Una Corona para Los Asesinos
Morgan Rice


La imaginación de Morgan Rice no tiene límites. En otra serie que promete ser tan entretenida como las anteriores, UN TRONO PARA LAS HERMANAS nos presenta la historia de dos hermanas (Sofía y Catalina), huérfanas, que luchan por sobrevivir en el cruel y desafiante mundo de un orfanato. Un éxito inmediato. ¡Casi no puedo esperar a hacerme con el segundo y tercer libros!--Books and Movie Reviews (Roberto Mattos)¡La nueva serie de fantasía épica #1 en ventas de Morgan Rice!En UNA CORONA PARA LOS ASESINOS (Un Trono para Las Hermanas—Libro Siete), Sofía, Catalina y Lucas por fin tienen la oportunidad de viajar en busca de sus padres, que hace tiempo perdieron. ¿Los encontrarán?¿Están vivos?Pero el viaje exige un precio. Ashton se queda sin gobernante y el Maestro de los Cuervos todavía está a la espera, preparado para atacar. Cuando el destino del reino está en la cuerda floja, la ayuda puede venir del lugar más improbable de todos: el Hogar de Piedra.UNA CORONA PARA LOS ASESINOS (Un Trono para Las Hermanas—Libro Siete) es es el libro #7 de una nueva y sorprendente serie de fantasía llena de amor, desamor, tragedia, acción, aventura, magia, espadas, brujería, dragones, destino y un emocionante suspense. Un libro que no podrás dejar, lleno de personajes que te enamorarán y un mundo que nunca olvidarás.Pronto saldrá el libro #8 de la serie. poderoso principio para una serie  mostrará una combinación de enérgicos protagonistas y desafiantes circunstancias para implicar plenamente no solo a los jóvenes adultos, sino también a admiradores de la fantasía para adultos que buscan historias épicas avivadas por poderosas amistades y rivales.--Midwest Book Review (Diane Donovan)







UNA CORONA PARA LOS ASESINOS



(UN TRONO PARA LAS HERMANAS -- LIBRO 7)



MORGAN RICE


Morgan Rice



Morgan Rice tiene el #1 en éxito de ventas como el autor más exitoso de USA Today con la serie de fantasía épica EL ANILLO DEL HECHICERO, compuesta de diecisiete libros; de la serie #1 en ventas EL DIARIO DEL VAMPIRO, compuesta de doce libros; de la serie #1 en ventas LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA, novela de suspense post-apocalíptica compuesta de tres libros; de la serie de fantasía épica REYES Y HECHICEROS, compuesta de seis libros; de la serie de fantasía épica DE CORONAS Y GLORIA, compuesta de 8 libros; de la nueva serie de fantasía épica UN TRONO PARA LAS HERMANAS, compuesta de ocho libros (y subiendo); y de la nueva serie de ciencia ficción LAS CRÓNICAS DE LA INVASIÓN. Los libros de Morgan están disponibles en audio y ediciones impresas y las traducciones están disponibles en más de 25 idiomas.



A Morgan le encanta escucharte, así que, por favor, visita www.morganrice.books (http://www.morganrice.books/) para unirte a la lista de correo, recibir un libro gratuito, recibir regalos, descargar la app gratuita, conocer las últimas noticias, conectarte con Facebook o Twitter ¡y seguirla de cerca!


Algunas opiniones sobre Morgan Rice



«Si pensaba que no quedaba una razón para vivir tras el final de la serie EL ANILLO DEL HECHICERO, se equivocaba. En EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES Morgan Rice consigue lo que promete ser otra magnífica serie, que nos sumerge en una fantasía de trols y dragones, de valentía, honor, coraje, magia y fe en el destino. Morgan ha conseguido de nuevo producir un conjunto de personajes que nos gustarán más a cada página… Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores que disfrutan de una novela de fantasía bien escrita».

--Books and Movie Reviews

Roberto Mattos



«Una novela de fantasía llena de acción que seguro satisfará a los fans de las anteriores novelas de Morgan Rice, además de a los fans de obras como EL CICLO DEL LEGADO de Christopher Paolini… Los fans de la Ficción para Jóvenes Adultos devorarán la obra más reciente de Rice y pedirán más».

--The Wanderer, A Literary Journal (sobre El despertar de los dragones)



«Una animada fantasía que entrelaza elementos de misterio e intriga en su trama. La senda de los héroes trata sobre la forja del valor y la realización de un propósito en la vida que lleva al crecimiento, a la madurez, a la excelencia… Para aquellos que buscan aventuras fantásticas sustanciosas, los protagonistas, las estrategias y la acción proporcionan un fuerte conjunto de encuentros que se centran en la evolución de Thor desde que era un niño soñador hasta convertirse en un joven adulto que se enfrenta a probabilidades de supervivencia imposibles… Solo el comienzo de lo que promete ser una serie épica para jóvenes adultos».

--Midwest Book Review (D. Donovan, eBook Reviewer)



«EL ANILLO DEL HECHICERO tiene todos los ingredientes para ser un éxito inmediato: conspiraciones, tramas, misterio, caballeros valientes e incipientes relaciones repletas de corazones rotos, engaño y traición. Lo entretendrá durante horas y satisfará a personas de todas las edades. Recomendado para la biblioteca habitual de todos los lectores del género fantástico».

-Books and Movie Reviews, Roberto Mattos

«En este primer libro lleno de acción de la serie de fantasía épica El anillo del hechicero (que actualmente cuenta con 14 libros), Rice presenta a los lectores al joven de 14 años Thorgrin “Thor” McLeod, cuyo sueño es alistarse en la Legión de los Plateados, los caballeros de élite que sirven al rey… La escritura de Rice es de buena calidad y el argumento intrigante».

--Publishers Weekly


Libros de Morgan Rice



OLIVER BLUE Y LA ESCUELA DE VIDENTES

LA FÁBRICA MÁGICA (Libro #1)

LA ESFERA DE KANDRA (Libro #2)

LOS OBSIDIANOS (Libro #3)

EL CETRO DE FUEGO (Libro #4)



LAS CRÓNICAS DE LA INVASIÓN

TRANSMISIÓN (Libro #1)

LLEGADA (Libro #2)

ASCENSO (Libro #3)



EL CAMINO DEL ACERO

SOLO LOS DIGNOS (Libro #1)

SOLO LOS VALIENTES (Libro #2)



UN TRONO PARA LAS HERMANAS

UN TRONO PARA LAS HERMANAS (Libro #1)

UNA CORTE PARA LOS LADRONES (Libro #2)

UNA CANCIÓN PARA LOS HUÉRFANOS (Libro #3)

UN CANTO FÚNEBRE PARA LOS PRÍNCIPES (Libro #4)

UNA JOYA PARA LA REALEZA (Libro #5)

UN BESO PARA LAS REINAS (Libro #6)

UNA CORONA PARA LAS ASESINAS (Libro #7)



DE CORONAS Y GLORIA

ESCLAVA, GUERRERA, REINA (Libro #1)

CANALLA, PRISIONERA, PRINCESA (Libro #2)

CABALLERO, HEREDERO, PRÍNCIPE (Libro #3)

REBELDE, POBRE, REY (Libro #4)

SOLDADO, HERMANO, HECHICERO (Libro #5)

HÉROE, TRAIDORA, HIJA (Libro #6)

GOBERNANTE, RIVAL, EXILIADO (Libro #7)

VENCEDOR, DERROTADO, HIJO (Libro #8)



REYES Y HECHICEROS

EL DESPERTAR DE LOS DRAGONES (Libro #1)

EL DESPERTAR DEL VALIENTE (Libro #2)

EL PESO DEL HONOR (Libro #3)

UNA FORJA DE VALOR (Libro #4)

UN REINO DE SOMBRAS (Libro #5)

LA NOCHE DEL VALIENTE (Libro #6)



EL ANILLO DEL HECHICERO

LA SENDA DE LOS HÉROES (Libro #1)

LA MARCHA DE LOS REYES (Libro #2)

EL DESTINO DE LOS DRAGONES (Libro #3)

UN GRITO DE HONOR (Libro #4)

UN VOTO DE GLORIA (Libro #5)

UNA CARGA DE VALOR (Libro #6)

UN RITO DE ESPADAS (Libro #7)

UNA SUBVENCIÓN DE ARMAS (Libro #8)

UN CIELO DE HECHIZOS (Libro #9)

UN MAR DE ARMADURAS (Libro #10)

UN REINO DE HIERRO (Libro #11)

UNA TIERRA DE FUEGO (Libro #12)

UN MANDATO DE REINAS (Libro #13)

UNA PROMESA DE HERMANOS (Libro #14)

UN SUEÑO DE MORTALES (Libro #15)

UNA JUSTA DE CABALLEROS (Libro #16)

EL DON DE LA BATALLA (Libro #17)



LA TRILOGÍA DE SUPERVIVENCIA

ARENA UNO: TRATANTES DE ESCLAVOS (Libro #1)

ARENA DOS (Libro #2)

ARENA TRES (Libro #3)



LA CAÍDA DE LOS VAMPIROS

ANTES DEL AMANECER (Libro #1)



EL DIARIO DEL VAMPIRO

TRANSFORMACIÓN (Libro #1)

AMORES (Libro #2)

TRAICIONADA (Libro #3)

DESTINADA (Libro #4)

DESEADA (Libro #5)

COMPROMETIDA (Libro #6)

JURADA (Libro #7)

ENCONTRADA (Libro #8)

RESUCITADA (Libro #9)

ANSIADA (Libro #10)

CONDENADA (Libro #11)

OBSESIONADA (Libro #12)


¿Sabías que he escrito múltiples series? ¡Si no has leído todas mis series, haz clic en la imagen de abajo para descargar el principio de una serie!









¿Quieres libros gratuitos?

Suscríbete a la lista de correo de Morgan Rice y recibe 4 libros gratis, 3 mapas gratis, 1 app gratis, 1 juego gratis, 1 novela gráfica gratis ¡y regalos exclusivos! Para suscribirte, visita:

www.morganricebooks.com (http://www.morganricebooks.com)



Derechos Reservados © 2018 por Morgan Rice. Todos los derechos reservados. A excepción de lo permitido por la Ley de Derechos de Autor de EE.UU. de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida en forma o medio alguno ni almacenada en una base de datos o sistema de recuperación de información, sin la autorización previa de la autora. Este libro electrónico está disponible solamente para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido ni regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, tiene que adquirir un ejemplar adicional para cada uno. Si está leyendo este libro y no lo ha comprado, o no lo compró solamente para su uso, por favor devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta escritora. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes, son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es totalmente una coincidencia.


ÍNDICE



CAPÍTULO UNO (#ub59d3f4c-12a8-537d-93ba-13f1cfd680fb)

CAPÍTULO DOS (#u2792c5cb-e26e-57a1-83c7-f4013e73228f)

CAPÍTULO TRES (#ubdc1e8cc-f02b-5745-927f-5c92fdac4afc)

CAPÍTULO CUATRO (#u69b7e061-560f-571f-899f-dae374ffc58f)

CAPÍTULO CINCO (#ufc781fc8-5c27-57a5-9aac-abc9bd5e7956)

CAPÍTULO SEIS (#udc5f5880-6d08-5730-9bac-4cb40ddad259)

CAPÍTULO SIETE (#u03bb3ff3-3b3c-5e56-a424-08e80ea94bf2)

CAPÍTULO OCHO (#u5a21758c-1cb6-5e3e-bc97-d59489e85530)

CAPÍTULO NUEVE (#u92280e09-0498-5e7f-9762-49b23e77e90d)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)




CAPÍTULO UNO


Sofía se encontraba ante la Asamblea e intentaba no sentirse agobiada por todo aquel esplendor, o por todo lo que estaba previsto para aquel día. A su alrededor, los nobles vestían la clase de ropa elegante que había tenido ocupados durante semanas a los sastres y las modistas de Ashton, mientras que los soldados vestían sus mejores uniformes.

Evidentemente, no solo estaba la nobleza. Ahora la Asamblea de los Nobles era una asamblea de todo el mundo, con los habitantes de la ciudad sentados en los bancos, vestidos con lo que habían podido encontrar para la ocasión.

