Una Corte para Los Ladrones 
Morgan Rice


Un Trono para Las Hermanas #2
Morgan Rice consigue lo que promete ser otra magnífica serie, que nos sumerge en una fantasía de trols y dragones, de valentía, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un conjunto de personajes que nos gustarán más a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores que disfrutan de una novela de fantasía bien escrita. Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (sobre El despertar de los dragones) De la escritora #1 en ventas Morgan Rice llega una nueva e inolvidable serie de fantasía. En UNA CORTE PARA LOS LADRONES (Un trono para las hermanas – Libro dos), Sofía, de 17 años, ve que su mundo se pone patas arriba, la expulsan del romántico mundo de la aristocracia y vuelve a los horrores del orfanato. Esta vez las monjas parecen decididas a matarla. Pero eso no le duele tanto como su corazón roto. ¿Se dará cuenta Sebastián de su error y volverá a por ella?Su hermana menor Catalina, de 15 años, se embarca en su entrenamiento con la bruja, alcanzando la mayoría de edad bajo sus auspicios, dominando la espada, ganando más poder del que nunca hubiera imaginado que fuera posible – y decidida a embarcarse en una misión para salvar a su hermana. Se encuentra inmersa en un mundo de violencia y combate, de una magia que ansía y que, aun así, puede consumirla. Un secreto sobre los padres que perdieron Sofía y Catalina sale al descubierto, y puede que no todo sea lo que parece para las hermanas. De hecho, el destino puede dar un giro. UNA CORTE PARA LOS LADRONES (Un trono para las hermanas – Libro dos) es el segundo libro de una nueva y sorprendente serie de fantasía llena de amor, desamor, tragedia, acción, aventura, magia, brujería, dragones, destino y un emocionante suspense. Un libro que no podrás dejar, lleno de personajes que te enamorarán y un mundo que nunca olvidarás. El libro#3 de la serie – UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS – saldrá pronto a la venta. Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más. The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones)







UNA CORTE PARA LOS LADRONES



(UN TRONO PARA LAS HERMANAS – LIBRO 2)



MORGAN RICE


Morgan Rice



Morgan Rice tiene el #1 en éxito de ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HECHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de doce libros; de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspense post-apocalíptica compuesta de tres libros; de la serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS, compuesta de seis libros; de la nueva serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA, compuesta de ocho libros y de la nueva serie de fantasía épica UN TRONO PARA LAS HERMANAS. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas.

A Morgan le encanta escucharte, así que, por favor, visita www.morganrice.books (http://www.morganrice.books/) para unirte a la lista de correo, recibir un libro gratuito, recibir regalos, descargar la app gratuita, conocer las últimas noticias, conectarte con Facebook o Twitter ¡y seguirla de cerca!


Algunas opiniones sobre Morgan Rice



«Si pensaba que no quedaba una razón para vivir tras el final de la serie EL ANILLO DEL HECHICERO, se equivocaba. En EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES Morgan Rice consigue lo que promete ser otra magnífica serie, que nos sumerge en una fantasía de trols y dragones, de valentía, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un conjunto de personajes que nos gustarán más a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores que disfrutan de una novela de fantasía bien escrita».

--Books and Movie Reviews

Roberto Mattos



«Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más».

--The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones)



«Una animada fantasía que entrelaza elementos de misterio e intriga en su trama. La senda de los héroes trata sobre la forja del valor y la realización de un propósito en la vida que lleva al crecimiento, a la madurez, a la excelencia… Para aquellos que buscan aventuras fantásticas sustanciosas, los protagonistas, las estrategias y la acción proporcionan un fuerte conjunto de encuentros que se centran en la evolución de Thor desde que era un niño soñador hasta convertirse en un joven adulto que se enfrenta a probabilidades de supervivencia imposibles… Solo el comienzo de lo que promete ser una serie épica para jóvenes adultos».

--Midwest Book Review (D. Donovan, eBook Reviewer)



«EL ANILLO DEL HECHICERO tiene todos los ingredientes para ser un éxito inmediato: conspiraciones, tramas, misterio, caballeros valientes e incipientes relaciones repletas de corazones rotos, engaño y traición. Lo entretendrá durante horas y satisfará a personas de todas las edades. Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores del género fantástico».

-Books and Movie Reviews, Roberto Mattos

«En este primer libro lleno de acción de la serie de fantasía épica El anillo del hechicero (que actualmente cuenta con 14 libros), Rice presenta a los lectores al joven de 14 años Thorgrin “Thor” McLeod, cuyo sueño es alistarse en la Legión de los Plateados, los caballeros de élite que sirven al rey… La escritura de Rice es de buena calidad y el argumento intrigante».

--Publishers Weekly


Libros de Morgan Rice



EL CAMINO DE ACERO

SOLO LOS DIGNOS (Libro #1)



UN TRONO PARA LAS HERMANAS

UN TRONO PARA LAS HERMANAS (Libro #1)

UNA CORTE PARA LOS LADRONES (Libro #2)

UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS (Libro #3)

UN CANTO FÚNEBRE PARA LOS PRÍNCIPES (Libro #4)



DE CORONAS Y GLORIA

ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1)

CANALLA, PRISIONERA, PRINCESA (Libro #2)

ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #3)

REBELDE, POBRE, REY (Libro #4)

SOLDADO, HERMANO, HECHICERO (Libro #5)

HÉROE, TRAIDORA, HIJA (Libro #6)

GOBERNANTE, RIVAL, EXILIADO (Libro #7)

VENCEDOR, DERROTADO, HIJO (Libro #8)



REYES Y HECHICEROS

EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1)

EL DESPERTAR DEL VALIENTE(Libro #2)

EL PESO DEL HONOR (Libro #3)

UNA FORJA DE VALOR (Libro #4)

UN REINO DE SOMBRAS (Libro #5)

LA NOCHE DE LOS VALIENTES (Libro #6)



EL ANILLO DEL HECHICERO

LA SENDA DE LOS HÉROES (Libro #1)

UNA MARCHA DE REYES (Libro #2)

UN DESTINO DE DRAGONES(Libro #3)

UN GRITO DE HONOR (Libro #4)

UN VOTO DE GLORIA (Libro #5)

UNA POSICIÓN DE VALOR (Libro #6)

UN RITO DE ESPADAS (Libro #7)

UNA CONCESIÓN DE ARMAS (Libro #8)

UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9)

UN MAR DE ARMADURAS (Libro #10)

UN REINO DE ACERO (Libro #11)

UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12)

UN MANDATO DE REINAS (Libro #13)

UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14)

UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15)

UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16)

EL DON DE LA BATALLA (Libro #17)



LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA

ARENA UNO: TRATANTES DE ESCLAVOS (Libro #1)

ARENA DOS (Libro #2)

ARENA TRES (Libro #3)



VAMPIRA, CAÍDA

ANTES DEL AMANECER (Libro #1)



EL DIARIO DEL VAMPIRO

TRANSFORMACIÓN (Libro #1)

AMORES (Libro #2)

TRAICIONADA(Libro #3)

DESTINADA (Libro #4)

DESEADA (Libro #5)

COMPROMETIDA (Libro #6)

JURADA (Libro #7)

ENCONTRADA (Libro #8)

RESUCITADA (Libro #9)

ANSIADA (Libro #10)

CONDENADA (Libro #11)

OBSESIONADA (Libro #12)


¿Sabías que he escrito múltiples series? ¡Si no has leído todas mis series, haz clic en la imagen de abajo para descargar el principio de una serie!






 (http://www.morganricebooks.com/read-now/)


Derechos Reservados © 2017 por Morgan Rice. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de EE.UU. de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida en forma o medio alguno ni almacenada en una base de datos o sistema de recuperación de información, sin la autorización previa de la autora. Este libro electrónico está disponible solamente para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido ni regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, tiene que adquirir un ejemplar adicional para cada uno. Si está leyendo este libro y no lo ha comprado, o no lo compró solamente para su uso, por favor devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta escritora. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es totalmente una coincidencia.


ÍNDICE



CAPÍTULO UNO (#u14492c9c-3974-5f8e-9aee-780f606e00b5)

CAPÍTULO DOS (#u7ac78c72-1437-5aab-b275-b26d6761f9e9)

CAPÍTULO TRES (#u933c79d2-ca09-5208-8f2e-23f6a9ae1b5b)

CAPÍTULO CUATRO (#ua8be3d08-a1ba-5b8c-97d3-5309a337a95e)

CAPÍTULO CINCO (#uf848b7d4-c9f2-5f70-b4f2-df1d0865b0cd)

CAPÍTULO SEIS (#ufdc0151c-3910-5e8f-af8f-0e4501065a1e)

CAPÍTULO SIETE (#u38f65d63-18e3-51db-92df-34b73689dfd3)

CAPÍTULO OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)




CAPÍTULO UNO


Hicieron un espectáculo del castigo de Sofía, como Sofía debería haber imaginado. La arrastraron de vuelta a la Casa de los Abandonados y no le sacaron la capucha hasta llegar a sus confines, empujándola mientras ella andaba a trompicones por las calles de Ashton.

«¡Catalina, ayúdame! —envió Sofía, a sabiendas de que su hermana era la mejor opción que tenía para salir de esta.

Nadie la ayudó, ni tan solo aquellos que pasaban por delante de ella. Sabían que no era una chica rica a la que habían secuestrado, solo una de las que contrataban como criadas a la que llevaban de vuelta para que se enfrentara con la justicia. Incluso encapuchada y llevando el exquisito vestido de su engaño, parecía que la gente podía verlo. Ella podía ver sus pensamientos, en los que tantos de ellos pensaban que lo merecía que ella se sentía como si le estuvieran escupiendo mientras la arrastraban.

Las monjas enmascaradas hicieron sonar las campanas cuando sus captores la trajeron de vuelta. Podría haber parecido una celebración, pero Sofía sabía por lo que era: un llamamiento. Estaban sacando a los niños de sus camas para que vieran lo que les pasa a los que son tan estúpidos como para escapar.

Ahora Sofía podía verlas, apiñadas en las puertas y las ventanas del orfanato. Estaban las más mayores, a las que conocía, y las más jóvenes, que acababan de llegar a lo que pasaba por el cuidado del lugar. Todos ellos observarían lo que le pasaba a ella y, probablemente, algunos de ellos tendrían pesadillas con esto más tarde. Las monjas enmascaradas querían que los niños que estaban allí recordaran lo que eran, y que aprendieran que para ellas no podía haber nada mejor.

—¡Ayudadme! —les gritó, pero eso no cambió nada.

Podía ver sus pensamientos. Estaban demasiado asustadas para moverse, algunas aún estaban parpadeando sin entender lo que estaba pasando. Unas pocas incluso pensaban que lo merecía; que debían castigarla por romper las normas.

Las monjas le sacaron el vestido. Sofía intentó forcejear, pero una de las monjas le dio una bofetada por ello mientras las otras la mantenían inmovilizada.

—¿Crees que debes llevar ropas finas? Una cosa desvergonzada como tú no merece ropa elegante. Apenas mereces la vida que la diosa escogió darte.

la desvistieron hasta dejarla solo con sus enaguas, ignorando la vergüenza que Sofía sentía por ello. le deshicieron las trenzas de su pelo, dejándolo salvaje, sin permitirle ni tan solo controlar su apariencia en ese aspecto. Siempre que mostraba la más mínima resistencia, la golpeaban con la mano abierta, haciendo que se tambaleara. Aun así, la hacían avanzar.

La Hermana O’Venn era la más ansiosa por hacerlo. Hacía avanzar a Sofía, hablando todo el rato con un volumen que los habitantes del orfanato que estaban observando oyeran con seguridad.

—¿Pensabas que estarías por allí fuera en el mundo durante mucho tiempo? —exigió—. ¡La Diosa Enmascarada exige que se paguen sus deudas! ¿Pensabas que una cosa desvergonzada como tú podía evitarlo simplemente entregándose a un hombre rico?

¿Era una suposición, o de algún modo sabían lo que había estado haciendo Sofía? Si era así, ¿cómo era posible?

