La Esposa Perfecta 
Blake Pierce


Un Thriller de Suspense Psicológico con Jessie Hunt #1
La estudiante de perfilado de criminales (y recién casada), Jessie Hunt, de 29 años, descubre que en su nuevo hogar en los suburbios acechan secretos ocultos; cuando aparece un cadáver, se ve atrapada entre el punto de mira de sus nuevas amistades, los secretos de su marido, el trabajo con casos de asesinos en serie – y los secretos de su propio pasado tenebroso. En LA ESPOSA PERFECTA (Un Thriller de Suspense Psicológico con Jessie Hunt – Libro Uno), la estudiante de perfilado de criminales Jessie Hunt está convencida de que por fin ha dejado atrás la oscuridad de su pasado. Su marido Kyle y ella se acaban de mudar de un diminuto apartamento en el centro de Los Ángeles a una mansión en Westport Beach. La promoción de Kyle les ha traído más dinero del que pudieran soñar, y Jessie está a punto de concluir satisfactoriamente su Masters en Psicología Forense, el último paso para manifestar su sueño de convertirse en perfiladora de criminales. Sin embargo, poco después de su llegada, Jessie empieza a notar algunas cosas extrañas. Los vecinos – y sus niñeras – parecen ocultar secretos. El misterioso club de yates al que Kyle está deseando unirse está repleto de parejas infieles, y funciona con unas normas que son preocupantes. Y el célebre asesino en serie al que custodian en el hospital psiquiátrico donde Jessie está completando su diploma parece saber más sobre su vida de lo que resulta normal – o seguro. A medida que su mundo empieza a resquebrajarse, Jessie empieza a cuestionarse todo lo que le rodea – incluida su propia salud mental. ¿Es cierto que ha descubierto una perturbadora conspiración enterrada dentro de una localidad costera del soleado, acomodado sur de California? ¿Acaso sabe el asesino en serie al que está estudiando el origen de sus pesadillas privadas?¿O es que su pasado tortuoso ha regresado por fin para llevársela? Un thriller psicológico de ritmo trepidante con caracteres inolvidables y suspense que le tendrá en vilo, LA ESPOSA PERFECTA es el libro #1 de una fascinante nueva serie que le verá pasando páginas hasta altas horas de la madrugada.







l a e s p o s a p e r f e c t a



(suspense psicológico con Jessie Hunt—Libro 1)



b l a k e p i e r c e


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie de misterio éxito de ventas RILEY PAGE, que está compuesta de trece libros (y sigue creciendo). Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio MACKENZIE WHITE, compuesta de nueve libros (y que sigue creciendo); de la serie de misterio AVERY BLACK, compuesta de seis libros; y de la serie de misterio KERI LOCKE, compuesta por cinco libros; de la serie de misterio THE MAKING OF RILEY PAIGE, compuesta de dos libros (y que sigue creciendo); de la serie de misterio KATE WISE, compuesta de dos libros (y que sigue creciendo); de la serie de suspense psicológico CHLOE FINE, compuesta de dos libros (y que sigue creciendo); y de la serie de thriller suspense psicológico JESSE HUNT, compuesta de dos libros (y que sigue creciendo);

Lector incansable y aficionado desde siempre a los géneros de misterio y de suspense, a Blake le encanta saber de sus lectores, así que no dude en visitar www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com) para enterarse de más y estar en contacto.



Copyright © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto por lo que permite la Ley de Copyright de los Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia para su disfrute personal solamente. Este libro electrónico no puede volver a ser vendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo compró, o no lo compró solamente para su uso, entonces por favor devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, los personajes, las empresas, las organizaciones, los lugares, los acontecimientos y los incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Imagen de portada Copyright lassedesignen, utilizada con licencia de Shutterstock.com.


LIBROS DE BLAKE PIERCE



SERIE DE SUSPENSE PSICOLÓGICO JESSIE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Book #1)

EL TIPO PERFECTO  (Book #2)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ CONSUMIDO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ CONGELADO (Libro #8)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)



SERIE DE MISTERIO AVERY BLACK

CAUSA PARA MATAR (Libro #1)

CAUSA PARA CORRER (Libro #2)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)


CONTENIDOS



CAPÍTULO UNO (#ub1d201ea-a7c5-51c5-9f57-2cb3043121b9)

CAPÍTULO DOS (#ubcca12b8-47a2-5d55-8e11-8e930c790f71)

CAPÍTULO TRES (#u77569110-6a7d-56d2-96bb-3eacaa97986c)

CAPÍTULO CUATRO (#u1a0febd6-3b6e-5a25-8914-471f0ead14dc)

CAPÍTULO CINCO (#u8c6f812f-35d0-51f0-a791-3bbd7223c0b7)

CAPÍTULO SEIS (#uf5425d97-4909-5d30-bc69-ebf7b2266f0e)

CAPÍTULO SIETE (#u94c3c357-aa78-5643-86d7-805c1b16730a)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)




CAPÍTULO UNO


Jessie Hunt, agotada y sudorosa, colocó la última de las cajas de embalaje sobre la moqueta del comedor. Ya podía sentir cómo se le empezaban a tensar los músculos y sabía que al día siguiente le iba a doler todo el cuerpo.

Sin embargo, cuando miró a Kyle, no pudo evitar que le saliera una sonrisa. Se habían mudado oficialmente. La enorme sonrisa que había en su rostro le hacía saber que él estaba pensando lo mismo. Tenía la camiseta empapada, pero, cuando se acercó y le dio un abrazo de lo más amoroso, le dio igual.

“Ahora vivimos aquí,” le susurró al oído, antes de besarle con gentileza en el cuello. “Creo que nos merecemos un trago para celebrarlo, ¿no crees?”

“Sin duda alguna,” asintió ella.

“¿Champán? ¿Cerveza?”

“Quizá una cerveza,” sugirió Jessie, “y un chupito de Gatorade. Tengo la impresión de que se me puede agarrotar el cuerpo en cualquier momento.”

“Enseguida vuelvo,” dijo Kyle, mientras se dirigía a la cocina.

Jessie se movió del comedor al estudio y se tiró en el sofá, notando como su camiseta empapada de sudor se pegaba a la sábana que cubría el mobiliario. Estaban a finales de agosto y hasta en la comunidad costera de Westport Beach in Orange County, el clima era tórrido y pegajoso.

La temperatura rondaba fácilmente los treinta y tantos grados.

Por supuesto, eso no era nada en comparación con el centro urbano de Los Ángeles, donde habían vivido hasta esta mañana. Rodeada de asfalto y hormigón y de rascacielos resplandecientes, con frecuencia Jessie salía de su apartamento al calor del postrero verano para enfrentarse a temperaturas de más de 37 grados. Comparado con eso, esto resultaba un alivio.

Se recordó a sí misma que este era exactamente el tipo de ventaja que justificaba mudarse de la vida a la que se había acostumbrado en la ciudad. Iba a canjear la agitación de las transitadas calles de Los Ángeles por las refrescantes brisas marinas. En vez de ir a restaurantes nuevos de moda, visitarían cafeterías junto al mar. En vez de tomar el metro o un Uber para ir a la inauguración de una galería de arte, iban a presenciar una carrera de yates en el puerto. Y, por supuesto, estaba todo el dinero adicional. Le llevaría algún tiempo acostumbrarse, pero le había prometido a su marido acoger su nueva vida con los brazos abiertos y tenía la intención de cumplir con su palabra.

Kyle entró a la habitación, con cervezas y Gatorades en la mano. Se había quitado su camiseta mojada. Jessie pretendió ignorar los impresionantes abdominales y pectorales de su marido. No se explicaba cómo se las podía arreglar para mantener ese físico trabajando tantas horas para su compañía, aunque no se quejaba de ello.

Él se le acercó, le entregó las bebidas, y se sentó a su lado.

“¿Sabías que hay un frigorífico para vino en la despensa?” le preguntó.

“Sí,” dijo ella, riendo con incredulidad. “¿No te diste cuenta de ello cuando vinimos a ver la casa las dos últimas veces?”

“Simplemente asumí que se trataba de otro armario así que nunca lo abrí hasta ahora. Está bastante bien, ¿eh?”

“Sí, bastante bien, chico guapo,” asintió ella, maravillándose ante la manera en que sus ricitos rubios permanecían perfectamente colocados, sin que importara lo desaliñado que estuviera el resto de él.

“Tú eres la bonita,” dijo él, retirando el pelo castaño que le llegaba hasta los hombros de sus ojos verdes y mirándola con sus penetrantes ojos azules. “Me alegro de haberte sacado de la ciudad. Estaba harto de todos esos modernos con sombreritos de fieltro echándote los tejos.”

“No es que los sombreritos fueran un gran reclamo, la verdad. Apenas podía verles las caras para decidir si eran mi tipo.”

“Eso es porque eres toda una amazona,” dijo él, pretendiendo no ponerse celoso al escuchar su leve provocación. “Cualquier chico que mida menos de 1,80 tiene que romperse el cuello para mirar al pedazo de mujer que eres.”

“Pero tú no,” murmuró Jessie con dulzura, olvidando de repente sus agujetas y molestias mientras le atraía hacia ella. “Yo siempre estoy levantando la vista para mirarte a ti, cachalote.”

Sus labios empezaban a rozarse con los de él, cuando sonó el timbre de la puerta principal.

“Tiene que ser una broma,” gruñó Jessie.

“Por qué no vas a abrir?” sugirió Kyle. “Voy a buscar una camiseta limpia que ponerme.”

Jessie se acercó a la puerta principal, con la cerveza en la mano. Esa era su pequeña rebelión por el hecho de que le hubieran interrumpido en medio de su juego de seducción. Cuando abrió la puerta, le saludó una animada pelirroja que parecía tener más o menos su misma edad.

Era bonita, con una nariz pequeña como un botón, relucientes dientes blancos, y un vestido veraniego que era lo bastante ajustado como para demostrar que nunca se perdía una clase de Pilates. Llevaba en las manos una bandeja llena de lo que parecían ser brownies caseros. Jessie no pudo evitar echarle una ojeada al enorme anillo de bodas que llevaba puesto. Relucía al sol de la tarde.

Casi sin pensar, Jessie se puso a trazar un perfil de la mujer: treinta y pocos años; se casó pronto; dos, quizá tres niños; ama de casa que ha tenido mucha ayuda; curiosa, pero sin malicia.

“Hola,” dijo la mujer con voz alegre. “Soy Kimberly Miner, tu vecina de enfrente. Solo quería daros la bienvenida al vecindario. Espero no molestaros.”

“Hola, Kimberly,” contestó Jessie con su voz más amigable de vecina nueva. “Yo soy Jessie Hunt. Lo cierto es que acabamos de meter la última caja hace un par de minutos así que esto es muy oportuno. Y es tan dulce por tu parte, ¡literalmente! ¿Son brownies?”

“Así es,” dijo Kimberly, entregándole la bandeja. Jessie observó cómo pretendía intencionadamente no mirar la cerveza que tenía en la mano. “Son algo así como mi especialidad.”

“Pues entonces entra y come uno,” le ofreció Jessie, a pesar de que era lo último que quería en este instante. “Lamento que la casa esté hecha un lío, al igual que Kyle y yo. Llevamos todo el día sudando. Lo cierto es que él está buscando una camiseta limpia ahora mismo. ¿Te gustaría algo de beber? ¿Agua? Gatorade. ¿Una cerveza?”

“No, gracias. No quiero molestar. Seguramente ni siquiera sabes en qué caja están las copas ahora mismo. Me acuerdo del proceso de la mudanza. Nos llevó meses. ¿De dónde venís?”

“Oh, estábamos viviendo en D. T. L. A.,” dijo Jessie, y al ver la expresión confusa en la cara de Kimberly, añadió: “Oh, eso es el centro urbano de Los Ángeles. Teníamos un apartamento en el distrito de South Park.”

“Oh, vaya, gente de ciudad,” dijo Kimberly, riéndose un poco de su bromita. “¿Qué os ha traído a Orange County y a nuestra pequeña comunidad?”

“Kyle trabaja para una empresa de gestión de patrimonios,” explicó Jessie. “Abrieron una oficina satélite aquí este año que se expandió hace poco. Es algo muy importante para ellos porque PFG es una empresa bastante conservadora. Así que le preguntaron si quería encargarse de ella. Supusimos que era buen momento para un cambio porque estamos pensando en comenzar una familia.”

“Oh, con el tamaño de esta casa, supuse que ya teníais hijos,” dijo Kimberly.

“No—solo somos optimistas,” respondió Jessie, intentando ocultar la repentina vergüenza que le sorprendió sentir. “¿Tú tienes hijos?”

“Dos. Nuestra hija tiene cuatro años y mi hijo tiene dos. Lo cierto es que voy a pasar a recogerles de la guardería en unos minutos.”

Kyle llegó y le rodeó la cintura a Jessie con el brazo mientras extendía la otra mano para estrechar la de Kimberly.

“Hola,” dijo con calidez.

“Hola, bienvenidos,” respondió ella. “Por favor, entre vosotros dos, vuestros futuros hijos van a ser unos gigantes. Me siento como una chiquilla junto a los dos.”

Se dio un breve e incómodo silencio mientras tanto Jessie como Kyle se preguntaban cómo responder.

“¿Gracias?” dijo por fin Kyle.

“Lo siento. Eso fue una grosería por mi parte. Soy Kimberly, vuestra vecina de esa casa,” dijo, señalando al otro lado de la calle.

“Encantado de conocerte, Kimberly. Soy Kyle Voss, el marido de Jessie.”

“¿Voss? Pensé que era Hunt.”

“Él es Voss,” explicó Jessie. “Y yo soy Hunt, al menos por el momento. He estado retrasando hacer el papeleo para cambiarlo.”

“Ya veo,” dijo Kimberly. “¿Cuánto tiempo lleváis casados?”

