Casi Ausente
Blake Pierce


CASI PERDIDA (LA NIÑERA—LIBRO #2) es el segundo libro de la nueva serie de suspenso psicológico por el autor bestseller Blake Pierce, cuyo libro gratuito y exitoso UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1) ha recibido más de 1.000 opiniones de cinco estrellas. Cuando un hombre divorciado, de vacaciones en la campiña británica, publica un aviso solicitando una niñera, Cassandra Vale, de 23 años, en bancarrota y aún reponiéndose del fracaso de su último empleo en Francia, acepta el trabajo sin vacilar. Adinerado, guapo y generoso, con dos dulces hijos, ella cree que nada puede salir mal.¿O quizás sí?Disfrutando lo mejor que Inglaterra tiene para ofrecer, y con Francia fuera de vista, Cassandra se atreve a creer que al fin puede tomarse un respiro…hasta que una revelación sorprendente la obliga a cuestionarse las certezas de su tumultuoso pasado, su jefe y su propia cordura.Un misterio fascinante, repleto de personajes complejos, varios secretos, giros dramáticos y suspenso vibrante, CASI PERDIDA es el libro #2 de la serie de suspenso psicológico que hará que devore las páginas hasta la madrugada.  ¡El libro #3 de la serie—CASI MUERTA—ya se puede reservar!







C A S I A U S E N T E



(LA NIÑERA—LIBRO UNO)



B L A K E P I E R C E


Blake Pierce



Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio RILEY PAIGE que cuenta con trece libros hasta los momentos. Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE (que cuenta con nueve libros), de la serie de misterio de AVERY BLACK (que cuenta con seis libros), de la serie de misterio de KERI LOCKE (que cuenta con cinco libros), de la serie de misterio LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE (que cuenta con tres libros), de la serie de misterio de KATE WISE (que cuenta con dos libros), de la serie de misterio psicológico de CHLOE FINE (que cuenta con dos libros) y de la serie de misterio psicológico de JESSE HUNT (que cuenta con tres libros).



Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com para saber más y mantenerte en contacto.










Derechos reservados © 2019 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto según lo permitido por la ley de derechos reservados de EE.UU. de 1976, ninguna parte de este libro podrá reproducirse, distribuirse o transmitirse en ninguna forma y por ningún medio, o almacenarse en una base de datos o sistema de recuperación, sin previo permiso de la autora. Este ebook está autorizado únicamente para su disfrute personal. Este ebook no podrá revenderse o regalarse a otras personas. Si desea compartir este libro con otra persona, por favor adquiera una copia adicional para cada lector. Si usted está leyendo este libro y no lo compró, o si no se lo compraron para que únicamente usted lo usara, por favor, devuélvalo y adquiera su propio ejemplar. Gracias por respetar el trabajo del autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son producto de la imaginación del autor o se utilizan de forma ficticia. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es mera coincidencia. Los derechos reservados de la imagen de portada, cactus_camera, se utilizaron bajo autorización de Shutterstock.com.


LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



LA NIÑERA

CASI AUSENTE (Libro #1)

CASI PERDIDA (Libro #2)

CASI MUERTA (Libro #3)



SERIE DE THRILLER DE SUSPENSE PSICOLÓGICO CON JESSIE HUNT

EL ESPOSA PERFECTA (Libro #1)

EL TIPO PERFECTO (Libro #2)

LA CASA PERFECTA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO PSICOLÓGICO DE SUSPENSO DE CHLOE FINE

AL LADO (Libro #1)

LA MENTIRA DEL VECINO (Libro #2)

CALLEJÓN SIN SALIDA (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE KATE WISE

SI ELLA SUPIERA (Libro #1)

SI ELLA VIERA (Libro #2)

SI ELLA CORRIERA (Libro #3)

SI ELLA SE OCULTARA (Libro #4)

SI ELLA HUYERA (Libro #5)



SERIE LAS VIVENCIAS DE RILEY PAIGE

VIGILANDO (Libro #1)

ESPERANDO (Libro #2)

ATRAYENDO (Libro #3)

TOMANDO (Libro #4)



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)

UNA VEZ ABANDONADO (Libro #7)

UNA VEZ ENFRIADO (Libro #8)

UNA VEZ ACECHADO (Libro #9)

UNA VEZ PERDIDO (Libro #10)

UNA VEZ ENTERRADO (Libro #11)

UNA VEZ ATADO (Libro #12)

UNA VEZ ATRAPADO (Libro #13)

UNA VEZ INACTIVO (Libro #14)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE MATE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE CODICIE (Libro #3)

ANTES DE QUE SE LLEVE (Libro #4)

ANTES DE QUE NECESITE (Libro #5)

ANTES DE QUE SIENTA (Libro #6)

ANTES DE QUE PEQUE (Libro #7)

ANTES DE QUE CACE (Libro #8)

ANTES DE QUE ATRAPE (Libro #9)

ANTES DE QUE ANHELE (Libro #10)

ANTES DE QUE DECAIGA (Libro #11)

ANTES DE QUE ENVIDIE (Libro #12)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

CAUSA PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)

UNA RAZÓN PARA ESCONDERSE (Libro #3)

UNA RAZÓN PARA TEMER (Libro #4)

UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Libro #5)

UNA RAZÓN PARA ATERRARSE (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE KERI LOCKE

UN RASTRO DE MUERTE (Libro #1)

UN RASTRO DE ASESINATO (Libro #2)

UN RASTRO DE VICIO (Libro #3)

UN RASTRO DE CRIMEN (Libro #4)

UN RASTRO DE ESPERANZA (Libro #5)


CONTENIDOS



CAPÍTULO UNO (#u1275d11b-48b6-52d1-aec7-722d4eb45b20)

CAPÍTULO DOS (#u2f69bca2-b3c0-564e-9b39-a2608af2ad99)

CAPÍTULO TRES (#u62860c54-6de6-538d-aad7-542e04af8178)

CAPÍTULO CUATRO (#ua4322cd0-a670-5c3f-9d41-1bd987bc0ee5)

CAPÍTULO CINCO (#uf80eda33-89f6-5e2f-9e08-0eef7f49bcd5)

CAPÍTULO SEIS (#ucdf05fd1-95ee-55e9-8890-851efe49ded9)

CAPÍTULO SIETE (#u9bd07143-51a2-5989-bd56-90d9503ae537)

CAPÍTULO OCHO (#u9cf8c25f-1a35-5667-9670-3bf74293fd6a)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDÓS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRÉS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISEIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS (#litres_trial_promo)




CAPÍTULO UNO


Cassie Vale, de veintitrés años, estaba sentada al borde de una de las dos sillas de plástico que había en la sala de espera de la agencia de niñeras, mirando fijamente a los pósters y mapas de la pared de enfrente. Arriba del logo cursi de Las Niñeras Europeas de Maureen había un póster de la Torre Eiffel y otro de la Puerta de Brandeburgo. Una cafetería en un patio adoquinado, un pueblo pintoresco con vista al mar azul. Escenas de ensueño, lugares en los que anhelaba estar.

La oficina de la agencia era estrecha y sofocante. El aire acondicionado hacía ruido aunque no funcionaba y por los respiraderos no pasaba ni una bocanada de aire. Cassie estiró el brazo y discretamente se limpió una gota de sudor que le caía por la mejilla. No sabía cuánto tiempo más podría soportar.

La puerta de la oficina se abrió de pronto, ella dio un respingo y tomó los documentos de la otra silla. Pero se desilusionó al ver que era otra entrevistada que salía: esta era rubia, alta y delgada, y rebosaba toda la confianza que Cassie deseaba tener. Sonreía satisfecha con un manojo de formularios de aspecto oficial, y apenas miró a Cassie al pasar.

Cassie sintió que su estómago se contraía. Miró a donde estaban sus documentos preguntándose si ella también tendría éxito o si se iría decepcionada y humillada. Sabía que su experiencia era penosa e insuficiente, y que no tenía certificaciones en cuidado de niños. La agencia de cruceros a la que se había presentado la semana anterior la había rechazado. Le habían dicho que sin experiencia no podían siquiera registrarla. Si era lo mismo aquí, no tenía la más remota posibilidad.

—¿Cassandra Vale? Soy Maureen. Por favor, pasa.

Cassie levantó la vista. Una mujer de cabello gris y traje oscuro la esperaba de pie en la puerta. Claramente era la dueña.

Cassie se puso de pie tambaleando al tiempo que sus papeles, organizados cuidadosamente, se desparramaban del archivador. Los juntó y, con el rostro enardecido, se dirigió de prisa hacia la sala de entrevistas.

Mientras Maureen hojeaba los papeles con el ceño fruncido, Cassie comenzó a sacarse la cutícula con las uñas y enseguida entrelazó las manos, la única manera de frenar ese hábito nervioso.

Intentó respirar profundo para tranquilizarse. Se dijo a sí misma que la decisión de esa mujer no era su único billete para salir de aquí. Había otras maneras de escapar y empezar de cero. Pero por ahora, esta parecía ser la única oportunidad que le quedaba. La empresa de cruceros le había dicho que no categóricamente. Enseñar inglés, otra de sus ideas, era imposible sin certificación, y obtenerla era muy costoso. Tendría que ahorrar por un año más para poder empezar, y en este momento no podía darse el lujo de perder el tiempo. Le habían arrancado esa opción la semana anterior.

—Entonces, Cassandra, ¿te criaste en Millville, Nueva Jersey? ¿Tu familia aún vive allí? —preguntó Maureen finalmente.

—Por favor, llámeme Cassie —respondió— y no, se mudaron.

Cassie apretó sus manos, preocupada por el rumbo que tomaba la entrevista. No había anticipado que le preguntaran en detalle por su familia, pero ahora se daba cuenta de que era evidente que iban a necesitar los antecedentes de la vida familiar de una postulante, dado que las niñeras iban a convivir y trabajar en los hogares de los clientes. Tenía que pensar rápido, porque si bien no quería mentir, temía que la verdad pusiera en peligro su postulación.

—¿Y tu hermana mayor? ¿Dices que trabaja en el exterior?

Para alivio de Cassie, Maureen había pasado a la siguiente sección. Ya había pensado en qué decir si le preguntaban, promovería su propia causa de manera que no requiriera ningún detalle que se pudiera corroborar.

— Los viajes de mi hermana definitivamente me han motivado a aceptar un trabajo en el extranjero. Siempre quise vivir en otro país y me encanta Europa. En particular Francia, ya que manejo el idioma con bastante fluidez.

—¿Estudiaste francés?

—Sí, por dos años, pero conocía el idioma de antes. Mi madre se crío en Francia y ocasionalmente trabajaba como traductora independiente cuando yo era pequeña, por lo que mi hermana y yo crecimos con una buena comprensión del francés hablado.

—¿Qué esperas obtener del trabajo de niñera? —le preguntó Maureen en francés.

Cassie estaba encantada de poder responderle en forma fluida.

—Aprender más sobre la vida en otro país y mejorar mi dominio del idioma.

Esperaba que la respuesta impresionara a Maureen, pero esta permaneció rígida mientras terminaba de leer detenidamente los papeles.

— ¿Aún vives con tu familia, Cassie?

Volvemos otra vez a la vida familiar… Quizás Maureen sospechaba que ella ocultaba algo. Tenía que responder con más cuidado. Mudarse a los dieciséis, como había hecho ella, llamaría la atención de la entrevistadora. ¿Por qué tan joven? ¿Tenía problemas en casa? Necesitaba dar una imagen más atractiva que sugiriera una vida familiar normal y feliz.

—Vivo sola desde los veinte años —dijo ella, mientras sentía que su rostro se enrojecía por la culpa.

—Y trabajas media jornada. Veo que tienes una referencia aquí de Primi, ¿es un restaurante?

—Sí, he trabajado allí como mesera durante los últimos dos años.

Lo que por suerte era verdad. Antes de ese trabajo había tenido otros, incluso había trabajado una temporada en un bar de mala muerte, cuando le costaba mantener el alojamiento compartido y la educación a distancia. Su trabajo más reciente, en Primi, había sido el más disfrutable. El equipo del restaurante había sido como la familia que nunca había tenido, pero no tenía futuro allí. El salario era bajo y las propinas no eran mucho mejor; los negocios en esa parte de la ciudad eran complicados. Había planeado dar el paso en el momento justo, pero cuando sus circunstancias cambiaron para peor, se volvió urgente.

—¿Experiencia en el cuidado de niños? —Maureen miró a Cassie por encima de sus gafas, y ella sintió que se le retorcía el estómago.

—A…asistí en una guardería durante tres meses, antes de empezar en Primi. La referencia está en la carpeta. Me dieron una capacitación básica en seguridad y primeros auxilios y revisaron mis antecedentes —tartamudeó, con la esperanza de que eso fuera suficiente.

Esa había sido una posición temporal en la que había sustituido a una persona con licencia maternal. Nunca pensó que se convertiría en un escalón para una oportunidad en el futuro.

—También dirigí fiestas para niños en el restaurante. Soy una persona muy simpática. Es decir, me llevo bien con las personas, y tengo paciencia…

Maureen apretó los labios.

—Es un lástima que tu experiencia no sea más reciente. Tampoco tienes certificaciones en el cuidado de niños. La mayoría de las familias tienen como requisito la certificación, o como mínimo más experiencia. Será difícil ubicarte con tan poco.

Cassie la miró desilusionada. Tenía que lograrlo a toda costa. La opción era clara. Irse…o quedarse atrapada en un círculo de violencia del que pensó se había escapado para siempre al irse de su casa.

Los moretones que tenía en el brazo habían demorado unos días en madurar, oscuros y bien definidos, por lo que podía distinguir la marca de los nudillos en los lugares en donde la había golpeado. Su novio, Zane, el que le había prometido en la segunda cita que la amaba y que la iba a proteger sin importar las consecuencias.

Cuando las horribles marcas empezaron a aparecer había recordado, con la piel erizada punzándole en la columna, que había tenido moretones casi idénticos en el mismo lugar diez años antes. Primero había sido el brazo. Luego el cuello, y finalmente el rostro. Propinados por quien también era un supuesto protector, su padre.

Había empezado a pegarle cuando ella tenía doce años, luego de que Jacqui, su hermana mayor, se escapara. Antes de eso, Jacqui había soportado lo peor de su ira. Con su presencia había protegido a Cassie de lo peor.

Los moretones de Zane aún estaban allí, y tardarían un tiempo en desvanecerse. Se había vestido con mangas largas para ocultarlos durante la entrevista, y se sentía demasiado abrigada en la sofocante oficina.

—¿Hay otro lugar que me pueda recomendar? —le preguntó a Maureen—. Sé que esta es la mejor agencia de la ciudad, pero ¿me podría recomendar un sitio en la red en el que quizás me pueda presentar?

—No puedo recomendar un sitio web —dijo Maureen firmemente—. Demasiados candidatos han tenido malas experiencias. Algunos terminaron en situaciones en las que no se cumplían sus horarios de trabajo, o realizando trabajos domésticos de limpieza además de tener que cuidar a los niños. Lo cual es injusto para todos los involucrados. También he escuchado historias de niñeras que fueron maltratadas de otra forma. Así que no.

—Por favor, ¿hay alguien en sus registros que pueda tenerme en cuenta? Soy trabajadora y estoy dispuesta a aprender, me puedo adaptar fácilmente. Por favor, deme una oportunidad.

Maureen permaneció en silencio por un momento, luego escribió en su teclado con el ceño fruncido.

