Mando Principal
Jack Mars


“Uno de los mejores thrillers que he leído este año.”--Críticas de Libros y Películas (referente a Por Todos Los Medios Necesarios) En MANDO PRINCIPAL (La Forja de Luke Stone - Libro n° 2), un innovador thriller de acción del número 1 en ventas, Jack Mars, el veterano de élite de las Fuerzas Delta Luke Stone, de 29 años, dirige al Equipo de Respuesta Especial del FBI en una angustiosa misión para salvar a los rehenes estadounidenses de un submarino nuclear. Pero cuando todo sale mal y el Presidente impresiona al mundo con su reacción, podría pesar sobre los hombros de Luke el salvar no sólo a los rehenes, sino al mundo entero.MANDO PRINCIPAL es un thriller militar inigualable, un viaje de acción salvaje que te hará pasar las páginas hasta altas horas de la noche. Esta serie, precuela de la SERIE DE THRILLER LUKE STONE, éxito de ventas, nos remite a cómo empezó todo, una serie fascinante del famoso autor Jack Mars, calificado como “uno de los mejores autores de suspense.” “Thriller en su máxima expresión.”--Midwest Book Review (referente a Por Todos los Medios Necesarios) También está disponible la exitosa serie, número uno en ventas, de THRILLER LUKE STONE de Jack Mars (7 libros), que comienza con Por Todos los Medios Necesarios (Libro nº1), con más de 800 reseñas de cinco estrellas!







M A N D O P R I N C I P A L



(LA FORJA DE LUKE STONE — LIBRO 2)



J A C K M A R S


Jack Mars



Jack Mars es un ávido lector y fanático de toda la vida del género thriller. POR TODOS LOS MEDIOS NECESARIOS es el thriller de debut de Jack. A Jack le gusta saber de ti, así que no dudes en visitar www.jackmarsauthor.com para unirte a la lista de correo electrónico, recibir un libro gratis, recibir regalos gratis, conectarte en Facebook y Twitter, ¡y mantenerse en contacto!



Copyright © 2019 por Jack Mars. Todos los derechos reservados. Excepto en lo permitido en la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida de ninguna forma o por ningún medio, ni almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico tiene licencia únicamente para su disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o regalado a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor, compre una copia adicional para cada destinatario. Si está leyendo este libro y no lo ha comprado, o si no lo ha comprado sólo para su uso, devuélvalo y compre su propia copia. Gracias por respetar el duro trabajo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, asuntos, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son producto de la imaginación del autor o se usan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es enteramente una coincidencia. Imagen de la cubierta Copyright Getmilitaryphotos, utilizada bajo la licencia de Shutterstock.com.


LIBROS POR JACK MARS



LUKE STONE THRILLER SERIES

POR TODOS LOS MEDIOS NECESARIOS (Libro #1)



SERIE PRECUELA LA FORJA DE LUKE STONE

OBJETIVO PRINCIPAL (Libro #1)

MANDO PRINCIPAL (Libro #2)



LA SERIE DE ESPÍAS DE KENT STEELE

AGENTE CERO (Libro #1)

OBJETIVO CERO (Libro #2)

CACERÍA CERO (Libro #3)


CONTENIDO



CAPÍTULO UNO (#uce128638-4c06-5ca1-adc6-9dbbb5690d32)

CAPÍTULO DOS (#uf78c83f0-7926-5920-9ecb-1595de01352b)

CAPÍTULO TRES (#u18ee5489-7392-53c1-acad-a02148a7c34d)

CAPÍTULO CUATRO (#u76101951-cd44-522d-b816-77bd61022eff)

CAPÍTULO CINCO (#u533c5d50-c0ef-57e5-9aa9-94fdab00ef88)

CAPÍTULO SEIS (#ua93c8bbe-097e-5f6d-aff3-a84880cac3b1)

CAPÍTULO SIETE (#u1ca3b0f7-b35c-5f13-9efc-034499dad38d)

CAPÍTULO OCHO (#u105535d3-1dc6-5700-8f9b-47a1c05168e1)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS (#litres_trial_promo)




CAPÍTULO UNO


25 de junio de 2005

13:45 Hora de Moscú (5:45 Hora del Este)

130 Kilómetros al Sudeste de Yalta

El Mar Negro



—Estoy harto de esperar, —le dijo el gordo piloto del submarino a Reed Smith. —Vamos a hacerlo ya. —Smith se sentó en la cubierta del Explorador del Egeo, un barco pesquero viejo y hecho polvo que había sido adaptado para descubrimientos arqueológicos. Estaba fumando un cigarrillo turco, bebiendo una lata de Coca-Cola y absorbiendo el calor del día de sol, la sensación de aire salado y seco, y la llamada de las gaviotas que se congregaban en el cielo alrededor del barco.

El sol del mediodía se elevaba por encima de sus cabezas y ahora empezaba a arrastrarse hacia el oeste. La tripulación científica todavía estaba dentro de la timonera del barco, fingiendo hacer cálculos sobre el paradero de un antiguo buque mercante griego, que descansa en el barro a 350 metros bajo la superficie de este hermoso mar azul.

A su alrededor había aguas abiertas, las olas brillaban al sol.

—¿Qué prisa hay? —dijo Smith. Seguía teniendo resaca de las dos noches anteriores. El Explorador del Egeo había estado atracado durante varios días en el puerto turco de Samsun. Sin nada más que hacer, Smith había estado probando la vida nocturna local.

A Smith le gustaba vivir en compartimentos herméticos. Podía salir a beber y a divertirse con prostitutas en una ciudad extraña, sin acordarse de las personas de otros lugares que lo matarían si tuvieran la oportunidad. Podía sentarse en esta cubierta, disfrutar de un cigarro y de la belleza de las aguas que lo rodeaban, sin pensar en cómo, en un momento, estaría conectándose a los cables de comunicación rusos a cien pisos por debajo de la superficie de esas aguas. Y vivir en compartimentos significaba que él no disfrutaba con las personas que estaban pensando constantemente, anticipando, buscando entre los contenidos de un compartimiento y poniéndolos en otro. A la gente le gusta este piloto de submarino.

—¿Qué tipo de equipo de arqueología se zambulle a media tarde? —dijo el piloto. — Deberíamos haber bajado por la mañana.

Smith no dijo una palabra. La respuesta debería ser lo suficientemente obvia.

El Explorador del Egeo había trabajado en aguas, no sólo del Egeo, sino también del Mar Negro y el Mar de Azov. En apariencia, el Explorador estaba buscando restos de naufragios, abandonados por antiguas civilizaciones extintas.

El Mar Negro en particular era un lugar excelente para buscar restos de naufragios. El agua de aquí era anóxica, lo que significaba que por debajo de los 150 metros casi no había oxígeno. La vida marina era escasa allí abajo, y lo poco que había allí eran más bien variedades de bacterias anaerobias.

Eso significaba que los objetos que caían al fondo del mar estaban muy bien conservados. Allí había barcos de la Edad Media, en los que los buzos modernos habían encontrado miembros de una tripulación, todavía vestidos con la ropa que usaban cuando murieron.

A Reed Smith le gustaría ver algo así. Por supuesto, tendría que esperar a otro momento. No estaban aquí para bucear en un naufragio.

El Explorador del Egeo y su misión eran mentira. La Investigación Internacional Poseidón, la organización que poseía y tripulaba el Explorador del Egeo, también era una mentira. Reed Smith era una mentira. La verdad era que todos los hombres a bordo de este barco eran empleados de un operador de élite encubierto cedido, o un profesional autónomo contratado temporalmente por la Agencia Central de Inteligencia.

—Equipo del Nereus, carguen, —dijo una voz plana por el altavoz.

El Nereus era un pequeño submarino amarillo brillante, conocido en el mercado como sumergible. Su cabina era una burbuja acrílica perfectamente redonda. Esa burbuja, de aspecto frágil, resistiría la presión a una profundidad de mil metros, presión cien veces mayor que en la superficie.

Smith arrojó su cigarrillo al agua.

Los dos hombres avanzaron hacia el sumergible. A ellos se unió un tercer hombre, un tipo fuerte y musculoso de unos veinte años, con una profunda cicatriz en el lado izquierdo de la cara. Tenía un corte de pelo de estilo militar. Sus ojos eran muy afilados. Afirmaba ser un biólogo marino llamado Eric Davis.

El chico olía a operaciones especiales, todo él. Apenas había hablado una palabra todo el tiempo que habían estado en el barco.

El Nereus amarillo brillante descansaba sobre una plataforma de metal. Parecía un robot amistoso de una película de ciencia ficción, incluso tenía dos brazos robóticos negros de metal, que le salían de la parte delantera. Una grúa pesada se alzaba desde la cubierta del barco, lista para levantar el Nereus hacia el agua. Dos hombres vestidos con trajes de color naranja esperaban para enganchar el Nereus al grueso cable del que estaría suspendido.

Smith y sus dos compañeros de tripulación subieron las escaleras y treparon, de uno en uno, a través de la escotilla principal. El chico de operaciones especiales fue el primero, ya que se sentaría en la parte de atrás. Luego entró el piloto.

Smith entró el último, dejándose caer en el asiento del copiloto. Justo frente a él estaban los controles de los brazos del robot. A su alrededor estaba la clara burbuja de la cabina. Extendió la mano y tiró de la escotilla, que se cerró detrás de él, girando la válvula para sellarla y bloquearla.

Estaba hombro con hombro con el piloto gordo, Bolger. El cristal de la cabina no estaba a más de medio metro de su cara, y a quince centímetros de su hombro derecho.

Hacía calor dentro de este orbe, y se estaba calentando cada vez más.

— Acogedor, —dijo Smith, sin disfrutar de la sensación más de lo que lo hacía cuando estaba entrenando para esta situación. Una persona claustrofóbica no habría durado ni tres minutos dentro de esta cosa.

— Acostúmbrate, —dijo el piloto. —Vamos a estar un rato aquí dentro.

Tan pronto como Smith selló la escotilla, el Nereus cobró vida. Los hombres lo habían enganchado al cable y la grúa lo levantó hacia el agua. Smith miró hacia atrás. Uno de los hombres con los monos de color naranja estaba montado en la estrecha cubierta exterior del Nereus. Sostenía el cable con una mano enguantada.

En un momento, se quedaron suspendidos, a una altura de dos pisos en el aire. La grúa los bajó al agua, el barco pesquero verde se cernía sobre ellos ahora. Una Zodiac apareció con un hombre a bordo, moviéndose rápido. El hombre de la cubierta exterior se ocupó de soltar las correas del cable y luego se montó en la Zodiac.

Una voz llegó por la radio. —Nereus, aquí el mando del Explorador del Egeo. Iniciad las pruebas.

— Roger, —dijo el piloto. —Iniciando. —El hombre tenía una serie de controles frente a él. Presionó un botón en la parte superior de la palanca que sostenía en la mano. Luego comenzó a accionar los interruptores, su carnosa mano izquierda se movía de un lado a otro en rápida sucesión. Su mano derecha se quedó en la palanca de mando. El aire fresco y oxigenado comenzó a soplar en el pequeño módulo. Smith respiró hondo. Le venía muy bien a su cara sudorosa. Se había comenzado a recalentar durante ese minuto.

La voz del piloto y la radio intercambiaron información, hablándose entre sí a medida que el submarino se balanceaba suavemente, hacia adelante y luego hacia atrás. El agua burbujeó y se elevó a su alrededor. En unos segundos, la superficie del Mar Negro estaba justo encima de sus cabezas. Smith y el hombre de atrás permanecieron callados, dejando que el piloto hiciera su trabajo. No eran otra cosa que completos profesionales.

— Iniciad una navegación silenciosa, —dijo la voz.

—Navegación silenciosa, —dijo el piloto. — Nos vemos por la noche.

—Buena suerte, Nereus.

El piloto hizo algo que ningún piloto de sumergible civil en busca de un naufragio podría haber hecho. Apagó la radio. Luego apagó su baliza de localización. Sus líneas vitales con la superficie se cortaron.

¿Podría el Explorador del Egeo seguir viendo al Nereus en el sonar? Por supuesto. Pero el Explorador sabía dónde estaba el Nereus. En poco tiempo, ni siquiera eso sería verdad. El Nereus era un pequeño punto en un vasto mar.

A todos los efectos, el Nereus se había ido.

Reed Smith respiró hondo otra vez. Esta debía ser la trigésima vez que se había sumergido en una de estas cosas, durante el entrenamiento y en el mundo real, pero todavía no se había acostumbrado. A sólo cuatro metros y medio de profundidad, el mar se había vuelto azul brillante, a medida que la luz solar de la superficie se dispersaba y se absorbía. En el espectro de color, el rojo se absorbía primero, proyectando una pátina azul sobre el mundo submarino.

Se volvió más azul y más oscuro cuando el submarino se hundió en las profundidades.

— Es hermoso, —dijo Eric Davis detrás de ellos.

— Sí, lo es, —dijo el piloto. — Nunca me canso de esto.

Cayeron a través del agua hacia la oscuridad profunda y en calma. No era completa, sin embargo. Smith sabía que una pequeña cantidad de luz de la superficie todavía llegaba hasta ellos. Esta era la capa crepuscular. Debajo de ellos, aún más profundo, era medianoche.

El negro los envolvió. El piloto no encendió las luces; en su lugar, navegó con sus instrumentos. Ahora no había nada que ver.

Smith se dejó llevar. Cerró los ojos y respiró hondo. Luego otra vez y una vez más. Dejó que la resaca se apoderara de él. Tenía un trabajo que hacer, pero aún no. El piloto, Bolger, se lo diría cuando llegara el momento. Ahora sólo flotaba en su mente. Era una sensación agradable, escuchar el zumbido de los motores y el murmullo suave y ocasional de los dos hombres que estaban en la cápsula con él, mientras hablaban un poco sobre esto o aquello.

El tiempo pasó. Posiblemente mucho tiempo.

—¡Smith! —silbó Bolger. —¡Smith! Despierta.

Habló sin abrir los ojos. —No estoy dormido. ¿Ya hemos llegado?

—No. Tenemos un problema.

Los ojos de Smith se abrieron de golpe. Se sorprendió al ver una oscuridad casi total por todas partes a su alrededor. Las únicas luces provenían del brillo rojo y verde del panel de instrumentos. Problema no era la palabra que quería escuchar a cientos de metros bajo la superficie del Mar Negro.

— ¿Qué pasa?

El dedo rechoncho de Bolger señaló la pantalla de la sonda. Había algo grande allí, tal vez a tres kilómetros al noroeste. Si no era una ballena azul, que casi seguro que no lo era, entonces era un buque de algún tipo, probablemente un submarino. Y sólo había un país, que Smith supiera, que operaba submarinos reales en estas aguas.

— Ah, demonios, ¿por qué has encendido el sonar?

— Tenía un mal presentimiento, —dijo Bolger. — Quería asegurarme de que estábamos solos.

— Bueno, está claro que no lo estamos, —dijo Smith. —Y tú les estás avisando de nuestra presencia.

Bolger sacudió la cabeza. —Ya sabían que estábamos aquí. —señaló dos puntos mucho más pequeños, detrás de ellos, hacia el sur. Señaló un punto similar más adelante y justo hacia el este, a menos de un kilómetro de distancia. —¿Ves esos? No está bien. Están convergiendo hacia nuestra ubicación.

Smith se pasó una mano por la cabeza. —¿Davis?

—No es asunto mío, —dijo el hombre de atrás. —Estoy aquí para rescatar vuestros culos y hundir el submarino, en caso de un mal funcionamiento del sistema o un error del piloto. No estoy en condiciones de captar a un enemigo desde aquí dentro. Y en estas profundidades no podría, aunque quisiera, ni abrir la escotilla. Demasiada presión.

Smith asintió con la cabeza. —Sí. —miró el piloto. — ¿Distancia hasta el objetivo?

Bolger sacudió la cabeza. — Demasiado lejos.

—¿Punto de encuentro?

— Olvídalo.

— ¿Podemos evadirnos?

Bolger se encogió de hombros. ¿En esto? Supongo que podemos intentarlo.

—Aplica una acción evasiva, —Smith estuvo a punto de decirlo, pero no tuvo la oportunidad. De repente, una luz brillante se encendió directamente frente a ellos. El efecto en la pequeña cápsula fue cegador.

—Date la vuelta, —dijo Smith, protegiéndose los ojos. — Hostiles.

El piloto hizo girar bruscamente el Nereus a 360 ​​grados. Antes de que pudiera terminar la maniobra, otra luz cegadora se encendió detrás de ellos. Estaban rodeados, por delante y por detrás, por sumergibles como este. Como este, ya que Smith estaba familiarizado con los sumergibles enemigos. Los habrían diseñado y construido de nuevo en la década de 1960, durante la era de las calculadoras de bolsillo.

Casi golpea la pantalla frente a él. ¡Maldita sea! Seguramente no tuvo en cuenta ese gran objeto más allá, probablemente un cazador-asesino.

La misión, altamente clasificada, iba a ser una birria. Pero eso no era lo peor de todo, ni de cerca. Lo peor de todo era el propio Reed Smith. No podía ser capturado, bajo ningún concepto.

—Davis, ¿opciones?

—Puedo escabullirme con el equipo de aquí, —dijo Davis. — Pero, personalmente, me parece mejor dejar que se queden con este pedazo de chatarra y vivir para luchar otro día.

Smith gruñó. No podía ver nada y sus únicas opciones eran morir dentro de esta burbuja, o... él no quería pensar en las otras opciones.

Estupendo. ¿De quién era otra vez esta idea?