—Siento que no voy bien vestida para la ocasión —le dijo Sofía a Catalina, que le ofreció el brazo para que se apoyara. Su vestido, de un blanco sencillo que parecía casi liso al lado del oro y las joyas, las sedas y el brocado, e incluso después de los arreglos que habían hecho las modistas de la ciudad, se tensaba para tapar el bulto de su embarazo. A su lado, Sienne, el gato del bosque, se apretaba contra ella con un suave ronroneo.

—Es el día de tu boda —dijo Catalina—. Por definición, eres la mujer más bella de la sala.

—Es el día de nuestra boda —puntualizó Sofía, aunque cualquiera que las viera no lo hubiera dicho viendo a su hermana. Catalina llevaba un uniforme militar y Sofía dudaba que nadie se hubiera atrevido a sugerirle un vestido de boda.

—Solo que primero está el pequeño detalle de tu coronación —dijo Catalina con una sonrisa.

Sofía respiró hondo con cuidado y notó que la niña que tenía en su interior se movía. Eso la hizo sonreír. Después de tantas semanas, aún le costaba creer que pronto sería madre.

—¿Estás preparada? —dijo Catalina.

Sofía asintió.

—Lo estoy.

Catalina la acompañó hacia fuera y los vítores de la multitud que esperaba golpeó a Sofía como un muro de ruido. Allí había mucha gente. Sofía los oía y se sentía rodeada por la presencia de sus pensamientos. Notó que un mensaje mental de alegría de aquellos que tenían los mismos dones que ella se colaba entre el resto, aunque había bastantes.

—Ojalá Cora y Emelina pudieran estar aquí —dijo Sofía.

—Regresarán en cuanto convenzan a los líderes del Hogar de Piedra para que salgan de su escondite otra vez —la tranquilizó Catalina.

En parte, Sofía esperaba que se quedaran tras la batalla con uno de los suyos en el trono.

«Pensaba que se quedarían» —mandó Sofía a su hermana.

Catalina encogió los hombros.

«Están acostumbrados a esconderse y la mayoría tienen su vida en el Hogar de Piedra. Cora y Emelina harán que vuelvan. Y ahora vámonos, tu carruaje te espera».

Así era y la idea de que ir en procesión a su boda en un carruaje cubierto de oro fue suficiente para hacer reír a Sofía. Si le hubieran dicho que su boda sería así cuando era pequeña, no lo hubiera creído. Aun así, el carruaje era necesario. Sofía no estaba segura de poder hacer el trayecto hasta la plaza principal del pueblo a pie en ese momento sin llegar agotada, así que Catalina y ella subieron al carruaje, tirado por cuatro caballos blancos que trotaban de forma majestuosa. Mientras tanto, todos los miembros de la Asamblea les seguían, demostrando con sus vítores que estaban con ellas.

«Ojalá estuvieran así de unidos cuando discuten» —mandó Sofía a Catalina.

«Has conseguido hacer mucho» —le respondió Catalina—. Algo debes de estar haciendo bien.

Pero Sofía no estaba segura de cuánto había conseguido hasta el momento. Bueno, había hecho sus declaraciones al final de la batalla de Ashton y esperaba haber mejorado la vida de la gente, pero la vida en el reino era complicada. Parecía que para cada propuesta que hacía, había un montón de objeciones, sugerencias y recomendaciones.

Un ejemplo era la reconstrucción de Ashton tras la batalla. Mirando hacia fuera desde su carruaje, Sofía veía los edificios a medio reconstruir, soldados que se habían convertido en obreros mientras trabajaban en la ciudad, aunque cada día parecía traer un debate nuevo sobre si este edificio era más adecuado que aquel otro, o a quién pertenecía la tierra, o quién debía hacer el trabajo ahora que el trabajo por contrato de los sirvientes ya no era una opción.

«Hay una cosa que he conseguido» —mandó Sofía mientras pasaban por delante de un grupo de hombres que llevaban sus marcas de propiedad al descubierto en las pantorrillas, sin que nadie los molestara o intentara darles órdenes ahora que eran libres—. «Si no hago nada más, con esto valdrá».

«Yo creo que harás mucho más» —le aseguró Catalina.

A su alrededor, la multitud continuaba lanzando gritos de alegría. Sonaba música por todas partes, pues los artistas callejeros se unieron a la celebración. Lord Cranston y sus hombres desfilaban y se unieron al desfile a un paso perfecto mientras se dirigían hacia la plaza. Alguien tiró algo y Catalina lo cogió, con mirada recelosa, pero solo era una flor. Sofía se rio y la metió lo mejor que pudo entre los cortos bucles del pelo de su hermana.

—Voy a hacer alguna cosa para hacer que parezcas una novia —dijo Sofía.

—Para eso, ¿no deberíamos llevar máscaras las dos?

—No —dijo Sofía con firmeza. Esa era una cosa que había dejado clara, por la misma razón que nada de esto tendría lugar en el interior de la Iglesia de la Diosa Enmascarada, sino en la plaza de detrás.

Esa plaza estaba tan abarrotada de gente que hizo falta que los soldados mantuvieran un espacio libre en el centro. Allí había una plataforma preparada, engalanada con sedas, con un trono dispuesto sobre un altar. Allí estaba la actual suma sacerdotisa de la Diosa Enmascarada, junto con Hans y Jan, los primos de Sofía y Catalina; Frig y Ulf estaban en las tierras de la montaña, mientras que Rika, Oli y Endi habían vuelto a Ishjemme.

Lucas también estaba allí, resplandeciente con su vestimenta de seda, y parecía estar encantado por sus hermanas e increíblemente nervioso a la vez.

«¿Tienes la sensación de que solo quiere quitarse esto de encima para poder ir a buscar a nuestros padres» —mandó Sofía a Catalina.

«Para que podamos» —la corrigió Catalina—. «Debe de ser difícil esperar así, ahora que sabe dónde buscar y sin tan solo tener la expectativa de una boda para pasar el tiempo».

«Si alguna de vosotras cree que estoy poco menos que feliz por vosotras, se equivoca. No me perdería este día por » —les mandó Lucas a las dos—. «¿Estás preparada para ser reina, Sofía?»

Como respuesta, Sofía se bajó del carruaje y se dirigió al escenario dando largos pasos mientras la multitud aclamaba. Se dio la vuelta y miró a la gente que estaba allí reunida, sintiendo la alegría y la esperanza por su parte. Sabía que esperaban que ella hablara.

—Hace unas semanas, tomé Ashton por la fuerza —dijo—. Tomé decisiones como reina porque tenía un ejército que me respaldaba. Después fui hasta la Asamblea de los Nobles y les expuse mi caso. Aceptaron que yo fuera la reina porque mi sangre me daba derecho a ello. Hoy voy a ser coronada, pero ninguna de estas cosas parece suficiente. Por eso os pregunto: ¿me queréis a mí como vuestra reina?

Cuando vino la respuesta en forma de clamor, Sofía se dirigió hacia el trono y se sentó en él. Hans se acercó con una corona, algo delicado cuyo hilos de platino y oro se entrelazaban para parecer enredaderas, con flores enjoyadas colocadas a lo largo de su circunferencia. Se la pasó a la suma sacerdotisa de la Diosa Enmascarada. Esta era una parte de la ceremonia de la que Sofía hubiera prescindido, pero si iba a reunificar Ashton entera, debía demostrar que estaba dispuesta a aceptar a toda su gente, incluidos los muchos seguidores de la Iglesia Enmascarada.

—Por el poder que me otorga la Diosa Enmascarada —dijo la suma sacerdotisa y se detuvo como si recordara que debía decir más—, por el derecho de su linaje, la autoridad de la Asamblea y… al parecer, la voluntad del pueblo, yo te nombro a ti, Sofía, reina de este reino.

Los vítores al colocar la corona sobre la cabeza de Sofía fueron casi ensordecedores. Sofía echó un vistazo a las caras sonrientes de la gente que le importaba y supo que había muy pocas cosas que pudieran hacerla más feliz.

Excepto, evidentemente, la boda que venía a continuación.



***



Sebastián estaba en la entrada del templo de la Diosa Enmascarada, deseando haber podido estar con Sofía en el momento en que la coronaran. Pero eso hubiera sido romper demasiado la tradición, dado lo que estaban a punto de hacer.

—¿Nervioso? —le preguntó a Will, que estaba a su lado vestido con su uniforme de soldado. Su familia estaría en algún lugar entre la multitud. Una parte de Sebastián deseaba que su familia también estuviera aún allí para ver este momento, a pesar de todo lo que le habían hecho al reino, a él y a Sofía.

—Aterrorizado —le aseguró Will—. ¿Y tú?

Sebastián sonrió.

—Yo estoy feliz de que todo esto esté pasando, después de todo lo que hubo antes.

Sonaron las trompetas, que le avisaban de que era el momento de avanzar y unirse en matrimonio a la mujer que amaba. Avanzó entre la multitud, su atuendo era tan sencillo como el de Sofía, la segunda mitad que completaba un todo. La gente se apartaba para dejarlo pasar y a Sebastián aún le sorprendía un poco la buena voluntad que parecían tener hacia él a pesar de los rumores que habían empezado con él, y a pesar de todo lo que había hecho su familia a lo largo de los años.

Subió a la plataforma y se puso sobre una rodilla, con la cabeza agachada en reconocimiento a su recién proclamada reina. Sofía se rio, se levantó y tiró de él para que se pusiera de pie.

—No tienes por qué hacerlo —dijo ella—. Tú no tienes que hacerme una reverencia nunca.

—Pero lo hago —respondió Sebastián—. Quiero que la gente sepa que este reino es tuyo. Que la reina eres tú.

—Y pronto tú serás mi rey a mi lado —dijo Sofía. Parecía que quería besarlo y, desde luego, Sebastián quería besarla a ella, pero eso tendría que esperar.

La suma sacerdotisa hizo un pequeño ruido de enfado, como para recordarles que había una boda a la espera.

—Estamos hoy reunidos para presenciar la boda de la Reina Sofía de la Casa Danse con el Príncipe Sebastián de la Casa Flamberg. Están desenmascarados a la vista de la diosa y el uno ante el otro.

Convenientemente omitió la parte en la que ninguno de ellos había seguido la ceremonia tradicional desde el principio. Sebastián lo dejó pasar. El hecho de que se iba a casar con la mujer que amaba era lo único que importaba.

—Ahora la Reina Sofía me dice que desea decir unas palabras en este momento —dijo la suma sacerdotisa—. ¿Su Majestad?

Sofía alargó el brazo para tocar la cara de Sebastián y, en aquel instante, la multitud estaba tan en silencio que la brisa transportaba sus palabras.

—Cuando te conocí —dijo—, no sabía quién era. No sabía cuál era mi lugar en el mundo, o si lo tenía. Pero sabía que te amaba. Esa parte era una constante. Esa parte no ha cambiado. Te amo, Sebastián, y quiero pasar el resto de mi vida contigo.

A continuación, era el turno de Sebastián, pero no se había preparado lo que tenía que decir. Pensaba que cuando llegara el momento lo sabría y así fue.

—Hemos pasado mucho —dijo Sebastián—. Ha habido momentos en los que pensaba que te había perdido y momentos en los que sabía que no te merecía. Intenté seguirte más allá del reino y, al final, fuiste tú la que me encontró a mí aquí. Te amo, Sofía. —Hizo una pausa durante un instante y sonrió—. Nunca pensé que sería yo el que se casaría con alguien de la realeza.

La suma sacerdotisa les cogió las manos y colocó una sobre la otra. El corazón de Sebastián latía a toda velocidad por los nervios. Normalmente, este era el momento en el que los declaraba marido y mujer, pero así no era como Sofía quería las cosas.

En su lugar, sonaron los cuernos.



***



Catalina miró hacia la entrada de la Iglesia de la Diosa Enmascarada, incapaz de contener su emoción por más tiempo. En cualquier otro momento, la coronación y la boda de su hermana ya hubieran hecho de este uno de los mejores días de su vida, pero ahora parecía que ella ya había esperado lo suficiente. Observaba con gran expectación como Will avanzaba.

Ninguno de ellos se veía tan majestuoso como Sofía y Sebastián, pero a Catalina ya le iba bien. Ellos eran soldados, no gobernantes. Le bastaba con que Will fuera el mismo chico guapo que había visto por primera vez cuando este había ido de visita a la forja de sus padres.