—Tu familia, ¿qué piensa sobre tu viaje? ¿Tienes novio, alguien a quien dejes aquí?

—Me separé de mi novio hace muy poco. Y siempre he sido muy independiente, mi familia lo sabe.

Zane había llorado y se había disculpado luego de golpearla en el brazo, pero ella no había cedido, pues recordaba lo que su hermana le había advertido hacía mucho tiempo, y que desde entonces había comprobado: “Ningún hombre golpea a una mujer solo una vez”.

Había armado las valijas y se había ido a vivir con una amiga. Para evitar a Zane, había bloqueado sus llamadas y cambiado sus horarios de trabajo. Esperaba que él aceptara su decisión y la dejara tranquila, aunque en el fondo sabía que él no lo haría. La idea de separarse tenía que haber sido de él, no de ella. Su ego no aceptaba el rechazo.

Él había estado buscándola en el restaurante. El gerente le había dicho que ella se había tomado dos semanas de vacaciones, y que se había ido a Florida. Eso le había hecho ganar algo de tiempo, pero ella sabía que él iba a estar contando los días. En una semana, la estaría buscando otra vez.

Estados Unidos parecía muy pequeño para poder escaparse de él. Ella quería un océano, uno grande, que los separara. Porque lo peor de todo era el miedo a flaquear, perdonarlo y darle otra oportunidad.

Maureen terminó de revisar los papeles y continuó con preguntas habituales que a Cassie le resultaron más fáciles. Sus pasatiempos, alguna medicación crónica, requisitos alimentarios o alergias.

—No tengo requisitos alimentarios ni alergias. Tampoco problemas de salud.

Cassie esperaba que su medicación para la ansiedad no contara como crónica. Decidió que era mejor no mencionarla, ya que estaba segura de que sería una enorme señal de alarma.

Maureen garabateó una nota en el archivo.

—¿Qué harías si los niños bajo tu cuidado se comportaran de forma traviesa o desobediente? ¿Cómo lo manejarías? —le preguntó luego.

Cassie respiró hondo.

—Bueno, no creo que haya una única respuesta. Si una niña es desobediente porque corre hacia una calle peligrosa, el abordaje sería distinto a si no quiere comer verduras. En el primer ejemplo sería priorizar la seguridad y apartar a la niña del peligro lo más pronto posible. En el segundo, intentaría razonar y negociar con ella: ¿por qué no te gustan? ¿Es la apariencia o el gusto? ¿Estarías dispuesta a probar? A fin de cuentas, todos pasamos por etapas con la comida y generalmente las superamos.

Maureen parecía satisfecha, pero las siguientes preguntas fueron más difíciles.

—¿Qué harías si los niños te mintieran? ¿Por ejemplo, si te dijeran que tienen permiso para hacer algo que los padres les habían prohibido?

—Les diría que no tienen permiso, y la razón si la supiera. Les sugeriría hablar juntos con los padres y discutir la orden como familia, para ayudarles a entender por qué es importante.

Cassie sentía como si estuviese caminando por una cuerda floja, y esperaba que sus respuestas fueran aceptables.

—Cassie, ¿cómo reaccionarías si estuvieras presente durante una pelea doméstica? Al vivir en el hogar de una familia, habrá momentos en los que los integrantes no se lleven bien.

Cassie cerró los ojos por un momento, apartando los recuerdos desencadenados por las palabras de Maureen. Gritos, vidrios que se rompen, quejas de vecinos enojados. Una silla calzada bajo el inquieto picaporte de la puerta de su dormitorio, la única y débil protección que había podido encontrar.

Pero cuando estaba por decir que se encerraría con los niños en un lugar seguro y llamaría a la policía inmediatamente, Cassie se dio cuenta de que Maureen no podía estar refiriéndose a ese tipo de pelea. ¿Por qué lo haría? Obviamente se refería a una discusión, gritar algunas palabras con enojo o ira; fricción temporal más que destrucción total.

—Intentaría mantener a los niños en un lugar en el que no puedan escuchar —dijo, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Y respetaría la privacidad de los padres, me mantendría al margen. Después de todo, las peleas son parte de la vida y la niñera no tiene derecho a tomar partido o involucrarse.

Ahora, finalmente, se había ganado una pequeña sonrisa.

—Buena respuesta —dijo Maureen.

Revisó su computadora nuevamente mientras asentía, como confirmando una decisión que recién había tomado.

—Hay solamente una posibilidad aquí que podría ofrecerte. Una posición con una familia francesa —dijo, y el corazón de Cassie dio un vuelco, para luego hacer un aterrizaje forzoso cuando Maureen agregó—. Su última niñera se marchó inesperadamente luego de un mes, y han tenido dificultades para encontrar su reemplazo.

Cassie se mordió el labio. No sabía si la niñera había renunciado o la habían despedido, pero no podía darse el lujo de que a ella le pasara lo mismo. Con la comisión de la agencia más el precio del pasaje estaba invirtiendo todos sus ahorros en este emprendimiento. Tenía que hacer todo lo posible para lograrlo.

—Es una familia adinerada con un hogar hermoso. No es en la ciudad. Es una mansión en el campo, en un terreno muy extenso. Hay un huerto y un pequeño viñedo (no para uso comercial) y también caballos, aunque no se requieren conocimientos ecuestres para el trabajo. De todas formas, tendrás la posibilidad de aprender a montar a caballo cuando estés allí, si así lo deseas — agregó Maureen.

—Me encantaría —dijo Cassie.

El encanto de la campiña francesa más la promesa de montar a caballo hizo que el riesgo valiera la pena. Y una familia adinerada seguramente significaba mayor estabilidad laboral. Quizás la niñera anterior no había estado dispuesta a intentarlo.

Maureen se acomodó las gafas y apuntó una nota en el formulario de Cassie.

—Ahora, debo subrayar que no todas las familias para las que se trabaja son fáciles. Algunas son un desafío y otras son realmente difíciles. El éxito de este trabajo será una responsabilidad enteramente tuya.

—Haré todo lo posible para lograrlo.

—Abandonar una asignación antes del primer año es inaceptable. Significaría incurrir en una tasa de cancelación considerable, y no volverías a trabajar con nosotros. Los detalles están estipulados en el contrato —Maureen le señaló la página con su lapicera.

—No creo que eso suceda —respondió Cassie con firmeza.

—Bien. Entonces, el último punto que debemos discutir es el cronograma.

—Sí. ¿Cuándo estaría partiendo? —preguntó Cassie.

La ansiedad la volvió a inundar al preguntarse cuánto tiempo más tendría que eludir sus problemas.

—Normalmente lleva seis semanas, pero la solicitud de esta familia es urgente así que lo vamos a acelerar. Si las cosas avanzan como esperamos, estarás volando en una semana. ¿Te parece bien?

—Per…perfecto —tartamudeó—. Gracias, acepto el empleo. Haré todo lo posible para que funcione, y no la voy a defraudar.

La mujer la miró con severidad por un buen rato, como resumiéndola una última vez.

—No lo hagas —le dijo.




CAPÍTULO DOS


En los aeropuertos todo era una despedida, pensó Cassie. Partidas apresuradas, el entorno impersonal privándote de las palabras que realmente quieres decir y del tiempo para decirlas.

Una amiga la había llevado al aeropuerto, y Cassie le había insistido que la dejara allí y no entrara con ella. Un abrazo antes de bajarse del auto era más rápido y fácil. Mejor que un café costoso y una conversación incómoda que se agota mientras la hora de partir se acerca. Después de todo ella viajaba sola, dejando atrás a todas las personas que conocía. Tenía sentido que empezara ese viaje lo antes posible.

Mientras empujaba el carrito del equipaje, Cassie sintió cierto alivio por las metas que había logrado hasta ahora. Había obtenido la asignación, la meta más importante de todas. Había pagado el pasaje de avión y la comisión de la agencia, habían acelerado el proceso para obtener la visa, y había llegado en hora para el check in. Había empacado sus pertenencias según la lista que le habían dado y estaba encantada con la mochila de azul intenso con el logo de “Las Niñeras de Maureen” que le habían regalado, porque no habría tenido espacio en su maleta para poner toda su ropa.

Desde ahora y hasta que aterrizara en París, estaba segura de que todo ocurriría sin contratiempos.

Y entonces se paró en seco, con el corazón martillándole al verlo.

Estaba parado cerca de la entrada a la terminal, recostado en la pared, con los pulgares enganchados en la chaqueta de cuero que ella le había dado. Su altura, su pelo puntiagudo y su mandíbula amenazante hacían que fuera fácil localizarlo mientras él examinaba a la multitud.

Zane.

Debía haber averiguado que ella se iba a esa hora. Varios amigos le habían dicho que habían recibido sus llamadas preguntando dónde estaba ella, y corroborando la historia de Florida. Zane podía ser manipulador, y no todo el mundo sabía de su situación. Alguien debía haberle contado la verdad de forma inocente.

Antes de que pudiera mirar en su dirección, giró el carrito y se puso la capucha para ocultar su cabello ondulado y cobrizo. Se apresuró hacia el otro lado y condujo el carrito detrás de una columna y fuera de su vista.

El mostrador de Air France estaba en el otro extremo de la terminal. No había forma de ir hasta allí sin que él la viera.

Piensa, Cassie, se dijo a sí misma. En otros tiempos, Zane la había elogiado por su capacidad para idear un plan rápidamente en una situación complicada. “Piensas rápido” le había dicho entonces. Eso había sido al comienzo de la relación. Hacia el final, la había acusado amargamente de ser tramposa, engañosa, demasiado inteligente para su propio bien.

Este era el momento de ser demasiado inteligente. Respiró hondo con la esperanza de que se le ocurrieran ideas. Zane estaba parado cerca de la entrada a la terminal. ¿Por qué? Hubiese sido más fácil que la esperara en el mostrador en donde seguramente la encontraría. Eso significaba que él no sabía por qué aerolínea viajaba. La persona que le había dado la información no lo sabía o no se lo había dicho. Si pudiera encontrar otro camino hacia el mostrador, quizás podría hacer el check in antes de que viniera a buscarla.

Cassie bajó su equipaje del carrito, se puso la pesada mochila al hombro y arrastró la maleta. Había una escalera mecánica a la entrada del edificio, la había visto al entrar. Si subía al piso de arriba, quizás encontrara en el otro extremo otra que bajara o un ascensor.

Abandonó el carrito del equipaje, se apresuró por el mismo camino que había entrado y se subió a la escalera mecánica. La que había en el otro extremo estaba rota, así que bajó por los escalones empinados arrastrando su pesada maleta detrás de ella. El mostrador de Air France estaba a poca distancia, pero con desilusión vio que ya había una larga fila que avanzaba lentamente.

Se cubrió aún más con la capucha gris y se unió a la fila, tomó un libro de su bolso y comenzó a leer. No estaba asimilando las palabras y la capucha la estaba sofocando. Quería arrancársela y aplacar el sudor de su cuello. Sin embargo, no podía arriesgarse, su cabello claro la haría visible instantáneamente. Era mejor que permaneciera escondida.

Entonces sintió una palmadita en el hombro.

Se dio vuelta sin aliento, y se encontró con los ojos sorprendidos de una rubia alta que tendría más o menos su edad.

—Perdón por el sobresalto —dijo—. Soy Jess. Vi tu mochila y pensé que tenía que saludarte.

—Ah, sí. Las Niñeras de Maureen.

—¿Viajas en una asignación? —preguntó Jess.

—Sí.

—Yo también. ¿Quieres preguntar en la aerolínea si nos pueden sentar juntas? Lo podemos solicitar durante el check in.

Mientras Jess hablaba sobre el clima en Francia, Cassie daba un vistazo alrededor de la terminal nerviosamente. Sabía que Zane no se daría por vencido tan fácilmente, no después de haber manejado hasta allí. Querría algo de ella, una disculpa, un compromiso. La forzaría a ir con él a tomar un “trago de despedida” y empezaría una pelea. No le importaría si ella llegaba a Francia con moretones nuevos…o si directamente perdía el vuelo.

Entonces lo vio. Iba en su dirección, unos mostradores más atrás, examinando cada fila cuidadosamente mientras buscaba.

Cassie se dio vuelta rápidamente para que él no sintiera su mirada. Con un destello de esperanza, vio que habían llegado al frente de la fila.

—Señora, tiene que quitarse eso —dijo el empleado del check-in, señalando la capucha de Cassie.

Se la quitó, obedeciendo de mala gana.

—¡Oye, Cass!

Escuchó a Zane gritar esas palabras.

Cassie se quedó petrificada, sabía que una respuesta podía desatar un desastre.

Torpe por los nervios, dejó caer el pasaporte y se inclinó a agarrarlo, con la pesada parte de arriba de la mochila volcándose sobre su cabeza.

Otro grito y esta vez echó un vistazo hacia atrás.

Él la había visto e iba empujando por la fila, haciendo a un lado a la gente con los codos. Los pasajeros estaban enojados, ella los escuchaba levantar la voz. Zane estaba causando una conmoción.

—Nos gustaría sentarnos juntas, si es posible —le dijo Jess al empleado, y Cassie se mordió el labio ante el retraso.

Zane volvió a gritar y ella se dio cuenta, con una sensación de malestar, que la alcanzaría en pocos minutos. Mostraría su encanto y le pediría una oportunidad para hablar, asegurándole a Cassie que tardaría solo un minuto en decirle lo que quería en privado. Su propósito, ella lo sabía por experiencia, era llevarla sola a un lugar alejado. Y entonces su encanto se desvanecería.

—¿Quién es ese chico? —Preguntó Jess con curiosidad— ¿Te está buscando a ti?

—Es mi ex novio —murmuró Cassie—. Lo he estado evitando. No quiero que cause problemas antes de irme.

—¡Pero ya está causando problemas! —Jess se dio vuelta, furiosa—. ¡Seguridad! —gritó—. ¡Ayúdennos! ¡Alguien detenga a ese hombre!

Uno de los pasajeros, impulsado por los gritos de Jess, tomó a Zane de la chaqueta mientras este pasaba empujando. Se resbaló sobre el mosaico, sacudió los brazos y arrastró uno de los postes al suelo junto con él.

—Agárrenlo —pidió Jess—. Seguridad, ¡pronto!

Cassie sintió un gran alivio al ver que efectivamente habían alertado a seguridad. Dos policías del aeropuerto se apresuraban hacia la fila. Iban a llegar a tiempo antes de que Zane pudiera alcanzarla o incluso escapar.

—Oficiales, vine a despedirme de mi novia —farfulló Zane, pero sus encantos no funcionaron con los policías.

—Cassie —la llamó, mientras el policía más alto lo tomaba del brazo—. Au revoir.

Ella se dio vuelta de mala gana para verlo.

—¡Au revoir! No es adiós —gritó mientras los policías se lo llevaban—. Te volveré a ver. Más pronto de lo que crees. Ten cuidado.

Reconoció la advertencia en las últimas palabras de Zane, pero por ahora eran amenazas vacías.

—Muchas gracias —le dijo a Jess, inundada de gratitud ante su valiente acción.

—Yo también tuve un novio tóxico —empatizó Jess—. Sé cuán posesivos pueden ser, se te pegan como un maldito velcro. Fue un placer poder detenerlo.

—Vayamos al control de pasaportes antes de que él encuentre la forma de volver a entrar. Te debo un trago. ¿Qué te gustaría? ¿Café, cerveza o vino?

—Vino, desde luego —dijo Jess mientras se dirigían a las puertas de embarque.

