Maduro para el asesinato
Fiona Grace


Un misterio cozy en los viñedos de la Toscana #1
«Muy entretenido. Recomiendo encarecidamente este libro para la biblioteca permanente de cualquier lector que valore una novela de misterio bien escrita, con algunos giros y un argumento inteligente. No te decepcionará. ¡Una manera excelente de pasar un fin de semana frío!». –Books and Movie Reviews, Roberto Mattos (en relación a Asesinato en la mansión). MADURO PARA EL ASESINATO (UN MISTERIO COZY EN LOS VIÑEDOS DE LA TOSCANA) es la novela con la que debuta con una nueva y encantadora serie de misterios cozy la autora#1 en ventas Fiona Grace, autora de Asesinato en la mansión (Libro #1), un #1 en ventas con más de 100 críticas valoradas con cinco estrellas —¡y que puedes descargar gratuitamente!Cuando Olivia Glass, de 34 años, inventa un anuncio para un vino barato que impulse a su agencia de publicidad hasta arriba del todo, se siente avergonzada de su propio trabajo —a pesar de que le ofrecen el ascenso que soñaba. Olivia, en una encrucijada, se da cuenta de que esta no es la vida que deseaba. Empeora cuando Olivia descubre que su novio desde hace un tiempo, al que está a punto de proponer matrimonio, la ha estado engañando y se da cuenta de que es el momento de hacer un cambio importante en su vida. . Olivia siempre ha soñado con irse a vivir a la Toscana, vivir una vida sencilla y empezar su propio viñedo. . Cuando su amiga de toda la vida le envía un mensaje hablándole de una casita de campo disponible en la Toscana, Olivia no puede evitar preguntarse: ¿es el destino. Divertídisima, llena de viajes, comida, vino, altibajos, amor y su recién descubierto amigo animal —y centrándose en un desconcertante asesinato en la pequeña ciudad que Olivia debe resolver— MADURO PARA LA MUERTE es un misterio cozy que no podrás dejar y que te tendrá riendo hasta altas horas de la noche… ¡Los libros #2 y #3 de la serie—MADURO PARA LA MUERTE y MADURO PARA EL CAOS—también están disponibles ahora!





Fiona Grace

MADURO PARA EL ASESINATO




MADURO PARA EL ASESINATO




(Un misterio cozy en los viñedos de la Toscana—Libro uno)




FIONA GRACE



Fiona Grace

La escritora debutante Fiona Grace es la autora de la serie UN MISTERIO COZY DE LACEY DOYLE, que incluye ASESINATO EN LA MANSIÓN (Libro#1), LA MUERTE Y UN PERRO (Libro#2), CRIMEN EN LA CAFETERÍA (Libro#3), ENOJO EN UNA VISITA (Libro#4) y ASESINATO CON UN BESO (Libro#5). Fiona también es la autora de la serie UN MISTERIO COZY EN LOS VIÑEDOS DE LA TOSCANA.



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LIBROS ESCRITOS POR FIONA GRACE




UN MISTERIO COZY DE LACEY DOYLE

ASESINATO EN LA MANSIÓN (Libro #1)

LA MUERTE Y UN PERRO (Libro #2)

CRIMEN EN LA CAFETERÍA (Libro #3)




UN MISTERIO COZY EN LOS VIÑEDOS DE LA TOSCANA

MADURO PARA EL ASESINATO (Libro #1)

MADURO PARA LA MUERTE (Libro #2)

MADURO PARA EL CAOS (Libro #3)




CAPÍTULO UNO


Olivia Glass tenía exactamente cinco minutos y medio para gestionar un desastre inesperado. Eran las siete y media de un jueves por la tarde y ella se encontraba en la parte trasera de un Uber, de camino para reunirse con su novio, Matthew, para cenar en uno de los nuevos restaurantes más de moda de Chicago. Él había estado fuera de la ciudad toda la semana y esa mañana le había escrito un mensaje para invitarla.

Ahora se había descubierto una carrera en las medias, justo por encima de la rodilla.

Olivia la miraba horrorizada.

El agujero en el nailon negro era enorme. Por lo menos hacía cinco centímetros de ancho y empezaba a subir por la pierna.

No tenía ni idea de cuándo podía haber pasado esto. Las medias estaban perfectas por la mañana cuando se las había puesto. Desde las siete de la mañana había estado en su despacho en JCreative, la agencia de publicidad donde trabajaba como Gerente de Administración, y había pasado la mayor parte del día en reuniones y teleconferencias.

Después de recibir la invitación sorpresa de Matt al moderno Villa 49, cayó en la cuenta de que no tendría tiempo de ir a casa a cambiarse y se había apresurado a ir a las tiendas durante la única media hora libre que tenía.

Aterrorizada porque se estaba quedando sin tiempo, había cogido algo del estante que era más corto y más ceñido de lo que ella normalmente llevaba.

Ya en el despacho, el remordimiento del comprador había disminuido y ella había empezado a preguntarse si el vestido no era demasiado atrevido para llevarlo una mujer de treinta y cuatro años.

–La edad solo es un número —se había dicho a sí misma con valor. ¿Y qué pasaba si el vestido había sido diseñado para una de dieciocho? A pesar de que ahora estaba un poco más gordita, tampoco había sido una extraña en el gimnasio desde entonces.

En cuanto su jefe, James Clark, el dueño de JCreative, había abandonado el edificio, Olivia se había cambiado en el baño en el trabajo. Se había pasado los dedos por su pelo rubio a la altura de los hombros, se había retocado el pintalabios, se había puesto perfume y había bajado corriendo las escaleras para buscar su transporte.

Hasta que no vio lo estropeadas que estaban las medias, no se dio cuenta de lo blancas que tenía las piernas. Aunque estaban a mediados de junio, había estado trabajando tanto que no había tenido ocasión de ver el sol del verano. A través de la carrera, que Olivia ahora calculaba que debía ser del tamaño de un plato llano, su piel era de un blanco cegador.

Olivia sabía seguro que Matt se daría cuenta. Vería la carrera de inmediato. Se fijaba mucho en los detalles, que era lo que hacía de él un agente de fondos de inversión rico y de gran éxito. A pesar de que llevaban cuatro años juntos, Olivia siempre intentaba tener la mejor apariencia para él y hacer que se sintiera orgulloso. El desastre de las medias sería un momento bochornoso en público para ambos; del que están hechas las pesadillas.

Durante esta comida, tenía que confesarle cosas difíciles a Matt. Un error de armario complicaría la situación.

Por un momento, pensó en quitarse las medias y llegar sin nada en las piernas. Podía quitárselas haciendo malabarismos en la parte trasera del Uber y esperar que el conductor no se diera cuenta de lo que estaba pasando y le diera una puntuación de una estrella por usar su vehículo como vestuario.

Negó con la cabeza. Quitarse las medias no era una opción. Sus piernas eran de un blanco azulado extremo y ya se sentía cohibida de que este vestido fuera más corto que su vestimenta habitual. Necesitaba toda la ayuda que le pudieran dar las medias de nailon negras.

Brevemente, Olivia consideró hacer un agujero idéntico en la otra pierna, antes de decidir que era poco práctico. No existía ninguna garantía de que se rompiera de la misma manera y, en cualquier caso, ella no sabría llevar eso. Ni tan solo se sentía cómoda llevando unos vaqueros rotos.

¿Qué podía hacer? El agujero tenía aproximadamente el tamaño de un cochecito de juguete, ahora su destino estaba a tres minutos y no tenía ninguna solución en absoluto para su crisis.

Entonces Olivia vio su salvación más adelante.

Después del siguiente cruce, divisó un panel publicitario de una boutique de lencería y medias que parecía estar abierta.

Le pediría al conductor que la dejara allí, entraría rápido, se pondría un par nuevo tan rápido como pudiera y llamaría a otro Uber para que acabar de hacer el viaje. Llegaría unos minutos tarde pero por lo menos llegaría con un conjunto completo y entero.

–Por favor, ¿podría…? —empezó a decir Olivia.

Entonces sonó su teléfono móvil.

Sin pensar, cogió la llamada y se encontró hablando con James.

–Olivia. ¿Todavía estás en el despacho?

–Acabo de irme. ¿Es urgente? Puedo mirar mi correo enseguida.

Olivia se sentó más erguida y oyó el tono vivo, enérgico y profesional que, por instinto, adoptaba cuando conversaba con su jefe.

–Urgente no, pero importante. Mañana tenemos que reunirnos a primera hora. Mientras tanto, he recibido más comentarios fantásticos sobre la campaña de Valley Wines.

Notó que se le encogía el corazón cuando el Uber aceleró y pasó de largo de la boutique. Su única oportunidad había desaparecido. Ahora se dirigían hacia West Loop, el área que se caracteriza por su yuxtaposición de lo viejo y lo nuevo —edificios bajos de ladrillo y rascacielos cubiertos de cristal, calles llenas de buenos restaurantes y una notable ausencia de tiendas de ropa interior.

Iba a llegar a Villa 49 en exactamente dos minutos con un agujero en las medias del tamaño de la Estación Espacial Internacional y no podía hacer nada al respecto.

–Me alegro de que la campaña esté yendo bien —dijo.

–Más tarde te enviaré un correo, con los detalles de tu bonificación. Te va a ir increíblemente bien todo esto.

El taxi giró bruscamente para pasar a un autobús y el bolso de Olivia cayó de lado. Los contenidos cayeron y se desparramaron por el asiento.

–¿Sabes quién es Des Whiteley? —continuó James.

–Creo que lo he visto en copia en los correos —dijo Olivia, haciendo un intento desesperado por coger su vaporizador de perfume mientras el taxi volvía a zigzaguear.

–Es el CEO. El director ejecutivo.

–¿De Valley Wines? —preguntó ella.

–No, no. De su sociedad de cartera, Kansas Foods. Me pidió que te hiciera llegar sus felicitaciones personales. Las ventas se han disparado.

–Eso es increíble. —Olivia se estiró para coger su cartera, su pintalabios y un clínex solitario.

Su sombra de ojos, la pequeña polvera que siempre llevaba encima, estaba debajo del clínex.

El color era Carbón brillante.

Eso le dio una idea a Olivia.

Abrió la cajita y frotó un dedo en la sombra de ojos. Después lo frotó sobre la pierna que estaba al descubierto.

Un éxito. El Carbón brillante volvió su pierna del color de las medias. Camufló el daño de manera que era casi indetectable.

–Yo le dije que tu enfoque para esta campaña representaba los valores de nuestra empresa —continuó James—. Metódico y organizado.

–Organizado —repitió Olivia, llenándose otro dedo de sombra de ojos.

–Creativamente disciplinado y centrado en los resultados.

–Centrado en los resultados —repitió conforme Olivia, frotando el polvo de carbón en el agujero.

–Planificado para cualquier eventualidad —dijo James.

–Claro. Planificado.

Olivia decidió que debería colorear una zona más amplia, ya que las medias podían moverse cuando anduviera, o la carrera podría subir más. Con cuidado, metió el dedo debajo del nailon.

–Mañana hablamos. Estaré en el despacho a las siete de la mañana, así que empezaremos entonces. Necesitaremos por lo menos dos horas aparte. Tendremos una breve sesión informativa a solas y después una reunión de grupo en la sala de juntas.

¿De qué puede tratarse?, se preguntaba Olivia.

–Nos vemos allí —dijo ella y él cortó la conexión.

Olivia cerró la polvera y la puso de nuevo en su bolso.

El éxito de la campaña los había sorprendido a todos, ella incluida. Como la única mujer en el equipo ejecutivo experimentado, a pesar de sus años de duro trabajo, se había acostumbrado a aplaudir mientras se alababan los logros de los demás. Nunca había pensado que le llegaría el turno de estar al frente de un éxito arrollador. En cierto sentido, esta campaña había dado mucho la sensación de camuflar el daño de sus medias.

Se sentía como si hubiera tenido suerte al lanzarla y realmente no lo mereciera o incluso no lo deseara para nada.

–¿Me decía algo? —El conductor del Uber interrumpió sus pensamientos, mirando hacia atrás hacia ella—. Me iba a preguntar una cosa cuando sonó su teléfono.

–Ah. No, ahora ya está. Pensaba que tendría que parar antes, pero al final resultó que no.

Él asintió.

–Mencionó Valley Wines. ¿Trabaja para ellos?

–Directamente no —dijo Olivia—. Trabajo para una agencia que les lleva la contabilidad.

–¿Y son buenos? A mi mujer le gusta una de las marcas de California. Nunca me acuerdo del nombre, pero tiene una etiqueta bonita. Últimamente no lo hemos podido encontrar, así que le dije que deberíamos probar otro.