Marchó hacia la plataforma y, a medio camino de su trayecto, Lord Cranston y sus hombres desenfundaron sus espadas y formaron un arco de acero bajo el que pasó Will. A Catalina le alegró verlo y le alegraba que estuvieron todos vivos todavía tras las batallas que habían librado.

Will subió a la plataforma y Catalina le agarró ella misma la mano, sin esperar a que una vieja sacerdotisa mustia decidiera que era el momento.

—Cuando te conocí —dijo Will—, pensé que eras testaruda y terca y que era posible que hicieras que nos mataran a los dos. Me preguntaba qué clase de chica había venido a la forja de mis padres. Ahora sé que eres todas esas cosas, Catalina, y esta es solo una parte de lo que te hace tan increíble. Quiero ser tu marido hasta que las estrellas se apaguen tanto que no te pueda ver, o hasta que sea yo el que se apague tanto que empiece a frenarte a ti.

—Tú no me frenas —respondió Catalina—. En primer lugar, mi corazón late más rápido con solo mirarte. Ojalá te pudiera prometer que me asentaré contigo y que haremos las cosas con paz, pero ambos sabemos que el mundo no funciona así. La guerra puede llegar incluso en el momento más feliz y no es propio de mí quedarme sin hacer nada ante ella. Aun así, hasta que una espada, un arco o la edad avanzada nos reclame, quiero que seas mío.

No era la promesa tradicional, pero era lo que había en el corazón de Catalina y ella sospechaba que esta era la parte que contaba. La suma sacerdotisa no parecía especialmente impresionada, pero desde la posición de Catalina, eso era sencillamente una ventaja añadida.

—Ahora que hemos oído vuestras promesas mutuas, te pregunto a ti, Sofía de la Casa Danse, ¿tomas a Sebastián de la Casa Flamberg como tu esposo?

—Lo tomo —dijo Sofía, que estaba al lado de Catalina.

—Y tú, Catalina de la casa Danse, ¿tomas a Will… hijo de Tomás el herrero, como tu esposo?

—¿No es lo que acabo de decir? —puntualizó Catalina, intentando no reírse de que la anciana no fuera capaz de comprender que el hijo de un herrero no tuviera una casa con nombre—. De acuerdo, de acuerdo, lo tomo.

—Sebastián de la Casa Flamberg, ¿tomas a Sofía de la Casa Danse como tu esposa?

—La tomo —dijo Sebastián.

—Y tú, Will, ¿tomas a Catalina de la Casa Danse como tu esposa?

—La tomo —dijo y parecía más feliz de lo que Catalina sospechaba que alguien pudiera estarlo ante la expectativa de unirse a ella de por vida.

—Entonces tengo el placer de declarar que sois uno, unidos ante los ojos de la diosa —entonó la sacerdotisa.

Pero Catalina no la oía. A esas alturas, estaba demasiado ocupada besando a Will.




CAPÍTULO DOS


El Maestro de los Cuervos observaba a su flota con satisfacción mientras esta navegaba hacia la tierra de la costa norte de lo que había sido el reino de la Viuda. La flota invasora era como una mancha de sangre en el agua, los cuervos volaban por encima en grandes bandadas que parecían más nubes de tormenta.

Más adelante se encontraba un pequeño puerto pesquero, apenas un punto de partida adecuado para su campaña, pero después del tiempo que habían pasado en el mar, esta sería una muestra de bienvenida de las cosas que estaban por llegar. Los barcos se detuvieron, a la espera de su señal y el Maestro de los Cuervos se quedó quieto por un instante para apreciar toda aquella belleza, la paz de la orilla iluminada por el sol.

Movió la mano con desinterés y susurró, a sabiendas de que cien córvidos graznarían sus palabras a sus capitanes.

—Que empiece.

Los barcos empezaron a avanzar como las piezas individuales de una hermosa máquina mortal, cada uno se colocaba en el lugar que le había sido asignado mientras se dirigían hacia la orilla. El Maestro de los Cueros imaginaba que los capitanes estarían compitiendo entre ellos para ver quién podía llevar a cabo sus obligaciones con más precisión, para intentar satisfacerlo con la obediencia de sus cuervos. Parecían no aprender nunca que a él le importaban pocas cosas, excepto la muerte que estaba por llegar.

—Habrá muerte —murmuró cuando uno de sus animalitos se posó sobre su hombro—. Habrá tanta muerte como para anegar el mundo.

El cuervo le dio la razón con un graznido, tan bien como pudo. Sus criaturas se habían alimentado bien en las últimas semanas, las muertes de la batalla de Ashton todavía llenaban sus arcas de poder, mientras nuevas muertes brotaban del imperio del Nuevo Ejército a diario.

—Hoy habrá más —dijo con una sonrisa sombría mientras los soldados y los aspirantes a soldado formaban filas en la orilla para defender su hogar.

Sonaron los cañones, los primeros disparos resonaron en el agua, los estruendos de su impacto reverberaron. Pronto el aire se llenaría de humo, de modo que el sería el único que podría ver lo que estaba sucediendo, gracias a sus pájaros. Pronto, sus hombres tendrían que confiar en sus órdenes por completo.

—Di a la tercera compañía que se abra un poco más —dijo a uno de sus ayudantes—. Eso evitará que escapen costa arriba.

—Sí, mi señor —respondió el joven.

—Tened preparada una barca de desembarco también para mí.

—Sí, mi señor.

—Y recuerda mis órdenes a los hombres: mataremos sin piedad a aquel que se resista.

—Sí, mi señor —repitió el ayudante.

Como si los capitanes del Maestro de los Cuervos necesitaran que se las recordaran. A estas alturas ya conocían sus normas, sus deseos. Se sentó en la cubierta de su buque insignia y observó cómo las balas de cañón chocaban contra la carne y los hombres caían bajo la cortina de fuego de los mosquetes. Finalmente, decidió que era el momento óptimo y se dirigió, mientras comprobaba sus armas, hacia la barca de desembarco que ya estaban bajando.

—Remad —les ordenó a los hombres y estos remaban con esfuerzo, luchando por llevarlo hasta la orilla con sus tropas.

Alzó una mano cuando sus cuervos se lo advirtieron y los hombres dejaron de remar, a tiempo para que la bala de un viejo cañón impactara delante de ellos en el agua.

—Continuad.

La barca de desembarco se deslizó por las olas y, a pesar de la potencia avasallante de las fuerzas del Nuevo Ejército, algunos de los hombres que estaban a la espera se lanzaron al ataque. El Maestro de los Cuervos saltó al muelle a su encuentro, con las espadas en alto.

Le atravesó el pecho a uno y, a continuación, se apartó cuando otro blandió la espada hacia él. Paró un golpe y mató a otro hombre con la eficiencia despreocupada que da una larga práctica. Estos hombres eran unos estúpidos si pensaban que podían derrotarlo, o incluso hacerle daño. Solo lo habían conseguido dos personas en mucho tiempo, y tanto Catalina Danse como su odioso hermano morirían por ello con el tiempo.

Por ahora, esto era más una matanza que una lucha y el Maestro de los Cuervos gozaba con ello. Hacía cortes y daba estocadas, liquidando enemigos con cada movimiento. Cuando vio a una mujer joven intentando escapar, se detuvo para desenfundar una pistola y le disparó en la espalda. Después, continuó con su trabajo más urgente.

—Por favor —suplicó un hombre, tirando su espalda al suelo en señal de rendición. El maestro de los Cuervos lo destripó y, a continuación, se dirigió al siguiente.

La matanza era tan inevitable como absoluta. Una milicia mal armada y desperdigada no podía ni empezar a tener esperanzas de defenderse contra tantos rivales. Todo se hizo muy rápidamente y costaba imaginar qué habían intentado conseguir resistiéndose. Seguramente, algo tendría que ver con el honor o alguna otra tontería.

—Oh —dijo para sí mismo el Maestro de los Cuervos mientras observaba a través de los ojos de una de sus criaturas y vio un corro de personas que huía a las colinas cercanas, en dirección al sur. Volvió a la realidad y echó un vistazo para ver cuál de sus capitanes estaba más cerca:

—Un grupo de aldeanos está huyendo por un sendero que no está lejos de aquí. Llévate hombres y matadlos a todos, por favor.

—Sí, mi señor —dijo el hombre. Si le preocupaba el tener que matar inocentes, no lo demostraba. Por otro lado, de haber sido un hombre que se opusiera a cosas de estas, el Maestro de los Cuervos lo hubiera matado hace tiempo.

El Maestro de los Cuervos se quedó tras la batalla, escuchando el silencio que solo traía la muerte. Escuchaba a los cuervos mientras estos tomaban tierra para empezar su trabajo y sintió que el poder empezaba a fluir cuando consumían su parte. Era un flujo lamentable comparado con algunas de las batallas que había habido antes, pero ya vendrían más.

Mandó su conciencia a sus criaturas y dejó que estas hablaran con su voz:

—Esta ciudad es mía —dijo—. Rendíos o moriréis. Entregad a todos aquellos que tengan magia o moriréis. Haced lo que se os ordena o moriréis. Ahora no sois nada, esclavos y menos que esclavos. Obedeced y os libraréis de ser comida para los cuervos por un tiempo. Desobedeced y moriréis.

Mandó a sus criaturas al aire, para que escudriñaran la tierra que había tomado en este primer avance. Veía el horizonte, que se extendía a lo lejos ante él, con la promesa de más tierra que conquistar, más muerte para alimentar a sus animalitos.

Normalmente, el Maestro de los Cuervos no recibía visiones. Como mucho, sus cuervos le proporcionaban lo suficiente para adivinar lo que sucedería. Él no era la bruja de la fuente para tirar de los hilos del futuro, pero incluso ella no había podido predecir su propia muerte. Sin embargo, la visión vino hacia él a toda prisa, llevada sobre las alas de sus mascotas.

Vio a una niña, a la que su madre sostenía en brazos, y reconoció al instante a la reina recién coronada en el reino. Vio el peligro que había detrás de la niña, y más que el peligro. La muerte que había mantenido a raya tanto tiempo con las vidas de otros acechaba en la sombra de la bebé. La niña alargó el brazo hacia él, con la inocencia de un crío, y el Maestro de los Cuervos retrocedió para evitarlo, huyendo hasta volver en sí.

Se encontraba en el centro de la ciudad que había tomado, diciendo que no con la cabeza.

—¿Va todo bien, mi señor? —preguntó su ayudante.

—Sí —dijo el Maestro de los Cuervos, pues si admitía su debilidad, tendría que matar al hombre. Si salía cualquier rastro del miedo que crecía en su interior, todos los que lo vieran morirían. Sí, ese era un pensamiento…

—He cambiado de opinión —dijo—. Guardaremos la conquista para la próxima ciudad. Arrasad esta. Matad a cada uno de sus habitantes, hombre, mujer… bebé en brazos. No dejéis dos piedras juntas.

El ayudante no dudó más de lo que había dudado su capitán sobre dar caza a aquellos que huían.

—Se hará lo que usted ordene, mi señor —prometió.

El Maestro de los Cuervos no tenía ninguna duda de que así sería. Él daba órdenes y la gente moría en respuesta. Si resultaba que era un niño lo que lo amenazaba… pues el niño podía morir también, junto a su madre.




CAPÍTULO TRES


Emelina estaba en el centro del Hogar de Piedra e intentaba contener algo de su frustración, mientras miraba a todos los habitantes alrededor del círculo de piedra. Cora y Aidan estaban a su lado, lo que era un apoyo, pero todos los demás estaban tan decididos en su contra que no parecía bastar.

—Sofía nos mandó para convenceros de que volváis a Ashton —dijo Emelina, centrándose en el lugar donde Asha y Vincente estaban sentados. ¿Cuántas veces había tenido allí esta discusión? Había sido necesario todo este tiempo para llegar al punto en el que hablaran de esto juntos en el círculo.

—No era necesario que regresarais al Hogar de Piedra tras la batalla. Ella está construyendo un reino donde los de nuestra especie somos libres y no tenemos nada que temer.

—Siempre habrá algo que temer mientras existan los que nos odian —replicó Asha—. Podría haber ordenado que cerraran las iglesias de la Diosa Enmascarada. Podría haber hecho colgar a los asesinos de la misma por sus crímenes.

