Photograph Gleb Karpinskiy
Translator María Labay
© Gleb Karpinskiy, 2020
© Gleb Karpinskiy, photos, 2020
© María Labay, translation, 2020
ISBN 978-5-4498-9683-4
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Ella llegó a las Islas Canarias por primera vez, aunque se moría de ganas por hacerlo desde hacía mucho tiempo. Se alojó en Las Américas según la recomendación de un viejo amigo suyo y pronto, con una prisa y energía inherente, ya recorrió a lo largo y ancho todos los lugares equivocados de la isla “canina”. Todo le parecía super estupendo. Tuvo un montón de impresiones y de fotos. Los selfies se subían a la red con gran regularidad, pero luego ella se aburrió tan inesperadamente e intensivamente que pasó en el hotel casi toda la semana, como si tuviera fiebre que le había quitado las fuerzas, y dejó a los suscriptores sin ningún conocimiento de que hacía. En algún momento incluso se preocupó seriamente en su salud mental y se puso a consumir en abundancia la bebida favorita de los conquistadores: el ron. Solo cuando le quedaban cuatro días antes de regresar al continente para recobrar la sobriedad y centrarse en el trabajo, como lo demandaban las circunstancias, ella de nuevo se sintió llena de energía. La diferencia era que aquella energía recobrada ya no la llevaba a buscar los entretenimientos ruidosos, sino que la inspiraban a concentrarse en sí misma y pasar el resto del descanso en completa privacidad, disfrutando de la armonía con la naturaleza. Siempre se hacía amistades nuevas con la facilidad sorprendente, así se puso las gafas de sol para no ser reconocida por ninguno de sus amigos recién hechos y comenzó a salir a escondidas por las noches para pasear de incógnito por el área. Incluso adquirió zapatillas de deporte livianas, una camiseta y pantalones cortos para caminar por las piedras con mayor comodidad, aunque siempre se vio a sí misma muy conservadora y había seguido la regla estricta de que una verdadera mujer francesa no debería en ningún caso salir sin vestido y tacones.
Especialmente le encantaba pasear por las playas nocturnas de Adeje, cerca de algún pueblo de pescadores cuyo nombre nunca recordaba. Le gustaban el terraplén elegante que sumaba las playas en una entidad única y las puestas de sol increíblemente hermosas. Allí, acompañada con el susurro de las hojas de palmeras y el golpeteo de las olas, pasaba ratos largos mirando al océano y al sol que se estaba ahogando en las olas poderosas, y contaba, sin nada para hacer, las pequeñas embarcaciones que balanceaban sobre aquellas olas, pareciendo ser unas gaviotas blancas. Pero los últimos días idílicos fueron interrumpidos por la convención de los surfistas. En enero en la isla había de celebrarse un gran evento anual y por eso todos los caminos que llevaban a las playas pronto fueron atascados por autobuses desde Europa y el área mismo de Las Americas fue abarrotado por muchedumbres locos casi desde todo el mundo que gritaban, hacían mucho ruido y, sujetando algún tipo de tablas bajo los brazos, iban buscando la muerte en el océano profundo.
Alguien local, puede que un músico callejero de la Milla de Oro, una vez le contó a ella sobre los hippies y los aficionados a la meditación que se habían tomado como su sitio favorito una de las playas salvajes con arena volcánica negra en alguna parte de la costa oeste.
– Es literalmente una faja de tierra de unos cincuenta metros, señora —le narraba, tocando las cuerdas de nailon y extrayendo los motivos españoles—. Ni siquiera se puede aproximarse desde el océano. En el agua de allí se esconden piedras afiladas y bancas de arena. Quizás es el lugar más privado de toda Tenerife.
Según él, llegar a aquel lugar no sería fácil incluso para los guías que sabían todo sobre la isla, es que la cuenca estaba bien ocultada entre las rocas inabordables, pero este tío afirmaba que conocía el camino secreto hacia el océano, un sendero estrecho y serpenteante de la montaña, y le decía que por cincuenta euros pudiera andar allí en bicicleta con cualquier que lo deseara. Pero entonces esa propuesta de visitar juntos un sitio desconocido le pareció a ella demasiado arriesgado. Pero dado a las circunstancias nuevas el lugar escondido de miradas indiscretas la atraía, haciendo olvidar del instinto de autoconservación, y ella decidió preguntar al músico más detalles. Ese a menudo pasaba tiempo tocando la guitarra, mientras estaba sentado descuidadamente en un banco bajo una palmera cerca de una la cafetería, por lo que no fue difícil encontrarle.
– ¡Si aquel sitio también está invadido por estos surfistas, el otoño siguiente voy a votar por los nacionalistas! —confesó ella, luchando con el viento de enero.
Justo en aquel momento una multitud de personas con tablas de surf salieron del hotel y pasaron corriendo, aparentemente apuradas por la posibilidad de atrapar una gran ola.
– ¡Qué está diciendo, señora! —El músico tomó su último comentario como una broma—. Le aseguro que este es un lugar ideal para aquellos que intentan encontrarse a sí mismos. Mañana al primer grito de gallo nos embarcamos juntos en una búsqueda de silencio. Será un gran viaje.
Para discutir los detalles de la ruta y conocerse mejor ellos decidieron detenerse en el café para unos cinco minutos y ella se quedó muy contenta no solo por queso de cabra frito con mermelada de pulpo y vinagreta, sino por la conversación.
– Aquí sirven mi café favorito, señora —sorbió con entusiasmo de la taza—. Quizás es el mejor en Tenerife, igual de bueno que el de Strasse.