Olivia sintió una puñalada de culpa. El espacio en las estanterías era limitado y las ganancias hechas por Valley Wines significaban que otras marcas habían salido perdiendo.

Por un momento, consideró dar una respuesta estándar de que los vinos eran excelentes y que, sin duda, su mujer debía probarlos. Después decidió no hacerlo. Al fin y al cabo, el conductor de Uber y ella eran extraño y siempre era más fácil ser sincera con los extraños.

–¿Mi opinión personal? —dijo—. Valley Wines ni tocarlos. Son horribles, están fabricados a precio bajo y no valen lo que se paga por ellos.

Habían llegado. El taxi paró fuera de Villa 49.

–Gracias por el consejo —dijo el conductor—. Buscaremos un vino diferente.

–De nada. Gracias por el viaje. —Olivia bajó.

Con el desastre de vestuario bajo control, era el momento de pensar qué quería decirle a Matt.

–Estoy segura de que te sorprenderá, pero soy realmente infeliz.

Ese iba a ser el punto de partida.

Dando vueltas a lo que debería decir a continuación, Olivia entró en el restaurante.




CAPÍTULO DOS


Olivia se quedó quieta por un instante dentro de Villa 49, acostumbrándose a la tenue iluminación, escuchando el murmullo de voces y inhalando los aromas que le venían de una mesa de por allí cerca.

Los toques aromáticos de ajo tostado, tomillo y romero. El rico aroma de jugo de carne mezclado con un suave toque de vino. El olor a pan crujiente, recién salido del horno, que hace la boca agua.

Por primera vez en el largo y estresante día, se sentía verdaderamente contenta. Si cerraba los ojos, se podía imaginar a ella misma bajo un olivo en una trattoria rústica de la misma Toscana, lejos de la presión de su trabajo y de las sucesivas reuniones y del constante sonar de su teléfono.

Incluso podía olvidarse de la delicada conversación que iba a tener con Matt.

–Buenas noches, signora. Bienvenida a Villa 49. ¿Tiene una reserva?

El educado recibimiento del metre le hizo volver a la realidad.

–Sí, debe de estar a nombre de Matthew Glenn.

–Sígame.

Lo siguió zigzagueando por todo el restaurante.

La mesa en la esquina que Matt había reservado estaba vacía. Momentáneamente, Olivia se sorprendió. Él siempre era puntual y ella había llegado cinco minutos tarde. Ella esperaba que él estuviera allí, esperándola.

Aun así, el tráfico podía ser impredecible.

Rápidamente, miró su teléfono. Había dos mensajes más de sus compañeros felicitándola. Cada uno de ellos le provocó un pinchazo de culpa idéntico. Al final, había un mensaje de su asistente, Bianca.

«James dijo que tengo que asistir a una reunión urgente mañana. ¿Sabes de qué va? ¿He hecho algo malo?»

Olivia podía imaginar a la joven y esbelta mujer mordiéndose las uñas con ansiedad mientras esperaba. Olivia había intentado ayudarla a romper este hábito nervioso tanto como podía. Incluso le había regalado una manicura, pero Bianca se había mordido sus uñas acabadas de pintar con la misma desesperación. Al final, Olivia había decidido dejarlo estar. A fin de cuentas, había hábitos peores que morderse las uñas. Una de las otras asistentes había empezado a comer dónuts para aliviar el estrés y había ganado nueve quilos en tres meses.

Olivia escribió una respuesta.

«¡No es nada malo! Es una reunión de grupo, así que seguramente sea evaluación y novedades.

Añadió una cara sonriente y mandó el mensaje. Después dirigió su atención a la lista de vinos.

Hojeando el menú, Olivia volvía a sentirse feliz de nuevo. Le encantaban los vinos italianos y este menú se especializaba en marcas de la región de la Toscana. No había oído hablar de algunos de ellos, pero estaba fascinada con la música de sus nombres. Su mente visualizaba unas colinas verdes ondulantes bañadas por el sol, con hileras perfectas de vides intercaladas por grupitos de olivos.

Sabiendo que Matt prefería el vino tinto, prestó especial atención a ese lado del menú.

Se le fueron los ojos al Tignanello, descrito como un tinto rico y con cuerpo, fabricado con uvas Sangiovese, aromático con el sabor de las cerezas negras. El precio reflejaba su excelente calidad, pero esta era una ocasión especial y ella estaba segura de que Matt estaría encantado de tirar la casa por la ventana.

Estaba emocionada porque, por fin, iban a cenar juntos. Durante las últimas semanas, ambos habían estado increíblemente ocupados y Matt había estado fuera casi de manera constante. Era un chiste permanente entre ellos que Leigh, su asistente personal que viajaba con él, lo veía más de lo que Olivia lo veía.

–Ey, Liv. Siento llegar tarde.

Al levantar la vista, vio a Matt yendo a toda prisa hacia ella a través del ahora lleno y animado restaurante. Llevaba su traje de Armani color carbón más elegante y su pelo oscuro y canoso estaba cortado a la perfección. Era alto, guapo, superexitoso y estaba en forma. Incluso después de cuatro años, Olivia no podía creer que estuvieran juntos.

Nunca se lo confesaría a nadie, pero a veces sentía una punzada de inseguridad cuando pensaba en el buen partido que era Matt. Se consolaba pensando que eso era algo positivo. Después de todo, esto la mantenía alerta, preocupada por su propia imagen y esforzándose por tener un mayor éxito profesional.

–Hola, Matt —lo saludó con una sonrisa—. Qué bien verte. Qué sorpresa que estés de nuevo en la ciudad. Me encanta tu corte de pelo.

Al levantarse, se colocó su vestido ceñido bien por las caderas, esperando que él no viera la tarea de camuflaje que había hecho en sus medias. Se sintió aliviada cuando él le besó la mejilla sin hacer ningún comentario y se sentaron.

Olivia pidió el Tignanello y, mientras esperaban a que llegara, empezó la difícil conversación para la que se había preparado.

–Sé que esto te cogerá totalmente por sorpresa, pero soy realmente infeliz.

Matt subió las cejas de golpe.

–¿Y eso?

Olivia respiró profundamente. Era el momento de disparar.

–Es por el trabajo. El trabajo es el problema.

Matt parpadeó rápidamente, como si no esperara que ella dijera eso.

–¿A qué te refieres? —preguntó con cautela.

–Siento como si hubiera vendido mi alma. Mi vida se está desviando por una tangente que nunca esperaba y… lo odio.

La verdad, y la razón por la que ella sentía como si hubiera traicionado sus principios, era que Valley Wines iba en contra de todo aquello en lo que ella creía.

La primera vez que Olivia había asisitido a una cata de Valley Wines, después de beber solo dos copitas, se levantó al día siguiente con un fuerte y despiadado dolor de cabeza que le duró todo el día.

Dos copitas de vino normalmente no tenían un efecto tan perjudicial. Interesada en saber qué había exactamente en estos vinos, había estado indagando. No había sido fácil, pero Olivia era paciente y constante y le encantaba el reto de un rompecabezas que era difícil de resolver. Con investigación en línea, minuciosas llamadas telefónicas y reuniones confidenciales cara a cara, había descubierto la verdad.

–He estado investigando a la empresa y son horribles. No se están representando bien. Prácticamente es una estafa y mi campaña de marketing está haciendo creer a todo el mundo sus afirmaciones.

Matt frunció el ceño.

–Pero Liv, las campañas de marketing son para eso.

–¡No! —protestó ella—. Esto es diferente. Esto no es simplemente vino barato, es un vino basura.

–¿Qué quieres decir?

–No hay viñedos de propiedad familiar. Todas las uvas se cultivan de manera industrial y se cosechan con máquinas, y usan uvas de donde sea. Cuanto más baratas, mejor. Ni tan solo puedes hacer una visita a la bodega.

–¿Y eso por qué? —preguntó Matt.

–Porque no hay ninguna —confesó Olivia—. Hay una enorme planta de fabricación y, básicamente, cogen zumo de uva alcohólico y lo remiendan con montones de polvos, sabores artificiales y aditivos. Han investigado qué sabor gusta a la mayoría de gente y los bromatólogos han creado perfiles de sabor que ellos igualan usando los aditivos. Eso es lo que son el Valley blanco y el Valley tinto.

Matt parecía escéptico mientras ella continuaba.

–Utilizan montones de sulfitos, lo que sirve para prolongar el tiempo de caducidad y también para que todos los lotes tengan el mismo sabor. No sé si es por los sulfitos o por otra cosa que hay en el vino, pero cuando lo bebo me hace sentir fatal.

–Sigo sin ver el problema. Es un vino malo, ¿y qué? ¿No puede decidirlo la gente cuando lo pruebe? —preguntó Matt.

Olivia soltó un suspiro de frustración.

–El problema es que ahora todas las tiendas están llenando sus estanterías con él y eso significa que hay menos espacios para otras marcas. Así que mi campaña está haciendo daño a las compañías que realmente se preocupan del vino y que lo hacen de forma adecuada. Siento que he perjudicado a buenos enólogos que no lo merecían.

Olivia se avergonzaba cuando pensaba en el éxito del eslogan, ahora famoso, que se le había ocurrido: «Valley y sus vinos te acompañan en el camino».

–Yo hice mi propio eslogan personal —le dijo a Matt—. «Un Valley blanco la noche te fastidiará y un Valley tinto la cabeza te destrozará».

Esperaba que él se riera con eso, pero no lo hizo.

Tal vez, por fin, empezaba a entender la gravedad de su situación.

–Matt, estoy pensando que necesito irme —dijo ella—. No puedo seguir trabajando para una empresa que representa marcas en las que no creo. Y que se ocupa de destruir a marcas en las que sí que creo. Estoy a esto de marcharme.

Levantó la mano con el pulgar y el índice juntos.

Este era otra broma permanente entre ellos, pero de nuevo no consiguió hacer reír a Matt.

–Me temo que yo también tengo malas noticias —le dijo él.

Olivia lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos.

¿Qué había pasado? ¿Había perdido Matt su trabajo? ¿Su padre o su madre estaban enfermos?

Olivia se dio cuenta de que debía de haber una razón por la que él la había invitado aquí. Había dado por sentado que era para felicitarla, pero había sido por razones de él, y ella había monopolizado egoístamente la conversación sin ni tan solo preguntar primero.

–Oh, Matt, lo siento mucho. ¿De qué se trata? —preguntó.

–Sé que esto te cogerá totalmente por sorpresa.

Olivia parpadeó, confundida porque Matt había usado las palabras exactas que ella había usado. ¿Qué narices estaba pasando?

Por un momento fugaz, se preguntó si Matt era tan infeliz con su trabajo como ella lo era con el suyo. Quizá ya estaba cansado de ser asesor financiero y deseaba un cambio. Se le aceleraron los pensamientos, imaginando como podrían empezar de nuevo juntos, mudarse a una ciudad diferente o incluso pasar un año en una isla exótica. Sería toda una aventura, que les permitiría relajarse juntos y disfrutar de la compañía el uno del otro.

Olivia nunca había sido partidaria de casarse y tener hijos y sabía que Matt pensaba lo mismo, pero ella ansiaba el simple lujo de pasar tiempo sin interrupciones con él, sin la invasión de citas, reuniones y horas de trabajo interminables con las que ambos tenían que lidiar. en una isla, podrían hacerlo.

Entonces se impuso la realidad. A Matt le encantaba su trabajo y jamás había ni tan solo insinuado que fuera infeliz. Además, él era un chico de ciudad que disfrutaba del ritmo de la vida urbana. No podía ser eso, debía de ser otra cosa.

–¿Qué me cogerá por sorpresa? —preguntó, sintiendo un escalofrío de aprensión.

–Esto no funciona.

–¿Qué quieres decir? —Su propia voz le parecía pequeña y extraña.

–Nosotros. —Hizo una de sus características sonrisas de arrepentimiento, con los labios cerrados, los ojos arrugados y la cabeza inclinada—. Nosotros no funcionamos. Lo siento mucho. Me gustaría que esto hubiera ido de forma diferente. Pero así están las cosas. No existe una forma fácil de decirlo, pero voy a terminar con esto.




CAPÍTULO TRES


Olivia miró a Matt con incredulidad.

¿De qué estaba hablando? ¿Era un chiste cruel y práctico?

Al instante, descartó ese pensamiento. Matt no era de ese tipo de personas. Por otro lado, ella no creía que él fuera el tipo de persona que la invitaba a cenar en un restaurante caro y rompía con ella antes incluso de que llegara el vino.

–Pero… ¿por qué? —preguntó ella—. Matt, ¿por qué estás haciendo esto? Hemos sido felices juntos. Bueno, yo he sido feliz. Sé que no nos hemos visto todo lo que podíamos, pero eso es porque ambos hemos estado muy ocupados.