Se agachó hasta llegar a la pantorrilla y abrió la cremallera de sus pantalones militares. Había una pequeña Derringer de dos disparos pegada a su pierna. Era su arma suicida. Se arrancó la cinta de la pantorrilla, apenas sintió que le arrancaba el vello. Se llevó la pistola a la cabeza y respiró hondo.

—¿Qué estás haciendo? —dijo Bolger, con voz alarmante. —No puedes disparar eso aquí. Harás un agujero en esta cosa. Estamos a mil pies bajo la superficie.

Hizo un gesto hacia la burbuja que los rodeaba.

Smith sacudió la cabeza. —Tú no lo entiendes.

De repente, el chico de operaciones especiales estaba detrás de él. El niño se retorció como una gran serpiente y cogió la muñeca de Smith de un fuerte apretón. ¿Cómo se había movido tan rápido, en un espacio tan reducido? Por un momento, gruñeron y lucharon, apenas eran capaces de moverse. El antebrazo del chico estaba alrededor de la garganta de Smith. Golpeó la mano de Smith contra la consola.

—¡Suéltala! —gritó. —¡Suelta el arma!

Ahora el arma ya no estaba. Smith empujó hacia abajo con las piernas y se tiró hacia atrás, tratando de zafarse del chico.

—Tú no sabes quién soy yo.

— ¡Parad! —gritó el piloto. —¡Dejad de pelear! Estáis golpeando los controles.

Smith logró salir de su asiento, pero ahora el chico estaba encima de él. Era fuerte, inmensamente fuerte, y obligó a Reed a tumbarse entre el asiento y el borde del submarino. Encajó a Reed allí y lo empujó hasta que se hizo una pelota. El chico estaba ahora encima de él, respirando con dificultad. Su aliento a café estaba en la oreja de Reed Smith.

—Puedo matarte, ¿de acuerdo? —dijo el chico. — Puedo matarte. Si eso es lo que tenemos que hacer, vale. Pero no puedes disparar el arma aquí. El otro tipo y yo queremos vivir.

—Tengo grandes problemas —dijo Reed. — Si me preguntan... Si me torturan...

—Lo sé —dijo el chico. —Lo entiendo.

Hizo una pausa, su aliento se convirtió en una lima áspera.

—¿Quieres que te mate? Lo haré. Depende de ti.

Reed lo pensó. El arma lo habría hecho más fácil. Nada en que pensar. Un apretón rápido del gatillo, y luego... lo que sea que sucediera después. Pero disfrutaba de esta vida. Él no quería morir ahora. Era posible que pudiera resolver esto. Puede que no descubrieran su identidad. Puede que no lo torturaran.

Todo esto podría ser una simple cuestión de que los rusos confiscaran un submarino de alta tecnología y luego hicieran un intercambio de prisioneros, sin hacer muchas preguntas. Tal vez.

Su respiración comenzó a calmarse. Él nunca debería haber estado aquí, en primer lugar. Sí, sabía cómo conectar los cables de comunicación. Sí, tenía experiencia submarina. Sí, era un tipo hábil. Pero…

El interior del submarino todavía estaba bañado por una luz brillante y cegadora. Acababan de ofrecerle un gran espectáculo a los rusos.

La cuestión en sí costaría algunas preguntas.

Pero Reed Smith quería vivir.

—Está bien, —dijo. —De acuerdo. No me mates, déjame levantarme. No voy a hacer nada.

El chico comenzó a levantarse. Se tomó un momento. El espacio en el submarino era tan estrecho, que parecían dos personas derribadas y muriendo en medio de la multitud de la Meca. Era difícil desenredarse.

En unos minutos, Reed Smith volvió a su asiento. Había tomado su decisión. Esperaba que fuera la correcta.

—Enciende la radio, —le dijo a Bolger. —Vamos a ver qué dicen estos bromistas.




CAPÍTULO DOS


10:15 Hora del Este

Gabinete de Crisis

La Casa Blanca, Washington, DC



—Parece que ha sido una misión mal diseñada, —dijo un asistente. —El problema aquí es la negación plausible.

David Barrett, de casi un metro ochenta de altura, miró hacia el hombre. El ayudante era rubio, de cabello fino, un poco gordo, con un traje que le quedaba demasiado grande por los hombros y demasiado pequeño alrededor de la cintura. El hombre se llamaba Jepsum. Era un nombre desafortunado para un hombre desafortunado. A Barrett no le gustaban los hombres que medían menos de un metro ochenta y no le gustaban los hombres que no se mantenían en forma.

Barrett y Jepsum se movían rápidamente por los pasillos del Ala Oeste, hacia el ascensor que los llevaría al Gabinete de Crisis.

—¿Sí? —dijo Barrett, cada vez más impaciente. —¿Negación plausible?

Jepsum sacudió la cabeza. —Correcto. No tenemos ninguna.

Una falange de personas caminaba junto a Barrett, delante de él, detrás de él, a su alrededor: ayudantes, pasantes, hombres del Servicio Secreto, personal de varios tipos. Una vez más, y como siempre, no tenía ni idea de quiénes eran la mitad de estas personas. Eran una masa enmarañada de humanos, que avanzaba a toda velocidad, y él les sacaba una cabeza a casi todos ellos. El más bajo de ellos podría pertenecer a una especie completamente diferente a la suya.

La gente de baja estatura frustraba a Barrett y más aún, verlos todos los días. David Barrett, el Presidente de Estados Unidos, había vuelto al trabajo demasiado pronto.

Sólo habían pasado seis semanas desde que su hija Elizabeth fue secuestrada por terroristas y luego rescatada por comandos estadounidenses, en una de las operaciones encubiertas más arriesgadas de los últimos tiempos. Él se vino abajo durante la crisis. Había dejado de interpretar su papel, ¿quién podría culparlo? Después, había estado destrozado, agotado, y tan aliviado de que Elizabeth estuviera sana y salva, que no tenía palabras para expresarlo plenamente.

Toda la multitud se metió en el ascensor, amontonándose en su interior como sardinas en lata. Dos hombres del Servicio Secreto entraron con ellos en el ascensor. Eran hombres altos, uno negro y otro blanco. Las cabezas de Barrett y sus protectores se cernían sobre todos los demás como estatuas de la Isla de Pascua.

Jepsum todavía lo estaba mirando, sus ojos tan sinceros casi parecían los de una cría de foca. —... y su embajada ni siquiera va a reconocer nuestras comunicaciones. Después del fiasco del mes pasado en las Naciones Unidas, no creo que podamos anticipar mucha cooperación.

Barrett no podía seguir a Jepsum, pero a lo que sea que estuviera diciendo, le faltaba contundencia. ¿No tenía el Presidente a su disposición hombres más fuertes que este?

Todos hablaban a la vez. Antes de que Elizabeth fuera secuestrada, Barrett solía lanzar una de sus legendarias diatribas sólo para que la gente se callara. Pero, ¿y ahora? Él simplemente permitía a todo este barullo de gente que divagara, el ruido del parloteo le llegaba como una forma de música sin sentido. Dejó que lo impregnara.

Barrett había vuelto al trabajo hacía ya cinco semanas y el tiempo había pasado en una imagen borrosa. Había despedido a su Jefe del Estado Mayor, Lawrence Keller, a raíz del secuestro. Keller era otro tapón, un metro sesenta y cinco en el mejor de los casos, y Barrett había llegado a sospechar que Keller le era desleal. No tenía ninguna evidencia de ello y ni siquiera podía recordar bien por qué lo creía, pero, en cualquier caso, pensó que deshacerse de Keller era lo mejor.

Pero ahora, Barrett estaba sin la calma suave y gris de Keller y sin su implacable eficiencia. Cuando Keller se fue, Barrett sintió que iba a la deriva, con cabos sueltos, incapaz de dar sentido a la avalancha de crisis, mini desastres e información banal que lo bombardeaban a diario.

David Barrett comenzaba a pensar que estaba teniendo otra crisis. Tenía problemas para dormir. ¿Problemas? Apenas podía dormir. A veces, cuando estaba solo, comenzaba a hiperventilar. Algunas veces, a altas horas de la noche, se encontraba encerrado en su baño privado, llorando en silencio.

Pensó que le sentaría bien ir a terapia, pero cuando eres el Presidente de Estados Unidos, tener trato con un psiquiatra no es una opción. Si los periódicos se enteraran, y los canales de televisión por cable... no quería pensar en eso.

Sería el fin, por decirlo suavemente.

El ascensor se abrió hacia la sala del Gabinete de Crisis, con forma ovalada. Era moderna, como la cabina de mando de una nave espacial de la televisión. Había sido diseñada para aprovechar al máximo el espacio: pantallas grandes incrustadas en las paredes cada medio metro y una pantalla de proyección gigante en la pared del fondo, al final de la mesa.

A excepción del propio asiento de Barrett, todos los lujosos asientos de cuero en la mesa ya estaban ocupados: hombres con sobrepeso vestidos con trajes, hombres delgados y militares con uniforme, rectos como palos. Un hombre alto vestido con uniforme de gala estaba en la cabecera de la mesa.

Altura. Era tranquilizador de alguna manera. David Barrett era alto, y durante la mayor parte de su vida había sido una persona sumamente segura. Este hombre que se preparaba para dirigir la reunión también debería estar seguro de sí mismo. De hecho, exudaba confianza y mando. Este hombre, este general de cuatro estrellas...

Richard Stark.

Barrett recordaba que no se preocupaba mucho por Richard Stark. Pero en este momento, él no se preocupaba mucho por nadie. Y Stark trabajaba en el Pentágono. Tal vez el general podría arrojar algo de luz a este último y misterioso revés.

—Cálmense, —dijo Stark, cuando parte de la multitud que había salido del ascensor se movía hacia sus asientos.

—¡Señores! Cálmense. El Presidente está aquí.

La sala quedó en silencio. Algunas personas continuaron murmurando, pero incluso eso se extinguió rápidamente.

David Barrett se sentó en su silla de respaldo alto.

—Está bien, Richard, —dijo. —No importan los preliminares. No importa la lección de historia. Ya hemos escuchado todo eso antes. Sólo dime, en el nombre de Dios, qué está pasando.

Stark deslizó unas gafas de lectura negras sobre su rostro y miró las hojas de papel en su mano. Respiró hondo y suspiró.

En las pantallas alrededor de la sala, apareció una masa de agua.

—Lo que estamos viendo en las pantallas es el Mar Negro, —dijo el general. —Hasta donde sabemos, hace unas dos horas, un pequeño sumergible con tres hombres, propiedad de una compañía estadounidense llamada Poseidon Research estaba operando muy por debajo de la superficie, en aguas internacionales, a más de cien kilómetros al sureste de Yalta, en la península de Crimea. Parece haber sido interceptado y capturado por integrantes de la Armada rusa. La misión declarada del submarino era encontrar y marcar la ubicación de un antiguo barco comercial griego, que se cree que se hundió en esas aguas hace casi mil quinientos años.

El Presidente Barrett miró al general mientras cogía aire. Eso no parecía nada malo. ¿A qué venía todo este alboroto?

Un submarino civil estaba haciendo exploración arqueológica en aguas internacionales. Los rusos estaban reconstruyendo su fuerza después de unos quince años desastrosos, más o menos, y querían que el Mar Negro volviera a ser su propio lago privado. Entonces se habían irritado y se habían pasado de la raya. Bien, había que presentar una queja ante la embajada y recuperar a los científicos. Tal vez incluso recuperar también el submarino. Todo era un malentendido.

—Perdóneme, general, pero esto parece algo que deberían resolver los diplomáticos. Aprecio que se nos informe de progresos de este tipo, pero parece que va a ser fácil resolver la crisis en este caso; le diremos al embajador…

—Señor, —dijo Stark. —Me temo que es un poco más complicado que eso.

Eso molestó enseguida a Barrett, el hecho de que Stark lo interrumpiera frente a una sala llena de gente. —Está bien, —dijo. —Pero ya puede ser bueno.

Stark sacudió la cabeza y volvió a suspirar. —Sr. Presidente, la Poseidon Research International es una compañía financiada y dirigida por la Agencia Central de Inteligencia. Es una tapadera. El sumergible en cuestión, el Nereus, se hacía pasar por un buque de investigación civil. De hecho, estaba en una misión clasificada, bajo los auspicios del Grupo de Operaciones Especiales de la CIA y el Mando Conjunto de Operaciones Especiales. Los tres hombres capturados incluyen a un civil con autorizaciones de seguridad de alto nivel, un agente especial de la CIA, y un miembro de los Navy SEAL.

Por primera vez en más de un mes, David Barrett sintió una vieja sensación familiar surgir dentro de él, ira. Era un sentimiento que disfrutaba. ¿Habían enviado a un submarino a una misión de espionaje en el Mar Negro? Barrett no necesitaba el mapa de la pantalla para saber la geopolítica implicada.

—Richard, con perdón de la expresión, pero ¿qué demonios estábamos haciendo con un submarino espía en el Mar Negro? ¿Queremos entrar en guerra con los rusos? El Mar Negro es su patio trasero.

—Señor, con el debido respeto, esas son aguas internacionales abiertas a la navegación, y tenemos la intención de mantenerlas así.

Barrett sacudió la cabeza. Por supuesto que sí. — ¿Qué estaba haciendo allí el submarino?

El general tosió. —Tenía la misión de conectarse a los cables de comunicación rusos, en el fondo del Mar Negro. Como sabe, desde el colapso de la Unión Soviética, los rusos arriendan el antiguo puerto naval soviético en Sebastopol a los ucranianos. Ese puerto era el pilar de la flota soviética en la región y tiene el mismo propósito para la Armada rusa. Como puede imaginar, el acuerdo es extraño.

—Las líneas telefónicas rusas y los cables de comunicación por ordenador atraviesan el territorio ucraniano en Crimea hasta la frontera con Rusia. Mientras tanto, las tensiones han aumentado entre Rusia y Georgia, justo al sur de ese punto. Nos preocupa que pueda estallar una guerra, si no ahora, en un futuro cercano.

—Georgia es muy amigable con nosotros y queremos que ellos y Ucrania se unan a la OTAN algún día. Hasta que se unan a la OTAN, son vulnerables a un ataque ruso. Recientemente, los rusos han colocado cables de comunicación a lo largo del fondo del mar desde Sebastopol hasta Sochi, eludiendo por completo los cables que cruzan Crimea.

—La misión del Nereus era encontrar la ubicación de esos cables y, si era posible, acceder a ellos. Si los rusos deciden atacar Georgia, la flota de Sebastopol lo sabrá de antemano. Nosotros queremos saberlo, también.

Stark hizo una pausa.

—Y la misión ha sido un fracaso total, —dijo David Barrett.

El general Stark no lo discutió.

—Sí, señor. Lo ha sido.

Barrett tenía que concederle crédito por eso. Muchas veces, estos tipos venían aquí y trataban de convertir una mierda en oro, justo delante de sus ojos. Bueno, Barrett ya no iba a tolerarlo, y Stark había obtenido un par de puntos, por no intentarlo siquiera.

—Por desgracia, señor, el fracaso de la misión no es realmente el mayor problema al que nos enfrentamos. La cuestión que debemos abordar en este momento es que los rusos no han reconocido que han tomado el submarino. También se niegan a responder a nuestras preguntas sobre su paradero, o las condiciones a las que se han enfrentado los hombres que estaban a bordo. Por el momento, no estamos seguro de si esos hombres están vivos o muertos.

—¿Sabemos con certeza que interceptaron el submarino?

Stark asintió con la cabeza. —Sí. El submarino está equipado con una baliza de localización por radio, que se había apagado. Pero también está equipado con un pequeño chip de ordenador que transmite su ubicación al sistema de posicionamiento global por satélite. El chip sólo funciona cuando el submarino está en la superficie. Los rusos parecen no haberlo detectado todavía. Está incrustado en lo más profundo de los sistemas mecánicos. Tendrían que desarmar todo el submarino, o destruirlo, para que el chip dejara de funcionar. Mientras tanto, sabemos que han elevado el submarino a la superficie, y lo han llevado a un pequeño puerto a varios kilómetros al sur de Sochi, cerca de la frontera con la ex república soviética de Georgia.

¿Y los hombres? —dijo Barrett.

Stark asintió y se encogió de hombros. —Creemos que están dentro del barco.

—¿Nadie sabe que se ha llevado a cabo esta misión?

—Sólo nosotros y ellos, —dijo Stark. — Nuestra mejor suposición es que puede haber habido una filtración de información reciente entre los participantes de la misión, o dentro de las agencias involucradas. Odiamos pensar eso, pero la Poseidon Research ha operado al descubierto durante dos décadas, y nunca antes ha habido indicios de que se hubiera violado su seguridad.

Entonces se le ocurrió una idea extraña a David Barrett.

¿Cuál es el problema?

Ha sido una misión secreta. Los periódicos no saben nada al respecto. Y los hombres involucrados conocían bien los riesgos que corrían. La CIA conocía los riesgos. Los jefazos del Pentágono conocían los riesgos. En algún nivel, deben haber sabido lo estúpido que era. Ciertamente, nadie le había pedido permiso al Presidente de los Estados Unidos para llevar a cabo la misión. Sólo se había enterado del asunto después de que hubiera acontecido el desastre.

Ese era uno de los aspectos que menos le gustaban, al tratar con la llamada “comunidad de inteligencia”. Tendían a contarle las cosas después de que ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto.

Por un instante, se sintió como un padre enfadado, que acaba de enterarse de que su hijo adolescente había sido arrestado por vandalismo, por la policía local. Deja que el niño se pudra en la cárcel una noche. Iré a recogerlo por la mañana.

