Objetivo Principal: La Forja de Luke Stone — Libro n° 1
Jack Mars


"Uno de los mejores thrillers que he leído este año."--Críticas de Libros y Películas (referente a Por Todos Los Medios Necesarios)En el muy esperado debut de una nueva serie del exitoso autor Jack Mars, cuando el soldado de élite de las Fuerzas Delta, Luke Stone, de 29 años, se une a una agencia secreta del gobierno, es enviado a la misión de su vida: una trepidante carrera entre Europa y Oriente Medio para salvar a la hija del Presidente antes de ser decapitada por los terroristas.En OBJETIVO PRINCIPAL (Libro nº1), vemos la forja de uno de los soldados más duros y letales del mundo: Luke Stone. Un veterano de 29 años que ha visto suficientes batallas para toda su vida, Luke es reclutado por el Equipo de Respuesta Especial, una nueva agencia secreta del FBI (dirigida por su mentor, Don Morris) para abordar las operaciones de terrorismo de mayor riesgo en el mundo.Luke, aún atormentado por su pasado en tiempos de guerra y recién casado con una embarazada Becca, es enviado a una misión en Irak, con su nuevo compañero Ed Newsam, para capturar a un contratista estadounidense deshonesto. Pero lo que comienza como una misión rutinaria se convierte en algo mucho más grande.Cuando la hija adolescente del Presidente es secuestrada en Europa y mantenida como rehén por terroristas, Luke puede ser el único en el mundo que pueda salvarla antes de que sea demasiado tarde.OBJETIVO PRINCIPAL es un thriller militar indescriptible, un viaje de acción salvaje que te mantendrá pasando las páginas hasta altas horas de la noche. Marca el esperado inicio de una nueva serie fascinante del número 1 en ventas Jack Mars, calificado como "uno de los mejores autores de suspense."“Thriller en su máxima expresión.”--Midwest Book Review (referente a Por Todos los Medios Necesarios)También está disponible la serie THRILLER LUKE STONE, superventas de Jack Mars (7 libros), que comienza con Por Todos los Medios Necesarios (Libro nº 1), ¡una descarga gratuita con más de 800 reseñas de cinco estrellas!







OBJETIVO PRINCIPAL



(LA FORJA DE LUKE STONE — LIBRO 1)



Jack mars


Jack Mars



Jack Mars es un ávido lector y fanático de toda la vida del género thriller. POR TODOS LOS MEDIOS NECESARIOS es el thriller de debut de Jack. A Jack le gusta saber de ti, así que no dudes en visitar www.jackmarsauthor.com para unirte a la lista de correo electrónico, recibir un libro gratis, recibir regalos gratis, conectarte en Facebook y Twitter, ¡y mantenerse en contacto!



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LIBROS POR JACK MARS



LUKE STONE THRILLER SERIES

POR TODOS LOS MEDIOS NECESARIOS (Libro #1)



SERIE PRECUELA LA FORJA DE LUKE STONE

OBJETIVO PRINCIPAL (Libro #1)

MANDO PRINCIPAL (Libro #2)



LA SERIE DE ESPÍAS DE KENT STEELE

AGENTE CERO (Libro #1)

OBJETIVO CERO (Libro #2)

CACERÍA CERO (Libro #3)


CONTENIDO



CAPÍTULO UNO (#u80f17d80-4ba1-548c-8782-6a9b9c9dcea4)

CAPÍTULO DOS (#uf4899cdf-e32c-55df-b6aa-89a3ef6ca9fe)

CAPÍTULO TRES (#u996e5cc6-0c65-5eef-a04f-5e0a8ef71952)

CAPÍTULO CUATRO (#u1adda0ff-6b6f-57f4-9d13-cfa3c67b8bc8)

CAPÍTULO CINCO (#u2f87b09d-a328-568d-9b63-e82e5c5c3ecf)

CAPÍTULO SEIS (#u7498b766-89d9-5f44-91ca-d44505b77495)

CAPÍTULO SIETE (#u3b2e1eaf-afe1-50c6-90d3-2e5ce20a07f8)

CAPÍTULO OCHO (#ufad44224-6385-5b86-882f-81424ff86e97)

CAPÍTULO NUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIEZ (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO ONCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DOCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TRECE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO CATORCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO QUINCE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO DIECINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIUNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIDOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTITRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICUATRO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTICINCO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISÉIS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTISIETE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTIOCHO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO VEINTINUEVE (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y UNO (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y DOS (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y TRES (#litres_trial_promo)

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO (#litres_trial_promo)




CAPÍTULO UNO


16 de marzo de 2005

14:45 Hora de Afganistán (5:15 Hora del Este)

Base Aérea de Bagram

Provincia de Paruán, Afganistán



—Luke, no tienes que hacer esto —dijo el Coronel Don Morris.

El Sargento de primera clase Luke Stone se mantuvo en calma dentro de la oficina de Don. La oficina en sí estaba dentro de una gloriosa choza Quonset de metal corrugado, no lejos de donde comenzaba la nueva pista de aterrizaje.

La base aérea era un país de las maravillas con un sonido constante: había excavadoras cavando y pavimentando, trabajadores de la construcción que martilleaban cientos de barracones de madera contrachapada, para reemplazar las tiendas de campaña donde las tropas destacadas aquí habían vivido anteriormente y, por si eso no fuera suficiente, había ataques con cohetes talibanes desde las montañas circundantes y terroristas suicidas en motocicleta que se lanzaban sobre las barreras delanteras.

Luke se encogió de hombros. Su pelo era más largo que el permitido por las directrices militares. Tenía una barba de tres días. Llevaba un traje de vuelo sin ninguna indicación de rango.

—Sólo estoy siguiendo órdenes, señor.

Don negó con la cabeza. Su pelo era negro, entremezclado entre gris y blanco. Su rostro parecía haber sido tallado en granito. De hecho, todo su cuerpo podría haberlo sido. Sus ojos azules eran profundos e intensos. El color de su cabello y las líneas en su rostro eran las únicas señales de que Don Morris había estado vivo en la Tierra durante más de cincuenta y cinco años.

Don estaba empaquetando los escasos enseres de su oficina. Uno de los fundadores legendarios de las Fuerzas Delta se retiraba del Ejército de los Estados Unidos. Había sido seleccionado para fundar y administrar una pequeña agencia de inteligencia en Washington, DC, un grupo semiautónomo dentro del FBI. Don se refería a él como unas Fuerzas Delta civiles.

—No te atrevas a llamarme señor, —dijo— y si sólo estás siguiendo órdenes, entonces sigue esta: rechaza la misión.

Luke sonrió. —Me temo que ya no eres mi oficial al mando. Tus órdenes no tienen demasiado peso ya. Señor.

Los ojos de Don se encontraron con los de Luke. Los mantuvo allí un largo rato.

—Es una trampa mortal, hijo. Dos años después de la caída de Bagdad, el esfuerzo de guerra en Irak es una cagada total. Aquí, en el país de Dios, controlamos el perímetro de esta base, el aeropuerto de Kandahar, el centro de Kabul y poco más. Amnistía Internacional, la Cruz Roja y la prensa europea, todos están armando jaleo sobre los puntos negros y las prisiones de tortura, incluso aquí mismo, a trescientos metros de donde estamos. Los jefazos sólo quieren cambiar el relato. Necesitan una victoria en mayúsculas. Y Heath quiere una pluma en su gorra. Eso es todo lo que siempre ha querido. Por nada de eso vale la pena morir.

—El Teniente Coronel Heath ha decidido dirigir la incursión personalmente, —dijo Luke. —Me informaron hace menos de una hora.

Los hombros de Don se desplomaron. Luego asintió.

—No me sorprende. —dijo—¿Sabes cómo solíamos llamar a Heath? Capitán Ahab. Se fija en algo, algo así como una ballena y la perseguirá hasta el fondo del mar. Y estará feliz de llevarse a todos sus hombres con él.

Don hizo una pausa. Suspiró.

—Escucha, Stone, no tienes nada que demostrarme; ni a mí, ni a nadie. Te has ganado un permiso. Puedes rechazar esta misión. Demonios, en un par de meses, podrías dejar el Ejército si quisieras y unirte a mí en Washington DC. Eso me gustaría.

Ahora Luke casi se rió. —Don, no todos aquí son de mediana edad. Tengo treinta y un años. No creo que un traje y una corbata y el almuerzo en mi escritorio, sea lo mío todavía.

Don sostenía una fotografía enmarcada en sus manos. Se cernía sobre una caja abierta. La miró fijamente. Luke conocía bien la foto. Era una instantánea de color descolorido de cuatro jóvenes sin camiseta, Boinas Verdes, haciendo muecas a la cámara antes de una misión en Vietnam. Don era el único de esos hombres que todavía estaba vivo.

—Tampoco es lo mío, —dijo Don.

Miró a Luke de nuevo.

—No mueras allí esta noche.

—No pienso hacerlo.

Don miró de nuevo la foto. —Nadie lo hace, —dijo.

Por un momento, miró por la ventana los picos nevados del Hindú Kush que se alzaban alrededor de ellos. Sacudió la cabeza. Su amplio pecho subía y bajaba. —Tío, voy a echar de menos este lugar.



* * *



—Caballeros, esta misión es un suicidio, —dijo el hombre al frente de la sala. —Y es por eso que envían a hombres como nosotros.

Luke se sentó en una silla plegable, en la sala de reuniones hecha de bloques de cemento; otros veintidós hombres estaban sentados en las sillas a su alrededor. Eran todos operarios de las Fuerzas Delta, lo mejor de lo mejor. Y la misión, como la había entendido Luke, era difícil, pero no necesariamente suicida.

El hombre que daba esta última sesión informativa era el Teniente Coronel Morgan Heath, un comandante tan práctico y entusiasta como el que más. Aun con cuarenta años, estaba claro que las Delta no eran el final del camino para Heath. Se había posicionado en su rango actual y sus ambiciones parecían apuntar hacia un perfil más alto. Política, tal vez un contrato para un libro, quizá una temporada en la televisión como experto militar.

Heath era guapo, estaba muy en forma y era excesivamente ​​impaciente. Eso no era inusual en un miembro de las Delta. Pero también hablaba mucho. Y eso no era típico de las Delta en absoluto.

Luke lo había visto una semana antes, concediéndole una entrevista a un reportero y a un fotógrafo de la revista Rolling Stone y adiestrando a los muchachos sobre las avanzadas capacidades de navegación y sigilo de un helicóptero MH-53J (no era necesariamente información clasificada, pero definitivamente no era el tipo de cosas que quieres compartir con todos).

Stone casi le instó a que lo hiciera. Pero no lo hizo.

No lo hizo, no porque Heath estuviera por encima de él (eso no importaba en las Delta o no debería importar), sino porque se podía imaginar de antemano la respuesta de Heath:

—¿Crees que los talibanes leen revistas de pop americanas, Sargento?

Ahora, la presentación de Heath era tecnología de última generación, comparada con los diez años anteriores, un PowerPoint sobre fondo blanco. Un joven con turbante y barba oscura apareció en la pantalla.

—Todos ustedes conocen a su hombre, —dijo Heath. —Abu Mustafa Faraj al-Jihadi nació en algún momento alrededor de 1970 entre una tribu de nómadas al este de Afganistán o en las regiones tribales del oeste de Pakistán. Probablemente no tuvo educación formal de la que hablar y su familia posiblemente cruzó la frontera como si ni siquiera hubieran estado allí. Al Qaeda corre por sus venas. Cuando los soviéticos invadieron Afganistán en 1979, según todos los informes, se unió a la resistencia como un niño soldado, posiblemente tendría como unos ocho o nueve años. Después de todo este tiempo, décadas de guerra sin descanso y, por alguna razón, todavía respira. Demonios, todavía está vivito y coleando. Creemos que es el responsable de organizar al menos una veintena de importantes ataques terroristas, incluidos los ataques suicidas del pasado octubre en Mumbai y el atentado al USS Sarasota en el puerto de Adén, en el que murieron diecisiete marineros estadounidenses.

Heath hizo una pausa para provocar efecto. Miró a todos en la habitación.

—Este tipo es una mala noticia. Cogerlo será la mejor alternativa para derribar a Osama bin Laden. ¿Queréis ser héroes? Esta es vuestra noche.

Heath hizo clic a un botón en su mano. La foto en la pantalla cambió. Ahora era una imagen dividida: a un lado del borde vertical había una toma aérea del complejo de al-Jihadi, justo a las afueras de una pequeña aldea; al otro lado había una representación tridimensional de lo que se creía que era la casa de al-Jihadi. La casa tenía dos pisos, estaba hecha de piedra, construida contra una colina empinada; Luke sabía que era posible que la parte posterior de la casa estuviera conectada a una red de túneles.

Heath inició una descripción de cómo iría la misión. Dos helicópteros, doce hombres en cada uno. Los helicópteros se instalarían en un campo, justo por fuera de las paredes del complejo, descargarían a los hombres, luego despegarían nuevamente y proporcionarían apoyo aéreo.

Los doce hombres del Equipo A, el equipo de Luke y Heath, derribarían las paredes, entrarían en la casa y asesinarían a Al-Jihadi. Si era posible, se llevarían el cuerpo en una camilla y lo devolverían a la base. Si no, lo fotografiarían para su posterior identificación. El Equipo B se quedaría a cargo de defender los muros y del acceso al complejo desde el pueblo.

Los helicópteros volverían a aterrizar y recogerían a ambos equipos. Si por alguna razón los helicópteros no pudieran aterrizar de nuevo, los dos equipos se dirigirían a una antigua base de artillería estadounidense abandonada, en una ladera rocosa a menos de medio kilómetro fuera de la aldea. La recogida se llevaría a cabo allí, o los equipos se mantendrían en la antigua base hasta que la extracción pudiera llevarse a cabo. Luke se sabía todo esto de memoria, pero no le gustaba la idea de atrincherarse en esa antigua base de artillería.

—¿Y si esa base de artillería está comprometida? —dijo.

—¿Comprometida en qué sentido? —dijo Heath.

Luke se encogió de hombros. —No lo sé, dígamelo usted. Una trampa explosiva, custodiada por francotiradores talibanes o utilizada por pastores de ovejas como un lugar para reunir su rebaño.

Alrededor de la sala, algunas personas se rieron.

—Bueno, —dijo Heath —las imágenes más recientes de nuestros satélites muestran el lugar vacío. Si hay ovejas allí arriba, entonces habrá ropa de cama agradable y mucha comida. No se preocupe, Sargento Stone, esto va a ser un ataque preciso de decapitación. Dentro y fuera, desaparecemos casi antes de que se den cuenta de que estamos allí. No vamos a necesitar la antigua base de artillería.



* * *



—Madre de Dios, Stone, —dijo Robby Martínez. —Tengo un mal presentimiento sobre esto, tío. Mira esta noche, no hay luna, el viento corre frío, aullador. Vamos a morder el polvo, seguro. Vamos a ver el infierno esta noche, lo sé.

Martínez era pequeño, delgado, de semblante afilado. No había una pizca de carne desperdiciada en su cuerpo. Cuando hacía ejercicio con pantalones cortos y sin camisa, parecía un dibujo de la anatomía humana, cada grupo de músculos cuidadosamente delineado.

Luke estaba revisando e inspeccionando su mochila y sus armas.

—Siempre tienes un mal presentimiento, Martínez, —dijo Wayne Hendricks. Estaba sentado al lado de Luke. —Por la forma en que hablas, cualquiera pensaría que nunca antes has visto un combate.

Hendricks era el mejor amigo de Luke en el ejército. Era grande y de cuerpo grueso, como los campesinos del centro-norte de Florida, donde había crecido cazando jabalíes con su padre. Le faltaba el diente delantero derecho: le dieron un puñetazo en una pelea en un bar de Jacksonville cuando tenía diecisiete años y nunca lo reemplazó. Él y Luke no tenían casi nada en común, excepto el fútbol: Luke había sido quarterback en su equipo de la universidad, Wayne había jugado como tight end. Aun así, encajaron en el mismo instante en que se vieron por primera vez en el comando 75.

Parecía que lo hacían todo juntos.

La esposa de Wayne estaba embarazada de ocho meses. La esposa de Luke, Rebecca, estaba de siete meses. Wayne tenía una niña en camino y le había pedido a Luke que fuera su padrino. Luke tenía un niño en camino y le había pedido a Wayne que fuera el padrino del niño. Una noche, mientras se emborrachaban en un bar a las afueras de Fort Bragg, Luke y Wayne se cortaron las palmas de la mano derecha con un cuchillo serrado y se dieron la mano.

Hermanos de sangre.

Martínez sacudió la cabeza. —Sabes dónde he estado, Hendricks. Y sabes lo que he visto. De todos modos, no te estaba hablando a ti.

Luke miró por el portón abierto. Martínez tenía razón, la noche era fría y ventosa. El polvo helado soplaba a través de la plataforma, cuando los helicópteros se preparaban para el despegue. Las nubes se deslizaban por el cielo, iba a ser una mala noche para volar.

De todos modos, Luke se sentía confiado. Tenían lo que necesitaban para ganar esta batalla. Los helicópteros eran MH-53J Pave Lows, los helicópteros de transporte más avanzados y potentes del arsenal de los Estados Unidos.

