Una Vez Cazado 
Blake Pierce


Un Misterio de Riley Paige #5
¡Una obra maestra del género de thriller y misterio! El autor hizo un buen trabajo desarrollando a los personajes psicológicamente. Los describe tan bien que sientes que estás en sus mentes, sientes sus temores y te alegras por sus éxitos. La trama es muy inteligente y el libro te mantendrá entretenido de principio a fin. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido) Una fuga de una cárcel de máxima seguridad. Llamadas frenéticas del FBI. La peor pesadilla de la agente especial Riley Paige se ha hecho realidad: un asesino en serie que encerró hace años ha escapado. Y ella es su blanco principal. Riley está acostumbrada a ser la cazadora, pero, por primera vez, ella y su familia están siendo cazadas. Mientras el asesino la acecha, también comienza a matar, y Riley debe detenerlo antes de que sea demasiado tarde para las otras víctimas y para sí misma. Pero este no es un asesino común y corriente. Es demasiado inteligente, y su juego del gato y el ratón es demasiado retorcido, y de alguna manera logra eludirla y siempre permanecer un paso por delante. Desesperada por detenerlo, Riley se da cuenta de que solo hay un camino: debe ahondar en el pasado, en la mente retorcida de este asesino, en sus viejos casos, y volver a aprender lo que lo impulsa. Se da cuenta de que la única forma de detenerlo es enfrentar la oscuridad que creía haber dejado atrás. Un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA VEZ CAZADO es el libro #5 de una nueva serie fascinante – con un nuevo personaje querido – que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. El Libro #6 en la serie de Riley Paige estará disponible pronto.





Blake Pierce

Una Vez Cazado. Un Misterio de Riley Paige 5




Blake Pierce

Blake Pierce es el autor de la serie exitosa de misterio de RILEY PAIGE, que incluye los thriller de suspenso y misterio UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1), UNA VEZ TOMADO (Libro #2), UNA VEZ ANHELADO (Libro #3),  UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4), UNA VEZ CAZADO (Libro #5) y UNA VEZ AÑORADO (Libro #6).  Blake Pierce también es el autor de la serie de misterio de MACKENZIE WHITE y de AVERY BLACK.

Blake Pierce es un ávido lector y fan de toda la vida de los géneros de misterio y los thriller. A Blake le encanta comunicarse con sus lectores, así que por favor no dudes en visitar su sitio web www.blakepierceauthor.com (http://www.blakepierceauthor.com/) para saber más y mantenerte en contacto.



Derechos de autor © 2016 por Blake Pierce. Todos los derechos reservados. Excepto según lo permitido bajo la Ley de Derechos de Autor de Estados Unidos de 1976, ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, distribuida, transmitida en cualquier forma o por cualquier medio, o almacenada en una base de datos o sistema de recuperación, sin el permiso previo del autor. Este libro electrónico está disponible solo para tu disfrute personal. Este libro electrónico no puede ser revendido o dado a otras personas. Si te gustaría compartir este libro con otra persona, por favor compra una copia adicional para cada destinatario. Si estás leyendo este libro y no lo compraste, o no fue comprado solo para tu uso, por favor regrésalo y compra tu propia copia. Gracias por respetar el trabajo arduo de este autor. Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son productos de la imaginación del autor o se emplean como ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es totalmente coincidente. Derechos de autor de la imagen de la cubierta son de GongTo, utilizada bajo licencia de Shutterstock.com.



LIBROS ESCRITOS POR BLAKE PIERCE



SERIE DE MISTERIO DE RILEY PAIGE

UNA VEZ DESAPARECIDO (Libro #1)

UNA VEZ TOMADO (Libro #2)

UNA VEZ ANHELADO (Libro #3)

UNA VEZ ATRAÍDO (Libro #4)

UNA VEZ CAZADO (Libro #5)

UNA VEZ AÑORADO (Libro #6)



SERIE DE MISTERIO DE MACKENZIE WHITE

ANTES DE QUE ASESINE (Libro #1)

ANTES DE QUE VEA (Libro #2)

ANTES DE QUE DESEE (Libro #3)



SERIE DE MISTERIO DE AVERY BLACK

UNA RAZÓN PARA MATAR (Libro #1)

UNA RAZÓN PARA HUIR (Libro #2)




PRÓLOGO


El automóvil de la agente especial Riley Paige rompió el silencio de las calles oscuras de Fredericksburg. Su hija de quince años de edad estaba desaparecida, pero Riley estaba más furiosa que asustada. Creía saber dónde estaba April, probablemente con su nuevo novio, Joel Lambert, quien tenía diecisiete años de edad y había abandonado la escuela secundaria. Riley había intentado ponerle fin a la relación, pero no había tenido éxito.

“Eso cambiará esta noche”, pensó con determinación.

Se estacionó en frente del hogar de Joel, una casa pequeña y deteriorada en un vecindario despreciable.  Había estado aquí una vez y le había dado a Joel un ultimátum para que se alejara de su hija. Evidentemente lo había ignorado.

No había ni una sola luz encendida. Tal vez no había nadie en casa. O tal vez lo que Riley encontraría allí sería más de lo que podía manejar. De una u otra forma, no le importaba. Golpeó la puerta.

“¡Joel Lambert! ¡Abre la puerta!”, gritó.

Riley no escuchó nada, así que golpeó la puerta otra vez. Esta vez oyó maldiciones susurradas. Alguien encendió la luz del porche. La puerta se abrió unas pulgadas. Riley logró distinguir un rostro desconocido en la luz. Era el de un hombre barbudo de unos diecinueve o veinte años que se veía drogado.

“¿Qué quieres?”, preguntó el hombre atontadamente.

“Vine a buscar a mi hija”, dijo Riley.

El hombre se veía aturdido.

“Está en el lugar equivocado, señora”, dijo.

Intentó cerrar la puerta, pero Riley la pateó tan fuertemente que la cadena de seguridad se soltó y la puerta se abrió de golpe.

“¡Oye!”, gritó el hombre.

Riley entró rápidamente a la casa. Se veía igual que la última vez, un desastre horrible de hedores sospechosos. El joven era alto y enjuto. Riley detectó un parecido familiar entre él y Joel, pero no era lo suficientemente mayor como para ser su padre.

“¿Quién eres tú?”, preguntó.

“Yo soy Guy Lambert”, respondió.

“¿El hermano de Joel?”, dijo Riley.

“Sí. ¿Quién demonios eres tú?”.

Riley sacó su placa.

“Agente especial Riley Paige, FBI”, dijo.

El hombre se veía alarmado.

“¿FBI? Creo que hay un error”.

“¿Están tus padres?”, preguntó Riley.

Guy Lambert se encogió de hombros.

“¿Padres? ¿Qué padres? Joel y yo vivimos solos”.

Esto no sorprendió a Riley ya que había sospechado esto la última vez que había estado aquí. Lo que no podía adivinar era qué era lo que había sucedido con sus padres.

“¿Dónde está mi hija?”, preguntó Riley.

“Señora, ni siquiera conozco a su hija”.

Riley dio unos pasos hacia la puerta más cercana. Guy Lambert intentó impedir que pasara.

“Oye, ¿no se supone que tiene que tener una orden de registro?”, preguntó.

Riley lo empujó a un lado.

“Haremos las cosas a mi manera”, gruñó.

Riley pasó por la puerta a un dormitorio desaliñado. No había nadie allí. Continuó por otra puerta a un baño sucio y por otra que estaba conectada a un segundo dormitorio. Tampoco había nadie allí.

Justo entonces oyó una voz gritar desde la sala de estar.

“¡Detente!”.

Riley regresó a la sala de estar.

Se dio cuenta de que su compañero, el agente Bill Jeffreys, estaba parado en la puerta principal. Lo había llamado para pedirle ayuda antes de haber salido de su casa. Guy Lambert estaba desplomado en el sofá, se veía desalentado.

“Este chico estaba a punto de irse”, dijo Bill. “Le dejé claro que debía esperarte”.

“¿Dónde están?”, preguntó Riley. “¿Dónde están tu hermano y mi hija?”.

“No tengo ni idea”.

Riley lo agarró por la camiseta tan fuertemente que lo levantó del sofá.

“¿Dónde están tu hermano y mi hija?”, repitió.

“No sé”, respondió. Riley lo empujó a la pared. Bill dejó escapar un gemido de desaprobación. Sin duda le preocupaba que Riley pudiera salirse de control, pero a ella no le importaba.

Totalmente inundado por el pánico, Guy Lambert espetó una respuesta.

“Están en una casa en la otra cuadra. En la trece treinta y cuatro”.

Riley lo soltó e irrumpió por la puerta principal con Bill sin decir más.

Ella tenía su linterna en la mano y estaba verificando los números de las casas con ella. “Es por aquí”, dijo.

“Tenemos que pedir apoyo”, dijo Bill.

“No necesitamos apoyo”, dijo Riley mientras corría a lo largo de la acera.

“Eso es no lo que me preocupa”. Bill la siguió.

Riley se encontró en el patio de una casa de dos pisos unos momentos después. La casa estaba destrozada y tenía terrenos vacíos en ambos lados, definitivamente un espacio perfecto para consumidores de heroína. Le recordaba de la casa donde un psicópata sádico llamado Peterson la había mantenido en cautiverio en una jaula, donde la había atormentado con una antorcha de propano. Estuvo allí hasta el momento en el que se escapó y voló la casa a pedazos con el propio propano de Peterson.

Vaciló por un segundo ya que se encontró conmovida por la memoria. Pero luego se recordó a sí misma:

“April está allí”.

“Prepárate”, le dijo a Bill.

Bill sacó su linterna y su arma, y luego caminaron juntos hacia la casa.

Cuando Riley llegó al porche, vio que las ventanas estaban cerradas con tablas. No tenía intención de tocar la puerta esta vez. No quería que Joel, ni cualquier otra persona que estuviera adentro, se enterara de su llegada.

Intentó el pomo, y este se movió. Pero la puerta tenía un cerrojo de seguridad. Sacó su arma y disparó, destruyéndolo en el proceso. Intentó el pomo de nuevo, y la puerta se abrió esta vez.

Incluso después de la oscuridad exterior, sus ojos tuvieron que acostumbrarse a la oscuridad profunda de la sala de estar. La única luz provenía de velas dispersas. Iluminaban una escena terrorífica de basura y escombros, bolsas vacías de heroína, jeringas y parafernalia de drogas. Pudo ver unas siete personas, dos o tres de ellas colocándose de pie lentamente después del alboroto que Riley había causado, el resto aún en el suelo o sentadas en sillas en un estupor inducido por drogas. Todas se veían consumidas y enfermas, y sus ropas estaban sucias y andrajosas.

Riley enfundó su arma ya que claramente no la necesitaba aún.

“¿Dónde está April?”, gritó. “¿Dónde está Joel Lambert?”.

Un hombre que acababa de ponerse de pie dijo: “Arriba”.

Riley hizo su camino hacia las escaleras con Bill detrás de ella, alumbrando con la linterna. Pudo sentir los escalones podridos ceder bajo su peso. Bill y ella llegaron al pasillo ubicado en la parte superior de las escaleras. Tres umbrales habían sido despojados de sus puertas y estaban visiblemente vacíos. El cuarto umbral todavía tenía una puerta, y estaba cerrada.

Riley caminó hacia la puerta. Bill extendió su mano para detenerla.

“Yo entro primero”, dijo.

Ignorándolo, Riley abrió la puerta y entró.

Las piernas de Riley casi cedieron por lo que vio. April estaba acostada en un colchón, murmurando “No, no, no” una y otra vez. Se retorcía débilmente mientras Joel Lambert trataba de quitarle la ropa. Un hombre familiar con exceso de peso estaba cerca, esperando que Joel terminara su tarea. Había una aguja y una cuchara sobre el soporte de la cama.

Riley entendió todo en un instante. Joel había drogado a April hasta el punto en que estaba casi inconsciente y la estaba ofreciendo como favor sexual a este hombre repulsivo, ya sea por dinero o algún otro propósito.

Sacó su arma de nuevo y apuntó a Joel con ella. Estaba luchando contra todos sus impulsos para no dispararle de una vez.