— ¿Podemos dejarlos allí? —dijo él.

Stark levantó una ceja. —¿Señor?

Barrett miró alrededor de la habitación. Todos los ojos estaban pendientes de él. Era extremadamente sensible a las dos docenas de pares de ojos. Ojos jóvenes en las filas de atrás, ojos marchitos con patas de gallo alrededor de la mesa, ojos de búho detrás de gafas. Pero los ojos, que normalmente mostraban tanta deferencia, ahora parecían mirarlo de otra manera. Ese algo podría ser confusión, o podría ser un comienzo de...

¿Lástima?

— ¿Podemos dejarlos allí y negociar tranquilamente su liberación? Eso es lo que estoy pidiendo. ¿Aunque nos lleve algo de tiempo? ¿Aunque nos lleve un mes? ¿Seis meses? Parece que las negociaciones serían una forma de evitar otro incidente más.

—Señor, —dijo el general. —Me temo que no podemos hacer eso. El incidente ya ha sucedido.

—Bien, —dijo Barrett.

Y así como así, se cerró en banda. Con tranquilidad, como el chasquido de las ramas. Pero ya había tenido suficiente. El hombre lo había contradicho demasiadas veces. ¿Se daba cuenta de con quién estaba hablando? Barrett señaló al general con un largo dedo.

—El caballo ya está fuera del granero. ¿Es eso lo que me estás diciendo? ¡Hay que hacer algo! Tú y tus títeres en la sombra habéis hecho una jugada estúpida, sobrepasando los límites por vuestra propia cuenta y ahora queréis que el gobierno oficial, elegido popularmente, os saque de vuestro embrollo. Otra vez.

Barrett sacudió la cabeza. —Estoy harto de eso, General. ¿Qué te parece? No puedo soportarlo más. ¿De acuerdo? Mi instinto ahora me dicta dejar a esos hombres con los rusos.

David Barrett volvió a observar los ojos en la sala. Muchos de ellos ahora estaban mirando hacia otro lado, a la mesa frente a ellos, al General Stark, a los brillantes informes encuadernados con anillas de plástico. Hacia cualquier lugar, menos hacia su Presidente. Era como si hubiera tenido un accidente en los pantalones que apestaba. Era como si supieran algo que él no sabía.

Stark confirmó al instante la verdad sobre eso.

—Señor Presidente, no iba a hablar de esto, pero no me deja otra alternativa. Uno de los hombres de esa tripulación ha tenido acceso a información de naturaleza altamente sensible. Ha sido una parte integrante de las operaciones encubiertas en tres continentes durante más de una década. Tiene un conocimiento enciclopédico de las redes de espionaje estadounidenses, dentro de Rusia y China, para empezar, por no hablar de Marruecos y Egipto, así como Brasil, Colombia y Bolivia. En algunos casos, él mismo estableció esas redes.

Stark hizo una pausa. La sala estaba completamente en silencio.

—Si los rusos torturan a este hombre durante el interrogatorio, las vidas de docenas de personas, muchas de ellas importantes activos de inteligencia, podrían perderse. Peor que eso, la información a la que esas personas tienen acceso se volvería transparente para nuestros oponentes, lo que provocaría aún más muertes. Redes extensas, que hemos tardado años en construir, podrían cerrarse en un corto período de tiempo.

Barrett miró a Stark. La hiel de estas personas era impresionante.

—¿Qué estaba haciendo ese hombre en la misión, General? —el ácido goteaba en cada palabra.

—Como he indicado, señor, la Poseidon Research International había estado operando durante décadas sin sospecha evidente. El hombre se escondía a plena vista.

—Se escondía... —dijo Barrett lentamente. —A plena vista.

—Así es como se dice, señor. Sí.

Barrett no dijo nada como respuesta, sólo lo miró. Y Stark finalmente pareció darse cuenta de que sus explicaciones no eran lo suficientemente buenas.

—Señor y, de nuevo, con todo el respeto, no he tenido nada que ver con la planificación o ejecución de esta misión. No sabía nada al respecto hasta esta mañana. No formo parte del Mando Conjunto de Operaciones Especiales, ni estoy contratado por la Agencia Central de Inteligencia. Sin embargo, sí tengo confianza plena en el juicio de los hombres y mujeres que hacen...

Barrett agitó las manos sobre su cabeza, como si dijera ALTO.

—¿Cuáles son nuestras opciones, General?

—Señor, sólo tenemos una opción. Necesitamos rescatar a esos hombres. Tan rápido como podamos; si es posible, antes de que comiencen los interrogatorios. También tenemos que hundir ese submarino, eso es primordial. Pero este individuo... tenemos que rescatarlo, o eliminarlo. Mientras esté vivo y en manos de los rusos, tenemos un desastre potencial inminente.

Pasó un momento antes de que David Barrett volviera a hablar. El general quería rescatar a los hombres, lo que sugería una misión secreta. Pero la razón por la que habían sido capturados en primer lugar era una violación de seguridad. Había habido un fallo de seguridad, así que, ¿vamos a planear más misiones secretas? Era un pensamiento circular, en su máxima expresión. Pero Barrett apenas sintió la necesidad de señalarlo. Con suerte, estaba claro incluso para el imbécil más insensato en esta sala.

Entonces se le ocurrió una idea. Iba a haber una nueva misión e iba a asignarla, pero no a la CIA o al Pentágono. Ellos eran los que habían provocado este problema, y apenas podía confiar en ellos para resolverlo. Estaría hiriendo susceptibilidades al darle el trabajo a otra persona, pero estaba claro que se lo habían buscado.

Sonrió por dentro. Tan dolorosa como era esta situación, también le presentaba una oportunidad. Aquí tenía la oportunidad de recuperar parte de su poder. Era hora de sacar del juego a la CIA y al Pentágono, a la NSA, la DIA, a todas estas agencias de espionaje bien establecidas.

Saber lo que estaba a punto de hacer hizo que David Barrett volviera a sentirse como el jefe, por primera vez en mucho tiempo.

—Estoy de acuerdo, —dijo. — Los hombres deberían ser rescatados lo más rápido posible. Y sé exactamente cómo lo vamos a hacer.




CAPÍTULO TRES


10:55 Hora del Este

Cementerio Nacional de Arlington

Arlington, Virginia



Luke Stone miró a Robby Martínez por la trinchera. Martínez estaba gritando.

—¡Vienen por todos lados!

Los ojos de Martínez estaban muy abiertos. Sus armas habían desaparecido. Había cogido el AK-47 de un Talibán y estaba ensartando con su bayoneta a todos los que saltaban la pared. Luke lo miraba horrorizado. Martínez era una isla, un pequeño bote que luchaba contra una ola de combatientes talibanes.

Y se estaba hundiendo. Luego desapareció, debajo de la pila.

Era de noche. Sólo intentaban resistir hasta el amanecer, pero el sol se negaba a salir. La munición se había agotado. Hacía frío y Luke iba sin camisa. Se la había arrancado en el fragor del combate.

Combatientes talibanes con turbante y barba se propagaban sobre las paredes, hechas con sacos de arena, del puesto avanzado. Se deslizaban, caían, saltaban. Había hombres gritando a su alrededor.

Un hombre saltó la pared con un hacha de metal.

Luke le disparó en la cara. El hombre yacía muerto contra los sacos de arena, con un agujero abierto donde antes estaba su cara. El hombre no tenía cara y ahora Luke tenía el hacha.

Se metió entre los combatientes que rodeaban a Martínez, balanceándose salvajemente. La sangre empezó a salpicar, mientras los cortaba en rodajas.

Martínez reapareció, de alguna manera todavía de pie, apuñalando con la bayoneta.

Luke enterró el hacha en el cráneo de un hombre. El corte era tan profundo que no podía sacarla. Incluso con la adrenalina atravesando su sistema, no tenía la fuerza necesaria. Tiró de ella, tiró de ella... y se rindió. Miró a Martínez.

—¿Estás bien?

Martínez se encogió de hombros. Su cara estaba roja por la sangre. Su camisa estaba llena de manchas de sangre. ¿De quién era la sangre? ¿Suya? ¿De los otros? Martínez jadeó en busca de aire e hizo un gesto hacia los cuerpos a su alrededor. —He estado mejor, te lo puedo asegurar.

Luke parpadeó y Martínez se había ido.

En su lugar había hilera tras hilera de lápidas blancas, miles de ellas, subiendo por las bajas colinas verdes a lo lejos. Era un día brillante, soleado y cálido.

En algún lugar detrás de él, un gaitero solitario tocaba “Amazing Grace”.

Seis jóvenes Soldados del Ejército llevaban el ataúd reluciente, cubierto con la bandera estadounidense, hacia la tumba abierta. Martínez había sido un Soldado antes de unirse a las Delta. Los hombres parecían severos con sus uniformes verdes y sus boinas color café, pero también parecían jóvenes. Muy, muy jóvenes, casi como niños jugando a disfrazarse.

Luke miró a los hombres. Apenas podía pensar en ellos. Inhaló profundamente. Estaba agotado. No podía recordar un momento, ni en la academia militar, ni durante el proceso de selección de las Delta, ni en las zonas de guerra, en que se hubiera encontrado igual de cansado.

El bebé, Gunner, su hijo recién nacido... no dormía. Ni de noche, ni apenas durante el día. Así que él y Becca tampoco conseguían dormir. Además, parecía como si Becca no pudiera dejar de llorar. El médico acababa de diagnosticarle depresión posparto, acentuada por el agotamiento.

Su madre se había mudado a la cabaña para vivir con ellos. No estaba funcionando, ya que la madre de Becca... ¿Por dónde empezar? Nunca en su vida había tenido un trabajo. Parecía desconcertada cada vez que Luke se iba por las mañanas, para hacer un largo viaje hasta los suburbios de Washington DC, desde Virginia. Parecía aún más desconcertada cuando él no aparecía hasta por la noche.

La cabaña rústica, bellamente situada en un pequeño acantilado sobre la bahía de Chesapeake, había pertenecido a su familia durante cien años. Había estado yendo a la cabaña desde que era una niña y ahora actuaba como si fuera la dueña del lugar. De hecho, ella era la dueña del lugar.

Había estado insinuando que Becca y el bebé deberían mudarse son ella, a su casa en Alexandria. La parte más difícil para Luke era que la idea comenzaba a parecer sensata.

Había comenzado a disfrutar las fantasías de llegar a la cabaña después de un largo día, y que el lugar estuviera en silencio. Casi podía visualizarse a sí mismo. Luke Stone abriendo el viejo y ruidoso frigorífico, cogiendo una cerveza, y saliendo al patio trasero. A tiempo para ver el atardecer, sentándose en una silla de jardín y...

¡CRACK!

Luke casi echa el corazón por la boca.

Detrás de él, un equipo de fusileros compuesto por siete hombres había disparado una descarga al aire. El sonido hizo eco a través de las laderas. Llegó otra salva, y luego otra.

Una salva de veintiún cañonazos, siete cada vez. Era un honor que no todos merecían. Martínez era un veterano de guerra, altamente condecorado en dos escenarios de guerra. Muerto ahora, por su propia mano. Pero no tenía que haber sido de esa manera.

Tres docenas de militares estaban en formación cerca de la tumba. Un puñado de Deltas y exDeltas estaban vestidos de paisanos un poco más lejos. Se podía ver que eran chicos de las Delta porque parecían estrellas de rock. Se vestían como estrellas de rock. Grandes, anchos, con camisetas, chaquetas y pantalones caqui. Barbas espesas y aros en las orejas. Uno de ellos llevaba un corte de pelo estilo mohicano.

Luke estaba solo, vestido con un traje negro, examinando a la multitud, buscando a alguien que esperaba encontrar: un hombre llamado Kevin Murphy.

Cerca del frente había una fila de sillas plegables blancas. Una mujer de mediana edad vestida de negro era consolada por otra mujer. Cerca de ella, una guardia de honor compuesta por tres Soldados, dos Marines y un Aviador cogieron cuidadosamente la bandera del ataúd y la doblaron. Uno de los soldados se arrodilló frente a la mujer en duelo y le presentó la bandera.

—En nombre del Presidente de los Estados Unidos, —dijo el joven Soldado, con la voz entrecortada, —el Ejército de los Estados Unidos y una nación agradecida, por favor acepte esta bandera como símbolo de nuestro agradecimiento por su honorable hijo y por su fiel servicio.

Luke miró a los chicos de las Delta nuevamente. Uno se había separado del grupo y caminaba solo por una ladera cubierta de hierba, a través de las lápidas blancas. Era alto y fibroso, con el pelo rubio afeitado cerca de la cabeza, llevaba vaqueros y una camisa celeste. Delgado como era, aun así, tenía hombros anchos y brazos y piernas musculosos. Sus brazos casi parecían demasiado largos para su cuerpo, como los brazos de un jugador de baloncesto de élite. O un pterodáctilo.

El hombre caminaba lentamente, sin ninguna prisa en particular, como si no tuviera compromisos apremiantes. Miraba la hierba mientras caminaba.

Murphy.

Luke dejó el servicio y lo siguió colina arriba. Caminó mucho más rápido que Murphy, ganándole terreno.

Había muchas razones por las que Martínez estaba muerto, pero la razón más clara era que se había volado los sesos en la cama del hospital. Y alguien le había traído un arma para hacerlo. Luke estaba casi cien por cien seguro de saber quién era ese alguien.

—¡Murphy! —dijo él. —Espera un minuto.

Murphy levantó la vista y se dio la vuelta. Hacía un momento, parecía perdido en sus pensamientos, pero sus ojos se pusieron instantáneamente alerta. Su rostro era delgado, como el de un pájaro, guapo a su manera.

—Luke Stone, —dijo, su tono era plano. No parecía estar contento, ni tampoco disgustado de ver a Luke. Sus ojos eran duros. Como los ojos de todos los muchachos de las Delta, había una fría y calculadora inteligencia allí.

—Déjame acompañarte un minuto, Murph.

Murphy se encogió de hombros. —Haz lo que quieras.

Acompasaron los pasos el uno con el otro. Luke ralentizó sus zancadas para acomodarse al ritmo de Murphy. Caminaron un momento sin decir una palabra.

—¿Cómo te va? —dijo Luke. Ofreció una delicadeza extraña. Luke había ido a la guerra con este hombre. Habían estado en combate juntos una docena de veces. Tras la muerte de Martínez, eran los dos últimos supervivientes de la peor noche de la vida de Luke. Se podría pensar que había cierta intimidad entre ellos.

Pero Murphy no le mostró nada a Luke. —Estoy bien.

Eso fue todo.

Ni “¿Cómo estás?”, ni “¿Ya habéis tenido al bebé?”, ni “Tenemos que hablar de algunas cosas.” Murphy no estaba de humor para conversar.

—He oído que dejaste el Ejército, —dijo Luke.

Murphy sonrió y sacudió la cabeza. — ¿Qué puedo hacer por ti, Stone?

Luke se detuvo y agarró a Murphy del hombro, este se enfrentó a él, ignorando la mano de Luke.

—Quiero contarte una historia, —dijo Luke.

—Dispara, —dijo Murphy.

—Ahora trabajo para el FBI, —dijo Luke. —Una pequeña sub-agencia dentro de la Oficina. Recogida de información en Operaciones Especiales, la dirige Don Morris.

—Bien por ti, —dijo Murphy. —Eso era lo que todos solían decir. Stone es como un gato, siempre cae de pie.

Luke ignoró ese comentario. —Tenemos acceso a la mejor información. Lo tenemos todo. Por ejemplo, sé que se denunció tu desaparición a principios de abril y que fuiste dado de baja deshonrosamente unas seis semanas después.

Murphy se echó a reír ahora. —Debes haber cavado un poco para dar con eso, ¿eh? ¿Enviaste a un topo a examinar mi archivo personal? ¿O te lo acaban de mandar por correo electrónico?

Luke siguió adelante. —La policía de Baltimore tiene un informante que es un lugarteniente cercano a Wesley “Cadillac” Perkins, líder de la banda callejera Sandtown Bloods.

—Qué bien, —dijo Murphy. —El trabajo policial debe ser infinitamente fascinante. —Se dio la vuelta y comenzó a caminar de nuevo.

Luke caminó con él. —Hace tres semanas, Cadillac Perkins y dos guardaespaldas fueron asaltados a las tres de la mañana, mientras se metían en su coche en los aparcamientos de una discoteca. Según el informante, sólo les atacó un hombre. Un hombre alto, delgado y blanco. Dejó inconscientes a los dos guardaespaldas en tres o cuatro segundos. Luego golpeó con la pistola a Perkins y le quitó un maletín que contenía al menos treinta mil dólares en efectivo.

—Parece un hombre blanco atrevido, —dijo Murphy.

—El hombre blanco en cuestión también le quitó a Perkins un arma, una peculiar Smith & Wesson .38, con un eslogan particular grabado en la empuñadura. El Poder Da La Razón. Por supuesto, ni el ataque, ni el robo del dinero, ni la pérdida del arma fueron denunciados a la policía. Eso es sólo algo de lo que este informante habló con el que le había contratado.

Murphy no estaba mirando a Luke.

— ¿Qué me intentas decir, Stone?

Luke miró hacia adelante y notó que se estaban acercando a la tumba de John F. Kennedy. Una multitud de turistas estaba situada a lo largo del borde de las losas de doscientos años de antigüedad y hacía fotos del fuego de la llama eterna.

Los ojos de Luke se dirigieron a la pared baja de granito, en el borde del monumento. Justo encima de la pared, pudo ver el Monumento a Washington al otro lado del río. El muro en sí tenía numerosas inscripciones, recogidas del discurso inaugural de Kennedy. Una famoso captó la atención de Luke:

NO PREGUNTES LO QUE TU PAÍS PUEDE HACER POR TI...