“Casi dos años,” dijo Jessie tímidamente. “Tengo un auténtico problema con la postergación. Puede que eso explique por qué sigo en la escuela.”

“Oh,” dijo Kimberly, obviamente aliviada de dejar atrás el delicado tema del apellido. “¿Qué estudias?”

“Psicología forense.”

“Vaya—eso suena emocionante. ¿Y cuánto te falta para ser una psicóloga oficialmente?”

“Bueno, me quedé algo rezagada,” dijo Jessie, procediendo a contar la historia obligada de todas las fiestas a las que había ido en los últimos dos años. “Empecé con psicología infantil cuando éramos estudiantes en la USC—allí es donde nos conocimos. Hasta estaba de becaria para mi Master cuando me di cuenta de que no podía con ello. Lidiar con los problemas emocionales de los niños suponía demasiado para mí. Así que cambié de especialidad.”

Intencionadamente, no dijo nada sobre los demás detalles de la razón por la que había dejado su puesto de becaria. Apenas había alguien que supiera sobre ello y, sin duda alguna, no se lo iba a contar a una vecina que acababa de conocer.

“Entonces, ¿te resulta menos perturbador tratar con la psicología de criminales que con niños?” preguntó Kimberly, confundida.

“Extraño, ¿verdad?” concedió Jessie.

“Te sorprenderías,” intervino Kyle. “Tiene este don para meterse en las mentes de los tipos malos. Con el tiempo, se va a convertir en una perfiladora excelente. Ya pueden andarse con cuidado todos los Hannibal Lecter en potencia.”

“De verdad,” dijo Kimberly, sonando realmente impresionada. “¿Has tenido que tratar con asesinos en serie y cosas así?”

“Todavía no,” admitió Jessie. “La mayoría de mi formación ha sido académica. Y con la mudanza, tuve que cambiar de universidad. Así que voy a hacer mis prácticas en UC-Irvine, comenzando este semestre. Este es el último así que me graduaré en diciembre.”

“¿Prácticas?” preguntó Kimberly.

“Es algo así como un puesto interino, pero con menos trabajo. Me asignarán a una prisión o a un hospital psiquiátrico, donde observaré e interactuaré con presos y pacientes. Es lo que he estado esperando durante mucho tiempo.”

“La oportunidad de mirar a los malvados a los ojos y ver lo que hay dentro de sus almas,” añadió Kyle.

“Puede que eso sea algo exagerado,” dijo Jessie dándole un codazo en bromas en el hombro. “Pero con el tiempo, sí.”

“Eso es muy emocionante,” dijo Kimberly, sonando genuinamente intrigada. “Estoy segura de que tendrás historias geniales que contar. A propósito, ¿dices que os conocisteis en la universidad?”

“En el dormitorio de los recién llegados,” dijo Kyle.

“Oh,” presionó Kimberly. “¿Os hicisteis amigos en la lavandería, o algo así?”

Kyle ojeó a Jessie y antes de que dijera una sola palabra, ella ya sabía que iba a meterse de lleno en la historia que acababan contando en todas las fiestas.

“Esta es la versión abreviada,” comenzó Kyle. “Éramos amigos, pero empezamos a salir a mitad del primer semestre después de que un idiota le dejara plantada. A él le echaron de la universidad, supongo que no por el hecho de dejarla tirada. Aun así, creo que se libró de un buen lío. Salimos juntos durante un año, y después nos fuimos a vivir juntos. Hicimos eso durante otro año antes de comprometernos. Entonces nos casamos diez meses después. Vamos a cumplir dos años de éxtasis matrimonial en octubre.”

“Así que sois pareja desde la universidad. Eso es muy romántico.”

“Sí, ya sé que suena así,” dijo Kyle. “Pero lo cierto es que me costó un tiempo ganarme su corazón. Y todo ese tiempo estuve tratando a mis competidores a palos. Como te puedes imaginar, prácticamente todos los chicos que la veían se quedaban embelesados de inmediato con la señorita Jessica Hunt. Y eso solo con mirarla. Cuando acabas por conocerla, todavía te embelesa más.”

“Kyle,” dijo Jessie, sonrojándose. “Me estás dejando en evidencia. Guárdate algo de eso para octubre.”

“Sabéis una cosa,” dijo Kimberly con una sonrisa. “Me acabo de acordar de que tengo que ir a recoger a mis hijos ahora. Y de repente, me da la impresión de que estoy interrumpiendo los planes de una pareja feliz de bautizar su nuevo hogar. Así que me voy a ir, pero prometo presentaros al resto de los vecinos. Tenemos un vecindario de lo más amistoso. Todo el mundo se conoce. Organizamos barbacoas en la calle cada semana. Los niños se quedan a dormir en las otras casas todo el tiempo. Todo el mundo pertenece al club de yates local, aunque no tengan barco propio. Cuando os acomodéis, os vais a dar cuenta de que este es un lugar estupendo donde vivir.”

“Gracias, Kimberly,” dijo Kyle, acompañándole a la puerta. “Estaremos encantados de conocer a todo el mundo. Y muchas gracias por los brownies.”

Después de que se marchara, cerró la puerta, haciendo un gesto exagerado al cerrarla.

“Parece agradable,” dijo Kyle. “Esperemos que todos sean así.”

“Sí, me cayó bien,” asintió Jessie. “Era un poco curiosa, pero supongo que así es como es la gente por aquí. Supongo que debería acostumbrarme a la idea de que se ha terminado el anonimato.”

“Va a ser un proceso de adaptación,” asintió Kyle. “Pero creo que, a la larga, vamos a preferir saber los nombres de nuestros vecinos y poder dejar las puertas sin el pestillo cerrado.”

“Aunque me di cuenta de que lo acabas de cerrar ahora mismo,” señaló Jessie.

“Eso es porque estaba pensando en lo que dijo Kimberly sobre bautizar nuestro nuevo hogar,” dijo mientras se acercaba a ella, quitándose la segunda camiseta en diez minutos. “Y no quiero ninguna interrupción mientras la bautizo.”



*



Jessie yacía en la cama esa noche, mirando al techo, con una sonrisa en su rostro.

“A este ritmo, vamos a llenar esos dormitorios extra en un suspiro,” dijo Kyle, pareciendo leer sus pensamientos.

“Dudo que podamos mantener ese ritmo cuando empieces a trabajar en la oficina y comience mi nuevo semestre.”

“Estoy dispuesto a probar si tú quieres,” dijo él, suspirando profundamente. Jessie podía sentir como todo su cuerpo se relajaba junto a ella.

“¿No estás nervioso en absoluto?” le preguntó.

“¿Por qué?”

“Todo esto—mejor salario, nueva ciudad, nueva casa, nuevo estilo de vida, nueva gente, nuevo todo.”

“No todo es nuevo,” le recordó. “Ya conoces a Teddy y a Melanie.”

“He visto a Teddy tres veces y a Melanie una vez. Apenas le conozco. Y a ella solo la recuerdo vagamente. Solo porque tu mejor amigo del instituto viva a unas pocas manzanas, no quiere decir que ya esté integrada en nuestra nueva vida.”

Sabía que estaba provocando una pelea, pero no parecía que pudiera controlarse. Kyle no picó el anzuelo. En vez de ello, se dio la vuelta hacia su lado de la cama y le pasó un dedo a lo largo de su hombro derecho, a lo largo de una cicatriz alargada, rosácea, y en forma de luna que le recorría unos doce centímetros desde la parte superior del brazo hasta la base del cuello.

“Ya sé que te sientes aprensiva,” dijo con ternura. “Y tienes todas las razones para estarlo. Todo es nuevo. Y ya sé que eso puede resultar apabullante. No tengo palabras para decirte cuánto aprecio el sacrificio que estás haciendo.”

“Sé que al final irá bien,” dijo ella, suavizándose. “Pero es que son muchas cosas con las que tratar al mismo tiempo.”

“Es por eso que nos va a ayudar vernos mañana con Teddy y Melanie. Restableceremos esa conexión y después tendremos amigos en el vecindario con los que contar mientras nos situamos. Solo conocer a dos personas puede hacer más fácil la transición.”

Kyle bostezó profundamente y Jessie pudo afirmar que estaba a punto de quedarse frito. Por lo general, ese enorme bostezo significaba que se quedaría frito en menos de sesenta segundos.

“Sé que tienes razón,” dijo ella, decidida a terminar la noche de buenas maneras. “Estoy segura de que va a ser estupendo.”

“Lo va a ser,” asintió Kyle con indolencia. “Te quiero.”

“Yo también te quiero,” dijo Jessie, sin saber con certeza si le había escuchado antes de quedarse dormido.

Escuchó sus respiraciones profundas y trató de utilizarlas para quedarse dormida. El silencio era perturbador. Estaba acostumbrada a los sonidos reconfortantes del centro de la ciudad mientras se quedaba dormida.

Echaba en falta los pitidos de los coches más abajo, los gritos de los hombres de finanzas saliendo medio borrachos de los bares que retumbaban contra los rascacielos, el sonido atronador de los camiones saliendo del aparcamiento. Le habían servido de ruido de fondo durante años. Ahora todo lo que tenía para reemplazarles era el leve zumbido del filtrador de aire que había en el rincón de la habitación.

De vez en cuando, creía escuchar un sonido crujiente en la distancia. Como la casa tenía más de treinta años, cabía esperar algunos ruidos de acomodación. Probó a tomar una serie de respiraciones relajantes profundas, tanto para ahogar los demás ruidos como para relajarse. Sin embargo, había una idea que le estaba molestando.

¿Realmente crees que va a ser estupendo vivir aquí?

Se pasó la siguiente hora dándole vueltas a sus dudas y alejándolas con una sensación de culpabilidad antes de caer finalmente rendida de fatiga y entrar en un delicioso sueño.




CAPÍTULO DOS


A pesar de los gritos interminables, Jessie intentaba reprimir el dolor de cabeza que le mordisqueaba los bordes de su cráneo. Daughton, el niño de tres años de carácter tierno, pero sorprendentemente ruidoso de Edward y Melanie Carlisle, se había pasado los últimos veinte minutos jugando a algo que llamaba Explosión y que básicamente consistía en chillar “¡boom!”

Ni Melanie (“llámame Mel”) ni Edward (“Teddy” para los amigos) parecían sentirse molestos por los chillidos intermitentes así que Jessie y Kyle también actuaban como si se tratara de algo normal. Estaban sentados en la sala de estar de los Carlisle, poniéndose al día antes de dar el paseo que habían planeado para ir a almorzar al puerto. Los Carlisle vivían a solamente tres manzanas de allí.

Kyle y Teddy habían estado charlando afuera durante la última media hora mientras Jessie se familiarizaba de nuevo con Mel en la cocina. Aunque solo la recordaba de un previo encuentro, después de unos pocos minutos, estaban charlando con toda la cordialidad del mundo.

“Le pediría a Teddy que hiciera una barbacoa, pero no quiero que os pongáis enfermos durante vuestra primera semana por aquí,” dijo Mel sarcásticamente. “Estamos mucho más a salvo yendo al malecón a comer.”

“¿No es el mejor cocinero del mundo?” preguntó Jessie con una ligera sonrisa.

“Digámoslo de esta manera. Si alguna vez se ofrece a cocinar, pretended que tenéis algo urgente que atender. Porque si os coméis algo que él haya preparado, vais a tener una urgencia de verdad.”

“¿Qué pasa, cielo?” preguntó Teddy mientras Kyle y él pasaban al interior. Era un tipo barrigón, con aspecto pastoso y cabello rubio en retroceso, y una piel pálida que parecía que pudiera quemarse con tan solo cinco minutos al sol. Jessie también percibió que su personalidad era bastante parecida—pastosa y maleable. Un instinto profundo que no podía describir pero en el que había aprendido a confiar con el paso de los años le decía que Teddy Carlisle era un hombre débil.

“Nada, cariño,” dijo ella casualmente mientras le guiñaba el ojo a Jessie. “Solo le estaba dando a Jessie cierta información esencial para su supervivencia en Westport Beach.”

“Muy bien,” dijo él. “Asegúrate de advertirle sobre el tráfico en Jamboree Road y en la Autopista de la Costa del Pacífico. Puede ser dura de roer.”

“Eso era lo próximo en mi lista,” dijo Mel inocentemente mientras se levantaba de uno de los taburetes de la cocina.

Mientras Mel se adentraba en la sala de estar para recoger los juguetes de Daughton del suelo, Jessie no pudo evitar darse cuenta de que, con esa falda de tenis y su camiseta de algodón, su menuda constitución estaba compuesta de músculos fibrosos. Sus pantorrillas se abultaban y sus musculados bíceps se flexionaban de manera impresionante mientras barría como una docena de coches de Matchbox con un único movimiento veloz.

Todo en ella, incluyendo su pelo corto moreno, su energía sin límites, y su voz directa y mordiente proyectaban la imagen de una chica dura, de las que no se andan con rodeos de New York, que era exactamente lo que había sido antes de mudarse al oeste.

A Jessie le cayó bien de inmediato, aunque no pudiera entender que es lo que le atraía de un tordo como Teddy. Le reconcomía ligeramente por dentro. Jessie se enorgullecía de su habilidad para leer a las personas. Y este hueco en su perfil informal de Mel le resultaba levemente perturbador.

“¿Estamos listos para marcharnos?” preguntó Teddy. También él iba vestido elegantemente con una camisa floja de botones y pantalones blancos de verano.

“Solo tienes que recoger a tu hijo y estaremos listos,” dijo Mel con cierta sequedad.

Teddy, aparentemente acostumbrado a su tono, se fue a buscar la máquina de “Explosión” sin decir palabra. Unos segundos después, escucharon unos gritos mientras regresaba sujetando a Daughton cabeza abajo por los tobillos, mientras el niño se resistía con todas sus fuerzas.

“¡Para, papá!” gritaba el niño.

“Déjalo en el suelo, Edward,” dijo Mel, siseando.