—¿A qué parte de Francia te diriges? —le preguntó Cassie después de ordenar un vino.

—Esta vez voy con una familia en Versalles. Cerca del palacio, creo. Espero tener la oportunidad de visitarlo en algún día libre.

—¿Dijiste esta vez? ¿Habías trabajado antes en una asignación?

—Sí, pero no funcionó —Jess dejó caer un cubito de hielo en su copa—. La familia era espantosa. De hecho, me desalentaron a volver con “Las Niñeras de Maureen”. Esta vez fui a otra agencia. Pero no te preocupes —agregó rápidamente—, estoy segura de que te irá bien. Maureen debe tener buenos clientes en sus registros.

Cassie sintió la boca reseca. Tomó un trago largo de vino.

—Pensé que era respetable. Es decir, su eslogan es La Agencia Europea Líder.

Jess se rió.

—Bueno, eso es solo marketing. Otros me han dicho lo contrario.

—¿Qué fue lo que te pasó a ti? —Preguntó Cassie—. Por favor, cuéntame.

—Bueno…la asignación parecía bien, aunque durante la entrevista con Maureen alguna de las preguntas me preocuparon. Eran tan extrañas que me empecé a preguntar si habría problemas con la familia, porque a ninguna de mis amigas niñeras les habían preguntado cosas similares en sus entrevistas. Y cuando llegué…bueno, la situación no era como la promocionaban.

—¿Por qué no?

Cassie sintió un frío interior. Las preguntas de Maureen también le habían parecido raras. En ese momento había asumido que les preguntaban las mismas preguntas a todos los candidatos, que era para probar sus habilidades. Y quizás así era…pero no por las razones que ella imaginaba.

—La familia era súper tóxica —dijo Jess—. Eran irrespetuosos y degradantes. Las tareas que tenía que hacer estaban muy por fuera del alcance de mi trabajo. A ellos no les importaba y se negaban a cambiar. Y cuando les dije que me iba…ahí fue cuando realmente se convirtió en zona de guerra.

Cassie se mordió el labio. Ella había crecido con esa experiencia. Recordaba las voces exaltadas a puertas cerradas, discusiones murmuradas en el auto, la sensación de tensión como si estuviera en una cuerda floja. Siempre se preguntó qué era lo que su madre, tan callada, sumisa, humillada, podía haber encontrado para discutir con su grandilocuente y agresivo padre. Fue después de la muerte de su madre, en un accidente de auto, que se dio cuenta de que las discusiones eran todas para mantener la calma, manejar la situación, proteger a Cassie y a su hermana de la hostilidad que estallaba de manera impredecible y sin ningún motivo. Sin la presencia de su madre, el conflicto latente había desatado una guerra generalizada.

Se había imaginado que uno de los beneficios de ser niñera era que podía ser parte de la familia feliz que nunca tuvo. Ahora temía que fuera lo opuesto. Nunca había podido mantener la paz en su casa. ¿Podría manejar una situación volátil de la misma manera que lo había hecho su madre?

—Me preocupa mi familia —confesó Cassie—. A mí también me hicieron preguntas extrañas en la entrevista, y la última niñera que tuvieron se marchó al poco tiempo. ¿Qué pasa si yo tengo que hacer lo mismo? No quiero quedarme ahí si las cosas se van a poner desagradables.

—No abandones a menos que sea una emergencia, —le advirtió Jess—. Genera un conflicto enorme y te desangras de dinero, serás responsable por un montón de gastos adicionales. Eso casi me desalienta a intentarlo de nuevo. Fui muy cuidadosa al aceptar esta asignación. No tenía el dinero suficiente, mi padre pagó por todo esta vez.

Puso la copa sobre la mesa.

—¿Vamos a la puerta de embarque? Estamos en la parte del fondo del avión así que seremos el primer grupo en abordar.

El entusiasmo de abordar el avión distrajo a Cassie de todo lo que Jess le había dicho, y una vez que se sentaron hablaron de otros temas. Cuando el avión despegó, sintió que su espíritu también se elevaba, porque lo había logrado. Había dejado el país, se había escapado de Zane, y estaba en el aire, dirigiéndose a un nuevo comienzo en tierras extranjeras.

Después de la cena, empezó a pensar más en los detalles de su asignación y en las advertencias de Jess, y fue entonces cuando sus temores volvieron lentamente.

No todas las familias eran malas, ¿cierto?

Pero ¿qué pasaría si una agencia en particular tuviera la fama de aceptar a familias difíciles? Bueno, entonces las probabilidades serían mayores.

Cassie intentó leer por un momento, pero no se podía concentrar en el relato y sus pensamientos se aceleraban ante la preocupación por lo que estaba por venir.

Echó un vistazo a Jess. Se aseguró de que estuviera concentrada mirando una película, para sacar discretamente el frasco de pastillas de su bolso y tomarse una con lo que le quedaba de Diet Coke. Si no podía leer, al menos podía intentar dormir. Apagó la luz y reclinó su asiento.



*



Cassie se encontró en su ventosa habitación del piso de arriba, acurrucada debajo de su cama con la espalda contra la fría y áspera pared.

Se escuchaban risas de borrachos, golpes y gritos de la planta baja, una fiesta que se pondría violenta en cualquier momento. Agudizó sus oídos a la espera del estruendo de un vidrio. Reconoció la voz de su padre y la de su última novia, Deena. Había al menos otras cuatro personas allí abajo, quizás más.

Y luego, por encima de los gritos, sintió el crujido de las tablas por las fuertes pisadas que subían las escaleras.

—Hola, pequeña —susurró una voz grave, y su yo de doce años se encogió de terror—. ¿Estás ahí, niñita?

Cerró sus ojos con fuerza, diciéndose que esto era solo una pesadilla, que estaba segura en la cama y que los extraños allá abajo se preparaban para marcharse.

La puerta se abrió lentamente con un chirrido y a la luz de la luna vio aparecer una pesada bota.

Los pies pisoteaban por el dormitorio.

—Hola, niñita —Un susurro ronco—. Vine a saludarte.

Ella cerró los ojos, rogando que él no escuchara su respiración agitada.

Sintió el murmullo de la tela cuando él destapó las sábanas, y el gruñido de sorpresa cuando vio la almohada y el saco que ella había envuelto debajo.

—Callejeando —farfulló.

Adivinó que él buscaba entre las sucias cortinas que se inflaban por la brisa y las cañerías que insinuaban una ruta de escape precaria. La próxima vez se armaría de coraje y bajaría por ahí, no podía ser peor que esconderse aquí.

Las botas retrocedieron fuera de su vista. Una explosión de música vino de abajo, seguida de una discusión a los gritos.

El dormitorio estaba tranquilo.

Ella temblaba. Si iba a pasar la noche escondida, necesitaba una frazada. Era mejor ir a buscarla ahora. Se apartó de la pared con cuidado.

Pero cuando deslizó su mano hacia afuera, otra áspera la atrapó.

—¡Así que ahí estás!

La arrancó y ella se aferró del marco de la cama, el frío acero le raspaba las manos, y comenzó a gritar. Sus gritos aterrorizados llenaron el dormitorio, llenaron la casa…

Y se despertó, traspirando, gritando, escuchando la voz preocupada de Jess.

—Oye, Cassie, ¿estás bien?

Los zarcillos de la pesadilla aún la acechaban, esperando atraparla de nuevo. Podía sentir los rasguños en el brazo, en donde se había cortado con el marco oxidado de la cama. Apretó sus dedos sobre la piel y se alivió al sentirla intacta. Abrió bien los ojos y prendió la luz sobre su cabeza para espantar la oscuridad.

—Estoy bien. Tuve un mal sueño, nada más.

—¿Quieres agua? ¿Té? Puedo llamar a la azafata.

Cassie se iba a negar amablemente, pero luego recordó que debía tomar la medicación otra vez. Si una pastilla no había funcionado, dos habitualmente impedían que las pesadillas se repitieran.

—Un poco de agua. Gracias —le dijo.

Esperó a que Jess no la mirara y rápidamente se tomó otra pastilla.

No intentó volver a dormir.

Durante el aterrizaje intercambió números de teléfono con Jess, y por las dudas anotó el nombre y la dirección de la familia con la que ella iba a trabajar. Cassie se dijo que era como una póliza de seguros, y que con suerte si la tenía no la iba necesitar. Hicieron la promesa de recorrer el Palacio de Versalles juntas en la primera oportunidad que tuvieran.

Mientras rodaban hacia el aeropuerto Charles de Gaulle, Jess se reía entusiasmada. Rápidamente le mostró a Cassie la selfi que su familia se había tomado para ella mientras esperaban. Una atractiva pareja y sus dos hijos sonreían y sostenían un cartel con el nombre de Jess.

Cassie no había recibido ningún mensaje. Maureen solamente le había dicho que la esperarían en el aeropuerto. El camino hacia el control de pasaportes parecía eterno. Estaba rodeada por el murmullo de las conversaciones en una multitud de idiomas distintos. Intentó escuchar a la pareja que caminaba junto a ella, y se dio cuenta de lo poco que podía entender el francés hablado. La realidad era tan diferente a las clases de la escuela y las grabaciones que escuchaban. Se sintió asustada, sola y con falta de sueño, y de pronto se dio cuenta de que su ropa estaba arrugada y traspirada en comparación con los viajeros franceses a su alrededor, elegantemente vestidos.

Tomó sus maletas y se apresuró a los servicios, se puso una blusa limpia y se peinó. Aún no se sentía lista para conocer a su familia y no tenía idea de quién la estaría esperando. Maureen le había dicho que la casa estaba a más de una hora del aeropuerto, por lo que quizás los niños no habían venido. No buscaría a una familia grande. Un rostro amigable sería suficiente.

Pero en el mar de gente que la observaba, no vio a nadie que la reconociera, a pesar de haber puesto la mochila de “Las Niñeras de Maureen” a la vista en el carrito del equipaje. Caminó lentamente desde la puerta de salida hacia la sala de arribos, esperando ansiosamente que alguien la ubicara, la saludara con la mano o la llamara.

Pero todos parecían esperar a alguien más.

Aferrando el carrito con las manos frías, Cassie zigzagueó por la sala de arribos, buscando en vano mientras la muchedumbre se iba dispersando gradualmente. Maureen no le había dicho qué hacer si esto sucedía. ¿Tenía que llamar a alguien? ¿Su teléfono funcionaría en Francia?

Y entonces, cuando pasaba por última vez de forma frenética por la sala, lo encontró.

“CASSANDRA VALE”.

Un hombre esbelto y de cabello oscuro, vestido de chaqueta negra y jeans, sostenía el pequeño cartel.

Parado cerca de la pared, concentrado en su teléfono, ni siquiera la estaba buscando.

Se acercó vacilante.

—Hola, soy Cassie. ¿Tú eres…? —le preguntó, sus palabras se apagaban al darse cuenta de que no sabía quién podía ser.

—Sí —le respondió en un marcado acento inglés—. Ven por aquí.

Estaba por presentarse adecuadamente, para decir las palabras que había ensayado acerca de lo entusiasmada que estaba de ser parte de la familia, cuando vio la tarjeta plastificada en su chaqueta. Era solo un chofer de taxi, la tarjeta era su pase oficial para el aeropuerto.

La familia ni siquiera se había molestado en venir a conocerla.




CAPÍTULO TRES


El paisaje citadino de París se desenvolvía frente a la mirada de Cassie. Altos edificios y bloques industriales sombríos dieron paso gradualmente a los suburbios arbolados. La tarde era fría y gris, con lluvias dispersas y viento.

Se estiró para ver los letreros que pasaban. Se dirigían hacia Saint Maur, y por un momento pensó que ese era su destino, pero el chofer pasó la salida y continuó por la carretera que salía de la ciudad.

—¿Cuánto falta? —le preguntó, intentando iniciar una conversación, pero él gruñó evasivamente y subió el volumen de la radio.

La lluvia golpeteaba las ventanas y sentía el frío del vidrio en su mejilla. Deseaba haber tomado su chaqueta gruesa del maletero. Y estaba muerta de hambre, no había desayunado y desde entonces no había tenido la oportunidad de comprar comida.

Luego de más de media hora llegaron a campo abierto, bordeando el río Marne, en donde las barcazas con sus colores vivos le dieron un toque de color al gris, y algunas personas caminaban bajo los árboles envueltas en gabardinas. Algunas ramas ya estaban descubiertas, otras aún vestían hojas de color oro rojizo.

—Hace mucho frío hoy, ¿no? —observó, intentando nuevamente entablar una conversación con el chofer.

—Oui —respondió balbuceando, y esa fue su única respuesta, pero al menos subió la calefacción y ella dejó de tiritar.

Envuelta por el calor, se dejó arrastrar por una siesta intranquila mientras pasaban los quilómetros.

Un frenazo brusco y el estruendo de una bocina la despertaron sobresaltada. El chofer intentaba pasar a un camión estacionado, logrando salir de la carretera hacia una calle angosta y arbolada. El cielo se había despejado, y en la luz tenue del atardecer el paisaje otoñal era hermoso. Cassie miró por la ventana, asimilando el paisaje ondulante y el mosaico de praderas intercalado con enormes y oscuros bosques. Pasaron por un viñedo con sus filas de vides bien ordenadas rodeando la ladera.

El chofer aminoró la velocidad y se adentró en un pueblo con casas de piedra pálida, ventanas con forma de arco y tejados empinados alineando el camino. A lo lejos, vio un campo abierto y vislumbró un canal bordeado de sauces llorones mientras cruzaban un puente de piedra. La elevada aguja de la iglesia atrajo su atención, y se preguntó cuántos años tendría el edificio.

Pensó que deberían estar cerca del chateau, quizás incluso en un vecindario cercano. Cambió de opinión cuando se alejaban del pueblo y serpenteaban entre las colinas, hasta que se desorientó totalmente y perdió de vista la aguja de la iglesia. No esperaba que el chateau estuviese tan lejos. Escuchó la notificación del GPS de pérdida de señal, y el chofer exclamó con enojo, tomando su teléfono y mirando atentamente el mapa mientras manejaba.

Entonces, luego de girar a la derecha y pasar a través de unos enormes postes, Cassie se enderezó y observó la larga entrada de gravilla. A la distancia, alto y elegante, con el sol poniente resaltando las paredes revestidas en piedra, estaba el chateau.

Las cubiertas crujieron sobre las piedras cuando el automóvil se detuvo en una entrada enorme e imponente, y ella sintió una punzada de nervios. La casa era mucho más grande de lo que había imaginado. Era como un palacio, coronado con altas chimeneas y torrecillas ornamentales. Contó dieciocho ventanas, con mampostería elaborada y detallada, en los dos pisos de la imponente fachada. La casa tenía vistas a un jardín formal, con setos recortados de forma inmaculada y senderos pavimentados.

¿Cómo podría vincularse con la familia en su interior, que vivía entre tanto esplendor, cuando ella venía de la nada?

Se dio cuenta de que el chofer golpeteaba sus dedos impacientemente sobre la rueda. Claramente no la iba a ayudar con las maletas. Se bajó rápidamente.

El viento despiadado la enfrió de inmediato. Se apresuró hacia el maletero, sacó su maleta y la cargó por la gravilla hasta refugiarse bajo el porche, en donde se subió el cierre de la chaqueta.

La pesada puerta de madera no tenía timbre, solamente una gran aldaba de hierro que sintió fría al tacto. El ruido fue sorpresivamente alto, y un momento después, Cassie escuchó pasos ligeros.