—El arma que Martínez usó para suicidarse tenía la inscripción El Poder Da La Razón en la empuñadura. La Oficina rastreó el arma y descubrió que había sido utilizada previamente para cometer dos asesinatos, al estilo de ejecución, que se cree que están asociados con las guerras del narcotráfico de Baltimore. Uno fue el asesinato por tortura de Jamie 'El Padrino' Young, el líder anterior de los Sandtown Bloods.

SINO LO QUE PUEDES HACER TÚ POR TU PAÍS.

Murphy se encogió de hombros. —Todos estos apodos: Padrino, Cadillac… Debe ser difícil hacer un seguimiento de ellos.

Luke siguió. —De alguna manera, ese arma siguió su camino desde Baltimore hacia el sur, hasta la habitación de hospital de Martínez, en Carolina del Norte.

Murphy volvió a mirar a Stone. Ahora sus ojos eran planos y muertos. Eran los ojos de un asesino. Si Murphy había matado a un hombre antes, había matado a cien.

—¿Por qué no vas al grano, Stone? Di lo que piensas, en vez de contarme una fábula para niños sobre capos de la droga y hombres de atraco a mano armada.

Luke estaba tan enfadado que casi podría darle un puñetazo a Murphy en la boca. Estaba cansado e irritado. Tenía el corazón roto por la muerte de Martínez.

—Sabías que Martínez quería suicidarse... —comenzó.

Murphy vaciló. —Tú mataste a Martínez, —dijo. —Mataste a todo el escuadrón. Tú, Luke Stone, los has matado a todos. Yo estaba allí, ¿recuerdas? Asumiste una misión, que sabías que era un desastre, porque no querías anular la orden de un maníaco con ansias de muerte. Y todo esto... ¿para qué? ¿Para avanzar en tu carrera?

—Le diste el arma a Martínez, —dijo Luke.

Murphy sacudió la cabeza. —Martínez murió aquella noche en la colina. Como todos los demás. Pero su cuerpo era demasiado fuerte para darse cuenta de ello, sólo necesitaba un empujón.

Se miraron el uno al otro durante un largo momento. Por un instante, en su mente, Luke volvió a la habitación del hospital de Martínez. Las piernas de Martínez estaban destrozadas y no se las pudieron salvar. Una había desaparecido a la altura de la pelvis, la otra por debajo de la rodilla. Todavía podía usar sus brazos, pero estaba paralizado justo por debajo de la caja torácica. Era una pesadilla.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por la cara de Martínez. Golpeó la cama con los puños.

—Te dije que me mataras, —dijo con los dientes apretados. —Te dije... que... me... mataras. Ahora mira esto... este desastre.

Luke lo miró fijamente. —No podía matarte. Eres mi amigo.

—¡No digas eso! —dijo Martínez. —Yo no soy tu amigo.

Luke se sacudió el recuerdo. Estaba de vuelta a una colina verde en Arlington, en un día soleado de principios de verano. Estaba vivo y, sobre todo, bien. Y Murphy todavía estaba aquí, ofreciendo su versión. No la que Luke quería escuchar.

Había una multitud de personas a su alrededor, mirando la llama de Kennedy y murmurando por lo bajo.

—Como de costumbre, —dijo Murphy. —Luke Stone decide en favor de un ascenso. Ahora se encuentra trabajando para su antiguo oficial al mando, en una agencia de espionaje civil súper secreta. ¿Tienen buenos juguetes allí, Stone? Por supuesto que sí, si Don Morris lo está dirigiendo. ¿Secretarias guapas? ¿Coches rápidos? ¿Helicópteros negros? Es como un programa de televisión, ¿verdad?

Luke sacudió la cabeza. Era hora de cambiar de tema.

—Murphy, desde que desapareciste sin permiso, hemos detectado una serie de robos a mano armada en solitario, en ciudades del nordeste. Has fijado tu objetivo en pandilleros y traficantes de drogas, que sabes que se están llevando grandes cantidades de dinero en efectivo y que no van a denunciar...

Sin previo aviso, el puño derecho de Murphy salió volando hacia arriba. Se movió como un pistón, entrando en contacto con la cara de Luke justo por debajo del ojo. La cabeza de Luke voló hacia atrás.

—Cállate, —dijo Murphy. —Hablas demasiado.

Luke dio un paso tambaleante y se estrelló contra la persona que había detrás de él. Cerca, alguien más jadeó. El sonido fue fuerte, como una bomba hidráulica.

Luke retrocedió varios pasos, abriéndose paso a través de los cuerpos. Por una fracción de segundo, tuvo una sensación flotante familiar. Sacudió la cabeza para despejar las telarañas. Murphy le había dado un buen golpe y no había acabado.

Aquí venía de nuevo.

La gente pasaba por ambos lados, tratando de alejarse de la pelea. Una mujer con sobrepeso, bien vestida con una falda beige y una chaqueta a juego, se cayó sobre las losas entre Luke y Murphy. Dos hombres se apresuraron a ayudarla a levantarse. Al otro lado de este pequeño montón, Murphy sacudió la cabeza con frustración.

A la derecha de Luke había una barrera metálica baja, que separaba a los visitantes de la llama eterna. Pasó sobre ella, sobre los anchos adoquines y salió al descubierto. Murphy lo siguió. Luke se quitó la chaqueta del traje, revelando la funda y su pistola de servicio debajo. En ese momento alguien gritó.

—¡Una pistola! ¡Tiene una pistola!

Murphy la señaló con una media sonrisa en su rostro. —¿Qué vas a hacer, Stone? ¿Dispararme?

La multitud de personas salió corriendo colina abajo, un éxodo masivo de humanidad, moviéndose rápidamente.

Luke desabrochó la funda y la dejó caer sobre los adoquines. Rodeó a su derecha, dejando la llama eterna de la tumba de John F. Kennedy justo detrás de él, los marcadores de las tumbas planas de la familia Kennedy frente a él. A lo lejos, vislumbró de nuevo el Monumento a Washington.

—¿Seguro que quieres hacer esto? —dijo Luke.

Murphy cruzó la parte frontal de una de las lápidas de Kennedy.

—No hay nada más que quiera hacer.

Las manos de Luke estaban levantadas. Sus ojos se centraron en Murphy. Todo lo demás se volvió borroso. Veía a Murphy como la idea de un hombre bañado por una luz extraña, como un foco. Murphy tomó la iniciativa. Pero Luke era más fuerte.

Hizo un gesto con los dedos de su mano derecha.

—Vamos entonces.

Murphy atacó. Hizo un amago de dar un golpe por la izquierda, pero entró duro por la derecha. Luke lo esquivó y le dio con su propia mano derecha. Murphy empujó el brazo derecho de Luke. Ahora estaban cerca. Justo donde Luke quería estar.

De repente estaban luchando. Luke dio una patada a la pierna de Murphy, lo hizo elevarse y le hizo caer al suelo con un ruido sordo. Luke pudo sentir el impacto del cuerpo de Murphy, las losas vibraron con él. La cabeza de Murphy rebotó en la plataforma áspera y redonda de piedra que albergaba la llama de Kennedy.

La mayoría de los hombres estarían acabados. Pero no Murphy. No un miembro de las Delta.

Su mano derecha emergió otra vez. Sus dedos desgarraron la cara de Luke, tratando de encontrar sus ojos, pero Luke echó la cabeza hacia atrás.

Ahora llegó un puñetazo de Murphy desde la izquierda. Golpeó un lado de la cabeza de Luke, haciendo que sus oídos retumbaran.

Aquí venía la derecha otra vez. Luke lo bloqueó, pero Murphy se estaba levantando del suelo. Se lanzó hacia Luke y los dos se cayeron hacia atrás, con Murphy encima. El recipiente de metal que sostenía la llama de quince centímetros de alto, estaba justo a la derecha de Luke.

Sopló una brisa y el fuego estaba sobre ellos. Luke podía sentir el calor.

Con toda su potencia, agarró a Murphy y rodó con fuerza hacia su derecha. La espalda de Murphy se chocó con la llama eterna. El fuego surgió a su alrededor, a medida que rodaban por encima de ella. Luke aterrizó sobre su lado izquierdo y usó su impulso para continuar rodando.

Se subió encima de Murphy y agarró su cabeza con ambas manos.

Murphy lo golpeó en la cara.

Luke se encogió de hombros y estrelló la cabeza de Murphy contra el hormigón.

Las manos de Murphy intentaron alejarlo.

Luke volvió a golpearle la cabeza.

—¡DETÉNGANSE! —gritó una voz grave.

El cañón de un arma de fuego fue presionado en la sien de Luke. Le estaban empujando ahí, con fuerza. Por el rabillo del ojo, Luke vio dos grandes manos negras sosteniendo el arma y un uniforme azul que se cernía detrás de ellos.

Al instante, Luke levantó las manos al aire.

—Policía, —dijo la voz, ahora un poco más tranquila.

—Oficial, soy el Agente Luke Stone, del FBI. Mi placa está en esa chaqueta de allí.

Ahora había más uniformes azules. Rodearon a Luke, alejándolo de Murphy. Lo empujaron hacia el suelo y lo sostuvieron boca abajo contra las losas. Se puso lo más suave posible, sin oponer resistencia. Las manos vagaron por su cuerpo, cacheándolo.

Miró a Murphy. Murphy estaba recibiendo el mismo tratamiento.

Espero que no tengas un arma, pensó Luke.

En un momento, hicieron que Luke se pusiera de pie. Él miró a su alrededor, había diez policías. En el extremo más alejado de la acción, apareció una figura familiar. El gran Ed Newsam, observando desde una distancia prudente.

Un policía le entregó a Luke su chaqueta, su funda y su placa.

—Bien, Agente Stone, ¿cuál es el problema?

—No hay ningún problema.

El policía hizo un gesto a Murphy. Murphy se sentó en las losas, con los brazos alrededor de las rodillas. Sus ojos parecían un poco confusos, pero volvían en sí.

—¿Quién es ese tipo?

Luke suspiró y sacudió la cabeza. —Es un amigo mío. Un viejo amigo del Ejército. —esbozó la sombra de una sonrisa y se frotó la cara. La mano salió ensangrentada. —Ya sabe, a veces se tienen estas reuniones...

La mayoría de los policías ya se estaban alejando.

Luke miró a Murphy, quien no estaba haciendo ningún esfuerzo por levantarse. Luke metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una tarjeta de visita. La miró por un segundo.

Luke Stone, Agente Especial.

En la esquina estaba el logo del Equipo de Respuesta Especial. Debajo el nombre de Luke había un número de teléfono que conducía a una secretaria en la oficina. Había algo absurdamente agradable en esa tarjeta.

Le dio la vuelta en dirección a Murphy.

—Aquí, idiota. Llámame. Te iba a ofrecer un trabajo.

Luke le dio la espalda a Murphy y caminó hacia Ed Newsam. Ed llevaba puesta una camisa de vestir y una corbata oscura y tenía una chaqueta echada sobre su hombro. Era tan grande como una montaña. Sus músculos se ondulaban debajo de su ropa. Su cabello y barba eran negros como el azabache. Su rostro era joven, no había una sola arruga en su piel.

Sacudió la cabeza y sonrió. —¿Qué estás haciendo?

Luke se encogió de hombros. —Realmente, no lo sé. Y tú, ¿qué estás haciendo?

—Me enviaron a buscarte, —dijo Ed. —Tenemos una misión. Rescate de rehenes. Alta prioridad.

—¿Dónde? —dijo Luke.

Ed sacudió la cabeza. —Clasificado. No lo sabremos hasta la rueda de prensa. Pero quieren que estemos listos tan pronto como termine la sesión informativa.

—¿Cuándo es la sesión informativa?

Ed ya se había dado la vuelta y se dirigía hacia la colina.

—Ahora.




CAPÍTULO CUATRO


12:20 Hora del Este

Sede del Equipo de Respuesta Especial

McLean, Virginia



—No te preocupes. Estás muy guapo.

Luke estaba en el vestuario masculino de los empleados. Se había quitado la camisa y se estaba lavando la cara en el lavabo. Un rasguño profundo le recorría la mejilla izquierda. La parte inferior derecha de su mandíbula estaba roja, con moretones y comenzaba a hincharse. Murph le había dado un buen golpe ahí.

Los nudillos de Luke estaban desollados y desgarrados, las heridas abiertas y la sangre aún corría un poco. Él también le había dado a Murphy algunos buenos golpes.

Detrás de él, el gran Ed apareció en el espejo. Ed se había vuelto a poner la chaqueta, era un profesional consumado y bien vestido. Se suponía que Luke iba a ser el oficial superior de Ed en esta misión. No podía ponerse su propia chaqueta del traje porque estaba sucia de cuando la había tirado en el suelo.

—Vamos, tío, —dijo Ed. —Llegamos tarde.

—Voy va a parecer la presa que ha traído el gato.

Ed se encogió de hombros. —La próxima vez haz como yo. Tráete un traje extra, y un conjunto informal extra y déjalos aquí, en tu taquilla. Me sorprende tener que enseñarte estas cosas.

Luke se había vuelto a poner la camiseta y estaba empezando a abrocharse la camisa de vestir. — Sí, pero, ¿qué hago ahora?

Ed sacudió la cabeza, sonriendo. —Esto es lo que la gente espera de ti, de todos modos. Diles que estabas haciendo un poco de combate tae kwon do en el parking, durante el descanso del café.

Luke y Ed salieron del vestuario y subieron por la escalera de hormigón hasta el piso principal. La sala de conferencias, tan cerca del estilo vanguardista como Mark Swann pudo conseguir, estaba al final de un pasillo lateral angosto. Don solía llamarlo el Centro de Mando, aunque Luke sentía que eso engrandecía un poco los hechos. Quizá algún día.

Un enjambre de mariposas nerviosas rebotaba contra las paredes del estómago de Luke. Estas reuniones eran algo nuevo para él y no podía aparentar que estaba acostumbrado a ellas. Don le dijo que eso le llegaría con el tiempo.

En el ejército, las sesiones informativas eran simples. Algo así:

Este es el objetivo. Este es el plan de ataque. ¿Preguntas? ¿Aportaciones? De acuerdo, cargad el equipo.

Estas sesiones informativas nunca eran así.

La puerta de la sala de conferencias estaba enfrente, abierta. La habitación era algo pequeña y veinte personas dentro harían que pareciera un vagón de metro lleno de gente en hora punta. Estas reuniones le ponían a Luke los pelos de punta. Había interminables discusiones y retrasos. El agolpamiento de gente le hacía sentirse claustrofóbico.

Invariablemente, habría peces gordos de varias agencias y sus empleados estarían dando vueltas, los peces gordos insistirían en dar su opinión, los empleados estarían tecleando en teléfonos BlackBerry, arañando blocs de notas amarillos, entrando y saliendo, haciendo llamadas urgentes. ¿Quiénes eran estas personas?

Luke cruzó el umbral, seguido de cerca por Ed. Los fluorescentes del techo eran brillantes y deslumbrantes.

No había nadie en la habitación. Bueno, tampoco nadie, pero no mucha gente. Cinco personas, para ser exactos. Con Luke y Ed, hacían siete.

—Aquí están los hombres que todos hemos estado esperando, —dijo Don Morris, no estaba sonriendo. A Don no le gustaba esperar. Tenía un aspecto formidable, con una camisa y unos pantalones. Su lenguaje corporal era relajado, pero sus ojos eran agudos.

Un hombre se paró frente a Luke. Era un hombre condecorado con cuatro estrellas, alto y delgado, con un impecable uniforme verde. Su cabello gris estaba recortado hasta el cuero cabelludo. No había rastro alguno de bigote en su cara limpia y recién afeitada: ningún bigote le desafiaba. Luke nunca había visto a ese hombre, pero en el fondo sabía quién era. Hacía su cama todas las mañanas, antes de hacer ninguna otra cosa. La hacía tan bien que incluso se podrían hacer rebotar monedas en ella. Probablemente lo hacía, sólo para asegurarse.

—Agente Stone, Agente Newsam, soy el General Richard Stark, Jefe del Estado Mayor Conjunto.

—General, es un honor conocerle.

Luke le estrechó la mano, antes de que el hombre se acercara a Ed.

—Estamos muy orgullosos de lo que hicieron ustedes hace un mes. Ambos son el orgullo del Ejército de los Estados Unidos.

Otro hombre estaba parado allí. Era un hombre calvo, de unos cuarenta y tantos años. Tenía una barriga grande y redonda y dedos pequeños y regordetes. Su traje no le quedaba bien: demasiado apretado por los hombros, demasiado apretado alrededor de la cintura. Tenía la cara pastosa y la nariz bulbosa. A Luke le recordó a Karl Malden haciendo un anuncio de televisión sobre el fraude con tarjetas de crédito.

—Luke, soy Ron Begley, de Seguridad Nacional.

También se dieron la mano. Ron no mencionó la operación del mes anterior.

—Ron, me alegro de conocerle.

Nadie mencionó nada sobre la cara de Luke. Eso fue un alivio. Aunque estaba seguro de que Don le diría algo después de terminar la reunión.

—Chicos, ¿no os sentáis? —dijo el general, agitando una mano en la mesa de conferencias. Fue muy amable por su parte invitarles a sentarse en su propia mesa.

Luke y Ed se sentaron cerca de Don. Había otros dos hombres en la habitación, ambos con traje. Uno era calvo y tenía un auricular que desaparecía dentro de su chaqueta. Lo miraron impasiblemente. Ninguno de los dos dijo una palabra. Nadie los presentó. Para Luke, eso significaba suficiente.