“Me contestó,” dijo Teddy mientras depositaba a su hijo en el suelo. “Solo necesitaba recordarle que ese tipo de cosas no está bien.”

“¿Y si se hubiera resbalado y caído, y se hubiera abierto la cabeza?” demandó Mel.

“Entonces habría aprendido una valiosa lección,” contestó Teddy con toda tranquilidad, sin que pareciera preocupado en absoluto por esa posibilidad.

Kyle se echó a reír con admiración y solo se detuvo cuando Jessie le lanzó unas miradas asesinas. Intentó cambiar la risa por una tos, pero era demasiado tarde y se encogió de hombros con aspecto arrepentido.

A medida que se dirigían al puerto, por el sendero bien cuidado que iba paralelo a la carretera principal, Jessie observó cómo iban vestidos Kyle y ella en comparación con sus amigos. Hasta Daughton, que tenía la piel pálida de su padre, pero el cabello oscuro de su madre, llevaba puestos unos pantalones cortos planchados y una camisa de cuello alto. Kyle llevaba unos pantalones cortos y una camiseta y Jessie se había puesto un sencillo vestido de verano en el último minuto.

“¿Estáis seguros de que vamos vestidos adecuadamente para almorzar en vuestro club?” le preguntó a Mel con aprensión.

“Oh, no te preocupes de ello. Sois nuestros invitados. Las normas sobre atuendo no os afectan a vosotros. Solamente los miembros reciben azotes por ir vestidos inapropiadamente. Y como Daughton es pequeño, a él solo le harían una marca con un hierro candente.” Seguramente Mel vio la mirada en los ojos de Jessie, porque le puso la mano en la muñeca de inmediato y añadió, “Solo estoy bromeando.”

Jessie sonreía con tensión ante su incapacidad para relajarse. Y justo entonces, Daughton pasó corriendo a su lado soltando un impresionante “boom” que le hizo saltar del susto.

“Tiene mucha energía,” dijo ella, tratando de sonar entusiasta. “Me encantaría embotellarla.”

“Sí,” asintió Mel. “Da mucho trabajo, pero lo adoro. Es extraño cómo las cosas que molestan a otra gente te resultan graciosas cuando se trata de tu hijo. Ya verás lo que quiero decir cuando te pase a ti. Asumiendo que eso es lo que quieres, claro está.”

“Así es,” dijo Jessie. “Llevamos un tiempo hablando de ello. Ha habido algún que otro… contratiempo por el camino, pero esperamos que el cambio de ambiente ayude.”

“En fin, debería advertirte. Es probable que surja el tema a menudo entre las mujeres que vas a conocer hoy. Les encanta hablar de niños y de todo lo que se relacione con ellos. Seguramente te preguntarán acerca de tus planes, pero no sufras por ello. Esa es la conversación típica, que siempre acaba surgiendo por estos lares.”

“Gracias por avisarme,” dijo Jessie cuando llegaron al final del sendero.

Se detuvo un momento para admirar las vistas. Estaban sobre el borde de un acantilado que daba a la Isla de Balboa y a la Bahía Promontory. Más allá estaba la Península de Balboa, el último pedazo de tierra antes del Océano Pacífico. El agua azul marino se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y se acababa fundiendo con el cielo de un azul más pálido, punteado con unas cuantas nubes abultadas. Era realmente impresionante.

Más de cerca, vio el animado puerto, con barcos que entraban y salían según un sistema tácito que era mucho más organizado y hermoso que el de la autopista. La gente, diminuta como hormigas desde aquí arriba, merodeaba por el complejo del puerto y su gran cantidad de tiendas y restaurantes. Parecía que estuvieran en un mercado de agricultores.

El sendero había dado paso a una escalera enorme de piedra que descendía hasta el complejo. A pesar de los pasamanos de madera a ambos lados, era ligeramente sobrecogedor.

“El sendero reaparece de nuevo unos cincuenta metros más adelante y desciende hasta el puerto,” dijo Mel, sintiendo la reticencia de Jessie. “Podríamos ir por ese camino en vez de subir las escaleras, pero se tarda veinte minutos más y la vista no es tan agradable.”

“No, esto está bien,” le aseguró Jessie. “Es solo que últimamente no me he tomado muy en serio mi rutina en el Stairmaster y de pronto me estoy arrepintiendo.”

“Las piernas solo te duelen al principio,” dijo Daughton al saltar delante de ella y tomar la delantera.

“No hay nada como tener a un chiquillo que te rete a moverte,” dijo Jessie, tratando de reírse.

Empezaron a descender el largo tramo de escalones, Daughton por delante, seguido de Mel, Jessie, y Kyle, con Teddy a la cola. Después de un minuto, Daughton se les había adelantado bastante y Mel se apresuró a ponerse a su altura. Jessie podía escuchar a los chicos hablando por detrás de ella, aunque no podía entender lo que estaban diciendo. Y con estos escalones tan traicioneros, tenía dudas sobre darse la vuelta para enterarse.

Como a mitad de descenso, vio a una chica en edad universitaria subiendo por las escaleras, vestida solamente con un bikini y sandalias de playa, con una bolsa playera colgada del hombro. Todavía tenía el pelo mojado del agua y se le derramaban unas gotas de sudor por su piel morena y expuesta. Tenía unas curvas impresionantes que el bañador apenas contenía. Parecía que fuera a explotar por varios puntos en cualquier momento. Jessie intentó no mirar al pasarla de largo y se preguntó si Kyle estaría haciendo lo mismo.

“Vaya culo tan bonito tiene esa,” escuchó decir a Teddy unos pocos segundos después.

Jessie se puso tensa sin querer, no ya por la grosería sino porque lo más seguro era que la chica estuviera lo bastante cerca como para haberlo oído. Sintió la tentación de darse la vuelta y echarle una mirada de reprobación cuando escuchó la voz de Kyle.

“¿Verdad que sí?” añadió, riéndose disimuladamente como un colegial.

Jessie se detuvo en seco. Cuando Kyle le alcanzó, le agarró por el antebrazo. Teddy también se detuvo, con una mirada de sorpresa en la cara.

“Continúa, Teddy,” dijo ella, colocándose una sonrisa de plástico en la cara. “Solo necesito hablar con mi hombre un segundo.”

Teddy le lanzó a Kyle una mirada de asentimiento antes de seguir adelante sin hacer ningún comentario. Cuando ella estuvo segura de que ya no les podía oír, miró a su marido.

“Ya sé que es tu amigo del instituto,” susurró. “Pero, ¿crees que podías dejar de actuar como si aún siguieras allí?”

“¿Cómo?” le preguntó él a la defensiva.

“Seguramente esa chica escuchó a Teddy y su tono lascivo. ¿Y tú vas y le animas? No está bien.”

“No es para tanto, Jess,” insistió él. “Solo estaba haciendo una bromita. Quizá se sintió halagada.”

“O quizá le puso los pelos de punta. Sea como fuere, preferiría que mi marido no apoyara la idea de ‘la mujer como objeto sexual’. ¿Es esa una petición razonable?”

“Vaya… ¿así es como vas a reaccionar cada vez que pase una chica en traje de baño?”

“No lo sé, Kyle. ¿Es así como tú vas a reaccionar?”

“¿Venís, chicos?” les gritó Teddy desde abajo. Los Carlisle ya estaban como unos cincuenta escalones más abajo que ellos.

“Ya vamos,” le gritó Kyle de vuelta antes de bajar la voz. “Quiero decir, si todavía te parece bien.”

Kyle siguió hacia adelante antes de que ella pudiera responder, bajando las escaleras de dos en dos. Jessie se forzó a tomar una respiración larga y lenta antes de seguirle, esperando poder exhalar su frustración junto con el aire en sus pulmones.

Ni siquiera nos hemos mudado aún del todo y ya se está empezando a convertir en la clase de cabrón que he tratado de evitar toda mi vida.

Jessie intentó recordarse a sí misma que un comentario estúpido mientras se encontraba bajo la influencia de un viejo compañero de la escuela no quería decir que su marido se hubiera convertido de pronto en un filisteo. Sin embargo, no se podía sacudir de encima la incómoda sensación de que esto no era más que el principio.




CAPÍTULO TRES


Cinco minutos después, con Jessie aún furiosa, entraron al recibidor del Club Deseo, donde recibieron el alivio que necesitaban de un día que ya era tórrido con el aire acondicionado. Jessie echó un vistazo a su alrededor, observando el lugar. No pudo evitar pensar que el nombre, que, según Teddy significaba “Club de los Deseos”, era un tanto grandilocuente, a juzgar por lo que tenía delante.

Casi pasa por alto la entrada al club, una puerta grande, sin carteles, de roble envejecido, adosada a una estructura de aspecto modesto en el extremo más silencioso del puerto. La recepción misma no era nada del otro mundo, con un podio sencillo para la recepcionista que estaba ocupada en este momento por una morena atractiva de aspecto diligente que parecía tener unos veintitantos años.

Teddy se inclinó para hablarle en voz baja. Ella asintió e hizo un gesto al grupo para que pasaran a un pequeño pasillo. Solo cuando otra jovencita rubia, igual de bella, le pidió que depositara su bolso en un canasto, Jessie cayó en la cuenta de que el pasillo también hacía las veces de detector de metales, pero con estilo.

Cuando atravesaron el pasillo, la joven le devolvió su bolso y le indicó que debía seguir a los demás a través de una segunda puerta de paneles de madera que parecía fundirse con la pared que había a su lado. Si hubiera estado ella sola, puede que se hubiera pasado la puerta totalmente por alto.

Una vez atravesaron esa segunda puerta, toda la modestia de la recepción del edificio se desvaneció rápidamente. La habitación cavernosa y circular que estaba mirando con atención tenía dos niveles. El superior, donde estaba ella, tenía mesas en círculo y con vistas al nivel inferior, que se accedía mediante una amplia escalinata.

El nivel inferior tenía una pequeña pista de baile rodeada de multitud de mesas. Parecía que hubieran diseñado todo el lugar utilizando madera reciclada de viejos barcos de vela. Había paneles que estaban juntos, de los que estaban hechas las paredes, de diferentes calidades y tonos. Aunque ese revoltijo no debería haber funcionado bien, lo cierto es que lo hacía, dándole al espacio un ambiente náutico que resultaba reverencial, en vez de un truco barato.

Al extremo de la sala estaba lo más impresionante. Todo el lateral del club que daba al océano estaba compuesto de una ventana de cristal gigantesca, la mitad de ella por encima del nivel del agua, y la otra mitad por debajo. Dependiendo de donde se sentara uno, podía tener una vista del horizonte o de bancos de peces nadando bajo la superficie. Era espectacular.

Les llevaron hasta una mesa grande en el nivel inferior, donde les esperaba un grupo de unas quince personas. Teddy y Mel hicieron las presentaciones de rigor, pero Jessie ni siquiera trató de memorizar los nombres. Le dijeron que había cuatro parejas, con unos siete niños entre todas ellas.

En vez de eso, sonrió y asintió con cortesía a medida que cada una de ellas le asaltaba con más información de la que podía procesar.

“Yo me dedico al marketing en las redes sociales,” le dijo alguien llamado Roger o Richard. Se movía con nerviosismo todo el tiempo y se metía el dedo a la nariz cuando pensaba que no había nadie mirándole.

“Estamos seleccionando moquetas para la pared en este momento,” dijo la mujer sentada junto a él, una morena con mechas rubias en su pelo que a lo mejor era su mujer, pero que, sin duda alguna, le estaba echando miradas de deseo al tipo moreno al otro lado de la mesa.

Continuó así. Mel le presentaba a alguien, Jessie no intentaba memorizar su nombre de verdad, y en vez de eso, trataba de deducir algo sobre su verdadero carácter basándose en su aspecto, lenguaje corporal, y estilo verbal. Era una especie de juego, uno que utilizaba a menudo en situaciones incómodas.

Después de las presentaciones, entraron otras dos jovencitas muy guapas a recoger a los niños, incluido Daughton, para llevárselos a la Cueva del Pirata, que una de las esposas le dijo era el nombre de la zona de diversión infantil. Jessie asumió que debía de estar muy bien porque todos los niños se marcharon sin señal alguna de ansiedad por la separación.

Cuando se hubieron ido, la comida procedió más o menos como le había advertido Mel. Dos mujeres que, o eran gemelas o tenían aspecto tan similar que lo podrían haber sido, contaron una historia sobre un campamento de verano que principalmente se trataba de la horrible voz de canto del que lideraba las alabanzas.

“Sonaba como si estuviera a punto de dar a luz,” decía una de ellas mientras la otra se reía a carcajadas dándole la razón. En la medida que les prestaba atención, Jessie se perdió mientras se interrumpían y se imponían la una a la otra de manera interminable.

Un chico con un sorprendente pelo largo y rizado y una pajarita con la que estaba demasiado embelesado relataba los detalles de un partido de hockey al que había ido la primavera pasada. Solo que no había nada memorable sobre ello. La historia entera de cinco minutos solo era sobre quién metió los goles. Jessie seguía esperando algún giro en la historia, como cuando se ha arrojado un pulpo a la pista de hielo o algún fan ha saltado la barrera. Pero no hubo ninguno.

“De todos modos, fue un partido increíble,” concluyó finalmente, momento en el que ella supo que era su turno de sonreír con admiración.

“Mejor. Historia. Del. Mundo,” dijo Mel con sequedad, proporcionándole a Jessie el único momento satisfactorio que había disfrutado y algo así como un soplo de aire fresco.

Una gran parte de la conversación se consumió hablando de varios eventos que iban a tener lugar próximamente en el club, entre ellos el baile de Halloween, la Fiesta para Llevar los Barcos (fuera lo que fuera) y el Baile de las Vacaciones.

“Qué es eso de Llevar los…” comenzó a preguntar antes de ser interrumpida por los gritos de la mujer que estaba sentada dos sitios más abajo cuando una camarera tiró un vaso de agua, dejando caer unas gotas sobre ella.