—Y eso hubiera hecho que la guerra civil empezara de nuevo —dijo Cora, que estaba al lado de Emelina.

—Es mejor tener una guerra que vivir al lado de quien nos odia —dijo Asha—. Quien nos ha hecho estas cosas nunca, nunca, puede ser perdonado.

Vincente lo dijo con palabras más comedidas, pero no fue mucho más útil.

—Este es un lugar en el que hemos construido una comunidad, Emelina. Este es un lugar en el que podemos estar seguros de que estamos a salvo. No tengo ninguna duda de que Sofía tiene buenas intenciones, pero eso no es lo mismo que poder cambiar las cosas.

Emelina tuvo que reprimir la necesidad de gritarles por ser tan estúpidos. Cora debió de verlo, pues le puso una mano sobre el brazo a Emelina.

—Todo irá bien —susurró—. Acabarán viendo lo que es sensato.

—A lo que tú le llamas «sensato» —gritó Asha desde el otro lado del círculo de piedra— yo le llamó traición a nuestro pueblo. Es aquí donde estamos a salvo, no por ahí fuera en el mundo.

Emelina le lanzó una mirada furiosa. Asha no podía haber oído el susurro de Cora desde allí, lo que significaba que había leído su mente. Eso era más que irrespetuoso, era peligroso, especialmente porque Asha había sido la que había enseñado a Emelina cómo se sacaban los recuerdos de alguien.

—La gente es libre de ir y venir si lo desea —dijo Vincente—. Si Sofía realmente aporta un reino en el que los de nuestra especie somos libres, la gente vendrá por su propia voluntad, sin necesidad de enviados.

—Y hasta entonces, ¿qué impresión dará? —contestó Emelina—. ¿Qué impresión dará que todos los que tienen dones estén escondidos, como si estuvieran avergonzados? ¿Parecerá que no somos una amenaza o dará lugar a que la gente asegure que estamos conspirando en secreto? ¿A que vuelvan a aparecer los viejos rumores?

La parte más complicada de la multitud que los rodeaba era que para Emelina era imposible calcular qué efecto estaban teniendo sus palabras. Con otro público hubiera podido llegar a la sensación de sus pensamientos o, por lo menos, escucharlos hablar entre ellos. Aquí, las conversaciones eran cosas silenciosas que iban y venían como un parpadeo, lo suficientemente bien dirigidas para que ella no formara parte de ello.

—Tal vez tengáis razón —dijo Vincente.

—No, no la tienen —respondió Asha—. Son ellos los que han hecho que estemos menos a salvo, haciendo que la gente supiera dónde estamos.

—No se lo hemos dicho a nadie —dijo Cora.

Asha resopló.

—Como si no pudieran haberlo sacado de vuestra cabeza. Si no os mandara la reina, os sacaría todos los pensamientos por ello.

—No —dijo Aidan, poniendo una mano protectora sobre el hombro de Cora—. No lo harías.

Vincente se puso de pie, su altura era más que impresionante para calmar las cosas.

—Ya está bien de peleas. Asha, las nuevas defensas serán más que suficientes para protegernos, incluso si nos encuentran. En cuanto al resto… sugiero una visión.

—¿Una visión? —preguntó Emelina.

Vincente hizo un gesto que incluía a la multitud que los rodeaba.

—Unamos nuestras mentes y veamos qué resultado tendrá cada una de las acciones. No es perfecto, pero nos ayudará a decidir qué debemos hacer.

La idea de unir su mente a tantas otras era preocupante, pero si esto le proporcionaba la posibilidad de convencerlos, Emelina no iba a contenerse.

—De acuerdo —dijo—. ¿Cómo lo hacemos?

«Sencillamente, conecta tu mente a las de los otros» —mandó Vincente—. «Están esperando».

Emelina contactó con su don y ahora podía sentir que las mentes de los que estaban en el círculo la esperaban. Ahora se mostraban abiertos de un modo en el que no habían estado antes. Respiró profundamente y se zambulló entre ellos.

Era y no era ella, tanto una mota individual de pensamientos como la nube más grande que los llevaba juntos a la deriva. Con tantos de ellos en un mismo lugar, había más poder aquí que el que una persona pudiera haber poseído nunca. Ese poder se dirigía a un centro y Emelina notaba que Vincente la guiaba con la mano, con lo que sospechaba que era una habilidad nacida de una latga práctica.

«Concentraos en el futuro» —mandó—. «En ver lo que pasará si…»

No fue más allá, pues en ese momento una visión se apoderó de ellos con la fuerza de un incendio forestal.

En su visión sí que había fuego. Parpadeaba sobre los tejados de Ashton, consumiendo, destrozando. Unos soldados vestidos con uniformes color ocre marchaban por las calles, matando a su paso. Emelina oía a mujeres chillando dentro de las casas, veía cómo asesinaban a los hombres mientras huían en las calles. La visión parecía flotar en las calles, sin apenas darles tiempo a asimilar la matanza mientras se dirigían a palacio.

A su alrededor, la destrucción de Ashton hacía que a Emelina le doliera verlo. La matanza era espantosa, pero curiosamente, la pérdida de los lugares en los que había crecido era casi igual de mala. Ver las barcazas quemando en el río le hizo pensar en la barcaza en la que ella intentó escapar de la ciudad. Ver el mercado lleno de cadáveres en lugar de puestos le rompía el corazón.

Llegaron al palacio y el Maestro de los Cuervos estaba esperando. No había ninguna duda de quién era, con su largo abrigo anticuado y sus pájaros volando en círculos. Incluso en esta imagen, el verlo hacía estremecer a Emelina, pero no podía apartar la mirada. Observaba cómo marchaba por palacio, matando con tal facilidad que casi parecía no tener importancia para él.

La imagen cambió y él estaba en un balcón, con un bebé en brazos. Por instinto, Emelina supo que era la hija de Sofía. Tenía un brillo que le recordaba los pensamientos de Sofía y Emelina quería alargar el brazo para proteger a la niña.

Pero aquí no había nada que pudiera hacer, excepto observar al Maestro de los Cuervos levantando a la bebé, mientras la sostenía por encima de su cabeza. Cuando los cuervos bajaron a comer…

Emelina respiraba con dificultad cuando volvió de golpe a su cuerpo, con el corazón acelerado. Alrededor del círculo, veía a otras personas mirando hacia arriba, aturdidas o sobresaltadas. Sabía que habían visto las mismas cosas que ella. De eso se trataba.

—Tenemos que ayudarles —dijo Emelina, en cuanto tuvo suficiente aliento para hacerlo.

—¿Qué? —preguntó Cora—. ¿Qué está pasando?

—El Maestro de los Cuervos va a quemar Ashton —dijo Emelina—. Va a matar al bebé de Sofía. Lo vimos en una visión.

Al instante, Cora fijó su expresión.

—Entonces debemos detenerlo. —Emelina vio que echaba un vistazo al círculo de gente—. Debemos detenerlo.

—¿Quieres que más de los nuestros mueran por vosotros? —exigió Asha desde el otro extremo del círculo—. ¿No cayeron los suficientes para darle el trono a vuestra amiga?

—Yo he oído hablar de este hombre —dijo Vincente—. Sería peligroso ir en su contra. Esto es pedir demasiado.

—¿Es pedir demasiado que ayudéis a salvar a una niña? —exigió Emelina, oyendo cómo alzaba su voz.

—No es nuestra hija —dijo Asha.

A su alrededor, el círculo zumbaba con pensamientos. Eso solo sirvió para que Emelina se enojara más, pues esto le recordaba cuánto poder había en el Hogar de Piedra.

—¿No es vuestra? —replicó Emelina—. Ella será la heredera al trono. Si alguna vez queréis que esto sea vuestro reino en lugar de un sitio del que esconderos, ella es responsabilidad vuestra tanto como de cualquiera.

Vincente negó con la cabeza.

—¿Qué querríais que hiciéramos nosotros? No podemos luchar contra todo el Nuevo Ejército de Ashton.

—Entonces traed aquí a la niña —respondió Emelina—. Bueno, traed a todo el mundo aquí. Puede que Ashton caiga, pero este es un sitio seguro. De hecho, se planeó para que fuera seguro. Tú mismo dijiste que había nuevas defensas.

—Defensas para nosotros —respondió Asha—. Muros de poder que conlleva un gran esfuerzo mantener. ¿Debemos defender una ciudad llena de gente que no puede contribuir a ello? ¿Qué siempre nos ha odiado?

Entonces Cora dio su opinión:

—Cuando vine aquí, me dijeron que el Hogar de Piedra era un lugar de acogida para todo aquel que lo necesitara, no solo para los que tenían magia. ¿Era mentira?

Sus palabras fueron recibidas con silencio y Emelina pudo adivinar cuál sería la respuesta incluso antes de que la diera Vincente.

—Nos obligasteis a ir a una lucha —dijo—. Por nuestra voluntad no escogeremos otra. Dejaremos pasar esta y renaceremos de nuestras cenizas. No podemos ayudaros.

—No queréis —le corrigió Emelina—. Y si no queréis hacerlo vosotros, ya lo haré yo.

—Ya lo haremos nosotras —dijo Cora.

Emelina asintió.

—Si no queréis ayudarnos, entonces iremos a Ashton. Nos encargaremos de que la bebé de Sofía esté a salvo.

—Moriréis —dijo Asha—. ¿Pensáis que podéis ir contra un ejército?

Emelina encogió los hombros.

—A lo mejor pensáis que me preocupa.

—Esto es una locura —dijo Asha—. Deberíamos evitar que os fuerais por vuestra seguridad.

Emelina entrecerró los ojos.

—¿Crees que podríais?

Sin esperar una respuesta, se levantó y se marchó del círculo. No tenía sentido discutir más y cada momento que esperaban era un momento en el que el bebé de Sofía estaba en peligro.

Tenían que ir a Ashton.




CAPÍTULO CUATRO


Sofía no había podido disuadir a nadie para que esta no fuera una boda fastuosa, aunque parecía ser lo que los nobles antes de ella hubieran preparado. Pero al mirar al prado de palacio, se alegró de no haber podido cancelarlo. Ver a tanta gente allí, sentir su disfrute solo hacía que ella rebosara felicidad.

—Hay mucha gente que quiere felicitarnos —dijo Sebastián, rodeándola con el brazo.

—Ya saben que yo sabré si realmente lo sienten, ¿verdad? —respondió Sofía. Se frotó la zona lumbar. Tenía un profundo dolor que hacía que deseara sentarse, pero también deseaba poder bailar con Sebastián, solo un poco.

—Realmente lo sienten —dijo Sebastián. Señaló hacia donde había algunas de las mujeres nobles de la corte de pie, o bailando con la música de instrumentos de cuerda y flautas—. Incluso se alegran por ti. Creo que les gusta vivir en una corte donde no tienen que fingir todo el rato.

—Se alegran por nosotros —le corrigió Sofía. Lo tomó de la mano y lo llevó hacia un lugar del prado que servía de pista de baile. Dejó que Sebastián la tomara en sus brazos y los músicos que había al lado los tomaron como referencia y bajaron un poco el ritmo del baile.

A su alrededor, la gente giraba, mucho más enérgicamente de lo que Sofía ahora podía. Ahora el dolor de su espalda se había extendido a la barriga y ella lo tomó como el momento en el que debía retirarse del baile. A un lado del prado, habían colocado dos sillas, bueno, dos tronos, para Sebastián y ella. Sofía cogió la suya con mucho gusto y Sienne fue corriendo a acurrucarse a sus pies.

—Me recuerda un poco al baile en el que nos conocimos —dijo ella.

—Existen diferencias —dijo Sebastián—. Para empezar, menos máscaras.

—Yo lo prefiero así —dijo Sofía—. La gente no debería tener la sensación de que debe ocultar quiénes son solo para divertirse.

También había otras diferencias. Aquí había tanto gente común como nobles, un grupito de comerciantes hablando en un lado, la hija de una tejedora bailando con un soldado. Había personas que habían sido contratadas como sirvientes, que ahora eran libres para unirse a las celebraciones en lugar de tener que servir en ellas. Varias chicas a las que Sofía reconocía de la Casa de los Abandonados estaban apartadas a un lado y parecían más felices de lo que nunca lo habían sido allí.