Ron Begley cerró la puerta.

La gran sorpresa era que no había nadie más del Equipo de Respuesta Especial en la sala.

El general Stark miró a Don.

—¿Listo?

Don abrió sus grandes manos como si fueran flores abriendo sus pétalos.

—Sí. Esto era todo lo que necesitábamos. Haz lo que quieras.

El general miró a Ed y a Luke.

—Caballeros, lo que estoy a punto de compartir con ustedes es información clasificada.



* * *



—¿Qué no nos estás contando? —dijo Luke.

Don levantó la vista. El escritorio detrás del cual estaba sentado era de roble pulido, ancho y reluciente. Había dos trozos de papel en la mesa, un teléfono de oficina y un viejo y maltratado portátil Toughbook, con una pegatina en la parte posterior de la pantalla, representando la punta de una lanza roja con una daga, el logotipo del Mando de Operaciones Especiales del Ejército. Don era el tipo de persona que mantenía su escritorio limpio.

En la pared detrás de él había varias fotografías enmarcadas. Luke identificó a uno de los cuatro jóvenes Boinas Verdes sin camiseta en Vietnam: Don era el de la derecha.

Don hizo un gesto hacia las dos sillas frente al escritorio.

—Tomad asiento. Tomaos un descanso.

Luke lo hizo.

—¿Cómo está tu cara?

—Duele un poco, —dijo Luke.

—¿Cómo te lo has hecho, estrellándote con la puerta del coche?

Luke se encogió de hombros y sonrió. —Me encontré con Kevin Murphy en el funeral de Martínez esta mañana. ¿Te acuerdas de él?

Don asintió con la cabeza. —Claro, era un soldado decente como son los de las Delta, con un poco de frustración, supongo. ¿Qué aspecto tenía... después de que te encontraras con él?

—Lo último que vi es que todavía estaba en el suelo.

Don asintió nuevamente. —Bien. ¿Cuál era el problema?

—Él y yo somos los últimos hombres con vida de aquella noche en Afganistán. Hay algunos resentimientos. Él piensa que podría haber hecho algo más para abortar la misión.

Don se encogió de hombros. —No estaba en tu mano abortar esa misión.

—Eso fue lo que le dije. También le di mi tarjeta de visita. Si me llama, me gustaría que consideraras contratarlo para trabajar aquí. Está entrenado para las Delta, experimentado en combate, tres misiones, que yo sepa, no se acobarda cuando empieza a faltar el abrigo.

—¿Está fuera de servicio?

Luke asintió con la cabeza. —Sí.

—¿Qué está haciendo?

—Robo a mano armada. Ha estado desvalijando a capos de la droga en varias ciudades.

Don sacudió la cabeza. —Jesús, Luke.

—Todo lo que pido es que le des una oportunidad.

—Lo hablaremos, —dijo Don. —Siempre y cuando llame.

Luke asintió con la cabeza. —Suficiente.

Don le acercó uno de los trozos de papel que había sobre su escritorio. Se puso unas gafas de lectura negras en la punta de la nariz. Luke lo había visto hacer esto varias veces y el efecto desentonaba. El súper humano Don Morris llevaba gafas para leer.

—Ahora, vamos con las cosas un poco más urgentes. Lo que no se ha mencionado en la reunión es lo siguiente: esta misión viene directamente del Despacho Oval. El Presidente la alejó del Pentágono y de la CIA porque cree que hay una filtración en alguna parte. Si los rusos logran encontrar una debilidad en el tío de la CIA que han capturado, quién sabe lo que podría salir por su boca. Nos encontramos ante un gran y potencial contratiempo, las cosas tienen que moverse muy rápido y, entre nosotros, el Presidente está furioso.

—¿Es por eso por lo que estamos solos?

Don levantó un dedo. —Tenemos amigos. Nunca vas totalmente por libre en este tipo de asuntos.

—Mark Swann puede...

Don se llevó un dedo a los labios. Señaló alrededor de la habitación y levantó las cejas. Luego se encogió de hombros. El mensaje era: mejor no decimos lo que Mark Swann puede hacer. No tiene sentido compartir esa información con las personas de la galería.

Luke asintió y cambió de dirección a mitad de la frase. —…darnos acceso a todo tipo de bases de datos. Lexis Nexis, ese tipo de cosas. Es un lunático con las búsquedas en Google.

—Sí, —dijo Don. —Creo que consiguió una suscripción al New York Times online. Eso dice él, de todos modos.

—¿Quién era el chico de Seguridad Nacional?

Don se encogió de hombros. —¿Ron Begley? Un chupatintas. Trabajaba en Hacienda cuando sucedió lo del 11 de septiembre. Fraude, falsificación. Cuando crearon Seguridad Nacional, se cambió. Parece estar tropezando y tambaleándose, mientras se abre camino por la jerarquía. No creo que sea un problema para nosotros.

Don miró a Luke un largo momento.

—¿Qué opinas de esta misión? —dijo él.

Luke no apartó la mirada. —Creo que es una trampa mortal, a decir verdad. Me asusta, se supone que debemos infiltrarnos en Rusia sin ser detectados, rescatar a un grupo de chicos...

—Tres chicos, —dijo Don. —Nos está permitido matarlos, si eso es más fácil.

Luke ni siquiera entendería ese pensamiento.

—Rescatar a un grupo de tíos, —repitió, —¿Incendiar un submarino y volver con vida? Esa es una tarea difícil.

—¿A quién enviarías para que la cumpliera? —dijo Don. —¿Si fueras yo?

Luke se encogió de hombros. —¿A quién crees?

—¿La quieres?

Luke no dio una respuesta inmediata. Pensó en Becca y en el bebé, Gunner, en la cabaña al otro lado del Chesapeake en la costa este. Dios, ese pequeño bebé...

—No lo sé.

—Déjame contarte una historia, —dijo Don. —Cuando era comandante en las Delta, entró un joven de ojos brillantes. Acababa de ser calificado. Salió del 75º de los Ranger, como tú, por lo que no era un Boina Verde. Había estado haciendo cola para entrar. Pero tenía una energía, este chico, como si todo fuera nuevo para él. Algunos chicos entran en las Delta y a los veinticuatro años ya están endiabladamente canosos. Este chico, no.

—Lo llamé de inmediato para una misión. Yo todavía iba a misiones en aquellos días. Estaba ya metido en los cuarenta y los responsables del Mando Conjunto de Operaciones Especiales querían que me retirara, pero yo no quería ni oír hablar de ello, aún no. No iba a enviar a mis hombres a lugares a los que yo mismo no iría.

—Nos lanzamos en paracaídas en la República Democrática del Congo. Río arriba, más allá de cualquier cosa parecida a la ley y el orden. Fue una caída nocturna, por supuesto, y el piloto nos soltó en el agua. Nos arrastramos por esos pantanos como si todos estuviéramos sumergidos en mierda. Había un señor de la guerra allá arriba, que se hacía llamar Príncipe José. Llamaba a su variopinta milicia “El Ejercito…”

—“El Ejército del Cielo”, —dijo Luke. Por supuesto, él conocía la historia. Y, por supuesto, lo sabía todo sobre el nuevo recluta de las Delta que Don estaba describiendo.

—Trescientos niños soldados, —dijo Don. —Ocho hombres subieron allí, ocho soldados estadounidenses, sin apoyo externo de ningún tipo y metieron balas en los sesos del Príncipe José y de todos sus lugartenientes. Una operación perfecta. Una misión humanitaria, sin motivos ocultos, sólo hacer lo correcto. ¡Bang! Ataque de decapitación.

Luke respiró hondo. La noche había sido aterradora y estimulante, todo envuelto en una descarga de adrenalina.

—Las sociedades internacionales de ayuda intervinieron e hicieron lo que pudieron con los niños, los repatriaron, los alimentaron, los amaron, los reeducaron para que fueran humanos otra vez, si eso hubiera sido posible. Me mantuve atento. Muchos de ellos, finalmente, regresaron a sus aldeas de origen.

Don sonrió. No, él sonreía positivamente.

—Por la mañana, encendí un cigarro de la victoria a la orilla del poderoso Congo. Todavía fumaba durante esos días. Mis hombres estaban conmigo y yo estaba orgulloso de cada uno de ellos. Estaba orgulloso de ser estadounidense. Pero mi novato estaba callado, pensativo. Entonces le pregunté si estaba bien. ¿Y sabes lo que dijo?

Ahora Luke sonrió. Suspiró y sacudió la cabeza. Don estaba hablando de él. —Dijo: “¿Qué si estoy bien? ¿Me estás tomando el pelo? Vivo para esto.” Eso fue lo que dijo.

Don lo señaló. —Así es. Así que te lo preguntaré de nuevo. ¿Quieres esta misión?

Luke miró a Don durante otro largo rato. Don era su camello, de eso se dio cuenta Luke. Te vendía un sentimiento, la urgencia, de modo que sólo pudieras escoger un camino.

Una imagen de Becca con Gunner en brazos nuevamente apareció en su mente. Todo cambió cuando nació ese bebé. Recordaba a Becca dando a luz. Estaba más preciosa en esos momentos que nunca antes él la había visto.

Y estaban planeando construir una vida juntos, los tres.

¿Qué iba a pensar Becca sobre esta misión? Cuando él le anunció la última, cuando ella estaba a punto de dar a luz, se enfadó. Y se la vendió fácil, sólo un viaje rápido a Irak a arrestar a un tipo. Por supuesto, luego se convirtió en mucho más que eso, un completo combate y el rescate de la hija del Presidente, pero Becca sólo se enteró de eso después de los hechos.

Aquí, ella conocería el acuerdo: Luke se infiltraría en Rusia e intentaría rescatar a tres prisioneros. Sacudió la cabeza.

De ninguna forma podía decirle eso.

—¿Luke? —dijo Don.

Luke asintió con la cabeza. —Sí. La quiero.




CAPÍTULO CINCO


15:45 Hora del Este

Condado de Queen Anne, Maryland

Orilla Oriental de la Bahía de Chesapeake



—Llegas temprano.

Luke miró a su suegra, Audrey, tomándose su tiempo, absorbiéndola. Tenía los ojos hundidos, con los iris tan oscuros que parecían casi negros. Tenía una nariz afilada, como un pico, los huesos pequeños y un cuerpo delgado. Le recordaba a un pájaro: un cuervo, o tal vez un buitre. Y, sin embargo, a su manera, era atractiva.

Tenía unos cincuenta y nueve años bien conservados y Luke sabía que cuando era joven, a finales de la década de los 60, realizó algunos trabajos de modelo para anuncios en periódicos y revistas. Por lo que él sabía, era el único trabajo que había hecho.

Había nacido en una rama de la familia Outerbridge, terratenientes muy ricos de las ciudades de Nueva York y Nueva Jersey, desde antes de que Estados Unidos se convirtiera en un país. Su marido, Lance, provenía de la familia St. John, de los magnates madereros de Nueva Inglaterra, igualmente empoderada.

Por regla general, Audrey St. John desaprobaba el trabajo. No lo entendía, y sobre todo no entendía por qué alguien podría hacer el tipo de trabajo peligroso y sucio que ocupaba el tiempo de Luke Stone. Parecía continuamente asombrada de que su propia hija, Rebecca St. John, se hubiera casado con alguien como Luke.

Audrey y Lance nunca lo habían aceptado como su yerno. Habían sido una influencia tóxica en esta relación, desde mucho antes de que él y Becca intercambiaran sus votos. Su presencia aquí iba a hacer mucho más complicado el hablar con Becca sobre esta última misión.

—Hola, Audrey, —dijo Luke, tratando de sonar alegre.

Acababa de entrar. Se había quitado la corbata y se había desabrochado los dos primeros botones de su camisa, pero hasta ahora ese era su único gesto de estar en casa. Metió la mano en el frigorífico y sacó una cerveza fría.

Era pleno verano y el clima era bueno. Los alrededores de por aquí eran hermosos. Él y Becca estaban viviendo en la cabaña de la familia de ella, en el Condado de Queen Anne. La casa había pertenecido a la familia durante más de cien años.

El lugar era antiguo y rústico, ubicado en un pequeño acantilado, justo encima de la bahía. Tenía dos pisos, todo de madera, que crujía y chirriaba por todos lados. La puerta de la cocina se accionaba con un resorte y se cerraba de golpe. Había un porche cubierto frente al agua y un patio de piedra más nuevo, con impresionantes vistas hacia el acantilado.

Habían comenzado a sustituir gradualmente los muebles de las generaciones antiguas, para hacer el lugar más adecuado para la vida cotidiana. Había un sofá nuevo y sillas nuevas en la sala de estar. Un sábado por la mañana, por las buenas o por las malas, y por pura voluntad animal, Luke y Ed Newsam habían logrado insertar una cama de matrimonio en el dormitorio principal de arriba.

Incluso con esas mejoras, lo más resistente de la casa seguía siendo la chimenea de piedra de la sala de estar. Era casi como si la vieja e imponente chimenea hubiera estado allí, mirando a lo largo de la bahía de Chesapeake, desde tiempos inmemoriales y alguien con sentido del humor hubiera construido una pequeña cabaña de verano a su alrededor.

Realmente era un lugar increíble. A Luke le encantaba. Sí, estaba lejos de su oficina. Sí, si el trabajo en el Equipo de Respuesta Especial realmente funcionaba, y parecía que así iba a ser, tendrían que acercarse. Pero, ¿por ahora? El paraíso. El viaje a casa de noventa minutos no parecía tan malo, sabiendo que esta era la recompensa al final.

Miró por la ventana. Becca estaba en el patio, amamantando al bebé. A Luke le hubiera encantado sentarse allí con ellos, contemplar el agua y el cielo, y simplemente quedarse allí hasta que se pusiera el sol. Pero eso no iba a pasar. Desafortunadamente, tenía que hacer las maletas para su viaje. Y antes de comenzar, tenía que hacer lo más difícil: anunciar que se iba a ir.

—¿Te han pegado en el trabajo? —dijo Audrey.

Luke se encogió de hombros. Aunque podía sentirlos lo suficientemente bien, casi había olvidado el rasguño en su mejilla y la línea de la mandíbula hinchada. El dolor era un viejo amigo. Cuando no era insoportable, apenas podía sentirlo. Había algo casi reconfortante en él.

Abrió la cerveza y le dio un trago. Estaba helada y deliciosa. — Algo así. Pero deberías ver al otro tipo.

Audrey no se rio. Emitió una especie de medio gruñido y subió las escaleras.

Luke estaba cansado. Había sido un día largo, con Martínez enterrado, la pelea con Murphy y todo lo demás. Y realmente, sólo estaba comenzando. Tenía la intención de estar aquí durante una hora, antes de regresar a la ciudad; de allí a Turquía, y luego, si todas las señales eran favorables, a Rusia.

Salió fuera. Becca cuidando del bebé era como una pintura impresionista, su suéter rojo brillante y su sombrero contra la hierba verde, y la vasta extensión de cielo azul pálido y el agua oscura. Había una réplica de un barco de doble mástil a toda vela en la distancia, moviéndose lentamente hacia el oeste. Si pudiera presionar STOP y congelar este momento, lo haría.

Ella levantó la vista, lo vio y sonrió. Su sonrisa lo iluminó. Estaba tan bonita como siempre. Y una sonrisa era algo bueno, especialmente en estos días. Tal vez la oscuridad de esta depresión posparto comenzaba a desaparecer.

Luke respiró hondo, suspiró en voz baja y sonrió.

—Hola, preciosa, —dijo.

—Hola, guapo.

Se inclinó y compartió un beso con ella.

—¿Cómo está hoy el bebé?

Ella asintió. —Bien. Ha dormido tres horas, mamá no le quita el ojo de encima e incluso he podido echarme una siesta. No quiero prometer nada, pero podríamos haber empezado a mejorar por aquí. Eso espero.

Una larga pausa se extendió entre ellos.

—Has vuelto temprano, —dijo ella. Esa era la segunda vez en los últimos cinco minutos que alguien le decía eso. Se lo tomó como un mal presagio. —¿Cómo te ha ido el día?

Luke se sentó frente a ella en la pequeña mesa redonda y le dio un sorbo a su cerveza. Como siempre, él creía que cuando los problemas se estaban gestando, lo que había que hacer era ir directamente al grano. Y, si podía superar lo peor, tal vez esto sucedería lo suficientemente rápido, antes de que Audrey viniera y empeorara las cosas.

—Bueno, tengo una tarea.

Se dio cuenta de que lo estaba esquivando. No la llamó misión. No la llamó operación. ¿Qué tipo de tarea era? ¿Iba a entrevistar a un artesano local para el periódico semanal? ¿Tal vez era un proyecto de ciencias de la escuela secundaria?

Al instante, ella se mostró cautelosa.

Sus ojos miraban profundamente los de él, buscando algo. —¿De qué se trata?

Él se encogió de hombros. —Es algo diplomático jodidamente aburrido, la verdad. Los rusos mantienen prisioneros a tres arqueólogos estadounidenses y confiscaron su pequeño submarino. Estaban buceando en el Mar Negro, buscando los restos de un viejo barco comercial de la antigua Grecia. Estaban en aguas internacionales, pero los rusos creen que estaban demasiado cerca de su territorio.

Sus ojos nunca vacilaban. —¿Son espías?

Luke le dio otro sorbo a su cerveza. Soltó un sonido, una corta carcajada. Ella era buena en esto, tenía mucha práctica y fue muy franca.

Sacudió la cabeza. —Sabes que no puedo contarte eso.

