquillaje y tampones, compartir la cama, y otra persona ensuciando platos. ¿Estás seguro de que estás preparado para ello?”

“Sin duda. Aunque tengo una pregunta.”

“¿De qué se trata?” dijo ella. Sus manos se deslizaron hacia los brazos de Ellington. Sabía hacia dónde iba todo esto y todos los músculos doloridos de su cuerpo estaban preparados.

“Todas esas ropas de mujer,” dijo él. “No puedes dejarlas tiradas por el suelo todo el tiempo.”

“Mmm, no tengo intención de hacerlo,” dijo ella.

“Oh, ya lo sé,” dijo Ellington. Entonces se acercó y le quitó la camiseta. No perdió ni un segundo en hacer lo mismo con el sujetador deportivo que llevaba debajo. “Aunque es probable que yo lo haga,” añadió, arrojando ambas piezas al suelo.

Entonces la besó y aunque trató de guiarla hacia el dormitorio, sus cuerpos no tuvieron tanta paciencia. Acabaron en la alfombra de la sala de estar y aunque los músculos doloridos de Mackenzie protestaron ante el suelo firme bajo su espalda, hubo otras partes de su cuerpo que se impusieron.



***



Cuando sonó su teléfono a las 4:47 de la mañana, un solo pensamiento cruzó la mente adormilada de Mackenzie al tiempo que estiraba la mano hacia la mesita de noche.

Una llamada a estas horas… supongo que mis vacaciones ya han terminado.

“¿Diga?” preguntó, sin molestarse con las formalidades ya que técnicamente estaba de vacaciones.

“¿White?”

De un modo extraño, casi había echado de menos a McGrath durante estos últimos nueve días. Aun así, escuchar su voz fue como regresar a la realidad rápida y súbitamente.

“Sí, soy yo.”

“Disculpa la llamada a esta hora intempestiva,” dijo. Y antes de que añadiera nada más, Mackenzie escuchó cómo sonaba el teléfono de Ellington al otro lado de la cama.

Algo importante, pensó. Algo malo.

“Mira, ya sé que te concedí dos semanas,” dijo McGrath. “Pero tenemos un buen lío entre manos y te necesito en ello. A ti y a Ellington. Reuníos conmigo en mi despacho en cuanto podáis.”

No se trataba de una pregunta, sino más bien de una orden. Y sin nada que se pareciera a un adiós, McGrath terminó con la llamada. Mackenzie soltó un suspiro y miró a Ellington, que estaba concluyendo su propia llamada.

“En fin, parece que se terminaron tus vacaciones,” le dijo con una leve sonrisa.

“Está bien,” dijo ella. “Terminaron de una manera bastante explosiva.”

Y entonces, como si fueran un matrimonio casado desde hace años, se besaron y salieron de la cama, para irse al trabajo.




CAPÍTULO DOS


El edificio J. Edgar Hoover estaba vacío cuando entraron Mackenzie y Ellington. Ambos habían caminado por sus pasillos a todas horas de la noche, así que no les resultaba nada fuera de lo normal. Por lo general, significaba que había algo realmente horrible esperándoles.

Cuando llegaron al despacho de McGrath, se encontraron con que la puerta estaba abierta. McGrath estaba sentado a una pequeña mesa de conferencias al fondo de su oficina, repasando una serie de documentos. Había otra agente con él, una mujer a la que Mackenzie había visto antes. Se llamaba Yardley, una mujer discreta, sensata, que había intervenido para ayudar al agente Harrison en un par de ocasiones. Les lanzó un gesto de asentimiento y una sonrisa algo robótica cuando entraron a la sala y se acercaron a la mesa de la sala de conferencias. Volvió la mirada a su portátil, enfocada en lo que fuera que tuviera en la pantalla.

Cuando McGrath elevó la mirada para saludar a Mackenzie, no pudo evitar percibir lo que parecía ser un ligero alivio en sus ojos. Era una buena manera de ser recibida de nuevo en el trabajo después de que le acortaran las vacaciones.

“White, Ellington,” dijo McGrath. “¿Conocéis a la Agente Yardley?”

“Sí,” dijo Mackenzie, con un gesto de asentimiento hacia ella.

“Acaba de regresar de una escena de crimen que está conectada con otra que tuvimos hace cinco días. Al principio, la puse a ella en el caso, pero cuando pensé que podíamos tener a un asesino en serie en nuestras manos, le pedí que nos proporcionara todo lo que tenía para que pudiera pasároslo a vosotros. Tenemos un asesinato… el segundo de su clase en cinco días. White, te llamé a ti específicamente porque te quería en el asunto en base a tu trayectoria—el Asesino del Espantapájaros en concreto.”

“¿De qué caso se trata?” preguntó Mackenzie.

Yardley giró el portátil para ponerlo frente a ellos. Mackenzie se fue a la silla que estaba más cerca de ella y tomó asiento. Miró la imagen en la pantalla con un silencio como atenuado que había llegado a conocer muy bien—la capacidad de estudiar una imagen grotesca como parte de su trabajo pero con la compasión resignada que la mayoría de los seres humanos sentirían ante una muerte tan trágica.

Vio a un hombre mayor, de pelo y barba básicamente canosos, colgando del portón de una iglesia. Tenía los brazos extendidos y su cabeza estaba inclinada hacia abajo en un ademán de parodia de crucifixión. Tenía marcas de navajazos en su pecho y un corte enorme en la frente. Le habían dejado en su ropa interior, que había absorbido mucha de la sangre que había caído de su entrecejo y de su pecho. Por lo que podía ver en las fotos, estaba bastante segura de que le habían clavado las manos al portón. Sin embargo, los pies simplemente estaban atados con una cuerda.

“Esta es la segunda víctima,” dijo Yardley. “Reverendo Ned Tuttle, de cincuenta y cinco años de edad. Le encontró una mujer mayor que había pasado por la iglesia para poner flores en la tumba de su marido. El equipo forense se encuentra en la escena en este momento. Parece que colocaron allí el cuerpo hace menos de cuatro horas. Ya hemos enviado a unos agentes para que notifiquen a la familia.”

Una mujer a la que le gusta ponerse al mando y conseguir resultados, pensó Mackenzie. Quizá nos podamos llevar bien.

“¿Qué sabemos de la primera víctima?” preguntó Mackenzie.

McGrath le pasó una carpeta. Mientras la abría y miraba los contenidos, McGrath le puso al corriente. “Padre Costas, de la Iglesia Católica del Sagrado Corazón. Le encontraron en el mismo estado, clavado al portón de su iglesia hace cinco días. La verdad es que estoy bastante sorprendido de que no te enteraras de nada de esto en las noticias.”

“No vi las noticias durante mis vacaciones a propósito,” dijo Mackenzie, con una mirada hacia McGrath que pretendía ser cómica pero que le pareció pasar totalmente desapercibida.

“Recuerdo escuchar hablar de ello junto al dispensador de agua,” dijo Ellington. “La mujer que encontró el cadáver estuvo en estado de conmoción durante un tiempo, ¿no es cierto?”

“Correcto,” dijo McGrath.

“Y en base a lo que encontró el equipo forense,” añadió Yardley, “el padre Costas no llevaba allí clavado más de dos horas.”

Mackenzie repasó los documentos. Las imágenes en su interior mostraban al padre Costas en exactamente la misma posición que el reverendo Tuttle. Todo resultaba prácticamente idéntico, hasta el detalle del corte alargado a lo largo del entrecejo.

Cerró la carpeta y se la devolvió a McGrath.

“¿Dónde está esta iglesia?” preguntó Mackenzie, señalando a la pantalla del portátil.

“A las afueras de la ciudad. Una iglesia presbiteriana de un tamaño decente.”

“Enviame las direcciones por mensaje de texto,” dijo Mackenzie, poniéndose ya en pie. “Me gustaría ir a verla por mi cuenta.”

Por lo visto, estos últimos ocho días había echado en falta el trabajo más de lo que le hubiera gustado reconocer.



***



Todavía era de noche cuando Mackenzie y Ellington llegaron a la iglesia. El equipo forense estaba terminando con su trabajo. Habían bajado el cadáver del reverendo Tuttle del portón, pero a Mackenzie eso no le importaba. En base a las dos imágenes que había visto del reverendo Tuttle, ya había visto todo lo que necesitaba ver.

Dos asesinatos en forma de crucifixión, ambos en los portones de unas iglesias. Los hombres que han asesinado eran supuestamente líderes de sus parroquias. Está bastante claro que alguien guarda algún rencor enorme contra la iglesia. Y sea quien sea, no tiene preferencia por ninguna denominación.

Ellington y ella se acercaron a la parte delantera de la iglesia mientras el equipo forense terminaba con sus procedimientos. Hacia la izquierda, cerca del pequeño letrero con el nombre de la iglesia, había un pequeño grupo de gente. Unos cuantos estaban rezando abrazados. Otros lloraban sin ningún tapujo.

Miembros de la iglesia, asumió Mackenzie con una tristeza rotunda.

Se acercaron a la iglesia y la escena no hizo más que empeorar. Había regueros de sangre y dos agujeros grandes donde se habían clavado las puntas. Escudriñó la zona en busca de otros signos de iconografía religiosa pero no vio nada. Solamente había sangre y pizcas de tierra y de sudor.