—Miradla —gritó la Hermana O’Venn a los niños que estaban mirando—. Mirad lo que sucede con los ingratos y los fugitivos. ¡La Diosa Enmascarada os da cobijo aquí, pidiendo solo trabajo a cambio! Os da la oportunidad de vidas llenas de sentido. ¡Si lo rechazáis, este es el precio!

Sofía podía sentir el miedo de los huérfanos que había a su alrededor, demasiados pensamientos juntos formando una ola. Unos cuantos debatían ayudarla, pero nunca había una posibilidad real. La mayoría simplemente estaban agradecidos de no ser ellos.

Sofía peleaba mientras la arrastraban hasta el patio, pero eso no cambiaba nada. Tal vez Catalina podría haber peleado hasta librarse de ellas, pero Sofía nunca había sido una luchadora. Ella había sido la lista, solo que no lo suficiente. La habían atrapado, y ahora…

…ahora había un poste aguardándola en el centro del patio, con intenciones evidentes.

Algunos de los niños se mofaron mientras las monjas llevaban a Sofía hacia aquel poste, y eso dolía casi más que todo el resto. Sabía por qué lo hacían, pues si ella hubiera estado allí se hubiera unido, solo para asegurarse de que no la escogieran para algún castigo. Aun así, Sofía sentía las lágrimas en los ojos mientras a su alrededor veía la ira en algunos de los jóvenes rostros que observaban.

Ella iba a ser un aviso para ellos. Para el resto de sus vidas, pensarían en ella cada vez que pensaran en escapar.

Sofía gritaba con sus poderes mientras la ataban al poste, presionando su cara contra él e inmovilizándola con cuerdas de áspero cáñamo.

—¡Ayuda, Catalina! ¡Me atraparon!

Pero no hubo respuesta, mientras las monjas continuaban atándola para que no se moviera como un sacrificio para las cosas más oscuras que la gente había adorado ante la Diosa Enmascarada. Chilló pidiendo ayuda con todo el esfuerzo mental que pudo reunir, pero eso no parecía cambiar nada.

Las monjas se tomaron su tiempo. Evidentemente, la intención era tanto el teatro como el dolor. O tal vez simplemente no querían que el escozor de cualquiera de los golpes que Sofía recibiría a continuación se redujera.

Una vez Sofía estuvo inmovilizada, las monjas hicieron entrar a algunos de los niños más pequeños, haciéndolas mirar como si ella fuera alguna bestia salvaje atrapada en un bestiario.

—Debemos ser agradecidos —dijo la Hermana O’Venn—. Debemos ser humildes. Debemos devolver a la Diosa Enmascarada lo que le debemos por sus regalos. Si falláis, hay un precio. Esta chica escapó. Esta chica fue lo suficientemente arrogante como para ponerse por encima de la voluntad de la diosa. Esta chica fue deshonesta y orgullosa.

Lo dijo como un juez que pasa sentencia, incluso antes de acercarse a Sofía. Ahora estaba empezando a llover y Sofía podía sentir el frío en la oscuridad.

—Arrepiéntete —dijo—. ¡Arrepiéntete de tus pecados y paga a la diosa el precio de tu perdón!

«Va a sufrir de todos modos, pero debe escoger».

Sofía podía ver el mismo sentimiento en los pensamientos de las demás. Tenían la intención de hacerle daño a pesar de lo que dijera. No servía de nada intentar mentir y pedir perdón, pues lo cierto era que incluso la más dócil de las hermanas que había allí quería hacerle daño. Querían hacerlo como ejemplo para los demás, porque verdaderamente creían que sería bueno para su alma, o simplemente porque les gustaba observar cómo hacían daño a la gente. La Hermana O’Venn era de las segundas.

—Lo siento —dijo Sofía—. Veía que los demás que estaban allí estaban pendientes de sus palabras—. ¡Siento no haber corrido dos veces más rápido! Todos vosotros deberíais escapar —gritó a los niños que había allí—. No os pueden detener a todos. ¡No pueden atraparos a todos!

La Hermana O’Venn le golpeó la cabeza contra la madera del poste de castigo y, a continuación, le metió un pedazo de tarugo entre los dientes a Sofía, tan bruscamente que fue un milagro que no le partiera ninguno.

—Para que no te muerdas la lengua gritando —dijo con una dulzura fingida que no tenía nada que ver con las cosas que Sofía podía ver en su mente. Entonces Sofía comprendió la necesidad de venganza de Catalina, su deseo de prender fuego a todo lo que había a su alrededor. Hubiera prendido fuego a la Hermana O’Venn sin pensárselo dos veces.

La hermana enmascarada sacó un látigo y lo probó donde Sofía podía ver. Era una cosa horrenda, con múltiples hilos de piel, con nudos a lo largo de ellos. Era el tipo de cosa que podía dejar moratones y desgarrar, con mucha más dureza que cualquiera de los otros cinturones o varas que habían usado para golpear a Sofía en el pasado. Intentó liberarse de sus ataduras, pero no sirvió de nada. Lo mejor que podía esperar era quedarse allí con actitud desafiante mientras la castigaban.

Cuando la Hermana O’Venn la golpeó por primera vez, Sofía casi atravesó el tarugo del mordisco. El poder agudo le explotó a lo largo de la espalda y sentía cómo se desgarraba por los golpes.

«Por favor, Catalina» —envió—, «¡por favor!».

De nueva, estaba la sensación de que sus palabras flotaban sin conexión, sin respuesta. ¿Las había oído su hermana? Era imposible saberlo, si no había respuesta. Sofía solo podía quedarse allí, esperar y llamarla.

Al principio, Sofía intentó no gritar, aunque solo fuera para negarle a la Hermana O’Venn lo que quería, pero lo cierto era que no esto no podía mantenerse a raya cuando un dolor como el fuego le quemaba toda la espalda. Sofía gritaba a cada golpe, hasta que parecía que no quedaba nada en su interior.

Cuando por fin le quitaron el tarugo de la boca, Sofía notó el gusto de sangre en ella.

—¿Te arrepientes ahora, niña malvada? —exigió la hermana enmascarada.

Sofía la hubiera matado allí mismo de haber tenido la oportunidad tan solo por un momento, hubiera corrido mil veces si pensara que había una oportunidad para escapar. Aun así, obligó a su cuerpo sollozante a asentir, con la esperanza de aparentar suficiente arrepentimiento.

—Por favor —suplicó—. Lo siento. No debería haber escapado.

Entonces la Hermana O’Venn se inclinó lo suficientemente cerca para reírse de ella. Sofía podía ver la rabia y el deseo de más.

—¿Piensas que no puedo ver cuando un aniña está mintiendo? —preguntó—. Debería haber sabido desde el momento en que viniste aquí que eras algo malvado, teniendo en cuenta de dónde venías. Pero haré que te arrepientas de la forma adecuada. ¡Te sacaré la maldad a golpes si hace falta!

Entonces se dirigió a los demás que estaban allí y Sofía odió el hecho de que aún estuvieran allí observando, quietos como estatuas, inmovilizados por el miedo. ¿Por qué no la estaban ayudando? ¿Por qué no estaban, por lo menos, retrocediendo horrorizados, escapando de la Casa de los Abandonados para ir lo más lejos posible de las cosas que esta hacía mientras podían? Simplemente se quedaron allí cuando la Hermana O’Venn se dirigió sigilosamente hasta ponerse delante de ellos, con el látigo ensangrentado colgando de su mano.

—¡Llegasteis a nosotras como nada, como la prueba del pecado de otro, o como las cloacas del mundo! —gritó la monja enmascarada—. Salís de aquí transformados en chicos y chicas preparados para servir al mundo como se os pida. Esta buscó escapar antes de ser contratada. Aquí tuvo años de seguridad y adiestramiento, ¡e intentó escapar de lo que esto cuesta!

Porque lo que costaba eran las vidas del resto de los huérfanos, que se echaban a perder cuando cualquiera que pudiera pagar su crianza las contrataba. En teoría, podían pagar el precio, pero ¿cómo lo hacían muchos? y ¿qué sufrían durante los años que les llevaba?

—¡A esta la tenían que haber contratado hace unos días! —dijo la monja enmascarada, señalando—. Bueno, lo harán mañana. Será vendida como la despreciable ingrata que es, y ahora las cosas no serán fáciles para ella. No habrá hombres amables que busquen comprar una esposa, o nobles que busquen una sirvienta.

Eso era lo que pasaba por una buena vida, una vida fácil, en este lugar. Sofía odiaba este hecho casi tanto como odiaba a la gente de allí. También odiaba pensar qué podría pasarle ahora. Había estado a punto de convertirse en la esposa de un príncipe, y ahora…

—Los únicos que querrán una cosa endiablada como esta —dijo la Hermana O’Venn— son hombres crueles con propósitos más crueles. Esta chica se lo buscó y ahora irá donde debe.

—¡Donde usted escoja mandarme! —replicó Sofía, pues de los pensamientos de la monja enmascarada podía ver que había ido a buscar a las peores personas que se le ocurrieron. Poder ver eso era una especie de tormento. Miró a su alrededor a cada una de las monjas enmascaradas que había allí, intentando ver a través de los velos hasta llegar a las mujeres que había debajo.

—Voy a ir a parar a gente como esa porque ustedes eligieron mandarme. Ustedes eligieron vendernos para servir. ¡Nos venden como si no fuéramos nada!

—No sois nada —dijo la Hermana O’Venn, metiendo de nuevo el tarugo en la boca de Sofía.

Sofía le lanzó una mirada fulminante, para intentar encontrar alguna mota de humanidad en algún lugar con el contacto. No pudo encontrar nada, tan solo crueldad disfrazada de firmeza necesaria y maldad fingiendo ser deber, sin tan solo una real convicción detrás. A la Hermana O’Venn simplemente le gustaba hacer daño a los débiles.

Entonces hizo daño a Sofía y ella no pudo hacer nada, excepto gritar.

Se lanzó contra las cuerdas, intentando romperlas para liberarse o, por lo menos, encontrar una pizca de espacio en el que escapar del azote que le arrancaba la penitencia. Pero no podía hacer nada, excepto gritar, suplicando en silencio en la madera que mordía mientras su poder mandaba gritos a la ciudad, con la esperanza de que su hermana los oiría en algún lugar de Ashton.

No hubo respuesta con excepción del silbido constante del cuero trenzado en el aire y el azote del mismo contra su espalda ensangrentada. La monja enmascarada la golpeó con una fuerza aparentemente interminable, más allá del punto en el que las piernas de Sofía podían sujetarla y más allá incluso del punto en el que le quedaban fuerzas para gritar.

En algún punto tras esto, debió haber perdido el conocimiento, pero eso no cambió nada. En aquel punto, incluso las pesadillas de Sofía eran violentas, devolviéndole los viejos sueños de una casa en llamas y hombres a los que tenía que dejar atrás. Cuando volvió en sí, habían terminado, los demás hacía tiempo que se habían marchado.

Todavía atada sin poder moverse, Sofía lloraba mientras la lluvia se llevaba la sangre de su castigo. Hubiera sido fácil creer que no podía empeorar, salvo que sí que podía.

Podía empeorar mucho.

Y, mañana, lo haría.




CAPÍTULO DOS


Catalina estaba por encima de Ashton y observaba cómo ardía. Había pensado que estaría feliz de verla desaparecer, pero no era solo la Casa de los Abandonados o los espacios donde los trabajadores del muelle guardaban sus barcazas.

Era todo.

La madera y la paja de los tejados prendieron en llamas y Catalina podía sentir el pánico de la gente que había dentro del amplio círculo de casa. Los cañonazos rugían por encima de los gritos de los moribundos, y Catalina veía hileras de edificios caer con la misma facilidad que si estuvieran hechos de papel. Sonaban los trabucos, mientras las flechas llenaban el aire tan densamente que costaba ver el cielo a través de ellas. Caían, y Catalina caminaba a través de aquella lluvia con la extraña y distante calma que solo puede venir de estar en un sueño.

No, no en un sueño. Esto era algo más.