“Aléjate de ella”, dijo con firmeza.

Joel aparentemente entendió en el estado mental en el que se encontraba, ya que levantó los brazos y se alejó de la cama.

“Esposa a este bastardo”, le dijo Riley a Bill, refiriéndose al otro hombre. “Llévalo al carro. Ya puedes pedir apoyo”.

“Riley, escúchame…”, comenzó a decir Bill.

Riley sabía lo que Bill estaba pensando. Comprendía perfectamente que todo lo que Riley quería era unos minutos a solas con Joel. Era comprensible que estuviera reacio a hacerlo.

Aún apuntando a Joel con su arma, Riley le dio a Bill una mirada suplicante. Bill asintió con la cabeza lentamente, luego caminó hacia el hombre, le leyó sus derechos, lo esposó y lo sacó de la habitación.

Riley cerró la puerta detrás de ellos. Luego se quedó parada frente a Joel Lambert, aún con su arma apuntada. April se había enamorado de este chico. Pero este no era ningún adolescente normal. Estaba profundamente involucrado en el tráfico de drogas. Había drogado a April con la intención de vender su cuerpo. Esta no era una persona capaz de amar a nadie.

“¿Qué crees que vas a hacer?”, dijo. “Yo tengo derechos”. Le sonrió con superioridad, de la misma forma en la que lo había hecho la última vez que lo había visto.

La pistola temblaba un poco en la mano de Riley. Tenía ganas de apretar el gatillo y hacer volar a esta escoria, pero no podía hacer eso.

Notó que Joel estaba acercándose a una mesa. Él era grande y un poco más alto que Riley. Se estaba acercando a un bate de béisbol, que obviamente mantenía para fines de autodefensa, que estaba inclinado sobre la mesa. Riley reprimió una sonrisa sombría. Parecía que estaba a punto de hacer exactamente lo que ella quería que hiciera.

“Estás arrestado”, dijo.

Enfundó su arma y alcanzó las esposas que tenía en la parte trasera de su cinturón. Exactamente como ella esperaba, Joel se lanzó para alcanzar el bate de béisbol, lo tomó y trató de golpear a Riley con él. Esquivó el batazo hábilmente y se preparó para el siguiente golpe.

Esta vez Joel lo alzó bastante, tratando de meterle un batazo en la cabeza. Pero cuando bajó su brazo, Riley se agachó y alcanzó el otro extremo del bate. Logró agarrarlo y quitárselo de un jalón. Disfrutó la mirada sorprendida que vio en su rostro cuando perdió el equilibrio.

Joel se agarró de la mesa para no caer al piso. Cuando colocó su mano contra la mesa, Riley logró meterle un gran batazo. Pudo oír sus huesos fracturándose.

Joel dejó escapar un grito patético y cayó al suelo.

“¡Perra loca!”, pensó. “Fracturaste mi mano”.

Riley lo esposó a un pilar de cama, jadeando del esfuerzo.

“No me quedó de otra”, dijo ella. “Te resististe, y cerré la puerta en tu mano accidentalmente. Lo lamento”.

Riley esposó su otra mano a la parte inferior de otro pilar de cama. Luego pisó su mano fracturada fuertemente.

Joel gritó y se retorció. Movió sus pies incesablemente, tratando de escapar.

“¡No, no, no!”, gritó.

Riley se agachó y se acercó a su rostro, aún manteniendo su pie en su lugar.

“¡No, no, no!”, dijo de forma burlona. “¿En dónde fue que escuché esas palabras? ¿En los últimos minutos?

Joel estaba lloriqueando del dolor y del terror.

Riley lo pisó más fuertemente.

“¿Quién las dijo?”.

“Tu hija… ella las dijo”.

“¿Dijo qué cosa?”.

“‘No, no, no…’”.

Riley bajó un poco la presión que tenía sobre su mano.

“¿Y por qué dijo eso?”, preguntó.

Joel apenas podía hablar a través de sus sollozos violentos.

“Porque… ella estaba indefensa… y lastimada. Ya entiendo. Ya entiendo”.

Riley quitó su pie. Por lo visto había entendido el mensaje, al menos por ahora. Pero esto era lo mejor, o lo peor, que podía hacer en estos momentos. Merecía la muerte, o algo aún peor que eso. Pero ella no era capaz de lastimarlo de esa forma. Al menos esa mano nunca le quedaría igual.

Riley dejó a Joel esposado y retorciéndose y corrió hacia su hija. Los ojos de April estaban dilatados, y Riley sabía que a ella le estaba costando poder ver bien.

“¿Mamá?”, dijo April entre gemidos.

Esa palabra desató un mundo de angustia en Riley, así que rompió a llorar cuando comenzó a ayudar a April a colocarse la ropa.

“Te sacaré de aquí”, dijo entre sollozos. “Todo va a estar bien”.

Riley solo esperaba que esas palabras fueran ciertas.




CAPÍTULO UNO


Riley se arrastraba por la tierra en un sótano de poca altura húmedo que estaba debajo de una casa. Estaba en total oscuridad. Se preguntaba por qué no había traído una linterna. Después de todo, había estado en este horrible lugar antes.

Oyó la voz de April clamar en la oscuridad de nuevo.

“Mamá, ¿dónde estás?”.

Riley comenzó a desesperarse. Sabía que April estaba enjaulada en algún lugar en medio de esta oscuridad. Estaba siendo torturada por un monstruo despiadado.

“Estoy aquí”, gritó Riley en respuesta. “Ya voy. Sigue hablando para así poder encontrarte”.

“Estoy aquí”, gritó April.

Riley se arrastró en esa dirección, pero un momento después oyó la voz de su hija desde otra dirección.

“Estoy aquí”.

Luego la voz se hizo eco en la oscuridad.

“Estoy aquí… Estoy aquí… Estoy aquí…”.

No era solo una voz, y no era solo una niña. Muchas niñas estaban pidiéndole ayuda. Y no tenía ni la menor idea cómo llegar a ellas.



Riley se despertó de su pesadilla por un apretón que sintió en su mano. Se había quedado dormida sosteniendo la mano de April, y April estaba comenzando a despertar. Riley se sentó y miró a su hija en la cama.

El rostro de April todavía estaba algo pálido, pero su mano ya no estaba fría. Se veía mucho mejor que ayer. La noche que había pasado en la clínica le había hecho bien.

April intentó enfocar sus ojos en Riley. En ese momento vinieron las lágrimas. Riley sabía que esto sucedería.

“Mamá, ¿qué hubiese pasado si no hubieses venido?”, dijo April emotivamente.

Riley sintió sus propios ojos llenarse de lágrimas. April había hecho la misma pregunta un montón de veces. Riley no podía siquiera imaginar la respuesta, y mucho menos decirla en voz alta.

El celular de Riley comenzó a sonar. Vio que era Mike Nevins, un psiquiatra forense que era su amigo. Había ayudado a Riley a superar muchas de sus crisis personales, y estaba agradecida por poder contar con él en esta.

“Solo llamo para ver cómo están las cosas”, dijo Mike. “Espero que este no sea un mal momento”.

A Riley le alegraba oír la voz tranquilizadora de Mike.

“Para nada, Mike. Gracias por llamar”.

“¿Cómo está?”.

“Creo que está mejor”.

Riley no sabía que hubiera hecho sin la ayuda de Mike. Después de haber rescatado a April de las garras de Joel, el resto del día de ayer había sido un caos de urgencias, tratamientos médicos e informes policiales. Mike había organizado todo para que April pudiera pasar la noche en el Centro de Salud y Rehabilitación Corcoran.

Era mucho mejor que estar en el hospital. Incluso con todo el equipamiento necesario, la habitación era atractiva y cómoda. Riley podía ver árboles en jardines bien cuidados por la ventana.

En ese momento, el médico de April entró en la habitación. Riley finalizó la llamada justo cuando el Dr. Ellis Spears llegó al lado de la cama. Era un hombre de aspecto bondadoso con un rostro joven, pero con ciertas canas que delataban su edad.

Tocó la mano de April y le preguntó: “¿Cómo te sientes?”.

“Nada bien”, dijo April.

“Date un poco de tiempo”, respondió el médico. “Vas a estar bien. Srta. Paige, ¿podríamos hablar?”.

Riley asintió con la cabeza y lo siguió hasta el pasillo. El Dr. Spears ojeó la información en su tabla sujetapapeles.

“Ya casi no tiene heroína en su cuerpo”, dijo. “El muchacho le dio una dosis peligrosa. Afortunadamente, sale del torrente sanguíneo rápidamente. Es probable que no tenga ningún otro síntoma físico de abstinencia. La angustia que siente en este momento es más emocional que física”.

“¿Ella va a…?”. Riley no pudo terminar de formular la pregunta.

Afortunadamente, el médico entendió lo que quería saber.

“¿Recaer o tener antojos? Es difícil saberlo. Usar heroína por primera vez puede sentirse maravilloso. No es una adicta en este momento, pero es probable que no olvide esa sensación. Existe el riesgo de que se sienta atraída por el resplandor que le generó”.

Riley comprendió lo que el médico quería decir con eso. De ahora en adelante, sería de vital importancia mantener a April lejos de cualquier posible uso de drogas. Era espeluznante el solo pensarlo. April había admitido haber fumado marihuana y tomado pastillas antes. Al parecer, algunas eran analgésicos recetados, opioides muy peligrosos.

“Dr. Spears, yo…”.

A Riley le costó formular la pregunta que tenía en mente en ese momento.

“No entiendo qué pasó”, dijo. “¿Por qué haría algo así?”.

El médico le sonrió compasivamente. Riley supuso que escuchaba esta pregunta bastante a menudo.

“Para escapar”, dijo. “Pero no estoy hablando de un escape de su vida entera en sí. Ella no es ese tipo de usuaria. De hecho, no creo que realmente sea una usuaria en sí. Como todos los adolescentes, se deja llevar por los impulsos. Es solo cuestión de un cerebro inmaduro. Realmente le gustaba la sensación a corto plazo que esas drogas le daban. Afortunadamente, no las ha consumido lo suficiente como para ocasionarse a sí misma algún daño duradero”.

El Dr. Spears se quedó en silencio por unos instantes.

“Su experiencia fue inusualmente traumática”, dijo. “Hablo del hecho de que ese muchacho estaba tratando de explotarla sexualmente. Esa memoria en sí puede ser suficiente para mantenerla alejada de las drogas para siempre. Pero también es posible que la angustia emocional pueda ser un desencadenante peligroso”.

Riley se sintió terrible. La angustia emocional parecía un hecho inevitable en su vida familiar últimamente.

“Tenemos que mantenerla en observación por unos días”, dijo el Dr. Spears. “Después de eso, necesitará de mucho cuidado, reposo y ayuda con autoanálisis”.

El médico se retiró y siguió sus rondas. Riley se quedó en el pasillo, sintiéndose y preocupada.

“¿Esto es lo que le sucedió a Jilly?”, se preguntó.“¿April podría haber terminado como esa niña desesperada?”.

Hace dos meses en Phoenix, Arizona, Riley había rescatado a una chica incluso menor que April de la prostitución. Un extraño vínculo emocional se había formado entre ellas, y Riley intentó mantenerse en contacto con ella después de haberla llevado a un refugio para adolescentes. Pero Riley había sido notificada hace unos días que Jilly había huido. Riley llamó a un agente del FBI y le pidió ayuda ya que era incapaz de volver a Phoenix. Sabía que el hombre se sentía en deuda con ella, y esperaba que se comunicara con ella hoy.

Al menos Riley estaba donde tenía que estar para April en estos momentos.

Iba de regreso a la habitación de su hija cuando escuchó una voz llamar su nombre en el pasillo. Se volvió y vio el rostro preocupado de su ex marido, Ryan, quien se estaba acercando a ella. Él había estado en Minneapolis trabajando en un caso judicial cuando Riley lo había llamado para contarle lo que había sucedido.

Riley se sintió sorprendida al verlo. La hija de Ryan ocupaba un puesto muy bajo en su lista de prioridades, un puesto mucho más bajo que los que ocupaban su trabajo como abogado y la libertad que ahora estaba disfrutando como soltero. Ni siquiera había estado segura de que fuera a ver a April.