Es algo tan osado, pensó. Tiene que haber algún tipo de simbolismo en todo ello. ¿Por qué una iglesia? ¿Por qué el portón de una iglesia? Una vez sería coincidencia, pero dos veces consecutivas, en ambos casos clavados a las puertas—eso fue a propósito.

Le pareció casi ofensivo que alguien hiciera algo así delante de una iglesia. Y quizá fuera todo el sentido que había en ello. No había manera de saberlo de seguro. Aunque Mackenzie no fuera una creyente en la religión o en Dios o en los efectos de la fe, también respetaba el derecho de la gente a profesar su religión. A veces deseaba ser ese tipo de persona. Quizá fuera por eso que el acto le parecía tan deplorable; burlarse de la muerte de Cristo en la entrada misma del lugar donde la gente se reunía en busca de consuelo y de refugio en su nombre era algo detestable.

“Incluso aunque este fuera el primer asesinato,” dijo Ellington, “una visión como esta me haría pensar de inmediato que habría más asesinatos. Esto es… repugnante.”

“Lo es,” dijo Mackenzie. “Pero no estoy del todo segura de por qué me hace sentir así.”

“Porque las iglesias son lugares seguros. No te esperas encontrarte agujeros profundos hechos con puntas y sangre húmeda en sus puertas. Eso es alguna historia del Antiguo Testamento ahí mismo.”

No es que Mackenzie fuera una erudita sobre la Biblia ni de lejos, pero recordaba algunas historias de su infancia—algo sobre el Ángel de la Muerte atravesando una ciudad y secuestrando a los primogénitos de cada familia si no había cierta marca en las puertas.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Lo reprimió al darse la vuelta hacia el equipo forense. Con un leve saludo, consiguió captar la atención de un miembro del equipo. Se acercó, claramente angustiado por lo que el equipo y él acababan de ver. “Agente White,” dijo. “¿Es este tu caso ahora?”

“Eso parece. Me preguntaba si teníais las puntas que utilizaron para clavarle allí arriba.”

“Claro que sí,” dijo él. Hizo un gesto con la mano a otro de los miembros de su equipo y entonces volvió a mirar al portón. “Y el tipo que hizo esto… o era fuerte como un oso o tenía todo el tiempo del mundo para hacer esto.”

“Eso es improbable,” dijo Mackenzie. Asintió de nuevo hacia el aparcamiento de la iglesia y la calle detrás de él. “Incluso si el asesino hizo esto sobre las dos o las tres de la mañana, las probabilidades de que no hubiera un vehículo pasando por Browning Street que le pudiera ver son mínimas.”

“A menos que el asesino estudiara el área de antemano y conociera al dedillo las horas muertas del tráfico después de medianoche,” ofreció Ellington.

“¿Alguna posibilidad de grabaciones de video?” preguntó.

“Ninguna. Ya lo comprobamos. La Agente Yardley llamó a unas cuantas personas—los propietarios de los edificios cercanos. Solo uno de ellos tiene cámaras de seguridad y no están enfocadas sobre la iglesia, así que no hay nada que hacer al respecto.”

El otro miembro del equipo forense se acercó. Llevaba una bolsa de plástico de tamaño medio que contenía dos agujas grandes de hierro y lo que parecía ser un hilo de cable grueso. Las puntas estaban cubiertas de sangre, que tambien se había derramado por el interior transparente de la bolsa.

“¿Esas son agujas de ferrocarril?” preguntó Mackenzie.

“Probablemente,” dijo el chico del equipo forense. “Pero si lo son, son unas agujas en miniatura. Quizá la clase que utiliza la gente para los corrales de gallinas o las vallas en los prados.”

“¿Cuánto tiempo antes de que obtengas algún tipo de resultado de ellas?” preguntó Mackenzie.

El hombre se encogió de hombros. “¿Medio día, quizás? Dime qué estás buscando específicamente y trataré de que los resultados te lleguen cuanto antes.”

“Comprueba si puedes averiguar qué utilizó el asesino para clavar las agujas. ¿Puedes averiguar ese tipo de cosas por el desgaste reciente en los cabezales de las agujas?”

“Claro, deberíamos poder hacerlo. Ya hemos hecho todo lo que podemos hacer por nuestra parte. El cuerpo sigue con nosotros; no llegará a la oficina del forense hasta que lo digamos nosotros. Ya hemos espolvoreado el portón y la escalinata en busca de huellas. Te comunicaremos si encontramos alguna cosa.”

“Gracias,” dijo Mackenzie.

“Perdona que ya hayamos retirado el cadáver, pero estaba saliendo el sol y la verdad es que no queríamos que esto saliera en los periódicos de hoy. O en los de mañana, la verdad.”

“No, está bien. Lo entiendo perfectamente.”

Dicho esto, Mackenzie se giró hacia las puertas dobles, despidiéndose sin palabras del equipo forense. Intentó imaginarse a alguien arrastrando un cuerpo por el pequeño jardín y subiéndolo por las escaleras en medio del silencio nocturno. La posición de las luces de seguridad en la calle hubiera dejado a oscuras el portón de la iglesia. No había luces de ninguna clase junto al portón de la iglesia, por lo que hubiera estado sumida en una oscuridad casi absoluta.

Quizá fuera más probable de lo que pensé originalmente que el asesino se tomara todo el tiempo del mundo para hacer esto, pensó.

“Esa me pareció una solicitud extraña,” dijo Ellington. “¿Qué estás pensando?”

“Todavía no lo sé, pero sé que hubiera sido necesaria mucha fuerza y determinación para trabajar en solitario para levantar a alguien del suelo y clavar sus manos a esta puerta. Si se empleó un mazo para clavar las puntas, puede que indique que había más de un asesino—uno para levantar a la víctima del suelo además de extender el brazo, y otro para clavar las puntas.”

“Tiene cada vez mejor pinta, ¿no es cierto?” dijo Ellington.

Mackenzie asintió mientras comenzaba a tomar fotografías de la escena con la cámara de su teléfono. Al hacerlo, la idea de la crucifixión volvió a recorrerle todo el cuerpo. Le hizo pensar en el primer caso en el que había trabajado en que se habían utilizado temas de crucifixión—un caso en Nebraska que había acabado por llevarle a entablar relaciones con el Bureau.

El Asesino del Espantapájaros, pensó. Dios, ¿voy a ser capaz alguna vez de dejar ese asunto en las catacumbas de mi memoria?

Por detrás suyo, el sol comenzaba a salir, proyectando los primeros rayos de luz del día. A medida que su sombra se proyectaba lentamente sobre las escaleras de la iglesia, trató de ignorar el hecho de que casi parecía una cruz.

De nuevo, los recuerdos del Asesino del Espantapájaros le nublaron la mente.

Quizá este sea el momento, pensó con esperanza. Quizá cuando cierre este caso, los recuerdos de esa gente crucificada en los maizales dejarán de atormentarme.

Sin embargo, mientras mirada de nuevo a las puertas manchadas de sangre de la iglesia Presbiteriana Cornerstone, se temió que eso no eran más que castillos en el aire.




CAPÍTULO TRES


Mackenzie se enteró de muchas cosas sobre el reverendo Ned Tuttle en la siguiente media hora. Para empezar, dejaba atrás dos hijos y una hermana. Su mujer le había dejado hacía ocho años, para mudarse a Austin, Texas, con el hombre con el que había estado teniendo relaciones durante un año antes de ser descubierta. Los dos hijos vivían en el área de Georgetown, lo que suponía que esa iba a ser la primera parada del día para Mackenzie y Ellington. Eran poco más de las 6:30 cuando Mackenzie aparcó su coche junto a la curva que había al lado del apartamento de Brian Tuttle. Según el agente que les había informado de la noticia, los dos hermanos estaban allí, esperando a hacer lo que fuera posible para responder a sus preguntas sobre la muerte de su padre.

Cuando Mackenzie entró al apartamento de Brian Tuttle, se sorprendió un poco. Estaba esperando encontrar a los dos hijos de luto, desgarrados por la muerte de su devoto padre. En vez de ello, les encontró sentados a una pequeña mesa que había en la cocina. Los dos estaban tomando un café. Brian Tuttle, de veintidós años de edad, estaba comiéndose un bol de cereales mientras que Eddie Tuttle, de diecinueve, mojaba con aire distraído un panqueque Eggo en un charquito de sirope.

“No sé con exactitud lo que creen que podemos ofrecerles,” dijo Brian. “No es que estuviéramos en los mejores términos posibles con papá.”

“¿Puedo preguntar por qué?” dijo Mackenzie.

“Porque dejamos de asociarnos con él cuando se metió de lleno en la iglesia.”

“¿No sois creyentes?” preguntó Ellington.

“No lo sé,” dijo Brian. “Supongo que soy agnóstico.”

“Yo soy creyente,” dijo Eddie. “Pero papá… lo llevó a un nivel completamente nuevo. Quiero decir, cuando descubrió que mamá le estaba engañando, no hizo nada de nada. Después de un par de días procesándolo, la perdonó a ella y al tipo con el que le estaba engañando. Dijo que les perdonaba porque era la acción cristiana en este caso. Y se negó a siquiera hablar de divorcio.”

“Sí,” dijo Brian. “Y a mamá eso le vino a decir que no le importaba un bledo a papá—que no le preocupara que le hubiera engañado. Así que se marchó. Y él no hizo gran cosa por detenerla.”

“¿Alguna vez intentó vuestro padre ponerse en contacto con vosotros después de que se fuera tu madre?”