Cualesquiera que fueran los poderes de la fuente de Siobhan, ahora atravesaban a Catalina y ella veía la muerte por todas partes a su alrededor. Los caballos corrían por las calles, los jinetes atacaban hacia abajo con sables y espadas. Los gritos provenían de todas partes a su alrededor hasta que parecían llenar la ciudad con la misma certeza que lo hacía el fuego. Incluso el río parecía estar en llamas ahora, aunque cuando Catalina miró, vio que eran las barcazas las que llenaban su amplia extensión, el fuego saltaba de una a otra mientras los hombres luchaban por escapar. Catalina había estado en una barcaza y podía imaginar lo aterradoras que debían ser esas llamas.

Había siluetas que corrían por las calles, y era fácil distinguir a los aterrados habitantes de la ciudad de las siluetas vestidas con uniformes color ocre que los perseguían con espadas, dándoles hachazos mientras escapaban. Catalina nunca había visto saquear una ciudad, pero esto era algo horrible. Era violencia por violencia, sin señal de detenerse.

Ahora había filas de refugiados más allá de la ciudad, dirigiéndose con las posesiones que podían llevar encima en largas filas hacia el resto del país. ¿Buscarían refugio en las Vueltas o irían más lejos, hacia ciudades como Treford o Barriston?

Entonces Catalina vio que los jinetes se les echaban encima y supo que no llegarían tan lejos. Pero había fuego detrás de ellos, así que no tenían a donde correr. ¿Cómo sería estar atrapado así?

Aunque ella lo sabía, ¿no?

La escena cambió y ahora Catalina sabía que no estaba mirando a algo que podría ser, sino a algo que había sido. Conocía este sueño, pues era uno que tenía con demasiada frecuencia. Estaba en una casa vieja, una casa grande, y se acercaba el peligro.

Pero esta vez había algo diferente. Había gente allí, y Catalina alzó la vista hacia ellos desde tan abajo que sabía que debía ser diminuta. Allí había un hombre, que parecía preocupado pero fuerte, vestido con el terciopelo de un noble, puesto por encima apresuradamente, y una peluca negra rizada deshecha por las prisas de tratar la situación, que dejaba al descubierto el pelo canoso y rapado de debajo. La mujer que estaba con él era hermoso pero estaba desliñada, como si normalmente le llevara una hora vestirse con la ayuda de sirvientas y ahora lo hubiera hecho en minutos. Tenía una mirada amable y Catalina estiró el brazo hacia ella, sin entender por qué la mujer no la levantaba, cuando era lo que normalmente hacía.

—No hay tiempo —dijo el hombre—. Y si intentamos liberarnos todos, simplemente nos seguirán. Tenemos que ir por separado.

—Pero las niñas… —empezó la mujer. Sin que se lo dijeran, Catalina supo que se trataba de su madre.

—Estarán más seguras lejos de nosotros —dijo su padre. Se dirigió a una sirvienta y Catalina reconoció a su niñera—. Tienes que sacarlas de aquí, Anora. Llévalas a algún lugar seguro, donde nadie las conozca. Las encontraremos cuando esta locura haya terminado.

Entonces Catalina vio a Sofía, con un aspecto mucho más joven pero, al parecer, también dispuesta a discutir. Catalina conocía esa mirada demasiado bien.

—No —dijo su madre—. Debéis iros, las dos. No hay tiempo. Corred, queridas mías. —Hubo un estruendo en algún otro lugar de la casa—. Corred.

A continuación, Catalina estaba corriendo, cogiendo de la mano a Sofía con firmeza. Hubo un estruendo, pero ella no miró hacia atrás. Simplemente continuó, a lo largo de los pasillos, solo parando para esconderse cuando pasaban unas siluetas oscuras. Corrieron hasta que encontraron una serie abierta de ventanas, que llevaban fuera de la casa, a la oscuridad…

Catalina parpadeó, volviendo en sí. La luz de la mañana que había allá arriba parecía demasiado luminosa, su brillo era cegador. Intentó aferrarse al sueño al despertar, intentó ver lo que había sucedido a continuación, pero ya estaba huyendo más rápido de a lo que ella podía atenerse. Catalina se quejó de ello, pues sabía que la última parte no había sido un sueño. Había sido un recuerdo, y era un recuerdo que Catalina quería ver más que todos los demás.

Aun así, ahora tenía las caras de sus padres en la mente. Las mantuvo allí, obligándose a no olvidar. Se incorporó lentamente, su cabeza flotaba como consecuencia de lo que había visto.

—Deberías tomarla lentamente —dijo Siobhan—. Las aguas de la fuente pueden tener consecuencias.

Estaba sentada en el borde de la fuente, que ahora parecía de nuevo destrozada, no brillante y nueva como había sido cuando Siobhan había sacado agua de ella para que Catalina bebiera. Ella tenía exactamente el mismo aspecto que tenía lo que debía ser una noche atrás, incluso las flores entrelazadas en su pelo parecían intactas, como si no se hubieran movido en todo ese tiempo. Estaba observando a Catalina con una expresión que no decía nada acerca de lo que estaba pensando, y los muros que tenía alrededor de su mente significaban que era un espacio en blanco completo, incluso para el poder de Catalina.

Catalina intentó levantarse simplemente porque esta mujer no iba a detenerla. A su alrededor, el bosque parecía flotar cuando lo hizo, y Catalina vio una neblina de colores alrededor de los filos de los árboles, las piedras, las ramas. Catalina tropezó y tuvo que apoyar la mano contra una columna rota para sujetarse.

—Tendrás que aprender a escucharme si vas a ser mi aprendiz —dijo Siobhan—. No puedes pretender sencillamente ponerte de pie tras tantos cambios en tu cuerpo.

Catalina apretó los dientes y esperó a que pasara la sensación de mareo. No tardó mucho. A juzgar por su expresión, incluso Siobhan se sorprendió cuando Catalina se apartó de la columna en la que se apoyaba.

—No está mal —dijo—. Te estás adaptando más rápido de lo que hubiera pensado. ¿Cómo te sientes?

Catalina negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Entonces tómate un tiempo para pensar —respondió bruscamente Siobhan con una pizca de enfado—. Yo quiero una alumna que piense acerca del mundo, en lugar de simplemente reaccionar ante el mismo. Creo que eres tú. ¿Quieres demostrar que me equivoco?

Catalina negó de nuevo con la cabeza.

—Estoy… el mundo parece diferente cuando lo miro.

—Estás empezando a verlo tal y como es, con las corrientes de la vida —dijo Siobhan—. Te acostumbrarás a él. Intenta moverte.

Catalina dio un paso indeciso, después otro.

—Puedes hacerlo mejor que eso —dijo Siobhan—. ¡Corre!

Estaba un poco demasiado cerca de los sueños de comodidad de Catalina, y ella se preguntaba hasta dónde de ellos había visto Siobhan. Había dicho que ella y Catalina no eran lo mismo, pero si estaban los suficientemente cerca para que la mujer quisiera enseñarle, entonces tal vez también estaban lo suficientemente cerca para que Siobhan viera en sus sueños.

Ahora mismo no había tiempo para pensar en ello, pues Catalina estaba demasiado ocupada corriendo. Corría a toda velocidad entre los bosques, sus pies rozaban el musgo y el barro, las hojas caídas y las ramas rotas. Hasta que no vio los árboles azotados por ello, no se dio cuenta de lo rápido que se estaba moviendo.

Catalina brincó y, de repente, estaba saltando sobre las ramas más bajas de uno de los árboles de su alrededor, con la misma facilidad que si hubiera saltado de un barco a un muelle. Catalina mantenía el equilibrio sobre la rama, parecía sentir cada soplo del viento que la movía antes de que pudiera sacudirla. Saltó de nuevo al suelo y, sin pensarlo, se fue hacia una pesada rama caída que no antes no podría haber esperado levantar. Catalina sintió la aspereza de la corteza contra sus manos al agarrarla, y la levantó sin sobresaltos, alzándola por encima de su cabeza como uno de los hombres fuertes de las ferias que venían a Ashton cada cierto tiempo. La lanzó, observando cómo la rama desaparecía entre los árboles hasta ir a parar al suelo con un estruendo.

Catalina lo oyó y, por un instante, oyó todos los otros ruidos que había a su alrededor en el bosque. Oyó el crujido de las hojas unas cosas pequeñas se movían debajo de ellas, el piar de los pájaros en las ramas. Oyó el sonido de unos pies diminutos contra el suelo y supo el lugar donde iba a aparecer una liebre antes de que lo hiciera. El simple abanico de sonidos era demasiado al principio. Catalina tuvo que apretar las manos contra los oídos para no dejar entrar el goteo del agua de las hojas, el movimiento de los insectos por la corteza. Lo reprimía del modo en que había aprendido a hacerlo con su talento para oír pensamientos.

Regresó al lugar donde estaba la fuente destrozada y allí estaba Siobhan, sonriendo con lo que parecía ser cierto orgullo.

—¿Qué me está pasando? —preguntó Catalina.

—Solo lo que pediste —dijo Siobhan—. Querías fuerza para vencer a tus enemigos.

—Pero todo esto… —empezó Catalina. La verdad es que nunca había creído que le pudiera pasar tanto a ella.

—La magia puede tomar muchas formas —dijo Siobhan—. No echarás una maldición sobre tus enemigos o adivinarás su futuro desde la distancia. No lanzarás rayos o convocarás a los espíritus de los muertos turbados. Estos son caminos para otros.

Catalina levantó una ceja.

—¿Algo de esto es posible?

Vio que Siobhan encogía los hombros.

—Ni importa. Ahora la fuerza de la fuente corre por tu interior. Serás más rápida y más fuerte, tus sentidos serán más agudos. Verás cosas que la mayoría de personas no pueden ver. Combinado con tus propios talentos, serás formidable. Te enseñaré a golpear en la batalla o desde las sombras. Te haré mortífera.

Catalina siempre había deseado ser fuerte, pero aun así, todo esto la asustaba un poco. Siobhan ya le había dicho que habría un precio por todo esto, y cuanto más maravilloso parecía, mayor sospechaba que iba a ser el precio. Pensó de nuevo en lo que había soñado y esperaba que no fuera una advertencia.

—Vi algo —dijo Catalina—. Lo soñé, pero no parecía un sueño.

—¿Qué parecía? —preguntó Siobhan.

Catalina estaba a punto de decir que no lo sabía, pero captó la expresión de Siobhan y se lo pensó mejor.

—Parecía la verdad. Aunque espero que no. En mi sueño, Ashton estaba a medio ser arrasada. Estaba en llamas y estaban masacrando a la gente.

Medio esperaba que Siobhan se riera de ella tan solo por mencionarlo, o tal vez lo esperaba. En cambio, Siobhan parecía meditabundo, asintiendo para sí misma.

—Debería haberlo esperado —dijo la mujer—. Las cosas se mueven más rápido de lo que yo pensaba que lo harían, pero el tiempo es una cosa que ni tan solo yo puedo hacer nada al respecto. Bueno, no para siempre.

—¿Sabes lo que está sucediendo? —preguntó Catalina.

Aquello le valió una sonrisa que no pudo descifrar.

—Digamos que estaba esperando acontecimientos —respondió Siobhan—. Hay cosas que yo había previsto y cosas que deben hacerse en poco tiempo.

—Y no vas a contarme lo que está sucediendo, ¿verdad? —dijo Catalina. Intentaba que no se notara la frustración en su voz, centrándose en todo lo que había ganado. Ahora era más fuerte, y más rápida, así que ¿debería importar que no lo supiera todo? Sin embargo, así era.

—Ya estás aprendiendo —respondió Siobhan—. Sabía que no me equivocaba al escogerte como aprendiz.

¿Al escogerla? Había sido Catalina la que había buscado la fuente, no una vez, sino dos. Había sido la que había pedido poder y la que había decidido aceptar las condiciones de Siobhan. No iba a permitir que la mujer la convenciera de que había sido al revés.

—Yo vine aquí —dijo Catalina—. Yo escogí esto.

Siobhan encogió los hombros.

—Sí, lo hiciste. Y ahora es el momento de que empieces a aprender.

Catalina miró a su alrededor. Esto no era una biblioteca como la de la ciudad. Era un campo de entrenamiento con maestros de espada como en el que había sido humillada por el regimiento de Will. ¿Qué podía aprender aquí, en este lugar salvaje?