Se apresuró a Riley y la abrazó. Su rostro estaba lleno de inquietud.

“¿Cómo está? ¿Cómo está?”.

Ryan seguía repitiendo la misma pregunta, haciéndole más difícil a Riley el responder.

“Estará bien”, logró decir Riley finalmente.

Ryan dejó de abrazarla y la miró con ojos llenos de angustia.

“Lo siento”, dijo. “Lo siento mucho. Me dijiste que April estaba teniendo problemas, pero no te escuché. Debí haber estado aquí para las dos”.

Riley no sabía qué decir. Ryan no solía disculparse. De hecho, había esperado que le echara la culpa por lo sucedido. Siempre había sido su forma de lidiar con las crisis familiares. Al parecer, lo que le había sucedido a April había sido lo suficientemente serio como para afectarle. Seguramente ya había hablado con el médico y estaba enterado de todo el terrible asunto.

Él asintió con la cabeza hacia la puerta.

¿Puedo verla?”, preguntó.

“Por supuesto”, dijo Riley.

Riley se quedó parada en el umbral y vio como Ryan corrió a la cama de April y la tomó en sus brazos. Abrazó a su hija fuertemente por unos momentos. Riley creyó verlo sollozar. Luego se sentó al lado de April y tomó su mano.

April estaba llorando otra vez.

“Ay papá, esta vez me equivoqué feo”, dijo. “Ves, estaba pasando por algo con un chico…”.

Ryan le tocó los labios para callarla.

“Shh. No tienes que contármelo. Todo está bien”.

Riley sintió un nudo en la garganta. De repente, por primera vez en mucho tiempo, sintió que los tres eran una familia. ¿Eso era algo bueno o algo malo? ¿Era una señal de tiempos mejores por venir, o simplemente acabaría decepcionada y angustiada de nuevo? No tenía ni idea.

Riley observó desde el umbral a Ryan acariciar el pelo de su hija suavemente, y a April cerrar los ojos y relajarse. Esta escena era bastante conmovedora.

“¿Cuándo se descarrilaron las cosas?”, se preguntó.

Se encontró deseando poder devolver el tiempo a algún momento crucial cuando había cometido algún terrible error para poder hacer las cosas distintas para que todo esto nunca hubiera sucedido. Se sentía bastante segura de que Ryan estaba pensando lo mismo.

Era un pensamiento irónico, y ella lo sabía. El asesino que había abatido anteayer había estado obsesionado con los relojes, y posó a sus víctimas como las manecillas de una esfera de reloj. Y ahora tenía ganas de poder cambiar el tiempo.

“Si tan solo pudiera haber mantenido a Peterson lejos de ella”, pensó con un escalofrío.

Como Riley, April había sido enjaulada y atormentada por ese monstruo sádico y su antorcha de propano. La pobre muchacha había estado luchando con TEPT desde entonces.

Pero la verdad era que este problema era mucho más grande.

“Si Ryan y yo nunca nos hubiéramos divorciado, tal vez esto nunca hubiera pasado”, pensó.

Pero ¿cómo podría haber evitado eso? Ryan había sido distante tanto como marido como padre, y de paso era un mujeriego. No es que ella le echaba la culpa por todo. Ella también había cometido errores. Nunca había logrado equilibrar bien su trabajo como agente del FBI con su papel como madre. Y no se había percatado del montón de señales de advertencia que indicaban que April estaba en problemas.

Su tristeza se intensificó. No, no podía pensar en un solo momento en particular en el que podría haberlo cambiado todo. Su vida había sido un sinfín de errores y oportunidades perdidas. Además, sabía perfectamente que no podía devolver el tiempo. No tenía sentido añorar lo imposible.

Salió al pasillo cuando su teléfono sonó. Su corazón latió con fuerza cuando vio que la llamada era de Garrett Holbrook, el agente del FBI que se había encargado de buscar a Jilly.

“¡Garrett!”, exclamó cuando contestó. “¿Qué ha pasado?”.

Garrett respondió con su tono monótono característico.

“Tengo buenas noticias”.

Riley comenzó inmediatamente a respirar mejor.

“La policía la recogió”, dijo Garrett. “Había pasado toda la noche en la calle sin dinero y sin un lugar a dónde ir. La cogieron robando en una tienda. Estoy con ella en la comisaría. Pagaré su fianza, pero…”.

Garrett se quedó callado por un momento. A Riley no le gustó como había sonado ese “pero”.

“Tal vez debería comunicártela”, dijo.

Riley oyó el sonido familiar de la voz de Jilly unos segundos más tarde.

“Hola, Riley”.

Ahora que el pánico de Riley estaba menguando, estaba empezando a enojarse.

“No me digas ‘hola’. ¿Por qué huiste? ¿En qué estabas pensando?”.

“No volveré a ese lugar”, dijo Jilly.

“Sí, sí lo harás.”

“Por favor no me hagas volver”.

Riley no respondió. No sabía qué decir. Sabía que el refugio en donde Jilly se había estado quedando era un lugar bueno y enriquecedor. Riley había conocido a algunos miembros del personal que habían sido bastante serviciales.

Pero Riley también entendía cómo Jilly se sentía. La última vez que habían hablado, Jilly le había dicho que nadie la quería y que los padres adoptivos seguían pasándola por alto.

“No les gusta mi pasado”, le había dicho Jilly.

La conversación había terminado mal, Jilly le había rogado a Riley que la adoptara. Riley había sido incapaz de explicarle las mil y una razones por las cuales eso era imposible. Esperaba que esta conversación no terminara de la misma forma.

Antes de que Riley pudiera pensar en qué decir, Jilly dijo: “Tu amigo quiere hablar contigo”.

Riley oyó la voz de Garrett Holbrook de nuevo.

“Ella sigue diciendo que no volverá al refugio. Pero tengo una idea. Una de mis hermanas, Bonnie, está considerando adoptar. Estoy seguro de que ella y su esposo estarían felices de adoptar a Jilly. Bueno, si Jilly…”.

Garrett fue interrumpido por chillidos de placer de Jilly, que seguía gritando “¡Sí, sí, sí!” una y otra vez.

Riley sonrió. Era justo lo que necesitaba en este momento.

“Me parece bien, Garrett”, dijo. “Hazme saber cómo sale todo. Muchas gracias por toda tu ayuda”.

“No te preocupes”, dijo Garrett.

Finalizaron la llamada. Riley caminó hacia el umbral de nuevo y vio que Ryan y April estaban conversando despreocupadamente. Las cosas parecían estar mucho mejor. A pesar de todos sus errores, le habían dado a April una vida mucho mejor que la que muchos otros niños habían tenido.

Justo entonces sintió una mano en su hombro y oyó una voz decir: “Riley”.

Ella se volvió y vio el rostro amable de Bill. A lo que se alejó del umbral para hablar con él, Riley no pudo evitar mirar a su ex esposo y volver a mirar a Bill una y otra vez. Incluso en su estado actual de angustia, Ryan parecía el abogado exitoso que era. Su pelo rubio, buena apariencia y sus buenos modales le abrían puertas en todas partes. Bill se parecía mucho más a Riley. Su pelo oscuro tenía algunas canas y era más sólido y mucho más arrugado que Ryan. Pero Bill era competente en sus propias áreas de experiencia y ella podía depender de él.

“¿Cómo está?”, preguntó Bill.

“Mucho mejor. ¿Qué ha pasado con Joel Lambert?”.

Bill negó con la cabeza.

“Ese desgraciado es todo un personaje”, dijo. “Al menos está hablando. Dice que conoció a unos chicos que se ganaron un montón de dinero a costillas de chicas jóvenes, y se le ocurrió intentarlo. No está nada arrepentido, es tremendo sociópata. De todos modos, definitivamente será condenado y tendrá que ir a la cárcel. Probablemente hará un trato negociado”.

Riley frunció el ceño. Odiaba los tratos negociados. Y este era especialmente perturbador.

“Sé cómo te sientes al respecto”, dijo Bill. “Pero yo creo que contará muchas cosas y nos ayudará a encerrar a muchos bastardos. Eso es bueno”.

Riley asintió. Lo bueno era que al menos lograrían sacarle algún provecho a este terrible calvario. Tenía que hablar con Bill de algo, pero no sabía muy bien por dónde empezar.

“Bill, respecto a mi regreso al trabajo…”.

Bill le dio unas palmaditas en el hombro.

“No tienes que decírmelo”, dijo. “No puedes trabajar en casos por algún tiempo. Necesitas tomar algún tiempo libre. No te preocupes, yo lo entiendo. Todos en Quántico también lo entenderán. Tómate todo el tiempo que necesites”.

Miró su reloj.

“Tengo prisa, disculpa…”.

“Anda”, dijo Riley. “Y gracias por todo”.

Ella abrazó a Bill, y él se fue. Riley se quedó en el pasillo, pensando en el futuro cercano.

“Tómate todo el tiempo que necesites”, le había dicho Bill.

Sin embargo, no sería tarea fácil. Lo que había sucedido con April era un recordatorio de todo el mal que habitaba en el mundo, y su trabajo era acabar con el mal. Y si había aprendido una cosa en la vida, era que el mal nunca descansaba.




CAPÍTULO DOS




Siete semanas más tarde


Cuando Riley llegó a la oficina del psicólogo, encontró a Ryan sentado solo en la sala de espera.

“¿Dónde está April?”, preguntó.

Ryan señaló una puerta cerrada.

“Está con la Dra. Sloat”, dijo con intranquilidad. “Tenían que hablar de algo a solas. Después tenemos que entrar nosotros”.

Riley suspiró y se sentó en una silla cercana. Ella, Ryan y April habían pasado muchas horas emocionalmente exigentes en este consultorio en estas semanas. Esta sería su última sesión con la psicóloga antes de que tomaran un descanso para las fiestas navideñas.

La Dra. Sloat había insistido en el hecho de que toda la familia tuviera una participación activa en la recuperación de April. Había sido arduo para todos. Pero, para el alivio de Riley, Ryan había participado plenamente en el proceso. Había asistido a todas las sesiones a las que había podido, e incluso había reducido su carga laboral para dejar más tiempo para esto. Hoy había ido a buscar a April a la escuela y la había traído a la oficina.

Riley estudió la cara de su ex esposo mientras miraba fijamente la puerta de la oficina. En muchos sentidos, se veía muy cambiado. No hace mucho había sido desatento hasta el punto de ser mal padre. Siempre había insistido que Riley era la culpable de todos los problemas de April.

Pero el consumo de drogas de April y lo cerca que se había encontrado de la prostitución  habían cambiado a Ryan. April llevaba seis semanas en la casa de Riley. Ryan la había visitado bastante y hasta habían celebrado el Día de Acción de Gracias como familia. A veces parecían una familia funcional.

Pero Riley se seguía recordando a sí misma que nunca habían sido una familia funcional.

“¿Eso podría cambiar ahora?”, se preguntó. “¿Siquiera quiero que esto cambie?”.

Riley se sentía dividida, incluso un poco culpable. Llevaba tiempo intentando aceptar que Ryan probablemente no formaría parte de su futuro. Tal vez incluso podría tener a otro hombre en su vida.

Siempre había existido alguna atracción entre ella y Bill, pero ellos también peleaban de vez en cuando. Además, su relación profesional ya exigía bastante, y el romance de seguro complicaría las cosas aún más.

Su vecino amable y atractivo, Blaine, parecía un mejor candidato, sobre todo porque su hija, Crystal, era amiga de April.

Aún así, en tiempos como estos, Ryan casi parecía ser el mismo hombre del que se había enamorado hace todos esos años. ¿Cómo progresarían las cosas? Simplemente no lo sabía.

La puerta del consultorio se abrió y la Dra. Lesley Sloat salió.

“Ya pueden unirse a la sesión”, dijo con una sonrisa.

A Riley le agradaba la psicóloga bajita, robusta y amable, y era obvio que también le agradaba a April.

Riley y Ryan entraron en el consultorio y se sentaron en un par de sillas cómodas. Estaban en frente a April, quien estaba sentada en un sofá al lado de la Dra. Sloat. April estaba sonriendo débilmente. La Dra. Sloat asintió con la cabeza para que comenzara a hablar.