“Zorra,” murmuró demasiado alto después de que se fuera la camarera. Poco después, todos los hombres se levantaron, besaron a sus esposas, y se despidieron. Kyle le lanzó a Jessie una mirada de perplejidad, pero les siguió sin decir nada.

“¿Supongo que te veré más tarde?” le preguntó más que decirle.

Ella asintió con cortesía, aunque estaba igual de confundida. Parecía que estuvieran en esa escena de Titanic, en la que todos los hombres se iban después de la cena para hablar de negocios y política tomando brandy en la sala de fumar.

Jessie observó cómo paseaban los hombres entre las mesas hasta llegar a la puerta de madera ornamentada que había al rincón de la sala, delante de la que había un hombre muy serio parado. Tenía el aspecto de un portero de club nocturno, solo que este llevaba puesto un esmoquin. Cuando los chicos de su mesa se acercaron, se echó a un lado para dejarles pasar. Dio la impresión de echarle una mirada escéptica a Kyle hasta que Teddy le murmuró algo. El portero asintió y le sonrió a Kyle.

El resto del almuerzo se pasó en un santiamén. Como había prometido Mel, la conversación se centró en los niños y en los niños por llegar, ya que al menos dos de las mujeres en el grupo estaban claramente embarazadas.

“Me estoy preparando para darle una bofetada al próximo barista que me eche miraditas mientras estoy dándole el pecho,” dijo alguien llamado Katlyn o Kaitlyn. “Fui demasiado tolerante después de que naciera Warner.”

“Amenaza con una demanda legal,” dijo la Morena de Mechas Rubias. “Yo lo hice y conseguí un certificado de cien dólares como disculpa. Lo mejor de todo es que nadie había hecho nada malo. Solamente me quejé de un ‘entorno de incomodidad.’”

Jessie era la única que no era madre de toda la mesa, pero intentó unirse a la charla, haciendo preguntas educadas sobre la escuela primaria local (“un basurero”) frente a la privada a la que parecían ir todos sus hijos.

Mientras Jessie escuchaba los desacuerdos sobre la mejor guardería o las opciones de preescolar y el consenso general sobre el mejor supermercado, sintió como su mente divagaba. Se pellizcó por debajo de la mesa unas cuantas veces cuando se enunciaron opiniones sobre las mejores iglesias, el mejor gimnasio local, y dónde encontrar el mejor vestido para el Baile de Vacaciones.

Sin embargo, dejó de intentar seguir quién estaba diciendo qué, o incluso de ofrecer afirmaciones sosas, y se metió en el papel de observadora pasiva, como si estuviera observando el comportamiento social de alguna especie exótica en plena naturaleza.

¿Es esta la vida con la que me he comprometido? ¿Almuerzos con damas que se enfocan en qué gimnasio tiene la mejor clase de spin? ¿Es este el mundo por el que Kyle ha estado trepando y del que quiere llegar a formar parte? Si es así, que me maten ahora mismo.

En algún momento, se dio cuenta de que Mel le estaba dando un golpecito en el hombro para decirle que el almuerzo se había terminado y que tenía que pasar a recoger a Daughton. Por lo visto, Teddy y Kyle se encontrarían con ellas en la recepción.

Jessie asintió, se despidió con elegancia de las mujeres cuyos nombres no podía recordar, y siguió sin pensar a Mel hasta la Cueva del Pirata. Se sentía desorientada y agotada, y solo quería regresar a casa, darse un baño, tomar una copa de vino, e irse a dormir. Echó una ojeada a su reloj y le sorprendió descubrir que no era ni la una del mediodía.



*



No consiguió distenderse hasta horas más tarde. Después del camino de regreso al hogar de los Carlisle y el rato obligatorio que pasaron allí, acabaron por irse a su casa, aunque no sin pasar antes por Costco para comprar productos básicos. Jessie se imaginó las caras de desaprobación que pondrían sus compañeras de almuerzo.

Más tarde esa misma noche, mientras ella se refrescaba la cara y Kyle se lavaba los dientes, se habían recuperado lo suficiente como para hacer una breve puesta en común del día.

“¿Qué pasó en la sala secreta a la que te fuiste?” le preguntó. “¿Te hicieron quitarte la ropa hasta quedarte en calzoncillos y te dieron diez latigazos?”

“La verdad es que estaba un poco preocupado de lo que pudiera haber detrás de esa puerta,” admitió Kyle mientras pasaban al dormitorio. “Pero resulta que solo se trataba de un bar para deportes muy bien equipado. Tenían los partidos en la televisión, un camarero dando vueltas y tomando nuestras órdenes, y unos cuantos tipos poniéndose o quitándose su ropa de golf.”

“Entonces, ¿nada de sala para fumar con brandy?” le preguntó Jessie, cuestionándose si pillaría la referencia.

“No que yo sepa, aunque me di cuenta de que Leonardo DiCaprio estaba vagando sin rumbo por el vestidor.”

“Bien hecho, marido,” dijo Jessie con admiración mientras se metía a la cama. “Todavía estás en tu punto.”

“Gracias, esposa,” le contestó, deslizándose debajo del edredón junto a ella. “De hecho, escuché que hay una sala para fumar puros por alguna parte, pero no fui en busca de ella. Creo que está oculta en algún rincón que está exento de las normas del club de no fumar. Pero apuesto a que hubiera podido conseguir un brandy si lo hubiera pedido.”

“¿Conociste a alguien interesante?” le preguntó con escepticismo mientras apagaba la luz del dormitorio.

“Sorprendentemente, sí,” dijo Kyle. “Eran todos bastante agradables. Y como dos de ellos están buscando inversiones potenciales, eso les hizo interesantes para mí. Creo que ese club puede ser un auténtico filón para hacer negocios. ¿Y tú?”

“Todo el mundo era muy agradable,” dijo Jessie titubeante, esperando que la oscuridad de la habitación ocultara su ceño fruncido. “Muy abiertas con todo tipo de ofertas para ayudarme con cualquier cosa que necesite.”

“¿Por qué puedo escuchar un ‘pero’ en alguna parte?”

“No. Es solo que ni una vez durante todo el tiempo que estuve a solas con ellas, ninguna de esas mujeres habló de otra cosa más que de niños, colegios o familia. Ni una mención de trabajos o acontecimientos actuales. Resultaba todo muy provinciano.”

“¿Quizá solo querían evitar temas polémicos en un almuerzo con alguien nuevo?” sugirió Kyle.

“¿El trabajo es algo polémico hoy en día?”

“No lo sé, Jessie. ¿Estás segura de que no estás buscándole tres pies al gato a esta inocente reunión?”

“No estoy diciendo que sean como las Esposas de Stepford o algo parecido,” insistió. “Pero excepto Mel, todas eran compulsivamente narcisistas. No creo que ninguna de ellas le dedique ni un pensamiento pasajero al mundo que hay más allá de sus ventanas. Solo digo que después de un rato, empecé a sentirme un tanto… claustrofóbica.”

Kyle se sentó sobre la cama.

“Esa manera de hablar suena familiar,” dijo, con preocupación en la voz. “No te enojes conmigo, pero la última vez que hablaste de sentirte claustrofóbica fue cuando—”

“Recuerdo la última vez,” interrumpió Jessie, disgustada. “Esto no es lo mismo.”

“Muy bien,” replicó Kyle delicadamente. “Pero entenderás que te pregunte si te sientes cómoda con tu medicación estos días. ¿Todavía funciona la dosis? ¿Crees que quizá sea buena idea organizar una cita con la doctora Lemmon?”

“Estoy bien, Kyle,” dijo ella, saliendo de la cama. “No siempre se trata de eso. ¿Es que no puedo expresar algunas reservas sin que te apresures a sacar conclusiones?”

“Por supuesto,” dijo él. “Lo siento. Por favor, vuelve a la cama.”

“Es que vamos, de verdad…. tú no estabas allí. Mientras tú estabas relajándote con los chicos, yo tenía una sonrisa falsa en la cara mientras estas mujeres hablaban de presentar demandas contra cafeterías. Esto no tiene que ver con la medicación. Tiene que ver con que ‘estas tipas son horribles’.”

“Lo siento, Jess,” repitió Kyle. “No debería haber dado por sentado que se trataba de la medicación.”

Jessie le miró, sin poder decidirse entre querer perdonarle o machacarle un poco más. Decidió no hacer ninguna de las dos cosas.

“Regresaré en unos minutos,” dijo ella. “Solo necesito distenderme. En caso de que estés dormido para cuando regrese, te daré las buenas noches ahora.”

“Muy bien,” dijo él sin ganas. “Buenas noches, Te quiero.”

“Buenas noches,” dijo ella, dándole un beso a pesar de su falta de entusiasmo en ese momento. “Yo también te quiero.”

Salió del dormitorio y se puso a vagabundear por la casa, esperando a que se disipara su frustración mientras pasaba de una habitación a la otra. Intentó sacarse el desdén de la cabeza, pero seguía colándose dentro de ella, irritándole a pesar de sus mejores intenciones.

Se estaba calmando lo bastante como para regresar a la cama cuando escuchó el mismo crujido distante de la otra noche. Solo que esta noche no estaba tan distante. Siguió el sonido hasta que encontró el que parecía ser su origen—el ático.

Se había detenido en el pasillo de arriba justo debajo de la puerta de acceso al ático. Después de un momento de titubeo, agarró la manivela que había en la puerta y le dio un tirón hacia abajo. Definitivamente, el crujido sonaba ahora más claro.

Se encaramó a la escalera de acceso con todo el sigilo que pudo, intentando no pensar en cómo este tipo de decisión siempre acababa terriblemente en las películas de miedo. Cuando subió las escaleras, sacó su teléfono y utilizó la función de linterna para registrar el espacio. Pero, excepto por unas cuantas cajas raídas y vacías, no había nada más en todo el espacio. Y el crujido se había detenido.

Jessie descendió con cuidado, reemplazó la escalera y, demasiado excitada como para dormir, reanudó su inquieto vagabundeo. Acabó en el dormitorio que estaban anticipando utilizar para el bebé, cuando y si alguno decidía unirse a ellos.

Ahora estaba vacío, pero Jessie podía imaginarse donde iría la cuna. Se la imaginaba contra la pared de atrás, con un móvil colgando sobre ella. Apoyó la espalda contra la pared y se deslizó hacia el suelo, con lo que acabó sentada con las rodillas delante de su rostro. Las envolvió con sus brazos y se abrazó con fuerza, intentando convencerse de que la vida en este nuevo y extraño lugar sería mejor de lo que parecía por el momento.

¿Estoy malinterpretando todo esto?

No podía evitar preguntarse que a lo mejor su medicación necesitaba un reajuste. No tenía claro si estaba siendo demasiado dura con Kyle o si estaba juzgando a las mujeres del Club Deseo con demasiada crudeza. ¿Era el hecho de que Kyle se estuviera adaptando tan fácilmente a este lugar mientras que ella no un reflejo de su adaptabilidad, de la fragilidad de ella, o de ambas? Kyle ya parecía sentirse como en casa, como si llevara viviendo años aquí. Se preguntó si ella llegaría alguna vez a ese punto.

No estaba segura de si solo estaba nerviosa porque su último semestre de clases empezaba al día siguiente y tendría que volver a sumergirse en el mundo del estudio de los violadores, depredadores infantiles y asesinos. Y no estaba segura de si ese crujido que seguía escuchando era real o solo estaba en su cabeza. En este momento, no estaba muy segura de nada. Y le asustaba.




CAPÍTULO CUATRO


A Jessie le faltaba el aliento y le palpitaba con fuerza el corazón. Llegaba tarde a clase. Esta era la primera vez que pisaba el campus de la Universidad de California en Irvine y había sido toda una tarea encontrar su aula. Después de correr el último cuarto de milla a través del campus en medio del calor insoportable del mediodía, entró por la puerta. En la frente le brillaban unas gotas de sudor y su camiseta parecía estar ligeramente húmeda.

Se encontró al profesor Warren Hosta, un hombre alto de ojos rasgados y desconfiados y con un solo y patético mechón de pelo negro grisáceo encima de la cabeza, que estaba obviamente en mitad de una frase cuando irrumpió en el aula a las 10:04 de la mañana. Ya había escuchado los rumores sobre su impaciencia y su actitud grosera habitual y no le decepcionó. Se detuvo y esperó a que encontrara su asiento, mirándola fijamente todo el tiempo.

“¿Puedo continuar?” le preguntó sarcásticamente.

Buen comienzo, Jessie. Vaya manera de causar una primera impresión.

“Lo lamento, profesor,” dijo Jessie. “Este campus es nuevo para mí. Me hice un lío.”

“Espero que tus capacidades de deducción sean más potentes que tu sentido de la orientación,” le replicó con sagacidad antes de regresar a su discurso. “Como iba diciendo, para la mayoría de vosotros, este será vuestro último curso antes de obtener vuestro Masters en Psicología Forense. No va a ser tarea fácil.”

Jessie desabrochó su mochila con el mayor sigilo posible para sacar un bolígrafo y un cuaderno, pero el sonido de la cremallera pasando por cada diente pareció resonar en toda el aula. El profesor volvió la mirada hacia ella por el rabillo del ojo, pero continuó hablando.

“Distribuiré el programa en unos momentos,” dijo. “Pero, en general, esto es lo que se espera de vosotros. Además del trabajo habitual del curso y los exámenes asociados con ello, aquellos entre vosotros que todavía tengan que completar una entregaréis y defenderéis vuestra tesis. Además, todos—ya tengan la tesis completada o no—tendréis unas prácticas. Unos cuantos serán asignados a una instalación correccional, ya sea el Instituto California para Hombres en Chino o el Instituto California para Mujeres en Corona, ambos de los cuales albergan un grupo de criminales violentos. Otros visitarán la unidad de alto riesgo del DSH-Metropolitan, que es un hospital estatal en Norwalk. Allí tratan a pacientes a los que se conoce comúnmente como ‘criminales dementes,’ aunque cuestiones relativas a la comunidad local les impidan aceptar pacientes con un historial de asesinato, crímenes sexuales, o fuga.”