La puerta se abrió y vio a una criada con uniforme oscuro y el pelo recogido en una coleta ajustada. Detrás de ella, Cassie entrevió un enorme salón de entrada, con paredes revestidas de manera opulenta, y una majestuosa escalera de madera en el otro extremo.

Inmediatamente, Cassie detectó la presencia de una pelea. Podía sentir la electricidad en el aire, como una tormenta que se acercaba. La sentía en el comportamiento nervioso de la criada, en el portazo y en el caos de los gritos distantes que se van desvaneciendo. Sintió que se le contraían las entrañas y un deseo dominante de escapar, de perseguir al chofer y pedirle que vuelva.

En lugar de eso, se mantuvo firme y forzó una sonrisa.

—Soy Cassie, la nueva niñera. La familia me está esperando.

—¿Hoy? —La criada parecía preocupada— Espera un momento.

Mientras entraba a la casa rápidamente, Cassie la escuchó llamar.

—Monsieur Dubois, por favor, venga pronto.

Un minuto después, un hombre fornido, de pelo oscuro y canoso, entraba a zancadas al vestíbulo con el rostro como un trueno. Cuando vio a Cassie en la puerta, se detuvo.

—¿Ya estás aquí? —preguntó—. Mi prometida dijo que llegabas mañana en la mañana.

Se dio vuelta para lanzar una mirada fulminante a la joven de cabello rubio decolorado que lo seguía. Llevaba un vestido de noche y sus atractivos rasgos estaban tensos por la presión.

—Sí, Pierre, imprimí el correo electrónico cuando fui a la ciudad. La agencia me dijo que el vuelo llega a las cuatro de la mañana.

Volviéndose a la ornamentada mesa de madera del vestíbulo, empujó un pisapapeles de vidrio veneciano y blandió una hoja de papel de forma defensiva.

—Aquí, ¿ves?

Pierre echó un vistazo a la hoja y suspiró.

—Dice a las cuatro de la tarde. No de la mañana. El chofer que contrataste obviamente entendió bien, y aquí está ella.

Se giró hacia Cassie y le extendió la mano.

—Soy Pierre Dubois. Ella es mi prometida, Margot.

No presentó a la criada. En su lugar, Margot le gritó que fuera a arreglar el dormitorio que estaba enfrente a los de los niños, y la criada se alejó apresurada.

—¿En dónde están los niños? ¿Ya están en la cama? Deberían conocer a Cassie —dijo Pierre.

Margot sacudió la cabeza.

—Estaban cenando.

—¿Tan tarde? ¿No te dije que tienen que cenar temprano cuando tienen clases? Aunque estén de vacaciones, ya deberían estar acostados para cumplir con los horarios.

Margot lo miró y se encogió de hombros con enojo, antes de dirigirse hacia una puerta a la derecha haciendo resonar sus tacones altos.

—¿Antoinette? —Exclamó— ¿Ella? ¿Marc?

La respuesta fue un estruendo de pasos y fuertes gritos.

Un niño de cabello oscuro entró corriendo al vestíbulo, con una muñeca agarrada del cabello. Lo seguía de cerca una niña más pequeña y regordeta, en un mar de lágrimas.

—¡Devuélveme mi Barbie! —le gritó.

El niño se detuvo, patinándose al ver a los adultos, e hizo una carrera hasta la escalera. Al precipitarse hacia allí, rozó con el hombro el lado curvo de un jarrón azul y dorado.

Cassie se tapó la boca con las manos, horrorizada al ver como el jarrón se balanceaba en el pedestal y caía destrozado en el piso. Las esquirlas de vidrio colorido se desparramaron por las tablas de madera oscura.

El silencio ante el impacto se rompió con los rugidos furiosos de Pierre.

—¡Marc! Devuélvele la muñeca a Ella.

Arrastrando los pies y con el labio inferior hacia afuera, Marc retrocedió pasando por los escombros. Le tendió la muñeca a Pierre de mala gana, y este se la devolvió a Ella. Los sollozos se apagaron mientras arreglaba el cabello de su muñeca.

—Ese era un jarrón de vidrio durand art —Margot le dijo, entre dientes, al niño—. Una antigüedad. Irremplazable. ¿No tienes respeto por los objetos de tu padre?

Un silencio hosco fue la única respuesta.

—¿En dónde está Antoinette? —preguntó Pierre, con cierta frustración.

Margot levantó la vista y Cassie, siguiendo su mirada, vio a una niña delgada de cabello oscuro en lo alto de la escalera. Parecía ser la mayor de los tres por unos años. Estaba vestida de manera elegante en un traje perfectamente planchado, y esperaba con su mano en la barandilla hasta que obtuvo toda la atención de su familia. Luego, con el mentón hacia arriba, comenzó a descender.

Cassie, ansiosa por causar una buena impresión, aclaró su garganta e intentó saludarlos de manera amistosa.

—Hola, niños. Mi nombre es Cassie. Estoy encantada de estar aquí y feliz de poder cuidarlos.

Ella respondió con una sonrisa tímida. Marc no levantó la vista del suelo, enojado. Y Antoinette la miró a los ojos por un buen rato, desafiante. Luego, y sin decir una palabra, le dio la espalda.

—Si me disculpas, papá —le dijo a Pierre—, tengo que terminar la tarea antes de acostarme.

—Por supuesto —dijo Pierre, y Antoinette subió la escalera contoneándose.

Cassie sintió que le ardía el rostro de vergüenza ante el intencionado desaire. Se preguntó si debía decir algo, tratar de aclarar la situación o intentar disculpar el comportamiento grosero de Antoinette, pero le era imposible encontrar las palabras adecuadas.

—Te lo dije, Pierre. Ya empezó con el temperamento de adolescente —murmuró Margot furiosamente, y Cassie se dio cuenta de que no había sido la única a la que Antoinette había ignorado.

—Al menos estaba haciendo su tarea aunque nadie la ayudara —respondió Pierre—. Ella, Marc, ¿por qué no se presentan correctamente?

Hubo un breve silencio. Claramente las presentaciones no iban a ocurrir sin una pelea. Pero quizás ella podría aliviar la tensión con algunas preguntas.

—Bueno Marc, ya sé tu nombre pero me gustaría saber tu edad —dijo ella.

—Tengo ocho —murmuró.

Mirándolo a él y a Pierre podía ver que eran parecidos. El cabello alborotado, el mentón firme, los ojos color azul profundo. Hasta la forma en que fruncían el ceño era similar. Las niñas también eran morenas, pero tenían rasgos más delicados.

—Y Ella, ¿cuántos años tienes?

—Casi seis —dijo la pequeña con orgullo—. Mi cumpleaños es el día después de Navidad.

—Es un buen día para cumplir años. Espero que por eso recibas mucho más regalos.

Ella sonrío sorprendida, como si fuese una ventaja que aún no había considerado.

—Antoinette es la mayor. Tiene doce —dijo ella.

Pierre golpeó las manos.

—Bien, es hora de ir a la cama. Margot, luego de llevar a los niños a la cama, ¿puedes mostrarle la casa a Cassie? Le será útil saber dónde están las cosas. Hazlo rápido. Debemos partir a las siete.

—Aún debo terminar de aprontarme —respondió Margot en un tono ácido—. Tú puedes llevar a los niños a la cama y llamar a un mayordomo para que limpie este desorden. Yo le mostraré la casa a Cassie.

Pierre respiró con enojo y miró a Cassie con los labios apretados. Ella supuso que su presencia había hecho que él se tragara sus palabras.

—Arriba y a la cama —dijo él, y los dos niños lo siguieron de mala gana por las escaleras.

Cassie se animó al ver que Ella se dio vuelta para darle un pequeño saludo con la mano.

—Ven conmigo, Cassie —le ordenó Margot.

Cassie siguió a Margot por una entrada a la izquierda hacia una sala formal con muebles exquisitos y excepcionales, y tapices revistiendo las paredes. La sala era enorme y fría, y la gigantesca chimenea no estaba prendida.

—Esta sala se usa muy poco y los niños no tienen permiso para entrar aquí. El comedor principal está al lado y se aplican las mismas reglas.

Cassie se preguntó con qué frecuencia se utilizaba la enorme mesa de caoba, pues parecía inmaculada, y contó dieciséis sillas con altos respaldos. En el aparador pulido de color oscuro había tres jarrones más, parecidos al que había roto Marc. No se podía imaginar una alegre conversación durante la cena en un espacio tan austero y silencioso.

¿Qué se sentiría crecer en una casa así, en la que espacios enteros estaban prohibidos porque los muebles podían ser dañados? Supuso que eso podía hacer que un niño sintiera que los muebles eran más importantes que él.

—A este lo llamamos el salón azul.

Era una sala más pequeña, empapelada en azul marino con enormes puertas francesas. Cassie supuso que se abrían hacia un patio o jardín, pero todo estaba completamente oscuro y lo único que podía ver eran las luces tenues de la sala reflejadas en el vidrio. Hubiera querido que la casa tuviese lámparas de mayor potencia, pues todas las habitaciones eran oscuras y las sombras acechaban las esquinas.

Una escultura atrajo su atención…su pedestal de mármol se había roto, por lo que la escultura yacía sobre la mesa. Sus rasgos parecían vacíos e inmóviles, como si la piedra cubriera el rostro de una persona muerta. Las extremidades eran gruesas y esculpidas toscamente. Cassie tiritó y miró hacia otro lado, pues la vista era espeluznante.

—Esa es una de nuestras piezas más valiosas —dijo Margot—. Marc la derribó la semana pasada. La llevaremos a reparar en breve.

Cassie pensó en la energía destructiva del niño y la forma en que había rozado el jarrón con su hombro. ¿Había sido totalmente accidental? ¿O había un deseo subliminal de destrozar el vidrio, de llamar la atención en un mundo en el que los objetos parecían tener más prioridad?

Margot la guió por el mismo camino que habían entrado.

—Las habitaciones en ese pasaje se mantienen cerradas. La cocina es por aquí, a la derecha, y después están las habitaciones de los sirvientes. A la izquierda hay una pequeña recepción y un salón en donde cena la familia.

Al volver, se cruzaron con un mayordomo de uniforme gris que llevaba una escoba, una pala y un cepillo. Él se apartó para que ellas pudieran pasar, pero Margot ni siquiera le agradeció.

El ala oeste era un reflejo del ala este. Habitaciones inmensas y oscuras con mobiliario exquisito y obras de arte. Silenciosas y vacías. Cassie tiritó, ansiaba una luz intensa y hogareña o el sonido familiar de un televisor, si algo de eso siquiera existía en esta casa. Siguió a Margot por las magníficas escaleras al segundo piso.

—El ala de huéspedes.

Tres dormitorios inmaculados con camas con dosel, separados por dos salas de estar. Los dormitorios eran tan pulcros y formales como una habitación de hotel, y la ropa de cama parecía haber sido planchada.

—Y el ala familiar.

Cassie se iluminó, contenta de llegar finalmente a la parte de la casa donde vivía gente.

—El cuarto de bebés.

Para su desconcierto, esta era otra habitación vacía con una cuna con altos barrotes.

—Y aquí están los dormitorios de los niños. Nuestro dormitorio está al final del corredor, a la vuelta de la esquina.

Tres puertas cerradas, una al lado de la otra. Margot bajó la voz y Cassie supuso que no quería entrar a ver a los niños, ni siquiera para decir buenas noches.

—Este es el dormitorio de Antoinette, este es el de Marc y el más cercano al nuestro es el de Ella. Tu dormitorio está enfrente al de Antoinette.

La puerta estaba abierta y dos criadas estaban haciendo la cama afanosamente. El dormitorio era enorme y muy frío. Estaba amueblado con dos sillones orejeros, una mesa y un enorme ropero de madera. Pesadas cortinas rojas cubrían la ventana. Su maleta había sido ubicada a los pies de la cama.

—Podrás escuchar a los niños si lloran o te llaman, por favor atiéndelos. Mañana en la mañana necesitan estar vestidos y prontos a las ocho. Van a estar a la intemperie, así que elige ropa abrigada.

—Lo haré, pero… —Cassie se armó de coraje—. Por favor, ¿podría cenar? No he comido nada desde la cena de anoche, en el avión.

Margot se la quedó mirando perpleja y luego sacudió la cabeza.

—Los niños comieron temprano porque nosotros vamos a salir. Ahora la cocina está cerrada. Mañana el desayuno estará listo desde las siete. ¿Puedes esperar hasta entonces?

—S…supongo que sí.

Se sentía mal de tanta hambre que tenía. El dulce prohibido en su bolso, que había pensado darles a los niños, se convirtió de pronto en una tentación irresistible.

—Y debo enviar un correo electrónico a la agencia, para avisarles que estoy aquí. ¿Podría darme la contraseña del Wi-Fi? Mi teléfono no tiene señal.

La mirada de Margot se volvió inexpresiva.

—No tenemos Wi-Fi y no hay señal para teléfonos celulares aquí. Hay un teléfono de línea en el escritorio de Pierre. Para enviar un correo electrónico tienes que ir a la ciudad.

Sin esperar a que Cassie respondiera, se dio la vuelta y se dirigió al dormitorio principal.

Las criadas ya se habían ido, dejando la cama de Cassie en un estado de perfección espeluznante.

Cerró la puerta.

Nunca imaginó que sentiría nostalgia, pero en ese momento ansiaba escuchar una voz amigable, el murmullo de la televisión, el desorden de un refrigerador lleno. Los platos en la pileta, los juguetes en el piso, el sonido de los videos de YouTube reproduciéndose en un celular. El alegre caos de una familia normal, la vida de la que esperaba formar parte.

Por el contrario, sentía que ya estaba envuelta en un conflicto amargo y complicado. Nunca debió haber esperado hacerse amiga de estos niños inmediatamente, no con la dinámica familiar que se había desarrollado hasta ahora. Este lugar era un campo de batalla, y aunque encontrara en Ella una aliada, temía que ya se había hecho una enemiga con Antoinette.

La luz del techo, que había estado titilando, se apagó de repente. Cassie buscó su mochila a tientas para sacar su teléfono, y desempacó lo mejor que pudo con la luz de la linterna. Lo enchufó en el único tomacorriente visible al otro lado del dormitorio, y en la oscuridad arrastró los pies hasta la cama.

Con frío, preocupación y hambre, se trepó entre las frías sábanas y se cubrió hasta el mentón. Esperaba sentirse más esperanzada y optimista después de conocer a la familia, pero estaba dudando de su capacidad para lidiar con ellos y temía lo que ocurriría al día siguiente.




CAPÍTULO CUATRO


La estatua se erguía rodeada de oscuridad en la puerta de Cassie.

Sus ojos sin vida y su boca se abrieron, al tiempo que se acercaba a ella. Las finas grietas alrededor de sus labios se ensancharon y todo su rostro comenzó a desintegrarse. Los fragmentos de mármol cayeron como una lluvia y repiquetearon en el suelo.

—No —susurró Cassie, pero se dio cuenta de que no se podía mover.

Estaba atrapada en la cama con las extremidades paralizadas, aunque su mente en pánico le imploraba que se escapara.

La estatua se dirigió hacia ella con los brazos extendidos, y de sus extremidades caían en cascada trozos de piedra. Comenzó a gritar, era un sonido fuerte y agudo, y mientras lo hacía Cassie vio lo que había debajo de la cáscara de mármol.

El rostro de su hermana. Frío, gris, muerto.