Aun así, se preparó, quedándose frente a Siobhan y esperando.

—Estoy preparada. ¿Qué tengo que hacer?

Siobhan inclinó la cabeza hacia un lado.

—Esperar.

Se dirigió hacia un lugar donde se había preparado un pequeño fuego para encenderlo dentro de un círculo. Siobhan lanzó un titileo de llama sin problema con sílex y acero y, a continuación, susurró unas palabras que Catalina no pudo pillar mientras salía humo del mismo.

El humo empezó a dar vueltas y a retorcerse, adoptando formas mientras Siobhan lo dirigía como un director de orquesta podría haber dirigido a los músicos. El humo se fusionó en una forma que era ligeramente humana, para finalmente consumirse y acabar en algo que parecía un guerrero de un tiempo muy lejano. Allí estaba, sujetando una espada que parecía extremadamente afilada.

Tan afilada, de hecho, que Catalina no tuvo tiempo para reaccionar cuando se la clavó en el corazón.




CAPÍTULO TRES


Dejaron a Sofía colgando allí toda la noche, sujeta solo por las cuerdas que habían usado para atarla al poste de castigo. La misma inmovilidad era casi tanta tortura como su castigada espalda, mientras sus extremidades ardían por la falta de movimiento. No podía hacer nada para aliviar el dolor de su paliza, o la pena de que la hubieran dejado allí fuera bajo la lluvia como una especie de aviso para los demás.

Entonces Sofía las odiaba, con el tipo de odio por el que siempre reprendía a Catalina por tener demasiado cerca. Quería verlas morir y el desearlo era una especie de dolor también, pues no existía un modo en el que Sofía pudiera estar en posición de hacer que eso sucediera. Ni tan solo podía liberarse a sí misma ahora.

Tampoco podía dormir. El dolor y la postura incómoda se encargaban de ello. A lo que más se podía acercar Sofía era a una especie de delirio medio en sueños, en el que el pasado se mezclaba con el presente mientras la lluvia continuaba pegándole el pelo a la cabeza.

Soñaba con la crueldad que había visto en Ashton, y no solo en el infierno viviente del orfanato. Las calles habían sido casi igual de malas con sus depredadores y su cruel falta de preocupación por aquellos que acababan en ellas. Incluso en el palacio, por cada alma bondadosa, había otra como Milady d’Angelica que parecía gozar del poder que su posición le daba para ser cruel con los demás. Pensaba en un mundo que estaba lleno de guerras y crueldad provocada por los humanos, preguntándose cómo podía haberse convertido en un lugar tan desalmado.

Sofía intentaba llevar sus pensamientos a cosas más agradables, pero no era fácil. Empezó a pensar en Sebastián, pero lo cierto era que eso le dolía demasiado. Las cosas parecían perfectas entre ellos y después de descubrir quién era ella… se había hecho pedazos tan rápidamente que ahora su corazón parecía ceniza. Ni tan solo había intentado hacer frente a su madre y quedarse con Sofía. Simplemente la había despachado.

En su lugar, pensó en Catalina y, pensando en ella, vino la necesidad de gritar para pedir ayuda una vez más. Mandó otra llamada en los primeros destellos de la luz del amanecer, pero aun así, no hubo nada. Peor aún, pensar en su hermana sobre todo traía consigo recuerdos de los tiempos difíciles en el orfanato, o de otras cosas anteriores.

Sofía pensó en el fuego. En el ataque. Era tan pequeña cuando esto había sucedido que apenas recordaba nada de ello. Podía recordar las caras de su madre y de su padre, pero no sus voces gritando las pocas instrucciones para que corrieran. Recordaba tener que huir, pero tan solo podía juntar los más débiles destellos del tiempo anterior a esto. Había un caballito mecedor de madera, una casa grande donde era fácil jugar a perderse, una niñera:

Sofía no podía sacar nada más que eso de su memoria. La Casa de los Abandonados la había cubierto casi por completo con un miasma hecho de dolor, de manera que era difícil pensar más allá de los azotes y de las ruedas de moler, la sumisión forzosa y el temor que venía de saber hacia donde llevaba todo esto.

Lo mismo que ahora aguardaba a Sofía: ser vendida como un animal.

¿Cuánto tiempo estuvo allí colgada, sin poderse mover por mucho que intentara escapar? Por lo menos, el tiempo suficiente para que el sol estuviera en el horizonte. El tiempo suficiente para que cuando vinieran las monjas enmascaradas para cortar las cuerdas, las extremidades de Sofía cedieran, haciendo que se desplomara sobre las piedras del patio. Las monjas no hicieron ni un movimiento para ayudarla.

—Levántate —ordenó una de ellas—. No querrás vender tu deuda con este aspecto.

Sofía continuó allí tumbada, apretando los dientes para aguantar el dolor mientras la sensibilidad trepaba de nuevo a sus piernas. Solo se movió cuando la monja la atacó, pateándola.

—Levanta, te dije —dijo bruscamente.

Sofía se obligó a ponerse de pie y las monjas enmascaradas la tomaron por los brazos del mismo modo que Sofía imaginaba que un prisionero podría ser escoltado hacia su ejecución. Ella no se sentía mucho mejor ante la expectativa de lo que le esperaba.

La llevaron hasta una pequeña celda de piedra, donde había cubos esperando. Entonces la restregaron y, de alguna manera, las monjas enmascaradas consiguieron convertir incluso esto en una especie de tortura. Parte del agua estaba tan caliente que escaldó la piel de Sofía mientras le limpiaba la sangre, haciéndola gritar con todo el dolor que había sufrido cuando la Hermana O’Venn la había azotado.

Había más agua que estaba fría como el hielo, de un modo que hizo tiritar a Sofía. Incluso el jabón que utilizaban las monjas escocía, quemándole en los ojos mientras le fregaban el pelo y se lo ataban atrás en un nudo irregular que no tenía nada que ver con los elegantes diseños del palacio. Le quitaron sus enaguas blancas y le dieron la indumentaria gris del orfanato para que se la pusiera. Después de las ropas elegantes que Sofía había llevado los días anteriores, esta hacía que le picara la piel junto con la promesa de mordeduras de insectos. No le dieron de comer. Presuntamente, no valía la pena, ahora que su inversión en ella llegaba al final.

Así era este lugar. Era como una granja para niños, engordándolos justo lo suficiente y con las habilidades y el miedo para convertirlos en aprendices útiles o sirvientes para después venderlos.

—Saben que esto está mal —dijo Sofía mientras la llevaban hacia la puerta—. ¿No ven las cosas que están haciendo?

Otra de las monjas le dio un coscorrón detrás de la cabeza, que hizo tropezar a Sofía.

—Proporcionamos la misericordia de la Diosa Enmascarada a aquellos que la necesitan. Ahora, cállate. Te venderás por un precio peor si tienes la cara amoratada por haberte pegado.

Sofía tragó saliva al pensar en ello. No había pensado en lo cuidadosamente que habían escondido las marcas de sus azotes bajo el gris apagado de su indumentaria. De nuevo, se puso a pensar en los granjeros, aunque ahora se trataba del tipo de comerciante de caballos que podría teñir el pelaje de un caballo para venderlo mejor.

La llevaban por los pasillos del orfanato, pero ahora no había caras observando. No querían que los niños que había allí vieran esta parte, probablemente porque a demasiados les recordaría el destino que les esperaba. Los alentaría a escapar, mientras los azotes de la noche anterior probablemente los habían aterrorizado para que no lo hicieran nunca.

En cualquier caso, ahora se dirigían a las secciones de la Casa de los Abandonados donde ahora no iban los niños, hacia los espacios reservados para las monjas y sus visitas. En su mayoría era sencillo, aunque había notas de riqueza por todas partes, en candelabros bañados de oro, o en el brillo de la plata alrededor de los bordes de una máscara ceremonial.

La habitación a la que llevaron a Sofía era casi lujosa para el nivel del orfanato. Parecía un poco la sala de recepción de una casa noble, con sillas colocadas alrededor de los lados, cada una con una pequeña mesa en la que había una copa de vino y un plato con dulces. En un extremo de la sala había una mesa, tras la que estaba la Hermana O’Venn, con un trozo de vitela doblada a su lado. Sofía imaginó que sería la cuenta de su venta. ¿Le harían saber la cantidad antes revenderla?

—Formalmente —dijo la Hermana O’Venn—, debemos preguntarte, antes de venderte, si tienes los medios para devolver tu deuda a la diosa. Aquí está la cantidad. Ven, cosa inútil, y descubre lo que en realidad vales.

Sofía no tuvo elección; la llevaron hasta la mesa y miró. No se sorprendió al ver que había anotada cada comida, cada noche de alojamiento. Subía tanto que Sofía retrocedió por instinto.

—¿Tienes los medios para pagar esta deuda? —repitió la monja.

Sofía la miró fijamente.

—Sabe que no los tengo.

Había un taburete en medio de la sala, tallado de madera dura y que completamente con el resto de la sala. La Hermana O’Venn señaló hacia él.

—Entonces te sentarás allí, y lo harás recatadamente. No hablarás a menos que se te pida. Obedecerás cualquier instrucción al instante. Falla y habrá castigo.

Sofía estaba demasiado herida para desobedecer. Fue hacia el taburete bajo y se sentó, bajando lo suficiente la mirada para no atraer la atención de las monjas. Aun así, observó cómo entraban unos tipos en la sala, hombres y mujeres, todos rodeados por una sensación de riqueza. Sin embargo, Sofía no pudo ver mucho más que eso, pues llevaban velos que no eran diferentes a los de las monjas, evidentemente para que nadie pudiera ver a quién le interesaba comprarla esclava.

—Gracias por venir avisándolos con tan poca antelación —dijo la Hermana O’Venn, y ahora su voz tenía la afabilidad de un comerciante ensalzando las virtudes de una seda o un perfume buenos.

—Espero que piensen que vale la pena. Por favor, tómense un momento para examinar a la chica y, a continuación, hagan sus apuestas conmigo.

Entonces rodearon a Sofía, mirándola fijamente del modo que un cocinero podría haber examinado un trozo de carne en el mercado, preguntándose para qué serviría, intentando ver algún rastro de putrefacción o exceso de nervio. Una mujer ordenó a Sofía que la mirara y Sofía hizo todo lo que pudo por obedecer.

—Tiene buen color —dijo la mujer—, y supongo que debe ser lo suficientemente bonita.

—Es una lástima que no nos la dejen ver con un chico —dijo un hombre gordo con un rastro de acento que indicaba que venía del otro lado del Puñal-Agua. Sus caras sedas estaban manchadas por un viejo sudor, su hedor disfrazado con un perfume que probablemente era mejor para una mujer. Echó una mirada a las monjas como si Sofía no estuviera allí—. A no ser que hayan cambiado su opinión sobre ello, hermanas.

—Este todavía es un lugar de la Diosa —dijo la Hermana O’Venn, y Sofía distinguir la auténtica disconformidad en su voz. Era extraño que se opusiera a ello, cuando no lo hacía a tantas otras cosas, pensó Sofía.

Extendió su talento, intentando distinguir lo que podía de las mentes de aquellos que estaban allí. Pero no sabía lo que esperaba conseguir, pues no se le ocurría el modo en el que podía influir en sus opiniones sobre ella de un modo u otro. En su lugar, solo le dio una oportunidad de ver las mismas crueldades, los mismos finales duros, una y otra vez. Lo mejor que podía esperar era la servidumbre. Lo peor la hacía temblar de miedo.

—Mmm, tiembla de forma hermosa cuando está asustada —dijo un hombre—. Demasiado bella para las minas, imagino, pero haré mi oferta.

Fue hasta la Hermana O’Venn y le susurró una cantidad. Uno a uno, los demás hicieron lo mismo. Cuando acabaron, ella miró alrededor de la sala.

—En este momento, Meister Karg tiene la oferta más alta —dijo la Hermana O’Venn—. ¿Alguien desea subir su oferta?

Un par parecieron pensárselo. la mujer que había querido mirar a los ojos a Sofía fue hacia la monja enmascarada y, presuntamente, le susurró otra cantidad.