Tenían un moderno radar de seguimiento del terreno, lo que significaba que podían volar muy bajo. Tenían sensores infrarrojos para poder volar con mal tiempo y alcanzar una velocidad máxima de 165 kilómetros por hora. Estaban blindados con una armadura, para repeler todo lo que no fuera la artillería más pesada que pudiera tener el enemigo. Y los transportaba el 160º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales del Ejército de EE.UU., de nombre en clave Cazadores Nocturnos, las Fuerzas Delta de pilotos de helicópteros, (probablemente, los mejores pilotos de helicópteros del mundo).

La redada estaba programada para una noche sin luz de luna, de modo que los helicópteros pudieran acceder al área de operaciones a ras de suelo, sin ser detectados. Los helicópteros iban a utilizar el terreno montañoso y las técnicas de contorno táctico para llegar al complejo sin aparecer en el radar y alertar a cualquier persona hostil, (especialmente a los servicios militares y de inteligencia pakistaníes, que se sospechaba que cooperaban con los talibanes para ocultar el objetivo).

Con amigos como los pakistaníes...

Los edificios bajos de la base aérea y la torre de control de vuelo se encogieron ante el asombroso telón de fondo de las montañas cubiertas de nieve. Cuando Luke miró por la compuerta, dos aviones de combate despegaron a medio kilómetro de distancia, el rugido de sus motores era casi ensordecedor. Un momento después, los jets rompieron la barrera del sonido en algún lugar en la distancia. Los despegues fueron ruidosos, pero los estallidos sónicos fueron silenciados por el viento a gran altura.

El motor del helicóptero cobró vida. Las hélices del rotor empezaron a girar, al principio lentamente, luego con una velocidad creciente. Luke miró a lo largo de la línea. Diez hombres con monos y cascos, sin incluirse a sí mismo, estaban revisando y repasando compulsivamente su equipo. El duodécimo, el Teniente Coronel Heath, estaba recostado en la cabina, en la parte delantera del helicóptero, hablando con los pilotos.

—Te lo estoy diciendo, Stone, —dijo Martínez.

—Te he oído la primera vez, Martínez.

—La buena suerte no dura para siempre, tío, los buenos días se acaban.

—No me preocupo porque, en mi caso, no es suerte, —dijo Wayne. —Es habilidad.

Martínez se burló de eso.

—¿Un gran bastardo gordo como tú? Tienes suerte cada vez que una bala no te atraviesa. Eres la cosa más grande y lenta que hay aquí.

Luke reprimió una carcajada y volvió a centrarse en su equipo. Sus armas incluían un rifle de asalto HK416 y un MP5 para peleas cuerpo a cuerpo. Las armas estaban cargadas y tenía munición adicional metida en los bolsillos. Tenía una pistola SIG P226, cuatro granadas, una herramienta para cortar y romper y unas gafas de visión nocturna. Este dispositivo de visión nocturna en particular era el GPNVG-18, mucho más avanzado y con un campo de visión mucho más amplio que las gafas de visión nocturna estándar que se ofrecían a los típicos militares.

Estaba listo para la fiesta.

Luke sintió que el helicóptero despegaba. Miró hacia arriba, estaban en movimiento. A su izquierda, vio el segundo helicóptero, también dejando su plataforma.

—Vosotros dos sois los hombres vivos más afortunados, en lo que a mí respecta, —dijo.

—¿Ah, sí? —dijo Martínez. —¿Eso por qué?

Luke se encogió de hombros y sonrió. —Estás montando conmigo.



* * *



El helicóptero voló bajo y rápido.

Las colinas rocosas zumbaban debajo de ellos, tal vez sesenta metros más abajo, casi lo suficientemente cerca como para tocarlas. Luke observó la profunda oscuridad a través de la ventana. Supuso que se estaban moviendo a más de cien kilómetros por hora.

La noche era negra y volaban sin luces. Ni siquiera podía ver el segundo helicóptero ahí fuera.

Parpadeó y, en su lugar, vio a Rebecca. Ella sí era algo que merecía la pena contemplar. No tanto por los detalles físicos de su rostro y su cuerpo, que eran realmente hermosos, sino por su esencia. En los años que habían estado juntos, él había llegado a ver más allá de lo físico. Pero el tiempo pasaba muy rápido. La última vez que la vio, ¿cuándo fue eso, hace dos meses? Su embarazo acababa de empezar a notarse.

Necesito volver.

Luke miró hacia abajo, a su MP5, que estaba sobre su regazo. Por una fracción de segundo, casi parecía estar viva, como si de repente decidiera comenzar a disparar por su cuenta. ¿Qué estaba haciendo con esta cosa? Tenía un hijo en camino.

—¡Caballeros! —gritó una voz. Luke casi se salió de su cuerpo. Levantó la vista y Heath se paró frente al grupo. —Nos acercamos al objetivo, tiempo estimado unos diez minutos aproximadamente. Acabo de recibir un informe de la base. Los fuertes vientos han levantado un montón de polvo, nos vamos a encontrar con un poco de mal tiempo desde aquí hasta el objetivo.

—Fantástico —dijo Martínez. Miró a Luke, con ojos significativos.

—¿Qué se supone que significa eso, Martínez? —dijo Heath.

—¡Me encanta el clima, señor! —gritó Martínez.

—¿Ah, sí? —dijo Heath. —¿Y eso por qué?

—Aumenta el peligro hasta doce veces. Hace la vida más emocionante.

Heath asintió. —Buen chico. ¿Quieres emoción? Pues parece que podríamos estar aterrizando en condiciones cero-cero.

A Luke no le gustó cómo sonaba eso. Cero-cero significaba cero cielo, cero visibilidad. Los pilotos se verían obligados a dejar que el sistema de navegación del helicóptero les hiciera el avistamiento. Eso estaba bien, lo peor era el polvo. Aquí, en Afganistán, era tan fino que fluía casi como el agua. Podía aparecer a través de las grietas más pequeñas. Podía entrar en los engranajes y en las armas. Las nubes de polvo podían causar apagones, ocultando por completo cualquier obstáculo hostil, que pudiera estar esperando en la zona de aterrizaje.

Las tormentas de polvo acechaban las pesadillas de cada soldado aerotransportado en Afganistán.

Como si fuera una señal, el helicóptero se estremeció y recibió un golpe de viento lateral. Y así, se metieron de lleno dentro de la tormenta de polvo. El sonido fuera del helicóptero cambió; hacía un momento, todo lo que se podía oír era el fuerte zumbido de los rotores y el rugido del viento. Ahora, el sonido del polvo arremolinándose y golpeando el exterior del helicóptero competía con los otros dos sonidos. Sonaba casi como la lluvia.

—¡Informe del polvo! —gritó Heath.

Los hombres estaban en las ventanas, mirando hacia fuera, a la nube que echaba chispas.

—¡Polvo en la rueda de la cola! —gritó alguien.

—¡Polvo en la compuerta de carga! —dijo Martínez.

—¡Polvo en el equipo de aterrizaje!

—¡Polvo en la puerta de la cabina!

En segundos, el helicóptero fue engullido. Heath repitió cada intervención en sus auriculares. Ahora estaban volando a ciegas, el helicóptero atravesaba un cielo espeso y oscuro.

Luke se quedó mirando la arena que golpeaba las ventanas. Era difícil creer que todavía estuvieran en el aire.

Heath se llevó una mano al casco.

—Pirata 2, Pirata 2… sí, copia. Adelante, Pirata 2.

Heath tuvo contacto por radio con el otro equipo de la misión, por dentro de su casco. Al parecer, el segundo helicóptero lo estaba llamando por la tormenta.

El escuchó.

—Negativo a lo de regresar a la base, Pirata 2. Continua según lo planeado.

Los ojos de Martínez se encontraron con los de Luke de nuevo. Sacudió la cabeza. El helicóptero se sacudió y se bamboleó. Luke miró a los hombres en línea. Eran luchadores endurecidos, pero ninguno de ellos parecía ansioso por continuar esta misión.

—Negativo el aterrizaje forzoso, Pirata 2. Te necesitamos en esto...

Heath se detuvo y escuchó de nuevo.

—¿Mayday? ¿Ya?

Esperó. Ahora miraba a Luke, sus ojos eran estrechos y duros. No parecía asustado, parecía frustrado.

—Los he perdido. Ese era nuestro apoyo. ¿Alguno de vosotros puede verlos ahí fuera?

Martínez miró por la ventana. Gruñó. Ya ni siquiera era de noche. No había nada que ver fuera, sólo polvo marrón.

—Pirata 2, Pirata 2, ¿me recibes? —dijo Heath.

Esperó un momento.

—Adelante, Pirata 2. Pirata 2, Pirata 2.

Heath hizo una pausa. Ahora escuchaba.

—Pirata 2, informe de estado. Estado…

Sacudió la cabeza y miró a Luke de nuevo.

—Se han estrellado.

Escuchó de nuevo. —Sólo lesiones menores. Helicóptero desactivado, motores muertos.

De repente, Heath golpeó la pared cerca de su cabeza.

—¡Maldita sea!

Miró a Luke. —Hijo de puta. Los muy cobardes, han abandonado. Sé que lo han hecho. Qué casualidad que sus instrumentos han fallado, se han perdido en la tormenta y se han estrellado a siete kilómetros de un campamento de la División de la Décima Montaña. Qué oportuno, van a caminar hasta allí.

Hizo una pausa. Se le escapó un suspiro. —¿No es el colmo? Nunca pensé que vería a una unidad de Fuerzas Delta hacer “DD” en una misión.

Luke lo miró. Las siglas DD corresponden a done deal. Significaba desaparecer, esconderse, retirarse. Heath sospechaba que los del Pirata 2 pusieron fin a la operación por su cuenta. Tal vez lo habían hecho, tal vez no. Pero podría estar en lo cierto.

—Señor, creo que deberíamos dar la vuelta —dijo Luke. O tal vez deberíamos aterrizar. No tenemos unidad de apoyo y creo que nunca he visto una tormenta...

Heath negó con la cabeza. —Negativo, Stone. Continuamos con unas pequeñas modificaciones: un equipo de seis hombres asalta la casa y otro equipo de seis hombres contiene los alrededores.

—Señor, con el debido respeto, ¿cómo va a aterrizar y despegar de nuevo este helicóptero?

—No hay aterrizaje —dijo Heath. —Nos vamos a deslizar por una la cuerda hacia abajo. Entonces el helicóptero podrá volar en vertical y encontrar la parte más alta de esta tormenta, dondequiera que esté. Podrán volver cuando tengamos el objetivo asegurado.

—Morgan... —comenzó Luke, dirigiéndose a su oficial superior por su nombre de pila, una concesión que sólo podría permitirse en algunos lugares, uno de ellos las Fuerzas Delta.

Heath negó con la cabeza. —No, Stone, quiero a al-Jihadi y voy a cogerlo. Esta tormenta duplica nuestro elemento sorpresa: nunca se esperarán que salgamos del cielo en una noche como esta. Recuerde mis palabras, vamos a ser leyendas después de esto.

Hizo una pausa, mirando directamente a los ojos de Stone. —Tiempo estimado cinco minutos. Asegúrese de tener listos a sus hombres, Sargento.



* * *



—Está bien, está bien —gritó Luke sobre el rugido de los motores, las hélices del helicóptero y la arena que chocaba contra las ventanas.

—¡Escuchad! —las dos líneas de hombres lo miraban fijamente, con sus trajes y cascos, con las armas listas. Heath lo miraba desde el otro extremo. Eran los hombres de Luke y Heath lo sabía. Sin el liderazgo y la cooperación de Luke, Heath podría tener rápidamente un motín encima. Durante una fracción de segundo, Luke recordó lo que Don había dicho:

Solíamos llamarlo Capitán Ahab.

—El plan de la misión ha cambiado. Pirata 2 está jodido cien por cien. Pasamos al Plan B. Martínez, Hendricks, Colley, Simmons. Venís conmigo y con el Teniente Coronel Heath, somos el Equipo A. Nos meteremos en la casa, eliminaremos cualquier oposición, identificaremos el objetivo y lo eliminaremos. Nos vamos a mover muy rápido, así que estad preparados, ¿entendido?

Martínez, como siempre: —Stone, ¿cómo planeas hacer de esto un asalto de doce hombres? Es uno de veinticuatro hombres...

Luke lo miró fijamente. —He dicho: ¿entendido?

Varios gruñidos y murmuraciones indicaron que lo entendían.

—Nadie se nos resistirá —dijo Luke. —Si alguien dispara, o siquiera enseña un arma, están fuera de juego. ¿Copia?

Miró por las ventanas. El helicóptero luchaba a través de una tormenta de mierda marrón, moviéndose rápido, pero muy por debajo de su velocidad máxima. La visibilidad de ahí fuera era cero, menos que cero. El helicóptero se estremeció y se sacudió como confirmando esa evaluación.

—Copia —dijeron los hombres a su alrededor. —Entendido.

—Packard, Hastings, Morrison, Dobbs, Murphy, Bailey. Vosotros sois el Equipo B. Equipo B, nos apoyáis y nos cubrís. Cuando bajemos, dos de vosotros protegéis el lugar de aterrizaje, dos controláis el perímetro cerca de las compuertas. Cuando entremos, dos avanzan y protegen el frente de la casa. También seréis los últimos hombres en salir. Agudizad los ojos, andaos con cuidado. Nadie se mueve contra nosotros. Eliminad toda resistencia, cualquier enemigo posible. Este lugar está destinado a ponerse más caliente que el infierno. Vuestro trabajo es enfriarlo.

Los miró a todos.

—¿Os ha quedado claro?

Le siguió un coro de voces, cada una de diferente profundidad y timbre.

—Claro.

—Claro.

—Claro.

Luke se agachó en la bodega de la tropa. Sintió ese conocido hilo de miedo, de adrenalina, de emoción. Se había tragado una Dexedrina justo después del despegue y estaba empezando a surtir efecto. De repente se sentía más agudo y más alerta que antes.

Conocía los efectos de la droga. Su ritmo cardíaco aumentaba, sus pupilas se dilataban, dejaban entrar más luz y mejoraban su visión. Su audición era más aguda, tenía más energía, más resistencia y podía permanecer despierto durante mucho tiempo.

Los hombres de Luke se sentaban en el filo de sus bancos, los ojos puestos en él. Sus pensamientos iban por delante de su capacidad para hablar.

—Niños —dijo. —Tened cuidado. Sabemos que hay mujeres y niños en el complejo, algunos de ellos familiares del objetivo. No vamos a disparar a mujeres y niños esta noche. ¿Copia?

Voces resignadas respondieron.

—Entendido.

—Copia.

Era inevitable en estas incursiones, el objetivo siempre vivía entre mujeres y niños. Las misiones siempre ocurrían de noche. Siempre había confusión, los niños tendían a hacer cosas impredecibles. Luke había visto a hombres dudar si matar a niños y luego pagar el precio, cuando los niños resultaban ser soldados que no dudaban en matarlos a ellos. Para empeorar las cosas, sus compañeros de equipo luego matarían a los niños soldados, diez segundos demasiado tarde.

La gente moría en la guerra. Morían repentinamente y con frecuencia por las razones más extravagantes, como no querer matar niños, que morían un minuto más tarde de todos modos.

—Dicho esto, no muráis ahí fuera esta noche. Y no dejéis morir a vuestros hermanos.

El helicóptero siguió avanzando, pasando a través de la oscuridad, que bufaba y chillaba. El cuerpo de Luke se mecía y rebotaba con el helicóptero. Fuera, había suciedad y arena volando alrededor de ellos. Estarían ahí fuera en unos momentos a partir de ahora.

—Si cogemos a estos tipos durmiendo, podríamos tener las cosas fáciles. Seguro que no nos esperan esta noche. Quiero dejarme caer, atrapar al objetivo en diez minutos y subir de nuevo en quince minutos.

El helicóptero se mecía y se sacudía; luchaba por permanecer en el aire.

Luke hizo una pausa y cogió aire.

—¡No dudéis! Tomad la iniciativa y mantenedla. Presionadlos y apretadlos. Haced que tengan miedo, haced las cosas con naturalidad.

Esto después de decirles que vigilaran a los niños. Estaba enviando mensajes contradictorios, lo sabía. Tenía que ceñirse al guión, pero era difícil. Una noche oscura, una tormenta de polvo perturbadora, un helicóptero que se había venido abajo antes de que comenzara la misión y un oficial al mando que no daría media vuelta.

Un pensamiento pasó por su mente, rápido como un láser, tan rápido que casi no lo reconoció.

Abortar. Abortar esta misión.

Miró a las dos líneas de hombres. Ellos le devolvieron la mirada. El entusiasmo normal que estos tipos mostraban estaba ausente. Un montón de pares de ojos miraban por las ventanas.

La arena se esparcía contra el helicóptero. Era como si el helicóptero fuera un submarino bajo el agua, excepto que el agua estaba hecha de polvo.

Luke podía abortar la misión, podía anular a Heath. Estos tipos le seguirían por encima de Heath; eran sus hombres, no los de Heath. La recompensa sería el infierno, por supuesto. Heath iría a por él y Don trataría de proteger a Luke.