—¡No, no, no! —gritó Cassie, y sus propios gritos la despertaron.

El dormitorio estaba totalmente oscuro y ella estaba enrollada, tiritando. Se sentó, aterrada, y tanteó en busca de un interruptor que no estaba allí.

Su mayor temor, el que luchaba por reprimir durante el día, pero que lograba entrar en sus pesadillas. Era el temor de que Jacqui hubiese muerto. Si no ¿por qué su hermana había dejado de comunicarse de repente? ¿Por qué no había recibido cartas o llamadas telefónicas, ni una sola noticia de ella durante años?

Temblando de frío y miedo, Cassie se dio cuenta de que las piedras que repiqueteaban en su sueño se habían convertido en el sonido de la lluvia, que con las ráfagas de viento golpeaban contra el vidrio de la ventana. Y por encima de la lluvia, escuchó otro ruido. Era el alarido de uno de los niños.

“Podrás escuchar a los niños si lloran o te llaman, por favor atiéndelos”.

Cassie se sintió confundida y desorientada. Quería prender una lámpara en su mesa de luz y tomarse unos minutos para tranquilizarse. El sueño había sido tan vívido que aún se sentía atrapada adentro de él. Pero los alaridos debían de haber comenzado mientras ella dormía, quizás habían causado su pesadilla. La necesitaban urgentemente, tenía que apresurarse.

Corrió el acolchado y descubrió que no habían cerrado bien la ventana. Con el viento, la lluvia había entrado por un hueco, y los bordes de las sábanas estaban empapados. Se levantó de la cama en la oscuridad y se dirigió al otro lado del dormitorio, en donde esperaba que estuviera su teléfono.

Una capa de agua en el suelo había convertido a los azulejos en hielo. Se patinó, perdiendo su punto de apoyo, y aterrizó con un golpe seco y doloroso en la espalda. Se había golpeado la cabeza contra el marco de la cama y su visión explotó en estrellas.

—Maldición —susurró, e intentó aliviarse sobre las manos y rodillas, esperando que el dolor de cabeza y el mareo disminuyeran.

Gateó por los azulejos y tanteó en busca de su teléfono, con la esperanza de que se hubiese salvado de la crecida de agua. Vio con alivio que esta parte del dormitorio estaba seca. Prendió la linterna y se apoyó dolorida sobre los pies. La cabeza le punzaba y su blusa estaba empapada. Se la quitó y rápidamente se puso la primera ropa que encontró: unos pantalones deportivos y una blusa gris. Descalza, salió rápidamente del dormitorio.

Iluminó las paredes con su linterna pero no encontró ningún interruptor cerca. Cuidadosamente, siguió al rayo de luz en dirección al sonido, dirigiéndose hacia las habitaciones Dubois. El dormitorio más cercano al de ellos era el de Ella.

Cassie golpeó la puerta rápidamente y entró.

Afortunadamente, la luz estaba prendida. En el resplandor de la lámpara del techo, podía ver la cama de una plaza cerca de la ventana, a donde Ella había arrojado su acolchado. Chillando y gritando dormida, Ella luchaba contra los demonios de su sueño.

—¡Ella, despierta!

Cassie cerró la puerta y se acercó rápidamente. Se sentó al borde de la cama y tomó los hombros de la niña dormida suavemente, sintiéndolos encorvados y estremecidos. Su cabello oscuro estaba enmarañado y la blusa del pijama arremangada. Había pateado el acolchado azul a los pies de la cama, por lo que debía de tener frío.

—Despierta, está todo bien. Es solamente un mal sueño.

—¡Vienen a buscarme! —Dijo Ella sollozando y luchando para librarse de Cassie—. ¡Ya vienen, están esperando en la puerta!

Cassie la abrazó con firmeza y la sentó, intentando tranquilizarla, le colocó una almohada en la espalda y alisó su blusa arrugada. Ella estaba temblando de miedo. La manera en que se había referido a “ellos” hizo que Cassie se preguntara si se trataba de una pesadilla recurrente. ¿Qué estaba ocurriendo en la vida de Ella para desencadenar un terror tan vívido en sus sueños? La pequeña niña estaba completamente traumatizada, y Cassie no sabía cuál era la mejor manera de tranquilizarla. Tenía recuerdos difusos de Jacqui, su hermana, agitando una escoba a un armario para espantar a un monstruo imaginario. Pero ese miedo tenía su origen en la realidad. Las pesadillas habían comenzado luego de que Cassie se escondiera en el armario, durante una de de las rabietas de su padre borracho.

Se preguntó si el miedo de Ella también se originaba en algo que había ocurrido. Tendría que intentar averiguarlo luego, porque ahora necesitaba convencerla de que los demonios se habían ido.

—Nadie viene por ti. Todo está bien. Mira. Estoy aquí y la luz está prendida.

Los ojos de Ella se abrieron ampliamente. Llenos de lágrimas, se fijaron en Cassie por un momento. Luego, la niña volteó la cabeza y se enfocó en algo detrás de Cassie.

Aún espantada por su propia pesadilla y por Ella que insistía con estar viéndolos a “ellos”, Cassie miró rápidamente a su alrededor, y su corazón se aceleró cuando la puerta se abrió de un golpe.

Margot se quedó parada en la puerta, con las manos sobre sus caderas. Llevaba un vestido de seda turquesa y el cabello rubio recogido en una trenza floja. La mancha del rímel era lo único que estropeaba sus rasgos perfectos.

La furia emanó de ella, y Cassie sintió que se le retorcían las entrañas.

—¿Por qué demoraste tanto? —Le dijo Margot de mala manera—. ¡El llanto de Ella nos despertó, duró horas! ¡Nos acostamos tarde, y no te vamos a pagar para que nuestro sueño se vea interrumpido!

Cassie se quedó mirándola, confundida porque el bienestar de Ella parecía ser lo último que se cruzaba por la mente de Margot.

—Lo siento —dijo ella.

Ella se aferraba a ella y hacía imposible que pudiera pararse y enfrentar a su jefa.

—Vine apenas la escuché, pero la luz en mi dormitorio se quemó, estaba completamente oscuro y eso hizo que me llevara más tiempo llegar...

—¡Sí, te llevó demasiado tiempo y ahora esta es tu primera advertencia! Pierre trabaja muchas horas y se enoja cuando los niños lo despiertan.

—Pero… —En un arranque de rebelión, la pregunta brotó de la boca de Cassie—. ¿No podía venir usted, si escuchó que Ella estaba llorando? Es mi primera noche aquí, y en la oscuridad no sabía en dónde estaban las cosas. Lo haré mejor la próxima vez, lo prometo, pero era su hija que estaba teniendo un sueño horrible.

Margot se acercó a Cassie con el rostro tenso. Por un momento, Cassie pensó que le iba ofrecer repentinamente unas disculpas y que llegarían a una tregua forzada.

Pero eso no ocurrió.

En cambio, Margot estiró la mano rápidamente y golpeó a Cassie en el rostro.

Cassie contuvo un alarido y despejó las lágrimas con los párpados, mientras los gritos de Ella aumentaban. La mejilla le ardía por el golpe, el chichón en la cabeza le punzaba aún más fuerte y tenía la mente conmovida por el horror, al darse cuenta de que su nueva jefa era violenta.

—Antes de que te contratáramos, una criada de la cocina hacía tus tareas, y puede volver a hacerlo, tenemos muchas criadas. Esta es tu segunda advertencia. No tolero la haraganería y tampoco que el personal me conteste. Tu tercera infracción provocará el despido inmediato. Ahora, haz que la niña deje de llorar, así podremos dormir un poco.

Salió de la habitación, dando un portazo detrás de ella.

Cassie envolvió a Ella en sus brazos frenéticamente, y sintió un alivio inmenso al ver que sus sollozos se apagaban.

—Está bien —susurró—. Está todo bien, no te preocupes. La próxima vez vendré más rápido, encontraré el camino mejor. ¿Quieres que duerma aquí el resto de la noche? Podemos dejar la lámpara de tu mesa de luz prendida, para mayor seguridad.

—Sí, por favor, quédate. Puedes ayudarme a impedir que ellos vuelvan —susurró Ella—. Y deja la luz prendida. No creo que a ellos les guste.

La habitación estaba amueblada en tonos de azul neutro, pero la lámpara de la mesa de luz, con su pantalla rosa, era un elemento luminoso y reconfortante.

Aún mientras consolaba a Ella, Cassie sentía que iba a vomitar, y se dio cuenta de que sus manos temblaban violentamente. Se retorció debajo de las sábanas, encantada por su calidez, porque ella estaba congelada.

¿De qué manera iba a seguir trabajando para una jefa que la había maltratado verbal y físicamente enfrente de los niños? Era impensable, inexcusable y le traía demasiados recuerdos que ya había logrado olvidar. Lo primero que haría en la mañana era empacar y marcharse.

Pero… aún no le habían pagado, tendría que esperar hasta fin de mes para recibir algo de dinero. No había forma de que pudiera pagar el viaje en taxi al aeropuerto, mucho menos los costos de cambiar su pasaje de avión.

También estaba el tema de los niños.

¿Cómo podía dejarlos en manos de esta mujer violenta e impredecible? Necesitaban a alguien que cuidara de ellos, especialmente la pequeña Ella. No podía sentarse allí, consolarla y prometerle que todo estaría bien, para luego desaparecer al otro día.

Con una sensación de malestar, Cassie se dio cuenta de que no había otra opción. A estas alturas no podía irse. Estaba obligada a quedarse financiera y moralmente.

Tendría que intentar hacer equilibrio en la cuerda floja del temperamento de Margot para evitar cometer su tercera y última infracción.




CAPÍTULO CINCO


Cassie abrió los ojos, observando confundida el techo desconocido. Le llevó unos minutos orientarse y darse cuenta en dónde estaba: en la cama de Ella, con la luz de la mañana pasando por un hueco entre las cortinas. Ella aún dormía profundamente, escondida debajo del acolchado. La cabeza de Cassie le punzaba cuando se movía, y el dolor le recordó todo lo que había ocurrido la noche anterior.

Se sentó apresuradamente al recordar las palabras de Margot, el doloroso cachetazo y las advertencias que había recibido. Sí, había estado en falta por no atender a Ella inmediatamente, pero nada de lo que había ocurrido después había sido justo. Cuando había intentado defenderse, la habían castigado aún más. Quizás esta mañana tendría que hablar tranquilamente con la familia Dubois acerca de las reglas del hogar, para asegurarse de que esto no volviera a ocurrir.

¿Por qué aún no había sonado su alarma? La había programado para las seis y media, con la esperanza de que eso hiciera que llegaran en hora al desayuno a las siete.

Cassie miró su teléfono y se sorprendió al ver que no tenía batería. La búsqueda constante de señal debería haber agotado la batería más rápido de lo normal. Se bajó de la cama silenciosamente, volvió a su dormitorio y enchufó el celular en el cargador, esperando ansiosamente a que se prendiera.

Maldijo entre dientes al ver que eran casi las siete y media. Se había quedado dormida, y ahora tendría que hacer que todos se levantaran y estuvieran listos lo más pronto posible.

Volvió de prisa al dormitorio de Ella y abrió las cortinas.

—Buen día —dijo—. Es un hermoso día soleado y es hora de desayunar.

Pero Ella no se quería levantar. Debería haber luchado para volver a dormirse después del mal sueño y se había despertado de mal humor. Cansada y gruñona, se aferró al acolchado con lágrimas en los ojos mientras Cassie intentaba destaparla. Finalmente, Cassie recordó el dulce que había traído y recurrió al soborno para sacarla de la cama.

—Si estás lista en cinco minutos, te daré un chocolate.

Aún así, tuvo que forcejear un poco más. Ella se negaba a ponerse el conjunto que Cassie había elegido para ella.

—Hoy me quiero poner un vestido —insistió.

—Pero Ella, si salimos sentirás frío.

—No me importa, me quiero poner un vestido.

Cassie finalmente logró llegar a un acuerdo y eligió el vestido más abrigado que encontró, uno de pana y manga larga, con medias largas y botas de corderito. Ella se sentó en la cama balanceando las piernas y con el labio inferior tembloroso. La niña ya estaba pronta, pero quedaban dos.

Cuando abrió la puerta del dormitorio de Marc, se sintió aliviada al ver que él ya estaba despierto y se había levantado de la cama. Tenía puesto un pijama rojo y jugaba con un ejército de soldados desparramados en el piso. La enorme caja de juguetes de acero que tenía debajo de su cama estaba abierta y rodeada de autos de juguete y una manada entera de animales de granja. Cassie tuvo que caminar cuidadosamente para evitar pisarlos.

—Hola Marc, ¿vamos a desayunar? ¿Qué te quieres poner?

—No me quiero poner nada. Quiero jugar —replicó Marc.

—Puedes seguir jugando después, pero no ahora. Es tarde y debemos apurarnos.

La respuesta de Marc fue un ruidoso estallido en lágrimas.

—Por favor, no llores —le rogó Cassie, pensando en los preciados minutos que pasaban.

Pero sus lágrimas aumentaron como si se alimentaran de su pánico. Él se negó rotundamente a cambiar sus pijamas y ni siquiera la promesa de un chocolate cambió su opinión. Finalmente, y desesperada, Cassie le puso unas pantuflas. Lo tomó de la mano y puso un soldado en el bolsillo de su pijama, con lo que finalmente logró persuadirlo de que la siguiera.

Cuando golpeó la puerta de Antoinette, no hubo respuesta. El dormitorio estaba vacío y la cama ordenada prolijamente, con un camisón color rosa doblado sobre la almohada. Con suerte, Antoinette había ido sola a desayunar.

Pierre y Margot ya estaban sentados en el comedor informal. Pierre vestía un traje formal y Margot también estaba elegantemente vestida, con un maquillaje perfecto y el cabello enrulado sobre los hombros. Ella levantó la mirada cuando ellos ingresaron, y Cassie sintió que le ardía el rostro. Rápidamente, ayudó a Ella a subirse a una silla.

—Disculpas por la tardanza —se disculpó, sintiéndose nerviosa como si ya estuviera a la defensiva—. Antoinette no estaba en su habitación, no estoy segura de en dónde está.

—Ya terminó de desayunar y está practicando su pieza en el piano —Pierre hizo un gesto con la cabeza en dirección a la sala de música, antes de servirse más café—. Escucha. Quizás reconoces la melodía: “El Danubio Azul”.

Cassie escuchó débilmente una ejecución precisa de una tonada que le sonaba familiar.

—Es muy talentosa —expresó Margot, pero el tono resentido de su comentario no se condecía con sus palabras.

Cassie la miró nerviosamente. ¿Diría algo sobre lo que había ocurrido la noche anterior?

Pero, mientras Margot le devolvía la mirada con un silencio indiferente, Cassie se preguntó de pronto si recordaba mal parte de lo acontecido. Tenía la parte posterior de la cabeza sensible e hinchada de cuando se había resbalado, pero al tocar la parte izquierda de su rostro no encontró un moretón por el doloroso golpe. ¿O quizás había sido del lado derecho? La asustaba no poder recordarlo. Presionó los dedos sobre su mejilla derecha, pero ahí tampoco sentía dolor.