Una tácita corriente de electricidad atravesó el aula mientras los alumnos se miraban entre ellos. Esto era lo que habían estado esperando. El resto de la clase fue bastante directo, con una descripción del trabajo del curso y detalles para la redacción de sus tesis.

Por suerte, Jessie había completado y defendido la suya mientras estaba en USC, así que no le prestó demasiada atención a esta parte. En vez de eso, su mente regresó al extraño grupo del club de yates y al hecho de que, a pesar de la aparente generosidad y calidez de todas ellas, se sentía perturbada por ello.

Hasta que la charla no regresó a las prácticas, no se enfocó de verdad. Los alumnos estaban haciendo preguntas logísticas y académicas. Jessie tenía una propia, pero decidió esperar hasta después de la clase. No quería comentarlo delante del grupo.

Era evidente que la mayoría de sus compañeros de clase quería trabajar en una de las prisiones. La mención de un veto de la comunidad respecto a criminales violentos en Norwalk parecía limitar la popularidad de esta opción.

En cierto momento, el profesor Hosta indicó el final de la clase y la gente empezó a salir de la sala. Jessie se tomó su tiempo colocando de nuevo su cuaderno en su mochila mientras unos cuantos estudiantes le hacían unas preguntas a Hosta. Hasta que no se fueron y el profesor pareció empezar a salir del aula, no se le acercó.

“Deje que me disculpe de nuevo por llegar tarde, profesor Hosta,” dijo, intentando no sonar demasiado pelota. Con solo una clase, había tenido la clara impresión de que Hosta despreciaba a los que se humillaban excesivamente. Parecía preferir la curiosidad, incluso aunque rayara en la grosería, a la deferencia.

“No suenas demasiado arrepentida, señorita…” indicó, levantando el ceño.

“Hunt, Jessie Hunt. Y la verdad es que no lo estoy,” admitió, decidiendo en ese momento que iba a tener más suerte con este tipo si era directa. “Solo imaginé que sería mejor ser educada para obtener una respuesta a mi pregunta de verdad.”

“Que es…?” le preguntó, con el ceño elevado y aspecto de sorpresa intrigada.

Ahora tenía su atención.

“Noté que dijo que DSH-Metro no acepta pacientes con un historial de violencia.”

“Eso es correcto,” dijo él. “Es su normativa. Básicamente, estaba citando su página web.”

“Pero profesor, los dos sabemos que eso no es del todo exacto. El hospital de Norwalk tiene una pequeña sección acordonada para tratar a pacientes que han cometido algunos crímenes horriblemente violentos, entre ellos asesinatos en serie, violación, y una variedad de transgresiones a menores.”

Él le miró fijamente durante largo rato antes de responder.

“Según el Departamento de Hospitales del Estado, es en DSH-Atascadero en San Luis Obispo donde se tratan esos casos,” le replicó con cara de póker. “Metro trata con criminales no violentos, así que no estoy seguro de a qué te refieres.”

“Por supuesto que lo está,” dijo Jessie con más confianza de la que se esperaba.

“Se llama la División No-Rehabilitadora, o DNR en breve. Claro que ese solo es el vocablo aburrido que utilizan para consumo público. A nivel interno y dentro de los círculos de justicia criminal, a DNR se la conoce como la unidad de ‘alto-riesgo’ en DSH-Metro, que casualmente noté que es el término que utilizó para describirla en clase.”

Hosta no contestó. En vez de eso, la estudió herméticamente durante unos cuantos segundos antes de permitir que su cara esbozara una sonrisa. Era la primera vez que Jessie le había visto algo parecido a una sonrisa.

“Camina conmigo,” le dijo, haciéndole un gesto para que saliera del aula. “Te llevas el premio especial, señorita Hunt. Han pasado tres semestres desde que algún alumno captara mis pequeños trucos verbales. Todo el mundo se siente tan decepcionado por las normas comunitarias que nadie se pregunta de qué se trata la referencia al ‘alto-riesgo’. Pero está claro que tú ya estabas familiarizada con el DNR antes de entrar a mi clase. ¿Qué es lo que sabes acerca de ello?”

“Bueno,” comenzó con cuidado, “realicé los primeros semestres de mis estudios en USC y el DNR es algo así como un secreto a voces por allí, por eso de que está tan cerca.”

“Señorita Hunt, estás encubriendo algo. No es un secreto a voces. Hasta en las filas de las fuerzas de seguridad y de la comunidad psiquiátrica, es un secreto guardado a cal y canto. Me arriesgo a decir que hay menos de doscientas personas en la región que sean conscientes de su existencia. Menos de la mitad de ellas conoce la naturaleza integral de las instalaciones. Y, aun así, de alguna manera, tú lo sabes. Haz el favor de explicarte. Y en esta ocasión, deja de lado la discreta timidez.”

Ahora le tocaba a Jessie decidir si iba a ser sincera.

Has llegado hasta aquí. Quizá no sea mala idea dar el último paso.

“Hice mi tesis sobre ello,” le dijo. “Casi consigo que me expulsen del programa.”

Hosta dejó de caminar y pareció brevemente estupefacto antes de recuperar la compostura.

“¿Así que fuiste tú?” le preguntó, sonando impresionado mientras empezaban a descender por el pasillo. “Esa tesis es legendaria entre los que la han leído. Si recuerdo bien, el título era algo así como ‘El Impacto de la Encarcelación No-Rehabilitadora en los Criminales Dementes.’ Pero nadie podía averiguar quién era el autor de verdad. Después de todo, no hay registro oficial de nadie que se llame ‘Julia Nona.’”

“Tengo que admitir que me sentía bastante orgullosa de ese nombre, pero utilizar un nombre falso no fue en absoluto mi decisión,” admitió Jessie.

“¿Qué quieres decir?” preguntó Hosta, claramente intrigado.

Jessie se preguntaba si estaría bordeando los límites de lo que tenía permitido desvelar. Entonces recordó la razón por la que le asignaron a trabajar con Hosta en un principio y decidió que no había razón para ser tímida.

“Mi asesor de la facultad entregó la tesis al decano,” explicó Jessie. “Enseguida trajo a varios agentes de la ley y a unos médicos que no puedo mencionar por ningún otro nombre que el delicioso término de ‘El Panel.’ Me interrogaron durante nueve horas seguidas antes de decidir que estaba escribiendo un artículo académico y que no era una reportera trabajando en secreto o algo peor.”

“Eso suena emocionante,” dijo Hosta. Parecía decirlo en serio.

“Suena así, pero en aquel momento, terrorífico resultaba una palabra más apropiada. Después de un tiempo, decidieron no arrestarme. Después de todo, eran ellos quienes tenían una cárcel psiquiátrica secreta sin registrar, y no yo. La universidad decidió que no había hecho nada técnicamente equivocado y no me expulsó, aunque todo lo referente a la tesis fue catalogado como confidencial. El departamento decidió que mi interrogatorio con las autoridades podía servir como defensa de mi tesis. Y firmé varios documentos donde prometía no hablar del asunto con nadie, incluido mi marido, o me enfrentaría a un posible juicio, aunque nunca dijeron en base a qué delito.”

“Entonces, ¿cómo es posible, señorita Hunt, que estemos teniendo esta conversación?”

“Me concedieron… llamémosle un permiso especial. Me permitieron seguir adelante con mis estudios y establecieron una condición específica. Pero para completarla, mi nuevo asesor de la facultad tendría que enterarse al menos superficialmente de lo que había escrito. Los que mandan miraron las facultades de todas las universidades en Orange County y determinaron que solo usted cumplía con sus requisitos. La universidad tiene un programa de Máster en Psicología Criminal, dirigido por usted. Usted tiene relación con DNR y ha realizado trabajo de campo allí. Hasta lo tiene como una opción de prácticas que ha establecido allí en los pocos casos en que un alumno expresa interés y parece prometedor. Usted es mi única opción en cincuenta millas a la redonda.”

“Supongo que debería sentirme halagado. ¿Y si declino ser tu asesor de facultad?” le preguntó.

“Debería haber recibido una visita de alguien que representa al Panel para abordar todo este tema—y el hecho de que le resultaría muy conveniente, etc. Me sorprende que no lo hayan hecho. Por lo general, son bastante minuciosos.”

Hosta se quedó pensativo un segundo.

“Hace poco recibí varios emails y un mensaje de voz de alguien llamado doctor Ranier,” dijo. “Pero el nombre no me resultaba familiar, así que los ignoré.”

“Le recomiendo que devuelva el mensaje, profesor,” sugirió Jessie. “Es posible que se trate de un seudónimo, quizá para alguien a quien ya conoce.”

“Lo haré. En cualquier caso, ¿entiendo que no voy a tener que pasar por las habituales trabas burocráticas para que te autoricen a hacer tus prácticas en DNR?”

“Hacerlas allí fue la condición específica que mencioné con anterioridad. Es la razón por la que me mostré de acuerdo en firmar su NDA sin problemas,” le dijo Jessie, incapaz de evitar que su voz sonara excitada. “Llevo casi dos años esperando esto.”

“¿Dos años?” dijo Hosta, sorprendido. “Si completaste tu tesis hace todo ese tiempo, ¿no deberías haberte graduado ya?”

“Esa es una larga historia que le tendré que contar en algún otro momento. Pero, por ahora, ¿puedo asumir que tengo su autorización para hacer mis prácticas en DSH-Metro, específicamente en el DNR?”

“Si tu historia resulta ser cierta, sí,” dijo mientras llegaban hasta la puerta de su despacho. La abrió con su llave, pero no le invitó a pasar. “Aunque tengo que hacer la pregunta que le hago a todos los alumnos que quieren hacer allí su trabajo de campo—¿estás segura de que quieres hacer esto?”

“¿Cómo puede preguntarme eso, después de lo que le he dicho?”

“Porque una cosa es leer sobre la gente que tienen en las instalaciones,” le respondió. “Es muy diferente interactuar con ellos. Las cosas se ponen difíciles muy deprisa. Por las redacciones en tu tesis, ¿asumo que sabes algo acerca algunos de los presos que tienen alojados allí?”

“Sobre unos cuantos; sé que el violador en serie de Bakersfield, Delmond Stokes, está preso allí. Y el asesino múltiple de menores que esa policía retirada atrapó el año pasado también está allí. Y estoy bastante segura de que también tienen allí a Bolton Crutchfield.”

Hosta se le quedó mirando fijamente, como si estuviera indeciso respecto a decirle lo que estaba pensando. Finalmente, pareció llegar a una decisión.

“A él es a quien quieres observar, ¿no es cierto?”

“He de admitir, que siento curiosidad,” dijo Jessie. “He escuchado todo tipo de historias sobre él. No estoy segura de cuántas de ellas son ciertas.”

“Una historia que te puedo asegurar es cierta es que asesinó brutalmente a diecinueve personas en un periodo de seis años. Puede que otras cosas sean verdades o mitos, pero eso es un hecho. Nunca te olvides de ello.”

“¿Le conoce?” preguntó Jessie.

“Así es. Le he entrevistado en dos ocasiones.”

“¿Y cómo fue?”

“Señorita Hunt, esa es una larga historia que tendré que compartir en otro momento,” dijo, devolviéndole sus propias palabras. “Por ahora, me pondré en contacto con ese doctor Ranier y comprobaré que lo que dices es cierto. Suponiendo que eso proceda sin incidencias, me pondré en contacto contigo para preparar tus prácticas. Sé que querrás empezar pronto.”

“Iría mañana, si pudiera.”

“En fin, ya veremos, puede que tarde un poco más que eso. Entretanto, intenta no saltar por las paredes. Que tengas un buen día, señorita Hunt.”

Dicho esto, cerró la puerta de su oficina, dejando a Jessie en el pasillo. Ella se dio la vuelta para marcharse. Echando un vistazo a este pasillo desconocido, se dio cuenta de que había estado tan metida en la conversación que no había prestado atención a nada más. No tenía ni idea de dónde estaba.

Se quedó allí parada un momento, imaginándose a sí misma sentada frente a frente con Bolton Crutchfield. La idea le excitaba tanto como le aterrorizaba. Había querido—no, necesitado—hablar con él durante algún tiempo. La posibilidad de que pudiera suceder pronto le hacía temblar de anticipación. Necesitaba respuestas a preguntas que nadie incluso sabía que tuviera. Y él era el único que las podía proporcionar. Pero no estaba segura de que lo haría. Y en caso de que estuviera dispuesto, ¿qué podía pedirle a cambio?




CAPÍTULO CINCO


Jessie se sentía tan entusiasmada que le llamó por teléfono a Kyle de camino entre la universidad y su casa, aunque sabía de sobra que siempre andaba de cabeza durante el día y casi nunca le respondía. Esta vez no fue diferente, pero no pudo evitar dejarle un mensaje de voz de todas maneras.

“Hola, cariño,” le dijo después del pitido. “Solo era para decirte que me fue extremadamente bien en mi primer día de clase. El profesor es todo un personaje, pero creo que puedo trabajar con él. Y espero empezar pronto con mis prácticas, quizá esta misma semana si todo sale bien. La verdad es que estoy algo mareada. Espero que tu día te esté yendo bien también. He pensado que podía hacer una cena especial para los dos esta noche, sobre todo ahora que por fin hemos encontrado las cajas con todas las cazuelas y sartenes. Dime a qué hora crees que vas a llegar esta noche y preparo algo rico. Podemos descorchar una de esas botellas de vino que hemos estado guardando y quizá empezar con eso de expandir nuestra unidad familiar. Bueno, hablamos luego. Te quiero.”

Hizo una parada en Bristol Farms de camino a casa y se dio el lujo de comprar unos peces branzino, que pensaba rellenar y cocinar en una pieza. Se encontró con unos mini brócolis de aspecto estupendo y también se los llevó. Mientras iba de camino a la caja, vio unas patatas enanas y también las metió al carro.