—¿Y vas a ir a dónde y a hacer qué?

Él se encogió de hombros. —Voy a Turquía, a ver si podemos conseguir que los suelten. —la declaración era verdad, en la medida de lo posible, pasando por alto todo un continente, digno de detalle. Era un pecado por omisión.

Y ella también lo sabía. ¿A ver si podemos conseguir que los suelten? ¿Quiénes somos nosotros?

Ahora era una partida de ajedrez. —Los Estados Unidos de América.

—Vamos, Luke. ¿Qué es lo que no me estás contando?

Le dio otro sorbo a la cerveza y se rascó la cabeza. —Nada importante, cariño. Los rusos están reteniendo a tres tipos y voy a Turquía. Me quieren allí porque tengo experiencia en el tipo de misiones que desembocan en esto. Si los rusos están dispuestos a negociar, probablemente ni siquiera me tenga que involucrar directamente.

Detrás de Luke, la puerta se cerró de golpe. Los ojos de Becca pasaron por encima de él durante un segundo. ¡Maldita sea! Aquí venía Audrey.

Los ojos de Becca estaban repentinamente enfadados. Las lágrimas brotaban de ellos. ¡No! El momento no podía ser peor. —Luke, la última vez que fuiste al extranjero, estaba casi de nueve meses. Ibas a Irak para arrestar a alguien, ¿recuerdas? Un trabajo de policía, creo que lo llamaste. Pero resultó que ibas a rescatar a...

Él levantó un dedo. —Becca, sabes que eso no es verdad. Fui a arrestar a alguien, y el arresto transcurrió sin incidentes...

Eso era una mentira. Otra mentira. El arresto fue un matadero.

—... a la hija del Presidente de terroristas islámicos. Tu helicóptero se estrelló y tú y Ed luchasteis contra militantes de Al Qaeda en la cima de una montaña.

—Todo eso sucedió después de que ya estuviéramos allí.

—No soy estúpida, Luke. Puedo leer entre líneas los informes de los periódicos. Los artículos admitieron que decenas de personas fueron asesinadas. Eso me dice que hubo un baño de sangre y que tú estabas justo en medio.

Luke levantó las manos un poco, como si ella hubiera puesto sobre él el arma más pequeña del mundo. El bebé todavía estaba allí, succionando como si nada de esto estuviera sucediendo.

— Es una asignación, cariño, es mi trabajo. Don Morris...

Ahora ella levantó un dedo. —No me menciones a Don Morris. Ya no culpo a Don, nunca más. Si tú no quieres ir a estas misiones suicidas, él no te puede obligar a que vayas. Es así de simple.

Ahora estaba llorando, las lágrimas caían.

—¿Qué está pasando? —dijo una voz. La voz era muy ansiosa. Percibía sangre en el agua y se estaba acercando para matar.

—Hola, Audrey, —dijo Luke, sin siquiera darse la vuelta.

Becca se levantó y le entregó el bebé a Audrey. Miró a Luke con ojos duros. Todo su cuerpo temblaba ahora por las lágrimas.

—¿Qué pasa si mueres? —dijo ella. —Ahora tenemos un hijo.

—Lo sé. No voy a morir. Como siempre, voy a ser muy cuidadoso. Ahora más aún, por Gunner.

Becca estaba de pie al lado de su madre, con las manos cerradas en puños. Parecía una niña pequeña que estaba a punto de empezar a chillar en medio del supermercado. Su madre, por el contrario, estaba tranquila, sonriente, satisfecha de sí misma. Ella hizo rebotar al bebé en sus brazos delgados como un pájaro y lo arrulló con una tranquila conversación de bebé.

—Todo va a ir bien, —dijo Luke. —Todo va a estar bien. Sé que va a ser así.

De repente, Becca salió corriendo, subiendo la pequeña colina hacia la casa. Un momento después, la puerta se cerró de nuevo.

Ahora Luke y Audrey se miraron el uno al otro. Audrey tenía los ojos agudos y depredadores de un halcón. Su boca se abrió.

Luke levantó una mano y sacudió la cabeza. —Audrey, por favor, no digas nada.

Audrey lo ignoró. —Un día, volverás aquí y ya no tendrás esposa, —dijo. —O una casa en la que vivir, que viene a ser lo mismo.




CAPÍTULO SEIS


20:35 Hora del Este

El Cielo sobre el Océano Atlántico



—Rock and roll, —dijo Mark Swann.

—Hip-hop, hijo, —dijo Ed Newsam. —Hip-hop.

Extendió su gran mano a través del estrecho pasillo del pequeño jet y Swann le dio un golpe suave y lento. Entonces Swann giró su propia mano y Ed le puso unas monedas en la palma. Acababan de hacer los gestos de “choca esos cinco, quédate con el cambio”, saludo de hermanos.

Desde la última misión, Newsam y Swann se habían convertido en amigos inverosímiles.

Luke los miró. Ed recostado en su asiento, de mirada penetrante, enorme, bien vestido con unos pantalones de color caqui y una ceñida camiseta del Equipo de Respuesta Especial. El campo de Ed eran las armas y las estrategias. Tanto su cabello como su barba estaban muy cortos y los bordes perfectamente parejos. Parecía exactamente lo que quería parecer: alguien con quien no debes meterte.

Mientras tanto, Swann parecía algo más que un agente federal. Llevaba gafas con montura negra y el pelo recogido en una larga cola de caballo. Llevaba puesta una camiseta que decía BANDERA NEGRA, con la foto de un hombre saltando desde un escenario hacia una multitud llena de gente. Estiró sus largas piernas en el pasillo, tenía puesto un viejo par de pantalones vaqueros rasgados en sus piernas flacas, con un par de Converse de color amarillo brillante, como un obstáculo para cualquier transeúnte. Sus pies eran enormes.

Los dos hombres se habían juntado originalmente por su mutuo gusto por el grupo de rap llamado Public Enemy, de los años 80, y por un sentido del humor sarcástico similar. Ahora estaban unidos por Dios sabe qué. ¿Energía masculina juvenil? ¿Posibilidad ilimitada?

Los chicos se estaban divirtiendo, de camino a otro viaje al quinto pino. Eso era bueno. Estos tipos necesitaban ser expertos y muy agudos.

Luke no sentía ni la mitad de su entusiasmo. Se sentía agotado, más emocionalmente que físicamente. Por supuesto, él era el único de aquí que tenía un bebé recién nacido, una esposa enfadada y una suegra manipuladora. También era el único que había hecho un viaje de ida y vuelta de tres horas a la costa este.

Newsam y Swann habían ido a Red Lobster mientras tanto. Parecía que habían bebido un poco, con su cena de marisco.

—Chicos, ¿estáis listos para trabajar? —dijo Luke.

Ed se encogió de hombros. —Nací preparado.

—Rock and roll, —dijo Swann de nuevo.

El jet Lear de seis asientos rugió a través del cielo hacia el noreste. El jet era azul oscuro, sin marcas de ningún tipo. Habían despegado de un pequeño aeropuerto privado, al oeste de la ciudad, hacía veinte minutos. Este podría ser un avión corporativo en un viaje de negocios, o un grupo de niños ricos hacia un vuelo europeo.

Detrás de ellos, a su izquierda, se veían los últimos rayos de sol del atardecer. Delante y a su derecha, la acelerada noche.

Luke sentía que a menudo experimentaba momentos como este: como si se estuviera sumergiendo en algo más allá de su comprensión. Las misiones no le molestaban. Estaba nervioso, pero no realmente asustado. Había visto tanto combate que muy pocas cosas quebrantaban su confianza. Lo que él no entendía era el contexto.

¿Por qué? ¿Por qué estaban haciendo esto? ¿Por qué los mandamases hacían lo que hacían? ¿Por qué había terroristas y grupos terroristas? ¿Por qué Rusia y Estados Unidos, y muchos otros países, siempre se enredaban bajo cuerda, moviendo hilos y manipulando la acción como si fueran titiriteros?

Cuando era más joven, estas preguntas nunca le habían perturbado. Comprender la geopolítica no era parte de la descripción de su trabajo. Buenos por aquí, malos por allá.

Él, deliberadamente, citaba de forma incorrecta la línea del famoso poema “La Carga de la Brigada Ligera”: “Lo suyo no es razonar por qué, lo suyo es hacerlo o morir.” En lugar de “lo suyo”, él decía “lo nuestro”. Durante años, lo había utilizado como lema.

Pero ahora quería saber más. Ya no era suficiente matar y morir por razones que nunca le explicaban. Era posible que el suicidio de Martínez finalmente le hubiera sacudido.

Por el momento, la fuente de la mayor parte de su conocimiento era una mujer casi diez años más joven que él. Volvió a mirar a Trudy Wellington, la agente de ciencia e inteligencia, sentada una fila detrás de ellos.

Estaba vestida de forma casual con vaqueros, una camiseta azul y calcetines rosas. La camiseta tenía dos palabras cortas en el centro, con letras blancas pequeñas: “Sé Amable”. Se quitó las zapatillas cuando se subieron al avión. Estaba acurrucada con un portapapeles, una carpeta grande de archivos y un montón de papeleo. Ella estaba examinándolo todo detenidamente, marcando las cosas con un bolígrafo. Apenas había hablado desde que el avión despegó.

Sintiendo que Luke la miraba, levantó la vista, con sus grandes ojos detrás de sus redondas gafas rojas. Era hermosa.

Trudy... ¿qué pasaba dentro de esa cabeza suya?

—¿Sí? —dijo ella.

Luke sonrió. —Pensé que quizá querrías ponernos al corriente sobre lo que estamos haciendo aquí. No nos han dicho casi nada en la sesión informativa, la mayor parte eran archivos clasificados. Una vez que Don asumió la misión, dijo que tú sabrías de qué se trata cuando estuviéramos en el aire.

Ed y Swann ahora les estaban mirando.

—Y oficialmente estamos en el aire, —dijo Swann.

Luke volvió a mirar por la ventana. El sol estaba ahora detrás de ellos, el día se desvanecía hacia la nada. Dentro de unas horas, a medida que avanzaran más hacia el este, el cielo comenzaría a iluminarse. Miró su reloj. Casi las nueve en punto.

—¿Qué dices, Trudy? ¿Lista para enseñarnos, como en el colegio?

Trudy hizo un extraño saludo militar con su mano derecha. Fue horrible. Luke no miró a Ed por miedo a reírse.

—Lista, capitán.

Se puso de pie y se movió hacia el asiento delantero, para que los cuatro estuvieran juntos.

—Voy a asumir que ninguno de vosotros tiene ningún conocimiento previo de esta misión, las personas involucradas, el estado actual de nuestra relación con Rusia, o la tarea que se nos presenta, —dijo ella. —Eso puede hacer que esta conversación sea un poco más larga de lo necesario, o puede que no. Pero va a garantizar que estamos todos en la misma línea. ¿Suena bien?

Luke asintió con la cabeza. —Bien.

—Suena bien, —dijo Ed.

—Es un largo vuelo, —dijo Swann.

Trudy asintió con la cabeza. —Entonces, vamos a empezar.

Hizo una pausa, respiró hondo y miró la página que tenía delante. Luego se lanzó a su historia.



* * *



—Esta mañana temprano en nuestro horario, ayer en su horario, los rusos tomaron el sumergible de investigación estadounidense Nereus en aguas internacionales del Mar Negro. El enfrentamiento tuvo lugar a unos ciento cuarenta y cinco kilómetros al sureste del complejo de Crimea de Yalta. Sí, donde tuvo lugar la famosa reunión durante Segunda Guerra Mundial entre Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Joseph Stalin.

Ed Newsam sonrió. —Un poco de historia profunda.

—¿Franklin D. Roosevelt? —dijo Swann. —El tipo que fue asesinado en, eh... ¿Denver?

Trudy sonrió. Casi pareció que se sonrojaba. Luke sacudió la cabeza y casi se rió a carcajadas. Un público exigente para una lección de historia.

—El Nereus era una presa fácil. Un destructor ruso rastreó su ubicación desde el momento en que se desvinculó de su nave nodriza. El destructor y dos barcos más pequeños de la Guardia Costera rusa convergieron sobre el Nereus. Una vez que lo tuvieron cercado, lanzaron tres batiscafos, que rodearon al Nereus y lo acompañaron a la superficie. También detuvieron a la tripulación.

—¿Quiénes son? —dijo Luke.

Trudy revisó sus archivos y puso un papel diferente en la parte superior.

—Una tripulación de tres personas. El piloto del submarino tiene cuarenta y cuatro años, se llama Peter Bolger, residencia oficial en Falmouth, Massachusetts. Graduado en la Academia Marítima de Maine, promoción de 1983. Cuatro años en la Guardia Costera, baja honorable en 1987, rango de teniente. Pasó casi una década pilotando barcos para la Institución Oceanográfica Wood’s Hole en Cabo Cod, en cooperación con numerosas facultades, universidades y acuarios. Contratado por la Investigación Internacional Poseidón en noviembre de 1996. A simple vista, es un civil que ha pasado toda su vida adulta en el agua, gran parte de ella realizando investigación. La presencia de alguien como Bolger probablemente esté destinada a darle a la IIP (Investigación Internacional Poseidón) una apariencia de realidad.

—Probablemente él sea el eslabón más débil cuando se trate de sacarlos, —dijo Luke.

Trudy asintió con la cabeza. —Según su expediente, mide un metro setenta y pesa unos ciento cuatro o ciento ocho kilos.

—¿Cómo cabe en el submarino? —dijo Swann.

Ed se encogió de hombros. —Podría ser todo músculo.

Ahora Trudy sacudió la cabeza. —No lo es. —ella levantó una foto de Peter Bolger. No tenía obesidad mórbida, pero no iba va a correr los cien metros lisos tampoco.

—Siguiente, —dijo Luke.

Trudy llevó la siguiente hoja a la cima de la pila.

—Eric Davis, estudiante de posgrado de veintiséis años en la Universidad de Hawái, con una beca de investigación para Wood’s Hole. ¿De dónde sacan estas cosas? Es un soldado de las Fuerzas Especiales de la Marina, de veintiocho años, llamado Thomas Franks. Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva Naval en la Universidad de Michigan, se graduó cum laude. Se alistó en la Marina al graduarse e inmediatamente solicitó ingresar en las Fuerzas Especiales de Demolición Submarina Básica. Viajes de servicio en Afganistán e Irak, uno cada vez, así como misiones clasificadas bajo el Mando Conjunto de Operaciones Especiales. Su misión aquí era proteger a los otros dos hombres y hundir el Nereus en caso de accidente u otro contratiempo. Claramente, no hizo nada de eso.

—Claramente, —dijo Swann.

—Él es nuestro vínculo más fuerte, —dijo Luke. —Si llegamos hasta estos chicos y están vivos, estaría bien poner un arma, o varias, en sus manos. El mayor peligro con Franks es que puede diseñar prematuramente algún tipo de intento de escape por su cuenta, u obtener un arma y abrirse paso disparando. De acuerdo, el siguiente.

Trudy sacó la última hoja de papel. —Reed Smith, comandante de la misión, de treinta y seis años, —dijo. —Un fantasma, un comodín total. Su verdadera identidad y edad son Alto Secreto. No tengo, en absoluto, nada de él, aparte de que le contrataron como investigador asociado en la IIP durante los últimos seis meses. De donde vino, y sobre lo que está al corriente, nadie lo sabe. Es el hombre que más preocupa a la CIA y al Pentágono. Aparentemente hay muchos secretos dentro de esa pequeña cabeza suya.

Swann miró a Luke. —Operaciones clandestinas. Me sorprende que él y Franks no hayan derribado el gobierno ruso aún.

Luke sonrió. —Me encanta tu sentido del humor, Swann. Por eso te dejo vivir.

Miró a Trudy. —Me gustaría tener un poco de contexto, si lo tienes. A dónde llevaron el Nereus y el estado de preparación de Rusia cuando... si... entramos allí.

Trudy asintió con la cabeza. —Algo tengo. El Nereus fue introducido en las bodegas de un antiguo buque de carga, y conducido al Puerto de Adler, justo al sur de la ciudad turística del Mar Negro, Sochi, justo al norte de la frontera rusa con Georgia. Están tratando de ocultar el Nereus y fingir que no lo tienen. Están actuando como si el carguero hubiera hecho una escala normal en el puerto. Y al menos, en el momento en que dejamos Washington, no había pruebas de que hayan movido el equipo del Nereus a otra ubicación. Ha habido muy poco movimiento en esos muelles.

—Saben que les estamos vigilando, —dijo Swann.

—Eso parece, —dijo Trudy.

—¿Y el resto? —dijo Luke. —¿Cómo están de preparados?

Trudy frunció los labios. —Puedo darte mi propia teoría.

—Dime, —dijo Luke.

—Están poco involucrados.

Luke agitó una mano. —Todavía no es mi hora de dormir.

Trudy asintió con la cabeza. —Vladimir Putin está jugando al “Guacamole”, con fiascos de varios tipos. El desastre del Kursk. La masacre del colegio de Beslan. ¿Quién sabe cuándo se detendrá? Pero mientras tanto, está progresando en numerosos frentes. Ha cimentado su férreo control sobre el gobierno. La economía rusa, aunque sigue siendo un desastre, comparada con nuestros niveles, está disfrutando de más prosperidad de la que se ha visto en quince años, principalmente debido a los altos precios mundiales del petróleo y el gas natural. Las evaluaciones de amenaza del Pentágono sugieren que el ejército está mejor financiado, algo mejor entrenados, y los soldados están recibiendo una mejor remuneración de lo que se ha visto en mucho tiempo. Están modernizando algunos sistemas de armamento, especialmente los sistemas de misiles balísticos.