—Gracias a todos —dijo al fin la Hermana O’Venn—. Nuestro negocio ha concluido. Meister Karg, ahora el contracto de esclavitud le pertenece. Debo recordarle que, en caso que sea redimido, la chica será libre para marcharse.

El hombre gordo resopló bajo su velo y, al apartarlo, dejó al descubierto una cara rojiza, con demasiada papada, que no mejoraba la presencia de un espeso bigote.

—¿Y cuándo ha pasado esto con mis chicas? —respondió bruscamente. Levantó una mano rechoncha. La Hermana O’Venn cogió el contrato y lo dejó en su mano.

Los demás que allí había hacían pequeños ruidos de enfado, aunque Sofía notaba que varios de ellos ya estaban pensando en otras posibilidades. La mujer que había subido su oferta estaba pensando que era una pena que hubiera perdido, pero solo en el modo que la enojaba que uno de sus caballos perdiera una carrera contra los de sus vecinos.

Al mismo tiempo, Sofía estaba sentada, sin poderse mover ante el pensamiento que toda su vida se le entregara a alguien con tanta facilidad. Unos días atrás, había estado a punto de casarse con un príncipe, y ahora… ¿ahora estaba a punto de convertirse en la propiedad de este hombre?

—Solo está la cuestión del dinero —dijo la Hermana O’Venn.

El hombre gordo, Meister Karg, asintió.

—Me encargaré de esto ahora. Es mejor pagar con monedas que con promesas de banqueros cuando hay que coger un barco.

¿Un barco? ¿Qué barco? ¿Dónde tenía pensado llevarla este hombre? ¿Qué iba a hacer con ella? Las respuestas a eso eran fáciles de arrancar de sus pensamientos, y solo aquella idea era suficiente para hacer que Sofía se levantara a medias, dispuesta a correr.

Unas manos fuertes la cogieron, las monjas la agarraron fuerte por los brazos una vez más. Meister Karg la miraba con desprecio distraído.

—¿Podéis llevarla a mi carreta? Yo arreglaré las cosas aquí y después…

Y después, Sofía veía que su vida se convertiría en una cosa de un horror aún peor. Quería pelear, pero no había nada que pudiera hacer mientras se la llevaban. Nada en absoluto. En la intimidad de su cabeza, gritaba para que su hermana la ayudara.

Pero parecía que su hermana tampoco la había oído –o no le importaba.




CAPÍTULO CUATRO


Una y otra vez, Catalina moría.

O, por lo menos, “murió”. Armas ilusorias se deslizaban en su carne, manos fantasmales la estrangulaban hasta la inconsciencia. Unas flechas parpadearon hasta la existencia y dispararon a través de ella. Las armas eran solo cosas formadas de humo, llevadas a la existencia por la magia de Siobhan, pero cada una de ellas hacía tanto daño como el que hubiera hecho un arma de verdad.

Pero no mataban a Catalina. En su lugar, cada momento de dolor solo traía un ruido de decepción por parte de Siobhan, que observaba desde la banda con lo que parecía ser una combinación de diversión y exasperación por la lentitud con la que Catalina estaba aprendiendo.

—Presta atención, Catalina —dijo Siobhan—. ¿Crees que estoy convocando estos fragmentos de sueño para entretenerme?

La silueta de un hombre con espada apareció delante de Catalina, vestido para un duelo más que para una batalla completa. La saludó, nivelando un florete.

—Este es el pase en tiempo de Finnochi —dijo con la misma monotonía plana que parecían tener los demás. Se lo clavó y Catalina fue a defenderse con su espada de madera de prácticas pues, por lo menos, había aprendido a hacer eso. Fue lo suficientemente rápida para ver el momento en que el fragmento cambiaba de dirección, pero el movimiento aún la cogió desprevenida, la espada efímera se deslizó en su corazón.

—Otra vez —dijo Siobhan—. Hay poco tiempo.

A pesar de lo que ella decía, parecía haber más tiempo del que Catalina podía haber imaginado. Los minutos parecían alargarse allí en el bosque, lleno de contrincantes que intentaban matarla y, mientras ellos lo intentaban, Catalina aprendía.

Aprendía a luchar contra ellos, derribándolos con su espada de madera porque Siobhan había insistido en que dejara a un lado su espada de verdad para evitar el peligro de una herida de verdad. Aprendió a clavar y a cortar, a bloquear y a amagar, pues cada vez que cometía un error, el contorno fantasmal de una espada se colaba dentro de ella con un dolor que parecía demasiado real.

Después de los que llevaban espadas estaban los que llevaban palos y mandarrias, arcos y mosquetes. Catalina aprendió a matar de un montón de maneras con sus manos, y a interpretar el momento en el que un enemigo le dispararía un arma, lanzándose al suelo. Aprendió a correr a través del bosque, saltando de rama en rama, huyendo de los enemigos mientras esquivaba y se escondía.

Aprendió a esconderse y a moverse en silencio, pues cada vez que hacía un ruido, los enemigos efímeros se le echaban encima con más armas que con las que ella podía corresponder.

—¿No podrías simplemente enseñarme? —exigió Catalina a Siobhan, gritando hacia los árboles.

—Te estoy enseñando —respondió al aparecer de uno de los que había por allí cerca—. Si estuvieras aquí para aprender magia, podríamos hacerlo con libros y palabras amables, pero estás aquí para convertirte en mortífera. Para esto, el dolor es el mayor maestro que existe.

Catalina apretó los dientes y continuó. Por lo menos aquí, había una razón para el dolor, a diferencia de la Casa de los Abandonados. Partió de nuevo hacia el bosque, manteniéndose en las sombras, aprendiendo a moverse sin alterar ni la hoja o ramita más pequeñas mientras se acercaba sin hacer ruido a un nuevo grupo de enemigos conjurados.

Aun así moría.

Cada vez que lo hacía bien, aparecía un nuevo enemigo, o una nueva amenaza. Cada una era más dura que la anterior. Cuando Catalina aprendió a evitar los ojos humanos, Siobhan hizo aparecer perros cuya piel parecía hincharse hasta convertirse en humo a cada paso que daban. Cuando Catalina aprendió a burlar las defensas de la espada de un duelista, el siguiente rival llevaba armadura de manera que ella solo podía atacar por los agujeros de entre las placas.

Cada vez que paraba, parecía que Siobhan estaba allí, con consejos o pistas, ánimos o la especie de entretenimiento exasperante que animaba a Catalina a hacerlo mejor. Ahora era más rápida, y más fuerte, pero parecía no ser suficiente para la mujer que controlaba la fuente. Tenía la sensación de que Siobhan la estaba preparando para algo, pero la mujer no lo decía, ni contestaba ninguna pregunta que no fuera sobre lo que Catalina tenía que hacer a continuación.

—Tienes que aprender a usar el talento con el que naciste —dijo Siobhan—. Aprende a ver la intención de un enemigo antes de que ataque. Aprende a distinguir la localización de los enemigos antes de que te encuentren.

—¿Cómo voy a practicar eso si estoy luchando contra ilusiones? —exigió Catalina.

—Yo las dirijo, así que dejaré mirar a una fracción de mi mente —dijo Siobhan—. Pero ten cuidado. Hay lugares a los que no querrás mirar.

Aquello captó el interés de Catalina. Ya se había topado con los muros que la mujer tenía para evitar que mirara dentro de su mente. ¿Ahora iba a poder dar un vistazo? Cuando notó que los muros de Siobhan se movían, Catalina se lanzó dentro hasta donde los nuevos límites le permitieron.

No fue muy adentro, pero aun así fue lo suficiente para hacerse una idea de una mente ajena, tanto como la de cualquier persona normal que Catalina hubiera visto antes. Catalina retrocedió por su rareza, retirándose. Lo hizo justo a tiempo para que un enemigo efímero le atravesara el cuello con una espada.

—Te dije que fueras con cuidado —dijo Siobhan mientras Catalina tenía arcadas—. Ahora, inténtalo de nuevo.

Había otro hombre con una espada delante de Catalina. Se concentró y esta vez pilló el momento en el que Siobhan le dijo que atacara. Se agachó, derribándolo.

—Mejor —dijo Siobhan. Esto se acercaba todo lo que ella podía a un elogio, pero el elogio no detuvo las pruebas constantes. Solo significaba más enemigos, más trabajo, más entrenamiento. Siobhan empujaba a Catalina hasta igualar la nueva fuerza que tenía, ella sentía que estaba a punto de desplomarse por el agotamiento.

—¿No he aprendido lo suficiente? —preguntó Catalina—. ¿No he hecho lo suficiente?

Vio que Siobhan sonreía, pero no por diversión.

—¿Piensas que estás preparada, aprendiz? ¿Realmente estás tan impaciente?

Catalina negó con la cabeza.

—Es solo que…

—Que piensas que ya has aprendido lo suficiente por un día. Piensas que sabes lo que está por venir, o lo necesario. —Tal vez tengas razón. Tal vez ya dominas lo que yo quiero que aprendas.

Entonces Catalina notó el punto de enojo. Siobhan no tenía la misma paciencia como maestra que Tomás había mostrado con ella.

—Lo siento —dijo Catalina.

—Es demasiado tarde para sentirlo —dijo Siobhan—. Quiero ver lo que has aprendido. —Dio una palmada—. Una prueba. Ven conmigo.

Catalina quería discutir, pero vio que no tenía sentido hacerlo. En su lugar, siguió a Siobhan hasta un lugar donde el bosque se abría hacia un claro más o menos circular rodeado por majuelos y zarzas, rosas silvestres y ortigas. En medio de esto, había una espada, puesta en equilibrio a través del tocón de un árbol.

No, no era simplemente una espada. Catalina reconoció al instante la espada que Tomás y Will le habían hecho.

—¿Cómo…? —empezó.

Siobhan hizo una señal con la cabeza hacia ella.

—Tu espada no estaba acabada, como no lo estabas tú. La he terminado, igual que estoy intentando mejorarte a ti.

Ahora la espada tenía un aspecto diferente. Tenía una empuñadura de madera oscura y clara en espiral, que Catalina imaginaba que encajaría a la perfección en su mano. Tenía marcas a lo largo de la hoja que no estaban en ningún idioma que hubiera visto antes, mientras el filo de la espada ahora brillaba con un aspecto diabólico.

—Si piensas que estás preparada —dijo Siobhan—, lo único que debes hacer es ir hasta allí y coger tu arma. Pero si lo haces, debes saber esto: allí el peligro es real. No es ningún juego.

En otra situación, Catalina podría haber dado un paso atrás. Podría haberle dicho a Siobhan que no le interesaba y haber esperado un poco más. Dos cosas la frenaban. Una era la insoportable sonrisa que nunca parecía irse del rostro de Siobhan. Se burlaba de Catalina con la insolencia de que todavía no era lo suficientemente buena. De que nunca sería lo suficientemente buena para estar a la altura del nivel que Siobhan le había fijado. Era una expresión que le recordaba demasiado el desprecio que las monjas enmascaradas le habían mostrado.

Ante aquella sonrisa, Catalina sentía que su rabia crecía. Quería borrar la sonrisa de la cara de Siobhan. Quería demostrarle que cualquiera que fuera la magia que la mujer del bosque poseyera, Catalina estaba al nivel de los trabajos que le preparara. Quería una pequeña cantidad de satisfacción por todas las espadas fantasmales que le habían clavado.

La otra razón era más sencilla: aquella espada era suya. Había sido un regalo de Will. Siobhan no tuvo que mandarle para que Catalina fuera a buscarla.

Catalina cogió carrerilla y saltó hasta una rama, a continuación saltó por encima de un círculo de espinas que rodeaba el claro. Si esto era lo mejor que podía ingeniar Siobhan, ella cogería la espada y volvería en desbandada con la misma facilidad que si anduviera por un camino del campo. Cayó en cuclillas sobre el suelo, mirando hacia la espada que la esperaba al otro lado.

Pero ahora había una silueta que la sujetaba y Catalina se quedó mirándola. Mirándose a ella misma.