Él hizo un gesto de aprobación con la cabeza como si ella hubiera dado en el clavo.

–Exactamente, Liv. Ese es exactamente el problema. Tú lo has resumido. Los dos estamos muy ocupados. No nos vemos más que una o dos noches a la semana. —Se inclinó hacia delante y habló en un tono bajo y confidencial—. Aparte de eso, somos personas diferentes. Yo soy una persona sumamente organizada. Es difícil vivir con alguien tan desorganizado como tú. Nunca pones el tapón de la pasta de dientes y, la semana pasada, cuando abrí mi maletín en una reunión, cayeron unas bragas tuyas. Fue sumamente incómodo para mí. Allí había veinte inversores internacionales y que ropa interior rosa de encaje con el eslogan «Ojalá estuvieras aquí» fuera a parar a la mesa de la sala de juntas afectó de forma negativa la impresión profesional que yo esperaba dar, y la que espera nuestra empresa.

A Olivia le pareció oír una risita reprimida. Echó un vistazo alrededor y vio que su conversación había atraído la atención de las tres mujeres de la mesa de al lado, que estaban escuchando ávidamente.

–¿Y eso por qué pasó, Olivia? —continuó Matt—. Eso es porque tú insistes en quitártelas y tirarlas en el suelo del dormitorio, en lugar de meterlas en la cesta de la ropa sucia. Esta vez, unas fueron a parar dentro de mi maletín. Podría haber sido desastroso para mi carrera. Esto es solo un ejemplo. No me has apoyado mucho.

Olivia se quedó con la boca abierta. ¿De qué estaba hablando? Ella lo había apoyado siempre.

–Cuando nos fuimos a vivir juntos, vacié el dormitorio libre para que tú pudieras tener un estudio, a pesar de que nunca lo usaste —dijo ella, ahora disgustada—. Volví a pintar de blanco la habitación principal porque tú me lo pediste. Vacié mis armarios para hacer espacio para todas tus chaquetas, tus camisas y tus zapatos. Incluso regalé mi preciosa librería para que tu enorme pantalla plana pudiera caber en la sala de estar.

Los muebles y la cama de ella se habían quedado. Matt dijo que vendería los suyos. O, espera. Tal y como Olivia recordaba ahora, él había dicho que se los daría a Leigh, su asistente personal, ya que había roto con su novio y se iba a mudar a su nueva casa.

Olivia frunció el ceño con una sospecha repentina. Antes de que ella pudiera decir algo, Matt continuó como si no la hubiera oído en absoluto.

–Como te dije, he estado revisando mis decisiones de vida. Y Liv, siento que queremos cosas muy diferentes. Sí, tú has sido feliz, pero yo quiero a alguien que esté allí para mí. Alguien que me pueda cuidar, que cocine por mí, que ponga en orden mi vida.

–¡Yo cocino para ti! —Las palabras salieron más fuertes de lo que Olivia tenía pensado.

El camarero, que traía el vino, tuvo que mirar dos veces mientras se acercaba y dejaba la botella.

–¿Quieren que abra…? —empezó a decir indeciso, pero Matt lo ignoró.

Con una indignación justificada, Olivia continuó.

–La semana pasada mismo, hice espagueti a la boloñesa. Me levanté a las cinco de la mañana para preparar la salsa y ponerla en la olla de cocción lenta. Tenía un olor tan delicioso que incluso el vecino me felicitó cuando llegué del trabajo. Y ¿qué dijiste tú, Matt? ¿Recuerdas lo que dijiste cuando los serví? Dijiste: «Bueno, espero que esto no me mate». Pensaste que era muy divertido y yo también me reí, pero fue hiriente.

–¿Quieres bajar la voz? —dijo Matt con una sonrisa tensa, pero ella oía el estrés en sus palabras.

Olivia parpadeó. ¿Qué bajara la voz? ¿Él le estaba pidiendo que no gritara , después de soltar una bomba que había alterado toda su vida?

–A veces eres bochornosa —Matt bajó la voz—. Hablar fuerte en los restaurantes es algo que te he remarcado en el pasado. Toda la sala no quiere oír tus divertidas historias.

–Sí que queremos —Olivia oyó que murmuraba una de las mujeres de la mesa de al lado.

–¿Y usaste sombra de ojos para tapar esa carrera en sus medias? ¿No te preocupa que la gente se pudiera dar cuenta? Era tan fácil como meter otro par de recambio en tu bolso y evitar totalmente el problema. Eso es lo que haría una persona organizada.

Olivia notó que se ponía de color carmesí.

–Yo no me di cuenta —oyó decir a otra de las mujeres. Esta vez, Matt miró alrededor sorprendido.

Olivia respiró profundamente.

–¿Qué te hizo pensar que ahora era un buen momento para hablar de esto? —preguntó ella.

–Mañana cojo un vuelo fuera del país. Es un cambio de última hora. Con poca antelación, lo sé.

Esta conversación se estaba volviendo tan surrealista que, por un momento, Olivia estuvo segura de que lo estaba soñando todo. Debía de estar teniendo una pesadilla, porque nada tenía sentido.

–¿A dónde vas?

–Me voy a las Bermudas durante dos semanas. Él no cruzó la incrédula mirada de ella mientras decía las palabras.

–¿Por trabajo? —De nuevo, vio que Matt hacía una mueca ante el volumen de su voz.

–Es un congreso de trabajo, sí.

–¿Leigh va a ir contigo?

La pregunta era reflexiva —no había tenido tiempo de pensarla— pero ella vio su reacción. Por un instante, parecía horrorizado, como si ella lo hubiera pillado con las manos en la masa.

–¿Tú y Leigh? Los congresos no duran dos semanas. Esto no tiene nada que ver con el trabajo, ¿verdad?

–Por favor, baja la voz —murmuró Matt—. Leigh es mi asistente personal. Nada más. Y, de todos modos, es mucho más joven que yo. El domingo va a cumplir treinta.

Él se detuvo y apretó con fuerza los labios, pero demasiado tarde. Olivia pilló al vuelo la información que él había revelado sin querer.

–¿Va a cumplir treinta? Este es un gran aniversario. Su regalo no incluirá unas vacaciones en las Bermudas, ¿verdad?

Olivia oyó un horrorizado grito ahogado de la mesa de al lado.

Él tenía la culpa escrita por toda la cara. Olivia se sentía paralizada. Matt, de treinta y cinco años, solo tenía un año más que ella y, cuando empezaron a salir, a ella le preocupaba que él pudiera buscar a alguien más joven. Aunque sabía que no podía hacer nada al respecto, su peluquera y ella habían conspirado para asegurarse de que no era posible que él buscara a alguien más rubia. Estaba claro que esto no había ayudado.

–¿Me traes a este bonito restaurante y lo primero que haces es romper conmigo?

Volvió a sentirse sorprendida por la frialdad de sus acciones.

–Lo hiciste para que no montara un escándalo, ¿no? Esperabas que como lo hacías en un restaurante bonito te podrías librar de que yo me enfadara o montara un numerito.

Olivia se puso rápidamente de pie y le lanzó una mirada asesina.

–Estoy enfadad. Estoy furiosa. Y voy a montar un numerito. Me has tratado de forma espantosa. ¿Cómo te atreves a tener una aventura a mis espaldas y después intentar que yo me sintiera inapropiada, diciendo que tú necesitas a alguien que cuide de ti y dando a entender que yo no lo hice. Es lo más manipulador que he oído nunca.

–Es inaceptable —oyó decir con firmeza a una de las mujeres de la mesa de al lado—. Estás mejor si te libras de alguien que te engaña e insulta tu manera de cocinar y es un tiquismiquis con tus decisiones con la ropa. Olvídate del problema de las medias, del que ninguna de nosotras se dio cuenta, me parece que no ha dicho nada de tu precioso vestido. Solo habla para buscar defectos.

–Es obvio que eres demasiado buena para él y él se siente amenazado por ti —añadió otra de ellas en un tono cooperativo.

–Es como si la basura se sacara sola —anunció la tercera.

–Gracias —les dijo Olivia a las mujeres.

Al echar un vistazo al restaurante, vio que otros clientes que seguían el drama asentían con la cabeza para demostrar que estaban de acuerdo. Un hombre joven que estaba en una mesa cerca de la puerta había sacado su teléfono y se estaba preparando para grabar la escena.

Matt, con la cara roja como un ladrillo, bajó la mirada fija al mantel almidonado.

–Yo… yo no quería que fuera así —murmuró—. Mira, ¿vamos a otro sitio y lo hablamos?

Parecía que estaba esperando que la tierra, o quizá las baldosas de granito del restaurante, se abrieran por arte de magia y se lo tragaran.

Tal y como estaban las cosas, él iba a tener que irse de Villa 49 y pasar por delante de cada una de esas personas. Cada una de ellas un crítico recién descubierto de Matt Glenn. Sería juzgado a cada paso del camino y Olivia decidió que él podía hacer el paseo de la vergüenza solo.

–Me voy —dijo ella en un tono más calmado—. Si no te has llevado tus cosas de mi apartamento a las diez de la noche, voy a donar lo que quede a la caridad.

Su mirada cayó sobre el magnífico tinto de la Toscana, que ella había elegido con tanto cuidado e ilusión. A pesar de que no había llegado a experimentar la comida, estaba jodida si iba a dejar atrás ese vino.

–Esto se viene conmigo. —Cogió la botella de la mesa, rodeando el cristal fresco y oscuro con la mano—. Lo encontrarás en la factura.

Las mujeres de la mesa de al lado empezaron a aplaudir.

Olivia cogió el bolso, se dio la vuelta y se fue hacia la puerta.




CAPÍTULO CUATRO


Fuera del restaurante, Olivia llamó a un taxi. Todavía estaba temblando por la indignación y tenía ganas de volver a entrar en el restaurante para volver a cantarle las cuarenta a Matt.

Respiró profundamente para calmarse. Lo más sensatos ería seguir adelante y sacarlo de su vida para siempre. Eso significaba encontrar un sitio al que ir ahora, pues le había dado a Matt las diez de la noche como límite. No podía volver antes al apartamento por si lo encontraba allí, recogiendo sus camisas y sus trajes y desmontando su enorme pantalla plana.

Frunció el ceño, indecisa. Tenía amigos, por supuesto. Solo que… no muchos, especialmente aquí en Chicago. Sus horas de trabajo durante los últimos años no le habían permitido socializar mucho y sus dos mejores amigas estaban fuera de vacaciones.

Se subió al taxi y le dio al conductor la dirección de Bianca, ya que era el único nombre de calle que se le ocurría.

Veinte minutos más tarde, estaba llamando con indecisión a la puerta de su asistente, con la esperanza de que esta no lo considerara una molestia.

–¿Va todo bien? —preguntó Bianca, en cuanto vio a Olivia en el umbral de su puerta. Llevaba un chándal rosa con un conejito azul en el bolsillo y de dentro del pisito emanaba un delicioso olor a pizza.

Miraba fijamente a Olivia con incertidumbre, y Olivia veía que lo último que esta deseaba o esperaba era que su jefa se materializara sin aviso en su puerta.

De manera automática, Bianca se llevó la mano a la boca y Olivia resistió el deseo de agarrarle la muñeca mientras ella se mordisqueaba la uña del dedo pulgar.

–No sabía a qué otro sitio ir —confesó Olivia.

–¿Ha pasado algo? —preguntó Bianca.

–Matt me invitó a cenar y rompió conmigo. Me acordé de tu dirección. Tengo vino —añadió Olivia amablemente, como si esto pudiera sellar el trato.

Bianca dejó ir un grito ahogado de horror.

–Oh, Olivia, eso es horrible. Entra. ¿Estás bien? Debes estar en estado de shock. Por favor, siéntate. ¿Quieres que te haga un té dulce? ¿No es eso lo que se supone que se tiene que hacer para el shock? ¿Tienes frío o respiras poco profundamente?

–Estoy bien —dijo Olivia.

–¿Has comido? Pedí una pizza grande porque iba a guardar un poco para el desayuno. Acaba de llegar. Hay más que suficiente para dos.

–Eres muy amable.

Aunque todavía echaba humo por el enfado, Olivia se dio cuenta de que se estaba muriendo de hambre. Se había saltado la comida a la expectativa del banquete que disfrutaría en Villa 49.

Aun así, se sentía como una intrusa en el espacio de Bianca. Trabajaban juntas doce horas o más al día, pero realmente nunca habían tenido la ocasión de hacerse amigas o de hablar de algo que no estuviera relacionado con informes de publicidad.