Cassie se convenció con firmeza de que debía dejar de preocuparse por los detalles. No era posible que pensara claramente después del duro golpe en la cabeza y una posible conmoción cerebral. Definitivamente Margot la había amenazado, pero la imaginación de Cassie podía haber conjurado el golpe. Después de todo, estaba exhausta, desorientada y se acababa de despertar de la agonía de una pesadilla.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando Marc exigió su desayuno, y ella les sirvió a los niños jugo de naranja y comida de las bandejas del desayuno. Ella insistió en que le sirvieran hasta la última rebanada de jamón y queso, por lo que Cassie tuvo que arreglárselas con una medialuna con mermelada y algunas rodajas de fruta.

Margot bebió su café en silencio, mirando por la ventana. Pierre hojeaba un periódico mientras terminaba una tostada. ¿Los desayunos eran siempre tan silenciosos? Se preguntó Cassie. Los padres no habían demostrado interés de interactuar con ella, con los niños o entre ellos. ¿Era porque estaba en problemas?

Quizás ella debía iniciar la conversación y arreglar las cosas. Necesitaba disculparse formalmente por la tardanza en atender a Ella, pero no pensaba que su castigo había sido justo.

Cassie redactó las palabras cuidadosamente en su cabeza.

Sé que anoche me retrasé en atender a Ella. No la escuché llorar, pero la próxima vez dejaré la puerta de mi dormitorio abierta. Sin embargo, no creo que me hayan tratado de manera justa. Fui amenazada y maltratada, y recibí dos advertencias consecutivas en la misma cantidad de minutos, así que, por favor, ¿podríamos discutir las reglas del hogar?

No, eso no estaría bien. Era demasiado atrevido. No quería parecer hostil. Necesitaba un enfoque más suave y que no profundizara la enemistad con Margot.

¿No es una hermosa mañana?

Sí, ese sería definitivamente un buen comienzo y traería un ángulo positivo a la conversación. Y desde ahí la podría dirigir hacia lo que realmente quería decir.

Sé que me retrasé anoche al atender a Ella. No le escuché llorar, pero la próxima vez dejaré la puerta de mi dormitorio abierta. Sin embargo, me gustaría discutir las reglas del hogar ahora, con respecto a cómo es el trato entre nosotros y cuándo se deben dar advertencias, para asegurarme de hacer mejor mi trabajo.

Cassie aclaró la garganta, sintiéndose nerviosa, y dejó el tenedor.

Pero cuando estaba a punto de hablar, Pierre dobló el periódico y él y Margot se levantaron.

—Que tengan un buen día, niños —dijo Pierre, mientras abandonaban la sala.

Cassie los observó confundida. No sabía qué hacer ahora. Le habían dicho que los niños tenían que estar prontos antes de las ocho, pero ¿prontos para qué?

Decidió correr detrás de Pierre y preguntarle. Se dirigía a la puerta cuando casi se choca con una mujer de rostro agradable, que vestía el uniforme del personal y llevaba una bandeja de comida.

—Ah…oops. Bien. La rescaté.

Enderezó la bandeja y deslizó las rebanadas de jamón, colocándolas de vuelta en su lugar.

—Tú eres la nueva niñera, ¿no? Soy Marnie, el ama de llaves principal.

— Encantada de conocerte —dijo Cassie, dándose cuenta de que este era el primer rostro sonriente que había visto en todo el día—. Iba a preguntarle a Pierre qué era lo que los niños tenían que hacer hoy —le dijo, luego de presentarse.

—Demasiado tarde. Ya se habrá ido; se dirigían derecho al automóvil. ¿No dejó ninguna instrucción?

—No, nada.

Marnie dejó la bandeja y Cassie le dio a Marc más queso y, hambrienta, se sirvió más tostadas, jamón y un huevo duro. Ella se negaba a comer la montaña de comida que tenía en el plato, y jugaba fastidiosamente con esta con su tenedor.

—Quizás le puedas preguntar a los niños —sugirió Marnie—. Antoinette sabrá si tienen algo planificado. Te aconsejaría que esperes a que termine de tocar el piano. No le gusta que la desconcentren.

¿Era su imaginación o Marnie había girado los ojos al decirlo? Motivada, Cassie se preguntó si se convertirían en amigas. Necesitaba un aliado en esa casa.

Pero ahora no había tiempo de forjar una amistad. Claramente, Marnie estaba apurada recogiendo los platos vacíos y la vajilla sucia, mientras le preguntaba a Cassie si había algún problema con su habitación. Cassie explicó los problemas rápidamente y el ama de llaves se marchó, luego de prometerle que cambiaría la ropa de cama y reemplazaría la bombilla antes del almuerzo.

El sonido del piano se había detenido, por lo que Cassie se dirigió a la sala de música, que estaba cerca del pasillo.

Antoinette estaba guardando las partituras. Se volteó y enfrentó a Cassie con recelo al verla entrar. Estaba vestida de manera impecable, con un vestido azul marino. Tenía el cabello recogido en una coleta y sus zapatos habían sido pulidos perfectamente.

—Te ves hermosa, Antoinette, ese vestido tiene un color tan precioso —dijo Cassie, esperando que los halagos le ganaran el cariño de la hostil niña—. ¿Hay algo planeado para hoy? ¿Alguna actividad u otras cosas planificadas?

Antoinette se detuvo, pensativa, antes de sacudir la cabeza.

—Nada para hoy —dijo firmemente.

—Y Marc y Ella ¿tienen que ir a algún lado?

—No. Mañana Marc tiene práctica de fútbol.

Antoinette cerró la tapa del piano.

—Bueno, ¿hay algo que quisieras hacer ahora?

Quizás si permitía que Antoinette eligiera, eso ayudaría a que se hicieran amigas.

—Podemos hacer una caminata por el bosque. Todos lo disfrutaríamos.

—¿En dónde es el bosque?

—A uno o dos quilómetros por la carretera.

La niña de cabello oscuro gesticuló vagamente.

—Podemos salir de inmediato. Yo te mostraré el camino. Solamente debo cambiarme de ropa.

Cassie había asumido que el bosque estaba dentro del terreno, y la respuesta de Antoinette la había tomado por sorpresa. Pero una caminata por el bosque parecía una actividad al aire libre agradable y saludable. Cassie estaba segura de que Pierre lo aprobaría.



*



Veinte minutos después, estaban prontos para salir. Mientras escoltaba a los niños hacia la planta baja, Cassie buscó en todas las habitaciones con la esperanza de encontrar a Marnie o a alguien del personal para avisarles a dónde iba.

No vio a nadie y no sabía por dónde empezar a buscar. Antoinette estaba impaciente por salir y saltaba de pie en pie por el entusiasmo, por lo que Cassie decidió que era más importante el buen humor de la niña, especialmente si no iban a demorar mucho en volver. Se dirigieron por la entrada de gravilla y salieron, con Antoinette haciendo de guía.

Detrás de un árbol de roble enorme, Cassie vio un bloque de cinco establos que recordó haber visto el día anterior, cuando llegaba. Se acercó para verlos con más detalle y vio que estaban vacíos y oscuros, con las puertas abiertas. El campo lindero estaba desocupado, las verjas de madera estaban rotas en algunos tramos, el portón colgaba de las bisagras y el pasto crecía alto y silvestre.

—¿Tienen caballos aquí? —le preguntó a Antoinette.

—Teníamos, hace muchos años, pero hace mucho tiempo que no tenemos —respondió—. Ya ninguno de nosotros monta a caballo.

Cassie se quedó mirando a los establos desiertos mientras asimilaba esta bomba.

Maureen le había dado información incorrecta y muy antigua.

Los caballos habían participado en su decisión de venir aquí. Habían sido un incentivo. Pensar que estaban allí había hecho que el lugar pareciera mejor, más atractivo, más vivo. Pero hacía tiempo que se habían ido.

Durante la entrevista, Maureen había afirmado que existía la posibilidad de que ella aprendiera a montar a caballo. ¿Por qué había tergiversado las cosas y qué otras cosas había dicho que no eran ciertas?

—¡Vamos! —dijo Antoinette, tirándole de la manga impacientemente—. ¡Debemos irnos!

Mientras Cassie se alejaba, se le ocurrió que no había razón para que Maureen falsificara información. El resto de su descripción de la casa y la familia había sido bastante preciso y como agente podía transmitir solamente la información que le habían aportado.

De ser así, el que había mentido había sido Pierre. Y eso era aún más preocupante.

Una vez que doblaron una curva y el chateau estaba fuera de vista, Antoinette enlenteció su ritmo, justo a tiempo para Ella, que se quejaba de que los zapatos la lastimaban.

—Deja de quejarte —le aconsejó Antoinette—. Recuerda que papá siempre dice que no debes quejarte.

Cassie levantó a Ella y la cargó en sus brazos, sintiendo que su peso aumentaba con cada paso que daba. Además, cargaba con la mochila, que estaba atiborrada con las chaquetas de cada uno y los pocos euros que le quedaban en el bolsillo lateral.

Marc iba saltando adelante, quebrando ramas de los setos y arrojándolas en la carretera como lanzas. Cassie tenía que recordarle constantemente que se mantuviera alejado del asfalto. Era tan distraído y estaba tan desprevenido que podía saltar tranquilamente enfrente de cualquier automóvil que se acercara.

—¡Tengo hambre! —se quejó Ella.

Desesperada, Cassie recordó el plato del desayuno que no había tocado.

—Hay una tienda a la vuelta de la esquina —le dijo Antoinette—. Venden bebidas frías y refrigerios.

Parecía extrañamente feliz esta mañana y Cassie no sabía por qué. Simplemente le alegraba que Antoinette pareciera estar encariñándose con ella.

Esperaba que la tienda vendiera relojes baratos, porque sin su teléfono no tenía forma de saber la hora. Pero resultó ser un vivero lleno de semilleros, arbolitos y fertilizantes. En la caja vendían solamente refrescos y refrigerios. El anciano comerciante estaba sentado en un taburete al lado de una estufa a gas, y él le dijo que no había nada más. Los precios eran extravagantemente altos, y se estresó mientras separaba el dinero de su escasa reserva para comprar un chocolate y una lata de jugo para cada niño.

Mientras pagaba, los tres niños cruzaron la carretera corriendo para ver de cerca un burro. Cassie les gritó que volvieran, pero la ignoraron.

El hombre de cabello gris se encogió de hombros con empatía.

—Los niños siempre serán niños. Me resultan conocidos. ¿Viven por aquí cerca?

— Sí. Son los niños Dubois. Soy su nueva niñera y este es mi primer día de trabajo —explicó Cassie.

Esperaba que los reconociera amigablemente, pero, en cambio, los ojos del comerciante se agrandaron alarmados.

—¿Esa familia? ¿Estás trabajando para ellos?

—Sí.

Los miedos de Cassie resurgieron.

—¿Por qué? ¿Los conoce?

—Todos los conocemos aquí. Y Diane, la esposa de Pierre, a veces me compraba plantas.

Él vio su rostro perplejo

—La madre de los niños —explicó—. Ella falleció el año pasado.

Cassie lo miró fijamente y la cabeza le daba vueltas. No podía creer lo que acababa de escuchar.

La madre de los niños había muerto hacía nada más que un año. ¿Por qué nadie se lo había dicho? Maureen ni siquiera lo había mencionado. Cassie había asumido que Margot era la madre de los niños, pero ahora se daba cuenta de lo ingenua que había sido. Margot era demasiado joven para ser la madre de una niña de doce años.

Esta familia había sufrido una perdida reciente, había sido destrozada en pedazos por una enorme tragedia. Maureen tendría que haberle informado esto.

Pero Maureen no sabía que los caballos ya no estaban, porque nadie se lo había dicho. Cassie sintió una puñalada de miedo al preguntarse si Maureen sabía esto.

¿Qué le había pasado a Diane? ¿Cómo había afectado su pérdida a Pierre, y a los niños, y a toda la dinámica familiar? ¿Cómo se sentían con la llegada de Margot a la casa, poco tiempo después? Con razón podía sentir la tensión, tirante como un alambre, en casi todas las interacciones que ocurrían entre esas paredes.

—Eso…eso es realmente triste —tartamudeó, dándose cuenta de que el comerciante la contemplaba curiosamente—. No sabía que había muerto tan recientemente. Supongo que su muerte debió haber sido traumática para todos.

Frunciendo el ceño profundamente, el comerciante le dio el cambio y ella guardó su escasa reserva de monedas.

—Estoy seguro de que conoces el trasfondo de la familia.

—No sé mucho, por lo que realmente le agradecería si usted me pudiera explicar qué ocurrió.

Cassie se inclinó ansiosa sobre el mostrador.

Él sacudió su cabeza.

—No me corresponde decir más. Trabajas para la familia.

¿Qué cambiaba eso? Se preguntó Cassie. Con sus uñas empezó a excavar en la carne viva de la cutícula y, conmocionada, se dio cuenta de que había vuelto a su antiguo hábito nervioso. Bueno, sin dudas estaba nerviosa. Lo que el anciano le había dicho era bastante preocupante, pero lo que se negaba a decir era aún peor. Quizás si era honesta con él, él sería más sincero.

—No entiendo para nada cómo es la situación allí y me temo que ya me metí hasta el cuello. Para ser honesta con usted, ni siquiera me habían dicho que Diane había muerto. No sé cómo ocurrió o cómo eran las cosas antes. Me ayudaría mucho tener un mejor panorama.

Él asintió con más empatía, pero entonces sonó el teléfono de la oficina y ella supo que había perdido la oportunidad. El anciano se alejó para atender y cerró la puerta detrás de él.

Desilusionada, Cassie se apartó del mostrador y se puso al hombro la mochila, que parecía el doble de pesada, o quizás era la información inquietante que el comerciante le había dado lo que hacía que el peso la agobiara. Al salir de la tienda, se preguntó si tendría la oportunidad de volver sola y hablar con el anciano. Se moría por descubrir los secretos de la familia Dubois que él sabía, cualesquiera que fueran.




CAPÍTULO SEIS


El alarido aterrado de Ella devolvió a Cassie a su situación actual. Miró al otro lado de la carretera y vio con horror que Marc había trepado la cerca, y estaba alimentando con puñados de pasto a una manada que iba en aumento, y que ahora incluía a cinco burros grises, peludos y cubiertos de lodo. Aplanaban sus orejas y se mordisqueaban entre ellos, al tiempo que se amontonaban hacia él.

Ella volvió a gritar cuando uno de los burros se chocó con Marc y lo hizo caer de espaldas en el suelo.

—¡Salgan de ahí! —gritó Cassie, cruzando la carretera de una corrida.

Se inclinó y cruzó la cerca, lo tomó de la camisa y lo arrastró antes de que lo pisotearan. Este niño, ¿tenía tendencias suicidas? Su camisa estaba empapada y sucia, y ella no había traído una de repuesto. Afortunadamente, el sol aún brillaba, aunque veía nubes acumulándose en el oeste.

Cuando le dio el chocolate a Marc, él se llenó la boca con la tableta entera. Se reía con los cachetes repletos y escupía trocitos de chocolate en el suelo. Luego, se adelantó con Antoinette.

Ella rechazó su chocolate y comenzó a llorar ruidosamente. Cassie volvió a cargar a la pequeña niña en sus brazos.

—¿Qué te sucede? ¿No tienes hambre? —le preguntó.

—No. Extraño a mi mamá —sollozó.

Cassie la abrazó fuerte, sintiendo la calidez de la mejilla de la niña contra la suya.

—Lo siento, Ella. Lo siento tanto. Me acabo de enterar. Debes extrañarla mucho.

—Quisiera que papá me dijera a dónde se fue —lamentó Ella.

—Pero… —Cassie no sabía qué decir.