Sintió la tentación de encontrar algo decadente para postre, pero sabía que Kyle había estado entrenando con todas sus fuerzas y no lo probaría. Además, tenían algo de helado italiano en el congelador que serviría para la ocasión. Para cuando salió de la caja registradora, ya tenía todo el menú mapeado en su cabeza.



*



Jessie miraba fijamente a los platos llenos de comida sobre la mesa del comedor, antes de mirar su teléfono por tercera vez en cinco minutos. Eran las 7:13 y todavía no tenía noticias de Kyle.

Le había enviado un mensaje de texto después de recibir su mensaje de voz, diciéndole que le parecían genial los planes y que esperaba llegar a casa para las 6:30 de la tarde. Pero habían pasado más de cuarenta y cinco minutos y todavía no había llegado. Y peor aún, no se había puesto en contacto con Jessie para nada.

Lo había organizado todo para que la cena estuviera recién hecha y en la mesa esperándole a las 6:45, en caso de que llegara con algo de retraso. Pero no había aparecido. Le había enviado dos mensajes de texto y le había dejado un mensaje de voz en el intervalo entre ellos. Y, aun así, no había oído nada de Kyle desde ese primer mensaje de texto. Y ahora el pescado estaba en la mesa, mayormente frío, mirándole de vuelta con sus ojos inexpresivos.

Por fin, a las 7:21, Kyle le llamó. Por el ruido que se oía de fondo, supo que estaba en un bar antes de que dijera nada.

“Hola, Jess,” le gritó para que le oyera por encima de la música. “Disculpa por llamar tarde. ¿Cómo estás?”

“Estaba preocupada por ti,” le dijo, tratando de que no se le notara su frustración en la voz.

“Oh, lo siento,” dijo, sonando solo levemente arrepentido. “No tenía intención de preocuparte. Surgió algo de última hora. Teddy me llamó sobre las seis y dijo que tenía más clientes potenciales para mí. Me preguntó si podíamos vernos con estos tipos en un bar llamado Sharkie’s en el puerto. Supuse que no puedo dejar pasar este tipo de oportunidades cuando soy el chico nuevo de la oficina, ¿sabes?”

“¿Y no podías haberme llamado para decírmelo?”

“Es mi culpa,” chilló Kyle. “Todo fue tan apresurado que se salió del cauce. No he podido escabullirme hasta ahora para llamarte.”

“Preparé una gran cena, Kyle. Pensábamos celebrar juntos esta noche, ¿recuerdas? Abrí una botella de vino de cien dólares. Se suponía que iba a ser una velada romántica.”

“Ya lo sé,” le dijo. “Pero no podía escaparme de esto. Creo que puedo conseguir a los dos amigos de Teddy como clientes míos. Y siempre podemos probar con lo de hacer niños cuando llegue a casa.”

Jessie suspiró largamente para poder mantener la calma en la voz al responder.

“Va a ser tarde cuando regreses,” dijo ella. “Estaré cansada y tú medio borracho. No es así cómo lo había visualizado.”

“Escúchame, Jessie. Lamento no haber llamado. Pero ¿pretendes que deje pasar por alto una oportunidad como esta? No solo estoy tomando chupitos aquí. Estoy haciendo negocios e intentando hacer unos cuantos amigos mientras estoy en ello. ¿Vas a utilizar eso en mi contra?”

“Supongo que me estoy enterando de cuáles son tus prioridades,” le respondió.

“Jessica, tú siempre eres mi principal prioridad,” insistió Kyle. “Solamente estoy intentando balancear todo. Supongo que la he cagado. Te prometo que estaré en casa para las nueve, ¿vale? ¿Encaja eso con tu horario?”

Le había sonado sincero hasta esa última línea, que le salió llena de sarcasmo y resentimiento. La pared emocional que había erigido Jessie entre ellos se estaba derrumbando poco a poco hasta que escuchó esas palabras.

“Haz lo que tú quieras,” le replicó con brusquedad antes de colgar.

Se puso de pie y captó un reflejo de sí misma en el espejo del dormitorio. Llevaba puesto un vestido elegante de satén azul con un cuello que se hundía entre sus senos y una apertura alargada en el costado derecho desde su muslo. Tenía el pelo atado en un moño casual que había pensado deshacer como parte de su seducción después de la cena. Los tacones que llevaba le añadían como 12 centímetros a su altura normal, con lo que parecía que medía más de uno ochenta.

De pronto, le resultó todo tan ridículo. Estaba jugando a un juego patético con eso de ponerse guapa. Pero a la hora de la verdad, solo era otra patética ama de casa esperando a que llegara su hombre a casa para darle un sentido a su vida.

Agarró los platos y se dirigió a la cocina, donde tiró las dos comidas a la basura, con el pescado entero. Se cambió de ropa y se puso sus sudaderas. Después, regresó al comedor, agarró la botella que había abierto de Shiraz, se sirvió una copa hasta los topes, y le dio un buen trago de camino al comedor. Se tiró sobre el sofá, encendió la televisión, y se acabó conformando con lo que parecía ser un maratón de Life Below Zero, una serie de casos reales sobre gente que ha vivido voluntariamente en ciertas partes inhóspitas de Alaska. Lo racionalizó diciéndose a sí misma que esto le ayudaría a apreciar que había gente a la que le iba bastante peor que a ella con su mansión elegante al sur de California y su vino de cien dólares y su pantalla de televisión de 70 pulgadas.

En algún punto del tercer episodio, con la botella medio vacía, se quedó dormida. Se despertó cuando Kyle le sacudió suavemente el hombro. A través de sus ojos borrosos, podía asegurar que iba medio borracho.

“¿Qué hora es?” murmuró.

“Poco más de las once.”

“¿Qué pasó con lo de llegar a casa a las nueve?” le preguntó.

“Me entretuvieron,” le dijo tímidamente. “Mira, cariño, ya sé que te tenía que haber llamado antes. No estuvo bien, y lo siento de veras.”

“Muy bien,” dijo ella. Tenía la boca pastosa y le dolía la cabeza.

Kyle le pasó un dedo por el brazo.

“Me gustaría compensarte por ello,” le ofreció provocativamente.

“Esta noche no, Kyle,” le dijo, echando su mano a un lado al tiempo que se incorporaba. “No estoy de humor. Ni siquiera un poco. Quizá la próxima vez puedas tratar de no hacerme sentir como el pobre segundo plato. Me voy a la cama.”

Ascendió por las escaleras y, a pesar de las ganas que tenía de volver la vista para ver su reacción, siguió caminando sin decir ni una palabra más. Kyle no dijo nada. Se metió en la cama sin tan siquiera apagar las luces. A pesar del dolor de cabeza y de la boca pastosa, se quedó dormida en menos de un minuto.



*



Jessie notaba cómo unas ramas llena de pinchos le arañaban el rostro mientras corría a través del bosque. Era invierno y sabía que incluso descalza, sus pisadas, pateando las hojas caídas y secas que cubrían la nieve, se oían perfectamente; que seguramente él las podría escuchar. Pero no había elección. Su única esperanza era continuar en movimiento y esperar que él no pudiera encontrarla.

Pero ella no conocía bien el bosque y él sí. Estaba corriendo a ciegas, completamente perdida y en busca de algún hito familiar. Sus piernecitas eran demasiado cortas. Sabía que él le estaba alcanzando. Podía escuchar sus pisadas fuertes y hasta su respiración todavía más sonora. No había lugar dónde esconderse.




CAPÍTULO SEIS


Jessie se incorporó de repente en la cama, despertándose justo a tiempo de oír su propio grito. Le llevó unos segundos reorientarse y caer en la cuenta de que estaba en su propia cama en Westport Beach, y que llevaba puesta la ropa en la que se había quedado frita la noche pasada con la embriaguez.

Tenía el cuerpo cubierto de sudor y la respiración agitada. Creyó que realmente podía escuchar cómo le corría la sangre por las venas. Levantó la mano y se tocó la mejilla izquierda. La cicatriz causada por la rama todavía seguía allí. Se había difuminado y podía cubrirla con maquillaje, a diferencia de la otra más alargada que tenía a la derecha del cuello. Aun así, podía sentir dónde sobresalía del resto de su piel. Casi podía sentir el pincho afilado en este momento.

Echó una mirada a su izquierda y vio que la cama estaba vacía. Podía asegurar que Kyle había dormido allí por el hueco que había en su almohada y el lío de sábanas, pero él no estaba por ninguna parte. Se quedó escuchando a ver si oía el sonido de la ducha, pero la casa estaba en silencio. De una ojeada a su reloj de sobremesa, vio que eran las 7:45 de la mañana. A estas horas, Kyle ya se habría ido al trabajo.

Salió de la cama, tratando de ignorar su cabeza pulsante mientras se metía al cuarto de baño. Después de una ducha de quince minutos, de la que se pasó la mitad sentada en las baldosas frescas, se sentía preparada para vestirse y bajar. En la cocina, vio una nota que habían colocado sobre la mesa del desayuno. Decía “Lamento de nuevo lo de anoche. Me encantaría hacerlo de nuevo cuando estés dispuesta. Te quiero.”

Jessie la puso a un lado y se preparó algo de café y avena, lo único que se sentía capaz de engullir en este momento. Consiguió terminar la mitad del bol, tiró el resto a la basura, y se fue hasta la sala de estar, donde le esperaban una docena de cajas por desembalar.

Se acomodó en una butaca con unas tijeras, dejó su café sobre la mesa que había al final, y acercó una caja hacia sí. Mientras revisaba distraídamente las cajas, tachando artículos a medida que los localizaba, su mente divagó hacia el tema de su tesis en el DNR.

De no haberse peleado, seguramente Jessie le hubiera acabado contando a Kyle no solo lo de sus prácticas en las instalaciones, sino lo de las terribles consecuencias a las que había tenido que enfrentarse debido a su tesis, entre ellas el interrogatorio. Y eso hubiera sido una violación de su acuerdo de confidencialidad.

Obviamente, él conocía el tema a grandes rasgos, ya que había hablado del proyecto con él mientras lo investigaba. Pero el Panel le había obligado a guardar el secreto a posterioridad, incluso de su marido.

Le había resultado extraño ocultarle una parte tan importante de su vida a su compañero. Pero le habían asegurado que era necesario. Y aparte de algunas preguntas generales sobre cómo había ido todo el asunto, él no le presionó mucho sobre ello. Unas cuantas respuestas vagas le dejaron satisfecho, lo cual había sido todo un alivio en su momento.

Pero ayer, con el entusiasmo por lo que había estado haciendo—visitando un hospital mental para asesinos—en su máximo cociente, estaba dispuesta a ponerle por fin al día, a pesar de la prohibición y de sus consecuencias. Si su pelea tenía alguna consecuencia positiva, era que le había impedido contarle todo a Kyle y poner sus futuros en peligro.

Pero, ¿qué clase de futuro es ese si no puedo contarle mis secretos a mi propio marido? ¿Y si a él parece no importarle que los tenga?

Una ligera ola de melancolía le recorrió el cuerpo ante esa idea. Intentó echarla a un lado, pero no podía deshacerse de ella.

Le sobresaltó el sonido del timbre. Mirando a su reloj de pulsera, se dio cuenta de que había estado sentada en el mismo lugar, perdida en su tristeza, con las manos sobre una caja de embalaje sin abrir, durante los últimos diez minutos.

Se levantó y caminó hacia la puerta, tratando de sacudirse el pesar de su sistema a cada paso que daba. Cuando abrió la puerta, allí estaba Kimberly, la vecina de enfrente, con una sonrisa animada en la cara. Jessie intentó imitarla.

“Hola, vecina,” dijo Kimberly con entusiasmo. “¿Cómo va el desembalaje?”

“Lento,” admitió Jessie. “Pero gracias por preguntarlo. ¿Cómo estás?”

“Estoy bien. Lo cierto es que tengo a unas cuantas mujeres del vecindario en mi casa en este instante para tomar un café de media mañana y me preguntaba si querrías unirte a nosotras.”

“Claro,” respondió Jessie, contenta de tener alguna excusa para salir de la casa por un rato.

Agarró sus llaves, cerró la puerta principal, y caminó junto a Kimberly. Cuando llegaron, cuatro cabezas se giraron en su dirección. No le sonaba ninguna de esas caras.

Kimberly hizo las presentaciones y se llevó a Jessie a la zona de preparar cafés.

“No esperan que te acuerdes de sus nombres,” le susurró mientras servía dos tazas. “Así que no te sientas presionada. Todas han estado donde tú estás ahora.”

“Tengo tantas cosas dándome vueltas a la cabeza, que apenas puedo acordarme de mi propio nombre.”

“Es perfectamente comprensible,” dijo Kimberly. “Pero debería advertirte, les mencioné todo eso de que eres una creadora de perfiles del FBI así que puede que te hagan algunas preguntas al respecto.”

“Oh, pero no trabajo para el FBI. Ni siquiera tengo todavía mi diploma.”

“Hazme caso—eso da igual. Todas creen que eres una Clarice Starling de carne y hueso. Mis límites en referencias de asesinos en serie llegan hasta tres.”

Kimberly no había calculado bien.

“¿Te sientas en la misma habitación que esos tipos?” preguntó una mujer llamada Caroline con un cabello tan largo que algunos mechones le llegaban hasta el trasero.

“Depende de las normas de la instalación,” respondió Jessie. “Pero nunca he entrevistado a uno sin que haya presente un perfilador o investigador experimentado, llevando la voz cantante.”

“¿Son todos los asesinos en serie tan listos como parecen en las películas?” le preguntó titubeante una mujer de aspecto tímido.