“Pasó algo esta semana”, dijo April. “Es un poco difícil hablar del tema…”.

La respiración de Riley se aceleró y sintió su corazón comenzar a latir con fuerza.

“Tiene que ver con Gabriela”, dijo April. “Tal vez ella debería estar aquí para hablar de esto también, pero no está, así que…”.

Su voz se quebró.

Esto sorprendió a Riley. Gabriela era una mujer guatemalteca robusta y de mediana edad que había sido la criada de la familia durante años. Se había mudado con Riley y April y era otro miembro de la familia.

April respiró profundamente y continuó: “Hace unos días, ella me dijo algo que no les conté. Pero creo que deberían saberlo. Gabriela me dijo que tenía que irse”.

“¿Por qué?”, exclamó Riley.

Ryan se veía confundido. “¿No le estás pagando lo suficiente?”, preguntó.

“Es por mí”, dijo April. “Me dijo que no podía más. Dijo que era demasiada responsabilidad para ella tener que cerciorarse de que no me hiciera daño o intentara suicidarme”.

April hizo una pausa. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

“Dijo que era demasiado fácil para mí escaparme de casa sin que ella se diera cuenta. No podía dormir pensando en si me estaba poniendo en peligro o no en ese mismo momento. Dijo que se mudaría de la casa inmediatamente”.

Riley se sintió muy alarmada. No había tenido ni idea que Gabriela había estado pensando esas cosas.

“Le rogué que no se fuera”, dijo April. “Ambas estábamos llorando. Pero no logré hacerla cambiar de parecer, y estaba aterrorizada”.

April ahogó un sollozo y se limpió los ojos con un pañuelo.

“Mamá, hasta me puse de rodillas”, dijo April. “Prometí nunca jamás hacerla sentir de esa forma de nuevo. Finalmente… finalmente me abrazó y dijo que no se iría siempre y cuando cumpliera con mi promesa.  Y lo haré. Realmente lo haré. Mamá, papá, nunca jamás haré que ustedes se preocupen por mí de esa forma de nuevo”.

La Dra. Sloat le dio unas palmaditas en su mano y les sonrió a Riley y a Ryan.

Ella dijo: “Creo que lo que April está tratando de decir es que ella dio un giro”.

Riley vio a Ryan sacar un pañuelo y secarse las lágrimas. Lo había visto llorar muy pocas veces, pero ella entendía cómo se sentía. Se llenó de sentimiento en ese momento. Había sido Gabriela, no Riley ni Ryan, la que había hecho que April lograra entender las cosas finalmente.

Sin embargo, Riley se sentía increíblemente agradecida por el hecho de que su familia estaría unida esta Navidad. Ignoró el temor que acechaba en lo profundo de su ser, esa horrible sensación de que los monstruos en su vida le arrebatarían sus festividades.




CAPÍTULO TRES


Cuando Shane Hatcher entró en la biblioteca de la prisión el día de Navidad, el reloj de pared indicó que faltaban dos minutos para la hora.

“Perfecto”, pensó.

Se escaparía de prisión en pocos minutos.

Le divirtió ver decoraciones de Navidad en todas partes, todas hechas de poliestireno extruido. Hatcher había pasado muchas fiestas navideñas en Sing Sing, y la idea de tratar de evocar el espíritu festivo en este lugar siempre le había parecido absurda. Casi se rio en voz alta cuando vio a Freddy, el bibliotecario taciturno, con un sombrero rojo de Papá Noel.

Sentado en su escritorio, Freddy se volvió hacia él y le sonrió. Esa sonrisa le dijo a Hatcher que todo saldría bien. Hatcher asintió con la cabeza y le devolvió la sonrisa. Luego Hatcher caminó hacia dos estantes y esperó.

Justo cuando el reloj marcó la hora, Hatcher escuchó el sonido de la puerta del muelle de carga abriéndose al otro extremo de la biblioteca. En pocos momentos entró un camionero empujando un gran contenedor de plástico. La puerta del muelle se cerró ruidosamente detrás de él.

“Qué tienes para mí esta semana, Bader?”, preguntó Freddy.

“¿Qué crees que tengo?”, contestó el camionero. “Libros, libros y más libros”.

El camionero miró en la dirección de Hatcher, y luego se dio la vuelta. El camionero obviamente estaba enterado del plan. A partir de ese momento, tanto el camionero como Freddy trataron a Hatcher como si no estuviera allí en absoluto.

“Excelente”, pensó Hatcher.

Bader y Freddy descargaron los libros en una mesa de acero con ruedas.

“¿Te apetece una taza de café en la comisaría?”, le preguntó Freddy al camionero. “¿O tal vez rompope? Están sirviéndolo por la época navideña”.

“Suena genial”.

Los dos hombres charlaban casualmente mientras desaparecieron por las puertas dobles giratorias de la biblioteca.

Hatcher se quedó parado allí por un momento, estudiando la posición exacta del contenedor. Le había pagado a un guardia para que jugara un poco con la cámara de vigilancia durante unos días hasta que encontrara un punto ciego en la biblioteca, uno que los guardias que veían los monitores aún no habían notado. Parecía que el camionero había dado en el clavo perfectamente.

Hatcher salió silenciosamente de entre los estantes y se metió en el contenedor. El camionero había dejado una manta de embalaje pesada y gruesa en el fondo, y Hatcher se cubrió con ella.

Esta era la única fase del plan de Hatcher en la que pensaba que algo podía salir mal. Pero incluso si alguien entraba en la biblioteca, dudaba que se molestaran en mirar dentro del contenedor. Otras personas que normalmente podría verificar el camión de los libros también habían sido sobornadas.

No es que se sentía nervioso o preocupado. Tenía unas tres décadas sin sentir tales emociones. Un hombre que no tenía nada que perder en la vida no tenía ninguna razón por la cual sentir ansiedad o malestar. Lo único que podría despertar su interés era la promesa de lo desconocido.

Se quedó debajo de la manta, escuchando con atención. Oyó el reloj de pared marcar el minuto.

“Cinco minutos más”, pensó.

Ese era el plan. Esos cinco minutos le darían a Freddy una negación plausible. Podría decir que no había visto a Hatcher meterse en el contenedor. Podría decir que había creído que Hatcher había salido de la biblioteca anteriormente. Cuando pasaran los cinco minutos, Freddy y el conductor volverían y Hatcher sería sacado de la biblioteca y llevado lejos de la prisión.

Mientras tanto, Hatcher se permitió comenzar a pensar en lo que haría con su libertad. Recientemente había oído una noticia que hacía que el riesgo valiera la pena, incluso hasta que fuera interesante.

Hatcher sonrió cuando pensó en otra persona que se interesaría en su fuga. Deseaba poder ver el rostro de Riley Paige cuando se enterara de que estaba libre.

Soltó una risita macabra.

Sería genial verla de nuevo.




CAPÍTULO CUATRO


Riley vio cuando April abrió la caja que contenía el regalo de Navidad que Ryan le había comprado. Se preguntó qué tanto sabía Ryan de los gustos actuales de su hija.

April sonrió cuando sacó una pulsera.

“¡Es hermosa, papá!”, dijo ella, dándole un beso en el cachete.

“Me han dicho que está de moda”, dijo Ryan.

“¡Es verdad!”, exclamó April. “¡Gracias!”.

Luego le guiñó a Riley, y ella reprimió una risita. Hace apenas unos días, April le había dicho a Riley lo mucho que odiaba esas pulseras ridículas que todas las chicas estaban llevando. A pesar de eso, April estaba haciendo un gran trabajo de actuar emocionada.

Por supuesto, Riley sabía que no todo era una actuación. Podía ver que April estaba contenta por el hecho de que su padre por lo menos había hecho un esfuerzo por comprarle un regalo de Navidad que le gustara.

Riley sentía lo mismo por la cartera costosa que Ryan le había comprado. No era su estilo en absoluto, y jamás la usaría, excepto cuando supiera de que Ryan iría a su casa. Y quizás Ryan se sentía exactamente igual sobre la cartera que ella y April le habían comprado.

“Estamos tratando de ser una familia otra vez”, pensó Riley.

Y en ese momento sentían que estaban teniendo éxito.

Era la mañana de Navidad, y Ryan había venido a pasar el día con ellas. Riley, April, Ryan y Gabriela estaban sentados cerca de la chimenea bebiendo chocolate caliente. El delicioso olor de la gran cena de Navidad que Gabriela estaba preparando venía de la cocina.

Riley, April y Ryan llevaban las bufandas que Gabriela les había hecho, y Gabriela llevaba las pantuflas acolchadas que April y Riley le habían comprado.

En ese momento sonó el timbre, y Riley fue a ver quién era. Su vecino, Blaine, y su hija adolescente, Crystal, estaban en la puerta.

Riley se sintió encantada e inquieta al verlos. En el pasado, Ryan había mostrado celos por Blaine, y Riley tenía que admitir que Ryan tenía un poco de razón. La verdad era que le parecía un poco atractivo.

Riley no pudo evitar compararlo a Bill y a Ryan. Blaine era un poco menor que ella, era robusto y esbelto, y le gustaba el hecho de que no era lo suficientemente vanidoso como para disfrazar sus entradas.

“¡Pasen adelante!”, exclamó Riley.

“Lo siento, no puedo”, dijo Blaine. “Tengo que ir al restaurante. Crystal sí se va a quedar”.

Blaine era el dueño de un restaurante popular que quedaba en el centro de la ciudad. Riley no debería sentirse sorprendida por el hecho de que estaba abierto el día de Navidad. La cena navideña que El Grill de Blaine estaba sirviendo hoy de seguro era deliciosa.

Crystal entró rápidamente y se unió al grupo en la chimenea. Ella y April inmediatamente abrieron los regalos que habían comprado la una para la otra entre risas.

Riley y Blaine intercambiaron sus tarjetas de Navidad discretamente, y luego Blaine se fue. Riley notó que Ryan se veía un poco amargado cuando se sumó nuevamente al grupo. Riley guardó la tarjeta sin abrirla. La abriría después de que Ryan se fuera.

“Mi vida sin duda es complicada”, pensó. Pero su vida estaba empezando a sentirse como una casi normal, una versión de vida que ella podría disfrutar.


*

Los pasos de Riley hicieron eco en un gran cuarto oscuro. De repente oyó el sonido de los interruptores. Las luces se encendieron y la cegaron por unos segundos.

Riley se encontró en el pasillo de lo que parecía ser un museo de cera lleno de exhibiciones espeluznantes. A su derecha estaba el cadáver de una mujer desnuda, extendida como una muñeca contra un árbol. A su izquierda estaba una mujer muerta envuelta en cadenas y colgando de un poste de luz. Una exhibición mostraba los cadáveres de varias mujeres con sus brazos atados a sus espaldas. Otra más allá mostraba varios cuerpos muertos y desnutridos con sus miembros dispuestos grotescamente.

Riley reconocía todas las escenas. Eran todos los casos en los que había trabajado en el pasado. Había entrado en su cámara personal de horrores.

Pero ¿qué estaba haciendo allí?

Justo entonces oyó una voz gritar.

“Riley, ¡ayúdame!”.

Miró hacia adelante y vio la silueta de una niña sosteniendo sus brazos en súplica desesperada.

Se parecía a Jilly. Estaba en problemas otra vez.

Riley corrió hacia ella. Pero otra luz se encendió en ese momento y le mostró que esa silueta no era la de Jilly.

Era la de un hombre canoso que llevaba el uniforme de gala de un coronel de la Marina.

Era el padre de Riley. Y se estaba burlando de su error.

“No esperabas encontrar a alguien vivo, ¿o sí?”, dijo. “Tú no ayudas a nadie, excepto a los muertos. ¿Cuántas veces debo decirte eso?”.

Riley estaba desconcertada. Su padre había muerto meses atrás. Ella no lo extrañaba. Se esforzaba por ni siquiera pensar en él. Había sido un hombre difícil que solo le había causado daño.

“¿Qué estás haciendo aquí?”, preguntó Riley.