Indudablemente era ella, hasta el último detalle. El mismo pelo corto y pelirrojo. La misma agilidad vigorosa. Sin embargo, la versión de ella llevaba ropa diferente, iba vestida con los verdes y los marrones del bosque. Sus ojos también eran diferentes, verde hoja de punta a punta y cualquier cosa menos humanos. Mientras Catalina miraba, la otra versión de ella desenvainó la espada de Will, dando golpes con ella al aire como si la estuviera probando.

—Tú no eres yo —dijo Catalina.

—Tú no eres yo —dijo su otro yo, exactamente con la misma entonación, exactamente con la misma voz—. Tan solo eres una copia barata, ni la mitad de buena.

—Dame la espada —exigió Catalina.

Su otro yo negó con la cabeza.

—Creo que me la quedaré. Tú no la mereces. Solo eres escoria del orfanato. No es de extrañar que las cosas no salieran bien con Will.

Entonces Catalina fue corriendo hacia ella, blandiendo su espada de prácticas con toda la fuerza y la furia que pudo reunir, como si pudiera hacer pedazos aquella cosa con el poder de su ataque. En su lugar, vio cómo su espada de prácticas se encontraba con el acero de la que estaba viva.

Clavaba y atacaba, hacía amagos y golpeaba, atacando con todas las habilidades que había desarrollado a través de la despiadada instrucción de Siobhan. Catalina iba hasta el límite de la fuerza que la fuente le había concedido, usando toda la velocidad que poseía para intentar abrirse camino entre las defensas de su contrincante.

Su otra versión bloqueaba cada ataque a la perfección, parecía conocer cada movimiento cuando Catalina lo hacía. Cuando contraatacaba, Catalina apenas evitaba los golpes.

—No eres lo suficientemente buena —dijo su otra versión—. Nunca serás lo suficientemente buena. Eres débil.

Las palabras repiqueteaban en el interior de Catalina casi tanto como el impacto de los golpes de espada contra su arma de prácticas. Dolían, y dolían sobre todo porque todo lo que Catalina sospechaba que podría ser la verdad. ¿Cuántas veces lo habían dicho en la Casa de los Abandonados? ¿No le habían mostrado la verdad los amigos de Will en su círculo de entrenamiento?

Catalina sacó su rabia con un grito y atacó de nuevo.

—No hay control —dijo su otro yo mientras esquivaba los golpes—. No hay reflexión. Nada a excepción de una niña pequeña que juega a ser guerrera.

Entonces su reflejo atacó y Catalina sintió el dolor de la espada cortándole la cadera. Por un instante, no parecía diferente de las espadas fantasmales que la habían apuñalado tantas veces, pero esta vez el dolor no disminuía. Esta vez, había sangre.

—¿Qué se siente al saber que vas a morir? —preguntó su contrincante.

Terror. Se sentía terror, pues lo peor de todo es que Catalina sabía que era cierto. No podía esperar derrotar a su contrincante. Ni tan solo podía esperar sobrevivir a ella. Iba a morir aquí, dentro de este círculo de espinas.

Entonces Catalina corrió hacia el borde, dejando a un lado su espada de madera, que la hacía ir más lenta. Saltó hacia el borde del círculo, mientras oía la risa de su reflejo tras ella mientras se lanzaba hacia él. Catalina se cubrió la cara con las manos, cerrando los ojos al ir contra las espinas y esperando que eso fuera suficiente.

La desgarraban mientras se zambullía a través de ellas, rasgando su ropa y la piel de debajo. Catalina sentía que las gotas de sangre la cubrían mientras las espinas la desgarraban, pero se obligaba a atravesar aquella maraña, atreviéndose solo a abrir los ojos cuando salió al otro lado.

Miró hacia atrás, medio convencida de que su reflejo la estaría siguiendo, pero cuando Catalina miró, su otra versión había desaparecido, dejando la espada colocada en el tocón del árbol como si ella nunca hubiera estado allí.

Entonces se desplomó, su corazón latía con fuerza por el esfuerzo de todo lo que acababa de hacer. Ahora sangraba por un montón de sitios, por los rasguños de las espinas y por la herida de la cadera. Dio la vuelta para ponerse sobre su espalda, mirando fijamente al follaje del bosque, mientras el dolor venía en tandas.

Siobhan apareció en su campo de visión, bajando la vista hacia ella con una mezcla de decepción y de pena. Catalina no sabía lo que era peor.

—Te dije que no estabas preparada —dijo—. ¿Estás lista para escuchar ahora?




CAPÍTULO CINCO


“Lady Emelina Constancia Ysalt d’Angelica” —decía la nota—, Marquesa de Sowerd y Lady de la Orden de la Banda”. A Angelica le impresionó menos que se usara su nombre completo que el origen de la nota: la Viuda la había citado para una audiencia privada.

Oh, no lo había dicho así. Había expresiones como estar “encantada de solicitar el placer de su compañía” y “esperar que le resultara oportuno”. Angelica sabía igual de bien que cualquiera que una solicitud de la Viuda equivalía a una orden, incluso aunque la Asamblea de los Nobles hiciera las leyes.

Se forzó para no mostrar su preocupación mientras se acercaba a los aposentos de la Viuda. No comprobó su aspecto ansiosamente ni se movía de forma nerviosa sin necesidad. Angelica sabía que tenía un aspecto perfecto, pues cada mañana pasaba un rato delante del espejo con sus sirvientas, para asegurarse de que así fuera. Nos e movía de forma nerviosa porque estaba en perfecto control de sí misma. Además, ¿de qué tenía que preocuparse? Iba a reunirse con una mujer mayor, no a entrar en la guarida de un gato de las sombras.

Angelica intentaba recordar esto mientras se acercaba a las puertas de los aposentos de la anciana, mientras un sirviente las abría de par en par y la anunciaba.

—¡Milady d’Angelica!

Debería haberse sentido segura, pero la verdad era que esta era la reina del reino y la madre de Sebastián, y Angelica había hecho demasiado en su vida para sentir alguna vez la certeza de que evitaría la desaprobación. Aun así, caminó hacia delante, obligándose a proyectar una máscara de confianza cuidadosamente confeccionada.

Nunca antes había tenido un motivo para estar en los aposentos privados de la Viuda. A decir verdad, eran algo decepcionantes, diseñados con una especie de sencilla majestuosidad que por la menos estaba veinte años pasada de moda. Para el gusto de Angelica, había demasiados entrepaños de madera oscura y, aunque el dorado y las sedas del resto del palacio estaban presentes a trozos, todavía no se acercaba ni de lejos a la extravagancia que Angelica hubiera escogido.

—¿Esperabas algo más elaborado, querida? —preguntó la Viuda. Estaba sentada al lado de una ventana que daba a los jardines, en una silla de madera oscura y piel verde. Entre ella y otro asiento, sutilmente más bajo, había una mesa de marquetería. Llevaba un vestido de día relativamente sencillo en lugar de ir vestida completamente con galas, y una diadema en lugar de una corona, pero aun así no había duda sobre la autoridad de la anciana.

Angelica se dejó caer en una reverencia. Una reverencia propia de la corte, no una de las cosas sencillas con las que un sirviente se podría haber molestado. Incluso en cosas como esta, las sutiles gradaciones de estatus importaban. Los segundos se alargaban mientras Angelica esperaba el permiso para levantarse.

—Por favor, acompáñame, Angelica —dijo la Viuda—. Así es cómo prefieres que te llamen, ¿verdad?.

—Sí, su majestad. —Angelica sospechaba que sabía muy bien cómo debería llamarla. También se dio cuenta de que no hubo un correspondiente indicio de informalidad por parte de la madre de Sebastián.

Aun así, fue bastante agradable, ofreciéndole una tisana de frambuesa de una tetera que evidentemente se acaba de hacer y sirviendo a Angelica un trozo de pastel de frutas con sus propias manos delicadamente cubiertas con guantes.

—¿Cómo está tu padre, Angelica? —preguntó—. Lord Robert siempre fue leal a mi esposo mientras vivió. ¿Todavía tiene mala respiración?

—El aire del campo le va bien, su majestad —dijo Angelica, pensando en las extensas haciendas de las que tanto se alegraba de estar lejos—. Aunque ya no sale a cazar tanto como lo hacía.

—Los hombres jóvenes van al frente de la cacería —dijo la Viuda—, mientras que las almas más sensatas se esperan detrás y se toman las cosas al ritmo que les va bien. Cuando yo he asistido a cacerías ha sido con un halcón, no con una jauría de perros de caza que van al ataque. Son menos temerarios y ven más.

—Una buena elección, su majestad —dijo Angelica.

—Y tu madre, ¿continúa cultivando sus flores? —preguntó la Viuda, dando sorbos a su bebida—. Siempre he envidiado los tulipanes estrellados que produce.

—Creo que está trabajando en una nueva variedad, su majestad.

—Empalmando líneas, sin duda —cavilaba la Viuda, mientras dejaba su taza.

Angelica empezaba a preguntarse la razón de todo esto. Sinceramente dudaba de que la dirigente del reino la hubiera llamado aquí para hablar de las minucias de la vida de su familia. Si fuera ella quien gobernara, desde luego que no se preocuparía por algo tan inútil. Angelica apenas prestaba atención cuando llegaban cartas de las haciendas de sus padres.

—¿Te estoy aburriendo, querida? —preguntó la Viuda.

—No, por supuesto que no, su majestad —dijo Angelica apresuradamente. Gracias a las guerras civiles, los días en que la realeza del reino simplemente podía encarcelar a los nobles sin juicio habían desaparecido, pero aun así no era buena idea arriesgarse a insultarlos.

—Porque yo tenía la impresión de que tú pensabas que mi familia era fascinante —continuó la Viuda—. Mi hijo pequeño en particular.

Angelica se quedó helada, sin saber qué decir a continuación. Debería haber imaginado que una madre se daría cuenta de su interés por Sebastián. ¿Entonces se trataba de eso? ¿De una sugerencia cortés para que lo dejara en paz?

—No estoy segura de a qué se refiere —contestó Angelica, decidiendo que su mejor opción era hacer el papel de la joven noble falsamente modesta—. Evidentemente, el Príncipe Sebastián es bien parecido, pero…

—¿Pero tu intento de sedarlo y reclamarlo para ti no salió como estaba planeado? —preguntó la Viuda y ahora su voz era como el acero—. ¿Pensabas que no me enteraría de esta pequeña estratagema?

Ahora Angelica notaba que el miedo crecía en su interior. Puede que la Viuda no pudiera simplemente ordenar su muerte, pero eso era lo que un ataque a una persona de la realeza podía significar, incluso con un juicio de sus compañeros nobles. Tal vez especialmente con ellos, pues sin duda estarían aquellos que querrían fijar un ejemplo, o sacarla de en medio, o ajustar cuentas con su familia.

—Su majestad… —empezó Angelica, pero la Viuda la cortó levantando un solo dedo. Pero, en lugar de hablar, se tomó su tiempo para vaciar su taza y, a continuación, la tiró a la chimenea y la porcelana se hizo añicos con un chasquido que hizo pensar a Angelica en huesos rotos.

—Un ataque a mi hijo es traición —dijo la Viuda—. Un intento de manipularme, y de robarme a mi hijo para casarse con él, es traición. Tradicionalmente, esto se recompensa con la Máscara de Plomo.

A Angelica se le contrajeron los intestinos al pensarlo. Era un castigo espantoso de otro tiempo y ella no había visto jamás que se llevara a cabo. Se decía que la gente se mataba a sí misma solo pensarlo.

—¿Te resulta familiar? —preguntó la Viuda—. Se encierra al traidor dentro de una máscara de metal y se vierte plomo fundido en el interior. Una muerte terrible, pero a veces el terror es útil. Y, por supuesto, permite tomar un molde de sus rostros para exponerlo más tarde ante todos a modo de recordatorio.

Cogió algo de al lado de su silla. Parecía ser una de las muchas máscaras que siempre estaban por toda la corte como adoración de la Diosa Enmascarada. Pero esta podía haber sido el molde de una cara. Una cara aterrorizada, agonizante.

—Alan de Courcer decidió alzarse contra la corona —dijo la Viuda—. Colgamos a la mayoría de sus hombres de manera limpia, pero con él dimos un ejemplo. Todavía recuerdo los gritos. Es gracioso cómo perduran estas cosas.