Pero Don sería un civil.

Los cargos serían, en el mejor de los casos, una insubordinación y, en el peor, un motín. Un juicio militar estaba prácticamente garantizado. Luke conocía los precedentes: una orden lunática y suicida no era necesariamente una orden ilegal. Perdería cualquier caso de juicio militar.

Seguía mirando a los hombres. Todavía lo estaban mirando. Podía verlo en sus ojos, o pensaba que podía:

Cancélalo.

Luke se sacó eso de la cabeza.

Miró a Wayne. Wayne arqueó las cejas y se encogió de hombros.

Depende de ti.

—Está bien, muchachos —dijo Luke. —Golpead fuerte y rápido esta noche, sin perder el tiempo. Entramos, hacemos nuestro trabajo y volvemos a salir. Confiad en mí, esto no dolerá mucho.




CAPÍTULO DOS


22:01 Hora de Afganistán (13:01 Hora del este)

Cerca de la frontera con Pakistán

Distrito de Kamdesh

Provincia de Nurestán, Afganistán



—¡Vamos! —gritó Luke. —¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!

Dos gruesas cuerdas descendieron por la compuerta exterior del helicóptero. Los hombres se dejaron caer, luego desaparecieron en el remolino de polvo. Podrían estar a trescientos metros en el aire, o a tres metros por encima del suelo.

El viento aullaba, todo estaba rociado de arena y tierra cortantes. La cara de Luke estaba cubierta por una máscara de gas. Él y Heath fueron los últimos en salir. Heath llevaba una máscara similar: parecían dos supervivientes de una guerra nuclear.

Heath miró a Luke. Su boca se movió debajo de la máscara.

—¡Vamos a ser leyendas, Stone!

Luke presionó el botón verde de START en su cronómetro. Sería mejor que esto fuese rápido.

Miró por debajo de él. No podía ver ni una maldita cosa por allí, ni en ningún lado. Todo estaba cuestión de fe. Cruzó por un lado y cayó en una oscuridad sombría. Dos segundos después, tal vez tres, tocó el suelo con fuerza. El aterrizaje envió una onda de choque a través de sus piernas.

Soltó la cuerda y miró a su alrededor, tratando de orientarse.

Heath aterrizó un segundo después.

Hombres con máscaras aparecieron de la penumbra: Martínez y Hendricks. Hendricks hizo un gesto detrás de él.

—¡Ahí está la pared!

Algo grande se alzaba allí. De acuerdo, esa era la pared del complejo. Un par de luces tenues brillaban sobre ella.

Hendricks estaba diciendo algo, pero Luke no podía oírlo.

—¿Qué?

—¡Ellos lo saben!

¿Ellos lo saben? ¿Quién? ¿Qué saben?

Por encima de sus cabezas, el sonido de los motores del helicóptero cambió cuando comenzó a elevarse. De repente, una luz brillante brotó de la parte superior de la pared.

Algo les pasó rozando, chirriando mientras lo hacía.

Un mortero.

—¡Ya vienen! —gritó Luke. —¡Ya vienen!

A su alrededor, vagas sombras se arrojaron al suelo.

Otros dos destellos de luz más fueron lanzaron.

Luego otro.

Luego otro.

¿Cómo lo sabían?

En la oscuridad negra del cielo, algo explotó. Estalló en un naranja y un rojo apagados. En la tormenta de arena, la explosión sonó como el crepitar de un trueno lejano. El helicóptero fue golpeado.

Desde su posición avanzada en el suelo, Luke lo vio dar vueltas en el cielo, una raya naranja contra la negrura. Daba vueltas hacia la derecha, ahora girando. Sus motores rugieron y Luke pensó que podía escuchar el sonido de sus cuchillas.

Whump. Whump. Whump. Whump.

Parecía moverse a cámara lenta, a un lado y hacia abajo. Iluminó la noche como una bengala al pasar sobre el muro de piedra del complejo.

¡BUUUM!

Explotó al otro lado de la pared, dentro del recinto. Una bola de fuego subió dos o tres pisos de altura. Por un instante, Luke imaginó que todo había terminado. El helicóptero derribado, los pilotos muertos. El helicóptero de apoyo inoperante. Estaban atrapados aquí y los talibanes parecían saber que iban a venir.

Pero el helicóptero había explotado dentro del recinto, como una bomba.

Y eso podría darles la iniciativa.

Varios hombres con máscaras yacían cerca.

Martínez, Hendricks, Colley, Simmons. Su equipo.

Heath tenía que estar por aquí en alguna parte.

—¡Arriba! —gritó Luke. —¡Arriba! ¡Vamos!

Se puso de pie, arrastrando a la persona más cercana con él. En un instante, todos estaban en funcionamiento, una docena de hombres, moviéndose rápido. La visión nocturna era inútil. Las luces eran inútiles y atraerían el fuego. Simplemente corrieron, dando vueltas en la oscuridad.

En diez segundos, llegaron a la pared. Luke escogió ir a la izquierda y se dirigió hacia allí, abrazando la piedra. A los pocos segundos, llegó a la entrada. Allí estaba el helicóptero, un apocalipsis. Unas pocas siluetas corrían a la luz de las llamas, alejando a los heridos.

Luke no dudó. Corrió a través de la entrada, con su MP5 fuera. Les dio una ráfaga con la pistola, un estallido de fuego automático. Ahora las siluetas se estaban escapando, de vuelta hacia otra sombra que se avecinaba, las luces haciendo señas en el caos.

La casa.

Sus hombres corrían con él.

Más adelante, las siluetas de los hombres se retiraban corriendo por el pequeño tramo de escaleras hasta la casa de piedra. Luke corrió escaleras arriba detrás de ellos.

Dos hombres se encontraron de cara con la puerta, sacando armas automáticas de sus hombros. Llevaban largas barbas y el turbante de los talibanes.

¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP!

Luke disparó sin pensarlo. Los dos hombres cayeron.

De repente, hubo una explosión detrás de él. Miró hacia atrás, era imposible ver lo que estaba pasando. Se metió en la casa. Un instante después, cuatro hombres más aparecieron a su lado: su Equipo A. Tomaron posiciones de tiro en el vestíbulo de piedra, mirando hacia el resto de la casa.

Se quitaron las máscaras de ventilación simultáneamente, casi como si fueran una sola persona. Martínez fue hacia los talibanes derribados y disparó a cada uno en la cabeza. No tocó a ninguno de ellos.

—¡Muerto! —dijo.

Estaba más tranquilo aquí.

—Líder del Equipo B —dijo Luke a través del micrófono de su casco. —¿Estado?

Heath entró corriendo a la casa desde fuera de la oscuridad.

—Líder del Equipo B...

—Estamos conteniendo la puerta principal —dijo una voz dentro del casco de Luke. Era Murphy, su acento del Bronx era inconfundible. —¡Stone! Esto no pinta bien. ¡Ha sido una emboscada! ¡Nos estaban esperando!

—Tú contén la puerta, Murph, saldremos en un par de minutos.

—Será mejor que te des prisa, tío. Alguien sabía que veníamos, no pasará mucho tiempo antes de que vengan más y no puedo ver a más de tres metros delante de mi nariz.

El equipo de Luke ya se había movido más adentro de la casa. El calor entró justo detrás de ellos.

—Aguanta ahí, estamos dentro.

—Hazlo rápido —dijo la voz de Murphy. —No sé si estaremos aquí cuando salgas.

—¡Murphy! ¡Mantén esa puerta! Saldremos enseguida.

—Sí, sí —dijo Murphy.

Luke se volvió hacia el pasillo oscuro.

Apareció otro hombre, un hombre grande con una túnica blanca. Logró alcanzar su gatillo, pero disparó de forma salvaje. Luke se arrodilló, tenía al hombre en el punto de mira.

¡POP! Un círculo rojo oscuro apareció en su pecho.

Parecía sorprendido, pero luego se deslizó, débil, al suelo.

Ahora Luke se movía a través de los oscuros pasillos, escuchando los sonidos de arriba. No tuvo mucho que escuchar.

¡BANG!

Explotó una granada, luego otra.

¡BANG!

Hubo gritos y disparos por delante. Luke se movió lentamente hacia ellos, serpenteando a lo largo de la pared. Ahora había sonidos detrás de él, en el suelo, fuego automático y explosiones.

Luke miró su cronómetro. Llevaban en tierra menos de cuatro minutos y toda la misión ya era un desaguisado.

—¡Stone!

La voz de Murphy otra vez. —Hay problemas. Enemigo a las puertas. Repito: puertas de entrada bajo ataque. Enemigos convergentes, hombres caídos. Hastings ha caído, Bailey ha caído. Estamos retrocediendo hacia la casa.

—Uh, negativo, Equipo B. ¡Contened esas puertas!

—No hay nada que contener —dijo Murphy. ¡Lo están destrozando! Tienen un arma antitanque ahí afuera.

—Aguantad de todos modos, es nuestra única salida.

—¡Maldita sea, Stone!

—Murphy! ¡Contén esas puertas!

Luke corrió más adentro de la casa.

Había gritos justo delante de él. Corrió por una puerta, cruzó el umbral...

Y se topó con una escena de caos total.

Había por lo menos quince personas en una gran sala trasera. Los suelos estaban cubiertos de gruesas alfombras superpuestas. Las paredes estaban bien decoradas con tapices, ornamentados y de colores ricos que representan vastos paisajes: desiertos, montañas, selvas, cascadas.

Simmons estaba muerto. Estaba tendido de espaldas, su cuerpo extendido, sus ojos abiertos, mirando fijamente. Tenía el casco quitado y faltaba un trozo de su cabeza por encima de los ojos. También había dos mujeres muertas y un niño pequeño, un varón, estaba muerto. Tres hombres con túnicas y turbantes estaban muertos. Aquí había habido una masacre, había armas y sangre por todo el suelo.

En la parte posterior, cerca de una puerta cerrada, había una masa de personas de pie. Una multitud de hombres con túnicas y turbantes sostenían niños frente a ellos y apuntaban con los rifles hacia afuera. Detrás de los hombres, otro hombre estaba al acecho: estaba lo suficientemente oculto como para que Luke apenas pudiera verlo.

Él debía ser el objetivo.

Alrededor de la habitación, el equipo de Luke se agachó o se arrodilló, todavía como estatuas, sus armas apuntando hacia el grupo, en busca de un blanco. El Teniente Coronel Heath estaba en el centro de la habitación, su ametralladora MP5 apuntaba a la multitud.

—Está bien —dijo Luke. —Está bien. Que nadie haga na...

—¡Suelten esas armas! —gritó Heath en inglés. Sus ojos eran salvajes, estaba concentrado en una sola cosa: conseguir a esa ballena.

—¡Heath! —dijo Luke. —Relájate, hay niños. Podemos…

—Veo a los niños, Stone.

—Así que vamos a...

Heath disparó, una ráfaga en modo automático.

Al instante, Luke se echó cuerpo a tierra, al estallar los disparos en todas direcciones. Se cubrió la cabeza, se hizo un ovillo y dio la espalda a la acción.

El tiroteo duró varios segundos. Incluso después de detenerse, algunos disparos continuaron, uno cada pocos segundos, como los últimos estallidos de unas palomitas de maíz. Cuando finalmente terminó, Luke levantó la cabeza. El grupo de personas junto a la puerta cerrada yacía en una pila, retorciéndose.

Heath había sido derribado, pero a Luke no le importaba. Heath había sido la causa de esta pesadilla.

Otro de los hombres de Luke había sido derribado, en la esquina. Dios, qué desastre, tres hombres caídos y un número indeterminado de civiles muertos.

Luke se puso de pie. Otros dos hombres se levantaron al mismo tiempo. Uno era Martínez, el otro era Colley. Martínez y Colley se dirigieron hacia la pila de personas cerca de la parte de atrás, moviéndose lentamente, con las armas aún desenfundadas.

Luke miró alrededor de la habitación, había cadáveres por todas partes. Simmons estaba muerto y Heath... tenía un enorme agujero que le perforaba la cabeza donde antes había tenido la cara, el cuerpo no tenía rostro. Luke no sintió nada al respecto. Esta era la misión de Heath, había ido tan mal como era posible y ahora Heath estaba muerto.

Y un hombre más había sido derribado.

Parecía un complicado problema de matemáticas, pero en realidad, era una simple resta que cualquiera podría hacer. La mente de Luke no funcionaba correctamente, lo reconocía: seis hombres habían entrado aquí. Heath y Simmons estaban muertos. Martínez, Colley y Stone todavía seguían de pie. Eso significaba que el último hombre que había caído sólo podía ser...

Luke corrió hacia el hombre. Sí, era él, era Hendricks. Wayne.

WAYNE.

Todavía se estaba moviendo.

Luke se arrodilló junto a él y se quitó el casco.

Los brazos y piernas de Wayne se movían lentamente, casi como si estuviera pisando agua.

—¡Wayne! ¡Wayne! ¿Dónde te han dado?

Los ojos de Wayne se pusieron en blanco, buscando a Luke. Sacudió la cabeza y empezó a llorar. Respiraba pesadamente, casi jadeando en busca de aire.

—Oh, amigo... —dijo Wayne.

—¡Wayne! Háblame.

Fervorosamente, Luke comenzó a desabrochar el chaleco antibalas de Wayne.

—¡Un médico! —gritó. —¡Un médico!

Un instante después, Colley estaba allí, arrodillado detrás de él. —Simpson era el médico; yo soy el de apoyo.

Wayne había sido alcanzado en el pecho. De alguna manera, la metralla se había metido por debajo de su chaleco. Las manos de Luke lo palparon. También había recibido un disparo en la parte superior de la pierna y eso era peor que en el pecho, con diferencia. Sus pantalones estaban empapados de sangre. Su arteria femoral debía haberse dañado. La mano de Luke salió chorreando sangre, había sangre por todas partes. Había un charco bajo el cuerpo de Wayne, era un milagro que todavía estuviera vivo.

—Díselo a Katie —dijo Wayne.

—¡Cállate! —dijo Luke. —Vas a decírselo tú mismo.

La voz de Wayne era apenas un susurro.

—Cuéntaselo…

Wayne parecía estar mirando algo muy lejano. Se lo quedó mirando y luego tuvo que mirar dos veces, como si estuviera confundido por lo que estaba viendo. Un instante después, sus ojos se quedaron inmóviles.

Se quedó mirando a Luke. Su boca estaba floja, no había nadie.

—Oh Dios, Wayne. No.

Luke miró a Colley, como si le viera por primera vez. Colley parecía joven, apenas lo bastante mayor para afeitarse. Eso no podía ser, por supuesto. El hombre estaba en las Fuerzas Delta, era un asesino entrenado, un profesional consumado. Pero su cuello parecía tan grueso como el antebrazo de Luke. Parecía como si estuviera nadando vestido.

—Hazle un chequeo —dijo Luke, aunque ya sabía lo que diría Colley. Se reclinó en una posición con las piernas cruzadas y se quedó sentado así durante un largo rato. Tuvieron un día libre en la Academia Militar una vez. Un grupo de muchachos estaba jugando un partido de fútbol. Era un día caluroso y el partido era camisetas contra sin camisetas. Luke se pasó el partido apuntando rayos láser a este paleto grande, gordo y malhablado, al que le faltaba un diente en la parte frontal.

—Wayne.

—Se ha ido —dijo Colley.

Así, Wayne estaba muerto. El hermano de sangre de Luke, el padrino del hijo nonato de Luke. Luke dejó escapar un largo suspiro de impotencia.

En la guerra, Luke lo sabía, las cosas eran así. En un segundo, tu amigo, o tu hermana, o tu esposa o tu hijo, estaban vivos. Al segundo siguiente, se habían ido. No había manera de echar atrás ese reloj, ni siquiera un segundo.

Wayne estaba muerto. Estaban muy lejos de casa y esta noche acababa de empezar.

—¡Stone! —dijo Martínez.

Luke se puso de pie una vez más. Martínez estaba de pie junto a la pila de cadáveres que una vez habían protegido al objetivo. Todos ellos parecían estar muertos, todos menos uno, el hombre que se había quedado escondido detrás. Era alto, todavía joven, con una larga barba negra, un poco salpicada de gris. Yacía entre los caídos, lleno de agujeros, pero vivo.

Martínez le apuntó con una pistola.

—¿Cuál es el nombre del tipo? ¿El que estamos buscando?

—¿Abu Mustafa Faraj al-Jihadi? —dijo Luke. No era realmente una pregunta. No era nada, solo una cadena de sílabas.

El hombre asintió, no dijo nada. Parecía que tenía dolores.

Luke sacó una pequeña cámara digital de dentro de su chaleco. La cámara estaba cubierta de goma dura. Podrías estrellarla contra el suelo y no se rompería. Jugueteó con ella un segundo y luego tomó unas cuantas fotos del hombre. Comprobó las imágenes antes de apagar la cámara. Estaban bien, no exactamente de una calidad profesional, pero Luke no trabajaba para el National Geographic. Todo lo que necesitaba era una prueba. Miró con desprecio al líder terrorista.

—Lo tenemos —dijo Luke. —Gracias por jugar.

¡BANG!