—Rusia está en el largo y duro camino de regreso a su antiguo lugar en el mundo. No se sabe si lo lograrán, pero tampoco hay duda de que, desde que Putin asumió el control, están, efectivamente, recorriendo ese camino. Anteriormente, estaban boca abajo en una zanja al lado de la carretera.

—¿Qué significa esto para nosotros? —dijo Luke.

—Significa que interceptaron ese submarino para avisarnos, —dijo Trudy. —El Mar Negro ha sido suyo de forma indiscutible durante generaciones. Excepto por la costa turca, era una bañera rusa. Apenas hemos puesto barcos allí durante años. Nos están diciendo que han vuelto y que no nos van a dejar que pongamos barcos espía allí cuando nosotros queramos.

—Sí, pero ¿es realmente cierto? —dijo Luke. —¿Han vuelto? Si entramos allí e intentamos rescatar a esos hombres, ¿vamos a caer sobre una sierra circular?

Trudy sacudió la cabeza, ofreciendo el rastro de una sonrisa. —No. No han vuelto, aún no. La moral sigue baja, el mando y el control siguen siendo pobres. La corrupción es rampante. Montones de infraestructura y equipos están degradados o no funcionan. Con un plan lo suficientemente inteligente y un ataque rápido, creo que podréis atarlos de pies y manos. No digo esto a la ligera, pero creo que podemos llegar hasta eso hombres.

Luke la miró fijamente. Recordó su plan para eliminar al renegado contratista militar estadounidense Edwin Lee Parr y su milicia en Iraq, y su evaluación optimista de las probabilidades de hacerlo. En aquel momento, Luke la había desdeñado, a ella, a su plan y a su evaluación.

Después, todo resultó muy similar a cómo ella lo había descrito. Luke y Ed todavía tenían que ir allí y hacerlo, pero esa parte era un hecho.

—Bueno, espero que tengas razón, —dijo.



* * *



Luke había caído en un sueño inquieto. Sus sueños eran extraños, aterradores y cambiaban rápidamente. Una noche de paracaidismo. Al caer, su paracaídas no se abría. Debajo de él había una amplia extensión de río oscuro. Los caimanes, decenas de ellos, lo veían caer del cielo y convergían hacia él. Pero su pierna estaba atada a un cordón elástico, por lo que rebotaba en un largo y lento salto, justo por encima del agua, con los brazos colgando hacia abajo, los caimanes arremetiendo e intentando capturarlo.

Entonces era de día. Un Halcón Negro había sido lanzado al cielo. Su rotor de cola había desaparecido, el helicóptero giraba fuera de control y caía con fuerza. Luke corría por un campo, un viejo y vacío estadio de fútbol, ​​hacia el helicóptero. Si pudiera llegar allí antes de que chocara, podría atraparlo y salvar a esos hombres a bordo. Pero la hierba crecía a su alrededor, extendiéndose, retorciéndose, tirando de sus piernas, haciéndolo más pequeño. Tenía los brazos extendidos, casi alcanzando... Era demasiado tarde. Había llegado demasiado tarde.

Dios, el helicóptero estaba cayendo de lado. Aquí... venía...

Se despertó en medio de una turbulencia: el avión se estremeció y luego cabalgó por el aire inestable, como si estuvieran en una montaña rusa. Luke miró a su alrededor, las luces estaban apagadas. Por un momento, no estaba seguro de si estaba dormido o despierto. Entonces percibió al resto de su equipo, extendido inconsciente en varias partes de la oscura cabina.

Miró por la ventana, pero no podía ver nada más que una luz parpadeante en el ala. Muy por debajo, el océano era vasto, interminable y negro. El sol estaba muy lejos detrás de ellos, el día había pasado.

Habían estado volando durante horas y tenían más por delante.

Dentro de unas horas, a medida que avanzaran más hacia el este, el cielo comenzaría a iluminarse. Miró su reloj. Justo después de la medianoche en DC, lo que significaba que en Sochi ya eran algo más de las ocho de la mañana.

Mirar el reloj le provocó la sensación de que los acontecimientos se les anticipaban. Los rusos podían llevarse a esos hombres en cualquier momento. Podrían habérselos llevado ya, durante la noche.

Era frustrante estar atrapado en este avión con el reloj corriendo.

Luke no había pegado ojo, pero sabía que no se iba a dormir de nuevo. Estaba agobiado por los fantasmas del pasado, por Becca y Gunner, por el futuro incierto de un bebé nacido en un mundo terrible y por esta peligrosa misión.

Se levantó, fue a la pequeña cocina en la parte trasera del avión. Pasó junto a Ed Newsam y Mark Swann, que dormitaban en lados opuestos del pasillo. Sin encender la luz, vertió media taza de agua caliente de la espita y mezcló un poco de café instantáneo negro con un poco de azúcar. Lo probó. Eh, no estaba mal. Agarró una manzana danesa envuelta en plástico y volvió a su asiento.

Encendió el foco del techo.

Echó un vistazo al otro lado del pasillo. Trudy estaba dormida, hecha un ovillo. Era joven para este trabajo. Debe ser bueno saber tanto a tan tierna edad. Pensó en sí mismo cuando tenía poco más de veinte años. Había sido ese tipo de superhéroe fuera de serie, hecho de granito, cuya respuesta a cualquier problema era poner la cabeza hacia abajo y correr a través de las paredes. No tenía muchas cosas en la azotea.

Sacudió la cabeza y miró el papeleo en su regazo. Ella le había dado una tonelada de datos útiles. Tenía imágenes de satélite del carguero, incluidos primeros planos de las pasarelas de arriba y las habitaciones donde se pensaba que estaban retenidos los hombres, y las bodegas de abajo, donde probablemente se escondía el submarino.

Luke tenía que admitir que el submarino no era una prioridad para él personalmente, pero sabía que los demás no estaban de acuerdo. Querían que esa cosa fuera destruida. Vale. Si era posible y no ponía en peligro a los hombres, lo haría.

Hmmm ¿Qué más tenía? Un montón de cosas: esquemas del carguero, mapas e imágenes satelitales de las calles de la ciudad, los muelles y el largo malecón que protegía el puerto del Mar Negro, mapas de amplia visión e imágenes de toda la zona, con el complejo turístico de Sochi en expansión al norte, la extensión de agua y la frontera con Georgia al sur, tentadoramente cerca.

Tan cerca y, a la vez, tan lejos.

¿Qué más? Evaluaciones de la fuerza de las tropas en el puerto y cerca de las instalaciones, las mejores conjeturas, en realidad. Evaluaciones de las capacidades de primeros auxilios en el Sochi metropolitano: buenas en algún momento, pero ahora no contaban con fondos suficientes y estaban muy degradadas. Evaluaciones de la moral: baja en todos los ámbitos. Las dos guerras chechenas apocalípticas y los ataques terroristas resultantes contra objetivos civiles inofensivos, combinados con el desastre del Kursk, tenían las cabezas dando vueltas entre el ejército militar ruso y las tropas de primera línea en desorden.

Luke no lo dudaba. La conmoción del 11 de septiembre, junto con los repetidos reveses en Irak y Afganistán, la mala prensa en casa... había dejado a mucha gente de este lado de la cerca sintiendo lo mismo. El equipamiento estadounidense, la formación y el personal eran generalmente excelentes, pero las personas eran personas y cuando las cosas se torcían, dolía.

Dejó que la información lo invadiera.

Don le había prometido más efectivos a su llegada a Turquía: operarios encubiertos con conocimiento local, fluidez en ruso y experiencia en operaciones encubiertas de movimientos rápidos y contundentes. Don no le había dicho de dónde venían, solamente que serían los mejores disponibles. Le había prometido a Luke métodos para él y para Ed, moviéndose por separado, para entrar en Rusia sin ser detectados. Le había prometido a Luke cualquier material que quisiera, dentro de lo razonable: pistolas, bombas, coches, aviones, lo que fuera.

Una imagen comenzó a surgir...

Sí. Comenzaba a imaginar los contornos generales de la operación. En un mundo ideal... si obtuviera todo lo que quisiera... con el elemento sorpresa... total compromiso... y moviéndose a gran velocidad...

Podía ver cómo esto podría funcionar.



* * *



—Solían llamarme Monstruo.

Luke miró a Ed. Eran los únicos despiertos, sentados en los asientos traseros del avión. Pero ahora Luke se estaba adormeciendo. Más arriba, Trudy seguía acurrucada y Swann estaba tendido, sus largas piernas cruzando el pasillo.

Las persianas de las ventanas estaban bajadas, pero Luke podía ver fragmentos de luz solar asomándose a lo largo de los bordes inferiores. Dondequiera que estuvieran del mundo, ya era por la mañana.

Luke acababa de exponerle la misión a Ed, mientras ya se estaba empezando a imaginar cómo sería. Pensaba en obtener otro punto de vista. ¿Parecía posible esta parte? ¿Había un agujero enorme que estaba pasando por alto? ¿Qué tipo de armas deberían llevar? ¿Qué tipo de equipamiento necesitaban?

En cambio, recibió esto: —Solían llamarme Monstruo.

Era toda la respuesta que necesitaba, suponía. El hombre era un monstruo. Llegados a ese punto, se enfrentaría al problema con un plan a medias y un puñado de clavos oxidados.

—De alguna manera, no me sorprende, —dijo Luke.

Ed sacudió la cabeza. Él mismo estaba medio dormido. —No por mi tamaño, sino porque era muy malvado. Crecí en Crenshaw, en Los Ángeles. Cuatro niños, yo era el mayor. Lo más parecido a una tienda de comestibles en el vecindario era un lugar que vendía licores, décimos de lotería y latas de sopa y atún. Mi madre a veces no podía mantener las luces encendidas.

—Dije, no-no. Esto no va a quedar así. No está bien que tengamos que vivir de esta manera y lo voy a arreglar. Estaba trabajando en la esquina a las doce, tratando de conseguir dinero. Me estaba dejando llevar por lo peor de lo peor a los quince años y era peor que ellos. Dentro y fuera del reformatorio. No estaba arreglando nada.

Ed suspiró profundamente. —En diez de aquellas noches, podría haber muerto fácilmente, como otros. Me habían disparado muchas veces antes de ver Irak, Afganistán o cualquiera de estos otros lugares clasificados, a los que supuestamente nunca he ido.

Entrecerró los ojos y sacudió la cabeza. —Llegué ante una jueza cuando tenía diecisiete años. Ella me dijo que ahora podría ser juzgado como un adulto. Podía ver en tiempo real la cárcel de los mayores o podía conseguir que me suspendieran la condena si me unía al ejército de los Estados Unidos. Dependía de mí.

Él sonrió. —¿Qué más iba a hacer? Me uní. Me encontré con un sargento de instrucción, de nombre Brooks, inmediatamente me cogió manía. Sargento Mayor Nathan Brooks. Yo no le gustaba y decidió que me iba a hacer la vida imposible.

—¿Lo hizo? —dijo Luke. Tenía problemas para imaginarse tal cosa, pero esta no era la primera vez que había oído algo por el estilo. —¿Te hizo la vida imposible?

Ed se rio. —Oh, sí, lo hizo. La tomaba conmigo una y otra vez. Nunca lo he pasado tan mal en mi vida. Me veía venir a un kilómetro de distancia. Me convirtió en su proyecto personal, dijo: “¿Te crees duro, negrata? Tú no eres duro. Ni siquiera has visto nada duro todavía, pero yo te lo voy a enseñar.”

— ¿Era un hombre blanco? —dijo Luke.

Ed sacudió la cabeza. —Nah. En esos días, si un hombre blanco me hubiera llamado negro, simplemente le habría matado. Era un hermano de mi tierra, de algún lugar de Carolina del Sur, no lo sé. Me partió por la mitad. Y cuando terminó, me volvió a unir, un poco mejor que antes. Ahora yo era algo con lo que otras personas podrían al menos trabajar, hacer algo.

Estuvo en silencio por un momento. El avión se estremeció a través de una zona de turbulencias.

—Nunca encontré la forma de agradecérselo a ese tipo.

Luke se encogió de hombros. —Bueno, no es tarde. Envíale algunas flores. Una tarjeta, no sé.

Ed sonrió, pero ahora estaba melancólico. —Está muerto. Hace más o menos un año. Cuarenta y tres años, veinticinco de servicio. Podría haberse retirado en cualquier momento. En lugar de eso, se ofreció como voluntario para Iraq, y se lo concedieron. Estaba en un convoy al que le tendieron una emboscada cerca de Mosul. No sé todos los detalles, lo vi en Stars and Stripes. Resulta que era un tipo muy condecorado. Yo no sabía eso de él cuando me arrastraba por el suelo. Nunca lo mencionó.

Hizo una pausa. —Y nunca le dije lo que significaba para mí.

—Probablemente lo sabía, —dijo Luke.

—Sí, probablemente, pero debería habérselo dicho de todos modos.

Luke no le contradijo.

—¿Dónde está tu madre? —dijo en su lugar.

Ed sacudió la cabeza. —Todavía está en Crenshaw. Traté de hacer que se mudara al este, cerca de mi, pero ella no quiere oír hablar de mudarse. ¡Todas sus amigas están allí! Así que, entre mi hermana y yo le compramos un pequeño bungalow a seis manzanas del viejo edificio de apartamentos donde vivíamos. Una parte de mi paga de cada mes va destinada al pago de la hipoteca. Justo en el viejo barrio donde solía arriesgar mi vida para intentar sacarla de allí.

Suspiró profundamente. —Por lo menos hay comida en la nevera y las luces están encendidas. Supongo que es todo lo que importa. Ella dice: “Nadie va a meterse conmigo. Ellos saben que eres mi hijo y vas a venir a verme si lo hacen.”

Luke sonrió, Ed también lo hizo y esta vez la sonrisa fue más genuina.

—Ella es imposible, tío.

Ahora Luke se echó a reír. Después de un momento, también lo hizo Ed.

—Escucha, —dijo Ed. —Me gusta tu plan. Creo que podemos lograrlo. Un par de chicos, los correctos... —él asintió con la cabeza. — Sí, es factible. Necesito echar una cabezada y tal vez se me ocurra algo que añadir.

—Suena bien, —dijo Luke. —Estoy deseando, p refiero no tener a nadie en nuestro equipo asesinado por ahí.

—Especialmente nosotros, —dijo Ed.




CAPÍTULO SIETE


26 de junio

6:30 Hora del Este

Centro de Actividades Especiales, Dirección de Operaciones

Agencia Central de Inteligencia

Langley, Virginia



—Parece que el Presidente ha perdido la chaveta.

—¿Eh? —dijo el viejo que fumaba un cigarrillo. Parecía que tuviera que aclararse la garganta. Sus dientes eran de color amarillo oscuro. La retracción de las encías hacía que parecieran más largos. Parecían hacer chasquidos cuando hablaba. El efecto era horrible. —Cuéntamelo.

Estaban en lo más profundo de las entrañas de la sede. En la mayoría de los lugares dentro del edificio, fumar ahora estaba prohibido. ¿Pero aquí, en el santuario interior? Todo estaba permitido.

—Estoy seguro de que ya lo has oído, —dijo el Agente Especial Wallace Speck.

Se sentó en un amplio escritorio de acero al lado del viejo. No había casi nada en el escritorio. Ni teléfono, ni ordenador, ni hoja de papel o un lápiz. Sólo había un cenicero de cerámica blanca, repleto de colillas de cigarrillos apagados.

El viejo asintió. —Refréscame la memoria.

—Ayer sugirió que la tripulación del Nereus se pudriera en manos de los rusos. Lo dijo delante de veinte o treinta personas.

—Sáltate la parte fácil, —dijo el viejo. Estaban en una habitación sin ventanas. Dio una calada profunda a su cigarrillo, lo sostuvo y luego soltó una columna de humo azul. El techo estaba al menos a cuatro metros y medio de sus cabezas y el humo se elevaba hacia él.

—Bueno, luego lo suavizó, pero nos ha dejado fuera del operativo de rescate, a nosotros y a nuestros amigos, en favor de nuestro nuevo hermano pequeño del FBI.

—Sáltatelo, —dijo el viejo.

Wallace Speck sacudió la cabeza. Tratar con el viejo era un infierno. ¿Cómo es que seguía vivo? Había estado fumando cigarrillos en cadena desde antes que naciera Speck. Su rostro era como un periódico antiguo, volviéndose casi tan amarillo como sus dientes. Sus arrugas tenían arrugas. Su cuerpo no tenía tono muscular en absoluto. Su carne parecía estar colgando de los huesos.

La idea le produjo a Speck un breve recuerdo de una vez que comió en un restaurante elegante. — ¿Cómo está el pollo esta noche? —le preguntó al camarero. —Exquisito, —dijo el camarero. —Se desprende del hueso.

La carne del anciano era cualquier cosa menos exquisita. Pero sus ojos seguían tan afilados como cuchillas de afeitar, tan concentrados como láseres. Era lo único que le quedaba.

Esos ojos miraban a Speck. Querían el morbo. Querían las partes que a la gente como Wallace Speck le preocupaban. Podría desenterrar lo más sucio, y lo hacía. Ese era su trabajo, pero a veces se preguntaba si el Centro de Actividades Especiales de la CIA no estaba abusando de su autoridad. A veces se preguntaba si las actividades especiales no equivalían a la traición.

—El tío tiene problemas para dormir, —dijo Speck. —Parece que no ha superado el secuestro de su hija. Confía en el Zolpidem para dormir y a menudo se diluye la píldora en una copa de vino, o dos. Eso es un hábito peligroso, por razones obvias.