—Sus majestades —dijo un hombre, acercándose a ellos y haciendo una gran reverencia. Su vestimenta roja y dorada parecía brillar en contraste con su piel oscura, mientras que sus ojos eran tan pálidos que casi eran lavanda—. Yo soy el Alto Comerciante N’ka del Reino de Morgassa. Su magnífica majestad les manda la enhorabuena con motivo de su boda y me ha ordenado viajar hasta aquí para hablar de comercio con su reino.

—Estaríamos encantados de hablar de ello —dijo Sofía. El comerciante empezó a decir algo y una mirada a sus pensamientos dio a entender que tenía pensado negociar todo un tratado en ese mismo momento, allí mismo—. Pero tendrá que ser después del día de mi boda.

—Por supuesto, su majestad. Me quedaré en Ashton un tiempo.

—Por ahora, disfrute de las celebraciones —sugirió Sofía.

El comerciante ofreció una gran reverencia y se metió de nuevo en la multitud. Como si su acercamiento hubiera dado permiso a todos los demás, unas cuantas personas más se dieron a conocer, desde nobles que buscaban promoción a comerciantes con bienes para vender o gente común que tenía quejas. Cada vez, Sofía decía lo mismo que le había dicho al comerciante, con la esperanza de que eso bastara y que disfrutaran del resto de la noche.

El que parecía no estar disfrutando mucho de las celebraciones era Lucas. Estaba en un rincón con una copa de vino, rodeado de una selección de mujeres nobles jóvenes y guapas, pero aun así no había ninguna sonrisa en su cara.

«¿Está todo bien» —le mandó Sofía.

Lucas sonrió en su dirección y, a continuación, extendió las manos.

«Me alegro por Catalina y por ti, pero parece que todas las mujeres de aquí se han tomado esto como una señal de que yo debería casarme a continuación y con ellas».

«Bueno, nunca se sabe» —mandó de vuelta Sofía—, «quizás resultará que una de ellas es perfecta para ti».

«Tal vez» —mandó Lucas, aunque no parecía ni remotamente convencido.

«No te preocupes, muy pronto saldremos de travesía tras nuestros padres a través de un terreno peligroso» —prometió Sofía— «y no tendrás que lidiar con el espantoso asunto de las celebraciones reales».

Como respuesta a eso, Lucas le dijo algo a una de las mujeres que tenía cerca, extendió una mano y la llevó hasta la pista de baile. Evidentemente, lo hizo a la perfección, bailando con la elegancia y la gracia que seguramente venían de años de instrucción. El Oficial Ko, el hombre que lo había criado, había procurado que entrenara en ello con el mismo cuidado que con todo lo demás.

Catalina y Will ya estaban allí, aunque parecían estar tan absortos el uno en el otro que prácticamente ignoraban la música. Seguramente no ayudaba que a su hermana se le diera mejor la espada que el baile, mientras que Sofía dudaba que Will conociera muchas danzas formales de la corte. Ambos parecían felices de estar uno en los brazos del otro, susurrando entre ellos y besándose de vez en cuando. Sofía no se sorprendió del todo cuando salieron juntos a escondidas en dirección a palacio cuando nadie miraba; lo hicieron tan hábilmente que Sofía dudaba que alguien se hubiera dado cuenta.

Una parte de ella deseaba que Sebastián y ella pudieran hacer lo mismo; al fin y al cabo, esta era su noche de bodas. Por desgracia, mientras que el nuevo encargado del ejército podía evitar la atención de la gente por un rato, Sofía imaginaba que se darían cuenta si su reina y su rey se iban pronto de la fiesta. Lo mejor era disfrutar del momento mientras duraba y aceptar que todas esas personas habían venido porque querían desearles a Sebastián y a ella lo mejor.

Sofía volvió a levantarse y se dirigió hacia una de las mesas en las que la comida estaba dispuesta en grandes bandejas que podrían haber dado de comer a cientos de personas más. Empezó a picar perdiz y jabalí asado, los dátiles azucarados y otras delicias que nunca podría haber imaginado cuando era una niña en la Casa de los Abandonados.

—¿Sabes que podrías hacer que un sirviente te trajera comida? —dijo Sebastián, aunque lo hizo con una sonrisa que a Sofía le daba a entender que él ya sabía cuál sería la respuesta.

—Todavía se me hace extraño ordenar a la gente que haga cosas por mí que puedo hacer yo sola —dijo.

—Como reina, yo diría que deberías acostumbrarte a ello —dijo Sebastián—, aunque creo que seguramente es bueno que no sea así. Tal vez el reino entero sería mejor si la gente recordara qué se siente cuando no eres el que da las órdenes.

—Tal vez —le dio la razón Sofía. Ahora estaba viendo que la gente los observaba y una mirada rápida a los pensamientos de aquellos que tenía alrededor le dio a entender que estaban esperando a que ella hablara. No lo tenía planeado, pero aun así, sabía que no podía decepcionarles.

—Amigos míos —dijo, cogiendo una copa de zumo de manzana fresco—. Gracias a todos por venir a esta celebración. Es maravilloso ver a tanta gente a la que Sebastián y yo conocemos y amamos y a muchos otros que espero que tendremos la oportunidad de conocer en los días venideros. Este día no hubiera sido posible sin todos vosotros. Sin amigos y sin ayuda, seguramente nos hubieran matado a Sebastián y a mí hace muchas semanas. No nos tendríamos el uno al otro, ni tampoco a este reino. No tendríamos la posibilidad de mejorar las cosas. Para todos vosotros.

Alzó la copa para brindar, cosa que los otros que estaban allí pronto secundaron. En un impulso, se dio la vuelta y besó a Sebastián. Eso provocó unos vítores que resonaron por los jardines y Sofía decidió que ellos no tendrían que marchar a escondidas como Catalina y Will; si anunciaban que se iban, seguramente la gente los llevaría de vuelta hasta sus aposentos. Tal vez deberían intentarlo. Tal vez…

Notó los primeros espasmos en lo profundo de su ser, sus músculos se contraían con tanta fuerza que casi hacían que Sofía se doblara. Ella soltó un profundo gemido de dolor que la dejó con dificultades para respirar.

—¿Sofía? —dijo Sebastián—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

Sofía no podía contestar. Apenas podía mantenerse de pie cuando una nueva contracción de sus músculos le golpeó tan fuerte que ella gritó. A su alrededor, la multitud murmuraba, algunos parecían evidentemente preocupados cuando la música paró de golpe.

—¿Es veneno?

—¿Está enferma?

—No seas estúpido, es evidente que…

Sofía notó la humedad corriendo por sus piernas cuando rompió aguas. Después de tanto tiempo esperando, ahora parecía que todo iba a suceder demasiado rápido.

—Creo… creo que viene el bebé —dijo ella.




CAPÍTULO CINCO


Endi, Duque de Ishjemme, escuchaba el rechinar de las grandes estatuas mientras sus hombres las arrastraban hasta la orilla. Odiaba el ruido, pero le encantaba lo que esto representaba. Libertad para Ishjemme. Libertad para su pueblo. El día de hoy sería un símbolo y una señal que la gente no olvidaría.

—Hace años que deberíamos haber destrozado las estatuas de los Danse —le dijo a su hermano.

Oli asintió.

—Si tú lo dices, Endi.

Endi percibió el tono de duda. Le dio golpecitos en el hombro a su hermano y notó que este se encogía—. ¿No estás de acuerdo, hermano? Venga, a mí me puedes decir la verdad. No soy ningún monstruo que solo quiere a la gente diciendo que sí.

—Bueno… —empezó Oli.

—En serio, Oli —dijo Endi—. No deberías tenerme miedo. Tú eres mi familia.

—Solo es que estas estatuas son parte de nuestra historia —dijo Oli.

Ahora Endi lo comprendía. Debería haber imaginado que su estudioso hermano odiaría destrozar cualquier cosa conectada con el pasado, pero era eso, pasado, y Endi se encargaba de procurar que se quedara así.

—Controlaron nuestra patria durante demasiado tiempo —dijo Endi—. Mientras tengamos recordatorios de ellos colocados a lo largo de los fiordos junto a nuestros verdaderos héroes, esto será una afirmación de que pueden dar marcha atrás siempre que quieran gobernarnos. ¿Comprendes, Oli?

Oli asintió.

—Comprendo.

—Bien —dijo Endi e hizo una señal a sus hombres para que empezaran su trabajo con hachas y martillos, haciendo añicos las estatuas, reduciéndolas a escombros que no servirían más que para construir con ellos. Disfrutaba al ver cómo destrozaban las imágenes de Lord Alfredo y Lady Cristina. Era un recordatorio de que Ishjemme ya no estaba en deuda con ellos o con sus hijos.

—Las cosas cambiarán, Oli —dijo Endi— y cambiarán para mejor. Habrá casas para todos los que las necesiten, seguridad para el reino, un comercio mejor… ¿Cómo están las cosas con el proyecto de mi canal?

Era un plan atrevido intentar conectar los fiordos de Ishjemme, dada la cantidad de montañas que había en el interior de la península, pero si salía bien, Ishjemme podría llegar a ser tan rico como cualquiera de los estados mercantiles. Esto también significaba que su hermano tenía algo útil que hacer, hacer un seguimiento de su proceso y asegurarse de que hubiera buenos mapas que usar.

—Es difícil avanzar —dijo Oli—. Se necesitan muchos hombres para atravesar las montañas y construir esclusas para los barcos.

—Y mucho tiempo —dijo Endi—, pero lo conseguiremos. Así debe ser.

Demostraría al mundo lo que Ishjemme puede ser. Demostraría a su familia lo mucho que la tradición había sido un lastre para ellos. Con un proyecto como este a su nombre, seguramente todos sus hermanos y hermanas reconocerían que él siempre debería de haber sido el heredero de su padre.

—Ya hemos tenido que desviar varias secciones —dijo Oli—. Por el camino hay varias granjas y la gente se muestra reacia a dejar sus casas.

—¿Les has ofrecido dinero? —preguntó Endi.

Oli asintió.

—Tal y como tu dijiste y algunos se fueron, pero hay gente que ha vivido allí durante generaciones.

—El progreso es necesario —dijo Endi, mientras el chasquido de los martillos continuaba—. Pero no te preocupes, pronto se resolverá el problema.

Dieron una vuelta por allí, donde había más hombres trabajando en los barcos. Endi insistía en conocer todos los barcos que ahora llegaban al puerto. Había pasado el tiempo suficiente tratando con espías y asesinos para saber lo fácilmente que podían colarse. Observaba el progreso de los hombres mientras estos trabajaban para recolocar algunas de las embarcaciones que todavía estaban atoradas en el agua. Tenían que defender Ishjemme.

—Endi, ¿puedo hacerte una pregunta? —dijo Oli.

—Claro que puedes, hermano —dijo Endi—. Aunque el listo eres tú. Supongo que no existen muchas cosas que puedas preguntarme que no hayas leído en uno de tus libros.

En realidad, Endi sospechaba que había un montón de cosas que él sabía y su hermano no, sobre todo acerca de los secretos que guardaba la gente o las cosas que hacía la gente para conspirar contra otros. Ese era su mundo.

—Se trata de Rika —dijo Oli.

—Ah —respondió Endi, ladeando la cabeza.

—¿Cuándo la dejarás salir de sus aposentos, Endi? —preguntó Oli—. Lleva semanas allí encerrada.

Endi asintió con tristeza. Su hermana pequeña estaba demostrando ser inesperadamente intransigente.

—¿Y qué quieres que haga? No puedo dejarla ir mientras esté así de rebelde. Lo mejor que puedo hacer es procurar que esté cómoda con la mejor comida y con su arpa. Si la gente ve su discrepancia a cada paso, esto nos hace parecer débiles, Oli.

—Aun así —dijo Oli—, ¿no ha sido suficiente?

—No es lo mismo que mandarla sin cenar a la cama porque ha robado una de las muñecas de Frig —dijo Endi, sonriendo al pensar en Frig jugando con muñecas en lugar de espadas—. No puedo dejarla salir hasta que haya demostrado que se puede confiar en ella. Hasta que me jure lealtad, se queda allí.

—Eso puede ser mucho tiempo —dijo Oli.

—Lo sé —respondió Endi, con un triste suspiro. No le gustaba encerrar a su hermana de esa manera, pero ¿qué otra cosa podía hacer?