Martínez disparó una vez y la cabeza del hombre se hizo pedazos.

—Misión cumplida —dijo Martínez. Sacudió la cabeza y se alejó.

La radio de Luke crepitaba.

—¡Stone! ¿Dónde estás?

—Murphy. ¿Cuál es la situación?

La voz de Murphy se entrecortaba. —Está habiendo un baño de sangre aquí. He perdido a tres hombres, pero nos hemos apoderado de una de sus armas grandes y nos hemos abierto paso. Si queremos salir de aquí, tenemos que irnos AHORA MISMO.

—Saldremos en un minuto.

—Yo no tardaría tanto tiempo —dijo Murphy. —No, si quieres vivir.



* * *



Seis hombres corrían por el pueblo.

Después de toda esa lucha, el lugar era como un pueblo fantasma. En cualquier momento, Luke esperaba disparos o cohetes que salieran chirriando de las pequeñas casas, pero no pasó nada. Ni siquiera parecía haber gente aquí.

De vuelta por donde habían venido, el humo se elevaba. Las paredes del recinto habían sido destruidas. El helicóptero aún ardía, las llamas crepitaban en medio de un silencio inquietante.

Luke podía oír la respiración pesada de los otros hombres, corriendo cuesta arriba con su equipo y sus armas. En diez minutos, llegaron a la antigua base de operaciones avanzadas, en la ladera rocosa fuera de la aldea.

Para sorpresa de Luke, el lugar estaba bien. No había suministros escondidos allí, por supuesto, pero los sacos terreros todavía estaban en su lugar y la ubicación daba una vista imponente del área circundante. Luke podía ver las luces encendidas en las casas y el helicóptero en llamas.

—Martínez, mira a ver si puedes localizar a Bagram por radio. Necesitamos una extracción, el juego del escondite ha terminado. Diles que envíen una fuerza imperiosa. Tenemos que volver a entrar en ese complejo y sacar a nuestros hombres.

Martínez asintió. —Te lo dije, tío, a todos se nos acaba la suerte.

—No me lo digas, Martínez, sácanos de aquí, ¿vale?

—Está bien, Stone.

Era una noche oscura. La tormenta de arena había pasado, todavía tenían armas. A lo largo de la muralla llena de arena, sus hombres cargaban municiones y revisaban el equipo.

No era imposible que...

—Murphy, enciende una bengala hacia arriba —dijo. —Quiero echar un vistazo a lo que nos estamos enfrentando.

—¿Y revelar nuestra posición? —dijo Murphy.

—Creo que, probablemente, ya saben dónde estamos —dijo Luke.

Murphy se encogió de hombros y reventó una bengala en mitad de la noche.

La llamarada se movió lentamente a través del cielo, proyectando sombras espeluznantes sobre el terreno rocoso que quedaba por debajo. El suelo casi parecía estar hirviendo. Luke se quedó mirando fijamente, tratando de darle sentido a lo que estaba viendo. Allí abajo había mucha actividad, era como una granja de hormigas o una plaga de ratas.

Había hombres, cientos de hombres se movían metódicamente, sus equipos y sus armas tomando posición.

—Supongo que tienes razón —dijo Murphy. —Saben que estamos aquí.

Luke miró a Martínez.

—Martínez, ¿cuál es la situación de esa extracción?

Martínez sacudió la cabeza. —Dicen que es inútil. No hay más que terribles tormentas de arena entre la base y aquí. Cero visibilidad. Ni siquiera pueden elevar los helicópteros en el aire. Dicen de aguantar hasta por la mañana. Se supone que el viento se calmará después de la salida del sol.

Luke lo miró fijamente. —Tienen que intentarlo.

Martínez se encogió de hombros. —No pueden. Si los helicópteros no vuelan, los helicópteros no vuelan. Ojalá hubieran llegado esas tormentas antes de que nos fuéramos.

Luke se quedó mirando a la masa de talibanes en las colinas debajo de ellos. Se volvió hacia Martínez.

Martínez abrió la boca como para decir algo.

Luke lo señaló. —No lo digas, sólo prepárate para pelear.

—Siempre estoy listo para pelear —dijo Martínez.

Los disparos comenzaron unos instantes después.



* * *



Martínez estaba gritando.

—¡Están llegando desde todas direcciones!

Sus ojos estaban muy abiertos, sus armas se habían agotado. Había cogido un AK-47 de un talibán y estaba acosando a todos los que cruzaban el muro. Luke lo miró con horror. Martínez era una isla, un pequeño bote en un mar lleno de combatientes talibanes.

Y se estaba hundiendo, estaba desapareciendo, debajo de una pila.

Estaban tratando de sobrevivir hasta el amanecer, pero el sol se negaba a salir. Las municiones se habían acabado, hacía frío y Luke iba sin camiseta. Se la había arrancado en el calor del combate.

Los combatientes talibanes, con turbante y barba, se abalanzaban sobre los muros del puesto de avanzada. Los hombres gritaban a su alrededor.

Un hombre se acercó al muro con un hacha de metal.

Luke le disparó en la cara. El hombre cayó muerto contra los sacos terreros, ahora Luke tenía el hacha. Se metió entre los combatientes que rodeaban a Martínez, balanceándose de forma salvaje. Había sangre esparcida. Los hizo picadillo, a golpe de hacha.

Martínez reapareció, de nuevo en pie, apuñalando con la bayoneta.

Luke enterró el hacha en el cráneo de un hombre, tan profundo, que no pudo sacarla. Incluso con la adrenalina en su cuerpo, no le quedaban fuerzas. Miró a Martínez.

—¿Estás bien?

Martínez se encogió de hombros. Señaló los cuerpos a su alrededor. —He estado mejor antes, también te lo digo.

Había un AK-47 a los pies de Luke. Lo recogió y miró la munición. Vacío. Luke la tiró y sacó su pistola. Disparó hacia la trinchera, que estaba invadida por enemigos. Una fila de ellos corría en esa dirección. Otros más vinieron deslizándose, dejándose caer, saltando por encima del muro.

¿Dónde estaban sus hombres? ¿Alguien más estaba vivo?

Mató al hombre más cercano de un tiro en la cara. La cabeza explotó como un tomate cherry. Agarró al hombre por la túnica y lo sostuvo como si fuera un escudo. El hombre sin cabeza era ligero, era como si el cadáver fuera una armadura vacía.

Mató a cuatro hombres con cuatro disparos. Siguió disparando.

Luego se quedó sin balas otra vez.

Un talibán iba cargando un AK-47, con la bayoneta ajustada. Luke empujó el cadáver hacia él, luego lanzó su arma como un hacha de guerra. Rebotó en la cabeza del hombre, distrayéndolo por un segundo. Luke utilizó ese tiempo para entrar en modo de ataque, deslizándose a lo largo del borde de la bayoneta. Metió dos dedos en los ojos del hombre y tiró.

El hombre gritó. Se llevó las manos a la cara. Ahora Luke tenía el rifle. Apuñaló a su enemigo en el pecho, dos, tres, cuatro veces. Lo empujó profundamente.

El hombre sopló sus últimas palabras en el rostro de Luke.

Las manos de Luke vagaban por el cuerpo del hombre. El cadáver fresco tenía una granada en el bolsillo del pecho. Luke la agarró, la sacó y la arrojó por encima del terraplén a las hordas que se aproximaban.

Él se tiró al suelo.

BUUUM.

La explosión fue justo allí, rociando tierra, rocas, sangre y huesos. La pared de sacos de arena se derrumbó sobre él.

Luke se puso de pie, sordo ahora, con los oídos zumbándole. Comprobó el AK. Vacío. Pero todavía tenía la bayoneta.

—¡Vamos, bastardos! —gritó. —¡Venga!

Más hombres venían por el muro y los apuñaló en un estado de frenesí. Los despedazó y los desgarró con sus propias manos. Les disparó con sus propias armas.

Un hombre se acercó a lo que quedaba de la muralla. No era un hombre, más bien era un niño, no tenía barba. No necesitaba una navaja de afeitar, su piel era suave y oscura, sus ojos marrones estaban redondos de terror. Apretó las manos contra su pecho.

Luke se enfrentó a este niño, el niño quizás tenía catorce años. Había más que venían detrás de él. Se deslizaron y se estrellaron contra la barrera. El pasadizo estaba repleto de cadáveres.

¿Por qué están sus manos puestas así?

Luke sabía por qué, era un terrorista suicida.

—¡Granada! —gritó Luke, incluso aunque no hubiera nadie vivo para escucharlo.

Se lanzó hacia atrás, cavando debajo de un cuerpo, luego de otro. Había tantos, se arrastró y se arrastró, cavando hacia el centro de la Tierra, colocando una manta de hombres muertos entre él y el niño.

¡BUUUM!

Oyó la explosión, amortiguada por los cuerpos y sintió la ola de calor. Escuchó los gritos de la siguiente ola de muerte. Pero entonces vino otra explosión y otra.

Y otra.

Luke estaba decayendo por las conmociones cerebrales. Tal vez había sido golpeado, tal vez se estaba muriendo. Si esto era morirse, no era tan malo, no había dolor.

Pensó en el niño: un adolescente flaco, ancho por el medio, como un hombre con torso fornido. El niño llevaba un chaleco suicida.

Pensó en Rebecca, por ahí con el niño.

La oscuridad se lo llevó.



* * *



En algún momento, el sol había salido, pero no había calor en él. La lucha se había detenido por alguna razón y él no podía recordar cuándo, o cómo, había terminado. El terreno era escarpado y duro. Había cadáveres por todas partes. Hombres flacos y barbudos yacían por todo el suelo, con los ojos muy abiertos y mirando fijamente.

Luke. Su nombre era Luke.

Estaba sentado encima de un montón de cuerpos. Se había despertado debajo de ellos y se había arrastrado desde debajo de ellos como una serpiente.

Habían sido apilados ahí como trozos de leña. No le gustaba sentarse sobre ellos, pero era conveniente. Era lo suficientemente alto como para darle una visión de la colina, a través de los restos del muro de sacos terreros, pero lo mantenían lo suficientemente bajo como para que nadie, excepto un francotirador muy bueno, pudiera dispararle.

Los talibanes no tenían muchos francotiradores que fueran muy buenos. Algunos, pero no muchos y la mayoría de los talibanes de por aquí, ahora parecían estar muertos.

Cerca, vio a uno que se arrastraba cuesta abajo por la colina, dejando una línea de sangre, como el rastro de babas que sigue a un caracol. Realmente debería salir y matar a ese tipo, pero no quería arriesgarse a ponerse al descubierto.

Luke se miró a sí mismo, no tenía buen aspecto. Su pecho estaba teñido de rojo, estaba empapado en la sangre de los hombres muertos. Su cuerpo temblaba de hambre y de agotamiento. Se quedó mirando las montañas circundantes, que aparecían ante su vista a medida que el día se iluminaba. Realmente era un bonito día, este era un país hermoso.

¿Cuántos más había por ahí? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que llegaran?

Sacudió la cabeza. No lo sabía. En realidad no importaba. Ninguno en absoluto probablemente sería demasiado.

Martínez estaba tendido de espaldas, cerca de la zanja. Estaba llorando y no podía mover las piernas. Había tenido suficiente, quería morirse. Luke se dio cuenta de que llevaba un rato ignorando a Martínez.

—Stone —dijo. —Oye, Stone. ¡Oye! Mátame, tío, simplemente mátame. Oye, ¡Stone! ¡Escúchame, tío!

Luke estaba entumecido.

—No voy a matarte, Martínez, te pondrás bien. Vamos a salir de aquí y los médicos te van a ayudar. Así que vale ya... ¿de acuerdo?

Cerca de allí, Murphy estaba sentado en un peñón de rocas, mirando al vacío. Ni siquiera estaba intentando ponerse a cubierto.

—¡Murph! Baja de ahí. ¿Quieres que un francotirador te dé con una bala en la cabeza?

Murphy se volvió y miró a Luke. Sus ojos simplemente estaban... idos. Sacudió la cabeza. Un suspiro profundo escapó de él, sonaba casi como una risa. Se quedó justo donde estaba.

Mientras Luke le observaba, Murphy sacó una pistola. Era increíble que todavía tuviera un arma encima. Luke había estado luchando con sus manos desnudas, con piedras y con objetos afilados durante...

No sabía cuánto tiempo.

Murphy puso el cañón de la pistola a un lado de su cabeza, mirando a Luke todo el tiempo. Apretó el gatillo.

Clic.

Apretó el gatillo unas cuantas veces más.

Clic, clic, clic, clic... clic.

—Descargada —dijo.

Tiró el arma lejos. Cayó estrepitosamente colina abajo.

Luke miró el arma rebotar. Parecía durar más de lo que él nunca hubiera esperado. Finalmente, se deslizó hasta detenerse en un pedregal de rocas sueltas. Miró a Murphy de nuevo. Murphy simplemente se quedó sentado allí, mirando a la nada.

Si venían más talibanes, estarían acabados. A ninguno de estos tipos les quedaban muchas fuerzas y la única arma que Stone aún tenía era la bayoneta doblada en sus manos. Por un momento, pensó distraídamente en rebuscar entre algunos de estos tipos muertos en busca de armas. No sabía si le quedaban fuerzas para ponerse en pie. Puede que, en su lugar, tuviera que arrastrarse.

Una línea de insectos negros apareció en el cielo desde muy lejos. Supo lo que eran en ese mismo instante, helicópteros. Helicópteros militares de los Estados Unidos, probablemente Halcones Negros. La caballería se acercaba, pero Luke no se sintió ni bien, ni mal por ello.

No sintió nada en absoluto.




CAPÍTULO TRES


19 de marzo

De noche

Un avión sobre Europa.



—¿Están ustedes cómodos?

—Sí, señor —dijo Luke.

Murphy no respondió. Se sentó en un sillón reclinable al otro lado del estrecho pasillo de donde estaba Luke, mirando por la ventana a la vacía oscuridad. Estaban en un pequeño jet, decorado casi como si fuera la sala de estar de alguien. Luke y Murphy se sentaban en la parte de atrás, mirando hacia adelante. Al frente había tres hombres, incluido un coronel de las Fuerzas Delta y un general condecorado del Pentágono. También había un hombre vestido de civil.

Detrás de los hombres había dos boinas verdes, en posición vigilante.

—¿Especialista Murphy? —dijo el general. —¿Está cómodo?

Murphy bajó la persiana de la ventanilla. —Sí, estoy bien.

—Murphy, ¿sabe cómo hay que dirigirse a un oficial superior? —dijo el coronel.

Murphy se apartó de la ventanilla. Miró directamente a los hombres por primera vez.

—Ya no estoy en su ejército.

—En ese caso, ¿por qué está en este avión?

Murphy se encogió de hombros. —Alguien me ofreció dar un paseo. No hay muchos vuelos comerciales que salgan de Afganistán en estos días, así que pensé que sería mejor coger este.

El hombre vestido de civil miró hacia la puerta de la cabina.

—Si ya no está en el ejército, supongo que siempre podríamos pedirle que se fuera. Por supuesto, hay un largo camino hasta el suelo.

Murphy siguió los ojos del hombre.

—Hazlo, te prometo que vendrás conmigo.

Luke sacudió la cabeza. Si esto fuera un patio de recreo, casi sonreiría. Pero esto no era un patio de recreo y estos hombres estaban extremadamente serios.

—Está bien, Murph —dijo. —Cálmate un poco. Yo estaba en esa colina contigo y nadie de este avión nos puso allí.

Murphy se encogió de hombros. —Está bien, Stone. —miró al general. —Sí, estoy cómodo, señor. Muy cómodo, gracias.

El general miró los papeles que tenía delante.

—Gracias, caballeros, por su servicio. Especialista Murphy, si está interesado en que se le dé de baja en sus obligaciones de forma anticipada, le sugiero que lo comente con su comandante cuando regrese a Fort Bragg.

—De acuerdo—, dijo Murphy.

El general miró hacia arriba. —Como saben, esta ha sido una misión difícil, que no ha ido exactamente como se había planeado. Me gustaría aprovechar la oportunidad para familiarizarme con los hechos ocurridos en esta incursión. Tengo los registros del informe de la misión, de cuando ambos regresaron a Bagram. Según el testimonio y la evidencia fotográfica, reconozco que la misión en general ha sido un éxito. ¿Estaría de acuerdo con eso, Sargento Stone?

—Eh... si por la misión en general, se refiere a encontrar y asesinar a Abu Mustafa Faraj, entonces sí, señor. Supongo que ha sido un éxito.

—Eso es lo que he querido decir, Sargento. Faraj era un peligroso terrorista y el mundo es un lugar mejor, ahora que se ha ido. ¿Especialista Murphy?

Murphy miró al general. A Luke le quedó claro que Murphy ya no estaba allí. Estaba mejor que la mañana siguiente a la batalla, pero no mucho.

—¿Sí? —dijo.

El general apretó los dientes. Miró a los hombres a su izquierda y su derecha.

—¿Cuál es su evaluación de la misión, por favor?

Murphy asintió. —Oh. ¿La que acabamos de hacer?

—Sí, Especialista Murphy.

Murphy tardó varios segundos en responder, parecía estar pensando en ello.