“Todavía no he entrevistado a suficientes como para decirlo con certeza,” le dijo Jessie. “Pero en base a la bibliografía, además de mi experiencia personal, diría que no. La mayoría de estos hombres—y casi siempre se trata de hombres—no son más listos que tú y que yo. Algunos se salen con la suya durante mucho tiempo debido a investigaciones precarias. Algunos se las arreglan para evadir la captura porque escogen a víctimas de las que no preocupa nadie—prostitutas, los sin techo. Lleva un tiempo que la gente note que faltan esos personajes. Y algunas veces, simplemente tienen suerte. Cuando me gradúe, mi trabajo consistirá en hacer que su suerte cambie.”

Las mujeres la machacaron a preguntas cortésmente, sin que pareciera importarles que no se hubiera graduado, mucho menos que nunca hubiera trabajo de perfiladora en ningún caso.

“¿Así que todavía no has resuelto un caso?” preguntó una mujer particularmente inquisitiva llamada Joanne.

“Todavía no. Técnicamente, solo soy una estudiante. Los profesionales manejan los casos de verdad. Hablando de profesionales, ¿a qué os dedicáis?” preguntó con la esperanza de redirigir la conversación.

“Solía trabajar en marketing,” dijo Joanne. “Pero eso fue antes de que naciera Troy. Me tiene bastante ocupada en estos momentos. Es todo un trabajo de jornada completa él solito.”

“Apuesto a que sí. ¿Está echándose la siesta ahora en alguna parte?” preguntó Jessie, mirando a su alrededor.

“Seguramente,” dijo Joanne, mirando su reloj. “Pero se despertará enseguida para tomar su tentempié. Está en la guardería.”

“Oh,” dijo Jessie, antes de plantear su siguiente pregunta lo más delicadamente posible. “Creía que la mayoría de los niños en las guarderías tenían madres trabajadoras.”

“Sí,” dijo Joanne, sin parecer ofendida. “Pero lo hacen tan bien allí que no podía dejar de matricularle. No va todos los días, pero los miércoles son difíciles, así que le suelo llevar. Los días fastidiosos son duros, ¿verdad?”

Antes de que le pudiera responder Jessie, se abrió la puerta del garaje e irrumpió en la habitación un tipo de treinta y tantos años con un sorprendente cabello pelirrojo desaliñado.

“¡Morgan!” exclamó Kimberly llena de felicidad. “¿Qué haces en casa?”

“Me dejé el informe en el despacho,” le contestó. “Tengo la presentación en veinte minutos así que tengo que darme prisa en regresar.”

A Morgan, que parecía ser el marido de Kimberly, no pareció sorprenderle lo más mínimo que hubiera media docena de mujeres en su sala de estar. Pasó corriendo entre ellas, saludando de manera general al grupo. Joanne se inclinó hacia Jessie.

“Es algún tipo de ingeniero,” dijo en voz baja, como si se tratara de algún secreto.

“¿Para quién? ¿Alguna empresa de defensa?” preguntó Jessie.

“No, para alguna cosa de bienes raíces.”

Jessie no entendía por qué eso se merecía tanta discreción, pero decidió no indagar más. Unos momentos más tarde, Morgan entró de nuevo en la sala con una pila de papeles en la mano.

“Encantado de veros, damas,” dijo él. “Lamento no poder quedarme por aquí. Kim, recuerda que tenemos eso en el club esta noche así que volveré tarde.”

“Muy bien, cariño,” dijo su mujer, caminando detrás suyo para asegurarse de que le diera un beso antes de salir corriendo por la puerta.

Cuando se hubo ido, regresó a la sala de estar, todavía excitada por la inesperada visita.

“Os juro que se mueve con tal determinación, que una podría pensar que es un perfilador de criminales o algo por el estilo.”

Ese comentario produjo una ola de risitas en el grupo. Jessie sonrió, sin saber exactamente qué es lo que resultaba tan divertido.



*



Una hora después, estaba de vuelta en su sala de estar, tratando de encontrar la energía para abrir la caja que tenía delante de ella. A medida que cortaba con cuidado la cinta adhesiva, repasó su salida de la mañana para tomar el café. Había algo extraño en todo ello. Pero no podía concretar de qué se trataba.

Kimberly era encantadora. A Jessie le caía bien de verdad y le agradecía especialmente el esfuerzo que estaba haciendo para ayudar a la chica nueva. Y todas las demás mujeres eran agradables y cercanas, aunque un tanto sosas. Pero había algo… misterioso en sus interacciones, como si todas conocieran un secreto en común que Jessie desconocía.

Parte de ella pensaba que estaba paranoica por sospechar algo así. No sería la primera vez que se había lanzado a sacar conclusiones que habían resultado equivocadas. Claro que todos sus instructores en el programa de Psicología Forense de la USC le habían alabado por su sentido de la intuición. No parecían pensar que estuviera paranoica, más bien que era “desconfiadamente inquisitiva,” como le había dicho uno de sus profesores. En su momento, le había sonado como un cumplido.

Abrió la caja y sacó el primer artículo, una foto enmarcada de su boda. Se quedó mirándola un momento, fijándose en las expresiones de felicidad que tenían Kyle y ella en la cara. A ambos lados de ellos, había varios familiares, también con enormes sonrisas de júbilo.

A medida que sus ojos se alejaron del grupo, volvió a sentir de repente la melancolía que había notado surgir hacía un rato por dentro. Un apretón de ansiedad le contrajo el pecho. Se guió a sí misma para tomar unas inspiraciones profundas pero no había cantidad suficiente de respiraciones o exhalaciones que le pudieran calmar.

No estaba segura de cuál había sido el desencadenante de esto—los recuerdos, el nuevo entorno, la pelea con Kyle, ¿o una combinación de todo ello?

Fuera lo que fuera, se dio cuenta de una verdad fundamental. Ya no era capaz de controlar esto por sí misma. Tenía que hablar con alguien. Y a pesar del sentimiento de terrible fracaso que empezaba a abrumarla mientras se iba en busca de su teléfono, marcó el número que había esperado no tener que utilizar nunca más.




CAPÍTULO SIETE


Concertó una cita con su antigua terapeuta, la doctora Janice Lemmon, y solo con saber que atenderla requeriría una visita a la zona donde solía vivir le hizo sentir más cómoda. El pánico se había disipado casi inmediatamente después de concertar la sesión.

Cuando Kyle regresó a casa esa noche—lo cierto es que pronto—pidieron comida para llevar y vieron una película cursi pero entretenida sobre realidades alternativas que se titulaba El 13º Piso. Ninguno de los dos se disculpó formalmente, pero parecían haber redescubierto su zona de confort. Después de la película, ni siquiera subieron arriba para disfrutar del sexo. En vez de eso, Kyle simplemente se encaramó encima de ella allí mismo en el sofá. Eso le recordó a Jessie sus días de recién casados.

Kyle hasta le había preparado el desayuno esa mañana antes de salir hacia el trabajo. Era horrible—tostada quemada, los huevos sin hacer, y el bacón de pavo mal frito—pero Jessie agradecía el intento. Se sentía un poco mal por no haberle contado los planes que tenía para hoy, aunque tampoco él le había preguntado, así que no es que estuviera mintiendo.

Hasta que no se vio en la autopista al día siguiente, con los rascacielos del centro de Los Ángeles en el horizonte, Jessie no sintió que se calmaba el pinchazo de nerviosismo en sus entrañas. Había realizado el viaje a mediodía desde Orange County en menos de una hora y se metió a la ciudad solo para caminar un rato por allí. Aparcó en el aparcamiento próximo a la consulta de la doctora Lemmon enfrente de Original Pantry en la esquina de Figueroa y West 9th.

Entonces se le ocurrió la idea de llamar a su compañera de dormitorio de la USC y amiga más antigua de la universidad, Lacey Cartwright, que vivía y trabajaba en la zona, para ver si podían pasar un rato juntas. Le salió el buzón de voz y dejó un mensaje. Mientras empezaba a descender por Figueroa en dirección al Hotel Bonaventura, Lacey le envió un mensaje de texto para decirle que estaba demasiado ocupada ese día pero que ya quedarían la próxima vez que Jessie pasara por allí.

¿Quién sabe cuándo sucederá eso?

Se sacudió la decepción de su cabeza y se concentró en la ciudad que le rodeaba, admirando las vistas y sonidos bulliciosos que eran tan diferentes de su nuevo entorno. Cuando llegó a la Calle 5ª, giró a su derecha y siguió vagabundeando.

Eso le recordó a los días, no hace tanto tiempo, cuando hacía esto mismo varias veces a la semana. Si tenía dificultades con el estudio de un caso para clase, simplemente se iba a la calle y paseaba por las calles, utilizando el tráfico como ruido de fondo mientras le daba vueltas al caso en su mente hasta que encontraba una manera de enfocarlo. Su trabajo casi siempre era más potente si había tenido tiempo de vagabundear por el centro de la ciudad y de explorar diversas avenidas al respecto.

Mantuvo la charla inminente con la doctora Lemmon al fondo de su mente mientras repasaba mentalmente el café del día anterior en casa de Kimberly. Todavía no podía concretar el carácter de la misteriosa discreción de las mujeres que había conocido allí. Pero algo le llamó la atención en retrospectiva—lo desesperadas que estaban todas por escuchar los detalles de sus estudios de perfiladora de criminales.

No estaba segura de si se debía a que la profesión en la que se estaba metiendo era tan inusual o simplemente porque era una profesión. Ahora que pensaba en ello, caía en la cuenta de que ninguna de esas mujeres trabajaba.

Algunas lo habían hecho. Joanne había trabajado en marketing. Kimberly decía que solía ser una agente de bienes raíces cuando vivían en Sherman Oaks. Josette había dirigido una pequeña galería en Silverlake. Pero ahora todas eran amas de casa y madres. Y a pesar de que aparentaban sentirse felices con sus vidas, también parecían hambrientas por detalles del mundo profesional, con avaricia, casi con culpabilidad devorando cualquier pedacito de intriga.

Jessie se detuvo, cayendo en la cuenta de que, sin apenas darse cuenta, había llegado al Hotel Biltmore. Ya había estado aquí en muchas otras ocasiones. Era famoso por, entre otras cosas, albergar las primeras entregas de los Óscar en los años 30. También le habían dicho en una ocasión que aquí era donde Sirhan Sirhan había asesinado a Robert Kennedy en 1968.

Hace tiempo, antes de decidirse a hacer su tesis sobre el DNR, Jessie había considerado la idea de hacer un perfil de Sirhan. Por eso, se había presentado allí un día sin anunciar su visita y le había preguntado al conserje si daban tours del hotel que incluían la escena del tiroteo. Él se le quedó mirando, perplejo.

Le llevó unos momentos algo embarazosos caer en la cuenta de lo que ella estaba buscando y varios más para que él le explicara que el asesinato no había tenido lugar allí sino en el ahora ya demolido Hotel Ambassador.

Trató de suavizar el golpe diciéndole que JFK había recibido su nominación de los demócratas para presidente en el Biltmore en 1960. Pero se sentía demasiado humillada como para quedarse a escuchar esa historia.

A pesar de la vergüenza, la experiencia le enseñó una lección muy valiosa que se había quedado para siempre en su memoria: No hagas suposiciones, especialmente en una línea de trabajo donde hacer las suposiciones equivocadas puede acabar matándote. Al día siguiente, cambió el tema de su tesis y decidió que, a partir de ahora, iba a hacer sus averiguaciones antes de aparecer en un lugar.

A pesar de ese desastre, Jessie regresaba a menudo, ya que le encantaba el estilo anticuado del hotel. Esta vez, se metió de lleno en su zona de confort mientras merodeaba por los pasillos y las salas de baile durante unos buenos veinte minutos.

Cuando atravesó la recepción al salir, notó a un hombre joven vestido de traje que estaba parado como si nada cerca del mostrador de los botones, leyendo un periódico. Lo que llamó su atención fue lo sudoroso que estaba. Con el aire acondicionado a tope en el hotel, no podía entender cómo era posible. Aun así, cada pocos segundos, se secaba las gotas de sudor que se formaban constantemente en su frente.

¿Por qué está tan sudoroso un tipo que está leyendo un periódico tan tranquilamente?

Jessie se acercó un poco más y sacó su teléfono. Pretendió estar leyendo algo, pero encendió la cámara y la inclinó para poder observar al tipo sin tener que mirarle. De vez en cuando, tomaba una foto rápida.

No parecía que realmente estuviera leyendo el periódico, sino más bien que lo estuviera utilizando como decoración mientras miraba intermitentemente en la dirección de las maletas que se estaban colocando en el carrito para equipajes. Cuando uno de los botones empezó a empujar el carro hacia el ascensor, el hombre de traje se colocó el periódico debajo del brazo y caminó por detrás suyo.

El botones empujó el carro hacia el ascensor y el hombre de traje se quedó de pie al otro lado del carro. Justo cuando se cerraban las puertas, Jessie vio cómo el hombre de traje agarraba una maleta del lado del carro que estaba fuera de la vista del botones.

Vio cómo el ascensor se elevaba despacio y se detenía en el octavo piso. Después de unos diez segundos, empezó a descender de nuevo. Al hacerlo, Jessie se acercó al guardia de seguridad que había cerca de la puerta principal. El guardia, un tipo de aspecto amigable de cuarenta y muchos años, le sonrió.

“Creo que tienes a un ladrón trabajando en el hotel,” dijo Jessie sin preámbulos, con la intención de ponerle rápidamente al día.

“¿Cómo así?” le preguntó, ahora frunciendo el ceño ligeramente.

“He visto a este tipo,” dijo ella, enseñándole una de las fotos de su teléfono, “hacerse con un maletín de un carro de equipajes. Es posible que fuera suyo. Pero parecía estar disimulando y estaba sudando como un tipo que está nervioso por algo.”

“Muy bien, Sherlock,” dijo el guardia con escepticismo. “Asumiendo que tengas razón, ¿cómo se supone que le voy a encontrar? ¿Viste en qué pisos se detuvo el ascensor?”

“El octavo, pero si tengo razón, eso dará igual. Si es un huésped del hotel, me imagino que ese es su piso y ahí es donde se va a quedar.”