“Estoy de paso”, dijo antes de dejar escapar una risita. “Viéndote arruinarte la vida de nuevo. Igual que siempre, por lo que veo”.

Riley quería tirársele encima. Quería golpearlo con todas sus fuerzas. Pero se encontró congelada en su lugar.

Luego oyó un zumbido fuerte.

“Quisiera poder quedarme para conversar”, dijo. “Pero tienes que encargarte de otros asuntos”.

El zumbido se volvió más y más fuerte. Su padre se dio la vuelta y se alejó.

“Nunca le hiciste nada bueno a nadie”, dijo. “Ni siquiera a ti misma”.



Los ojos de Riley se abrieron de golpe. Se dio cuenta de que su teléfono estaba sonando. Eran las seis de la mañana.

Ella vio que la llamada era de Quántico. Una llamada a esa hora tenía que significar algo terrible.

Contestó el teléfono y escuchó la voz del jefe de su equipo, el agente especial encargado Brent Meredith.

“Agente de Paige, te necesito en mi oficina ahora mismo”, dijo. “Considéralo una orden”.

Riley se frotó los ojos.

“¿Qué sucede?”, preguntó.

Hubo una breve pausa.

“Tendremos que discutirlo en persona”, dijo.

Finalizó la llamada. Por un momento, Riley se preguntó si podría ser una reprimenda por su comportamiento. Pero no, había estado fuera de servicio desde hace meses. Una llamada de Meredith solo podía significar una cosa.

“Es un caso”, pensó Riley.

No la llamaría en un día festivo por cualquier otra razón.

Y, por el tono de voz de Meredith, sabía que esto era grande, incluso hasta transformador.




CAPÍTULO CINCO


Riley se sintió más atemorizada a lo que entró al edificio de la UAC. Cuando llegó a la oficina de Brent Meredith, vio que su jefe estaba en su escritorio esperándola. Un hombre grande con características angulares y afroamericanas, Meredith siempre había tenido una presencia imponente. Ahora también se veía preocupado.

Bill estaba allí también. Riley pudo notar por su expresión que todavía no sabía la razón de esta reunión.

“Siéntate, agente Paige”, dijo Meredith.

Riley se sentó en una de las sillas.

“Lamento interrumpir tus festividades”, le dijo Meredith a Riley. “Tenemos tiempo sin hablar. ¿Cómo te has sentido?”.

Esto sorprendió a Riley. No era el estilo de Meredith iniciar una reunión de esta manera, con una disculpa y una consulta sobre su bienestar. Él normalmente iba directo al grano. Obviamente sabía que había estado de licencia debido a la crisis de April. Riley entendió que Meredith estaba realmente preocupado por ella. Aún así, esto le pareció extraño.

“Estoy mejor, gracias por preguntar”, dijo.

“¿Y tu hija?”, preguntó Meredith.

“Se está recuperando bien, gracias”, dijo Riley.

Meredith se quedó mirándola fijamente por un momento.

“Espero que estés lista para volver a trabajar”, dijo Meredith. “Porque te necesitamos mucho en este caso”.

La mente de Riley estaba dando vueltas.

Finalmente, Meredith dijo: “Shane Hatcher se ha fugado del Centro Penitenciario Sing Sing”.

Esas palabras fueron como una cachetada para Riley. Se sentía aliviada de que estaba sentada.

“Dios mío”, dijo Bill, viéndose igual de sorprendido que ella.

Riley conocía bien a Shane Hatcher, demasiado bien para su propio gusto. Había estado cumpliendo una cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional desde hace décadas. Durante su tiempo en prisión, se había vuelto un experto en criminología. Había publicado artículos en revistas académicas y había dado clase en los programas académicos de la cárcel. Riley lo había visitado en Sing Sing varias veces en búsqueda de asesoramiento sobre casos actuales.

Las visitas siempre habían sido perturbadoras. Hatcher parecía sentir una gran simpatía por ella. Y Riley sabía que se sentía muy fascinada por él. Le parecía que probablemente era el hombre más inteligente que jamás había conocido, y probablemente también el más peligroso.

Había jurado no regresar jamás después de cada visita. Ahora recordó muy bien la última vez que había estado en Sing Sing.

“No volveré aquí a verte nuevamente”, le había dicho Riley.

“Puede que no tengas que hacerlo”, le había respondido.

Ahora esas palabras le parecían inquietantemente proféticas.

“¿Cómo se escapó?”, le preguntó Riley a Meredith.

“No tengo muchos detalles”, dijo Meredith. “Pero, como probablemente ya sabes, pasaba mucho tiempo en la biblioteca de la prisión, y a menudo trabajaba allí como ayudante. Estuvo allí ayer cuando llegaron unos libros. Debió haberse escapado en el camión que había traído los libros. Ayer por la noche, justo cuando los guardias se dieron cuenta que no estaba, el camión fue hallado abandonado a unas pocas millas a las afueras de Ossining. No vieron al chofer por ningún lado”.

Meredith se quedó callado de nuevo. A Riley le resultaba fácil creer que Hatcher había planificado todo esto. Riley no quería ni siquiera pensar en lo que le había sucedido al chofer.

Meredith se inclinó en su escritorio y se acercó a Riley.

“Agente Paige, conoces a Hatcher tal vez más que cualquier otra persona. ¿Qué puedes decirnos de él?”.

Riley respiró profundamente, ya que aún estaba sobresaltada por estas noticias.

Ella dijo: “En su juventud, Hatcher fue un pandillero en Siracusa. Fue inusualmente cruel, incluso para un criminal curtido. La gente lo llamaba ‘Shane de las Cadenas’ porque le gustaba matar a sus adversarios con cadenas”.

Riley hizo una pausa, recordando lo que Shane le había dicho.

“Un cierto policía se fijó la misión personal de acabar con él. Hatcher se vengó, pulverizándolo con cadenas para llantas. Dejó su cuerpo en su porche delantero para que su esposa y sus hijos lo encontraran. Allí fue cuando lo atraparon. Lleva treinta años en prisión. Se suponía que no saldría jamás”.

Hubo un momento de silencio.

“Tiene cincuenta y cinco años ahora”, dijo Meredith. “Creo que no es tan peligroso como lo era cuando joven, ya que lleva treinta años en prisión”.

Riley negó con la cabeza.

“Pues estás equivocado”, dijo. “En aquel entonces, solo era un pandillero ignorante. No estaba consciente de todo su potencial. Pero con los años ha adquirido muchos conocimientos. Él sabe que es un genio. Y nunca se ha visto arrepentido por sus acciones. Más bien se ha convertido en tremendo personaje. Y se ha comportado en la cárcel, así que eso le ha permitido obtener privilegios, aunque no lo ha ayudado a reducir su sentencia. Pero estoy segura de que es más feroz y peligroso que nunca”.

Riley analizó las cosas por un momento. Algo la estaba molestando, pero no podía descifrar lo que era.

“¿Alguien sabe el por qué?”, preguntó.

“¿El porqué de qué?”, preguntó Bill.

“De su fuga”.

Bill y Meredith intercambiaron miradas perplejas.

“¿Por qué cualquier persona se escapa de la prisión?”, preguntó Bill.

Riley entendió lo extraña que había sonado su pregunta. Recordó la vez que Bill fue con ella a hablar con Hatcher.

“Bill, tú lo conociste”, dijo ella. “¿Te pareció que estaba insatisfecho? ¿Inquieto?”.

Bill frunció el ceño, reflexionando.

“No, realmente parecía…”.

Su voz se quebró.

“¿Bien?”, dijo Riley, terminando su oración. “La prisión le sienta bien. Nunca tuve la sensación de que haya ansiado su libertad. Él parece no estar apegado a nada. Creo que no desea nada. La libertad no le ofrece nada de lo que él quiere. Y ahora está fugado, es un hombre buscado. Así que ¿por qué decidió escapar? ¿Y por qué ahora?”.

Meredith tamborileó los dedos sobre su escritorio.

“¿Cómo dejaron las cosas la última vez que lo viste?”, preguntó. “¿Todo fue amistoso?”.

Riley apenas logró reprimir una sonrisa irónica.

“Nunca es amistoso”, dijo.

Después de una pausa, añadió: “Entiendo tu punto. Te estás preguntando si soy su blanco”.

“¿Es eso posible?”, preguntó Bill.

Riley no respondió. Recordó lo que Hatcher le había dicho de nuevo.

“Puede que no tengas que hacerlo”.

¿Había sido una amenaza? Riley no lo sabía.

Meredith dijo: “Agente Paige, no necesito decirte que este caso será polémico e importante. La prensa ya se enteró de esto. Las fugas de prisión siempre son grandes noticias. Pueden incluso provocar pánico en el público. Tenemos que detenerlo ahora mismo. Quisiera que no tuvieras que volver para un caso tan peligroso y difícil. ¿Te sientes preparada? ¿Sientes que puedes con esto?”.

Riley sintió un cosquilleo extraño a lo que analizó la pregunta. Era una sensación que jamás había sentido antes de tomar un caso. Le tomó un momento darse cuenta de que esa sensación era miedo.

Pero no temía por su propia seguridad. Era algo más que eso. Era algo totalmente innombrable e irracional. Quizás era el hecho de que Hatcher la conocía tan bien. Por su experiencia, sabía que todos los presos querían algo a cambio de información. Pero Hatcher no había estado interesado en la oferta poco habitual de whisky o cigarrillos. Su compensación había sido simple y profundamente inquietante.

Había querido que le contara cosas de sí misma.

“Algo que no quieres que las personas sepan”, había dicho. “Algo que no quieres que nadie más sepa”.

Riley había accedido, tal vez demasiado fácilmente. Ahora Hatcher sabía todo tipo de cosas sobre ella, como que no era la mejor madre, que odiaba a su padre y que no había ido a su funeral, que había tensión sexual entre ella y Bill y que a veces le placía la violencia y matar, al igual que a Hatcher.

Recordó lo que le había dicho en su última visita.

“Yo te conozco. De alguna forma, te conozco mejor que lo que te conoces tú misma”.

¿Podría realmente competir en ingenios con un hombre así? Meredith estaba esperando una respuesta a su pregunta pacientemente.

“Estoy lo más preparada posible”, dijo, tratando de sonar más segura de lo que se sentía.

“Excelente”, dijo Meredith. “¿Cómo debemos proceder?”.

Riley lo pensó por un momento.

“Bill y yo necesitamos echarle un vistazo a toda la información de Shane Hatcher que la agencia tiene a mano”, dijo.

Meredith asintió y dijo: “Sam Flores ya está preparando todo”.


*

Unos minutos después, Riley, Bill y Meredith estaban en la sala de conferencias de la UAC, observando la gran pantalla. Flores era un técnico de laboratorio que tenía gafas negras.

“Creo que ya tengo todo lo que querrían ver”, dijo Flores. “Partida de nacimiento, expedientes de arrestos, transcripciones de la corte”.

Riley notó que era una exposición bastante impresionante. Y ciertamente no dejaba mucho a la imaginación. Había varias fotos terribles de las víctimas asesinadas de Shane Hatcher, incluyendo la del policía pulverizado en su propio porche.

“¿Qué información tenemos sobre el policía que Hatcher mató?”, preguntó Bill.

Flores colocó unas fotos de un policía.

“Este era el oficial Lucien Wayles, tenía cuarenta y seis años cuando murió en 1986”, dijo Flores. “Estaba casado y tenía tres hijos, recibió una Medalla de Honor, fue muy querido y respetado. El FBI colaboró con la policía local y atraparon a Hatcher solo unos días después del asesinato de Wayles. Lo asombroso es que no pulverizaron a Hatcher a golpes en ese momento”.

Riley se sintió impactada por las fotos del propio Hatcher. Casi no lo reconocía. Aunque el hombre que conocía podía ser intimidante, lograba proyectar un porte respetable, incluso libresco, con un par de anteojos para leer. El joven afroamericano en las fotos policiales de 1986 tenía un rostro delgado y endurecido, y una mirada cruel y vacía. A Riley le costó creer que era la misma persona.