“Oh, claro que sí,” dijo Brian. “Como cada sábado por la tarde, suplicándonos que fuéramos a la iglesia.”

“Y, además de eso,” añadió Eddie, “estaba demasiado ocupado durante la semana incluso aunque nosotros quisiéramos vernos con él. Siempre estaba en la iglesia o en misiones de caridad o visitando a enfermos en hospitales.”

“¿Cuándo fue la última vez que alguno de vosotros habló con él en profundidad?” preguntó Mackenzie.

Los hermanos se miraron el uno al otro un momento, haciendo cálculos. “No estoy seguro,” dijo Brian. “Quizá un mes. Y no fue gran cosa para nada. Estaba haciendo las mismas preguntas de siempre: cómo nos iba en el trabajo, si ya estaba saliendo con alguien, cosas por el estilo.”

“Entonces, ¿es correcto afirmar que ambos teníais una relación distante con vuestro padre?”

“Sí,” dijo Eddie.

Bajó la vista hacia la mesa por un instante cuando la pena empezó a calarle. Mackenzie ya había visto este tipo de reacción antes; si hubiera tenido que apostar, estaba bastante segura de que uno de los dos chicos rompería a llorar en menos de una hora, cayendo en la cuenta de todo lo que se había perdido en relación con un padre al que nunca había llegado a conocer.

“¿Sabéis quién le podría haber conocido bien?” preguntó Mackenzie. “¿Tenía amigos íntimos?”

“Solo ese sacerdote o pastor o lo que sea de la iglesia,” dijo Eddie. “El que está al mando del lugar.”

“¿No era tu padre el reverendo principal?” preguntó Mackenzie.

“No. Era más bien un asistente del pastor o algo por el estilo,” dijo Brian. “Había otro tipo por encima de él. Jerry Levins, creo que se llama.”

Mackenzie se percató de la manera en que los dos jóvenes estaban confundiendo los términos. Pastor, reverendo, sacerdote… era todo bastante confuso. De hecho, ni siquiera Mackenzie conocía la diferencia, y asumió que tenía que ver con las diferencias en nomenclatura entre las distintas religiones.

“¿Y pasaba tu padre mucho tiempo con él?”

“Oh, sí,” dijo Brian, un tanto enfadado. “Todo su maldito tiempo, creo. Si necesitan saber algo sobre papá, él es la persona indicada para ir a preguntarle.”

Mackenzie asintió, bien consciente de que no iba a obtener ninguna información útil de estos dos jovencitos. Aun así, hubiera deseado tener más tiempo para hablar con ellos. Claramente, había algunas tensiones y pérdidas por resolver entre ellos. Quizá si atravesaran las paredes emocionales que les mantenían tan tranquilos, tendrían más que ofrecer.

Al final, se dio la vuelta y les dio las gracias. Ellington y ella salieron sigilosamente del apartamento. Cuando empezaron a bajar las escaleras el uno junto al otro, Ellington tomó su mano.

“¿Estás bien?” le preguntó.

“Claro,” dijo ella, confundida. “¿Por qué?

“Dos chicos… su padre acaba de morir y no están seguros de cómo enfrentarse a ello. Con todas las especulaciones sobre el viejo caso de tu padre últimamente… solo me estaba preguntando.”

Ella le sonrió, regocijándose en el aliento que le daba a su corazón en esos momentos. Dios, puede ser tan encantador…



A medida que caminaban hacia la mañana juntos, también se dio cuenta de que tenía razón: la razón por la que ella quería quedarse y seguir charlando era para ayudar a los hermanos Tuttle a resolver los problemas que habían tenido con su padre.

Por lo visto, el fantasma del caso recientemente reabierto de su padre le acechaba más de lo que quería reconocer.



***



Divisar la iglesia Presbiteriana Cornerstone a la luz de la mañana resultaba surrealista. Mackenzie conducía junto a ella de camino a su reunión con el reverendo Jerry Levins. Levins vivía en una casa que se asentaba a solo media manzana de la iglesia, algo que Mackenzie había visto con frecuencia durante su etapa en Nebraska donde los líderes de las iglesias pequeñas solían vivir muy cerca de sus casas de devoción.

Cuando llegaron a casa de Levins, había numerosos coches aparcados al lado de la calle y en la entrada a su garaje. Asumió que se trataba de miembros de Cornerstone, que habían venido para buscar consuelo o para ofrecer su apoyo al reverendo Levins.

Cuando Mackenzie llamó a la puerta principal de la modesta casa de ladrillo, le respondieron de inmediato. Era obvio que la mujer que salió a abrirles la puerta había estado llorando. Miró con desconfianza a Mackenzie y a Ellington hasta que Mackenzie le mostró su placa.

“Somos los agentes White y Ellington, del FBI,” dijo. “Nos gustaría hablar con el Reverendo Levins, si está en casa.”

La mujer les abrió la puerta y entraron a una casa que resonaba con lloros y gemidos. En alguna otra parte de la casa, Mackenzie podía oír el murmullo de oraciones.

“Iré a buscarle,” dijo la mujer. “Hagan el favor de esperar aquí.”

Mackenzie observó cómo la mujer atravesaba la casa, entrando a una pequeña sala de estar en cuya entrada había unas cuantas personas de pie. Después de algunos susurros, un hombre alto y calvo se acercó caminando hacia ellos. Igual que la mujer que había respondido a la puerta, también era evidente que había estado llorando.

“Agentes,” dijo Levins. “¿Puedo ayudarles?”

“En fin, ya sé que son momentos muy tensos y tristes para usted,” dijo Mackenzie, “pero esperamos obtener cualquier información que podamos sobre el reverendo Tuttle. Cuanto antes podamos conseguir pistas, más rápido atraparemos al responsable de esto.”

“¿Creen que su muerte pueda estar relacionada con la de ese pobre sacerdote esta semana?” preguntó Levins.

“No podemos saberlo con certeza,” dijo Mackenzie, aunque ya estaba convencida de que era así. “Y por esa razón esperábamos que pudiera hablar con nosotros.”

“Por supuesto,” dijo Levins. “Mejor afuera en la escalera. No quiero interrumpir las plegarias que se están llevando a cabo aquí.”

Les llevó de vuelta a la mañana, donde tomó asiento en las escaleras de hormigón. “Debo decirles, que no estoy seguro de lo que van a encontrar sobre Ned,” comentó Levins. “Era un creyente de primera. Además de algunos problemas con su familia, no sé si tenía algo que se pareciera ni de lejos a un enemigo.”

“¿Tenía amigos dentro de la iglesia sobre los que pueda albergar dudas respecto a su moralidad u honradez?” preguntó Ellington.

“Todo el mundo era amigo de Ned Tuttle,” dijo Levins, secándose una lágrima de los ojos. “El hombre era lo más parecido a un santo que se pueda encontrar. Devolvía a la iglesia al menos un veinticinco por ciento de su salario habitualmente. Siempre estaba en la ciudad, ayudando a dar de comer y proveer de ropa a los necesitados. Cortaba el césped para algunos ancianos, hacía reparaciones domésticas para viudas, y se iba a Kenia tres veces al año de misionario para ayudar en una obra médica.”

“¿Sabe alguna cosa sobre su pasado que pudiera resultar sospechosa?” preguntó Mackenzie.

“No. Y no es poco decir porque sé muchas cosas sobre su pasado. Él y yo compartimos muchas historias sobre nuestros problemas. Y puedo decirles en confianza que, entre las pocas cosas pecaminosas que experimentó en el pasado, no había nada que pudiera sugerir que le trataran como lo hicieron anoche.”

“¿Qué hay de otras personas dentro de la parroquia?” preguntó Mackenzie. “¿Había miembros de la iglesia que pudieran sentirse ofendidos por algo que hubiera dicho o hecho el reverendo Tuttle?”

Levins pensó en ello durante un instante antes de sacudir la cabeza. “No. Si hubiera algún problema de ese tipo, Ned nunca me lo contó y yo no me enteré. Pero repito… les puedo decir con la mayor certeza que no tenía enemigos según mi conocimiento.”

“Quizá sepa si—” comenzó a decir Ellington.

Sin embargo, Levins levantó la mano, como si quisiera rechazar el comentario. “Lo siento mucho,” dijo. “La verdad es que me siento bastante triste por la pérdida de mi buen amigo, y tengo a muchos miembros de la iglesia llorando dentro de mi casa. Estaré encantado de responder a las preguntas que tengan en los próximos días, pero, en este momento, necesito volver con Dios y con mi congregación.”

“Desde luego,” dijo Mackenzie. “Le entiendo, y lamento mucho su pérdida.”

Levins consiguió esbozar una sonrisa cuando se puso de nuevo en pie. Había lágrimas recientes corriendo por sus mejillas. “Lo dije en serio,” susurró, haciendo lo que podía por no derrumbarse delante de ellos. “Denme un día más o menos. Si hay algo más que tienen que preguntar, díganmelo. Me gustaría colaborar para llevar a quienquiera que haya hecho esto ante la justicia.”

Dicho esto, regresó de nuevo al interior de la casa. Mackenzie y Ellington regresaron a su coche mientras el sol tomaba su posición natural en el cielo. Era difícil de creer que solo fueran las 8:11 de la mañana.

“¿Y ahora qué?” preguntó Mackenzie. “¿Alguna idea?”

“Bueno, llevo levantado casi cuatro horas y todavía no he tomado café. Ese parece un buen lugar por el que empezar.”