Dejó la botella de vino al lado de la caja de pizza en la limpia cocina de Bianca, lo abrió y sirvió una copa grande para cada una, con la esperanza de que esto las haría sentir cómodas.

–Lo pedí para beberlo con la comida. Es de la Toscana —dijo.

Levantando la copa, inhaló el buqué. Rico, con cuerpo y aromático, el aroma recordaba a las cerezas oscuras. Este era un vino hecho con pasión y cuidado. Era magnífico.

Tomó un pequeño sorbo y sintió que el sabor bailaba en su lengua. Era como si su boca estuviera rebosante.

Por un momento, Olivia se lamentó de que podría haber disfrutado de este vino con la comida buena del restaurante… pero una pizza pepperoni rústica, cargada de queso, era la segunda mejor opción que se le ocurría. La pasó a los platos y se fueron a la sala de estar, donde el aire acondicionado mantenía a raya el calor de la noche de verano.

Bianca y ella se sentaron una delante de la otra. Bebieron el vino al unísono. Después se comieron un trozo de pizza cada una. La corteza era crujiente y mordisquearla trajo un silencio incómodo al apartamento.

Antes de que se diera cuenta, Olivia estaba llenando de nuevo las copas y, de repente, el silencio ya no se hizo impenetrable.

–Hacer eso es horrible —dijo con empatía Bianca, que parecía ansiosa de nuevo—. Invitarte a cenar y después romper contigo.

Olivia asintió.

–Descubrí que se estaba viendo con su asistente personal a escondidas.

–¿Qué? —Bianca parecía escandalizada.

–Mañana se va de vacaciones con ella a las Bermudas. Así que estoy más aliviada que nada. Se ha quitado la careta. Es un mentiroso desconsiderado. Me libré por los pelos. —Le vino un pensamiento—. Por cierto, ¿notas algo raro en mis medias?

Bianca las miró.

–¿Qué se supone que tengo que buscar? —preguntó—. Es un vestido precioso.

–No importa. Solo lo estaba comprobando.

Olivia sintió una ola de alivio por no estar ya en una relación con un hombre hipercrítico que era evidente que tenía una visión de rayos X.

Tomó otro trago del increíble vino.

–Tengo que ser sincera contigo, no soy feliz en el trabajo.

–¿Por qué? —Estrechando las manos, Bianca se inclinó hacia delante.

–Me siento quemada. En cierto sentido, me siento atrapada. Quizá solo sea esta campaña, pero ahora mismo estoy totalmente desmoralizada.

–¿Por las horas extra?

–En parte, pero también porque estoy preocupada porque he traicionado mis principios.

Justo a tiempo, Olivia recordó que no debía contarle todos los detalles de fabricación de Valley Wines a Bianca, pues su asistente todavía tenía que trabajar en la cuenta. Continuó, escogiendo con cuidado sus palabras.

–Nuestras cuentas son todas grandes entidades corporativas sin alma. Aquí no está mi pasión. Quiero apoyar a los pequeños negocios y las marcas artesanales. Quiero formar parte de ese estilo de vida, en lugar de atrapada en una carrera de locos donde las marcas sin personalidad están batallando por la supremacía, usando nuestras agencias como sus armas.

Bianca parecía impresionada por su arrebato. Asintió solemnemente y, a continuación, soltó un fuerte hipo.

Olivia también estaba impresionada. Hasta ahora, no había encontrado las palabras adecuadas para su perspectiva de forma tan elocuente.

–¿Pedirías que te cambiaran a una cuenta diferente? —preguntó Bianca.

Olivia suspiró.

–No sé si James me dejaría, pues esta ha sido un gran éxito. Puede que quieran hacer un seguimiento. Además, como una de las agencias más grandes, tenemos tendencia a encargarnos de las marcas más grandes. No creo que tengamos un producto boutique en nuestro haber.

–Eso es un problema —le dio la razón Bianca.

Olivia se preguntó en un momento de confusión cómo había llegado a este punto. Estaba atrapada en la carrera de locos. Tenía que trabajar para poderse permitir su caro piso y necesitaba su caro piso porque estaba cerca del trabajo. ¿Cómo podía bajarse de la rueda del hámster sin provocar un gran accidente a lo largo del camino, se preguntaba.

–¿Sabes?, tengo un sueño extraño acerca de un estilo de vida alternativo —le explicó Olivia a su asistente.

–¿Cómo una hippy? ¿Con una autocaravana? —se aventuró Bianca.

–No, diferente a eso —Olivia sentía vergüenza de estar explicando su sueño, pues nunca había hablado de él. Ni tan solo con Matt, lo que ya estaba bien, o posiblemente él hubiera encontrado tantos problemas en él que se hubiera hundido hace tiempo.

–Bueno, dime. ¿Qué? —Bianca se inclinó hacia delante con curiosidad.

–No puedo —Olivia se sentía avergonzada de expresar su idea imposible.

–Bueno, ahora tienes que hacerlo, o no podré dormir por la noche por la curiosidad —la animó Bianca.

Olivia respiró profundamente.

–Me encanta el vino. —Hizo una pausa para poner en orden sus pensamientos—. Me gustaría llegar a formar parte de esta industria, comprar un pequeño viñedo y fabricar mis propios vinos. Siempre me he imaginado a mí misma haciéndolo en algún lugar de Italia. No he pensado en los detalles, pero no puedo dejar de visualizar cómo sería la vida trabajando en una ciudad pequeña o en un pueblo. Lo diferente que sería.

Bebió otro sorbo del tinto italiano.

–Imagina estar en la campiña de la Toscana, en territorio vinícola. Sentirte parte de una comunidad y hacer amigos que viven justo al lado de casa.

–Suena increíble. —Bianca asintió, con los ojos muy abiertos.

–No puede ser tan difícil fabricar vino, ¿verdad? Me refiero a que yo sé algo acerca de qué sabor se supone que debe tener. —Olivia vació su copa.

–No creo que sea tan difícil —le dio la razón Bianca—. ¿Cultivas las uvas, las recoges, las aplastas y después las mezclas? No parece complicado. —Asintió pensativamente, mirando fijamente a su copa vacía.

–Me alegro de que pienses así. Sabes, tengo treinta y cuatro años, vuelvo a estar soltera y puedo contar mis buenas amigas con los dedos de una mano —confesó Olivia—. Incluso aunque hubiera tenido un desagradable accidente que implicara maquinaria pesada, todavía podría contarlas con esa mano. En las raras ocasiones en las que nos reunimos, nos abrazamos y decimos que somos tan íntimas que es como si nos hubiéramos visto ayer. Pero lo cierto es que vivimos lejos y, a medida que pasa el tiempo, nos vamos alejando la una de la otra cada vez más.

Bianca parecía cabizbaja.

–Sé a lo que te refieres. Es muy triste.

–Empiezo a querer algo más de la vida. —Olivia suspiró y vació su copa—. Pero es una idea ridículo. Eso no podría pasar.

–¿Por qué no? —preguntó Bianca—. Creo que es maravilloso. Parece exactamente el cambio que tú necesitas. Tal vez deberías hacerlo. Ve allí de vacaciones y mira si hay oportunidades. En todo caso, tómate las vacaciones. Te lo mereces. No te has tomado más de dos días libres en el último año.

Olivia sonrió.

–Solo es un sueño. La realidad es diferente. Pero sí, tal vez pediré un permiso y me tomaré unas vacaciones. Parece una buena idea.

Se comió el último trozo de pizza y miró el reloj.

–Todavía no puedo ir a casa —dijo—. Le di hasta las diez a Matt para sacar sus pertenencias. Estoy segura de que ahora está allí y no quiero volver a verlo.

–¿Y si abro otra botella? —sugirió Bianca—. Creo que podemos utilizar otra copa.

–Eso es una buena idea —dijo Olivia.

Pero cuando Bianca trajo las copas nuevas de la cocina, Olivia miró el vino con desconfianza.

Había algo en ese color tinto llamativo y acuoso que le resultaba familiar. Lo olió, inhalando un aroma dulzón y artificial que reconocía perfectamente bien.

–¿Qué es? —preguntó, manteniendo un tono coloquial.

–Es una botella de Valley tinto —dijo Bianca, que parecía nerviosa—. No te importa, ¿verdad? Ya sé que no es tan bueno como el que hemos estado bebiendo, pero nos regalaron una caja gratuita a cada uno con el lanzamiento.

Mirando su cara de preocupación, Olivia decidió que había momentos en los que ceñirse a sus principios y momentos en los que era más importante ser amable.

–El vino gratuito siempre es un buen vino —dijo con valor.

La cabeza le punzaba por anticipado mientras levantaba la copa.

Haciendo todo lo que podía para no poner caras mientras se tragaba el zumo de uva adulterado, Olivia se hizo una promesa a sí misma.

Esta era la última vez que bebía esta bazofia producida en una fábrica. Se propuso que, costara lo que costara, sin importar lo mucho que tuviera que suplicar a James o el daño que esto le causara a su carrera profesional, iba a rechazar seguir trabajando en las cuentas de Valley Wines.




CAPÍTULO CINCO


El sol de la mañana se colaba cruelmente por las cortinas blancas del dormitorio de Olivia, dándole martillazos en su dolorido cráneo.

–«El Valley tinto te destrozará la cabeza» —gruñó. Se incorporó con cuidado, haciendo un gesto de dolor.

A media botella del mejor vino de la Toscana le había seguido una gran copa de zumo de uva alcoholizado, cargado de sulfitos y con potenciadores de sabor. Por lo menos sabía que se había buscado su dolor de cabeza. Y el vino le había proporcionado un entumecimiento bienvenido cuando había vuelto a su apartamento medio vacío, donde las estanterías desordenadas y las marcas de zapatillas en la alfombra eran la prueba de que Matt había hecho una limpieza apresurada de todas sus pertenencias por la noche.

Bueno, ya estaba fuera de su vida para siempre. Adiós y hasta nunca.

Fue hasta el baño arrastrando los pies y se tragó dos Advil con un vaso grande de agua. Después se metió de nuevo en la cama, con la esperanza de que empezaran a hacer efecto pronto, pues le dolía incluso pensar.

Para pasar el tiempo, Olivia abrió su teléfono y echó un vistazo a sus redes sociales. Durante semanas, no había tenido tiempo de actualizar su cuenta personal ni de ponerse al día con lo que estaban haciendo sus amigos.

Se movió por Instagram y se alegró al ver que una de sus compañeras de su anterior trabajo había adoptado dos gatitos. Su feed estaba lleno de fotos de la pareja de pelirrojos, jugando el uno con el otro, persiguiendo juguetes y echando una siesta.

Otra conocida había asistido a una boda en Hawái y Olivia estaba fascinada con las coloridas fotos.

Después abrió los ojos como platos cuando apareció la siguiente foto.

Era una villa de la Toscana dramáticamente hermosa. Olivos, piedra de un cálido color arena, con una vista de colinas y viñedos a lo lejos. Por un momento se sintió como si a su propia imaginación se le hubiera ocurrido esa foto.

Después vio que estaba en el feed de su amiga Charlotte.

Charlotte era la amiga más antigua de Charlotte. Cuando estaban en la escuela habían sido las mejores amigas. Cuando ambas eran tan solo niñas, habían fingido que eran hermanas, o incluso gemelas, para la gente que no las conocía. Con los años, habían ido perdiendo cada vez más el contacto, pues habían trabajado en ciudades diferentes durante demasiado tiempo. Ahora Olivia recordaba que Charlotte iba a casarse pronto. Tal vez ella y su prometido estaban por ahí en busca de lugares para la boda.

«#vibras de villa» —había escrito Charlotte—. «veranoenlaToscana#vino#libertad».

Olivia escribió un comentario.

«¡Parece increíble!»

Para su sorpresa, sonó una respuesta casi de inmediato.

«¡Ven de visita! Estoy aquí sola y buscando a alguien con quien compartir. ¡Tiene dos habitaciones y está alquilada para el verano!»

«¿Sola?» —escribió Olivia, con un emoji de sorpresa—. «¿Y qué pasa con la boda?»

«La cancelé. #solteríaeslibertad #vivirbieneslamejorvenganza» —le mandó Charlotte con una serie de caras sonrientes.

Olivia miró fijamente el mensaje anonadada. ¿Qué le había pasado a su amiga para tomar una decisión tan drástica? No pudo evitar sentir un pinchazo de envidia, pues estaba claro que Charlotte había decidido un cambio de escenario y estaba reestructurando su vida en un entorno desconocido.

En la misma situación, lo único que había hecho Olivia era beber el vino suficiente para hacer que le explotara la cabeza.

–¡Ya me gustaría! ¡Tal vez la próxima vez! —respondió.