Un soldado se acercó e hizo una reverencia.

—Hemos traído los soldados que usted ordenó, mi señor.

—Bien —dijo Endi. Miró hacia su hermano—. Parece que vamos a tener una solución para el problema del canal. Vamos, Oli.

Los dirigió hacia el lugar donde habían destrozado las estatuas, los escombros estaban en el suelo en fragmentos. Allí había unos cuantos hombres y mujeres, con las manos atadas.

—Me han dicho que vosotros sois los que tenéis granjas en la ruta de nuestro nuevo canal —dijo Endi—. Y que os negasteis a vender vuestras propiedades a pesar de que yo intenté ser generoso.

—¡Son nuestras granjas! —opinó un hombre.

—Y se trata de la prosperidad de todo Ishjemme —replicó Endi—. Todas las familias se beneficiarán, incluidas las vuestras. Quiero ofreceros de nuevo el dinero. ¿No veis que no tenéis elección?

—Un hombre siempre es libre de escoger su camino en Ishjemme —replicó otro de los granjeros.

—Sí, pero ese camino tiene consecuencias —dijo Endi—. Os daré una última oportunidad. Como vuestro duque, os ordeno que abandonéis vuestras reclamaciones.

—¡Es nuestra tierra! —gritó el primer hombre.

Endi suspiró.

—Solo recordad que os dejé elegir. Negarse a acatar las órdenes de vuestro duque es traición. Hombres, ejecutad a los traidores.

Sus hombres avanzaron, con las mismas hachas y martillos que habían usado para destrozar las estatuas en las manos. Destrozaban la carne con la misma facilidad. Puede que las estatuas no chillen, ni supliquen, ni hagan ruidos húmedos como borboteos, pero el chasquido de un hueso se acercaba mucho al chasquido de una piedra. Endi buscó con la mirada a su hermano y no le sorprendió ver su cara pálida. Su hermano no era tan fuerte como lo era él.

—Ya sé que es duro, Oli —dijo, mientras se oían más gritos de fondo—, pero debemos hacer lo que sea necesario si queremos hacer que Ishjemme sea fuerte. Si yo no hago las cosas crueles que deben hacerse, vendrán otros y harán cosas peores.

—Como… como tú digas, hermano.

Endi cogió a su hermano por los hombros.

—Por lo menos esto significa que ahora el camino está despejado para los proyectos de construcción. Tengo razón al pensar que las tierras de un traidor son una prenda, ¿verdad?

—Yo… yo pienso que hay precedentes —dijo Oli. Endi podía oír el temblor en su voz.

—Encuéntramelos —dijo Endi.

—¿Qué sucede con las familias de estas personas? —dijo Oli—. Algunos tendrán hijos. O padres.

—Haz lo que creas que es mejor para cuidar de ellos —dijo Endi—. Siempre y cuando puedas apartarlos del camino antes de que empiece el trabajo.

—Así lo haré —dijo Oli. Parecía pensativo por un instante—. Mandaré… mensajes a las escuadras enseguida.

—Procura que así sea —dijo Endi.

Observó cómo su hermano se marchaba a toda prisa, a sabiendas que Oli realmente no comprendía la necesidad de todo esto. Este era el lujo que conllevaba el saber que nunca tendría poder. Rika tenía el mismo lujo. Seguramente ellos dos habían sido los únicos de sus hermanos que nunca habían sido guerreros, que nunca habían tenido que lidiar con las duras realidades del mundo. Parte de la razón por la que Endi había hecho todo esto delante de Oli era para asegurarse de que su hermano aprendiera lo que hacía falta a veces.

Era por su propio bien. Era por el bien de todos. Con el tiempo lo verían y, cuando lo hicieran, se lo agradecerían. Incluso la bondadosa de Rika haría una reverencia y admitiría que todo lo que Endi había hecho era para bien. En cuanto a todos los demás, o aceptaban lo que era necesario hacer o…

Endi se levantó y escuchó el ruido de los martillos al caer un poco más. Al final, se lo agradecerían.




CAPÍTULO SEIS


Jan Skyddar debió de haber sido la única persona en toda Ashton que estaba triste el día de la boda de Sofía y que tuvo que forzar una sonrisa, con el fin de no estropearles las cosas a Sebastián y a ella, y que tuvo que fingir que se alegraba por ella a pesar de que el dolor en su corazón amenazaba con romperlo en pedazos.

Ahora que se habían ido a toda prisa porque iba a nacer su hijo, su hijo y el de Sebastián, era incluso peor.

—¿Querría bailar conmigo? —preguntó una noble. La fiesta parecía continuar alrededor de Jan, la música volvía a estar en su apogeo pues había pasado de celebrar la boda de Sofía a festejar a la inminente heredera al trono.

La mujer era hermosa y grácil y vestía de forma elegante. Si la hubiera conocido un año atrás, Jan podría haber dicho que sí al baile y casi a todo lo que ella sugiriera. Hoy en día, no podía forzarse a hacerlo. No podía sentir nada al mirarla, pues hacerlo era como mirar una vela y compararla con el sol. Sofía era la única que importaba.

—Lo siento —dijo, intentando ser amable, ser bueno, ser todas las cosas que debía ser—. Pero existe… alguien de quien estoy profundamente enamorado.

—¿Alguien le espera en Ishjemme? —dijo la noble, con una sonrisa pilla—. Eso significa que ella no está aquí.

Alargó la mano hacia uno de los encajes del jubón de Jan y este la cogió por la muñeca suavemente pero con firmeza.

—Como le dije —dijo con una sonrisa triste—, la quiero mucho. No se lo tome como un insulto, pero no me interesa.

—Un hombre fiel —dijo la noble mientras se giraba para marcharse—. Sea quien sea, espero que sepa lo afortunada que es.

—Como si las cosas fueran así de sencillas —dijo Jan negando con la cabeza.

Se movía por la fiesta intentando no ser el fantasma de la celebración. Lo último que quería era fastidiarle a alguien la alegría hoy y mucho menos a Sofía. Él pensaba que esta era la parte más difícil de quererla tanto: era imposible ser lo egoísta que debería de haber sido con esto. Debería de haber sentido celos hacia Sebastián, debería de haberlo odiado con pasión. Debería estar enfadado con Sofía por haber escogido a un hombre que la había dejado de lado antes que a él.

No podía hacerlo. Quería demasiado a Sofía para hacer algo así. Más que cualquier otra cosa en el mundo, quería que ella fuera feliz.

—¿Estás bien, Jan? —le preguntó Lucas, que se acercó con esa agilidad por la que daba gracias por no cruzar nunca espadas con él. Jan siempre había pensado que luchaba bien, pero los hermanos de Sofía eran algo completamente diferente.

Quizá ya estaba bien que la mente de Jan estuviera cerrada a que otros la leyeran, o entonces sí que podrían haber luchado. Jan tenía dudas de que Lucas se tomara bien el que él estuviera tan desesperadamente enamorado de su hermana.

—Estoy bien —dijo Jan—. Tal vez haya demasiadas nobles intentando atraparme como un pescador iría tras un pez espada.

—Yo he tenido el mismo problema —dijo Lucas—. Y cuesta estar de celebración cuando, a la vez, estás pensando en otra cosa.

Por un instante, Jan pensó que Lucas debía de haber visto más allá de sus protecciones y haber visto cosas que no debería. Tal vez estuviera tan claramente escrito en su cara que no hiciera falta un lector de mentes para adivinarlo.

—Me alegro por mis hermanas —dijo Lucas con una sonrisa—. Pero hay una parte de mí que quiere que nuestros padres estén aquí para presenciarlo todo y sabe que yo podría estar por ahí buscándolos. Tal vez podría haberlos traído hasta aquí para que vieran la boda de Sofía y el nacimiento de su nieta.

—O tal vez hay veces en las que tenemos que ser fuertes y aceptar que las cosas no suceden como nosotros queremos —sugirió Jan—. Y eso significa que tienes que estar aquí. Aquí para poder ver a tu sobrina o sobrino.

—Sobrina —dijo Lucas—. Las visiones le quitan la gracia a adivinar. Pero tienes razón, Jan. Esperaré. Eres un buen hombre.

Apretó con fuerza el brazo de Jan.

—Gracias —dijo Jan, aunque a veces ni él mismo estaba seguro de creérselo. Un hombre verdaderamente bueno no tendría la esperanza de que Sofía acabara dejando todo esto a un lado, para quererlo a él de la misma forma que él la amaba a ella.

—Bueno —dijo Lucas—, yo te buscaba porque te llegó un mensaje por pájaro. El chico que te lo trajo de la pajarera está allí.

Jan miró hacia donde estaba el hombre, al lado de una de las mesas del banquete, cogiendo trocitos de comida como si no estuviera seguro de si realmente era para gente como él.

—Gracias —dijo Jan.

—De nada. Debería volver con Sofía. Quiero estar ahí cuando mi sobrina llegue a este mundo.

Lucas se marchó y dejó a Jan, que se dirigió hacia el mensajero. El chico parecía sentirse un poco culpable cuando Jan se acercó, pues se metió un pastelito en la boca y lo masticó a toda prisa.

—No tienes de qué preocuparte —dijo Jan—. La fiesta es para todos, tú incluido. Hay algunas cosas que todo el mundo debería poder celebrar.

—Sí, mi señor —dijo el chico. Le pasó una nota—. Llegó esto para usted.

«Jan, Endi ha tomado Ishjemme. Está matando a gente. Rika es su prisionera. Yo tengo que hacer lo que él dice. Necesitamos ayuda. Oli».

La nota dejó a Jan helado. No quería creérselo. Endi nunca haría algo así. Él nunca traicionaría a Ishjemme de esta manera. Pero Oli nunca mentiría y Endi… bueno a él siempre le había gustado fisgonear en las sombras y la forma en que muchos de sus barcos habían regresado a media batalla de Ashton había sido sospechosa.

Aun así, la idea de que su hermano hubiera montado un golpe de estado era difícil de entender. Si este mensaje lo hubiera mandado cualquier otra persona, Jan le hubiera llamado mentiroso. Tal y como habían ido las cosas… no sabía qué hacer.

—No puedo contárselo a los demás —se dijo a sí mismo. Si se lo contaba a sus hermanos, estos querrían volver apresuradamente para asegurarse de que Ishjemme estaba a salvo. Pero eso privaría a Sofía del apoyo que necesitaba desesperadamente. Pero no podía ignorar un mensaje como este.

Eso quería decir que tenía que volver a casa.

Jan no quería ir a casa. Quería estar aquí, lo más cerca posible de Sofía. Quería estar aquí por si había más violencia, por si ella o sus hermanos lo necesitaban. Ashton se estaba recuperando de los conflictos que la habían destrozado y dejarla ahora daba la sensación de abandonarla. Daba la sensación de abandonar a Sofía.

—Sofía no me necesita —dijo Jan.

—¿Cómo dice, mi señor? —preguntó el mensajero.

—Nada —dijo Jan—. ¿Puedes llevar un mensaje de mi parte…? Llévaselo a Sofía cuando pueda oírlo. Llévale el mensaje que me diste y dile que me he ido a encargarme de unas cosas. Dile que… —No podía decir ninguna de las cosas que quería decir entonces —. Dile que pronto regresaré.

—Sí, mi señor —dijo el mensajero.

Jan partió en dirección a los muelles. Los barcos de la invasión todavía estaban allí y, si pedía ayuda, algunos de ellos escucharían. No se llevaría muchos, no podría soportar el pensar que dejaba a Sofía desprotegida, pero necesitaría alguna muestra de fuerza si tenía que convencer a su hermano de que diera marcha atrás.

Ahora mismo Sofía no le necesitaba, pero al parecer, su hermano y hermana pequeños sí. Por mucho que Jan odiase dejar Ashton, no podía ignorar eso. No podía quedarse sin hacer nada mientras Endi tomaba Ishjemme por la fuerza. Iría hasta allí, descubriría lo que estaba pasando realmente y se encargaría de ello. Tal vez cuando hubiera acabado con esto, ya habría decidido qué hacer respecto a la mujer que amaba.