—Bueno, perdimos a nueve chicos de las Delta y dos pilotos de helicópteros. Martínez está vivo, pero tiene los huevos revueltos. Además, matamos a un grupo de niños, según me han dicho, e incluso a algunas mujeres. Había montones de tipos muertos en el suelo. Me refiero a cientos de chicos muertos. Y supongo que allí también había un famoso terrorista, pero nunca lo llegué a ver, así que... algo a lo estamos acostumbrados, supongo que se podría decir. Parece que es así cómo van estas cosas. Este no ha sido mi primer rodeo, si sabes a qué me refiero.

Miró a Luke al otro lado del pasillo.

—Stone parece estar bien. Y con respecto a mí, no me he hecho ni un rasguño. Podría decir con seguridad que ha ido bien.

Los oficiales miraron a Murphy.

—Señor —dijo Luke. —Creo que lo que el Especialista Murphy está intentando decir y verá en mi testimonio que estoy de acuerdo, es que la misión estaba mal concebida y probablemente mal supervisada. El Teniente Coronel Heath era un hombre valiente, señor, pero tal vez no fuera un estratega o un táctico muy bueno. Después de que se estrellara el primer helicóptero, le pedí que abortara la misión y se negó. También fue responsable personalmente de la muerte de varios civiles y probablemente de la muerte del cabo Wayne Hendricks.

De forma absurda, decir el nombre de su amigo casi hizo llorar a Luke. Los estaba disgustando de nuevo, este no era el momento ni el lugar.

El general volvió a mirar su papeleo. —¿Y, sin embargo, está de acuerdo en que la misión ha sido un éxito? ¿El objetivo de la misión ha sido alcanzado?

Luke pensó en eso un largo rato. En el sentido militar propiamente dicho, habían logrado el objetivo de la misión, eso era cierto. Habían matado a un terrorista que estaba en busca y captura y tal vez en algún momento, eso salvaría vidas. Incluso podría llegar a salvar muchas más vidas de las que se habían perdido.

Así era como estos hombres querían definir el éxito.

—¿Sargento Stone?

—Sí, señor, estoy de acuerdo.

El general asintió. También lo hizo el coronel. El hombre vestido de civil no respondió.

El general reunió sus papeles y se los entregó al coronel.

—Bien —dijo. —Caballeros. pronto aterrizaremos en Alemania, y luego me despediré de ustedes. Antes de hacerlo, quiero remarcar que creo que han hecho un gran trabajo y que deberían estar muy orgullosos. Obviamente, ustedes son hombres valientes y muy hábiles en sus trabajos. Su país tiene con ustedes una deuda de gratitud, una que nunca se les podrá pagar apropiadamente y tampoco será reconocida de manera pública.

Hizo una pausa.

—Por favor, reconozcan que la misión de matar a Abu Mustafa Faraj al-Jihadi, aunque fue un éxito, no se produjo. No existe en ningún registro, ni existirá jamás. Los hombres que perdieron la vida como parte de esta misión murieron en unas maniobras de entrenamiento durante una tormenta de arena.

Los miró, ahora con ojos duros.

—¿Entendido?

—Sí, señor —dijo Luke, sin dudarlo. El hecho de que estuvieran haciendo desaparecer esta misión no le sorprendió lo más mínimo. Él también la haría desaparecer, si pudiera.

—¿Especialista Murphy?

Murphy levantó una mano y se encogió de hombros. —Es tu problema, tío. Creo que nunca he estado en una misión que haya existido.




CAPÍTULO CUATRO


23 de marzo

16:35 horas

Mando de Operaciones Especiales del Ejército de los Estados Unidos

Fort Bragg

Fayetteville, Carolina del Norte



—¿Puedo traerte una taza de té?

Luke asintió. —Gracias.

La esposa de Wayne, Katie, era una chica preciosa, rubia, pequeña, bastante más joven que Wayne. Luke pensó que tal vez tendría veinticuatro años. Estaba embarazada de ocho meses de su hija y estaba enorme.

Vivía en un alojamiento básico, a medio kilómetro de Luke y Becca. La casa era un pequeño chalé de tres habitaciones, en un vecindario de casas exactamente idénticas. Wayne estaba muerto y ella estaba allí porque no tenía dónde ir.

Le llevó a Luke su té en una pequeña taza decorada, la versión adulta de las tazas que usan las niñas cuando juegan a fiestas del té imaginarias. Ella se sentó frente a él en la sala de estar, amueblada de forma austera. El sofá era un futón que podía convertirse en una cama doble para invitados.

Luke había visto dos veces antes a Katie, ambas veces durante cinco minutos o menos. No la había visto desde antes de estar embarazada.

—Eras el gran amigo de Wayne —dijo ella.

—Sí, lo era.

Ella se quedó mirando su taza de té, como si tal vez Wayne estuviera flotando en el fondo.

—Y estabas en la misión donde murió —no era una pregunta.

—Sí.

—¿Lo viste? ¿Lo viste morir?

A Luke no le estaba gustando la dirección que estaban tomando estas preguntas. ¿Cómo responder a una pregunta así? Luke no vio los disparos que mataron a Wayne, pero le había visto morir, de acuerdo. Daría cualquier cosa por no haberlo visto.

—Sí.

—¿Cómo murió? —preguntó ella.

—Murió como un hombre, como un soldado.

Ella asintió, pero no dijo nada. Tal vez esa no era la respuesta que estaba buscando, pero Luke no quería ir más lejos.

—¿Sufrió? —dijo ella.

Luke sacudió la cabeza. —No.

Ella lo miró a los ojos. Sus ojos estaban rojos y llenos de lágrimas. Había una tristeza terrible en ellos. —¿Cómo puedes saberlo?

—Hable con él, me dijo que te dijera que te amaba.

Era una mentira, por supuesto. Wayne no había logrado pronunciar una oración completa, pero era una mentira piadosa. Luke creía que Wayne lo habría dicho, si hubiera podido.

—¿Es por eso que has venido hasta aquí, Sargento Stone? —dijo ella. —¿Para decirme eso?

Luke cogió una bocanada de aire.

—Antes de que muriera, Wayne me pidió que fuera el padrino de vuestra hija —dijo Luke. —Acepté y estoy aquí para honrar ese compromiso. Tu hija nacerá pronto y quiero ayudarte a superar esta situación en todo lo que pueda.

Hubo una larga y silenciosa pausa entre ellos. La pausa se alargó más y más tiempo.

Finalmente, Katie negó con la cabeza, sólo un poco, y habló en voz baja.

—Nunca podría dejar que un hombre como tú fuera el padrino de mi hija. Wayne está muerto por culpa de hombres como tú. Mi niña nunca tendrá un padre por culpa de hombres como tú, ¿lo entiendes? Estoy aquí porque todavía tengo atención médica, así que mi bebé nacerá aquí. ¿Pero después de eso? Voy a correr lo más lejos posible del Ejército y de gente como tú, tanto como pueda. Wayne fue un estúpido por involucrarse en esto y yo fui una estúpida por aceptarlo. No tienes por qué preocuparte, Sargento Stone, no tienes ninguna responsabilidad conmigo. Tú no eres el padrino de mi bebé.

Luke no pudo pensar en una sola cosa que decir. Miró su taza y vio que ya se había terminado su té. Puso la taza de té sobre la mesa. Ella la recogió y movió su cuerpo hacia la puerta de la pequeña casa. Abrió la puerta y la mantuvo abierta.

—Que pases un buen día, Sargento Stone.

Él la miró fijamente.

Ella empezó a llorar. Su voz era más suave que nunca.

—Por favor, sal de mi casa. Sal de mi vida.



* * *



La cena fue monótona y triste.

Se sentaron frente a la mesa, sin hablar. Ella había hecho pollo relleno y espárragos y estaba bueno. Le había abierto una cerveza y la había vertido en un vaso, todo por complacerle.

Estaban comiendo en silencio, casi como si las cosas fueran normales.

Pero no podía mirarla.

Había una pistola de color negro mate de nueve milímetros en la mesa, cerca de su mano derecha. Estaba cargada.

—Luke, ¿estás bien?

El asintió. —Sí, estoy bien —le dio un sorbo a su cerveza.

—¿Por qué está tu arma sobre la mesa?

Finalmente, él la miró. Era hermosa y, por supuesto, él la amaba. Estaba embarazada de su hijo y llevaba una blusa premamá con estampado de flores. Casi podría llorar por su belleza y por el poder de su amor por ella. Lo sintió intensamente, como una ola rompiendo contra las rocas.

—Uh, está ahí por si la necesito, nena.

—¿Por qué ibas a necesitarla? Sólo estamos cenando. Estamos en la base, a salvo, nadie puede…

—¿Te molesta? —dijo.

Ella se encogió de hombros. Deslizó un pequeño trozo de pollo dentro de su boca. Becca comía lenta y cuidadosamente. Comía en pequeños bocados y a menudo le llevaba mucho tiempo terminarse la cena. No se tomaba la comida como otras personas lo hacían, a Luke le encantaba eso de ella. Era una de sus diferencias. Procuraba ​​masticar bien su comida.

La observó masticar a cámara lenta. Sus dientes eran grandes, tenía dientes de conejo. Era bonito, entrañable.

—Sí, un poco —dijo ella. —Nunca has hecho eso antes. ¿Tienes miedo de que...?

Luke sacudió la cabeza. —No le tengo miedo a nada. Tenemos un hijo en camino, ¿de acuerdo? Es importante que mantengamos a nuestro hijo a salvo, es nuestra responsabilidad. Es un mundo peligroso, Becca, por si no lo sabías.

Luke asintió ante la verdad de lo que estaba diciendo. Cada vez más, comenzaba a percibir los peligros a su alrededor. Había cuchillos afilados para preparar la cena en el cajón de la cocina. Había cuchillos de corte y un gran cuchillo de carnicero en un bloque de madera en la encimera. Había unas tijeras en el armario detrás del espejo del baño.

El coche tenía frenos y alguien podría cortar fácilmente los cables de los frenos. Si Luke sabía cómo hacerlo, mucha otra gente sabría. Y había mucha gente que quería ajustar cuentas con Luke Stone.

Casi parecía como si...

Becca estaba llorando. Apartó la silla de la mesa y se levantó. Su rostro se había vuelto carmesí en los últimos diez segundos.

—¿Cariño? ¿Qué pasa?

—Tú —dijo ella, las lágrimas corrían por su rostro. —Te pasa algo malo. Nunca habías vuelto a casa así antes. Apenas me has hablado, no me has tocado en absoluto, siento que soy invisible. Te quedas despierto toda la noche, parece que no has dormido nada desde que llegaste. Ahora tienes un arma encima de la mesa. Tengo un poco de miedo, Luke. Me temo que ha pasado algo muy, muy malo.

Se puso de pie y ella dio un paso atrás. Sus ojos se ensancharon.

Esa mirada. Era la mirada de una mujer que le tenía miedo a un hombre. Y él era ese hombre, eso le horrorizó. Era si se hubiera despertado bruscamente. Nunca imaginó que ella lo miraría de esa manera. Él nunca habría querido que ella le mirara de esa manera, ni a él, ni a nadie, por ninguna razón.

Echó un vistazo a la mesa. Había colocado un arma cargada allí durante la cena. Ahora, ¿por qué hacía eso? De repente, se avergonzaba de esa pistola. Era cuadrada, rechoncha y fea. Quería taparla con una servilleta, pero era demasiado tarde, ella ya la había visto.

Él la miró de nuevo.

Se quedó delante de él, sumisa, como una niña, con los hombros encorvados, la cara arrugada, las lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Te quiero —dijo ella. —Pero estoy muy preocupada en este momento.

Luke asintió. Lo siguiente que dijo le sorprendió.

—Creo que podría necesitar irme por un tiempo.




CAPÍTULO CINCO


14 de abril

9:45 Hora del Este

Centro de Atención Médica del Departamento de Asuntos de Veteranos (VA) de Fayetteville

Fayetteville, Carolina del Norte



—¿Por qué estás aquí, Stone?

La voz sacudió a Luke de cualquier ensueño en el que pudiera estar perdido. A menudo vagaba solo a través de sus pensamientos y los recuerdos de estos días, y después no podía recordar en qué había estado pensando.

Miró hacia arriba.

Estaba sentado en una silla plegable entre un grupo de ocho hombres. La mayoría de los hombres estaban sentados en sillas plegables, dos iban en silla de ruedas. El grupo ocupaba un rincón de una sala abierta, grande pero triste. Las ventanas de la pared opuesta mostraban un día soleado de principios de primavera. De alguna manera, la luz del exterior no parecía entrar en la habitación.

El grupo estaba colocado en un semicírculo, frente a un hombre barbudo de mediana edad, con una barriga grande. El hombre llevaba pantalones de pana y una camisa de franela roja. La barriga sobresalía hacia afuera, casi como si se hubiera escondido una pelota de playa debajo de la camisa, excepto que la parte frontal era plana, como si el aire se estuviera escapando. Luke sospechaba que, si le golpeaba en el estómago, estaría tan duro como una sartén de hierro. El hombre era alto y se inclinaba hacia atrás en su silla, con sus delgadas piernas en línea recta delante de él.

—¿Disculpe? —dijo Luke.

El hombre sonrió, pero no había humor en ello.

—¿Por qué... estás... aquí...? —dijo de nuevo. Lo dijo lentamente esta vez, como si estuviera hablando con un niño pequeño o con un imbécil.

Luke miró a los hombres a su alrededor. Era la terapia de grupo para los veteranos de guerra.

Era una pregunta razonable, Luke no tendría que estar aquí. Estos chicos estaban destrozados, físicamente desarmados y traumatizados.

Algunos de ellos parecía como si no fueran a regresar nunca más. Un tipo llamado Chambers era probablemente el peor. Había perdido un brazo y ambas piernas. Su rostro estaba desfigurado, la mitad izquierda estaba cubierta por vendas, una gran placa de metal le sobresalía por debajo, estabilizando lo que quedaba de los huesos faciales de ese lado. Había perdido el ojo izquierdo y todavía no se lo habían reemplazado. En algún momento, después de terminar de reconstruirle su orificio orbital, iban a ponerle un nuevo ojo falso.

Chambers había viajado en un Humvee que había pasado por encima de un artefacto explosivo improvisado en Irak. El dispositivo era una innovación sorprendente: una carga hueca, que penetró hacia arriba a través del tren de aterrizaje del vehículo y luego por encima de Chambers, separándolo de abajo arriba. El ejército estaba modernizando los viejos Humvees con una armadura pesada y rediseñando los nuevos, para protegerse contra este tipo de ataques en el futuro, pero eso ya no iba a ayudar a Chambers.

A Luke no le gustaba mirar a Chambers.

—¿Por qué estás aquí? —dijo el líder una vez más.

Luke se encogió de hombros. —No lo sé, Riggs. ¿Por qué estás tú aquí?

—Estoy tratando de ayudar a hombres a recuperar sus vidas —dijo Riggs. Lo dijo sin alterarse. O bien era una respuesta estándar que guardaba para cuando la gente lo retaba, o realmente lo creía. —¿Qué hay de ti?

Luke no dijo nada, pero todos lo miraron fijamente. Rara vez decía algo en este grupo. Él, posiblemente, muy pronto dejaría de asistir. No creía que le estuviera ayudando. La verdad sea dicha, pensaba que todo era una pérdida de tiempo.

—¿Tienes miedo? —dijo Riggs. —¿Ese es el motivo por el que estás aquí?

—Riggs, si piensas eso, es que no me conoces bien.

—Ah —dijo Riggs y levantó un poco sus manos carnosas. —Ahora estamos llegando a alguna parte. Eres un tipo duro, eso ya lo sabemos, así que hazlo. Da el paso, cuéntanoslo todo sobre el Sargento de Primera Clase Luke Stone, de las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos. Delta, ¿verdad? De mierda hasta el cuello, ¿verdad? ¿Uno de los tipos que fue a esa misión fallida para matar al hombre de Al Qaeda, el tipo que supuestamente perpetró el atentado contra el USS Sarasota?

—Riggs, yo no sé nada sobre ninguna misión como esa. Una misión como esa sería información clasificada, lo que significaría que si cualquiera de nosotros supiera algo al respecto, no estaríamos en libertad...

Riggs sonrió e hizo un movimiento de giro con la mano. —Para discutir un asesinato premeditado, tan importante y crucial como este que nunca ha existido, en primer lugar. Sí, sí, sí. Todos sabemos lo que se dice, ya lo hemos escuchado antes. Créeme, Stone, no eres tan importante. Cada hombre en este grupo ha visto un combate. Todos los hombres de este grupo son íntimamente conscientes de que...

—¿Qué tipo de combate has visto tú, Riggs? —dijo Luke. —Estabas en la Marina, en un destructor en medio del océano. Has estado detrás de un escritorio en este hospital durante los últimos quince años.