Cerró los ojos. Si hubiera tomado mejores decisiones en la vida, podría estar sentada en un columpio de hierro forjado, charlando con Charlotte bajo un olivo, mirando desde arriba a un patio de piedra con una vista de colinas y viñedos a lo lejos. Casi podía imaginar cómo la suave brisa tiraría de su pelo mientras ella sorbía una copa fría de Chianti.

El mecanismo de afrontamiento de Charlotte parecía mucho más constructivo. Por otro lado, Charlotte no había estado en la agonía de una campaña de trabajo enorme como estaba ella.

Olivia recordó su importante reunión de aquella mañana. ¿Tendría el valor de hacer lo que había prometido anoche y se tomaría un tiempo libre, y después le diría a James que quería trasladarse a otra cuenta?

Ahora, con la luz cegadora del día, con dolor de cabeza, parecía ridículo. No podía hacer una cosa tan irresponsable y tan improvisada. Decepcionaría a la gente. Pensarían mal de ella. De todos modos, James diría que no. Probablemente se reiría en su cara.

Desviando su atención de Instagram, Olivia vio para su horror que ya eran las seis de la mañana.

Mientras ella había perdido el tiempo charlando en línea y soñando con la Toscana, había sonado un mensaje en su teléfono. Era de James.

–Olivia, te necesito aquí para las siete menos diez de la mañana como muy tarde. Ahora tenemos al equipo ejecutivo de Kansas Food al completo para asistir a esta reunión. Necesito darte instrucciones de antemano.

Daba igual lo rápido que saliera de su apartamento, iba a llegar tarde para estas importantes instrucciones.

Maldiciendo en voz baja, Olivia salió de la cama de un salto, cogió el primer atuendo formal del que pudo echar mano, se lo puso como pudo y se fue corriendo al baño para maquillarse.

Cuando encendió la luz, con un pum, la bombilla se apagó.

Olivia volvió a decir palabrotas. Ella casi nunca llegaba tarde. Bueno, no con frecuencia. Pero cuando lo hacía, ¿por qué la vida conspiraba contra ella de ese modo?

Se aplicó el maquillaje en la semioscuridad, haciendo una nota mental para comprobar si el rímel se había corrido.

A continuación, cogió su bolso y sus carpetas del trabajo y salió a toda prisa del apartamento.

Cuando pasó por el apartamento de al lado, se abrió la puerta.

–Hola, desconocida. Quería hablar contigo.

Era Len, su vecino. Len «el Brasas», tal y como lo apodaba ella, porque nunca podía terminar una conversación rápidamente. Ni tan solo podía empezar una rápidamente, si era honesta. Len ganaba una fortuna haciendo algo oscuro en IT y era particularmente excéntrico.

Olivia sonrió, aunque ella notó que era más bien una mueca de estrés. De todos los días que había, Len había escogido hoy para salir de su casa a la misma hora que ella.

–Lo siento. Llego muy tarde al trabajo y… —empezó a decir Olivia.

Len continuó como si no la hubiera oído, aplanándose con la mano su pelo revuelto. Parecía que todavía iba en pijama. Aunque Len siempre tenía este aspecto, así que tal vez solo tenía pijamas.

–Hace un año te pregunté si considerarías vender tu apartamento. Me gustaría recordarte la oferta pues tengo una urgente necesidad de espacio adicional, y no existe ningún otro lugar en esta ciudad que tenga esta capacidad de fibra. Ya sabes, además de necesitar un estudio para el trabajo, ahora tengo un conjunto completo de modelos de tren HO, que ocupa una habitación entera, igual que dos hechos a escala Z, que puede que tengan una medida más pequeña, pero que requieren un inmueble considerable.

–¿Ah, sí? —Olivia dio un suspiro para rechazarlo educadamente, pero él continuó.

–También he adquirido tres gatos adicionales, que necesitan su propio cuarto de juegos. No los puedo poner con los trenes. —Negó con la cabeza tristemente—. Lo intenté y no acabó bien. Puede que te alegre saber que los trenes tenían las de perder.

–Eso es un alivio —dijo Olivia.

–Estoy preparado para aumentar mi oferta.

Olivia se sentía preparada para gritar.

–Len, no, lo siento mucho. Lo siento por tus gatos y por tus trenes. Y por tus gatos adicionales. Y por tus nuevos trenes más pequeños. No quiero vender, pero prometo que si cambio de opinión, serás el primero en saberlo.

Len parecía no estar escuchándola ya. En su lugar, la estaba mirando de forma extraña.

–¿Te has hecho daño? ¿Tu novio y tú habéis tenido un altercado violento?

Olivia parpadeó.

–No. ¿Por qué?

–Tu ojo izquierdo parece estar ennegrecido.

–Oh. Es mi maquillaje. Gracias por decírmelo.

Fregándose frenéticamente debajo del ojo con los dedos, Olivia salió a toda prisa por la puerta de salida.


*

Media hora más tarde, llegó a la alta torre de oficinas cubierta d cristal donde JCreative ocupaba las dos plantas de arriba.

Cogió el ascensor para subir, deseando que se moviera más rápido y echó a correr en cuanto sus pies tocaron el pasillo enmoquetado. Irrumpió en la oficina de James a las siete y un minuto.

–Siento llegar tarde —dijo con la voz entrecortada.

James estaba sentado en su silla de director, que Olivia pensaba que le quedaba grande. la miraba seriamente, como si su llegada demorada fuera una enorme decepción.

Mirándolo fijamente, Olivia sintió un escalofrío de miedo, porque se veía a ella misma por el mismo camino. Esto era lo único que él conocía… esta empresa era su vida. Se había divorciado hacía unos años y apenas veía a sus hijos. Aunque era verano, ella se dio cuenta de lo pálida que estaba su piel, como si nunca tuviera la oportunidad de relajarse al sol, cuando pasaba todo su tiempo jugando al juego empresarial en las salas de juntas.

–Siéntate. Tengo noticias interesantes para ti —le dijo.

–¿De qué se trata? —preguntó ella, forzando una sonrisa.

–Kansas Foods, el holding empresarial de Valley Wines, está impresionado con el éxito de esta campaña. Bromean con que le hemos puesto un corcho a su oposición.

Olivia hizo una sonrisa más amplia, deseando que esta fuera realmente una buena noticia.

–En realidad, no es una broma, de hecho. Tres marcas competidoras han perdido tanto espacio en las estanterías que seguramente saldrán del negocio.  —Ahora James sonreía.

–Es… esto. —Olivia no podía forzarse a decir la palabra bueno. Era terrible y ella tenía la culpa.

–Así que, por el momento, gestionaremos toda la cuenta corporativa de Kansas Foods —anunció James con orgullo—. Por eso los equipos ejecutivos ya están en la sala de juntas. Vamos a hacer el traspaso esta mañana y firmaremos un contrato de cinco años para todas las marcas. Este acuerdo vale cientos de millones de dólares.

Olivia sintió que se le congelaba la sonrisa.

–Eso es genial. Todo un logro. —No estaba segura de cómo sonó, pero esperaba que James no sospechara cómo se sentía por dentro.

–Ahora podrías estar preguntándote qué significa esto para ti —dijo James. Hizo una gran sonrisa—. Esperemos que no tengas muchas vacaciones planeadas. Vas a asumir una carga de trabajo considerable, pues vas a estar al frente de todas las campañas importantes. Tendrás que contratar personal extra y dividir tu tiempo entre aquí y su ofician central, que se encuentra en Wichita. Supongo que pasarás una semana aquí y otra allí. Esto no debería de ser un problema para ti. No estás casada, ¿verdad?

Olivia se mordió la lengua para no responder. ¿Por qué iba a cambiar las cosas su estado civil? Sí, resultaba que desde ayer estaba sin novio, pero ¿por qué James, un hombre divorciado, daba por sentado que no estar casada y ser soltera era lo mismo para ella?

–No lo estoy —dijo fríamente.

James parecía sorprendido, como si esperara que sus palabras fueran recibidas con una conformidad servil.

–Recibirás un ascenso a Directora de Cuentas, un considerable incremento de sueldo y la estructura de bonificación es el doble de lo que tenías anteriormente. Así que se puede hacer un montón de dinero, mi niña. Un montón de dinero. —Se frotó las manos.

Olivia parpadeó. Ella pensaba que ya había hecho mucho dinero. Si iba a venir más, ¿cuánto más sería? ¿No decían que todo el mundo tenía un precio? Empezaba a preguntarse si ella lo tenía.

–Yo… —empezó a decir Olivia, pero James no se detenía.

–Una de las cuentas más grandes que tendremos con nosotros será Daily Loaf —que es su pan. —Tocó las teclas de su portátil—. Su director ejecutivo me dio algunos detalles ayer. Tiene un tiempo de caducidad de hasta dos semanas. Hasta dos emanas. ¿Lo puedes creer?

–Increíble —dijo Olivia. Por dentro, sentía pánico. No quería promocionar pan con un tiempo de caducidad de dos semanas. Quería trabajar con barras de pan artesanales, molidas a la piedra, cocidas en hornos de arcilla rústicos.

–El sabor de la firma se mejora con una mezcla de sacarosa y sirope de maíz, lo que hace al pan especialmente delicioso —continuó diciendo James—. Creo que podemos meter esto en la campaña. ¿Quizás algo como «¿Otra rebanada? No te quedes con las ganas»? Tú sabrás darle la última pincelada, estoy seguro. También tienen una versión saludable. Tiene un diez por ciento de harina de trigo integral añadida y, evidentemente, menos azúcar.

James echó un vistazo a su portátil.

–No, veo que el pan saludable tiene el mismo perfil de azúcar. Pero trigo integral añadido, evidentemente, esa es una gran palabra de moda ahora mismo. Daily Loaf tiene un grandísimo potencial y estoy impaciente por ver lo que se te ocurre.

Sonriendo débilmente, Olivia empezaba a sentirse mal.

–Será fantástico si se te pueden ocurrir algunas ideas, eslóganes e indicaciones a bote pronto para poder impresionarlos en la reunión. Sé que se te da bien lanzarlos. —Levantó una ceja cómplice.

Olivia se estremeció. ¿Era eso lo que ella pensaba?

–Te he puesto por las nubes, así que el equipo ejecutivo tiene grandes expectativas. Esperan el mundo de ti, pero yo sé que tú cumplirás. En fin, volvamos a los productos. Permíteme que te informe sobre los refrescos…

Olivia se levantó. No podía escuchar una palabra más. Ni tan solo la perspectiva del dinero, la bonificación y el ascenso podrían convencerla de otra cosa. No importaba cuánto fuera.

–Todo esto suena muy emocionante —dijo—. Pero creo que no es para mí.

No podía creer las palabras que estaban saliendo de su boca. La expresión horrorizada de James le decía que no era la única. Incapaz de detenerse, sintiendo que era ahora o nunca y que ya había cruzado la línea, Olivia continuó:

–Por desgracia, ya no puedo trabajar para esta marca ni cualquier otra marca asociada. Así que, por ahora, presento mi dimisión. Por favor, acéptala verbalmente.

–¿Qué narices es esto? —farfulló James—. Estás diciendo tonterías. Esto es de locos. ¡No puedes levantarte e irte!



—Me marcho —dijo Olivia con firmeza.

Con un suspiro profundo, se levantó y se fue de la sala. Tras ella oyó el grito desesperado de James.

–Olivia. ¡No te vayas! ¡Tenemos que hablar!

Manteniéndose fuerte, se obligó a continuar caminando y a no mirar atrás.

Fuera, en la calle, sintió una terrorífica sensación de libertad. Giró la mirada hacia el exterior de cristal oscuro del edificio sintiéndose estupefacta. Las manos le temblaban por la conmoción. ¿Qué acababa de hacer? Había sido un momento de locura, pero no había marcha atrás.

Este no era su lugar de trabajo no lo volvería a ser nunca. No volvería a poner un pie dentro por el resto de su vida.

El miedo y la esperanza cuajaban en su interior mientras abría Instagram y volvía a mandar un mensaje a Charlotte.

–He cambiado de opinión —escribió—. ¿Todavía está disponible la villa?

Aguantando la respiración, esperó la respuesta.




CAPÍTULO SEIS


El montón de ropa encima de la cama de Olivia iba creciendo.

Hasta ahora, incluía vaqueros, pantalones cortos, camisetas, tops informales y tops elegantes, y también algunas partes de arriba de manga larga y una chaqueta.

Se sentía emocionada ante la expectativa mientras miraba fijamente la ropa. En pocas horas se estaría subiendo a un avión. Mañana por la mañana, llegaría a la Toscana.

–Me voy. Me voy de verdad. No me lo creo —dijo.