El comerciante le había dicho claramente que Diane Dubois había muerto. ¿Por qué Ella pensaba otra cosa?

—¿Qué te dijo tu papá? —le preguntó cuidadosamente.

—Me dijo que se marchó. No me dijo a dónde. Solamente me dijo que se fue. ¿Por qué se fue? ¡Quiero que vuelva!

Ella presionó la cabeza en el hombro de Cassie, sollozando desconsoladamente.

La cabeza de Cassie le daba vueltas. Ella debía tener cuatro años en ese momento y seguramente hubiese entendido lo que significaba la muerte. Habría habido oportunidad para estar de luto y un funeral. O quizás, eso no había ocurrido.

Estaba aturdida ante la posibilidad de que Pierre le hubiese mentido a propósito a Ella respecto a la muerte de su esposa.

—Ella, no estés triste —le dijo, frotando suavemente sus hombros—. A veces la gente se va y no vuelve.

Pensó en Jacqui, preguntándose nuevamente si alguna vez descubriría lo que realmente le había ocurrido. No saberlo era terrible. La muerte, aunque trágica, al menos era definitiva.

Cassie podía imaginar la agonía que Ella debía haber sufrido al pensar que su propia madre la había abandonado, sin decirle una palabra. Con razón tenía pesadillas. Necesitaba averiguar la verdadera historia, por si había algo más. Sería demasiado intimidante preguntarle directamente a Pierre, y no se sentiría cómoda mencionando el tema a menos que él mismo lo planteara. Si les preguntara en el momento adecuado, quizás los otros niños le contarían su versión. Tal vez ese era un buen punto de partida.

Antoinette y Marc las esperaban en una bifurcación. Al fin, Cassie vio el bosque más adelante. Antoinette había subestimado la distancia, pues debían haber caminado al menos cinco quilómetros, y el vivero había sido el último edificio que habían visto. La carretera se había vuelto más angosta, con el pavimento agrietado y roto, y setos tupidos y silvestres.

—Ella y tú pueden ir por ese camino —les aconsejó Antoinette, señalando un sendero descuidado—. Es un atajo.

Cualquier ruta más corta era bienvenida, por lo que Cassie se dirigió por el camino angosto, empujando entre una profusión de arbustos frondosos.

A mitad de camino empezó sentir un fuerte ardor en los brazos, tan doloroso que chilló, pensando que la había picado un enjambre de avispas. Miró hacia abajo y vio un sarpullido hinchado que se expandía por toda la piel, en donde las hojas la habían rozado. Y luego, escuchó un alarido de Ella.

—¡Me pica la rodilla!

Su piel estaba hinchada por la urticaria, y las ronchas se volvían de un color rojo profundo, contrastando con su piel suave y pálida.

Cassie se agachó demasiado tarde para evitar que una rama frondosa azotara su rostro. El ardor se expandió inmediatamente y ella chilló alarmada.

Desde lejos, escuchó la risa estridente y entusiasmada de Antoinette.

—Pon la cabeza contra mi hombro —ordenó Cassie, envolviendo a la niña apretadamente con sus brazos.

Respiró hondo y comenzó a avanzar, chocando y empujando a tientas las punzantes hojas a lo largo del camino, hasta que emergió en un claro.

Antoinette gritaba de gozo, doblada sobre el tronco de un árbol caído, y Marc la imitaba, contagiado por su júbilo. A ninguno parecía importarle las lágrimas encolerizadas de Ella.

—¡Sabías que allí había hiedra venenosa! —la acusó Cassie, al tiempo que bajaba a Ella al suelo.

—Ortigas —la corrigió Antoinette, antes de estallar en carcajadas.

No había amabilidad en ese sonido, la risa era tremendamente cruel. Esta niña estaba demostrando su verdadera naturaleza, y era despiadada.

Cassie tuvo un acceso de ira y eso la sorprendió. Por un momento, su único deseo era darle una bofetada al engreído y sonriente rostro de Antoinette, lo más fuerte que pudiera. La potencia de su ira la asustaba. Llegó a abalanzarse con la mano alzada, antes de que la cordura prevaleciese y la bajara rápidamente, horrorizada por lo que casi había hecho.

Se dio vuelta, abrió su mochila y hurgó en busca de la única botella de agua que tenía. Frotó un poco sobre la rodilla de Ella y el resto sobre su propia piel, con la esperanza de que eso aliviara el ardor, pero cada vez que tocaba la hinchazón parecía ser peor. Miró alrededor buscando una canilla cerca, o una fuente, en donde dejar que el agua corriera sobre el doloroso sarpullido.

Pero no había nada. Este bosque no era el destino familiar que había imaginado. No tenía bancos, ni carteles señalizadores. No había contenedores de basura, ni canillas o fuentes, tampoco caminos en buenas condiciones. Solamente había un bosque antiguo y oscuro, con enormes hayas, abetos y píceas alzándose entre los enmarañados matorrales.

—Debemos irnos a casa, ahora —dijo.

—No —discutió Marc—. Quiero explorar.

—Este no es un lugar seguro para explorar. Ni siquiera hay un camino delimitado. Y está demasiado oscuro. Deberías ponerte tu chaqueta ahora o pescarás un resfrío.

—¡Pescar un resfrío, péscame a mí!

Con un gesto travieso, el niño salió disparado, serpenteando velozmente entre los árboles.

—¡Maldita sea!

Cassie se zambulló detrás de él, apretando los dientes mientras ramitas filosas rozaban su piel inflamada. Él era más pequeño y más rápido que ella, y con su risa se burlaba de ella mientras se zambullía entre los matorrales.

—¡Marc, vuelve aquí! —lo llamó.

Pero sus palabras solo parecían alentarlo. Ella lo siguió empecinadamente, con la esperanza de que él se cansara o decidiera abandonar el juego.

Finalmente lo alcanzó, cuando él se detuvo a recuperar el aliento y patear unas piñas. Lo tomó del brazo firmemente antes de que volviera a escaparse.

—Esto no es un juego. ¿Ves? Hay un barranco más adelante.

El terreno descendía abruptamente y se podía escuchar el sonido del agua fluyendo.

—Volvamos, es hora de ir a casa.

—No quiero ir a casa —refunfuñó Marc, arrastrando los pies mientras la seguía.

Yo tampoco, pensó Cassie, y sintió una súbita empatía hacia él.

Cuando volvieron al claro, Antoinette era la única que estaba allí, sentada sobre una chaqueta doblada, trenzándose el cabello por encima del hombro.

—¿En dónde está tu hermana? —le preguntó Cassie.

Antoinette levantó la mirada, con apariencia despreocupada.

—Vio un pájaro después de que te fuiste, y quería verlo de cerca. No sé a dónde fue después de eso.

Cassie miró a Antoinette, horrorizada.

—¿Por qué no fuiste con ella?

—No me dijiste que lo hiciera —le respondió Antoinette con una fría sonrisa.

Cassie respiró hondo, intentando controlar otro acceso de furia. Antoinette tenía razón. No debería haber abandonado a los niños sin advertirles que se quedaran en donde estaban.

—¿Por dónde se fue? Muéstrame exactamente en dónde estaba la última vez que la viste.

—Se fue para ese lado —señaló Antoinette.

—Voy a ir a buscarla —Cassie mantuvo su voz tranquila a propósito—. Quédate aquí con Marc. No, repito NO abandonen este claro, ni dejes que tu hermano se pierda de vista. ¿Entendido?

Antoinette asintió distraídamente mientras usaba sus dedos para peinarse el cabello. No le quedaba más que esperar que ella obedeciera. Se dirigió hacia donde Antoinette le había señalado y ahuecó las manos alrededor de la boca.

—¿Ella? —gritó lo más fuerte que pudo—. ¿Ella?

Se detuvo, con la esperanza de escuchar una respuesta o zapatos acercándose, pero no hubo respuesta. Lo único que oía era el crujido distante de las hojas, en el viento cada vez más fuerte.

¿Era posible que Ella se hubiese alejado tanto en el tiempo en que ella no había estado? ¿O le había pasado algo?

El pánico invadió su interior, mientras se adentraba corriendo en el bosque.




CAPÍTULO SIETE


Cassie se introdujo en lo más profundo del bosque, serpenteando entre los árboles. Gritaba el nombre de Ella y rogaba que ella le respondiera. Ella podía estar en cualquier lado y no había ningún camino delimitado que ella pudiera seguir. El bosque era oscuro y escalofriante, el viento soplaba en rachas cada vez más fuertes y los árboles parecían amortiguar sus gritos. Ella se podía haber caído en un barranco, o tropezado y golpeado la cabeza. Podía haber sido secuestrada por un vagabundo. Le podía haber ocurrido cualquier cosa.

Cassie se patinaba por los caminos musgosos y se tropezaba con la raíces. Tenía el rostro arañado en cientos de lugares y la garganta irritada de tanto gritar.

Finalmente se detuvo, respirando agitadamente. Sentía su transpiración fría y pegajosa en la brisa. ¿Qué iba a hacer ahora? Estaba empezando a oscurecer. No podía pasar más tiempo buscando o los pondría a todos en peligro. El vivero era el punto de contacto más cercano, si aún estaba abierto. Podía ir hasta allí, contarle al comerciante lo que había ocurrido y pedirle que llamara a la policía.

Le llevó mucho tiempo y algunos desvíos equivocados desandar el camino. Rogaba que los otros estuvieran esperando sanos y salvos, y deseó con todas sus fuerzas que Ella hubiese encontrado su camino de regreso.

Cuando llegó al claro, Antoinette estaba enlazando hojas en una cadena y Marc dormía profundamente acurrucado sobre las chaquetas.

No había señal de Ella.

Se imaginó la tormenta de furia a su regreso. Pierre estaría furioso y con razón. Margot sería simplemente despiadada. Las linternas brillarían en la noche mientras la comunidad salía a buscar a una niña que estaba perdida, herida o peor, como consecuencia de su propio descuido. Era su culpa y su fracaso.

El horror de la situación la agobiaba. Se desplomó contra un árbol y enterró la cabeza entre las manos, intentando desesperadamente controlar sus sollozos.

—¿Ella? ¡Ya puedes salir! — dijo Antoinette con voz melodiosa.

Cassie levantó la vista, observando incrédula cómo Ella salía detrás de un tronco caído y limpiaba las hojas de su pollera.

—¿Qué…? —su voz estaba ronca y temblorosa—. ¿En dónde estabas?

Ella sonrió alegremente.

—Antoinette dijo que estábamos jugando a las escondidas y que no debía salir cuando me llamaras, de lo contrario perdería. Ahora tengo frío, ¿me darías mi chaqueta?

Cassie se sintió aporreada por la conmoción. No podía creer que alguien pudiera siquiera fantasear ese escenario excepto por pura maldad.

No era solamente la crueldad, sino también la premeditación en sus acciones lo que horrorizaba a Cassie. ¿Qué era lo que llevaba a Antoinette a atormentarla y cómo podía impedir que eso ocurriera en el futuro? No podía esperar ningún tipo de apoyo de parte de los padres. Ser amable no había funcionado, y si se enfadaba estaría cayendo en el juego de Antoinette. Ella tenía el control, y lo sabía.

Ahora se dirigían de vuelta a casa, demasiado tarde y después de no haberle dicho a nadie a dónde iban. Los niños estaban embarrados, hambrientos, sedientos y exhaustos. Temía que Antoinette había hecho más que suficiente para que la despidieran inmediatamente.

El camino de regreso al chateau fue largo, frío e incómodo. Ella insistió para que la cargaran todo el camino y los brazos de Cassie apenas resistieron hasta la llegada a casa. Marc se arrastraba detrás, refunfuñando, y demasiado cansado para hacer más que arrojar una piedra a los pájaros en los arrayanes de vez en cuando. Hasta Antoinette parecía no estar disfrutando de su victoria y caminaba penosamente y con hosquedad.

Cuando Cassie golpeó la imponente puerta del frente, esta se abrió de un tirón inmediatamente. Era Margot, y estaba enrojecida de furia.

—¡Pierre! —gritó—. Al fin llegaron.

Cassie empezó a temblar al escuchar el pisoteo enojado.

—¿En dónde diablos han estado? —Rugió Pierre— ¿Qué irresponsabilidad es esta?

Cassie tragó saliva.

—Antoinette quería ir al bosque, así que salimos a caminar.

—Antoinette… ¿qué? ¿Durante todo el día? ¿Por qué diablos dejaste que lo hiciera y por qué no obedeciste mis instrucciones?

—¿Qué instrucciones?

Acobardándose ante su ira, Cassie ansiaba escaparse y esconderse, tal como lo había hecho cuando tenía diez años y su padre tenía una de sus rabietas. Miró detrás de ella y vio que los niños se sentían exactamente igual. Sus rostros afligidos y aterrorizados le dieron el coraje que necesitaba para seguir enfrentando a Pierre, aunque le temblaran las piernas.

—Dejé una nota en la puerta de su dormitorio.

Hizo un esfuerzo para hablar con una voz más normal. Quizás él también había notado las reacciones de los niños.

—No encontré ninguna nota.

Cassie miró a Antoinette, pero sus ojos miraban hacia abajo y tenía los hombros encorvados.

—Antoinette tenía un recital de piano en París. Un autobús vino a recogerla a las ocho y media, pero no la encontraron en ningún lado. Y Marc tenía práctica de fútbol en la ciudad a las doce.

Cassie sintió un nudo en el estómago al darse cuenta de las serias consecuencias que habían tenido sus acciones. Había defraudado a Pierre y a los demás de la peor manera posible. Este día tendría que haber sido una prueba de sus capacidades para organizar los horarios de los niños. En cambio, habían realizado un paseo no planificado en el medio de la nada y se habían perdido actividades importantes. Si ella fuera Pierre, también estaría furiosa.

—Lo siento mucho —murmuró.

No se atrevía a decirle a Pierre abiertamente que los niños la habían engañado, aunque estaba segura de que él lo sospechaba. Si se lo decía, los niños terminarían llevándose la peor parte de su furia.

Un gong sonó desde el comedor y Pierre miró su reloj.

—Hablaremos de esto más tarde. Ahora, prepáralos para la cena. Rápido, o la comida se enfriará.

Rápido, era más fácil decirlo que hacerlo. Le llevó más de media hora, y más lágrimas, bañar a Marc y Ella. Afortunadamente, Antoinette se estaba comportando muy bien, y Cassie se preguntó si se sentiría agobiada por las consecuencias de sus acciones. En cuanto a ella, estaba paralizada por la catástrofe en la que el día se había transformado. Estaba empapada por bañar a los niños y no tenía tiempo para tomar una ducha. Se puso una blusa seca, y las ronchas que tenía en los brazos se reavivaron.

Marcharon desconsoladamente hacia la planta baja.

Pierre y Margot los estaban esperando en el pequeño salón al lado del comedor. Margot estaba tomando una copa de vino y Pierre se servía un coñac con soda.

—Al fin estamos prontos para comer —observó Margot secamente.

La cena era una cazuela de pescado y Pierre insistió a sus hijos mayores que se sirvieran ellos mismos, aunque permitió que Cassie ayudara a Ella.

—Deben aprender los modales de etiqueta a una edad temprana —dijo él, y procedió a enseñarles el protocolo correcto durante toda la cena.

—Pon la serviette sobre la falda, Marc. No la dejes arrugada en el piso. Y los codos deben permanecer contra el cuerpo. Ella no quiere que la codees mientras estás comiendo.