***



Veinte minutos después, Mackenzie y Ellington estaban sentados frente a frente en una pequeña cafetería. Mientras tomaban su café, repasaron los documentos sobre el padre Costas que habían conseguido en el despacho de McGrath y los archivos digitales sobre el reverendo Tuttle que habían enviado por email al teléfono de Mackenzie.

Además de examinar las fotografías, no había mucho que estudiar. Incluso en el caso del padre Costas, en el que había papeleo de acompañamiento, no había gran cosa que decir. Habían acabado con su vida con la herida de cuchillo en su pulmón o con una incisión profunda en su nuca que había profundizado lo suficiente como para revelar destellos blanquecinos de su médula espinal.

“Así que, según este informe,” dijo Mackenzie, “las heridas infligidas en el cuerpo del padre Costas probablemente fueron las que le mataron. Seguramente estaba ya muerto cuando le crucificaron.”

“¿Y eso significa algo?” preguntó Ellington.

“Creo que hay muchas posibilidades. Está claro que hay algún tipo de ángulo religioso en todo esto. El mero concepto de la crucifixión apoya esa idea. No obstante, hay una gran diferencia entre utilizar el acto de la crucifixión como mensaje y utilizar la imagen de la crucifixión.”

“Creo que te entiendo,” dijo Ellington, “pero puedes continuar con la explicación.”

“Para los cristianos, la imagen de la crucifixión sería simplemente un tipo de descripción. Si ese fuera el caso, los cadáveres hubieran estado prácticamente libres de heridas. Piensa en ello… la cristiandad al completo sería bastante diferente si Cristo hubiera estado ya muerto cuando le clavaron en la cruz.”

“Entonces, ¿piensas que el asesino solo está crucificando a estos hombres para hacer una exhibición?”

“Demasiado pronto para decirlo,” dijo Mackenzie. Se detuvo el tiempo suficiente como para darle un trago delicioso a su café. “Sin embargo, me inclino por pensar que no. Ambos hombres eran clérigos… líderes de una iglesia en una forma u otra. Exhibirles maniatados como a la figura cristiana que está en el centro de sus iglesias es un signo demasiado claro. Hay algún tipo de motivo detrás de todo ello.”

“Te acabas de referir a Jesucristo como a una figura cristiana. Pensé que creías en Dios.”

“Así es,” dijo Mackenzie. “Pero no con la fuerza y la convicción que tenía alguien como Ned Tuttle. Y cuando hablamos de historias bíblicas—la serpiente que habla, el arca, el golpe a golpe de la crucifixión—creo que hay que echar la fe a un lado y apoyarme en algo que se parece más a la fe ciega. Y no me siento cómoda con eso.”

“Guau,” dijo Ellington con una sonrisa. “Eso es profundo. Yo… prefiero simplemente decir que no lo sé por toda respuesta. Por tanto, respecto al motivo que has mencionado, ¿cómo lo descubrimos?” preguntó Ellington.

“Buena pregunta. Planeo empezar con la familia del padre Costas. No hay gran cosa en los informes que pueda servirnos de algo. Además, creo—”

Le interrumpió el sonido del teléfono de Ellington. Él lo respondió con rapidez y frunció el ceño al mirar la pantalla. “Es McGrath,” dijo antes de responder.

Mackenzie escuchó la parte de Ellington en la conversación, incapaz de comprender de qué estaba hablando. Después de menos de un minuto, Ellington concluyó la llamada y se metió el teléfono de nuevo al bolsillo.

“En fin,” dijo. “Parece que irás a visitar a la familia de Costas por tu cuenta. McGrath necesita que regrese a la oficina. Alguna tarea relativa a un caso sobre el que ha sido de lo más discreto.”

“Lo que seguramente quiere decir que es trabajo aburrido,” dijo Mackenzie. “Qué suertudo.”

“Aun así, resulta extraño que me saque de aquí tan deprisa cuando todavía no tenemos pistas. Debe de significar que tiene una confianza inmensa en ti de repente.”

“¿Y tú no?”

“Ya sabes lo que quiero decir,” dijo Ellington, sonriendo.

Mackenzie le dio otro trago a su café, un tanto decepcionada al descubrir que ya estaba vacía. Tiró la taza a la basura y reunió los archivos y su teléfono, lista para dirigirse a su primera parada. Pero primero, se dirigió al mostrador para pedir otro café.

Parecía que iba a ser un día muy largo. Y sin Ellington para mantenerla despierta, sin duda alguna iba a necesitar café.

Claro que, por otra parte, los días largos solían acabar con pistas—y productividad. Y si Mackenzie se salía con la suya, encontraría al asesino antes de que tuviera el tiempo suficiente para planear otro asesinato.




CAPÍTULO CUATRO


Después de dejar a Ellington en el aparcamiento subterráneo de las oficinas del FBI (y de un beso rápido pero apasionado antes de que se marchara), Mackenzie se puso en camino hacia la Iglesia Católica del Sagrado Corazón. No esperaba encontrar gran cosa, así que no se sintió decepcionada cuando se encontró precisamente con eso.

Habían sustituido el portón de entrada, pero tenía el aspecto de una réplica exacta del que ya había visto en las fotos de la escena del crimen. Ascendió por las escaleras, que eran mucho más lujosas y ornamentadas que las que había en Cornerstone, hasta el nuevo portal. Entonces se dio la vuelta y observó la calle. No pudo evitar preguntarse si había algún tipo de simbolismo en el hecho de que hubieran clavado a los hombres en el portal principal.

Quizá se supone que están mirando hacia algo en particular, pensó Mackenzie. No obstante, lo único que veía eran coches aparcados, unos cuantos peatones, y señales de tráfico.

Miró a sus pies y a lo largo de los bordes del marco del portón. Había pequeñas formas amasadas que podían ser cualquier cosa. No obstante, ya había visto este color con anterioridad—el color de la sangre una vez se secaba en el hormigón pálido.

Volvió a mirar hacia las escaleras e intentó imaginarse a un hombre subiendo un cadáver por ellas. Sin duda alguna, sería todo un esfuerzo. Por supuesto, no sabía si Costas ya estaba muerto cuando le habían clavado en el portón, aunque parecía ser la probabilidad que estaban manejando.

Mientras estaba de pie junto al portón doble y echaba un vistazo a su alrededor, repasó los hechos que conocía gracias a los informes. Aquí se utilizaron el mismo tipo de puntas que se emplearon en la escena de Tuttle. La única herida en común entre los dos cadáveres era un enorme corte que recorría toda su frente—quizá como una alusión a la corona de espinas de Jesucristo.

Era difícil de imaginar una visión tan dantesca en la escalinata donde se encontraba de pie. Por lo general, la gente no solía pensar en muerte y sangre cuando estaban frente a las puertas de una iglesia.

Y quizá sea ese el motivo. Quizá esa sea una conexión con la motivación del asesino.

Sintiendo que quizá esa fuera una buena idea, Mackenzie bajó de nuevo por las escaleras hasta la calle. Le resultaba extraño moverse a este ritmo sin tener a Ellington a su lado, pero para cuando estuvo dentro del coche y en movimiento, su mente estaba solamente enfocada en el caso.



***



Por segunda vez ese día, Mackenzie se encontraba entrando a una casa abarrotada. El padre Costas había vivido en una casa agradable, una casa de dos pisos junto a los límites de la zona central. Salió a recibirle una mujer que se presentó como un miembro de la parroquia del Sagrado Corazón. Llevó a Mackenzie hasta una especie de despacho, donde le pidió que esperara un momento.

En cuestión de segundos, una mujer mayor entró a la sala. Parecía agotada y profundamente entristecida al sentarse en una butaca al otro lado del asiento donde estaba sentada Mackenzie en un sofá ornamentado.

“Lamento molestarla,” dijo Mackenzie. “No tenía ni idea de que tuviera tanta compañía en su casa.”

“Sí, yo tampoco tenía ni idea,” dijo la mujer. “Pero el funeral tiene lugar esta noche y hay toda esta gente que han llegado de todas partes. Familiares, conocidos, seres queridos de la iglesia.” Entonces sonrió con aspecto adormilado y añadió: “Me llamo Nancy Allensworth, soy la secretaria de la parroquia. ¿Me han dicho que usted es del FBI?”

“Sí señora. A riesgo de disgustarla todavía más, le diré que encontraron otro cadáver esta mañana, con el mismo tratamiento que había recibido el padre Costas. Este era un reverendo de una pequeña iglesia presbiteriana cerca de Georgetown.”

Nancy Allensworth se llevó la mano a la boca en un gesto dramático que expresaba su sorpresa. “Dios mío,” dijo. Entonces, a través de lágrimas y dientes apretados, susurró, “¿Hasta dónde ha llegado este mundo cruel?”

Haciendo lo que podía por continuar con su investigación, Mackenzie siguió adelante. “Obviamente, como ha sucedido dos veces, tenemos razones para creer que podría suceder de nuevo, así que el tiempo apremia. Esperaba que pudiera responder a unas cuantas preguntas para mí.”

“Puedo intentarlo,” dijo, aunque estaba claro que estaba luchando para mantener a raya sus emociones.

“Como el Sagrado Corazón es una iglesia relativamente grande, me preguntaba si podría haber alguien en la congregación que hubiera contactado recientemente al padre Costas con alguna queja o agravio.”

“Que yo sepa, no. Pero ha de tener en cuenta que había mucha gente que se acercaba a él en confianza para confesar sus pecados o solucionar inquietudes espirituales en sus vidas.”