CAPÍTULO SIETE


Sofía estaba tumbada sobre la cama tal y como la matrona le había prácticamente ordenado, las sirvientas se amontonaban a su alrededor y, sinceramente, eran tantas como para que ella se preguntara si realmente una reina tenía algo de intimidad. De haber tenido el aliento para hacerlo, les hubiera ordenado que salieran. No podía ni pedirle a Sebastián que lo hiciera, pues la matrona había sido muy clara con que no habría hombres en la sala, ni tan solo reyes.

—Lo está haciendo bien —le aseguró la matrona, aunque Sofía podía ver las preocupaciones en su mente; las preparaciones para cientos de cosas diferentes que podían salir mal. Era imposible contener sus poderes en ese momento, los pensamientos la inundaban en olas que parecían ir a la par con sus contracciones.

—Estoy aquí —dijo Catalina, entrando apresuradamente a la habitación. Echó un vistazo a la gente que había allí.

«¿Quiénes son toda esta gente?» —le mandó a Sofía.

«No los quiero aquí» —consiguió mandar Sofía a través de su dolor—. «Por favor, Catalina».

—Muy bien —gritó Catalina, con una voz que seguramente era más adecuada para su nuevo papel—. ¡Salid todos, a excepción de la matrona y de mí! No, sin discusión. Esto es un nacimiento, no una representación pública. ¡Fuera!

El hecho de que tuviera la mano sobre la empuñadura de su espada seguramente ayudó a que la gente se moviera y, en menos de un minuto, la habitación estaba vacía con excepción de ellas tres.

—¿Mejor? —preguntó Catalina, tomándole la mano.

—Gracias —dijo Sofía y, a continuación, chilló cuando una nueva ola de dolor la golpeó.

—Hay algunas hojas de valeriana allí, en un cuenco —dijo la matrona—. Ayudarán con el dolor. Al deshacerse de todas las sirvientas, pensé que se ofrecía voluntaria para ayudarme, su alteza.

—Sofía no las necesitará —dijo Catalina.

Sofía desde luego sentía que sí que las necesitaba, pero entendía lo que quería decir su hermana. Catalina tocó su mente y también notó a Lucas, los dos trabajaban juntos para alejar a su mente del dolor, fuera de los confines de su cuerpo.

«Estamos aquí para ti» —mandó Lucas— «y también lo está tu reino».

Sofía sentía el reino a su alrededor, del modo en el que solo lo había hecho unas cuantas veces. La conexión era indiscutible. No era solo su reina, era parte de él, en armonía con el poder vivo de todo lo que respiraba dentro de sus fronteras, con la energía del viento y de los ríos, con la fuerza tranquila de las colinas.

La voz de la matrona se oía vaga a lo lejos.

—Con la próxima contracción, tiene que empujar, su majestad. Prepárese. Empuje.

«Empuja, Sofía» —mandó Catalina.

Sofía sentía que su cuerpo reaccionaba, a pesar de que ahora parecía estar en algún lugar lejano, tan lejos que el dolor que parecía estar esperando parecía algo que le estuviera sucediendo a otra persona.

«Tienes que empujar más» —mandó Catalina.

Sofía hacía todo lo que podía y oía gritos de dolor que imaginaba que eran suyos, a pesar de que daba la sensación de que a ella no le afectaban. Sin embargo afectaban al reino. Veía nubes de tormenta reuniéndose por encima de ella, sentía que la tierra se movía por debajo. Con tan poco control como tenía de esa conexión, no podía detener ese crecimiento turbulento.

Las nubes de tormenta estallaron en un torrente de lluvia que hizo que los ríos crecieran y empaparan a la gente de allá abajo. La tormenta fue breve y potente, el sol regresó tan rápidamente al cielo que fue como si nunca hubiera sucedido, tras ella se desplegó un arcoíris.

«Ahora puedes volver a ti, Sofía» —mandó Lucas—. «Mira a tu hija».

Catalina y él la atrajeron, replegándola hacia ella misma de modo que estaba de nuevo mirando a la habitación, respirando con dificultad mientras la matrona estaba un poco alejada, envolviendo ya una pequeña silueta en una faja. Ahora Lucas estaba allí, evidentemente ignorando la orden de la matrona.

Sofía sintió que una ola de alegría la sobrepasaba al oír que su hija lloraba por ella, balbuceando en el modo en el que lo hacían los bebés cuando querían a sus madres.

—Parece que está fuerte —dijo Catalina, tomando a la bebé con una delicadeza sorprendente y esperó a que se fuera la matrona para dársela a Sofía para que la cogiera. Sofía alargó los brazos hacia su hija y bajó la mirada hacia unos ojos que parecían abarcar el mundo entero. Ahora mismo, el mundo entero era su hija.

La visión golpeó a Sofía con tanta rapidez que la dejó sin aliento.

«En la sala del trono había una joven pelirroja, los representantes de un centenar de tierras se arrodillaban ante ella. Caminaba por las calles dando largos pasos, repartiendo pan para los pobres, cogiendo flores tiradas a sus pies para, sin dejar de reír, poder hacer con ellas una corona para un grupo de niños. Alargó el brazo para coger una flor marchita y la devolvió a un buen estado…

»… Atravesaba el campo de batalla dando largos pasos, espada en mano, clavándosela a los moribundos para acabar con sus intentos de aferrarse a la vida. Extendió el brazo hacia un joven y le quitó la vida y dio de comer con ella al gran pozo de poder que le permitiría sanar a sus tropas…

»… Bailaba en el centro del baile, riendo mientras daba vueltas, era evidente que los que la rodeaban la amaban. Los artistas trabajaban a un lado de la sala con un poco de todo, desde pintura a piedra o a magia, y creaban obras tan bellas que casi dolían los ojos al mirarlas. Dejó entrar a los pobres a la fiesta, no como caridad, sino porque ella no veía ninguna diferencia entre dar de comer a sus amigos y dar de comer a cualquiera que tuviera hambre…

»… Estaba en el borde de un foso de batalla, ante un grupo de nobles que temblaban mientras se arrodillaban y alzaban la vista hacia ella con una mezcla de miedo y odio. Al verlo, Sofía hizo una mueca de dolor.



»Me traicionasteis —dijo con una voz de una belleza casi perfecta—. « Podríais haberlo tenido todo y lo único que teníais que hacer era seguir mis órdenes.

»¡Y no ser mucho más que esclavos! —dijo uno de los hombres.

»Ella se les acercó, espada en mano.

—Esto debe de tener un precio.

Se acercó y la matanza empezó mientras a su alrededor la multitud cantaba a coro una palabra, un nombre, una y otra vez: «Cristina, Cristina».



Sofía volvió en sí misma de golpe y miró fijamente a su hija, sin comprender lo que había pasado. Ahora entendía la sensación de una visión real, pero no comprendía qué significaba todo esto. Parecían dos series de visiones a la vez, en contradicción la una con la otra. Las dos no podían ser ciertas, ¿verdad?

—Sofía, ¿qué pasa? —preguntó Catalina.

—Tuve… una visión —dijo Sofía—. Una visión sobre mi hija.

—¿Qué tipo de visión? —preguntó Lucas.

—No lo entiendo —dijo Sofía—. La vi y la mitad del tiempo estaba haciendo cosas hermosas, maravillosas, y el resto… era cruel, muy malvada.

«Muéstranoslo» —sugirió Catalina.

Sofía hizo lo que pudo y les mandó a los dos las imágenes de la visión. Aun así, tenía la sensación de que no podía mandarles todo su sentido. No podía transmitir todo lo maravilloso y terrorífico que parecía, lo poderosamente real que era todo aquello, incluso comparado con otras visiones que había tenido.

—¿Puedo tocar su mente? —preguntó Lucas cuando Sofía lo hubo hecho.

Sofía asintió, pues imaginó que él estaba buscando algún indicio de que su hija no fuera lo que aparentaba ser. Después de lo que había intentado hacer Siobhan, cuando intentó apropiarse su forma no nacida, y las expectativas eran aterradoras.

—Sigue siendo ella —dijo Lucas—, pero puedo sentir que el poder está ahí. Creo que va a ser más fuerte que todos nosotros.

—Pero ¿qué significan las visiones? —les preguntó Sofía. Su hija, a la que tenía en brazos, parecía perfecta. Sofía no podía imaginarla acechando a través de un campo de batalla, absorbiendo la vida de las personas tal y como podría hacerlo el Maestro de los Cuervos con sus pájaros.

—Tal vez sean posibilidades —sugirió Catalina—. Siobhan solía hablar de mirar a los hilos del futuro y escoger las cosas que harían que sucedieran otras cosas. Quizá estas sean las dos formas en las que pueda acabar su vida.

—Pero nosotros no sabemos qué hace que todo cambie —dijo Sofía—. No sabemos cómo asegurarnos de que pasen las cosas buenas.

—Edúcala con amor —dijo Lucas—. Enséñale bien. Ayúdala a moverse hacia la luz, no hacia la oscuridad. La pequeña Cristina tendrá poder, hagas lo que hagas, pero tú puedes ayudarla a usarlo bien.

Sofía retrocedió al escuchar el nombre. Puede que hubiera sido el de su madre, pero tras la visión, no podía ponérselo a su hija y no lo haría.

—Nada de Cristina —. Pensó en las flores que le había visto trenzar a su hija en la calle—. Violeta. Le llamaremos Violeta.

—Violeta —dijo Catalina con una sonrisa, mientras le daba un dedo al diminuto bebé para que lo cogiera—. Ya es fuerte, como su madre.

—Tal vez como su tía —respondió Sofía. Su sonrisa se apagó un poco—. No le digáis nada de esto a Sebastián, por favor, ninguno de los dos. No debe llevar la carga de este conocimiento. De en lo que puede convertirse ella.

—Yo no se lo contaré a nadie si tú no quieres que lo haga —le aseguró Lucas.

—Yo tampoco —dijo Catalina—. Si alguien puede educarla para que sea buena persona, esa eres tú, Sofía. Y nosotros estaremos aquí para ayudar.

—Así es —dijo Lucas. Sonrió para sí mismo—. Tal vez yo tenga la oportunidad de hacer el papel del Oficial Ko y transmitirle algunas de las cosas que él me enseñó.

Parecían tan seguros de que las cosas irían bien, que Sofía quería creerlo. Aun así, una parte de ella no podía olvidar las cosas que había visto. Su hija le sonreía con completa inocencia. Sofía debía de asegurarse de que continuaría así.




CAPÍTULO OCHO


Enrique d’Angelica, hijo mayor de Sir Hubert y Neeme d’Angelica, tenía el que suponía que era el trabajo más duro del reino ahora mismo: intentar ablandar a sus padres en relación a todo lo que había sucedido en el reino en las últimas semanas.

—Ianthe está desconsolada, por supuesto —dijo su madre, entre lágrimas, como si fuera una noticia que su tía estuviera triste por la muerte de su hija.

A su padre se le daba mejor enfurecerse que estar triste y dio un puñetazo a la madera de la chimenea con su mano arrugada.

—Qué cosas le hicieron esos bárbaros… ¿sabíais que pusieron la cabeza de la chica en un pincho?

Enrique había escuchado el rumor, junto con cientos de otros, en su mayor parte repetidos por sus padres. Poco más había consumido la casa desde la invasión. Habían acusado de traición a Angelica equivocadamente. Una multitud la había destrozado, o colgado, o decapitado. Los invasores habían corrido por las calles, masacrando a todo aquel que vistiera los colores reales. Se habían puesto del lado del hijo que había asesinado a la vieja reina…

—Enrique, nos estás escuchando, ¿verdad? —preguntó su padre.

En teoría, Enrique no debería de haberse encogido de miedo. Tenía diecinueve años, era un hombre hecho y derecho. Era alto y fuerte, era bueno con la espada y aún mejor disparando. Aun así, había algo en la voz de su padre que lo convertía de nuevo en un niño pequeño.

—Lo siento, Padre, ¿qué decía? —preguntó Enrique.

—Dije que debemos de hacer algo —repitió su padre, con evidente mala gana.

—Como usted diga, Padre —dijo Enrique.

Su padre le lanzó una mirada furiosa.

—Sinceramente, he hecho de ti un hombre con una coraza insulsa. No como tu prima.

—Ya está, mi amor… —empezó su madre, pero con el poco entusiasmo que normalmente lo hacía.