Esta mañana se había levantado con resaca, estresada y odiando su trabajo. Solo dos horas más tarde, se había marchado, había reservado su vuelo y estaba haciendo la maleta para el viaje.

Vale, por lo menos esta mañana tenía un trabajo. Hoy señalaba la primera vez en doce años que era una mujer en el paro. Pero después de sus vacaciones de dos semanas en la Toscana, podía buscar otro trabajo. Dos semanas era mucho tiempo. Se extendía ante ella, lleno de emoción y posibilidades.

Hurgó en el fondo de su armario en busca de sus mallas de correr. Hacía mucho tiempo que no corría. De hecho, hacía años. Odiaba correr, pero estaba segura de que en Italia le encantaría. Y tenía que mantenerse en forma, especialmente porque cada noche estaría bebiendo vino y comiendo pasta con salsa cremosa. Y pizza deliciosa con queso y pan crujiente untado en aceite de oliva y vinagre balsámico.

Pensando en todo esto, Olivia añadió sus pantalones de yoga al montón. Nunca había sido una persona de yoga y solo se había comprado los pantalones porque una vez pensó en asistir a clase. Pero podía hacer yoga en la villa. Podía buscar en Google cómo hacerlo. Se imaginó a sí misma manteniendo el equilibrio con elegancia sobre sus manos mientras amanecía.

Al cabo de otros diez minutos, la maleta estaba terminada.

Mientras sacaba su pesada bolsa fuera y cerraba la puerta con llave tras ella, se dio cuenta de que no dejaba nada atrás. Ni tan solo una planta que se tuviera que regar. ¿Era esto una señal de lo vacía que estaba su vida?

–En la villa habrá plantas —se dijo Olivia a sí misma con optimismo.


*

—Amore mio —susurró el hombre guapo, sus labios hacían cosquillas en el pelo a Olivia—. es maravillosos que hayas llegado. Déjame que te lleve la maleta.

Olivia lo miraba fijamente, con el corazón lleno de amor.

Amor y una sensación de confusión subyacente. ¿Por qué la recibía este hombre maravillosos, que hablaba con un marcado acento italiano? ¿Era su novio? ¿Cómo había sucedido esto y qué pensaría Matt de esto?

Aquel hombre alto sacó su maleta pesada del carro con facilidad y con el otro brazo rodeó la cintura de Olivia. Las dudas de Olivia se desvanecieron cuando él la cogió con más fuerza. Ella estaba segura de que todo saldría bien.

–Déjame acompañarte a casa ahora, hermosa —murmuró.

El chisporroteo del anuncio hizo volver bruscamente a Olivia a la vigilia.

–Vamos a empezar el descenso. Por favor, asegúrense de que sus sillas están en posición recta y recojan sus mesas.

Olivia se incorporó con dificultad, desorientada, sonriendo para pedir perdón a la mujer que había a su lado, sobre cuyo hombro había estado durmiendo. Durante un momento de confusión, pensó que estaba en un vuelo nacional, a punto de asistir a un lanzamiento. A continuación, cuando recordó dónde estaba, miró por la ventana emocionada.

Estaba a punto de aterrizar en Italia. Había dejado su trabajo y había roto con Matt y ahora se dirigía a unas vacaciones impulsivas en una villa de la Toscana.

Olivia cogió aire cuando el tapiz de campos, colinas y bosques apareció ante su vista. Vio pueblecitos, edificios de color arena, beige y ocre, enclavados en el paisaje. ¿Eso era un viñedo? Miró hacia abajo, intentando distinguir qué eran las filas verdes y perfectas, pero tuvo que echarse hacia atrás después de que su aliento empañara el cristal.

Su sueño había sido tan vívido que parecía realidad. Un hombre guapo la esperaba para recibirla. Bueno, ¿quién sabía lo que podría pasar en estas vacaciones impulsivas? Cuando el avión tocó el suelo, Olivia se preguntó si podría encontrar al amor de su vida en este romántico escenario.

Mientras caminaba por la abarrotada sala de Llegadas, arrastrando su pesada maleta tras ella, vio un cartel con su nombre.

«Olivia Glass».

Olivia lo miró fijamente con incredulidad.

Debe de haber magia en marcha. Tras el cartel había un hombre alto e impresionantemente guapo. Tenía los hombros anchos y estaba bronceado, una barba de diseñador oscura de pocos días realzaba sus fuertes rasgos.

Cuando él la vio, se le iluminó la cara y saludó con entusiasmo.

Olivia abrió mucho los ojos. Ella también saludó, obsequiándolo con una sonrisa encantada y se abrió paso con ganas hacia él.

Su sueño se había hecho realidad; sus vacaciones habían tenido un principio de cuento de hadas. ¿Quién podría haber imaginado que el sencillo hecho de alquilar un coche le permitiría conocer a este adonis italiano.

¿La había reconocido por la foto de su permiso de conducir internacional? Olivia especulaba sobre las posibilidades mientras iba a toda prisa hacia él.  decidió que debía ser por el permiso de conducir, pero podía preguntárselo a él. Esto proporcionaría un punto de partida a su conversación mientras él la acompañaba hasta su coche.

Mientras viraba para esquivar a un pasajero que avanzaba más lentamente, la pesada maleta de Olivia se inclinó hacia un lado.

–Ups —dijo, parándose para enderezarla.

Mientras lo hacía, una mujer menuda con un estiloso abrigo de color rojo vivo la pasó rozando.

El hombre guapo todavía seguía saludando, pero ahora Olivia vio con horror que no era a ella.

La mujer menuda llegó a él y este la envolvió en su brazos y la abrazó con fuerza.

Olivia se quedó sin aliento y se puso roja por la humillación al darse cuenta de que el cartel no era en absoluto suyo. Lo sostenía un hombre mayor y bajito que estaba a su izquierda, que lo había levantado en alto para asegurarse de que ella lo veía.

Olivia sabía que su cara se estaba poniendo tan roja como el abrigo de la mujer menuda.

Y lo peor de todo, era evidente que el adonis italiano se había percatado de su metedura de pata, pues ahora estaba moviendo la cabeza de un lado a otro de forma pesarosa y compasiva y otros mirones también la observaban con curiosidad.

Solo había una cosa que Olivia podía hacer para recuperar los fragmentos de su dignidad hecha jirones.

Ignorando al adonis como si nunca lo hubiera visto, miró directamente al hombre mayor. Forzó otra sonrisa, incluso más grande que antes, y volvió a saludar con todas sus fuerzas.

–¡Hola! ¡Me alegro mucho de verle!

Olivia se recordó a sí misma que no debía mirar alrededor. Si su intento desesperado por evitar una vergüenza de por vida tenía que salir bien, debía centrar toda su atención en el anciano sin mucho más que una mirada de reojo a nadie.

Mientras iba corriendo hasta el anciano y lo saludaba como a un amigo perdido hace mucho, esperaba que nadie se diera cuenta de lo pasmada que parecía.


*

Unos minutos más tarde, salía conduciendo del aeropuerto tras el volante de un Fiat compacto de color celeste perlado. Mientras dejaba atrás el edificio de la terminal rodeado de verde, Olivia se sentía como si verdaderamente se hubiera embarcado en su aventura. Durante años, Italia había estado arriba del todo de su lista de destinos, pero nunca había pensado que tendría la oportunidad de viajar aquí. Desde que había empezado a trabajar en JCreative, las vacaciones más largas que se había tomado habían sido de tres días y medio. En cualquier caso, Italia nunca había estado en la lista de cosas por hacer antes de morir de Matt.

Había asimilado el hecho de que su obsesión con la Toscana nunca sería más que una relación a distancia, pero ahora, aquí estaba.

Para su deleite, el campo era justo como ella lo había imaginado. Campos de todas las formas y tamaños, peinados por filas perfectas de vides, encontraban su lugar como las piezas de un rompecabezas entremedio de olivares y bosques. Entreveía granjas construidas con piedra color miel, rodeadas de grupitos de árboles. Mirando detrás de ellas, contemplaba con esperanza el horizonte, esperando que podría ver el mar Tirreno por el camino.

Su GPS funcionaba a la perfección, guiándola a través de este paisaje pintoresco.

Casi perfectamente, corrigió Olivia, mientras giraba a la derecha a una carretera que la llevaba en zigzag hacia arriba a las colinas.

¿Dónde estaba ahora? Bajó la mirada hacia el mapa y después la levantó y se dio cuenta con un sobresalto de que tenía pegado un elegante coche deportivo de color naranja y negro.

Vio con asombro que era un Bugatti Veyron, cuando el conductor la adelantó con un gruñido ronco de su motor, aceleró en la siguiente curva y desapareció. Nunca había visto uno, pero sabía que costaban millones de dólares y que, para un loco de los coches, su rendimiento valía cada céntimo. Suponía que no debía sorprenderse por ver uno en la carretera en un país donde la pasión por los coches rápidos y elegante era una parte fundamental de la cultura.

Volvió a inclinarse hacia su mapa, pero giró la cabeza bruscamente a toda prisa cuando vio que había otro coche tras ella.

Este era un coche de policía, con las luces destellando, evidentemente en una persecución. Este también la adelantó y se fue gritando hacia las colinas.

–Espero que lo cojan —gritó Olivia ofreciendo apoyo moral, a pesar de que no creía que la policía tuviera ninguna posibilidad. Aquel Bugatti había mostrado una aceleración importante.

El GPS la había llevado por la dirección equivocada, pero su ruta la había llevado hasta el pueblo más extraordinario de la ladera. Debía de haber sido un puesto fronterizo medieval, con unas torres altas y cuadradas y unos edificios estrechos con ventanas diminutas, amontonados en la ladera. El pueblo en sí era un desastroso laberinto de calles. No había espacio para dar la vuelta y Olivia se preguntaba si podría volver a salir.

Entrecerró los ojos para concentrarse mientras metía a presión el coche por una esquina que parecía demasiado justa incluso para el Fiat compacto. Entre medio de dos muros altos de piedra, no había en absoluto espacio para maniobrar. Olivia aguantó la respiración y rezó para que su parachoques sobreviviera a la experiencia. Soltó un largo suspiro de alivio cuando su coche y ella pasaron el espacio ilesos y vio la carretera principal más adelante.

Su GPS recalculó la ruta y la dirigió colina abajo.

Olivia disminuyó la velocidad y miró fascinada cuando divisó al Bugatti aparcado en el arcén, con el coche de la policía detrás. El estrecho agujero y las calles adoquinadas habían permitido a la ley alcanzarlo. «¿Cuál sería la penalización para el conductor?», se preguntaba ella. Al pasar por delante, soltó una risa de placer.

El conductor y el agente de policía estaban delante del Bugatti, absortos en una conversación animada y ardorosa. El agente había sacado su teléfono y estaba haciendo fotos del supercoche. Al parecer, esta había sido la única razón de su persecución.

«Esto solo puede pasar en Italia», pensó Olivia, emocionada por haber visto desarrollarse esta interacción.

Al reincorporarse a la carretera, vio el poste indicador de Collina más adelante. Ahora debía vigilar por si veía la villa.

Cogió aire cuando ante ella apareció la imponente entrada, flanqueada por postes de piedra altos. La verja de hierro forjado estaba abierta y ella se dirigió por el camino asfaltado hacia la elegante casa de piedra. Su porche delantero con columnas y sus altas ventanas arqueadas eran exactamente como se veían en la foto de Instagram, pero el estrecho ángulo de cámara no hacía justicia a la impresionante vista de colinas ligeramente ondulantes y valles con bosques, la claridad del cielo azul celeste y el aroma perfumado del aire cálido.

Aparcó bajo un aparcamiento con techo de madera con postes enredados por vides.

Olivia salió del estrecho asiento delantero, estiró los brazos por encima de la cabeza y respiró profundamente. Girando lentamente, se impregnó de la magnificencia que la rodeaba.

Suponía que sería hermoso pero no imaginaba que sentiría tal sensación de paz al llegar. De algún modo, el paisaje le resultaba conocido y reconfortante, a pesar de que nunca antes había pisado Italia.

Mientras levantaba la maleta para sacarla del maletero, Olivia decidió que era a causa de la obsesión a lo largo de su vida con el área. No era de extrañar que aquel lugar ya le pareciera su casa.

De repente, unas vacaciones de dos semanas parecían demasiado cortas.

Fue nadando hasta la puerta delantera de madera, flanqueada por unas grandes macetas de barro llenas de geranios de un rosa brillante.

–¿Hola? —gritó, tocando a la puerta—. Charlotte, ¿estás aquí?

Probó la puerta, pero estaba cerrada con llave.

Olivia frunció el ceño, preguntándose si era la villa correcta. Tal vez había subido demasiado la colina.

Después un trozo de papel que se movía llamó su atención.