“¿Hay algo en particular durante el transcurso de los últimos años que se le ocurra pudiera haberle sentado mal a alguien? ¿Alguna cosa que pudiera molestar a alguien que quizá sentía reverencia por el padre Costas previamente?”

Nancy se miró las manos. Las estaba retorciendo con nerviosismo en su regazo, tratando de evitar que temblaran.

“Supongo que sí la hubo, pero sucedió antes de que empezara a trabajar aquí. Hubo una historia hace como diez años, un informe que sacó a la luz uno de los periódicos locales. Uno de los adolescentes que lideraban un grupo juvenil dijo que el padre Costas había abusado sexualmente de él. Fue muy explícito. Nunca hubo ninguna prueba de que fuera verdad y, para ser sinceros, no hay manera de que el padre Costas pudiera haber hecho algo así. Claro que, cuando una historia periodística como esa se propaga y tiene que ver con alguien dentro de la iglesia católica, se toma como si fuera una verdad incuestionable.”

“¿Cuáles fueron las consecuencias de esa historia?”

“Por lo que me contaron, recibió amenazas de muerte. El número de feligreses que acudía a la iglesia disminuyó en un quince por ciento. Empezó a recibir emails no solicitados llenos de pornografía homosexual.”

“¿Guardó alguno de esos emails?” preguntó Mackenzie.

“Durante un tiempo,” dijo Nancy. “Llamó a la policía al respecto, pero nunca fueron capaces de hacer ninguna conexión. Una vez estuvo claro que no había nada que se pudiera hacer al respecto, los borró de su cuenta. Yo nunca los vi personalmente.”

“¿Y qué hay del adolescente que realizó las acusaciones? Si nos pudiera dar un nombre, podríamos pasar a visitarle.”

Nancy sacudió la cabeza, con lágrimas corriéndole por el rostro. “Se acabó suicidando ese mismo año. Había una nota cerca del cadáver en la que confesaba que era gay. Resultó otro golpe para el padre Costas. Hizo que la historia pareciera todavía más probable.”

Mackenzie asintió, intentando pensar en cualquier otra vía de acceso. Sabía que, naturalmente, sería difícil obtener este tipo de información de una viuda de luto. Y cuando a esto se le añadía otro suceso pasado con un artículo periodístico que podía o no ser cierto, la cuestión se ponía mucho peor. Suponía que podía presionar en busca de más información sobre el joven que había presentado la queja y que había acabado suicidándose. Claro que también podía encontrar la información por su cuenta mientras dejaba que esta pobre mujer se preparara para el funeral del padre Costas.

“En fin, señora Allensworth, muchísimas gracias por su tiempo,” dijo Mackenzie, poniéndose en pie. “Le acompaño en el sentimiento.”

“Bendita seas, querida,” dijo Nancy. También se puso de pie y llevó a Mackenzie de regreso a través de la casa hasta la puerta principal.

En la puerta, Mackenzie le dio a Nancy una tarjeta de visita con su nombre y su número. “Entiendo que está pasando por un momento muy duro,” dijo Mackenzie. “Pero si hay cualquier cosa que se le ocurra en los próximos días, llámeme por teléfono.”

Nancy recibió la tarjeta sin decir ni una palabra y la deslizó dentro de su bolsillo. Entonces se dio la vuelta, luchando claramente con un ataque de lágrimas, y cerró la puerta.

Mackenzie se dirigió de vuelta a su coche, sacando su teléfono móvil. Marcó el número del agente Harrison, que le respondió al instante.

“¿Va todo bien?” le preguntó.

“Todavía no lo sé,” dijo Mackenzie. “¿Puedes hacerme un favor e investigar hace como unos diez años para ver qué puedes encontrar sobre el padre Costas respecto a unas alegaciones de abuso sexual por parte del líder de un grupo juvenil? Me gustaría tener tantos detalles sobre el caso como sea posible.”

“Claro. ¿Crees que puede haber una pista ahí?”

“No lo sé,” dijo ella. “Pero me parece que sin duda merece la pena investigar a un chico que dijo que había sido abusado sexualmente por un sacerdote al que han clavado en el portón de su iglesia.”

“Claro, parece buena idea,” dijo Harrison.

Terminó con la llamada, de nuevo acosada por imágenes del Asesino del Espantapájaros y Nebraska. Obviamente, ya había tratado con asesinos que atacaban desde un contexto religioso. Y algo que sabía sobre ellos era que podían ser impredecibles y muy determinados. No iba a arriesgarse en absoluto y, como consecuencia, no dejaría ningún detalle por investigar.

Y aun sí, mientras se montaba de nuevo en el coche, cayó en la cuenta de que un chico del que han abusado sexualmente parecía una pista bastante sólida. Además, si no fuera por él, lo único que tenía a su disposición era regresar a las oficinas del FBI y ver qué podía sonsacar de los archivos mientras esperaba a que el equipo forense encontrara alguna pista.

Y sabía que, si se quedaba sentada sin hacer nada, esperando a alguna apertura en el caso, el asesino podía estar ahí fuera planeando su siguiente movimiento.




CAPÍTULO CINCO


Eran las 3:08 en el salpicadero del coche cuando el sacerdote salió de la iglesia.

Observó al sacerdote a través del limpiaparabrisas desde la distancia. Sabía que era un hombre santo, su reputación era estelar y su parroquia había sido afortunada. Aun así, era bastante decepcionante. A veces pensaba que los hombres devotos deberían ser distinguidos del resto del mundo, para hacerlos más fáciles de identificar. Quizá como en esas antiguas pinturas religiosas donde se mostraba a Jesús con un gran círculo dorado alrededor de su cabeza.

Se echó a reír al pensar en esto mientras observaba cómo el sacerdote se reunía con otro hombre delante de un coche junto a la iglesia. El otro hombre era algún tipo de ayudante. Ya había visto antes a este ayudante, pero no estaba pendiente de él. Era uno de los últimos eslabones de la cadena de poder dentro de la iglesia.

No, a él le interesaba más el sacerdote principal.

Cerró los ojos mientras los dos hombres hablaban. En el silencio de su coche, se puso a rezar. Sabía que podía rezar en cualquier parte y que Dios le escucharía. Ya llevaba algún tiempo sabiendo que a Dios no le importaba donde estuvieras cuando rezabas o cuando confesabas tus pecados. No era necesario que estuvieras en algún edificio enorme y de decoración estridente. De hecho, la Biblia indicaba que esos aposentos tan elaborados eran una ofensa a Dios.

Cuando terminó con su oración, pensó en ese pasaje de las escrituras. Lo pronunció en voz alta, con voz lenta y áspera.

“Y cuando ores, no has de hacerlo como los hipócritas. Que a ellos les encanta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para que puedan ser vistos por los hombres.”

Volvió a mirar al sacerdote, que en este momento se alejaba del hombre y se dirigía hacia otro coche.

“Hipócrita,” dijo. Su voz albergaba una mezcla de tristeza y de malicia.

También sabía que la Biblia advertía sobre una plaga de falsos profetas en los tiempos finales. Esa era la razón de que, después de todo, se hubiera decidido a realizar su tarea actual. Los falsos profetas, los hombres que hablaban de glorificar a Dios mientras miraban con avaricia los platos de la recolecta mientras los pasaban alrededor de la congregación—los mismos que predicaban sobre santidad y pureza al tiempo que miraban a los jovencitos con ojos llenos de lujuria—eran los peores de todos. Eran peor que los traficantes de drogas y los asesinos. Eran peor que los violadores y los pervertidos más deplorables que había por las calles.

Todo el mundo lo sabía, aunque nadie hiciera nada acerca de ello.

Hasta ahora. Hasta que él había escuchado la voz de Dios hablándole, diciéndole que lo rectificara.

Era su tarea librar al mundo de estos falsos profetas. Era una tarea sangrienta, pero era la tarea de Dios. Y eso era todo lo que él necesitaba saber.

Volvió a mirar al sacerdote, metiéndose al coche y saliendo de la iglesia.

Después de un rato, tambien salió de su aparcamiento. No siguió al sacerdote demasiado de cerca, sino que le escoltó a una distancia segura.

Cuando llegó a un semáforo, apenas podía escuchar el ruido musical de su maletero mientras varias de sus puntas industriales tintineaban dentro de su caja.




CAPÍTULO SEIS


Ella está ascendiendo hacia la iglesia, y la luna de sangre proyecta la silueta de su cuerpo en el pavimento con el aspecto de un insecto estirado—una mantis religiosa o quizá un ciempiés. Suena una campana, una enorme campana por encima de la catedral, congregando a las gentes para que vengan a presentar su devoción y cantar sus alabanzas.

Sin embargo, Mackenzie no consigue entrar a la iglesia. Hay un grupo de gente en la escalinata frontal, congregándose junto al portón de entrada. Allí ve a Ellington, además de a McGrath, Harrison, a su madre y su hermana, incluso a su antiguo compañero, Bryers, y algunos de los hombres con los que ha trabajado mientras era detective en Nebraska.

“¿Qué están haciendo?” se pregunta.

Ellington se vuelve hacia ella. Tiene los ojos cerrados. Lleva puesto un traje elegante, con una corbata del color de la sangre. Le sonríe, con los ojos aún cerrados, y se lleva una mano a los labios. Junto a él, su madre apunta al portón principal de la iglesia.