—Esto no va sobre mí, Stone, sino sobre ti. Estás en un hospital de Veteranos, en la sala de psiquiatría, ¿verdad? Yo no estoy en la sala de psiquiatría, tú sí. Yo trabajo en la sala de psiquiatría y tú vives allí. Pero no estás obligado, estás aquí voluntariamente. Puedes salir de aquí cuando quieras, incluso en medio de esta sesión, si lo deseas. Fort Bragg está a cinco o seis kilómetros de aquí. Todos tus viejos amigos están allí, esperándote. ¿No quieres volver junto a ellos? Te están esperando, tío. Rock and roll. Siempre habrá otra misión clasificada FUBAR (Estropeado Hasta Lo Irreconocible, por sus siglas en inglés) en la que enrolarse.

Luke no dijo nada, se limitó a mirar a Riggs, que estaba fuera de sí. Él era el que estaba loco, ni siquiera era capaz de mantener la calma.

—Stone, os veo de vez en cuando aquí, a los chicos Delta. Nunca tenéis un rasguño encima. Sois como, sobrenaturales. Las balas, de alguna manera, nunca os dan. Pero estáis asustados, quemados. Habéis visto demasiado, habéis matado a demasiada gente. Tenéis su sangre en vuestras manos. Es invisible, pero está ahí.

Riggs asintió para sí mismo.

—Tuvimos un chico Delta por aquí hace tres años, de tu edad más o menos, él insistió en que estaba bien. Acababa de regresar de una misión secreta en Afganistán. Aquello había sido un matadero, por supuesto, pero él no necesitaba toda esta cháchara. ¿Te suena a alguien conocido? Cuando salió de aquí, se fue a su casa, mató a su esposa, a su hija de tres años y luego se metió una bala en la cabeza.

Una pausa se extendió entre Luke y Riggs. Ninguno de los otros hombres dijo una sola palabra. El tipo era un aprieta-botones. Por alguna razón, entendió que ese era su trabajo. Era importante que Luke se mantuviera fresco y no permitiera que Riggs se metiera bajo su piel, pero a Luke no le gustaban este tipo de cosas. Sintió una oleada levantándose dentro de él. Riggs se estaba moviendo en territorio peligroso.

—¿Es eso de lo que tienes miedo? —dijo Riggs. —Te preocupa ir a casa y esparcir los sesos de tu esposa por todo el...

Luke se levantó de su silla y cruzó el espacio entre él y Riggs en menos de un segundo. Antes de que supiera lo que había sucedido, agarró a Riggs, le dio una patada a la silla que tenía debajo y lo arrojó al suelo como si fuera una muñeca de trapo. La cabeza de Riggs chocó con las baldoses de piedra.

Luke se agachó sobre él y levantó su puño.

Los ojos de Riggs estaban muy abiertos y por una fracción de segundo el miedo cruzó su rostro. Entonces su actitud tranquila volvió.

—Eso es lo que quiero ver —dijo. —Un poco de entusiasmo.

Luke respiró hondo y dejó que su puño se relajara. Miró a los otros hombres a su alrededor, ninguno de ellos había hecho un movimiento. Sólo se quedaron mirando de manera indiferente como si, que un paciente atacara a su terapeuta, fuera una parte normal de su día.

No, no era eso, se quedaron mirando como si no les importara lo que sucediera, como si se hubieran quedado sin fuerzas.

—Sé lo que estás intentando hacer —dijo Luke.

—Estoy tratando de sacarte de tu caparazón, Stone. Y parece que finalmente está empezando a funcionar.



* * *



—No te quiero aquí —dijo Martínez.

Luke se sentó en una silla de madera junto a la cama de Martínez. La silla era sorprendentemente incómoda, como si hubiera sido diseñada para desalentar la vagancia.

Luke estaba haciendo lo que había evitado durante semanas: estaba haciéndole una visita a Martínez. El hombre estaba en un edificio diferente del hospital, sí. Pero era todo un paseo de doce minutos desde la habitación de Luke. Hasta ahora no había sido capaz de enfrentarse a ese paseo.

Martínez había emprendido un largo camino, un camino por el que parecía no tener interés en pasar. Sus piernas habían sido destrozadas y no se pudieron salvar. Una la tuvieron que cortar por debajo de su pelvis, la otra por debajo de la rodilla. Todavía podía mover los brazos, pero estaba paralizado justo desde debajo de su caja torácica en adelante.

Antes de que Luke entrara, una enfermera le susurró que Martínez pasaba la mayor parte del tiempo llorando. También pasaba mucho tiempo durmiendo, estaba tomando una gran dosis de sedantes.

—Sólo he venido a decirte adiós —dijo Luke.

Martínez había estado mirando por la ventana el día brillante de fuera. Ahora se había vuelto para mirar a Luke. Su cara estaba bien, siempre había sido un chico guapo y todavía lo era. Dios, o el Diablo, o quienquiera que estuviera a cargo de estas cosas, le había perdonado la cara al tío.

—Hola y adiós, ¿vale? Me alegro por ti, Stone. Todos estáis de una pieza, saldréis caminando de aquí, probablemente obtendréis una medalla, algún tipo de mención. Nunca veréis otro minuto de combate porque estabais en la sala de psicología. Montad un despacho, ganad más dinero, enviad a otros chicos. Bien por ti, tío.

Luke se sentó en silencio. Cruzó una pierna sobre la otra y no dijo una palabra.

—Murphy estuvo aquí hace un par de semanas, ¿lo sabías? Le pregunté si iba a ir a verte, pero me dijo que no, que no quería verte. ¿Stone? Stone le sigue la corriente a los jefazos. ¿Por qué debería ver a Stone? Murphy dijo que se iba a subir a un tren de carga y a viajar por todo el país, como un vagabundo. Ese es su plan. ¿Sabes lo que pienso? Creo que se va a pegar un tiro en la cabeza.

—Siento mucho lo que pasó —dijo Luke.

Pero Martínez no estaba escuchando.

—¿Cómo está tu esposa, tío? ¿El embarazo va bien? ¿El pequeño Luke junior está en camino? Eso es muy bonito, Stone, me alegro por ti.

—Robby, ¿te he hecho algo? —dijo Luke.

Las lágrimas comenzaron a correr por la cara de Martínez. Golpeó la cama con los puños. —¡Mírame, tío! ¡No tengo piernas! Voy a estar orinando y cagando en una bolsa el resto de mi vida, ¿de acuerdo? No puedo caminar, nunca más voy a caminar. No puedo...

Sacudió la cabeza. —No puedo...

Ahora Martínez comenzó a llorar.

—Yo no he hecho esto —dijo Luke. Su voz sonaba pequeña y débil, como la voz de un niño.

—¡Sí! ¡Lo hiciste! Tú hiciste esto. Fuiste tú, era tu misión, éramos tus hombres y ahora estamos muertos, todos menos tú.

Luke sacudió la cabeza. —No, era la misión de Heath. Yo sólo estaba…

—¡Bastardo! Sólo estabas siguiendo órdenes, pero podrías haber dicho que no.

Luke no dijo nada. Martínez respiró profundamente.

—Te dije que me mataras —él apretó los dientes. —Te dije… que… me… mataras. Ahora mira esto... este lío. Sólo tú podías. —él negó con la cabeza. —Podrías haberlo hecho, nadie lo hubiera sabido.

Luke lo miró fijamente. —No podía matarte, eres mi amigo.

—¡No digas eso! —dijo Martínez. —Yo no soy tu amigo.

Volvió la cabeza hacia la pared. —Vete de mi habitación.

—Robby...

—¿A cuántos hombres has matado, Stone? ¿A cuántos, eh? ¿Un centenar? ¿Doscientos?

Luke habló apenas por encima de un susurro. Respondió honestamente. —No lo sé, perdí la cuenta.

—¿No podías matar a un hombre como un favor? ¿Un favor para tu supuesto amigo?

Luke no habló. Tal cosa nunca se le había ocurrido antes. ¿Matar a su propio hombre? Pero ahora se daba cuenta de que era posible.

Por una fracción de segundo, estuvo de vuelta en aquella ladera esa fría mañana. Vio a Martínez tendido de espaldas, llorando. Luke se acercó a él. No quedaba munición. Todo lo que Luke tenía era la bayoneta retorcida en su mano. Se agachó junto a Martínez, la bayoneta sobresalía de su puño como un pico. La extendió hacia arriba, sobre el corazón de Martínez, y...

—No te quiero aquí —dijo Martínez ahora. —Te quiero fuera de mi habitación. Vete, ¿vale, Stone? Vete ahora mismo.

De repente, Martínez comenzó a gritar. Cogió el botón de llamada a la enfermera desde su cama y comenzó a apretarlo con el pulgar.

—¡Te quiero fuera! ¡Sal! ¡Fuera!

Luke se puso de pie. Levantó las manos. —Está bien, Robby, está bien.

—¡FUERA!

Luke se dirigió a la puerta.

—Espero que te mueras, Stone. Espero que tu bebé se muera.

Entonces Luke salió al pasillo. Dos enfermeras venían hacia él, caminando, pero moviéndose rápido.

—¿Está bien? —dijo la primera.

—¿Me has oído, Stone? Espero que tu...

Pero Luke ya se había tapado los oídos y corría por el pasillo. Corrió por el edificio, ahora dándose prisa, jadeando en busca de aire. Vio la señal de SALIDA, se volvió hacia ella y atravesó las puertas dobles. Luego corrió por los terrenos a lo largo de un camino de hormigón. Aquí y allá, la gente se volvía para mirarlo, pero Luke siguió corriendo. Corrió hasta que sus pulmones empezaron a arder.

Un hombre venía por el otro lado. El hombre era mayor, pero ancho y fuerte. Caminaba erguido con aire militar, pero llevaba vaqueros azules y una chaqueta de cuero. Luke estaba casi encima de él antes de darse cuenta de que lo conocía.

—Luke —dijo el hombre. —¿Hacia dónde corres, hijo?

Luke se detuvo. Se inclinó y puso sus manos sobre las rodillas. Su aliento llegaba como ásperas limas. Luchaba en busca de unos pulmones más grandes.

—Don —dijo. Don, tío, no estoy en forma.

Se puso recto. Extendió su mano para estrechar la mano de Don Morris, pero en lugar de eso, Don lo envolvió en un abrazo de oso. Lo sintió... Luke no tenía palabras. Don era como un padre para él, los sentimientos surgieron. Se sintió seguro, aliviado. Se sentía como si durante mucho tiempo, hubiera estado guardando tantas cosas dentro de él, cosas que Don sabía intuitivamente, sin tener que decírselas. El abrazo de Don Morris parecía como estar en casa.

Después de un largo momento, se separaron.

—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo Luke.

Imaginó que Don había venido desde Washington para reunirse con los oficiales de Fort Bragg, pero Don disipó esa idea en unas pocas palabras.

—He venido a buscarte —dijo.



* * *



—Es un buen trato —dijo Don. —Lo mejor que vas a conseguir.

Estaban conduciendo por las calles adoquinadas del centro de Fayetteville en un sedán de alquiler indescriptible. Don estaba al volante, Luke en el asiento del copiloto. Había gente sentada en las cafeterías y restaurantes al aire libre a lo largo de las aceras. Era una ciudad militar, muchas de las personas que iban de un lado a otro estaban erguidas y en forma.

Pero además de estar saludables, también parecían felices. En este momento, Luke no podía imaginar cómo era sentirse así.

—Explícamelo otra vez —dijo.

—Tú sales con el rango de Sargento Mayor. Una baja honorable, efectiva al final de este año civil, aunque puedes pedir un permiso indefinido esta tarde. La nueva paga entra en vigencia de inmediato y continúa hasta tu baja. Tu registro de servicio está intacto y tu pensión de veterano de guerra, así como todos los demás beneficios permanecen en su sitio.

Sonaba como un buen trato, pero Luke nunca había considerado dejar el Ejército hasta este momento. Todo el tiempo que había estado en el hospital, había esperado reincorporarse a su unidad. Mientras tanto, entre bastidores, Don había estado negociando una salida para él.

—¿Y si quiero quedarme? —dijo.

Don se encogió de hombros. —Has estado en el hospital durante casi un mes. Los informes que he visto sugieren que has progresado poco o nada en la terapia y eres considerado un paciente poco cooperativo.

Él suspiró. —No te van a dejar que regreses, Luke, piensan que eres mercancía caducada. Si rechazas el paquete que te acabo de describir, planean librarse de ti con un alta psiquiátrica involuntaria con tu rango y paga actual, con un diagnóstico de trastorno de estrés postraumático. Estoy seguro de que no tengo que decirte el tipo de perspectivas a las que se enfrentan los hombres con una baja en esas circunstancias.

A Luke nada de esto le supuso una gran sorpresa, pero aun así era doloroso escucharlo. Él sabía cuál era el trato. El Ejército ni siquiera había reconocido formalmente la existencia de las Fuerzas Delta. La misión fue clasificada, nunca sucedió. Así que no esperaba recibir una medalla durante una ceremonia pública. En las Delta, no ingresabas por la gloria.

Aun así, aunque esperaba que lo ignoraran, no se esperaba que lo tiraran al montón de la chatarra. Se había entregado mucho al Ejército y estaban listos para deshacerse de él después de una mala misión. Es cierto, la misión salió peor que mal. Fue un desastre, una debacle, pero no fue por su culpa.

—Me están echando de cualquier manera —dijo. —Puedo irme en silencio o puedo irme dando patadas y gritando.

—Así es —dijo Don.

Luke suspiró pesadamente. Vio pasar el viejo pueblo. Salieron del distrito histórico y entraron en una calle más moderna con centros comerciales. Llegaron al final de un largo bloque y Don giró a la izquierda en el aparcamiento de Burger King.

La vida civil vendría, le gustara o no a Luke. Era un mundo que había dejado hacía catorce años. Nunca había esperado verlo de nuevo. ¿Qué había pasado en ese mundo?

Vio a una joven pareja con sobrepeso caminar hacia la puerta del restaurante.

—¿Qué voy a hacer? —dijo Luke. —¿Después de fin de año? ¿Qué tipo de trabajo civil puedo obtener?

—Eso es fácil —dijo Don. —Vas a trabajar para mí.

Luke lo miró.

Don se detuvo en un lugar cerca de la parte trasera. No había otros coches. —El Equipo de Respuesta Especial está listo para despegar. Mientras estabas acostado en la cama, mirándote el ombligo, he estado luchando con los burócratas y preparando papeles. He consolidado los fondos, al menos hasta fin de año. Tengo una pequeña sede en los suburbios de Virginia, no lejos de la CIA. Están pegando las letras en la puerta mientras hablamos. Conozco al director del FBI y hablé por teléfono, brevemente, debería agregar, con el Presidente de los Estados Unidos.

Don apagó el coche y miró a Luke.

—Estoy listo para contratar a mi primer agente. Eres tú.

Señaló con su cabeza un letrero grande cerca de la parte delantera del aparcamiento. Luke miró hacia donde Don le estaba indicando. Justo debajo del logotipo del Burger King había una serie de letras negras sobre un fondo blanco. Si se juntaban todas, las letras deletreaban un mensaje sombrío.

Tenemos vacantes de empleo. Pregunta dentro.

—Si no quieres unirte a mí, apuesto a que se te presentan muchas otras oportunidades.

Luke sacudió la cabeza. Luego se echó a reír.

—Este ha sido un día extraño —dijo.

Don asintió. —Bueno, está a punto de volverse aún más extraño. Aquí va otra sorpresa, esta es un regalo. No quería dártelo en el hospital porque los hospitales son lugares horribles. Especialmente los hospitales de la VA (Asociación de Veteranos).

De pie frente al coche había una hermosa joven, con cabello largo y castaño. Miró a Luke con lágrimas en los ojos. Llevaba una chaqueta ligera, abierta para revelar una camisa premamá. La mujer estaba muy embarazada.

Del hijo de Luke.

Luke tardó una fracción de segundo en reconocerla, algo que nunca le revelaría a nadie, ni siquiera bajo pena de tortura. Su mente no había funcionado bien en las últimas semanas y ella estaba fuera de lugar en este terreno baldío de unos aparcamientos. No esperaba verla aquí. Su presencia era irreal, de otro mundo.

Rebecca.

—Oh, Dios mío —dijo Luke.

—Sí —dijo Don. —Tal vez quieras ir a saludarla antes de que ella encuentre a alguien mejor. ¿Por aquí? No tardará mucho.

—¿Por qué... por qué la has traído aquí?

Don se encogió de hombros. Miró alrededor del aparcamiento del Burger King.

—Es más romántico que reunirse con ella en la base.

Luke salió del coche, parecía ir flotando hacia ella. Se abrazaron y él la abrazó durante mucho rato, de forma interminable, no quería dejarla ir.

Por primera vez, Luke sintió que las lágrimas corrían por su propia cara. Respiró profundamente. Se sentía muy bien abrazándola. No habló, no podía pensar en una sola palabra que decir.

Ella lo miró y le limpió las lágrimas de la cara.

—¿No es genial? —dijo ella. —Don ha dicho que vas a trabajar para él.

Luke asintió sin hablar. Parecía que se había resuelto, entonces. Don y Becca habían tomado la decisión por él.

—Te quiero tanto, Luke —dijo ella. —Estoy muy contenta de que esta vida militar haya terminado.




CAPÍTULO SEIS


3 de mayo

7:15 hora del Este

Sede del Equipo de Respuesta Especial

McLean, Virginia — Suburbios de Washington, DC



—Creo que podría tener algo para ti —dijo Don Morris.