Speck hizo una pausa. Podría darle al viejo el papeleo, pero el hombre no quería mirar el papeleo. Sólo quería escuchar, y Speck lo sabía. —Tenemos cintas de audio y transcripciones de una decena de llamadas telefónicas a su rancho familiar en Texas durante los últimos diez días. Las conversaciones son con su esposa. En cada llamada, expresa su deseo de dejar la presidencia, regresar al rancho y pasar tiempo con su familia. En tres de esas llamadas, se echa a llorar.

El viejo sonrió y dio otra profunda calada al cigarrillo. Sus ojos se convirtieron en rendijas. Su lengua salió disparada. Había un trozo de tabaco allí en la punta. Parecía un lagarto. —Bien. Más.

—Tiene una especie de obsesión por el culto al héroe con Don Morris, nuestro pequeño rival advenedizo del Equipo de Respuesta Especial del FBI.

El viejo hizo un movimiento con la mano como una rueda que gira.

—Sigue.

Speck se encogió de hombros. —El Presidente tiene un perro, como ya sabes. Ha comenzado a caminar por los terrenos de la Casa Blanca a altas horas de la noche. Se enfada si se tropieza con cualquier Agente del Servicio Secreto mientras está fuera. Hace unas noches, se encontró con dos en diez minutos y tuvo un berrinche. Llamó a la oficina de supervisión nocturna y les dijo que hicieran retirarse a sus hombres. Ya no parece comprender que los hombres están allí para protegerlo, piensa que están allí para molestarle.

—Hmmm, —dijo el viejo. —¿Intentaría huir?

—Diría que parece inverosímil, —dijo Speck. —Pero con este Presidente, nunca se sabe lo que va a hacer.

—¿Qué más?

—El grupo de acción política ha comenzado a buscar opciones para retirarlo del cargo, —dijo Speck. —La destitución es inviable debido a la división en el Congreso. Además, el portavoz de la Casa Blanca es un aliado cercano de David Barrett y está de acuerdo con él en la mayoría de las cuestiones. Es muy poco probable que siga con el proceso de destitución o permita que suceda bajo su supervisión. Retirarlo del cargo bajo la Vigésimoquinta Enmienda parece estar fuera de lugar también. Barrett probablemente no va a admitir su incapacidad para desempeñar sus funciones y si el vicepresidente trata de...

El viejo levantó la mano. —Lo entiendo, sáltatelo. Dime una cosa: ¿tenemos Agentes del Servicio Secreto en operaciones nocturnas en los terrenos de la Casa Blanca? ¿Hombres que nos sean leales?

—Los tenemos, —dijo Speck. —Sí.

—Bien. Ahora dame detalles sobre la operación de rescate de Rusia.

Speck sacudió la cabeza. —No tenemos detalles. Don Morris es notoriamente tacaño con la información, pero no tiene un gran equipo, al menos no todavía. Podemos suponer que les ha dado la misión a sus mejores agentes, Luke Stone y Ed Newsam, dos chicos jóvenes, ambos ex operadores de las Fuerzas Delta, con amplia experiencia en combate.

—¿Los que rescataron a la desafortunada hija del Presidente?

Speck asintió con la cabeza. —Sí.

El viejo sonrió. Sus dientes eran como colmillos amarillos. Podría pasar por el vampiro más viejo, uno que no hubiera saboreado la sangre en mucho, mucho tiempo. —Vaqueros, ¿no?

—Uh... Creo que tienden a disparar primero, y luego...

—¿Estamos planeando interceptarlos? ¿Desbaratar su operación de alguna manera?

—Ah... —dijo Wallace Speck. —Sin duda ha estado sobre la mesa como una posible opción. Es decir, por el momento no tenemos mucho...

—No lo hagáis, —dijo el anciano. —Apartaos de su camino y dejadlos actuar. Tal vez encuentren la muerte. Tal vez empiecen una guerra mundial. En cualquier caso, eso será bueno para nosotros. Y si David Barrett hace algo disparatado, quiero decir realmente disparatado, estate preparado para saltar y tomar el control de la situación.

Wallace Speck se levantó para irse.

—Sí señor. ¿Algo más?

El viejo lo miró con los ojos de un demonio antiguo. —Sí. Intenta sonreír un poco más, Speck. Todavía no estás muerto, así que haz un esfuerzo en disfrutar aquí y ahora. Se supone que esto es divertido.




CAPÍTULO OCHO


23:20 Hora de Moscú (15:20 Hora del Este)

Puerto de Adler, Distrito de Sochi

Krai de Krasnodar

Rusia



—¿Estáis seguros de que queréis que actuemos en este concierto? —dijo Luke a través del teléfono satelital de plástico azul que tenía en la mano. —Creo que va a ser bastante ruidoso.

Se apoyó contra un viejo Lada Sedan negro, fabricado en Hungría. El pequeño coche cuadrado le recordaba a un viejo Fiat o Yugo, pero no tan elegante. Parecía estar hecho de chapas de chatarra soldadas. Emitía un ligero olor a aceite quemado. Cuanto más rápido iba, más parecía vibrar, como si se estuviera desgarrando por los contornos. Afortunadamente, no era el coche que utilizarían para escapar.

Cerca, su conductor, un corpulento checheno llamado Aslan, se estaba fumando un cigarrillo y orinando a través de una línea de vallas de tela metálica. Aslan prefería que lo llamasen Franchute. Esto se debía a que, cuando Chechenia cayó, había escapado de los rusos desapareciendo en París durante unos años. Sus tres hermanos y su padre habían muerto en la guerra. Ahora, Franchute había vuelto y odiaba a los rusos.

Estaban en una zona de aparcamiento vacía, cerca de la desembocadura del río Mzymta. Un olor húmedo y penetrante a alcantarilla emergía del agua. Desde aquí, un sombrío bulevar de almacenes corría a lo largo de la costa hasta un pequeño puerto de carga, custodiado por una caseta de vigilancia y una alambrada electrificada. Bajo el resplandor de las débiles y amarillas lámparas de arco de sodio, podía ver hombres moviéndose por la puerta.

Las grandes y antiguas casas del Partido Comunista, los nuevos hoteles y restaurantes y las brillantes playas de Sochi en el Mar Negro, se encontraban a sólo ocho kilómetros de la carretera. Pero Adler era tan inconexo y deprimente como un puerto ruso debería ser.

Había un retraso, desde que la voz aguda de Mark Swann irrumpía por todas partes, desde las redes cifradas en los satélites negros, hasta finalmente el teléfono de Luke. La voz de Swann temblaba con excitación nerviosa.

Luke sacudió la cabeza y sonrió. Swann estaba en una suite del ático con la bella Trudy Wellington, en un hotel de cinco estrellas en Trabzon, Turquía. Supuestamente, eran una rica pareja de recién casados ​​de California. Si las balas comenzaran a volar, Swann lo vería en la pantalla del ordenador, casi pero no en directo, vía satélite. Ese era el motivo de que le temblara la voz.

—Tenemos luz verde, —dijo Swann. —Entienden que podríamos recibir algunas quejas de los vecinos.

—¿Y la bola de discoteca?

— Justo donde dijimos que estaría.

Luke contempló un viejo y oxidado buque de carga mediano, el Yuri Andropov II, que descansaba en el muelle. Pensó que un viejo especialista en tortura de la KGB como Andropov debía estar removiéndose en su tumba al ver que esta cosa llevaba su nombre. A alguien debió parecerle gracioso.

La bola de discoteca, por supuesto, era el sumergible perdido, Nereus. Su chip GPS seguía sonando desde el interior de una de las bodegas de ese barco.

—¿Y los instrumentos? —los instrumentos eran la tripulación del Nereus.

—Arriba, en el vestuario, por lo que sabemos.

—¿Y Aretha? ¿Qué tiene ella que decir?

La voz de Trudy Wellington entró, sólo por un segundo.

—Tus amigos ya están de fiesta en la playa.

Luke asintió. Justo al sur de aquí estaba la frontera con la ex República Soviética de Georgia. Los georgianos y los rusos actualmente se mostraban hostiles entre sí. Trudy sospechaba que iban a tener un incidente de fuego uno de estos días, pero con suerte no se iniciaría esta noche.

La ciudad costera georgiana de Kheivani estaba justo al otro lado de esa frontera. Era un lugar tranquilo y sosegado, en comparación con Sochi. Había un equipo de recuperación en una playa oscura de allí, esperando recibir a los prisioneros rescatados, si llegaban tan lejos.

Desde la playa, los prisioneros serían trasladados lejos de la frontera, a lo más profundo de Georgia y luego fuera del país. Eventualmente, cuando llegaran a un lugar seguro, serían informados sobre todo este desastre.

Nada de eso era asunto de Luke. Intencionadamente, no sabía nada sobre cómo iría. Don y Papá Cronin se habían encargado de esa parte. Luke ni siquiera sabía quién estaba involucrado. Podrías cortarle los dedos y sacarle los ojos y no podía dicirte nada al respecto.

—¿Se ha unido el tipo grande a la banda? —dijo Luke.

La voz de Ed Newsam apareció. El aullido del viento y el rugido de los motores ​​casi la ahogaban. —Está en el camerino, listo para subir al escenario. Cuanto antes, mejor, por lo que a él concierne.

Luke suspiro. —Está bien, —dijo, y el peso de la decisión se apoderó de sus hombros como una roca. La gente probablemente estaba a punto de morir. Sabías eso cuando te metías. Sólo que no sabías quién.

—Vamos allá.

—Nos vemos en Las Vegas, —dijo Swann.

—Asegúrate de ver el espectáculo de fuegos artificiales, —gritó Ed. —Me han dicho que va a estar bien.

La llamada se cortó. Luke dejó caer el teléfono satelital en el asfalto desgastado del aparcamiento. Levantó la bota y la dejó caer con fuerza sobre el teléfono, rompiendo la carcasa de plástico. Lo hizo de nuevo, otra vez y otra vez. Luego le dio una patada a los restos destrozados y los lanzó a través de un desagüe abierto hacia el agua.

Tenía otro.

Levantó la vista.

Franchute estaba allí. Su cara era ancha y su piel parecía gruesa, casi como una máscara de goma. Su cabello era negro azabache y estaba peinado hacia atrás. Estaba afeitado, para integrarse mejor en la sociedad rusa. Normalmente, su pueblo llevaba espesas barbas por Alá.

Franchute llevaba una holgada cazadora oscura sobre su gran cuerpo. La noche era un poco cálida para eso. Sus duros ojos miraron a Luke.

—¿Sí? —dijo Franchute.

Luke asintió con la cabeza. —Sí.

Franchute tomó una profunda calada de su cigarrillo. Lentamente exhaló el humo. Luego sonrió y asintió.

—Estoy contento.



* * *



—Rápido, —dijo Ed Newsam. No le estaba hablando a nadie. Mejor, porque nadie podría escucharlo.

—Muy, muy rápido.

Estaba de pie en la cabina, con los pies descalzos y las manos en el timón de un bote con forma de cuña gigante. El bote era largo y estrecho, con una proa muy larga. En la popa, había cinco grandes motores de 275 caballos de potencia. El bote tenía dos asientos.

En Estados Unidos, lo llamarían un bote Cigarrillo o un Go Fast. En los días previos al rastreo por satélite, los narcotraficantes del sur de Florida usaban estas cosas para escapar de la Guardia Costera. Sin embargo, este barco no iba cargado de cocaína.

En la punta del bote, en la proa, había un pequeño compartimento. Ese compartimento estaba lleno de una pequeña cantidad de TNT.

Ed corría a toda velocidad en mitad de la noche, con las luces apagadas, rebotando sobre las olas. Sus motores rugían, un sonido enorme. El viento aullaba a su alrededor. Frente a él, quizás tres kilómetros más adelante, estaba la costa, en su mayor parte oscura, de Georgia. Detrás de él estaban las brillantes luces de Sochi. Esta ciudad estaba disfrutando de su apogeo poscomunista con mucho dinero. Barcos caros como este eran fáciles de encontrar.

De hecho, detrás de Ed y navegando a la misma velocidad, iba otra lancha rápida.

Ese bote lo conducía un temerario georgiano chiflado llamado Garry. Ed no podía ver a Garry, sus luces también estaban apagadas. Y no podía escucharle, había demasiado ruido como para escuchar algo. Pero sabía que Garry estaba allí, tenía que estar.

La vida de Ed dependía de ello.

Garry, junto con el loco conductor checheno de Stone, Franchute, habían sido proporcionados por Papá Bill Cronin. Papá Cronin era de la CIA y se suponía que no iban a involucrar a la CIA en esto, pero lo hicieron de todos modos. El peligro era que la CIA estaba haciendo aguas por alguna parte.

—Los cheques de Bill Cronin provienen de la CIA, —había dicho Don Morris. —Pero ese hombre es una ley y un mundo en sí mismo. Si nos da a los operadores, no serán unos charlatanes. No habrá infracciones de seguridad. Te lo puedo asegurar.

Así que Garry estaba de nuevo allí, con las vidas de Ed y Luke y de todo el mundo en sus manos.

A la izquierda de Ed, al este, había un largo dique de piedra, que sobresalía del agua. Protegía una pequeña área portuaria. Lo recorrió a lo largo, llegando a él en diagonal. Disminuyó la velocidad, sólo un toque, e hizo un giro brusco hacia la tierra.

Miró al cielo, buscando aviones.

Nada, todo despejado.

Ese malecón estaba cubierto de muelles de hormigón. Corrían paralelos a la tierra, a cien metros de la orilla. El malecón y la orilla formaban un paso estrecho de mil metros de largo. En el otro extremo estaba el buque de carga, el Yuri Andropov II.

El trabajo de Ed era perforarle un agujero. Un agujero, y tal vez un pequeño incendio. Lo suficiente como para causar una distracción, una pista falsa. Lo suficiente para permitir que Stone y Franchute se escabullesen en el bote, liberasen a los prisioneros y tal vez incluso escapasen de ese submarino.

Los rusos sabían que los estadounidenses les observaban desde los cielos. Así que estos muelles parecían tener una actividad mínima. Sólo un viejo buque de carga, sin demasiada seguridad, nada que ver aquí.

Pero Ed sabía que había hombres armados en esos muelles. Conducir este bote hasta ese puerto iba a enfurecer a una muchedumbre.

Llegó a la boca del puerto. Respiró hondo.

—Garry, será mejor que estés allí.

Abrió el carburador por completo. Los motores rugieron.

El bote avanzó, incluso más rápido que antes.

La tierra corría a ambos lados de él, el malecón a su izquierda y la orilla a su derecha. Pero mantuvo la vista en el objetivo. Ahora podía verlo, el Andropov, que se avecinaba ahí delante a lo lejos. Estaba atracado perpendicularmente a él, mostrándole toda su longitud.

—Hermoso.

A su izquierda, los hombres corrían por los muelles. Los veía como pequeñas figuras de palo, moviéndose lentamente, demasiado lentos.

Se agachó, sabiendo lo que iban a hacer. Un instante después, los disparos automáticos desgarraron el costado del bote. Los sintió, más que oírlos o verlos. Estaban alterando su curso, los golpes sordos de las balas de alto calibre.

El parabrisas se hizo añicos.

El Andropov se estaba acercando, volviéndose más grande.

Había una barra de hierro en el suelo. Ed la cogió. Un extremo tenía una herramienta de agarre, casi como una mano, que colocó en el volante. Encajó el otro extremo a una ranura de metal soldada en el suelo.

De la vieja escuela, pero funcionaría. Mantendría el bote más o menos recto.

Levantó la vista. El Andropov ahora era grande.

Parecía que estaba justo allí.

—Oh-oh, hora de irse.

Se lanzó hacia el lado derecho del bote, lejos de los disparos. Se puso en cuclillas, con todo el poder en sus piernas, y saltó a su derecha, por la borda. Se hizo un ovillo, como un niño saltando en bomba en la piscina local.

El bote se alejó mientras él estaba en el aire.

Débilmente, tuvo la sensación de caer, caer por el cielo. Pasó mucho tiempo hasta que se estrelló en el agua y, por un momento, la oscuridad lo rodeó. Lo atravesó como un torpedo, sin sentir nada, excepto la sensación de velocidad oscura.

Al principio hubo un fuerte rugido, y luego los sonidos amortiguados en las profundidades.

Por un momento, pensó que estaba flotando en el útero, bañado ahora en una luz cálida. Se le ocurrió que la luz del faro en su chaleco salvavidas se había activado. El chaleco tiró de él hacia la superficie, de nuevo hacia el rugido y el rocío de la estela de la embarcación.

Jadeó en busca de aire y volvió a zambullirse durante unos segundos más, esos artilleros iban a buscarlo.

Después de esto…

Volvió a la superficie. Todo estaba oscuro: la noche, el agua, todo.

Por un momento no pudo ver el bote. Entonces lo vio. Se movía rápido, reduciéndose, disminuyendo. Era minúsculo, bajo la sombra inminente del carguero.

Ed volvió a sumergirse debajo de la superficie, a la seguridad de la oscuridad.



* * *



Luke se apoyó en el Lada, fingiendo fumar un cigarrillo. Todos por aquí fumaban, así que pensó que eso podría ayudarle a disfrazarse. Lo había intentado un par de veces antes en la escuela secundaria, pero nunca le vio la gracia. A él le gustaba más el fútbol.

Dio una calada, la sostuvo en la boca durante unos segundos, luego dejó que toda la porquería saliera de nuevo. Sabía a contaminación. Casi se rió de sí mismo. Si alguien estuviera mirándolo, verían lo ridículo que parecía.




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