Su padre está allí. Maniatado, crucificado. Le está mirando directamente a Mackenzie, con la mirada de un maniaco y los ojos abiertos de par en par. Puede observar la locura en sus ojos y en su sonrisa maliciosa.

“¿Has venido a salvarte a ti misma?” le pregunta.

“No,” contesta Mackenzie.

“Bueno, sin duda no viniste a salvarme a mí. Es demasiado tarde para eso. Ahora haz una reverencia. Reza. Encuentra tu paz en mí.”

Y como si alguien le hubiera partido en dos desde dentro, Mackenzie cae de rodillas. Se arrodilla del todo, rozándose las rodillas en el hormigón. Por todos lados, la congregación comienza a cantar en diversos idiomas. Mackenzie abre la boca de la que salen palabras sin forma, uniéndose a la sonata. Vuelve a mirar a su padre y ve que tiene un aura de fuego alrededor de su cabeza. Está muerto ahora, con la mirada en blanco y carente de expresión, y de la boca le cae un reguero de sangre que se acumula a sus pies.

Y continúa el sonido de la campana, repitiéndose una y otra vez.

Sonando…

Sonando. Algo está sonando.

Es su teléfono. Con una sacudida, Mackenzie se despierta. Apenas registra su reloj sobre la mesita, que marca las 2:10 de la madrugada. Responde al teléfono, tratando de quitarse de encima los vestigios de la pesadilla que todavía tiene en mente.

“Aquí White,” dice.

“Buenos días,” le contesta la voz de Harrison. Por dentro, Mackenzie se siente decepcionada. Había estado esperando escuchar la voz de Ellington. Le habían sacado de allí para llevar a cabo alguna tarea que le había asignado McGrath, cuyos detalles eran incompletos por decirlo suavemente. Le había prometido llamarle en algún momento, pero hasta ahora, no había tenido noticias de él.

Harrison, pensó adormilada. ¿Qué demonios quiere ahora?

“Es demasiado pronto para esto, Harrison,” le dice.

“Lo sé,” dice Harrison. “Lo lamento, pero te llamo por encargo de McGrath. Ha habido otro asesinato.”



***



A través de una serie de mensajes de texto, Mackenzie reunió todas las piezas que necesitaba. Una pareja rebelde había aparcado en las sombras de un aparcamiento de una iglesia conocida para hacer el amor. En el momento que las cosas empezaban a tomar forma, la chica había visto algo extraño en la puerta. Le había asustado lo suficiente como para concluir con las actividades planeadas para la noche. Claramente disgustado, el chico cuyo acto de exhibicionismo había sido interrumpido, se había acercado sigilosamente hasta la puerta para encontrarse con un cuerpo desnudo clavado en ella.

La iglesia en cuestión era una de las más célebres de la zona: la Iglesia Comunitaria Living Word, una de las más grandes de la ciudad. Salía a menudo en las noticias, ya que el presidente de la nación solía atender sus servicios. Mackenzie nunca había estado allí (no había entrado a una iglesia desde que pasara por un fin de semana plagado de culpabilidad en la universidad) pero el tamaño y la importancia del lugar se registraron claramente en su mente mientras giraba para meter su coche en el aparcamiento.

Estaba entre los primeros que habían acudido a la escena. El equipo de CSI estaba allí, acercándose a la entrada principal de la iglesia. Solo había una agente saliendo del coche, que aparentemente le había estado esperando. No le sorprendió lo más mínimo ver que se trataba de Yardley, la agente que se había encargado del primer caso con el padre Costas.

Yardley se reunió con ella en el pavimento que llevaba hasta la entrada principal. Parecía cansada pero emocionada de esa manera con la que solo se podía identificar otro agente.

“Agente White,” dijo Yardley. “Gracias por venir tan deprisa.”

“Claro. ¿Eres la primera persona en la escena?”

“Así es. Me enviaron hace unos quince minutos. Harrison me llamó para que viniera.”

Mackenzie estuvo a punto de hacer un comentario, pero se calló. Es extraño que no me llamara a mí primero, pensó. Quizá McGrath le esté dejando hacer la parte de Ellington. Tiene sentido, ya que fue la primera en encargarse de la escena del padre Costas.

“¿Ya has visto el cadáver?” preguntó Mackenzie mientras se dirigían hacia el portón de entrada siguiendo al equipo de CSI.

“Sí. Desde unos metros de distancia. Es idéntico a los demás.”

En unos pocos pasos, Mackenzie pudo comprobarlo con sus propios ojos. Se quedó algo rezagada, permitiendo a los chicos del CSI y del equipo forense que realizaran su trabajo. Al percibir que tenían por detrás a dos agentes a la espera, ambos equipos trabajaron con rapidez y eficiencia, asegurándose de que dejaban algo de espacio a las dos agentes para que realizaran sus propias observaciones.

Yardley estaba en lo cierto. La escena era exactamente la misma, hasta el detalle de la marca alargada sobre el entrecejo. La única diferencia radicaba en que la ropa interior de este hombre parecía haberse caído por sí sola—o quizá se la habían bajado hasta los tobillos a propósito.

Uno de los chicos del equipo de CSI les miró a las dos. Parecía estar algo malhumorado, hasta algo triste.

“El fallecido es Robert Woodall. Es el sacerdote principal aquí.”

“¿Estás seguro?” preguntó Mackenzie.

“Sin ninguna duda. Mi familia acude a esta iglesia. He escuchado los sermones de este hombre al menos unas cincuenta veces.”

Mackenzie se acercó más al cadáver. La puerta de Living World no estaba recargada ni decorada como la de Cornerstone o la del Sagrado Corazón. Estas eran más modernas, realizadas con madera resistente que estaba diseñada y envejecida para que pareciera algo similar a la puerta de un cobertizo.

Como los demás, al pastor Woodall le habían clavado las manos y le habían atado los tobillos con un cable grueso. Mackenzie examinó sus genitales a la vista, preguntándose si la palpable desnudez había sido una decisión del asesino que había expuesto el cuerpo. No pudo ver nada fuera de lo normal y decidió que la ropa interior debía de habérsele caído por sí sola, quizá debido al peso de la sangre que se había acumulado allí. Las heridas que habían derramado esa sangre eran numerosas. Tenía unos cuantos rasguños en el tórax. Y aunque no se podía ver su espalda, los regueros de sangre que se derramaban por su cintura y se adentraban en sus piernas indicaban que habría unos cuantos allí también.

Entonces Mackenzie percibió otra herida—una herida estrecha que le trajo a la memoria las imágenes de su pesadilla.

Había un corte en el costado derecho de Woodall. Era superficial pero claramente visible. Había algo preciso al respecto, casi inmaculado. Se inclinó más de cerca y apuntó. “¿A qué se te parece esto?” les preguntó a los chicos de CSI.

“Yo también lo noté,” dijo el hombre que había reconocido al Pastor Woodall. “Parece algún tipo de incisión. Quizá realizada por algún tipo de cuchilla de artesano—un cuchillo X-Acto o algo parecido.”

“Pero las demás incisiones y heridas de arma blanca,” dijo Mackenzie, “las han hecho con una cuchilla ordinaria, ¿no es cierto? Los ángulos y los bordes…”

“Sí, ¿eres una persona religiosa?” le preguntó el hombre.

“Parece que esa sea la pregunta de las últimas veinticuatro horas,” dijo ella. “A pesar de la respuesta, entiendo la importancia de un corte en el costado. Es el lugar donde atravesaron a Jesucristo con una lanza cuando estaba colgado de la cruz.”

“Sí,” dijo Yardley por detrás de ella. “Pero no había sangre, ¿no es cierto?”

“Correcto,” dijo Mackenzie. “Según las escrituras, salió agua de la herida.”

Entonces, ¿por qué decidió el asesino resaltar esa herida? se preguntó. ¿Y por qué no estaba en las otras víctimas?

Se echo hacia atrás y observó la escena mientras Yardley charlaba con unos cuantos miembros del CSI y del equipo forense. Este caso ya le estaba inquietando bastante, pero esta herida fortuita en el costado de Woodall hizo que se preocupara de que hubiera algo más oculto en todo el asunto. Había simbolismo, pero también había un simbolismo estructurado.

Obviamente, el asesino ha pensado las cosas con cuidado, pensó. Tiene un plan y lo está realizando metódicamente. Lo que es más, la adición de este corte preciso en el costado demuestra que no está matando por matar—sino que está transmitiendo un mensaje.

“¿Pero qué mensaje?” se preguntó a sí misma en silencio.

En las horas oscuras de la noche, permaneció de pie en la entrada a la Iglesia Comunitaria de Living World y trató de encontrar ese mensaje en el lienzo del cadáver del pastor.




CAPÍTULO SIETE


En el tiempo que Mackenzie había empleado en salir de Living World y conducir hasta el edificio J. Edgar Hoover, los periódicos se habían acabado por enterar del asesinato más reciente. Mientras que el asesinato del padre Costas había llegado a los titulares de los periódicos, la muerte de Ned Tuttle todavía no lo había conseguido. Ahora que se trataba del sacerdote principal de una iglesia con la reputación de Living World, el caso iba a conseguir salir en primera página. Eran las 4:10 cuando Mackenzie llegó a las oficinas del FBI, donde se dirigía para ver a McGrath. Suponía que los detalles del pastor Woodall y el caso en su integridad serían el principal punto de interés de los programas de noticias locales de la mañana—y de todo el país para mediodía.