Olivia lo cogió y lo desdobló.

–¡Me he dormido! —decía la nota—. ¡He ido a buscarnos algo para comer! ¡La llave está en la maceta!

Al mirar más de cerca, Olivia vio la llave, medio escondida bajo una hoja.

Abrió la puerta y entró en el interior, agradablemente fresco. El suave suelo de azulejos hacía que quisiera quitarse los zapatos de inmediato y pisarlo descalza.

las plantas de interior colocadas cerca de las ventanas en voladizo de la entrada añadían un toque de verdor. «Las obras de arte de las paredes deben de ser de un artista local» , pensó, pues las vívidas pinturas rústicas capturaban la belleza en retales de los campos y los árboles que ella había visto fuera. La vista se le fue hacia el alto techo de madera, donde un ornamentado candelabro de techo centelleaba.

Olivia fue pasillo abajo, abrió la primera puerta a la derecha y se encontró en la habitación vacía que Charlotte había dicho que era suya. Dejó su maleta a los pies de la gran cama con dosel y miró hacia fuera por la ventana de arco alto.

Su vista viajó por encima del huerto vallado hacia el pasto cubierto de hierba salpicado de árboles frutales. ¿Eso eran perales? ¿Granados? Estaba impaciente por salir fuera a la luz del sol para comprobarlo.

Se apartó de la ventana y se dirigió hacia el baño privado. La bañera con patas la tentaba a estar un buen rato en remojo, pero sabiendo que Charlotte volvería pronto, se conformó con una ducha rápida y se puso ropa limpia. Se sentó por un momento, mirando fijamente al horizonte lejano. Tener esta vista interminable le hizo apreciar lo profundo que estaban en la campiña.

Sacó el teléfono e hizo una foto para su Instagram.

#Destinoromántico #vacacionesimpulsivas #regióndevino #lejos de casa, comentó.

Esperaba que Matt lo viera. Estaba segura de que tras la humillación al romper en el restaurante, estaría espiando sus redes sociales. Él la imaginaría sola en casa, lamentando su pérdida y arrepintiéndose de sus hábitos de desorganización. Cuando viera la foto de la Toscana, ella imaginaba que él apretaría los labios y pondría esa mirada extrañamente atenta.

Pensar en Matt le hizo recordar su último día en el trabajo y el atrevimiento de lo que había hecho.

De golpe, la realidad entró corriendo.

Apartando la mirada de la vista, Olivia respiró profundamente.

¿En qué estaba pensando?

Había dejado el trabajo sin tan solo avisar. Había reservado unas vacaciones impulsivas sin pensar en su futuro. Los altos cargos en el mundo de la publicidad eran escasos —era una industria competitiva y ese miedo siempre había estado pendiente cada vez que había trabajado horas extra y había invertido horas de más y sacrificado sus vacaciones y su vida social.

Con la cara enterrada en las manos, Olivia se dio cuenta de que lo había tirado todo por la borda. Ahora estaba en otro país, al otro lado del mundo, sin ninguna oportunidad de hacer control de daños o incluso de pedir que le devolvieran el trabajo.

Actuando como lo había hecho, en un momento de resaca y locura, podría haber puesto en peligro todo su futuro.

El clic en la puerta delantera interrumpió la agonía de Olivia. Charlotte había llegado.




CAPÍTULO SIETE


Olivia sintió que su pánico disminuía mientras iba a toda prisa hacia la puerta delantera, abrumada por la alegría de estar de nuevo con Charlotte. Esta era la primera vez en casi tres años que veía a su mejor y más vieja amiga.

–¡Estás aquí! —gritó Charlotte mientras Olivia iba corriendo hacia ella para abrazarla—. No puedo creer que vinieras hasta aquí para esatr conmigo.

–¡Qué maravilla verte!

Olivia le sacaba una cabeza a Charlotte. A los diez años, medían exactamente lo mismo y era fácil fingir que eran gemelas en lugar de mejores amigas. A los once, Olivia había empezado a dar el estirón, que Charlotte casi había perdido completamente. Desde entonces, ser gemelas ya no había funcionado, pero habían continuado con el engaño de que eran hermanas.

Con su cara redonda y sonriente y su pelo largo y brillante con mechas rojizas, Charlotte irradiaba buen humor. Su presencia parecía llenar la villa y su alegre sonrisa iluminaba la habitación. Con el brillo de su alegre personalidad, Olivia se puso a creer que todo podría salir bien, después de todo.

–¿Has visto la villa? —Charlotte levantó las bolsas de papel marrón que había entrado—. Te voy a hacer una visita rápida y después podemos comer.

Olivia solo había llegado hasta el dormitorio antes de que le cogiera su ataque de pánico. Deseosa por explorar, cogió una de las bolsas y siguió a Charlotte por el aireado pasillo de azulejos.

Con sus baldosas del suelo de terracota y sus cálidas paredes color crema, la villa daba una sensación cálida y familiar. Los básicos de decoración de Matt eran el negro y el blanco geométricos. Durante los últimos años, todo en su apartamento se había gradualmente de uno de los dos colores. Cortinas blancas, alfombra negra. Colchas negras, fundas de las almohadas blancas. Sofás de piel negros, mesa de centro blanca. negro, blanco, blanco, negro… Olivia tenía la sensación de estar viviendo en un tablero de ajedrez.

Ahora, estaba cautivada por los detalles y la calidez que la rodeaban. En las hornacinas arqueadas que había a lo largo del pasillo había macetas de cerámica y jarrones de terracota. De las paredes colgaban tapices —representaciones de paisajes, comida y vino, enmarcados por pergaminos de hierro forjado.

Los dos dormitorios estaban a la derecha, mientras que a la izquierda, el pasillo se ampliaba y daba paso a un salón comedor abierto. Estaba lujosamente amueblado, con lujosos sofás de cuero beige. La mesa de centro y la mesa del comedor estaban hechas de una madera con una textura suntuosa.

La atracción principal de la habitación era la magnífica chimenea que había al otro extremo, colocada en una pared cubierta de piedra. Encima de ella, centelleaba un ornamentado candelabro de techo. Unas lámparas con bases pesadas y pintadas a mano, con sombras vívidas de oro y naranja estaban esparcidas por toda la habitación sobre mesitas y estanterías. Olivia deseaba que llegara la noche, cuando lo pasaría bien encendiéndolas y disfrutando de las sombras entremezcladas de las luces.

A la izquierda había una arcada que daba a la cocina, y Olivia colocó la bolsa sobre la encimera, admirando las macetas de romero, tomillo y albahaca que había sobre el amplio alféizar y que llenaban la habitación con su fragancia.

–Compré algo de picoteo para comer y, por supuesto, vino —dijo Charlotte.

Mientras ayudaba a poner la comida en la fuente, Olivia miraba con deleite las carnes envueltas en papel, los tarros de aceitunas con sus extraños nombres italianos, el queso cremoso y blanquecino y la barra de chapata crujiente. Cuando todo estuvo colocado, Olivia no pudo resistir sacar el teléfono y fotografiar la exposición perfecta para Instagram.

–¿Dónde nos sentaremos? Fuera hay una mesa —Charlotte abrió la puerta de la cocina. Tras ella, Olivia vio un patio pavimentado, enmarcado con parterres de especias y verduras. En el otro extremo del patio, había una mesita y unas sillas, a las que daba sombra la rama colgante de un olivo.

–Fuera —decidió Olivia.

Llevó la bandeja hasta la mesita y se sentó en una de las dos sillas de hierro forjado. La vista desde este lado de la casa era igual de hipnotizador. El patio tenía vistas a la tranquila carretera, tras la que había un dorado campo de trigo. Al ver una arboleda en medio del trigo, Olivia recordó de años de escuela que, dos mil años atrás, los campesinos de la Toscana habían practicado la agricultura promiscua, donde sus cosechas básicas, normalmente trigo, aceitunas y uvas, se cultivaban juntas en los mismos campos.

Le encantaba ese término. Era uno de los pocos hechos históricos que se le había quedado grabado en la mente de la escuela. Hoy en día, era conocida como agricultura mixta, que no es ni de cerca una expresión tan interesante y la práctica tampoco es tan común como lo había sido.

Más allá del campo de trigo salpicado de árboles, a lo lejos, había una casa de campo enclavada con el telón de fondo del bosque verde. Mirándola, Olivia sintió una punzada de envidia por el propietario. ¿Sabía lo afortunado que era al vivir en este fascinante lugar?

Sospechaba que esta era la primera de muchas punzadas similares que padecería durante estas dos semanas. Sentía celos de todos los que vivían en esta zona. ¡De todos ellos!

Charlotte sirvió el vino e hicieron un brindis.

–Por la amistad —dijo Olivia.

Inhaló el buqué herboso del Sauvignon Blanc helado, sonriendo mientras tomaba un sorbo.

–Por las vacaciones impulsivas —dijo Charlotte, y volvieron a beber.

–Por los nuevos comienzos —añadió Olivia, como tercer brindis.

–Por perder peso —concluyó Charlotte.

Olivia levantó las cejas, mirando fijamente a la extensión de comida.

–En las dos últimas semanas he perdido unos ochenta kilos —explicó Charlotte—. Eso es aproximadamente lo que pesaba Patrick.

–¿Qué pasó? —preguntó Olivia—. Estabais a punto de casaros.

–Lo cancelé —dijo Charlotte. Eligió un trozo de pan de chapata y lo untó abundantemente con salsa de tomate deshidratado.

–¿Qué pasó? —dijo Olivia, mientras se hacía un bocadillo de jamón, queso y tapenade de olivas. Tenía curiosidad por lo que podía haber salido mal entre Charlotte y su prometido, al que no había conocido nunca, pero que por su presencia constante en el Instagram de Charlotte parecía ser guapo y encantador.

Charlotte hizo una mueca.

–Era complicado.

Empezó a hablar, paró, suspiró y tomó un sorbo de vino.

–Demasiado complicado por ahora —concluyó, gesticulando con impaciencia con un trozo de jamón de Parma—. No quiero estropear nuestra preciosa comida con un tema tan horrible.

Olivia asintió compasivamente.

–En todo caso, te trajo hasta aquí —consoló a su amiga.

–Exactamente —le dio la razón Charlotte—. Y también te trajo aquí a ti. Estabas tan ocupada que ni se me pasó por la mente invitarte. ¿Tendrás que trabajar durante tus vacaciones?

–No —dijo Olivia. Todos sus miedos le volvieron deprisa mientras añadía—:, me fui.

Charlotte casi se atraganta con el vino.

–¿Te fuiste de tu trabajo? ¿Quieres decir que te largaste?

–Lo odiaba. —Sintiendo una punzada de culpa, Olivia intentó justificar sus acciones—. Estaba promocionando una bazofia de fina que va en contra de todo en lo que creo.

–¿No podrías haberte ido a otra cuenta? —preguntó Charlotte en unos tonos de tranquilo asombro que hicieron sentir incluso peor a Olivia—. Tú me dijiste que tu madre siempre decía que si dejabas la publicidad, no serías capaz de hacer otra cosa que no fuera llenar estanterías.

–Necesito una nueva dirección profesional. No llenar estanterías —dijo Olivia con firmeza—. estar de vacaciones en el país del vino me dará tiempo para pensarlo. Uno de mis sueños es fabricar mi propia marca de vino artesanal.

–A mí me encantan los gatos, así que uno de mis sueños es ser domador de leones —se rio alegremente Charlotte, pero después vio la cara de Olivia y su sonrisa desapareció—. Pensaba que lo decías en broma. ¿Decías en serio lo de la marca de vino?

–Sí, lo decía en serio. es uno de mis sueños —insistió Olivia. Ahora que estaba aquí, parecía incluso más atractivo de lo que lo hacía en Chicago.

–Guau. Bueno, y ahora, ¿quieres ver el jardín? Los terrenos son preciosos.

Deseosa por explorar los alrededores, Olivia se levantó y salieron hacia los terrenos.

Mientras navegaba por la página web de la villa, había leído que las dos hectáreas originalmente se habían usado para la cría ecológica de gallinas. Un viejo gallinero de madera, ingeniosamente colocado en el jardín, servía como recordatorio de aquel hecho.

Pasando por un huerto de árboles frutales, subieron una cuesta empinada hasta un campo de hierba salpicado de arbustos y bordeado de árboles. Olivia se preguntaba si era aquí donde las gallinas criadas en libertad habían campeado.

El camino abrazaba el borde del descuidado campo y Olivia se di cuenta de que reconocía los árboles, gracias a su característica corteza gruesa y agrietada. Eran alcornoques. Qué conveniente encontrarlos aquí, en un país cultivador de vino.