Angelica cayó de rodillas de la silla casi como un pollo deshuesado, alzando la vista hacia la otra mujer.

—Por favor, su majestad —suplicó, pues en ese momento, suplicar parecía ser su única opción—. Por favor, haré cualquier cosa.

—¿Cualquier cosa? —dijo la Viuda—. Cualquier cosa son palabras mayores. ¿Y si quisiera que entregaras las tierras de tu familia, o que sirvieras como espía en las cortes de este Nuevo Ejército que parece que proviene de las guerras continentales? ¿Y si decidiera que debes ir a cumplir tu penitencia en una de las Colonias Lejanas?

Angelica miró a a aquella aterrorizada máscara de la muerte y supo que solo había una respuesta.

—Cualquier cosa, su majestad. Pero eso no, por favor.

Odiaba estar así. Era una de las nobles más importantes en el país, pero aquí y ahora se sentía tan desamparada como el más bajo de los siervos.

—¿Y si quisiera que te casaras con mi hijo? —preguntó la Viuda.

Angelica la miró fijamente, perpleja, las palabras no tenían sentido. Si la mujer le hubiera dicho que le ofrecía un cofre de oro y la dejaba marchar hubiera tenido más sentido que esto.

—¿Su majestad?

—No te quedes allí de rodillas, abriendo y cerrando la boca como un pez —dijo la mujer—. De hecho, vuelve a sentarte. Por lo menos, intenta parecer el tipo de joven refinada con la que mi hijo debería casarse.

Angelica se forzó a sentarse de nuevo en la silla. Aun así, se sentía débil—. No estoy segura de entenderlo.

La Viuda juntó las manos por las puntas de los dedos.

—No hay mucho que entender. Yo necesito a alguien adecuado para casarse con mi hijo. Tú eres lo suficientemente hermosa, de una familia con un estatus adecuado, bien relacionada en la corte, y resulta suficientemente evidente por tu pequeña trama que te interesa el papel. Es un acuerdo que parece sumamente beneficioso para todos los afectados, ¿no crees?

Angelica consiguió recomponerse un poco.

—Sí, su majestad. Pero…

—Definitivamente, es preferible a las alternativas —dijo la Viuda, acariciando la máscara con el dedo—. En todos los sentidos.

Visto así, Angelica no tenía elección.

—Me haría muy feliz, su majestad.

—Tu felicidad no es mi principal preocupación —replicó la Viuda—. El bienestar de mi hijo y la seguridad de este reino sí. No pondrás en peligro ninguno de los dos, o habrá ajuste de cuentas.

Angelica no tuvo que preguntar sobre el ajuste de cuentas. Ahora mismo, sentía que el hilo del terror la recorría. Odiaba eso. Odiaba que esta vieja bruja pudiera hacer que incluso algo que deseaba pareciera una amenaza.

—¿Qué sucede con Sebastián? —preguntó Angelica—. Por lo que vie en el baile, sus interese están… en otro sitio.

En la chica pelirroja que aseguraba ser de Meinhalt, pero que nos e comportaba como ninguna noble que Angelica hubiera conocido.

—Eso ya no será un problema —dijo la Viuda.

—Aun así, si todavía le duele…

La mujer la miró fijamente.

—Sebastián cumplirá con su deber, tanto hacia el reino como hacia su familia. Se casará con quien se le exija que se case y haremos que sea un acontecimiento feliz.

—Sí, su majestad —dijo Angelica, bajando la mirada recatadamente. Una vez casada con Sebastián, tal vez no tendría que inclinarse y pasar estos apuros. Pero, por ahora, se comportaba como tenía que hacerlo—. Escribiré a mi padre enseguida.

La Viuda hizo un gesto de rechazo con la mano.

—Ya lo he hecho yo y Roberto ha aceptado encantado. Los preparativos para la boda ya están en marcha. Tengo entendido por los mensajeros que tu madre se desmayó al oír la noticia, pero ha tenido tendencia a la fragilidad. Confío en que este no sea un rasgo que pases a mis nietos.

Hizo que sonara como una enfermedad que debía eliminarse. Angelica estaba más enojada por el modo en que todo se había llevado a la práctica sin que ella lo supiera. Aun así, hacía todo lo que podía para mostrar la gratitud que sabía que se esperaba de ella.

—Gracias, su majestad —dijo—. Me esforzaré por ser la mejor nuera que pudiera esperar.

—Solo recuerda que al convertirte en mi hija política no adquieres ningún favor especial —dijo la Viuda—. Has sido escogida para realizar un trabajo, y lo harás para mi satisfacción.

—Me esforzaré por hacer feliz a Sebastián —dijo Angelica.

La Viuda se puso de pie.

—Procúralo. Hazlo tan feliz que no pueda pensar en nada más. Hazlo lo suficientemente feliz como para sacar los pensamientos… de otras de su mente. Hazlo feliz, dale hijos, haz lo que la esposa de un príncipe debe hacer. Si haces todo esto, tu futuro también será feliz.

La irascibilidad de Angelica no iba a dejar pasar eso.

—¿Y si no lo hago?

La Viuda la miró como si no fuera nada, en lugar de una de las más grandes nobles del país.

—Estás intentando ser fuerte con la esperanza de que te respete como a un igual —dijo—. Tal vez esperas que vea algo de mí misma en ti, Angelica. Tal vez incluso lo haga, pero eso apenas es algo bueno. Quiero que recuerdes una cosa desde este momento: me perteneces.

—No, tú…

La bofetada no fue fuerte. No le dejaría una marca que se viera. Apenas escocía, excepto en lo referente al orgullo de Angelica. Allí, quemaba.

—Me perteneces con la misma certeza que si hubiera comprado a una chica como esclava —repitió la Viuda—. Si me fallas de algún modo, te destrozaré por lo que intentaste hacerle a mi hijo. La única razón por la que estás aquí y no en una celda es porque me eres más útil así.

—Como una esposa para su hijo —puntualizó Angelica.

—Como eso, y como una distracción para él —respondió la Viuda—. Dijiste que harías cualquier cosa. Hazme saber si has cambiado de opinión.

Y, entonces, Angelica podía imaginar que habría la muerte más espantosa.

—No, imaginaba que no. Serás la esposa perfecta. Con el tiempo, serás la madre perfecta. Me contarás cualquier problema. Obedecerás mis órdenes. Si fallas en alguna de estas cosas, la Máscara de Plomo parecerá aburrida en comparación con lo que te sucederá.




CAPÍTULO SEIS


Arrastraron a Sofía hasta fuera, tirando de ella aunque caminaba con su propia fuerza. Estaba demasiado paralizada para hacer otra cosa, demasiado débil para pensar incluso en pelear. Las monjas la iban a entregar a las órdenes de su nuevo propietario. También la podrían haber envuelto como un sombreo nuevo o un bistec.

Cuando Sofía vio la carreta intentó forcejear, pero no sirvió de nada. Era una cosa grande y chabacana, pintada como el carro de algún circo o compañía de actores. Las barras lo anunciaban como lo que era: el carro de retención de un esclavista.

Las monjas la arrastraron hasta él y abrieron la parte de atrás, tirando de unos grandes cerrojos a los que no se podía acceder desde el interior.

Una cosa pecadora como tú merece estar en un lugar así —dijo una de las monjas.

La otra rio.

—¿Piensas que es pecadora ahora? Dale uno o dos años para que la usen todos los hombres que tengan las monedas para pagarla.

Sofía vio brevemente unas siluetas encogidas de miedo cuando las monjas abrieron la puerta de golpe. Unas miradas asustadas se alzaron hacia ella y vio a media docena de chicas apiñadas sobre la dura madera. Entonces la metieron dentro de un empujón, haciendo que cayera entre medio de ellas sin espacio en el que meterse.

La puerta se cerró de golpe con el ruido de metal sobre metal. El ruido de los cerrojos fue peor, proclamando la impotencia de Sofía en un caos de herrumbre y hierro.

Las otras chicas se apartaron de ella en desbandada mientras ella intentaba encontrar un lugar allí. El talento de Sofía le transmitió su miedo. Les preocupaba que todavía fuera violenta, como lo había sido la chica de ojos oscuros del rincón, o que gritara hasta que Meister Karg las golpeara a todas, como lo había hecho la chica que tenía moratones alrededor de la boca.

—No voy a hacer daño a ninguna de vosotras —dijo Sofía—. Me llamo Sofía.

Como respuesta le murmuraron lo que podrían haber sido nombres en la penumbra de la carreta prisión, demasiado flojo como para que Sofía pudiera pillar la mayoría de ellos. Su poder le permitió coger el resto, pero ahora mismo estaba demasiado ensimismada en su propia pena como para preocuparse mucho.

Un día atrás, las cosas habían sido muy diferentes. Había sido feliz. Había estado protegida en el palacio, preparándose para su boda, no encerrada en una jaula. Había estado rodeada de sirvientes y asistentes, no de chicas asustadas. Había tenido vestidos elegantes, no harapos y seguridad en lugar del dolor persistente de un azote.

Había tenido la perspectiva de pasar su vida con Sebastián, no de ser utilizada por una sucesión de hombres.

No había nada que pudiera hacer. Nada que no fuera estar allí sentada, mirando ahora por los agujeros de entre las barras, observando cómo Meister Karg salía del orfanato con una expresión arrogante. Fue andando tranquilamente hasta la carreta y, a continuación, se subió al asiento para llevar el carro quejándose por el esfuerzo. Sofía oyó el chasquido de un látigo y se encogió por instinto después de todo lo que le había sucedido a manos de la Hermana O’Venn, su cuerpo esperaba el dolor incluso cuando el carro cobraba vida con un retumbo.

Iba a paso de tortuga por las calles de Ashton, las ruedas de madera se tambaleaban cuando se topaban con los agujeros que había entre los adoquines. Sofía veía las casas al pasar casi al ritmo de un hombre andando, el carro no tenía prisa por llegar a su destino. En cierto sentido, eso debería haber sido algo bueno, pero entonces parecía solo una manera de prolongar su pena, mofándose de ella y de las demás por su incapacidad de escapar del carro.

Sofía veía pasar a la gente, apartándose del carro del modo que se apartaban de otros carros grandes que podían aplastarlos. Unos pocos le echaban un vistazo, pero no hacían ningún comentario. Por supuesto, no hacían ningún movimiento para detenerlo o para ayudar a las chicas que había dentro. ¿Qué decía de un lugar como Ashton que esto fuera lo normal?

Un panadero rechoncho se detuvo para verlas pasar. Una pareja dio un paso atrás para apartarse del surco de las ruedas. Las madres tiraban de sus hijos hacia ellas, o algunos corrían para mirar dentro desafiados por sus amigos. Los hombres miraban con gesto de estar pensando, como si se preguntaran si podrían permitirse a cualquiera de las chicas que había allí. Sofía se forzó a fulminarlos con la mirada, retándolos a mirarla a los ojos.

Deseaba que Sebastián estuviera allí. Nadie más en esta ciudad la ayudaría, pero sabía que incluso después de todo lo que había sucedido, Sebastián abriría las puertas de par en par y la sacaría. Por lo menos, ella esperaba que lo hiciera. Había visto la vergüenza en su rostro cuando había descubierto quién era Sofía. Tal vez también apartaría la vista y fingiría no verla.

Sofía esperaba que no, pues podía ver algo de lo que les esperaba a ella y a las demás, aguardando en la mente de Meister Karg como un indeseable para ella. Tenía pensado recoger a más chicas de camino al barco que les aguardaba y que las llevaría a su ciudad al otro lado del mar, donde había un prostíbulo que trataba con estas chicas “exóticas”. Siempre necesitaba chicas nuevas, pues allí los hombres pagaban bien por la oportunidad de hacer lo que quisieran con las que llegaban nuevas.

Solo pensar en ello hacía que Sofía sintiera náuseas, aunque tal vez también tuviera algo que ver con el constante meneo del carro. ¿Sabían las monjas para qué la habían vendido? Conocía la respuesta a eso: por supuesto que sí. Habían bromeado sobre ello y sobre el hecho de que nunca sería libre, porque no tendría el modo de saldar la deuda que le habían impuesto.