Riley se sentía insatisfecha, a pesar de lo detallada y completa que era la exposición. Había creído que era la persona que más conocía a Shane Hatcher. Pero ella no conocía a este Shane Hatcher, al joven pandillero llamado ‘Shane de las Cadenas’.

“Tengo que conocerlo mejor”, pensó.

De lo contrario, dudaba que fuera capaz de atraparlo.

De alguna manera, sintió que la pantalla fría y digital estaba actuando en su contra. Necesitaba algo más tangible, fotografías brillantes reales con pliegues y bordes deshilachados, informes y documentos amarillentos y frágiles.

Le preguntó a Flores: “¿Podría echarle un vistazo a los originales?”.

Flores dejó escapar un resoplido.

“Lo siento, agente Paige, pero eso no es posible. El FBI destruyó todos sus archivos en el 2014. Ahora todo está escaneado y digitalizado. Lo que ves es todo lo que tenemos”.

Riley dejó escapar un suspiro desanimado. Sí, ya recordó la destrucción de millones de expedientes. Otros agentes se habían quejado, pero en aquel entonces a ella no le había parecido un problema. En este momento añoraba palpar algo tangible.

Pero ahora lo importante era averiguar el siguiente paso de Hatcher. Se le ocurrió una idea.

“¿Quién fue el policía que atrapó a Hatcher?”, preguntó. “Si todavía está vivo, lo más probable es que sea el primer blanco de Hatcher”.

“No fue un policía local”, dijo Flores. “Fue una oficial”.

Colocó una foto vieja de una agente.

“Su nombre es Kelsey Sprigge. Fue agente del FBI en la oficina de Siracusa, tenía treinta y cinco años de edad en ese entonces. Tiene setenta ahora, está retirada y vive en Searcy, un pueblo cercano a Siracusa”.

A Riley le sorprendió el hecho de que Sprigge fuera mujer.

“Debió haber entrado al FBI…”, comenzó Riley.

“Ella entró en 1972, cuando apenas se estaba enfriando el cadáver de J. Edgar”, dijo Flores.

“En ese momento fue cuando las mujeres finalmente tuvieron permitido convertirse en agentes. Había sido policía local antes de eso”.

Riley estaba impresionada. Kelsey Sprigge había vivido mucha historia en carne propia.

“¿Qué puedes decirme sobre ella?”, le preguntó Riley a Flores.

“Bueno, es una viuda con tres hijos y tres nietos”.

“Llama a la oficina de campo del FBI en Siracusa y diles que hagan todo lo posible para mantener a Sprigge segura”, dijo Riley. “Está en grave peligro”.

Flores asintió con la cabeza.

Luego se volvió a Meredith.

“Señor, voy a necesitar un avión”.

“¿Por qué?”, preguntó, confundido.

Respiró profundamente.

“Shane puede estar en camino para matar a Sprigge ahora mismo”, dijo. “Y quiero llegar a ella primero”.




CAPÍTULO SEIS


Cuando el jet del FBI pisó la pista de aterrizaje en el Aeropuerto Internacional de Siracusa Hancock, Riley recordó algo que su padre le había dicho en el sueño de la noche anterior.

“Tú no ayudas a nadie, excepto a los muertos”.

Eso le parecía paradójico. Este quizás era su primer caso en el que nadie había sido asesinado aún.

“Pero es probable que eso cambie pronto”, pensó.

Estaba especialmente preocupada por Kelsey Sprigge. Quería conocer a la mujer en persona y cerciorarse de que estuviera bien. Luego sería tarea de Riley y Bill asegurarse de que siguiera bien, y eso implicaría encontrar a Shane Hatcher y regresarlo a la prisión.

Riley vio que había viajado a un mundo de verdadero invierno justo cuando el avión se acercó al terminal. Aunque la pista de aterrizaje estaba despejada, enormes montañas de nieve demostraban la cantidad de trabajo que habían hecho los arados de nieve.

Todo esto se veía bastante distinto a Virginia. Riley se dio cuenta en este momento de lo mucho que necesitaba un nuevo reto. Había llamado a Gabriela en Quántico para explicarle que estaba en camino para trabajar en un nuevo caso. Gabriela se había alegrado mucho por ella y le había asegurado de que ella cuidaría de April.

Cuando el avión se detuvo, Riley y Bill agarraron su equipo y bajaron por las escaleras hacia la pista helada. Cuando sintió el choque de aire frío en su rostro, le alegró el hecho de que había sido asignada una gran chaqueta en Quántico.

Dos hombres corrieron hacia ellos y se presentaron como los agentes McGill y Newton de la oficina de campo del FBI en Siracusa.

“Estamos aquí para ayudar de cualquier forma posible”, les dijo McGill a Bill y a Riley cuando llegaron al terminal.

Riley le hizo la primera pregunta que le vino a la mente.

“¿Asignaron a unos agentes para que vigilaran a Kelsey Sprigge? ¿Están seguros de que está bien?”.

“Tenemos a algunos policías locales afuera de su casa en Searcy”, dijo Newton. “Estamos seguros de que está bien”.

Riley deseaba estar cien por ciento segura.

“Está bien”, dijo Bill. “Ahora solo necesitamos un vehículo para poder llegar a Searcy”.

McGill, dijo: “Searcy no queda lejos de Siracusa y las carreteras están despejadas. Trajimos un VUD que pueden utilizar, pero… ¿Están acostumbrados a conducir en inviernos nórdicos?”.

“Siracusa siempre gana el Premio de Oro de la Bola de Nieve”, añadió Newton con orgullo.

“¿Premio de Oro de la Bola de Nieve?”, preguntó Riley.

“Ese es el premio  que el estado de Nueva York otorga a la ciudad en la que nieva más”, dijo McGill. “Somos los campeones. Tenemos un trofeo y todo”.

“Tal vez uno de nosotros debe llevarlos”, dijo Newton.

Bill dejó escapar una risita. “Gracias, pero creo que podemos manejarlo. Tuve una asignación en Dakota del Norte hace unos años. Allí conduje bastante en pleno invierno”.

Aunque ella no lo dijo, Riley también se sentía experimentada en este tipo de conducción. Había aprendido a conducir en las montañas de Virginia. Allí la nieve nunca era tan profunda como aquí, pero las carreteras nunca eran despejadas tan rápidamente. Probablemente había pasado el mismo tiempo en carreteras cubiertas con hielo que cualquiera de los lugareños.

Pero no le molestaba que Bill condujera en absoluto, ya que ahora estaba bastante preocupada por la seguridad de Kelsey Sprigge. Bill tomó las llaves y comenzaron su camino.

“Tengo que decir que se siente bien trabajar juntos de nuevo”, dijo Bill mientras conducía. “Es egoísta de mi parte, supongo. Me gusta trabajar con Lucy, pero no es igual”.

Riley sonrió. También se sentía bien trabajar con Bill de nuevo.

“Aún así, una parte de mí desea que no tuvieras que volver a este caso”, agregó Bill.

“¿Por qué no?”, preguntó Riley.

Bill negó con la cabeza.

“Solo tengo un mal presentimiento”, dijo. “Recuerda que yo también conocí a Hatcher. Muy pocas cosas me asustan, pero… bueno, él es clase aparte”.

Riley no respondió, pero también estaba de acuerdo. Sabía que Hatcher había inquietado a Bill durante esa visita. El preso había hecho observaciones astutas sobre la vida personal de Bill con un instinto sorprendente.

Riley recordó cuando Hatcher había señalado el anillo de boda de Bill y había dicho:

“Olvídate de tratar de arreglar las cosas con tu esposa. No es posible”.

Hatcher había estado en lo correcto, y Bill ahora estaba en pleno divorcio.

Al final de la misma visita, le había dicho algo a Riley que todavía la atormentaba.

“Deja de oponerte”.

Aún no entendía qué era lo que Hatcher había querido decirle con eso. Pero sintió un temor inexplicable de que algún día lo descubriría.


*

Bill se estacionó junto a una enorme pila de nieve arada afuera de la casa de Kelsey Sprigge en Searcy. Riley vio una patrulla estacionada cerca. Adentro estaban unos policías uniformados. Pero dos policías en una patrulla no le inspiraban mucha confianza. El criminal violento y brillante que se había fugado de Sing Sing podría vencerlos sin mucho esfuerzo.

Bill y Riley se bajaron del carro y les mostraron sus placas a los policías. Luego caminaron por la acera hacia la casa. Era una casa tradicional de dos pisos con un techo práctico y un porche cerrado, y estaba cubierta con luces navideñas. Riley tocó el timbre.

Una mujer contestó la puerta con una sonrisa encantadora. Ella estaba en forma y llevaba un traje para correr. Su expresión era brillante y alegre.

“Ustedes deben ser los agentes Jeffreys y Paige”, dijo. “Yo soy Kelsey Sprigge. Pasen. Hay mucho frío afuera”.

Kelsey Sprigge condujo a Riley y a Bill a una sala de estar acogedora con un fuego crepitante.

“¿Quieren algo de tomar?”, preguntó. “Obviamente están de servicio. Les serviré café”.

Ella entró en la cocina y Bill y Riley se sentaron. Riley miró sus alrededores y observó las decoraciones navideñas y las decenas de fotografías enmarcadas que colgaban de las paredes y que adornaban los muebles. Eran fotos de Kelsey Sprigge en distintos momentos de su vida adulta, con hijos y nietos alrededor de ella. En muchas de las fotografías, un hombre sonriente estaba parado a su lado.

Riley recordó que Flores había dicho que era viuda. Por lo que veía en las fotos, supuso que había sido un matrimonio largo y feliz. De alguna manera, Kelsey Sprigge había triunfado en un aspecto de su vida en el que Riley siempre había fallado. Había tenido una gran vida familiar durante su carrera en el FBI.

Riley quería preguntarle cómo había logrado eso, pero este obviamente no era el momento para hacerlo.

La mujer volvió rápidamente con una bandeja con dos tazas de café, crema y azúcar, y, para sorpresa de Riley, un whisky con hielo para sí misma.

Kelsey asombraba a Riley. Para una mujer de setenta años, estaba muy llena de vida y era más fuerte que la mayoría de las mujeres que había conocido. De alguna manera, Riley sentía que esta era una vista preliminar de la mujer en la que podría convertirse en el futuro.

“Listo”, dijo Kelsey, sentándose y sonriendo. “Ojalá nuestro clima fuera más acogedor”.

Su hospitalidad sorprendió a Riley. Dadas las circunstancias, le parecía que la mujer debía estar realmente alarmada.

“Sra. Sprigge”, comenzó Bill.

“Kelsey, por favor”, interrumpió la mujer. “Y sé por qué están aquí. Están preocupados de que Shane Hatcher venga por mí y de que sea su primer blanco. Creen que quiere asesinarme”.

Riley y Bill se miraron, no sabían qué decir.

“Y, por supuesto, por eso es que los policías están afuera”, dijo Kelsey, aún sonriendo dulcemente. “Les pedí que pasaran un rato a calentarse, pero no quisieron hacerlo. ¡Ni siquiera me dejaron salir para mi trote vespertino! Es una pena, me encantaría salir a correr en este clima. Bueno, no me preocupa ser asesinada, y no creo que ustedes deban preocuparse tampoco. Realmente no creo que Shane Hatcher tenga la intención de hacer tal cosa”.

Riley casi dijo: “¿Por qué no?”.

Por el contrario, dijo con cautela: “Kelsey, tú lo capturaste. Lo hiciste comparecer ante la justicia. Estaba en prisión por ti. Es posible que eres la única razón por la cual se fugó”.

Kelsey se quedó callada por un momento. Estaba mirando la pistola en la funda de Riley.

“¿Qué arma llevas, querida?”, preguntó.

“Una Glock calibre 40”, dijo Riley.

“¡Genial!”, dijo Kelsey. “¿Puedo echarle un vistazo?”.

Riley le entregó su arma a Kelsey. Ella sacó el barrilete y examinó la pistola. La manejó como una experta.

“Las Glocks llegaron un poco tarde para mí”, dijo. “Sin embargo, me gustan bastante. La estructura de polímero se siente bien, es muy ligera y muy equilibrada”.