Los admiró durante unos minutos, pasando las manos por la corteza, antes de regresar al patio, fragante con las especias.

Olivia entró al fresco de la cocina sintiéndose en conflicto. La mitad de ella estaba sin aliento ante el asombro de haber viajado hasta este paraíso. la otra mitad estaba temblando por el miedo de que sus acciones temerarias pudieran haber puesto en peligro todo su futuro.

Un amable golpecito en el hombro la distrajo de sus pensamientos.

–No tendrás miedo por el trabajo, ¿verdad? —preguntó Charlotte.

–Solo un poco —confesó Olivia.

Charlotte cruzó los brazos seria.

–Me temo que eso no está permitido en vacaciones. ¿Por qué no damos una vuelta en coche por la ciudad? Hay un bar en la ciudad por el que siento curiosidad. He visto a un montón de hombres guapísimos yendo allí. ¿Te apuntas?

Olivia recordó el sueño que había tenido antes de que el avión aterrizara. Bueno, este había acabado en una experiencia bochornosa, pero eso era razón de más para intentarlo de nuevo. En algún lugar, el amor la estaba esperando y no esperaría para siempre.

–¡Déjame que me ponga un poco de pintalabios y estaré lista para irme! —coincidió.




CAPÍTULO OCHO


Mientras se dirigían a la pequeña ciudad de Collina, Olivia se alegraba de que Charlotte fuera al volante. Ella estaba tan cautivada por las vistas que posiblemente hubiera chocado contra uno de los muros de piedra que bordeaban la estrecha calle.

Había un castillo en ruinas fuera de la entrada de la ciudad —un castillo de verdad con paredes derruidas y almenas en su torre. Parecía oscuro e imponente, con su perfil contra el sol bajo de última hora de la tarde. Quizás, hace mucho tiempo, esta torre había guardado el pueblo de los invasores.

Imagina vivir al lado de un castillo de verdad, vivo y en ruinas. Sufrió su primera punzada de envidia del día, mientras observaba cuidadosamente los apartamentos de dos pisos que había por allí cerca con sus fachadas color crema descolorido, contraventanas de madera y coloridos maceteros bajo las ventanas.

Mientras observaba, una mujer joven que llevaba una cesta de la compra bajó a toda prisa las escaleras gritando un alegre «Buon giorno» a su vecino. Llevaba su largo pelo oscuro recogido hacia atrás con una cola e iba vestida con el natural estilo y buen gusto que Olivia había visto que parecía poseer todo italiano. Nunca en un millón de años Olivia podría juntar ese top de color borgoña oscuro con unos tejanos azul cielo a media pierna y unas sandalias de un blanco radiante y parecer que había salido directamente de las páginas del Vogue.

Si lo llevara ella, la ropa parecería no pegar, como si la hubiera escogido mientras iba a tientas en la oscuridad. la gente miraría fijamente sus zapatos y después subiría la mirada como diciendo «¿De verdad?», «¿Con eso?»

En la ciudad, una barandilla de hierro forjado separaba la estrecha pasarela peatonal de la calzada, casi igual de estrecha. sacando la cabeza por la ventanilla, Olivia inhaló el rico aroma de café de la tienda de la esquina. A pesar de que era última hora de la tarde, unas cuantas personas de la ciudad estaban en el mostrador, bebiendo expresos y leyendo sus teléfonos.

todo el mundo menos Charlotte y ella parecía que vivían y eran de allí. Qué privilegio ver a la gente de allí ir de un lugar a otro con sus cosas de cada día en este lugar remoto.

Olivia descubrió una pequeña boutique de ropa y se preguntó si se animaría a visitarla y ver si podía conseguir algo del estilo italiano con ayuda de la dependienta. Le encantó ver una tienda de vinos con mucha actividad comercial. Después de esta había una zapatería, un puesto de verduras con una exposición viva y colorida de tomates y mandarinas fuera, una peluquería y una tienda con ofertas en ferretería y supermercado.

Dos panaderías, una enfrente de la otra, estaban cerrando sus persianas por hoy.

–¿Tú crees que son rivales? —preguntó Charlotte, parándose para dejar que un hombre mayor cruzara la calle.

–Estoy segura de que sí —dijo Olivia, mirando de un letrero a otro—. Prácticamente tienen que serlo. la enemistad seguramente se remonta siglos atrás.

–Y un día, cuando el hijo del propietario de Mazetti se enamore de la hija del propietario de Forno Collina, tendrán que fugarse a Pisa para casarse y sus familias los desheredarán para siempre —Charlotte se explayó con la historia.

En ese momento, un hombre con un delantal blanco salió de Mazetti. lanzó una mirada asesina a la tienda de enfrente y cruzó la calle. Sacó el teléfono del bolsillo y empezó a fotografiar los letreros de «Ofertas especiales» expuestos en el escaparate de la tienda.

Olivia y Charlotte se caían de la risa.

–¡Son rivales de verdad!—resopló Olivia—. Mañana por la mañana estará vendiendo a precios más bajos, o copiando las ofertas con todo incluido. Nos ha visto —vayámonos antes de que nos veamos metidas en este drama.

Al final de lo que pasaba por la calle principal de la ciudad había una iglesia diminuta con un capitel ornamentado. El sacerdote de pelo canoso estaba fuera, barriendo las escaleras de piedra. Los saludó con un movimiento de cabeza al pasar y Olivia le sonrió como respuesta, encantada. Su primer día en Italia y la gente de la ciudad ya la aceptaba.

Al girar al final de la ciudad, Charlotte condujo hacia el pequeño y animado bar que estaba situado arriba del todo de un callejón sin salida con una abrupta inclinación. La calle estaba abarrotada de coches y no se veía ninguna plaza de aparcamiento. Olivia empezaba a entender por qué todo el mundo conducía unos coches tan pequeños. El espacio, por todas partes, escaseaba. La primera vez que se subió al Fiat, pensó que era diminuto después de los sedanes y los todoterrenos a los que estaba acostumbrada en casa. Ahora veía que tenía un tamaño adecuado para la zona, bastante espacioso de hecho.

Aunque, mientras Charlotte soltaba tacos, intentando girar su Fiat alquilado en un espacio inexistente, Olivia empezaba a desear que el coche fuera aún más pequeño.

Tras completar un giro de trescientos sesenta grados, Charlotte lo consiguió sin ningún año en los parachoques o los tapacubos.

Volvieron a bajar la colina y aparcaron en otra calle más tranquila, antes de volver a pie.

El ruido sordo de la música los llevó colina arriba de nuevo, y Olivia se sorprendió de que incluso el rock italiano sonara melodioso gracias a la belleza del idioma. Se recordó a sí misma que aprender algunas frases sería una prioridad. Quizá podrían empezar hoy, justo aquí en este bar.

Olivia respiró el aroma combinado de cerveza, vino, humo de cigarro y —estaba segura— testosterona. En una pantalla encima de la barra estaban dando un partido de fútbol. Para su deleite, no pudo pillar ni una palabra de inglés en el barboteo de la conversación. Estaba clarísimo que este era un bar para la gente de la ciudad.

Se hizo una pausa cuando los clientes habituales se percataron de las dos nuevas llegadas. Olivia vio algunas miradas de admiración en su dirección.

Antes de llegar al mostrador del bar, las saludaron dos hombres, entados sobre unos taburetes del bar en una diminuta mesa redonda.

–Ciao! —gritó el hombre que estaba más cerca.

A Olivia le dio un vuelco el corazón cuando se giró a mirar. El hombre, de aspecto canalla, tenía unos treinta años, el pelo y las pobladas cejas oscuros y una sonrisa pícara. Su amigo parecía tener unos años más, tenía la cabeza afeitada y estaba muy bronceado.

–Esto… ciao —respondió ella. Miró a Charlotte, quien le dio una sonrisa cómplice.

Entonces el hombre habló en un rápido italiano.

Olivia extendió las manos.

–Non comprehendo? —intentó.

–Ah. Americano.

Se habló más italiano y, tras una conversación a gritos con las mesas de alrededor, de entre la multitud se levantaron dos taburetes más.

–Giuseppe –dijo el hombre, saludándose a sí mismo—. Alfredo —presentó a su amigo.

–Olivia. Siento no hablar italiano. Acabo de llegar —se disculpó Olivia, sentada en el asiento mientras Charlotte se presentaba.

–Bienvenida, Olivia. —Giuseppe sonrió—. Err… ¿Carlotta?

Olivia se dio cuenta de que el nombre de Charlotte causaba más dificultades a la gente de allí que el suyo.

–¿Vino? ¿Tinto, blanco?

–Tinto, por favor.

En aquel espacio lleno de gente, ella estaba apretujada contra el brazo musculoso de Giuseppe. Charlotte y Alfredo parecían llevarse estupendamente. En cuanto a ella, sin Matt ya en su vida, estaba más que preparada para un ligero coqueteo. ¿Quién sabe a dónde podría llevar?

–Eres muy hermosa —la halagó Giuseppe y Olivia notó que se sonrojaba. ¿Lo pensaba de verdad? ¿Podía esto ser el principio de un breve romance de vacaciones?

–¿Dónde te alojas? —preguntó él.

–Me alojo en una villa de por aquí cerca. Estoy de vacaciones dos semanas —dijo Olivia.

El vino estaba delicioso, con un estallido de fruta madura y un toque de picante. Beberlo le hizo pensar en el mural que había en la pared de la cocina, un collage e uvas vivas de un rojo morado.

–¿Tú vives aquí? —preguntó Olivia, deseosa por saber su papel dentro de este ambiente idílico.

Giuseppe negó con la cabeza.

–No, aquí no.

–Entonces ¿trabajas aquí? —Tal vez vivía en otro pueblo, pensó Olivia.

Giuseppe le dio otra rápida sonrisa.

–No, tampoco.

–Ah —dijo Olivia, momentáneamente desconcertada—. ¿A qué te dedicas?

Ya que no vivía ni trabajaba en la ciudad, ella supuso que podría ser un enólogo artesanal, que trabajaba incansablemente en su pequeño viñedo con los cálidos rayos del mediterráneo. Eso encajaba a la perfección con su objetivo en la vida. Imagina que el romance de vacaciones se convirtiera en algo más. Un día, incluso podrían trabajar esta tierra juntos, como pareja. Imaginaba días soleados con él en la casa de campo, exprimiendo las uvas en un cobertizo ventilado, creando vinos de edición limitada con una calidad y un carácter únicos.

–Soy limpiador —explicó Giuseppe.

–¿Limpiador? —Olivia se quedó de piedra. Un limpiador no encajaba tan bien en la fantasía rural que ella había imaginado. De hecho, era la pieza equivocada por completo. Su fantasía se había detenido.

–¿Trabajas en un viñedo? —preguntó con valentía intentando empezar de nuevo.

–No. Limpio lavabos en un crucero —dijo Giuseppe—. Esta noche el barco está atracado en Livorno, así que he venido a visitar a mi primo. —Señaló a Alfredo, que estaba bien metido en una conversación con Charlotte.

–Ya veo. —De repente, la sonrisa de Olivia pareció forzada—. ¿Lavabos?

–Quizás ahora podríamos ir a tu casa. ¿hacemos un café? —Giuseppe volvió a sonreír, con entusiasmo—. Tenemos que darnos prisa porque tengo que volver a bordo a las cinco de la mañana.

Sus sueños de romance se habían hecho añicos.

No le interesaba un rollo de vacaciones, Giuseppe solo estaba una noche en la ciudad. Eso no era lo que había visualizado cuando le había echado el ojo. ¡No era para nada lo que quería!

En ese momento, oyó el grito indignado de Charlotte.

–¡No! ¡Ni hablar! Mira, me voy de aquí. ¡Olivia, vámonos!

Sorprendida, aunque aliviada, Olivia se levantó disparada de su silla, diciéndole rápido adiós con la mano a Giuseppe mientras Charlotte la agarraba del brazo y la sacaba del bar.

¿Qué había pasado que hizo que Charlotte se fuera echando humo por las orejas tan de repente?

Las preguntas tendrían que esperar. Era lo único que podía hacer Olivia para seguir el ritmo de su enojada amiga mientras esta bajaba la colina a toda prisa.




CAPÍTULO NUEVE


—¿Qué pasó? —le preguntó Olivia a Charlotte sin aliento, mientras giraban la esquina.

–¡El Alfredo este! ¿Sabes lo que ha dicho? —Charlotte parecía furiosa—. Ha dicho que como, por lo visto, yo era una americana rica, ¡yo debería pagar la primera ronda de bebidas!

–¿Qué? —preguntó Olivia incrédula—. Pero fue él el que te invitó a sentarte. Eso no significa que tú pagas la ronda. Vaya morro.




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