Estaban sentados en la nueva oficina de Don. El lugar comenzaba a tomar forma. Había fotos de su esposa e hijos en el escritorio, lazos enmarcados y proclamaciones en las paredes. El escritorio en sí era una amplia extensión de roble reluciente. Encima de él había una consola porta-teléfono, un monitor de ordenador, un teléfono móvil, un teléfono por satélite y no mucho más. Don no creía mucho en el papeleo.

—Algo para sacarte un poco del campo. Pareces un poco inquieto desde que llegaste aquí, esto podría arreglarlo.

Luke lo miró fijamente. Era casi como si Don acabara de leer su mente. Don le había hecho un favor al darle este trabajo, Luke lo sabía. Era un salvavidas arrojado a un hombre que se ahogaba, pero Luke ya estaba avanzando lentamente hacia la puerta. Habían sido semanas de sentarse y hablar, como mucho. Luke estaba aburrido. Aunque eso estaba bien, el peligro era que, si continuaba demasiado tiempo, comenzaría a volverse loco. El trabajo de inteligencia desde un escritorio no era para él, eso estaba empezando a quedar muy claro.

—Soy todo oídos —dijo Luke.

Don hizo un gesto hacia la puerta abierta de su oficina. —Vamos a bajar a la entrada.

Luke siguió a Don por el estrecho pasillo hasta la sala de conferencias, que estaba muy iluminada, en el otro extremo. Este pequeño complejo de oficinas había sido una delegación de la Oficina de Vivienda y Desarrollo Urbano seis meses atrás. Don estaba trabajando para arrastrar el edificio un poco hacia el siglo XXI.

Con eso en mente, un joven alto con una cola de caballo y extrañas gafas de aviador recicladas, colgaba una pantalla plana en una pared. Otra pantalla ya estaba instalada en la pared opuesta, con los cables conectados a un panel de control en la larga mesa de conferencias. El chico llevaba una camiseta roja, blanca y azul, vaqueros y zapatillas altas Converse All-Star.

Luke apenas lo miró, supuso que era un técnico de una agencia de contratistas del gobierno, o posiblemente algún técnico de las profundidades del FBI.

—Luke, ¿conoces a Mark Swann? —dijo Don, casualmente, echando por tierra esos pensamientos. —Es nuestro nuevo diseñador y operador de sistemas, a cargo de nuestras redes de inteligencia, Internet, conexiones por satélite... Mark va a tener un montón de trabajo, al menos durante un tiempo. Mark Swann, este es el Agente Luke Stone. Luke es nuestro primer agente de campo, aunque estamos a punto de contratar a un par más.

El chico se dio la vuelta. Era flaco, tenía patas de alambre. La parte delantera de su camiseta de la bandera estadounidense decía: —¡Somos el Número 31!

Los ojos del chico se encontraron con los de Luke, quien lo evaluó rápidamente. Era joven, quizás unos veintipocos, parecía incluso más joven. Estaba lleno de seguridad hasta el borde de la arrogancia. Era inteligente, probablemente había sido un chiflado de la informática en el instituto. Él y Luke iban a estar en diferentes departamentos. De lo que se ocuparía este chico sería del equipo: desmontarlo, volverlo a montar, hacer que funcionara. Probablemente nunca había participado en un momento de violencia en toda su vida y podría no haber siquiera presenciado tales momentos.

Se estrecharon las manos.

—Somos el número treinta y uno, ¿verdad? —dijo Luke. —¿En qué somos el número treinta y uno?

El chico se encogió de hombros y sonrió.

—No lo sé, tío, tal vez puedas adivinarlo.

Luke casi se rio.

—No puedo adivinarlo —dijo. —Tal vez puedas ayudarme un poco.

—En salud —dijo el chico. —Somos el número treinta y uno en salud, según la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, somos el número uno en gastos de atención médica, si buscas algo de lo que estar orgulloso.

Luke todavía sostenía la mano del chico.

—Me enorgullecería romperte algunos huesos y ver el buen trabajo que hacen los médicos estadounidenses para soldarlos de nuevo. Pero es probable que prefieras arreglártelos en México.

Swann echó la mano hacia atrás. —En Cuba, tal vez. O en Canadá.

—Muy bien, Mark —dijo Don. —Estoy seguro de que el Agente Stone está contento de descubrir que ha estado arriesgando su pellejo todos estos años por un país con un desempeño medico tan mediocre.

Don hizo un gesto con la cabeza hacia la instalación audiovisual. —¿Cómo va?

Mark asintió. —La primera pantalla está lista para funcionar. Conexión de alta definición y alta velocidad. Puedes colocar ese teclado sobre la mesa y esa pequeña pantalla y acceder a cualquiera de tus archivos con solo iniciar sesión. Puedes elegir lo que quieras compartir y aparecerá en la pantalla grande. Puedo poner fácilmente esa capacidad a disposición de cualquier persona en el edificio; aunque quería que lo probaras primero, ver si te gusta.

Don asintió. —Muy bien. ¿Qué pasa con los visitantes? También, ¿qué pasa al compartir información con otros lugares?

El chico, Mark Swann, levantó las manos como diciendo: ¡No dispares! —Estamos en ello, pero vamos a necesitar un cifrado hermético, antes de comenzar a transmitir información fuera del edificio. Puedes enviar por correo electrónico lo que quieras, pero ¿en cuanto a colocar imágenes de video o datos que aparecen en otros lugares, o traer transmisiones hasta aquí? Eso sucederá en cada caso concreto con cada socio. La CIA, la NSA, la Casa Blanca si llegamos a eso, incluso la sede del FBI, todos tienen sus propios procedimientos y vamos a seguir sus pasos.

Don asintió. —Está bien, Mark, ya me está gustando. ¿Puedes darnos al Agente Stone y a mí unos veinte, tal vez, treinta minutos? ¿Y traer aquí a Trudy Wellington?

Swann asintió. —Por supuesto.

Cuando se fue, Don miró a Luke.

—Un niño divertido —dijo Luke.

—Un niño prodigio —dijo Don. —Mi objetivo aquí es contratar a los mejores. Y cuando se trata de eso, no siempre es el tipo al que mejor le queda el traje. En términos de tecnología, por lo general no es así. Aquí somos vaqueros, Luke, somos los niños que sobrepasan los límites, eso es lo que quieren de nosotros. El mismo director del FBI lo dijo.

—Estoy contigo —dijo Luke.

—Deberías. Eres uno de los mejores miembros de operaciones especiales que he visto en mi larga carrera y en cuanto a sobrepasar los límites... bueno...

De repente apareció una mujer joven en la puerta. En todo caso, era incluso más joven que el chico que se acababa de ir. Don estaba dotando de personal a este lugar con niños. Esta chica, sin embargo, era hermosa. Tenía el pelo castaño, largo y rizado. Llevaba una camisa de etiqueta y pantalones que abrazaban sus curvas. Llevaba unas gafas rojas grandes que le daban un ligero aspecto de búho.

—¿Don?

—Trudy, entra. Quiero que conozcas a Luke Stone, es el hombre del que te hablé. Luke, esta es Trudy Wellington. Ella es nuestra nueva agente de inteligencia. Es otra niña prodigio, se graduó en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) cuando era una adolescente, pasó un par de años en puestos de escucha de la CIA. Ahora está con nosotros, lista para dar un gran salto al siguiente nivel de espionaje.

Luke le dio la mano a la joven. Ella era un poco vergonzosa, no se cruzaría con los ojos de él. Demonios, todavía era una niña.

Luke miró de un lado a otro entre Don y Trudy. Notó algo en su lenguaje corporal...

No, era imposible, Don había estado casado durante treinta años. Tenía una hija y un hijo que eran mayores que esta tal Trudy.

—Trudy nos informará sobre la misión que tenemos entre manos.

Trudy se sentó en la mesa de conferencias, Luke y Don hicieron lo mismo. Inmediatamente cogió el teclado, empujó el pequeño monitor hacia adelante y tecleó su información. El escritorio de su ordenador de oficina apareció en la gran pantalla plana de la pared.

—¿Ya sabes cómo se usa esto? —dijo Don.

—Sí, bueno... Teníamos cosas audiovisuales como esta en el MIT, por supuesto. No tanto como he visto en la CIA, pero imagino que lo tienen en alguna parte. Swann me dio acceso antes, creo que estaba presumiendo.

—De todos modos, es genial —dijo Don.

Luke asintió, casi se ríe de nuevo. Imaginó a Don con su mirada férrea, como lo había conocido en los últimos años: lanzándose en paracaídas en zonas de combate, dirigiendo a los hombres en el campo, matando implacablemente a los malos. Parecía casi absurdamente orgulloso de su pequeña agencia, sus artilugios de oficina y los jóvenes civiles a los que manipulaba con tanta facilidad. Bueno, bien por él.

En la pantalla, apareció una identificación del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Mostraba a un soldado de pelo cortado a cepillo, mandíbula ancha y mirada amenazadora. Parecía sarcástico, irritado y listo para asesinar a alguien de un solo golpe. Parecía el tipo de persona que haría su servicio de combate en el extranjero, luego volvería a casa y pasaría el rato metiéndose en peleas de bar durante su tiempo libre. Un cliente rudo.

Luke había visto a muchos tipos así. De hecho, había dejado inconscientes a algunos de ellos.

—Voy a asumir que ninguno de vosotros tiene conocimiento previo del tema, o de la tarea en cuestión —dijo Trudy. —Podría hacer que esta conversación fuera un poco más larga de lo necesario, o puede que no. Pero tiende a garantizar que todos estamos en la misma página. ¿Os parece bien?

—Bien —dijo Don.

—Me parece bien —dijo Luke.

Ella asintió. —Entonces vamos a empezar. El hombre de la pantalla es el antiguo Sargento del Cuerpo de Marines, Edwin Lee Parr. Treinta y siete años, natural de Kentucky, al sur de Lexington. Veterano de guerra, que estuvo en activo tanto en la invasión de Panamá en 1989, como en la Guerra del Golfo. También fue desplegado en un papel de mantenimiento de la paz al final de la guerra de Kosovo. Corazón Púrpura y una Estrella de Bronce por un servicio meritorio durante la invasión de Panamá. Honorable baja en diciembre de 1999, después de doce años de servicio.

—Parr llegó a casa y se pateó todo el país durante un año y medio después de eso, haciendo trabajos de seguridad. Tenía una licencia de transporte oculta y era sobre todo un guardaespaldas personal, principalmente para hombres de negocios, a menudo para comerciantes de diamantes. Trabajó para una firma llamada White Knight Security y fue viviendo entre Nueva York, Miami, Chicago, Los Ángeles y San Francisco. Unos pocos viajes documentados a Tokio, Hong Kong y Londres, aunque no está claro cómo se manejaron las regulaciones sobre armas de fuego en esos casos.

Luke observó los ojos enfurecidos del hombre. No parecía un mal trabajo para un veterano de guerra. Sin mucha acción, pero con mucho movimiento. Incluso podría gustarle a un hombre como...

—Luego llegó el once de septiembre —dijo Trudy.

—¿Se volvió a alistar? —dijo Luke.

Ella sacudió su cabeza. —No. En un corto período de tiempo, hubo una enorme demanda de contratistas militares con experiencia. White Knight Security escindió una nueva división llamada White Knight Consultants. Edwin Parr fue uno de los primeros expertos disponibles en la zona de combate. Hizo una gira por Afganistán y ahora lleva veinticinco meses seguidos en Irak.

Luke estaba empezando a desear que fuera al grano. La idea de Edwin Lee Parr en un escenario de combate, sometido a poca o ninguna cadena de mando y ganando diez veces más que lo que ganan los soldados normales, irritaba a Luke, por decirlo suavemente.

—¿Veinticinco meses? —dijo Luke. —¿Qué está haciendo allí? Quiero decir, ¿además de rellenar su cuenta bancaria?

—Edwin Parr parece haber cambiado de bando —dijo Trudy.

Hizo una pausa y apartó la vista del teclado y el ratón por un momento. —Las siguientes imágenes son muy gráficas.

Luke la miró fijamente.

—Creo que podremos manejarlo —dijo Don.

Trudy asintió. —Parr fue despedido de la White Knight hace cuatro meses, a pesar de haber tenido una relación de cinco años con ellos. White Knight niega el conocimiento de sus actividades o su paradero, y renuncian a la responsabilidad por sus acciones.

Apareció una nueva imagen en la pantalla. Mostraba tal vez una docena de cuerpos esparcidos por algún tipo de plaza del mercado. Los cuerpos casi no se podían reconocer como humanos: habían sido destrozados a causa de una bomba o algún tipo de arma de repetición de alto calibre.

—Parr está operando en el noroeste de Irak, en lo que se conoce como el Triángulo Suní, más allá del alcance de las tropas de coalición. Tiene hasta una docena de anteriores contratistas, o posiblemente actuales, que operan con él, así como lo que creemos que son uno o dos desertores del Cuerpo de Marines. Se cree que es responsable de ordenar una masacre de civiles que tuvo lugar en este mercado al aire libre de Faluya y se cree que esta es una imagen de las consecuencias de esa masacre. Hasta cuarenta personas pudieron haber muerto en el ataque.

Luke estaba interesado. —¿Por qué haría eso?

Apareció una nueva imagen en la pantalla. Mostraba dos torsos quemados y sin cabeza colgando del paso elevado de un puente.

—Los cuerpos que se ven aquí han sido identificados como los restos de los antiguos contratistas militares estadounidenses Thomas Calence, de treinta y un años y Vladimir García, de treinta y nueve años. Su jeep fue atacado por insurgentes suníes. Fueron capturados, decapitados y les prendieron fuego. Cuando esto sucedió, ninguno de los dos estaba en nómina como contratista militar. La masacre de la imagen anterior parece haber sido la represalia por la muerte de Calence y García, como parte de una serie creciente de ajustes de cuentas. Calence y García habían estado de operaciones con Parr.

—¿Qué estaban haciendo? —dijo Luke.

Apareció una nueva imagen, un mapa del llamado Triángulo Suní.

—El Triángulo Suní era el bastión de Saddam Hussein en Irak. El sur del país es principalmente chií y Saddam hizo grandes esfuerzos para reprimir a este pueblo, incluidas frecuentes masacres. El norte es principalmente kurdo y en todo caso, los kurdos recibieron un trato aún peor que los chiíes. Pero el norte central y el noroeste de Irak son suníes. Saddam nació allí y las gentes de allí le son leales. Ha sido muy difícil para los militares estadounidenses controlar esta región y gran parte de ella sigue siendo una zona prohibida. Creemos que Parr opera allí porque es donde se oculta la mayor parte de la riqueza de Saddam.

—Parece que Parr ha estado descubriendo sistemáticamente escondites secretos de dinero, armas, diamantes, oro y otros metales preciosos, así como coches de lujo. Encuentra estas cosas mediante el uso de la tortura y el asesinato de los ex lugartenientes de Saddam y la intimidación hacia la población local. Los lugareños odian a Parr y están tratando activamente de matarlo.

—Pero Parr ha reunido un pequeño ejército de hombres duros: asesores militares, varios de ellos antiguos miembros de operaciones especiales y, como ya he indicado, posiblemente dos desertores del Cuerpo de Marines. Todos sus hombres están curtidos en la batalla y Parr los está haciendo ricos, siempre y cuando puedan mantenerse vivos. En ese sentido, están tomando medidas cada vez más extremas para asegurarse de que así sea. Actualmente, están secuestrando a mujeres y niñas de las tribus locales. Creemos que las usan como escudos humanos. También es posible que vendan a algunas de ellas a Al Qaeda y a los miembros de las tribus chiíes del sur.

Trudy se detuvo.

—Está saqueando el tesoro enterrado de Saddam lo más rápido que puede y no permite que nadie se interponga en su camino.

—¿Cuál es nuestro papel en esto? —dijo Luke.

Don se encogió de hombros. —Somos el FBI, hijo. Iremos allí, rescataremos a todos los que están recluidos contra su voluntad y arrestaremos a Edwin Lee Parr por secuestro y asesinato.

—Arrestarlo... —dijo Luke. —Por asesinato. En una zona de guerra, donde ya han muerto cientos de miles de personas.

Dejó que su mente digiriera eso durante un minuto.

Don asintió. —Correcto. Luego vamos a traerlo de vuelta aquí, juzgarlo y encerrarlo. Este hombre, Parr, es un desastre y necesita limpiarse. Es un asesino, un mentiroso y un ladrón. Está ahí, fuera del alcance de cualquiera, sin operar bajo el mando de nadie y se ha tomado la ley por su mano. Está cometiendo atrocidades por las que el pueblo iraquí está culpando a los estadounidenses. Si continúa, causará un incidente internacional, uno que echará a perder todos nuestros esfuerzos en Irak, Afganistán y en el mundo entero.

Luke respiró hondo. —¿Cómo os imagináis que acabará esto?

Don y Trudy lo miraron fijamente.

Trudy habló. —Si aceptas el caso, la CIA te proporcionará la identidad de un contratista militar corrupto que intenta sacar tajada —dijo. —Tú y tu compañero accederéis solos al Triángulo Suní, encontraréis las oficinas centrales de Parr, entre media docena de lugares sospechosos, os infiltraréis en su equipo, lo arrestaréis y luego pediréis que un helicóptero haga la extracción.