Volvió a colocar el barrilete en su lugar y le devolvió el arma a Riley. Luego caminó hacia un escritorio. Sacó su propia pistola semiautomática.

“Derribé a Shane Hatcher con esta bebé”, dijo ella, sonriendo. Le entregó el arma a Riley, y luego volvió a tomar asiento. “Smith y Wesson, modelo 459. Lo herí y lo desarmé. Mi compañero quería matarlo como venganza por el policía que había asesinado. Yo no se lo permití. Le dije que si él mataba a Hatcher, habría más de un cadáver que enterrar”.

Kelsey se ruborizó un poco.

“Ay, Dios”, dijo. “No quiero que nadie sepa eso. Por favor no se lo digan a nadie”.

Riley le devolvió el arma.

“De todos modos, sabía que contaba con la aprobación de Hatcher”, dijo Kelsey. “Sabes, él tenía un código estricto, incluso como pandillero. Sabía que solo estaba haciendo mi trabajo. Creo que respetaba eso. Y también estaba agradecido. De todos modos, nunca demostró ningún interés en mí. Incluso le escribí unas cartas, pero él nunca las respondió. Probablemente ni siquiera recuerda mi nombre. Estoy casi cien por ciento segura de que no quiere matarme”.

Kelsey miró a Riley con interés.

“Pero Riley… ¿Puedo llamarte Riley? Me dijiste por teléfono que lo habías visitado, que habías llegado a conocerlo. Debe ser fascinante”.

Riley creyó detectar un poco de envidia en la voz de la mujer.

Kelsey se levantó de su silla.

“Disculpen que hable tanto. ¡Sé que tienen que ir a atrapar a un criminal! Y quién sabe lo que pueda estar haciendo, incluso en este mismo momento. Tengo información que podría ayudarlos. Vengan, les mostraré todo lo que tengo”.

Guio a Riley y a Bill por un pasillo, hasta la puerta de un sótano. Los nervios de Riley se pusieron de punta.

“¿Por qué tiene que ser en un sótano?”, pensó.

Riley había albergado una fobia leve pero irracional a los sótanos desde hace algún tiempo, vestigios del TEPT de haber estado cautiva en el sótano de poca altura húmedo de Peterson, y por haber acabado con un asesino diferente en un sótano oscuro hace poco.

Riley no vio nada siniestro cuando siguieron a Kelsey por las escaleras. El sótano había sido convertido en una sala de juegos. En una esquina había un área de oficina bien iluminada con un escritorio lleno de carpetas manila, un tablón de anuncios con fotografías viejas y recortes de periódicos y un par de cajoneras.

“Aquí tienen todo lo que quieren saber de ‘Shane de las Cadenas’ y su carrera y su derrota”, dijo Kelsey. “Adelante. No duden en preguntarme cualquier cosa que se les venga a la mente”.

Riley y Bill empezaron a ojear carpetas. Riley se sentía sorprendida y emocionada. Era un corpus informativo enorme y fascinante y gran parte de toda esta información jamás había sido escaneada para la base de datos del FBI. La carpeta que estaba ojeando estaba abarrotada de artículos aparentemente insignificantes, como servilletas de restaurantes con notas manuscritas y bocetos relacionados con el caso.

Abrió otra carpeta que tenía informes fotocopiados y otros documentos. Darse cuenta que Kelsey seguramente no debía haber copiado o guardado estas cosas hizo a Riley sonreír. Los originales seguramente habían sido destrozados después de haber sido escaneados.

“Supongo que se están preguntando por qué simplemente no puedo dejar ir este caso”, comentó Kelsey mientras Bill y Riley escudriñaban todos los materiales. “A veces hasta yo misma me lo pregunto”.

Kelsey se detuvo para pensar por un momento.

“El caso de Shane Hatcher fue el único en el que realmente me topé con el mal”, dijo. “Durante mis primeros catorce años con el FBI, prácticamente estuve metida en la oficina de Siracusa. Pero trabajé en este caso desde el principio, hablando con pandilleros en la calle, tomando las riendas del equipo. Nadie me creyó capaz de derribar a Hatcher. De hecho, todos creían que nadie sería capaz de derribarlo. Pero lo hice”.

Ahora Riley estaba ojeando una carpeta de fotos de mala calidad que el FBI probablemente ni siquiera se había tomado la molestia de escanear. Kelsey había sido lo suficientemente inteligente como para no botarlas.

Una mostraba a un policía sentado en una cafetería hablando con un pandillero. Riley reconoció inmediatamente al joven como Shane Hatcher. Le tomó un momento reconocer al policía.

“Ese es el oficial que Hatcher mató, ¿cierto?”, preguntó Riley.

Kelsey asintió por la cabeza.

“El oficial Lucien Wayles”, dijo. “Yo tomé esa foto”.

“¿Qué está haciendo hablando con Hatcher?”.

“Eso es muy interesante”, dijo. “Supongo que se enteraron de que Wayles era un policía íntegro y condecorado. Eso es lo que los policías locales todavía quieren que todo el mundo piense. En realidad era muy corrupto. En esta foto, estaba reunido con Hatcher con la esperanza de hacer un trato con él, obtener una parte de las ganancias de las drogas por no interferir con el territorio de Hatcher. Hatcher le dijo que no. Allí fue que Wayles decidió acabar con él”.

Kelsey sacó una fotografía del cuerpo mutilado de Wayles.

“Obviamente saben cómo terminó yéndole a Wayles”, dijo.

Riley sintió haber entendido todo. Este era exactamente el material que había anhelado. Le acercaba mucho más a la mente de un joven Shane Hatcher.

Riley sondeó la mente del joven mientras observó la foto. Se imaginó los pensamientos y sentimientos de Hatcher en el momento en el que la foto fue tomada. También recordó algo que Kelsey había dicho.

“Sabes, él tenía un código estricto, incluso como pandillero.”

Riley sabía que eso seguía siendo verdad hoy en día por las conversaciones que había tenido con él. Y ahora, mirando la foto, Riley podía sentir la repugnancia visceral de Hatcher ante la propuesta de Wayles.

“La propuesto lo ofendió”, pensó Riley. “Fue un insulto para él”.

No era sorprenderte que Hatcher hubiera hecho de Wayles un terrible ejemplo. Según el código retorcido de Hatcher, era lo más moral del mundo.

Riley encontró la foto de otro pandillero.

“¿Quién es este?”, preguntó Riley.

“Smokey Moran”, dijo Kelsey. “El teniente más confiable de Shane de la Cadenas, hasta que lo capturé  por vender drogas. Enfrentaba una gran sentencia en prisión, así que no me costó lograr que entregara pruebas en contra de Hatcher a cambio de cierta clemencia. Así es que finalmente logré capturar a Hatcher”.

Los pelos de Riley se pusieron de punta.

“¿Qué pasó con Moran?”, preguntó.

Kelsey negó con la cabeza con desaprobación.

“Todavía está libre”, dijo. “Muchas veces deseo jamás haber hecho ese trato. Lleva años dirigiendo todo tipo de actividades pandilleras. Los jóvenes pandilleros lo admiran. Él es inteligente y escurridizo. La policía local y el FBI no han podido llevarlo ante la justicia”.

Los pelos de Riley seguían de punta. Riley se encontró en la mente de Hatcher, meditando en la cárcel durante décadas sobre la traición de Moran. En el universo moral de Hatcher, un hombre así no merecía vivir. Y la justicia debió haberle llegado desde hace mucho tiempo.

“¿Tienes su dirección actual?”, le preguntó Riley a Kelsey.

“No, pero estoy segura de que la oficina de campo sí la tiene. ¿Por qué?”.

Riley respiró profundamente.

“Porque Shane va a matarlo”.




CAPÍTULO SIETE


Riley sabía que Smokey Moran corría gran peligro. Pero la verdad era que Riley no sentía mucha compasión por el matón feroz.

Shane Hatcher era lo que realmente importaba.

Su misión era regresar a Hatcher a la prisión. Si lo atrapaban antes de que matara a Moran por su traición, bien. Ella y Bill conducirían a la dirección de Moran sin darle ninguna advertencia. Llamarían a la oficina de campo local para que contaran con apoyo allá.

Los barrios pandilleros mucho más siniestros de Siracusa quedaban a media hora en carro de la casa de clase media en la que vivía Kelsey Sprigge. El cielo estaba nublado, pero no estaba nevando, y el tráfico se movía normalmente por las carreteras bien despejadas.

Riley accedió a la base de datos del FBI e investigó un poco en su celular mientras Bill manejaba. Vio que la situación local de las pandillas era grave, ya que se habían agrupado y reagrupado en esta área desde la década de 1980. En la era de Shane de las Cadenas, la mayoría habían sido locales. Desde entonces unas pandillas nacionales se habían trasladado a la zona, trayendo consigo mayores niveles de violencia.

Las drogas que alimentaban esta violencia con sus ganancias se habían vuelto más extrañas y mucho más peligrosas. Ahora incluían cigarrillos empapados en líquido para embalsamar y cristales llamados “sales de baño” que inducían paranoia. Nadie sabía qué sustancia aún más letal aparecería pronto.

Cuando Bill se estacionó frente al edificio de departamentos deteriorado donde vivía Moran, Riley vio a dos hombres con chaquetas del FBI bajarse de otro carro. Eran los agentes McGill y Newton, quienes los habían recibido en el aeropuerto. Pudo notar que llevaban chalecos Kevlar debajo de sus chaquetas. Ambos llevaban rifles de francotiradores marca Remington.

“Moran vive en el tercer piso”, dijo Riley.

Cuando los agentes entraron por la puerta principal del edificio, se encontraron con varios pandilleros que estaban pasando el rato en el vestíbulo raído y frío. Estaban parados con las manos metidas en los bolsillos de sus sudaderas con capucha y parecían no estar prestándoles mucha atención al grupo armado.

“¿Serán los guardaespaldas de Moran?”, se preguntó Riley.

No creía que era probable que intentaran detener a un pequeño ejército de agentes, aunque podrían avisarle a Moran que alguien iba en camino a su apartamento.

McGill y Newton parecían conocer a los jóvenes.

“Estamos aquí para ver a Smokey Moran”, dijo Riley.

Ninguno de los jóvenes dijo una palabra. Solo miraron a los agentes con expresiones extrañas y vacías. Ese comportamiento le parecía extraño.

“Salgan”, dijo Newton, y los chicos asintieron con la cabeza y salieron por la puerta principal.

Los agentes subieron tres tramos de escaleras con Riley en el frente. Los agentes locales revisaron cada pasillo cuidadosamente. Se detuvieron en frente del apartamento de Moran en el tercer piso.

Riley golpeó la puerta. Cuando nadie contestó, exclamó:

“Smokey Moran, te habla la agente del FBI Riley Paige. Mis colegas y yo necesitamos hablar contigo. No pretendemos hacerte daño. No estamos aquí para arrestarte”.

El silencio continuó.

“Tenemos razones para creer que tu vida está en peligro”, gritó Riley.

Nada.

Riley intentó el pomo. Para su sorpresa, la puerta no estaba cerrada con llave, y se abrió.

Los agentes entraron a un apartamento muy limpio que prácticamente no estaba decorado. Tampoco tenía una televisión, ni dispositivos electrónicos, ni una computadora. Riley entró en cuenta de que Moran lograba ejercer una gran influencia en el mundo criminal únicamente dando órdenes cara a cara. Pasaba desapercibido ya que nunca se conectaba, ni tampoco usaba un teléfono.

“Definitivamente es astuto”, pensó Riley. “A veces lo tradicional funciona mejor”.

Pero Moran no estaba por ninguna parte. Los dos agentes locales revisaron todas las habitaciones y los armarios rápidamente. No había nadie en el apartamento.

Todos bajaron las escaleras de nuevo. Cuando llegaron al vestíbulo, McGill y Newton levantaron sus rifles, listos para la acción. Los pandilleros jóvenes los estaban esperando en la base de las escaleras.

Riley los observó. Se dio cuenta que obviamente habían tenido órdenes de dejar que Riley y sus colegas registraran el apartamento vacío. Ahora parecía que tenían algo que decir.

“Smokey nos dijo que creía que vendrían”, dijo uno de los pandilleros.