Mackenzie podía sentir la presión creciente de todo ello mientras entraba al despacho de McGrath. Estaba sentado a su pequeña mesa de conferencias, hablando con alguien por teléfono. El agente Harrison se encontraba allí con él, leyendo algo en su portátil. Yardley también estaba allí, donde acababa de llegar unos meros minutos antes que Mackenzie. Estaba sentada, escuchando cómo McGrath hablaba por teléfono, y parecía aguardar a sus instrucciones.

Al ver a los dos revoloteando alrededor de McGrath, sintió deseos de que Ellington estuviera aquí. Le recordó que todavía seguía sin saber adónde le había enviado McGrath. Se preguntó si tendría algo que ver con este caso—pero, si era así, ¿por qué no le habían informado de su ubicación?

Cuando McGrath acabó de hablar por teléfono, miró a los tres agentes reunidos y soltó un suspiro. “Ese era el ayudante del director Kirsch,” dijo. “Está reuniendo a tres agentes más para liderar este caso por su lado. En el momento que los periódicos se enteraron de esto, nos hicieron la pascua. Esto se va a convertir en algo grande y lo va a hacer muy rápidamente.”

“¿Alguna razón en particular?” preguntó Harrison.

“Living World es una iglesia enormemente popular. El presidente atiende sus servicios. Hay unos cuantos políticos más que también son regulares. Hay como medio millón de personas que escuchan su podcast cada semana. No es que Woodall fuera una celebridad ni nada por el estilo, pero era muy conocido. Y si es una iglesia a la que acude el presidente…”

“Entendido,” dijo Harrison.

McGrath miró a Mackenzie y a Yardley. “¿Algo que sobresalga en la escena?”

“Bueno, quizás,” dijo Mackenzie. Entonces entró en detalles acerca de la incisión peculiar y precisa en el costado derecho de Woodall. Lo que no hizo, sin embargo, fue adentrarse en qué tipo de gesto simbólico estaba tratando de descifrar a partir de su significado. Por el momento, no tenía ninguna pista sólida y no quería perder su tiempo en especulaciones.

Sin embargo, McGrath había entrado en pánico. Extendió las manos sobre la mesa y asintió hacia las sillas que había alrededor de la mesa. “Tomad asiento. Repasemos lo que tenemos. Quiero poder darle a Kirsch la misma información que tengamos nosotros. Contando con vosotros tres, ahora tenemos seis agentes dedicados a este caso. Si trabajamos en conjunto, armados con los mismos detalles, puede que seamos capaces de atrapar a este tipo antes de que ataque de nuevo.”

“Bueno,” dijo Yardley, “no se está centrando en una sola denominación religiosa. Eso lo sabemos con certeza. Si acaso, parece que esté tratando de evitar eso. Hasta el momento tenemos una iglesia católica, una iglesia presbiteriana, y una iglesia comunitaria sin denominación explícita.”

“Y algo más que tomar en cuenta,” dijo Mackenzie, “es que no podemos saber de seguro si está utilizando la posición de la crucifixión como su forma favorita de castigo y de simbolismo, o si lo está haciendo a modo de parodia.”

“¿Y cuál es la diferencia, en realidad?” preguntó Harrison.

“Hasta que sepamos la razón que tiene para ello, no podemos deducir su motivación,” dijo Mackenzie. “Si lo está haciendo como parodia, entonces seguramente no se trata de un creyente—quizá sea algún tipo de ateo airado o un antiguo creyente. No obstante, si lo está haciendo como su medio favorito de simbolismo, entonces podría tratarse de un creyente muy devoto, aunque con algunas maneras bastante peculiares de profesar su fe.”

“Y ese corte estrecho en el costado de Woodall,” dijo McGrath. “¿No estaba en ninguno de los otros cadáveres?”

“No,” dijo Mackenzie. “Era nuevo, lo que me hace sospechar que tiene algún tipo de significado. Como que puede que el asesino haya estado tratando de comunicarnos algo. O simplemente perdiendo aún más el juicio.”

McGrath se alejó de la mesa con un empujón y miró al techo, como si estuviera tratando de encontrar respuestas allí. “No me niego a ver todo esto,” dijo. “Ya sé que no contamos con ninguna pista y que no tenemos ningún camino concreto que seguir. No obstante, si no tengo algo que se parezca a una pista para cuando toda esta mierda salga en todos los noticieros nacionales en unas cuantas horas, las cosas se van a poner feas por aquí. Kirsch dice que ya ha recibido una llamada de una congresista que atiende Living World preguntando por qué no hemos sido capaces de solucionar esto en cuanto mataron a Costas. Así que necesito que vosotros tres me consigáis algo. Si no tengo nada sólido con lo que seguir adelante para esta tarde, tendré que expandir el caso… más recursos, más personal, y la verdad es que no quiero hacer eso.”

“Yo puedo contactar al equipo forense,” ofreció Yardley.

“Trabaja codo con codo con ellos, por lo que a mí respecta,” dijo McGrath. “Haré una llamada y daré el visto bueno. Quiero que estés allí en el instante que descubran algo nuevo sobre esos cadáveres.”

“Puede que sea como buscar una aguja en un granero,” dijo Harrison, “pero puedo empezar a investigar las ferreterías locales para conseguir los registros y los recibos de cualquiera que haya comprado las puntas que ese tipo ha estado utilizando los últimos meses. Por lo que tengo entendido, no son particularmente comunes.”

McGrath asintió. Sin duda, era una idea, pero la expresión en su rostro dejaba traslucir todo el tiempo que iba a llevar realizar esa tarea.

“¿Qué hay de ti, White?” preguntó.

“Iré a ver a las familias y los compañeros de trabajo,” dijo. “En una iglesia del tamaño de Living World, tiene que haber alguien con alguna idea sobre por qué le ha pasado esto a Woodall.”

McGrath aplaudió con sus manos y se echó hacia delante. “Suena bien,” dijo. “Así que poneos en marcha. Y ponedme al día cada hora cuando den las en punto. ¿Entendido?”

Yardley y Harrison asintieron. Harrison cerró su portátil al tiempo que se levantaba de la mesa. Cuando salieron por la puerta, Mackenzie se quedó rezagada. Cuando Yardley había cerrado la puerta después de salir, dejando a Mackenzie y a McGrath a solas en la sala, se volvió hacia él.

“Ah diablos, ¿de qué se trata?” preguntó McGrath.

“Siento curiosidad,” dijo. “El agente Ellington hubiera sido un valioso activo en este caso. ¿Adónde le han enviado?”

McGrath se revolvió incómodamente en su asiento y miró brevemente a través de la ventana de la oficina, a la oscuridad de la hora temprana de la mañana afuera.

“Bueno, antes de que le signara a esta otra tarea, obviamente no tenía ni idea de que este caso se fuera a poner tan feo. Por lo que se refiere a dónde está trabajando en este momento, con el debido respeto, no es asunto tuyo.”

“Con el mismo respeto,” replicó Mackenzie, haciendo lo que podía por no sonar demasiado a la defensiva, “se ha retirado del caso a un compañero con el que trabajo bien, lo que me deja a solas para solucionar este asunto.”

“No estás sola,” dijo McGrath. “Harrison y Yardley son más que eficientes. Ahora… haz el favor, agente White. Ponte a trabajar.”

Mackenzie quería seguir presionando, pero no veía razón para hacerlo. Lo último que necesitaba era que McGrath se enfadara con ella. Ya estaban bajo mucha presión y era demasiado pronto en el día como para enfrentarse a un jefe disgustado.

Le hizo un breve gesto de cortesía y salió por la puerta. De todas maneras, de camino hacia los ascensores, sacó su teléfono. Era demasiado pronto para llamar a Ellington así que optó por enviarle un mensaje de texto.

Solo te escribo para saber de ti, tecleó. Llama o envíame un mensaje cuando puedas.

Envió el mensaje mientras entraba al ascensor. Descendió hasta el aparcamiento donde le esperaba su coche. Afuera, la mañana todavía estaba oscura—con ese tipo de oscuridad pesada que parecía capaz de esconder todos los secretos que quisiera.




CAPÍTULO OCHO


Tras hacerse con un café, Mackenzie regresó a Living World. Sabía que era una iglesia grande, así que concretar alguna persona que pudiera tener información entre el personal y la congregación podría llevarle años. Se imaginó que, si la noticia se había hecho pública y habían comenzado las rondas de llamadas de teléfono, cabían muchas posibilidades de que los más cercanos a Woodall estuvieran en la iglesia—quizá ocupados con la preparación de servicios en su memoria o simplemente pasando por la iglesia para estar más cerca de Dios durante su luto.

Una vez más, su intuición le dio la razón. Cuando llegó a la escena, ya habían retirado a Woodall del portón de entrada. Y a pesar de que todavía seguían allí unos cuantos miembros de la policía local y del Bureau, también había un grupo de gente diseminado por todos lados, separado por la cinta amarilla de la policía para las escenas de crímenes que limitaba los bordes del sendero de hormigón que llevaba hasta el portón principal.

Unos cuantos lloraban a viva voz. Varios de ellos estaban abrazados a otros espectadores. Tomó nota de un hombre que estaba de pie a solas, con la cabeza dando la espalda a la escena. Mantenía la cabeza gacha y su boca se movía ligeramente mientras rezaba. Respetuosamente, Mackenzie le dio algo de tiempo para terminar con sus plegarias antes de acercarse a él. A medida que se aproximaba a él, divisó lo que parecía una expresión de ira en su rostro.