Luke gruñó, casi se rio. Miró a la joven y encantadora Trudy, graduada en una universidad de élite de la costa este. Por alguna razón, se centró en sus manos. Eran diminutas, inmaculadas, incluso hermosas. Dudaba que alguna vez hubieran sostenido un arma. Parecía como si nunca hubieran levantado nada más pesado que un lápiz, o que nunca en su vida se las hubiera manchado de barro. Sus manos deberían estar en un anuncio de Palmolive. Sus manos deberían tener programa de televisión propio.

—Eso suena bien —dijo. —¿Se te ha ocurrido eso a ti sola? Puedo decirte que mi última extracción de helicóptero fue bastante bien. Mi mejor amigo murió, mi oficial al mando murió, casi todos murieron, en realidad. Las únicas personas que no murieron fuimos yo, un hombre que perdió la cabeza y otro que perdió sus piernas y la cabeza. Y... sabes, su capacidad para...

Luke se fue apagando, no quería terminar esa frase.

—Ese tipo ya no me habla porque me pidió que lo matara y me negué.

Trudy miró a Luke con sus grandes y bonitos ojos. Las gafas hacían que sus ojos parecieran más grandes de lo que realmente eran. Ella lo miraba, en este momento, como un científico mira a un insecto a través de un microscopio.

—Eso es complicado —dijo ella.

—Es agua pasada —dijo Don. —O pierdes el miedo o no lo haces.

Luke asintió. Levantó las manos. —Lo sé, lo siento. Lo sé, ¿vale? Así que, digamos que entro. ¿Qué pasa si Parr no quiere venir calladito? ¿Y si pasar el resto de su vida en la cárcel no le atrae exactamente?

Don se encogió de hombros. —Si se resiste al arresto, entonces tú acabas con su comando y con la capacidad de su grupo para operar, a través de cualquier medio que tengas disponible en ese momento.

—¿Te das cuenta de que estamos hablando de estadounidenses? —dijo Luke.

Ambos lo miraron, pero ninguno de los dos respondió. Pasó un largo momento. Era una pregunta estúpida, por supuesto que se habían dado cuenta.

—¿Lo quieres? —dijo Don.

Pasó un minuto antes de que Luke hablara. ¿Lo quería? Por supuesto que lo quería. ¿Qué opción tenía? ¿Qué más podía hacer? ¿Sentarse en este edificio de oficinas y volverse loco? ¿Sentarse aquí y rechazar misiones hasta que Don finalmente captara el mensaje y lo dejara marchar? Para esto había sido contratado. Comparado con las cosas que había hecho anteriormente, ni siquiera era una misión. Era prácticamente una escapada de fin de semana.

Una imagen de Rebecca, ahora muy embarazada, en la cabaña de su familia, apareció en la pantalla de su mente. Su hijo estaba creciendo dentro de ella, pronto estaría aquí. A pesar de este trabajo de oficina, a pesar del largo viaje, a pesar de que estaba ausente durante todo el día, cinco días a la semana, el mes pasado fue el más feliz que habían pasado juntos.

¿Qué iba a pensar Becca sobre esto?

—¿Luke? —dijo Don.

Luke asintió. —Sí, lo quiero.




CAPÍTULO SIETE


18:15 Hora del Este

Condado de Queen Anne, Maryland — Orilla Oriental de la Bahía de Chesapeake



—Estás guapa —dijo Luke.

Acababa de llegar, se había quitado la camisa y la corbata y se había puesto unos vaqueros y una camiseta en cuanto entró por la puerta. Ahora tenía una lata de cerveza en la mano. La cerveza estaba helada y deliciosa.

El tráfico era una locura. Fue un viaje de noventa minutos desde DC, a través de Annapolis, a través del puente de la Bahía de Chesapeake, hasta la costa este. Pero nada de eso importaba, porque ahora estaba en casa.

Él y Becca se alojaban en la cabaña de su familia en el condado de Queen Anne. La cabaña era un lugar antiguo y rústico asentado en un pequeño acantilado, justo sobre la bahía. Tenía dos pisos, toda de madera, con chirridos y crujidos por cualquier parte que pisaras. Había un porche cubierto frente al agua y una puerta de la cocina que se cerraba de golpe con entusiasmo.

Los muebles del salón tenían generaciones de antigüedad. Las camas eran viejos esqueletos de metal con muelles; la cama del dormitorio principal era casi lo suficientemente larga, pero no del todo, para que Luke pudiera dormir cómodamente en ella. De lejos, la cosa más resistente de la casa era la chimenea de piedra en la sala de estar. Era casi como si la vieja chimenea ya estuviera y alguien con sentido del humor hubiera construido una choza de tablillas a su alrededor.

A decir verdad, la casa había pertenecido a la familia durante cien años. Algunos de los primeros recuerdos de Becca ocurrieron en esa casa.

Realmente era un lugar hermoso, a Luke le encantaba.

Estaban sentados en el patio trasero, disfrutando de la tarde mientras el sol se perdía lentamente por el oeste, sobre la vasta extensión de agua. Era un día ventoso y había velas blancas por todas partes. Luke casi deseaba que el tiempo se detuviera y poder simplemente sentarse en este lugar para siempre. El escenario era increíble y Becca estaba realmente hermosa, Luke no estaba mintiendo.

Era bonita como siempre y casi tan pequeña. Su hijo era una pelota de baloncesto que se escondía debajo de su camisa. Había pasado parte de la tarde cavando un poco en su jardín y estaba un poco sudada y enrojecida. Llevaba una gran pamela flexible y se estaba bebiendo un gran vaso de agua helada.

Ella sonrió. —Tú tampoco estás nada mal.

Una larga pausa se extendió entre ellos.

—¿Cómo ha ido el día? —dijo ella.

Luke le dio otro trago a su cerveza. Creía que cuando se estaban gestando los problemas, lo que debía hacer era ir al grano. Andarse por las ramas no era normalmente su estilo. Y Becca se merecía escucharlo de inmediato.

—Bueno, ha sido diferente. Don está llenando el lugar de empleados. Hoy dejó caer un proyecto en mis manos.

—Bueno, eso es bueno —dijo Becca. —Son buenas noticias, ¿verdad? ¿Algo a lo que hincarle el diente? Sé que has estado un poco aburrido en el trabajo y frustrado por el trayecto diario a la oficina.

Luke asintió. —Claro, es bueno, podría serlo. Es trabajo policial, supongo que así lo llamarías. Somos el FBI, ¿verdad? Eso es lo que hacemos. Lo malo es que, si asumo la misión y realmente, no tengo muchas opciones ya que es mi trabajo, tendré que salir de la ciudad unos días.

Luke podía oírse titubear y perder el tiempo. No le gustaba cómo sonaba eso. ¿Salir de la ciudad? ¿Era una broma? Don no lo estaba enviando a Pittsburgh.

Ahora Becca sorbió su agua. Sus ojos lo miraron por encima del vaso. Eran ojos cautelosos. —¿A dónde tienes que ir?

Aquí venía, más valdría sacarlo fuera.

—A Irak.

Sus hombros se desplomaron. —Oh, Luke, por favor. —ella suspiró pesadamente. —¿Quiere que vayas a Irak? Acabas de volver de Afganistán y casi te matan. ¿No se da cuenta de que estamos a punto de tener un bebé? Quiero decir, él lo sabe, ¿verdad?

Luke asintió. —Te ha visto, nena. ¿Recuerdas? Te trajo a verme.

—Entonces, ¿cómo puede siquiera pensar en esto? Espero que le hayas dicho que no.

Luke tomó otro trago de cerveza. Estaba un poco más caliente ahora, no tan deliciosa como hacía un momento.

—¿Luke? Le has dicho que no, ¿verdad?

—Cariño, es mi trabajo. No hay muchos trabajos disponibles como este para mí. Don me lanzó una cuerda y me salvó el pellejo. El Ejército iba a decir que tenía Trastorno de Estrés Postraumático y me echarían a perder. Eso no sucedió gracias a Don, así que no tengo mucho margen para decirle ahora que no. Tal y como van las cosas, es una tarea bastante fácil.

—Una tarea fácil en una zona en guerra —dijo Becca. —¿Cuál es el trabajo? ¿Asesinar a Osama bin Laden?

Luke sacudió la cabeza. —No.

—¿Entonces qué?

—Hay un contratista militar estadounidense allí que está fuera de control. Está saqueando viejos escondites de Saddam Hussein y robando dinero, obras de arte, oro, diamantes... Quieren que un compañero y yo lo arrestemos. No es una operación militar en absoluto, es un trabajo de policía.

—¿Quién es el compañero? —dijo ella. Podía ver en sus ojos que estaba pensando en lo que le había pasado a su último compañero.

—No lo he conocido todavía.

—¿Por qué no mandan a la policía militar a que haga esto?

Luke sacudió la cabeza. —No es asunto de los militares. Como he dicho, es un asunto policial. El contratista es técnicamente un civil, quieren dejar clara la diferencia.

Luke pensó en todas las cosas que estaba dejando de lado. La naturaleza inquieta de la región y la feroz lucha que se estaba desarrollando allí. Las atrocidades que Parr había cometido, el equipo de operadores rudos y asesinos implacables que había acumulado a su alrededor. La desesperación que debían sentir ahora mismo de salir con vida, ilesos, con todo su botín y sin ser capturados por la justicia. Los hombres muertos, decapitados, quemados y colgados de un puente.

De repente, Becca se echó a llorar. Luke dejó la cerveza y se acercó a ella. Se arrodilló junto a su silla y la abrazó.

—Oh Dios, Luke, dime que esto no va a empezar de nuevo. No creo que pueda soportarlo, nuestro hijo está en camino.

—Lo sé —dijo él. —Lo sé. No va a ser como antes, no es un despliegue. Me iré tres días, tal vez cuatro. Arrestaré a un tío y lo traeré a casa.

—¿Y si mueres? —dijo ella.

—No voy a morir, voy a tener mucho cuidado. Probablemente ni siquiera tendré que sacar mi arma.

Casi no podía creer las cosas que le estaba diciendo.

Ella ahora estaba temblando a causa de las lágrimas.

—No quiero que vayas —dijo ella.

—Lo sé, cariño, lo sé. Pero tengo que hacerlo. Será muy rápido. Te llamaré todas las noches, y puedes quedarte con tus amigas. Luego volveré y será como si nunca me hubiera ido.

Ella negó con la cabeza, las lágrimas caían con más dureza ahora. —Por favor —dijo ella. —Por favor, dime que va a ir bien.

Luke la estrechó con fuerza, teniendo en cuenta que el bebé crecía dentro de ella. —Va a ir bien, va a ir fantástico. Sé que así será.




CAPÍTULO OCHO


5 de mayo

15:45 Hora del Este

Base Conjunta Andrews

Condado de Prince George, Maryland



—Tú eres el jefe —dijo Don.

Era un par de centímetros más alto que Luke y un poco más ancho. Con el cabello gris de Don, su tamaño, su edad y su experiencia... bueno, Luke siempre se sintió un poco como un niño al lado de Don.

—No dejes que se olviden de quién está al mando. Yo iría contigo, pero estoy hasta arriba de reuniones. Eres mi representante. En lo que respecta a este viaje, tú eres yo.

Luke asintió. —Está bien, Don.

Caminaban por un pasillo largo y ancho a través de la terminal. Enjambres de personas, en su mayoría con uniformes de varios tipos, se arremolinaban, moviéndose de un lado a otro. La gente estaba de pie y comiendo en el Taco Bell y en el Subway. Hombres y mujeres se abrazaban, montones de equipaje pasaban en carros. El lugar estaba lleno, había dos guerras a la vez y en todos los servicios armados, el personal estaba en movimiento.

—Tenemos un nuevo tipo que se va a unir a ti. Él es tu compañero, pero tú eres el socio mayoritario. Su nombre es Ed Newsam. Me gusta, es grande, jodidamente arrogante y joven. Lo saqué de las Delta, aunque sólo ha estado allí un año.

—¿Un año? Don…

—En un año, ya se ha desenvuelto de forma admirable. Créeme, vas a estar contento de que haya contratado a este tipo. Es una bestia, un animal, como lo eras tú a esa edad.

A los treinta y dos, Luke ya empezaba a sentirse viejo. Había vuelto al gimnasio en las últimas semanas y de repente se le hacía cuesta arriba ponerse en forma. Esa fue una sorpresa muy desagradable, se había abandonado durante su estancia en el hospital.

—Trudy y Swann viajan contigo, pero no van al escenario contigo. Permanecerán en la Zona Verde donde estarán seguros y te ofrecerán orientación e información desde allí. Bajo ninguna circunstancia debes ponerlos en peligro. No son personal militar, ni lo han sido nunca.

Luke asintió. —Entendido.

Don se detuvo. Se volvió para mirar a Luke, sus duros ojos se suavizaron un poco. Era como si fuera el padre de Luke, el padre que nunca tuvo. Don era un padre grande, de pelo gris, de torso ancho y la cara como un bloque de granito.

—Vas a hacerlo bien, hijo. Ya has ocupado antes posiciones de mando, has estado en zonas de guerra y en misiones difíciles, misiones imposibles. Esta no es así, esta tiene la mandíbula de cristal, ¿vale? Papá Cronin ejecutará esta operación en tierra. Él te cubrirá las espaldas y se asegurará de que tengas a la gente que necesitas en el aire por encima de ti y a un paso por detrás de ti.

Luke se alegró de escuchar eso. Bill Cronin era un Agente Especial de la CIA. Había estado en la zona varias veces, tenía mucha experiencia en Oriente Medio. Luke había servido bajo su mando dos veces antes: una vez cedido por las Fuerzas Delta a la CIA y una vez durante una operación especial conjunta.

Don continuó. —Espero que vosotros entréis allí y que Parr deje caer su arma y levante las manos. Se sentirá aliviado de que no seas Al Qaeda. Necesitamos una victoria temprana para demostrar a los congresistas que vamos en serio, así que he completado tu planificación de vuelta con un retorno fácil. Pero no le digas eso a los demás, piensan que esto es la cosa más seria de la historia.

Luke sonrió y negó con la cabeza. —Está bien, Papá.

—Te revolvería el pelo, pero eres demasiado viejo, —dijo Don.

Más allá de la puerta había una pequeña sala de espera. Tres filas, de cinco asientos cada una, estaban agrupadas frente a un escritorio y detrás del escritorio, la puerta de la pista. El escritorio estaba abandonado y nadie se sentaba en las sillas, era un área vacía de la terminal.

A través de los grandes ventanales, Luke pudo ver un pequeño avión azul del Departamento de Estado estacionado y esperando fuera. Una escalera plegable conducía a la puerta abierta de la cabina del avión.

Un grupo de tres personas se arremolinaba en la puerta. Dos de ellos eran Trudy Wellington y Mark Swann. Trudy era pequeña y lo parecía a cada centímetro. Swann era alto y delgado, pero se veía encogido por el tercer miembro de su grupo, un hombre negro con vaqueros y chaqueta de cuero. El hombre negro se quedó solo, un poco alejado de Trudy y Swann. Tenía una mochila verde en el suelo a sus pies.

—¿Ese es el tipo? —dijo Luke. —¿Newsam?

Don asintió. —Ese es el chico.

Luke se empapó de él mientras se acercaban. Parecía medir dos metros de alto, sus hombros eran anchos, al igual que su pecho. Debajo de su chaqueta de cuero, llevaba una camiseta blanca que se aferraba a su enorme musculatura. Parecía que alguien se la había pintado. Sus brazos estaban cubiertos por la chaqueta, pero sus puños eran enormes. Llevaba botas de trabajo amarillas en sus grandes pies. Parecía el dibujo animado de un superhéroe.

Excepto por su cara, era tan arrogante y tan joven como la de cualquier niño de instituto. No había una arruga en él.

—¿Este tipo ha combatido antes? —dijo Luke.

Don asintió de nuevo. —Sí.

—Bueno, tú eres el jefe.

—Sí, lo soy.

Cuando llegaron hasta el grupo, los tres se giraron. Los ojos de Trudy y Swann estaban enfocados en Don, su jefe. El recién llegado, Newsam, miró a Luke.

—Gracias por venir, todos. Trudy y Mark, habéis tenido la oportunidad de conocer a Luke Stone, vuestro comandante en este viaje. Luke ha sido uno de los mejores miembros de operaciones especiales con los que he tenido el placer de servir, en el Ejército de los Estados Unidos. Luke, este es Ed Newsam, con quien no he servido, pero sobre el que he escuchado cosas espectaculares.

Los dos hombres se dieron la mano. Luke miró a los ojos del hombre más grande. Newsam no hizo nada explícito; por ejemplo, no intentó aplastar la mano de Luke con la suya. Pero sus ojos lo decían todo: Tú no mandas en mí.

Luke lamentaba estar en desacuerdo, pero este no era el momento ni el lugar para preocuparse por eso. Sin embargo, si iban a trabajar juntos, especialmente en una zona de combate, ese momento casi seguro que llegaría.




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