“Nos dijo que les diéramos un mensaje”, dijo otro.

“Dijo que lo busquen en el viejo almacén de Bushnell en la calle Dolliver”, dijo un tercero.

Luego, sin decir más, los jóvenes se echaron a un lado, dejándoles a los agentes un montón de espacio para pasar.

“¿Estaba solo?”, preguntó Riley.

“Sí, estaba solo cuando salió de aquí”, respondió uno de los jóvenes.

Sentía un presentimiento extraño. Riley no sabía qué pensar al respecto.

McGill y Newton siguieron observando a los jóvenes mientras salieron del edificio. Cuando estaban afuera, Newton dijo: “Yo sé dónde queda ese almacén”.

“Yo también”, dijo McGill. “Queda a pocas cuadras de aquí. Está abandonado y a la venta, y se ha hablado de convertirlo en apartamentos elegantes. Pero no me gusta esto. Ese lugar es perfecto para una emboscada”.

Tomó su teléfono y pidió más apoyo.

“Tendremos que tener cuidado”, dijo Riley. “Los seguiremos en nuestra camioneta”.

Bill siguió de cerca a la VUD local. Estacionaron ambos carros delante de un edificio de ladrillos decrépito de cuatro pisos con una fachada hecha pedazos y ventanas rotas. Justo en ese momento llegó otro vehículo del FBI.

Cuando Riley observó el edificio más de cerca, entendió por qué McGill había querido más apoyo. El lugar era enorme y decrépito, con tres pisos de ventanas oscuras y rotas. Cualquiera de las ventanas podría ocultar a un tirador con un rifle fácilmente.

Todo el equipo local estaba armado con cañones largos, pero ella y Bill solo tenían pistolas. Serían un blanco fácil en medio de un tiroteo.

Aún así, Riley no le encontraba sentido a una emboscada. Después de eludir su detención hábilmente por unas tres décadas, ¿por qué un tipo tan brillante como Smokey Moran haría algo tan imprudente como tirotear a agentes del FBI?

Riley llamó a los otros agentes con su radio.

“¿Aún llevan sus chalecos Kevlar?”, preguntó.

“Sí”, fue la respuesta.

“Qué bueno. Quédense en sus carros hasta que les diga que se bajen”.

Bill encontró dos chalecos Kevlar en la parte posterior de su VUD. Él y Riley se los colocaron rápidamente. Luego Riley encontró un megáfono.

Bajó la ventanilla y exclamó:

“Smokey Moran, somos del FBI. Recibimos tu mensaje. Vinimos a verte. No pretendemos hacerte daño. Sal del edificio con las manos arriba y hablemos”.

Ella esperó un minuto. Nada sucedió.

Riley volvió a la radio otra vez y se dirigió a Newton y McGill.

“El agente Jeffreys y yo nos bajaremos del vehículo. Bájense con sus armas desenfundadas cuando estemos afuera. Nos encontraremos en la puerta principal. No bajen la mirada. Si ven cualquier movimiento en cualquier lugar del edificio, cúbranse inmediatamente”.

Riley y Bill se bajaron del VUD, y Newton y McGill se bajaron del suyo. Tres agentes del FBI más fuertemente armados se bajaron del vehículo recién llegado y se unieron a ellos.

Los agentes se movieron con cautela hacia el edificio, mirando las ventanas con sus armas listas. Finalmente llegaron a la seguridad relativa de la enorme puerta principal.

“¿Cuál es el plan?”, preguntó McGill, sonando claramente nervioso.

“Arrestar a Shane Hatcher, si es que está aquí”, dijo Riley. “Matarlo si es necesario. Y encontrar a Smokey Moran”.

Bill agregó: “Tendremos que registrar todo el edificio”.

Riley se percató de que los agentes locales no se sentían muy a gusto con este plan. No podía culparlos.

“McGill, comienza en la planta baja y sube poco a poco. Jeffreys y yo iremos al último piso y bajaremos poco a poco. Nos encontraremos en el medio”.

McGill asintió. Riley pudo ver un destello de alivio en su rostro. Sabían claramente que había mucho menos riesgo en la parte inferior del edificio. Bill y Riley estaban corriendo un riesgo significativamente mayor.

Newton dijo: “Iré arriba con ustedes”.

Vio que su expresión era firme, así que no se opuso.

Bill abrió las puertas, y los cinco agentes entraron al edificio. Viento helado entraba por las ventanas de la planta baja, que era un espacio vacío con postes y puertas que daban a varias salas. Dejando a McGill y a otros tres agentes para que comenzaran aquí, Riley y Bill se dirigieron a las escaleras más amenazantes. Newton los siguió de cerca.

A pesar del frío, podía sentir sudor en sus guantes y en su frente. Podía sentir su corazón latiendo con fuerza e intentó mantener el control respiratorio. No importaba cuántas veces había hecho esto, nunca lograba acostumbrarse. Nadie lograba hacerlo.

Por fin llegaron al último piso.

El cadáver fue lo primero que llamó la atención de Riley.

Estaba pegado verticalmente a un poste con cinta adhesiva, tan destrozado que ni siquiera parecía humano. Tenía cadenas para llantas envueltas alrededor de su cuello.

“El arma preferida de Hatcher”, recordó Riley.

“Ese tiene que ser Moran”, dijo Newton.

Riley y Bill intercambiaron una mirada. Sabían que aún no debían enfundar sus armas. El cuerpo podría ser la trampa de Hatcher para hacerlos exponerse.

Mientras se acercaron al hombre muerto, Newton se quedó atrás con el rifle preparado.

Charcos de sangre medio congelados se pegaron a la suela de los zapatos de Riley cuando se acercó al cuerpo. El rostro estaba golpeado más allá de toda posibilidad de reconocimiento, y tendrían que utilizar el ADN o registros dentales para poder identificarlo. Pero Riley no tenía ninguna duda de que Newton tenía razón; este tenía que ser Smokey Moran. Sus ojos todavía estaban abiertos y su cabeza estaba pegada al poste, así que parecía estar mirando a Riley directamente.

Riley miró a su alrededor de nuevo.

“Hatcher no está aquí”, dijo ella, enfundando su arma.

Bill hizo lo mismo y caminó hasta el cuerpo. Newton permaneció atento, sosteniendo su rifle y moviéndose a cada rato para verificar todas las direcciones.

“¿Qué es esto?”, dijo Bill, señalando un pedazo de papel doblado que se asomaba del bolsillo de la chaqueta de la víctima.

Riley sacó el pedazo de papel. Decía:

“Un caballo está encadenado a una cadena de 24 pies y se come una manzana que está a 26 pies de distancia. ¿Cómo llegó el caballo a la manzana?”.

Riley se puso tensa. No era ninguna sorpresa que Shane Hatcher había dejado una adivinanza. Le entregó el papel a Bill. Él lo leyó y luego miró a Riley con una expresión perpleja.

“La cadena no está atada a nada”, dijo Riley.

Bill asintió. Riley sabía que había entendido el significado de la adivinanza:

Shane de las Cadenas estaba desatado.

Y estaba empezando a disfrutar de su libertad.




CAPÍTULO OCHO


Sentada con Bill en el bar del hotel, Riley no podía sacarse la imagen del hombre desfigurado de su mente. Ni ella ni Bill habían sido capaces de entender por completo lo que había sucedido. No podía creer que Shane Hatcher se había fugado de Sing Sing solo para matar a Smokey Moran. Pero no cabía duda de que él lo había matado.

Las luces navideñas del bar se veían muy chillonas en vez de señales de celebración.

Le entregó su vaso vacío a un barman. “Sírveme otro”, le dijo.

Se dio cuenta de que Bill estaba mirándola con inquietud. Entendía el por qué. Este era su segundo whisky americano con hielo. Bill sabía que los antecedentes de Riley con el alcohol no eran buenos.

“No te preocupes”, le dijo. “Ese será mi último trago”.

No tenía ninguna intención de emborracharse esta noche. Solo quería relajarse un poco. El primer vaso no había ayudado, y dudaba de que el segundo lo hiciera.

Riley y Bill habían pasado el resto del día lidiando con las consecuencias del asesinato de Smokey Moran. Mientras que ella y Bill se quedaron trabajando con los policías locales y el equipo del médico forense en la escena del crimen, habían enviado a los agentes McGill y Newton de vuelta al edificio de apartamentos donde había vivido Moran. Debían hablar con los jóvenes pandilleros que habían estado de guardia en el vestíbulo. Pero no pudieron encontrar a los jóvenes por ninguna parte. El apartamento de Moran permanecía abierto y desprotegido.

Cuando el barman colocó la bebida frente a Riley, recordó lo que los pandilleros habían dicho en el vestíbulo:

“Smokey nos dijo que creía que vendrían”.

“Nos dijo que les diéramos un mensaje”.

Luego les habían dicho dónde encontrar a Smokey Moran.

Riley negó con la cabeza cuando repitió el momento en su mente.

“Debimos haber hablado con esos pandilleros cuando tuvimos la oportunidad”, le dijo a Bill. “Debimos haberles hecho preguntas”.

Bill se encogió de hombros.

“¿Acerca de qué?”, preguntó. “¿Qué podrían habernos dicho?”.

Riley no respondió. La verdad era que no tenía ni idea. Pero todo parecía extraño. Recordó las expresiones rígidas, sombrías y tristes de los pandilleros. Era casi como si habían entendido que su líder había ido a su muerte, y ya estaban de luto. El hecho de que ahora había abandonado sus puestos de trabajo, al parecer para siempre, parecía confirmarlo.

¿Qué es lo que Moran les había dicho antes de irse? ¿Que él no regresaría? Riley se sintió desconcertada por esa posibilidad. ¿Por qué un matón inteligente y experimentado como Moran no se mantuvo alejado del peligro? ¿Por qué fue a ese almacén, si tenía alguna idea de lo que lo esperaba allí?

“¿Cuál crees que será el próximo paso de Hatcher?”, preguntó Bill, interrumpiendo sus pensamientos.

“No lo sé”, dijo Riley.

Era difícil de admitir, pero era cierto. Unos agentes experimentados del FBI ahora custodiaban la casa de Kelsey Sprigge por si era el próximo objetivo de Hatcher. Pero Riley no creía que lo era. Kelsey tenía razón. Hatcher no mataría a la mujer por haber hecho su trabajo hace todos esos años, especialmente puesto que ella realmente le había salvado la vida.

“¿Crees que podría venir por ti ahora?”, preguntó Bill.

“Ojalá que lo hiciera”, dijo Riley.

Bill se veía un poco sorprendido.

“No dices eso en serio”, dijo.

“Sí lo digo en serio”, dijo Riley. “Si tan solo se mostrara a sí mismo, tal vez pudiera hacer algo. Esto es como jugar una partida de ajedrez con los ojos vendados. ¿Cómo puedo moverme si no conozco sus movimientos?”.

Bill y Riley saborearon sus bebidas en silencio por unos instantes.

“Tú también lo conociste, Bill”, dijo Riley. “¿Qué piensas de él?”.

Bill dejó escapar un largo suspiro.

“Bueno, ciertamente pareció haberme entendido rapidito”, dijo. “Él me dijo que me olvidara de arreglar las cosas con Maggie. No tenía ni idea en ese momento de la razón que tenía”.

“¿Cómo han estado las cosas con Maggie últimamente?”, preguntó Riley.

Bill movió el hielo un poco en su vaso.

“Nada bien”, dijo. “Me siento perdido. Seis meses de separación, ninguna posibilidad de volver a estar juntos, pero faltan seis meses para que el divorcio sea oficial. Siento que mi vida está congelada. Por lo menos está flexibilizándose un poco en cuanto a la custodia de los niños. Está permitiéndome pasar tiempo con ellos”.

“Eso es bueno”, dijo Riley.

Notó que Bill estaba mirándola con nostalgia.

“Eso no es bueno”, pensó.

Ella y Bill llevaban años luchando contra su atracción mutua. Riley todavía hacía un gesto de dolor cada vez que recordaba la vez que lo había llamado borracha para proponerle que tuvieran una aventura. Su amistad y relación profesional apenas habían sobrevivido ese episodio.




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