—Está bien, es cierto —dijo bruscamente su padre, paseando ante la chimenea como un guardia ante la puerta del castillo. No porque un hombre tan importante como Sir Hubert hubiera entendido la comparación—. El chico no puede ceñirse a nada. ¿Por cuántos tutores ha pasado de niño? Después vino el cargo con aquella compañía militar que de la que tuve que comprar su parte y el asunto de que se uniera a la Iglesia de la Diosa Enmascarada…

Enrique no se molestó en señalar que todo eso se había debido a sus padres. Había habido tantos tutores porque su padre tenía la costumbre de despedirlos cada vez que le enseñaban algo con lo que él no estaba de acuerdo, así que Enrique se había educado a sí mismo principalmente en la biblioteca de su casa. Por otro lado, su padre había sido el que decidió que un cargo en una compañía libre no era un lugar para su hijo, mientras que el asunto con la iglesia incluso había sido idea del anciano, hasta que entendió que eso significaría que Enrique nunca podría dar a la familia el heredero que esta necesitaba.

—Estás soñando despierto otra vez —dijo su padre bruscamente—. Tu prima no lo haría. Ella hizo algo con su vida. ¡Ella se casó con un rey!

—Y casi se casa dos veces con un príncipe —dijo Enrique, sin poder reprimirse.

Vio que su padre se ponía blanco por el enojo. Enrique conocía esa expresión y sabía lo que auguraba. Había visto esa expresión muchas veces mientras se iba haciendo mayor y tuvo que quedarse sin hacer nada, sin encogerse ante las bofetadas o los golpes que venían a continuación. Se armó de valor para hacer lo mismo hoy.

En lugar de eso, cuando su padre intentó golpearle, Enrique movió la mano casi de forma automática para cogerle el brazo y apretó tan fuerte que le hizo un moratón al inmovilizarle la muñeca a su padre, mirándole fijamente. Dio un paso atrás y dejó caer el brazo de su padre.

Sir Hubert se frotó la muñeca.

—¡Quiero que te vayas de mi casa! ¡Aquí ya no eres bienvenido!

—Creo que tiene razón —dijo Enrique—. Debo irme. Si me disculpa…

Se sentía extrañamente tranquilo cuando dejó la habitación y se dirigió hacia su habitación, la que había tenido desde niño. Allí, empezó a recoger cosas, pensando en lo que necesitaría y en qué haría a continuación.

Enrique conoció muy poco a su prima en vida. Había quien decía que con su pelo dorado, sus profundos ojos azules y sus hermosos rasgos realmente se parecía un poco a ella, pero Enrique nunca lo había podido ver. Tal vez solo fuese que Angelica siempre había sido el ejemplo que él había estado esperando. Ella era más inteligente, o sabía entenderse mejor con la gente, o tenía más éxito en la corte.

Enrique no estaba seguro de que ninguna de esas cosas fuera cierta. Normalmente, antes de que su padre se deshiciera de ellos, a los tutores de Enrique les había sorprendido lo rápido que aprendía, además de que siempre había tenido facilidad para hacer que la gente hiciera lo que él necesitaba. Su falta de éxito en la corte había sido causada principalmente por su falta de interés.

—Esto tendrá que cambiar —se dijo Enrique a sí mismo.

Había escuchado rumores sobre su prima, pero también había sido lo suficientemente inteligente como para buscar información por su cuenta, pagando a hombres por lo que sabían y bebiendo con los viajeros en la taberna de la ciudad. Por lo que había entendido, Sebastián, el hijo del que se decía que había matado a su madre, había dejado de lado a su prima no una vez, sino dos. Entonces Angelica se había apoyado en Ruperto, seguramente para asegurarse de que llegaba al trono, para descubrir que la invasión de Sofía Danse convertía en objetivo a cualquiera que estuviera conectado con la familia gobernante.

—Y eso fue lo que la mató —murmuró Enrique mientras cogía ropa y dinero, pistolas y su vieja espada ropera de duelo.

Él no tenía ninguna duda de que Angelica se había metido en un montón de prácticas perversas para llegar donde acabó. Una parte de Enrique deseaba no entender cómo funcionaban estas cosas, pero no era así, e incluso alguien como ella no creció para ser reina por accidente. De niña, siempre había sido rápida haciendo trampa o mintiendo en los juegos, siempre que parecía que le podía aportar algún beneficio.

Pero las cosas de las que se le acusaba… parecían más la revisión de la historia por parte de alguien para parecer ellos inocentes. Eran una excusa para matarla, despejar el camino hacia el poder.

Si fuera como su padre, Enrique enfurecería por la rabia e impotencia ante ello. Si fuera como su madre, rompería a llorar ante ese horror a la vez que difundía el chisme. Pero no era como ninguno de los dos. Era un hombre que hacía lo que era necesario y eso era lo que tenía que hacer.

—El honor de la familia no es para menos —dijo Enrique mientras se levantaba y sopesaba su bolsa.

Bajó las escaleras y se detuvo en la puerta que daba al salón principal.

—Madre, Padre, me voy. No volveré. Deberíais saber que vengaré la muerte de mi prima, cueste lo que cueste. No lo haré para que estéis orgullosos de mí porque, sinceramente, no me preocupa lo que penséis. Lo hago porque es lo que se tiene que hacer. Adiós.

Cuando se despidieron apenas se inmutaron, pero Enrique vio que no tenía nada mejor para ellos mientras salía de la casa ofendido, ignorando el llanto de su madre y las miradas furiosas de su padre.

Llegó al establo y escogió la buena yegua color castaño que siempre montaba, junto con un caballo pinto para que le llevara sus bártulos. Empezó a ensillarlos, conocía cada paso del proceso de memoria. En su mente, los pensamientos de sus padres ya habían pasado y se concentraba en las cosas que tendría que hacer en los días venideros, las alianzas que tendría que hacer, las luchas que tendría que ganar con la palabra, el oro y el acero.

¿Realmente su nueva reina era uno de los Danses? Era posible, dados los rumores, pero aunque lo fuera, eso no le daría el derecho a tomar el trono. Eso le había caído a Ruperto y a Angelica a través de él. Ya que el único miembro de los Flambergs que quedaba seguramente era culpable de traición, eso significaba…

—Sí —dijo Enrique, con una sonrisa triste por lo rápido que se le había ocurrido—, eso podría funcionar.

No es que quisiera hacerlo. Él no necesitaba un trono más de lo que había deseado la posición sacerdotal que sus padres habían intentado imponerle. Sencillamente era una pieza necesaria de lo que estaba por llegar. Si entraba a la carga en Ashton e intentaba matar a la reina, y no sería más que un traidor.

Aunque no podía permitir que los invasores de Ishjemme quedaran impunes. De un brochazo, habían deshecho todo el cuidadoso trabajo construido tras las guerras civiles. Habían deshecho el antiguo orden e instaurado uno nuevo donde la Asamblea de los Nobles se había reestructurado al antojo de la gobernante, y donde pudieron ejecutar a su prima tan solo con la palabra de la reina.

Enrique no podía tolerar eso. Podía hacer que las cosas fueran tal y como eran de nuevo. Podía hacerlas bien.

Con eso en mente, partió con su caballo. Necesitaría ayuda para esto y, afortunadamente, Enrique sabía exactamente dónde encontrarla.




CAPÍTULO NUEVE


A Sofía, una semana no le parecía tiempo suficiente. No era tiempo suficiente para pasar con su marido. No era tiempo suficiente para mimar a Violeta, que miraba dulcemente a Sofía siempre que esta la sostenía y que alargaba la mano hacia el pelaje de Sienne cuando el gato del bosque se acercaba.

—No hace falta que nos vayamos tan pronto si tú no quieres —dijo Lucas, cuando estaban en los muelles, con la gente reunida a su alrededor para despedirles mientras esperaban ante el barco que los iba a llevar. El Alto Comerciante N’Ka esperaba a bordo y miraba hacia abajo sonriendo, seguramente por los cofres de bienes y las promesas de comercio que Sofía le había dado.

—O podríamos ir nosotros —dijo Catalina—. Nosotros podríamos traer a nuestros padres hasta ti.

Sofía negó con la cabeza.

—Sé que parece una locura hacerlo tan pronto y no hay palabras para expresar lo que duele dejar atrás a Violeta, pero tengo la sensación de que si vamos a encontrar a nuestros padres, tenemos que ser los tres. Por alguna razón se aseguraron de que el mapa solo se unía para los tres.

—Sin embargo, no tiene que ser ahora —dijo Lucas.

—Si no es ahora, ¿cuándo? —preguntó Sofía—. Tenemos paz por un tiempo. Sebastián puede mantener el reino unido y yo todavía no estoy atrapada en los detalles de gobernar. Si lo dejo demasiado tiempo, puede que no lo haga nunca.

«Además, he visto lo mucho que te frustra esperar» —mandó—. «Quiero que seas feliz y quiero que Violeta tenga a sus abuelos».

«Estoy seguro de que la mimarán» —mandó Lucas en respuesta—. «Y los encontraremos».

Sofía se aferraba a esa certeza mientras se dirigía hacia el lugar donde Sebastián estaba con su hija. Percibía que él estaba intentando ser fuerte por ella, que deseaba que no se fuera o irse él. Lo besó con ternura.

—No estaré mucho tiempo fuera —dijo ella.

—Cada momento se hará eterno —respondió Sebastián—. Y el camino hacia el sur es muy largo.

—El alto comerciante está seguro de que el viaje hasta la costa no durará más de una o dos semanas —dijo Sofía, con la esperanza de que tuviera razón—. Después de eso, el viaje hacia el interior podría durar otra semana, dos como mucho. Estaré otra vez contigo antes de que te des cuenta, junto con los abuelos de Violeta, si es que podemos encontrarlos.

—Dos meses se harán una eternidad —dijo Sebastián. Le pasó la mano por el pelo—. Pero sé lo feliz que te hará encontrar por fin a tus padres. Yo iría contigo, si pudiera.

Sofía sabía que lo haría y la idea de que toda la familia hiciera un viaje para encontrar a sus padres le provocaba un anhelo que dolía, aunque sabía que eso no podía suceder.

—Uno de nosotros tiene que quedarse aquí para hacer que las cosas funcionen.

—Solo deseo poder asegurar que estás a salvo —dijo Sebastián.

Sofía miró hacia el barco, donde una mezcla de sirvientes y soldados de Ishjemme estaban buscando un lugar en cubierta—. Tengo a medio regimiento conmigo, junto con Sienne, Lucas y Catalina. Creo que soy yo la que debe preocuparse por ti sin que nos tengas a nosotros para cuidarte.

—Haré todo lo que pueda para que no me vuelvan a encarcelar —prometió Sebastián con una sonrisa que Sofía le devolvió.

—Te quiero mucho —dijo, besándolo de nuevo. Se inclinó hacia abajo para besar la frente de su hija—. Y a ti también te quiero. Cuando crezcas, te contaremos la historia de cómo fuimos a buscar a tus abuelos para que pudieran verte.

Dejaba muchas cosas atrás en el reino. Su hija y su marido eran las más evidentes de entre ellas, pero también había muchas otras. Sus primos estaban aquí, Hans trabajando en la tesorería, Ulf y Frig en la hacienda de Monthys, Jan… bueno, a él no lo había visto desde el día de su boda, pero esperaba que estuviera bien.

Las diversas facciones del reino parecían calmadas de momento. La Iglesia de la Diosa Enmascarada y la Asamblea parecían estar tranquilas hasta ahora, mientras que el progreso para la gente que había sido esclavizada bajo la Viuda ya había empezado. Aún más, Sofía confiaba en Sebastián. Si alguien podía hacer funcionar las cosas aquí mientras ella no estaba, ese era él. Todos los nobles y la gente lo respetaban, mientras que él conocía todos los asuntos del gobierno mucho mejor que ella.

Aun así, dejarlos a él y a Violeta era lo más duro que había hecho.

—Vendré lo antes que pueda —prometió—. Aprenderé a movilizar al viento para que empuje el barco más rápido, si hace falta. No permitiré que nada nos separe mucho más tiempo del necesario.

—Y cuando vuelvas, tendrás historias que contar —dijo Sebastián con una sonrisa que Sofía veía que no sentía. Estaba siendo valiente por ella, pero a veces ser valiente bastaba.




Конец ознакомительного фрагмента.


Текст предоставлен ООО «ЛитРес».

Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/pages/biblio_book/?art=51923298) на ЛитРес.

Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.