“Disculpe, señor,” dijo Mackenzie. “¿Dispone de un minuto?” Terminó la pregunta mostrándole su placa y presentándose.

“Sí,” dijo el hombre. Parpadeó y se frotó los ojos, como si tratara de librarse de los últimos vestigios del sueño o de una pesadilla. Entonces le ofreció su mano y dijo, “Soy Dave

Wylerman, el líder del departamento musical aquí en Living World.”

“¿Hay un departamento musical?”

“Sí. Tenemos una agrupación rotatoria de unos catorce músicos que forman parte de tres bandas religiosas.”

“Así que, ¿ha trabajado de cerca con el pastor Woodall en el pasado?”

“Oh, por supuesto que sí. Me reúno con él al menos dos veces por semana. Además de eso, se había convertido en un buen amigo de la familia, mi mujer, mis hijos y yo, durante la pasada década más o menos.”

“¿Se le ocurre el nombre de alguien que pudiera ser capaz de hacer esto? ¿Alguien que pudiera guardar algún tipo de rencor o de querella contra el pastor Woodall?”

“Bueno, es una iglesia grande. No creo que haya ni una sola persona que trabaje aquí que conozca a todo el mundo que la frecuenta. Pero por mi parte, no, no se me ocurre nadie así de repente que estuviera lo bastante enfadado con él como para hacer esto…”

Hasta este momento, la oscuridad de la mañana temprana había ocultado las lágrimas de Dave Wylerman, pero, cuando le miró directamente a los ojos, se hicieron obvias. Parecía estresado, como si estuviera sufriendo para imaginar algo que decir.

“¿Dispone de un minuto para hablar en privado?” preguntó Mackenzie.

“Sí.”

Le hizo un gesto con la mano para que le siguiera. Se alejó de la entrada de hormigón de la iglesia y se dirigió de vuelta a su coche. Entonces le abrió la puerta del pasajero, imaginándose que le haría bien sentarse y sentirse más relajado. Mackenzie se metió al asiento del conductor y para cuando cerró la puerta, podía asegurar que Wylerman estaba luchando para mantener la compostura.

“¿Ya han informado al resto de la congregación?” preguntó Mackenzie.

“No, solamente a los ancianos, a mí, y algunos de los miembros más cercanos al pastor Woodall. Claro que se están realizando muchas llamadas. Todo el mundo lo sabrá en una hora más o menos, supongo.”

Muy bien, pensó Mackenzie. Recibirán la noticia personalmente a través de alguien que conocen en vez de escuchar las noticias por primera vez en la televisión.

“Entonces, corríjame si me equivoco,” dijo ella, “pero me dio la impresión de que se estaba peleando por dentro con alguna cosa junto a la iglesia. ¿Hay algo que me pueda decir que no quisiera compartir delante de todo el mundo?”

“En fin, como ya sabe, se trata de una iglesia grande. Cualquier domingo, si cuenta los servicios programados, la atienden entre cinco y siete mil personas. Y con un grupo tan amplio, necesitamos varios ancianos para gestionar el negocio y las cuestiones relativas a la iglesia. Aquí, en Living World, tenemos a seis—bueno, teníamos a seis. Uno de ellos había empezado a crear algunos problemas entre los demás antes de marcharse. No creo que tenga lo que hace falta para hacer algo así, pero… no lo sé. Algunas de las cosas que había estado insinuando… pilló a todo el mundo bastante desprevenido. A los demás ancianos… empleados…”

“¿Cómo se llama?”

“Eric Crouse.”

“¿Y qué tipo de cosas?” preguntó Mackenzie.

“Hablaba sin tapujos sobre cómo saldría a la luz lo que se había guardado en secreto y que esa luz podía ser cegadora. Que arder en la luz quizá fuera exactamente lo que necesitaba Living World.”

“¿Y cuánto tiempo llevaba comportándose de esa manera?”

“Como un mes más o menos, diría yo. Por lo que tengo entendido, se fue por su propia voluntad hace unas dos semanas, pero los demás ancianos y el pastor Woodall ya habían comentado la posibilidad de dejarle marchar. La cuestión es que todo lo que Eric estaba diciendo seguía al dedillo las escrituras. Cosas que dijo Jesús, cosas que cree la mayoría de la gente que viene a Living World. Pero… y sé que esto va a sonar tonto… se trataba más de la manera en que decía las cosas. ¿Sabe? Como si tuviera algún contexto oculto para ellas. Además, nunca antes había hablado de esa manera. Era uno de los ancianos, sin duda, pero nunca fue de los que hablaban como un loro de las escrituras o empezaba a dar charlas sobre la condenación eterna.”

“Entonces, si no cree que fuera capaz del asesinato, ¿por qué le menciona? ¿Simplemente fue el cambio de personalidad lo que asustó a todo el mundo?”



Wylerman se encogió de hombros. “No. Algunas personas empezaron a percibir que Eric hacía todo lo posible para evitar las reuniones o los pequeños grupos que también atendía el pastor Woodall. Nunca habían sido los mejores amigos del mundo, pero se llevaban bien. Entonces, sin más ni más, cuando empezó a hablar acerca de esta luz cegadora iluminando toda esta oscuridad, también pareció distanciarse del pastor Woodall.”

“¿Y dice que se marchó de la iglesia hace dos semanas?”

“Sí, día arriba, día abajo. No sé si ahora va a alguna otra iglesia o qué. Y lo que es extraño es que es casi como si Eric conociera la agenda del pastor Woodall. Acababa de regresar de un retiro hace unos pocos días.”

“¿Un retiro?”

“Sí, es esta pequeña escapada que se concede un par de veces al año. No es más que una islita en las costas de Florida.”

“¿Y cuánto hacía que había regresado?” preguntó Mackenzie.

“Su mujer y él regresaron a casa hace cinco días.”

Mackenzie pensó en esto durante un momento, catalogándolo en su cabeza. Entonces se interesó por el hombre que había mencionado Wylerman—el antiguo anciano de la iglesia, Eric Crouse.

“¿Por casualidad sabe dónde vive Crouse?” preguntó Mackenzie.

“Sí. He estado en su casa unas cuantas veces para pequeños grupos y plegarias.”

Mackenzie no sabía muy bien por qué, pero algo en todo esto le crispaba los nervios. El momento en que Eric Crouse había abandonado Living World era casi perfecto para el tipo de sospechoso que estaba buscando. Imaginarse a este hombre en agonía estrechando unas manos en oración con un hombre que podía ser responsable de tres muertes en los últimos días resultaba desasosegante.

“¿Puede decirme dónde?”

“Lo haré,” dijo Wylerman, “pero preferiría que no le dijera que obtuvo la información a través de mí… o de nadie más en Living World, la verdad.”

“Por supuesto que no,” dijo Mackenzie.

Con cierta resistencia, Wylerman le indicó cómo llegar hasta la casa de Eric Crouse. Mackenzie apuntó las notas en su teléfono, notando que mientras Wylerman había estado interactuando con ella, su mente seguía junto a sus amigos de luto junto a la iglesia. Estaba mirando en esa dirección ahora, secándose las lágrimas de los ojos mientras les miraba a través de la ventana del pasajero.

“Gracias por su tiempo, señor Wylerman,” dijo Mackenzie.

Wylerman asintió sin decir ni una palabra más. Entonces salió del coche. Mantuvo la cabeza gacha incluso antes de haber llegado hasta la pequeña congregación de gente. Mackenzie podía ver cómo temblaba. Nunca había entendido cómo la gente podía tener una fe tan profunda en un Dios invisible, aunque respetaba el sentido de la comunidad que era evidente entre los que compartían una creencia común. En ese momento, se sintió muy mal por Dave Wylerman, además de por los que atendían Living World y el vacío que sentirían el domingo por la mañana.

Con ese sentido de la compasión impulsándola, Mackenzie salió del aparcamiento de Living World y se dirigió hacia el oeste, hacia lo que parecía ser la primera pista sólida que había salido de este caso.




CAPÍTULO NUEVE


Eran las 6:40 cuando llegó a la casa de Eric Crouse. Estaba ubicada en un barrio de clase alta donde las viviendas eran más importantes que los jardines, con las casas apretadas las unas contra las otras. El garaje estaba cerrado, lo que imposibilitaba saber si había alguien en casa—aunque, dada la hora temprana, Mackenzie suponía que habría alguien que le abriría la puerta.

Mientras caminaba hacia su puerta, Mackenzie deseó haberse hecho con otra taza de café en alguna parte. Era difícil de creer que todavía no eran ni las siete. Hizo todo lo que pudo para sacudirse los vestigios del sueño de su rostro mientras llamaba al timbre de la residencia Crouse. De inmediato, pudo escuchar unas pisadas al otro lado de la puerta. Unos segundos más tarde, la puerta se abrió solo un poquito y se asomó una mujer.

“¿Puedo ayudarle?” preguntó la mujer, con obvia desconfianza.

“Sí,” dijo Mackenzie. “Y le pido disculpas por la hora intempestiva, pero esto es urgente. Soy la agente Mackenzie del FBI. Busco a Eric Crouse.”

La mujer abrió la puerta con lentitud. “Ese es mi marido. Él… en fin, se ha enterado de una noticia terrible esta mañana. ¿Asumo que esa es la razón de que esté aquí? ¿Por el asesinato de esta mañana?”




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