El estofado era abundante y delicioso y Cassie estaba muerta de hambre, pero el sermón de Pierre era suficiente para sacarle el hambre a cualquiera. Se restringió a pequeñas y delicadas porciones, mientras miraba rápidamente a Margot para comprobar que estaba haciendo las cosas correctamente, a la manera francesa. Los niños estaban exhaustos y no podían comprender lo que el padre les estaba diciendo, y Cassie se sorprendió al ansiar que Margot le dijera a Pierre que este no era un buen momento para ser quisquilloso.

Se preguntaba si las cenas habían sido distintas cuando Diane estaba viva, y cuánto había cambiado la dinámica después de la llegada de Margot. Su propia madre había contenido el conflicto de manera firme, a su manera, tranquila, pero este había estallado incontrolablemente cuando ella ya no estaba. Quizás Diane había tenido un rol similar.

—¿Un poco de vino?

Para su sorpresa, Pierre llenó su copa con vino blanco antes de que pudiera rechazarlo. Quizás esto también era parte del protocolo.

El vino era aromático y frutal, y después de unos sorbos sintió cómo el alcohol penetraba en el flujo sanguíneo, y una sensación de bienestar y de peligrosa relajación la llenaba. Dejó de beber apresuradamente, pues sabía que no podía permitirse ninguna equivocación.

—¿Ella, qué estás haciendo? —preguntó Pierre, exasperado.

—Me estoy rascando la rodilla —explicó Ella.

—¿Por qué usas una cuchara?

—Mis uñas están muy cortas para aliviar la picazón. Caminamos por ortigas —dijo Ella orgullosa—. Antoinette le mostró a Cassie un atajo. Me picaron en la rodilla. A Cassie la picaron en todo el rostro y en los brazos. Estuvo llorando.

Margot soltó su copa de vino con un golpe.

—¡Antoinette! ¿Hiciste eso otra vez?

Cassie pestañeó sorprendida al ver que lo había hecho antes.

—Yo… —comenzó Antoinette desafiante, pero Margot era imparable.

—Eres un animalito despiadado. Todo lo que quieres es causar problemas. Crees que estás siendo inteligente, pero solamente eres una niña estúpida, malvada e inmadura.

Antoinette se mordió el labio. Las palabras de Margot habían roto su caparazón de autocontrol.

—No es su culpa —dijo Cassie en voz alta, preguntándose demasiado tarde si el vino había sido una buena idea—. Debe ser muy difícil para ella lidiar con...

Se frenó rápidamente porque estaba a punto de mencionar la muerte de su madre, pero Ella creía en una versión diferente y no sabía cuál era la verdadera historia. Ahora no era el momento de preguntar.

—Lidiar con tanto cambio —dijo— En cualquier caso, Antoinette no me dijo que tomara ese camino. Ella y yo estábamos cansadas y parecía un buen atajo.

No se atrevió a mirar a Antoinette mientras hablaba, en caso de que Margot sospechara una confabulación, pero logró encontrarse con la mirada de Ella. Le hizo un gesto conspiratorio, con la esperanza de que entendiera por qué Cassie estaba apoyando a su hermana, y Ella le respondió asintiendo suavemente.

Cassie temía que su defensa la dejara en un terreno aún más inestable, pero tenía que decir algo. Después de todo, ella sabía lo que era crecer en una familia fracturada, en donde la guerra podía estallar en cualquier momento. Ella entendía la importancia de tener a alguien mayor como ejemplo, que le pudiera ofrecer un refugio ante las tormentas. ¿Cómo se las hubiese arreglado en los momentos difíciles, sin la fortaleza de Jacqui? Antoinette no tenía a nadie que la respaldara.

—¿Así que eliges ponerte de su lado? —Dijo Margot entre dientes— Créeme que te arrepentirás, como lo hice yo. No la conoces tanto como yo —apuntó con el dedo de uña carmesí a Antoinette, quien empezó sollozar—. Es igual a su...

—¡Detente!—rugió Pierre— No toleraré discusiones durante la cena. Margot, cállate, ya has dicho suficiente.

Margot se levantó de un salto y su silla se volcó con un estruendo.

—¿Me estás diciendo que me calle? Me iré entonces. Pero no pienses que no he intentado advertirte. Tendrás lo que te mereces, Pierre.

Se marchó hacia la puerta, pero luego se volvió y miró a Cassie con un odio manifiesto.

—Todos tendrán lo que se merecen.




CAPÍTULO OCHO


Cassie contuvo la respiración, mientras los pasos enojados de Margot se alejaban por el pasaje. Echó un vistazo alrededor de la mesa, y vio que no era la única que estaba paralizada por el arrebato agresivo de la rubia. Marc tenía los ojos grandes como platillos y la boca bien apretada. Ella se chupaba el dedo. Antoinette estaba con el ceño fruncido por la furia contenida.

Murmurando una grosería, Pierre empujó la silla.

—Yo me encargo —dijo él, dando zancadas hacia la puerta—. Lleva a los niños a la cama.

Cassie, aliviada por tener trabajo para hacer, se levantó y ojeó los platos y la vajilla sucia sobre la mesa. ¿Tenía que levantar la mesa, o pedirles a los niños que ayudaran? La tensión flotaba en el aire, espesa como el humo. Quería hacer una actividad familiar normal y rutinaria, como lavar los platos, para dispersar el humo.

Antoinette vio hacia dónde apuntaba su mirada.

—Deja todo —le dijo de mal modo—. Alguien lo limpiará luego.

—Bueno, es hora de irse a la cama, entonces — dijo Cassie en un tono alegre forzado.

—No quiero ir a la cama —protestó Marc, mientras se balanceaba con la silla hacia atrás.

Cuando perdió el equilibrio, fingió un alarido y se agarró del mantel. Cassie saltó a su rescate. Fue lo suficientemente rápida para impedir que la silla se cayera, pero era demasiado tarde para evitar que Marc tumbara dos vasos, y un plato se estrellara en el piso.

—Vamos para arriba —ordenó, intentando sonar rígida, pero tenía la voz aguda e inestable por el cansancio.

— Quiero salir —anunció Marc, mientras corría rápidamente hacia las puertas francesas.

Recordando cómo la había aventajado en el bosque, Cassie se lanzó detrás de él. Cuando lo alcanzó ya había abierto la cerradura, pero pudo atraparlo y evitar que abriera la puerta. Miró sus reflejos en el vidrio oscuro. El niño con su cabello rebelde y su expresión impenitente, y ella. Con los dedos aferraba los hombros del niño, tenía los ojos grandes y ansiosos, y el rostro pálido como una hoja.

Verse a sí misma en ese momento inesperado, la hizo darse cuenta de que, hasta ahora, había fracasado en sus funciones. Había transcurrido un día entero desde que había llegado y no había estado a cargo ni por un minuto. Se engañaba a sí misma si pensaba lo contrario. Sus expectativas de adaptarse a la familia y de ser querida, o al menos agradarle a los niños, habían sido poco realistas. No tenían una pizca de respeto por ella y no sabía cómo podía cambiar las cosas.

—Hora de irse a la cama —repitió con cansancio.

Con su mano izquierda firme sobre el hombro de Marc, retiró la llave de la cerradura. Vio que había un gancho en la pared lo suficientemente alto y la colgó allí. Se dirigió hacia la planta alta sin soltar a Marc, con Ella trotando a su lado. Antoinette se arrastraba abatida detrás, y dio un portazo a la puerta de su dormitorio sin siquiera decir buenas noches.

— ¿Quieres que te lea una historia? —le preguntó a Marc, pero él sacudió la cabeza.

—Bueno. A la cama entonces. Si te vas a dormir ahora, mañana puedes levantarte temprano y jugar con tus soldados.

Fue el único incentivo que se le ocurrió, pero parecía haber funcionado. O quizás el cansancio al fin lo había alcanzado. De cualquier forma y para su alivio, él hizo lo que le pidió. Lo arropó con el acolchado y se dio cuenta de que sus manos temblaban de puro cansancio. Si él volvía a escaparse, sabía que estallaría en lágrimas. No estaba convencida de que se quedara en la cama, pero, por ahora, al menos su trabajo estaba cumplido.

—Quiero una historia —dijo Ella, tirando de su brazo—. ¿Me lees una?

—Claro que sí.

Cassie fue hasta su dormitorio y eligió un libro de la pequeña selección que había sobre el estante. Ella saltó sobre la cama rebotando en el colchón con alegría, y Cassie se preguntó con qué frecuencia le habían leído historias antes, porque no parecía formar parte de su rutina habitual. Aunque suponía que la infancia de Ella no había sido muy normal hasta ahora.

Le leyó la historia más corta que encontró, para que luego Ella insistiera en que le leyera una segunda. Las palabras nadaban frente a sus ojos cuando llegó al final y cerró el libro. Levantó la mirada y vio con alivio que la lectura había tranquilizado a Ella, y finalmente se había dormido.

Apagó la lámpara y cerró la puerta. Regresó por el corredor y, en silencio, echó un vistazo a Marc. Afortunadamente, la habitación estaba oscura y podía sentir su suave respiración.

Cuando abrió la puerta de Antoinette, la luz estaba prendida. Antoinette estaba sentada en la cama y garabateaba unas notas en un cuaderno de tapa color rosa.

—Debes golpear antes de entrar —la reprendió—. Es una regla.

—Lo siento. Te prometo que lo haré de ahora en más —se disculpó Cassie.

Temía que el quiebre de esa regla se transformara en una discusión, pero, por el contrario, ella volvió a escribir algunas palabras más en su cuaderno, antes de cerrarlo.

—¿Estás terminando tu tarea? —le preguntó Cassie con sorpresa, Antoinette no parecía ser una persona que dejaba las cosas para último momento.

Su dormitorio estaba impecable. La ropa que había usado más temprano estaba doblada en el cesto de la ropa sucia, y su prolija mochila estaba lista debajo de un blanco y perfectamente ordenado escritorio.

Cassie se preguntaba si Antoinette sentía que a su vida le faltaba control, e intentaba ejercerlo en su ambiente más cercano. O quizás, como la niña de cabello oscuro ya había demostrado, estaba resentida por la presencia de una niñera, e intentaba probar que no necesitaba a nadie que la cuidara.

—Mi tarea ya está hecha. Estaba escribiendo en mi diario íntimo —le dijo Antoinette.

—¿Lo haces todas las noches?

—Lo hago cuando estoy enojada.

Tapó la lapicera.

—Lamento lo que pasó esta noche —dijo Cassie con empatía, sintiendo como si caminara sobre un hielo que se podía quebrar en cualquier momento.

—Margot me odia y yo la odio a ella —dijo Antoinette, con la voz un tanto temblorosa.

—No, no creo que eso sea cierto —protestó Cassie, pero Antoinette sacudió la cabeza.

—Es cierto. La odio. Desearía que estuviera muerta. Ya me había dicho cosas así. Me enoja tanto que podría matarla.

Cassie se la quedó mirando, conmocionada.

No eran solamente las palabras de Antoinette, sino la tranquilidad con que las decía lo que le produjo escalofríos. No sabía cómo tenía que responder. ¿Era normal que una niña de doce años tuviera esos pensamientos asesinos? Sin dudas, Antoinette necesitaba la ayuda de alguien más calificado para controlar su ira. Un terapeuta o psicólogo, incluso un párroco.

Ante la falta de alguien competente, supuso que ella era la única que estaba disponible.

Cassie repasó sus propios recuerdos, intentó recordar lo que hacía y decía a esa edad. Cómo había reaccionado y qué había sentido cuando su propia situación se había descontrolado. ¿Alguna vez había querido matar a alguien?

De pronto recordó a una de las novias de su padre, Elaine, una rubia con uñas largas y rojas, y una risa ruidosa y estridente. Se odiaban. Durante los seis meses que Elaine estuvo en escena, Cassie la había detestado. No recordaba haberle deseado la muerte, pero definitivamente había deseado que desapareciera.

Probablemente esto era lo mismo. Antoinette estaba siendo más honesta, eso era todo.

—Lo que dijo Margot no fue para nada justo —coincidió Cassie, porque no había sido justo—. Pero la gente dice cosas que no siente cuando está enojada.

Por supuesto, cuando estaba enojada también decía la verdad, pero no iba a tomar ese camino.

—Ah, pero ella lo siente —le aseguró Antoinette.

Estaba inquieta con la lapicera, girándole la tapa una y otra vez.

—Mi papá siempre está de su lado ahora. Siempre piensa en ella y nunca en nosotros. Era distinto cuando mi madre estaba viva.

Cassie asintió con empatía. Ella también había vivido esa experiencia.

—Lo sé —dijo ella.

—¿Cómo lo sabes? —Antoinette la miró con curiosidad.

—Mi madre murió cuando yo era más joven. Mi padre también traía novias nuevas, eh, quiero decir, trajo a su nueva prometida a mi casa. Eso causaba muchos enfrentamientos y hostilidades. Yo no les agradaba y ellas no me agradaban a mí. Por suerte tenía una hermana mayor.

Cassie se volvió a corregir rápidamente.

—Tengo una hermana mayor, Jacqui. Ella le hacía frente a mi padre y me protegía cuando había peleas.

Antoinette asintió.

—Esta noche estuviste de mi lado. Nadie había hecho eso antes. Gracias por haberlo hecho.

Se quedó mirando a Cassie con los ojos grandes y azules, y Cassie sintió un nudo en la garganta ante la inesperada gratitud.

—Para eso estoy aquí —le dijo.

—Lamento haberte dicho que caminaras por las ortigas.

Miró rápidamente las ronchas en las manos de Cassie, aún hinchadas e inflamadas.

—No hay problema, de verdad. Era una broma.

Ahora las lágrimas inundaban sus ojos y la empatía brotaba de su interior. No había anticipado que Antoinette bajara la guardia. Ella entendía exactamente cuán sola y vulnerable se debía sentir. Era terrible pensar que Antoinette ya había sufrido maltrato verbal de Margot, sin que nadie la protegiera y con el padre poniéndose en su contra deliberadamente.

Bueno, ahora sí tenía a alguien. Cassie estaba de su lado y la apoyaría sin importar las consecuencias. El día no había sido un completo desastre si había logrado acercarse a esa niña compleja y conflictiva.

—Ahora intenta dormir. Las cosas estarán mejor en la mañana.

—Eso espero. Buenas noches, Cassie.

Cassie cerró la puerta resollando violentamente y limpiándose la nariz con la manga. El cansancio y las emociones la estaban venciendo. Se apresuró por el corredor, tomó su pijama y fue a tomarse una ducha.

Finalmente, cuando estaba parada debajo del chorro de agua humeante, permitió que fluyeran las lágrimas.



*



Aunque el agua caliente había tranquilizado sus emociones, también había reavivado su piel. Las picaduras de la ortiga empezaron a producirle un escozor insoportable. Se restregó bien fuerte con la toalla para rascarse la comezón, pero solamente logró expandirla.

Luego de meterse en la cama, se dio cuenta de que estaba tan incómoda que no podía dormir. El rostro y los brazos le punzaban y ardían. Rascarse era un alivio momentáneo y en realidad aumentaba el dolor.

Luego de lo que parecieron horas de intentar dormir sin éxito, Cassie admitió la derrota. Necesitaba algo que le calmara la piel. El armario que había en la ducha solamente almacenaba elementos indispensables, pero había visto uno más grande en el baño que estaba al lado del dormitorio de Ella. Quizás allí habría algo que podría servirle.




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