Esto significaba una vida de esclavitud en todo menos en el nombre, obligada a hacer cualquier cosa que su propietario obeso y perfumado deseara hasta que ella ya no tuviera valor para él. Entonces podría dejarla ir, pero solo porque era más fácil dejarla morir de hambre que mantenerla. Sofía quería creer que se mataría antes de dejar que le sucediera todo esto, pero lo cierto era que probablemente obedecería. ¿No había obedecido durante los años en que las monjas habían abusado de ella?

El carro se detuvo de golpe, pero Sofía no era tan estúpida como para creer que habían llegado a algún destino final. En su lugar, se habían parado fuera de la tienda de un sombrerero, y Meister Karg entró sin mucho más que dando un vistazo a sus cargas.

Sofía fue corriendo hacia delante, intentando encontrar una manera de llegar a los cerrojos que había fuera de las barras. Sacaba el brazo a través de los agujeros de los lados del carro, pero sencillamente no había modo de llegar al cerrojo desde donde estaba ella.

—No debes hacerlo —dijo la chica con la boca amoratada—. Te pegará por ello si te pilla.

—Nos pegará a todas —dijo otra.

Sofía se retiró, pero solo porque veía que eso no iba a llevar a nada bueno. No tenía sentido que le hicieran daño si aquello no cambiaba nada. Era mejor dejar pasar el tiempo y…

¿Y qué? Sofía había visto lo que les aguardaba en los pensamientos de Meister Karg. Probablemente podría haberlo imaginado, eso hacía que se le encogiera el estómago por el miedo. El carro del esclavista no era lo peor que les podía suceder a cualquiera de ellas, y Sofía necesitaba encontrar el modo de salir antes de que empeorara.

Pero ¿cómo? Sofía no tenía una respuesta para eso.

También había otras cosas para las que no tenía respuesta. ¿Cómo la habían encontrado en la ciudad, cuando ella ya había conseguido esconderse de los buscadores? ¿Cómo habían sabido qué buscar? Cuanto más pensaba en ello Sofía, más convencida estaba de que alguien debía haber mandado noticias de su partida a los buscadores.

Alguien la había traicionado y ese pensamiento dolía más que lo que lo habían hecho cualquiera de los azotes.

Meister Karg regresó, arrastrando a una mujer con él. Era unos cuantos años mayor que Sofía y tenía aspecto de haber sido ya esclavizada durante un tiempo.

—Por favor —suplicaba mientras el esclavista tiraba de ella—. ¡No puede hacerlo! ¡Solo unos cuantos meses y hubiera saldado mi deuda!

—Y hasta que la hayas pagado del todo, tu dueño todavía la puede vender —dijo Meister Karg. Casi como un reflejo, golpeó a la mujer. Nadie se movió para detenerlo. La gente apenas miraba.

«O puede hacerlo la mujer de tu dueño cuando esté celosa de ti».

Sofía lo pilló claramente, comprendiendo en ese momento el horror de la situación en una combinación de los pensamientos de Karg y de la mujer. Se llamaba Mellis y había realizado muy bien el oficio para el que la habían comprado. Tan bien que había estado a punto de ser libre, salvo que la mujer del sombrerero había estado segura de que su marido la dejaría por la mujer contratada tan pronto como esta saldara su deuda.

Así que la había vendido a un hombre que le aseguraría que nunca más la volvería a ver en Ashton.

Era un destino terrible, pero para Sofía también era un recordatorio de que ella no era la única allí con una historia dura. Había estado muy centrada en lo que le había sucedido a ella con Sebastián y la corte, pero lo cierto era que probablemente todas tenían alguna historia triste detrás de su presencia en el carro. Nadie estaría allí por elección propia.

Y ahora ninguna de ellas tendría elección con nada que hicieran en sus vidas.

—Dentro —dijo Meister Karg bruscamente, lanzando dentro a la mujer con el resto de ellas. Sofía intentó avanzar en los instantes en que la puerta estaba abierta, pero se cerró de golpe otra vez en su cara antes de que se pudiera acercar—. Nos queda mucho terreno por recorrer.

Sofía pilló el destello de una ruta en los pensamientos de él. Deambularían más por la ciudad, recogiendo sirvientes a los que ya no querían, aprendices que habían conseguido enfurecer a sus maestros. Habría un viaje fuera de la ciudad, hacia las aldeas de la periferia y al norte hasta la ciudad de Hearth, donde aguardaba otro orfanato. Después de esto, había un barco amarrado en la orilla de Firemarsh.

Era una ruta que llevaría por lo menos dos días de viaje y Sofía no dudaba que las condiciones serían horribles. El sol de la mañana ya estaba convirtiendo el carro en un lugar de calor, sudor y desesperación. Para cuando el sol alcanzara su cénit, Sofía dudaba incluso que pudiera pensar.

—¿Ayuda! —gritaba Mellis a la gente de la calle. Evidentemente, ella era más valiente que Sofía—. ¿No veis lo que está pasando? Tú, Benna, tú me conoces. ¡Haz algo!

La gente que había allí continuaba pasando de largo y Sofía veía lo inútil que era. A nadie le importaba o, si lo hacía, nadie pensaba que realmente pudiera hacer algo. No iban a quebrantar la ley por el bien de unas cuantas chicas compradas que no eran diferentes a todas las demás que se habían vendido en la ciudad a lo largo de los años. Probablemente, al menos algunos de ellos tenían a sus propias sirvientas o aprendices compradas. Simplemente gritar para pedir ayuda no funcionaría.

Sin embargo, Sofía tenía una opción que podría funcionar.

—Sé que no queréis meteros —exclamó—, pero si lleváis un mensaje al Príncipe Sebastián y le decís que Sofía está aquí, no tengo ninguna duda de que os recompensará por…

—¿Ya es suficiente! —gritó Meister Karg, golpeando con el mango de su látigo de cochero en las barras. Pero Sofía sabía lo que le aguardaba si se quedaba callada y, sencillamente, no podía aceptarlo. Se le ocurrió que la gente de la calle podrían no ser los adecuados para pedir ayuda.

—¿Y usted? —le gritó Sofía—. Podría llevarme hasta Sebastián. Esta en esto solo para hacer dinero, ¿verdad? Bueno, él podría darle un beneficio por mí fácilmente y usted tendría el reconocimiento de un príncipe del reino. Me quería como prometida hace dos días. Pagaría por mi libertad.

Podía ver los pensamientos de Meister Karg al considerarlo. Esto quiso decir que retrocedió en el instante antes de que el mango del látigo golpeara de nuevo las barras.

—Lo más probable es que te tomara y no pagara ni una moneda doblada por ti —dijo el esclavista—. Eso si te quiere. No, haré dinero contigo de la forma segura. Hay muchos hombres que querrán tener su turno contigo. Quizás pruebe yo cuando paremos.

Lo peor era que Sofía veía que lo decía en serio. Indudablemente estaba pensando en ello cuando el carro se puso de nuevo en marcha con un retumbo, en dirección a la periferia de la ciudad. En la parte posterior del carro, Sofía hacía todo lo que podía para cerrar su mente ante aquella expectativa. Se apiñó con las demás y sintió el alivio de que fuera a ella y no a ellas a quien el hombre gordo escogiera esta noche.

«Catalina» —suplicó por lo que pareció la centésima vez. Por favor, necesito tu ayuda».

Al igual que todas las otras veces, la llamada no fue respondida. Se fue a la deriva en la oscuridad del mundo, y Sofía no tenía modo de saber tan solo si había llegado al objetivo previsto. Estaba sola y eso era aterrador, pues sola Sofía sospechaba que no podía hacer nada para detener todas las cosas que iban a suceder a continuación.




CAPÍTULO SIETE


Catalina entrenó hasta no estar segura de si podía aguantar más muertes. Practicaba con espadas y palos, disparaba arcos y lanzaba puñales. Corría y saltaba, se escondía y mataba desde la sombra. Su mente estaba todo el tiempo en el círculo de árboles y en la espada que había en el centro.

Todavía sentía el dolor de sus heridas. Siobhan había vendado los arañazos de las espinas y el agujero más profundo con hierbas para que ayudaran a curar, pero no habían hecho nada para evitar que doliera a cada paso.

—Debes aprender a tratar el dolor —dijo Siobhan—. No dejes que nada te distraiga de tus objetivos.

—Conozco el dolor —dijo Catalina. Por lo menos, la Casa de los Abandonados le había enseñado esto. Había habido momentos en los que esta parecía la única lección que aquel lugar podía ofrecer.

—Entonces debes aprender a usarlo —dijo Siobhan—. Nunca tendrás los poderes de los de mi especie, pero si puedes llegar a una mente, puedes distraerla, puedes calmarla.

Entonces Siobhan convocó formas fantasmales de animales: osos y gatos del bosque con manchas, lobos y halcones. Atacaban a Catalina con una velocidad inhumana, sus garras eran tan mortíferas como espadas, sus sentidos podían encontrarla aunque se escondiera. El único modo de ahuyentarlos era lanzar pensamientos en su dirección, el único modo de esconderse de ellos, de tranquilizarlos hasta que se quedaran dormidos.

Evidentemente, Siobhan no se lo enseñó con paciencia, simplemente la hizo matar y matar hasta que aprendió las habilidades que necesitaba.

Pero aprendió. Poco a poco, con el constante dolor del fracaso, aprendió las habilidades que necesitaba del mismo modo que había aprendido a esconderse y luchar. Aprendió a ahuyentar a los halcones con destellos de pensamiento, y a calmar su pensamiento tan plenamente que a los lobos les parecía que ella era algo inanimado. Incluso aprendió a tranquilizar a los osos, sosegándolos hasta dormirlos con el equivalente mental de una canción de cuna.

Durante todo el proceso Siobhan la observaba, sentada en ramas de por allí cerca o siguiéndola cuando corría. Nunca parecía tener la velocidad de Catalina, pero siempre estaba allí cuando Catalina acababa, saliendo de detrás de los árboles o de dentro de los huecos sombríos de los matorrales.

—¿Te gustaría probar el círculo de nuevo? —preguntó Siobhan, mientras el sol iba subiendo hacia el cielo.

Catalina frunció el ceño al escucharlo. Lo deseaba, más que cualquier otra cosa, pero también sentía el miedo que eso traía consigo. Miedo de lo que podría suceder. Miedo de más dolor.

—¿Piensas que estoy preparada? —preguntó Catalina.

Siobhan extendió las manos.

—¿Quién sabe? —replicó—. Y tú, ¿piensas que estás preparada? En el círculo encuentras lo que tú traes hasta él. Recuérdalo cuando estés allí.

En algún momento, se había tomado una decisión sin que Catalina se diera ni cuenta. Iba a probar de nuevo el círculo, al parecer. Sus heridas, que todavía estaban sanando, le dolían con tan solo pensarlo. Aun así, atravesó el bosque al lado de Siobhan, intentando concentrarse.

—Cada miedo que tengas te frena —dijo Siobhan—. Estás en un camino de violencia y, para andarlo, no debes mirar ni a la izquierda ni a la derecha. No debes dudar, por el miedo, por el dolor, por la debilidad. Los habrá que estarán durante años hasta hacerse uno con los elementos, o se dudarán acerca de la palabra con la que influir. En tu camino, lo que debes hacer es actuar.

Llegaron al borde del círculo y Catalina se lo pensó. Estaba vacío salvo por la espada, pero Catalina sabía lo rápido que eso podía cambiar. Atravesó lentamente las espinas, sin agitar las plantas ahora que se colaba entre ellas, dirigiéndose lentamente hacia el círculo. Se coló con todo el sigilo que había aprendido.

Su otra versión estaba allí esperando cuando ella la localizó, espada en mano, con la mirada fija en Catalina.

—¿Pensabas que podías simplemente colarte y cogerla? —su segundo yo exigió—. ¿Te daba miedo luchar contra mí otra vez, niña?

Catalina fue hacia delante, con su propia arma preparada. No decía anda, pues hablar no le había traído nada bueno la última vez. En cualquier caso, a ella no se le daba bien hablar. Sofía lo hacía mejor. Probablemente, si ella hubiera estado allí, ya hubiera convencido a la segundo versión de sí misma para que entregara la espada.




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