Copyright © 2018 por T.K. Falco
Traducción © 2019 por Simon Molina
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Alanna no disfrutaba el engañar a su mejor amigo. Incluso cuando no podía quitarse de encima la sensación de que él le estaba ocultando secretos.
Ella vio a Brayden de reojo desde el asiento del pasajero. Él permanecía con los labios apretados mientras conducía su Kia Soul a través de las calles de la US 1 mojadas por la lluvia. Debajo de sus gruesas rastas que caían sobre sus hombros, su tatuaje de un carácter chino era visible a través de su camiseta verde, Una concesión a la cuarta parte china por el lado de su padre.
Cuando se detuvieron para comer pollo en el Pollo Tropical de Bird Road, ella preguntó por qué nadie había visto ni oído nada de Javier la semana pasada. Los dos habían sido amigos muy unidos desde la infancia. Si alguien sabía la razón detrás de su desaparición, ese era Brayden. Pero éste negó saber algo y luego se pasó el resto de la comida mordiendo bocados de su sándwich de pollo en un silencio solemne.
Él no era ni siquiera la mitad de lo mentirosa que era ella. Cuando ella le insistió para que se detuviera en el apartamento de Javier, él aceptó su excusa por lo que parecía: quería saber si Javier estaba bien. Ella no reveló su motivo real para desviarse hacia el apartamento de Javier. Si Brayden estaba ocultando la verdad, ella también podía hacerlo.
Cuando giraron hacia Brickell Avenue, Alanna resistió la tentación de revisar su iPhone por enésima vez. Después del mensaje de texto de Javier de ayer apenas logró dormir la noche anterior. Brayden se estacionó frente a la torre de gran altura.
Mientras él tomaba su celular desechable para llamar a Javier, ella miraba el frio cristal exterior del edificio. “Mensaje de voz”, dijo con su fuerte acento jamaiquino.
“¿Ahora me crees? Algo no está bien. Estoy segura”.
“Estás exagerando”, dijo con el teléfono pegado al oído. “Me sorprende que durante todo el tiempo que han estado saliendo nunca lo hayas engañado – como lo haces con todo el mundo. Nos habríamos ahorrado el viaje”.
Ella le lanzó una mirad furiosa. Él le echaba más mierda que cualquier otro por las estafas que había cometido. No era que él estuviese libre de culpas. De acuerdo con Javier, él y sus amigos hackers activistas habían intervenido el sitio web del IRS. Él se llamaba a sí mismo un hacker con buenas intenciones (un hacker de sombrero blanco). El término significaba poco para ella. Su mundo era negro o blanco y no había nada en el medio. Ambos eran delincuentes. El que presentara su vida de la mejor manera, no lograría borrar el pasado. Para ninguno de ellos.
Después de dejar un mensaje diciendo que estaban afuera del edificio, pasó su mano derecha sobre el estómago de ella para abrirle la puerta. “Me voy a estacionar en la siguiente calle. No tardes demasiado”.