“¿Y si no es un huésped?” preguntó el guardia.

“Si no lo es, supongo que va a regresar de inmediato en el ascensor que está volviendo ahora mismo a la recepción.”

En el instante que dijo eso, se abrió la puerta del ascensor y el hombre sudoroso, vestido de traje, salió de él, con el periódico en una mano, el maletín en la otra. Empezó a caminar hacia la salida.

“Imagino que va a esconder eso en alguna parte y a empezar con todo el proceso de nuevo,” dijo Jessie.

“Quédate aquí,” le dijo el guardia, y después habló por su radio. “Voy a necesitar refuerzos en recepción cuanto antes.”

Se acercó al hombre de traje que, al verle por el rabillo del ojo, aceleró el ritmo de su paso. También el guardia aceleró. El hombre trajeado echó a correr y estaba ya saliendo por la puerta cuando se dio de frente con otro guardia de seguridad que corría en la dirección opuesta. Los dos se cayeron y rodaron por el suelo.

El guardia que estaba con Jessie agarró al hombre del traje, le elevó en el aire, le puso el brazo a la espalda, y le arrojó contra la pared del hotel.

“¿Le importa si miro en su bolsa, señor?” le exigió.

Jessie quería quedarse a ver cómo terminaba todo, pero un vistazo rápido a su reloj le mostró que su cita con la doctora Lemmon, concertada para las 11, era en solo cinco minutos. Tendría que saltarse el paseo de vuelta y tomar un taxi solo para llegar a tiempo. Ni siquiera iba a tener tiempo de despedirse del guardia. Estaba preocupada de que, si lo intentaba, él insistiría en que se quedara por allí para darle su declaración a la policía.

Llegó por los pelos y estaba jadeando sentada en la sala de espera cuando la doctora Lemmon abrió la puerta de su despacho para invitarle a pasar.

“¿Has venido corriendo desde Westport Beach?” le preguntó la doctora, riéndose.

“Se puede decir que algo así.”

“Bueno, pasa adentro y ponte cómoda,” dijo la doctora Lemmon, cerrando la puerta después de que entrara Jessie y sirviendo dos vasos de agua de una jarra que estaba llena de rodajas de limón y pepino. Seguía teniendo esa permanente tan terrible que Jessie recordaba, con pequeños ricitos rubios que rebotaban al tocarle los hombros. Llevaba puestas unas gafas gruesas que hacían que sus ojos afilados como de búho parecieran más pequeños. Era una mujer menuda, de apenas metro y medio de altura. Sin embargo, su cuerpo estaba visiblemente entonado, seguramente como resultado del yoga que practicaba tres veces por semana, según le había dicho a Jessie. Para una mujer de sesenta y tantos años, tenía un aspecto estupendo.

Jessie se sentó en la cómoda butaca que siempre utilizaba para sus sesiones y de inmediato, se metió en el antiguo estado al que estaba acostumbrada. No había estado aquí durante un tiempo, más de un año, y había tenido la esperanza de que seguiría siendo así. Pero era un lugar de consuelo, donde se había peleado con, y tenido éxito a ratos, con la tarea de hacer las paces con su pasado.

La doctora Lemmon le dio el vaso de agua, se sentó enfrente de ella, agarró un bloc de notas y un bolígrafo, y los depositó sobre su regazo. Esa era su señal de que la sesión había dado comienzo formalmente.

“¿De qué vamos a hablar hoy, Jessie?” le preguntó con calidez.

“Las buenas noticias primero, supongo. Voy a hacer mis prácticas en DSH-Metro, en la Unidad DNR.”

“Oh vaya. Eso es impresionante. ¿Quién es tu asesor en la facultad?”

“Warren Hosta de UC-Irvine,” dijo Jessie. “¿Le conoces?”

“Hemos interactuado,” dijo la doctora misteriosamente. “Creo que estás en buenas manos. Es fastidioso, pero sabe de lo que habla, y eso es lo importante para ti.”

“Me alegro de oír eso porque no tenía mucha elección,” apuntó Jessie. “Era el único que tenía la aprobación del Panel en la zona.”

“Supongo que para conseguir lo que quieres, tienes que hacer las cosas a su manera. Esto es lo que tú querías, ¿no es cierto?”

“Así es,” dijo Jessie.

La doctora Lemmon le miró de cerca. Hubo un momento de entendimiento entre ellas. En su momento, cuando las autoridades habían interrogado a Jessie sobre su tesis, la doctora Lemmon había aparecido por la comisaría de policía sin más ni más. Jessie se acordaba de ver a su psiquiatra hablar en voz baja con varias personas que habían estado observando su entrevista en silencio. Después de eso, las preguntas le habían parecido menos acusatorias y más respetuosas.

No sería hasta más tarde que Jessie se enteraría de que la doctora Lemmon era miembro del Panel y era totalmente consciente de lo que pasaba en la DNR. Incluso había tratado a algunos de los pacientes que había allí. En retrospectiva, no debería haber sido una sorpresa. Después de todo, Jessie había buscado a esta mujer como terapeuta precisamente debido a su reputación de experta en ese tema.

“¿Puedo preguntarte otra cosa, Jessie?” le dijo la doctora Lemmon. “Dices que lo que quieres es trabajar en la DNR. Pero, ¿has pensado que puede que ese lugar no te de las respuestas que andas buscando?”

“Solo quiero entender mejor cómo piensa esta gente,” insistió Jessie, “para poder ser una mejor perfiladora criminal.”

“Creo que ambas sabemos que estás buscando mucho más que eso.”

Jessie no le respondió. En vez de eso, colocó las manos en su regazo y tomó una inhalación profunda. Sabía cómo iba a interpretar la doctora eso, pero no le importaba en absoluto.

“Ya volveremos a eso,” dijo la doctora Lemmon en voz baja. “Continuemos. ¿Cómo te está tratando la vida de casada?”

“Esa es la razón principal de que quisiera verte hoy,” dijo Jessie, contenta de cambiar de tema. “Como ya sabes, Kyle y yo nos acabamos de mudar de aquí a Westport Beach porque su empresa le ha relocalizado a la oficina de Orange County. Tenemos una casa enorme en un vecindario estupendo a un paseo de distancia del puerto…”

“¿Pero…?” le incitó la doctora Lemmon.

“Hay algo que no es del todo normal en ese lugar. He tenido problemas para definirlo. Todo el mundo ha sido de lo más amistoso hasta ahora. Me han invitado a cafés y almuerzos y barbacoas. Me han pasado sugerencias de las mejores opciones de supermercados y guarderías, en el caso de que acabemos necesitando una. Pero hay algo que resulta… peculiar. Y está empezando a afectarme.”

“¿De qué manera?” preguntó la doctora Lemmon.

“Es que me siento abatida sin ninguna razón,” dijo Jessie. “Kyle llegó tarde a casa para una cena que había preparado y dejé que me hundiera mucho más de lo debido. No era para tanto, pero es que él se mostraba tan indiferente sobre ello. Me ponía enferma. Además, solo la tarea de desembalar las cajas resulta abrumadora de una manera que resulta exagerada en este caso. Tengo esta sensación constante, inquietante, de que no pertenezco allí, de que hay algún tipo de llave secreta a una habitación donde han estado todos y que nadie me la va a dar.”

“Jessie, ya ha pasado algún tiempo desde nuestra última sesión así que te voy a recordar algo de lo que ya hemos hablado. No tiene por qué haber una ‘buena razón’ para que tengas esos sentimientos. Lo que tú estás tratando puede surgir de ninguna parte. Y no es de sorprender que una situación estresante, nueva, da igual lo perfecta y de postal que sea, podría revolverlo. ¿Estás tomando tu medicación con regularidad?”

“Todos los días.”

“Muy bien,” dijo la doctora, anotando algo en su cuaderno. “Puede que tengamos que cambiarla. También noté que dijiste que puede que te haga falta una guardería en el futuro. ¿Es algo a por lo que estáis yendo activamente—hijos? Si es así, es otra razón para cambiar tu medicación.”

“Lo estamos intentando… a veces y a ratos. Pero a veces parece que Kyle esté entusiasmado con la idea y entonces se pone… distante: casi frío. A veces dice algo y me pregunto, ‘¿quién es ese hombre?’”

“Si te sirve de algún consuelo, todo esto es muy normal, Jessie. Estás en un nuevo entorno, rodeada de desconocidos, con solamente una persona a la que conoces lo bastante bien como para contar con ella. Es estresante. Y él está pasando por muchas de esas mismas cosas, así que sin duda vais a enfadaros y a tener momentos en los que no conectéis.”

“Pero es que esa es la cuestión, doctora,” presionó Jessie. “Kyle no parece estar estresado. Obviamente, le gusta su trabajo. Tiene a un viejo amigo del instituto que vive en la zona así que tiene ese escape. Y todas las señales indican que está totalmente entusiasmado de estar aquí—que no necesita ningún periodo de reajuste. No da la impresión de que eche en falta nada de nuestra vida anterior—ni a nuestros amigos, ni nuestros antiguos lugares de ocio, ni estar en algún sitio donde realmente sucede algo después de las nueve de la noche. Está completamente adaptado.”

“Puede que tengas esa impresión, pero estoy dispuesta a apostar que no está tan seguro de todo eso por dentro.”

“Aceptaría esa apuesta,” dijo Jessie.

“Tengas o no tengas razón,” dijo la doctora Lemmon, percibiendo la tensión en la voz de Jessie, “el siguiente paso es preguntarte a ti misma qué vas a hacer respecto a esta nueva vida. ¿Cómo puedes hacer que funcione de mejor manera para ti y para los dos como pareja?”

“La verdad es que me siento perdida,” dijo Jessie. “Me parece que le voy a dar una oportunidad a este lugar. Pero es que yo no soy como él, no soy la típica chica que se ‘tira al fondo de la piscina’.”

“Sin duda eso es cierto,” asintió la doctora. “Tú eres una persona cautelosa por naturaleza, por buenas razones. Pero puede que tengas que bajarle el volumen a esa vocecita para arreglártelas durante un tiempo, especialmente en situaciones sociales. Quizá puedas tratar de abrirte un poco más a las posibilidades que te rodean. Y a lo mejor darle a Kyle el beneficio de la duda un poco más. ¿Te resulta esto razonable?”

“Desde luego que sí, cuando lo planteas en esta habitación, pero ahí afuera es diferente.”

“Quizá esa sea una elección que estés tomando,” sugirió la doctora Lemmon. “Deja que te haga una pregunta. La última vez que nos vimos, hablamos del origen de tus pesadillas. Entiendo que las sigues teniendo, ¿verdad?”

Jessie asintió. La doctora continuó.

“Está bien. También hablamos de que se lo contaras a tu marido, de que le dijeras por qué te despiertas con sudores fríos varias veces por semana. ¿Lo has hecho?”

“No,” admitió Jessica con culpabilidad.

“Ya sé que te preocupa su reacción, pero ya hablamos de que contarle la verdad podía ayudarte a lidiar con todo ello más eficazmente y acercaros más el uno al otro.”

“O podría destrozarnos la vida,” replicó Jessie. “Entiendo lo que dices, doctora. Pero hay una razón por la que tan poca gente sabe nada de mi historia personal. No es cálida y agradable, la mayoría de la gente no puede ni oír hablar de ello. Tú solo lo sabes porque hice mis investigaciones sobre tu trayectoria y decidí que tenías la formación específica y la experiencia con este tipo de cosas. Te busqué a propósito y dejé que te metieras en mi cabeza porque sabía que podrías manejarlo.”

“Tu marido te conoce desde hace casi una década. ¿No crees que pueda manejarlo?”

“Creo que una profesional con experiencia como tú tiene que emplear cada gramo de autocontrol y de empatía que tenga para no salir corriendo a gritos de la sala cuando se lo cuento. ¿Cómo crees que un típico chico de la California suburbana va a reaccionar?”

“No conozco a Kyle así que no puedo opinar,” replicó la doctora Lemmon. “Pero, si piensas comenzar una familia con él—pasar el resto de tu vida con él—puede que sea buena idea considerar si realmente puedes ocultarle un enorme pedazo de ella.”

“Lo tomaré en consideración,” dijo Jessie sin mucha convicción.

Podía percibir cómo la doctora Lemmon entendía que ya no iba a hablar más del tema.

“Entonces, hablemos de la medicación,” dijo la doctora, cambiando de asunto. “Tengo unas cuantas sugerencias para alternativas ahora que vas a intentar quedarte embarazada.”

Jessie se quedó mirando a la doctora fijamente, observando cómo movía los labios, pero por mucho que lo intentara, no podía concentrarse. Las palabras le pasaban de largo mientras sus pensamientos regresaban a esos bosques tenebrosos de su infancia, los que le perseguían en sueños.


CAPÍTULO OCHO



Jessie yacía en su cama, enroscada entre las sábanas, intentando ignorar la luz del sol que le picaba en los ojos al entrar por la apertura de las cortinas del dormitorio.

Era su primera mañana de sábado en esta casa y quería que fuera un sábado indolente, solo ella y Kyle, abriendo cajas de vez en cuando, tomando cafés, haciendo el amor. El día anterior había sido un buen día. El profesor Hosta le había enviado un email para decirle que visitaría por primera vez el DNR la semana que viene. Se había ido a correr hasta el puerto y de vuelta. Era la primera oportunidad que tenía de hacer algo de ejercicio y aclararse la mente desde que se habían mudado y se sentía vigorosa y llena de esperanza. Kyle no tenía que pasarse por la oficina así que tenían todo el fin de semana libre.

Escuchó movimiento y abrió los ojos con pereza. Kyle estaba entrando a la habitación con dos tazas de café en ambas manos. Jessie se estiró feliz y se sentó sobre la cama.

“Mi héroe,” le dijo, mientras agarraba la taza que le entregó Kyle.

“¿Eso es todo lo que hay que hacer hoy en día?” le preguntó él.




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